LESSEPS Y PANAMÁ
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Quando escribo estas líneas, se inaugurará el Canal que costó tanta vida francesa, tanto dinero del ahorro francés, y que debió ser llevado a término por la energía francesa. Quienes lo han concluído y quienes lo inaugurarán, serán los Estados Unidos.
El yanki recoge, fría y calculadamente, lo que el ímpetu y el entusiasmo latinos sembraron con demasiada confianza y sin previsión. Pero si hay una justicia sobre la tierra, un grandioso monumento deberá alzarse del lado de Colón, o del lado de Panamá; y ese monumento habrá de conmemorar el nombre, dos veces glorioso, del gran francés Ferdinand de Lesseps.
El año de la débacle panameña, en el momento de la tempestad, quien escribe estas líneas llegaba al itsmo de Panamá, en viaje de Chile a la América Central.
La primera impresión recibida en Colón, fué la siguiente: En el Océano, barcos de guerra de Inglaterra, Alemania, Francia, España, los Estados Unidos, etc., para proteger los intereses de los respectivos países; en tierra, en un inmenso rosario de vagones, un inmenso ejército de africanos desnudos que, alzando los brazos, lanzaban horribles gritos. Era una página flaubertiana, o mejor, de Kipling.
Eran esos negros que se reembarcaban parte de un numeroso rebaño de salvajes de Africa, que un buen contratista llevó al istmo para el trabajo del Canal. Los negros no sabían casi una sola palabra fuera de su dialecto nativo. Habían sido sacados de sus selvas, sencillamente, como ganado humano.
Jamás se borrará de mi mente aquel tremendo cuadro: el país conmovido; la noticia de la gigantesca desgracia financiera, en todas partes causando el terror y el asombro; los innumerables trabajadores sin trabajo; cada ciudadano guardando celosamente su casa; la justicia del país procurando que no se produjeran esperados y probables desórdenes; cada cual en su puesto con su revólver listo.
Porque hay que saber lo que fué Panamá en los días de fiebre áurea. La leyenda de Panamá ha resonado por todas partes, ¡mas, de ella se sabe tan poca cosa! Aquel mal escrito libro del Barón Montes, del cual se vendieron miles y miles de ejemplares, no es por cierto la obra que pueda dar una idea de la vida panameña, en los fabulosos tiempos aquellos.
A propósito, ¿sabéis cómo fué escrito ese libro? Quienquiera que haya estado en Panamá, por aquellos tiempos, no ha conocido al antiguo redactor del Star and Herald, Mr... ¿Y quién, si le ha conocido, se ha podido sustraer a jugar carambolas con él en el Club, al eco de inevitables estallidos de Ginger-ale? Pues bien, el autor del Barón Montes escribió su libro, únicamente copiando, y arreglándolas en forma novelesca, las conversaciones de aquel excelente empleado de nuestros amigos Boyd, los antiguos dueños del Star and Herald; por lo cual Mr..., desgraciadamente muerto ya, no recibió un solo centavo, mientras el otro se guardara miles de magníficas libras esterlinas.
La leyenda de Panamá... Se vivió en verdad una vida de leyenda, una vida de cuento, una vida de Mil y una noches. En Panamá estaba el verdadero vellocino, los argonautas iban de todas partes. Lesseps, el gran Lesseps, el gran francés, movía desde París la máquina. Era el tiempo en que la más pobre costurerita parisiense depositaba sus ahorros en la caja de la gran obra nacional; era el tiempo en que el glorioso hombre de Suez profetizaba para Panamá: «Será dentro de cuatro años»... «Será dentro de tres años»...
Todavía Leroy Beaulieu no había profetizado a su vez que, después de la catástrofe del sistema Law, la de Panamá sería la más grande.
Una palabra de cualquiera de los Lesseps, una recomendación del obispo Paul: quinientos pesos oro, mil pesos oro mensuales.
En esos tiempos, un ingeniero vivía en su chalet propio, cada empleado superior tenía derecho a un viaje anual a Francia, por cuenta de la Compañía. El champaña sustituía al agua. Los burdeles se llenaban de flores de vicio, de las cuatro partes del mundo. Se jugaba; al día siguiente, no era extraño ser rico.
