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Poetas de color

JUAN FRANCISCO MANZANO.

Reading edition

El lector mil veces habrá oido nombrar á Juan Francisco Manzano, habrá quizá leido algunas de las producciones de su inculto genio; pero ¿conoce su vida? ¿se detuvo alguna vez á escuchar los lamentos de aquel pobre-desheredado de todos los bienes del mundo? Quizás no; por lo mismo le invitamos ahora á derramar algunas lágrimas á su memoria: lea su lamentable historia y por empedernido que se halle su corazon se unirá á nosotros para tributarle ese tardío tristísimo homenage.

Víctima de una malhadada institucion que si aun existe es porque responde todavía á ciertas ya moribundas exigencias de los tiempos, la historia de aquel esclavo es una prolongada nota de agonía, un poema de dolor y lágrimas. Nunca llegó á la altura popular de Plácido; pero la relacion de su vida no es ménos interesante: es, sí, más dolorosa; Plácido es una súbita ráfaga de muerte, un drama de sangre; Manzano es una larga série de padecimientos ocultos, de sollozos ahogados en misterioso silencio. La historia de Plácido conmueve é indigna, la de Manzano enternece y hace llorar.

Desde luego no puede ménos de admirar el hecho de un esclavo oscuro, para cuyo talento no fué rémora la más miserable de las condiciones, y que gracias á su solo ingenio hace sonar su nombre en lenguas y naciones extranjeras. ¿Qué habria sido se pregunta uno naturalmente, si hubiera nacido libre y con proporciones?

—Nada ó muy poco, contestará quizá alguno, porque la pólvora necesita la presion para estallar, y solo el lamentarse de su suerte presenta á un esclavo fecundo y no esplotado campo de poesía elegiaca. Pero he ahí justamente en lo que erraría el que así pensara, porque Manzano nunca empleó su musa en llorar su condicion; es verdad que todas sus poesías están impregnadas en mística melancolía, es verdad que en cada verso parece oirse el ay desgarrador del siervo indefenso; pero jamás una imprecacion, jamás un arranque de ira en quien tenia más que otro alguno derecho á maldecir.

Para considerar en su justo valor la situacion de Manzano, es preciso trasladarse á su época, en la cual, aunque precedente inmediata de la nuestra, eran mucho mayores las preocupaciones y mucho menor la conmiseracion hácia esa raza: el hombre de color aun libre no podia hablar al blanco más humilde sino con el sombrero en la mano y con tratamiento de su merced: no existia esa luz que solo de hace poco ilumina nuestra conciencia en ese oscurísimo punto que hemos dado en llamar institucion social.

Trasladado uno á esos primeros dias de nuestro protagonista, se pregunta con asombro ¿cómo pudo ilustrarse? ¿cómo aprendió siquiera á leer? Hé aquí lo que van á revelarnos sus Apuntes autobiográficos, modelo de sencillez en el estilo narrativo que vamos á dar á conocer. Consérvanse estos en manuscrito autógrafo en la biblioteca del Sr. Delmonte, y aunque traducidos al inglés por Richard Maddens (Lóndres 1840)[20] el original castellano ha permanecido inédito. Nosotros hemos leido sin poder contener el llanto esas páginas de amargura, hemos devorado con el corazon oprimido de angustia ese poema de ignorados dolores. Su publicacion seria el mayor de los anatemas lanzados contra una institucion social, pero abominable, admitida aunque inadmisible. No ha llegado empero la hora de su publicacion; aparte la ofensa que se infiriera á ciertas susceptibilidades (que acaso deploran culpas de sus abuelos) debemos recordar que la libertad concedida á la prensa esceptúa lo relativo á la esclavitud. Comprendemos los motivos de esa exclusion, sabemos lo inconveniente que seria ventilar hoy con libertad cuestion de tal trascendencia que ha de resolverse con mesura y precauciones; mas deseando dar á conocer en todas sus faces la vida de nuestro poeta, tomarémos de sus Apuntes lo necesario para nuestra biografía.

Manzano no nació, como dice Cuba Poética, «en las haciendas de sus señores» ni fué libertado «por varios matanceros»[21]: con mejores datos aseguramos que vió la luz en la Habana, Agosto de 1804, casa contigua á la Machina, de los marqueses Juztiz de Santa Ana, de quienes nació esclavo (esto es D. Juan Manzano y Doña Beatriz Juztiz de Santa Ana.) Fué su madre la negra María del Pilar Manzano, que traida del ingenio llegó á ser una de las criadas de distincion de la dicha marquesa; y su padre Toribio Castro, mulato, quedando al nacido, como es costumbre el apellido de los amos. «Saliendo yo á luz el año de......... dice la Autobiografía, y aunque no da fecha, la hemos deducido por advertir más adelante que, con diferencia de dias, fué contemporáneo de D. Nicolás de Cárdenas y Manzano, uno de sus señores.

Los primeros años del poeta fueron felices; apacible aurora que precedió á un dia de tinieblas; su madre era la criada favorita de la dicha marquesa, quien llamaba al reciennacido el niño de su vejez, y éste á su vez la llamaba mamá. Cuenta la Autobiografía que en el mismo faldellin de la señora Doña Beatriz fué envuelto para su bautismo, del cual recuerda...... «que se celebró[22] con arpa que tocaba mi padre por música, con clarinete y flauta, y que mi señora quiso marcar este dia con uno de sus rasgos de generosidad, coartando á mis padres en trescientos pesos. Yo debí ser más feliz, pero......»

Es preciso notar aquí con cuánto agradecimiento, con qué candorosa sinceridad habla el autobiográfico de estos primeros años, refiriendo los menores detalles relativos á sus amos, y á la educacion cariñosa, aunque no por eso mejor dirijida, que se le dió; es verdad que no se pensaba en formar un poeta, ni nadie habia adivinado al genio: siendo esclavo raro es que se le permitiera aprender á leer.

«A los seis años, dice, por demasiado vivo me mandaron á la escuela en casa de mi madrina de bautismo Trinidad de Zayas; á las doce y por la tarde me traian para que la señora me viera. De diez años daba de memoria los más largos sermones de Fray Luis de Granada, sabia tambien todo el Catecismo, y cuanto puede enseñar de religion una mujer, é infinidad de relaciones, loas, entremeses; cosia regular y conocia la colocacion de las piezas: de esa edad me pusieron á pupilo, con mis padrinos, llevando ya las primeras lecciones de sastre por mi padre.»

Entónces viajaba la señora Marquesa con frecuencia á su hacienda El Molino situada en tierras de Matanzas; en uno de estos viajes enfermó y murió en la dicha finca, y esto fué para el poeta, entónces de once años el crepúsculo nebuloso que anunció la série de sinsabores apuradas durante el resto de su vida; pero no podemos ménos de copiar la hermosa pincelada con que describe la muerte de la buena marquesa, su protectora.

