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Quilito

III

Reading edition

Agapo no era, así como así, un tipo cualquiera, sino, un atorrante de raza, que había seguido la carrera por sus pasos contados, y conquistado el título a fuerza de contracción y desvelo, favorecido, es verdad, por su vocación a tan honroso oficio y sus excepcionales facultades. Matriculado, cuando niño, en una banda de pilluelos de barrio, sin el freno de la autoridad paterna, porque no tenía padres y no hacía caso de sus hermanos, libre como un pájaro y celoso de su independencia; con el sucio pantalón doblado sobre la rodilla y la camisa desteñida asomando por los fondillos, un sombrero agujereado sobre la rubia cabeza, recorría las calles de su parroquia, entretenido en jugar a los cobres en la acera, darse de mojicones con los compañeros y decir desvergüenzas a las señoras; no había bautizo en que él no tomara parte, esperando a la comitiva en el atrio de la iglesia para llamar pelao al padrino, ni escándalo callejero en que no estuviera, como espectador de primera fila. Parecióle muy pronto estrecho el campo de sus operaciones y extendió su radio hasta el Bajo; allí entre las toscas y bajo los sauces, se daban batallas a pedradas y rara era la vez que no sacaba alguno de la banda soberbia magulladura. Como el dinero escaseaba en casa y cada vez que se presentaba Agapo, era recibido con una lección de solfeo, no se atrevía él a ir y pasaba los días vagando, comiendo naranjas o un pedazo de pan duro, mojado en el cocido de alguna lavandera caritativa; a veces, por ganar algo, hacía changas en el muelle, llevando la maleta de algún viajero o vendía periódicos y fósforos, pero, decididamente, no servía él para el trabajo; un día le llevaron a la comisaría por desorden, y ya aprendió el camino, de tal modo, que rara era la noche que no dormía en duro banco, en compañía de borrachos y ladrones. Se familiarizó con su jerga, adquirió amistades vergonzosas, aprendió a beber y a jugar, pero no cayó nunca en el vicio del robo; en medio de la crápula, supo mantenerse honrado, porque él no era malo, sino haragán.

Sus largas ausencias no preocupaban a nadie; eran eclipses parciales, en que desaparecía por encanto y reaparecía por milagro, más sucio, más andrajoso y más hambriento que antes. El cambio de fortuna de sus hermanos, no varió su situación; le recibían ellos de tan mala manera, le llamaban con motes tan injuriosos, que Agapo evitaba verles; y luego, ¿para qué? para recibir consejos, en vez de cuartos. Que abandonara esa vida de vagancia, que se hiciera hombre de provecho, que trabajara... ¡Trabajar Agapo! ¡si apenas podía llevar su alma a cuestas! sus brazos colgaban lánguidos de los hombros, sus piernas se negaban a sostenerle mucho rato y hasta su pensamiento era tardo y perezoso, como obrero holgazán que ama el descanso. Su delicia era tenderse al sol sobre un banco, o bajo un sauce en la ribera, según la estación, y dormir a pierna suelta, sin cuidados, con un sueño de ángel o de niño; y también, sentarse en un portal de calle muy concurrida y ver pasar la gente afanosa tras el pan de cada día, mientras él, libre de preocupaciones, sonreía filosóficamente. ¡Trabajar Agapo! ¡si no vale la pena! ¡mucho sudar, mucho sufrir; el hombre, como bestia de carga, dando vueltas, de sol a sol, a la rueda de la fortuna, para recibir el esquinazo, en premio de sus fatigas! más vale estarse con el pico abierto, para que en él caiga el maná del cielo, y manos quietas; dejar que los demás cuiden del árbol y comer nosotros su fruto sazonado.

Hasta Agapo no habían llegado aún esas ideas de socialismo, anarquismo y nihilismo que corren por ahí, haciendo temblar las carnes de todo el que tiene algo que perder, pero él poseía su credo, que era éste: vivir a costa del prójimo, pedir al vecino lo que falte en casa y no trabajar sino en provecho propio, dando quehacer a las mandíbulas; que, al fin y al cabo, todos somos iguales: el estómago del rico, no se diferencia del pobre, y no es justo que mientras aquél engulle y se regala, sean para éste todos los días de cuaresma.

Por lo demás, estaba él orgulloso de su categoría de atorrante: no tenía casa y no pagaba alquileres; no tenía criados y no le robaban y vendían; no tenía suegra, ni mujer, ni hijos, que le quemaran la sangre; ni negocios, que le preocuparan; ni amigos, que le engañaran; sobre él no pesaban impuestos ni carga alguna. Se consideraba feliz, y lo era en efecto: no ambicionaba nada y nada temía del día siguiente; envuelto en sus guiñapos, paseaba por los sitios públicos y gozaba del sol, como el que iba arrastrado en carretela; dormía donde le cogía el sueño, tan ricamente como sobre un colchón de plumas; comía cuando tenía hambre y no le faltaban buenos platos de casa grande, y en lo tocante a vicios menudos, llevaba en el bolsillo de su raída chaqueta provisión abundante de colillas de cigarro. Era gran maestro en el arte de pechar o dar sablazos, y lo hacía con tal comedimiento, que pocas veces quedaba desairado.

El alud de las revoluciones pasó sobre él y le arrastró como hoja seca, pero, restablecida la calma, aparecía Agapo, de nuevo, sobre la superficie, como cuerpo boyante; sus peregrinaciones, ya voluntarias, ya forzadas, le llevaron por toda la República y aun fuera de ella, pero su cuartel general era Buenos Aires, y a la capital volvía, como bestia extraviada a la querencia. Frisaba en los cuarenta años y parecía tener sesenta, con su barba gris de patriarca, la melena casi blanca y las arrugas de su frente de pensador: diríase un hombre combatido por las adversidades, un inválido del trabajo, un paria de la suerte, todo menos el prototipo del holgazán.

