MÉXICO
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DON JOSÉ JOAQUÍN DE PESADO
LA SERENATA ¡Oh, tú, que duermes en casto lecho, De sinsabores ajeno el pecho, Y á los encantos de la hermosura Unes las gracias del corazón, 5 Deja el descanso, doncella pura, Y oye los ecos de mi canción! ¿Quién en la tierra la dicha alcanza? Iba mi vida sin esperanza, Cual nave errante sin ver su estrella, 10 Cuando me inundas en claridad; Y desde entonces, gentil doncella, Me revelaste felicidad. ¡Oh, si las ansias decir pudiera Que siente el alma, desde que viera 15 Ese semblante que amor inspira Y los hechizos de tu candor! Mas, rudo el labio, torpe la lira, Decir no puede lo que es amor. Del Iris puede pintarse el velo; Del sol los rayos, la luz del cielo; La negra noche, la blanca aurora; Mas no tus gracias ni tu poder, Ni menos puede de quien te adora 5 Decirse el llanto y el padecer. Amor encuentra doquier que vuelva La vista en torno; la verde selva, Florido el prado y el bosque umbrío, La tierna hierba, la hermosa ñor, 10 Y la cascada, y el claro río, Todos me dicen: amor, amor. Cuando te ausentas, el campo triste De luto y sombras luego se viste; Mas si regresas, la primavera 15 Hace sus galas todas lucir: ¡Oh, nunca, nunca de esta ribera, Doncella hermosa, quieras partir!
DON FERNANDO CALDERÓN
LA ROSA MARCHITA ¿Eres tú, triste rosa, La que ayer difundía 20 Balsámica ambrosía, Y tu altiva cabeza levantando Eras la reina de la selva umbría? ¿Por qué tan pronto, dime, Hoy triste y desolada Te encuentras de tus galas despojada? Ayer viento süave 5 Te halagó cariñoso; Ayer alegre el ave Su cántico armonioso Ejercitaba, sobre ti posando; Tú, rosa, le inspirabas, 10 Y á cantar sus amores le excitabas. Tal vez el fatigado peregrino, Al pasar junto á ti, quiso cortarte: Tal vez quiso llevarte Algún amante á su ardoroso seno; 15 Pero al ver tu hermosura, La compasión sintieron, Y su atrevida mano detuvieron. Hoy nadie te respeta: El furioso aquilón te ha deshojado. 20 Ya nada te ha quedado ¡Oh reina de las flores! De tu brillo y tus colores. La fiel imagen eres De mi triste fortuna: 25 ¡Ay! todos mis placeres, Todas mis esperanzas una á una Arrancándome ha ido Un destino funesto, cual tus hojas Arrancó el huracán embravecido! ¿Y qué, ya triste y sola, No habrá quien te dirija una mirada? 5 ¿Estarás condenada Á eterna soledad y amargo lloro? No, que existe un mortal sobre la tierra, Un joven infeliz, desesperado, Á quien horrible suerte ha condenado 10 Á perpetuo gemir: ven, pues, ¡oh rosa! Ven á mi amante seno, en él reposa Y ojalá de mis besos la pureza Resucitar pudiera tu belleza. Ven, ven, ¡oh triste rosa! 15 Si es mi suerte á la tuya semejante, Burlemos su porfía; Ven, todas mis caricias serán tuyas, Y tu última fragancia será mía.
DON MANUEL ACUÑA
NOCTURNO Á Rosario I ¡Pues bien! yo necesito Decirte que te adoro, Decirte que te quiero Con todo el corazón; Que es mucho lo que sufro, Que es mucho lo que lloro, Que ya no puedo tanto, 5 Y al grito en que te imploro Te imploro y te hablo en nombre De mi última ilusión. II Yo quiero que tú sepas Que ya hace muchos días 10 Estoy enfermo y pálido De tanto no dormir; Que ya se han muerto todas Las esperanzas mías; Que están mis noches negras, 15 Tan negras y sombrías, Que ya no sé ni dónde Se alzaba el porvenir. III De noche, cuando pongo Mis sienes en la almohada 20 Y hacia otro mundo quiero Mi espíritu volver, Camino mucho, mucho, Y al fin de la jornada Las formas de mi madre 25 Se pierden en la nada, Y tú de nuevo vuelves En mi alma á aparecer. IV Comprendo que tus besos Jamás han de ser míos; 5 Comprendo que en tus ojos No me he de ver jamás; Y te amo, y en mis locos Y ardientes desvarios Bendigo tus desdenes, 10 Adoro tus desvíos, Y en vez de amarte menos, Te quiero mucho más. V Á veces pienso en darte Mi eterna despedida, 15 Borrarte en mis recuerdos Y hundirte en mi pasión; Mas si es en vano todo Y el alma no te olvida, ¡Qué quieres tú que yo haga, 20 Pedazo de mi vida; Qué quieres