VII
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Lo ocurrido aquella mañana en la casa, a que se había referido Susana en su conversación con el filósofo, fué lo siguiente:
Que misia Gregoria, escamadísima con el teje maneje que se traía su marido, provocó una explicación, que degeneró en tormenta, a causa de lo que se dirá después. Hay que repetirlo: misia Gregoria estaba enamorada de don Bernardino, y esto, a los veintitantos años de casada, en que se ha tenido tiempo suficiente para ver el revés y el derecho del carácter, y conocer la urdimbre de la persona como las propias manos, es muy digno de respeto y alabanza. Misia Gregoria creía que cuando Esteven andaba por la calle, las miradas femeninas le seguían y le salían al encuentro y le provocaban; no veía, ¡qué había de ver! que el horno no estaba para rosquillas, es decir, que don Bernardino, rechoncho, pelado y teñido, con patas de gallo en los ojos y los carrillos caídos, no era digno de ser mirado por su linda cara, sino es por sus muchos monises. Y si esto no lo veía, tan a la vista estaba, menos había de ver que ella, deformada por la obesidad, vieja y fea, no podía representar airosamente escenitas de celos, con mucho puchero y mucho remilgo. Porque la verdad es que los dos habían llegado a la edad reglamentaria, en que es forzoso abandonar el servicio activo y entrar en la reserva; y de esto parecía convencido don Bernardino, en quien la ambición era la pasión dominante.
—Déjame en paz, Gregoria—decía cuando la mujer le atosigaba demasiado;—mira, hija, que es preciso convencerse que ni uno ni otro estamos para estas cosas; el amor es gaje de la juventud, y cuando se tienen hijos con barbas, y canas y reumatismo y chocheces y goteras por todos lados, empeñarse en hacer los Faustos y las Margaritas es exponerse a desafinar y dar fiasco.
—Pues, sin embargo, hay cada viejo...
—No te fíes, que es como la leña verde: no arde; mucho chisporroteo y mucho humo, pero poca llama.
No quería misia Gregoria, a pesar de estas declaraciones, dar su brazo a torcer. ¿Y cómo, si en su larga vida de casada, nunca había visto a Esteven salir más a menudo, entrar más tarde, andar más preocupado, más sin sosiego, más sin sueño, que esta vez? Ella no se chupaba el dedo; nada de política ni de negocios, un diablo con faldas estaba de por medio. Hasta se le figuraba conocer a aquella picaronaza: el pelo color de zanahoria, última novedad; los ojos pintados con pábilo de vela; colorete y muchos polvos en la cara, y un olor a pacholí, tan fuerte, que hacía estornudar. El día aquel de la sarracina en la Bolsa, que llegó don Bernardino derechito a meterse en cama, misia Gregoria, por las dudas, le echó una buena rociada: ¿con que venía así, tan descompuesto y pálido, a causa de la liquidación? ¡ah, farsante! alguna agarrada con la rubia esa.
Pasó dos días don Bernardino en cama, quejándose de dolores en los riñones, en la nuca y sobre todo en la cabeza; decía que por allí dentro le andaba una docena de demonios, dándole patadas en los sesos y martillazos en las sienes. Misia Gregoria, instalada en la cabecera, le vigilaba, no fuera a lo mejor a escribir unos rengloncitos a su espalda o recibir algún billete sospechoso; porque eso de que estuviera enfermo, era una mentira como una casa. Si estaba desasosegado y nervioso y de mal humor, era porque la otra lo habría plantado; ¡muy bien hecho! que si todas las damiselas hicieran lo mismo con los vejestorios enamorados, mandarlos a su casa después de pegarles cuatro palmadas, las esposas honestas no estarían en esta agitación y no pasarían la pena negra. Pero, enfermo o no, la verdad es que no llegó a visitarle médico, don Bernardino no quiso recibir a nadie y así se dió la consigna terminante: era una casa aquella en que a cada minuto estaba alguno colgado de la campanilla, y los visitantes no faltaron en estos dos días, pero nadie logró ver al conspicuo personaje de la situación. A las diez de la mañana del tercer día, siempre en la cama Esteven, más dolorido que nunca, pues ahora no era ya una docena, sino ciento de demonios que le martirizaban el cerebro, le entregaron dos tarjetas, que fué lo mismo que darle dos palos, pues lanzó un quejido como si los hubiera recibido en los lomos.
—¡Que no, que no recibo! dijo revolviendo los ojos.
Y echado sobre las almohadas, miraba pálido las dos tarjetas, que le sacaban la lengua sobre la mesa de noche, diciendo una: Rocchio, y la otra: Portas, y las letras negras de estos dos nombres bailaban sobre la cartulina, dándole mareos. Media hora después, vino la tarjeta número 3, y de la mano temblona de don Bernardino pasó al lugar de las otras.
—¡Que no, que no recibo!—repitió, con un juramento.
—Señor—insistió el criado,—dice que tiene que ver forzosamente al señor; que se trata de un asunto de interés.
Don Bernardino cogió de nuevo la tarjeta y leyó: Robert.
—Bueno, que pase; acabemos.
Pidió a misia Gregoria que arreglase las mantas del lecho, que abriera las cortinas y le diera el espejo de mano.
—Mucho quieres componerte—dijo la gruesa señora, mirando desconfiada a la tarjeta que el marido retenía en la mano,—¿quién es ese afortunado que así logra violar la consigna?
—Déjame solo, Gregoria, y no vengas sino cuando yo llame.
—A mí no me la pega—refunfuñó misia Gregoria,—éste debe ser un emisario de la rubia, que viene a traer las condiciones de la paz. Ya les daré yo buenas paces.
Se entretuvo mangoneando en la habitación un rato y salió á esconderse detrás de la cortina, que cubría la entrada de la pieza inmediata.
—Que cierres la puerta, Gregoria—gritó don Bernardino.
—Bueno, hombre. ¡Jesús! qué misterios gastamos.
Y dió un portazo, dejando a Esteven solo, en la alcoba conyugal, pues lo era esta estancia lujosamente decorada... Esteven, con un gorro de terciopelo bordado de gusanillo mate y borla de oro, la barba sin teñir, con unas ojeras como dos pinceladas de betún, amarillo como un cadáver, los ojos fijos en los dos nombres: Rocchio, Portas, que saltaban sobre la mesa de noche, esperaba... Míster Robert entró...