Era digno, a su manera. Aunque no pudiera tachársele de delito alguno, porque no era ladrón, ni capaz de hacer mal a nadie, ocultaba su apellido y pocos eran los que sabían que pertenecía a la opulenta familia de Esteven. No quería él que se supiera el cercano parentesco de Agapo el atorrante con el rico bolsista don Bernardino, por vergüenza de su propia situación; conservaba hondo rencor contra su hermano, a quien acusaba de haberle abandonado y hasta empujado al vicio para librarse de él, y no le socorría como debiera, ahora que era dueño de cuantiosa fortuna. Sabedor de los enredos de la testamentaría de Vargas, y del profundo cisma de ambas familias, solía él decir con maligna intención, en el seno de la confianza, que quién sabe cuál de los dos, si el millonario don Bernardino o Agapo el atorrante, mantenía más honrado el apellido.

A casa de los Esteven iba contadas veces. Le imponía tanta magnificencia: la escalera toda de mármol, con dos leonazos melenudos al pie, a derecha e izquierda, las fauces abiertas, como si quisieran tragarse al incauto visitante; en el primer descanso, plantas exóticas; arriba, una vidriera de colores, y cuando la puerta se abría, veíase lujoso recibimiento, con estatuas y cuadros. No conocía Agapo lo demás, porque nunca le habían dejado pasar de allí, pues podía manchar las alfombras con sus patas embarradas o ensuciar la seda de los muebles con sus ropas grasientas; se sentaba humildemente en la escalera, después de tocar el timbre. El criado salía, le miraba de pies a cabeza y desaparecía, cerrando la puerta. Pasaba largo rato; se oía el manoteo del piano en la sala; Agapo pensaba que serían sus sobrinas, Susana y Angela. La puerta volvía a abrirse y el criado entregaba un billete al atorrante, con este recado:

—Dice el señor que no venga usted con tanta frecuencia.

—Si no he vuelto desde el mes pasado... pero diga usted al señor que no le incomodaré más.

Y se iba, colérico, jurando no volver... y volvía, reflexionando que era fuerte cosa que mientras su familia estaba podrida en plata, no tuviera él ni para cigarros. En estas visitas solía ver, por la puerta entreabierta del recibimiento, a su cuñada Gregoria, con su aire orgulloso y muy compuesta siempre, a pesar de sus canas y su obesidad; un día tropezó en la escalera con Jacintito, que bajaba los escalones de dos en dos, silbando, de habano y bastón, y no le miró, porque le chocaba mucho este mequetrefe, que jugaba en la Bolsa y tiraba el dinero, que no sabía ganar. Mostrábase, sí, muy satisfecho cuando lograba ver a las dos muchachas, tan lindas y frescas como dos pimpollos; ellas pasaban a su lado, plegando las faldas vaporosas de miedo de mancharlas y haciendo un gestito de desagrado con la boca encantadora. En cuanto a su hermano, nunca le vió y si llegaba a columbrarle en la calle, escabullíase avergonzado.

Pero donde él iba con gusto, era a casa de los Vargas, calle Moreno, si no todos los días, porque era él muy comedido, por lo menos tres veces en la semana. Pampa le recibía poco menos que a escobazos, diciéndole que la señora no estaba, que se marchara, pues no había nada para él.

—Esperaré, muchacha; no tengo prisa.

Y se sentaba en el umbral de la puerta del comedor, viendo barrer el patio a la india, admirando la limpieza y el orden que allí reinaban, mucho más agradables que el lujo y la farsa de Esteven; el pequeño jardín daba gloria verle, tan verdecito y tan cuidado.

—¡Hola! ya estás aquí—decía en esto la voz simpática de misia Casilda.

Y aparecía la señora con un plumero en la mano, muy sofocada por el trajín de la casa, amable y sonriente. Agapo se descubría, como ante una imagen, y entraba en el comedor y se sentaba, sí, señor, se sentaba en una silla de rejilla, porque allí no temían que lo manchara todo con su contacto; en la alacena no faltaba el trozo de carne fría guardado para él, o el platito de arroz con leche o el resto de carbonada, que la señora calentaba por sus manos en la maquinilla de alcohol. Y luego, era una de charlar de todo, al compás de la escoba de Pampa...

Al día siguiente de aquella noche del 25 de Mayo, en que don Pablo Aquiles vió cosas que le suspendieron y preocuparon hasta el punto de interrumpir su paseo de digestión, Agapo se presentó en la casa, pasadas las doce, siendo recibido con el ceremonial de estilo.

—Señora no estando—dijo Pampa cerrándole el paso y esgrimiendo el doméstico cetro.

—¿Y el patrón?

—En el Ministerio.

—¿Y el niño?

—En la Bolsa.

—¡Esperaré!

—Déjale pasar—dijo misia Casilda desde adentro.

El atorrante entró en el comedor; iba menos rotoso y sucio que de costumbre, porque para esta visita hacíase esmerada toilette, en lo que cabe.

—¿Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?—exclamó Agapo, sentándose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrienta mirada a la alacena.

La señora tenía dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con su semblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia.

—Tengo un dolor de cabeza...—dijo ella, llevando una mano a la frente.

Fué a la alacena, sacó un plato en que se veían restos de los hojaldres desdeñados por el niño la noche antes, y lo puso delante de Agapo, quien, dejando finezas a un lado, empezó a devorar glotonamente.

—¿No estás borracho?—preguntó la señora, mirándole a la cara.

—¡Oh! no—protestó el atorrante.

—Pablo Aquiles te encontró ayer en un estado deplorable.

—Era día de la patria... y había que festejarlo.

—¡Jesús! ¡qué vicio más feo! mira, si se te ocurre presentarte aquí de esa manera, te haré dar cuatro escobazos por Pampa y llamaré al vigilante.

Agapo seguía comiendo, sin hacer mayor caso de la amenaza. Cuando quedó el plato limpio, cual si lo hubieran lamido los perros, se pasó la mano por la boca, restregó los dedos sobre el pantalón, y mirando con ojos tiernos a la señora, sentada al otro extremo de la mesa, exclamó:

—¡Ay, señora! ¡yo merezco más lástima que castigo! A buen corazón no me gana nadie, y si no fuera la fatalidad y mi hermano...

—Eso sí—saltó misia Casilda,—siempre he dicho yo que eres lo mejorcito de esa familia; sólo que te dió por no querer trabajar... ¡y ahí tienes!

