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Quilito

II

Reading edition

Todos le han conocido, de lejos o de cerca, de vista o de oídas. Don Aquiles Vargas, el primer Aquiles de la familia, padre de don Pablo y abuelo de Quilito, tuvo tienda muchos años en la que se llamó calle de Mendocinos, y en tiempos en que todo andaba revuelto y no se contaba segura la cabeza, supo hacer fortuna comerciando en géneros de las provincias. Era unitario puro, aunque llevaba el chaleco rojo de los federales, pues él decía que para andar entre lobos, es preciso disfrazarse de tal, y tan bien le salió la práctica de este consejo, que salvó piel y fortuna y vino a morir, ya anciano, en olor de millonario. Había casado muy joven con una niña de familia, sin belleza, sin voluntad y sin criterio propio, que veía por los ojos de su marido; tan tonta, sosa y descolorida, que era como cuerpo sin alma o lámpara sin aceite, precisamente el conjunto de cualidades que debía reunir una mujer, para poder desempeñar el pesadísimo cargo de esposa, ante Dios y los hombres, de don Aquiles Vargas. Porque don Aquiles Vargas, de suyo honradote y trabajador, de alegre carácter en corro de amigos y hasta galanteador de afición en sus horas perdidas, tenía un geniecito que no había quien le aguantara en la casa, y sólo una mujer de las condiciones apuntadas, sorda, muda y ciega, podía salir airosa de tan difícil cometido. Los que le han conocido, en la puerta del registro de la calle Florida, arrellanado en ancho sillón de rejilla, con su chaleco floreado y sus zapatos de paño, echando piropos a las muchachas y llevando la batuta en aquel concierto de viejos babosos y apolillados, no se imaginarían que setentón tan decidor y risueño era una fiera en su casa. El había de reñir con todos, con la mujer, con los hijos y con los criados, con pretexto o sin pretexto, y en ocasiones con todos a la vez porque era hombre muy bien templado. Aunque unitario por simpatía, nunca se metió en dibujos políticos y pasó la mayor parte de su vida doblado sobre el trabajo, sin más distracciones que llevar el pendón de la cofradía, de que era protector, o las andas del santo, en la procesión del titular, porque era creyente de boca abierta, y chismorrear en el citado mentidero. ¡Quién le ha visto con el escapulario sobre el pecho, pequeñito y regordete, avanzar entre dos hileras de cirios, sudando bajo el peso del aparatoso estandarte, tan hinchado y satisfecho de su papel, que parecía creer que el incienso y las genuflexiones se ofrecían a su excelsa persona! Cuando murió su mujer, sin hacer cama ni gastos de botica, como vela que apaga invisible soplo, nada varió en la casa, porque la falta de aquella bienaventurada apenas se echó de ver: don Aquiles dió a las iglesias abundantes limosnas por misas y novenarios y las cosas siguieron su corriente acostumbrada.

Don Aquiles vivía en la calle de Méjico, pues la antigua casa en que tuvo su tienda, fué vendida y derribada; y aunque alejado del comercio, metía baza en negocitos fáciles y sin peligro, pero sin caer en el pecado de la usura; él no tenía más defecto que su genio endemoniado y aquella manía de las cosas religiosas, que secaba su corazón y descarrilaba su buen sentido.

En aquel caserón de la calle de Méjico, que más parecía dependencia de cuartel que habitación de familia, de techo de teja abohardillado y ventanas voladas de gruesos barrotes, vivió, pues, muchos años el viejo don Aquiles, con sus tres hijos: Gregoria, la mayor; Pablo Aquiles, el varón, y Casilda, la menor, no la vida de paz del hogar, seguramente, porque allí se andaba de zarpa a la greña todos los días de la semana, a causa de la mala educación de los hijos y el carácter atrabiliario del padre. Este era duro, inflexible y tiránico, más bien juez de su hogar, que padre de su familia; de aquellos que no inspiran cariño y respeto, sino miedo y terror a los hijos; que usan el azoto, el encierro y el ayuno, como medios de represión. Cuando se presentaba en el espacioso comedor, a la hora de la cena, que es la hora de las expansiones, los hijos se ponían de pie; las mujeres, acoquinadas y silenciosas; el varón, nervioso y temblando, y eso que gastaba barbas; el padre hablaba cuando lo tenía por conveniente, y los hijos escuchaban y callaban; no había discusión de temas, ni intercambio de ideas; a una pregunta, una respuesta y otra vez el silencio. En una ocasión, Gregoria contestó de mal talante y el padre le arrojó un pan a la cara, bañándosela en sangre; el varón estuvo desterrado quince días de la casa, por igual delito. Sólo se reunían a la hora de la mesa y cuando él no salía a la calle no permitía el menor ruido, ni que tocaran el piano las niñas; las ventanas debían estar siempre cerradas y la puerta no se abría, sino a muy contadas personas. Ni visitas, ni teatros; muy pocos paseos; ningún vino en las comidas y ayuno todos los viernes y demás días de abstinencia. Con la edad y los achaques, se volvió tan santurrón, que oía misa a diario, obligando a acompañarle a los tres hijos, Pablo Aquiles el primero, con el libraco de horas, en la mano. No entraban en la casa sino sotanas; y de tal manera la admisión de seglares estaba prohibida que, cuando Gregoria echó novio, no se sabe cómo, en medio de aquel cautiverio, aunque para esta clase de pesca las mujeres son muy duchas, se vió y se deseó para comunicar con él. Seamos francos: ni Gregoria, ni Pablo Aquiles tenían mejor carácter que el padre; Gregoria, sobre todo, a quien una simple contradicción producía una pataleta, en que se mordía los puños de rabia impotente; Pablo Aquiles desdeñaba el estudio, y sin talento ni aspiraciones, se había dedicado a la más cómoda de las carreras: la de heredero de ricacho; y si no de genio tan violento como su hermana, luchaban ambos, sin embargo, en encarnizado y fraternal combate, no dejando vaso que romper, ni porrazo que dar, cuando el padre no estaba delante. Allí la bondadosa, la tierna y la delicada era Casilda, y por esta sola circunstancia era ella el pavo de la boda; sobre su humilde cabeza descargaban el mal humor del padre y las iras de los hermanos. Era tan poquita cosa, que se ahogaba en un dedal de agua, pero reconcentrada, como todos los caracteres tímidos, era a la vez rencorosa y no perdonaba fácilmente ofensas que considerase injustas. Pero, con esto, tan paciente, tan sufrida, que nunca se la oyó una palabra de censura contra su padre. Ni Gregoria ni Casilda eran bellas; rubias cenicientas ambas, y de ojos que ni eran verdes ni azules, ni tenían color definido; eran de buen talle y de mejor andar, más graciosa Casilda que Gregoria y más elegante Gregoria que Casilda. Fuese cuestión de temperamento o de gusto, Casilda no anduvo nunca en noviazgos; para ella no había más hombre que su hermano Pablo Aquiles, a quien adoraba, y que sabía corresponder dignamente a aquel afecto; si con Gregoria andaba a brazo partido, con Casilda estaba a partir de un piñón. Los tres hermanos gemían bajo aquel sistema carcelario; Pablo Aquiles, que tenía ya veinticinco años, no salía de noche sin permiso, y estaba obligado, bajo las más severas penas, a regresar a casita a las diez: antes de acostarse, registraba el padre en camisón y palmatoria en mano las habitaciones de los hijos; una noche estaba vacío el lecho del varón... Esperóle en el zaguán; y cuando entró, casi le desnuca del garrotazo. Había que recurrir al ardid, a la mentira, y todos tres, hasta la bondadosa, la tierna y la delicada Casilda, engañaban al viejo a las mil maravillas. Se hartaban de carne en los días de abstinencia, después de haber comido en la mesa pescado y legumbres; salían de paseo, a visitas y a compras, a las horas en que don Aquiles estaba fuera, exponiéndose a ser pilladas infraganti... Pero las tretas de Pablo eran las que ofrecían más peligro: después de la ronda nocturna y de haber fingido estar entregado al más profundo sueño, levantábase con precaución, vestíase con prisa y saltando por la ventana al patio, escabullíase a la calle, para no volver hasta el alba.

