PARAGUAY
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Tierra de sol, tierra de épica historia, tierra de leyendas. Lo que hicieron sus hombres en la guerra terrible, se ha contado a los niños de América, como las hazañas de los héroes homéricos o los cuentos fabulosos. Porque allí se demostró con sangre y muerte, saber de patria y de sacrificio, quizás como en ninguna parte, y el poeta argentino de la barba florida pudo cantar:
Llora, llora, Urutaú En las ramas del yatay; Ya no existe el Paraguay Donde nací, como tú: ¡Llora, llora, Urutaú!
Y cuando los niños que quedaron fueron a su vez hombres, ya que no lucharon con el extranjero, lucharon y luchan entre ellos, como en otras tierras de nuestra América. ¡Fatalidad!
Y esa región es bella, ubérrima, digna de los halagos y de los beneficios del porvenir, si paz y trabajo hubiese en la concordia de sus hijos.
Leyendo la monografía de Lisoni, se admira el portento de ese suelo feraz que riegan las corrientes copiosas del Paraná y el Paraguay; sus bosques llenos de árboles preciosos; sus plantaciones de hierba-mate, verdadera mina vegetal que produce al año 17.600.000 libras; el quebracho colorado y el palo rosa, aparte de otras maderas preciosas que son tesoros para la ebanistería, y el árbol del incienso y el bombax de seda. Todo lo más rico, variado y bello que da la tierra fuerte, hay en aquella Mesopotamia gloriosa del Sur, en aquel país mediterráneo, privilegiado por la Naturaleza en el portento de su flora y en una primavera eterna y saludable. Solamente la cosecha de tabaco llega a 6.000.000 de libras por año. La institución agrícola oficial trabaja con celo y constancia y anualmente se multiplican los rendimientos agrarios.
Es grande la exportación de algodón paraguayo, de larga fibra, tan estimado en los mercados alemán, holandés y británico. El aceite de petit-grain—zumo de hojas de naranjo—es fabricado en varios establecimientos destiladores del distrito de Yaguarón. El cultivo del arroz se realiza con provechoso esmero, y la Sociedad Nacional de Agricultura otorga premios a los cultivadores del mejor grano.
El negocio pecuario durante los dos últimos lustros se ha desarrollado inmensamente, hasta el punto de que ganaderos argentinos y brasileros han sentado sus reales en el país, efectuando exportaciones continuas de tasajo a España, Brasil y Cuba, y de cueros a Europa, donde alcanzan altos precios.
No obstante los desórdenes revolucionarios frecuentes, los gobernantes paraguayos se preocupan de estimular la inmigración, y hay colonias italianas que han dado excelentes resultados. En la actualidad se piensa introducir familias asiáticas para el cultivo del tabaco, la caña dulce y el arroz.
En mineralogía no es escaso el Paraguay. Cuenta con minerales diversos, entre los cuales deben contarse el cuarzo, el caolín, el hierro, el manganeso, el cobre, el mercurio, y con piedras preciosas como el ópalo y la ágata.
Según los mejores cálculos estadísticos, el movimiento comercial paraguayo asciende a 12.000.000 de pesos anuales. En 1907, por ejemplo, llegó a la suma de 12.233.823 pesos. Todo lo cual indica de manera indudable que el Paraguay, gozando de paz sólida, sus hijos entregados a la noble labor de la riqueza nacional, podría llegar a un desarrollo inmenso, aportando producciones cuantiosas al mercado universal.
Hacer que llegue esa hora de concordia y de labor, debe ser la idea primordial de cada buen patriota en la linda tierra Guaraní.
A consecuencia de la guerra espantosa de 1865 a 1870 que desoló al Paraguay, llevándolo a una miseria inaudita, las ciudades y pueblos quedaron reducidos a escombros, y sólo restan de los tiempos de bravura heroica muy contados edificios. Entre ellos son de recordar, por su sobriedad y su belleza arquitectónicas, el palacio de Solano López y la iglesia Catedral de La Asunción, ciudad la más ilustre en época memorable, cuando fué el centro metropolitano del Sud-América, por su ruidoso fausto. En los arsenales de La Asunción se construían barcos, armas y municiones para la guerra, y ese gran desarrollo industrial animaba extraordinariamente la capital por aquel entonces, cuyos ecos ha sabido recoger y eternizar la historia en capítulo aparte.
Hoy el Paraguay trata de renacer, como el ave mitológica, de sus cenizas y escombros, y en el recuerdo de sus épicas desventuras se levanta en el continente americano, como un ejemplo admirable de patriotismo. El Paraguay es un ejemplo hoy que el águila yankee mira hacia el Sur, como orientándose para un vuelo de rapacidad conquistadora.
