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Modern Spanish Lyrics

ESPAÑA

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ROMANCES

ABENÁMAR Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! 5 Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida: moro que en tal signo nace, no debe decir mentira.— Allí respondiera el moro, 10 bien oiréis lo que decía: —Yo te la diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva; 15 siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía: que mentira no dijese, que era grande villanía: por tanto pregunta, rey, que la verdad te diría. —Yo te agradezco, Abenámar aquesa tu cortesía. ¿Qué castillos son aquéllos? 5 ¡Altos son y relucían! —El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita; los otros los Alixares, labrados á maravilla. 10 El moro que los labraba cien doblas ganaba al día, y el día que no los labra otras tantas se perdía. El otro es Generalife, 15 huerta que par no tenía; el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía.— Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía: 20 —Si tú quisieses, Granada, contigo me casaría; daréte en arras y dote á Córdoba y á Sevilla. —Casada soy, rey don Juan, 25 casada soy, que no viuda; el moro que á mí me tiene muy grande bien me quería. Fonte-frida, fonte-frida, fonte-frida y con amor, do todas las avecicas van tomar consolación, 5 sino es la tortolica que está viuda y con dolor. Por allí fuera á pasar el traidor de ruiseñor: las palabras que le dice 10 llenas son de traición: —Si tú quisieses, señora, yo sería tu servidor. —Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, 15 que ni poso en ramo verde, ni en prado que tenga flor; que si el agua hallo clara, turbia la bebía yo; que no quiero haber marido, 20 porque hijos no haya, no: no quiero placer con ellos, ni menos consolación. ¡Déjame, triste enemigo, malo, falso, mal traidor, 25 que no quiero ser tu amiga, ni casar contigo, no.

EL CONDE ARNALDOS ¡Quién hubiese tal ventura sobre las aguas del mar, como hubo el conde Arnaldos la mañana de San Juan! 5 Con un falcón en la mano la caza iba á cazar, vió venir una galera que á tierra quiere llegar. Las velas traía de seda, 10 la jarcia de un cendal, marinero que la manda diciendo viene un cantar que la mar facía en calma, los vientos hace amainar, 15 los peces que andan nel hondo arriba los hace andar, las aves que andan volando nel mástel las faz posar. Allí fabló el conde Arnaldos, 20 bien oiréis lo que dirá: —Por Dios te ruego, marinero, dígasme ora ese cantar.— Respondióle el marinero, tal respuesta le fué á dar: 25 —Yo no digo esta canción sino á quien conmigo va.

LA CONSTANCIA Mis arreos son las armas, mi descanso el pelear, mi cama las duras peñas, mi dormir siempre velar. 5 Las manidas son escuras, los caminos por usar, el cielo con sus mudanzas ha por bien de me dañar, andando de sierra en sierra 10 por orillas de la mar, por probar si en mi ventura hay lugar donde avadar. Pero por vos, mi señora, todo se ha de comportar.

EL AMANTE DESDICHADO 15 En los tiempos que me vi más alegre y placentero, yo me partiera de Burgos para ir á Valladolid: encontré con un Palmero, 20 quien me habló, y dijo así: —¿Dónde vas tú, el desdichado? ¿Dónde vas? ¡triste de ti! ¡Oh persona desgraciada, en mal punto te conocí! 25 Muerta es tu enamorada, muerta es, que yo la vi; las andas en que la llevan de negro las vi cubrir, los responsos que le dicen 5 yo los ayudé á decir: siete condes la lloraban, caballeros más de mil, llorábanla sus doncellas, llorando dicen así: 10 —¡Triste de aquel caballero que tal pérdida pierde aquí!— Desque aquesto oí, mezquino, en tierra muerto caí, y por más de doce horas 15 no tornara, triste, en mí. Desque hube retornado, á la sepultura fuí, con lágrimas de mis ojos llorando decía así: 20 —Acógeme, mi señora, acógeme á par de ti.— Al cabo de la sepultura esta triste voz oí: —Vive, vive, enamorado, 25 vive, pues que yo morí: Dios te dé ventura en armas, y en amor otro que sí, que el cuerpo come la tierra, y el alma pena por ti.—

EL PRISIONERO Por el mes era de mayo cuando hace la calor, cuando canta la calandria, y responde el ruiseñor, 5 cuando los enamorados van á servir al amor, sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día 10 ni cuándo las noches son,10 sino por un avecilla que me cantaba al albor. Matómela un ballestero, ¡déle Dios mal galardón! 15 Cabellos de mi cabeza15 lléganme al corvejón; los cabellos de mi barba por manteles tengo yo: las uñas de las mis manos 20 por cuchillo tajador. Si lo hacía el buen rey, hácelo como señor: si lo hace el carcelero, hácelo como traidor. 25 Mas ¡quién ahora me diese un pájaro hablador, siquiera fuese calandria, ó tordico ó ruiseñor: criado fuese entre damas y avezado á la razón, que me lleve una embajada 5 á mi esposa Leonor, que me envíe una empanada, no de truchas ni salmón, sino de una lima sorda y de un pico tajador: 10 la lima para los hierros, y el pico para el torreón!— Oídolo había el rey, mandóle quitar la prisión.

DON GIL VINCENTE

CANCIÓN Muy graciosa es la doncella: 15 ¡cómo es bella y hermosa! Digas tú, el marinero que en las naves vivías, si la nave ó la vela ó la estrella es tan bella. 20 Digas tú, el caballero que las armas vestías, si el caballo ó las armas ó la guerra es tan bella. Digas tú, el pastorcico que el ganadico guardas, si el ganado ó los valles, ó la sierra es tan bella.

SANTA TERESA DE JESÚS

LETRILLA QUE LLEVABA POR REGISTRO EN SU BREVIARIO Nada te turbe; 5 nada te espante; todo se pasa; Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. Quien á Dios tiene, 10 nada le falta. Solo Dios basta.

FRAY LUIS DE LEÓN

VIDA RETIRADA ¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal rüido, y sigue la escondida 15 senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido! Que no le enturbia el pecho de los soberbios grandes el estado, ni del dorado techo se admira, fabricado del sabio moro, en jaspes sustentado. No cura si la fama 5 canta con voz su nombre pregonera, ni cura si encarama la lengua lisonjera lo que condena la verdad sincera. ¿Qué presta á mi contento 10 si soy del vano dedo señalado? si en busca de este viento ando desalentado con ansias vivas, y mortal cuidado? ¡Oh campo, oh monte, oh río! 15 ¡oh secreto seguro deleitoso! roto casi el navío, á vuestro almo reposo huyo de aqueste mar tempestüoso. Un no rompido sueño, 20 un día puro, alegre, libre quiero; no quiero ver el ceño vanamente severo de quien la sangre ensalza ó el dinero. Despiértenme las aves 25 con su cantar süave no aprendido, no los cuidados graves de que es siempre seguido quien al ajeno arbitrio está atenido. Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, á solas sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. 5 Del monte en la ladera por mi mano plantado tengo un huerto que con la primavera de bella flor cubierto ya muestra en esperanza el fruto cierto. 10 Y como codiciosa de ver y acrecentar su hermosura, desde la cumbre airosa una fontana pura hasta llegar corriendo se apresura. 15 Y luego sosegada el paso entre los árboles torciendo, el suelo de pasada de verdura vistiendo, y con diversas flores va esparciendo. 20 El aire el huerto orea, y ofrece mil olores al sentido, los árboles menea con un manso rüido que del oro y del cetro pone olvido. 25 Ténganse su tesoro los que de un flaco leño se confían: no es mío ver el lloro de los que desconfían cuando el cierzo y el ábrego porfían. La combatida antena cruje, y en ciega noche el claro día se torna, al cielo suena confusa vocería, 5 y la mar enriquecen á porfía. Á mí una pobrecilla mesa de amable paz bien abastada me baste, y la vajilla de fino oro labrada 10 sea de quien la mar no teme airada. Y mientras miserable- mente se están los otros abrasando en sed insaciable del no durable mando, 15 tendido yo á la sombra esté cantando; Á la sombra tendido de yedra y lauro eterno coronado, puesto el atento oído al son dulce acordado 20 del plectro sabiamente meneado.

ANÓNIMO

Á CRISTO CRUCIFICADO No me mueve, mi Dios, para quererte El cielo que me tienes prometido, Ni me mueve el infierno tan temido Para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor; muéveme el verte Clavado en una cruz y escarnecido; Muéveme ver tu cuerpo tan herido; Muévenme tus afrentas y tu muerte. 5 Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera, Que aunque no hubiera cielo, yo te amara. Y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera; Pues aunque lo que espero no esperara. 10 Lo mismo que te quiero te quisiera.

DON LOPE FÉLIX DE VEGA CARPIO

CANCIÓN DE LA VIRGEN Pues andáis en las palmas, Ángeles santos, Que se duerme mi niño, Tened los ramos. 15 Palmas de Belén Que mueven airados Los furiosos vientos, Que suenan tanto, No le hagáis ruido, 20 Corred más paso; Que se duerme mi niño, Tened los ramos. El niño divino, Que está cansado De llorar en la tierra, Por su descanso Sosegar quiere un poco Del tierno llanto; 5 Que se duerme mi niño, Tened los ramos. Rigurosos hielos Le están cercando, Ya veis que no tengo 10 Con que guardarlo: Ángeles divinos, Que vais volando, Que se duerme mi niño, Tened los ramos.

MAÑANA 15 ¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, Que á mi puerta, cubierto de rocío, Pasas las noches del invierno escuras? ¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras, 20 Pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío, Si de mi ingratitud el hielo frío Secó las llagas de tus plantas puras! ¡Cuántas veces el ángel me decía: «Alma, asómate agora á la ventana; 25 Verás con cuánto amor llamar porfía!» Y ¡cuántas, hermosura soberana, «Mañana le abriremos,» respondía! Para lo mismo responder mañana.

DON FRANCISCO DE QUEVEDO

EPÍSTOLA SATÍRICA Y CENSORIA Contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita al Conde-Duque de Olivares.

No he de callar, por más que con el dedo, Ya tocando la boca, ó ya la frente, 5 Silencio avises ó amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente? Hoy sin miedo que libre escandalice 10 Puede hablar el ingenio, asegurado De que mayor poder le atemorice. En otros siglos pudo ser pecado Severo estudio y la verdad desnuda, Y romper el silencio el bien hablado. 15 Pues sepa quien lo niega y quien lo duda Que es lengua la verdad de Dios severo Y la lengua de Dios nunca fué muda. Son la verdad y Dios, Dios verdadero: Ni eternidad divina los separa, 20 Ni de los dos alguno fué primero.

LETRILLA SATÍRICA Poderoso caballero Es don Dinero. Madre, yo al oro me humillo: Él es mi amante y mi amado, 5 Pues de puro enamorado, De contino anda amarillo; Que pues, doblón ó sencillo, Hace todo cuanto quiero, Poderoso caballero 10 Es don Dinero. Nace en las Indias honrado, Donde el mundo le acompaña; Viene á morir en España Y es en Génova enterrado. 15 Y pues quien le trae al lado Es hermoso, aunque sea fiero, Poderoso caballero Es don Dinero. Es galán y es como un oro, 20 Tiene quebrado el color, Persona de gran valor, Tan cristiano como moro; Pues que da y quita el decoro Y quebranta cualquier fuero, 25 Poderoso caballero Es don Dinero. Son sus padres principales Y es de nobles descendiente, Porque en las venas de Oriente Todas las sangres son reales: Y pues es quien hace iguales 5 Al duque y al ganadero, Poderoso caballero Es don Dinero.

DON ESTEBAN MANUEL DE VILLEGAS

CANTILENA: DE UN PAJARILLO Yo vi sobre un tomillo Quejarse un pajarillo, 10 Viendo su nido amado, De quien era caudillo, De un labrador robado. Vile tan congojado Por tal atrevimiento 15 Dar mil quejas al viento, Para que al cielo santo Lleve su tierno llanto, Lleve su triste acento. Ya con triste armonía, 20 Esforzando el intento, Mil quejas repetía; Ya cansado callaba, Y al nuevo sentimiento Ya sonoro volvía. Ya circular volaba, Ya rastrero corría, Ya pues de rama en rama 5 Al rústico seguía; Y saltando en la grama, Parece que decía: «Dame, rústico fiero, Mi dulce compañía»; 10 Y que le respondía El rústico: «No quiero.»

DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA

SONETO Estas que fueron pompa y alegría Despertando al albor de la mañana, Á la tarde serán lástima vana 15 Durmiendo en brazos de la noche fría. Este matiz que al cielo desafía, Iris listado de oro, nieve y grana, Será escarmiento de la vida humana: ¡Tanto se emprende en término de un día! 20 Á florecer las rosas madrugaron, Y para envejecerse florecieron: Cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: En un día nacieron y expiraron; 25 Que pasados los siglos, horas fueron.

CONSEJO DE CRESPO A SU HIJO EL ALCALDE DE ZALAMEA (11, 21) Por la gracia de Dios, Juan, Eres de linaje limpio Más que el sol, pero villano: Lo uno y lo otro te digo, 5 Aquello, porque no humilles Tanto tu orgullo y tu brío, Que dejes, desconfiado, De aspirar con cuerdo arbitrio Á ser más; lo otro, porque 10 No vengas, desvanecido, Á ser menos: igualmente Usa de entrambos designios Con humildad; porque siendo Humilde, con recto juicio 15 Acordarás lo mejor; Y como tal, en olvido Pondrás cosas que suceden Al revés en los altivos. ¡Cuántos, teniendo en el mundo 20 Algún defecto consigo, Le han borrado por humildes! Y ¡a cuántos, que no han tenido Defecto, se le han hallado, Por estar ellos mal vistos! 25 Sé cortés sobremanera, Sé liberal y esparcido; Que el sombrero y el dinero Son los que hacen los amigos; Y no vale tanto el oro Que el sol engendra en el indio 5 Suelo que conduce el mar, Como ser uno bienquisto. No hables mal de las mujeres: La más humilde, te digo Que es digna de estimación, 10 Porque, al fin, dellas nacimos.

FRAY DIEGO GONZÁLEZ

EL MURCIÉLAGO ALEVOSO INVECTIVA Estaba Mirta bella Cierta noche formando en su aposento, Con gracioso talento, Una tierna canción, y porque en ella 15 Satisfacer á Delio meditaba, Que de su fe dudaba, Con vehemente expresión le encarecía El fuego que en su casto pecho ardía. Y estando divertida, 20 Un murciélago fiero, ¡suerte insana! Entró por la ventana; Mirta dejó la pluma, sorprendida, Temió, gimió, dio voces, vino gente; Y al querer diligente Ocultar la canción, los versos bellos De borrones llenó, por recogellos. 5 Y Delio, noticioso Del caso que en su daño había pasado, Justamente enojado Con el fiero murciélago alevoso, Que había la canción interrumpido, 10 Y á su Mirta afligido, En cólera y furor se consumía, Y así á la ave funesta maldecía: «Oh monstruo de ave y bruto, Que cifras lo peor de bruto y ave, 15 Visión nocturna grave, Nuevo horror de las sombras, nuevo luto, De la luz enemigo declarado, Nuncio desventurado De la tiniebla y de la noche fría, 20 ¿Qué tienes tú que hacer donde está el día? «Tus obras y figura Maldigan de común las otras aves, Que cánticos süaves Tributan cada día á la alba pura; 25 Y porque mi ventura interrumpiste, Y á su autor afligiste, Todo el mal y desastre te suceda Que á un murciélago vil suceder pueda. «La lluvia repetida, Que viene de lo alto arrebatada, Tan sólo reservada Á las noches, se oponga á tu salida; Ó el relámpago pronto reluciente 5 Te ciegue y amedrente; Ó soplando del Norte recio el viento, No permita un mosquito á tu alimento. «La dueña melindrosa, Tras el tapiz do tienes tu manida, 10 Te juzgue, inadvertida, Por telaraña sucia y asquerosa, Y con la escoba al suelo te derribe; Y al ver que bulle y vive, Tan fiera y tan ridícula figura, 15 Suelte la escoba y huya con presura. «Y luego sobrevenga El juguetón gatillo bullicioso, Y primero medroso Al verte, se retire y se contenga, 20 Y bufe y se espeluce horrorizado, Y alce el rabo esponjado, Y el espinazo en arco suba al cielo, Y con los pies apenas toque el suelo. «Mas luego recobrado, 25 Y del primer horror convalecido, El pecho al suelo unido, Traiga el rabo del uno al otro lado, Y cosido en la tierra, observe atento; Y cada movimiento Que en ti llegue á notar su perspicacia, Le provoque al asalto y le dé audacia. «En fin sobre ti venga, Te acometa y ultraje sin recelo, 5 Te arrastre por el suelo, 5 Y á costa de tu daño se entretenga; Y por caso las uñas afiladas En tus alas clavadas, Por echarte de sí con sobresalto, 10 Te arroje muchas veces á lo alto 10 «Y acuda á tus chillidos El muchacho, y convoque á sus iguales, Que con los animales Suelen ser comúnmente desabridos; 15 Que á todos nos dotó naturaleza 15 De entrañas de fiereza, Hasta que ya la edad ó la cultura Nos dan humanidad y más cordura. «Entre con algazara 20 La pueril tropa, al daño prevenida, 20 Y lazada oprimida Te echen al cuello con fiereza rara; Y al oirte chillar alcen el grito Y te llamen maldito; 25 Y creyéndote al fin del diablo imagen, 25 Te abominen, te escupan y te ultrajen. «Luego por las telillas De tus alas te claven al postigo, Y se burlen contigo, Y al hocico te apliquen candelillas, Y se rían con duros corazones De tus gestos y acciones, Y á tus tristes querellas ponderadas 5 Correspondan con fiesta y carcajadas. «Y todos bien armados De piedras, de navajas, de aguijones, De clavos, de punzones, De palos por los cabos afilados 10 (De diversión y fiesta ya rendidos), Te embistan atrevidos, Y te quiten la vida con presteza, Consumando en el modo su fiereza. «Te puncen y te sajen, 15 Te tundan, te golpeen, te martillen, Te piquen, te acribillen, Te dividan, te corten y te rajen, Te desmiembren, te partan, te degüellen, Te hiendan, te desuellen, 20 Te estrujen, te aporreen, te magullen, Te deshagan, confundan y aturrullen. «Y las supersticiones De las viejas creyendo realidades, Por ver curiosidades, 25 En tu sangre humedezcan algodones, Para encenderlos en la noche obscura, Creyendo sin cordura Que verán en el aire culebrinas Y otras tristes visiones peregrinas. «Muerto ya, te dispongan El entierro, te lleven arrastrando, Gori, gori, cantando, Y en dos filas delante se compongan, 5 Y otros, fingiendo voces lastimeras, Sigan de plañideras, Y dirijan entierro tan gracioso Al muladar más sucio y asqueroso; «Y en aquella basura 10 Un hoyo hondo y capaz te faciliten, Y en él te depositen, Y allí te den debida sepultura; Y para hacer eterna tu memoria, Compendiada tu historia 15 Pongan en una losa duradera, Cuya letra dirá de esta manera: Epitafio «Aquí yace el murciélago alevoso, Que al sol horrorizó y ahuyentó el día, De pueril saña triunfo lastimoso, 20 Con cruel muerte pagó su alevosía: No sigas, caminante, presuroso, Hasta decir sobre esta losa fría: Acontezca tal fin y tal estrella Á aquel que mal hiciere á Mirta bella.»