En lo que no valían tretas ni engañifas, era en lo de sacarle dinero al viejo; los domingos, después de misa, daba a cada uno de los hijos un billetito de cinco pesos, de los pesos de entonces, y hasta el domingo siguiente. ¡Atreverse a pedir más! ¿quién lo intentaba? Aunque ello sea en desdoro de Pablo Aquiles, diré que una vez pretendió meter mano en la gaveta del padre, pero la terca cerradura no se dejó violentar y aquí paró la tentativa. ¡Y qué hacer, cuando se tiene veinticinco años, la cabeza llena de ilusiones, el corazón de deseos y los bolsillos vacíos!

Figuraba en la no muy numerosa servidumbre de la casa, con el título, las atribuciones y preeminencias de ama de gobierno, una mujer ya cuarentona, hija de antigua criada de la familia, de esas criadas de antaño que nacían, vivían y morían a la sombra, protectora de sus patrones, la cual mantenía a su lado un niño, que el maligno rumor público susurraba ser obra y gracia de don Aquiles. Era feo el muchacho y antipático, por su facha y y por sus hechos; tenía vara alta y enredaba con todos, siendo el único que escapaba a las granizadas cotidianas del amo. Mientras vivió la mujer de don Aquiles, no se vió semejante mostrenco en la casa, pero así que aquella buena alma se marchó para no volver, por la misma puerta que ella salía, entró el chiquillo aquel, tan orondo y campante, como quien pisa país conquistado. Y desde aquel día, para él fueron las golosinas, los regalitos de imágenes y medallas y las caricias que el viejo santurrón escatimaba a sus hijos. ¡Lo que se dijo en el barrio, se repitió, se inventó y se propaló a los cuatro vientos! Ni Pablo Aquiles ni las niñas sabían nada, y si Pablo Aquiles lo había oído, no lo creía, más por repugnancia de semejante parentesco, que por falta de convicción o sobra de dudas; pero, como de casi todas las baraúndas domésticas era el niño el principal causante, por ser correo de chismes y tejedor de embustes, cuando el viejo estaba en la calle y la cara aceitunada de Pepa, la madre, no estaba delante, entre Pablo y Gregoria y Gregoria y Casilda le daban tal vuelta de azotes y rociada de moquetes, que quedaba el chico hecho un ecce homo, sin temor a las reclamaciones y reconvenciones posteriores. ¡Cosa rara! la madre, en estas circunstancias y en otras y en todas, no olvidaba su papel de mujer reposada, que todo lo tiene previsto y resuelto; cuidadosa de no ponerse mal con los niños, evitando todo choque con habilidad estudiada, acudía a calmar al inocente con un par de sonoras palmadas, que daban fin al asunto, aunque no al llanto de la víctima. Y era por la noche, según los dichos de cocina adentro, que elevaba Pepa hasta su señor sus quejas y obtenía el desagravio de las ofensas hechas, que se traducía al día siguiente en tempestad tan violenta, que parecía desplomarse la casa.

Aparte estos frecuentes nublados, la favorita no intervenía más que en los quehaceres de su cargo, sin despegarse de las niñas, a quienes acompañaba a la iglesia, tan melosa y solícita, que ellas no podían sufrirla. Los sucesos posteriores vinieron a desmentir este aserto, pero era entonces voz corriente entre la servidumbre, que esta mujer había logrado para sí y su hijo un lugarcito ventajoso en el testamento de don Aquiles y a guardar el puesto conquistado tendían todas sus artimañas.

Se ha dicho que Gregoria tenía novio. Cómo tuvo lugar aquella pesca milagrosa no se sabe; sin duda, el pretendiente, que era pobre, olfateó la herencia en un día de vagancia, como los perros hambrientos que huelen la carne de lejos, y se plantó en la esquina y rondó la casa e hizo todas las tonterías que en semejantes casos se hacen, pero no entró en la fortaleza, porque estaba bien guardada. Era Bernardino Esteven tenedor de libros, de familia obscura y sin más beneficio que su mezquino sueldo; de facha vulgar, pero listo y truhán, supo colarse en el corazón de Gregoria, por más que la tarea no fuese difícil, pues la pobre estaba tan harta de aquella vida de ayunos, sermones, gritos, cerrojos y amenazas, que al sacristán de la parroquia diera oídas, con tal de salir de su purgatorio. Y acá hace nuevamente su aparición el condenado hijo de la Pepa; ¡ay de la carta que caía en sus manos! Fisgoneaba en los pasillos y acudía a la esquina a espiar la llegada de Bernardino, vigilando que Gregoria no entreabriera la ventana de la sala. ¡Qué sustos pasaron ambos, qué sinsabores, y cuántas veces contempló de lejos el pretendiente la cara acongojada de su prometida, víctima de paternal corrección la víspera!