Lo que pasó entre los dos, misia Gregoria no pudo averiguarlo, al punto; las voces no salieron del diapasón ordinario y hasta el oído curioso de la señora no llegó sino confuso murmullo; sus celos, exacerbardos con el misterio de esta entrevista sospechosa, le sugerían desatinadas reflexiones: sin duda, el tal emisario se vendría con muchas exigencias, cuando el otro seguía tieso que tieso; cuestión de dinero todo, porque las rubias y las morenas de este jaez no entienden otro idioma. ¿A que salía ella, así, de improviso, y le ponía las peras a cuarto al calaverón de su marido y al alcahucil aquel? Las voces parecían subir un poco de tono.
—Es que ha llegado al capítulo de las amenazas—se decía la señora, siempre pegada a la puerta.
Y como no percibía una sílaba, se aferraba a su idea de salir y desbaratarlo todo. Seguía el duelo allá dentro entre la voz grave, la de don Bernardino, y una vocecita delgada, la del otro; tal como si un contrabajo y un flautín ensayaran, cada cual por su lado. De pronto, los dos instrumentos enmudecieron... pasó un minuto, y el mismo silencio; pasaron dos, tres minutos...
—¿Se habrá ido ya?—pensó misia Gregoria,—ya no suena esa vocecita de flautín, que me arañaba el oído. Bernardino tampoco resuella. ¿A que ha cedido el muy mandria? ¡Y yo que me estoy aquí hecha una papanatas!
Volvió el picaporte y entró; como un juez que llega al sitio del crimen, rastreando la pista, y hace visita inquisitorial de muebles y objetos, para deducir de su posición la historia del delito, misia Gregoria paseó su mirada severa por la alcoba y la dejó caer terrible sobre el criminal: ahí estaba, abatido, con el gorro de terciopelo ladeado, durmiendo o fingiendo dormir.
—Allá voy yo a despabilarte—se dijo la señora.
Y cayó sobre él, sacudiéndole el brazo y gritándole:
—¡Bernardino! ¡Bernardino!
Esteven abrió los ojos y vió sobre sí la mole inmensa de su mujer.
—¿Qué hay? Retírate, que me sofocas.
—Si es lo que yo quiero, ahogarte, sofocarte, por mal marido, por pillastrón. ¿Quién es ese hombre? ¿quién es esa rubia? ¡Di, contesta, grandísimo pícaro!
—Gregoria, no me tientes la paciencia...
—¿Quién es? Di, vamos a ver.
—Gregoria, no me tires de la lengua.
Y lo creo que tiraría de ella y se la arrancaría con mucho gusto; ¡qué hombres estos! tienen una mujer buena, que les quiere, que les mima, que les cuida cuando están enfermos, y el pago que la dan es engañarla, traicionarla, burlarla, con esas mujeres de la calle, que así son ellas.
—Gregoria, me atormentas la cabeza, ¡por favor!
Pero la señora ya se había disparado. Armó una de gritos y amenazas, que Esteven, aturdido, metió la cabeza bajo las mantas.
—Sí, tápate los oídos, que me has de oír.
Sulfurado, por fin, el marido la llamó vieja por tres veces, como quien tira una piedra a un perro que ladra; y esto no hizo sino aumentar la exasperación de misia Gregoria. Sí, que la insultara ahora; no faltaba más, sino que la levantara la mano... eso es. ¡Pero, señor! cuando a uno se le acusa de algo, y es inocente, se defiende y presenta razones y excusas, pero no se queda ahí callado, abriendo tan sólo la boca para decir una desvergüenza. Ella necesitaba una explicación, que se la dijera qué significaban los misterios de estos días, el conciliábulo reciente...
—¡Dime quién es ese hombre! ¡quién es esa rubia!—chilló de nuevo acercándose a la cama.
—Pero, ¡qué rubia ni qué berenjenas!—exclamó don Bernardino dando un golpe al gorro, que acabó de ladearle;—¿quieres oírme? siéntate, y calla, que tengo muchas cosas graves que decirte.
Pasmóse, con esto, misia Gregoria.
—¡Ay, Bernardino, por Dios! Si vas a confesarme la verdad, no me la digas, no; prefiero quedarme con la sospecha.
Enronquecida y sin fuerzas, dejóse caer en el sillón más próximo, que crujió bajo el enorme peso; temía ahora tanto de que Esteven hablara, como antes deseaba que rompiera el sospechoso silencio. Don Bernardino preguntó:
—¿Sabes quién es el hombre que acaba de salir de aquí?
—Como no me lo digas...
—Pues, es míster Robert.
—¿El socio de Jacinto?
—El socio de Jacinto.
—¿Y qué?
Esteven dió un puñetazo sobre las almohadas.
—Que liquida, mujer, que la sociedad con Jacinto se disuelve, y con un déficit de doscientos mil nacionales, que tiene el muchacho que pagar, ¡es decir, yo! Lo demás, que no es poco, lo pagará el inglés, hombre honradísimo, víctima de las calaveradas de ese mocoso, a quien he de arrancar las orejas.
Misia Gregoria, estupefacta, no encontraba palabra que decir. Don Bernardino añadió que era muy fácil asegurar que él, el padre, iba a pagarlos; pero si tenía el muchacho pendiente con el corredor Rocchio una deuda de cincuenta mil nacionales, lo que hacía la suma de doscientos cincuenta mil nacionales por la parte solo de Jacinto.
—Y, ¿qué vas a hacer, Bernardino?—preguntó la señora ansiosamente.
Esteven, de una palmada nerviosa, se echó el gorro sobre la nariz. ¿Qué hacer? pagarlos, después de dar al chico una buena felpa y mandarlo a un pontón por seis meses. Misia Gregoria halló, en su amor de madre, fuerzas para decir:
—Eso no, Bernardino, ¡pobrecito! la verdad es que él no tiene la culpa; todos han hecho lo mismo: ahí está el hijo de la cuñada de Eneene, que la ha dejado en la calle, y el doctorcito ese que te hace la corte para que le hagas nombrar diputado, se ha comido en la Bolsa toda la fortuna, muy seria, por cierto, de su hermana viuda, aquella tan festejada y codiciada, la que se ve hoy en el caso de pedir dinero a interés a don Raimundo Portas, para poder vivir. Además, no me vengas haciéndote el inocente: ¡el peor ejemplo se lo has dado tú al muchacho!
El acusado agachó la cabeza. Misia Gregoria pensaba que, efectivamente, era aquello una gran desgracia, pero la fortuna que poseían era bastante fuerte para poder repararla, sin resentirse; a Jacinto se le mandaría a la estancia o se le daría un empleo.
—¡Ah, Gregoria, Gregoria, si no sabes de la misa la mitad!—exclamó don Bernardino con un gesto desesperado.