Agapo se encogió de hombros. No, señor, no era por eso; él quería trabajar, pero no encontraba en qué: buscó un empleo mucho tiempo y no quisieron dársele y ahora andaba tras de una concesioncita de ferrocarril, sin resultado; había visitado a senadores y diputados y hasta a cierto ministro, que tenía fama de dejarse untar la mano...

—Pero, ¿qué van a darte con esa facha?—dijo riendo la señora.

Ahí está; si él fuera vestido, de levita, y hablara en extranjero o siquiera en provinciano, lo conseguiría al momento, sin más capital que mucha labia y poca vergüenza. Negocio más lucrativo no se ha visto: le dan a usted la concesión, usted la vende al momento y se hace rico, o poco menos. Y el ferrocarril se construye o no; generalmente, no se construye... ¡Cuántas cosas podría hacer valiéndose de la influencia de su hermano! Hoy, para medrar, no hay más que meterse con el Gobierno... o en la Bolsa: un compañero suyo, que dormía en los bancos de las plazas y en los caños abandonados, se había metido no se sabe cómo en un negoción de tierras, y se ganó lo que quiso, convirtiéndose en un personaje que arrastra coche...

—Aquí tenemos lo de Quilito—observó misia Casilda,—esas fortunas improvisadas me hacen a mí el efecto de casa sin cimientos; deja que sople el aire y verás dónde van a parar. Mejor sería que tuvieran más cabeza, pues esto se va poniendo muy malo: esta mañana el casero nos mandó aviso que para el mes que viene subirá el alquiler, y siempre con el mismo pretextito: el oro; ¿qué culpa tenemos nosotros de que se vaya a las nubes?

—¡Y lo que vendrá!—dijo Agapo en tono profético, acariciando sus barbazas.

—Tengo un dolor de cabeza...—volvió a decir misia Casilda.

—Algún disgusto, ¿no es verdad?

—Sí, ese atolondrado de Quilito tiene la culpa. La noche antes había llegado don Pablo Aquiles de mal talante, porque se encontró al niño en la puerta de Colón, detrás de las de Esteven, lo que vino a corroborar sus sospechas de que festejaba a una de ellas; ya se lo habían dicho no sé en qué parte, y la idea de que fuese cierto y que los otros pudieran creer que ellos autorizaban semejante cosa, les tenía disgustadísimos. Decidieron sondar al muchacho, y cuando bajó a almorzar, le espetaron la preguntita.

¿Crees tú que negó? ¡qué esperanzas! es muy deslavado y tiene una manera de contestar al padre... Que sí, que Susana le gusta mucho, y que si puede que ya lo creo que se casará con ella, pero que todavía, no hay nada serio... ¡Todavía! ¡vaya un consuelo! Entonces, yo tomé la cosa por mi cuenta y le dije las del barquero.

Eso es, muy bien; ¿le parecía decente poner los ojos en una niña, cuya familia era enemiga mortal de la suya propia? ¿no había en Buenos Aires ninguna otra más que ella, tan buena o mejor? ¿no temía que la gente esa dijera que iba por su dinero y que su padre y su tía estaban mezclados en el negocio? Y luego, ¿qué significaba eso de casarse un mocoso, que no sabe dónde tiene las narices? ¿con qué contaba para el casorio? ¿tenía siquiera su carrera concluída? Estos muchachos de ahora son de una impavidez extraordinaria; todo se lo llevan por delante, y creen a pies juntillos en la engañifa aquella de «querer es poder»; así, no son pocos los desengaños.

En fin, que me despaché a mi gusto, y como golpe final, le hice esta pregunta: Pero, ¿has hablado con la niña.—No.—¿Y entonces?—Ella me mira, y con esto basta.—¡Inocente! ¡te fías de los ojos, cuando las promesas de la lengua no se cumplen! si todas las mujeres bonitas miran y remiran, porque buscan el homenaje de los hombres y quieren ver el efecto que su hermosura, su tocado o sus alhajas producen. Entonces él, retorciendo su bigotillo, dijo con petulancia:—Hay modos de mirar, tía... y yo me entiendo.—¿Habráse visto botarate? ¡Un chico que no levanta media vara del suelo! Quedaba el gran argumento y se lo largué: Mira, Quilito, que se te quiten tales disparates de la cabeza: el señor don Bernardino Esteven nunca consentirá en ese casamiento. Lo aplasté. Pero él se irguió, y en tono de amargo reproche, replicó:—Seré muy desgraciado entonces, pero la causa de mi desgracia serán ustedes, con su terquedad ridícula y su odio injustificado.—¿Qué te parece? mira que Pablo Aquiles tiene una paciencia de santo, pero al oír aquello no se pudo contener, y eso que le aguanta cosas al muchacho, que parece mentira. Total, que Quilito subió a su cuarto muy enfadado, Pablo se fué a la oficina de mal humor, y yo quedé con jaqueca. ¡Qué muchacho, Señor!

—Eso me lo sabía yo de corrido—dijo Agapo,—¡las veces que le he visto en la calle Florida detrás de ella! y una tarde, al salir de casa de mi señor hermano, tropecé en la acera con Quilito, y cuando doblaba la esquina vi a Susana en el balcón... Que ellos se entienden, no hay duda.

—Si esto es una fatalidad—exclamó misia Casilda, va a ser un semillero de disgustos para nosotros.

Lo que Agapo no se atrevía a decir, es que él era el protector de aquellos amores contrariados, el correo de gabinete entre los dos tórtolos; su buen corazón no había podido resistir al ruego de Quilito... y a la propina de dos pesos por carta, enternecido ante la desgracia que separaba a sus sobrinos más simpáticos y que más quería. Esto le obligaba a ir con alguna más frecuencia a casa de don Bernardino, y a valerse de estratagemas para comunicar con la muchacha; pero todo lo hacía con gusto... y con provecho. Seguramente que si misia Casilda sabe que en la ocasión en que ella tanto se lamentaba de la ocurrencia, era portador Agapo de una carta traidora, que había de encender más la hoguera sobre la cual ella, por amor propio y amor de su sobrino, trataba de echar el agua fría de la reflexión, no hubiera sido flojo el escándalo. Pero él se guardaba bien de descubrirse... si no, ¡adiós platitos de arroz con leche! la escoba de Pampa y el vigilante...