¡Lo que pueden el amor y el hambre, cuando van aparejados! Cansado de suspirar a la luna y de pasear su chaqué avellana por el barrio, ocurriósele a Bernardino robar a la muchacha, expediente muy socorrido en la vida y en el teatro. Los que han conocido, después al fastuoso Esteven, tan formalote y estirado, de una gravedad de campana mayor que toca a muerto, creerán que es pura invención y fantasía esta aventura de sus mocedades; pero no es así, sino verdad incontestable, que el señor Esteven tuvo sus veinte años, y sufrió las agonías del amor y los dolores del hambre, como cualquier mortal, y arrastrado e impulsado por estas dos invencibles fuerzas, quiso apoderarse por la violencia, y se apoderó, en efecto, de lo que de grado se le negaba. ¿Cómo? Aunque parezca mentira, Bernardino tenía su casa entonces, es decir, dormía bajo techado, y una hermana, muy mona, que se llamaba Pilar y cosía para fuera; ésta, que sabía los quebraderos de cabeza del joven, no cesaba de decirle:

—¡Mira, Bernardino, no eres hombre, si no te casas con la de Vargas!

Aguijoneado su amor propio por la frasecita ésta, y no hallando otra salida, se le metió en la cabeza aquello del rapto: una carta, un coche en la esquina, y andando; su casa sería el asilo, su hermana la guardadora y aquí paz y después gloria. Ante razones de tal calibre, tenía el viejo que ceder o reventar.

La carta llegó sin contratiempo a poder de Gregoria, que se pasmó de tal proyecto, quedando aturdida y sin saber qué hacer; vinieron a las manos su pudor y su cariño, el deber filial y su conciencia, y en esta lucha y en este sobresalto estaba, cuando llegó la hora de sentarse a la mesa. Anochecía. Don Aquiles había entrado de la calle tan regañón, que todos andaban con alas en los pies, huyendo el bulto; al ocupar el sillón de cabecera, notaron los hijos, con terror, que había nubarrones en el horizonte, y metieron los ojos en el plato, abriendo el paraguas de la resignación. La tempestad empezaba por movimientos violentos en la silla, paseo de dedos crispados por el mantel o por la calva, resoplidos, palmadas en el borde de la mesa... Algunas veces, se agregaba a estos síntomas, el retintín del tenedor sobre el plato o el baile de la copa, a la que hacía dar vueltas su mano de perlático... El criado servía, los hijos comían, o lo aparentaban, sin hablar, y el viejo, en tanto, rechazaba su ración, contentándose con la corajina que le andaba por el cuerpo y debía servirle de alimento. De repente, sonaba un trueno y caía el chaparrón, es decir, daba el padre un puñetazo y rompía a hablar, en períodos entrecortados... Aquella noche, le tocó el turno a la infeliz Gregoria, a quien llamó desvergonzada, terca y mala hija, comparándola a las mucamas de barrio, que pelan la pava por la ventana con el novio descamisado o hacen señas a los mayorales del tranvía; mientras la cosa no pasó de aquí, Gregoria se estuvo quieta, devorando su rabia y una pierna de gallina en pepitoria, pero cuando oyó el nombre de Bernardino y vió que le ponía patas arriba, con cruel y no merecido ensañamiento, sin temor a los rayos paternales protestó con energía, y dijo, o quiso decir, porque no se le entendía, tal era su soberbia, que no y que mil veces no, que aquello era una gran mentira y una infamia (esta palabra la largó bien clara) lo que se decía. Gran confusión. Levantóse el padre, con los puños cerrados, se interpuso Pablo Aquiles, muy pálido, y Casilda, llorando; pero Gregoria, ya sin freno, se desbocó, vociferando que cansada de aquella vida, se marchaba lejos y no la volverían a ver más, nunca, nunca. Dió una manotada al vaso que tenía delante y salió del comedor, ciega, fué a su cuarto, se envolvió en un mantón y se plantó en la calle. En aquel momento, se acordó de su madre. ¡Su madre! ¿la había tenido ella acaso? Este poder moderador entre la indisciplina de los hijos y la absoluta autoridad del padre, no se hizo sentir nunca en vida de aquella buena mujer, víctima ella misma y culpable inconsciente de las desventuras de la familia. En la esquina había un coche y alguien dentro que la esperaba. Se cerró la portezuela, y andando, coma había dicho Bernardino.

Cuando el viejo se enteró de la escapatoria de su hija, tuvo un acceso de coraje tal, que todos en la casa creyeron llegada su última hora, pero pasado el ciclón de gritos y juramentos y la granizada de moquetes que descargó a ciegas y que alcanzó hasta al mismo chico de la Pepa, se calmó, aparentemente por lo menos, y ni volvió a hablar ni hizo cosa alguna que con el asunto se refiriese. Siguió su vida de siempre, y se apartó más que nunca del trato de sus hijos, dándose por completo a la visita de iglesias y sacristías, exacerbado su furor religioso con aquella desgracia, que parecía no haber rozado siquiera su corazón de granito. Pablo no se atrevía a chistar y la pobre Casilda no tenía ya ojos para llorar a su hermana.

Así las cosas, dió don Aquiles el gran batacazo, cuando menos se esperaba. No sé qué dimes y diretes tuvo aquella mañana con Pepa, pues se oyó el vocear de ambos en el despacho, y hasta lloriqueos y aún porrazos sobre los muebles, signos evidentes de violenta disputa; luego salió la mujer muy agitada, con los pelos desordenados y echando chispas por los ojos, y alguien que la encontró al paso, la oyó decir:

—¡No quiere, no quiere! pues veremos si la ley le obliga.

En esto, se oyó un gran ruido en el despacho, acudieron todos los que en la casa estaban y hallaron desplomado, junto al sofá, a don Aquiles, con los ojos torcidos y la boca contraída, barbotando palabras sin sentido. Mientras le trasladaban a su alcoba y se iba a buscar el médico, llegó Pablo de la calle, y enterado del suceso, convino con la desolada Casilda en que era urgente avisar a Gregoria.