Y soltó la bomba. ¡Si allí el arruinado no era solo Jacintito, sino él también, el opulento, el millonario don Bernardino Esteven! Desgarró la manta, tal fué la crispadura de sus dedos. Y misia Gregoria, sofocada por la revelación terrible, muda, miraba a su marido, parpadeándole los ojillos espantados.
Esteven repuso:
—¿Lo has oído? sí, hija, arruinado, arruinado, así, como te lo digo.
Hundió la cabeza en las almohadas, dando un suspiro. La señora repetía entre dientes:
—¡Arruinado, arruinado!—como si la palabra fuera de un idioma extraño y buscara la significación.
Después de un rato, vuelta en sí, viendo que don Bernardino callaba, dijo con desmayada voz:
—No sé, Bernardino, no te comprendo, ¿he oído bien? explícate, si no quieres que me vuelva loca.
¡Explicaciones! hay cosas que no se explican; vienen porque sí, cuando menos se piensa, de la manera más imprevista. La fiebre de los negocios dominando al país entero; la alucinación de las ganancias fabulosas, que no era más que un síntoma de la misma enfermedad; a ciegas, en el laberinto de la especulación, la tierra pronto falta a los pies, no se pisa seguro, no se sabe por dónde se anda... Llega el día de la liquidación, se hace el balance, se buscan las soberbias cantidades con su lucido cortejo de ceros, que en el papel cautivaban la vista... el fondo de la caja está agujereado y por los intersticios han salido los números, como gotas de agua, evaporándose. ¡Y hay que pagar! empieza entonces la caza del oro, que se escabulle, se resiste, se escapa; y como el tiempo apremia, no habiendo ya otro recurso, se cogen los cuatro cascotes de la ciudad y los cuatro terrones del campo y se arrojan, como presa, a la jauría de acreedores. Es lo que él había hecho. Dió un nuevo revés al gorro y se lo echó a la nuca.
—De modo...—dijo misia Gregoria, que no podía respirar.
—Nada, mujer; que la quiebra de Schlingen ha sido la piedra que ha derrumbado el castillo de mi fortuna; tengo que pagar mis propias pérdidas y las de ese pícaro muchacho, que va a sentir mi mano de firme; ¿de dónde sacar el dinero? porque hasta ahora mis ganancias en la Bolsa no se han convertido en moneda contante: se sale de un negocio, se mete uno en otro: aquí pierdo, allí gano, y así hasta que se cae de pie o de cabeza. ¿De los Bancos? han dado tanto, que no fian ya un centavo, y a un deudor, como yo, no se le sigue prestando; acudí al portugués don Raimundo, y me he dejado chupar la sangre, ¡si vieras! pero, para lo que yo debo, esto es un grano de anís. Entonces he dicho: ahí están mis dos casas de la calle Piedad, la en que vivo, ésta, la de la calle Cangallo, la de la calle Suipacha, mis campos de Cañuelas y Bahía Blanca, mis cédulas hipotecarias... ahí está todo, tómenlo, véndanlo, todo, menos la estancia del Frigal, que no es mía, que es de mi mujer y a su nombre está escriturada. ¡Y si eso no les basta, córtenme en pedazos y acabemos!
De la palmada que aplicó al gorro, se lo hundió hasta los ojos.
—Pero, Bernardino, esto no es posible, ¿qué va a ser de nosotros?—exclamó la señora sintiendo venir las lágrimas.
¿Qué? refugiarse en el Frigal y allí estarse hasta que el temporal amainara; ya vendrían tiempos mejores.
—Sí—dijo misia Gregoria saliendo de su estupor,—y tengamos entonces otro gobierno que éste, que te ha servido y ayudado; y si no has sabido aprovecharte del favor oficial, ¿qué harás sin su apoyo? lo que yo te digo, es que esto te está muy bien empleado, por andarte con miramientos, con remilgos, haciéndote el pulcro y el decente; ¡todos han manipulado y de qué manera! nadie les ha dicho nada y si les han dicho, se han reído de la gente. En cambio, tú, ¿qué has sacado de tu amistad con el ministro Eneene? ¡un cuerno torcido! Estoy segura, como si lo estuviera viendo, que te ha ofrecido más de una vez participación en esos negocios que ellos hacen, y tú has contestado que no, por temor al qué dirán... ¿Dónde has dejado ese talento, que yo te reconozco? ¿para cuándo lo guardas? Esta era la ocasión de mostrarlo. Y si gritaban los otros, dejarlos: de pura envidia de no poder hacer lo mismo. ¡Válgame Dios! yo que te veía tan alto y te creía tan sólido, y ahora salimos con este escopetazo, ¡y es horrible, horrible, porque no daremos poco que hablar! ¿y las muchachas se conformarán en irse al Frigal ahora, Angelita, sobre todo? ¡qué desgracia, qué desgracia!
Rompió a llorar. Pero, don Bernardino, exasperado, no estaba para oír lamentaciones; a lo hecho pecho, y fastidiarse, y morderse el codo: cuando suceden las cosas, no hay que perder el tiempo en inquirir las razones, sino buscar el remedio, pronto, eficaz, enérgico; que no le calentara la cabeza, recriminándole; ¿parecíale que no tenía él bastante con su propio sufrimiento, y con los dos días y sus noches, que había pasado en aquella cama maldita, revolcándose, dándose de testaradas, tras de la idea, el medio, la forma de salvación común? ¿que no era poco martirio, verse así, a su edad, después de haber trabajado tanto?
—Esto que nos pasa, te lo anuncié yo, Bernardino—dijo gimoteando la señora,—ibas a galope, demasiado de prisa. Luego la Bolsa...
—Mira, eso que dicen de la Bolsa son estupideces; hoy se gana, mañana se pierde: pues lo que se hace es asegurarse del hoy, y cuando se le tiene, no dejarlo escapar por ir a tentar el mañana. ¡Eso!
—¿Ves? No escarmientas, Bernardino, y me temo que ésta no sea la última.
Volvió a sermonearle, insistiendo en que por ser demasiado honrado, se encontraba así; pero don Bernardino no la oía, ensimismado. Y, de pronto, recordó la señora sus celos de momentos antes, y la escena ridícula que había hecho a su marido, cuando éste se debatía en las ansias de su crítica situación: le miró, ¡qué pálido y deshecho estaba! ¡qué injusta había sido, y qué tontas son las mujeres celosas! Se acercó al lecho.
—Y yo que creía...—dijo,—¿me perdonas, Bernardino? Soy una vieja loca, como dices, pero es que te quiero, ¡te quiero! y he de probártelo en esta ocasión suprema de nuestra vida.