«Esta época por lo remota no está bien fija en mi memoria: solo me acuerdo de que mi madre y la señora Doña Joaquina[23] el padre y yo estuvimos en fila en su cuarto mortuorio, que ella me tenia puesta la mano en mi hombro, que mi madre y la señora Doña Joaquina lloraban, de lo que hablaban no sé, que salimos de allí y yo me fuí á jugar: que á la mañana siguiente la ví tendida en una gran cama; que grité y me llevaron al fondo de la casa, donde estaban los demás criados enlutados, que por la noche toda la negrada sollozando rezó el rosario, que yo lloraba á mares, y que me separaron entregándome á mi padre.»

Y continua despues de algunos renglones que omitimos:

«Transcurrido algun tiempo pasamos á la Habana, donde de nuevo fuí á casa de mi madrina; corrieron algunos años sin ver á mis padres; creo no equivocarme si digo que fueron seis........ hacia el oficio de paje........»

«Habia compuesto ya á los doce años muchas décimas de memoria, causa porque mis padrinos no querian que aprendiese á escribir; pero yo los dictaba á escondidas á una jóven morena llamada Serafina»......

«Pero la verdadera historia de mi vida empieza desde los catorce años de edad en que la fortuna se desplegó contra mí hasta el grado de mayor encarnizamiento, como veremos. Por la más leve maldad propia de un muchacho me encerraban por más de veinte y cuatro horas en una carbonera; era yo en estremo miedoso y me gustaba comer: mi cárcel, como puede verse todavía, era tan oscuro que en lo más claro del medio dia se necesitaba vela para distinguir en ella los objetos. Allí, despues de llevar récios azotes, me ponian con órden, so pena de gran castigo, al que me diese una gota de agua; lo que sufria aquejado del hambre y de la sed, atormentado del miedo en lugar tan soturno como apartado de la casa, en el traspatio, junto á la caballeriza, á un espantoso y evaporante basurero, y á un lugar comun infecto, húmedo y siempre pestífero, que solo estaba separado por sus paredes, todas agujereadas, guarida de diformes ratas que sin cesar me pasaban por encima...... tenia la cabeza llena de los cuentos de cosa-mala de otros tiempos, de las almas aparecidas en este mundo y de los encantamientos, y por eso cuando aparecia un tropel de ratas haciendo ruido, me parecia ver aquel sótano cundido de fantasmas, y daba tantos gritos pidiendo misericordia, que entónces me sacaban de allí y me crucificaban á zaetazos...... luego me encerraban otra vez, guardando la llave en el cuarto mismo de la señora.»

Dos ó tres veces se distinguió la piedad del señor D. Nicolás[24] y sus hermanos introduciéndome, por la noche, algun poco de pan bizcochado por una rendija de la puerta y dándome agua con una cafetera de pico largo. Esta penitencia era tan frecuente que no pasaba semana sin que la sufriera dos ó tres veces, y en el campo tenia igual martirio siempre. Yo he atribuido la pequeñez de mi estatura y la debilidad de mi naturaleza á la amargosa vida que desde trece ó catorce años he traido: siempre flaco y estenuado, llevaba en mi semblante la palidez de un convaleciente con tamañas ojeras...... no es de estrañar que de contínuo hambriento me comiese cuanto hallaba por lo que se me miraba como el más gloton; no teniendo hora marcada comia á dos carrillos, tragándome las cosas medio enteras, de donde me provenian frecuentes indigestiones, y yendo á menudos á ciertas necesidades, me hacia acreedor á otros castigos; mis delitos comunes eran no oir á la primera vez que me llamaban, si al tiempo de dárseme un recado dejaba alguna palabra por escuchar. Como llevaba una vida tan angustiada, sufriendo casi diariamente rompeduras tras rompeduras de narices, lo mismo era llamárseme que me entraba un temblor tan grande que apénas podia tenerme sobre mis piernas; pero suponiéndose esto fingimiento no pocas ocasiones recibí por manos de un negro rigurosos azotes...... Desde la edad de trece ó catorce años la alegría y viveza de mi genio, lo parlero de mis labios, llamados pico de oro, todo se trocó en cierta melancolía que se me hizo con el tiempo característica; la música me embelesaba; sin saber por qué lloraba y gustaba de ese consuelo, en hallando ocasion de llorar, que siempre buscaba la soledad para dar rienda suelta á mis pesares, adquiriendo mi corazon cierto estado de abatimiento incurable hasta el dia». . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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«Quince ó diez y seis años tenia cuando fuí llevado á Matanzas otra vez; abracé á mis padres y á mis hermanos y conocí á los que nacieron despues de mí...... Cinco años pasamos en Matanzas donde era mi oficio barrer y limpiar cuando podia...... desde el amanecer, ántes que nadie se levantase»......

Desde este punto toda la autobiografía es un continuado lamento, un quejido de angustia: jamás hemos visto la desventura ensañarse con mayor terquedad en la persona del humilde y del indefenso. Sin duda aquel venerable sacerdote á quien se atribuye la idea de traer africanos[25] para aliviar á los indios sus protejidos, no se representó el cuadro horrible del talento encadenado y al arbitrio de un amo desapiadado é insensible: él sin duda solo consideró al africano devorado en su tierra por las guerras, desnudo y hambriento, sin pan para sus hijos, sin religion, sin familia; no pensó en la sórdida avaricia, en el látigo acerado, en las hijas separadas de sus madres, en las madres castigadas en presencia de los hijos; no adivinó que andando el tiempo de esa raza negra habia de nacer un Plácido cuya vida y muerte seria padron de deshonra para su siglo, y un Manzano cuyos ahogados lamentos habian de sonar como el grito de la conciencia humana, revelándose á un tiempo en el corazon de todos los hombres rectos.

Continuemos copiando: por estos dias su señora se mudó á su hacienda de El Molino, y venia todas las noches á Matanzas, donde jugaba al tresillo hasta las doce, obligado el page («como un falderillo») á estar de pié detrás de su sillon para servirla en lo que se ofreciera.

«Si durante la tertulia me dormia, si al ir detrás de la volanta se me apagaba el farol, aunque fuése por casualidad, como sucedia en los carrilones de las carretas, que llenándose de agua, al caer la rueda, saltaba aquella y se entraba por las labores del farol de hoja de lata, luego que llegábamos se despertaba al mayoral ó administrador, y yo iba á dormir al cepo y al amanecer ejercia aquel en mí una de sus funciones[26] pero no como en un muchacho...... nadie me valia...... A mi pobre madre y á mi hermano más de dos veces les amaneció esperándome, interin encerrado aguardaba yo un doloroso amanecer.

«Aquella vivia tan recelosa ya que cuando yo no llegaba á la hora poco más ó menos, bajaba de su bohío y acercándose á la puerta de la enfermería, donde estaba el cepo, hácia la izquierda por ver si me hallaba allí, me llamaba...... ¡Juan!...... y yo le contestaba gimiendo, y ella decia desde afuera...... ¡ay, hijo!...... Entónces era el llamar de la sepultura á su marido porque cuando esto ya mi padre se habia muerto: tres ocasiones recuerdo haber visto repetirse esta escena, pero otras veces me encontraba mi madre en el camino cuando me llevaban de la casa de vivienda al cepo.

