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Quilito

V

Reading edition

Rocchio se sentó, al fin, aniquilado. El trajín que llevaba desde por la mañana, era suficiente para quebrar la fibra de un individuo más bien templado, si podía haberlo, que aquel italiano atlético, cuadrado, con las crines erizadas, cuya voz era un rugido; tan brusco en sus maneras, que un buenas tardes de su boca hacía el efecto de un escopetazo a quema ropa, y un apretón de manos producía la sensación de arrancar el brazo, a tirones, brutalmente. Trabajador, eso sí, como una mula de carga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de su día comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del mes, que él estiraba cual si fuera de goma elástica, a fin de cubrir sus escasas necesidades, porque él aseguraba venirle la sábana corta para sus piernas tan largas.

Con esto, de tan mala sombra, que siempre estaba a la cuarta pregunta, y había que creerle; no se dió nunca quiebra en que él no estuviera mezclado, ni colega fugado que no le comprometiera, ni deudor que no le engañara. Así, venía la hora de los pagos, y todo era tirar de la cuerda, y esforzarse en hacerla llegar hasta el extremo adonde llegar debía, pero la cuerda no daba más de sí y se rebelaba contra la violencia, amenazando romperse; Rocchio decía, melancólicamente, que su presupuesto parecía el del Gobierno; que para una gotera que se tapa, ciento se abren, de tanto manotazo y dentellada que sufre al cabo del año.

Se sentó, pues, aniquilado y con un humor de todos los diablos; era día de liquidación y todavía uno que le plantaba en medio del arroyo, sin presentarle sus excusas siquiera, con una grosería verdaderamente irritante. Otros, al confesar su insolvencia, invocan el nombre sagrado de la familia, piden plazos, ofrecen una satisfacción probable, entregando su crédito en rehenes, en medio de las lamentaciones en que su dignidad, herida por la desgracia, estalla; pero éste, un falsificador de votos, gran matachín de elecciones, actor principal en todos los enjuagues políticos y picardigüelas de su parroquia, títulos todos que le facilitaron la entrada al Congreso y le aseguraban el ascenso a la primera poltrona ministerial vacante, le había dado con la puerta en las narices, acompañando la acción con estas palabras:

—Déjeme usted en paz; ¡qué gringo más impertinente y más j...! No tengo dinero, ¿quiere que vaya a robarlo a los caminos?

En viendo a Rocchio, cualquiera se imaginaría que a aquel corpachón de elefante, correspondía un carácter de avasalladora energía, y que, si aquellos puños de gladiador, eran manejados por un genio violento e irascible, el acceso a la temible fiera era tan difícil como peligroso. Pues bien: en Rocchio todo era apariencia; incapaz de matar una mosca, su espíritu conciliador acogía a todos con la misma sonrisa, sin cuidarse de los rasguños de la malicia, semejante a un león al que han limado las uñas, desdeñoso de la curiosidad que despierta, cautivo y domesticado, pero que sabe bien que, de un golpe de zarpa, puede pulverizar al audaz que pretenda molestarle en demasía. Mas que a Rocchio no le tocaran al bolsillo, su punto vulnerable, porque entonces ya no respondía de sí mismo; salía a su defensa con aquella voz tonante, que infundía pavor cual una descarga de metralla, y levantando sus puños formidables, dispuesto a aplastar, como un insecto, al que cogiera debajo. Así, cuando el politicastro aquel le obsequió con tal andanada de perrerías, de una patada abrió la puerta, y estoy por creer que un buen boquete en ella, y puso verde y de todos colores al infeliz, alcanzándole una caricia de la mano en la mejilla. No se lo comió allí mismo, porque no tenía hambre, sino mucha rabia. Entretanto, no cobraba de él, ni cobraría nunca, por las trazas. Lo mismo habíale ocurrido con otro cliente, un saladerista más exacto que un reloj y cuya palabra podía venderse al peso; es decir, lo del plantón repentino, que no hubo necesidad de pedir la razón a la fuerza, pues el hombre las dió tan justas y aceptables, que Rocchio se conformó y aun llegó a disculparse por haberle molestado tan temprano. ¡Otro reloj descompuesto que no marcaba la hora! Pero la de la liquidación apuntaba en la esfera de la Bolsa. ¿Y qué hacer? ¡Acudir, otra vez, a los ahorrillos! Era preciso ver antes si quedaba algo todavía, pues bien podía ser que su cuenta corriente estuviera exhausta, como bota de vino que las libaciones frecuentes han exprimido. El político de marras le había dicho:

—¿Conque no tiene usted de dónde sacar dinero? pues busque usted en la lana de sus colchones o en el forro de su chaqueta. Quisiera yo tener el gato que, sin duda, tiene usted encerrado. ¡Valiente gringo está usted! siempre llorando lágrimas...

No, lo que es la bofetada se la había ganado bien y todas sus inmunidades no le valdrían para quitársela de encima.

Tanto andar aquella mañana, y sin resultado, abatió su ánimo; además, no había probado bocado y sentía un amargor en la boca y un desfallecimiento en el estómago... ¡Pero buenos eran los momentos para pensar en cuestiones de bucólica! aunque de bucólica se trataba, la más grave y pavorosa de las cuestiones... La Bolsa presentaba un aspecto imponente; un rumor inmenso llenaba el vasto local, como huracán que ruge en la selva, y la atmósfera parecía cargada de tanta electricidad, que era inminente el incendio, si estallaba la chispa. Y todos, apiñados, ahogados, torturados por una tensión de nervios insoportable, volvíanse ansiosos, deseando ver saltar, por fin, la chispa salvadora, en la esperanza de que la bóveda se abriera y se desplomara la fábrica y se hundiera el mundo entero. El humo de los cigarros y el polvo de las pisadas formaban una nube azulada sobre las cabezas, que el sol doraba con sus rayos, al pasar por las altas vidrieras; la rueda era como la roca, contra la cual se estrellan las oleadas tempestuosas; allí los gritos eran más fuertes, los apóstrofes más rudos, la lucha más reñida, más desesperada, más implacable; los bastones, esgrimidos por brazos que la pasión enardecía hasta la epilepsia, se levantaban amenazadores. Como montón de hojas secas que el viento arremolina, arrastra y desparrama, los grupos se movían, atropelladamente, se formaban y se disolvían; dominando el fragor del tumulto, alzábase una voz:

—¡Oro 325!