La idea aquella de que sus hermanos habían de gozarse en su dolor, no le vino sino más tarde, repuesta ya de la impresión primera, y no fué poca suerte, mayormente para don Bernardino, pues si los dos nombres proscritos salen a danzar, la discusión se envenena y arde Troya, y Esteven no se viste, almuerza y sale, con relativa tranquilidad.
Como lo hizo, a eso de las dos de la tarde. En el vestíbulo le esperaban dos postulantes y apenas apareció el decaído personaje, le asaltaron y allí mismo le dieron la lata, como fastidiosos mendigos. Con impaciencia, tomó apunte en su cartera del nombre, de la pretensión y del fiador de cada uno.
—Pierdan ustedes cuidado, que yo haré todo lo posible, y hablaré al doctor Eneene; precisamente, ahora voy al Ministerio. Y díganselo así al buen amigo mío que les recomienda.
Los dos, ebrios de esperanza, saludaron, tocando el suelo con el sombrero y el sombrero con la frente. Abajo, nuevo asalto; tres de golpe. Pero Esteven pasó el obstáculo con maña y se refugió en su coche.
—Qué jaqueca la de estos haraganes—dijo después de dar la orden al cochero, sujeto irrespetuosamente barbado,—¿no sería mejor que fueran a cuidar ovejas, o a labrar la tierra? ¡así está el país! Por supuesto que no diré jota al doctor; ya pueden esperar el empleíto, sentados. Además, no hay que cansar el caballo, y ahora menos, que lo necesito para tan dura jornada...
Dificultosamente, a causa de los muchos vehículos que embarazaban la calle, avanzó el carruaje; a cada dos pasos había que detenerse, volver atrás, haciendo pesadas estaciones de vía-crucis, y a veces rodear la manzana y tomar una calle opuesta, para sufrir nueva detención en la primera esquina, ya por un carromato que no se movía, o un tranvía y un coche que habían chocado.
—¡Qué calles estas!—murmuraba Esteven,—si aquí no vale andar sobre ruedas; el mejor coche para ir de prisa y sin dificultad es el de San Francisco, y aún así...
Asomaba la cabeza por la portezuela, sonriendo a los conocidos.
—Que no se te conozca, Bernardino—se decía,—es preciso mostrar cara alegre, disimular, enseñar los dientes al público imbécil, que te mira curioso, para burlarse de tu desgracia, si descubre su huella en el semblante; haz cuenta que estás en las tablas de un teatro, y que todos te observan y siguen los movimientos: aplomo y serenidad. No darle ese gusto supremo a la envidia, que ha visto tu carrera lucida con ojos torvos, de mostrarte amilanado, porque estás vencido. Ya que se cae, caer con arte, como el gladiador antiguo... Ese ha pasado, echándome una mirada, en la que he leído curiosidad y placer a un tiempo; seguro que va diciendo: ¡He visto a Esteven, pero me ha parecido tan fresco! Eso, eso es lo que quiero que digan todos, que ninguno me encuentre abatatado... y debiera estarlo, ¡sí, sí! ¡ah! ¡Bernardino! ¿qué has hecho? Todo lo tenías, posición brillante, nombre respetado, influencia, crédito, y todo lo has perdido, por querer abarcar demasiado, por glotón, por insaciable... Si yo debí retirarme en abril de los negocios: en saber retirarse a tiempo del juego, está el quid de la suerte; pero, todos creíamos que esto iba a durar, que la mina era inagotable... El doctor, empujándome siempre. Anímese, amigo, mire que el negocio es soberbio; yo le respondo del éxito. El éxito, es cierto, se presentó muchas veces, franco, decidido; tan decidido, que los mismos que teníamos metidas las manos en la masa, estábamos asombrados, atónitos... ¡así ha sido el desengaño después! Y Gregoria, que dice... Estas mujeres son de lo más infeliz que ha echado Dios a la tierra; las hay vivas y aun de talento, ya lo creo, pero a la que sale tonta, y son muchas, el animalillo más miserable de la creación la gana en malicia... Gregoria es tonta de remate, de una candidez evangélica, y se traga cada rueda de molino, que da miedo; la pobrecita no tiene más defecto que sus celos ridículos que, francamente, no sientan a su edad, pero es buena, y me quiere, eso sí; ¡me lo ha probado muchas veces! Pues, no dice que por honrado... ¡qué risa! ¡Cuando no ha habido negocio en estos últimos años, en que no haya estado yo metido y del que no haya sacado mi tajada! Precisamente, esto ha sido mi perdición: más parco hubiera sido y no me viera como veo... ¿Otra parada? ¡qué calles! así no llegaremos nunca... A mí me parece que mis acreedores se darán por satisfechos con esta cesión de bienes, ¿qué más puedo hacer? La estancia, no, que no me la toquen, porque arde el mundo, ¡no faltaba más! Si a mí me dicen esto, ahora dos meses, no lo creo, no, señor, me río; pero, ¿quién podía soñarlo? En el ansia de ganar, de ganar mucho, de ganar siempre, no mirábamos para atrás, ni para arriba, y así se nos ha caído la casa encima y nos ha aplastado. El doctor debe estar también muy comprometido, y le han de obligar a renunciar, ¡vaya! si viene la revolución, el primero que se viene abajo es Eneene... Por eso yo me pongo a salvo a tiempo, me lavo las manos y... ¡ahí queda eso! arreglarse cada cual como pueda. Ahora, le daremos el último empujoncito al amigo: que me coloque a Jacinto, de cualquier cosa; ese zanguago no puede estarse brazo sobre brazo... y veremos cómo va la concesión pendiente del Congreso; ¡quién sabe! si cayera esa breva todavía... ¡Cómo me miran todos! Ya tengo deseos de huir, de esconderme, porque esta curiosidad me desagrada, me hiere; ahí va ese otro... ¡y no me ha saludado! naturalmente, ya lo sabrá, porque estas cosas corren por el telégrafo de la murmuración con rapidez espantosa, y como ya no ha de necesitarme, me vuelve la espalda. ¡Ah, mundo egoísta y canalla! ¡ah! pero, pierdan cuidado, amigos y enemigos, que sois todos unos, y así cambiais de nombre y de actitud según la ocasión nos hemos de ver las caras todavía; para entonces os emplazo, cuando yo me haya rehecho de este golpe y esté otra vez arriba, en la cúspide: yo soy de los hombres que no se quedan nunca en el camino... Pero, ¿llegamos o no llegamos?
