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Quilito

IX

Reading edition

—Explícate, Casilda, explícate—dijo ansiosamente.—¿Estás tú loca o estoy yo idiota?

Y misia Casilda habló, con esa incoherencia de las grandes emociones.

—No, Pablo, es que aquí, en casa, sucede una cosa horrible, una desgracia inaudita... ¿ves? ya estoy llorando; no puedo contenerme... tengo el cuerpo como si me hubieran dado de palos y alguien se me hubiera paseado por encima luego... anoche no he pegado mis ojos, cavilando, cavilando... pues, sucede, Pablo, que Quilito, de él se trata, desgraciadamente, en ese juego maldito de la Bolsa, ha perdido... no sé cuánto, mucho, y debe, y no puede pagar y ese don Raimundo irá mañana a casa de Esteven, y esto no lo podemos consentir...

—¿Qué dices, Casilda, qué dices? no te entiendo; hablas de un modo...

—Verás: Quilito, entre otras deudas, debe treinta mil nacionales: ¡figúrate! treinta mil nacionales, a un prestamista, que ya estuvo hoy a cobrarlos el muy sinvergüenza, porque hoy vencía el plazo... ahí tienes, ¿cómo deja el Gobierno andar sueltos a estos pícaros, que así engañan y estafan a niños sin responsabilidad? Porque estoy segura que de esa suma Quilito apenas habrá tomado diez mil, y el resto será los intereses del usurero... sobre esto había yo de escribir un remetido... ese pagaré no debiera ser válido, ¿verdad? naturalmente. Pues, Quilito, sin darse cuenta de lo que hacía, con tal de que el prestamista le diera lo que necesitaba, ofreció la garantía, ¿de quién te parece? ¡de Esteven! ¿comprendes ahora? ¿no? está bien claro, Pablo; dijo Esteven como hubiera dicho cualquier otro nombre conocido en el comercio...

—No está claro—exclamó don Pablo Aquiles, que iba perdiendo el color y la calma,—ningún prestamista da sin una firma de garantía, si la persona no le inspira la suficiente confianza, y no podía inspirársela un niño de teta como esa desgraciada criatura; ¿has visto tú la firma de Esteven en el pagaré?

—No, la firma no—contestó la señora confusa y embrollándose;—pero, en fin, yo no entiendo de esto; lo único que puedo decirte es que si mañana no entregamos los treinta mil nacionales, el prestamista, que tiene a Esteven por fiador de Quilito, no sé por qué, irá a presentar a ese hombre la letra protestada: esta es la situación. Cuando yo lo supe, figúrate cómo me pondría y qué de cosas le diría a ese mal aconsejado niño, porque, no tengas duda, le arrastran los amigotes, y Quilito había dado en la manía de hacerse un Creso de la noche a la mañana... ya ves si tenía yo razón y no era tan pesimista... Antes de decirte nada, intenté allegar recursos, empeñando cuanta antigualla de algún precio y chafalonía guardaba en el armario: hasta mi Virgen de Luján ha ido a casa del prendero; y no bastando esto, ¡qué había de bastar! me fuí a casa de misia Petronila a pedirle un préstamo sobre nuestra casita, y no ha querido... ¿qué hacer? el plazo es tan corto, que no da tiempo para nada; ¿hemos de consentir que un pagaré firmado por Aquiles Vargas vaya a manos de ese hombre? ¡no, por Dios!... he luchado con la idea, he luchado, pero no encuentro yo otra solución: Esteven nos ha robado nuestra fortuna, la que, por delicadeza y por orgullo, no hemos querido reivindicar ante los tribunales, fortuna que ha gozado y sigue gozando... pues bien, llega este caso, desgraciado, fatal, y yo, apretándome el corazón y pisoteando mi amor propio, voy a Gregoria, que dígase lo que se quiera, es nuestra hermana... con él no deseo nada, ni verle... voy a Gregoria y la digo: Mira, yo nunca te he pedido nada, nunca te he molestado en la posesión de lo que nos dejó nuestro padre, pero hoy me pasa esto: Quilito, el hijo de tu hermano y de la hermana de tu marido, que es Vargas y Esteven como tú y como tus propios hijos, debe esta cantidad, y la honra y quizá la vida le va en pagarla: préstame esa suma, Gregoria, y toma mi casa, lo único que poseemos, en garantía; ya ves que no vengo a pedirte nada, no vengo a que me des nada. Esto o algo parecido la diré, y estoy segura que ha de atenderme, porque Gregoria no es mala y si se ha mostrado tan dura para nosotros, es porque el marido la domina completamente... Comprendo que, después de veinte años de interrupción de relaciones, es humillante, es humillante ir a solicitar un favor de este género, pero... ¡hay que salvar la vida de Quilito! ¿sabes? me ha dicho que va a matarse, y si él muere, ¿qué será de nosotros que no tenemos más luz y más alegría que Quilito?

Eran tales las sensaciones que experimentaba el mísero don Pablo Aquiles, que cada palabra de la hermana era una gota de aceite hirviente que le caía sobre la piel; se quitó el sombrero y el abrigo, dejó el bastón sobre la mesa, volvió a sentarse y a levantarse, paseaba, se detenía a escuchar a misia Casilda, hizo ademán de subir a las habitaciones altas, para ahogar al calaverilla del hijo; pero se contenía y se sentaba otra vez, atusándose el bigote, mordiéndose los labios, palmeándose la calva reluciente. Y cuando la señora calló, aniquilada, él prorrumpió en amarga lamentación contra la suerte negra que le acompañaba en la vida: de niño, torturado por la severidad exagerada del padre; de joven, castigado por la pérdida de la mujer y de su fortuna, y ahora, de viejo, obligado a abandonar la última ilusión que le quedaba y le sostenía: ¡su hijo! Porque, después de esto, ¿cómo tener confianza en el porvenir? si para vencer los rigores del presente había que agacharse a lamer las botas del aborrecido enemigo...

—No, no, Casilda—exclamó con desesperación,—todo menos eso, todo menos eso... Es cierto que no pediríamos sino una parte mínima de lo que nos corresponde, y no en calidad de donativo, sino en calidad de préstamo, pero siempre sería pedir un servicio, un favor, a ellos, los Esteven. ¿Y si no te reciben, desgraciada? ¿y si no te lo hacen ese favor que vas a pedirles poco menos que de rodillas, porque no quieren, o porque no pueden, arruinados como dicen que están? ¡Sería una humillación vergonzosa y estéril!

—¿Qué me importa? Nadie más soberbia que yo, y me humillaré, sin embargo, y besaré el suelo, si es preciso; se trata de Quilito que, por mi boca, va a pedir lo suyo. Para mí nada quiero: cáscaras comería, antes que poner los pies en esa casa. Y si nada consigo, me quedará la conciencia tranquila, por haber tentado todos los medios de salvarle.