E inmediatamente un alarido colosal la apagaba, recorriendo todos los ámbitos de la sala estremecida.

Desde la mesa en que Rocchio se había refugiado, distinguíase el fúnebre pizarrón; las cifras aparecían tan claras, tan netas, tan blancas, que producían el vértigo: el oro, como habilísimo acróbata, daba saltos mortales: 325, 330, 336, 340... ¡dos puntos, cinco puntos, diez puntos de golpe! y ahí quedaba con un pie en el trapecio y en el aire el otro, pronto a dar nuevo salto, delante del público aterrado, que seguía sus movimientos con espantosa ansiedad. Los demás valores bajaban rápidamente, como piedras que ruedan la pendiente de un precipicio. Las acciones y las cédulas, de toda especie y categoría, ensayan posturas de equilibrio, se esfuerzan y luchan por sostenerse, pero a paso de cangrejo, a reculones, van perdiendo terreno y caen, las alas rotas. El oro hace una cabriola y del 40 baja al 35, de éste al 29 y luego al 28; los pechos respiran con más facilidad... ¡cinco puntos de golpe! esto animará quizá a las cédulas, y las acciones saldrán de su postración. Pero ellas no se mueven, y el oro, de repente, salta del 28 al 42, en medio de la gritería del público desengañado.

—¡Oro 342! ¡Compro! ¡Vendo!

Rocchio, el cuello estirado, los ojos febriles, mira las volteretas del metal y su corazón le hace ¡pum! ¡pum! allá dentro; su mano ancha y peluda se crispa sobre la mesa. Como un toro herido, resuella ruidosamente y echa pestes en su lengua contra el oro y los agiotistas que, entre las bambalinas, tiran de la cuerda de aquel títere y le hacen bailar al son del organillo de sus conveniencias.

—Brigantes, estafadores, ¡qué celda más confortable os preparaba yo en la Penitenciaría! Allí podríais hacer todos los juegos de manos que quisierais; ¿hasta cuándo os burlaréis de nosotros? estáis comprometiendo el país y no lo veis, egoístones sin vergüenza... Ahora baja el oro otra vez, dos puntos, tres puntos, cuatro puntos, y las acciones del Banco Vitalicio suben medio punto, un punto, con un trabajo que ya, ya... Pero, ya daréis vosotros un tironcito de la cuerda, y vuestro mono hará una pirueta, saludará con una mueca a los tontos que asistimos a la función, e irá otra vez a meter la cabeza en las nubes. Y esas pobrecitas, desalentadas, de nuevo boca abajo... ¿no lo dije? ocho puntos más el oro, y las acciones en el suelo. ¡Ah! ¡sacramento! ¡sacramento!

A su lado, un anciano respetable comenta también en voz alta el curso de las operaciones, con palabras agrias que nadie escucha; a pesar de sus anteojos, no ve bien la pizarra: se empina, empuja a los vecinos y jura cada vez que algún oficioso repite la cifra que él no alcanza a distinguir. Encarándose con Rocchio, exclama:

—¡Pero esto es la ruina de todos! El país está perdido.

Rocchio, desolado, hace un gesto. Y se ponen a hablar de la crisis, del callejón sin salida en que todos se han metido, del krac que se anuncia, con todos los síntomas de un terremoto bursátil.

—Ya verá usted esos chalets de la especulación desmoronarse; claro está, todos han querido construir su home con materiales prestados, en el aire, endeudándose con los Bancos para pagar a los obreros...

Se callaron, porque muy cerca, dos corredores reñían y se daban de mojicones. Quién corría, quién gritaba y algunos se interpusieron entre ambos combatientes; apabullado el sombrero, la corbata deshecha y la cara amoratada, se fueron cada cual por su lado, echándose miradas de desafío.

—Los nervios están cargados de dinamita—dijo Rocchio.

—Esto es el diluvio universal, el fin del mundo—repuso el viejo.

—¡Ojalá!—exclamó un joven pálido, ojeroso, que acusaba en su semblante el desgaste precoz de sus fuerzas.

Y volviéndose al anciano, añadió:

—¿Sabe usted cuánto llevo perdido? ochenta mil nacionales, y tengo que pagarlos en las veinticuatro horas, y mujer e hijos que mantener, y un sueldo en una oficina que apenas me alcanza para comer y vestir. ¡Que venga, que venga el diluvio! ¡Ojalá!

Bondadosamente, el viejo, un antiguo conocido, le hizo reflexiones, que le impresionaron.

—Ya lo sé—contestó el joven,—pero he querido hacer como todos; veía cada día salir de la nada en un periquete a éste, a aquél, y triunfar con lujo soberbio en todas partes. Si la Bolsa levantaba a tantos, ¿por qué no había yo de subir también? El empleado, en nuestro país, está sujeto al capricho del jefe, sin la salvaguardia de un reglamento que, en todos los casos, es siempre la arbitrariedad y el favoritismo más vergonzoso, más humillante, más indigno. No llega sino el que es amigo del ministro, el que es pariente del ministro; los méritos contraídos, los servicios prestados nada significan, y sin buenas cuñas no hay ascensos, y sin adulación y sin bajeza: el empleado que quiere marchar por sus cabales, es condenado a vegetación perpetua, y esto si, en un día de mala digestión del señor ministro, no se le borra del cuadro de una plumada. El deseo de salir de una situación semejante y el mal ejemplo me arrastraron, y jugué, jugué lo que tenía y lo que no tenía. ¡Ochenta mil nacionales! ¿de dónde sacarlos? Mi alma al diablo vendería. ¡Que venga el diluvio! ¡Ojalá!

Calló el joven pálido y los dos hombres se miraron, entristecidos. Rocchio pensaba que él, siquiera, era un hongo, y que en su triste cuarto de hombre solo, no encontraría lágrimas en el día de la desgracia, si llegaba. Ya que se cae, por la propia falta, sufrir solo sus consecuencias es siempre un consuelo para los corazones generosos.