DON NICOLÁS F. DE MORATÍN

FIESTA DE TOROS EN MADRID Madrid, castillo famoso Que al rey moro alivia el miedo, Arde en fiestas en su coso Por ser el natal dichoso 5 De Alimenón de Toledo. Su bravo alcaide Aliatar, De la hermosa Zaida amante, Las ordena celebrar Por si la puede ablandar 10 El corazón de diamante. Pasó, vencida á sus ruegos, Desde Aravaca á Madrid; Hubo pandorgas y fuegos, Con otros nocturnos juegos 15 Que dispuso el adalid. Y en adargas y colores, En las cifras y libreas, Mostraron los amadores, Y en pendones y preseas, 20 La dicha de sus amores. Vinieron las moras bellas De toda la cercanía, Y de lejos muchas de ellas: Las más apuestas doncellas 25 Que España entonces tenía. Aja de Jetafe vino, Y Zahara la de Alcorcón, En cuyo obsequio muy fino Corrió de un vuelo el camino 5 El moraicel de Alcabón; Jarifa de Almonacid, Que de la Alcarria en que habita Llevó á asombrar á Madrid Su amante Audalla, adalid 10 Del castillo de Zorita. De Adamuz y la famosa Meco llegaron allí Dos, cada cual más hermosa, Y Fátima la preciosa, 15 Hija de Alí el alcadí. El ancho circo se llena De multitud clamorosa, Que atiende á ver en la arena La sangrienta lid dudosa, 20 Y todo en torno resuena. La bella Zaida ocupó Sus dorados miradores Que el arte afiligranó, Y con espejos y flores 25 Y damascos adornó. Añafiles y atabales, Con militar armonía, Hicieron salva, y señales De mostrar su valentía Los moros más principales. No en las vegas de Jarama Pacieron la verde grama Nunca animales tan fieros, 5 Junto al puente que se llama, Por sus peces, de Viveros, Como los que el vulgo vió Ser lidiados aquel día; Y en la fiesta que gozó, 10 la popular alegría Muchas heridas costó. Salió un toro del toril Y á Tarfe tiró por tierra, Y luego á Benalguacil; 15 Después con Hamete cierra El temerón de Conil. Traía un ancho listón Con uno y otro matiz Hecho un lazo por airón, 20 Sobre la inhiesta cerviz Clavado con un arpón. Todo galán pretendía Ofrecerle vencedor Á la dama que servía: 25 Por eso perdió Almanzor El potro que más quería. El alcaide muy zambrero De Guadalajara, huyó Mal herido al golpe fiero, Y desde un caballo overo El moro de Horche cayó. Todos miran á Aliatar, Que, aunque tres toros ha muerto, 5 No se quiere aventurar, Porque en lance tan incierto El caudillo no ha de entrar. Mas viendo se culparía, Va á ponérsele delante: 10 La fiera le acometía, Y sin que el rejón la plante Le mató una yegua pía. Otra monta acelerado: Le embiste el toro de un vuelo, 15 Cogiéndole entablerado; Rodó el bonete encarnado Con las plumas por el suelo. Dió vuelta hiriendo y matando Á los de á pie que encontrara, 20 El circo desocupando, Y emplazándose, se para, Con la vista amenazando. Nadie se atreve á salir: La plebe grita indignada, 25 Las damas se quieren ir, Porque la fiesta empezada No puede ya proseguir. Ninguno al riesgo se entrega Y está en medio el toro fijo, Cuando un portero que llega De la puerta de la Vega, Hincó la rodilla, y dijo: Sobre un caballo alazano, 5 Cubierto de galas y oro, 5 Demanda licencia urbano Para alancear á un toro Un caballero cristiano. Mucho le pesa á Aliatar; 10 Pero Zaida dió respuesta 10 Diciendo que puede entrar, Porque en tan solemne fiesta Nada se debe negar. Suspenso el concurso entero 15 Entre dudas se embaraza, 15 Cuando en un potro ligero Vieron entrar en la plaza Un bizarro caballero, Sonrosado, albo color, 20 Belfo labio, juveniles 20 Alientos, inquieto ardor, En el florido verdor De sus lozanos abriles. Cuelga la rubia guedeja 25 Por donde el almete sube, 25 Cual mirarse tal vez deja Del sol la ardiente madeja Entre cenicienta nube; Gorguera de anchos follajes, De una cristiana primores; En el yelmo los plumajes Por los visos y celajes Vergel de diversas flores; 5 En la cuja gruesa lanza, Con recamado pendón, Y una cifra á ver se alcanza, Que es de desesperación, Ó á lo menos de venganza. 10 En el arzón de la silla Ancho escudo reverbera Con blasones de Castilla, Y el mote dice á la orilla: Nunca mi espada venciera. 15 Era el caballo galán, El bruto más generoso, De más gallardo ademán: Cabos negros, y brioso, Muy tostado, y alazán, 20 Larga cola recogida En las piernas descarnadas, Cabeza pequeña, erguida, Las narices dilatadas, Vista feroz y encendida. 25 Nunca en el ancho rodeo Que da Betis con tal fruto Pudo fingir el deseo Más bella estampa de bruto, Ni más hermoso paseo. Dió la vuelta al rededor; Los ojos que le veían Lleva prendados de amor: ¡Alá te salve! decían, 5 ¡Déte el Profeta favor! 5 Causaba lástima y grima Su tierna edad floreciente: Todos quieren que se exima Del riesgo, y él solamente 10 Ni recela ni se estima. 10 Las doncellas, al pasar, Hacen de ámbar y alcanfor Pebeteros exhalar, Vertiendo pomos de olor, 15 De jazmines y azahar. 15 Mas cuando en medio se para, Y de más cerca le mira La cristiana esclava Aldara, Con su señora se encara, 20 Y así la dice, y suspira: 20 —Señora, sueños no son; Así los cielos, vencidos De mi ruego y aflicción, Acerquen á mis oídos 25 Las campanas de León, 25 Como ese doncel, que ufano Tanto asombro viene á dar Á todo el pueblo africano, Es Rodrigo de Bivar, El soberbio castellano.— Sin descubrirle quién es, La Zaida desde una almena Le habló una noche cortés, 5 Por donde se abrió después El cubo de la Almudena; Y supo que, fugitivo De la corte de Fernando, El cristiano, apenas vivo, 10 Está á Jimena adorando Y en su memoria cautivo. Tal vez á Madrid se acerca Con frecuentes correrías Y todo en torno la cerca; 15 Observa sus saetías, Arroyadas y ancha alberca. Por eso le ha conocido: Que en medio de aclamaciones, El caballo ha detenido 20 Delante de sus balcones, Y la saluda rendido. La mora se puso en pie Y sus doncellas detrás: El alcaide que lo ve, 25 Enfurecido además, Muestra cuán celoso esté. Suena un rumor placentero Entre el vulgo de Madrid: No habrá mejor caballero, Dicen, en el mundo entero, Y algunos le llaman Cid. Crece la algazara, y él, Torciendo las riendas de oro, 5 Marcha al combate crüel: Alza el galope, y al toro Busca en sonoro tropel. El bruto se le ha encarado Desde que le vió llegar, 10 De tanta gala asombrado, Y al rededor le ha observado Sin moverse de un lugar. Cual flecha se disparó Despedida de la cuerda, 15 De tal suerte le embistió; Detrás de la oreja izquierda La aguda lanza le hirió. Brama la fiera burlada; Segunda vez acomete, 20 De espuma y sudor bañada, Y segunda vez la mete Sutil la punta acerada. Pero ya Rodrigo espera Con heroico atrevimiento, 25 El pueblo mudo y atento: Se engalla el toro y altera, Y finje acometimiento. La arena escarba ofendido, Sobre la espalda la arroja Con el hueso retorcido; El suelo huele y le moja En ardiente resoplido. La cola inquieto menea, 5 La diestra oreja mosquea, Vase retirando atrás, Para que la fuerza sea Mayor, y el ímpetu más. El que en esta ocasión viera 10 De Zaida el rostro alterado, Claramente conociera Cuanto le cuesta cuidado El que tanto riesgo espera. Mas ¡ay, que le embiste horrendo 15 El animal espantoso! Jamás peñasco tremendo Del Cáucaso cavernoso Se desgaja, estrago haciendo, Ni llama así fulminante 20 Cruza en negra obscuridad Con relámpagos delante, Al estrépito tronante De sonora tempestad, Como el bruto se abalanza 25 Con terrible ligereza; Mas rota con gran pujanza La alta nuca, la fiereza Y el último aliento lanza. La confusa vocería Que en tal instante se oyó Fué tanta, que parecía Que honda mina reventó, Ó el monte y valle se hundía. 5 Á caballo como estaba Rodrigo, el lazo alcanzó Con que el toro se adornaba: En su lanza le clavó Y á los balcones llegaba. 10 Y alzándose en los estribos, Le alarga á Zaida, diciendo: —Sultana, aunque bien entiendo Ser favores excesivos, Mi corto don admitiendo; 15 Si no os dignáredes ser Con él benigna, advertid Que á mí me basta saber Que no le debo ofrecer Á otra persona en Madrid.— 20 Ella, el rostro placentero, Dijo, y turbada:—Señor, Yo le admito y le venero, Por conservar el favor De tan gentil caballero.— 25 Y besando el rico don, Para agradar al doncel, Le prende con afición Al lado del corazón Por brinquiño y por joyel. Pero Aliatar el caudillo De envidia ardiendo se ve, Y, trémulo y amarillo, Sobre un tremecén rosillo 5 Lozaneándose fué. Y en ronca voz:—Castellano, Le dice, con más decoros Suelo yo dar de mi mano, Si no penachos de toros, 10 Las cabezas del cristiano. Y si vinieras de guerra Cual vienes de fiesta y gala, Vieras que en toda la tierra, Al valor que dentro encierra 15 Madrid, ninguno se iguala.— —Así, dijo el de Bivar, Respondo—; y la lanza al ristre Pone, y espera á Aliatar; Mas sin que nadie administre 20 Orden, tocaron á armar. Ya fiero bando con gritos Su muerte ó prisión pedía, Cuando se oyó en los distritos Del monte de Leganitos 25 Del Cid la trompetería. Entre la Monclova y Soto Tercio escogido emboscó, Que, viendo como tardó, Se acerca, oyó el alboroto, Y al muro se abalanzó. Y si no vieran salir Por la puerta á su señor, Y Zaida á le despedir, 5 Iban la fuerza á embestir: Tal era ya su furor. El alcaide, recelando Que en Madrid tenga partido, Se templó disimulando, 10 Y por el parque florido Salió con él razonando. Y es fama que, á la bajada, Juró por la cruz el Cid De su vencedora espada 15 De no quitar la celada Hasta que gane á Madrid.

DON GASPAR MELCHOR DE JOVELLANOS

Á ARNESTO ¿Quis tam patiens ut teneat se? JUVENAL Déjame, Arnesto, déjame que llore Los fieros males de mi patria, deja Que su rüina y perdición lamente; 20 Y si no quieres que en el centro obscuro De esta prisión la pena me consuma, Déjame al menos que levante el grito Contra el desorden: deja que á la tinta Mezclando miel y acíbar, siga indócil Mi pluma el vuelo del bufón de Aquino. ¡Oh! ¡cuánto rostro veo, á mi censura, De palidez y de rubor cubierto! 5 Ánimo, amigos, nadie tema, nadie, Su punzante aguijón; que yo persigo En mi sátira el vicio, no al vicioso. Ya la notoriedad es el más noble Atributo del vicio, y nuestras Julias, 10 Más que ser malas quieren parecerlo. Hubo un tiempo en que andaba la modestia Dorando los delitos; hubo un tiempo En que el recato tímido cubría La fealdad del vicio; pero huyóse 15 El pudor á vivir en las cabañas. ¡Oh infamia! ¡oh siglo! ¡oh corrupción! Matronas Castellanas, ¿quién pudo vuestro claro Pundonor eclipsar? ¿Quién de Lucrecias En Laís os volvió? ¿Ni el proceloso 20 Océano, ni, lleno de peligros, El Lilibeo, ni las arduas cumbres De Pirene pudieron guareceros Del contagio fatal? Zarpa preñada De oro la nao gaditana, aporta 25 Á las orillas gálicas, y vuelve Llena de objetos fútiles y vanos; Y entre los signos de extranjera pompa Ponzoña esconde y corrupción, compradas Con el sudor de las iberas frentes; Y tú, mísera España, tú la esperas 5 Sobre la playa, y con afán recoges La pestilente carga, y la repartes Alegre entre tus hijos. Viles plumas, Gasas y cintas, flores y penachos Te trae en cambio de la sangre tuya; 10 De tu sangre ¡oh baldón! y acaso, acaso De tu virtud y honestidad. Repara Cual la liviana juventud los busca. Mira cual va con ellos engreída La impudente doncella; su cabeza, 15 Cual nave real en triunfo empavesada, Vana presenta del favonio al soplo La mies de plumas y de airones, y anda Loca, buscando en la lisonja el premio De su indiscreto afán. ¡Ay triste! guarte, 20 Guarte, que está cercano el precipicio. El astuto amador ya en asechanza Te atisba y sigue con lascivos ojos; La adulación y la caricia el lazo Te van á armar, do caerás incauta, 25 En él tu oprobio y perdición hallando. ¡Ay cuánto, cuánto de amargura y lloro Te costarán tus galas! ¡Cuán tardío Será y estéril tu arrepentimiento! Ya ni el rico Brasil, ni las cavernas Del nunca exhausto Potosí no bastan Á saciar el hidrópico deseo, La ansiosa sed de vanidad y pompa. Todo lo agotan: cuesta un sombrerillo 5 Lo que antes un Estado, y se consume En un festín la dote de una infanta; Todo lo tragan; la riqueza unida Va á la indigencia; pide y pordiosea El noble, engaña, empeña, malbarata, 10 Quiebra y perece, y el logrero goza Los pingües patrimonios, premio un día Del generoso afán de altos abuelos. ¡Oh ultraje! ¡oh mengua! todo se trafica: Parentesco, amistad, favor, influjo, 15 Y hasta el honor, depósito sagrado, Ó se vende ó se compra. Y tú, belleza, Don el más grato que dió al hombre el cielo, No eres ya premio del valor, ni paga Del peregrino ingenio; la florida 20 Juventud, la ternura, el rendimiento Del constante amador ya no te alcanzan. Ya ni te das al corazón, ni sabes De él recibir adoración y ofrendas. Ríndeste al oro. La vejez hedionda, 25 La sucia palidez, la faz adusta, Fiera y terrible, con igual derecho Vienen sin susto á negociar contigo. Daste al barato, y tu rosada frente, Tus suaves besos y tus dulces brazos, Corona un tiempo del amor más puro, Son ya una vil y torpe mercancía.

DON JUAN MELÉNDEZ VALDÉS

ROSANA EN LOS FUEGOS Del sol llevaba la lumbre, Y la alegría del alba, 5 En sus celestiales ojos La hermosísima Rosana, Una noche que á los fuegos Salió la fiesta de Pascua Para abrasar todo el valle 10 En mil amorosas ansias. Por do quiera que camina Lleva tras sí la mañana, Y donde se vuelve rinde La libertad de mil almas. 15 El céfiro la acaricia Y mansamente la halaga, Los Amores la rodean Y las Gracias la acompañan. Y ella, así como en el valle 20 Descuella la altiva palma Cuando sus verdes pimpollos Hasta las nubes levanta; Ó cual vid de fruto llena Que con el olmo se abraza, Y sus vástagos extiende Al arbitrio de las ramas; Así entre sus compañeras El nevado cuello alza, 5 Sobresaliendo entre todas Cual fresca rosa entre zarzas. Todos los ojos se lleva Tras sí, todo lo avasalla; De amor mata á los pastores 10 Y de envidia á las zagalas. Ni las músicas se atienden, Ni se gozan las lumbradas; Que todos corren por verla Y al verla todos se abrasan. 15 ¡Qué de suspiros se escuchan! ¡Qué de vivas y de salvas! No hay zagal que no la admire Y no se esmere en loarla. Cual absorto la contempla 20 Y á la aurora la compara Cuando más alegre sale Y el cielo en albores baña; Cual al fresco y verde aliso Que crece al margen del agua, 25 Cuando más pomposo en hojas En su cristal se retrata; Cual á la luna, si muestra Llena su esfera de plata, Y asoma por los collados De luceros coronada. Otros pasmados la miran Y mudamente la alaban, Y cuanto más la contemplan 5 Muy más hermosa la hallan. Que es como el cielo su rostro Cuando en la noche callada Brilla con todas sus luces Y los ojos embaraza. 10 ¡Ay, qué de envidias se encienden! ¡Ay, qué de celos que causa En las serranas del Tormes Su perfección sobrehumana! Las más hermosas la temen, 15 Mas sin osar murmurarla; Que como el oro más puro No sufre una leve mancha. Bien haya tu gentileza, Una y mil veces bien haya, 20 Y abrase la envidia al pueblo, Hermosísima aldeana. Toda, toda eres perfecta, Toda eres donaire y gracia, El amor vive en tus ojos 25 Y la gloria está en tu cara. La libertad me has robado, Yo la doy por bien robada, Mas recibe el don benigna Que mi humildad te consagra. Esto un zagal la decía Con razones mal formadas, Que salió libre á los fuegos Y volvió cautivo á casa. 5 Y desde entonces perdido El día á sus puertas le halla; Ayer le cantó esta letra Echándole la alborada: Linda zagaleja 10 De cuerpo gentil, Muérome de amores Desde que te vi. Tu talle, tu aseo, Tu gala y donaire, 15 No tienen, serrana, Igual en el valle. Del cielo son ellos Y tú un serafín: Muérome de amores 20 Desde que te vi. De amores me muero, Sin que nada baste Á darme la vida Que allá te llevaste, 25 Si ya no te dueles, Benigna, de mí; Que muero de amores Desde que te vi.

