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Acaeció que la víspera del día señalado, estando Sebastián á la puerta de su casa, que proyectaba transformar en suntuoso palacete, vió á la niña de la fuente que pasaba descalza y con la herrada en la cabeza. La llamó, sin que él mismo supiese para qué, y como la moza entrase{49-1} al corral, de repente el indiano, al contemplarla tan linda é indefensa—pues la mujer que lleva una herrada no puede oponerse á demasías—la tomó una mano y la besó, como haría algún galán del teatro antiguo. Rióse la niña, turbóse el indiano, ayudóla á posar la herrada, hubo palique, preguntas, exclamaciones, vino la noche y salió la luna, sin que se interrumpiese el coloquio, y á Sebastián le pareció que en su espíritu no era la luna, sino el sol de Mediodía lo que irradiaba en oleadas de luz ardorosa y fulgente...
—Señor cura—dijo pocas horas después al párroco, yo no puedo casarme con aquélla, porque esta noche soñé que era un dragón y que me comía. Puede creerme, que lo soñé.
—No me admiro de eso—respondió el párroco reposadamente. Ella dragón no será,{49-2} pero se le asemeja mucho.
—El caso es que tengo hecho voto. ¿Á V. qué le parece? Si le regalo la mitad de mi caudal á esa fiera, ¿quedaré libre?
—Aunque no le regale V. usted sino la cuarta parte, ó la quinta. ¡Con dos reales que la dé para sal!{50-1}...
Sin duda el cura no era tan supersticioso como Becerro, pues el indiano, á pesar de la interpretación latísima del párroco, antes de casarse con la bonita hizo donación de la mitad de sus bienes á la fea, que salió ganando:{50-2} no tardó en encontrar marido muy apuesto y joven. Lo cual parece menos inverosímil que el desprendimiento de Sebastián. Verdad que éste era fruto del miedo.
LA BARCA ABANDONADA
Por Don Vicente Blasco Ibáñez{51-1}
Era la playa de Torresalinas, con sus numerosas barcas en seco, el lugar de reunión de toda la gente marinera. Los chiquillos, tendidos sobre el vientre, jugaban á la carteta á la sombra de las embarcaciones; y los viejos, fumando sus pipas de barro traídas de Argel, hablaban de la pesca ó de las magníficas expediciones que se hacían en otros tiempos á Gibraltar y á la costa de África, antes que al demonio se le ocurriera{51-2} inventar eso que llaman la Tabacalera.
Los botes ligeros, con sus vientres blancos y azules y el mástil graciosamente inclinado, formaban una fila avanzada al borde de la playa, donde se deshacían las olas y una delgada lámina de agua bruñía el suelo, cual si fuese de cristal; detrás, con la embetunada panza sobre la arena, estaban las negras barcas del bou, las parejas que aguardaban el invierno para lanzarse al mar, barriéndolo con su cola de redes; y en último término los laúdes en reparación, los abuelos, junto á los cuales agitábanse los calafates, embadurnándoles los flancos con caliente alquitrán, para que otra vez volviesen á emprender sus penosas y monótonas navegaciones por el Mediterráneo; unas veces á las Baleares con sal, otras á la costa de Argel con frutas de la huerta levantina, y muchas con melones y patatas para los soldados rojos de Gibraltar.
En el curso de un año, la playa cambiaba de vecinos; los laúdes ya reparados se hacían á la mar y las embarcaciones de pesca eran armadas y lanzadas al agua; sólo una barca abandonada y sin arboladura permanecía enclavada en la arena, triste, solitaria, sin otra compañía que la del carabinero que se sentaba á su sombra.
El sol había derretido su pintura; las tablas se agrietaban y crujían con la sequedad, y la arena, arrastrada por el viento, había invadido su cubierta. Pero su perfil fino, sus flancos recogidos y la gallardía de su construcción, delataban una embarcación ligera y audaz, hecha para locas carreras, con desprecio á los peligros del mar. Tenía la triste belleza de esos caballos{52-1} viejos que fueron briosos corceles y caen abandonados y débiles sobre la arena de la plaza de toros.
Hasta de nombre carecía. La popa estaba lisa y en los costados ni una señal del número de filiación y nombre de la matrícula, un ser desconocido que se moría entre aquellas otras barcas orgullosas de sus pomposos nombres, como mueren en el mundo algunos, sin desgarrar el misterio de su vida.
Pero el incógnito de la barca sólo era aparente. Todos la conocían en Torresalinas y no hablaban de ella sin sonreir y guiñar un ojo, como si les recordase algo que excitaba malicioso regocijo.
Una mañana, á la sombra de la barca abandonada, cuando el mar hervía bajo el sol y parecía un cielo de noche de verano, azul y espolvoreado de puntos de luz, un viejo pescador me contó la historia.
—Este falucho—dijo acariciándole con una palmada el vientre seco y arenoso—es El Socarrao,{52-2} el barco más valiente y más conocido de cuantos se hacen al mar desde Alicante á Cartagena. ¡Virgen Santísima! ¡El dinero que lleva ganado este condenao! ¡Los duros que han salido de ahí dentro! Lo menos lleva hechos{53-1} veinte viajes desde Orán á estas costas, y siempre con la panza bien repleta de fardos.
El bizarro y extraño nombre de Socarrao me admiraba algo, y de ello se apercibió el pescador.
—Son motes, caballero; apodos que aquí tenemos lo mismo los hombres que las barcas. Es inútil que el cura gaste sus latines con nosotros; aquí, quien bautiza de veras, es la gente. Á mí me llaman Felipe; pero si algún día me busca usted, pregunte por Castelar, pues así me conocen, porque me gusta hablar con las personas, y en la taberna soy el único que puede leer el periódico á los compañeros. Ese muchacho que pasa con el cesto de pescado es Chispas, á su patrón le llaman El Cano, y así estamos bautizados todos. Los amos de las barcas se calientan el caletre buscando un nombre bonito para pintarlo en la popa. Una la Purísima Concepción, otra Rosa del Mar, aquélla Los Dos Amigos; pero llega la gente con su manía de sacar motes, y se llaman La Pava, El Lorito, La Medio Rollo, y gracias que no las distingan con nombres menos decentes. Un hermano mío tiene la barca más hermosa de toda la matrícula; la bautizamos con el nombre de mi hija, Camila; pero la pintamos de amarillo y blanco, y el día del bautizo se le ocurrió decir á un pillo{53-2} de la playa, que parecía un huevo frito. ¿Querrá usted creerlo? Sólo con este apodo la conocen.
—Bien—le interrumpí,—pero ¿y El Socarrao?
—Su verdadero nombre era El Resuelto; pero por la prontitud con que maniobraba y la furia con que acometía los golpes de mar, dieron en llamarle El Socarrao, como á una persona de mal genio... Y ahora vamos á lo que le ocurrió á este pobre Socarraíco hace poco más de un año, la última vez que vino de Orán.
Miró el viejo á todos lados, y convencido de que estábamos solos, dijo con sonrisa bonachona:
—Yo iba en él, ¿sabe usted? Esto no lo ignora nadie en el pueblo; pero si yo se lo digo es porque estamos solos y usted no irá después á hacerme daño. ¡Qué demonio! Haber ido en El Socarrao no es ninguna deshonra. Todo eso de aduanas y carabineros y barquillas de la Tabacalera, no lo ha creado Dios; lo inventó el gobierno para hacernos daño á los pobres, y el contrabando no es pecado, sino un medio muy honroso de ganarse el pan exponiendo la piel en el mar y la libertad en tierra. Oficio de hombres enteros y valientes como Dios manda.
Yo he conocido los buenos tiempos. Cada mes se hacían dos viajes, y el dinero rodaba por el pueblo que{54-1} era un gusto. Había para todos; para los de uniforme, pobrecitos que no saben cómo mantener su familia con dos pesetas, y para nosotros la gente de mar.
Pero el negocio se puso cada vez peor, y El Socarrao hacía sus viajes de tarde en tarde, con mucho cuidado, pues le constaba al patrón que nos tenían entre ojos y deseaban meternos mano.
En la última correría íbamos ocho hombres á bordo. En la madrugada habíamos salido de Orán, y á mediodía, estando á la altura de Cartagena, vimos en el horizonte una nubecilla negra, y al poco rato un vapor que todos conocimos. Mejor hubiéramos visto{55-1} asomar una tormenta. Era el cañonero de Alicante.
Soplaba buen viento. Íbamos en popa con toda la gran vela de frente y el foque tendido. Pero con estas invenciones de los hombres, la vela ya no es nada, y el buen marinero aun vale menos.
No es que nos alcanzaban, no señor. ¡Bueno es El Socarrao para dejarse atrapar teniendo viento! Navegábamos como un delfín, con el casco inclinado y las olas lamiendo la cubierta; pero en el cañonero apretaban las máquinas y cada vez veíamos más grande al barco, aunque no por esto perdíamos mucha distancia. ¡Ah! ¡Si hubiéramos estado á media tarde! Habría cerrado la noche antes que nos alcanzara,{55-2} y cualquiera{55-3} nos encuentra en la obscuridad. Pero aun quedaba mucho día, y corriendo á lo largo de la costa era indudable que nos pillarían antes del anochecer.
El patrón manejaba la barra con el cuidado de quien tiene toda su fortuna pendiente de una mala virada. Una nubecilla blanca se desprendió del vapor y oímos el estampido de un cañonazo.
Como no vimos la bala, comenzamos á reir satisfechos y hasta orgullosos de que nos avisasen tan ruidosamente.
Otro cañonazo, pero esta vez con malicia. Nos pareció que un gran pájaro pasaba silbando sobre la barca, y la antena se vino abajo con el cordaje roto y la vela desgarrada. Nos habían desarbolado, y al caer el aparejo le rompió una pierna á uno de la tripulación.
Confieso que temblamos un poco. Nos veíamos cogidos, y ¡qué demonio! ir á la cárcel como un ladrón por ganar el pan de la familia, es algo más temible que una noche de tormenta. Pero el patrón de El Socarrao es hombre que vale tanto como su barca.
—Chicos, eso no es nada. Sacad la vela nueva. Si sois listos no nos cogerán.
No hablaba á sordos, y como listos no había más que pedirnos. El pobre compañero se revolvía como una lagartija, tendido en la proa, tentándose la pierna rota, lanzando alaridos y pidiendo por todos los santos un trago de agua: ¡para contemplaciones estaba el tiempo!{56-1} Nosotros fingíamos no oirle, atentos únicamente á nuestra faena, separando el cordaje y atando á la antena la vela de repuesto, que izamos á los diez minutos.
El patrón cambió el rumbo. Era inútil resistir en el mar á aquel enemigo que andaba con humo y escupía balas. ¡Á tierra, y que fuese lo que Dios quisiera!{56-2}
Estábamos frente á Torresalinas. Todos éramos de aquí y contábamos con los amigos. El cañonero, viéndonos con rumbo á tierra, no disparó más. Nos tenía cogidos, y seguro de su triunfo, ya no extremaba la marcha. La gente que estaba en esta playa no tardó en vernos, y la noticia circuló por todo el pueblo. ¡El Socarrao venía perseguido por un cañonero!