Con esto no podía transigir don Pablo Aquiles: ¡todo, menos eso! se buscaría, se pensaría, se iría a golpear a todas las puertas, y cuando todas se hubieran cerrado, entonces... y aun así, ¡quién sabe! Repasó la historia antigua de la familia, insistiendo sobre los hechos conocidos en que fué triste actor Bernardino Esteven, y en que tan poco airoso papel representó Gregoria; recordó sus miserias de veinte años, las estrecheces soportadas con resignación y valentía, sin que jamás hubieran necesitado pedir limosna a nadie: como se habían bastado a sí mismos, y educado al niño de la casa con el mimo y la holgura de un señorito rico...

—Y esto lo olvidamos hoy, Casilda, yendo a prosternarnos ante ellos, los Esteven. Mira, cuando pienso en lo que ha venido a parar nuestro orgullo, todos los nervios me vibran, y pacífico como soy, no sé, siento ansias de atropellarlo todo o de romperme la cabeza contra esa pared. ¡Señor! yo he trabajado honradamente toda mi vida; no he distraído jamás un centavo de mi humilde paga, ¡tú puedes decirlo, Casilda! todo para la casa, todo para el niño de la casa: que se eduque bien, que se vista bien, que viva, que goce... mañana, hombre de provecho, me resarcirá de mis desvelos, y esa fortuna que su padre ha perdido, por desgracia y por inepcia, lo confieso, él sabrá reconquistarla por medio de la labor honesta... en lugar de esto, ¿qué sucede, Casilda? que no contento con el sacrificio que le hemos hecho, de dedicar nuestra vida al cuidado de la suya, de ahogar nuestros deseos más humildes para dar expansión a los suyos, y de haber comprometido nuestra posición modestísima, quiere ahora tomar nuestra dignidad, lo único que nos queda, lo único que nos ha dejado... ¡No, esto no será, porque yo no quiero que sea! ¿debe? que pague; ¿no puede pagar? ¡que reviente!

Estaba transformado don Pablo, y hasta los pájaros de la pantalla debieron volver sus cuellos arqueados y sus largos picos, asombrados de oír hablar así al viejo pusilánime que, noche a noche, iba a contarles sus tristezas.

—¡Ah! Pablo, Pablo—dijo misia Casilda con un suspiro,—no es tu corazón el que ahora habla.

Recordarle a ella los hechos pasados, cuando su memoria, reavivada por el rencor, se los presentaba día a día, más patentes cuanto más lejanos, tenía razón, muchísima razón: era horrible, era injusto, era inicuo... ella no excusaba a Quilito, pero, en la situación en que se encontraba, había que salvarle, ¿de qué manera? veinticuatro horas hacía que estaba sufriendo esta tortura, y no halló más salida que esa, la más difícil... Y pensarlo bien, ¿no era más humillante que el pagaré cayera en poder de Esteven, quien podía creer que ella y el padre estaban complicados en el enjuague?

—Pero, ¿dónde está el enjuague?—replicaba don Pablo.—Esteven dirá al prestamista: ¿Y a mí qué me cuenta usted? y le despedirá con cajas destempladas. Porque si el prestamista se ha contentado con la palabra del chico, ya está aviado.

La señora no tenía argumentos que oponer a estas razones, porque el gordo, el de la firma falsificada, no lo largaría ella jamás; pero insistió en lo crítico de la situación, en los pasos inútiles que habían dado, ella y el mismo Quilito.

—Si tú pudieras hacer algo—decía,—pero no, tienes las manos atadas, y, ¿acaso, una finca se enajena con la facilidad de un objeto cualquiera? hay que darse cuenta, Pablo, de la espantosa desgracia que pesa sobre nosotros. Quilito está obligado a pagar esa suma mañana, y si no puede, se matará; le conozco demasiado.

—¡Todo, menos eso!—repetía, don Pablo Aquiles, agitándose en el sillón.

Y misia Casilda, aferrada a su idea salvadora, repetía que era pedir lo suyo, ahora que se necesitaba, y a título de préstamo: una vez reintegrado, que siguieran gozando de la fortuna benditos de Dios, porque los treinta mil pesos serían reintegrados y cuanto antes: ese dinero les quemaría las manos, con ser de su propiedad, como era. ¿Y creía él que ella no sufría de verse en la dura necesidad de recurrir a Gregoria, su implacable hermana? Al subir la escalera de aquella casa, iba a parecerle que subía los peldaños del cadalso...

—¿Qué hacer, Pablo, si no? ¿qué hacer?

Pero don Pablo no cedía, ceñudo e iracundo. ¡Iba a matarse, decía el niño que iba a matarse; después de asesinar a su padre, bien podía hacerlo, en desagravio! ¡y asesinado de qué manera! a traición, con alevosía.

—¡Ten compasión, Pablo, de él y de mí!—exclamó la señora,—mira, no iré a casa de Esteven, si no quieres; buscaremos por otro lado, volveré a casa de misia Petronila, correré la ceca y la meca... tú mismo, ¿por qué no sales y ensayas? ¡Hay que evitar, a todo trance, que Esteven vea el pagaré, a todo trance, Pablo!... No vendré a casa, sino cuando ya no pueda más; aunque sea de noche, no te alarmes... Y voy a pedirte una cosa: no digas nada a Quilito, que la ocasión no es de recriminaciones. Valor, Pablo, valor; verás, la Virgen de Luján nos ha de ayudar... Hasta luego, adiós.

Dejóle desplomado en el sillón, tan abatido, que no hizo un movimiento para detenerla, no dijo una palabra para estimularla en la espinosa jornada que emprendía: el golpe habíalo atontado y se le oía barbotar:

—¡Todo, todo, menos eso!

Misia Casilda salió, con paso resuelto, y tomó la calle de Moreno, rumbo al Este.

—Si él supiera, sería el primero en decirme que fuera a casa de Esteven, si no iba él en persona... ¡Cómo permitir que ese hombre se entere de la vergonzosa acción de Quilito! ¡ay, sólo de pensarlo, la cabeza se me va!... ¿Me recibirá Gregoria? Creo que no llevará su rencor hasta el punto de arrojarme de su casa; me parece que no voy a poder subir la escalera, ya los nervios me bailan y el corazón me da saltos: debo estar blanca como un papel... ¿Por dónde empezaré? ¿entraré altiva o humilde? humilde, ¡Dios mío! porque voy a humillarme; ¡qué paso tan penoso! Sólo por él, por salvarle... si mañana no tenemos la suma justa, la falsificación queda descubierta... ¡qué horror! a lo que se exponen estas criaturas sin discernimiento; porque Quilito lo ha hecho de inocente, de atolondrado... ¡Volver a casa de misia Petronila! ¿a qué? para sufrir un segundo desaire: no, lo mejor, es esto; Gregoria no puede negármelo: si no es para mí, ni para Pablo, es para el hijo de Pilar, una Esteven, ya que desprecia tanto a los Vargas, olvidando el apellido que lleva. Entraré y la diré... no sé, no sé; cuando me vea delante de ella, después de tantos años... ¡Dios mío! ¡no tendré valor! ¡y si ese hombre sale! cara a cara no le he visto, desde aquella vez que le llamé ladrón con todas sus letras... ¡Ah! y aquella otra que estuvo en casa, de luto, el muy hipócrita, a entregar la herencia irrisoria que se dignó concedernos... Llevo toda la sangre revuelta, y cuanto más me acerco, más me abandona el valor... Creí que la provisión hecha, después de tanto cavilar y llorar, alcanzaría hasta el fin de mi empresa... Vamos, Casilda, no olvides que este sacrificio que haces, es por salvar a Quilito. Esta es la calle de Tacuarí: me faltan tres cuadras todavía, y sospecho que no podré llegar... voy como borracha, ¿qué dirá la gente? tomaré un coche... Dame fuerzas, Virgen santísima, para subir este Calvario... seguiré a pie, mejor, ya falta poco...

