PLACIDO[1].
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PLACIDO[1].
1.
Es una página muy triste, es una historia de lágrimas y duelo la que vamos á presentar al lector: la vida y muerte de Plácido, la mancha más negra de nuestra historia política y literaria, el baldon más ignominioso que puede echarse en cara á las instituciones y á la tiranía de otros tiempos; la vida y muerte del poeta mártir que hasta hoy sepultada en la oscuridad por la presion mortífera del despotismo aguardaba el dia de la libertad para ser revindicada ante los ojos del mundo.
Gran variedad de opiniones y de errores se han emitido acerca del nacimiento de Gabriel de la Concepcion Valdés (a) Plácido, poeta que fué por su vida y penalidades nuestro Tasso, por su muerte nuestro André Cheniér:[2] tiene razon la América Poética de Valparaiso cuando advierte «que fué raro en todo, en su orígen, en su genio, en su muerte.» Alguno le supuso fruto de los amores clandestinos de una señora de alto rango con un negro, su propio esclavo, y esta asercion, repetida por traductores estrangeros, ha sido de las más generalizadas; otros le han querido dar por padres á una blanca de humilde condicion y un africano libre; y un biógrafo que pretende tener datos irrefutables sobre su orígen, dice refiriéndose á su padre que fué «un personage cuyo nombre omitimos en razon del noble y sagrado ministerio que ejercia» y como hijo de madre esclava, le supone tambien esclavo, liberto por la generosidad de varios jóvenes á la manera que lo fueron algo despues Manzano y Echemendia[3]. Pezuela cree á su madre natural de Canarias. Nos consta que era de Búrgos y aun vive el poeta Velez que la conoció, y asegura que sobrevivió muchos años á su hijo: y no hemos aun mencionado otro (Aumont) que le supone poseedor de esclavos.
En medio de los comentarios á que su oscuro orígen da lugar, ocurre pensar que ni siquiera toca al siglo pasado. Preso en Trinidad en 1836, en el proceso que se le formó, el mismo Plácido declara ser hijo de blanca: algo revelaba ya su soneto «Ciega deidad que sin clemencia alguna», pues para una africana ó persona de color nunca hubiera existido aquel férreo muro del honor, interpuesto entre el materno tálamo y la cuna del hijo.
Por nuestra parte podemos dar por sentado que su padre fué un mulato peluquero, Diego Ferrer Matoso, su madre una bailarina española del teatro de esta ciudad; pero él no se llamó ni Matoso, ni Valdés: como Miguel Angel él se dió un nombre al tomar un seudónimo para las letras, y con ese seudónimo la literatura lo trasmite al aplauso de la posteridad: ¿quién se acuerda de los Buonaroti al hablar de Miguel Angel? Tambien convienen todos en que nació en la Habana (Marzo de 1809) siendo bautizado en la R. C. de Maternidad en 6 de Abril del mismo. A los pocos dias le retiró de allí su padre y le guardó á su lado, dándole la imperfecta educacion que estaba á su alcance: asistió á la escuela de Belen, luego á la de Bandaran. Un condiscípulo suyo, hoy portero del Ayuntamiento de esta ciudad, nos asegura que era revoltoso, pero muy inteligente y que á menudo lo empleaban en repasar á los más chicos, en calidad de ayudante. Sin embargo, su infancia fué abandonada; la pasó en un estado próximo á la miseria, y muy temprano tuvo que subvenir á sus necesidades, trabajando en el oficio de peinetero, en la platería de Misa, calle de Dragones: parece que más tarde abandonando aquel oficio, trabajó en oficinas de comercio, donde pudo haber á las manos algunos libros científicos y donde adquirió por la lectura algunos conocimientos, gracias al cuidado de los literatos Velez, Valdés Machuca y Gonzalez del Valle, que le protejieron desde que vislumbraron el genio que en tan ruda corteza se ocultaba; consta tambien que por el año 34 dejó la Habana, y se estableció en Matanzas, donde dió á luz sus primeras poesías y donde (1838) su primera coleccion aquí conocida. Concedióle el aura popular el título de «Bardo del Yumurí,» por lo cual, y por haber residido casi siempre en dicha ciudad, muchos (los estrangeros Cambouliu, Aumont, Jourdan, entre ellos) le han creido matancero.
En la ciudad de los Dos Rios es evidente que se publicó su primera poesía el año 34 y fué La Siempreviva que se insertó en la Aureola Poética, dedicada por Iturrondo á Martinez de la Rosa: su oda del mismo año á la proclamacion de Isabel II no contribuyó ménos á dar á conocer el alcance de su genio y su espíritu liberal. Era entónces costumbre que en el santo de la Reina todos los poetas cantaran á S. M. Plácido, poeta esencialmente cubano, que reproduce en sus cantos clima, costumbres, sucesos y aspiraciones de su pais, se atrevió á decir en tal dia lo que ninguno otro ántes que él: el inmortal Tacon (que no puede morir el nombre de Tacon como no mueren los de Neron y Eróstrato), comprendiendo la oculta intencion de aquellos versos, llenos de amarga reconvencion, que zaherian al gobierno colonial y revelaban entre flores de estilo las penalidades de los cubanos, metió al autor en una cárcel y le marcó con un sello de prevencion que en lo sucesivo fué para él fecundo manantial de penalidades.