El sol entraba en el comedor, tan alegre, que parecía de primavera; a su grato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, exponía su vientre de terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su país, con acompañamiento de platos y cacerolas.

—¿Está Quilito?—preguntó Agapo tímidamente.

—Debe estar en su cuarto—contestó la señora.

¡Había subido más enfurruñado! dando portazos y diciendo que iba a hacer y acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se le podía perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija de Gregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jamás dirigido la palabra, como que le dejó en mantillas... y hasta la fecha. Pero él no entendía de razones. Era un muchacha que no tenía pies ni cabeza.

—¿Sabes a qué hora llegó anoche?... hoy, mejor dicho: ¡a las tres y treinta y cinco!

Hacía muy poco que habían dado las tres y media, cuando ella, metida entre sábanas, oyó abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, y pasos apagados en el patio: era el niño que entraba. ¡A las tres y treinta y cinco de la mañana!

—Si todos hacen lo mismo, señora—se atrevió a decir Agapo.

—Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lo mismo, no sé qué juventud es la de ahora; ¡siquiera estuvieran de visita en casas honestas! pero, no, señor, no tienen sociedad ninguna; que se pongan en rueda de señoras y no hay quien les saque una palabra del cuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando le reprendo, me contesta que él no está para perder su tiempo con vejestorios. Lo que a aquel chiquillo hacía falta, era un padre como don Aquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el látigo es un remedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indócil ni descarriado.

—Más se consigue con el cariño, que con los azotes—dijo Agapo acordándose de los sopapos y tundas de su niñez.

—Pues éste no echará de menos los mimos...

Se oyó sonar la escalera del patinillo.

—Aquí le tenemos—murmuró misia Casilda poniéndose muy seria.

Quilito entró, con un cigarro en la boca.

—¡Hola! ¡tanto bueno por acá!

Tiróle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera de níquel, le deslizó hábilmente en el oído esta pregunta:

—¿Hay algo?

El atorrante dijo que sí, moviendo la cabeza, muy risueño, a la vez que se apresuraba a desocupar la cigarrera.

—¿Vienes, Agapo?—dijo el joven.—Me voy a la Bolsa y tengo prisa.

Y mientras el otro se levantaba, la señora, silenciosa hasta entonces, llamó aparte a Quilito; en un rincón, pasando la mano por el cuello de su gabán para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijo bajito que no le parecía bien saliera en compañía de aquel hombre; ¿qué dirían los que le vieran?

—¿No es mi tío?—dijo él con afectada seriedad.

Eso, felizmente, nadie lo sabía; bueno era protegerle en su desgracia, pero no mostrarse con él.

—Si no voy a ir por la calle Florida, tiíta Silda, es para darle algo... y no quiero hacerlo delante de usted por no avergonzarle... En la esquina le despacho.

—Eso es otra cosa.

Y levantando la voz, añadió:

—¡Que les vaya bien!

Salieron ambos, y ya en la acera, a pocos pasos de la puerta, el joven, ansiosamente, pidió la carta, que le entregó Agapo con precaución, contando las fatigas que le había costado conseguirla. El criado de Esteven era muy bruto, y se permitía ofrecerle puntapiés cada vez que le veía; luego, como misia Gregoria estaba con frecuencia en la pieza que da al recibimiento, no era posible hablar a Susana, sin que ella lo pispara. Generalmente, la muchacha abría la puerta de la sala y por la rendija echaba la carta; pero aquel día hasta este recurso faltó, porque estando sin cerrar la vidriera de colores, a causa de la limpieza, del recibimiento se veía todo lo que pasaba en la escalera; hubo que esperar la hora de Palermo. Al salir ellas al paseo, recogió en el zaguán la carta de manos de la santita, en las mismas narices de la oronda misia Gregoria y de Angela, sin que ninguna se enterara. ¿Qué tal? Quilito no le escuchaba: había rasgado el sobre y leía; con el afán de un sediento ante un vaso de agua, saboreaba la miel de la fraseología de su prima, temblándole las manos de emoción.

—¡Ca... ramba!—exclamó echando un terno,—¡maldita suerte la mía! ¿he de estar condenado a vivir siempre separado de ella?

Con gesto de mal humor, dió los dos pesos de la tía a Agapo, recomendándole que no fuera a emborracharse, y allí mismo le dejó plantado, siguiendo la calle de Moreno a buen paso. La verdad es que tenía por qué quejarse de su estrella. El abismo que separaba a las dos familias era tan hondo, que no había medio de salvarle: en la escena del almuerzo pudo comprobarlo; no, ni su padre, tan condescendiente siempre, ni la bondadosa tiíta Silda se prestarían jamás a una reconciliación, y por el lado de los otros, ya se lo había dicho Jacintito con mucha frescura: la tía Goya decía que si se atrevía a poner los pies en su casa, le echaría de escaleras abajo. Pero, ¿qué culpa tenían Susana y él si hubo o dejó de haber en la malhadada testamentaría del abuelo? ¡Renunciar a Susana! nunca, aunque en ello se empeñaran el cielo y la tierra juntos. Se amaban hacía tiempo, de lejos, porque las chicas no iban a bailes y no había medio de hablarse, y se decían muchas cosas con los ojos cuando se veían, que las cartitas traducían luego en períodos almibarados. La fatalidad había levantado infranqueable barrera entre ellos; pero el joven, caprichoso de suyo y testarudo, con la agravante de encamotado, tenía hecho el juramento de vencer todos los obstáculos, y conseguir la mano de la muchacha: ítem más, la reconciliación de las dos familias. ¡Qué final de melodrama más hermoso; una boda y pelillos a la mar, o canje de abrazos fraternales entre los que han andado durante toda la obra tirándose los trastos a la cabeza! Por eso quería hacerse rico de prisa, para tener algo que ofrecer a la novia y con qué amansar a los padres: la lotería, la Bolsa y la timba de clubs y cafés, todo lo ponía a contribución; hasta entonces su estrella seguía nublada, pero el gran día llegaría... porque forzosamente tenía que llegar.