Así pensaba la tía Silda, y según sus ideas, más o menos animosas, apresuraba o acortaba el paso; en la esquina de Piedras se paró, porque al mirarse en el espejo de un escaparate, se vió de cuerpo entero, la estampa viva de esas pobres vergonzantes, viudas de pega, generalmente, que andan hocicando en las casas ricas, de mantón y velo color de ratón, con lágrimas perennes, como cristalizadas, en los ojos, y en la mano, cubierta a medias por mitones agujereados, el certificado, amarillo y grasiento, de la parroquia, lleno de borrones y de firmas ilegibles. Digo que esto se le figuró a misia Casilda, a causa del estado de ánimo en que se encontraba, y comparación tan injusta como ésta no se ha hecho, pues señora más atildada y limpita que ella no podía haberla; pero lo cierto es que se paró, deseosa de volverse atrás.

—Segura estoy que los criados de Gregoria van a tomarme por una de estas mujeres, que piden limosna para el hijo tullido, y no me dejarán pasar... esto, si no me traen, de parte de la señora, un puñado de cobres... ¡ay, Dios mío! ¿no sería mejor volverme?

Luchando entre su amor propio, que se resistía, y su cariño a Quilito, que la empujaba, llegó, y desde la esquina, miró la casa. ¡Cuántas veces había pasado por delante, la cabeza muy alta, orgullosa de poder proclamar con esta actitud, que no necesitaba de ellos, los Esteven! quién la hubiera dicho entonces... Vió ante la puerta dos carros de mudanza, y changadores que entraban y salían, y descargaban en la acera muebles, cuadros y estatuas; los sillones de brocatel, en medio de la calle, las consolas doradas y los vasos de ónix, producían singular efecto sobre la alfombra poco limpia del empedrado: era la casa de Esteven que se desmoronaba, el lujo arrojado a escobazos por la ruina, la soberbia insolente castigada por la justicia; aquellos rudos gañanes eran sus ejecutores inconscientes. Misia Casilda se acercó, dando vueltas en su imaginación a esta idea:

—¿Será cierto la marcha al Frigal? y si se van al Frigal, ¿será cierta la quiebra?

El mal trago, pasarlo pronto: la señora entró, y sufriendo los codazos de los mozos mal olientes, a la verdad, subió la escalera sucia de polvo, deteniéndose, para dar paso a un mueble que bajaban o a un changador, que subía. Arriba, en el vestíbulo, nadie: muebles por todos lados, rollos de alfombra y de cuerdas, espejos arrimados a la pared; algunas plantas, maltratadas, tristes en medio del desorden: las puertas abiertas, mostrando el piso desnudo de las habitaciones... el sol, a través de la vidriera, pintaba preciosos cuadritos de color sobre las losas de mármol... allá dentro, se oía mucho bregar y voces y el canto alegre de un canario.

—Nadie—pensaba misia Casilda,—ni un criado, ¿llamaré? ¡Dios mío! no me atrevo; ganas me dan de bajarme y echar a correr... ahí viene alguien. ¡Valor!

Cuatro changadores, con el piano en hombros, salieron por la puerta de la antesala, y una vocecita fresca decía:

—¡Cuidado! reparar en los cristales y en el farol; más despacio, agacharse un poco...

Los mozos, sudando, hipando, echando ternos y cuaternos, avanzaban, encorvados, y el mueble, negro y lustroso, parecía un animal extraño, de muchas patas; misia Casilda se apartó, y cuando la procesión hubo pasado y el piano, dando encontrones, bajaba bufando la escalera, vió delante de sí a una niña de trenzas rubias, que la miraba, pasmada de sorpresa. Y de pronto, sin saber cómo, sin que ella hiciera un ademán ni dijera una palabra, clavada por el estupor y la vergüenza, sintióse la señora estrechar en cariñoso abrazo por la niña rubia, y la vocecita fresca, que murmuraba:

—¡Oh, tía Silda, tía Silda!

Sin saber cómo tampoco, se vió en una habitación, que no habían desguarnecido todavía, ella sentada y la niña a sus pies, besándola, y repitiendo:

—¡Oh! tía Silda, tía Silda...

¡Qué buena era! había esperado la hora de la desgracia para venir, para ofrecer la reconciliación a sus hermanos arruinados; antes, de ricos, no quiso presentarse, sin duda, para que no creyeran que iba a pedirles favores, pero, ahora, que la suerte les había hecho iguales, venía, noblemente, generosamente, olvidando pasados agravios, a confundir sus lágrimas con las de la familia hermana.

—¡Ah, tía Silda, que buena es usted! yo sin conocerla, siempre me la había figurado así... Yo soy Susana, su sobrinita, que tanto la quiere, porque yo la quiero, tía Silda, mucho, muchísimo; ¡qué alegre estoy! la veo aquí y no lo creo... Es Dios mismo quien le ha inspirado este paso, y su corazón bondadoso: yo siempre rogaba por usted y por el tío Pablo, y pedía en todas mis oraciones que la reconciliación se hiciera, porque no había razón, no había razón... ¿Vendrá también el tío Pablo? hoy es día de fiesta para mí, y eso que debiera estar triste, porque, ¿ve usted tía? estamos de mudanza, los muebles van al remate y nosotros al Frigal... pobres como usted, tía Silda, pobres, después de haber tenido tanto. Pero, esto no es una desgracia, ¿verdad? la pobreza es la menor de las desgracias... Dígame algo, tía, dígame que quiere mucho a su humilde sobrinita...

Misia Casilda, conmovida, besó a Susana con placer inefable; no se cansaba de mirarla y de oírla, tan bella y tan discreta, la santita de la casa, como sabía que la llamaban: era digna, sí, de ser amada, y el pobre Quilito no exageraba cuando hacía su entusiasta panegírico... Ya la niña se había levantado y hablaba gozosa, de ir a llamar a su madre.

—Verá qué contenta se pone, tía Silda, porque ella la quiere, en el fondo, en el fondo, la quiere...

Pero, misia Casilda, temerosa, la retenía, diciendo que no deseaba incomodar, que se marchaba.

—¡Marcharse usted! no faltaba más, tía, sin ver a mamá.

Se escapó, gritando alegremente:

—¡Mamá! ¡mamá!—como un ángel que va a anunciar la buena nueva.

La señora se había puesto de pie, pálida como un cirio... y si sus piernas la hubieran obedecido, habría huído de aquella casa, donde nada tenía ya que hacer, puesto que su intención era otra bien distinta de la que la santita le prestaba: repugnábale pasar por más generosa de lo que, humanamente, se creía capaz... Y se oyó la vocecita fresca:

—¡Es la tía Silda, mamá, es la tía Silda!