En aquel recinto afrentoso (donde siquiera estaba seguro de comer al dia siguiente) allí en la compañía de bandoleros y asesinos, el pobre mulato, como Cervantes en la Argamasilla, meditó una de sus más bellas composiciones que permaneció inédita hasta su muerte. No se corrigió con esto el liberal poeta, mas cambió de táctica, dirijiendo ahora sus cantos A la Grecia, A Polonia, A Guillermo Tell y otros de esta especie, pues su patria no habia ofrecido aun héroes dignos de mencion, ni tal vez se le hubiera permitido nombrarlos.
Debemos recordar que ántes de esta época ya era conocido como poeta repentista, y aun se dice que habia recorrido diversas poblaciones del interior, convidado, como los antiguos trovadores, por su facilidad para improvisar. No podríase, sin embargo, sin hacerle injusticia, echarle en cara, como se ha dicho de Blanchié, que «prostituyó su musa para ganar la subsistencia.» Es verdad que fué muchas veces el trovador pagado de los festines aristocráticos, viviendo con los fugaces raptos de su imaginacion, y disputando «algun hueso al mastin» como tal vez por él dijo Milanés en El poeta envilecido.
¿Pero qué se podia esperar del pobre mulato á quien nuestra mal organizada sociedad habia negado educacion y privado, por el anatema de su color, de la dignidad de hombre? ¿Qué se podia pedir al sér cuyo nacimiento era oprobio de su madre, y qué pertenecia á esa desgraciada clase que, por exigencias de la época, conservamos aun en el oscurantismo y la ignominia? Fijemos un momento la mente en los arranques de elevacion, nobleza y dignidad que abundan en sus poesías, y se comprenderá que no nació tan escelso genio para besar humilde la mano del potentado; pero aquel hombre de talento, aquella joya de la literatura cubana......... era mulato! tenia encima á la sociedad entera, estaba obligado á hablar con el sombrero en la mano al último de los blancos, y ¿con qué derecho podemos pedir un corazon espartano al hombre que dejamos vegetar en el lodo?
Injusto, muy injusto fué Milanés si por él escribió El poeta envilecido, muy injusto Domingo Delmonte en el paralelo entre Plácido y Manzano que copiamos en la biografía de éste[4].
En otra sociedad ó en mejores tiempos habria sido protejido, educado, se habria hecho de él un Alfieri ó un Víctor Hugo, pues como el de estos fué su genio, y hubiera devuelto á la sociedad en honra y gloria los beneficios que de ella recibiera. Triste es pensar que en su patria, gracias á odiosas preocupaciones, y por la sola culpa de su color, fué abandonado, vegetó próximo á la indigencia, cayó sin saberlo evitar en la pocilga de los vicios; triste es recordar que los más de sus admirables sonetos, cuando colaborador de La Aurora, fueron escritos en el mostrador de una bodega; muchas veces almorzó con el precio de un epitalamio ó de un soneto para natalicios. Considérese cuál seria su condicion cuando el desgraciado en la hora de su muerte escribia á su esposa: «no te dejo memorias para ningun amigo porque sé que en el mundo no los hay» y eso que ni aun en aquel momento de suprema amargura habia rencor en su alma cándida y buena; léase esa última carta[5] del mártir, léase ese rasgo de abnegacion y mansedumbre, reproche ominoso contra su época y su pais, y se comprenderá que el alma sencilla y grande de Plácido, se parecia á la de esos genios predestinados que fundan las literaturas.
II.
Como debia suceder, desde los más floridos años del poeta, los periódicos se disputaban el honor de publicar sus poesías, «flores de un genio inculto, como las definia él mismo, semejantes á las de los campos de mi patria, sin perfumes ni colores.» Quizás ningun otro en Cuba, incluso el mismo Heredia, haya obtenido en vida igual popularidad: las composiciones que rechazaba la censura, se multiplicaban por medio de copias manuscritas, y puede decirse que se publicaban sin imprimirse: ¿qué cubano de su época no se sabia de memoria los sonetos A Celia, A la Fatalidad, A Holofernes? Su nombre ha sido despues uno de los pocos que traspasando los límites de Cuba han ido á resonar con honra en el estrangero, gracias á repetidas traducciones; y quizá no ha habido escritor alguno que se haya ocupado de Cuba y sus letras, que no haya destinado una página de honor á Plácido, y no haya consagrado un lamento al triste fin de su sangrienta historia. Salas y Quiroga dice en su obra Viages «es un hombre de genio por cuyas venas corre sangre europea y sangre africana, un hombre humillado que en sus cantos medio salvages tiene los destellos más sublimes y generosos que hombre ninguno puede comprender; al través de su incorreccion, hay chispas que deslumbran y no conozco poeta ninguno americano que le aventaje en ingenio, en inspiracion, en hidalguía y en dignidad.»