«Una vez más que todas para mí memorable me sucedió lo siguiente: nos retirábamos del pueblo[27] y como era ya demasiado tarde y la volanta andaba despacio, y yo venia sentado como siempre, asido con una mano á un barrote, y en la otra el farol, me dormí de tal modo que solté aquel, pero tan bien que cayó parado á unos veinte pasos: abrí de pronto los ojos, me hallo sin él, veo la luz en donde estaba, tírome abajo, corro á cojerle, doy ántes de llegar dos caidas con los terrones, tropezando al fin lo alcanzo, quiero volar en pos de la volante que ya me sacaba una ventaja considerable; pero cuál fué mi sorpresa al ver que el carruaje apretó marcha, y por más que procuré alcanzarlo se me desapareció. Sabia lo que me iba á suceder, llorando seguí á pié, pero cuando llegué cerca de la casa de vivienda, me hallé cojido por D. Silvestre, que era el nombre del mayoral, quien ya venia en mi busca. Al conducirme para el cepo nos encontramos con mi madre, que siguiendo los impulsos de su corazon, vino á acabar de colmar mis infortunios. En habiéndome visto quiso preguntarme qué habia hecho, mas el mayoral imponiéndole silencio, se lo trató de estorbar, sin atender á ruegos ni lágrimas. Irritado porque lo habian hecho levantar á aquella hora, alzó la mano y le dió á mi madre con el manatí: este golpe lo sentí en el corazon. Dar un grito y convertirme de un manso cordero en un leon, todo fué uno: me le zafé con un fuerte tiron del brazo por donde me llevaba y me le tiré encima con dientes y manos; es de considerarse cuantos manatiazos, puntapiés y otros golpes llevaria; mi madre y yo fuimos conducidos y puestos en un mismo lugar. Los dos gemíamos á una allí, miéntras mis hermanos Filomeno y Fernando lloraban en el bohío. El primero tendria seis años, y el segundo, que hoy sirve al médico señor D. Tomás Pintado, cinco. Apénas amaneció dos contramayorales y el mayoral nos sacaron llevando cada uno de los negros su presa al lugar del sacrificio. Yo sufrí más de lo mandado por guapito; pero las sagradas leyes de la naturaleza obran en las madres efectos maravillosos. La culpa de la mia fué que viendo que me tiraban á matar, se tiró encima del mayoral para hacerse atender, mas llegando los negros del tendal nos echaron mano. Al contemplar á mi madre por primera vez en su vida en el lugar del sacrificio, suspenso, sin poder ni llorar, ni discurrir, ni huir, temblando, interin sin pudor los cuatro negros se apoderaron de ella y la arrojaron por tierra para azotarla...... no hacia más que pedir por Dios, todo lo resistia por ella; pero al oir estallar el primer foetazo, enfurecido como un tigre ó como la fiera más animosa, estuve á pique de perder la vida á manos del citado D. Silvestre...... pasemos, pasemos en silencio el resto de esta escena dolorosa......

.........«No, que no puedo enumerar los increibles trabajos de mi vida, toda ella está regada de lágrimas...... Mi pobre corazon se enfermó á fuerza de tanto sufrir, por lo que todo me asustaba». . . . . . . .

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Endulzóse un momento la suerte del infeliz esclavo cuando pasando segunda vez á la Habana, fué entregado para el servicio de D. Nicolás de Cárdenas y Manzano, su amito; pero ¡ay! estos cortos dias de ventura no son más que un oasis en el dilatado desierto de su existencia. Veamos con qué palabras describe el carácter de aquel señor.

«Solo me privaba de la calle, de la cocina y del roce con personas de malas costumbres, porque este señor como que desde bien jóven las tuvo irreprensibles, queria que todo el que tuviera á su lado fuera lo mismo.»

El lector sin duda sabe quien fué Cárdenas y Manzano, á quien todos convienen en reconocer un hombre probo, un digno ciudadano que prestó valiosos servicios en la causa de la instruccion pública; pero el elogio sincero del humilde poeta esclavo, ese certificado irrecusable de la bondad de Cárdenas, le realza más en nuestro concepto que los que le otorgaron las aulas y corporaciones de que fue ilustre miembro. ¿Por qué la suerte que hizo esclavo á Manzano al ménos no lo hizo siempre esclavo de Cárdenas? No hubiera sufrido el horrible tratamiento de que se lamentaba con tanta humildad como razon, quizás no leeríamos hoy esta autobiografía escrita con hiel, quizás hubiéramos tenido un poeta de más alcance; porque quien lea sus versos pronto descubre que á aquella fantasía solo faltó el elemento de la instruccion para elevarse á la region de Heredia y la Avellaneda.

Continuemos estractando:

«Me fuí de tal modo identificando con sus costumbres, que empecé tambien á darme á ellos (á los libros). Tomaba sus libros de Retórica, me ponia mi leccion de memoria, la aprendia como un papagayo, y ya creia yo saber algo; pero el poco fruto que de ello sacaba, lo conocia en que nunca habia ocasion de aplicar mis conocimientos. Entónces determiné darme á otro estudio más fácil que fué el de aprender á escribir.»

Pinta aquí con tanta sencillez como galanura los apuros que pasó porque «no hallaba cómo empezar.» No sabia, dice, cómo cortar las plumas y me guardaria de tocar ninguna de las de mi señor. Sin embargo, ¿qué hice? compré un tajaplumas, plumas y papel muy fino y metia entre llanas algun pedazo de los que mi señor botaba escritos, con el fin de acostumbrar el pulso á formar letras, ó iba siguiendo la forma de los que tenia debajo, con cuya invencion ántes de un mes, ya hacia renglones, logrando la forma de letra de mi amo; por lo que hay tanta identidad entre la suya y la mia»......

«Prohibióseme la escritura, pero en vano, porque todos se habian de acostar, y entónces yo encendia mi cabito de vela, y me desquitaba á mi gusto, copiando las más bonitas letrillas de Arriaza, á quien imitaba siempre, figurándome que con parecerme á él ya era poeta. Pilláronme una vez algunos papelillos de décimas, y el señor Dr. Coronado fué el primero que pronosticó que yo seria poeta, aunque se opusiera todo el mundo.»

Hé aquí una noticia desconsoladora: la melancolía que enjendra la lectura de ese escrito se convierte ahora en indignacion. ¡Con que ya se habia revelado el genio! ¡Con que ya hubo quien leyera al poeta á traves de la tosca envoltura del esclavo! ¡Con que ya no era el caso un poco ménos acerbo del africano embrutecido, de cerebro imperfecto, en quien tal vez no hay más sufrimiento que el físico, porque no tiene idea de la dignidad, que carece de amor propio, que creyó ser nacido para ello! Es preciso siempre trasladarse á la época para no hacer inculpaciones injustas: nadie duda que Cárdenas Manzano fué recto, benévolo, magnánimo; como tal aparece en nuestro Diccionario ¿por qué volvió el sinventura poeta á la hacienda del Molino despues de la revelacion de Coronado?[28]

«Entretanto (habla Manzano) estaba mi señor en vísperas de casarse con la señorita Doña Teresa Herrera; y yo era el Mercurio que llevaba y traia; distinguido lugar que me daba mucho, pues tenia doblones sin pedirlos. No sabia qué hacer del dinero y despues de comprar gran provision de papel, plumas y buena tinta, y haber comprado un tintero, lo demás se lo enviaba á mi madre en efectivo.»