Y cuando ésta buscaba con los ojos espantados un agujero donde meterse, donde no la vieran, misia Gregoria se presentó, traída de la mano por Susana, radiante... En la puerta se detuvo y las dos hermanas, frente a frente, se miraron, con asombro de verse así, tan cerca, después de veinte años; ni una ni otra habló, rígidas las dos: Susana empujó a la madre suavemente.

—Es la tía Silda, mamá; abrázala, porque es muy noble lo que ha hecho, de acordarse de nosotros, ahora que ya no somos ricos.

La de Esteven, arma en ristre, asestó el primer golpe, diciendo entre dientes, con amargura:

—¡Ah, tú aquí! ¡vienes a gozarte, sin duda, en mi desgracia!

El tono era injurioso; la actitud, provocativa. Pero, misia Casilda, que iba desarmada, se adelantó, tendiendo su mano.

—No, Gregoria, no—dijo,—vengo a verte... simplemente.

Susana dió nuevo empujoncito a la madre, y misia Gregoria tomó la mano que se la ofrecía... Y blandió el arma otra vez.

—¡Ahora te acuerdas!

Las dos manos se soltaron, después de rozarse tibiamente; y ambas hermanas sentáronse, Gregoria, pronta siempre a herir; Casilda, resignada a sufrir, sin dar el cambio, todos los golpes, que le fueran dirigidos. La de Esteven pensaba:

—¿A qué vendrá ésta? ¿qué mosca la habrá picado? ¡es ocurrencia! después de tantos años... y cuando nadie la llamaba; ella no podrá decir que haya hecho yo la menor insinuación. Si creerá que esta visita de desagravio va a hacerme olvidar su conducta con nosotros... pero, ¡ya caigo! tú vienes por el renacuajo, a ver si así, después de este paso, logras meterlo en la casa... ¡pero ya escampa!

Y la de Vargas:

—¡Siempre la misma! no sé cómo he podido yo figurarme que iba a recibirme de otra manera... ¡si no tiene corazón! ¿Por qué no habré escuchado a Pablo? me he humillado inútilmente... tres puntos en la lengua me daré, antes de pedirle nada; además... ¡están arruinados! era cierta la quiebra. Quisiera estar a cien leguas, no haber venido. ¡Ah, Quilito, Quilito!

El silencio se hacía embarazoso. Misia Casilda dijo, mirando a Susana:

—¿Esta es la mayor, Gregoria?

—Sí—contestó la de Esteven,—la mayor.

—Y a Angelita, ¿no la conoce usted, tía Silda?—intervino la niña, viendo que el silencio volvía.

—La conozco, sí, de vista.

—La llamaré...

—Déjala; no quiero molestarla.

—Voy a llamarla.

Y escapó. Las dos hermanas, solas ya, mirábanse de reojo.

—¡Qué tiempo tan hermoso!—dijo la de Vargas.

—Muy hermoso—repitió la de Esteven,—no parece de invierno.

—No parece, no... de modo que... ¿se van ustedes al Frigal?

—Sí, nos vamos al Frigal.

Esto dió pie a misia Gregoria para hablar de la situación, de cómo estaba todo, los alquileres por las nubes... luego, ¡la dichosa Bolsa! El que entra allá, sale sin pellejo. Así es, que se iban a la estancia, a reponerse; lo que no le daba vergüenza confesar, porque no era ella la única...

—Si es la peste que tenemos encima—apoyó misia Casilda,—no sé nosotros lo que haremos, sin estancia dónde refugiarnos... pero felizmente, hasta ahora no nos podemos quejar.

Nuevo silencio, que una y otra interrumpían para decir una frase vulgar sobre la vida del campo, el trabajo que da una mudanza... La de Vargas pensaba:

—Ni una palabra me ha dicho de Pablo, ¡qué mala es!... y tanto hablar de su estado de fortuna: sin duda teme que yo le pida algo; me guardaré bien de hacerlo. ¡Ay! ¿por qué habré venido?

Y la de Esteven:

—¡No me ha preguntado por Bernardino! ¡qué rencorosa es!... he de insistir en lo de nuestra ruina, porque viene a pechar... ya me ha echado una indirecta sobre la estancia.

Vino Susana con Angelita, y ésta, desgreñada, mordiéndose las uñas, se paró delante de misia Casilda, con aire de pifia...

—Esta es Angelita—dijo Susana risueña, presentándosela.—Abraza a la tía Silda, Angelita.

—Ven, monina; ¡qué pícara es! tiene tus ojos, Gregoria.

La besó, y la muchacha, en vez de devolver la caricia, soltó una carcajada estridente.

—¡Ah! la tía Silda, ¡ja, ja, ja, ja!

Y salió del cuarto riendo y haciendo cabriolas.

—Es una loca—observó misia Gregoria,—está furiosa porque nos vamos al Frigal, ¡figúrate!

Susana, avergonzada, dijo que la hermanita era una muchacha sin juicio, de la que no podía sacarse partido; Jacinto era otra cosa; no estaba allí en aquel momento, si no le llamaría, para que la tía le conociera y viera qué serio y qué hombre estaba.

—Papá se fue ayer a Montevideo—añadió la niña,—y no vuelve hasta la semana entrante, que se irá al Frigal con nosotros; él va a sentir mucho no haberla visto, tía Silda...

La de Vargas movía la cabeza, con una sonrisa forzada en los labios pálidos.

—¡Ah! está en Montevideo... ¡Ah! sí, en Montevideo.

Y misia Gregoria, con indiferencia estudiada, explicó que Esteven se había ido por sus negocios: un paseo de ocho días y nada más. Este nombre, torpemente lanzado por la inocente niña, acabó de helar la entrevista, ya de suyo glacial; misia Casilda esperaba el momento de poder levantarse, y misia Gregoria deseaba impaciente verlo llegar. Las miradas de reojo decían ahora: la de Esteven:

—¿No te vas todavía? ¿qué esperas? Ya habrás comprendido que nosotros somos como el aceite y el vinagre, y que si no te he echado de casa, ha sido por no dar escándalo, y de lástima de ver cómo te has agachado a pedir perdón... Es en balde, hija; nunca nos entenderemos nosotros... lo que yo siento, es no saber a qué has venido...

Y la de Vargas:

—¿Me despediré ya? me parece que aquí estoy de más... No, si no podía ser de otro modo: con Gregoria nunca hemos congeniado, y lo que ha habido entre nosotros, no es cosa que pueda olvidarse... Sin embargo, la verdad es que me ha recibido, con política, si no con cariño... que nunca podrá existir, ¡nunca!

Y Susana se entristecía, viendo que la reconciliación no era sellada con un abrazo fraternal; allí estaban las dos, hablando de cosas indiferentes, como personas extrañas; ¡y cuánto tenían que decirse, sin embargo! ¿no valía más explicarse de una vez? ¿por qué se mostraba tan intratable la madre, cuando la otra había dado, la primera, el gran paso? ¡Por Dios! cuántas ilusiones se forjara en los breves instantes que la tía Silda estaba en la casa; cuando la descubrió en el vestíbulo, parada, como una evocación; cuando la vió darse la mano con su madre... ¡Era su magna empresa realizada! el Señor la había escuchado, y su corazón latía de amor y de esperanza. Pero, así que misia Casilda se levantó, en medio de un silencio más largo que los otros intervalos de la conversación desganada, que habían sostenido con la punta de los labios, Susana se abrazó a ella, suplicándola no se marchara todavía.