Detrás, se contaba dinero sobre las mesas, afanosamente: no se escuchaba la agradable música de las monedas, porque eran enormes mazos de billetes, sucios y deleznables, espulgados por dedos que la práctica hacía parecer mecánicos. Las mesas desbordaban; sobre las sillas cercanas había pilas simétricas: era una orgía de dinero, tentadora, insolente y cruel, como mesa cubierta de suculentos platos, a los que es prohibido tocar, y que el hambriento mira encandilado, de lejos, bajo la tortura de su estómago y de su olfato. Las narices se inflaban, y sorbían con delicia el aroma que la diosa Fortuna desparramaba en la sala, como oxígeno vivificante, estímulo fugaz de cansados pulmones; regocijábanse los ojos, y las manos sentían cosquilleos extraños, impulsos poderosos de pasearse sobre las mesas y tocar y acariciar tanta riqueza acumulada, y revolcarse en aquel lecho voluptuoso, poseídas de una sensualidad irresistible. Don Raimundo Portas rondaba el tesoro, arrojando miradas de codicia, embriagado, subyugado con aquel espectáculo, relamiéndose golosamente.

—¡Oro 343!—gritó una voz.

Alguien tocó en el hombro a Rocchio. Era Jacintito, descompuesto, con el sombrero ladeado, amarillo, muy grave. El coloso se levantó.

—Amigo Esteven, me alegro de verle.

—Amigo Rocchio, una palabrita...

Se apartaron, y a boca de jarro, Jacinto soltó la palabrita:

—No puede ser, no puede ser y no puede ser; el mes que viene quizá, pero hoy no, no y no.

Sacudía la cabeza a cada negativa.

—La liquidación de mayo es un desastre general; no habrá uno que se salve de la volteada: ¡hasta Schlingen quiebra, dicen! ¿qué puedo yo hacer? Usted me conoce bien y sabe que he cumplido siempre mis compromisos, pero hoy me es imposible, absolutamente imposible, irremediablemente imposible pagarle los cincuenta mil nacionales. ¡Usted ve cómo está esto! ¿quién podía prever lo que ha pasado? Acciones que han bajado veinte y treinta puntos de golpe...

—¡Perfectamente!—dijo Rocchio, temblándole las manazas, con ganas de hacer una atrocidad, porque era la tercera acometida que sufría su bolsillo aquel día.—¿De modo que usted también me planta? ¿y con qué voy a pagar yo las acciones compradas a su nombre y por su orden? ¿Sabe usted que ya me andará buscando el vendedor, y que si no le pago saldré a la vergüenza en la pizarra?

—Pero, amigo Rocchio...

—Amigo Esteven, cuando no se tiene dinero a mano, no se hacen operaciones de Bolsa; comprar al fiado, con ánimo de pagar si se gana y de trampear si se pierde, es una estafa, sí, señor, una estafa; y no retiro la palabra.

Jacintito de amarillo se puso rojo, y de rojo, amarillo otra vez, porque el vozarrón del italiano se oía como un trompetazo, y la gente se volvía, con curiosidad.

—Cálmese usted, no tiene usted derecho de tratarme así; cuando yo le digo que para junio...

—Si usted no puede responder, responderá su padre.

—¿Mi padre? imposible; está agobiado de compromisos.

—O su socio; el señor Robert es una persona decente y no querrá dejar empañada la reputación de su casa; precisamente, acabo de verle aquí, y he de hablarle.

El muchacho enrojeció de nuevo hasta las orejas, hasta el blanco de los ojos.

—Ya sabe usted que mi socio no tiene nada que ver con mis negocios de Bolsa; yo juego porque sí, porque me da la gana, solo, por mi cuenta y riesgo. No mezcle usted mi casa en este asunto.

—¡Bonita excusa!—tronó el gigante.—¿Qué galimatías es ése? ¿No forma usted parte de la razón social Esteven y Compañía? Pues la casa Esteven y Compañía es la responsable de sus operaciones comerciales.

El chico se ahogaba; ¡no poder tapar la boca de aquel animal! Ensayó domesticarlo, con frases cariñosas y acento humilde.

—Vamos, amigo Rocchio, no sea usted malo, que no es tan fiero como quiere hacerse; no es la primera vez que usted me concede plazos, y más largos todavía. Será en junio... ¡piense cómo está el mercado! ¡hasta Schlingen!

Rocchio, siempre encrespado, refunfuñaba:

—Y su alhajita de primo, el joven Vargas, también me dará la castaña...

—No sé—dijo Jacintito,—no le he visto. Con que quedamos que en junio.

Escabullóse, sin esperar respuesta, y desapareció.

—La culpa me la tengo yo—masculló Rocchio volviendo a su sitio,—yo, que me acuesto con estos mequetrefes sin responsabilidad. ¡Sacramento!

En medio de su mala ventura, la idea de que Schlingen, el especulador afortunado, el atrevido acaparador de títulos, el rey de la rueda, en fin, estuviera comprometido en la liquidación, le hizo el efecto de una ducha en la nuca. ¿Era entonces tan seria la catástrofe? ¿No había barreras para el torrente? Si Schlingen caía, ¿quién iba a quedar en pie? Como árbol frondoso, al que se enganchan helechos y enredaderas, poblado de nidos y cubierto de musgo, cuyo tronco arranca el huracán o corta el hacha del leñador, y al venirse a tierra sepulta en su propia ruina a la colonia de parásitos que sustenta, el soberbio bolsista arrastraría tras sí a toda esa turbamulta que le seguía cantando el hosanna, de pequeños comerciantes sin capital, de ilusos con más ambición que buen sentido, cadena sin fin, vigorosamente remachada. Con razón le había dado a él en la nariz aquel famoso Banco Vitalicio, creado de la nada y formado en menos de siete días; y chocado tanto su fundador, Schlingen, un alemán, caído no se sabía de dónde, de las nubes, sin duda, como un aerolito, y que deslumbró en la Bolsa y dominó el mercado desde el primer día, con las trazas todas de un conquistador.

—¡Sacramento!—repitió entre dientes.

Quilito andaba por allí, como alma en pena, más amarillo y descompuesto que su primo. Testigo de la escena entre Jacinto y Rocchio, vió venir al gigante y huyó, pues lo menos que él deseaba era dar de bruces con su enemigo y sufrir el vapuleo que acababa de ganarse Jacintito. Pero, llevado en volandas por el rebullir continuo de la muchedumbre, fué a dar sobre el levitón de don Raimundo, en éxtasis ante la pirámide de billetes de la sala contigua.