«Cosa fué de tres años ó poco más esta felicidad cuando viniendo mi señora de Matanzas, oyó la fama de mi servicio en todo, y sin saber yo por qué determinó llevarme otra vez consigo.»

La azarosa vida del poeta vuelve aquí á nublarse y ahora por un espacio más dilatado: con su vuelta á Matanzas se renovaron las angustiosas visitas al Molino. Habla aquí de los padrinos que á menudo tenia que buscar para sustraerse á un vejaminoso castigo; D. Tomás Gener, el Conde de Jibacoa &.ª y esclama en un arranque de justísima indignacion «¡Vergüenza me daban estos padrinazgos.» Y hé aquí toda la imprecacion que pronuncian los labios del manso cordero en los momentos en que el infortunio fulminaba sobre él sus rayos más tremendos! Por eso, lo repetimos, quien quiera aborrecer y execrar esa institucion ó mejor dicho ese crímen social en cuanto se merece, lea esa epopeya de lágrimas en que no se ha escrito la palabra maldicion. Es justamente su estilo cuasibíblico, bien semejante al de Silvio Pellico, es esa misma simplicidad, es la verdad tristísima que se traspira en ella, lo que hace que esa dolorosa relacion, bella en su desórden, sublime en su desaliño, sin adorno de estilo como no escrita para lucir erudicion, acongoje el alma hasta arrancarle lágrimas de enternecimiento y de indignacion.

El espectáculo contínuo del sufrimiento de otros, la tolerancia general respecto de un error intolerable, sin endurecer acaso las almas ha llegado á rodearnos de una atmósfera deletérea, á crear un pernicioso hábito, una ceguedad de que nadie podria darse cuenta. Es que todo se degrada y se envilece allí donde hay hasta sacerdotes poseedores de esclavos y verdaderos amos feudales de séres que conviene sostener en el embrutecimiento y en la ignominia. ¿Cuál era el instrumento, cuál era la fiera elegida por el acaso para atormentar á aquella víctima desventurada? ¡Era una mujer!

Pero doblemos unas cuantas hojas, y copiemos algun otro de sus dolientes episodios: no será estraño que nos estendamos demasiado en estos estractos, porque esta autobiografía no ha sido publicada y pocos cubanos[29] la conocen.

«Ya he dicho que era el falderillo de mi señora, y así puede decirse, porque tenia por obligacion seguirla siempre, á ménos que fuese á sus cuartos, que entónces me quedaba á las puertas, impidiendo la entrada á todos, ó llamando á quien ella llamase, ó haciendo silencio si consideraba que dormia. Pues una tarde salimos al jardin; largo tiempo hacia que ayudaba á mi señora á cojer flores y á trasplantar algunas maticas como en género de diversion, miéntras el jardinero andaba por todo lo ancho del jardin cumpliendo su deber; cuando al retirarnos, sin saber materialmente lo que hacia, cojí una hojita no más de geranio donato. Esta malva sumamente olorosa, iba en mis manos, mas yo no sabia lo que llevaba, distraido con mis versos: seguia á mi señora á distancia de dos ó tres pasos, tan ageno de mí que iba haciendo añicos la hoja, de la que resultaba mayor fragancia. Al entrar en una antesala, no sé con qué motivo retrocedió, hícela paso, pero al enfrentar conmigo llamóle la atencion el olor: colérica de pronto, con una voz vivísima y alterada me preguntó ¿Qué traes en las manos? Yo me quedé muerto; el cuerpo se me heló de improviso, y sin poder tenerme del temblor que me dió en ambas piernas, dejé caer en el suelo una porcion de pedacitos que fueron un monton, una mata, un atrevimiento de marca. Me rompieron las narices y en seguida vino D. Luis Rodriguez, emigrado de Santo Domingo, empleado en la finca, á quien se me entregó. Serian las seis de la tarde en el rigor del invierno; la volante estaba puesta para partir al pueblo y yo debia ir detrás, pero ¡Cuán frágil es la suerte del que está sugeto á contínuas vicisitudes, como yo que nunca tenia hora segura! Lleváronme al cepo: en este lugar ántes enfermería de hombres, cabrán, si existe, cincuenta camas en cada lado,[30] pues en ella se recibian los enfermos de la Hacienda y á más los del ingenio San Miguel; pero entónces estaba vacío y no se le daba ningun empleo; tenian allí el cepo y solo se depositaba algun cadáver hasta la hora de llevarlo al pueblo á darle sepultura. Metiéronme en aquel los dos piés con un frio que helaba, sin ninguna cubierta, y despues me encerraron. ¡Qué noche no pasaria allí, solo en el alma! Parecíame que los muertos se levantaban y bajaban por todo lo largo del salon, y que se colgaban por una ventana medio derrumbada que caia al rio[31] cerca de un despeñadero de agua cuyo perenne golpeo se me figuraba una legion de duendes. No bien habia empezado á aclarar cuando sentí correr el cerrojo: entra un contramayoral seguido del administrador envuelto en su capote; me sacan á una tabla parada contra un horcon que sostenia el colgadizo y veo al pié de aquella un mazo de cincuenta cujes. El administrador por debajo del pañuelo que le tapaba la boca gritó con una voz ronca: «amarren». Me atan las manos como las de Jesucristo; me cargan y me meten los piés en las dos aberturas que tenia la tabla........ ¡Oh, Dios! ¡corramos un velo sobre esta escena tan triste!...... ¡ay! mi sangre se derramó y yo perdí el sentido. Cuando volví en mí me hallé á las puertas del oratorio, en los brazos de mi madre anegada en lágrimas, que á instancias del padre don Jaime Florid, se retiró de allí desistiendo del intento que tenia de ponérsele delante á mi señora, qué sé yo con qué pretension. A las nueve poco más ó ménos se levantó aquella; su primer diligencia fue imponerse de si me habian tratado bien: el administrador que la esperaba me llamó y me la presentó: ella entónces me preguntó: «Si queria otra vez tomar hojas de su geranio:» como no quisiese responder por poco me sucede otro tanto, y tuve á bien decir que no. Como á las nueve me entró crecimiento, y mé pusieron en un cuarto; tres dias sin intermision estuve en este estado, dándome baños y unturas. Mi madre no venia allí sino por la noche, cuando consideraba que mi señora estuviese en el pueblo. Al sesto dia andaba ya solo y se contaba con mi vida: á eso de las doce me encontré con ella que atravesaba por el tendal, y me dijo: «Juan, aquí llevo el dinero de tu libertad, ya tú ves que tu padre se ha muerto, y tú vas á ser el padre de tus hermanos; ya no te volverán á castigar más, Juan, cuidadito, ¡eh!...... Un torrente de lágrimas fué mi única respuesta. Ella siguió y yo fuí á mi mandado, mas el resultado de esto fué que mi madre salió sin dinero, y yo quedé de esperar qué sé yo cuanto tiempo que nunca llegó»[32].