Aburrido, se había replegado en el fondo del carruaje, mirando distraído el ir y venir de la gente, mientras todas estas ideas se embarullaban en su imaginación. ¡Y cosa rara! así como el ahogado, en su tremenda agonía, ve el desfile, con pasmoso relieve, de los hechos de su vida entera, que pasa ante su mente, con sus alegrías y tristezas, como proyección fantástica de una linterna mágica, Esteven, un ahogado de la suerte, veía ahora su pasado y el camino tortuoso recorrido, tan claramente, como pudiera ver, desde lo alto de una torre, la senda extraviada de la montaña, en pleno día. Primero, como tenedor de libros en un almacén al menudeo, lo que no era óbice a que barriera la acera, por las mañanas, en mangas de camisa, y despachara libras de hierba, de café o de azúcar a las mucamas del barrio, efectos que sabía envolver con destreza en el grueso papel amarillento, con repulgos en los lados y dos cuernitos de remate, que hacía dándole graciosamente una vuelta al paquete entre sus manos; luego, cuando iba, de chaqué avellana, a rondar la casa de Gregoria, y el rapto y el casamiento, y su transplante prodigioso del almacén al caserón de la calle de Méjico; cómo, la fortuna de los Vargas, hábilmente escamoteada, sirvióle de pedestal, y ayudado de la política, subió, y de ser nadie pasó a ser alguien. ¡Y de qué manera! amigo de ministros, repartidor de gracias oficiales, protector adulado, admirado, respetado... Cada chapuzón suyo en las aguas cenagosas, en vez de cubrirle de barro, le cubría de oro. Es cierto que en cada paso del camino, había dejado un poco de su dignidad y de su vergüenza, pero, ¡qué hermoso viaje, sin embargo! Como el ladrón que ha sido sorprendido infraganti, rebelábase contra sí mismo, por torpe y por mandria.
—No me lo perdonaré nunca; he sido un imbécil. Cuando se tiene una posición así, ganada a fuerza de tanto sacrificio, no se expone nadie a perderla, arrojándola en la balanza de la Bolsa.
Se acordó entonces de sus cuñados despojados, e hizo una mueca.
—Ellos hablarán de la justicia de Dios; aquí no hay más Dios que mi suerte, que me ha abandonado. ¡Maldito sea yo y mi suerte!
Llegó, por fin, al Ministerio y entró. En el recibimiento, un negro barrigudo, dormitando en un banco, hacía la guardia.
—Sí, señor, pase usted. S. E. está solo—contestó solícito a la pregunta de Esteven.
Le acompañó hasta la puerta, rascándose la mota, y dejó paso franco: un saloncito, primero, con muebles pretenciosos, y en la pared un cuadro litográfico, con marco negro, representando a San Martín; en medio, una mesita y un tintero de bronce, con el busto de Belgrano. Los dos próceres se miraban, como preguntándose qué diablos hacían allí, porque los muebles, dorados, y la mesa, incrustada de nácar, olían a boudoir a la legua, a pesar del humo de cigarro que daba en las narices, tan pronto como se ponía el pie en el mullido bruselas de colores vivos. A la izquierda una puerta, entreabierta: el despacho del señor ministro; a la derecha, un salón, con muebles de pacotilla, y cortinas de damasco, y luego la fila de piezas estrechas, en que se amontonaban los empleados. En la primera de estas piezas, frente a la puerta del salón, estaba la mesa de don Pablo Aquiles Vargas, el decano de los empleados de la oficina, tan antiguo, que muchos juraran que el buen hombre había nacido allí, entre los expedientes que manipulaba desde las doce hasta las seis, todos los días laborables. Rara vez estaba el salón abierto, pero, si llegaba a estarlo, por accidente, la figura de don Pablo Aquiles divisábase la primera, surgiendo de entre el rimero de libros y papelotes, y aunque él no fuera curioso, fácil le era ver quién entraba y quién salía del despacho de S. E.; así, Esteven, no atravesaba el coquetón saloncito, sin echar hacia la derecha una mirada de desconfianza, que en alguna ocasión fué a chocar con la rencorosa que le lanzaban los ojos del viejo Vargas.
—Ahí está ese gaznápiro—decía don Bernardino,—espiando lo que no le importa; ¡y pensar que con media palabra mía, podía quitarme semejante estorbo!
Por su parte, don Pablo Aquiles se irritaba cada vez que veía pasar al odiado personaje.
—¡Cerrar esa puerta!—prorrumpía apartando el mamotreto que estudiaba,—¡qué negros éstos! Nada, tendré que cambiar de sitio.
Al penetrar en el despacho, Esteven se volvió, y percibió allá, en el fondo del salón rojo, a su cuñado, que le miraba, y se le antojó, porque otra cosa no podía ser, dada la distancia y la poca luz, que estaba alegre y se sonreía y hasta le sacaba la lengua; pura aprensión de su espíritu suspicaz, porque el otro, tan pronto como hubo conocido al visitante, se sumergió entre sus papeles, renegando, sin duda, de los negros que no tienen manos para cerrar las puertas.
—Mi querido amigo Esteven...
—Estimado señor ministro...
El despacho era espacioso; bien amueblado, en punto a riqueza, pero sin gusto y sin estilo. S. E. estaba sentado delante del escritorio, pluma en mano; muy cerca, una bandeja con botella de Jerez y copas; del otro lado, una caja de cigarros: bebía un sorbo, chupaba el puro y escribía. La poltrona parecía venirle demasiado grande; acurrucado en el borde del asiento, las piernas endebles recogidas, de bruces sobre la mesa, tan pegada la cara al papel, que debía ser miope, y no gastaba anteojos, sin embargo... Su cabeza era vulgar, de pelo lacio y aceitoso, salpicado de canas, lo mismo que la barba enmarañada, amarillenta por la falta de aseo o el incienso continuo del tabaco; llevaba la solapa de la levita y los hombros, espolvoreados de caspa, y las uñas muy largas, ribeteadas de negro.
—Adelante, mi querido amigo—dijo el doctor Eneene, la pluma en alto,—siéntese; un momento y ya acabo. ¿Qué tal va esa salud? ¿y el espíritu? mal, ¿eh? ¡caramba! no me lo diga usted.
Hablaba como si escupiera las palabras, con voz desafinada y poco grata, y seguía escribiendo, mientras don Bernardino, en el sofá, declamaba, desganado, el introito de toda visita; la pluma dió el último arañazo al papel, cerró la carta S. E. y llamó. El negro barrigudo presentóse, haciendo reverencias.
—Esa carta al Congreso—ordenó el señor ministro.