—Usted dispense—tartamudeó el muchacho aterrado.

Y remando con los codos, escapó a un pasillo, temblando todavía de haber visto tan de cerca la cara del portugués, aquella nariz movediza como una trompa y aquellos dientes de mastín, tan salientes que el labio alcanzaba apenas a cubrir. En el pasillo le encontró Jacinto, y allí cambiaron ambos sus impresiones de especuladores corridos.

—¿Creerás que el viejo no ha querido soltarme un centavo? ¡ni medio! No han valido súplicas ni amenazas. Le dije que me iba a pegar un tiro, y me contestó muy fresco que para él lo querría. Con ese bruto de Rocchio he tenido una agarrada y casi nos hemos pegado; ¿pues no pretende el mastodonte que le dé hoy mismo los cincuenta mil nacionales? En cincuenta mil pedazos me partiría yo para pagarle, y luego, de yapa, le daba cincuenta mil puntapiés con mucho gusto. ¡Mira, ché, no hay suerte más perra que la nuestra!

—¿Sabes una cosa?—dijo Quilito,—a mí me parece que tu padre se ha enredado también en las cuartas; él tiene acciones del Vitalicio, y es muy amigo de Schlingen.

—No sé, pero a papá le pasa algo; te digo que nunca le he visto así, tan duro en negarme, tan inflexible. Me dejó salir del despacho, sin hacer caso de mi amenaza de suicidio; creía yo que me llamaría luego, y bajando la escalera, me decía: de seguro que ahora me llama y me da los cincuenta mil nacionales. ¡Que si quieres! Nada, ni se movió, ni chistó. ¡Si las cosas no pintan mejor en junio, te juro que me regalo una bala, como hay Dios!

Quilito repuso:

—No tengas cuidado, que ya pintarán mejor.

—Me admira tu confianza y tu frescura—exclamó el primo,—porque si a mí me llega el agua a la cintura, a ti te debe subir hasta el pescuezo; ¿qué vas a hacer con el portugués?

El joven Vargas hizo un movimiento olímpico de desdén.

—Mira, Jacinto, lo que yo sé es que en estos casos hay que mostrarse hombres y tener muñeca y saber vivir; al gringo le emplazo, como tú, para junio, y al portugués... la letra vence el 22. ¿Crees que de aquí al 22 de junio no me habré alzado con una suma suficiente para saldar mi deuda y comprarme corbatas? Todavía puede ser que me anime y le pegue otra pechada a don Raimundo... O mucho toupet o hundirse. El Vitalicio nos ha fumado esta vez, pero, ¿y si hubiéramos ganado? ¡qué atracón de nacionales!

En realidad, estaba más abatido que Jacinto, pues el porrazo sufrido con el desastroso bajón de las vitalicias, como llamaban a las acciones del Banco de Schlingen, le había partido por la mitad, pero era él así, fanfarrón, embustero y más soberbio cuanto más castigado de la suerte. Decía de acercarse nuevamente a don Raimundo, y don Raimundo acababa de echarle de sí con cajas destempladas, hacía una hora: andaba el portugués aquel día, como cuervo revoloteando en el campo de batalla sobre los cadáveres abandonados; la liquidación era río revuelto y la pesca fenomenal. Pero sabía el usurero escoger su presa, y cuando el pez cogido en la malla era pequeño o no prometía nada de sí, sin piedad arrojábalo a la corriente; el joven Vargas, no hay que decirle, era un miserable pececillo, pura escama y pura espina, a pesar de sus colores brillantes y sus aires pretenciosos; reconocerle y echarle al agua de cabeza, fué todo uno.

—¿Otro préstamo más?—dijo el usurero.—¡Estamos frescos! Ni al veinte por ciento. Usted es el sobrinito de Esteven, ¿verdad? pues peor.

—Sin embargo—se atrevió a argüir Quilito,—usted tiene un pagaré a mi nombre, que... que mi tío... garantiza.

Balbuceaba, temeroso que le oyeran.

—¿Su tío?—exclamó don Raimundo con desdén,—ya lo veremos para junio; entretanto, abur, joven, que no estoy para perder tiempo.

Igual cosa aconteció, cuando Jacintito trató de echar mano de sus faldones, como ahogado que se agarra a un cable. El solo nombre de Esteven, produjo en el prestamista desgraciado efecto; no, no tenía dinero disponible, y mucho lo sentía: más tarde, después, quizá...

—Pero, amigo Portas—dijo Jacintito furioso,—yo no le debo a usted nada. ¿Duda usted que he de pagarle? Con el interés que quiera, déme usted cincuenta mil pesos, a treinta días.

—¡Diez centavos que me pidiera, no se los daría a usted!

Y se largó. ¡Chúpate esa!

Pero lo gordo, lo grave, lo extraordinario que en aquel fatal fin de mes ocurrió al asendereado chico, fué el rompimiento con su socio, míster Robert. Rechazado por su padre, desoído por el usurero, entró en el escritorio, dispuesto a sacar de la caja los cincuenta mil pesos que necesitaba, si los había, o a girar contra la casa, si no los había. No contaba con la huéspeda, es decir, con el inglés, quien, saliendo de su habitual pachorra, al averiguar los malos designios que se traía el socio, allí mismo le dijo cuántas son cinco, y armó el gran escándalo. Con los libros a la vista, expuso el verdadero estado de la casa: deudas que no podían pagarse y créditos que no se cobrarían nunca: la caja vacía, y en el Banco escaso depósito para hacer frente a las necesidades más apremiantes.

—¿Y quién tiene la culpa de todo esto?—exclamó Jacinto;—usted es el que lo maneja todo, el que hace y deshace, el administrador y el tesorero de la casa. No me dirá usted que soy yo el responsable de semejante ruina.

Los ojos de albino de míster Robert relampaguearon.