tú que yo haga Con este corazón! VI Y luego que ya estaba Concluido tu santuario, Tu lámpara encendida, Tu velo en el altar, El sol de la mañana Detrás del campanario, 5 Chispeando las antorchas, Humeando el incensario, Y abierta allá á lo lejos La puerta del hogar... VII ¡Qué hermoso hubiera sido 10 Vivir bajo aquel techo, Los dos unidos siempre Y amándonos los dos; Tu siempre enamorada, Yo siempre satisfecho, 15 Los dos una sola alma, Los dos un solo pecho, Y en medio de nosotros Mi madre como un Dios! VIII ¡Figúrate qué hermosas 20 Las horas de esa vida! ¡Qué dulce y bello el viaje Por una tierra así! Y yo soñaba en eso, Mi santa prometida. Y al delirar en eso 25 Con la alma estremecida, Pensaba yo en ser bueno Por ti, no más por ti. IX Bien sabe Dios que ése era 5 Mi más hermoso sueño, Mi afán y mi esperanza, Mi dicha y mi placer; ¡Bien sabe Dios que en nada Cifraba yo mi empeño, 10 Sino en amarte mucho Bajo el hogar risueño Que me envolvió en sus besos Cuando me vio nacer! X Ésa era mi esperanza... 15 Mas ya que á sus fulgores Se opone el hondo abismo Que existe entre los dos, ¡Adiós por la vez última, Amor de mis amores; 20 La luz de mis tinieblas, La esencia de mis flores; Mi lira de poeta, Mi juventud, adiós!
DON JUAN DE DIOS PEZA
REIR LLORANDO ¡Cuántos hay que, cansados de la vida, Enfermos de pesar, muertos de tedio, Hacen reir como el actor suicida, Sin encontrar, para su mal, remedio! 5 ¡Ay! ¡Cuántas veces al reir se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, Porque en los seres que el dolor devora El alma llora cuando el rostro ríe! Si se muere la fe, si huye la calma, 10 Si sólo abrojos nuestra planta pisa, Lanza á la faz la tempestad del alma Un relámpago triste: la sonrisa. El carnaval del mundo engaña tanto, Que las vidas son breves mascaradas; 15 Aquí aprendemos á reir con llanto, Y también á llorar con carcajadas.
FUSILES Y MUÑECAS Juan y Margot, dos ángeles hermanos, Que embellecen mi hogar con sus cariños, Se entretienen con juegos tan humanos 20 Que parecen personas desde niños. Mientras Juan, de tres años, es soldado Y monta en una caña endeble y hueca, Besa Margot con labios de granado Los labios de cartón de su muñeca. 5 Lucen los dos sus inocentes galas, Y alegres sueñan en tan dulces lazos: Él, que cruza sereno entre las balas; Ella, que arrulla un niño entre sus brazos. Puesto al hombro el fusil de hoja de lata, 10 El kepis de papel sobre la frente, Alienta al niño en su inocencia grata El orgullo viril de ser valiente. Quizá piensa, en sus juegos infantiles, Que en este mundo que su afán recrea, 15 Son como el suyo todos los fusiles Con que la torpe humanidad pelea. Que pesan poco, que sin odios lucen, Que es igual el más débil al más fuerte, Y que, si se disparan, no producen 20 Humo, fragor, consternación y muerte. ¡Oh misteriosa condición humana! Siempre lo opuesto buscas en la tierra: Ya delira Margot por ser anciana, Y Juan que vive en paz ama la guerra. Mirándolos jugar, me aflijo y callo; ¡Cuál será sobre el mundo su fortuna? Sueña el niño con armas y caballo, La niña con velar junto á la cuna. 5 El uno corre de entusiasmo ciego, La niña arrulla á su muñeca inerme, Y mientras grita el uno: Fuego, Fuego, La otra murmura triste: Duerme, Duerme. Á mi lado ante juegos tan extraños 10 Concha, la primogénita, me mira: ¡Es toda una persona de seis años Que charla, que comenta y que suspira! ¿Por qué inclina su lánguida cabeza Mientras deshoja inquieta algunas flores? 15 ¿Será la que ha heredado mi tristeza? ¿Será la que comprende mis dolores? Cuando me rindo del dolor al peso, Cuando la negra duda me avasalla, Se me cuelga del cuello, me da un beso, 20 Se le saltan las lágrimas, y calla. Sueltas sus trenzas claras y sedosas, Y oprimiendo mi mano entre sus manos, Parece que medita en muchas cosas Al mirar como juegan sus hermanos... ¡Inocencia! ¡Niñez! ¡Dichosos nombres! Amo tus goces, busco tus cariños; ¡Cómo han de ser los sueños de los hombres Más dulces que los sueños de los niños!