Había que ver{56-3} lo que ocurrió. Una verdadera revolución: créame usted, caballero. Medio pueblo era pariente nuestro, y los demás comían más ó menos directamente del negocio. Esta playa parecía un hormiguero. Hombres, mujeres y chiquillos nos seguían con mirada ansiosa, lanzando gritos de satisfacción al ver como nuestra barca, haciendo un último esfuerzo, se adelantaba cada vez más á su perseguidor, llevándole una media hora de ventaja.
Hasta el alcalde estaba aquí para servir en lo que fuera bueno. Y los carabineros, excelentes muchachos que viven entre nosotros y son casi de la familia, hacíanse á un lado, comprendiendo la situación y no queriendo perder á unos pobres.
—¡Á tierra, muchachos!—gritaba nuestro patrón.—Vamos á embarrancar. Lo que importa es poner en salvo fardos y personas. El Socarrao ya sabrá salir de este mal paso.
Y sin plegar casi el trapo, embestimos la playa, clavando la proa en la arena. ¡Señor, qué modo de trabajar! Aun me parece un sueño cuando lo recuerdo. Todo el pueblo se tiró sobre la barca, la tomó por asalto: los chicuelos se deslizaban como ratas en la cala.
—¡Aprisa! ¡Aprisa! ¡Que vienen los del gobierno!
Los fardos saltaban de la cubierta: caían en el agua, donde los recogían los hombres descalzos y las mujeres con la falda entre las piernas; unos desaparecían por aquí; otros se iban por allá; fué aquello visto y no visto, y en poco rato desapareció el cargamento, como si lo hubiera tragado la arena. Una oleada de tabaco inundaba á Torresalinas, filtrándose en todas las casas.
El alcalde intervino paternalmente.
—Hombre, es demasiado—dijo al patrón.—Todo se lo llevan y los carabineros se quejarán. Dejad al menos algunos bultos para justificar la aprehensión.
Nuestro amo estaba conforme.
—Bueno; haced unos cuantos bultos con dos fardos de la peor picadura. Que se contenten con eso.
Y se alejó hacia el pueblo, llevándose en el pecho toda la documentación de la barca. Pero aun se detuvo un momento, porque aquel diablo de hombre estaba en todo.
—¡Los folios! ¡Borrad los folios!
Parecía que á la barca le habían salido patas.{58-1} Estaba ya fuera del agua y se arrastraba por la arena en medio de aquella multitud que bullía y trabajaba, animándose con alegres gritos:
—¡Qué chasco! ¡Qué chasco se llevarán los del gobierno!
El compañero de la pierna rota era llevado en alto por su mujer y su madre. El pobrecillo gemía de dolor á cada movimiento brusco, pero se tragaba las lágrimas y reía también como los otros, viendo que el cargamento se salvaba y pensando en aquel chasco que hacía reir á todos.
Cuando los últimos fardos se perdieron en las calles de Torresalinas, comenzó la rapiña en la barca. El gentío se llevó las velas, las anclas, los remos: hasta desmontamos el mástil, que se cargó en hombros una turba de muchachos, llevándolo en procesión al otro extremo del pueblo. La barca quedó hecha un pontón, tan pelada como usted la ve.
Y mientras tanto, los calafates, brocha en mano, pinta que pinta. El Socarrao se desfiguraba como un burro de gitano.{58-2} Con cuatro brochazos fué borrado el nombre de popa; y de los folios de los costados, de esos malditos letreros, que son la cédula de toda embarcación, no quedó ni rastro.
El cañonero echó anclas al mismo tiempo que desaparecían en la entrada del pueblo los últimos despojos de la barca. Yo me quedé en este sitio, queriendo verlo todo, y para mayor disimulo ayudaba á unos amigos que echaban al mar una lancha de pesca.
El cañonero envió un bote armado y saltaron á tierra no sé cuántos hombres con fusil y bayoneta. El contramaestre, que iba al frente, juraba furioso mirando á El Socarrao y á los carabineros, que se habían apoderado de él.
Todo el vecindario de Torresalinas se reía á aquellas horas, celebrando el chasco, y aun hubiera reído más, viendo, como yo, la cara que ponía aquella gente al encontrar por todo cargamento unos cuantos bultos de tabaco malo.
—¿Y qué pasó después?—pregunté al viejo.—¿No castigaron á nadie?
—¿Á quién? Únicamente podían castigar al pobre Socarrao, que quedó prisionero. Se ensució mucho papel y medio pueblo fué á declarar; pero nadie sabía nada. ¿De qué matrícula era el barco? Silencio; nadie le había visto los folios. ¿Quiénes lo tripulaban? Unos hombres que al varar habían echado á correr tierra adentro. Y nadie sabía más.
—¿Y el cargamento?—dije yo.
—Lo vendimos completo. Usted no sabe lo que es la pobreza. Cuando embarrancamos, cada uno agarró el fardo que tenía más á mano y echó á correr para esconderlo en su casa. Pero al día siguiente estaban todos á disposición del patrón: no se perdió ni una libra de tabaco. Los que exponen la vida por el pan y todos los días le ven la cara á la muerte, están más libres de tentaciones que los otros...
—Desde entonces—continuó el viejo—que{59-1} está aquí preso el pobre Socarrao. Pero no tardará en hacerse á la mar con su antiguo amo. Parece que ha terminado el papeleo; lo sacarán á subasta y se lo quedará el patrón{60-1} por lo que quiera dar.
—¿Y si otro da más?
—¿Y quién ha de ser ése? ¿Somos acaso bandidos? Todo el pueblo sabe quién es el verdadero amo de la barca abandonada, y nadie tiene tan mal corazón que intente perjudicarle. Aquí hay mucha honradez. Á cada uno lo que sea suyo:{60-2} el mar, que es de Dios, para nosotros los pobres, que hemos de sacar el pan de él, aunque no quiera el gobierno.
LA MULA Y EL BUEY
(Cuento de Navidad)
Por Don Benito Pérez Galdós{61-1}
I
Cesó de quejarse la pobrecita; movió la cabeza, fijando los tristes ojos en las personas que rodeaban su lecho; extinguióse poco á poco su aliento, y expiró. El Ángel de la Guarda, dando un suspiro, alzó el vuelo y se fué.
La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de Celinina se fué poniendo{61-2} amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus miembros, y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces llevaron fuera de la alcoba á la madre, al padre y á los más inmediatos parientes, y dos ó tres amigas y las criadas se ocuparon en cumplir el último deber con la pobre niña muerta.
La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera como una nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban á espuma. Pusiéronle los zapatos, blancos también y apenas ligeramente gastada la suela, señal de haber dado pocos pasos, y después tejieron, con sus admirables cabellos de color castaño obscuro, graciosas trenzas enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales; mas no hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las que más se parecían á verdaderas rosas frescas traídas del jardín.
Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín, forrada de seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de raso blanco. Colocaron dentro á Celinina, sosteniendo su cabeza en preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas del mismo Abril.
Luego las mujeres aquellas cubrieron de vistosos paños una mesa, arreglándola como un altar, y sobre ella fué colocada la caja. En breve tiempo armaron unos al modo de doseles de iglesia, con ricas cortinas blancas, que se recogían gallardamente á un lado y otro; trajeron de otras piezas cantidad de santos é imágenes, que ordenadamente distribuyeron sobre el altar, como formando la corte funeraria del ángel difunto, y, sin pérdida de tiempo, encendieron algunas docenas de luces en los grandes candelabros de la sala, los cuales, en torno á Celinina, derramaban tristísimas claridades. Después de besar repetidas veces las heladas mejillas de la pobre niña, dieron por terminada su piadosa obra.
II
Allá, en lo más hondo de la casa, sonaban gemidos de hombres y mujeres. Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la verdad del aforismo, angelitos al cielo,{62-1} que los amigos administran como calmante moral en tales trances. Los padres creían entonces que la verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la muerte de los grandes que la de los pequeños. Sentían, mezclada á su dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no comprendían que ninguna pena superase á aquella que destrozaba sus entrañas.
Mil recuerdos é imágenes dolorosas les{63-1} herían, tomando forma de agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas caricaturas filológicas que afluían de su linda boca como la música más tierna que puede conmover el corazón de una madre. Nada caracteriza á un niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las familias. ¿Cómo había de{63-2} olvidar la madre aquella lengüecita de trapo, que llamaba al sombrero tumeyo y al garbanzo babancho?
Para colmo de aflicción, vió la buena señora por todas partes los objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días; y como éstos eran los que preceden á Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con patas de alambre; un San José sin manos; un pesebre con el Niño Dios, semejante á una bolita de color de rosa; un Rey Mago montado en arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres figuras en los últimos días, arrastradas de aquí para allí, puestas en esta ó en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que había volado al cielo lo sabían.
Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de Celinina, ó vestidas, si se quiere,{64-1} de una singular claridad muy triste, que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda, sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su íntimo ser. ¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro! ¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan doloridos, que su vista sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos á sus padres y les pedía que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de postura había perdido el pico y el moco.
III
Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo{64-2} mucho más la del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste, el dolor se agravaba con un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente el peregrino caso, advirtiendo que esto quizás parecerá en extremo pueril á algunos; pero á los que tal crean, les recordaremos que nada es tan ocasionado á puerilidades como un íntimo y puro dolor, de esos en que no existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo secundario del egoísmo no satisfecho.
Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas que más alegran á los niños: las fiestas de Navidad. Ya se sabe con cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días, y cómo les trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos, y las esperanzas del mucho comer{65-1} y del atracarse de pavo, mazapán, peladillas y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor ingenuidad, de embuchar en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles adyacentes.
Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la Pascua; y como sus primitos, que iban á acompañarla, eran de más edad y sabían cuanto hay que saber en punto á regalos y nacimientos, se alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndoles, y más se encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes. Delirando, cuando la metía en su horno de martirios la fiebre,{65-2} no cesaba de nombrar lo que de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear tambores, tañer zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba su mente, no había sino pavos haciendo clau clau; pollos que gritaban pío pío; montes de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama de almendras;{65-3} nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce; árboles cargados de cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban á las cocineras con sus ojos cuajados; naranjas que llovían del cielo, cayendo en más abundancia que las gotas de agua en día de temporal, y otros mil prodigios que no tienen número ni medida.
IV
El padre, por no tener más chicos que Celinina, no cabía en sí de inquieto y desasosegado. Sus negocios le llamaban fuera de la casa; pero muy á menudo entraba en ella para ver cómo iba la enfermita. El mal seguía su marcha con alternativas traidoras: unas veces dando esperanzas de remedio; otras quitándolas.
El buen hombre tenía presentimientos tristes. El lecho de Celinina, con la tierna persona agobiada en él por la fiebre y los dolores, no se apartaba de su imaginación. Atento á lo que pudiera contribuir á regocijar el espíritu de la niña, todas las noches, cuando regresaba á la casa, le traía algún regalito de Pascua, variando siempre de objeto y especie, pero prescindiendo siempre de toda golosina. Trájole un día una manada de pavos, tan al vivo hechos, que no les faltaba más que graznar; otro día sacó de sus bolsillos la mitad de la Sacra Familia, y al siguiente á San José con el pesebre y portal de Belén. Después vino con unas preciosas ovejas, á quien{66-1} conducían gallardos pastores, y luego se hizo acompañar de{66-2} unas lavanderas que lavaban, y de un choricero que vendía chorizos, y de un Rey Mago negro,{66-3} al cual sucedió otro de barba blanca y corona de oro. Por traer,{66-4} hasta trajo una vieja que daba azotes en cierta parte á un chico por no saber la lección.