Entretanto, ¿a dónde iba? Por la tarde debía encontrarse en Palermo: ella estaría. Y aquí cumple confesar otro de los inconvenientes en que el pobre muchacho tropezaba, un síntoma más de la vida artificial, que su mala educación y las pretendidas exigencias sociales le obligaban a llevar. Para ir a Palermo, se necesita coche de lujo y para hacer la corte a una muchacha high-life concurrir a teatros y a bailes; Quilito era pobre, pero él iba en coche de lujo y se mostraba en palco todas las noches. ¿Cómo hacía semejante milagro? Digamos la verdad: a costa de sus amigos ricos; era un gorrón y nada más, dicho sea sin ofenderle. Pegajoso con aquellos de quienes podía sacar algo, sabía llegar a la casa en el momento en que iban a sentarse a la mesa, cansado de los guisotes de Catalina y los platos criollos de la tía Silda; cuando iban al teatro, cuando iban al paseo: era un lebrel a caza de invitaciones. En todas partes estaba, y siempre de arriba. Así podía darse ese barniz de rico, que engañaba a los más y hacía sonreir desdeñosamente a los paganos y sabedores del secreto, pero que bastaba para la satisfacción de sus gustos y de sus propósitos, desde que la suerte le había colocado en posición inferior a la que él tenía derecho a ocupar, y la sociedad, no su presunción, le exigía cubrir las apariencias.

Ahora pensaba de qué amigo valerse para ir a Palermo. X*** le había convidado la víspera a comer en el Café de París; Y***[**] le pagó el coche y las entradas de las carreras del domingo último; Z*** le llevó a su palco de la Opera, el lunes. De dos o tres más, había recibido en la semana iguales o parecidos favores. Quedaba Jacinto Esteven. Con Jacintito tenía más confianza: cierto es que la butaca de Colón se la regaló él la noche anterior, pero era su primo y no tenía nada de particular que ocupara la tarde siguiente su elegante faetón. En definitiva, el chico de Esteven cargaba con los gastos de representación de Quilito, comodidad muy grande e inapreciable para el que no tiene en su presupuesto partida tan importante y necesaria. Quilito pasaba por el rodrigón de su primo Jacinto, y a él acudía siempre aunque, por delicadeza, no dejaba de hacerlo también con X***, Y*** Z*** y los demás de su círculo. Vaya por Jacintito, pues.

Tenía éste un escritorio de comisiones en la calle Piedad, en una casa vieja que parecía iba a derrumbarse de vergüenza al ver, a sus lados y a su frente, edificios nuevos y lujosos, y de mostrar su fachada desconchada y sus ventanas del año 10 en barrio tan concurrido. Era el escritorio una pieza reducidísima, tan obscura, que había sido necesario abrir una claraboya; las paredes cubiertas de un papel de ramos dorados, que la humedad había deslustrado y dejaba colgar en jirones; sin más muebles que dos mesas de patas largas, con sus bancos correspondientes, un sofá y cuatro sillas sueltas; una mampara de pino pintado cubría la puerta de calle, y al exterior, a ambos lados de esta puerta, se veían dos planchas de metal, que nunca se limpiaban, con este letrero: Esteven y C.a—Comisionistas. Adentro, la atmósfera apestaba a cigarro; el polvo blanqueaba los muebles con espesa capa, sobre la cual el dedo de algún desocupado se había entretenido en hacer dibujos estrafalarios, pues allí parecía no haber más plumero que los faldones de los visitantes y la manga de los escribientes; el suelo, de madera, estaba esmaltado de puchos, salivazos, fósforos servidos y papeles rotos.

Cuando Quilito entró, Jacinto en el sofá leía un periódico, y encaramado sobre un banco, escribía un joven muy rubio, casi albino, el socio, o la compañía de que hablaba el letrero. Hijo de inglés y nacido, en el país, seriote, reservado, un erizo a primera vista y un pedazo de pan en el trato diario, sobre él gravitaba todo el peso de la razón social; porque Jacintito no era sino un socio de lujo, que había aportado gran parte del capital y su apellido conocido, sin dar palotada en lo que tenía entre manos, pues él sólo entendía de juego y de caballos. Míster Robert llevaba los libros, trataba con los clientes, discutía transacciones; era el poder legislativo y ejecutivo del escritorio. El otro tenía sólo los honores de pantalla: llegaba después de las doce, siempre soñoliento; oía bostezando la relación que, por mera fórmula, hacía el inglés, plantado en su alto sitial; recorría los periódicos, mientras venían los amigos...

—¿A cuánto el oro?—preguntaba.

Quedábase absorto, como un gran financista abismado en sus cálculos.

—Qué le parece, míster Robert, las cédulas siguen bajando; esta es la ocasión de dar el golpe.

El inglés protestaba de estas especulaciones bursátiles; a pesar de la angustia que invadía poco a poco la plaza, la casa parecía marchar con desembarazo, sabiamente guiada por tan prudente piloto.

—La mejor jugada es no jugar—contestaba.

No insistía porque, al fin y al cabo, Jacinto iba a la Bolsa de su cuenta y riesgo, y tenían además las espaldas bien guardadas, pues detrás de la razón social estaba la robusta fortuna de don Bernardino.

