ESPAÑA (continued 2)
Reading edition
DON PEDRO A. DE ALARCÓN
EL MONT-BLANC ¡Heme al fin en la cumbre soberana!... 15 ¡Nieve perpetua..., soledad doquiera!... ¿Quién sino el hombre, en su soberbia insana, Á hollar estos desiertos se atreviera? Aquí enmudece hasta la voz del viento...; Profundo mar parece el horizonte..., 20 Única playa el alto firmamento..., Anclada nave el solitario monte. ¡Nada en torno de mí!... ¡Todo á mis plantas! Obscuros bosques, relucientes ríos, Lagos, campiñas, páramos, gargantas... ¡Europa entera yace á los pies míos! ¡Y cuán pequeña la terrestre vida, 5 Cuán relegado el humanal imperio Se ve desde estos hielos donde anida El Monte Blanco, el rey del hemisferio! ¡De aquí tiende su cetro sobre el mundo! El Danubio opulento, el Po anchuroso, 10 El luengo Rhin y el Ródano profundo, Hijos son de los hijos del Coloso. Debajo de él... los Alpes se eslabonan Como escabeles de su trono inmenso: Debajo de él... las nubes se amontonan 15 Cual humo leve de quemado incienso. ¡Sobre él... los cielos nada más! La tarde Le invidia al verlo de fulgor ceñido... Llega la noche, y aún su frente arde Con reflejos de un sol por siempre hundido. 20 Allá turnan con raudo movimiento Una y otra estación... Él permanece Mudo, inmóvil, estéril. ¡Monumento De la implacable eternidad parece! Ni el oso atroz ni el traicionero lobo 25 Huellan jamás su excelsitud nevada... Huérfano vive del calor del globo... ¡En él principia el reino de la nada! Por eso, ufano de su horror profundo, Dichoso aquí mi corazón palpita... ¡Aquí solo con Dios..., fuera del mundo! ¡Solo, bajo la bóveda infinita! ¡Y qué süave, deleitosa calma Brinda á mi pecho esta región inerte!... 5 Así concibe fatigada el alma El tardo bien de la benigna muerte. ¡Morir aquí! De los poblados valles No retornar á la angustiosa vida: No escuchar más los lastimosos ayes 10 De la cuitada humanidad caída: Desparecer, huyendo de la tierra, Desde esta cima que se acerca al cielo: Por siempre desertar de aquella guerra, De eterna libertad tendiendo el vuelo... 15 Tal ansia acude al corazón llagado, Al mirarte, ¡oh Mont-Blanc!, erguir la frente Sobre un mísero mundo atribulado Por el cierzo y el rayo y el torrente. ¡Tú nada temes! De tu imperio yerto 20 Sólo Dios es señor, fuerza y medida: ¡Cómo el ancho Océano y el Desierto, Tú vives sólo de tu propia vida! La tierra acaba en tu glacial palacio; Tuya es la azul inmensidad aérea: 25 Tú ves más luz, más astros, más espacio...; ¡Parte eres ya de la mansión etérea! ¡Adiós! Retorno al mundo... Acaso un día Ya de la tierra el corazón no lata, Y sobre su haz inanimada y fría Tiendas tu manto de luciente plata... Será entonces tu reino silencioso Cuanto hoy circunda y cubre el Oceano... ¡Adiós!... Impera en tanto desdeñoso 5 Sobre la insania del orgullo humano.
EL SECRETO «¡Yo no quiero morirme!» —Dice la niña, Tendiendo hacia su madre Dos manecitas 10 Calenturientas, Cual dos blancos jazmines Que el viento seca... Un silencio de muerte La madre guarda... 15 ¡Ay! ¡si hablara, vertiera Mares de lágrimas! Besa á la niña, ¡Y aun le fingen sus labios Una sonrisa! 20 Del cuello de la madre La hija se cuelga Y, pegada á su oído, Pálida y trémula, Con sordo acento, 25 Dícele horrorizada: —«Oye un secreto: ¿Sabes por qué á morirme Le temo tanto? Porque luego me llevan, Toda de blanco, 5 Al cementerio..., ¡Y de verme allí sola Va á darme miedo!» —«Hija de mis entrañas! (Grita la madre) 10 Dios querrá que me vivas...; Y, aunque te mate, Descuida, hermosa; Que tú en el cementerio No estarás sola.»