Conocedora Celinina,{66-5} por lo que charlaban sus primos, de todo lo necesario á la buena composición de un nacimiento, conoció que aquella obra estaba incompleta por la falta de dos figuras muy principales: la mula y el buey. Ella no sabía lo que significaban la tal mula ni el tal buey; pero atenta á que todas las cosas fuesen perfectas, reclamó una y otra vez del solícito padre el par de animales que se había quedado en Santa Cruz{67-1}.
Él prometió traerlos, y en su corazón hizo propósito firmísimo de no volver sin ambas bestias; pero aquel día, que era el 23, los asuntos y quehaceres se le aumentaron de tal modo, que no tuvo un punto de reposo. Además de esto, quiso el Cielo que se sacase la lotería,{67-2} que tuviera noticia de haber ganado un pleito, que dos amigos cariñosos le embarazaran toda la mañana... en fin, el padre entró en la casa sin la mula, pero también sin el buey.
Gran desconsuelo mostró Celinina al ver que no venían á completar su tesoro las dos únicas joyas que en él faltaban. El padre quiso al punto remediar su falta; mas la nena se había agravado considerablemente durante el día: vino el médico, y como sus palabras no eran tranquilizadoras, nadie pensó en bueyes, mas tampoco en mulas.
El 24 resolvió el pobre señor no moverse de la casa. Celinina tuvo por breve rato un alivio tan patente, que todos concibieron esperanzas, y lleno de alegría, dijo el padre: «Voy al punto á buscar eso.»
Pero como cae rápidamente un ave herida al remontar el vuelo á lo más alto, así cayó Celinina en las honduras de una fiebre muy intensa. Se agitaba trémula y sofocada en los brazos ardientes de la enfermedad, que la constreñía sacudiéndola para expulsar la vida. En la confusión de su delirio, y sobre el revuelto oleaje de su pensamiento, flotaba, como el único objeto salvado de un cataclismo, la idea fija del deseo que no había sido satisfecho; de aquella codiciada mula y de aquel suspirado buey, que aun proseguían en estado de esperanza.{68-1}
El papá salió medio loco, corrió por las calles; pero en mitad de una de ellas se detuvo y dijo: «¿Quién piensa ahora en figuras de nacimiento?»
Y corriendo de aquí para allí, subió escaleras, y tocó campanillas, y abrió puertas sin reposar un instante, hasta que hubo juntado siete ú ocho médicos, y les llevó á su casa. Era preciso salvar á Celinina.
V
Pero Dios no quiso que los siete ú ocho (pues la cifra no se sabe á punto fijo) alumnos de Esculapio contraviniesen la sentencia que él había dado, y Celinina fué cayendo, cayendo más á cada hora, y llegó á estar abatida, abrasada, luchando con indescriptibles congojas, como la mariposa que ha sido golpeada y tiembla sobre el suelo con las alas rotas. Los padres se inclinaban junto á ella con afán insensato, cual si quisieran con la sola fuerza del mirar detener aquella existencia que se iba, suspender la rápida desorganización humana, y con su aliento renovar el aliento de la pobre mártir que se desvanecía en un suspiro.
Sonaron en la calle tambores y zambombas y alegre chasquido de panderos. Celinina abrió los ojos, que ya parecían cerrados para siempre; miró á su padre, y con la mirada tan sólo y un grave murmullo que no parecía venir ya de lenguas de este mundo, pidió á su padre lo que éste no había querido traerle. Traspasados de dolor padre y madre, quisieron engañarla, para que tuviese una alegría en aquel instante de suprema aflicción, y presentándole los pavos, le dijeron:—«Mira, hija de mi alma, aquí tienes la mulita y el bueyecito.»
Pero Celinina, aun acabándose, tuvo suficiente claridad en su entendimiento para ver que los pavos no eran otra cosa que pavos, y los rechazó con agraciado gesto. Después siguió con la vista fija en sus padres, y ambas manos en la cabeza señalando sus agudos dolores. Poco á poco fué extinguiéndose en ella aquel acompasado son, que es el último vibrar de la vida, y al fin todo calló, como calla la máquina del reloj que se para; y la linda Celinina fué un gracioso bulto, inerte y frío como mármol, blanco y transparente como la purificada cera que arde en los altares.
¿Se comprende ahora el remordimiento del padre? Porque Celinina tornara á la vida, hubiera él recorrido la tierra entera para recoger todos los bueyes y todas, absolutamente todas las mulas que en ella hay. La idea de no haber satisfecho aquel inocente deseo era la espada más aguda y fría que traspasaba su corazón. En vano con el raciocinio quería arrancársela; pero ¿de qué servía la razón, si era tan niño entonces como la que{69-1} dormía en el ataúd, y daba más importancia á un juguete que á todas las cosas de la tierra y del cielo?
VI
En la casa se apagaron al fin los rumores de la desesperación, como si el dolor, internándose en el alma, que es su morada propia, cerrara las puertas de los sentidos para estar más solo y recrearse en sí mismo.
Era Noche-Buena, y si todo callaba en la triste vivienda recién visitada de la muerte, fuera, en las calles de la ciudad, y en todas las demás casas, resonaban placenteras bullangas de groseros instrumentos músicos, y vocería de chiquillos y adultos cantando la venida del Mesías. Desde la sala donde estaba la niña difunta, las piadosas mujeres que le hacían compañía oyeron espantosa algazara, que al través del pavimento del piso superior llegaba hasta ellas, conturbándolas en su pena y devoto recogimiento. Allá arriba, muchos niños chicos, congregados con mayor número de niños grandes y felices papás y alborozados tíos y tías, celebraban la Pascua, locos de alegría ante el más admirable nacimiento que era dado imaginar,{70-1} y atentos al fruto de juguetes y dulces que en sus ramas llevaba un frondoso árbol con mil vistosas candilejas alumbrado.
Hubo momentos en que con el grande estrépito de arriba, parecía que retemblaba el techo de la sala, y que la pobre muerta se estremecía en su caja azul, y que las luces todas oscilaban, cual si, á su manera, quisieran dar á entender también que estaban algo peneques. De las tres mujeres que velaban, se retiraron dos; quedó una sola, y ésta, sintiendo en su cabeza grandísimo peso, á causa sin duda del cansancio producido por tantas vigilias, tocó el pecho con la barba{70-2} y se durmió.
Las luces siguieron oscilando y moviéndose mucho, á pesar de que no entraba aire en la habitación. Creeríase que invisibles alas se agitaban en el espacio ocupado por el altar. Los encajes del vestido de Celinina se movieron también, y las hojas de sus flores de trapo anunciaban el paso de una brisa juguetona ó de manos muy suaves. Entonces Celinina abrió los ojos.
Sus ojos negros llenaron la sala con una mirada viva y afanosa que echaron en derredor y de arriba abajo. Inmediatamente después separó las manos sin que opusiera resistencia la cinta que las ataba, y cerrando ambos puños se frotó con ellos los ojos, como es costumbre en los niños al despertarse. Luego se incorporó con rápido movimiento, sin esfuerzo alguno, y mirando al techo, se echó á reir; pero su risa, sensible á la vista, no podía oírse. El único rumor que fácilmente se percibió era una bullanga de alas vivamente agitadas, cual si todas las palomas del mundo estuvieran entrando y saliendo en la sala mortuoria y rozaran con sus plumas el techo y las paredes.
Celinina se puso en pie, extendió los brazos hacia arriba, y al punto le nacieron unas alitas cortas y blancas. Batiendo con ellas el aire, levantó el vuelo y desapareció.
Todo continuaba lo mismo: las luces ardiendo, derramando en copiosos chorros la blanca cera sobre las arandelas; las imágenes en el propio sitio, sin mover brazo ni pierna ni desplegar sus austeros labios; la mujer sumida plácidamente en un sueño que debía saberle á gloria;{71-1} todo seguía lo mismo, menos la caja azul, que se había quedado vacía.
VII
¡Hermosa fiesta la de esta noche en casa de los señores de ***!
Los tambores atruenan la sala. No hay quien haga comprender á esos endiablados chicos que se divertirán más renunciando á la infernal bulla de aquel instrumento de guerra. Para que ningún humano oído quede en estado de funcionar al día siguiente, añaden al tambor esa invención del Averno, llamada zambomba, cuyo ruido semeja á gruñidos de Satanás. Completa la sinfonía el pandero, cuyo atroz chirrido de calderetería vieja alborota los nervios más tranquilos. Y sin embargo, esta discorde algazara sin melodía y sin ritmo, más primitiva que la música de los salvajes, es alegre en aquesta singular noche, y tiene cierto sonsonete lejano de coro celestial.
El Nacimiento no es una obra de arte á los ojos de los adultos; pero los chicos encuentran tanta belleza en las figuras, expresión tan mística en el semblante de todas ellas, y propiedad tanta en sus trajes, que no creen haya{72-1} salido de manos de los hombres obra más perfecta, y la atribuyen á la industria peculiar de ciertos ángeles dedicados á ganarse la vida trabajando en barro. El portal de corcho, imitando un arco romano en ruinas, es monísimo, y el riachuelo representado por un espejillo con manchas verdes que remedan acuáticas hierbas y el musgo de las márgenes, parece que corre por la mesa adelante{72-2} con plácido murmurio. El puente por do pasan los pastores es tal que nunca se ha visto el cartón tan semejante á la piedra; al contrario de lo que pasa en muchas obras de nuestros ingenieros modernos, los cuales hacen puentes de piedra que parecen de cartón. El monte que ocupa el centro se confundiría con un pedazo de los Pirineos, y sus lindas casitas, más pequeñas que las figuras, y sus árboles figurados con ramitas de evónimus, dejan atrás á la misma Naturaleza.
En el llano es donde está lo más bello y las figuras más características: las lavanderas que lavan en el arroyo; los paveros y polleros conduciendo sus manadas; un guardia civil que lleva dos granujas presos; caballeros que pasean en lujosas carretelas junto al camello de un Rey Mago, y Perico el ciego{73-1} tocando la guitarra en un corrillo donde curiosean los pastores que han vuelto del Portal. Por medio á medio, pasa un tranvía lo mismito que el del barrio Salamanca;{73-2} y como tiene dos rails y sus ruedas, á cada instante le hacen correr de Oriente á Occidente con gran asombro del Rey Negro, que no sabe qué endiablada máquina es aquélla.
Delante del Portal hay una lindísima plazoleta, cuyo centro lo{73-3} ocupa una redoma de peces, y no lejos de allí vende un chico La Correspondencia, y bailan gentilmente dos majos. La vieja que vende buñuelos y la castañera de la esquina son las piezas más graciosas de este maravilloso pueblo de barro, y ellas solas atraen con preferencia las miradas de la infantil muchedumbre. Sobre todo, aquel chicuelo andrajoso que en una mano tiene un billete de lotería, y con la otra le{73-4} roba bonitamente las castañas del cesto á la tía Lambrijas, hace desternillar de risa á todos.
En suma: el Nacimiento número uno de Madrid es el de aquélla casa, una de las más principales, y ha reunido en sus salones á los niños más lindos y más juiciosos de veinte calles á la redonda.