Salas y Quiroga, llevado del entusiasmo exageró algo; pero no hay duda que la entonacion homérica de Plácido, la sostenida nobleza de conceptos que no alcanzan á afear las frecuentes incorrecciones del lenguage, la no preparada flexibilidad de su genio, todo se alcanzó á ver desde aquella primera coleccion que en solo veinte y seis piezas ofrece apólogos que La Fontaine hubiera prohijado, sonetos que hubieran satisfecho al descontentadizo Boileau, é idilios que rivalizan en gracia y frescura con los más bellos trozos de Anacreonte.
En el año de 1839 se casó Plácido con la Fela (Rafaela) cantada en sus versos: nunca tuvo hijos. Tres dias ántes de su boda escribe á un amigo una carta que se ha conservado inédita[6] pidiéndole recursos, porque se hallaba sin blanca y no podia convertir los sonetos y décimas en sustancia alimenticia. Mas en el año 44 y cuando tal vez, gracias á su talento, iban á brillar para el pobre mulato dias más serenos, fué preso y traido á juicio por la comision militar. Se le supuso cómplice, y aun gefe, en la conspiracion de los de color que debia estallar el 4 de Abril de aquel año y que se llamó de la Escalera.
¡La conspiracion de la Escalera! Sin duda el lector se ha estremecido de horror al leer ese nombre; quizá creyó que íbamos á detener la mirada en esa nefanda série de dolores ocultos, de quejidos ahogados, de misteriosos crímenes: mas, ¿para qué? La historia de las desgracias instruye, pero las escenas de oprobio y perversidad no pueden sino causar horror. No tratamos de arrojar baldon sobre nadie, sino sobre la época: casi todos los fiscales de la Comision eran antiguos en el pais: estaban habituados á ver el sufrimiento de la raza negra: estaban endurecidos sus corazones. Ensalcemos á la época actual que reprueba aquellos horrores y quiere alzar del polvo al oprimido. Hoy que alhaga nuestros corazones la esperanza de mejores dias, hoy que nos alienta el deseo de reformar, de aniquilar una institucion inícua, causa única de tantos males, olvidemos aquellos dias de infamias, no corramos el tupido velo que cubre ese sangriento cuadro, el más sombrío, el más monstruoso que pueda presentar el pasado despotismo á la execracion de las edades futuras. Pocos de sus episodios han sido escritos, pero esa tragedia es de la actual generacion. Muchos hay que la recuerdan, que se preguntan con espanto ¿fué la ambicion, fué la cobardía, el miedo á fantasmas imaginarias lo que suscitó hombres tan feroces y escenas tan repugnantes?
Reinaba en Cuba el proconsul O’Donnell, hombre de alguna ilustracion, pero que, víctima de las prácticas administrativas de entónces, tiranizó por mandato, fué déspota por órden superior, y dejó en esta Antilla recuerdos tan indelebles como el inmortal Tacon. Aunque hubiera algo cierto en el fondo[7] los trámites de aquel procedimiento inquisitorial fueron abominables; la imaginacion se confunde y duda de la escelencia humana al recordar aquellos caníbales ó fiscales, sedientos de sangre africana, aquellas falsas delaciones arrancadas por el restallante látigo de puntas aceradas, á los que no tenian el ánimo de morir bajo el tormento; aquellas víctimas, quizás porque poseian, acaso por venganzas personales, arrebatadas de sus pacíficos hogares y llevadas inocentes al sacrificio! Dias de ignominia! al mirar ese cuadro la imaginacion del Dante parece deficiente en los horrores de su infierno; Torquemada palidece; Neron se rehabilita.
¿Y qué haciamos los insulares y peninsulares, mientras se desenvolvia á nuestros ojos ese drama cruento que deshonraba á España y escarnecia á Cuba?...... ¡callábamos! El déspota tenia asida á la desgraciada colonia con una mano de hierro y solo papeles de la vecina república, demostró alguno su desaprobacion.
Lo demás todo fué misterios, tinieblas......
Pero sigamos la historia del poeta mártir.
III.
Las pruebas contra Plácido no pasaban de gratuitas delaciones arrancadas por el dolor, ó dictadas tal vez por la envidia que despertaba su talento: mientras su condicion de hombre de color, y aquellas populares décimas que comenzaban: «Ese cometa que veis» no dejaron de considerarse argumento incontrovertible: era demasiado prominente para poder sustraerse, á aquel huracan contra la verdad y la justicia que se desencadenó contra una raza indefensa. No se necesitaba la delacion del inmundo José de la O: la prevencion que ya existia contra él hubiera bastado: habia sido preso por Tacon diez años ántes, se sabia su carácter independiente y liberal, se habia atrevido á cantar á Guillermo Tell y llorar la humillacion de Polonia: ¿quien no tenia copia de su Juramento y de su décima improvisada Habaneros libertad? sus versos, tachados por el lápiz rojo se repetian de boca en boca: cuando oprimido por la venal justicia humana, un epigrama le resarcia, una fábula le vengaba: una de las más bellas que compuso fué en ocasion de una demanda que su solo color le hizo perder: nos convirtió al juez en vívora y así se desquitó ó se consoló. Todo esto era más de lo que se necesitaba para enviar á un ciudadano libre á la Escalera.