DON GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
RIMAS II 15 Saeta que voladora Cruza, arrojada al azar, Sin adivinarse dónde Temblando se clavará; Hoja que del árbol seca 20 Arrebata el vendaval, Sin que nadie acierte el surco Donde á caer volverá; Gigante ola que el viento Riza y empuja en el mar, Y rueda y pasa, y no sabe Qué playa buscando va; Luz que en cercos temblorosos 5 Brilla, próxima á expirar, Ignorándose cuál de ellos El último brillará; Eso soy yo, que al acaso Cruzo el mundo, sin pensar 10 De dónde vengo, ni adónde Mis pasos me llevarán. VII Del salón en el ángulo obscuro, De su dueño tal vez olvidada, Silenciosa y cubierta de polvo 15 Veíase el arpa. ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas Como el pájaro duerme en las ramas, Esperando la mano de nieve Que sabe arrancarlas! 20 ¡Ay! pensé; ¡cuántas veces el genio Así duerme en el fondo del alma, Y una voz, como Lázaro, espera Que le diga: «Levántate y anda!» LIII Volverán las obscuras golondrinas 25 En tu balcón sus nidos á colgar, Y, otra vez, con el ala á sus cristales Jugando llamarán; Pero aquellas que el vuelo refrenaban Tu hermosura y mi dicha á contemplar, 5 Aquellas que aprendieron nuestros nombres... Ésas... ¡no volverán! Volverán las tupidas madreselvas De tu jardín las tapias á escalar, Y otra vez á la tarde, aun más hermosas, 10 Sus flores se abrirán; Pero aquellas, cuajadas de rocío, Cuyas gotas mirábamos temblar Y caer, como lágrimas del día... Ésas... ¡no volverán! 15 Volverán del amor en tus oídos Las palabras ardientes á sonar; Tu corazón de su profundo sueño Tal vez despertará; Pero mudo y absorto y de rodillas, 20 Como se adora á Dios ante su altar, Como yo te he querido... desengáñate, ¡Así no te querrán!
LXXIII Cerraron sus ojos Que aun tenía abiertos; Taparon su cara Con un blanco lienzo; 5 y unos sollozando, Otros en silencio, De la triste alcoba Todos se salieron. La luz, que en un vaso 10 Ardía en el suelo, Al muro arrojaba La sombra del lecho; Y entre aquella sombra Veíase á intervalos 15 Dibujarse rígida La forma del cuerpo. Despertaba el día Y á su albor primero Con sus mil rüidos 20 Despertaba el pueblo. Ante aquel contraste De vida y misterios, De luz y tinieblas, Medité un momento: 25 «¡Dios mío, qué solos Se quedan los muertos!» De la casa en hombros Lleváronla al templo, Y en una capilla Dejaron el féretro. 5 Allí rodearon Sus pálidos restos De amarillas velas Y de paños negros. Al dar de las ánimas 10 El toque postrero, Acabó una vieja Sus últimos rezos; Cruzó la ancha nave, Las puertas gimieron, 15 Y el santo recinto Quedóse desierto. De un reloj se oía Compasado el péndulo, Y de algunos cirios 20 El chisporroteo. Tan medroso y triste, Tan obscuro y yerto Todo se encontraba... Que pensé un momento: 25 «¡Dios mío, qué solos Se quedan los muertos!» De la alta campana La lengua de hierro, Le dió, volteando, Su adiós lastimero. 5 El luto en las ropas, Amigos y deudos Cruzaron en fila, Formando el cortejo. Del último asilo, 10 Obscuro y estrecho, Abrió la piqueta El nicho á un extremo. Allí la acostaron, Tapiáronle luego, 15 Y con un saludo Despidióse el duelo. La piqueta al hombro, El sepulturero Cantando entre dientes 20 Se perdió á lo lejos. La noche se entraba, Reinaba el silencio; Perdido en las sombras, Medité un momento: 25 «¡Dios mío, qué solos Se quedan los muertos!» En las largas noches Del helado invierno, Cuando las maderas Crujir hace el viento 5 Y azota los vidrios El fuerte aguacero, De la pobre niña Á solas me acuerdo. Allí cae la lluvia 10 Con un son eterno; Allí la combate El soplo del cierzo. ¡Del húmedo muro Tendida en el hueco, 15 Acaso de frío Se hielan sus huesos!... ¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuela el alma al cielo? ¿Todo es vil materia, 20 Podredumbre y cieno? ¡No sé: pero hay algo Que explicar no puedo, Que al par nos infunde Repugnancia y duelo, 25 Al dejar tan tristes, Tan solos los muertos!