VIII
Pues ¿y el árbol? Está formado de ramas de encina y cedro. El solícito amigo de la casa que lo ha compuesto con gran trabajo, declara que jamás salió de sus manos obra tan acabada y perfecta. No se pueden contar los regalos pendientes de sus hojas. Son, según la suposición de un chiquitín allí presente, en mayor número que las arenas del mar. Dulces envueltos en cáscaras de papel rizado; mandarinas, que son los niños de pecho de las naranjas; castañas arropadas en mantillas de papel de plata; cajitas que contienen glóbulos de confitería homeopática; figurillas diversas á pie y á caballo: cuanto Dios crió para que lo perfeccionase luego la Mahonesa ó lo vendiese Scropp,{74-1} ha sido puesto allí por una mano tan generosa como hábil. Alumbraban aquel árbol de la vida candilejas en tal abundancia, que, según la relación de un convidado de cuatro años, hay allí más lucecitas que estrellas en el cielo.
El gozo de la caterva infantil no puede compararse á ningún sentimiento humano; es el gozo inefable de los coros celestiales en presencia del Sumo Bien y de la Belleza Suma. La superabundancia de satisfacción casi les hace juiciosos, y están como perplejos, en seráfico arrobamiento, con toda el alma en los ojos, saboreando de antemano lo que han de comer, y nadando, como los ángeles bienaventurados, en éter puro de cosas dulces y deliciosas, en olor de flores y de canela, en la esencia increada del juego y de la golosina.
IX
Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos miraron al techo, y como no veían nada, se contemplaban los unos á los otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la sala. Pero no veían nada, absolutamente nada.
Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las figurillas del Nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin ruido. El coche del tranvía subió á lo alto de los montes, y los Reyes se metieron de patas en el arroyo. Los pavos se colaron sin permiso dentro del Portal, y San José salió todo turbado, cual si quisiera saber el origen de tan rara confusión. Después, muchas figuras quedaron tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin desorden, después se armó una baraúnda tal, que parecían andar por allí cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos seculares;{75-1} el riachuelo variaba de curso, y echando fuera del cauce sus espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las casas hundían el tejado en la arena; el Portal se estremecía cual si fuera combatido de horribles vientos, y como se apagaron muchas luces, resultó nublado el sol y obscurecidas las luminarias del día y de la noche.
Entre el estupor que tal fenómeno producía, algunos pequeñuelos reían locamente y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:
«¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que están en el cielo, y á los cuales permite Padre Dios, esta noche, que vengan á jugar con los Nacimientos.»
Todo aquello tuvo fin, y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.
Acudieron muchos de los presentes á examinar los estragos, y un señor dijo:
«Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.»
Empezaron á recoger las figuras y á ponerlas en orden. Después del minucioso recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó de menos algo. Buscaron y rebuscaron, pero sin resultado. Faltaban dos figuras: la Mula y el Buey.
X
Ya cercano el día,{76-1} iban los alborotadores camino del cielo, más contentos que unas Pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas y cortas que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrellas, como cuando el firmamento se llena de nubes.
«Á prisa, á prisa, caballeritos, que va á ser de día—dijo uno,—y el Abuelo{76-2} nos va á reñir si llegamos tarde. No valen nada los Nacimientos de este año... ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos...!»
Celinina iba con ellos, y como por primera vez andaba en aquellas altitudes, se atolondraba un poco.
«Ven acá—le dijo uno,—dame la mano y volarás más derecha... Pero ¿qué llevas ahí?
—Esto—repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales de barro.—Son pa mí, pa mí.
—Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de la tierra. Has de saber que aunque en el Cielo tenemos juegos eternos y siempre deliciosos, el Abuelo nos manda al mundo esta noche para que enredemos un poco en los Nacimientos. Allá arriba se divierten también esta noche, y yo creo que nos mandan abajo porque les mareamos con el gran ruido que metemos... Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por las casas, es á condición de que no hemos de coger nada, y tú has afanado eso.»
Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones, y apretando más contra su pecho los dos animales, repitió:
«Pa mí, pa mí.
—Mira, tonta—añadió el otro,—que si no haces caso, nos vas á dar un disgusto. Baja en un vuelo, y deja eso, que es de la tierra y en la tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en esta nube.»
Al fin Celinina cedió, y bajando, entregó á la tierra su hurto.
XI
Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fué su persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos animalillos de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la madre, supieron explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de todos, entró en la tierra apretando en sus frías manecitas la Mula y el Buey.
OBRAR BIEN... QUE DIOS ES DIOS
Por Fernán Caballero{79-1}
I
La vertu est aussi une force. Toullote. La virtud es también una fuerza.
Saliendo del pueblo de Dos Hermanas en dirección á Sevilla, vense á la izquierda olivares, que se prolongan en línea recta, y que al internarse, se alzan sobre un cerro dilatado, aunque de poca altura. En la cima se halla escondido entre los olivares un antiguo castillo, que labrarían{79-2} los moros sobre aquel cerro, porque domina una extensa llanura. Hallábase no ha muchos años, y suponemos que aun hoy día se hallará, en el mismo estado en que lo tuvieron los árabes,{79-3} sin más variación que haberse convertido en molino de aceite el local que probablemente fué cuadra, en trojes lo que sería{79-4} almacén, y en estancia para los trabajadores campesinos lo que sería cuartel de las tropas. Con estas variaciones, á favor de las cuales del estado militar pasó al estado civil, esto es, de castillo se convirtió en hacienda,—adquirió legítimamente el nombre de Serrezuela, que puede fuese{79-5} el nombre de su conquistador cristiano, aunque no lo sabemos. Lo que sí sabemos,{79-6} y nos interesa más, es el nombre que le puso y conservó el pueblo extra judicialmente en los archivos de la tradición, y fué el de Castillo del Último Moro.—Hé aquí el hecho que le valió el nombre.
En la época de la expulsión de los árabes,{80-1} el caudillo que defendía el castillo nunca quiso rendirse ni capitular. Mucho tiempo se mantuvo encerrado entre sus muros de argamasa, como el león en su jaula de hierro. Todos los días se le veía{80-2} subir con sus compañeros á una de las cuatro torres que flanqueaban en sus ángulos el cuadrado castillo, para descubrir en la inmensa extensión de terreno que abarcaba su vista, si le llegaba socorro de los suyos; ¡pero en vano! El Santo Rey los había ahuyentado á todos. Hecho el reconocimiento, bajaba,—si bien marchitas las esperanzas,—inmutables, firmes y lozanos los bríos.
Poco á poco observaron los sitiadores aminorarse el número de los que le acompañaban, hasta que le vieron subir solo. Siguió impertérrito en su inspección diaria que hacía descolorido, caído de fuerzas, pero siempre entero de ánimo.
Un día no subió. Aquel día escalaron los cristianos los muros sin hallar resistencia. Al pie de la escalera de la torre encontraron armado, en pie y sin vida, al nunca rendido Último Moro.
Efectivamente, aquel castillo de argamasa aislado y obscuro, sin más comunicación con lo exterior que la puerta de entrada, flanqueado con sus cuatro torres coronadas de almenas, semejantes á pirámides de cementerios, parece un gran ataúd. Está estrechamente rodeado de olivos que le cercan apiñados, como para enterrarlo. Cual la{80-3} del navegante, nada percibe la vista del que está dentro, ó en su cercanía, sino una multitud de verdes copas de olivos,—semejantes á la multitud de verdes olas de la mar,—y el cielo sobre su cabeza. La escalera, por la que subía el moro á la plataforma de la torre, está derruida, y no prestando utilidad, no ha sido reedificada. No siendo tampoco necesario para las sencillas gentes campesinas que allí moran ninguno de los requisitos que sirven en los edificios labrados para ser cómodamente habitados, el Castillo del Último Moro permanece en el mismo ser y estado marcial, escueto y fuerte que tuvo, y es digna tumba del que lo defendió hasta su muerte.
¡Nada más triste que ese resto tan intacto de un pasado tan desvanecido! Esa eterna existencia entre extraños es triste en su inmovilidad; cual la del Judío errante en su incesante movimiento. ¿Qué sobrevive y queda de aquel hecho heroico? Una tradición en boca del pueblo, que nadie escucha, y esa gran tumba de héroes sepultada entre olivos, sobre la cual las simbólicas ramas de éstos estampan por solo epitafio: ¡Paz á los muertos!
Parecía aquella morada comunicar algo de su gravedad y silencio á la familia del capataz que la habitaba. Era éste un hombre austero; su mujer era callada, y sus hijos tímidos. Varmen, la mayor, que unía á su timidez juicio y dulzura, era bien querida en el lugar, en que, hablando de ella, sellaban su elogio con decir, según la expresión del país, que era arrimadita á la iglesia.
En una ocasión acaeció que murió el guarda del olivar á tiempo de la cogida, lo que apuró tanto más al capataz, cuanto que era á la sazón más necesario y más difícil hallar quien le reemplazara. Uno de los arreadores de la aceituna le propuso á un hombre{81-1} que dijo ser{81-2} muy propio para el oficio, y el capataz le admitió sin conocerle y sin saber sus antecedentes, en vista de la apremiante necesidad que de él tenía.
El nuevo guarda era un hombre, que, sin ser mal parecido, repelía. Su tez tostada, sus espesas patillas, su adusta y altanera mirada, le daban, al decir de los trabajadores, sombra en la cara: sus modales bruscos y sus pocas palabras alejaron de él todas las simpatías. Á poco se esparció una voz por el lugar,—una de esas voces que parecen formarse en las nubes, y que llegan á la tierra como aerólitos consistentes y compactos,—de que aquel hombre, que parecido al huracán había venido sin saberse de dónde, ni á dónde iba, andaba á salto de mata, prestado y forastero en todas partes, para burlar á la justicia que le buscaba con objeto de echarle mano.
Varmen notó con sobresalto que cuando venía el guarda al castillo á las horas de las comidas, tenía fija tenazmente sobre ella su atención. Era Varmen lo que suelen ser las que se clasifican de arrimadas á la iglesia, opuesta á que se ocupasen de ella.{82-1} Su vestir era con extremo aseado y primoroso, pero rigurosamente sencillo; la ropa que llevaba era basta, pero limpia; cuidadosamente remendada, pero sin adorno alguno: su cabello estaba siempre alisado y recogido; pero nunca adornaban flores su cabeza. Las flores de los jardines quieren las brisas de primavera para ostentarse: en las cabezas de las mujeres, quieren las alegrías, que no todas tienen, ¡ni aun en la juventud! Así es que como el agradar á los hombres no se lo pedía su vanidad, ni agradar á aquél se lo pedía su corazón,{82-2} puso todo esmero en evitar su presencia.
Una mañana estaba Varmen en el patio, lavando en una media tinaja empotrada en un poyo adherente al pozo: á su lado estaban jugando sus hermanas y los hijos del manijero. Varmen no prestaba atención ni á sus juegos ni á lo que decían: en cuanto á nosotros, no podemos pasar cerca de un grupo de niños sin detenernos para observarlos. En ellos se encuentra la gracia sin afectación ni pretensiones, que sin buscarlo, halla el agrado; gracia inocente cual ellos, y por tanto llena de encanto y de simpatía.
—Mariquilla, dijo la niña del manijero,
Cuando baja, ríe; cuando sube, llora:
¿Á que{83-1} no me lo aciertas en una hora?
—Yo no sabo{83-2} contestó la interrogada, que era la menor y más mimada de las hermanas de Varmen.