Y mientras el emisario salía, el doctor Eneene se esperezaba en la poltrona sin ceremonia, abriendo de par en par la boca, en un bostezo de corrección poco ministerial.
—Conque aquí tenemos al amigo Esteven—repuso; un traguito, ¿eh? sí, hombre, pruebe este Jerez, que no es malo; he de preguntarle al Habilitado dónde lo hace comprar, para que me mande a casa algunas cajas. ¿Y estos cigarros? ahí va uno; si quiere se lleva la caja; también voy a decirle al Habilitado que me mande una partidita de mil, porque es raro encontrarlos tan en su punto y tan sabrosos como éstos... ¿Qué dice, mi amigo? Yo aquí siempre sobre el potro, desvelándome por el servicio público, y ya ve usted lo que se me agradece; no he visto cosa más cochina que la política.
Se había levantado y paseaba, enfundadas las manos en los bolsillos; francamente, y con el respeto debido: S. E. tenía una facha muy lastimosa; a la luz del balcón, el paño negro de su traje mostraba un lustre indiscreto, sin duda del mucho uso, los golpes de grasa aparecían sin recato, y la caspa sobre hombros y espalda, tan visible, que se diría haber estado expuesto a espesa nevada. Agregar a esto, un cuerpecito raquítico, enflaquecido, de carnes amojamadas, sobre unas piernas de alambre, que se movían nerviosamente: todas las trazas del doctor Eneene eran las de un boticario retirado, y boticario de pueblo, por añadidura; allí no se veían rastros del pensador, ni del hombre de Estado, ni del tribuno, ni de nada de esto; y si su aspecto exterior no lo decía, menos lo denunciaba su conversación, vulgarísima, sin una idea que flotara en aquel mar de lugares comunes, sin una chispa que revelara la inteligencia, a obscuras, o la ilustración, a ciegas. Pido disculpa al señor ministro por la irreverencia, pero cúmpleme repetirlo: su aire era el de un boticario, acostumbrado a lidiar con potingues y menjurges, y así eran los emplastos de sus decretos y las cataplasmas de sus discursos; o si no, también, el de un sacristán, hecho a soliviar los cepillos de su iglesia, y así usaba las uñas largas; pero, ¿el de un ministro? nequaquam. Y dispense V. E.
Como todos los vacíos de mollera, era hablador, y hablador insulso; tomaba la palabra y era un escupir sandeces por aquella boca... El amigo del doctor Eneene tenía que aguantarle su charla y reírle sus gracias, sobre todo, cuando venía el cuento al caso, postre indispensable de su conversación, tan indigesto, que no había quien lo probara dos veces, sin sentirse malo de veras; don Bernardino pasaba por este amigo abnegado: era él bastante fino para apreciar debidamente la estulticia de S. E.; pero, tan calculista como fino, conocido el lado flaco, le adulaba, dejándole hablar, fingiendo escucharle con gusto y riendo a carcajada tendida el cuentecito de cajón.
—Le estoy oyendo a usted, doctor, y parece que me hacen cosquillas, ¡qué arsenal más variado de chascarrillos tiene usted! ¿de dónde saca usted tanto chiste y tanta memoria? Porque la verdad es que se necesita memoria... ¡vaya si se necesita! ¡siempre tan oportuno este querido doctor!
Y los dos se reían y no quedaban serios, sino cuando llegaban al inciso negocios y demás ítemes correspondientes.
Cuando el señor Ministro aplicó a la política aquel calificativo tan feo, que no quiero repetir, Esteven lo aprobó, como todo lo que S. E. decía, con asentimiento de cabeza y repitiendo:
—Diga usted que sí, doctor, diga usted que sí.
Y el doctor repuso:
—Porque es la verdad, amigo: esto de la política se me figura a mí como un gran árbol, ¿entiende? una higuera, supongamos, toda llenita de higos; arriba, comiéndoselos, los hombres del gobierno, nosotros; abajo, mirando, los de la oposición, ellos. Y toda esa grita porque bajemos, es porque temen que no les dejemos un solo higo, para cuando ellos suban. Deje usted que estén arriba y verá cómo hacen lo mismo, peor, porque hasta las hojas se han de comer. Es cuestión de estómago, y nada más: las palabras de patria y libertad y administración pura... ¡macamas! Eso se dice siempre cuando se está al pie de la higuera... En todos mis discursos de oposición no hablaba yo de otra cosa; pero, en subiendo, se olvidan, amigo, créalo. También, todos los días no hay ocasión de ser ministro... ¡qué diablos! Y uno tiene que pensar en los hijitos, y en los parientes y en los amigos.
—Naturalmente—apoyó don Bernardino.
Siguió hablando S. E. y la cuerda parecía interminable de aquel organillo de ciego. Lo que él no podía soportar eran las picardías que le decían en los diarios, y tanta ojeriza les había cobrado, que no quería ya leerlos; y todo porque no se bajaba de la higuera; porque llegó al Ministerio poco menos que tronado y ahora se había hecho de propiedades, así rurales, como urbanas, y había piloteado en el Congreso a algunos amigos, partiendo con ellos las ganancias de las diversas concesiones aprobadas, y recibido unos miserables miles de pesos de una compañía extranjera, por el despacho de un asunto, empantanado hacía años, y otros miles más por un decretito, que a nadie perjudicaba y favorecía a un honrado industrial; y porque tenía sus corredores en la Bolsa, bien amaestrados, y en los Bancos vara alta, y colocaba a los parientes, y daba a los amigos. Esto lo campaneaban todos los días. Y aunque fuera cierto, que ello no estaba bien probado, pero, señor, ¿dónde está aquí el mal? ¿de qué sirve ser ministro entonces? ¿de qué el poder? ¿de qué la influencia? si no se ha de hacer uso en provecho propio, déjenlo a uno tranquilo en su casa. Un periodiquín de caricaturas había dado en la manía de pintarle de murciélago, con las uñas tan largas, que lo menos medían un metro, qué gracia, ¡eh! y como el tal periodiquín lo exponían en todos los escaparates, andaba tropezando en la calle con el maldito avechucho.
—¿Y qué me dice usted, de esta otra manía de echarle a uno la culpa de todo lo que pasa? Que sube el oro, que quiebra Schlingen, que se dan de palos en la Bolsa, que los emigrantes se van, que la carne está cara, y los alquileres suben, y los inquilinos no pagan... ¡el Gobierno tiene la culpa! Mire, amigo, todo lo que a mí me pueden decir, es que he cuidado más de mi hacienda, en el poder, que de los intereses del país; aquí nos conocemos y podemos hablar con entera confianza, y esto es muy natural y muy humano, ¡caramba! pero, estoy ya tan cansado de que me traigan y me lleven, pues no hay tinterillo de imprenta que no me sobe a su gusto, que estoy dispuesto a largarme... mi renuncia ahí la tengo y será presentada en la primera oportunidad; yo no quiero, si la revolución viene, como andan propalando, que me encuentre en mi poltrona. ¡A otro perro con ese hueso!