Pablo sabía el escondite de Gregoria; fué, pues, a golpear a la puerta de Esteven. Recibióle la muchacha llorando, arrepentida sin duda de su calaverada, pues vistas ya las patas de la sota, no la quedaba ilusión que la sirviera de disculpa; y mientras el galán hacía protestas de que él no era el responsable de aquel desaguisado, sino el propio señor Vargas por su maldita terquedad, estando dispuesto a reparar lo hecho del mejor modo posible, Pablo miraba la pieza, que le pareció muy pobre y hasta desaseada, y a Pilar, sentada delante de la máquina, absorta en su tarea de desenredar el hilo de un carrete, la que encontró muy bonita y muy de su gusto. Otro en su lugar se las hubiera liado con el seductor, pero él, que disculpaba la escapatoria por razones que se sabía, creía que demasiado duramente la había condenado, desoyendo los ruegos de Gregoria, que en varias cartas le había pedido fuera a verla. Limitóse, pues, a dar la referencia de la desgracia. Ella, muerta de pena y de vergüenza, preguntó entre sollozos:

—¿Me recibirá si voy, Pablo?

—No conoce a nadie y nada debes temer.

Gregoria, sumisa, se cubrió con su mantón. Cuando los dos hermanos salieron, volvióse Esteven a la joven, que cosía indiferente, y con una sonrisa burlona, exclamó:

—¡Bien lo dije yo, que tenía que ceder o reventar!

Pablo y Gregoria llegaron silenciosos a la casa paterna, que entonces más que en ocasión alguna, parecía convento de cartujos; y empujando la puerta entornada, atravesaron el zaguán y el patio desiertos, donde algunas plantas amarilleaban ya bajo el cielo nublado de otoño, y entraron en la alcoba de don Aquiles. Al punto nada vieron, sino la llama temblorosa de una lamparilla; luego aparecieron, como esfumadas, las figuras principales del cuadro: un franciscano, rezando bajo descomunal y tétrico crucifijo; en un rincón, la Pepa, silenciosa como una esfinge; a la cabecera del lecho, Casilda... Sobre la blancura de las almohadas, destacábase la cara lívida del muerto, con los ojos todavía abiertos, vueltos del lado de la puerta, por donde acababa de aparecer Gregoria; esta mirada de ultratumba, figurósele a la triste arrepentida señal de eterno y enconado reproche, y sacudida por temblor convulsivo, se precipitó en el cuarto y fué a prosternarse delante del padre que había ofendido, derramando sinceras lágrimas. Pero él ya no la veía, como si hubiera de ser sordo siempre a toda compasión.

Al día siguiente, avisados los amigos y parientes cercanos, hubo en la casa numeroso desfile de sotanas y sayales, que iban olfateando alguna manda del testamento, y de levitas de entierro y caras compungidas hechas de encargo; en las habitaciones interiores, cerrada toda ventana, en una obscuridad de catacumba, andaban a tropezones las sombras de las mujeres enlutadas, en busca del sitio donde pudieran estar las doloridas, para darles el largo apretón de manos y besos de rúbrica, con la frase dicha entre mal ensayados suspiros:

—¡Ay, Goyita! ¡qué desgracia! esto ha sido un escopetazo. Cuénteme usted, Casildita, cómo ha pasado esto. En fin, no hay más que conformarse.

Gregoria y Casilda en un rincón, rodeadas de media docena de inmóviles fantasmas, contestaban a cada saludo con una nueva explosión de sollozos, y a esto se seguía un tan furioso sonar de narices del concurso, que no parecía sino que estaban todas acatarradas. En el comedor, entretanto, se tomaba chocolate con bollos, y un grupo discutía política en la puerta de la sala, donde el muerto se estaba quietecito en la caja, rodeado de blandones. Dos señoras salían, con los ojos muy colorados de tanto restregarlos con el pañuelo, y decía la una a la otra, al llegar al zaguán:

—¿Sabés la noticia que me han dado? que Goyita se escapó la semana pasada con un dependiente de almacén, y ésta es la causa de la apoplejía del padre.

—¿De veras, ché? pues, la cosa no era para menos.

Cuando Pablo Aquiles volvió del cementerio, se encerró en el despacho de su padre; la idea de que hubiera hecho testamento le preocupaba. Buscó y rebuscó sin encontrar nada; nada había tampoco en el armario de caoba, que registró luego, tapándose las narices a causa del olor desagradable de ácido fénico, que saturaba la atmósfera del cuarto mortuorio. Volvió al despacho, para seguir buscando, y en la puerta tropezó con la Pepa, enlutada, llevando al chico de la mano.

—No, no busque usted—dijo ella,—si no ha querido hacerlo.

Y prorrumpió en lamentaciones sin fin, diciendo que el difunto no había cumplido con sus promesas ni con su deber; que ella no ambicionaba nada para sí, sino pedía lo que de derecho correspondía a aquel inocente, que ninguna culpa tenía de su triste origen. Atónito Pablo Aquiles, no sabía qué responder, temeroso de que sus hermanas se enterasen del escándalo; tuvo, sin embargo, un asomo de energía, cosa rara en él, y dijo a la mujer que se mandara mudar de prisita y en silencio.

Lívida, ella chilló:

—¿Irme yo? ¡pues no faltaba más! si el mismo derecho de estar en la casa que usted lo tiene mi niño, como que lleva su sangre.

—¡Cállese usted!—dijo Pablo Aquiles, ahogado y descompuesto.

—Que no y que no; he de gritar y me han de oír los sordos, me quiere usted echar a la calle, ¿eh? pues lo veremos.

Se sentó en el umbral de la puerta que caía al patio, como quien ocupa cómoda tribuna para hacerse oír de los vecinos; a sus voces se unió el llanto del niño, y ante tamaña algarada acudieron Gregoria y Casilda, sorprendidas. Verlas la Pepa y descargar su boca cuanta palabrota y desvergüenza llevaba almacenadas, fué instantáneo; hecha una fiera, las guedejas caídas sobro los ojos, increpaba a todos con el puño cerrado, maldiciendo del difunto, a quien condenaba a los fuegos del infierno.

—No le han de valer rezos ni responsos—vociferaba, ¡miren el muy hipócrita, que comía los santos y besaba la pezuña a los frailes, que se daba disciplinazos y se ponía cilicio, dejar en la calle a mi niño, a su hijo, tan hijo como ustedes y con tanto derecho a llevar su nombre! ¡Hipócrita santurrón!