DON VICENTE W. QUEROL
EN NOCHE-BUENA Á mis ancianos padres I Un año más en el hogar paterno Celebramos la fiesta del Dios-Niño, Símbolo augusto del amor eterno, Cuando cubre los montes el invierno 5 Con su manto de armiño. II Como en el día de la fausta boda Ó en el que el santo de los padres llega, La turba alegre de los niños juega, Y en la ancha sala la familia toda 10 De noche se congrega. III La roja lumbre de los troncos brilla Del pequeño dormido en la mejilla, Que con tímido afán su madre besa; Y se refleja alegre en la vajilla 15 De la dispuesta mesa. IV Á su sobrino, que lo escucha atento, Mi hermana dice el pavoroso cuento, Y mi otra hermana la canción modula Que, ó bien surge vibrante, ó bien ondula Prolongada en el viento. V Mi madre tiende las rugosas manos 5 Al nieto que huye por la blanda alfombra; Hablan de pie mi padre y mis hermanos, Mientras yo, recatándome en la sombra, Pienso en hondos arcanos. VI Pienso que de los días de ventura 10 Las horas van apresurando el paso, Y que empaña el oriente niebla obscura, Cuando aun el rayo trémulo fulgura Último del ocaso. VII ¡Padres míos, mi amor! ¡Cómo envenena 15 Las breves dichas el temor del daño! Hoy presidís nuestra modesta cena, Pero en el porvenir... yo sé que un año Vendrá sin Noche-Buena. VIII Vendrá, y las que hoy son risas y alborozo 20 Serán muda aflicción y hondo sollozo. No cantará mi hermana, y mi sobrina No escuchará la historia peregrina Que le da miedo y gozo. IX No dará nuestro hogar rojos destellos Sobre el limpio cristal de la vajilla, Y, si alguien osa hablar, será de aquellos Que hoy honran nuestra fiesta tan sencilla 5 Con sus blancos cabellos. X Blancos cabellos cuya amada hebra Es cual corona de laurel de plata, Mejor que esas coronas que celebra La vil lisonja, la ignorancia acata, 10 Y el infortunio quiebra. XI ¡Padres míos, mi amor! Cuando contemplo La sublime bondad de vuestro rostro, Mi alma a los trances de la vida templo, Y ante esa imagen para orar me postro, 15 Cual me postro en el templo. XII Cada arruga que surca ese semblante Es del trabajo la profunda huella, Ó fue un dolor de vuestro pecho amante. La historia fiel de una época distante 20 Puedo leer yo en ella. XIII La historia de los tiempos sin ventura En que luchasteis con la adversa suerte, Y en que, tras negras horas de amargura, Mi madre se sintió más noble y pura Y mi padre más fuerte. XIV Cuando la noche toda en la cansada 5 Labor tuvisteis vuestros ojos fijos, Y, al venceros el sueño á la alborada, Fuerzas os dió posar vuestra mirada En los dormidos hijos. XV Las lágrimas correr una tras una 10 Con noble orgullo por mi faz yo siento, Pensando que hayan sido por fortuna, Esas honradas manos mi sustento Y esos brazos mi cuna. XVI ¡Padres míos, mi amor! Mi alma quisiera 15 Pagaros hoy la que en mi edad primera Sufristeis sin gemir lenta agonía, Y que cada dolor de entonces fuera Germen de una alegría. XVII Entonces vuestro mal curaba el gozo 20 De ver al hijo convertirse en mozo, Mientras que al verme yo en vuestra presencia Siento mi dicha ahogada en el sollozo De una temida ausencia. XVIII Si el vigor juvenil volver de nuevo Pudiese á vuestra edad, ¿por qué estas penas? Yo os daría mi sangre de mancebo, Tornando así con ella á vuestras venas 5 Esta vida que os debo. XIX Que de tal modo la aflicción me embarga Pensando en la posible despedida, Que imagino ha de ser tarea amarga Llevar la vida, como inútil carga, 10 Después de vuestra vida. XX Ese plazo fatal, sordo, inflexible, Miro acercarse con profundo espanto, Y en dudas grita el corazón sensible: —«Si aplacar al destino es imposible, 15 ¿Para qué amarnos tanto?» XXI Para estar juntos en la vida eterna Cuando acabe esta vida transitoria: Si Dios, que el curso universal gobierna, Nos devuelve en el cielo esta unión tierna, 20 Yo no aspiro á más gloria. XXII Pero en tanto, buen Dios, mi mejor palma Será que prolonguéis la dulce calma Que hoy nuestro hogar en su recinto encierra: Para marchar yo solo por la tierra No hay fuerzas en mi alma.