Esteven pudo encajar en este primer paréntesis de S. E. su respetuosa protesta contra una resolución que calificaba de poco patriótica; el ilustre doctor Eneene se debía a los suyos, ante todo, y si la revolución venía, que no vendría, hallábase obligado a esperarla a pie firme, dispuesto a vender cara su cartera y a defender sus actos. A lo que contestó el ministro:
—Defender la tajada es lo que importa, amigo, y no dejarla perder, como ha hecho usted. Y a propósito, ¿cómo andan sus asuntos?
Don Bernardino, como un enfermo al que preguntan el estado de su dolencia, contestó con angustiado acento, que aquello seguía muy mal.
—Ha sido un desastre, mi querido doctor, la quiebra de Schlingen me ha dividido de parte a parte; luego, mis compromisos anteriores... total, que ahí les abandono todo y me iré al Frigal cuanto antes, a esperar que el ciclón pase...
—¡Y nada podemos hacer por usted! Ya ve, el mismo Hipotecario se nos ha plantado, y no es cosa de dar más que hablar. ¡Qué chambonada la suya! En fin, hace usted bien en desaparecer de la escena por algún tiempo; después volverá con más bríos; para entonces, suceda lo que quiera, el negocio pendiente estará ya resuelto y el expediente de nuestro ferrocarril despachado: dirá la oposición que nada vamos ganando con ponernos en contacto directo con los salvajes, pero, lo de la higuera: si ellos pudieran, hacían uno a la luna. ¿Ha visto a Rocchio?
—Sí, pero nada de nuevo...
—Pues yo tengo mucho de nuevo—dijo el doctor Eneene con una risita maligna;—el diputado aquel que nos andaba sacando el cuerpo, sin duda porque ya me tomaba olor a muerto, se ha venido a buenas y me responde de la votación. ¿Qué tal? y ahora, poco antes de llegar usted, estuvo a verme el representante de una sociedad anónima extranjera, pero yo no he querido soltar prenda todavía. Todo marcha perfectamente. Eso sí, no me deje usted de mano a Rocchio, que puede ser un agente muy útil... ¡Ah! ¿hizo usted el encarguito aquel? No quiere aflojar... ¡ya veremos!
Los dos se sumergieron en el pozo negro de sus cábalas, cuya trama urdían tan diestramente: don Bernardino daba detalles y S. E. hacía comentarios, inquiría, aconsejaba, resolvía dudas, recorriendo a pasito de comadreja el despacho.
—Es una trampa para cazar ratones—decía el señor ministro,—y si no ya verá usted cuántos caen. Y no perder tiempo, amigo Esteven; espero que me ayudará usted como siempre, pues el destierro al Frigal no es tan inminente, ¿verdad? Mientras yo esté en el Ministerio, no se mueve usted de la capital. Le necesito; es usted mi brazo derecho.
—A sus órdenes estoy, mi querido doctor; aunque se presagian mayores desastres en la Bolsa, quiero ver si me rehago de alguna manera, y pensaba quedarme hasta fines de mes...
—Pero, mucho pulso, amigo... y a propósito: esto que le ha sucedido a usted, me recuerda aquel cuento...
Y aquí el cuento. Don Bernardino escuchaba sin pestañear, con una sonrisa de encargo en la punta de los labios, y la frase de alabanza preparada ya para salir a escena, en la punta de la lengua, así que S. E. terminara la regocijada relación.
—Graciosísimo, mi querido doctor, ¡muy bueno, muy bueno! ¡qué sal la suya y qué memoria! porque se necesita memoria... ¡vaya si se necesita!
—Qué gracioso, ¿eh?—decía Eneene riéndose con envidiable gana.
Entró un negro y presentó dos tazas de te en una bandeja. Por la puerta, que dejó abierta, se veía, allá en el fondo, pasar los negros sirviendo te a los empleados: en la primera pieza, después del salón rojo, algunos de éstos, de pie, fumaban y charlaban, familiarmente, pero Esteven, aunque miró al descuido alguna vez, no percibió al viejo Vargas y sus ojillos de víbora, y eso que ahí estaba en su sillón de cuero, sin levantar cabeza el excelente hombre.
—¡Gaznápiro!—decía para sí don Bernardino,—le tengo sentado en la boca del estómago; ¡no poder hacerle saltar sin escándalo! y ahí siempre, a la entrada, de cancerbero. Ahora no le veo, pero, cuando entré me miró como burlándose... ¡Otro más que lo sabe! ¡ah! ahora sí le veo... mírame bien, estúpido, ¿no me conoces? sí, soy yo, el mismo. Estarás muy alegre, naturalmente... ya se te irá el gozo al pozo, viejo cucaracha, que te pasas la vida royendo papeles y reputaciones. Estoy seguro que dirás a tus compañeros: Ese, ése, es el que me robó la fortuna y me dejó en la miseria y me ha obligado a apechugar con este empleo miserable; si no fuera por él, me pasearía, en gran carruaje, por esas calles. O no, estúpido, porque nunca has servido para nada y quizá la hubieras perdido, por inepto, esa fortuna tan mentada y otro que yo la habría aprovechado; mejor es que quedara en la familia, como quedó. Mírame, muérdeme... no estoy tan caído como crees... y si no, ¡ya lo verás! ¡qué ojos de hombre y qué cargante se pone!
El negro salió, cerrando la puerta. Esteven respiró.
Entretanto, el ministro paladeaba el te, y decía:
—¿Qué le parece esta bebida, amigo? Buena, ¿eh? también me he hecho llevar algunos paquetes a casa, porque es un te delicioso, y a mi mujer le gusta mucho.
Y don Bernardino, elogiándolo como se merecía, aunque estaba tibio y revuelto y muy cargado, te de negro, en fin, creyó llegado el momento de dar el empujoncito que se había propuesto.
—También Jacinto, querido doctor—dijo tímidamente,—Jacintito, mi hijo... ¿sabe? se ha dejado apretar en la máquina de la Bolsa; una desgracia, pero, ¿qué hacerle? Los hijos cuestan caro, doctor, y un padre, mientras vive, no puede dejar el biberón de la mano, así sean ellos hombres y gasten barba.
—¡Hola! también Jacinto—repitió el doctor, distraído.