—¡La hipócrita y la deslenguada es usted!—exclamó Pablo, furioso, cogiéndola del brazo y tirando de ella.

Se empeñó una lucha deplorable en medio del patio; chillaba el chico, y las muchachas, asustadas, refugiáronse en sus habitaciones.

—¡Déjeme usted, que me hace daño!—decía Pepa, agarrada con ambas manos a la reja del zaguán.

Pablo Aquiles la soltó. Ella recogió su mantón, se arregló los pelos, limpióse las babas con la bocamanga.

—Queden ustedes con Dios—dijo,—me voy, pero al juzgado; ¡la ley ha de ampararme!

Y se largó, arrastrando tras sí al renacuajo.

La muerte de don Aquiles produjo en la casa radical transformación; todo cambió, como en una decoración de teatro. No más ayunos, no más sermones, no más caras foscas, ni escándalos a diario; no había quien siguiera los pasos, espiara los gestos, pescara las palabras, fiscalizara los actos. Se respiraba a plenos pulmones, se comía a dos carrillos, sin sustos ni encogimiento; se salía cuando se deseaba, se entraba cuando se quería; y todos tres, esclavos de un viejo maníaco que había entristecido su niñez y sofocado su juventud, manteniendo el alma de sus hijos sujeta, por así decirlo, bajo su férrea mano, como pájaro a quien encierran en jaula demasiado estrecha, se creían felices, porque se veían libres. No faltaba, sin embargo, una oración y una lágrima para el padre difunto, y ninguno de ellos osó tocar uno solo de los objetos que le pertenecieron; los que conservaban, como reliquias, en el antiguo despacho, cuya llave guardaba Pablo con respeto.

El casamiento de Gregoria se celebró a los dos meses, entre gallos y media noche, porque el luto y las circunstancias que le habían precedido, no permitían otra cosa; fué una ceremonia triste, casi fúnebre: los cuadros de la sala ostentaban aún negros crespones y la araña de cristal los colgajos negros, entonces de rigor; para alegrar la vista, se pusieron flores en los jarrones de las consolas. Gregoria se presentó de luto, sin azahares, y Bernardino con la misma levita que le prestaron para asistir al entierro de don Aquiles, y delante de los hermanos y de dos testigos, bajo la luz tristona de las bujías, leyó la epístola el cura y echóles la bendición, de prisa y corriendo. Esto fué todo. Instalóse la nueva pareja en la misma casa, y Pilar con ella, con gran regocijo de Pablo, a quien quitaban el sueño los atractivos de la muchacha.

Ni Bernardino ni Pilar tenían un cuarto; hasta entonces habían vivido los dos de su trabajo, ella de la costura, él llevando los libros de un almacén, siempre tan pobres y hambrientos que la escasez hacía para ellos todos los días iguales, por lo cual abrigaban la ambición, muy legítima, de verlos lucir mejores. Familia no la tenían, pues sus padres habían muerto, y Agapito o Agapo, como familiarmente le decían, no era para ellos un hermano, sino un pilluelo que vivía en medio de la calle, a quien no se le veía sino cuando se presentaba a pedir dinero, aporreado siempre y harapiento. Y como el dinero allí no era posible hallarle, ni con candil, Agapo desaparecía por meses enteros, sin dejar rastros; ya se le daba por muerto, cuando otra vez volvía, para escurrirse al día siguiente, sordo a las amonestaciones de su hermano mayor y a los ruegos de Pilar, y aun a los golpes de ambos, entregado a la vagancia y a todos los vicios que ella engendra, sin reconocer más ley que su santa voluntad. A parte de las malas inclinaciones y del carácter indomable del muchacho, la verdad es que Bernardino, obligado a buscarse el pan cotidiano donde podía, no hacía por él todo lo que debiera; siendo causa de esta desidia el poco cariño y aun cierto encono que sentía contra aquel rapazuelo, hijo de la vejez de su padre y de una odiada madrastra, que apenas muerto el anciano, de privaciones y disgustos, alzó el vuelo con un bombero vecino, dejándoles el niño aquel en hipoteca.

Bernardino tenía aspiraciones, una conciencia poco escrupulosa, entendimiento claro y audacia, sobre todo audacia; con esto y la suerte de por medio, se va siempre lejos. Sin embargo, nunca soñó él calzar el título de yerno de don Aquiles Vargas, que tanta fama de ricacho tenía, pues, lo cierto es, que más que a su viveza e ingenio debió tal ventura a las circunstancias especiales en que se hallaba colocada la aburridísima Gregoria; así es que, cuando se vió metido en aquel lío, que la mano de la fortuna desenredó bonitamente, y trasplantado de su modesta morada al caserón de la calle de Méjico, sintió mareos y algo así como un sentimiento de orgullo. Pero, ante todo, Bernardino era prudente. No creyó deber abandonar su trabajo, sino que, por el contrario, acudió a sus quehaceres con más asiduidad, si cabe, que antes. En cuanto a Pilar, ufana con el cambio, olvidaba las miserias pasadas junto a la máquina de coser, las veladas fatigosas, los madrugones constantes, la visita, noche a noche, de registros, a entregar o recibir los pantalones de paño y los chalecos de bayeta.

Pilar era alta, rubia y de ojos negros; no era hermosa, como una heroína de novela antigua, pero sí muy agraciada y simpática; no tenía los dedos hechos a torno, porque la aguja y el trabajo los habían deformado, ni el busto escultural, porque no me atrevería a decir si la corrección de sus líneas era debida al corsé o era natural patrimonio de su dueña; mas, la verdad sea dicha: Pilar pasaba por buena moza y aun llegaba a parecer bonita, y lo hubiera parecido mucho más sin aquella palidez de su cara, que no se sabía si atribuirla a la fatiga o a la anemia. Naturalmente, entre el bobalicón de Pablo Aquiles y ella se estableció, desde el primer día, una corriente de simpatía, que favorecieron Casilda y Gregoria, y más que todos Bernardino, como hombre sagaz que busca afianzar su prestigio. El idilio tuvo su lógico desenlace, y digo lógico, porque así debieran concluir todos los idilios: hubo, pues, nueva boda en la casa, la que fué solemniza con algo más de ruido y su poquito de música, en reunión de íntimos; fiesta, que vino a aguar, a última hora, la aparición del perdido de Agapo, que después de una jira de recreo por los fortines de la frontera, llegaba descalzo y muerto de hambre, a recoger las migajas del banquete.