—¿Ahora salimos con ésas?—gritó dando un golpe con la regla sobre el pupitre, que la hizo saltar en dos pedazos,—yo soy un hombre honrado, señor Esteven, y en los tiempos que corren, en medio de la corrupción y de la podredumbre política y social que nos devora, un hombre honrado merece respeto. El culpable y el responsable de lo que aquí pasa, es usted y sólo usted; sus locas jugadas de Bolsa, sus francachelas, sus inconsecuencias, es la casa quien lo ha pagado y si la casa ha perdido su crédito, se lo debe a usted y sólo a usted. Ya sé lo que va usted a decirme: que su señor padre le ha ayudado a salir de apuros en muchas ocasiones, pero, ¿no ha respondido el capital en muchas otras, bajo la garantía de don Bernardino Esteven? Y esta garantía, ¿podrá ser sostenida por su padre, hoy que corren rumores que no quiero repetir?

—¡Calumnias!—vociferó Jacintito.—Canalladas de los envidiosos.

—Lo que usted quiera, pero esto es así y no de otro modo. Por lo tanto, no dejaré a usted sacar ni un centavo del Banco.

—Me someto, porque me falta la firma; pero en cuanto a registrar la caja, ¡venga usted a impedírmelo!

De una manotada cogió el llavero de sobre el pupitre y se abalanzó a la caja de hierro. Míster Robert le dejó hacer. Jacinto abrió y no encontró nada: papeles, pero ni rastros de dinero.

—¡Maldita sea mi alma!—exclamó cayendo en el sofá, desesperado.

Acercóse míster Robert, y con desprecio y cólera, le dijo:

—Esto se acabó, señor Esteven, ¿entiende usted? Voy a proceder a la liquidación de la casa, porque ni usted me conviene, ni estoy yo dispuesto a ser víctima de sus desaciertos por más tiempo. ¡Basta!

—Liquidaremos, señor Robert, ¡pues no faltaba más! ¡Valiente susto me ha dado usted! Liquidaremos, y entonces se sabrá quién es el culpable de que la casa se haya fundido. ¿Sabe usted una cosa? ¡Lo estaba deseando, pues los hombres honrados me revientan!

Se caló el sombrero de lado y salió del escritorio, echando chispas.

Pues esto, tan trascendental como era, tuvo buen cuidado de no decírselo a su primo en el pasillo; los dos habían corrido un temporal deshecho, y allí se guarecieron manteniéndose a la capa, la mano en el timón y los ojos en el horizonte, en compañía de los fieles del escritorio, todos más o menos aporreados, renegando de las vitalicias y de su suerte. El pseudo diputado, como pollo que han zambullido en una cuba de agua, furioso, hablaba nada menos que de fusilar al alemán Schlingen por la espalda; así aprendería a no engañar a la gente.

En todos los ámbitos de la inmensa sala, esta idea de venganza contra el embaucador tomaba cuerpo. ¡Abajo Schlingen! ¡a la cárcel con él! No podía quedar impune semejante crimen. ¿Y la ruina de tanto padre de familia? En la calle, en la miseria, sin pan, por las malas artes de aquel aventurero, que supo engatusar a todos con su Banco de fantasía. Los bastones en alto, se gritaba a voz en cuello; la atmósfera hacíase cada vez más pesada, con el humo, con el polvo y el ardor de los concurrentes.

—¡Muera Schlingen!

Y se oyó, como una campanada:

—¡Oro 345!

Llegaron los diarios de la tarde y pasaron de mano en mano, arrebatados, en el furor de saber noticias. ¿Qué había de nuevo? Nada, los decretos de agua de borrajas del Gobierno, los paños calientes de siempre: la situación deshauciada, y sus médicos aturdidos, sin saber a qué santo encomendarse. De pronto, la nueva de la renuncia del doctor Eneene, el ministro inamovible, surgió como un cohete, se extendió, se propagó a todos lados: muchos incrédulos movían la cabeza; alguien gritó:

—¡Abajo Eneene!

Pero lo cierto es que la noticia nadie la creía. ¡Renunciar Eneene! Si para arrancar aquel hombre de su poltrona, donde estaba incrustado como el molusco a la roca, se necesitaba cogerle de una oreja y echarle a puntapiés, y aún así, era casi seguro que había de volver, a hocicar. Y la prueba que no se creía la noticia, es que no produjo impresión alguna, ni síntoma de mejora siquiera; el oro, en los primeros momentos, bajó cautelosamente dos peldaños, se paró en el 343, miró, olfateó, y luego volvió de nuevo al 45, y como allí sin duda no se encontraba a su gusto, subió al 46, convencido de que la renuncia del señor ministro era una guayaba de a libra; en cuanto a los demás valores, siguieron bajando la escalera de cabeza.

Naturalmente, estos rumores de renuncia vinieron acompañados de la estupenda nueva de que Esteven se había fundido, como metal puesto al fuego. Esto sí produjo impresión, y muy honda, porque don Bernardino, era, como Schlingen, de los árboles grandes cuya caída parecía más de temer. ¡Andaba enredado en tanto negocio misterioso! de tierras, de ferrocarriles, hasta de proveedurías... Se dudaba, sin embargo, de la especie. Y los que ponían más empeño en negarla, eran los parásitos del personaje, los que vivían de sus cábalas; más de uno sintió calambres en el estómago. Vamos, que si Esteven se hundía, no había ya remisión posible para nadie: las horcas caudinas en la puerta de la Bolsa, y agachar la cerviz y sufrir el yugo. Pero no; debía estar muy bien forrado, a cubierto de golpes y magulladuras; sus vinculaciones oficiales, de que él tanto alardeaba, servíanle de escudo contra la crisis. Que en tiempos de escasez padezca hambre el pueblo, el pueblo que trabaja, santo y bueno, pues para eso es pueblo...¡que se fastidie! pero los que están arriba, con sus graneros repletos, ¡ca! los lacayos del magnate nunca han dado más satisfacción a sus apetitos, ellos también. Esteven era de los lacayos del poder más en privanza: si tenía las llaves de la despensa, ¿a qué había de apretarse la barriga? ¿cómo había de dejar en seco a sus fieles colaboradores? Aunque desde ya podía asegurarse que los que pagarían el pato, si el rumor se confirmaba, serían los justos, los de conciencia, los que de buena fe se hubieran embarcado en la nave negrera del compadre de Su Excelencia.

Inútil paréceme decir que Rocchio, el molido y sin ventura, era de éstos; deslumbrado por el sello oficial que se atribuía a todas las operaciones de Esteven, se había metido con él en un negocio que prometía el oro y el moro, y más todavía: ciegamente, las manos atadas.