DON RAMÓN DE CAMPOAMOR
PROXIMIDAD DEL BIEN En el tiempo en que el mundo informe estaba, Creó el Señor, cuando por dicha extrema 5 El paraíso terrenal formaba, Un fruto que del mal era el emblema Y otro fruto que el bien simbolizaba. Del miserable Adán al mismo lado 10 El Señor colocó del bien el fruto; Pero Adán nunca el bien halló, ofuscado, Porque es del hombre mísero atributo Huir del bien, del mal siempre arrastrado. El fruto que del mal el símbolo era 15 Puso Dios escondido y muy lejano; Pero Adán lo encontraba donde quiera, Abandonando en su falaz quimera, Por el lejano mal, el bien cercano. ¡Ah! siempre el hombre en su ilusión maldita 20 Su misma dicha en despreciar se empeña, Y al seguirla tenaz, tenaz la evita, Y aunque en su mismo corazón palpita, ¡Lejos, muy lejos, con afán la sueña!
¡QUIÉN SUPIERA ESCRIBIR! I —Escribidme una carta, señor Cura. 5 —Ya sé para quién es. —¿Sabéis quién es, porque una noche obscura Nos visteis juntos?—Pues. —Perdonad; mas...—No extraño ese tropiezo. La noche... la ocasión... 10 Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo: Mi querido Ramón: —¿Querido?... Pero, en fin, ya lo habéis puesto... —Si no queréis...—¡Sí, sí! —¡Qué triste estoy! ¿ No es eso?—Por supuesto. 15 —¡Qué triste estoy sin ti! Una congoja, al empezar, me viene... —¿Cómo sabéis mi mal? —Para un viejo, una niña siempre tiene El pecho de cristal. 20 ¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura. ¿Y contigo? Un edén. —Haced la letra clara, señor Cura; Que lo entienda eso bien. —El beso aquel que de marchar á punto Te di...—¿Cómo sabéis?... —Cuando se va y se viene y se está junto Siempre... no os afrentéis. 5 Y si volver tu afecto no procura, Tanto me harás sufrir... —¿Sufrir y nada más? No, señor Cura, ¡Que me voy á morir! —¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo?... 10 —Pues, sí, señor, ¡morir! —Yo no pongo morir.—¡Qué hombre de hielo! ¡Quién supiera escribir! II ¡Señor Rector, señor Rector! en vano Me queréis complacer, 15 Si no encarnan los signos de la mano Todo el ser de mi ser. Escribidle, por Dios, que el alma mía Ya en mí no quiere estar; Que la pena no me ahoga cada día... 20 Porque puedo llorar. Que mis labios, las rosas de su aliento, No se saben abrir; Que olvidan de la risa el movimiento Á fuerza de sentir. Que mis ojos, que él tiene por tan bellos, Cargados con mi afán, Como no tienen quien se mire en ellos, Cerrados siempre están. 5 Que es, de cuantos tormentos he sufrido,5 La ausencia el más atroz; Que es un perpetuo sueño de mi oído El eco de su voz... Que siendo por su causa, el alma mía 10 ¡Goza tanto en sufrir!... Dios mío ¡cuántas cosas le diría Si supiera escribir!... III EPÍLOGO —Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo: Á don Ramón... En fin, 15 Que es inútil saber para esto, arguyo, Ni el griego ni el latín.
EL MAYOR CASTIGO Cuando de Virgilio en pos Fué el Dante al infierno á dar, Su conciencia, hija de Dios, 20 Dejó á la puerta al entrar. Después que á salir volvió, Su conciencia el Dante hallando, Con ella otra vez cargó, Mas dijo así suspirando: Del infierno en lo profundo, No vi tan atroz sentencia 5 Como es la de ir por el mundo Cargado con la conciencia.