DON MANUEL JOSÉ QUINTANA

ODA Á ESPAÑA, DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN DE MARZO

¿Qué era, decidme, la nación que un día Reina del mundo proclamó el destino, La que á todas las zonas extendía Su cetro de oro y su blasón divino? 5 Volábase á occidente, Y el vasto mar Atlántico sembrado Se hallaba de su gloria y su fortuna. Do quiera España: en el preciado seno De América, en el Asia, en los confines 10 Del África, allí España. El soberano Vuelo de la atrevida fantasía Para abarcarla se cansaba en vano; La tierra sus mineros le rendía, Sus perlas y coral el Oceano, 15 Y donde quier que revolver sus olas Él intentase, á quebrantar su furia Siempre encontraba costas españolas. Ora en el cieno del oprobio hundida, Abandonada á la insolencia ajena, 20 Como esclava en mercado, ya aguardaba La ruda argolla y la servil cadena. ¡Qué de plagas! ¡oh Dios! Su aliento impuro, La pestilente fiebre respirando, Infestó el aire, emponzoñó la vida; La hambre enflaquecida Tendió sus brazos lívidos, ahogando Cuanto el contagio perdonó; tres veces De Jano el templo abrimos, 5 Y á la trompa de Marte aliento dimos; Tres veces ¡ay! Los dioses tutelares Su escudo nos negaron, y nos vimos Rotos en tierra y rotos en los mares. ¿Qué en tanto tiempo viste 10 Por tus inmensos términos, oh Iberia? ¿Qué viste ya sino funesto luto, Honda tristeza, sin igual miseria, De tu vil servidumbre acerbo fruto? Así rota la vela, abierto el lado, 15 Pobre bajel á naufragar camina, De tormenta en tormenta despeñado, Por los yermos del mar; ya ni en su popa Las guirnaldas se ven que antes le ornaban, Ni en señal de esperanza y de contento 20 La flámula rïendo al aire ondea. Cesó en su dulce canto el pasajero, Ahogó su vocería El ronco marinero, Terror de muerte en torno le rodea, 25 Terror de muerte silencioso y frío; Y él va á estrellarse al áspero bajío. Llega el momento, en fin; tiende su mano El tirano del mundo al occidente, Y fiero exclama: «El occidente es mío.» Bárbaro gozo en su ceñuda frente Resplandeció, como en el seno obscuro De nube tormentosa en el estío Relámpago fugaz brilla un momento 5 Que añade horror con su fulgor sombrío. Sus guerreros feroces Con gritos de soberbia el viento llenan; Gimen los yunques, los martillos suenan, Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso 10 Pensáis que espadas son para el combate Las que mueven sus manos codiciosas? No en tanto os estiméis: grillos, esposas, Cadenas son que en vergonzosos lazos Por siempre amarren tan inertes brazos. 15 Estremecióse España Del indigno rumor que cerca oía, Y al grande impulso de su justa saña Rompió el volcán que en su interior hervía. Sus déspotas antiguos 20 Consternados y pálidos se esconden; Resuena el eco de venganza en torno, Y del Tajo las márgenes responden: «¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río, Los colosos de oprobio y de vergüenza 25 Que nuestro bien en su insolencia ahogaban; Su gloria fué, nuestro esplendor comienza; Y tú, orgulloso y fiero, Viendo que aun hay Castilla y castellanos, Precipitas al mar tus rubias ondas, ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento! ¿Con que puede ya dar el labio mío El nombre augusto de la patria al viento? 5 Yo le daré; mas no en el arpa de oro5 Que mi cantar sonoro Acompañó hasta aquí; no aprisionado En estrecho recinto, en que se apoca El numen en el pecho 10 Y el aliento fatídico en la boca.10 Desenterrad la lira de Tirteo, Y el aire abierto á la radiante lumbre Del sol, en la alta cumbre Del riscoso y pinífero Fuenfría, 15 Allí volaré yo, y allí cantando15 Con voz que atruene en rededor la sierra, Lanzaré por los campos castellanos Los ecos de la gloría y de la guerra. ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime, 20 Único asilo y sacrosanto escudo20 Al ímpetu sañudo Del fiero Atila que á occidente oprime! ¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis Ved del Tercer Fernando alzarse airada 25 La augusta sombra; su divina frente Mostrar Gonzalo en la imperial Granada; Blandir el Cid su centelleante espada, Y allá sobre los altos Pirineos, Del hijo de Jimena Animarse los miembros giganteos. En torvo ceño y desdeñosa pena Ved como cruzan por los aires vanos; Y el valor exhalando que se encierra 5 Dentro del hueco de sus tumbas frías, En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra! ¡Pues qué! ¿Con faz serena Vierais los campos devastar opimos, Eterno objeto de ambición ajena, 10 Herencia inmensa que afanando os dimos? Despertad, raza de héroes: el momento Llegó ya de arrojarse á la victoria; Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre, Que vuestra gloría humille nuestra gloria. 15 No ha sido en el gran día El altar de la patria alzado en vano Por vuestra mano fuerte. Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte Que consentir jamás ningún tirano!» 20 Sí, yo lo juro, venerables sombras; Yo lo juro también, y en este instante Ya me siento mayor. Dadme una lanza, Ceñidme el casco fiero y refulgente; Volemos al combate, á la venganza; 25 Y el que niegue su pecho á la esperanza, Hunda en el polvo la cobarde frente. Tal vez el gran torrente De la devastación en su carrera Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura No se muere una vez? ¿No iré, expirando, Á encontrar nuestros ínclitos mayores? «¡Salud, oh padres de la patria mía, Yo les diré, salud! La heroica España 5 De entre el estrago universal y horrores Levanta la cabeza ensangrentada, Y vencedora de su mal destino, Vuelve á dar á la tierra amedrentada Su cetro de oro y su blasón divino.»

DON DIONISIO SOLÍS

LA PREGUNTA DE LA NIÑA 10 Madre mía, yo soy niña; No se enfade, no me riña, Si fiada en su prudencia Desahogo mi conciencia, Y contarle solicito 15 Mi desdicha ó mi delito, Aunque muerta de rubor. Pues Blasillo el otro día, Cuando mismo anochecía, Y cantando descuidada 20 Conducía mi manada, En el bosque, por acaso, Me salió solito al paso, Más hermoso que el amor. Se me acerca temeroso, Me saluda cariñoso, Me repite que soy linda, Que no hay pecho que no rinda, Que si río, que si lloro, 5 Á los hombres enamoro, Y que mato con mirar. Con estilo cortesano Se apodera de mi mano, Y entre dientes, madre mía, 10 No sé bien qué me pedía; Yo entendí que era una rosa, Pero él dijo que era otra cosa, Que yo no le quise dar. ¿Sabe usted lo que decía 15 El taimado que quería? Con vergüenza lo confieso, Mas no hay duda que era un beso Y fue tanto mi sonrojo, Que irritada de su arrojo, 20 No sé como no morí. Mas mi pecho enternecido De mirarle tan rendido, Al principio resistiendo, Él instando, yo cediendo, 25 Fue por fin tan importuno, Que en la boca, y sólo uno, Que me diera permití. Desde entonces, si le miro, Yo no sé por qué suspiro, Ni por qué si á Clori mira Se me abrasa el rostro en ira; Ni por qué, si con cuidado Se me pone junto al lado, 5 Me estremezco de placer. Siempre orillas de la fuente Busco rosas á mi frente, Pienso en él y me sonrío, Y entre mí le llamo mío, 10 Me entristezco de su ausencia, Y deseo en su presencia La más bella parecer. Confundida, peno y dudo, Y por eso á usted acudo; 15 Dígame, querida madre, Si sentía por mi padre Este plácido tormento, Esta dulce que yo siento Deliciosa enfermedad. 20 Diga usted con qué se cura Ó mi amor, ó mi locura, Y si puede por un beso, Sin que pase á más exceso, Una niña enamorarse, 25 Y que trate de casarse Á los quince de su edad.

DON JUAN NICASIO GALLEGO

EL DOS DE MAYO Noche, lóbrega noche, eterno asilo Del miserable que, esquivando el sueño, En tu silencio pavoroso gime: No desdeñes mi voz; letal beleño 5 Presta á mis sienes, y en tu horror sublime Empapada la ardiente fantasía, Da á mi pincel fatídicos colores Con que el tremendo día Trace al furor de vengadora tea, 10 Y el odio irrite de la patria mía, Y escándalo y terror al orbe sea. ¡Día de execración! La destructora Mano del tiempo le arrojó al averno; Mas ¿quién el sempiterno 15 Clamor con que los ecos importuna La madre España en enlutado arreo Podrá atajar? Junto al sepulcro frío, Al pálido lucir de opaca luna, Entre cipreses fúnebres la veo: 20 Trémula, yerta, desceñido el manto, Los ojos moribundos Al cielo vuelve, que le oculta el llanto; Roto y sin brillo el cetro de dos mundos Yace entre el polvo, y el león guerrero 25 Lanza á sus pies rugido lastimero. ¡Ay, que cual débil planta Que agota en su furor hórrido viento, De víctimas sin cuento Lloró la destrucción Mantua afligida! 5 Yo vi, yo vi su juventud florida Correr inerme al huésped ominoso. ¿Mas qué su generoso Esfuerzo pudo? El pérfido caudillo En quien su honor y su defensa fía, 10 La condenó al cuchillo. ¿Quién ¡ay! la alevosía, La horrible asolación habrá que cuente, Que, hollando de amistad los santos fueros, Hizo furioso en la indefensa gente 15 Ese tropel de tigres carniceros? Por las henchidas calles Gritando se despeña La infame turba que abrigó en su seno, Rueda allá rechinando la cureña, 20 Acá retumba el espantoso trueno, Allí el joven lozano, El mendigo infeliz, el venerable Sacerdote pacífico, el anciano Que con su arada faz respeto imprime, 25 Juntos amarra su dogal tirano. En balde, en balde gime, De los duros satélites en torno, La triste madre, la afligida esposa. Con doliente clamor, la pavorosa Fatal descarga suena, Que á luto y llanto eterno la condena. ¡Cuánta escena de muerte! ¡cuánto estrago! ¡Cuántos ayes doquier! Despavorido 5 Mirad ese infelice Quejarse al adalid empedernido De otra cuadrilla atroz. «¡Ah! ¿Qué te hice?» Exclama el triste en lágrimas deshecho: «Mi pan y mi mansión partí contigo, 10 Te abrí mis brazos, te cedí mi lecho, Templé tu sed, y me llamé tu amigo; ¿Y ahora pagar podrás nuestro hospedaje Sincero, franco, sin doblez ni engaño, Con dura muerte y con indigno ultraje?» 15 ¡Perdido suplicar! ¡inútil ruego! El monstruo infame á sus ministros mira, Y con tremenda voz gritando: «¡fuego!» Tinto en su sangre el desgraciado expira. Y en tanto ¿dó se esconden? 20 ¿Dó están ¡oh cara patria! tus soldados, Que á tu clamor de muerte no responden? Presos, encarcelados Por jefes sin honor, que, haciendo alarde De su perfidia y dolo, 25 Á merced de los vándalos te dejan, Como entre hierros el león, forcejean Con inútil afán. Vosotros sólo, Fuerte Daoiz, intrépido Velarde, Que osando resistir al gran torrente Dar supisteis en flor la dulce vida Con firme pecho y con serena frente; Si de mi libre musa Jamás el eco adormeció á tiranos, 5 Ni vil lisonja emponzoñó su aliento, Allá del alto asiento, Al que la acción magnánima os eleva, El himno oid que á vuestro nombre entona, Mientras la fama alígera le lleva 10 Del mar de hielo á la abrasada zona. Mas ¡ay! que en tanto sus funestas alas Por la opresa metrópoli tendiendo, La yerma asolación sus plazas cubre, Y al áspero silbar de ardientes balas, 15 Y al ronco son de los preñados bronces, Nuevo fragor y estrépito sucede. ¿Oís cómo, rompiendo De moradores tímidos las puertas, Caen estallando de los fuertes gonces? 20 ¡Con qué espantoso estruendo Los dueños buscan, que medrosos huyen! Cuanto encuentran destruyen, Bramando, los atroces forajidos, Que el robo infame y la matanza ciegan. 25 ¿No veis cuál se despliegan, Penetrando en los hondos aposentos, De sangre y oro y lágrimas sedientos? Rompen, talan, destrozan Cuanto se ofrece á su sangrienta espada. Aquí, matando al dueño, se alborozan, Hieren allí su esposa acongojada; La familia asolada Yace expirando, y con feroz sonrisa 5 Sorben voraces el fatal tesoro. Suelta, á otro lado, la madeja de oro, Mustio el dulce carmín de su mejilla, Y en su frente marchita la azucena, Con voz turbada y anhelante lloro, 10 De su verdugo ante los pies se humilla Tímida virgen, de amargura llena; Mas con furor de hiena, Alzando el corvo alfanje damasquino, Hiende su cuello el bárbaro asesino. 15 ¡Horrible atrocidad!... Treguas ¡oh musa! Que ya la voz rehusa Embargada en suspiros mi garganta. Y en ignominia tanta, ¿Será que rinda el español bizarro 20 La indómita cerviz á la cadena? No, que ya en torno suena De Palas fiera el sanguinoso carro, Y el látigo estallante Los caballos flamígeros hostiga. 25 Ya el duro peto y el arnés brillante Visten los fuertes hijos de Pelayo. Fuego arrojó su ruginoso acero: «¡Venganza y guerra!» resonó en su tumba; «¡Venganza y guerra!» repitió Moncayo; Y al grito heroico que en los aires zumba, «¡Venganza y guerra!» claman Turia y Duero. Guadalquivir guerrero Alza al bélico son la regia frente, 5 Y del Patrón valiente Blandiendo altivo la nudosa lanza, Corre gritando al mar: «¡Guerra y venganza!» ¡Oh sombras infelices De los que aleve y bárbara cuchilla 10 Robó á los dulces lares! ¡Sombras inultas que en fugaz gemido Cruzáis los anchos campos de Castilla! La heroica España, en tanto que al bandido Que á fuego y sangre, de insolencia ciego, 15 Brindó felicidad, á sangre y fuego Le retribuye el don, sabrá piadosa Daros solemne y noble monumento. Allí en padrón cruento De oprobio y mengua, que perpetuo dure, 20 La vil traición del déspota se lea, Y altar eterno sea Donde todo Español al monstruo jure Rencor de muerte que en sus venas cunda, Y á cien generaciones se difunda.

DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

EL NIDO ¿Dónde vas, zagal cruel, Dónde vas con ese nido, Riyendo tú mientras pían Esos tristes pajarillos? 5 Su madre los dejó solos En este momento mismo, Para buscarles sustento Y dárselo con su pico... Mírala cuán azorada 10 Echa menos á sus hijos, Salta de un árbol en otro, Va, torna, vuela sin tino: Al cielo favor demanda Con acento dolorido; 15 Mientras ellos en tu mano Baten el ala al oirlo... ¡Tú también tuviste madre, Y la perdiste aun muy niño, Y te encontraste en la tierra 20 Sin amparo y sin abrigo!— Las lágrimas se le saltan Al cuitado pastorcillo, Y vergonzoso y confuso Deja en el árbol el nido.

DON ÁNGEL DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS

UN CASTELLANO LEAL ROMANCE PRIMERO «Holá, hidalgos y escuderos De mi alcurnia y mi blasón, Mirad como bien nacidos De mi sangre y casa en pro. 5 «Esas puertas se defiendan; Que no ha de entrar, vive Dios, Por ellas, quien no estuviere Más limpio que lo está el sol. «No profane mi palacio 10 Un fementido traidor Que contra su Rey combate Y que á su patria vendió. «Pues si él es de Reyes primo, Primo de Reyes soy yo; 15 Y conde de Benavente Si él es duque de Borbón; «Llevándole de ventaja Que nunca jamás manchó La traición mi noble sangre, 20 Y haber nacido español.» Así atronaba la calle Una ya cascada voz, Que de un palacio salía Cuya puerta se cerró; Y á la que estaba á caballo Sobre un negro pisador, 5 Siendo en su escudo las lises Más bien que timbre baldón, Y de pajes y escuderos Llevando un tropel en pos Cubiertos de ricas galas, 10 El gran duque de Borbón: El que lidiando en Pavía, Más que valiente, feroz, Gozóse en ver prisionero Á su natural señor; 15 Y que á Toledo ha venido, Ufano de su traición, Para recibir mercedes Y ver al Emperador. ROMANCE SEGUNDO En una anchurosa cuadra 20 Del alcázar de Toledo, Cuyas paredes adornan Ricos tapices flamencos, Al lado de una gran mesa, Que cubre de terciopelo 25 Napolitano tapete Con borlones de oro y flecos; Ante un sillón de respaldo Que entre bordado arabesco Los timbres de España ostenta Y el águila del imperio, De pie estaba Carlos Quinto, 5 Que en España era primero, Con gallardo y noble talle, Con noble y tranquilo aspecto. De brocado de oro y blanco Viste tabardo tudesco, 10 De rubias martas orlado, Y desabrochado y suelto, Dejando ver un justillo De raso jalde, cubierto Con primorosos bordados 15 Y costosos sobrepuestos, Y la excelsa y noble insignia Del Toisón de oro, pendiendo De una preciosa cadena En la mitad de su pecho. 20 Un birrete de velludo Con un blanco airón, sujeto Por un joyel de diamantes Y un antiguo camafeo, Descubre por ambos lados, 25 Tanta majestad cubriendo, Rubio, cual barba y bigote, Bien atusado el cabello. Apoyada en la cadera La potente diestra ha puesto, Que aprieta dos guantes de ámbar Y un primoroso mosquero, Y con la siniestra halaga 5 De un mastín muy corpulento, Blanco y las orejas rubias, El ancho y carnoso cuello. Con el Condestable insigne, Apaciguador del reino, 10 De los pasados disturbios Acaso está discurriendo; Ó del trato que dispone Con el Rey de Francia preso, Ó de asuntos de Alemania 15 Agitada por Lutero; Cuando un tropel de caballos Oye venir á lo lejos Y ante el alcázar pararse, Quedando todo en silencio. 20 En la antecámara suena Rumor impensado luego, Ábrese al fin la mampara Y entra el de Borbón soberbio, Con el semblante de azufre 25 Y con los ojos de fuego, Bramando de ira y de rabia Que enfrena mal el respeto; Y con balbuciente lengua, Y con mal borrado ceño, Acusa al de Benavente, Un desagravio pidiendo. Del español Condestable 5 Latió con orgullo el pecho, Ufano de la entereza De su esclarecido deudo. Y aunque advertido procura Disimular cual discreto, 10 Á su noble rostro asoman La aprobación y el contento. El Emperador un punto Quedó indeciso y suspenso, Sin saber qué responderle 15 Al francés, de enojo ciego. Y aunque en su interior se goza Con el proceder violento Del conde de Benavente, De altas esperanzas lleno 20 Por tener tales vasallos, De noble lealtad modelos, Y con los que el ancho mundo Será á sus glorias estrecho, Mucho al de Borbón le debe 25 Y es fuerza satisfacerlo: Le ofrece para calmarlo Un desagravio completo. Y, llamando á un gentil-hombre, Con el semblante severo Manda que el de Benavente Venga á su presencia presto. ROMANCE TERCERO Sostenido por sus pajes 5 Desciende de su litera El conde de Benavente Del alcázar á la puerta. Era un viejo respetable, Cuerpo enjuto, cara seca, 10 Con dos ojos como chispas, Cargados de largas cejas, Y con semblante muy noble, Mas de gravedad tan seria Que veneración de lejos 15 Y miedo causa de cerca. Eran su traje unas calzas De púrpura de Valencia, Y de recamado ante Un coleto á la leonesa: 20 De fino lienzo gallego20 Los puños y la gorguera, Unos y otra guarnecidos Con randas barcelonesas: Un birretón de velludo 25 Con su cintillo de perlas, Y el gabán de paño verde Con alamares de seda. Tan sólo de Calatrava La insignia española lleva; Que el Toisón ha despreciado Por ser orden extranjera. 5 Con paso tardo, aunque firme, Sube por las escaleras, Y al verle, las alabardas Un golpe dan en la tierra; Golpe de honor, y de aviso 10 De que en el alcázar entra Un Grande, á quien se le debe Todo honor y reverencia. Al llegar á la antesala, Los pajes que están en ella 15 Con respeto le saludan Abriendo las anchas puertas. Con grave paso entra el conde Sin que otro aviso preceda, Salones atravesando 20 Hasta la cámara regia. Pensativo está el Monarca, Discurriendo como pueda Componer aquel disturbio Sin hacer á nadie ofensa. 25 Mucho al de Borbón le debe, Aun mucho más de él espera, Y al de Benavente mucho Considerar le interesa. Dilación no admite el caso, No hay quien dar consejo pueda Y Villalar y Pavía 5 Á un tiempo se le recuerdan. En el sillón asentado Y el codo sobre la mesa, Al personaje recibe, Que comedido se acerca. 10 Grave el conde le saluda Con una rodilla en tierra, Mas como Grande del reino Sin descubrir la cabeza. El Emperador benigno 15 Que alce del suelo le ordena, Y la plática difícil Con sagacidad empieza. Y entre severo y afable Al cabo le manifiesta 20 Que es el que á Borbón aloje Voluntad suya resuelta. Con respeto muy profundo, Pero con la voz entera, Respóndele Benavente, 25 Destocando la cabeza: «Soy, señor, vuestro vasallo, Vos sois mi rey en la tierra, Á vos ordenar os cumple De mi vida y de mi hacienda. «Vuestro soy, vuestra mi casa, De mí disponed y de ella, Pero no toquéis mi honra 5 Y respetad mi conciencia. «Mi casa Borbón ocupe Puesto que es voluntad vuestra, Contamine sus paredes, Sus blasones envilezca; 10 «Que á mí me sobra en Toledo Donde vivir, sin que tenga Que rozarme con traidores, Cuyo solo aliento infesta. Y en cuanto él deje mi casa, 15 Antes de tornar yo á ella, Purificaré con fuego Sus paredes y sus puertas.» Dijo el conde, la real mano Besó, cubrió su cabeza, 20 Y retiróse bajando Á do estaba su litera. Y á casa de un su pariente Mandó que le condujeran, Abandonando la suya 25 Con cuanto dentro se encierra. Quedó absorto Carlos Quinto De ver tan noble firmeza, Estimando la de España Más que la imperial diadema. ROMANCE CUARTO Muy pocos días el duque Hizo mansión en Toledo, Del noble conde ocupando Los honrados aposentos. 5 Y la noche en que el palacio Dejó vacío, partiendo, Con su séquito y sus pajes, Orgulloso y satisfecho, Turbó la apacible luna 10 Un vapor blanco y espeso Que de las altas techumbres Se iba elevando y creciendo: Á poco rato tornóse En humo confuso y denso 15 Que en nubarrones obscuros Ofuscaba el claro cielo; Después en ardientes chispas, Y en un resplandor horrendo Que iluminaba los valles 20 Dando en el Tajo reflejos, Y al fin su furor mostrando En embravecido incendio Que devoraba altas torres Y derrumbaba altos techos. 25 Resonaron las campanas, Conmovióse todo el pueblo, De Benavente el palacio Presa de las llamas viendo. El Emperador confuso Corre á procurar remedio, En atajar tanto daño 5 Mostrando tenaz empeño. En vano todo: tragóse Tantas riquezas el fuego, Á la lealtad castellana Levantando un monumento. 10 Aun hoy unos viejos muros Del humo y las llamas negros Recuerdan acción tan grande En la famosa Toledo.

PADRE JUAN AROLAS

SÉ MÁS FELIZ QUE YO Sobre pupila azul, con sueño leve, 15 Tu párpado cayendo amortecido, Se parece á la pura y blanca nieve Que sobre las violetas reposó: Yo el sueño del placer nunca he dormido: Sé más feliz que yo. 20 Se asemeja tu voz en la plegaria Al canto del zorzal de indiano suelo Que sobre la pagoda solitaria Los himnos de la tarde suspiró: Yo sólo esta oración dirijo al cielo: Sé más feliz que yo. Es tu aliento la esencia más fragante De los lirios del Arno caudaloso 5 Que brotan sobre un junco vacilante Cuando el céfiro blando los meció: Yo no gozo su aroma delicioso: Sé más feliz que yo. El amor, que es espíritu de fuego, 10 Que de callada noche se aconseja Y se nutre con lágrimas y ruego, En tus purpúreos labios se escondió: Él te guarde el placer y a mí la queja: Sé más feliz que yo. 15 Bella es tu juventud en sus albores Como un campo de rosas del Oriente; Al ángel del recuerdo pedí flores Para adornar tu sien, y me las dió; Yo decía al ponerlas en tu frente: 20 Sé más feliz que yo. Tu mirada vivaz es de paloma; Como la adormidera del desierto Causas dulce embriaguez, hurí de aroma Que el cielo de topacio abandonó: 25 Mi suerte es dura, mi destino incierto: Sé más feliz que yo.