—Cuando se tiene la influencia de don Bernardino—decía,—y se manda en los Bancos y en los Ministerios, como él, porque allí donde don Bernardino dice negro, negro se hace, y donde blanco, blanco... pues, con la influencia de semejante hombre por delante, no hay nada que temer.

Que el negocio se malogra, porque sí, pues también puede suceder, y queda uno en descubierto y en situación poco airosa:

—A ver, una cartita de recomendación o una simple tarjeta, es más sencillo, al director A. o B.; que le den lo que necesite, de orden superior. Y cátate el dinero en la mano, sin más garantía que la sagrada orden superior; en cuanto al Banco, que espere el reintegro, y si se cansa, que se siente. Que sale bien el negocio, y casi siempre sale bien... pues al bolsillo, una vez deducidas las ganancias. Con un piloto como don Bernardino, se puede navegar confiadamente.

Ahora bien: en medio de todas las amarguras porque estaba pasando, la bola aquella de la renuncia de Eneene le dió escalofríos; sí, señor; sería muy bueno para el país la salida de aquel hombre funesto del Gabinete, pero... (aquí Rocchio se hacía egoísta) con él se venía abajo Esteven, y el negocio magno se evaporaba. ¡Qué ocurrencias tienen estos políticos! ¿No había por ahí alguna buena alma que fuera donde ese mal aconsejado doctor y le dijera que guardara su renuncia para más tarde, porque cuando la Bolsa liquida no es conveniente tocar a rebato? Tiempo no le faltaría para retirarse a la vida privada, tan tranquilo. ¿Qué había de suceder, pues, cuando llegó a oídos del desgraciado corredor, que el propio don Bernardino Esteven acababa de dar la soberbia costalada que decían? Se revolvió como una fiera, levantando la maza de sus puños, dispuesto a triturar, cual una nuez, entre sus dedos, la maligna noticia.

—¿Quién habla aquí de la quiebra de Esteven?—exclamó comiéndose con los ojos al concurso.—Calumnias, mentiras, estratagemas infames de los alcistas. El juego es tan conocido, que da risa.

Uno preguntó:

—¿Dónde está Esteven?

La verdad era que a don Bernardino no se le había visto todavía; ¿por qué desertaba el puesto en el día de la lucha? Rocchio tragó saliva y se calló; he aquí una pregunta, que a él no se le ocurriera: ¿dónde estaba Esteven?

—Ya vendrá—dijo dándose a sí mismo confianza,—ya vendrá a confundir a sus detractores.

Pero esta afirmación suya no le bastaba; se fué en busca de don Raimundo y le pidió su opinión sobre lo que se decía, ansioso de saber la verdad y temeroso, al mismo tiempo, de saberla. Era lo único que daba el portugués, al contado y sin usura: noticias.

—No crea usted ni una jota de la renuncia de Eneene—contestó;—acabo de verle en su despacho y me ha dicho que no soltará a tres tirones la cartera, ni a cuatro; que él tiene la confianza del Presidente, y con esto le basta. Son maniobras de los bajistas, pero ya ve usted que pierden su tiempo: el oro no ha hecho mayor caso y continúa su ascensión.

—Razón tenía yo en ponerlo en duda, porque conozco al ministro como a mis manos; pero, ¿qué me dice usted de la quiebra de Esteven? ¿Es creíble? ¿Es verosímil?

Don Raimundo guardó un rato la respuesta. Sin mostrar del Cristo, sino lo que él quería dejar ver, contestó:

—¿Esteven? No le diré a usted que no esté comprometido, muy comprometido: era el principal tenedor de vitalicias, ¡calcule usted! Pero quebrado, no, no... al menos a mí me parece.

—Pues claro—saltó el coloso dando una palmada, que sonó como un estampido,—eso digo yo; para que quiebre don Bernardino, es preciso que la Casa Rosada se derrumbe; ¡un situacionista de su importancia! tendría que ver...

—Sin embargo—concluyó el prestamista,—sería bueno que se apartara usted a un lado, ¿me entiende usted? Cuando se presiente un terremoto, hay que huir de los grandes edificios, así como en los días de tormenta no debe guarecerse uno bajo los grandes árboles; son los puntos más expuestos, señor Rocchio, ¿estamos?

Al italiano se le secó la garganta otra vez; don Raimundo movía la nariz, con una expresión tan singular en su grotesca fisonomía, que no se sabía si hablaba de burlas o de veras.

—Eso quiere decir...—dijo Rocchio resoplando como un ballenato.

—Lo que usted quiera, señor Rocchio.

Y le dió el golpe de gracia, con esta preguntita intencionada:

—¿No siente usted hoy olor a pólvora?

—A chamusquina—contestó el otro,—y juraría que soy yo el que arde, como costal de paja.

Cuando volvió a la pizarra, el oro estaba a 347 y el tumulto era tan grande, que aquello parecía una sucursal del infierno. El joven pálido, encaramado sobre una silla, gritaba como un poseído:

—¡Ladrones, ladrones, ladrones!

Se le hacía coro con carcajadas, bastonazos y gritos. Del lado del pasillo, ocupado siempre por Jacinto y sus amigos, se oían, como redobles de tambor, los mueras a Schlingen. Acercóse al orador el anciano aquel respetable y quiso calmarle.

—Por Dios, ¡mi amigo! basta de palabras gruesas; ya se ha desahogado usted bastante. ¡Un poquito de tranquilidad!

—¡Ladrones!—repitió el joven arrojando su sombrero contra la pizarra.

Le acometió, de pronto, un mareo y cayó de la silla, presa de un ataque de epilepsia; revolcábase en el suelo, echando espumarajos, dando alaridos, braceando y pataleando. Rodeáronle y quisieron llevársele, pero no fué posible, y hubo que esperar a que la terrible crisis pasara; más calmado, derramó abundantes lágrimas.

—¡Mi mujer, mis hijos!—exclamó extraviado;—¿hay alguien que pueda darme ochenta mil nacionales? ¡Una limosna, por Dios!

Le sacaron de allí, en medio de la emoción de los circunstantes.

—¡Oro 348!—dijo una voz.

El alboroto seguía, entretanto. Alrededor de la pizarra, la batalla tomaba proporciones colosales; los dos bandos, alcistas y bajistas, luchaban cuerpo a cuerpo, rabiosamente, cada cual en defensa del santo bolsillo, con uñas y dientes.