DON GASPAR NÚÑEZ DE ARCE
¡EXCELSIOR! ¿Por qué los corazones miserables, Por qué las almas viles, En los fieros combates de la vida 10 Ni luchan ni resisten? El espíritu humano es más constante Cuanto más se levanta: Dios puso el fango en la llanura, y puso La roca en la montaña. 15 La blanca nieve que en los hondos valles Derrítese ligera, En las altivas cumbres permanece Inmutable y eterna.
TRISTEZAS Cuando recuerdo la piedad sincera 20 Con que en mi edad primera Entraba en nuestras viejas catedrales, Donde postrado ante la cruz de hinojos Alzaba á Dios mis ojos, Soñando en las venturas celestiales; Hoy que mi frente atónito golpeo, 5 Y con febril deseo Busco los restos de mi fe perdida, Por hallarla otra vez, radiante y bella Como en la edad aquella, ¡Desgraciado de mí! diera la vida. 10 ¡Con qué profundo amor, niño inocente, Prosternaba mi frente En las losas del templo sacrosanto! Llenábase mi joven fantasía De luz, de poesía, 15 De mudo asombro, de terrible espanto. Aquellas altas bóvedas que al cielo Levantaban mi anhelo; Aquella majestad solemne y grave; Aquel pausado canto, parecido 20 Á un doliente gemido, Que retumbaba en la espaciosa nave; Las marmóreas y austeras esculturas De antiguas sepulturas, Aspiración del arte á lo infinito; La luz que por los vidrios de colores Sus tibios resplandores Quebraba en los pilares de granito; Haces de donde en curva fugitiva, 5 Para formar la ojiva, Cada ramal subiendo se separa, Cual del rumor de multitud que ruega, Cuando á los cielos llega, Surge cada oración distinta y clara; 10 En el gótico altar inmoble y fijo El santo crucifijo, Que extiende sin vigor sus brazos yertos, Siempre en la sorda lucha de la vida, Tan áspera y reñida, 15 Para el dolor y la humildad abiertos; El místico clamor de la campana Que sobre el alma humana De las caladas torres se despeña, Y anuncia y lleva en sus aladas notas 20 Mil promesas ignotas Al triste corazón que sufre ó sueña; Todo elevaba mi ánimo intranquilo Á más sereno asilo: Religión, arte, soledad, misterio... Todo en el templo secular hacía Vibrar el alma mía, Como vibran las cuerdas de un salterio. Y á esta voz interior que sólo entiende 5 Quien crédulo se enciende En fervoroso y celestial cariño, Envuelta en sus flotantes vestiduras Volaba á las alturas, Virgen sin mancha, mi oración de niño. 10 Su rauda, viva y luminosa huella Como fugaz centella Traspasaba el espacio, y ante el puro Resplandor de sus alas de querube, Rasgábase la nube 15 Que me ocultaba el inmortal seguro. ¡Oh anhelo de esta vida transitoria! ¡Oh perdurable gloria! ¡Oh sed inextinguible del deseo! ¡Oh cielo, que antes para mí tenías 20 Fulgores y armonías, Y hoy tan obscuro y desolado veo! Ya no templas mis íntimos pesares, Ya al pie de tus altares Como en mis años de candor no acudo. page Para llegar á ti perdí el camino, Y errante peregrino Entre tinieblas desespero y dudo. Voy espantado sin saber por dónde; 5 Grito, y nadie responde Á mi angustiada voz; alzo los ojos Y á penetrar la lobreguez no alcanzo; medrosamente avanzo, Y me hieren el alma los abrojos. 10 Hijo del siglo, en vano me resisto Á su impiedad, ¡oh Cristo! Su grandeza satánica me oprime. Siglo de maravillas y de asombros, Levanta sobre escombros 15 Un Dios sin esperanza, un Dios que gime. ¡Y ese Dios no eres tú! No tu serena Faz, de consuelos llena, Alumbra y guía nuestro incierto paso. Es otro Dios incógnito y sombrío: 20 Su cielo es el vacío, Sacerdote el error, ley el Acaso. ¡Ay! No recuerda el ánimo suspenso Un siglo más inmenso, Más rebelde á tu voz, más atrevido; Entre nubes de fuego alza su frente, Como Luzbel, potente; Pero también, como Luzbel, caído. Á medida que marcha y que investiga 5 Es mayor su fatiga, Es su noche más honda y más obscura, Y pasma, al ver lo que padece y sabe, Cómo en su seno cabe Tanta grandeza y tanta desventura. 