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Prosa Política (Las Repúblicas Americanas), Obras Completas Vol. XIII

CHILE

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Escudo de Chile
Escudo de Chile
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Quien escribe estas líneas ha habitado por algún tiempo en país chileno, hace ya bastantes años, y conserva el recuerdo de una tierra bella y de una gente altiva y cordial. Chile ha sido, desde antaño, tenido como una república seria, laboriosa y culta, y después de la guerra con el Perú y Bolivia, como el pueblo más militarizado de América. Tuvo, antes que otras de nuestras potencias, el tino de buscar o facilitar el acercamiento y relaciones con las otras repúblicas del Pacífico, hasta la América Central, ya estableciendo representaciones diplomáticas y consular, ofreciendo becas, o enviando oficiales de su ejército como instructores, de suerte que la influencia y la simpatía chilenas han sido preponderantes en muchas de esas naciones, por lo menos hasta hace pocos años. Intelectualmente tuvo también cierto predominio en los estudios de ciencias político-sociales, con un Bello y un José Victorino Lastarria. El código civil chileno ha sido muy tenido en cuenta en aquellas legislaciones hispano-americanas.

En Europa, Chile ha sido estimado con gran consideración, en toda época, por el propósito que mantuvieron sus gobiernos, cualesquiera que fuese el partido imperante, de sostener el crédito chileno en todos los mercados, principalmente en Inglaterra, centro de sus grandes operaciones financieras, por la dignidad tradicional de sus hombres públicos, por la superioridad de su experiencia marítima, por la cordura y sentido práctico de sus clases superiores, y por la virilidad de su raza. El carácter chileno en el continente, está claramente definido.

La larga espada de tierra que se extiende desde el Sama hasta el cabo de Hornos, entre el Pacífico y los Andes, es, según los últimos datos publicados en nutrido libro del ministro de Guatemala D. Eduardo Poirier, de unos cuatro mil doscientos treinta kilómetros de longitud, y de una anchura que varía entre ciento setenta y cuatrocientos. Territorio cubierto en gran parte de valles y alturas, de orografía variada, contiene desde el desierto hasta la tierra feraz. Se basa en una copiosa y rica entraña minera. Allí se encontrara el siglo pasado el famoso antro de Chañarcillo, en Copiapó. Antes que ningún país americano, produjo Chile vinos excelentes. «Especialmente en los valles de Copiapó, Huasco y Coquimbo, el cultivo de la vid y de sus variedades, análogas a las de Europa meridional, ha alcanzado una perfección comparable tan sólo a la excelencia del producto. De él obtienen exquisitos vinos de Oporto y de Jerez y las afamadas pasas de Huasco». Tal dice el citado Sr. Poirier en su obra sobre Chile en 1910. En la parte central triunfa la agricultura. Aconcagua y Santiago, provincias ricas en viñas, dan burdeos y borgoñas parecidos a los franceses. Hay en el Sur maderas, pesquerías y ganados. El Norte posee los tesoros, únicos en el mundo, del salitre y los de su subsuelo. La fauna y flora han sido objeto, con sobrada razón, de los estudios de esclarecidos naturalistas del país y del extranjero. Sus termas son célebres y numerosas. El clima es vario en tierra tan extensa. El comodoro Byron, tío del poeta, dice en sus memorias: «El clima de Chile es, según creo, el más hermoso del mundo. Lo que sus habitantes llaman invierno no dura más de tres meses, y aun esta estación es sumamente benigna». El ingeniero belga M. Louis Cousin, ha hecho este resumen halagador y optimista, dirigiéndose a los chilenos: «La Providencia os ha favorecido con lujosa holgura. Por un lado, cuatro mil kilómetros de costa os abren la ruta hacia los demás continentes. Por otro lado, la maravillosa cordillera de los Andes, fiel y seguro centinela de la frontera oriental, constituye a la vez un inmenso condensador de las nubes, que os tributa la frescura, tan agradable en las noches de verano, un acumulador gigantesco de la energía solar sin medidas, capaz de suministrar gratuitamente una fuerza inconmensurable; un depósito inagotable de agua, fertilizando vuestros campos con un funcionamiento automático tan admirable, que cuando más arde el sol mayor caudal llevan los canales de regadío. Y como si lo que está a la vista no fuera bastante para estimular a los habitantes al trabajo, la cordillera encierra en su seno riquezas inagotables: do quiera que penetre el minero saca minerales valiosos, desde el hierro hasta el oro. Más todavía: el carbón, considerado como el pan de la industria, abunda en Chile, sus yacimientos reconocidos corren desde Punta Arenas hasta cerca de Santiago. Sin embargo, su extracción alcanza apenas al cincuenta por ciento de lo que consume el país». Cierto, excelente país para el trabajo, para la industria y la vida comercial. Con la apertura del Trasandino, una nueva puerta da entrada mayormente a nuevos elementos de prosperidad.