—Aquí estoy molestando, hijita, estáis muy ocupadas...

La de Esteven, de pie, no decía nada. Y cuando misia Casilda extendió la mano, en señal de despedida, ella la tocó con la punta de los dedos, articulando un adiós tan frío, que se le quedó congelado entre los dientes. Acompañóla hasta el vestíbulo, y allí, en la puerta de la antesala, con una inclinación seca de cabeza, la despidió, volviendo luego la espalda, para hablar a los changadores... Susana besaba a la tía.

—Prométame que no será ésta la última vez que vendrá—murmuraba desolada,—usted es buena, tía Silda, y dispensará a mamá: ella es así, pero en el fondo, la quiere... ¿Vendrá pronto? ¡y si no, porque no estaremos, yo iré a visitarla a su casa, iré con muchísimo gusto, tía!

La señora retribuyóla sus caricias, prometiéndola cuanto quiso pedirla...

—¡Pobrecita! es un ángel, no puede negarse—decía misia Casilda bajando la escalera.

Y Susana, llorando, la tiraba besos como quien echa flores, con el presentimiento que ya no vendría más, porque la reconciliación no se había pactado... no, no vendría más; su empresa había fracasado y su corazón, de duelo, ya no latía como antes. Pobre santita de la casa, que así, en un momento, viera trocarse la miel en acíbar...

Ya en la calle, misia Casilda no supo adónde ir; estaba tan quemada de la conducta de Gregoria, que se asombraba de su propia paciencia: cómo había soportado en silencio el par de bofetadas con que la obsequió al entrar, sobre todo aquel ahora te acuerdas, que llevaba más filo que un puñal florentino; y luego el aire, la cara, el tono, cual si le debieran y no le pagaran... ¡Valiente papelón había hecho, y todo para salir como rata por tirante! ¡Qué candor el suyo de creer que iba a conmoverse Gregoria con solo verla, que iba a sentirse tocada en el corazón ante aquel acto de nobleza! Si en Gregoria no había que buscar más que a la hembra y a la madre, pues fuera del instinto ciego por su hombre y por su prole, no se encontraban en ella rastros de otra clase de sentimientos, y esto habíalo probado muchas veces y acababa de comprobarlo ahora. ¡Ah! si el pagaré falsificado llegaba a sus manos, la suerte de Quilito estaba jugada; felizmente, Esteven había marchado a Montevideo... Esto daría algún respiro, un plazo de ocho días era mucho en las presentes circunstancias; entretanto, se buscaría con linterna un comprador para la casa, o se harían diligencias para hipotecarla... Pero, esta pálida esperanza no podía endulzar el trago amargo que la señora acababa de pasar: sus mejillas de muñeca brotaban fuego, y la ira contra sí misma por haber cedido a aquella idea de reconciliación tardía y de fines interesados, se mezclaba a la que sentía contra su hermana, tan orgullosa en la misma desgracia; si llega en otro momento, y pide, la hubiera recibido de idéntica manera y despedido con un no tan frío, como aquel adiós, que parecía un puntapié.

—Y yo callada—decía misia Casilda, caminando sin rumbo,—como si no tuviera lengua para decirle cuatro frescas; se me han quemado los libros: cuando comprendí que mi visita era inútil, debí erguirme y tratarla de igual a igual; ¿a qué humillarse? Creo que me he contenido porque estaba delante aquel ángel, que no parece hija suya, si no... nos hubieran oído los sordos, señora Gregoria... a Pablo no le hablaré jota de esto, porque se enfermaría, y con razón, como voy a enfermarme yo, de seguro... pero, ¿a dónde voy? no sé, no sé... a casa no me vuelvo así, con las manos vacías; mi gran recurso ha hecho fiasco. ¡Dios mío! estoy tan desesperada, que me arrojaría bajo ese tranvía que pasa... Yo pienso que estos golpes de la vida la endurecen a una el corazón: estoy contenta, sí, señor, de que haya tronado el ladrón de Esteven. Dios castiga sin piedra ni palo: toma, toma... a comer cardos al Frigal ahora... ¿a dónde voy? ¿a dónde voy?

Se acordó de míster Robert. Muchas veces le había oído a Quilito ponderar aquel hombre, elogiando su honradez, su contracción, su inteligencia; y cuando ella lo sacaba de ejemplo, estimulándole a imitarle, el joven hacía burlas.

—Si eso no sirve para nada en el comercio, tía; hoy el que no es vivo y no sabe pasar por todo, con arte, se fastidia: míster Robert, por culpa suya, no ha de caer, pero le empujarán por detrás, y le tirarán de cabeza, por zonzo, usted lo verá.

Ella, escandalizada de tales teorías, le zurraba de firme, con aquel látigo de la moral casera, que tan bien sabía manejar... Puede ser; míster Robert la auxiliaría con algún consejo, si le encontraba en el escritorio, que no le encontraría quizá, por ser día de fiesta. Dirigióse a la calle Piedad: ella sabía que el escritorio estaba al lado de una tienda de juguetes y de una agencia marítima, pero pasó y repasó sin dar con él: miraba las tablillas de las puertas y no veía el nombre de Esteven... Aquí está la juguetería, cerrada; aquí está la agencia, cerrada; ¿será esta? habían sacado las tablillas, pero la puerta no parecía cerrada: empujó, y en la mampara de pino, imitando la caoba, vió una chapa de porcelana con letras negras, que decía: Esteven y Compañía. Aquí es... La señora entró.

Tres hombres había en el escritorio: uno, muy rubio, montado a caballo sobre un banco alto, y dos, de barba, con los sombreros puestos, paseando. Y el rubio decía:

—Esta es la situación: yo fuí y le hablé claro al padre y le mostré el estado de la caja y de los libros: un pasivo de doscientos cincuenta mil nacionales. Empeñarse en seguir era locura, porque en vez de ponernos a flote, íbamos a hundirnos más, y con el capital a perder el crédito, es decir, el mío, que el del socio ya andaba por los suelos, desde que su nombre salió en la pizarra de la Bolsa, por no poder pagar... Ese día, yo me resolví a la liquidación; felizmente, Esteven ha estado muy razonable, lo confieso, y bien pudo no estarlo en medio de sus compromisos, haciéndose cargo de la mayor parte del pasivo; pero, cincuenta mil nacionales para mí es mucho, es todo, es la ruina otra vez... ¡y va la tercera! Si esto es justicia y vale ser honrado, para hacer el papel de víctima siempre, que venga Dios y lo vea...

—¿Y usted cree que los bienes de Esteven alcanzarán a cubrir los créditos?—preguntó uno.

—Eso mismo se ha discutido en el concurso de acreedores—respondió míster Robert,—y hasta se piensa que sí... Es indudable que, sin la salida del doctor Eneene del gabinete, Esteven se hubiera repuesto pronto: todos sabemos sus afinidades oficiales y el uso que hacía de ellas, pero este golpe ha acabado de partirlo.