10 Como la nave sin timón y rota Que el ronco mar azota, Incendia el rayo y la borrasca mece En piélago ignorado y proceloso, Nuestro siglo—coloso, 15 Con la luz que le abrasa, resplandece. ¡Y está la playa mística tan lejos!... Á los tristes reflejos Del sol poniente se colora y brilla. El huracán arrecia, el bajel arde, 20 Y es tarde, es ¡ay! muy tarde Para alcanzar la sosegada orilla. ¿Qué es la ciencia sin fe? Corcel sin freno, Á todo yugo ajeno, Que al impulso del vértigo se entrega, Y á través de intrincadas espesuras, Desbocado y á obscuras, Avanza sin cesar y nunca llega. ¡Llegar! ¿Adónde?... El pensamiento humano 5 En vano lucha, en vano Su ley oculta y misteriosa infringe. En la lumbre del sol sus alas quema, Y no aclara el problema, No penetra el enigma de la Esfinge. 10 ¡Sálvanos, Cristo, sálvanos, si es cierto Que tu poder no ha muerto! Salva á esta sociedad desventurada, Que bajo el peso de su orgullo mismo Rueda al profundo abismo 15 Acaso más enferma que culpada. La ciencia audaz, cuando de ti se aleja, En nuestras almas deja El germen de recónditos dolores. Como al tender el vuelo hacia la altura, 20 Deja su larva impura El insecto en el cáliz de las flores. Si en esta confusión honda y sombría Es, Señor, todavía Raudal de vida tu palabra santa, Di á nuestra fe desalentada y yerta: —¡Anímate y despierta! Como dijiste á Lázaro:—¡Levanta!—
¡SURSUM CORDA! INTRODUCCIÓN Á mi buen amigo el ilustre poeta Manuel Reina I. Á ESPAÑA Nunca mi labio á la servil lisonja 5 Parias rindió. Ni el éxito ruidoso, Ni la soberbia afortunada, oyeron Falaz encomio de mi humilde Musa. Dióme su austeridad la honrada tierra Donde nací, y el presuroso tiempo 10 Que arrastra y lleva en sus revueltas olas Las grandezas humanas al olvido, Á mi pesar me enseña que en el mundo Tan sólo á dos excelsas majestades Puedo, sin mengua, levantar mi canto; 15 La Verdad y el Dolor. En estas horas De febril inquietud, ¿quién, Patria mía, Merece como tú la pobre ofrenda De mi respeto y de mi amor? Postrada En los escombros de tu antigua gloria, 20 La negra adversidad, con férrea mano, Comprime los latidos de tu pecho Y el aire que respiras envenena. Como tigre feroz clavó sus garras La catástrofe en ti, y en tus heridas Entrañas sacia su voraz instinto. 5 ¿Quién, al mirar tus lástimas, no llora? ¿Puede haber hombre tan perverso y duro, Ni aun concebido en crapulosa orgía Por hembra impura, que impasible vea Morir sin fe, desesperado y solo, 10 Al dulce bien que le llevó en su seno? ¡No existe, no! Perdona si movido Por la ciega pasión, allá en lejanos Y borrascosos días, cuando airada Mi voz como fatídico anatema 15 Tronó en la tempestad, quizás injusto Contigo pude ser. Pero hoy, que sufres, Hoy que, Job de la Historia, te retuerces En tu lecho de angustia, arrepentido Y llena el alma de mortal congoja, 20 Acudo ansioso á consolar tus penas, Á combatir con los inmundos buitres, Ávidos del festín, que en torno giran De tu ulcerado cuerpo, y si lo mandas, ¡Oh, noble mártir! á morir contigo. 