Dice la historia, ó más bien la tradicion, pues nada de él se permitió escribir (y ni aun hoy (1867) se ha dejado al Liceo hablar de sus composiciones) que la Comision Militar le probó culpable, y en su consecuencia, fué puesto en capilla el 28 de Junio, para ser con otros 19 de su color, pasado por las armas á las seis de la mañana del dia siguiente.
Allí, despues de oida su sentencia, el sinventura poeta que no tenia á quien volver los ojos para hallar un rostro amigo y protector, se arrojó en brazos de la Religion, y como el cisne moribundo, compuso sus mejores cantos, para oprobio de la sociedad que apagaba estólidamente tan lucida antorcha: allí la Plegaria á Dios, reproducida en varias lenguas; la misma que iba recitando cuando marchaba al patíbulo, con frente serena[8] como de quien sentia venir la historia á justificarle algun dia: allí su Despedida á mi madre; allí su Adiós á mi lira último y lastimero gemido de su agobiada musa.
Pero observemos un momento á Plácido en capilla; arriesguemos una mirada al oscuro calabozo para revelar un misterio que avergüenza á nuestro siglo: indaguemos lo que pasa en la mente del pobre desheredado de los bienes del mundo, á quien el mundo tan despiadadamente oprime.
Su imaginación de poeta se exalta, mas no puede por eso exagerar los horrores de su situacion: no hay más allá: sin duda en momento de angustioso delirio, se levanta, y se pasea convulso, y esclama con infinita amargura:
—¿En qué pais estamos?....... ¿en qué desgraciados tiempos me tocó vivir?....... ¡Dios mio! ¡la sociedad me niega educacion, me deshecha, mata mi fé; me escluye á todos los derechos de hombre, y ahora me pide estrecha cuenta de mis acciones! ¡y me llevan á un suplicio! ¡y no hay una ley que me proteja, no hay un ángel que me salve á mí de la muerte, á mi patria de una mancha!
Quizá en otro momento veia aparecer en la húmeda mazmorra, al soberano de su nacion que benévolo y sonriente, le dice:
—«Te van á matar por conspirador y la voz pública te declara inocente. Yo quiero suponer que eres culpable; pero escucha, desgraciado: no hay delito que echarte en cara; una institucion sacrílega que yo voy á destruir, te disculpa; la misma sociedad en que vives te escusa: ella te habia colocado tan bajo que fueras un miserable si fueras inocente. Te perdono...... no, tú no aceptarias mi perdon, que no tiene derecho á perdonar quien no lo tiene para castigar. Yo te pido perdon, á nombre de la Sociedad, por lo que has sufrido: ella lavará ese delito que hemos heredado de nuestros padres. Ven, poeta, yo te llevaré á la madre patria que amorosa te abre sus brazos; allí serás igual á todos por tus derechos y superior á todos por tu talento; ven, que tú en pago darás á la patria lustre y gloria con tus cantos inmortales.»
Pero ¡ay! el infeliz mulato deliraba si pensaba así: semejante cosa era un imposible, porque el soberano de su patria estaba.... muy lejos, y su representante en Cuba, era el inexorable O’Donnell, para quien no habia más poesía que el estricto cumplimiento de lo que creia su deber.
Mas si no eran tales los pensamientos de Plácido, sin duda ocupaban su alma generosa sentimientos de paz y mansedumbre en los momentos en que debia rebosar en hiel y rencor. Nuestros lectores conocen sin duda aquella sublime carta, modelo de resignacion cristiana en que recomienda á su esposa como único llanto á su memoria que perdone á sus enemigos, que socorra á los pobres «y mi sombra estará risueña contemplándote digna de ser esposa de Plácido!»
Sócrates murió perdonando, Jesucristo murió perdonando; pero Sócrates era un filósofo, Jesucristo era un Dios; el pobre Plácido no era siquiera un hombre, era un mulato peinetero en un pais esclavista! Y esa carta que salida de las manos del humilde se ha paseado por todos los idiomas cultos, no es un reproche solo á su pais, lo es á su época: es un castigo inflijido á esa institucion que hoy empezamos á mirar como un enjendro de la barbarie de los siglos pasados.
Llegó en tanto el dia de la sentencia, el nefasto 29 de Junio! no horrorizarémos al lector con el cuadro de la ejecucion: treinta y cinco años han pasado y todavía derramamos lágrimas al recordar aquellos dos versos, quizá casuales, que ya herido pronunció ántes de espirar[9].
Más bien y para distraer un momento de cuadro tan tétrico su imaginacion le recitarémos un bello soneto del «bardo del Yumurí.»
EL JURAMENTO. A la sombra de un árbol empinado Que está de un ancho valle á la salida Hay una fuente que á beber convida De su líquido puro y argentado . . . . . . . . . . Allí fuí yo por mi deber llamado Y haciendo altar la tierra endurecida Ante el sagrado código de vida Estendidas las manos he jurado:[10] . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Se dice que las ilustradas matanceras convinieron en un luto secreto de nueve dias, los periódicos del extranjero y algunos de la Península[11] lloraron su muerte, ya que á nosotros no nos era dado espresar nuestro dolor; y la inquisicion de la Escalera continuó impasible su marcha siniestra y tortuosa como la de la serpiente.