—El viaje a Montevideo me huele a mí a fuga—dijo el otro.

—Volverá o no volverá, pero los bienes responden de sus compromisos y los acreedores no se preocupan de su salida de Buenos Aires; lo que sí puedo asegurarles a ustedes es que el famoso don Bernardino es tipo de volver a dominar la plaza; ya le veremos entrar triunfante, de nuevo.

—¿Y usted, amigo Robert?

—No sé todavía... ni quiero pensar lo que haré... iré a cavar la tierra, ¿no es mejor? ¡Ah! ¡la Bolsa, la Bolsa! no la pizarra, las columnas hubiera querido yo arrancar, como Sansón, para hacer desplomar el templo maldito...

Misia Casilda, que había entrado sin ruido, parada junto a la mampara, tosió para llamar la atención: el inglés saltó del banco y vino a ella.

—Señora...

—No se moleste usted, volveré más tarde...

—¿A quién tengo el honor...?

—Soy la tía de Aquiles Vargas.

Ya los otros se despedían.

—No faltarme esta noche—dijo míster Robert,—hoy es el santo de mi padre, y mal que mal, lo celebraremos con pasteles hechos de manos de mi mujer.

Salieron los dos, y el ex socio de Jacintito condujo a la señora al sofá.

—Usted dirá, señora...

—Pido a usted mil perdones, caballero, si he venido a importunarle, pero, usted conoce a mi sobrino, y por él conozco yo sus cualidades recomendables...

Misia Casilda, francamente, no sabía cómo exponer el asunto que la llevaba, de modo que lo entendiera míster Robert y el buen nombre de Quilito no sufriera menoscabo.

—Esto es una consulta de médico, más bien—insinuó sonriendo tristemente.

Dijo que a él acudía, como hombre práctico en negocios, y perdiéndose en un laberinto de circunloquios, explicó a su manera el apuro en que se encontraba: un pagaré a saldar al día siguiente, una casa con qué hacer frente a este saldo y un comprador que faltaba, ¿qué podía intentarse? El caso era grave.

—Y tiene todos los síntomas de la peste actual, señora—observó míster Robert;—lo malo está que la botica grande, es decir, los Bancos, no despachan ya. A su sobrino de usted se lo advertí que tuviera cuidado con el contagio...

—¿Y yo, señor Robert? he gastado más saliva...

—Tanto andar con el apestado del primito...

—Eso es, ¡los amigotes! Así se lo decía hoy a mi hermano; pero, en fin, señor Robert, espero que usted me dará un consejo o una información que me sea útil; yo quiero vender esa casa, o hipotecarla o darla en garantía de préstamo, ¿es posible esto en las veinticuatro horas?

—Señora, hay casos, como éste, en que la sangría está indicada: acuda usted a los prestamistas particulares, a don Raimundo Portas, y no cito más que uno, que tiene una lanceta y un pulso de operador admirables.

—No, don Raimundo Portas, no—exclamó misia Casilda con alarma poco disimulada.

—¿Por qué no ve a Rocchio, el corredor?

—No, Rocchio, no—dijo la señora, rechazando este nombre con igual alarma que el primero.

—Pues, entonces, voy a darle una tarjeta mía para un capitalista (a usted le parecerá mentira que en esta época exista pájaro tan raro) de mi conocimiento: es un hombre que tiene su capital saneadito, pues no se ha metido en especulaciones, y compra ahora a bajo precio todas las propiedades que puede acaparar; la mía, lo único que poseía, ha pasado a sus manos así, en venta particular y por una suma irrisoria; debo prevenirla, pues, que la operación será dolorosa.

—A todo estoy preparada, señor Robert—contestó misia Casilda suspirando.

Y el inglés fué a extender la receta, como decía él con amarga ironía y la entregó a la tía de Quilito.

—Calle de Santa Fe—leyó ésta;—lejitos es; tomaré el tranvía. Señor Robert, muchas gracias...

Despidióse a estilo vulgar, con ofrecimiento del domicilio y de sus servicios, y salió con más ánimo. ¡Qué trotar aquel día la infeliz señora! No alcanzó el tranvía, y se fué a pie, porque tampoco halló coche, y después de media hora de caminata, llegó a la casa indicada, y tocó el llamador: nadie; subió la escalera de caracol, y en el primer descanso, dió dos palmadas: silencio siempre; derrengada casi, sin alientos, siguió subiendo, y allá arriba, campanilleó largo rato, hasta que salió un chico, con cara de Judas, y dijo que el señor no estaba. ¿A qué hora volvía? muy pronto, si quería esperar, que esperara. No había banco en el recibimiento, y como el condenado aquél no la invitó a pasar, misia Casilda se sentó en un tramo de la escalera; ¡ganas de llorar tenía! ¡con tal que pudiera entenderse con aquel hombre! Esperó mucho tiempo, envuelta en el mantón, conteniendo las lágrimas, suspirando, ya de angustia, ya de impaciencia, y se colgó otra vez de la campanilla, y el Judas salió y con modos dignos de su catadura, dijo que no había nadie en la casa, y que si venía por limosna, que podía marcharse, porque el patrón no la recibiría.

—No, hijo—contestó la señora con blandura,—no vengo a pedir limosna. ¿Tengo yo facha de pordiosera? Si el señor no está, dime dónde puedo encontrarle, porque necesito verle con urgencia.

—Pues el patrón... estará en casa de su compadre, calle de Entre Ríos.

Apuntó el número misia Casilda, y bajó aprisa; ni tranvía ni coche a mano tampoco esta vez: anda, anda, anda. Y la gente, endomingada, paseaba alegre, y el sol y el cielo parecían más risueños que nunca. Era el de la calle Entre Ríos un caserón de planta baja; desde la acera se veía jugar a varios muchachos en el patio: cuando la señora se acercó a la reja, apenas podía hablar, de cansancio.

—¿El señor de tal?

Los chiquillos la rodearon: uno le sacó la lengua, otro le tiró del mantón, y todos pusiéronse a hacerle pitos, descaradamente... Vino un criado y dijo que el señor de tal se había marchado ya...

—¡Dios mío! ¿volveré a la calle de Santa Fe? ¿y si no le encuentro? son las cinco; pronto obscurecerá... ¿y Quilito? llegar así, ¡sin adelantar nada! me voy a casa de misia Petronila: un desaire más, ¿qué importa? En caso de deshaucio, escribiré esta noche a ese caballero... ¡yo no me rindo!

Anda, anda, anda. Cuando entró en casa de la de Barrientos, no se atrevió pasar del vestíbulo, porque oyó mucho holgorio en la sala: voces y carcajadas y bailables tocados al piano, que se interrumpían para cantar nombres, aclamados y festejados con risas y redobles de teclas.

—Están jugando a las cedulitas—pensó misia Casilda,—ahora caigo: si ayer me invitó ella, diciéndome que pasaría un buen rato. ¡Ay! muy bueno, muy bueno, lo estoy pasando. No, ahora no puedo entrar; volveré a la calle de Santa Fe.