Véase lo que una pluma serena—aunque optimista en la actualidad—escribió sobre el Paraguay, haciéndose intérprete de la nueva era:
«Enclavado el Paraguay en el centro mediterráneo de Sud-América, rodeado de grandes ríos, pero apartado de los centros y vías oceánicas de comunicación directa con Europa, vióse obligado a permanecer muchos años como viuda feudal envuelta en sus negras tocas, a la húmeda sombra de sus terrones.
»Llegó, sin embargo, al Paraguay la gran revolución del siglo; tendió el progreso sobre la tierra los rails de la ferrovía, por aire los alambres del telégrafo y teléfono, y el vapor por sus ríos navegables, y la heroica viuda, cumplido el luto por el fatal destino, abrió de nuevo su pecho a la esperanza, despojó a sus hijos de anticuadas preocupaciones, ensanchó sus estrechas creencias para que entrara en sus templos la luz de la fraternidad y de la tolerancia, dió a fundir para calderas de vapor el hierro de sus montañas, empleado antes en campanas, fusiles y cañones, compró segadoras y trilladoras para los colonos, cargó los trenes y navíos con las producciones naturales y desarrolló la industria y el comercio, que sirven de base a la prosperidad.
»Desde 1870, todo se ha modificado y transformado en el Paraguay en sentido favorable. El trabajo ha emancipado al pueblo de la miseria y de la orfandad en que lo dejaron los desastres pasados, mejorando su condición moral y social; la riqueza pública ha aumentado considerablemente, debido a las múltiples causas económicas, y el movimiento general en todas las esferas de la actividad es en la actualidad superior al de cualquier otra época pasada. El desenvolvimiento que adquieren las instituciones de crédito, las industrias que cada día se implantan, la rápida y creciente valoración de la propiedad y la importancia que han adquirido las transacciones comerciales por sus proporciones, son signos de prosperidad, que vienen a revelar que existen en el país gérmenes fecundos de vitalidad que, desarrollados convenientemente, concurrirán a la formación de la grandeza futura.»
La historia del valiente Paraguay es una epopeya sui generis. Pueblo fundado en condiciones tan especiales como las dispuestas por la real cédula de 1609, su organización fué única en el Continente.
Dice Lisoni en la monografía:
«Los jesuítas encargáronse de la sumisión de los nativos y de su conversión al cristianismo. Fundaron ciudades, construyeron templos y establecieron el régimen especial de las reducciones. Fué tal la organización de las misiones paraguayas y la educación que daban a los aborígenes, que no sólo desarrollaron enormes riquezas, sino que también cimentaron el poder religioso más grande que recuerden los fastos americanos.
»Dueños así de más de 160.000 indígenas, provocaron graves dificultades a los gobernadores españoles por fines netamente materiales, hasta que, cansado el Gobierno central, hubo de disponer su expulsión y la de todos los dominicos ibéricos, en 1767, pasando las misiones a poder de frailes franciscanos y mercedarios.
»La obra de los jesuítas vivió mientras ellos dominaron; pues como dice Héctor Decoud, el edificio social levantado por ellos se desplomó con su salida, dejando sólo el triste rastro de una funesta educación. Aquellos padres, en lugar de organizar pueblos con aspiraciones a la libertad y al progreso, formaron esclavos fanáticos sin ninguna iniciativa personal.
»Latente ese estado de cosas, llega el instante solemne de la Independencia, inspirada por Fulgencio Yegros y Pedro Juan Caballero. Realizóse el 14 de Mayo de 1811, sin efusión de sangre, merced a la energía y decisión de este último, a la adhesión incondicional del pueblo a la causa emancipadora y a la tentativa del gobernador español para restaurar el régimen de la colonia, constituyéndose la primera Junta gubernativa de la República con Bernardo de Velasco, como presidente, y los vocales Gaspar Rodríguez de Francia y Juan Valeriano Zeballos.
»El 18 de Julio del mismo año, reunida la Asamblea paraguaya, creó una nueva Junta de Gobierno, formada por cinco miembros: Fulgencio Yegros, Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco Javier Bogarin y Fernando de la Mora; el primero como Presidente y el último como Secretario, y dictó una serie de leyes relativas a empleos políticos, civiles y militares, acordándose, en lo que respecta a los negocios extranjeros, conservar íntimas relaciones con Buenos Aires y demás provincias confederadas anular el juramento prestado al Consejo de Regencia y desconocer la Corte de España, y nombrar al doctor Francia diputado al Congreso General de las Provincias Unidas.