Antes de la una, salía Jacintito para la Bolsa, después de charlar en el escritorio con los amigos y discutir con míster Robert. Aquella sesión de barbilampiños, en que se exponían las más peregrinas teorías económicas, con la gravedad de padre de la patria, y se barajaban los millones de pesos como simples naipes, ofrecía especial interés; había empleadillo de tres al cuarto, que hablaba de hacer una operación de muchos miles, y niño apenas destetado, que decía con arrogancia que el Banco acababa de otorgarle fuerte suma con su sola firma; el hermano de alguien que estaba en el candelero, pellizcándose el bozo incipiente, brindaba su poderosa influencia, y un rabonero recalcitrante, sin más haber que las dádivas de su papá, se lamentaba de sus pérdidas en la última liquidación. Pero el que allí predominaba, por su desfachatez y su audacia, era Quilito; como su padre estaba empleado en un Ministerio, y debía conocer al dedillo los secretos políticos, hacíase él sabedor de noticias gravísimas, que iban a influir de manera formidable sobre la plaza; ¡ya verían a dónde llegaba el oro! Se lo acababan de decir al salir del Café de París, con el palillo todavía entre los dientes. ¿Quién? Un personaje que entra y sale en la Rosada, como Pedro por su casa: tal ministro se apretaba el gorro, porque el que todo lo puede, se lo había sumido hasta las orejas. O si no era algo muy feo, descubierto en cierta repartición, o algo peor atribuído a algún fantoche de las esferas oficiales. Los otros abrían tamaña boca. Debía ser cierto, cuando Quilito lo decía. ¿Y si soltaba el trapo a disertar sobre finanzas? tenía tales trazas de catedrático, que nadie chistaba.

—¿Qué noticias traes?—le preguntó Jacinto.

—¡Psh!—hizo Quilito,—lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo.

Echóse el sombrero a la nuca, y saludó con un gesto familiar a míster Robert.

—A quien se va a llevar el diablo es a mí—dijo Jacintito estrujando con rabia el periódico,—¡estoy de un humor! ¡maldito sea o senhor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo!

—¿Te ha echado otra vez la garra?

—¿Cómo no? pero la culpa es mía. ¡No le costó poco arrancarle al viejo los cinco mil nacionales, que debía al pícaro portugués! Si uno pudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa...

Jugó a la alza, cuando ésta se mostraba firme, y de repente la baja se pronunció, sin saber cómo ni por qué, arrastrando en su caída a muchos incautos, él entre ellos; quedó deudor de cierta suma, a pagar dentro de las veinticuatro horas, no se atrevió a acudir al padre, esperando resarcirse en otra jugada, y para salir del paso valióse del usurero. Siguió adversa la suerte, y entretanto, llegó el plazo fijado por don Raimundo; no hubo más remedio que impetrar del viejo la salvación. Le puso una cara y le echó un sermón de fraile descalzo, pero aflojó la mosca, que era lo esencial; dióle a entender, sin embargo, que aquella sería la última vez, pues la borrasca se acercaba, y según indicios, iba a ser muy fuerte y muy pocos los que escaparían de ella.

—¡Chocheces de viejo!—dijo Quilito con suficiencia:—si te cierra la bolsa, acudes al Banco, que es el padre común de los fieles.

—No habrá más remedio...

Bajó la voz, porque quería contar algo que no convenía oyera el socio, inclinado sobre el pupitre. El padre le había dicho también, que veía con sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por la centésima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupción la madre en el despacho, y adhirió su protesta a la de don Bernardino, significando que había observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y el primito que le olían a festejo descarado, lo que hizo enfurecer al padre. Salió Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no había tal delito, que no podía haberlo, porque él, compañero inseparable, y a mucha honra, de su primo, tenía que estar enterado, como lo estaba, de que el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la tía Goya, sin dar su brazo a torcer, llamó a la barra a la supuesta cómplice, y entre todos se la sometió a minucioso interrogatorio. Susana negó de plano, y el juicio quedó terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino:

—¡Ni ahora ni nunca daré mi consentimiento, en el caso desgraciado que a un hijo mío se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos ha ofendido!

—¡Nunca, nunca!—apoyó el fiscal, o sea misia Gregoria.

Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugnó la sentencia, declarándola improcedente, porque no había motivo para dictarla, e inicua, porque era la sanción de odios que los años debían haber apagado. En cuanto a la amistad del primo, demostró el propósito de perseverar en ella... porque no le quitaba a él ningún pedazo, ni le haría perder casamiento, como aseguraba su madre.

—Tenía los cinco mil en el bolsillo—concluyó Jacinto,—y bien podía desahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan.

Quilito, muy contrariado, replicó:

—Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada en casa. ¿Quién será el inventor de esa zoncera? Ni yo miro a tu hermana, ni ella a mí. Además, ninguno de nosotros tiene nada que ver en que ellos anden como el perro y el gato.

Cambiando de conversación, preguntó:

—¿Vas a Palermo?

—Sí, iremos; a las cuatro viene el faetón.

—Bueno; ya que te empeñas...

Abrióse la mampara y entró un hombre, que parecía una figura de cromo: muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojos pequeños y penetrantes, con un levitón color de café y una chistera tornasol; era el muy respetable señor don Raimundo de Melo Portas e Azevedo, de estado casado, de nacionalidad portugués y de profesión usurero, el ángel protector de empleados impagos y pensionistas atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entró haciendo saludos de miope y se sentó sin ceremonia en la primera silla que encontró, colocando la chistera sobre sus rodillas, después de mirar y convencerse que no había sitio más apropiado.

—Ya está usted aquí, señor don Raimundo—dijo Jacintito.

—Hoy estamos a 26 de mayo—contestó el viejo secamente.

—Lo sé, lo sé; ¡Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de su almanaque!

Sacó la cartera y le pagó, presentando los billetes con arrogancia; calóse las gafas el otro, maravillado de tal espectáculo y metió las narices en ellos, menos por causa de su miopía, que por regalarse el olfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; y como quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de sus clientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los oídos rellenos de algodón para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudor moroso, quedóse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonrió, más de gozo íntimo, que por parecer amable.

—Me alegro y me felicito—dijo ensayando nuevo saludo;—esto me prueba que marchamos viento en popa.

—¡Y tanto!—contestó Jacinto con petulancia.

Quilito, así que vió aparecer al portugués, sintió cierto desasosiego, y para ocultarlo, cogió el periódico que tenía cerca y lo colocó delante de su cara, fingiendo estar entregado a la más interesante lectura; de vez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le parecía tan feo y repulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y se abocó a él, más muerto que vivo. La punta de la nariz se le movía entonces, como ahora, y mostraba también sus dientes mellados y los colmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas que podían servirle de fiador.