DON JOSÉ DE ESPRONCEDA

CANCIÓN DEL PIRATA Con diez cañones por banda, Viento en popa á toda vela, No corta el mar, sino vuela Un velero bergantín: 5 Bajel pirata que llaman, Por su bravura, el Temido, En todo mar conocido Del uno al otro confín. La luna en el mar rïela, 10 En la lona gime el viento, Y alza en blando movimiento Olas de plata y azul; Y ve el capitán pirata, Cantando alegre en la popa, 15 Asia á un lado, al otro Europa, Y allá á su frente Stambul, «Navega, velero mío, Sin temor; Que ni enemigo navío, 20 Ni tormenta, ni bonanza Tu rumbo á torcer alcanza, Ni á sujetar tu valor. «Veinte presas Hemos hecho Á despecho Del inglés, Y han rendido Sus pendones 5 Cien naciones Á mis pies.» Que es mi barco mi tesoro, Que es mi Dios la libertad, Mi ley la fuerza y el viento, 10 Mi única patria la mar. «Allá muevan feroz guerra Ciegos reyes Por un palmo más de tierra: Que yo tengo aquí por mío 15 Cuanto abarca el mar bravío, Á quien nadie impuso leyes. «Y no hay playa, Sea cual quiera, Ni bandera 20 De esplendor, Que no sienta Mi derecho, Y dé pecho Á mi valor.» 25 Que es mi barco mi tesoro... «Á la voz de «¡barco viene!» Es de ver Cómo vira y se previene Á todo trapo á escapar; Que yo soy el rey del mar, Y mi furia es de temer. 5 «En las presas Yo divido Lo cogido Por igual: Sólo quiero 10 Por riqueza La belleza Sin rival.» Que es mi barco mi tesoro... «¡Sentenciado estoy á muerte! 15 Yo me río: No me abandone la suerte, Y al mismo que me condena Colgaré de alguna entena, Quizá en su propio navío. 20 «Y si caigo, ¿Qué es la vida? Por perdida Ya la di, Cuando el yugo 25 Del esclavo, Como un bravo, Sacudí.» Que es mi barco mi tesoro... «Son mi música mejor Aquilones: El estrépito y temblor De los cables sacudidos, 5 Del negro mar los bramidos Y el rugir de mis cañones. «Y del trueno Al son violento Y del viento 10 Al rebramar, Yo me duermo Sosegado, Arrullado Por el mar.» 15 Que es mi barco mi tesoro, Que es mi Dios la libertad, Mi ley la fuerza y el viento, Mi única patria la mar.

Á LA PATRIA ¡Cuan solitaria la nación que un día 20 Poblara inmensa gente! ¡La nación cuyo imperio se extendía Del ocaso al oriente! ¡Lágrimas viertes, infeliz, ahora, Soberana del mundo, 25 Y nadie de tu faz encantadora Borra el dolor profundo! Obscuridad y luto tenebroso En ti vertió la muerte, Y en su furor el déspota sañoso Se complació en tu suerte. 5 No perdonó lo hermoso, patria mía; Cayó el joven guerrero, Cayó el anciano, y la segur impía Manejó placentero. So la rabia cayó la virgen pura 10 Del déspota sombrío, Como eclipsa la rosa su hermosura En el sol del estío. ¡Oh vosotros, del mundo habitadores, Contemplad mi tormento! 15 ¿Igualarse podrán ¡ah! qué dolores Al dolor que yo siento? Yo, desterrado de la patria mía, De una patria que adoro, Perdida miro su primer valía 20 Y sus desgracias lloro..... Tendió sus brazos la agitada España, Sus hijos implorando; Sus hijos fueron, mas traidora saña Desbarató su bando. ¿Qué se hicieron tus muros torreados, Oh mi patria querida? ¿Dónde fueron tus héroes esforzados, Tu espada no vencida? 5 ¡Ay! de tus hijos en la humilde frente Está el rubor grabado: Á sus ojos, caídos tristemente, El llanto está agolpado. Un tiempo España fué; cien héroes fueron 10 En tiempos de ventura, Y las naciones tímidas la vieron Vistosa en hermosura. Cual cedro que en el Líbano se ostenta, Su frente se elevaba; 15 Como el trueno á la virgen amedrenta, Su voz las aterraba. Mas hora, como piedra en el desierto, Yaces desamparada, Y el justo desgraciado vaga incierto 20 Allá en tierra apartada. Cubren su antigua pompa y poderío Pobre hierba y arena, Y el enemigo que tembló á su brío Burla y goza en su pena. Vírgenes, destrenzad la cabellera Y dadla al vago viento; Acompañad con arpa lastimera Mi lúgubre lamento. 5 Desterrados ¡oh Dios! de nuestros lares Lloremos duelo tanto: ¿Quién calmará ¡oh España! tus pesares? ¿Quién secará tu llanto?

DON JOSÉ ZORRILLA

ORIENTAL Corriendo van por la vega 10 Á las puertas de Granada Hasta cuarenta gomeles Y el capitán que los manda. Al entrar en la ciudad, Parando en su yegua blanca, 15 Le dijo éste á una mujer Que entre sus brazos lloraba: —Enjuga el llanto, cristiana, No me atormentes así, Que tengo yo, mi sultana, 20 Un nuevo Edén para ti. Tengo un palacio en Granada, Tengo jardines y flores, Tengo una fuente dorada Con más de cien surtidores. Y en la vega del Genil Tengo parda fortaleza, Que será reina entre mil Cuando encierre tu belleza. 5 Y sobre toda una orilla Extiendo mi señorío; Ni en Córdoba ni en Sevilla Hay un parque como el mío. Allí la altiva palmera 10 Y el encendido granado, Junto á la frondosa higuera Cubren el valle y collado. Allí el robusto nogal, Allí el nópalo amarillo, 15 Allí el sombrío moral Crecen al pie del castillo. Y olmos tengo en mi alameda Que hasta el cielo se levantan, Y en redes de plata y seda 20 Tengo pájaros que cantan. Y tú mi sultana eres, Que desiertos mis salones Están, mi harén sin mujeres, Mis oídos sin canciones. 25 Yo te daré terciopelos Y perfumes orientales; De Grecia te traeré velos Y de Cachemira chales. Y te daré blancas plumas Para que adornes tu frente, Más blancas que las espumas De nuestros mares de oriente; Y perlas para el cabello, 5 Y baños para el calor, Y collares para el cuello; Para los labios... ¡amor!— —¿Qué me valen tus riquezas, Respondióle la cristiana, 10 Si me quitas á mi padre, Mis amigos y mis damas? Vuélveme, vuélveme, moro, Á mi padre y á mi patria, Que mis torres de León 15 Valen más que tu Granada.— Escuchóla en paz el moro, Y manoseando su barba, Dijo, como quien medita, En la mejilla una lágrima: 20 Si tus castillos mejores Que nuestros jardines son, Y son más bellas tus flores, Por ser tuyas, en León, Y tú diste tus amores 25 Á alguno de tus guerreros, Hurí del Edén, no llores; Vete con tus caballeros.— Y dándola su caballo Y la mitad de su guardia El capitán de los moros Volvió en silencio la espalda.

INDECISIÓN ¡Bello es vivir, la vida es la armonía! Luz, peñascos, torrentes y cascadas, 5 Un sol de fuego iluminando el día, Aire de aromas, flores apiñadas: Y en medio de la noche majestuosa Esa luna de plata, esas estrellas, Lámparas de la tierra perezosa, 10 Que se ha dormido en paz debajo de ellas. ¡Bello es vivir! Se ve en el horizonte Asomar el crepúsculo que nace; Y la neblina que corona el monte En el aire flotando se deshace; 15 Y el inmenso tapiz del firmamento Cambia su azul en franjas de colores; Y susurran las hojas en el viento, Y desatan su voz los ruiseñores. Si hay huracanes y aquilón que brama, 20 Si hay un invierno de humedad vestido, Hay una hoguera á cuya roja llama Se alza un festín con su discorde ruido. Y una pintada y fresca primavera, Con su manto de luz y orla de flores, Que cubre de verdor la ancha pradera Donde brotan arroyos saltadores. ¡Bello es vivir, la vida es la armonía! Luz, peñascos, torrentes y cascadas, 5 Un sol de fuego iluminando el día, Aire de aromas, flores apiñadas. Arranca, arranca, Dios mío, De la mente del poeta Este pensamiento impío 10 Que en un delirio creó; Sin un instante de calma, En su olvido y amargura, No puede soñar su alma Placeres que no gozó. 15 ¡Ay del poeta! su llanto Fué la inspiración sublime Con que arrebató su canto Hasta los cielos tal vez; Solitaria flor que el viento 20 Con impuro soplo azota, Él arrastra su tormento Escrito sobre la tez. Porque tú, ¡oh Dios! le robaste Cuanto los hombres adoran; 25 Tú en el mundo le arrojaste Para que muriera en él; Tú le dijiste que el hombre Era en la tierra su hermano; Mas él no encuentra ese nombre En sus recuerdos de hiel. Tú le has dicho que eligiera 5 Para el viaje de la vida Una hermosa compañera Con quien partir su dolor; Mas ¡ay! que la busca en vano; Porque es para el ser que ama 10 Como un inmundo gusano Sobre el tallo de una flor. Canta la luz y las flores, Y el amor en las mujeres, Y el placer en los amores, 15 Y la calma en el placer: Y sin esperanza adora Una belleza escondida, Y hoy en sus cantares llora Lo que alegre cantó ayer. 20 Él con los siglos rodando Canta su afán á los siglos, Y los siglos van pasando Sin curarse de su afán. ¡Maldito el nombre de gloria 25 Que en tu cólera le diste! Sentados en su memoria Recuerdos de hierro están. El día alumbra su pena, La noche alarga su duelo, La aurora escribe en el cielo Su sentencia de vivir: Fábulas son los placeres, No hay placeres en su alma, 5 No hay amor en las mujeres, Tarda la hora de morir. Hay sol que alumbra, mas quema: Hay flores que se marchitan, Hay recuerdos que se agitan 10 Fantasmas de maldición. Si tiene una voz que canta, Al arrancarla del pecho Deja fuego en la garganta, Vacío en el corazón. 15 ¡Bello es vivir! Sobre gigante roca Se mira el mundo á nuestros pies tendido, La frente altiva con las nubes toca... Todo creado para el hombre ha sido. ¡Bello es vivir! Que el hombre descuidado 20 En los bordes se duerme de la vida, Y de locura y sueños embriagado En un festín el porvenir olvida. ¡Bello es vivir! Vivamos y cantemos: El tiempo entre sus pliegues roedores 25 Ha de llevar el bien que no gocemos, Y ha de apagar placeres y dolores. Cantemos de nosotros olvidados, Hasta que el son de la fatal campana Toque á morir... Cantemos descuidados, Que el sol de ayer no alumbrará mañana.

LA FUENTE Huye la fuente al manantial ingrata El verde musgo en derredor lamiendo, 5 Y el agua limpia en su cristal retrata Cuanto va viendo. El césped mece y las arenas moja Do mil caprichos al pasar dibuja, Y ola tras ola murmurando arroja, 10 Riza y empuja. Lecho mullido la presenta el valle, Fresco abanico el abedul pomposo, Cañas y juncos retirada calle, Sombra y reposo. 15 Brota en la altura la fecunda fuente; ¿Y á qué su empeño, si al bajar la cuesta Halla del río en el raudal rugiente Tumba funesta?