Aquí concluye el tenebroso drama de la vida de Plácido, pero nada habrémos hecho en nuestra calidad de biógrafos si no damos una idea de su carácter y de la índole y tendencia de sus poesías.
IV.
Un escritor de nuestros dias clasifica á Plácido en las siguientes palabras:
«Fué un mulato pendenciero, borrachon y disoluto en todos los terrenos donde se le presentaba la ocasion.»
No hay que admirarse de esas palabras: ni hacen ningun daño á la memoria de Plácido porque son del mismo que pretendió infamar la del venerable Padre Las Casas, llamándole frailucho inmundo y embustero.
Bien sabido es que fué, al contrario, de carácter dulce, afable y complaciente: á primera insinuacion improvisaba ó con voz campanuda y enfático gesto comenzaba á declamar la pieza que se le pedia. No nos ha quedado retrato suyo: en el grupo de literatos cubanos formado en esta ciudad en 1861 por «Cuba Literaria» en el lugar que le corresponde se colocó una corona de laurel: pero hé aquí un retrato á la pluma que le reproduce con exactitud: «Era de buena estatura y conformacion de miembros, de rostro no muy claro, sombreado por una ligera barba, frente espaciosa y ojos negros, espresivos; su aspecto taciturno y reflexivo cuando estaba solo, y abierto y animado en compañía de sus amigos; era de un natural afable, alegre y cariñoso, su andar pausado sin afectacion y vestia con decencia; amaba la religion sin fanatismo, y practicaba la mejor de las virtudes con tal devocion que á veces pidió prestado lo que difícilmente podia pagar para socorrer á los necesitados, y cuando álguien lo censuraba por tanto desprendimiento, decia, «que querria poseer inagotables riquezas para no oir las quejas de la humanidad sin aliviarlas.» Tenia una memoria prodigiosa, leia con una entonacion y gusto sorprendentes y hemos oido á algunos que lo trataron con intimidad que poseía el don de la improvisacion de una manera maravillosa.»
Tal era en efecto Plácido: examinando su Plegaria un filósofo aleman opina que no podia ménos de ser inocente porque, como dice el mismo poeta «entre Dios y la tumba no se miente.» Nosotros dudamos de esa inocencia y en honor al recuerdo de Plácido la rechazamos si por ella ha de entenderse no participacion en algun plan revolucionario: preferimos hallarlo delincuente[12] aunque nunca digno de castigo; porque esa delincuencia no era más que noble aspiracion. Si lo habíamos colocado en el último escalon social ¿no era perdonable que aspirara á subir? Lo repetimos, es más grande culpable que inocente, y suponemos que en su Plegaria su pretendida inocencia encerraba una significacion más digna de la que se le atribuye. Pretendió luchar; pero tenia razon para emprender la lucha: esa es su inocencia.
Tampoco creemos como la mayoría que su martirio, asesinato judicial como lo llama Thales Bernard (Revue des races latines) haya contribuido en nada para su popularidad: esta precedió al drama final y descansa en el verdadero mérito de sus obras: hemos recorrido las diversas opiniones emitidas sobre ese mérito. Nosotros sin incurrir en las exageraciones de Mathurin M. Ballou[13] y otros que quieren hacerlo superior á Heredia, tampoco estarémos con los que afirman que su renombre procede de sus condiciones especiales. Creemos con Villaverde, que ha sido «el poeta de más estro de Cuba» y que de haberle igualado la instruccion nadie hubiera alcanzado más alto. Hay en sus obras un romance Jicotencal,[14] que, como dice Suarez Romero en el prólogo á las obras de Palma puede sostener el paralelo con los mejores escritos hasta ahora en la lengua castellana» y junto á esta obra maestra no tenemos reparo en colocar su soneto Jesucristo en la cruz que por la sublimidad de imágenes y el sombrío terror que infunde no palideceria al lado de los mejores de su clase.
Plácido cultivó diversos géneros sobresaliendo en el romance, en la oda y en la sátira. Poseedor en grado eminente de la facultad poética, estro, pocos tuvieron como él facilidad para enaltecer las cosas más triviales, depurándolas de las miserias que las deslucieran, y amoldando su pensamiento á todas las formas, escepto el drama y la epopeya, á no ser que su leyenda El hijo maldito[15] se considere de este último género[16]. Decia, y así lo espresó en un ingenioso soneto, que tenia horror á los versos impuestos ú obligados; sin embargo, su triste situacion le hacia ahogar la espontaneidad y prodigar elogios y felicitaciones, raras veces dictadas por la admiracion, muchas por la gratitud y no pocas por la necesidad. Cuéntanse entre las primeras La Siempreviva á Martinez de la Rosa, Las flores del sepulcro á una dama de alto rango que le favorecia, y su oda A la Condesa de Merlin: entre los segundos la oda ya citada á Isabel II.