—¡Qué tonta eres! Es el carrillo.{83-3}
—Chacha, dijo Mariquilla altamente ofendida, Josefita me dice tontona.
Las chiquillas no se hicieron de rogar,{83-6} y la una cantó:
En un cuerno de la luna
He puesto á mi corazón,
Para que no se lo lleve
Un gato que es muy ladrón.
—Gato, afirmó la cantadora; que los niños no son ladrones.
—¿Que no? Tu hermanito dichoso me robó á mí tres bellotas.
—Eso era chancilla.
—¡Caramba con las chancillas! Tiene tu hermano la gracia, lo mismo que las avispas,—por detrás, y que duele.
—Y el tuyo es más feo que el Carlanco.{84-1}
—Yo sé el cuento del Carlanco, observó otra.
—¿Quién te lo contó?
—Mi abuela, que sabe más de mil.
—Anda, Catanilla, cuéntalo.
La interpelada estuvo muy dispuesta, y todas se pusieron á escucharla con gran atención; y nosotros con ellas.
II
EL CARLANCO
(Cuento popular infantil)
Era vez y vez una cabra, muy mujer de bien: que tenía tres chivitas que había criado muy bien, y metiditas en su casa.
En una ocasión en que iba por los montes, vió a una avispa que se estaba ahogando en un arroyo; le alargó una rama, y la avispa se subió en ella y se salvó.—¡Dios te lo pague! que{84-2} has hecho una buena obra de caridad, le dijo la avispa á la cabra. Si alguna vez me necesitas, ve á aquel paredón derrumbado, que allí está mi convento. Tiene éste muchas celditas que no están enjalbegadas, porque la comunidad es muy pobre, y no tiene para comprar la cal.{84-3} Pregunta por la Madre abadesa, que ésa soy yo,{84-4} y al punto saldré, y te serviré de muy buen agrado en lo que me ocupes. Dicho lo cual, echó á volar cantando maitines.
Pocos días después les{85-1} dijo una mañana temprano la cabra á sus chivitas:—Voy al monte por una carguita de leña; vosotras encerráos, atrancad bien la puerta, y cuidado con no abrir á nadie; porque anda por aquí el Carlanco. Sólo abriréis cuando yo os diga:
¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.
Las chivitas, que eran muy bien mandadas, lo hicieron todo como se lo había encargado su madre.
Y cate Vd. ahí que llaman á la puerta, y que oyen una voz como la de un becerro, que dice:
¡Abrid, que soy el Carlanco!
Que montes y peñas arranco.
Las cabritas, que tenían su puerta muy bien atrancada, le respondieron desde adentro:
¡Ábrela, guapo!
Y como no pudo, se fué hecho un veneno, y prometiéndoles que se la{85-2} habían de pagar.
Á la mañana siguiente fué y se escondió, y oyó lo que la madre les dijo á las chivitas, que fué lo propio del día antes. Á la tarde se vino muy de quedito, y arremedando la voz de la cabra, se puso á decir:
¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.
Las chivitas, que creyeron que era su madre, fueron y abrieron la puerta; y vieron que era el mismísimo Carlanco en propia persona.
Echáronse á correr, y se subieron por una escalera de mano al sobrado y la tiraron tras sí; de manera que el Carlanco no pudo subir. Éste, enrabiado, cerró la puerta y se puso á dar vueltas por la estancia, pegando unos bufidos y dando unos resoplidos,{86-1} que á las pobres cabritas se les helaba la sangre en las venas.
Llegó en esto su madre que les dijo:
¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.
Ellas desde su sobrado le gritaron que no podían, porque estaba allí el Carlanco.
Entonces la cabrita soltó su carguita de leña, y como las cabras son tan ligeras, se puso más pronto que la luz en el convento de las avispas, y llamó—¿Quién es? preguntó la tornera.—Madre, soy una cabrita para servir á Vd.{86-2}—¿Una cabrita aquí, en este convento de avispas descalzas y recoletas? ¡Vaya! ni por pienso. Pasa tu camino, y Dios te ayude, dijo la tornera.—Llame Vd. á la Madre abadesa, que traigo prisa, dijo la cabrita; si no, voy por el abejaruco, que le vi al venir por acá.—La tornera se asustó con la amenaza, y avisó á la Madre abadesa, que vino, y la cabrita le contó lo que pasaba.—Voy á socorrerte, cabrita de buen corazón, le dijo, vamos á tu casa.
Cuando llegaron, se coló la avispa por el agujero de la llave, y se puso á picar al Carlanco, ya en los ojos, ya en las narices, de manera que lo desatentó, y echó á correr que echaba incendios;{86-3} y yo
Pasé por la cabreriza,
Y allí me dieron dos quesos,
Uno para mí, y el otro
Para el que escuchare aquesto.{86-4}
III
Apenas concluía la contadora su cuento, cuando entró el guarda, que sin decir palabra, se acercó á ellas, puso su escopeta á su lado, se apoyó en el pilar del pozo, y se puso á picar un cigarro. Varmen se sintió desconcertada y fatigosa con la presencia de aquel hombre que la repelía, y tuvo deseos de alejarse. Pero por un lado no tenía pretexto para hacerlo, sin faltar á esa urbanidad innata, pasada á deber{87-1} y á costumbre en el pueblo; y por otro, le urgía concluir lo que estaba haciendo.
Al cabo de un rato, y como para entrar en conversación, llamó el guarda á Mariquita; pero ésta, en lugar de acudir, se refugió al lado de su hermana, y se abrazó á sus faldas, en cuyos pliegues desapareció su diminuta persona, sin que de ella se percibiese más que su carita,{87-2} que miraba con ceño y desconfianza al que la había llamado.
—¡Esquiva! dijo el guarda; ¡eso es de casta!
Varmen permaneció callada.
—Oiga Vd., prosiguió su interlocutor: no es de ahora que noto yo que me huye Vd. la cara.
—No huyo la cara ni á Vd. ni á nadie, contestó Varmen; pero no soy amiga de dar conversación á los hombres.
—Ni yo de sembrar para no coger: ¿está Vd., Varmen?
—Pues para eso, mire Vd. antes en{87-3} la tierra que siembra; que la tierra que sirve para viña, no sirve para olivar, contestó Varmen.
—¿Vd. me desprecia á mí?
—No, señor; yo no acostumbro á bajar á nadie de su estado.
—¿Yo? No, señor: yo no abro mi ventana.
—Á otro se la abrirá Vd.
—No, señor; ni al lucero del alba que viniese con una torta en la mano.
—Pues por eso digo, que en cambio de mi voluntad que le he dado, me da Vd. un desprecio.
—Yo no desprecio á Vd.
—¡Pero no me quiere dar oídos!
—Eso no; ni pasarse, ni llegarse.{88-3}
—Si no es hoy, mañana será; ó he de poder poco.
—Señor, exclamó azorada y ofendida Varmen. No exprima Vd. tanto la naranja que amargue el zumo;{88-4} y déjese de andar tras de aquello que no ha de alcanzar.
—¡Á carrera larga nadie escapa!, repuso el guarda, cogiendo su escopeta y alejándose.
La pobre Varmen quedó atribulada; y al domingo siguiente, cuando fué al lugar, le contó al cura, que era su confesor, lo que le había pasado con el guarda, y tenía perturbado su ánimo, hasta entonces tan sereno.
El cura, sin tener un talento sobresaliente, ni una santidad que llamase la atención, era uno de esos sacerdotes, cuyo carácter, inclinaciones, estudios, educación, ocupaciones y hábitos los hacen perfectamente aptos para el desempeño de su ministerio. Con él{88-5} estaba hacía{88-6} muchos años tan identificado el cura, que unido esto{88-7} al conocimiento individual que tenía de cuantos componían su rebaño le hacían{88-8} un pastor modelo. Hemos dicho modelo, y no ideal, porque los ideales son escasos. Por esto se haría mal en no apreciar lo que es muy bueno, sólo porque no llega al apogeo ó ideal de la perfección, en vista de que esto sólo lo hallamos, en realidad, en la vida de los entes privilegiados que han merecido el dictado de Santos, y ficticiamente, en las creaciones de los poetas, que hacen bien en presentarlo para enaltecer á la humanidad, pero que harían mal si lo presentasen para desprestigiar y deprimir á aquello que no se eleva á tanto.
—No te inquietes, ni temas, le dijo el cura, pues no tienes por qué; que «Culpa no tiene quien hace lo que debe.» Y tú{89-1} lo que debes hacer, es no dar oídos á ese hombre.
Al domingo siguiente volvió á hablarle al cura, más asustada, más acongojada aún, y le dijo que el guarda la perseguía y hostigaba con su amor, de manera que no la dejaba vivir,{89-2} y hasta había llegado á amenazarla, si se mantenía en no darle oídos.
—Sosiégate, hija, y no temas, la contestó el cura. Todas esas son tretas de que se valen los hombres para perder á las inocentes como tú. «Obra bien... ¡Que Dios es Dios!»
Al tercer domingo, la pobre joven se mostró más afligida y atemorizada que nunca; la obstinación del guarda, su vehemencia y sus amenazas, la hacían temer una desgracia si le exasperaba más con sus negativas.
«Haz lo que debas y suceda lo que suceda.» Así terminó el cura los consejos paternales que le dió, para que siguiese impávida en la senda de la virtud.
Á los pocos días, habiendo salido Varmen al olivar para buscar una gallina que se había extraviado, se presentó de repente á su vista el guarda. Varmen, asustada, se volvió presurosa{90-1} dirigiéndose hacia la hacienda.
—¿Huyes? le dijo su perseguidor. ¡Huyes de mí, porque te acusa la conciencia!
—¿La conciencia? contestó Varmen. «Culpa no tiene quien hace lo que debe.»
—¿Tú te has parado á considerar, prosiguió el guarda, lo que es, y lo que puede resultar de exasperar á fuerza de desprecios á un hombre como yo? ¿Tú sabes de lo que{90-2} soy capaz? ¿Sabes que puedo perderte?
—«Obrar bien... ¡Que Dios es Dios!» contestó Varmen, con la calma propia en el momento de las grandes crisis.
—¡Varmen! por última vez... ¿me desechas?
—Sí, contestó Varmen con la palidez del pavor en el rostro, y la firmeza del buen propósito en el acento.
—Pues sábete, ingrata, que en su vida{90-3} este á quien ofendes ha dejado hueco entre el agravio y la venganza; que eso en la sangre lo{90-4} tengo, y lo mamé con la leche que me crió.
—Y yo, con la buena enseñanza cristiana que he mamado, tengo en el alma este otro propósito: «Haz lo que debas y suceda lo que suceda.»
—¡Hola! ¡ya caigo! dijo con concentrada ira el guarda. El que te dirige es el cura. ¡Á ése, á ése, es al que{90-5} debo tus repulsas, que no he podido vencer; tus desdenes que no he podido desarmar, tu dureza que no he podido ablandar! ¡Pues él pagará por él y por ti! Mañana me voy; no volverás á verme; ¡pero por estas que me afeito, que te acordarás de mí mientras memoria tengas!
Diciendo esto, el guarda se alejó rápidamente y desapareció entre los olivos.
Á la mañana siguiente, vió entrar el cura en su casa á Varmen, la que deshecha en lágrimas le refirió lo que le había pasado.
—No te apures, hija, le dijo, cuando hubo concluido de hablar: ésos son espumarajos del coraje, que cae cuando la razón vuelve á adquirir su imperio.