La «indómita cruza de potros españoles en vientres de Araúco», según la frase gráfica de Vicuña Mackenna, gracias a los buenos gobiernos, y sin lo que podría llamarse necesidad de la tiranía en otras partes, ha ido a la civilización por medio de la paz.

Chile se ha sustentado en la preponderancia ordenada de su «élite», en el advenimiento de una aristocracia directiva y un pueblo hondamente poseído del orgullo de su nacionalidad. La mestización amacizó la fibra del pueblo, que ha conservado la indomabilidad del araucano; arriba perdura lo que llegó con la sangre vasca principalmente, lo cual es decir que no es difícil encontrar maestros de tenacidad y profesores de energía.

Su historia está llena de páginas heroicas, y la gratitud nacional ha levantado monumentos a los héroes y creadores de la patria. El general José de San Martín se perpetúa en bronce en Santiago, como en Buenos Aires y en Lima.

Chile ha tenido un foro y un parlamento ilustres. Su evolución progresiva ha producido los mejores resultados, a pesar del sangriento intermedio de una revolución, cuyo último acto trágico, principalmente, causara en todas partes una impresión profunda.

En la psicología del chileno prima el ánimo de empresa, y, como lo observa el citado Sr. Poirier, el afecto en el hogar, la hospitalidad en la vida social, el desprendimiento. Hay en él cierta sequedad, cierta rudeza, que son muy poco latinas. Una vez que se penetra en su amistad, se está seguro de ella. Es sabido que se ha llamado a los chilenos «los ingleses de la América del Sur». Y hay en verdad puntos de comparación que dan propiedad a tal decir. Sobre todo, ambas son, Inglaterra y Chile, discípulas del mar. Su soldado tiene fama de bravo y también de cruel. El obrero es resistente, como pocos, mas se quema en el alcohol, a punto de que gobernantes y legisladores se han preocupado de ello. La falta del espíritu de economía que se ha lamentado en él, háse corregido mucho, según los recientes balances de la Caja de Ahorros. En las familias pudientes y de estirpe, se ha corregido la abundancia del «doctor» con la frecuencia del ingeniero y del «gentleman-farmer». Y en cuanto a la beldad femenina, hay dos testimonios de marca. La frase del rey francés Luis Felipe al ministro de Chile:—«Decidme, Cazotte, ¿acaso en vuestro país es todo tan bello como vuestra mujer? Si es así, ¡os felicito!»; y el admirado busto de dama, de Rodin, en el museo de Luxembourg.

En un libro que publicó hará unos dos años el príncipe de Orléans Braganza, se leen estas líneas: «El presente es la crisis, y los nuestros lo deploran. Cuánto habrían querido mostrarnos un Chile diferente: el Chile próspero anterior al terremoto y la revolución anti-balmacedista, el Chile de la política desinteresada y del cambio a 18 peniques, festivo bajo su sol primaveral; o bien a este mismo Chile, tal como será dentro de diez años, cuando las reformas hayan hecho su labor. Se equivocan. Es en estos momentos de evolución violenta como la actual, que un país acredita las reservas de energía que dormitan en él durante los períodos de próspera mediocridad. Atraviesa Chile ahora la edad ingrata, ha crecido demasiado deprisa, pero esta crisis de desarrollo es, en sí misma una prueba de vitalidad. Chile es un país eminentemente dominador, ha nacido para eso; le es indispensable la acción que impulsa a la conquista; tiene el orgullo de la fuerza. Sólo le falta conocer el arte de saber utilizar esta fuerza, aunque es de esperar, o de temer, que este arte lo adquirirá totalmente por la experiencia. En este momento, la antigua armadura, demasiado estrecha para abroquelarle, cruje por todas las junturas, siéntese ya a las nuevas ideas tomar cuerpo, precipitarse la evolución. Dentro de algunos años se habrá Chile asimilado los ritmos de la existencia moderna de las naciones, y fácilmente reconquistará el tiempo que su largo aislamiento y letargo criollo le han hecho perder». Por los decir príncipe, estos «enxiemplos buenos» no están mal, en el desarrollo de un propósito imperialista y combativo. Mas el porvenir de Chile, como el de todas las naciones de nuestra América, está en la paz. Seguramente una paz armada que asiente el equilibrio. Una alta personalidad de la Armada chilena, interrogada últimamente sobre la construcción de acorazados, ha manifestado que tarde o temprano ha de producirse una «entente» entre la Argentina, Brasil y Chile. «Debemos, dijo, acordar de quedar en igualdad de derechos y fuerzas semejantes a estas dos repúblicas».

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