25 Pero ¿quién habla de morir? ¿Acaso No eres, Patria, inmortal? Tendrás eclipses Como los tiene el sol. Sombras tenaces, Cual hiperbórea noche larga y fría, Sobre ti pesarán, mientras no llegue Tu santa redención. ¡Hora dichosa En que verás con júbilo y ternura Nacer el alba, el tenebroso espacio 5 Inundarse de luz, la tierra encinta Estremecerse en éxtasis materno, De armonías, aromas y colores Poblarse el aire, y palpitar en todo La plenitud eterna de la vida! 10 ¡Ten esperanza y fe! Descubridora De mundos, madre de indomada prole, Tú no puedes morir, ¡Dios no lo quiere! Aun tienes que cumplir altos destinos. Busca en el seno de la paz bendita 15 Reparador descanso, hasta que cobren Tus músculos salud, y en cuanto sientas El hervor de tu sangre renovada, Ponte en pie, sacudiendo tu marasmo, Que como losa del sepulcro, oprime 20 Tu enferma voluntad. Surge del fondo De tu aislamiento secular, y marcha Con paso firme y corazón resuelto Sin mirar hacia atrás, siempre adelante. Sean la escuela y el taller y el surco 25 Los solos campos de batalla en donde Tu razón y tus fuerzas ejercites. Entra en las lides del trabajo y vence, Que entonces de laureles coronada, Más fecunda, más próspera y más grande, Seguirás, fulgurando, tu camino Por los arcos triunfales de la Historia. II. Á AMÉRICA ¡Ésta es España! Atónita y maltrecha Bajo el peso brutal de su infortunio, 5 Inerte yace la matrona augusta Que en otros siglos fatigó á la fama. La que surcó los mares procelosos Buscándote atrevida en el misterio, Hasta que un día, deslumbrando al mundo, 10 Surgiste, como Venus, de las ondas. Cegada por tu espléndida hermosura, Al engarzarte en su imperial diadema España te oprimió; mas no la culpes, Porque ¿cuándo la bárbara conquista 15 Justa y humana fué? También clemente Te dió su sangre, su robusto idioma, Sus leyes y su Dios. ¡Te lo dió todo, Menos la libertad! Pues mal pudiera Darte el único bien que no tenía. 20 Contémplala vencida y humillada Por la doblez y el oro, y si te mueven Á generosa lástima sus males, El trágico desplome de una gloría Que es también tuya, acórrela en su duelo. 25 ¡Es tu madre infeliz! No la abandone Tu amor, en tan inmensa desventura.
DON MANUEL DEL PALACIO
AMOR OCULTO Ya de mi amor la confesión sincera Oyeron tus calladas celosías, Y fué testigo de las ansias mías La luna, de los tristes compañera. 5 Tu nombre dice el ave placentera  quien visito yo todos los días, Y alegran mis soñadas alegrías El valle, el monte, la comarca entera. Sólo tú mi secreto no conoces, 10 Por más que el alma con latido ardiente, Sin yo quererlo, te lo diga a voces; Y acaso has de ignorarlo eternamente, Como las ondas de la mar veloces La ofrenda ignoran que les da la fuente.
DON JOAQUÍN MARÍA BARTRINA
ARABESCOS Y COMPOSICIONES ÍNTIMAS 15 Oyendo hablar á un hombre, fácil es Acertar dónde vió la luz del sol; Si os alaba á Inglaterra, será inglés, Si os habla mal de Prusia, es un francés, Y si habla mal de España, es español. Si cumplir con lealtad Nuestra última voluntad Es sagrada obligación, Cuando mis ojos se cierren, 5 He de mandar que me entierren Dentro de tu corazón. Para matar la inocencia, Para envenenar la dicha, Es un gran puñal la pluma 10 Y un gran veneno la tinta. Quien vive siempre entre pena Y remordimiento y dudas, No sabe ver más que á Judas En el cuadro de la cena. 15
DON MANUEL REINA
LA POESÍA Á Teodoro Llorente Como el raudal que corre en la pradera Copia en su espejo pájaros y flores, La alada mariposa de colores, El verde arbusto y la radiante esfera, La sublime poesía reverbera 20 Combates, glorias, risas y dolores, Odio y amor, tinieblas y esplendores, El cielo, el campo, el mar... ¡la vida entera! ¡Así Homero es la lid; Virgilio, el día; Esquilo, la tormenta bramadora; Anacreonte, el vino y la alegría; 5 Dante, la noche con su negro arcano; Calderón, el honor; Milton, la aurora; Shakespeare, el triste corazón humano!