—¡Padre, no le conocéis! repuso sollozando Varmen, es un desalmado. ¡No salgáis, por Dios, mañana; que os va á matar!
—Sosiégate, hija, que va mucho de hacer una amenaza á{91-1} cumplirla.
—Padre, repitió acongojada Varmen, no le conocéis; tiene echada el alma atrás,{91-2} y cumplirá la amenaza; ¡lo ha jurado!
—Pues, hija, repuso el cura, «Haga yo lo que deba, y haga Dios lo que quiera.»{91-3}
IV
Del lado opuesto del pueblo se extiende un pinar, al que se llega por un prado de roja arena, que cubre un césped{91-4} tan corto y espeso, que parece lo ha tejido la naturaleza para avergonzar á los tejedores de las más afamadas alfombras. En los parajes más bajos y húmedos en el tiempo de las lluvias, este césped se ve salpicado con tal profusión de pequeñas margaritas blancas, miniaturas de esta bella especie, que parecen ser las once mil vírgenes del paraíso de Flora. Por los parajes secos, crece cercana á la tierra una flor pequeña, que lleva el nombre de flor de la abeja, nombre bien apropiado, porque esta florecita tiene con pasmosa exactitud la forma y colores de dicho animalito. No parece sino que{92-1} bajada á descansar—si es que esa laboriosa é incansable colectora de miel busca jamás descanso,—se ha posado sobre un tallo, y ha quedado adherida al reino vejetal, por hechizo de algún maléfico gnomo. Dan impulsos de traer á aquellos parajes una colmena, para probar si la vista del hogar doméstico las hace romper el encanto que las tiene convertidas en pequeñas y mudas estatuas. Pudiérase pensar que eran{92-2} las flores que lo habían exigido de Flora para dar á las abejas este castigo, semejante al que recibió la mujer de Lot; si fuese dable atribuir á las flores deseos de venganza, ni resentimiento porque gozasen otros de la miel de su corazón. Pero no lo es; ellas que expenden con profusión y entregan al inconstante aire su perfume con loca prodigalidad,—porque saben que tienen para dar y que les quede,{92-3}—no pueden ser avaras. Es esta flor la singularidad más peregrina que hemos visto. Tiene además la de ser incultivable; todos los ensayos que se han hecho con este fin han sido infructuosos, lo que nos confirma en nuestro primer aserto de que este fenómeno es un hechizo del maligno gnomo de aquel rojo arenal.
La naturaleza, no contenta con extasiarnos con sus obras maestras, se complace á veces con admirarnos, ya con sus encantadores caprichos, ya con misterios llenos de alto sentido. ¡De cuántos modos nos llama Dios á adorarle con sus obras! ¡Oid el himno que entonan todos esos susurros, todos esos sonidos que no comprendemos, y que en diferentes tonos, ya graves, ya alegres, ya dulces, ya austeros, difunden el aire, el agua, el fuego, las plantas, todo lo que creemos inanimado. Oid atentos y os convenceréis de que dicen: «¡Venite, adoremus!»
Aquel pinar era el sitio en que indefectiblemente paseaba el cura todas las tardes.
Aquélla á la que había precedido su conversación{93-1} con Varmen, salió como de costumbre tenía.
Cuando se hubo internado en el pinar, vió de repente salir de entre la enramada el guarda que traía su escopeta, el cual, parándose á corta distancia, se la echó á la cara, clavando en él sus ardientes y amenazadores ojos.
El cura se paró igualmente; pero con ánimo tan sereno, que al mirar al que le amenazaba, su rostro sólo expresaba la más completa calma, y la más pura dignidad. Un rato se estuvieron viendo fijamente ambos, inmóviles y en silencio; lentamente se inclinó hacia tierra la dirección de la escopeta del guarda, que en seguida bajó sus ojos, y después de un momento de indecisión, dijo en honda voz,
—¡Vaya Vd. con Dios, Padre! y desapareció bruscamente en la espesura.
—¡Dios bendiga tu primer paso en la senda del bien, hijo! repuso en recia y conmovida voz el Cura, y salve tu alma, que pierdes entregándola á tus malas pasiones.
Si esta bendición llevó su fruto, se ignora; pues nunca se volvió á saber de aquel á quien fue aplicada.[P]
Footnotes to Obrar Bien ... Que Dios Es Dios:
EL TEN-CON-TEN
Por Don Antonio de Trueba{94-1}
I
En un pueblo de Castilla llamado Animalejos, erigieron los labradores una ermita á San Isidro, á poco tiempo de ser canonizado el santo labrador matritense, y aquel santuario fué adquiriendo gran fama en toda la comarca, por los favores que otorgaba el Santo á los que los pedían con verdadera fe.
Andando el tiempo, la ermita se arruinó, y en tal estado se hallaba hacia mediados del siglo presente. Los vecinos de Animalejos, poco peritos en efemérides histórico-religiosas, decían que la ermita se arruinó en el primer tercio del siglo XVI, con motivo de la guerra de las Comunidades, que tantos desastres causó en Castilla la Vieja, y aun en Castilla la Nueva; pero los vecinos de los pueblos cercanos les daban matraca llamándoles, no se sabe por qué, «los que arcabucearon al Santo»; insulto que sacaba de sus casillas á los animalejeños y daba ocasión á tremendas palizas.
Es verdad que hacía siglos no quedaba de la ermita más que un montoncillo de ruinas; pero se conservaba por tradición, así en Animalejos como en los pueblos inmediatos, la devoción al santo patrono de los labradores.
Dícese que cuando el río suena, agua lleva;{94-2} pero aquella devoción de los animalejeños á San Isidro bastaba para desmentir, si no bastara su propia y sacrílega enormidad, la acusación de haber arcabuceado á San Isidro los animalejeños.
Había en Animalejos un sujeto, llamado por mal nombre el tío Traga-santos,{95-1} y digo que era llamado así por mal nombre, porque se lo llamaban por la única razón de que buscaba en Dios y en sus elegidos el consuelo de sus tribulaciones y las ajenas.
Las ruinas de la ermita de San Isidro estaban en las afueras de Animalejos, en un cerrillo que dominaba toda la vega. No pasaba una sola vez por allí el piadoso Traga-santos sin arrodillarse sobre ellas y llorar la destrucción del templo.
El día de San Isidro el tío Traga-santos cubría de flores aquellas sagradas ruinas; colocaba sobre ellas una mesita cubierta con un blanco mantel; en este sencillo é improvisado altar ponía, entre dos velas, una tosca imagen de San Isidro hecha de barro, circunstancia que para él constituía su mayor mérito, pues se la habían llevado de Madrid, y suponía que aquel barro procedía de la tierra regada con el sudor del santo labrador, y pasaba casi todo el día rezando entre aquellas ruinas.
El sueño dorado de toda la vida de Traga-santos había sido ir á Madrid, gustar en su propio manantial el agua brotada milagrosamente al golpe del regatón de Isidro, y orar en el templo erigido al Santo en los campos que éste regó con el sudor de su frente.
Era ya viejo, y temeroso de dejar este mundo sin realizar aquel piadoso sueño, determinó al fin emprender su peregrinación á Madrid, y así lo hizo, llegando á las orillas del Manzanares víspera de la fiesta del glorioso San Isidro. La emoción que sintió al divisar materialmente los campos donde se realizó el poema, á la par sencillo, maravilloso y santo, de la vida de Isidro y su santa compañera María de la Cabeza, es para pensada, y no para referida.{96-1}
—¡Señor—decía para sí,—qué felices son los madrileños, que tienen la gloria de poder llamar compatriota suyo al bendito Isidro, y poco menos á la bendita María de la Cabeza! ¡Qué dicha la suya, pues pueden desde su propio hogar contemplar todos los días los campos donde vivieron en carne mortal los santos labradores! ¡Y con qué santo regocijo y piadoso recogimiento de espíritu discurrirán por aquellos campos, pondrán su planta donde Isidro y María pusieron la suya, y se inclinarán á cada paso á besar aquella tierra, que Isidro regó con su sudor y los ángeles santificaron con su presencia, bajando á ella para regir el arado del bendito labrador!
Pensando así, el tío Traga-santos esperó el alba del siguiente día, y así que el alba despuntó, se encaminó á los collados de San Isidro.
Antes de pasar el Manzanares, oyó hacia aquellos collados y la pradera interpuesta entre el río y ellos, confuso, interminable y atronador murmullo de la muchedumbre, y dijo, lleno de piadosa emoción:
—¡Ah, qué bien comprende el gran pueblo madrileño la incomparable dicha que goza de ser Madrid cuna de San Isidro, y sus campos teatro de los milagros del santo labrador! ¡He ahí á ese piadoso y gran pueblo orando en alta voz para glorificar al Santo y pedirle el remedio y el consuelo de los males de la patria!
El alma se le cayó á los pies al pobre Traga-santos{97-1} cuando, apenas pasó el Manzanares, se encontró con que aquel confuso y atronador murmullo de la muchedumbre congregada en torno del santuario y de la milagrosa fuente se componía, no de piadosos himnos y plegarias, sino de blasfemias, de obscenidades, de cantares profanos, y de gritos cuando menos locos é inspirados por la embriaguez. ¡Y su corazón se estremeció de espanto cuando supo que en aquellos benditos campos había que establecer todos los años, al llegar el día consagrado á glorificar al santo y sencillo labrador, que hasta cuidaba de las avecillas del cielo, un juzgado y un hospital para reprimir el crimen y proteger á sus víctimas!{97-2}
Bebió el agua milagrosa, mezclándola con las lágrimas que arrancaban á sus ojos la piedad y el dolor, y penetró en el santuario, donde pasó orando y llorando la mayor parte de la mañana.
Cuando salió á recorrer aquellos campos, hollados por la planta del santo labrador, vió que el cielo se había nublado, y oyó decir á las gentes que se le iban á mojar las polainas al Santo.
Esta frase causó honda pena á Traga-santos, porque le pareció irrespetuosa, y más{97-3} proferida en el aniversario del tránsito del bienaventurado labrador al cielo, y mucho más en boca de los compatriotas de Isidro, y muchísimo más pronunciada en el suelo santificado con la planta y los milagros de tan gran santo.
De repente empezó á llover con violencia, pero cesó la lluvia á corto rato; y ¡cuál no sería el asombro{97-4} del sencillo creyente vecino de Animalejos cuando vió que una porción de mujeres, cuyos puestos de dulces, juguetes de niños, campanillas y santos de barro y todo género de baratijas había averiado la lluvia, se encaminaban irritadas hacia la ermita, recogiendo piedras del suelo y se ponían á apedrear á una imagen de San Isidro colocada sobre el pórtico de la ermita, llenando de improperios al Santo porque, según decían, le habían llenado de cuartos el cepillo y habían quemado en su altar no sé cuántas velas para que hiciera que no lloviese,{98-1} y el Santo era tan desagradecido, que había hecho precisamente todo lo contrario!{98-2}
—¡Pero no ven ustedes qué judiada la de esa gente!—exclamó Traga-santos escandalizado, dirigiéndose á un grupo de lugareños de ambos sexos que estaban á su lado presenciando aquella sacrílega pedrea.
—Pues aguarde usted un poco—le contestó uno de los lugareños con asentimiento de los demás;—que en cuanto acaben de tirar piedras ésas, vamos á empezar nosotros.