Don Bernardino Esteven se presentó, cuando la batahola llegaba al punto más alto de su intensidad. Tan tranquilo, como siempre, entró con la cabeza muy levantada y sonriendo; cuatro mozalbetes le sisearon en la puerta, y hay quien asegura que uno le gritó:

—¡Fuera!

Pero él no se dió por aludido; la exasperación general era contra Schlingen y la primera víctima de éste, él, don Bernardino. Se mezcló a los grupos bulliciosos, dejando oír su palabra de hombre grave e influyente.

—Pero, señores, ¿qué locura es ésta? ¡El oro a 348! ¿Por qué? ¿Tenemos o no tenemos confianza? El comercio de Buenos Aires es fuerte, es poderoso; el país rico, lleno de recursos; el Gobierno bien intencionado; no hay razón, pues, para esta victoria de los alcistas, tan vergonzosa, tan injustificada.

A la quiebra de Schlingen, la generatriz del desastroso krac, no le daba importancia: un accidente de la vida bursátil, que nos ha cogido desprevenidos. Schlingen era el favorito, entre los caballos de la carrera, y había dado el fiasco más completo y ridículo; he aquí todo. Se hablaba de revolución, de estallido de iras populares, de represalias terribles... ¿por qué? ¿porque Schlingen había quebrado? ¡La revolución que se la clavaran a él en la frente! Todos le miraban; cuando se presentaba en la boca del lobo, y hablaba con tanto desparpajo, era que los rumores propalados carecían de fundamento: Esteven aparecía de nuevo rodeado de la aureola de que se le había querido despojar, depositario siempre de los rayos de Júpiter. Los amilanados de una hora antes, recobraron fuerzas y le hicieron una ovación, digna de estómagos agradecidos. Don Bernardino sonreía.

—No tengan ustedes cuidado, señores, ya bajará el oro, porque el nuevo empréstito se hará, y muy pronto, más pronto de lo que todos imaginan.

Decía esto, y se separaba de un grupo para ir a otro, seguido de su corte de admiradores; y si alguien le hubiera observado, habría visto que el personaje evitaba cuidadoso un encuentro, que debía serle particularmente desagradable: el del levitón del señor Portas, que hasta hace poco ejercía sobre él la atracción del imán. ¡Misteriosa singularidad, cuya clave poseía quizá míster Robert!

La noticia de que era portador cayó en el vacío; la escopeta de don Bernardino marró el tiro lastimosamente. ¡A buen puerto iba con sus historias de empréstitos, sabidas de memoria y olvidadas de puro sabidas! Que se hacía el empréstito; perfectamente, ¿y qué? ¿quién beneficiaba de él? ¿el país? ¿el comercio? ¡Quite usted allá, señor don Bernardino! Muchos se encogían de hombros. Y el oro, desconfiado como ninguno, asentado con firmeza sobre el 348, no se movía, imperturbable; apostrofábanle los bajistas, le hostigaban los alcistas, y él, quieto, cansado, sin duda, de su ascensión violenta, esperando nuevas fuerzas para seguir su vuelo de águila. Esteven, entretanto, se irritaba. El creía que la salvación de todos estaba en el empréstito; es una deuda que se contrae para pagar otras deudas, es pedir al vecino de enfrente, lo que se debe al vecino del lado; pero lo principal, lo esencialísimo es tener dinero, venga de donde viniere. Se alborotaba con esto. Le parecía verse ya, en compañía del ilustre Eneene, hundiendo las pecadores manos en las arcas recién llegadas, acariciar las flamantes monedas y atiborrarse de ellas los bolsillos, glotonamente. Su cara reflejaba la concupiscencia en que ardía; sus ojos se cerraban, para mantener por más tiempo la deslumbradora visión: un río de oro deslizándose con suave murmullo, y él, en la orilla, llenando sus cántaros, tan numerosos que no podían contarse.

Rocchio le vió venir y se le echó encima.

—¡Lucidos estamos, señor Esteven!—dijo sacudiendo su cabeza de león.—¿Qué le parece a usted?

Llevóle hasta la pizarra y le señaló la prodigiosa cifra, 348, como se muestra un cometa en el cielo.

—¿No lo ve usted bien?—repuso el italiano,—pues empínese sobre la punta de los pies, porque está muy alta, o eche usted mano de un telescopio; un simple anteojo no basta.

Los dos, pasmados, se callaron. De los ojos de don Bernardino huyó la dorada visión, y sintió los escalofríos de la realidad. Rocchio, que le tenía bajo su mano, no pensó en soltarle; deseaba averiguar muchas cosas, descifrar la charada de don Raimundo. Lo primero que hizo fué preguntarle por el negocio magno concertado entre ambos. Y entonces Esteven habló muy bajo, con misterio, como si tratara de un crimen y temiera verse descubierto.

—Mal, mi amigo; ¡buenos están los tiempos! Todo lo que he conseguido, es que la propuesta sea incluída en las sesiones de prórroga.

—Pero entonces el diputado aquel...

—Se ha dado vuelta en el último momento.

—Haber doblado la propina, haberla triplicado—exclamó Rocchio con impaciencia.

—Inútil habría sido; usted cree que todo es soplar y hacer botellas. No hay que apresurarse. ¿Quiere usted que, por precipitarnos, venga un diario de la oposición, nos descubra el gazapo y salgamos todos a danzar? No hay necesidad de exponerse tan a lo tonto; mi amigo el doctor Eneene está de por medio, ya lo sabe usted, y él ha de hacer fuerza de vela para sacar el negocio adelante.

—Lo que hay es que yo contaba con mi parte de la garantía, para hacer frente a mis compromisos de fin de mes...

—¿Qué hacerle, amigo Rocchio? Aguantar la mecha, como todos.

Esto de aguantar la mecha, no le sabía a mieles, sin duda, al alicaído corredor; pensaba que si don Bernardino había venido a la Bolsa, era porque ni estaba quebrado, ni temía hacer frente a los díceres malévolos del vulgo, y si esto era así, como parecía, felizmente, no sería él tan simple de no largarle lo que tenía en la punta de la lengua. Y así lo hizo, sin ceremonia. Cuando don Bernardino escuchó aquello de Jacintito y de los cincuenta mil nacionales entrampados, se enfadó, muy lastimado de que fueran a cobrarle cuentas de su hijo, joven mayor de edad, socio de una respetable casa de comercio, que marchaba sin andadores, porque no le hacían falta.