«Después de este pasage me aconteció el siguiente. Una tarde trajeron del ingenio unos cuantos pollos y capones, y á mi me tocó como siempre estaba de centinela para el que llegaba, recibirlos por desgracia. Entré la papeleta dejando las aves en el pasadizo, debajo de la glorieta que se hallaba á la entrada; leyóse el papel y me mandaron llevarlos al otro lado para entregarlos á D. Juan Malo que era mayordomo ó celador de aquella otra parte; tomélo todo despidiendo al arriero, é iba contento, pues en este intérvalo respiraba; entregué lo que recibí y me acuerde que eran tres capones y dos pollos. Pasadas unas dos semanas me llamaron para que diese cuenta de un capon que faltaba; al momento dije que los que vinieron fueron tres y dos pollos, y que esos mismos habia entregado. Quedóse esto así, mas á la mañana siguiente ví venir al mayoral del ingenio, que habló largo rato con mi señora y se fué. Servimos el almuerzo, y cuando iba á meterme el primer bocado, aprovechando el momento porque pasado este...... (no puede leerse en el manuscrito el RESTO de esta frase)....... me llamó mi ama, y me mandó que fuese en casa del mayoral y le dijese qué sé yo qué cosa: aquello me dió mal ajo, oprimiéndoseme el corazon, y fuí temblando, como que estaba acostumbrado á irme á entregar yo mismo. Llego á la puerta y veo dentro á los dos, el del Molino y el del Ingenio; dóile al primero el recado y haciéndose sordo me dice «Entra, hombre,» y como me hallaba en el caso de estar bien con estas gentes, porque cada rato caia entre sus manos, le obedecí. Iba á repetir el recado; pero el señor Dominguez, que así era el apellido del mayoral del ingenio, me cojió por un brazo diciendo «A mí es á quien busca.» Sacó una cuerda de cáñamo delgada, me amarró como á un facineroso, montó á caballo, y echándome por delante, me mandó á correr, y nos alejamos prontamente por aquellos contornos: el fin era que mi madre, ni mi segundo hermano, ni los niños y niñas me viesen, porque todos al momento se echarian á llorar, y la casa seria un lugar de duelo y me apadrinarian.»

«Nos habiamos alejado como un cuarto de legua cuando fatigado de correr delante del caballo, dí un traspié y caí; apénas dí en tierra dos perros ó dos fieras que nos seguian se me echaron encima».........

No quisiéramos continuar copiando este pasage: es demasiado repugnante, y la misma sencillez del narrador lo hace más monstruoso: el esclavo fué llevado al ingenio, donde ya varias veces habia ido á estacion semejante, y despues de varios dias consecutivos de bárbaro castigo,[33] tras el cual se le preguntaba por el capon, cuando ya su enfermo cuerpo estaba á punto de sucumbir al rigor del desalmado Dominguez, se descubrió...... ¡que era inocente! ¡el capon no habia sido enviado! ¡Oh, cuántas veces monstruosidad idéntica habrá tenido lugar en nuestros campos de Cuba!

Triste es pensar que en este siglo de ilustracion, en que tanto se preconizan los sacrosantos dogmas de igualdad y justicia, no tengamos que remontarnos hasta los tiempos de Fedro para ver el cuadro de la inteligencia aherrojada y víctima de la abyeccion social, y es más triste pensar, cuántos como él, genios que pudieran haber sido honra de la patria, habrán desaparecido ahogados en la ignominia, sin tener ocasion de patentizar que se ocultaba en ellos dignidad de hombre y alma de poeta!

Hé aquí por qué nos hemos conmovido en lo más íntimo del alma, cuando despues de leer algunas otras de las dolorosas escenas de su vida, encontramos lo que ya esperábamos, que comienza á quebrantarse su fé, y á evaporarse su esperanza, «esa antorcha providencial que nunca se apaga del todo» y que es el único consuelo de los desamparados: hé aquí por qué no contenemos nuestras lágrimas cuando la inofensiva víctima «á quien nadie valia,» «que comia poco y casi siempre llorando» sin proteccion ni amigos, oprimido por la sociedad, considerado como un animal doméstico, en un arranque de infinita angustia esclama:

—«¡Mi corazon no era bueno! ¡y la Habana juntamente con los felices dias estaban impresos en mi alma, y yo solo deseaba volverme á ella!».....

Es decir que el angustiado siervo todo lo que deseaba, todo lo que pedia á su destino, era ir á la Habana á servir á otro sin remuneracion, pero libre de los frecuentes castigos de la finca[34]. En verdad nos temíamos algo más grave, temíamos que lo que deseara fuera vengarse ó morir maldiciendo: nos alegramos empero que no fuera así; es más grande en su resignacion aunque sea así su historia más afrentosa para todos nosotros.

Y cuando se esfuerza en hacer versos esclama con no ménos abatimiento. «Pero yo criado en la oscuridad y en la ignorancia ¿qué podia saber?

Veámosle ahora recojiendo por los suelos el alimento intelectual como recoje un perro el sustento material.

«Por esta época escribia muchos cuadernos de décimas que vendia (están en Matanzas) y Arriaza á quien tenia en la memoria era mi guía...... La poesía quiere un objeto á que dedicarse: el amor regularmente nos inspira; pero yo era demasiado ignorante, y todavía no amaba, por lo tanto mis versos eran frias imitaciones; y si no me salian algunos muy malos es menester atribuirlos á la estremada aficion que tuve desde bien chico á leer cuanto topaba leible en mi idioma, aunque fuera por las calles; y así en yendo por aquellas, donde veia un pedacito de papel impreso lo alzaba, y como estuviese en verso no paraba hasta sabermelo todo de memoria.»

Y poco más adelante dice:

«Por lo cual tenia en la uña la vida de los santos más milagrosos y los versos de sus rezos, los de la novena de San Antonio, los del Trisajio y en fin todos los de los Santos, únicos casi que alcanzaba; fuera de los que en la mesa de mi señora, en los dias de comida, que eran todos por lo regular, le improvisaban para coronarla cuatro ó cinco poetas, quienes me dejaban bastantes, pues yo tenia mi cáscara de huevo (tintero) y mi pluma, y apénas acababa uno, inter otros aplaudian y los demás rebosaban las copas, yo detrás de alguna puerta escribia los trozos que se me quedaban en la memoria.»

Esto enternece tanto más si se considera que esa fué la única escuela de Literatura que tuvo el autor de la Zafira; y el lector sabe sin duda á qué atenerse respecto al mérito literario de aquellas improvisaciones que se usaron de sobremesa, y que hicieron bien en pasar á desuso: lo mismo decimos de los versos de rezos.