Cultivó también la fábula, para narrar sus propias desventuras, de modo que ese género volvió con él á su primitivo destino: por ellas principalmente se ha dicho que la vida de Plácido son sus poesías: no habia leido ciertamente su apólogo La Palma y la malva, cierto crítico que pretende que los versos de Plácido «respiran libertad sin tinte de democracia.» Es verdad que, segun el mismo escritor, la conspiracion fué descubierta por una esclava del poeta.
Tambien el amor suele ser objeto de los poemas de Plácido ¿quién lo cantó como él, y quién ménos apto que el ser entregado al amor sensual que mata al platónico?
En cuanto al lenguage no cabe duda que contiene gravísimos lunares, no podia ser de otro modo, pero parece increible, como ya observó un crítico cubano (Piñeyro) que sea Plácido más puro y correcto que Milanés, cuando aquel era un ignorante y este poseía una regular instruccion literaria. Y es que habia en el primero más estro, más espontaneidad en la inspiracion, en el segundo más preparacion y arte; aquel cantaba lo que sentia, su corazon era un arpa eólica que resonaba á las menores impresiones que lo hirieran; por eso su forma era más adecuada aunque alguna vez ménos pulida: Milanés se ocupaba ántes de la leccion de moral que de la inspiracion; la poesía era para él un medio de amonestar; de aquí la falta de espontaneidad.
Mr. Cambouliu en Magasin de la Librairie lo compara con acierto á Heredia y la Avellaneda; «pero estos dice se desarrollaron bajo otras influencias: la llama del amor patrio vive constante en sus corazones y se revela en sus estrofas, pero vivieron bajo otros climas, se interesaron por otros hombres y otros sucesos, en medio de sus triunfos uno y otro perdieron de vista el cielo de las Antillas, el talento de ambos tiene algo de más cosmopolita. No así respecto á Plácido que jamás salió de Cuba: su corazon palpitó con todos los temores, con todas las esperanzas de sus compatriotas y jamás el aspecto de estrañas tierras vino á entibiar en él las impresiones del suelo natal. Así, con qué brillo no retrata su poesía ese esplendor de los trópicos; aquí la vegetacion fogosa, allí las salvages montañas, ora las noches espléndidas, ora la brisa perfumada, los inviernos sin nieves ni brumas, el huracan furioso desvastando los bosques de naranjos, y las demás maravillas que le rodean! Con la lectura de su tomo puede uno reconstruirlo todo, el pais, los hombres, vida, costumbres, todo, como si la imaginacion nos trasportara á los lugares donde canta el poeta.»
No concluirémos sin tomar algo del prólogo de Mr. Jourdan, filósofo en sus apreciaciones aunque lleno de inexactitudes por lo que respecta á datos biográficos. «La limpidez del estilo, dice, la propiedad de la espresion, sus giros sencillos y originales, la riqueza de imágenes caracterizan y enaltecen las composiciones de Plácido: para él la concepcion y la creacion son simultáneas: como comprendió todas las ideas amoldó su lira á todos los metros y géneros: trozos pudiéramos citar de él que parecen de Shakspeare ó de autores alemanes: la facilidad cómica corre parejas con los transportes de la fantasía, y maneja la sátira tan hábilmente como la oda...... como Quevedo el poeta cubano satiriza, riendo...... saludemos á ese génio que á la vez fué un gran mártir.»
Nada estraño pues que por medio de repetidas ediciones la posteridad haya dado á Plácido el lugar que le corresponde. La primera aquí conocida es la de Matanzas 1838: pocos saben que con gran anterioridad se hizo una muy incompleta en Palma de Mayorca, por Feliú Perelló, que despues de conocer al autor en la Habana se habia retirado á su ciudad llevando los primeros versos del poeta: no está allí la Siempreviva que aun no se habia escrito. Despues de la edicion de Matanzas que hasta hace poco tuvimos por primera y que contenia solo 26 piezas, se hizo otra en la misma ciudad en 1842, Poesias escogidas de Plácido, y en el propio año otra en Méjico, donde ya el autor era popular: la edicion de Veracruz de 1845 y la de Nueva Orleans de 1847 se suponen tambien hechas en Matanzas: en el 54 se hizo la de Barcelona que nada agregó á las anteriores; con posterioridad tres en Nueva York, por Vingut, la primera en 1854 ha sido la que más rodó, otra en el 56 y la tercera bastante completa en el 57: en el mismo 56 se dió otra en Méjico por Mellado y Contreras, tomo en 12.º con 387 páginas: finalmente en Nueva York, con prólogo y biografia, la edicion de 1860 que todos conocemos.
«No será esta la última, observa un eminente crítico francés, porque la reputacion de Plácido se formó sola y no puede sino aumentar con los tiempos.»
V.
Despues de conocer la vida de Plácido tratemos de saber la popularidad que alcanzó en el estrangero y las traducciones que de sus versos se han hecho. Para este trabajo ameno y que alhaga nuestro amor propio, no tenemos más que estractar la parte que á él se refiere de nuestro opúsculo Cuba literaria en el extranjero (inédito).