»Con motivo de un conato de revolución instigado por los españoles y descubierto oportunamente, hubo de reunirse el 1.o de Octubre de 1813 el segundo Congreso General, con asistencia de mil diputados electos, con el fin de ratificar la declaratoria de Independencia, cambiar al Paraguay el nombre de Provincia por el de República y sancionar una Constitución que confiaba el ejercicio del Poder Ejecutivo a dos magistrados, con la denominación de Cónsules, que tuvieron el grado de brigadieres de ejército, cuyas obligaciones principales consistían en asegurar la conservación, seguridad y defensa de la República, formar el Tribunal Superior de Justicia, desempeñar la Comandancia General y atender a los demás ramos de la Administración.»
La intelectualidad paraguaya es tan contada como distinguida y vigorosa. Manuel Gondra, Cecilio Baez, José S. Decoud, Alejandro Audivert, Teodosio González y otros literatos, poetas pensadores, constituyen una verdadera élite mental. En el ministerio, en la cátedra, en la tribuna, en el libro, el pensar paraguayo es eminente.
El alma nativa, propensa al ensueño y enamorada de la gloria, da campo a los escritores nacionales para ejercer el apostolado de todas las grandes ideas del arte, de la filosofía, de la patria. El mismo dialecto Guaraní, lengua armónica, melodiosa y sensitiva, revela la varia intensidad del espíritu paraguayo, y es una demostración de la grandeza de aquel pueblo. Tal lengua tiene su literatura. Una literatura llena de brillo y sentimiento, que cuenta con poemas de vasta inspiración, en que son alabados dulcísimamente los encantos naturales: el natural amor, el río de plata, la flora magnífica.
En el Paraguay se atiende con particular esmero a la instrucción pública, y entre sus más entusiastas y eficaces propagandistas no es posible olvidar a Arsenio López Decoud, educacionista y escritor notable; a Enrique Solano López, hijo del mariscal Francisco Solano López; a Teodosio González, doctor en ciencias jurídicas de la Universidad de Buenos Aires; ni a Carlos Cálcena, que asistió al Congreso Científico de Montevideo, en 1901, representando al Instituto Paraguayo.
Ni hemos de omitir tampoco el nombre de quien ha sido calificado como el más brillante de los poetas nuevos del Paraguay: Juan E. O'Leary, periodista valiente y autor de libros evocadores. Con O'Leary han contribuído al realce de las letras continentales Ignacio A. Pane, Manuel Codas, Alejandro Brugada hijo, y otros que en el momento no recordamos. Todos ellos intelectos meritorios.
No de otro modo puede ser en un país, en donde lucen figuras como las que presenta Silvano Mosqueira, en sus Semblanzas Paraguayas que acabo de recibir, y que me he complacido en leer.
En el prólogo explica Mosqueira: «La importancia de una Nación no se juzga sólo por su riqueza económica, por los millones depositados en su tesoro, sino también, y muy principalmente, por la cantidad y calidad de sus hombres de pensamiento.»
Luego nos habla de Manuel Domínguez, Cecilio Baez, Blas Garay, Héctor Velázquez, Manuel Gondra y Juan Silvano Godoy de modo entusiástico y justiciero.
Refiriéndose a Manuel Gondra, a quien el que estas líneas escribe tuvo la honra de conocer en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, y de apreciar de cerca sus altas dotes mentales, dice Mosqueira:
«¿Cuál es el papel histórico que los acontecimientos señalan a D. Manuel Gondra en el escenario político de su país? ¿Cuál es la misión que debe desempeñar un ciudadano colocado a su altura moral y científica?
»De hecho, por aclamación, sin una voz discordante, Gondra es el jefe intelectual nato de la juventud estudiosa. Goza de un prestigio sólido indisputable, entre el elemento joven. Por razones políticas, los que pudieran rivalizarle se hallan inhabilitados a disputarle la preeminencia en el ánimo de sus compatriotas.»
Estas palabras del Sr. Mosqueira se pudieran llamar proféticas, pues el Sr. Gondra ocupó la Presidencia de la República, y ha seguido figurando activamente en la alta política de su país, después de la revolución que no le permitió llevar a cabo sus ideas progresistas. Actualmente, después de concluída la última contienda paraguaya, ocupa el Sr. Gondra el Ministerio de la Guerra. En cualquier puesto que ocupe, será siempre el mismo gran ciudadano que procurará el bien de su patria.
Que las conmociones guerreras—de ancestral influencia—tengan definitivo término, y que bajo una bandera de armonía—la nacional—, mediten los bravos paraguayos en el porvenir.