Pero este pasage encierra otra leccion que no debemos pasar en silencio, y es que al admirable ejemplo de mansedumbre y resignacion, se une otro no ménos grande de perseverancia; ejemplo que viene á llenar de confusion al mimado alumno que rodeado de todos los medios para ilustrarse ni los aprecia, ni los aprovecha, ni sabe agradecerlos. Estudiad la historia de Manzano, niños que desestimais los desvelos de vuestro padres; vosotros los que teneis libros y maestros, los que el cariñoso afan de una madre rodeó de todos los elementos para formar un porvenir de luz y felicidad, poneos un momento en el lugar de aquel infeliz sin proteccion ni recursos y que no sabia á donde volver los ojos para encontrar un rostro amigo. Se os figurará una planta de generosa condicion, pero nacida entre piedras, en atmósfera viciada, sin abono y sin riego...... por fuerza solo de su propia bondad germina, lucha, rompe el valladar que coarta su crecimiento, brota al fin para dar una flor que no puede ser sino pálida, y esparce una fragancia que no puede ser sino raquítica.

Reproducirémos un pasage más para concluir. Despues de hablarnos de la muerte de su madre, de su proyecto de fugarse á la Habana; nos refiere el siguiente:

«Al cabo de tres meses ó cuatro de mi último acaecimiento, se armó viage á Madruga, donde debia mi señora tomar baños. Con los achaques tornóle el malhumor antiguo...... de contínuo me amenazaba con el Molino y D. Saturnino, (ya en páginas anteriores nos ha dicho quien es don Saturnino, verdadero mayoral de nuestros campos, cruel é irracional, en cuyas manos habia sufrido Manzano diversos castigos.) «Las últimas espresiones de éste las tenia grabadas en mi corazon, y no tenia la menor gana de volver á verme con él. Pregunté cuantas leguas distaba de allí la Habana, y supe que doce, y ví que no las podria vencer en una noche de camino á pié, y desistí de pensar más en verme en la ciudad, esperando que en yendo se decidiria mi suerte, siempre con la idea de que era libre. Un dia, este dia de resignacion, principio de cuantos bienes y males el mundo me ha dado á probar, me sucedió lo que sigue: Era sábado y debia ántes del almuerzo, según teníamos de costumbre, asearme, pues vestia dos veces á la semana. Para ello me fuí al baño de la Paila, que distaba al frente de la casa, en un declive, como treinta pasos: estando bañándome me llamaron por órden de la señora, y ya se puede considerar cómo saldria: me recibió preguntándome. ¿Qué hacias en el baño? le contesté que me aseaba para vestirme. ¿Con qué licencia lo has hecho? respondió. Con ninguna, respondí. ¿Y por qué fuiste? tornó á decir. Para asearme, volví á contestar. Esta escena fué en el colgadizo y puerta de la calle: allí mismo me rompieron las narices, y fuí para dentro echando las venas de sangre; lo cual me abochornó y apesadumbró en estremo, porque á la otra puerta vivia una mulatica de mi edad, primera que me inspiró amor, cosa que yo no conocia, ó más bien una inclinacion angelical como si fuera mi hermana, que no pasaba de regalarle santos de maravillas de diversos colores, que ella recibia dándome algun dulce seco ó fruta. Habíale dicho que yo era libre, y que mi madre habia muerto poco hacia. No bastante lo ya dicho como á las diez me hizo mi ama quitar los zapatos y me pelaron[35]; esto era muy frecuente, pero esta vez me sirvió de la mayor mortificacion: púsome despues á cargar agua para la casa, con un barril á la cabeza. El arroyo distaba del punto de aquella unos treinta pasos, haciendo una bajadita; cuando llené mi barril me hallé en la necesidad, no solo de vaciarle la mitad, sino tambien de suplicar á uno que pasaba, que me ayudase á echarlo al hombro, y yendo á subir la lomita que habia hasta la casa, con el peso del barril y mis fuerzas nada ejercitadas, faltóme un pié, caí dando en tierra con una rodilla; el barril cayó algo más adelante; rodando me dió en el pecho, y los dos fuímos á parar al arroyo, inutilizándose aquel. La señora me amenazó con el Molino y D. Saturnino, porque suponia aquella contingencia como de premeditada intencion, y la amenaza era grave. No llegué á la noche sin desgarrar muchos esputos de sangre. Este tratamiento me cojió de nuevo en cuanto á los errados cálculos que habia formado de mi suerte. Desengañado de que todo era un sueño, me acometió otra vez el deseo que tenia de volver á la Habana. Al dia siguiente que era domingo, cuando la gente estaba en misa, me llamó un criado libre de la casa, y estando con él á solas me dijo: «Hombre, qué tú no tienes vergüenza, para estar pasando tantos trabajos; cualquiera negro bozal está mejor que tú; un mulatico fino, con tantas habilidades como tú al momento hallará quien lo compre.» Por este estilo me habló mucho rato, concluyendo por decirme que llegado al tribunal del Capitan General, y haciendo un puntual relato de todo lo que me pasaba, podia salir libre: me indicó el camino de la Habana, y me dijo por último que no fuera bobo, que aprovechara la primera oportunidad. Con lo que me obligó muchísimo, pues sin el menor aviso tenia más de lo regular, á lo cual tambien contribuian las terribles insinuaciones que me hizo...... A las once de la mañana del lunes ví llegar á D. Saturnino; apeóse y le tomaron el caballo. Desde el momento que este señor entró se me acibaró toda la vida; latíame el corazon con violencia y mi sangre se puso en un estado de efervescencia que no me dejaba sosegar. El lugar comun era regularmente mi cuarto de meditacion, inter estaba en él pensaba con alguna serenidad; así fué que estando en él como á las cuatro oí que hablaban dos, una criada de mano y un criado, á quien habiéndole preguntado aquella que á qué vendria el administrador, respondió: «¿A qué ha de venir? á llevarse á Juan Francisco.» Enterado así de mi mala suerte, no me es dado pintar mi situacion amarguísima en este instante: un temblor general se apoderó de todo mi cuerpo, y me atacó un dolor de cabeza que no me podia valer: ya me veia atravesando el pueblo de Madruga como un facineroso atado, pelado y vestido de cañomazo, como me ví en Matanzas[36] sacado de la cárcel pública para ser conducido al Molino, sin padres ni aun parientes...... Todo esto se presentó á mi imaginacion y en aquel instante determiné mi fuga. El moreno que me habia insinuado el camino que debia tomar como favorable, á eso de las cinco de la tarde, me dijo: «Hombre, saca ese caballo de ahí y ponlo al fresco que ahí estará haciendo ruido y despertarán los amos, cuando lo vayas á cojer para D. Saturnino, y diciéndome esto me entregó las espuelas, agregando: «Allí está la silla sin pistoleras, tu sabrás donde está todo, para cuando se necesite.» Con una mirada que me convenció de que me hablaba así para que aprovechara el tiempo. Este tal fué siempre muy bien llevado con mi padre, y trataba á mi madre con algun respeto aun despues viuda. No estaba yo con todo resuelto todavía, considerando que dejaba á mis hermanos en el Molino, y que tenia que andar toda una noche solo, por caminos desconocidos, y espuesto á caer en manos de algun comisionado (policía). Pero cuál fué mi sorpresa cuando en habiendo acabado todos de cenar y estando yo sentado á solas sobre un trozo, meditando si me determinaria ó no, ví llegarse á mí á don Saturnino que me preguntó donde dormia. Le señalé sobre una barbacoa, pero aquella pregunta acabó de resolverme; bien pudo haber sido hecha con todo, y que todo fuese habladurias de criados, que todo variase á la misma hora como en otras ocasiones; mas yo no pude recibirla sino de muy mal anuncio, en vista de lo que estaba ya en mi conocimiento. Se me representó la mala suerte de un tío mio, que habiendo tomado igual resolucion por irse á donde el señor D. Nicolás, señor D. Manuel y señor Marqués, fué traído como todo cimarron; pero sin embargo estaba resuelto á echar una suerte y padecer con motivo. Velé hasta más de las doce; aquella noche se recojieron todos temprano por ser de invierno y lluviosa: ensillé el caballo por primera vez en mi vida, y púsele el freno, mas con tal temblor que no atinaba á derechas con lo que hacia; acabada esta diligencia me puse de rodillas, me encomendé á los santos de mi devocion, me puse el sombrero y monté á caballo. Cuando iba á andar para alejarme, oí una voz que me dijo: «¡Dios te lleve con bien, arrea duro!» Yo creí que nadie me veia y todos me observaban como supe despues, pero ninguno se me opuso...... Mas lo que me ha sucedido luego lo veremos en la segunda parte de esta historia.»