—¿Por qué?—les preguntó Traga-santos sorprendido é indignado, tanto más, cuanto que entonces reparó que cada lugareño tenía una piedra en la mano.
—¿No ve usted qué claro se vuelve á poner el cielo? ¡Lo que es de esta hecha voló la lluvia!{98-3} ¡Y nosotros, pedazos de burros, que hemos andado diez leguas y hemos gastado un dineral en misas y luces y limosna al Santo para que lloviera, pues tenemos el campo quemado!... ¡Al fin gato de Madrid había de ser él! La culpa tiene ¡voto á bríos! el que se fía...
Traga-santos, horrorizado, no quiso oir el resto de la frase, y se apresuró á volver á la ermita para pedir al Santo, con los ojos arrasados en lágrimas, que detuviese con su intercesión la mano de Dios, sin duda levantada ya para castigar terriblemente al pueblo español por aquellos sacrilegios.....
Y al día siguiente tomó el camino de su tierra, firmemente decidido á desagraviar al santo labrador reedificando la ermita de Animalejos y fomentando en ella el culto, que esperaba fuese allí más sincero y desinteresado que el que recibía San Isidro en Madrid, en el pueblo que al parecer en tan poco tenía el ser{99-1} patria de tan gran santo.
II
Traga-santos vendió hasta los clavos de su casa para realizar su propósito de reedificar la ermita de San Isidro; y como aquello no bastase, anduvo de pueblo en pueblo pidiendo limosna para tan santa obra, por cierto con mucho fruto, particularmente en Cabezudo y Barbaruelo.
Al fin tuvo el consuelo de ver restablecido en Animalejos el santuario del bendito labrador, más grande y más hermoso que el antiguo, á juzgar por los cimientos y las ruinas que del antiguo quedaban.
Hubiera sido gran dicha para Traga-santos poder colocar en él la antigua imagen; pero esta imagen había desaparecido, y fueron vanos todos los esfuerzos que hizo para dar con ella.
Traga-santos ideó un medio muy eficaz de reemplazarla ventajosamente. Escribió á Madrid á persona de toda su confianza, encargándole que le enviase un par de sacos de la mejor arcilla que hallase en los cerros de San Isidro, y así que recibió esta bendita tierra, se fué con ella á Valladolid é hizo que le modelase un buen escultor{100-1} una buena imagen de San Isidro, que bien cocida y pintada, llevó al señor Arzobispo y éste bendijo, concediendo muchas indulgencias á los que rezasen delante de ella.
Volvió Traga-santos á Animalejos con tan preciosa imagen, y una vez colocada en la ermita con gran solemnidad, se dedicó aquel piadoso y sencillo anciano á fomentar el culto y la devoción de San Isidro.
Su santo celo no fué inútil, porque antes de un año la ermita de Animalejos era uno de los santuarios más concurridos y venerados de toda Castilla la Vieja, á lo que contribuyeron los muchos beneficios que por intercesión de San Isidro y la del mismo Traga-santos habían obtenido de Dios en tan corto tiempo los devotos.
He dicho que la intercesión de Traga-santos había mediado también en la obtención de estos beneficios, y esto necesita explicarse.
Las gentes que conocían la santidad de Traga-santos y sabían lo mucho que{100-2} San Isidro le debía, eran de parecer que la mediación de Traga-santos era poderosísima y eficaz para obtener la del Santo para con Dios.
Así, pues, los que llegaban á la ermita para solicitar algún beneficio, lo primero que hacían era dirigirse á Traga-santos diciéndole:
—Tío Traga-santos, yo necesito esto, ó lo otro, ó lo de más allá. Interceda usted con el Santo para que á su vez interceda con Dios; que estoy seguro de que ni el Santo le niega á usted nada ni al Santo le niega nada Dios.{100-3}
Traga-santos, por más que protestase no ser lo santo que{100-4} se suponía, sino por el contrario, el mayor de los pecadores, accedía á aquel ruego, y rara era la vez que su intercesión no diese maravillosos frutos.
Lo que cada vez tenía más disgustado á Traga-santos, era el profundo egoísmo y hasta la falta de sentido común con que muchos acudían á la ermita, viendo que, por ejemplo, á un mismo tiempo pedía uno que lloviese á mares y otro que la sequía achicharrase los campos.....
Traga-santos confió estos disgustos é inconvenientes al señor Cura Párroco de Animalejos, que era hombre de mucho consejo, y le pidió el suyo para salir de los apuros en que los devotos le ponían á él, á San Isidro y á Dios mismo.
—Tío Traga-santos—le dijo el Párroco,—ésas son cosas muy delicadas para hombres de tan poco entendimiento como nosotros. Lo único que haré será contarle á usted un cuento, y allá verá usted si le sirve de algo para resolver el problema que tanta guerra le da.
—Venga el cuento, señor Cura; que yo procuraré sacarle toda la miga que tenga.
—Pues, óigale usted. En un pueblo que llaman Adoracuernos, que es como debían llamar á Madrid, había corrida de toros, y uno de los toros era de muerte,{101-1} que debía darle un mozo del mismo pueblo muy aficionado al toreo. En el momento en que estaban lidiando el toro de muerte, un vecino, de muchos años y de mucho entendimiento, vió á la madre del torero arrodillada á los pies de un Santo Cristo muy milagroso que se veneraba en una calle del pueblo.
—¿Qué hace usted ahí?—preguntó á la arrodillada.
—Señor—contestó la buena mujer llorando,—¡qué quiere usted que haga sino rezar!{101-2} ¡En este instante quizá luchan á muerte mi hijo y el toro, y naturalmente, rezo para que venza mi pobre hijo!
—Mujer, no llore usted, que al fin su hijo tiene sobre el toro una gran ventaja.
—¿Y qué ventaja es ésa, señor?
—La de que la madre del toro no sabe rezar.
Traga-santos era hombre que se confundía y embrollaba cuando para entender las cosas necesitaba cavilar un poco. Así fué que se hizo un ovillo cuando se puso á cavilar para entender lo que el señor Cura Párroco le había querido decir con aquel cuento.
Como siguiesen en aumento sus disgustos, hijos de su afán por complacer á todos los devotos, y lo contrapuesto de las peticiones de éstos, volvió á consultar al señor Cura á ver si le daba algún consejo más práctico y accesible á su comprensión que el encerrado en el cuento de lo ocurrido en Adoracuernos, y el señor Cura le dijo:
—Tío Traga-santos, voy á contarle á usted otro cuento, que de seguro le saca á usted de sus apuros si sabe aprovecharle. Un buen anciano que tenía un hijo labrador y otro tratante en granos, era muy devoto de Santa Ana por cuya intercesión había logrado de Dios muchos beneficios para sus dos hijos.
Un día que el cielo amenazaba lluvia, se le presentaron sucesivamente sus dos hijos, y le dijo el labrador:
—Padre, yo vengo á pedirle á usted un favor, y es que interceda con la gloriosa Santa Ana para que alcance de su Divino Nieto que llueva de firme, porque si no llueve, se me pierde la cosecha y me arruino.
—Está muy bien, hijo—le contestó el anciano.
El tratante en granos llegó poco después y le dijo:
—Padre, ya ve usted que el cielo amenaza lluvia, y si llueve, la cosecha va á ser este año bárbara, y yo me arruino con la baja del trigo, porque tengo empleado en él todo mi capital. Con que, padre, hágame usted el favor de pedir á la gloriosa Santa Ana que interceda con Dios para que no llueva.
El anciano reunió á sus dos hijos y exclamó, dirigiéndose á ellos:
—Hijos míos, uno de vosotros me pide que interceda con la gloriosa Santa para que llueva de firme, y el otro, que interceda con la misma gran Santa para que no llueva. ¿Cómo me he de componer para complaceros á ambos, si me pedís cosas enteramente opuestas?
El labrador y el tratante en granos insistieron cada cual en su petición, y por último, se fueron diciendo cada cual:
—Padre, arrégleselas{103-1} usted como pueda, pero es indispensable que pida usted á Santa Ana lo que le he dicho.
—¿Cómo creerá usted, tío Traga-santos, que salió del paso el anciano?
—Eso es, señor Cura, lo que yo le iba á preguntar á usted.
—Pues salió yendo á la iglesia, arrodillándose delante del altar de Santa Ana y diciendo á la Santa con mucha devoción:
—Vengo á decirle á usted, santa abuelita,
que mis hijos me ponen en un potro,
pues el uno que llueva solicita,
y... que no llueva solicita el otro.
Santa abuelita, yo bien considero
que usted dirá: «Salidas de pavana
de esa naturaleza oír no quiero.»
¡Pues haga usted lo que le dé la gana!
El tío Traga-santos ya comprendió la filosofía de este otro cuentecillo, pero continuó en su vano empeño de complacer á todos los que le pedían que sirviese de medianero entre ellos y el Santo, porque no tenía cara para negar nada á nadie, y era aficionadísimo al ten-con-ten.
Cerca de Animalejos había dos pueblos que estaban siempre en guerra uno con otro, porque daba la pícara casualidad de que casi siempre eran sus intereses opuestos.
Estos dos pueblos eran Barbaruelo y Cabezudo. Los únicos molinos que había en aquella comarca estaban en jurisdicción de estos dos pueblos, que tenían en los molinos de concejo un gran recurso para levantar las cargas públicas. El río que pasaba por Barbaruelo era muy caudaloso, y el que pasaba por Cabezudo era todo lo contrario. Así sucedía que cuando la sequía era grande, Barbaruelo monopolizaba la molienda de toda, la comarca, porque Cabezudo ni aun á represadas podía moler un grano.
Después de un poco de sequía el cielo se turbó con aparato de lluvia, y contemplándole, decían los de Barbaruelo, muy inquietos:
—¿Si nos irán{104-1} á fastidiar las lluvias? Si vienen, nos doblan de medio á medio,{104-2} porque los de Cabezudo muelen ya á represas, y continuando la sequía, antes de una semana apandamos nosotros toda la molienda de veinte leguas en contorno.
Y al mismo tiempo decían los de Cabezudo, contemplando el cielo muy alegres:
—¿Qué va á{105-1} que las lluvias nos ponen las botas y jorobamos á los de Barbaruelo? Buena falta nos hacen,{105-2} porque ya hemos empezado con las pícaras represas, y los de Barbaruelo nos birlan ya la mitad de la molienda.
Barbaruelo y Cabezudo acordaron enviar cada cual una comisión á Animalejos para ver si por la intercesión del tío Traga-santos, á quien habían dado tanta limosna para reedificar la ermita, lograban de San Isidro que á su vez intercediese con Dios para que no cayera gota de agua y para que cayera á cántaros, y ambas comisiones se dirigieron casi simultáneamente á Animalejos.
Mientras esto pasaba en Barbaruelo y Cabezudo, los de Animalejos, que no sabían si alegrarse ó entristecerse contemplando el aparato de lluvia que presentaba el cielo, determinaron rogar al tío Traga-santos que solicitase, por la intercesión de San Isidro, que lloviera y no lloviera, ó lo que es lo mismo, que cayese sólo una rociada de agua, que era lo único que necesitaba el campo de Animalejos.