—Sí, Vargas, Vargas—decía mascullando las palabras,—empleado con ochenta nacionales... esto no basta. ¿No tiene usted un pariente o amigo de representación?...

Y Quilito echó mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su tío, don Bernardino Esteven.

—Eso es otra cosa—exclamó el usurero;—conozco mucho al señor Esteven; cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida.

—Espero que no hablará usted a mi tío, ni a nadie, de este asunto.

—Sólo a plazo vencido y letra protestada—contestó don Raimundo levantando un dedo, lo que al muchacho se le antojó terrible signo de amenaza.

Todavía el plazo no había vencido, faltaba un mes, pero la suerte le trataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22 de junio, sin un centavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. ¿Le habría conocido? Era tan corto de vista... Inquieto, sin embargo, se levantó y fué a hablar con míster Robert, procurando dar la espalda; ambos se enredaron en una discusión política de tono muy subido.

—Si aquí no hay opinión, ni energía, ni principios, ni nada, ni quien se levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre, como a Diógenes, míster Robert.

—Lo que hace falta es no vivir al día, y gastar menos de lo que se tiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar el porvenir al trabajo honrado y no al azar del juego.

—Diríase que es usted situacionista.

—No lo fuí nunca y menos lo sería ahora.

—Pero no me negará usted que aquí todo se vuelve hablar y nada entre dos platos. Luego, el ministro de Hacienda...

—¡Si todos fueran como usted!—decía don Raimundo guardando enternecido los billetes en el bolsillo interior de su levitón;—se está poniendo la plaza de tal modo, que no sabe uno ya con quién trata.

—Ya tendrá usted sus quebraderos de cabeza—insinuó Jacinto,—y qué gastar muchas botas y cansar mucho las piernas.

—¡Ay, ay, ay! le citaré a usted un caso, uno de los mil que me han ocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***, ¿verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de viso y jugador de muñeca, que vino de su provincia cantando y ahora hace bailar los títeres a su antojo... Pues no puede pagarme los veinte mil pesos que me debe y que en un momento de apuro le presté a escaso interés, créalo usted, a muy escaso interés. Y S*** es un hombre que tiene todos los Bancos a su disposición, pero está de tal modo metido en negocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar a otro. Y si esto sucede con los pájaros gordos, ¿qué no ha de suceder con esos chingolos, que la enfermedad de la época ha contaminado, pichones caídos del nido y desplumados? Pero, señor, si aquí todos estamos locos o poco menos; la pasión del juego de Bolsa se ha desarrollado en forma tan alarmante, que hasta mi señora, Belarmina, una excelente mujer que no ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme los botones, ha echado también su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me ha preguntado, con mucho interés, si las cédulas tales subían o bajaban. Mi hijo, que tiene ocho años, me ha declarado que él será corredor de Bolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga del colegio.—Siquiera tuviera quince años—dijo la madre.—Por mí le habilito la edad—contesté;—para ser corredor más que inteligencia, necesita buenas piernas. En fin, sería el cuento de nunca acabar: el sebo de una fácil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afán del lucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido pie y empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas será un rechinar de dientes.

—Así tuviéramos buen gobierno—decía Quilito.

—Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, ¿cómo hemos de gobernar al país?—replicaba el inglés descargando golpes con la regla sobre el pupitre;—lo que yo siento, es que aquí vamos a pagar justos por pecadores.

En la calle el rumor de vehículos y transeuntes ensordecía; los muchachos pregonaban a grito herido los periódicos de la tarde.

—¿Y su papá de usted?—preguntó don Raimundo bajando la voz,—¿qué tal le va en medio de esta marejada? Me habían dicho que tuvo pérdidas de consideración el último mes y que dos quebrados le dejaron clavado.

—¡Macanas!—respondió Jacintito con desprecio;—el viejo sabe lo que se hace.

—Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo.

Le miraba a través de sus gafas con insistencia: el chico debía estar en el secreto de la verdadera situación de su padre, porque ésta no puede ocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguían inconmovibles, ¿por qué le había buscado a él, don Raimundo? Cuando se acordaba de que existían prestamistas, es que iba a pedir lo que quizá en aquel momento no tenía... Sus pérdidas recientes en la Bolsa y su visita, sin resultado, porque no le encontró. Don Raimundo ataba estos cabos.

Jacintito miró el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa. ¡Aquel era el gran día! Su corredor le esperaba después de la primera rueda; si la baja se acentuaba, la operación se realizaría con una no despreciable ganancia. No había de hacer siempre el perdidoso...

—Pues vamos allá, a ver si logro pescar algunos clientes, que se me escurren como anguilas.

Levantóse el señor de Melo Portas e Azevedo, cubrió su calva con la chistera tornasol y se dirigió a la puerta, después de saludar a derecha e izquierda.

—¿No vienes?—preguntó a su primo, Jacintito.

—Te espero—respondió Quilito sin volverse.

Cuando el joven y el prestamista salieron, un sol radiante iluminaba la ciudad; eran las dos y un hacinamiento de carros, carruajes, caballos y transeuntes obstruía la calle y las aceras, con zumbido colosal de colmena entregada al pillaje. El tranvía, inmóvil, pedía con estridente toque de corneta paso franco, mientras un grupo de desocupados rodeaba al caballo de un vehículo, caído en mitad de la vía, bajo el peso de su carga y de sus largos servicios; entre el vigilante, el carrero y el mayoral, había ruda porfía a quién gastaba más ajos y cebollas, para dejar bien sentado su derecho y su cultura: el vigilante, un chinazo de pera, los ojos atravesados, el kepis sobre la oreja, usando de malos modos y peores palabras; el carrero, un criollo pura sangre, de chambergo ladeado y pañuelo al cuello, y el mayoral, un compadrito de melena, dandy echado a perder, contoneando las caderas a compás. Y mientras estos tres oradores de plazuela desfogaban su elocuencia, en medio de las risotadas del auditorio, yacía el triste animal sin movimiento, la noble cabeza cogida bajo las varas del carro, echando en cada resoplido espumarajos sanguinolentos. Pasaban lujosos equipajes, camino de Palermo; en la calle, demasiado estrecha, no había espacio para todos: al lado de elegante victoria, marchaba enorme carromato, cargado de cajones, o de pipas o de sacos, dando tumbos en los baches del empedrado, con espantoso chirriar de ruedas; se encabritaban los caballos, juraban los cocheros, y había linda cabeza que se asomaba a la portezuela, con inquietud o impaciencia. Por la acera, las gentes andaban de prisa, no como personas que se pasean y a quienes la hora poco importa; cada cual con rumbo fijo, al grano de sus negocios, contando los pasos y los minutos. Y sobre todo aquel rumor de océano encrespado, resonaba el grito de los vendedores ambulantes y el toque de corneta del tranvía, que parecía la llamada pavorosa del juicio final.