Al pié del manuscrito hay una nota que dice así: «Esta segunda parte no llegó á escribirse.» Sabemos sin embargo que sí se escribió y que entregada por Anselmo Suarez al poeta Ramon de Palma para ponerla en limpio y arreglar la ortografía, se estravió en manos de éste[37].

Hasta aquí, pues, Manzano: el lector no esperaba ciertamente que esa cosa que llamamos esclavo, pudiera escribir su historia en ese lenguage en el que, cuando más se ve alguna sombra de amarguísimo sarcasmo, de ligerísima reconvencion: si esperaba tal vez una série de reproches y maldiciones; y téngase siempre presente que lo que más angustia el corazon, es el pensar que en toda esa tristísima relacion no hay siquiera ponderacion: es la verdad en toda su repugnante desnudez; verdad que en otra parte pareciera inverosímil, pero que en Cuba no será por cierto la historia de un solo individuo: el tormento de Manzano lo han sufrido muchos, y lo sufren muchos hoy mismo á despecho de las benignas instituciones que tienden á suavizar la condicion de nuestros esclavos. ¿Y podria el poeta, podria el novelista, en el libre campo de la fantasía, idear obra abolicionista que hiciera más efecto en el ánimo del lector que Manzano con la sencilla y no comentada enumeracion de sus dolores?

Durante su lectura quizás alguno se ha preguntado ¿Por qué ensañarse contra aquel desgraciado acaso más que contra otro ninguno? ¿Era de espíritu altanero y contumaz?...... No, la modestia y humildad de Manzano, bien lo revelan sus escritos, era inconcebible. Es fama que D. Domingo Delmonte, promotor de los donativos para su manumision, jamás pudo hacerle tomar asiento en su presencia[38]. Se le perseguia más porque sabia más, porque osó tener alma y ver en la oscuridad, porque hacia versos!......... para ciertas inteligencias malo es ser esclavo, pero es mil veces peor ser esclavo despierto: un esclavo que piensa es una protesta viva, es un juez mudo y terrible que está estudiando el crímen social: no le tememos, porque lo conservamos bien desarmado, pero nos avergonzamos ante él......... y luego, sentándonos un momento en el pedestal de la eterna justicia, nos encontramos tan inferiores! ¿cómo hemos de amar nosotros los amos al débil que nos empequeñece?

Pero hemos concluido la historia del esclavo, sigamos la del poeta. Sabemos que salió al fin de las garras de su primera ama[39], que se le dió licencia para ganar jornales y sirvió á varios amos entre otros á D. Tello de Mantilla cuya benignidad elogia[40], y por último, que casó en 1835 y que pertenecia á D.ª Mª. de la L. de Z. cuando la filantropía de varios admiradores compró su libertad en 500 pesos, precio mayor que podia alcanzar un esclavo en aquella época. Se habia leido su magnífico soneto, más bien su gemido, titulado Mis treinta años, 1836, que ha sido despues traducido á cuatro idiomas, y pasa por uno de los modelos de su género[41] y sus Cantos á Lesbia, en los que si no campea la correccion de lenguaje, sí un verdadero sentimiento de poeta[42].

Es lástima grande que se haya perdido la segunda parte de su manuscrito: la ráfaga de muerte que en el año 44 azotó despiadada á la raza de color, deshonrando á la blanca, tambien escribió un episodio de sangre en la vida de nuestro protagonista, que tenia como tantos otros el delito de su color. En nuestra historia de Plácido hemos dado ya una idea de aquellos funestos cuadros; pero cuán interesante seria la relacion de tales escenas en el estilo inculto, pero sencillo y pintoresco de aquel siervo que valia más que sus señores, de aquel esclavo que mereció ser hombre.

Una vez liberto se dedicó al poco lucrativo oficio de cocinero y arrastró una vida si no tan azarosa, sí oscura y miserable hasta el año de 1854 en que acaeció su muerte. No llegó á la ancianidad; ¡ay! ni podia ser de otro modo. ¿Cómo habia de vivir mucho la mansísima víctima á quien nadie valia, que no podia enumerar los increibles trabajos de su vida, cuyo corazon estaba enfermo á fuerza de tanto sufrir, y cuyos gemidos ningun amigo oia, ninguna madre consolaba? Como lo habia predicho, el mal trato abrevió los dias de su miserable existencia.

Por 1837 colaboró en El Album de Caso y Sola, que ya pertenecia á Palma, en El Aguinaldo habanero, en La Moda ó Recreo de las Damas[43] y algun otro literario; hay una poesía suya en la Corona fúnebre al Presbítero D. Manuel de Lara, 1842. Sus obras constan principalmente de composiciones líricas entre las que despuntan el citado soneto, El cocuyo, Ilusiones, su oda A la Luna que dedicó al señor Bachiller y Morales, El Reloj adelantado, A Matanzas, tras larga ausencia, Un sueño, á mi segundo hermano, con las cuales y otras se formó una coleccion en 1841; un drama, Zafira, en cinco actos, en verso, á la aparicion del cual saludaron al autor en sentidos versos los poetas Velez Herrera, Matamoros, Valdés, &.ª[44], además sus Apuntes autobiográficos[45] de que hemos estractado, sin olvidar sus candorosas cartas á Delmonte 1834 y 35 que lo mismo que aquellos pueden considerarse como pintura fiel de la servidumbre.