—Que se le quite a usted eso de la cabeza, señor Rocchio; los negocios de mi hijo no son de mi incumbencia; Jacinto no necesita de la bolsa de su padre para sostener su crédito. El le pagará a usted... cuando le sea posible. Con estos terremotos, ¿quién no tambalea?

Decididamente, Rocchio no estaba de vena; al escuchar a don Bernardino, intenciones tuvo de hacer con él lo que con aquel político de marras, a quien sirvió tan singular desayuno en la misma mañana.

—Si le pego—pensó,—nuestro gran negocio se quedará en nada y yo saldré perdiendo. ¡Paciencia!

Los dedos le bailaban, sin embargo, tal era su coraje; con tanta embestida como había sufrido, su escuálido bolsillo debía estar hecho jirones.

—¡Ah, camastrón! ¿esas tenemos? ¡pues en guardia! No he de perderte de vista; el amigo Portas, que es un lince, sabe lo que se dice. No hay que fiarse de estos fantasmones. Sigamos el consejo: apartémonos, pero, ¡alerta!

Tan decidido que estaba, hacía poco, a defenderle, y ahora de buena gana le hubiera mordido. ¡Sacramento! Una oleada les separó y Esteven desapareció en el torbellino, siempre sonriendo, como hombre satisfecho de sí mismo y de los demás. O era un gran farsante o, efectivamente, la quiebra de Schlingen no le había tocado sino de refilón.

Rocchio miró a la pizarra y el bailoteo de sus dedos aumentó: ahí estaban las vitalicias sin dar señales de vida, a pesar de su nombre; tan rudo era el golpe sufrido, pues habían caído de una altura de treinta puntos. El oro, aguijoneado por los alcistas, subió medio punto más, a 348 ½, forzosamente, a disgusto, demostrando intenciones de bajar al 47, mareado quizá de verse tan alto. Todos, al pie de la pizarra, miraban como Rocchio, angustiados, con el terror pintado en las caras pálidas, más que pálidas, lívidas.

Y de pronto, como cuerpo muerto que un obstáculo fortuito ha detenido en su caída y rueda al abismo así que la valla cede y se rompe, las vitalicias se vinieron abajo estrepitosamente, dando rebotes sobre los puntos; y el oro alzó el vuelo y se plantó en el 350, sacudiendo sus alas orgullosas. Un clamor terrible se oyó, prolongado, ensordecedor.

Rocchio, inmóvil, sentía que aquel número siniestro, 350, le apretaba la garganta, le ahogaba; toda la cólera de que en el día había hecho provisión, y que hacía hervir su sangre, iba a descargarla sobre aquella cifra, nuncio fatal de su ruina. A su lado, míster Robert, inmóvil como él, contemplaba la pizarra con ira mal reprimida... Un corredor, ciego de furor, dió un palo sobre el encerado, y como si esto hubiera sido la chispa del incendio, míster Robert se abalanzó a la pizarra, de un salto prodigioso, y quiso arrancarla; quiso y no pudo, y entonces, con enérgico ademán, borró las cifras malditas. Y se volvió, los brazos cruzados, satisfecho y tranquilo, cual si acabara de pisotear bajo su planta al demonio del agio.

Echáronse sobre él, le increparon, le insultaron, acorralado contra la pizarra, muda ahora; y Rocchio, como fiera a quien abren la jaula, acudió a apoyarle... La lucha estalló entonces: los sombreros rodaban por el suelo, los bastonazos llovían; todos gritaban, enzarzados unos con otros, en torno de míster Robert, impasible. Y Rocchio, desgarrada la pechera, babeando de rabia, repetía:

—¡Ah, brigantes! ¡ah, estafadores! ¡Sacramento! ¡Sacramento!

Del torbellino fué arrancado el vengador, que sonreía con desprecio, por un grupo de amigos; a tiempo que salía, del pasillo, a paso de carga, el escuadrón de Quilito y se lanzaba a la pelea, al grito de ¡muera Schingen! Don Raimundo pasaba, buscando asustado la salida. Aquella legión de diablos le rodeó, dando alaridos; un bastonazo le derribó la chistera tornasol, y empujón va, empujón viene, le dieron el gran manteo, entre risas y burlas. Como pelota, iba de un lado al otro, sudando, gesticulando, descompuesto. Quilito le arrancó uno de los faldones y lo izó en la punta de su bastón.

—¡Basta, dejémosle!—gritó Jacinto.

Y le largaron, huyendo el portugués despavorido, rabo entre piernas.

Esteven, entretanto, al que un grupo de fieles protegía, invocaba a todos para restablecer el orden. ¿Qué pasaba allí? ¿por qué barullo tan grande? Se adelantó, cuando un furioso se le vino encima con el puño cerrado y le escupió a la cara este insulto:

—¡Canalla!

Dos o tres voces gritaron al mismo tiempo:

—¡Abajo Eneene!

Las invectivas caían sobre él, como lluvia de piedras; una mano, más audaz que las otras, se prendió de la solapa de su abrigo. Y abandonado de su estado mayor, que se desbandó, escapó también, como don Raimundo, en completa derrota.

Las iras comprimidas por tan largo tiempo, se habían desbordado; se gritaba, se forcejeaba, se luchaba. ¡Y qué! ¿el oro tenía que burlarse siempre del comercio honrado, del que no juega, del que no busca en la especulación sino en el trabajo el bienestar y el sustento? La mano de míster Robert, al arrojarle de un revés, de su insolente altura, había hecho justicia.

La sarracina continuaba; muchos timoratos escapaban a la calle Piedad, espantados; otros se guarecían detrás de las puertas, de las columnas, de las mesas. Y en medio de la confusión, de las voces, de las carreras, de los golpes, la enseña de la autoridad se mostró...

Rocchio, indomable, protestaba, siempre al pie de la pizarra y los compañeros de Jacinto. Quilito llevaba, a guisa de bandera, el faldón de don Raimundo, y gritaba:

—¡Muera Schlingen!

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