Quizás ninguno, inclusos los dos que acabamos de analizar (Heredia y Avellaneda) haya logrado más voga que Plácido, fuera de la tierra natal. Su Plegaria, difícil será hallar idioma culto moderno en que no se haya reproducido[17] y hubiera pasado á los antiguos si aun hubiera quien necesitara leerla en aquellas lenguas. Plácido es de todos nuestros poetas el más apto para hacer conocer á los de afuera la índole de nuestro suelo y tendencia de nuestra amena literatura; es esencialmente cubano, más aún que el Cucalambé y Poveda que le son inmensamente inferiores: no canta sino á Cuba y si alguna vez su fantasía sale de ella es para cubanizar, por decirlo así, todo lo que pinta.
Y cosa que debe llamar la atencion es lo poco conocidas que son esas traducciones en Cuba: es verdad que poseyendo el original no hemos de ir á saborear nuestros poetas por las copias siempre inferiores; pero nada ensalza tanto á una obra ó á una literatura como el que se la crea digna de ser conocida universalmente, y si á fuer de cubanos nos envanece la multitud de versiones que de nuestras obras se han hecho, tambien nos duele que la mayoría de ellas solo sean conocidas de los bibliófilos. ¿En cuál de nuestras bibliotecas se encuentran Kennedy, Maddens, y otros que nos han honrado difundiendo en otras rejiones los pensamientos madurados al calor de nuestro clima? No fué tan severo La Luz cuando dijo que entre nosotros son muchos los que estudian de los idiomas lo suficiente para pedantear: solo son aquí populares las mal escojidas traducciones de Mr. Aveline y las de Mr. Vingut contenidas en la obra Gems of spanish poetry, impresa por 1854.
Tenemos delante en este momento la traduccion de Mr. Fontaine (Poesies complétes de Placido, G. de la C. Valdés, Paris 1863) y es la que vamos á analizar por ser de las más conocidas. Mr. Fontaine, gran apreciador de nuestra literatura, residió en Cuba en los años corridos del 39 al 48 y se hallaba por lo tanto aquí cuando ocurrieron las repugnantes escenas de la Escalera.
No puede decirse que sea un mal traductor: es un verdadero poeta francés, y comprendió muy bien al genio que traducia; sin embargo, cuan diferente es el Plácido cubano del Plácido que Mr. Fontaine presenta á su patria: Treinta y cinco son las piezas que tradujo en verso, entre ellas El hijo maldito que no es de las peor traducidas, y vertió las otras en elegante prosa: son sin duda las mejor interpretadas La sombra de Pelayo, La Siempreviva, La flor de la cera, La Sombra de Padilla, Al Yumurí, hermoso ramillete que justamente constituye la mejor corona del autor cubano; pero el romance Jicotencal, que es su obra más completa, no nos parece que dé una idea en la traduccion de la magnífica obra española: es verdad que es intraductible, y el traductor hubiera acertado, colocándolo entre las que trasladó en prosa, con tanta más razon cuanto que la forma del romance y el artificio del asonante son esclusivamente de la literatura española: nos bastará comparar algun pasage, y será el siguiente:
Es que ya del caracol que por los montes retumba á los prisioneros muerte el eco sonante anuncia. Suspende á lo lejos hórrida la hoguera su llama fúlgida de humanas víctimas ávida que bajan sus frentes mústias. Il reconnait le son de la conque guerrière Pour les tristes captifs c’est un signal de mort, Et l’incendie au loin projetant sa lumière Ajoute ses terreurs à l’horreur de leur sort.
No se traspira ahí la sombría magestad del castellano; no se nota esa lobreguez que, resaltando hasta en el sonido de las palabras, hacen esos versos intraducibles para cualquier idioma: esos dos cuartetos constituyen en mi concepto el rasgo más brillante que ha producido la musa cubana hasta el presente.
El siguiente hermoso cuarteto de la misma composicion está traducido en esos dos versos.
Y que si los puentes corta porque no vaya en su busca con cráneos de sus guerreros calzada haré en la laguna Il me verra combler la profonde lacune Avec les crânes seuls de ses nombreux guerriers.
¡Cuánta viveza en la intencion, cuánta energia en el cuarteto español! y cuánta platitude en el dístico francés! el original habla al alma, el dístico solo al buen sentido.
En cuanto á la Plegaria no se puede negar el mérito de la francesa; pero no es la española: pudiera decirse que el traductor hizo una plegaria escrita sobre motivos de Plácido: son más exactas aunque de ménos mérito las en prosa de Thales Bernard y Villemain.
Tampoco se han traducido, aunque aparezcan en versos franceses, aquellos populares sonetos que reflejan en un modo tan melancólico toda la vida del autor, y que se hallan en su mayor parte más impresos en nuestra memoria que en los libros. Veamos uno, y sea A la Fatalidad, cuyos dos primeros cuartetos rinde de esta manera. No copiamos el original: ¿acaso hay cubano que se atreva á no saberlo?
Aveugle deité que sans nulle clemence D’épines m’entouras au debut de mes ans Comme les sombres bords du ruisseau d’où s’élance Ou la ronce vivace ou le magueys piquants. Toi qui fis de l’honneur une barrière inmense Entre la pauvre mère et ses tristes enfans Et qui jusqu’aux cieux ne m’élevas par chance Que pour me faire choir sous des coups plus puisants.