Cosa rara é inesplicable es para muchos que sus mejores poesías las escribió miéntras gemia bajo el ominoso yugo de la esclavitud, y que al respirar el aire de la libertad, contra lo que debia suceder, pareció oscurecerse su talento. Despues de esa obra maestra Mis treinta años, hecha cuando esclavo lo mismo que El Cocuyo, nada escribió que le igualara y esto naturalmente amenguó el entusiasmo con que se leyeron sus primeros cantos en los círculos literarios, como que no podian considerarse sino chispas del genio en un hombre de condiciones tan desfavorables, desposeido de medios, sin libros, sin maestros, sin estimulo, sin porvenir en fin. Mas para nosotros esto nada tiene de estraño. Manzano esclavo, tenia quien lo mantuviera, y, aunque en el oprobio, no tenia que ocuparse de la subsistencia: como trabajaba para otro debia hacerlo con desgana, cercenando de sus ocupaciones todos los ratos que podia para dedicarlos á las letras: la suscricion filantrópica que lo manumitió no le dió una posicion social, teniendo entónces que trabajar para sostenerse y alimentar á su familia. Entónces y con 31 años y enfermo y decaido, de golpe se abre el ancho mundo ante sus ojos y conoce que aparte su infelicidad, todo lo ignoraba. ¿No era sobrado motivo para desmayar?

Otro tanto sucedió con el poeta Echemendia, de Cienfuegos, que nacido esclavo, corrió igual suerte que Manzano: nos congratulamos empero que Cuba, ya que no ha podido hasta ahora resolver el más complicado de sus problemas sociales, se haya apresurado al menos á redimir á las inteligencias que nacieron en la raza desgraciada. Haga lo mismo con todos los que despunten, que es muy doloroso el cuadro del talento encadenado; y si, como en Manzano y en Echemendia, el liberto no pareciere corresponder al sacrificio, enhorabuena perdamos un poeta á trueque de hacer un hombre de quien lo merece.

MIS TREINTA AÑOS. Cuando miro el espacio que he corrido Desde la cuna hasta el presente dia Tiemblo y saludo á la fortuna mia Más de terror que de atencion movido Sorpréndeme la lucha que he podido Sostener contra suerte tan impía, Si tal llamarse puede la porfía De mi infelice sér al mal nacido Treinta años ha que conocí la tierra, Treinta años ha que en gemidor estado Triste infortunio por do quier me asalta, Mas nada es para mí la cruda guerra Que en vano suspirar he soportado Si la comparo ¡oh Dios! con lo que falta.

PARALELO ENTRE PLACIDO Y MANZANO Por D. Domingo Delmonte.

Plácido nunca fué esclavo; nació libre: era hijo de blanca y de mulato, y por supuesto su color era casi blanco. No tuvo por lo mismo que luchar en su vida, como Manzano que era casi negro, como hijo de negra y de mulato, y esclavo de nacimiento, con los obstáculos insuperables de su condicion y su color, para desarrollar las dotes naturales de su imaginacion, que era realmente poética. Logró más instruccion literaria que Manzano, y en sus versos, por lo comun rotundos y armoniosos, no se encuentran las incorrecciones gramaticales y las faltas de prosodia que en las muy sentidas y melancólicas del pobre esclavo. Plácido se complacia en cantar las pompas y los triunfos de los grandes de la tierra con una magnilocuencia digna de los poetas clásicos de España: Manzano no sabe repetir en su lira otro tema que el de las angustias de una vida azarosa y llena de peripecias terribles; pero yo prefiero los cantos tristes del esclavo á los del mulato libre, porque noto más profundo sentimiento de humanidad en los primeros, porque brillan por su frescura y originalidad nativas, porque los principios de mi estética y de mi filosofía se avienen más con el lamento arrancado del corazon del oprimido que con el concierto estrepitoso de un poeta, de quien con razon decia nuestro estóico y malogrado Milanés en 1838:

Y ¿qué es mirar á este vate Ser escabel del magnate Cuando el festin, Cantar sin rubor ni seso Y disputar algun hueso Con el mastin?

Delmonte. Paris 1845.

Notes in this chapter

Note 1 · El único ejemplar que hemos podido examinar de esta traduccion se halla en poder de D. José A. Echeverría. Poems by a slave in the Island ofNote 2 · Sin duda tomando ese dato de las Memorias de un matancero, por Pedro A. Alfonso, Matanzas 1854.Note 3 · Las frases de entre comillas son tomadas de los Apuntes Autobiográficos, y los puntos suspensivos indicarán los trozos que saltamos.Note 4 · Gutierrez de Zayas.Note 5 · De Cárdenas y Manzano.Note 6 · Véanse en nuestro Diccionario-Biográfica-Cubano los artículos Saco y Las Casas.Note 7 · En el original estas palabras están con letra comun: las subrayamos para llamar la atencion sobre ellas. ¡Qué sublime sencillez, qué manseduNote 8 · Matanzas.Note 9 · En 1821 se publicaron sus Cantos á Lesbia poesías de Juan Francisco Manzano, un tomo de más de 15 fojas, bajo garantía, pues no podian los eNote 10 · En nuestro círculo literario casi todos la conocen ó de oidas ó por haberla leido: tanto que cuando se dice la autobiografía, ya por antonomNote 11 · Existia cuando Manzano escribió esto, pero no existe hoy.Note 12 · San Juan.Note 13 · Este pasage nos parece oscuro y no comprendemos qué aplicacion se diera al dinero ó en qué sentido se recibiera, pues no podemos creer que dNote 14 · Nuestros lectores saben lo que es un novenario, y nos alegramos no tener que esplicarlo: á los cinco dias, descubierta su inocencia se suspeNote 15 · Y cuando esto ya sus versos se habian leido en Europa.Note 16 · Pelar ó cortar el cabello era un castigo que se consideraba ignominioso, pero ¡ay! no escluia el látigo; no era más que un suplemento.Note 17 · Alude á otro paso que no hemos estractado. Por el presente se va notando que no era el valor cualidad que resplandeciera en Manzano: el terrNote 18 · En eso concuerdan tambien José A. Echevarría y el traductor Maddens. Este en el prólogo de su traduccion dice: «the work was written in two Note 19 · Manzano era devoto, con aquella devocion mezclada de fanatismo de las personas ignorantes de su época. En una ocasion lo apadrinó un eclesiáNote 20 · Con lo que mejoró su suerte, sin ser feliz. En carta á Delmonte Octubre 16 de 1835 dice: «Mi actual situacion es capaz de postrar al corazonNote 21 · 1837 Escribió un epitafio que reprodujo D. Manuel Gonzalez del Valle en su Diccionario de las Musas.Note 22 · La idea de este soneto se asemeja á una del poeta italiano Ricchardi, pero no es imitacion: el pobre esclavo no habia leido hasta entónces mNote 23 · Despues de su coleccion Cantos á Lesbia, 1821, citada por Bachiller, pero poco conocida (la única que hemos visto se halla en la coleccion dNote 24 · En El Album dió, 1838, Ilusiones tambien con una nota de la Redaccion llamando la atencion sobre la destituida condicion del autor. En El AgNote 25 · Sin embargo, estamos con Suarez que llama á Manzano «mal dramático y excelente lírico.» No debia ser de otro modo, porque para la lírica podNote 26 · Escribió dichos Apuntes autobiográficos á vivas y repetidas instancias del propio Delmonte, á quien asimismo debemos el que se hayan conserv
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