Anda, anda, anda. De la calle de Santa Fe a la de Entre Ríos, de ésta a la de Suipacha, donde vivía don Raimundo, de aquí otra vez a la de Santa Fe, y por último, ya encendidos los faroles, a su casa, cuerpo y espíritu abatidos por la fatiga y el poco éxito, pues no encontró lo que buscaba, ni logró ver a nadie: en la puerta, tropezó con don Pablo Aquiles, que llegaba. Miráronse.

—¿Nada?—preguntó don Pablo.

—Nada—respondió misia Casilda. ¿Y tú?

—Nada—contestó él sombríamente.

Entraron en el comedor y se sentaron: la lámpara brillaba en medio de la mesa, tendida ya con la prolijidad de siempre. Y don Pablo contó el empleo de su día:

—De aquí, sin querer ver a ese desventurado niño, porque no podría verle, Casilda, no podría verle... ¡me ha destrozado el corazón! me fuí en busca del habilitado y del subsecretario y les dije no sé qué: hasta creo que he llorado... Mi intención era pedir un adelanto que, unido a lo que tú has recaudado con las alhajitas, pudiéramos ofrecerle a ese caimán de prestamista, que ya se contentaría con una parte ahora... y si no se contentaba, menudo escándalo le armaba yo, por andar en semejantes tratos con menores de edad; pues nada, hija; me hicieron tanto caso, como a un perro: que no podía ser, que la acefalía del Ministerio... ¡Mira por donde vine a lamentar no estuviera Eneene en su poltrona! Entonces hablé a un ricachón que yo conozco, y a uno de estos que comercian con los sueldos de los empleados, pero, como me veían con la soga al cuello, me hicieron tales ofertas que, de aceptarlas, estaría condenado a trabajar para ellos, viviendo del aire, unos dos años... y me he vuelto, corrido, desesperado, porque, la verdad, hay que salvar a ese muchacho... la cosa no tiene vuelta. Y tú, ¿dónde has estado?

Tocóle a misia Casilda el turno de relatar su odisea, y lo hizo a tropezones, balbuciente, temerosa de delatarse ella misma con sus reticencias o sus rodeos.

—Pues, yo, Pablo...

Insistió sobre su consulta a míster Robert, elogiando su amabilidad y su tacto: a la verdad, el único resultado obtenido era la recomendación del inglés para aquel individuo, que nunca estaba en su casa... pero se guardó bien de aludir remotamente siquiera a la entrevista desgraciada con la hermana, con Gregoria. No lo decía y esquivaba la mirada de don Pablo, porque estaba segura que, si sus ojos se encontraban, entregaría su secreto sin resistencia; y don Pablo la preguntaba, la apuraba, espiando sus gestos, desmenuzando el sentido de sus palabras, cual si sospechara que algo había oculto y no quería mostrársele. Por último, cara a cara, hizo la pregunta, a quemarropa:

—Pero... en casa de Esteven, ¿no estuviste?

—¡No, no, no he estado!—contestó con aplomo misia Casilda.

Y cada una de estas negaciones, la reforzó con movimientos enérgicos de cabeza. Turbada, sin embargo, se levantó a desprenderse el velo, dando la espalda al hermano, por temor de que sus colores la vendieran; y se puso a mover platos y copas para mejor disimular.

—Has hecho bien—decía don Pablo Aquiles,—te aseguro que me has tenido con el alma en un hilo, de pensar que irías... ¡imagina! después de veinte años, separados por un rencor cada vez más vivo, presentarse así, de sopetón, a pedir, ¡porque tú ibas a pedir, Casilda! no te hubieran dado nada, hija, y habrías sacado lo que el negro del sermón, ítem más, el amor propio herido.

—¿Digo yo lo contrario, Pablo? Pero la desesperación me excusa de haber... tenido la idea, porque, no ha sido más que una idea loca, de ir a casa de Esteven; ¡hacerme yo ilusiones de Gregoria!

—Entretanto...

—Entretanto, Pablo, es preciso pensar, buscar: mañana vence el plazo, ¿ves? esta noche debieras ir tú a casa de ese aprovechado capitalista, que dice míster Robert: de noche será fácil encontrarle, si no, Pablo, no sé, no sé...

—¡Iré, ya lo creo que iré! ¡todo, todo, menos eso!

Misia Casilda pasó a su cuarto, impotente ya para seguir fingiendo, y echada en el reclinatorio, delante del nicho desierto, lloró largo rato...

—No, no se lo diré, porque se moriría... felizmente, nada le pedí a Gregoria, nada, pero, aun así, ha sido humillante mi visita... ¿qué no haría yo por salvar a Quilito? ¡y si no se logra tapar la boca al portugués, no le salvaremos, no! ¿Cómo he de estar yo tranquila, si sé que la honra de nuestro apellido anda en juego? ¡Madre mía, aunque te halles ausente ahora, tú me oyes, no nos desampares!

Trataba de ahogar los sollozos y no podía; don Pablo Aquiles la sorprendió así, y, aunque afligido, hizo la comedia de que se enfadaba, por lo flojas que son estas mujeres, que todo lo abultan y ennegrecen.

—Vaya, mujer, no te pongas así; con lloriqueos no vas a remediar lo que está hecho. Si para mañana no tenemos el dinero suficiente, yo me encargo de amansar al prestamista: y en último caso, hija, le ofrecemos la finquita, aunque vale más del doble; que la venda y se cobre o que se quede con ella y se la coma entera; en cuanto a Quilito, déjalo por mi cuenta: en adelante, a sus estudios, y a llevar vida de pobre... No seas tonta, no creas en eso de tiros y puñaladas: todos los muchachos dicen lo mismo, cuando algo les contraría. ¡Cuántas veces me he suicidado yo, así, de boca!

La obligó a levantarse y llevóla al comedor, diciendo jovialmente, para darle ánimo, que tenía mucho apetito, ¿qué menú había? Como día de San Juan debía haber algo de extraordinario; la señora, silenciosa, se entretenía en arreglar el cubierto del niño, mirando el lustre del cuchillo, los dientes del tenedor, palpando el pan, a fin de verificar si estaba tierno o no... Don Pablo paseaba, vuelto a su sombría preocupación... En la chimenea el viento soplaba lúgubremente... Pampa entró, preguntando si servía la comida.

—¿Está el niño arriba?

—No, señora.

—¿Cómo? ¿ha salido?

—Sí, señora.

—¿Lo oyes, Pablo? Quilito no está en casa.

—Ya volverá, hija...

—Bueno, le esperaremos.

El corazón se le había oprimido tanto, tanto, que no podía respirar; fué a la puerta del patio interior y miró a ver si había luz en el cuarto de Quilito, y estuvo mucho tiempo, con la frente sobre el vidrio helado, en la otra que caía al patio principal, y de donde podía verse el zaguán y la calle: las seis, las seis y media, las seis y tres cuartos...

—¿Qué hora tienes, Pablo?

Cuando él decía la hora justa, ella suspiraba y el corazón se la oprimía más, todavía más; pasó a la sala, abrió la ventana, y a pesar del frío, se estuvo asomada, espiando el paso de los transeuntes.

—Ahí viene alguien, ¿será él? parece que se detiene... no, sigue; ahí viene otro, pero pisa más fuerte que él...