Pablo Aquiles era un bendito de Dios. Entregado, por completo, al amor de su mujer, dejaba el gobierno de la casa en manos del cuñado, que mandaba en jefe; éste pagaba las cuentas, recibía los criados, hacía y deshacía, sin consulta ni apelación. De la testamentaría iniciada, era él el albacea, y se entendía con abogados, procuradores y escribanos. Había echado unas carnazas y unas barbas de a pulgada, que no parecía el mismo: aquel mozo lánguido del chaqué avellana, que rondaba el barrio, escapado del almacén, donde llevaba los libros, sino un rentista satisfecho y protector.

La testamentaría, entretanto, seguía sus pesados trámites, y hoy era un título que faltaba y mañana una reclamación que surgía y vengan consultas y vayan pesos; aunque, felizmente, había con qué hacer frente a todo: además de la casa calle de Méjico, otras tres en la ciudad, una quinta en Quilmes, una estancia en Cañuelas y regular número de cédulas en el Banco. La presentación, ante el juez, del chico de la Pepa, como hijo natural de don Aquiles, vino a entorpecer los trámites; y mientras unos querían probar la paternidad y los otros le declaraban, por lo menos, adulterino, con lo cual la reputación del muerto andaba en lenguas, tanta declaración, tanta prueba, tanto reponer de fojas, tal entra y sal de testigos y de curiales, aquello era un laberinto y nadie se entendía. Lo cierto es que pasaban los meses y la testamentaría no se acababa.

—De todos modos, no hay apuro—decía Pablo Aquiles.

Las explicaciones de Bernardino le satisfacían, pero a la callada y observadora Casilda se le antojaba que en una sucesión tan clara como el agua, no había para qué tanto ajetreo y que el enredador y el chicanero era el despierto albacea.

Hacía tiempo que le habían a ella chocado las libertades que se tomaba, sus aires de dueño de casa, la impertinencia con que respondía a toda observación, encogiendo, los hombros desdeñoso. Siempre que podía, recriminaba a su hermano por su indolencia, de dejar así todo en manos de aquel advenedizo; poco a poco, le había cobrado desconfianza y no le perdía de vista; cuando salía, de buena gana le hubiera registrado los bolsillos, para ver si se llevaba algo. Entre ella y el cuñado, habían habido ya ligeras escaramuzas, alfilerazos que no se olvidan, por la intención de la frase y la acritud del acento. Un día, disputando por fruslerías, él la llamó: ¡Solterona! y ella: ¡Perdulario! y en una ocasión le dijo ella, que no debía darse tantos humos, cuando allí tenía casa y comida gratis y se le había matado el hambre. De aquí, tiroteo de improperios y arañazos de cuñados. Pero, el primer disgusto grave lo tuvieron cuando el parto de Gregoria; a Bernardino se le puso ocupar el despacho del viejo, que era para los hijos un sagrario, a fin de huir del lloriqueo del recién nacido y poder trabajar tranquilo, pero Casilda dijo que jamás lo consentiría y cogió la llave y se la guardó, desafiándole a que se la quitara; Esteven, en broma o de veras, hizo ademán de tomarla por la fuerza, con lo que se armó una marimorena escandalosa. El despacho siguió cerrado, y Casilda y Bernardino pasaron mucho tiempo sin hablarse. Fueron así separándose; del cuñado pasó la antipatía a la hermana, Gregoria, que se ponía siempre del lado del marido, y que con su genio altanero lo echaba todo a perder, y se declararon una guerra sorda, agravada por las demoras de la testamentaría y la actitud insolente de Bernardino, que tomaba disposiciones sin la intervención de los herederos, estallando durante la enfermedad de Pilar.

Pilar no había gozado nunca de buena salud; era endeble, paliducha, tosía con frecuencia, sufría accidentes nerviosos, síntomas todos que se atribuyeron primero a la vida de trabajo que había llevado, y luego al estado interesante en que quedó a los dos años de casada. Pero cuando empezó a escupir sangre y a no querer comer, el pecho desgarrado por la tos, todos se alarmaron y se llamó al médico: según el sabio profesor, no era nada; después del alumbramiento, aquello pasaría. Y salió la joven de su cuidado, dando a Pablo Aquiles un niño que era un pimpollo, con una cabezota tal, que los tíos declararon unánimemente que allí debía estar encerrado todo el talento del mundo. Pablo Aquiles le recibió en palmitas, orgulloso de aquel presente; pensaba el infeliz que aquel nuevo ser había de indemnizarle de sus horas amargas, porque no estará de más decir, que no se tenía él por dichoso, a pesar del amor de su mujer, en medio de aquella lucha abierta de intereses y de cuñados. Además, no había encontrado en Pilar el ánimo y el calor que le hacían falta, carácter débil el suyo y corazón candoroso; Pilar era, ante todo, Esteven, mujer de cálculo y de reflexión, no apasionada ni sentimental. Si bien no habían reñido nunca seriamente, de los siete días de la semana pasaban seis de morros, porque él quiso besarla y ella no estaba de humor de consentirlo, o porque ella pensó ir al teatro y a él se le ocurrió meterse en cama, con dolor de cabeza; pero, así y todo, no pertenecían al grupo de los mal casados, teniendo ambos la discreción de no ahondar lo que pudiera separarles y manteniéndose alejados, en lo posible, de la lucha que dividía a sus hermanos. La enfermedad alteró el carácter de Pilar, y se hizo caprichosa, díscola y regañona; tenía antojos estrafalarios, como el que se le ocurrió un día, de hacerse llevar por el patio en un carro de mano, que servía de distracción a Jacintito, el niño de Gregoria, tirando de él su marido, a guisa de caballo; y accesos de mal humor tan violentos, que llegó, una vez, a arrojar por la ventana una taza de manzanilla, porque tenía demasiado azúcar. En la mesa acribillaba a pelotillas a Pablo Aquiles, que era siempre el pavo de la boda, y se hacía servir por él la comida y ponérsela en la boca, impacientándose iracunda por su demora o sus torpezas. Con su hijo tenía rachas de vehemente cariño, besuqueándole con tal ímpetu y grosería, que había que quitarle el angelito de los brazos; o le rechazaba con desvío, mandando que le llevaran muy lejos, para que no la aturdieran sus vagidos. Marido más complaciente y sufrido que Pablo Aquiles, no se ha visto; no tenía voluntad propia, y era manejado por su mujer como obediente maniquí, dándose el espectáculo de que él cuidara del niño y le llevara en brazos, haciendo arrorró y pasara junto a la cuna, muchas noches, sin dormir.