Á BUEN JUEZ MEJOR TESTIGO Tradición de Toledo I Entre pardos nubarrones 20 Pasando la blanca luna, Con resplandor fugitivo,7 La baja tierra no alumbra. La brisa con frescas alas Juguetona no murmura, Y las veletas no giran 5 Entre la cruz y la cúpula. Tal vez un pálido rayo La opaca atmósfera cruza, Y unas en otras las sombras Confundidas se dibujan. 10 Las almenas de las torres Un momento se columbran, Como lanzas de soldados Apostados en la altura. Reverberan los cristales 15 La trémula llama turbia, Y un instante entre las rocas Rïela la fuente oculta. Los álamos de la vega Parecen en la espesura 20 De fantasmas apiñados Medrosa y gigante turba; Y alguna vez desprendida Gotea pesada lluvia, Que no despierta á quien duerme, 25 Ni á quien medita importuna. Yace Toledo en el sueño Entre las sombras confusa, Y el Tajo á sus pies pasando Con pardas ondas la arrulla. El monótono murmullo Sonar perdido se escucha, Cual si por las hondas calles Hirviera del mar la espuma. 5 ¡Qué dulce es dormir en calma Cuando á lo lejos susurran Los álamos que se mecen, Las aguas que se derrumban! Se sueñan bellos fantasmas 10 Que el sueño del triste endulzan, Y en tanto que sueña el triste, No le aqueja su amargura. Tan en calma y tan sombría Como la noche que enluta 15 La esquina en que desemboca Una callejuela oculta, Se ve de un hombre que aguarda La vigilante figura, Y tan á la sombra vela 20 Que entre la sombra se ofusca. Frente por frente á sus ojos Un balcón á poca altura Deja escapar por los vidrios La luz que dentro le alumbra; 25 Mas ni en el claro aposento, Ni en la callejuela obscura El silencio de la noche Rumor sospechoso turba. Pasó así tan largo tiempo, Que pudiera haberse duda De si es hombre, ó solamente Mentida ilusión nocturna; Pero es hombre, y bien se ve, 5 Porque con planta segura Ganando el centro á la calle Resuelto y audaz pregunta: —¿Quién va?—y á corta distancia El igual compás se escucha 10 De un caballo que sacude Las sonoras herraduras. ¿Quién va? repite, y cercana Otra voz menos robusta Responde:—Un hidalgo ¡calle! 15 Y el paso el bruto apresura. —Téngase el hidalgo,—el hombre Replica, y la espada empuña. —Ved más bien si me haréis calle (Repusieron con mesura) 20 Que hasta hoy á nadie se tuvo Ibán de Vargas y Acuña. —Pase el Acuña y perdone:— Dijo el mozo en faz de fuga, Pues teniéndose el embozo 25 Sopla un silbato, y se oculta. Paró el jinete á una puerta, Y con precaución difusa Salió una niña al balcón Que llama interior alumbra. —¡Mi padre!—clamó en voz baja, Y el viejo en la cerradura Metió la llave pidiendo Á sus gentes que le acudan. 5 Un negro por ambas bridas Tomó la cabalgadura, Cerróse detrás la puerta Y quedó la calle muda. En esto desde el balcón, 10 Como quien tal acostumbra, Un mancebo por las rejas De la calle se asegura. Asió el brazo al que apostado Hizo cara á Ibán de Acuña, 15 Y huyeron, en el embozo Velando la catadura. II Clara, apacible y serena Pasa la siguiente tarde, Y el sol tocando su ocaso 20 Apaga su luz gigante: Se ve la imperial Toledo Dorada por los remates, Como una ciudad de grana Coronada de cristales. 25 El Tajo por entre rocas Sus anchos cimientos lame, Dibujando en las arenas Las ondas con que las bate. Y la ciudad se retrata En las ondas desiguales, Como en prendas de que el río 5 Tan afanoso la bañe. Á lo lejos en la vega Tiende galán por sus márgenes, De sus álamos y huertos El pintoresco ropaje, 10 Y porque su altiva gala Más á los ojos halague, La salpica con escombros De castillos y de alcázares. Un recuerdo es cada piedra 15 Que toda una historia vale, Cada colina un secreto De príncipes ó galanes. Aquí se bañó la hermosa Por quien dejó su rey culpable 20 Amor, fama, reino y vida En manos de musulmanes. Allí recibió Galiana Á su receloso amante En esa cuesta que entonces 25 Era un plantel de azahares. Allá por aquella torre, Que hicieron puerta los árabes, Subió el Cid sobre Babieca Con su gente y su estandarte. Más lejos se ve el castillo De San Servando, ó Cervantes Donde nada se hizo nunca Y nada al presente se hace. 5 Á este lado está la almena Por do sacó vigilante El conde Don Peranzules Al rey, que supo una tarde Fingir tan tenaz modorra, 10 Que, político y constante, Tuvo siempre el brazo quedo Las palmas al horadarle. Allí está el circo romano, Gran cifra de un pueblo grande, 15 Y aquí la antigua Basílica De bizantinos pilares, Que oyó en el primer concilio Las palabras de los Padres Que velaron por la Iglesia 20 Perseguida ó vacilante. La sombra en este momento Tiende sus turbios cendales Por todas esas memorias De las pasadas edades, 25 Y del Cambrón y Visagra Los caminos desiguales, Camino á los Toledanos Hacia las murallas abren. Los labradores se acercan Al fuego de sus hogares, Cargados con sus aperos, Cansados de sus afanes. Los ricos y sedentarios 5 Se tornan con paso grave, Calado el ancho sombrero, Abrochados los gabanes; Y los clérigos y monjes Y los prelados y abades 10 Sacudiendo el leve polvo De capelos y sayales. Quédase sólo un mancebo De impetuosos ademanes, Que se pasea ocultando 15 Entre la capa el semblante. Los que pasan le contemplan Con decisión de evitarle, Y él contempla á los que pasan Como si á alguien aguardase. 20 Los tímidos aceleran Los pasos al divisarle, Cual temiendo de seguro Que les proponga un combate; Y los valientes le miran 25 Cual si sintieran dejarle Sin que libres sus estoques En riña sonora dancen. Una mujer también sola Se viene el llano adelante, La luz del rostro escondida En tocas y tafetanes. Mas en lo leve del paso, Y en lo flexible del talle, 5 Puede á través de los velos Una hermosa adivinarse. Vase derecha al que aguarda, Y él al encuentro la sale Diciendo... cuanto se dicen 10 En las citas los amantes. Mas ella, galanterías Dejando severa aparte, Así al mancebo interrumpe En voz decisiva y grave: 15 «Abreviemos de razones, Diego Martínez; mi padre, Que un hombre ha entrado en su ausencia Dentro mi aposento sabe: Y así quien mancha mi honra, 20 Con la suya me la lave; Ó dadme mano de esposo, Ó libre de vos dejadme.» Miróla Diego Martínez Atentamente un instante, 25 Y echando á un lado el embozo, Repuso palabras tales: «Dentro de un mes, Inés mía, Parto á la guerra de Flandes; Al año estaré de vuelta Y contigo en los altares. Honra que yo te desluzca, Con honra mía se lave; 5 Que por honra vuelven honra Hidalgos que en honra nacen. —Júralo,—exclamó la niña. —Más que mi palabra vale No te valdrá un juramento. 10 —Diego, la palabra es aire. —¡Vive Dios que estás tenaz! Dalo por jurado y baste. —No me basta; que olvidar Puedes la palabra en Flandes. 15 —¡Voto á Dios! ¿qué más pretendes? —Que á los pies de aquella imagen Lo jures como cristiano Del santo Cristo delante.» Vaciló un punto Martínez, 20 Mas porfiando que jurase, Llevóle Inés hacia el templo Que en medio la vega yace. Enclavado en un madero, En duro y postrero trance, 25 Ceñida la sien de espinas, Descolorido el semblante, Víase allí un crucifijo Teñido de negra sangre, Á quien Toledo devota Acude hoy en sus azares. Ante sus plantas divinas Llegaron ambos amantes, Y haciendo Inés que Martínez 5 Los sagrados pies tocase, Preguntóle: —Diego, ¿juras Á tu vuelta desposarme? Contestó el mozo: —¡Sí juro! Y ambos del templo se salen. III 10 Pasó un día y otro día, Un mes y otro mes pasó, Y un año pasado había, Mas de Flandes no volvía Diego, que á Flandes partió. 15 Lloraba la bella Inés Su vuelta aguardando en vano, Oraba un mes y otro mes Del crucifijo á los pies Do puso el galán su mano. 20 Todas las tardes venía Después de traspuesto el sol, Y á Dios llorando pedía La vuelta del español, Y el español no volvía. 25 Y siempre al anochecer, Sin dueña y sin escudero, En un manto una mujer El campo salía á ver Al alto del Miradero. 5 ¡Ay del triste que consume Su existencia en esperar! ¡Ay del triste que presume Que el duelo con que él se abrume Al ausente ha de pesar! 10 La esperanza es de los cielos Precioso y funesto don, Pues los amantes desvelos Cambian la esperanza en celos, Que abrasan el corazón. 15 Si es cierto lo que se espera, Es un consuelo en verdad; Pero siendo una quimera, En tan frágil realidad Quien espera desespera. 20 Así Inés desesperaba Sin acabar de esperar, Y su tez se marchitaba, Y su llanto se secaba Para volver á brotar. 25 En vano á su confesor Pidió remedio ó consejo Para aliviar su dolor; Que mal se cura el amor Con las palabras de un viejo. En vano á Ibán acudía, Llorosa y desconsolada; El padre no respondía; Que la lengua le tenía 5 Su propia deshonra atada. Y ambos maldicen su estrella, Callando el padre severo Y suspirando la bella, Porque nació mujer ella, 10 Y el viejo nació altanero. Dos años al fin pasaron En esperar y gemir, Y las guerras acabaron, Y los de Flandes tornaron 15 Á sus tierras á vivir. Pasó un día y otro día, Un mes y otro mes pasó, Y el tercer año corría; Diego á Flandes se partió, 20 Mas de Flandes no volvía. Era una tarde serena, Doraba el sol de occidente Del Tajo la vega amena, Y apoyada en una almena 25 Miraba Inés la corriente. Iban las tranquilas olas Las riberas azotando Bajo las murallas solas, Musgo, espigas y amapolas Ligeramente doblando. Algún olmo que escondido Creció entre la hierba blanda, Sobre las aguas tendido 5 Se reflejaba perdido En su cristalina banda. Y algún ruiseñor colgado Entre su fresca espesura Daba al aire embalsamado 10 Su cántico regalado Desde la enramada obscura. Y algún pez con cien colores, Tornasolada la escama, Saltaba á besar las flores, 15 Que exhalan gratos olores, Á las puntas de una rama. Y allá en el trémulo fondo El torreón se dibuja Como el contorno redondo 20 Del hueco sombrío y hondo Que habita nocturna bruja. Así la niña lloraba El rigor de su fortuna, Y así la tarde pasaba 25 Y al horizonte trepaba La consoladora luna. Á lo lejos por el llano En confuso remolino Vió de hombres tropel lejano Que en pardo polvo liviano Dejan envuelto el camino. Bajó Inés del torreón, Y llegando recelosa 5 Á las puertas del Cambrón, Sintió latir zozobrosa Más inquieto el corazón. Tan galán como altanero Dejó ver la escasa luz 10 Por bajo el arco primero Un hidalgo caballero En un caballo andaluz; Jubón negro acuchillado, Banda azul, lazo en la hombrera, 15 Y sin pluma al diestro lado El sombrero derribado Tocando con la gorguera; Bombacho gris guarnecido, Bota de ante, espuela de oro, 20 Hierro al cinto suspendido, Y á una cadena prendido Agudo cuchillo moro. Vienen tras este jinete Sobre potros jerezanos 25 De lanceros hasta siete, Y en adarga y coselete Diez peones castellanos. Asióse á su estribo Inés Gritando:—¡Diego, eres tú!— Y él viéndola de través Dijo—¡Voto á Belcebú, Que no me acuerdo, quién es!— Dió la triste un alarido 5 Tal respuesta al escuchar, Y á poco perdió el sentido, Sin que más voz ni gemido Volviera en tierra á exhalar. Frunciendo ambas á dos cejas 10 Encomendóla á su gente, Diciendo:—¡Malditas viejas Que á las mozas malamente Enloquecen con consejas!— Y aplicando el capitán 15 Á su potro las espuelas El rostro á Toledo dan, Y á trote cruzando van Las obscuras callejuelas. IV Así por sus altos fines 20 Dispone y permite el cielo Que puedan mudar al hombre Fortuna, poder y tiempo. Á Flandes partió Martínez De soldado aventurero, 25 Y por su suerte y hazañas Allí capitán le hicieron. Según alzaba en honores Alzábase en pensamientos, Y tanto ayudó en la guerra Con su valor y altos hechos, Que el mismo rey á su vuelta 5 Le armó en Madrid caballero, Tomándole á su servicio Por capitán de lanceros. Y otro no fué que Martínez Quien ha poco entró en Toledo, 10 Tan orgulloso y ufano Cual salió humilde y pequeño. Ni es otro á quien se dirige, Cobrado el conocimiento, La amorosa Inés de Vargas, 15 Que vive por él muriendo. Mas él, que olvidando todo Olvidó su nombre mesmo, Puesto que hoy Diego Martínez Es el capitán Don Diego, 20 Ni se ablanda á sus caricias, Ni cura de sus lamentos; Diciendo que son locuras De gentes de poco seso; Que ni él prometió casarse 25 Ni pensó jamás en ello. ¡Tanto mudan á los hombres Fortuna, poder y tiempo! En vano porfiaba Inés Con amenazas y ruegos; Cuanto más ella importuna Está Martínez severo. Abrazada á sus rodillas Enmarañado el cabello, 5 La hermosa niña lloraba Prosternada por el suelo. Mas todo empeño es inútil, Porque el capitán Don Diego No ha de ser Diego Martínez 10 Como lo era en otro tiempo. Y así llamando á su gente, De amor y piedad ajeno, Mandóles que á Inés llevaran De grado ó de valimiento. 15 Mas ella antes que la asieran, Cesando un punto en su duelo, Así habló, el rostro lloroso Hacia Martínez volviendo: «Contigo se fué mi honra, 20 Conmigo tu juramento; Pues buenas prendas son ambas, En buen fiel las pesaremos.» Y la faz descolorida En la mantilla envolviendo, 25 Á pasos desatentados Salióse del aposento.