Un ingeniero pide un clavo especial a una casa europea, y envía el modelo en madera; la casa envía los cientos de miles de clavos pedidos, iguales al modelo en madera... Todo contra la caja inagotable de la compañía. Entre tanto, la fiebre tropical hacía que no se la echase en olvido. ¡Murieron tantos! Un director general—después de dos más—feliz, ufano, con su cinta de la legión de honor, con su hija, su hijo, su esposa, había pedido a Francia un tronco regio para su victoria. El tronco llega cuando la esposa, el hijo y la hija estaban—en menos de un mes—en el cementerio. El desgraciado director hace matar los caballos y, desolado, parte.
Era, sí, Panamá, en ese tiempo, un pedacito de Francia.
Se oía hablar francés por todas partes. Todo en francés, a despecho del yanki. Aún hace poco, si pasabais por el istmo, si visitabais los hospitales—lo más pintoresco y lindo que tenía Panamá—oíais la lengua de la dulce Francia en los labios de las hermanas de caridad.
Un día llegó el Grande Anciano con sus hijas. Desde que se anunció su llegada, los jardines alistaron sus flores. Llegó, y Panamá todo fué flores, banderas y espumas de Champaña!
Fué Lesseps, y era como si hubiera ido un dios. Desde el báculo del obispo Paul hasta el sombrero del último operario todo se movía en su nombre y a su gloria.
¡Dudo yo que, en su smalah oriental, haya tenido mayores honores y triunfos el pobre Juan Francés!
«Llegó—me decía el brillante poeta Darío Herrera, hijo de Panamá, que entonces era casi un niño—llegó Lesseps a mi casa, y besó en la frente a mis hermanos y a mí; jamás olvidará mi techo aquella visita patriarcal, aquella fiesta.»
Así iba Lesseps por Panamá, vestido de lino, con su ancho sombrero de jipijapa, repartiendo saludos, besos y francos.
Por donde pasaba, había arcos de flores. No había noche sin baile, ni baile sin derroche.
Rouget de Lisle quería levantarse de su tumba, y decir a las músicas:
¡Basta!
¡Y cuando el día del primer barretazo...! Fué la niña menor de Lesseps la que tomó el hierro, y entre gritos entusiastas y estallidos del cañón y del champaña, hirió la tierra.
Jamás, ni en sus esplendores de Egipto, ni en las íntimas fiestas imperiales, pudo ver el Gran Francés una superior victoria.
El trópico ístmico es de una belleza cálida y rica; las gentes, sobre todo las entonces colombianas, eran fastuosas y entusiastas; Lesseps tenía el más bello cielo; la más alta gloria, y cada habitante del istmo era su súbdito. Lesseps-bajá era nada ante Lesseps-ídolo.
La procesión era triunfal y enorme. Primeramente pasaba el Grande entre las autoridades y los cónsules; entre estandartes colombianos y franceses; después, entre las familias, en cuyas casas no faltaba el retrato del anciano ilustre; luego, la innumerable tropa de los europeos, yankis, centro-americanos, jamaicanos, negros puros, chinos, que se quitaban la gorra de labor al paso del dios...
Hoy ¿Qué queda de aquel Dios?
En Panamá quedará siempre el nombre del conde Ferdinand de Lesseps, bendecido y venerado. Caridades y beneficios no se siembran sin provecho. No es tan mala la tierra humana, pues si produce muchos cardos ingratos, hace brotar inmortales flores de recuerdo.
Y Lesseps fué bueno y noble.
¿No es cierto que diríais que sí, si viviérais, Bonaparte Wysse, que le visteis más de una vez favorecer a los necesitados?
¿No es verdad, desaparecido Pedro Losa, su amigo y discípulo, que presenciasteis la magnanimidad y la grandeza de corazón de aquel a quien Yankilandia debe una estatua?
Y cuando la Fama y la Fortuna dejaron a Lear abandonado a la tempestad, a los granizos periodísticos y a las rachas de las prostituciones financieras, a los soplos de la difamación, el gran Francés ha quedado moralmente intacto, mientras a su alrededor caían tantos culpables.
Fué grande, fué noble, fué honrado. Francia, que siempre es grandiosa, noble y justa, se acordará de él y le pondrá pronto en su verdadero lugar.
Y en el puesto de Colón, en el que fué istmo de Panamá, en donde hubo de hacerse, por Francia, la unión de los dos océanos, al lado de la estatua del Revelador del Globo—regalada por una emperatriz amiga del egregio trabajador y mártir—hemos de ver, enmienda de humanas injusticias, el monumento de Ferdinand de Lesseps.