Pablo esperaba, conforme a lo asegurado por el médico, que el malestar de su mujer cesaría, una vez libre de su cuidado; pero no sucedió así: si el niño trajo la alegría a la casa, no devolvió la salud a la madre. Los meses pasaron y la enfermedad fué acentuándose, con caracteres tales, que se cayó por fin en la cuenta de que era una tisis incurable.

Entretanto, de orden del juez, según Bernardino, se habían vendido la quinta de Quilmes y la estancia de Cañuelas, para pagar no sé qué deudas dejadas por don Aquiles y luego, siempre de orden del juez, las tres casas de la ciudad. Los gastos de la testamentaría eran tales, que todo de lo que se echara mano, no bastaba para sufragarlos. Las cuentas eran bien claras y ahí estaban para que las examinasen: Don Aquiles debía casi, casi más de lo que tenía; luego, la baja de la propiedad raíz, el mal estado de los campos, los honorarios de ahogados y procuradores, que sumaban un dineral, y más que esto y más que todo, el incidente del hijo natural. Si él sabe a tiempo la cosa, aquello se hubiera arreglado fácilmente, tapando la boca a la Pepa con un buen rollo de billetes; pero, arrojarla violentamente a la calle, al día siguiente de muerto el amo, vamos, había sido no mediana torpeza; es cierto que el juez había declarado no tener derecho a la sucesión y rechazado de plano la demanda; pero, ¡cuánto trabajo y cuántas desazones y cuánto tiempo había costado! Luego, la Pepa no se daba por vencida, y apelaría, y mientras venía el fallo definitivo, ¡cuánto tiempo más perdido! Era preciso, pues, quitar este obstáculo, dar algo a aquella mujer para que desistiera de la apelación, muy poco, una bicoca. Y bicoca fué, que se vendieron las cédulas del Banco y aun llegó a retirarse cierto depósito de reserva. Pablo Aquiles dejaba hacer y Gregoria lo aprobaba todo, diciendo que más valía quedarse sin nada, que enredados en pleitos y debiendo a cada santo una vela; pero Casilda no se conformaba con lo que ella llamaba despojo y decidió dar el campanazo, antes de quedarse en la calle.

Francamente, las cosas habían llegado a un extremo tal, que se necesitaba estar ciego para no ver en lo que iban a parar. Esteven marchaba derecho a su objeto, imperturbable; despertada su codicia con el manejo de intereses, cuya tercera parte le correspondía, parecióle poco esto y quiso apoderarse de todo: muchas noches pasó en vela, con la visión de aquella fortuna que tenía en sus manos, y que estaba obligado a repartir; tonto sería él si desperdiciaba la ocasión de enriquecerse, de realizar su sueño dorado, tan a poca costa. Hábilmente trazó su plan, contando con la debilidad de Pablo Aquiles y la pasividad de Casilda, y si no con la complicidad, por lo menos con la aquiescencia absoluta de su mujer; el resultado fué excelente. Con pretextos siempre plausibles, que él fundaba en elocuentes párrafos, porque poseía el pico de oro de los sinvergüenzas para engañar a los incautos, iba desmenuzando la herencia y recogiendo glotonamente los pedazos en su bolsa, cuya boca no se cerraba sino para volverse a abrir y devorar con más apetito que antes. Las casas desaparecieron así, se evaporaron como tocadas por varita mágica, y lo propio aconteció con la quinta en Quilmes; respetó la estancia cierto tiempo, pero ya en la pendiente, no había más que rodar al fondo: la estancia se vendió y luego lo que pudo o mejor dicho lo que quiso, porque nadie le ponía cortapisas. Era un vampiro, siempre insaciable. Quería resarcirse ampliamente de su pasada miseria, abasteciendo su granero, de modo que no le faltara trigo si el mal tiempo llegaba.

Pero había un ojo que seguía sus maniobras, alguien que adivinaba sus cábalas: Casilda. Resuelta a hablar, y a hablar fuerte, una tarde que se hallaban todos reunidos en la habitación de Pilar, rodeando el sillón en que descansaba la enferma, abordó el tema de la testamentaría, quejándose de sus demoras y de aquella furia de vender que les había entrado; lanzó dos o tres saetazos dirigidos a Esteven con tanto acierto, que saltó el hombre descompuesto y con muy malos modos dijo que él no hacía sino lo que mandaba el juez, y que la culpa se la tenía él en haberse hecho cargo de tamaño lío.

—Claro está—apoyó Gregoria,—sólo que a esta cabeza dura nadie la convence que para hacer las particiones, hay que vender...

Casilda, con mucha calma, preguntó:

—¿Me quiere decir mi señor cuñado, qué se ha hecho del producto de las ventas?

—Pues... el juez se lo dirá a usted y los acreedores de la testamentaría.

Levantó la voz, gritando que aquello ya le aburría, que tales preguntas denotaban desconfianza, que ahí estaban las firmas de todos autorizando la venta de las propiedades, ejecutada de orden del juez; en suma, que si tenía tanto apuro en recibir su parte, la comunicaba que esto no podía ser, hasta que no se vendiera la casa en que vivían.

—¡También ésta!—exclamó Casilda.

—Pues la compra usted, si la tiene tanto apego.

—¡Es que no podré, porque no ha de dejarme usted lo suficiente!

Sí, se lo decía cara a cara, bien claro para que lo entendiera; ella no sabía jota de códigos ni de la práctica de tribunales: se daba por convencida de que había que vender todo, todo, aunque esto le parecía un despropósito que no podía mandar la ley, pero no de un modo irrisorio, a bajo precio; se daba por convencida que había mucho que pagar y era forzoso sacar el dinero de alguna parte, mas, ¿por qué se eternizaba un asunto tan sencillo? ¿qué deudas eran ésas? ¿qué cuentas eran ésas? Allí no había más cuentas que las del Gran Capitán y una persona sin conciencia, que quería enriquecerse a costa de los herederos.

—Esto no lo puedo yo tolerar—exclamó Bernardino, fuera de sí.