Volvió al comedor; eran las siete, las siete y cuarto, las siete y media; no, a Quilito le había ocurrido algo. Tan asustada estaba misia Casilda, que el mismo don Pablo se alarmó.

—Te has empeñado en que tiene, por fuerza, que suceder algo... ¡qué mujeres! llamaremos a Pampa.

Interrogada, la india declaró que el niño había salido casi detrás de la señora; que, antes, subió ella al cuarto, para arreglarlo, y el niño la despidió, diciendo que ya no valía la pena...

—¿Ves, Pablo? Ese ya quiere decir mucho.

—¡Qué disparate! si esta china condenada no sabe lo que dice; a ver, ¿qué hacía el niño cuando entraste?

—Pampa no sabiendo.

Y añadió que le encontró con los pelos revueltos, muy agitado, y la regaló un cuaderno con figuras.

—¡Qué desatinar de muchacha!—exclamó don Pablo,—si estaba así, como lo pintas, ¿cómo iba a regalarte estampitas? Un buen sopapo te debió dar, por lengua larga; retírate, si no quieres que te lo dé yo.

Pero ya misia Casilda había cogido la lámpara, y dijo que iría al cuarto, a ver... Quizá, el joven había vuelto y no lo sabían; la señora delante, alumbrando, don Pablo detrás, y la india de escolta, subieron la escalerilla, defendiéndose del viento huracanado, que quería matar la luz. Arriba, faltóle el valor a la señora y entregó la lámpara a su hermano, pidiéndole entrara primero... Ya le parecía ver el cuerpo de Quilito, inanimado, en medio de la pieza. Don Pablo tomó la lámpara, y, ¿era el viento o eran sus nervios? la lámpara bailaba en su mano, a riesgo de volcarse. La puerta estaba entreabierta, y entraron... En el cuarto de estudio, todo en su sitio: los libros sobre la mesa, un montoncito de papeles rotos sobre la carpeta... En el dormitorio, nada ni nadie: la colcha de la cama revuelta, como que el cuarto estaba sin aviar, según propia confesión de Pampa, a quien el niño había dicho que ya no hacía falta.

—¿Te convences, Casilda?—dijo don Pablo,—con tus exageraciones eres capaz de volver loco a cualquiera; bajemos, que Quilito no debe tardar.

—Aquí hay un papel—saltó de pronto la señora.

—¿Qué?... ¿dónde?

—Aquí, en la almohada, prendido con alfiler.

Se abalanzaron a la almohada, pero ni don Pablo ni misia Casilda podían desprenderle, tal temblor les entró a los dos; cuando lo tuvieron delante de los ojos, no podían leer, porque el susto les cegaba.

—Lee, Pablo, que mis ojos no distinguen nada.

—Lee tú, más bien, hija, tengo la vista nublada. Vete, Pampa, aquí estorbas.

Cuando la india se marchó, don Pablo Aquiles, más muerto que vivo, se acercó a la luz, y trató de descifrar lo que había escrito, pero no podía, no podía...

—Casilda, ven, ven...

La entregó el misterioso rótulo, y se sentó en el borde de la cama, embobado, mirando en silencio a la hermana. Y entonces, cual si vinieran del otro mundo, acompañadas del viento que gemía en la puerta y sollozaba en la ventana, se oyeron estas palabras, que los labios de misia Casilda pronunciaron gravemente: ¡Padre mío! ¡tía de mi alma, perdón!... El papel cayó al suelo, y el padre y la tía, como hipnotizados, no se movieron... De pronto, la señora dió un grito y se arrojó sobre don Pablo, enloquecida... Correr a la calle, a la policía y dar parte; quizá se estaba en tiempo aún, quizá podía evitarse la horrible desgracia. ¡Quilito muerto! no, ni pensarlo: ¡Dios no sería tan cruel, la santísima Virgen de Luján no lo permitiría! Lloraba, hablaba, se revolcaba en la cama del querido niño, besando las almohadas, estrujando las sábanas: que fueran a buscarle, que se le trajeran, pronto, pronto, pronto... Don Pablo, ahogado, ensayaba calmarla: no debían interpretar así el papel, porque era muy natural que Quilito pidiera a su padre y a su tía por escrito, el perdón que no se atrevía a pedir de viva voz; decía simplezas como ésta, tartamudeando, y después de vano esfuerzo, concluyó por llorar él también, abrazado a los hierros del lecho.

—Pero, ¿no te mueves?—exclamó misia Casilda,—corre, vuela a la policía, no pierdas tiempo.

Le arrastró, y dando traspiés, como ebrios, salieron los dos, bajaron la escalerilla atropelladamente.

—¡Quilito! ¡Quilito!—clamaba la señora.

A sus lamentos, acudieron Pampa y la genovesa... En el comedor, la tía Silda echó sobre los hombros de don Pablo el sobretodo, le puso el sombrero de través, y le dió el bastón, por la contera.

—Te vas a la policía—recomendábale sofocada,—y le hablas al jefe, al mismo jefe... y que le busquen, que le busquen... ¡Dios mío! ¡todo el tiempo que se ha perdido! ¡ya estará muerto, muerto! yo voy a salir también, a recorrer las comisarías, y las calles... Vete, vete.

Don Pablo dejaba hacer, como un maniquí, sin hablar. Y a empujones, la hermana le echó fuera. Pero, no había dado un paso en el patio, cuando alguien llamó a la puerta, y luego a la reja, con tal apresuramiento, que daba a entender la prisa que se traía.

—¡Quilito! ¡Quilito!—gritó la tía, corriendo desaforada al zaguán, en la esperanza que fuera el querido niño...

No, no era Quilito: era un hombre alto, con muchas barbas, era Agapo.

—Tú traes noticias de él—exclamó misia Casilda,—dime, dime, ¿dónde está?

El filósofo, turbado, balbuceó que no sabía nada, que no traía ninguna noticia...

—Sí, sí—insistió la señora,—te lo conozco en la cara; vienes pálido, con los ojos hinchados... y sin embargo, no estás borracho, no.

Agapo se adelantó, a fin de evitar la luz del farol, y dirigióse a don Pablo, que no se movía, en el umbral del comedor.

—Tengo que hablarle—díjole rápidamente,—sígame, afuera, en la calle.

El bastón cayó de las manos temblorosas de don Pablo Aquiles... Misia Casilda se había precipitado al atorrante, y le obligó a entrar y a ponerse delante de la luz, que quería evitar.

—Te digo que estás pálido, Agapo, no lo niegues, ¿qué le has soplado a Pablo ahora? tú vienes a hacer de lechuza aquí... dime, dime, ¿dónde está Quilito? ¿qué ha sido de Quilito?

Le sacudió desesperada, asida a su brazo inerte, y a este violento impulso, una lágrima cayó de las pestañas del filósofo y fué a perderse en el matorral de sus barbas.

Esta lágrima lo dijo todo... Misia Casilda se desplomó en los brazos del desventurado don Pablo Aquiles, y éste, bajo el peso de su hermana y de su pena, se postró en tierra, llorando... y Agapo, por la primera vez de su vida, sintió en el corazón la cruel picadura del dolor.

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