V Era entonces de Toledo Por el rey gobernador El justiciero y valiente Don Pedro Ruiz de Alarcón. 5 Muchos años por su patria El buen viejo peleó; Cercenado tiene un brazo, Mas entero el corazón. La mesa tiene delante, 10 Los jueces en derredor, Los corchetes á la puerta Y en la derecha el bastón. Está, como presidente Del tribunal superior, 15 Entre un dosel y una alfombra Reclinado en un sillón, Escuchando con paciencia La casi asmática voz Con que un tétrico escribano 20 Solfea una apelación. Los asistentes bostezan Al murmullo arrullador, Los jueces medio dormidos Hacen pliegues al ropón, 25 Los escribanos repasan Sus pergaminos al sol, Los corchetes á una moza Guiñan en un corredor, Y abajo en Zocodover Gritan en discorde son Los que en el mercado venden 5 Lo vendido y el valor. Una mujer en tal punto, En faz de grande aflicción, Rojos de llorar los ojos, Ronca de gemir la voz, 10 Suelto el cabello y el manto, Tomó plaza en el salón Diciendo á gritos: «¡Justicia, Jueces; justicia, señor!» Y á los pies se arroja humilde 15 De Don Pedro de Alarcón, En tanto que los curiosos Se agitan al rededor. Alzóla cortés Don Pedro Calmando la confusión 20 Y el tumultuoso murmullo Que esta escena ocasionó, Diciendo: —Mujer, ¿qué quieres? —Quiero justicia, señor. —¿De qué? —De una prenda hurtada. 25 —¿Qué prenda? —Mi corazón. —¿Tú le diste? —Le presté. —¿Y no te le han vuelto? —No. —¿Tienes testigos? —Ninguno. —¿Y promesa? —¡Sí, por Dios! Que al partirse de Toledo 5 Un juramento empeñó. —¿Quién es él? —Diego Martínez. —¿Noble? —Y capitán, señor. —Presentadme al capitán, Que cumplirá si juró.— 10 Quedó en silencio la sala, Y á poco en el corredor Se oyó de botas y espuelas El acompasado son. Un portero, levantando 15 El tapiz, en alta voz Dijo:—El capitán Don Diego.— Y entró luego en el salón Diego Martínez, los ojos Llenos de orgullo y furor. 20 —¿Sois el capitán Don Diego, Díjole Don Pedro, vos?— Contestó altivo y sereno Diego Martínez: —Yo soy. —¿Conocéis á esta muchacha? —Ha tres años, salvo error. —¿Hicísteisla juramento De ser su marido?— —No. 5 —¿Juráis no haberlo jurado? —Sí juro.— —Pues id con Dios. —¡Miente!—clamó Inés llorando De despecho y de rubor. —Mujer, ¡piensa lo que dices!... 10 —Digo que miente, juró. —¿Tienes testigos? —Ninguno. —Capitán, idos con Dios, Y dispensad que acusado Dudara de vuestro honor.— 15 Tornó Martínez la espalda Con brusca satisfacción, É Inés, que le vió partirse, Resuelta y firme gritó: —Llamadle, tengo un testigo. 20 Llamadle otra vez, señor.— Volvió el capitán Don Diego, Sentóse Ruiz de Alarcón, La multitud aquietóse Y la de Vargas siguió: 25 —Tengo un testigo á quien nunca Faltó verdad ni razón. —¿Quién? —Un hombre que de lejos Nuestras palabras oyó, Mirándonos desde arriba. 5 —¿Estaba en algún balcón? —No, que estaba en un suplicio Donde ha tiempo que expiró. —¿Luego es muerto? —No, que vive. —Estáis loca, ¡vive Dios! 10 ¿Quién fué? —El CRISTO de la Vega Á cuya faz perjuró.— Pusiéronse en pie los jueces Al nombre del Redentor, Escuchando con asombro 15 Tan excelsa apelación. Reinó un profundo silencio De sorpresa y de pavor, Y Diego bajó los ojos De vergüenza y confusión. 20 Un instante con los jueces Don Pedro en secreto habló, Y levantóse diciendo Con respetuosa voz: «La ley es ley para todos, 25 Tu testigo es el mejor, Mas para tales testigos No hay más tribunal que Dios. Haremos... lo que sepamos; Escribano, al caer el sol Al CRISTO que está en la vega 5 Tomaréis declaración.» VI Es una tarde serena, Cuya luz tornasolada Del purpurino horizonte Blandamente se derrama. 10 Plácido aroma las flores Sus hojas plegando exhalan, Y el céfiro entre perfumes Mece las trémulas alas. Brillan abajo en el valle 15 Con suave rumor las aguas, Y las aves en la orilla Despidiendo al día cantan. Allá por el Miradero Por el Cambrón y Visagra 20 Confuso tropel de gente Del Tajo á la vega baja. Vienen delante Don Pedro De Alarcón, Ibán de Vargas, Su hija Inés, los escribanos, 25 Los corchetes y los guardias; Y detrás monjes, hidalgos, Mozas, chicos y canalla. Otra turba de curiosos En la vega les aguarda, Cada cual comentariando El caso según le cuadra. 5 Entre ellos está Martínez En apostura bizarra, Calzadas espuelas de oro, Valona de encaje blanca, Bigote á la borgoñona, 10 Melena desmelenada, El sombrero guarnecido Con cuatro lazos de plata, Un pie delante del otro, Y el puño en el de la espada. 15 Los plebeyos de reojo Le miran de entre las capas, Los chicos al uniforme Y las mozas á la cara. Llegado el gobernador 20 Y gente que le acompaña, Entraron todos al claustro Que iglesia y patio separa. Encendieron ante el CRISTO Cuatro cirios y una lámpara, 25 Y de hinojos un momento Le rezaron en voz baja. Está el CRISTO de la Vega La cruz en tierra posada, Los pies alzados del suelo Poco menos de una vara; Hacia la severa imagen Un notario se adelanta, De modo que con el rostro 5 Al pecho santo llegaba. Á un lado tiene á Martínez, Á otro lado á Inés de Vargas, Detrás al gobernador Con sus jueces y sus guardias. 10 Después de leer dos veces La acusación entablada, El notario á Jesucristo Así demandó en voz alta: —«Jesús, Hijo de María, 15 Ante nos esta mañana Citado como testigo Por boca de Inés de Vargas, ¿Juráis ser cierto que un día Á vuestras divinas plantas 20 Juró á Inés Diego Martínez Por su mujer desposarla?» Asida á un brazo desnudo Una mano atarazada Vino á posar en los autos 25 La seca y hendida palma, Y allá en los aires «¡Sí JURO!» Clamó una voz más que humana. Alzó la turba medrosa La vista á la imagen santa... Los labios tenía abiertos, Y una mano desclavada. CONCLUSIÓN Las vanidades del mundo Renunció allí mismo Inés, 5 Y espantado de sí propio Diego Martínez también. Los escribanos temblando Dieron de esta escena fe, Firmando como testigos 10 Cuantos hubieron poder. Fundóse un aniversario Y una capilla con él, Y Don Pedro de Alarcón El altar ordenó hacer, 15 Donde hasta el tiempo que corre, Y en cada un año una vez, Con la mano desclavada El crucifijo se ve.

DON ANTONIO DE TRUEBA

CANTOS DE PÁJARO Tengo yo un pajarillo 20 Que el día pasa Cantando entre las flores De mi ventana; Y un canto alegre Á todo pasajero Dedica siempre. Tiene mi pajarillo 5 Siempre armonías Para alegrar el alma Del que camina... ¡Oh cielo santo, Por qué no harán los hombres 10 Lo que los pájaros! Cuando mi pajarillo Cantos entona, Pasajeros ingratos Cantos le arrojan: 15 Mas no por eso Niega sus armonías Al pasajero. Tiende las leves alas, Cruza las nubes 20 Y canta junto al cielo Con voz más dulce: «Paz á los hombres Y gloria al que en la altura Rige los orbes!» 25 Y yo sigo el ejemplo Del ave mansa Que canta entre las flores De mi ventana, Porque es sabido Que poetas y pájaros Somos lo mismo.

LA PEREJILERA Al salir el sol dorado Esta mañana te vi 5 Cogiendo, niña, en tu huerto Matitas de perejil. Para verte más de cerca En el huerto me metí, Y sabrás que eché de menos 10 Mi corazón al salir. Tú debiste de encontrarle, Que en el huerto le perdí. «Dámele, perejilera, Que te le vengo á pedir.»

DON JOSÉ SELGAS Y CARRASCO

LA MODESTIA 15 Por las flores proclamado Rey de una hermosa pradera, Un clavel afortunado Dió principio á su reinado Al nacer la primavera. 20 Con majestad soberana Llevaba y con noble brío El regio manto de grana, Y sobre la frente ufana La corona de rocío. Su comitiva de honor Mandaba, por ser costumbre, 5 El céfiro volador, Y había en su servidumbre Hierbas y malvas de olor. Su voluntad poderosa, Porque también era uso, 10 Quiso una flor para esposa, Y regiamente dispuso Elegir la más hermosa. Como era costumbre y ley, Y porque causa delicia 15 En la numerosa grey, Pronto corrió la noticia Por los estados del rey. Y en revuelta actividad Cada flor abre el arcano 20 De su fecunda beldad, Por prender la voluntad Del hermoso soberano. Y hasta las menos apuestas Engalanarse se vían 25 Con harta envidia, dispuestas Á ver las solemnes fiestas Que celebrarse debían. Lujosa la Corte brilla: El rey, admirado, duda, Cuando ocultarse sencilla Vió una tierna florecilla Entre la hierba menuda. Y por si el regio esplendor 5 De su corona le inquieta, Pregúntale con amor: —«¿Cómo te llamas?»—«Violeta,» Dijo temblando la flor. —«¿Y te ocultas cuidadosa 10 Y no luces tus colores, Violeta dulce y medrosa, Hoy que entre todas las flores Va el rey á elegir esposa?» Siempre temblando la flor, 15 Aunque llena de placer, Suspiró y dijo: «Señor, Yo no puedo merecer Tan distinguido favor.» El rey, suspenso, la mira 20 Y se inclina dulcemente; Tanta modestia le admira; Su blanda esencia respira, Y dice alzando la frente: «Me depara mi ventura 25 Esposa noble y apuesta; Sepa, si alguno murmura, Que la mejor hermosura Es la hermosura modesta.» Dijo, y el aura afanosa 5 Publicó en forma de ley, Con voz dulce y melodiosa, Que la violeta es la esposa Elegida por el rey. Hubo magníficas fiestas, 10 Ambos esposos se dieron Pruebas de amor manifiestas, Y en aquel reinado fueron Todas las flores modestas.

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