—¡También! y como el muchacho no ha de estar de haragán, ahora que va a liquidar su casa de comercio, yo pensé en usted y me dije: A ver si el doctor me le coloca en el Ministerio, y me le tiene allí sujeto por algún tiempo, por lo menos mientras las condiciones del mercado no mejoran.
—¿Aquí?—saltó S. E., alarmado;—pero, ¡si tengo esto hecho un hospital, y no cabe allá dentro ni un alfiler! Además, usted sabe que hay que hacer economías, o fingir que se hacen, para desarmar la oposición. ¡Estos nombramientos me han dado más disgustos! porque hay que contentar a los amigos y el presupuesto no alcanza... ¡tengo aquí más supernumerarios!... y todo sale de eventuales, amigo. Hace poco fué necesario hacer saltar, con el primer pretexto que se encontró, a un empleado de diez años... de diez años, ¡calcule usted! para colocar al recomendado de un colega... y ayer me traje al hijo de una prima mía, que es sordo-mudo, y se lo entregué al subsecretario, diciéndole: Ponga donde quiera a esa buena pieza y déle diarios a leer; que se entretenga en algo. Y mandé que se le asignaran doscientos pesos al mes, de eventuales. Porque mi mujer, me sacaba los ojos, repitiéndome: ¿Serás capaz de no hacer nada por el desgraciado hijo de Eulogia? el pobrecito no sirve para nada, y en ninguna parte estará mejor que en el Ministerio. Y me lo traje, y ahí está; el servicio público no ganará gran cosa, pero mi mujer y la prima Eulogia están contentas.
—Pues nada más fácil, querido doctor—observó sonriendo Esteven,—ponga en la misma mesa a Jacintito, y le dará conversación al sordo-mudo, y así no se aburrirá. El país no se ha de hundir por eso.
—Le pondremos, amigo; muerto por mil, muerto por mil quinientos. Que venga su hijo, y si no quiere venir, que no venga; yo daré orden al Habilitado que le entreguen trescientos pesos todos los meses. Con los amigos, hasta la pared de enfrente, o no tenerlos.
—Mi querido doctor—exclamó Esteven reconocido...
Y levantándose, la mano poco aseada de S. E. entre las suyas, agregó que se marchaba, porque no quería robar al ilustre ministro el tiempo, que tan escaso le venía para sus múltiples e importantes ocupaciones.
—No se moleste usted, doctor, en acompañarme... ¡siempre tan amable!
—Lo dicho—repitió el doctor Eneene, acariciando la aceitosa melena,—no se me mueva usted de la capital, ¿eh? y véalo a Rocchio, que tenga paciencia; el asunto corre de mi cuenta. En cuanto a la recomendación al Banco, no dejaré de hacerla... se trata de usted y basta; aunque rabien, tendrán que aceptar la propuesta.
—Muchas gracias, doctor...
Salió don Bernardino satisfecho, muy satisfecho; en el saloncito tropezó con un empleadillo, que traía la carpeta de notas a la firma de S. E. y rondaba la entrada del despacho, esperando el fin de la entrevista, y Esteven pasó erguido, sin dignarse atender a la mirada provocativa que los ojillos de víbora del cuñado le lanzaron, desde el fondo del salón rojo.
—Anda, vejestorio inservible—decía bajando las escaleras,—mírame, muérdeme; no te daré el gusto de verme en el suelo. Todavía puedo levantarme... el doctor es una gran palanca; ¡que no renuncie antes de fin de mes, y la victoria será mía!
¡Qué casualidad! Cuando iba a tomar su coche, pasaba precisamente Jacintito.
—¿A dónde vamos?—dijo el padre, cogiendo el brazo del muchacho;—ayer no has comido en casa, y hoy no has almorzado. Y eso que tu padre estaba enfermo. Cualquiera diría que me huyes... Ven acá, que tenemos que hablar.
Le obligó a entrar en el coche, y partieron.
—Nos hemos lucido—pensó el chico,—ahora me mata, sí, señor, y aquí no tengo escape. ¿Qué excusas voy a darle?
Don Bernardino, sin más trámite, fulminó el rayo de su excomunión sobre el culpable: lo sabía todo, todo, con puntos y comas, de pe a pa; míster Robert acababa de descubrirle la verdad y de notificarle la gravísima resolución adoptada: liquidar una casa que tanto había costado formar, y con un pasivo escandaloso. ¿No tenía vergüenza? ¿no le remordía la conciencia de haber arruinado a aquel pobre hombre? ¿con qué pensaba pagar los doscientos mil nacionales del pasivo y los cincuenta mil que adeudaba a Rocchio?
—Ya cantó el gringo—murmuró Jacinto.
—¿Con qué piensas pagarlos?—preguntó otra vez Esteven.
Silencio prolongado, obstinado de Jacintito. Sí, pues; para pagarlos estaba el padre, que tenía, debajo de la cama, una mina destinada al uso personal y exclusivo del hijo calavera... Bueno, esta vez sería la última; pero como no podía permitir que anduviera de vago ni que volviera a la Bolsa, acababa de conseguir del doctor Eneene un empleo en el Ministerio y un buen sueldo.
—¿Qué voy a hacer en el Ministerio?—protestó Jacinto, contrariadísimo.
—¡Rascarte! y sobro todo, no me pongas los pies en la Bolsa, porque te mando a un pontón.
—Vos también, papá...—se atrevió a insinuar el muchacho.
—Yo puedo hacerlo—contestó el padre;—pero ustedes, mequetrefes pelagatos... ¡qué audacia! he aquí la época...
—Peor lo ha hecho Quilito—saltó Jacinto más animado,—que ha perdido ciento cincuenta mil nacionales, y anda en la Bolsa, empeñado en sacarlos debajo de tierra.
—¡También el Varguitas! ¡y no tiene sobre qué caerse muerto! Ese es el ejemplo que te ha perdido.
—No sé; pero cuando yo te vi, papá, comprar tantas vitalicias, me dije: Esta es la mía; si papá compra, es que el alza es segura y el negocio soberbio.
—Cállate—exclamó don Bernardino fuera de sí,—que te calles, ni una palabra más. Y basta; ¡no me pises la Bolsa, y cuidado cómo te portas en el Ministerio!
Dió por terminado el récipe don Bernardino, y Jacintito, mordiéndose los labios de coraje, se preguntaba si era cuerdo, si era justo, que le sepultaran a él en una oficina, cuando tantas disposiciones tenía para el comercio. Y concluía opinando, que no era ni justo ni cuerdo sino, simplemente, un disparate.