Gregoria se dirigió a su hermana, increpándola; Pablo Aquiles, que servía una taza de tisana a la enferma y no había querido hasta entonces tomar parte en la disputa, se vió precisado a intervenir, porque la cosa tomaba mal aspecto. Los improperios se cruzaban de parte a parte, y entre las voces enardecidas, oíase la de Casilda, que chillaba:

—¡Sí, señor, lo dicho, dicho!

Pilar se cubrió la cara con su pañuelo.

—¡Mala lengua!—decía Gregoria.

—¿Quién había de creer esto de usted?—exclamaba con dramático acento Esteven.

—Esto es una vergüenza—decía Pablo.

Y entonces, dominando el tumulto, se alzó de nuevo la voz de Casilda, para arrojar a la cara de su cuñado esta palabra:

—¡Ladrón!

Si a Pilar no se le ocurre desmayarse, se pegan.

—Hay que salir de aquí—gritó Bernardino, como un energúmeno.

—Ya debía haberlo usted hecho—contestó Casilda.

Gregoria, demudada, metiendo las manos por los ojos de la hermana, exclamó:

—¡Nos iremos, sí, y no hemos de vernos jamás, jamás y jamás!

A los pocos días, Esteven y su familia se mudaban; Casilda vió a su hermana guardar alhajas que habían pertenecido a su madre, cubiertos de plata y muchos objetos de uso de la familia y llevarse muebles, suficientes para llenar tres carros hasta el tope, pero no chistó. Desde el día de la disputa no se hablaban, mirándose entre ojos, como enemigas a muerte, y cuando salió Gregoria de la casa, la cabeza muy levantada, ni se despidió de ella ni de Pablo Aquiles, a quien llamaba mandria, echándole la culpa de todo.

—Si es la que mató a nuestro padre, ¿qué entrañas ha de tener?—dijo Casilda llorando.

Triste quedó el caserón, después del rompimiento. Pilar empeoró, sacudidos sus nervios por tanto suceso desagradable, herida en el corazón por el desvío de su hermano, que así la abandonaba en sus últimos días; en cuanto a Casilda, bondadosa siempre, lamentó el cisma de la familia, que ella misma provocara, aunque sin quererlo. ¿Qué culpa tenía ella, si Esteven era un mal hombre y la puso en el disparadero de decirle cuatro verdades? Pero Gregoria, su hermana mayor, criada y educada a su lado, copartícipe siempre de sus penas y placeres... ¿era posible que pudiera conducirse así? Casilda no podía consolarse. Tuvo al principio la idea de buscar un abogado y presentarse al juez demandando a Esteven, y aun llegó a hablar de esto a Pablo Aquiles, que no sabía ni lo que hacía ni lo que le pasaba, pero desistió, temerosa del escándalo y entristecida con lo ocurrido. Está bien; que se llevaran todo, que dilapidaran la herencia o la guardaran para sí, en detrimento de ella misma y de su hermano, pero que no le hablaran más del asunto, porque le daba dolor y vergüenza. Habíale entrado un descorazonamiento tal, que no salía, llorando a solas en su cuarto, cuando el cuidado de la enferma no la ocupaba.

Pilar murió un mes más tarde; su vida se apagó dulcemente en brazos de Pablo y de Casilda, después de besar al pequeño Aquiles, o Quilito, como ella le decía. Ni Bernardino ni Gregoria asistieron a sus últimos momentos, aunque se les mandó recado de su gravedad; ni se mostraron en el entierro ni en los funerales, probando con esta actitud su propósito de no verse más, de romper para siempre toda relación.

Golpes fueron éstos, que acabaron de anonadar a Pablo Aquiles. Un abogado vino a verle un día, de parte de Esteven, para que firmara ciertos documentos que eran indispensables para la terminación de la testamentaría, y él firmó y firmó también Casilda, al pie del nombre de Gregoria, estampado el suyo con segura mano; deseosos ambos de concluir de una vez, sin protesta, porque no tenían ya fuerza para seguir la lucha. Cuando aparecieron en la ruinosa fachada de la casa paterna los cartelones anunciando, en letra muy gorda, la subasta, Pablo Aquiles y Casilda comprendieron que había que marcharse; buscaron una casa pequeña y modesta, recogieron lo poco que quiso dejarles Gregoria, y salieron ambos del hogar de sus padres, como tristes desterrados.

La visita de Bernardino Esteven es digna de ser contada. Se presentó en la nueva casa correctamente vestido de negro, serio y grave, con un rollo de papeles en la mano; Casilda no quería recibirle, pero Pablo, más conciliador, le hizo pasar a la sala y allí, inclinándose con afectación de académico, declaró que iba a rendir cuentas del albaceazgo y a entregar lo que en la partición había correspondido a los herederos, después de pagar deudas y honorarios, para lo cual había habido necesidad de vender las propiedades, como lo sabían muy bien. Hablaba con voz campanuda, muy despacio, sin mirar a Pablo Aquiles, mudo delante de él. Vino Casilda, y con aire digno se sentó, sin saludar a su cuñado. Entonces desenrolló éste el paquete que traía y puso delante de los ojos de ambos muchos garabatos y números, que él descifraba con negligencia; luego sacó de su cartera un mazo de billetes, que contó: veinte mil pesos, diez mil para cada uno y diez mil que había recibido Gregoria; él, a pesar de sus trabajos en la testamentaría, del derecho que le asignaba la ley, renunciaba generosamente al cobro de sus haberes. ¿Querían conservar las cuentas para examinarlas despacio? Maquinalmente, Pablo Aquiles y Casilda dijeron con la cabeza que no. Firmado el correspondiente recibo, Esteven recogió sus papeles y sin añadir palabra, salió como había entrado. ¿Quién reconocería en aquel personaje tan finchado, al tenedorcillo de libros de marras?

—¿Te convences ahora?—dijo Casilda mirando tristemente los billetes dejados sobre la consola.

Pablo Aquiles bajó la cabeza y suspiró.

Y él, que nunca había servido para nada, se vió obligado a buscar un empleo fácil, para ayuda de gastos. ¡Qué disgustos pasó antes de lograrlo! Con su pequeño sueldo y la escasa renta que les habían dejado, no le faltaría pan a su hijo. En medio de todas sus desdichas, sólo le quedó una ilusión y una esperanza: Quilito.

Tales son los antecedentes que he conseguido reunir, acerca de las familias de Vargas y Esteven.

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