El tío Traga-santos fué oyendo á unos y á otros, y como no tenía cara para negar nada á nadie, y de unos y otros había recibido limosna para reedificar la ermita de San Isidro, fué diciendo á todos amén, imitando al devoto del cuento del señor Cura, pidiendo al Santo que hiciera lo que le diese la gana: creyó haber encontrado, en lo posible, aquel medio, que consistía en pedir á San Isidro que no lloviese tanto como querían los de Barbaruelo ni tan poco como querían los de Cabezudo y los de Animalejos.
Apenas el tío Traga-santos había hecho su oración al glorioso San Isidro, empezó á llover y no cesó la lluvia hasta bien entrada la noche,{106-1} en que cesó y se puso el cielo estrellado, con mucha alegría del tío Traga-santos, que dió las gracias al bendito labrador porque le había complacido á medida de su deseo.
III
Amaneció el día siguiente tan sereno y hermoso, que toda señal de nueva y próxima lluvia había desaparecido.
—¡Voto á bríos, que se ha portado el tío Traga-santos!—exclamaban los de Cabezudo.—¡Con la pícara lluvia de ayer ya han empezado á moler á más y mejor los de Barbaruelo, y con cuatro gotas que vuelvan á caer siguen moliendo todo el verano cuanto grano se les presente, y nosotros, que esperábamos ganar un dineral con toda la molienda de veinte leguas en contorno, nos vamos á fastidiar este verano!..... ¡Que vuelva, que vuelva por aquí á pedir limosna para su ermita! ¡Qué lástima de fuego en ella{106-2} y en el ingrato tío Traga-santos, que tal chasco nos ha dado! Porque, si ha llovido{106-3} ayer á mares, será porque al tío Traga-santos le untaron la mano los de Barbaruelo cuando estuvieron á verle para que pidiese á San Isidro esa condenada lluvia.
—¡Vaya un chasco que nos ha dado el tío Traga-santos!—decían los de Barbaruelo.—¡Con un canto en los hocicos nos podremos hoy dar porque{106-4} ayer no hubiese existido en el mundo semejante hombre, pues si ayer no cayeron más que cuatro gotas, de seguro se debe á manejos de ese tunante, pues el cielo estaba tan cargado, que prometía un diluvio! ¡De seguro, cuando fueron á verle los de Cabezudo le alargaron buenas amarillas para que pidiese que no lloviera, y el muy tunante pidió al Santo que lloviese sólo un poco para cubrir el expediente! ¡Antes de quince días, ni á represadas podemos moler, y este verano los de Cabezudo ganan el oro y el moro con la molienda, y á nosotros nos tiene que asar á contribuciones el Ayuntamiento para levantar las cargas del pueblo! ¡Vaya, que el tío Traga-santos está agradecido á las limosnas que le dimos para levantar la ermita! ¡Mala centella de Dios tumbe á su ermita y á él, que tan serrana partida nos ha jugado!
Y al mismo tiempo decían los de Animalejos:
—¡Como hay Dios, debemos estar agradecidos al tío Traga-santos por lo bien que se ha portado con nosotros!{107-1} Más cuenta nos hubiera tenido que el tal Traga-santos no existiera, porque ayer, si al cielo se le hubiera dejado hacer lo que quisiera,{107-2} sólo hubiera caído un chaparroncillo, que era lo que la vega necesitaba, y con meterse el tío Traga-santos á pedir que llueva ó deje de llover,{107-3} llovió á jarros y todo el trigo se ha tumbado, y con tanta humedad la roña se le va á comer antes que cuaje el grano. Milagro será que antes de caer tanta agua en nuestros campos no cayeran algunas onzas de oro en manos del tío Traga-santos, porque los de Barbaruelo vinieron á verle, y de seguro no le dejaron con las manos peladas. ¡Cuidado que el tal Traga-santos agradece lo que Animalejos ha hecho para ayudarle á levantar la ermita! ¡Y luego habrá quien{107-4} se extrañe de que el mejor día se amotine Animalejos y pegue fuego á la ermita y al ermitaño!
Estas murmuraciones llegaron á oídos del tío Traga-santos, á quien causaron el mayor sentimiento, porque en lo humano no aspiraba el piadoso viejecito á mayor gloria que la de complacer á todos por medio del ten-con-ten y de ser de todos bienquisto.
Sabedor de que la marejada que se había levantado contra él en Cabezudo y en Barbaruelo, y hasta en el mismo Animalejos, lejos de cesar, cada vez era mayor, determinó dar un manifiesto á los tres pueblos, sincerándose de las acusaciones de que era objeto, y, en efecto, redactó uno concebido en los siguientes términos:{108-1}
«¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses! Con mucho dolor de mi corazón ha llegado á mi noticia que estáis quejosos de mí porque días pasados no llovió á gusto de todos. ¡Yo os aseguro que hice cuanto estaba de mi parte{108-2} para complacer á Cabezudo, que quería no cayese gota de agua; á Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y á Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que!{108-3} Dios lo puede hacer todo, pero á veces lo hace tan indirectamente, que parece no hacer nada ó hacer todo lo contrario de lo que se le pide. Supongamos que Cabezudo le pide que no llueva una gota, y todo con la intención de que Barbaruelo no muela un grano, y en seguida empieza á llover tanto, que el agua se lleva los molinos de Barbaruelo. En este caso, ¿no habrá hecho Dios lo que Cabezudo le pedía, aunque parezca que ha hecho todo lo contrario? Y si Cabezudo empezó á decir picardías de Dios al ver que llovía á mares, ¿no ha hecho Cabezudo una barbaridad? ¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses, dad por bien hecho todo lo que hace Dios, pues es lo que os tiene cuenta, aunque os parezca lo contrario! De esta doctrina partí yo días pasados al pedir al glorioso San Isidro que intercediese con Dios en favor de Cabezudo, que quería no cayese gota; de Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y de Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que. El Santo escuchó mi ruego, y Dios escuchó el del Santo, porque se fundaban en el buen medio en que está la virtud, y así todos fuisteis complacidos hasta cierto punto: Cabezudo, consiguiendo que no lloviera tanto como Barbaruelo deseaba; Barbaruelo, consiguiendo que no lloviera tan poco como deseaba Cabezudo; y Animalejos, consiguiendo que no lloviera tanto ni tan poco como deseaban Cabezudo y Barbaruelo. Yo estoy satisfecho del favor que todos hemos alcanzado de Dios por la intercesión, del glorioso San Isidro y vosotros debéis también estarlo, amados cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses.»
Fijarse este manifiesto en los sitios públicos de Animalejos, Cabezudo y Barbaruelo, y amotinarse los tres pueblos contra el tío Traga-santos, todo fué uno, porque todos decían bramando de coraje:
—¡Ciertos son los toros! ¡El tío Traga-santos es un bribón de siete suelas, que no hace más que pastelear y meterlo todo á barato con capa de santidad y palabras de caramelo! ¡Hay que hacer con él una{109-1} que sea sonada para que no vuelva á venderse al oro de...
Este oro era para los de Barbaruelo el de Cabezudo, para los de Cabezudo el de Barbaruelo, y para los de Animalejos el de cualquiera de los dos pueblos vecinos.
El resultado de los manifiestos al público es contraproducente, ó cuando menos nulo, en estos dos principales casos: primero, cuando el manifestante no tiene razón ó el público no quiere que la tenga; y segundo, cuando el manifestante tiene malas explicaderas, ó el público tiene entendederas no mejores.
De esto último había un poco en el tío Traga-santos y en los de Cabezudo, Barbaruelo y Animalejos, y así se explica el que{110-1} el manifiesto del primero causase efecto contraproducente en los segundos.....
El tío Traga-santos, viendo que su manifiesto, lejos de hacer entrar en razón á aquellos á quienes se dirigía, los había irritado hasta el punto de que se temía de ellos alguna barbaridad, acudió al Párroco en demanda de consejo.
—Tío Traga-santos—le dijo el Párroco,—no debe usted extrañar que su manifiesto del ten-con-ten no haya producido el efecto que usted se propuso, porque ni yo mismo he podido entender lo que usted quería decir en él.
—Mire usted, señor Cura, lo que yo quería decir era que es imposible que llueva á gusto de todos, y que lo más que yo pude hacer fué pedir á San Isidro que intercediese con Dios para que lloviese como más conviniese á todos.
—Pues oiga usted, tío Traga-santos, lo que pasó en Madrid entre D. Juan Nicasio Gallego, que era un gran maestro en materia de poesía, y D. Mariano Luis de Larra,{110-2} que todavía era aprendiz. Larra compuso unos versos que le parecían muy buenos, como á todos los principiantes les parecen los suyos, y se los dió á Gallego, á quien le parecieron muy malos, como á todos los maestros les parecen los que lo son.
—Marianito—dijo el maestro,—no entiendo lo que usted ha querido decir aquí.
—Señor D. Juan—contestó el aprendiz,—lo que yo he querido decir ahí es esto, y esto, y esto.
—Pero ¡canario!—exclamó D. Juan;—Marianito, ¿por qué no lo ha dicho usted, hombre?
—Entiendo muy bien, señor Cura, lo que usted quiere darme á entender con ese cuento, ó lo que sea; pero como ya á lo hecho pecho, quisiera saber si le parece á usted bien que fíe sólo mi justificación y defensa á la misericordia de Dios, procurando alcanzarla por la intercesión del glorioso San Isidro.
—Me parece muy bien eso, y celebraré muchísimo que así se salve usted del enojo que ha causado la torpeza de su manifiesto; pero mire usted, tío Traga-santos, yo debo hablarle á usted con franqueza: si yo fuera santo, echaba{111-1} muy enhoramala á los que sin necesidad se meten á escribir y no aciertan á decir lo que piensan. Cuando se escribe para el público no basta querer decir las cosas, sino que es necesario decirlas, y decirlas bien, y el que no sirva para eso, que reserve toda su literatura, de{111-2} soltero para escribir á la novia, y de casado para apuntar la ropa que lleva la lavandera.{111-3}
El tío Traga-santos se subió á su ermita y se puso á orar al Santo, incurriendo en la tontería de no pedirle misericordia por lo malo del manifiesto, porque suponía que habiendo sido el Santo un sencillo y rústico labrador, no entendía de esas cosas. Ni siquiera se atrevía ya á pedirle que intercediese con Dios para que le concediese esto ó lo otro ó lo de más allá,{111-4} sino que se limitaba á pedirle que intercediese para que Dios le concediera lo que fuese más justo, como que el tío Traga-santos decía, y decía muy bien:
—No lo echemos á perder otra vez pidiendo cosas injustas. Claro está que á mí me convendría que instantáneamente trocasen esos barbarotes en amor y agradecimiento la tirria y la ingratitud que me tienen, pero quizá cometa un pecado muy gordo empeñándome en dar gusto á todos en vez de darle sólo al que lo mereciese; y pedir que Dios me exima de la expiación de ese pecado, es pedir gollerías. No, no, señor; la que debo pedir á Dios es que haga conmigo lo que sea más justo.
Hallándose el tío Traga-santos en esta santa ocupación, asomaron por los caminos de Cabezudo y Barbaruelo numerosas turbas de masas populares que se dirigían hacia Animalejos al furibundo grito de: «¡Muera el tío Traga-santos!», grito que no tardó en encontrar eco en Animalejos mismo, cuya plebe empezó á agitarse furiosa, formando cuerpo con la forastera: toda aquella muchedumbre se encaminó, rugiendo de furor, al cerrillo de San Isidro.