En primer lugar debemos recordar que Plácido fué unigénito; y en segundo lugar ¿pudo llamar á su madre desgraciada? ¡Con qué sagacidad y con que nobleza, evita aplicarle ningun epíteto diciendo el materno tálamo! Denostar á la suerte, á la preocupacion, era un modo muy astuto de lamentarse sin hacer reproches á nadie. Además ¿dónde está ahí ese misterio doloroso de la vida del autor encerrado en ese lamento del hijo abandonado? En otro lugar el traductor dice tendre mère: tierna madre! no tuvo facultad para serlo aunque hubiera deseado: en la relajacion de nuestras costumbres, ya se ha hecho hasta cierto punto tolerable, la union ilícita de blanco y africana; pero una blanca dando vida á un semiblanco ¡qué horror!...... Tampoco se divisa en la traduccion la fuente silvestre rodeada de espinas, bellísima imágen que tan poéticamente retrata á Cuba. Fuera de esto la version es buena y aun podemos añadir que en los versos 7.º y 8.º ha correjido el original[18].
Muy feliz estuvo Mr. Fontaine en La Siempreviva: lástima que en algunas estrofas quisiera ceñirse demasiado al original: se ha dicho con razon que la poesía no se traduce sino se imita: así tradujo Jáuregui al Tasso, así nuestro Mendive á Thomas Moore. El soneto A orillas del mar no es tampoco el español, aunque es un bello soneto francés: el traductor no podia trasladar el oportuno juego de palabras que es la esencia de la composicion: nada, hombre, nada que los curiosos entienden del verbo nadar, y que tiene que vertirse por rien. En cambio el soneto á la Muerte de Jesus, está traducido de mano maestra: bellísima tambien, Al Yumurí; ésta, si no iguala al original, es una de las mejores de la obra.
Veamos para concluir el inimitable Despedida.
ADIEU À MA MÈRE. Si le destin fatal qui me voue au malheur Si la cruelle fin de ma sanglante histoire Quand je m’en vais quitter ce monde transitoire En ton cour maternel fait naître la douleur. Ton âme peut encore se livrer au bonheur Ma mère calme-toi car je meurs plein de gloire Et des bords du tombeau c’est un chant de victoire Que songe à t’adresser mon luth consolateur. Les acents en sont doux, divïns et salutaires Innocents, spontanées, purs, glorieux, austères Tel que le premier cri de mon sein exhalé: Mais je me sens poussé vers la tombe qui s’ouvre De la Religion le saint manteau me couvre...... Adieu, ma mère, adieu: je signe: L’Exilé.
Es, sin duda, una buena traduccion; pero no todos, aun entre cubanos, son capaces de interpretar el valor de esa joya literaria: la traduccion íntima de ese soneto la percibe el corazon, la siente el alma, pero no la espresan las palabras. Reparad que empieza por la conjuncion si: espantosa conjuncion, que es aquí un anatema. Es un hijo que dice á au madre:
—¡Escucha! para mí no hay deberes filiales, pero eres mi madre y te hablaré siempre con deferencia: una falta me dió nacimiento: no te has ocupado para nada de tu hijo: nada te debo...... sin embargo, si acaso mi triste fin te hace desgraciada, consuélate; yo muero contento y te dedico mi último gemido.»
Plácido era el único hijo que en su postrer momento podia poner en duda el dolor de su madre: el único que podia encabezar su despedida con esa horrible conjuncion que, implicando una duda cruel, reasume toda la amargura con que sin duda fué escrita. ¿Y á quién habia de dirigirse en tan supremo instante la víctima para quien no habia proteccion ni amigos? Su corazon cristiano primero se eleva á Dios, hé ahí La Plegaria, luego piensa en su Lira, única amiga y consoladora en sus infortunios: después...... recuerda que existia por el mundo una muger que le habia abandonado, pero que tal vez en aquel momento lloraba, y, grande y generoso en su adversidad, hace más que perdonar, toma la pluma para dirijirle un consuelo: ¡Con cuánta nobleza y dignidad lo hace, sin llamarla tendre mère como quiere Mr. Fontaine, sin suponerla grief-smitten como añade Longfellow[19]. Es que ni Longfellow ni Bryant ni otros traductores estudiaron esos antecedentes y era preciso conocerlos para interpretar en su verdadero valor el original; para comprender la melancolía que impregna muchas de sus composiciones, el amargo sarcasmo con que escribió otras, y sobre todo la verdad dolorosa que encierra esa tristísima despedida que más que despedida parece un perdon.
Es en nuestro concepto el rasgo más sublime de Plácido y sin duda uno de los más grandes que haya producido jamás poeta alguno. ¡Rasgo digno de aquel hombre que al salir de un mundo en que no habia encontrado sino agravios escribe á su esposa que ejercite la caridad y que perdone á sus enemigos!
¡Ay! se necesitaron todas las circunstancias adversas que se acumularon en la vida de aquel desgraciado, para tener derecho á escribir ese soneto que la posteridad leerá vertiendo sobre él las piadosas lágrimas que ahora derramamos á la memoria de su autor.