—¡Que vengan después a decirnos que estamos en crisis!—exclamó don Raimundo;—mire usted, amigo Esteven, el movimiento y la vida de esta ciudad populosa y rica; todos parecen nadar en la opulencia y llevan cara de satisfacción. Allí va la mujer de S***, el fantasmón de quien le hablaba hace poco: fíjese en su tren de princesa; entretanto, el marido no paga a nadie. Y así muchas y muchos. Pero de esto no tiene la culpa el país, cuya prosperidad no puede sufrir eclipse sino momentáneo, para volver a brillar con nuevo y poderoso resplandor. La crisis que aquí tenemos, amigo Esteven, es de sentido común.

Siguió filosofando a sus anchas, desatada su lengua y animada su imaginación por la pesca de los cinco mil. Pasó en revista las causas de la crisis y discutió sus efectos, con cifras y con datos, mientras daba a las alas de su nariz aquel movimiento de bomba aspirante, que tanto chocaba a Quilito. Jacinto, tirando nerviosamente de su patillita rala, pensaba que aquel hombre se ponía muy fastidioso, cuando tomaba la palabra; contestaba con signos afirmativos a las disquisiciones del portugués, reservando su opinión para no caer en la polémica. Pero el otro no callaba; volvió a la carga sobre aquello de los pájaros gordos, que parecían repletos y sin embargo iban a pedirle un poco de alpiste, bajo secreto de confesión... Jacinto no chistó.

—O no hay nada, o no sabe nada—se dijo don Raimundo.

Entretanto, en el escritorio, Quilito se aburría. Agotada la discusión política, míster Robert reanudó sus anotaciones en el libro mayor, y el joven fué a sentarse en el sofá, donde encendió un cigarro y se puso a leer de nuevo la carta de su prima. Pero esta vez, las palabritas dulces, no le hacían ningún efecto; sin concluirla la guardó, y quedóse cavilando sobre la relación de Jacinto, desalentado ante la gravedad de la lucha; él iba a la conquista de la felicidad y de la fortuna, al asalto, al escalamiento, como tanto guerrero intrépido de la época. ¿Por qué no había de hacerse rico, por un golpe audaz de la suerte? Entonces, seguramente que don Bernardino no haría ascos a su candidatura, y las diferencias de familia quedarían olvidadas. Miraba a míster Robert y se encogía de hombros con lástima. No, no se vería él en ese espejo. Allí estaba de la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin descanso, sin distracción, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y así todos los días, todos los días... hasta que la enfermedad le clavase en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte. Entretanto, habría pasado los mejores años de su vida sin gozarlos, dejando para otros el fruto de lo que él sembrara...

Un doctorcito, de estos que apenas salen de las aulas, ya se presentan candidatos a todos los puestos vacantes de importancia, sin más títulos que su título y sin más bagaje científico que los atracones, a fin de curso, de textos sin digerir, y así hacen de jueces y diputados, como juegan los niños haciendo de generales y de obispos, entró con mucho sonar de botas nuevas, preguntando dónde estaba Jacintito.

—Hace una hora que le busco, porque mi corredor me dice que las acciones siguen bajando y ya es tiempo de largarlas.

Decía mi corredor, como diría mi zapatero.

Quilito contestó:

—En la Bolsa le encontrarás.

Y cuando el otro salía, acompañado del chasquido de sus suelas, le asestó esta cuchufleta:

—¿Y qué tal la diputación? ¿te nombran; quiero decir, te eligen, por fin?

Reíase del flamante doctor, aunque con secreta envidia. Todavía no había alcanzado él la suspirada borla, pero se consolaba, porque él tenía también su corredor.

Pasaba el tiempo. Míster Robert escribía imperturbable, abstraído en su tarea, como si estuviera solo. Quilito tiró el cigarro y se acostó en el sofá, bostezando. Cerró los ojos, decidido a esperar la vuelta del primo durmiendo, porque la compañía del inglés, a quien nadie arrancaba de sus libros, era más soporífera que una infusión de opio. La mampara volvió a abrirse, y apareció primero una chistera descomunal, luego una cara de muñeco llorón y por último un cuerpecito ataviado de larga levita, y botas altas, que todo él hubiera cabido, como en una funda, dentro del sombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traía el faetón. Quilito saltó del sofá y fué a la puerta a ver el carruaje. ¡Qué corte más elegante tenía y cómo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! el caballo, un alazán hermosísimo, tascaba el freno, impaciente, moviendo sus piernas finas y nerviosas.

—¿No has visto al niño?—preguntó Quilito al lacayo.

El chico contestó que no, ajustándose el sombrero, que parecía venirle algo grande.

—Mira que concluirá por cubrirte del todo—dijo el joven riendo.

Por fin llegó Jacinto, cariacontecido y de mal humor.

—No he podido hacer la operación—exclamó con un juramento.

—Lo dejas para mañana, hombre, ¿qué apuro tienes?

Jacinto entró en el escritorio, vió a míster Robert trabajando siempre, y no queriendo interrumpirle, salió y dijo a Quilito:

—¡Vamos a Palermo!

Subieron ambos en el faetón, colocóse detrás el lacayito, empuñó Jacinto las riendas y al ligero latigazo, arrancó el alazán gallardamente.

Y entonces, vínole a la memoria a Quilito la frase de su tía aquella mañana:

—¡Por este camino, hijo mío, no llegarás a ser sino un segundo Agapo en la familia!

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