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Los nueve libros de la Historia (2 de 2)

LIBRO QUINTO. (continued 2)

Bartomeu Pou i Puigserver translation

LXXXVI. Así refieren esta historia los de Atenas; mas no dicen los eginetas que fueran allá en una sola nave los atenienses, pues que a una, y a algunas más, bien hubieran ellos resistido aun en el caso de no tener naves propias, sino que los enemigos, con una buena armada, hicieron un desembarco en Egina, cediéndoles por entonces la entrada los del país sin exponerse a una batalla naval; bien que ni los eginetas mismos saben asegurar si el motivo de cederles el paso sería por reconocerse inferiores en el mar, o con la pretensión de poner por obra lo que después con los invasores ejecutaron. Afirman, empero, que viendo los atenienses que nadie les presentaba batalla, saliendo de sus naves se fueron en derechura hacia las estatuas, y no pudiéndolas arrancar de sus pedestales, atadas al cabo con fuertes maromas, empezaron a tirar de ellas, no parando en la maniobra hasta tanto que las dos estatuas a un tiempo hicieron una misma demostración que ellos cuentan y que yo jamás creeré por más que la quiera creer alguno. Cuentan, pues, los eginetas que las dos estatuas se hincaron de rodillas, postura que han conservado siempre desde entonces. Esto hacían los atenienses; los de Egina, por su parte, informados de antemano de que se disponían sus enemigos a venir contra ellos, habían negociado con los argivos que estuviesen prontos y apercibidos para irles a socorrer; y, en efecto, a un mismo tiempo desembarcaban los atenienses en Egina, y los argivos, pasando a la misma isla desde Epidaurio, venían ya sin ser sentidos a dar auxilio a los naturales, y al llegar se dejaron caer de improviso sobre los atenienses apartados de sus naves y del todo seguros de aquel encuentro y refuerzo de que ni la menor sospecha habían antes tenido. En aquel mismo punto, añaden, acaecieron el trueno y el terremoto.

LXXXVII. Esta es, pues, la historia que nos cuentan argivos y eginetas, y en un punto convienen con los de Atenas, a saber, que uno solo volvió salvo al Ática; bien que los argivos quieren que de sus manos se salvase aquel individuo, dándose ellos por los que echaron a pique toda aquella armada; y los atenienses pretenden que no se libró aquel sino de la venganza de algún numen exterminador, aunque no por esto logró verse libre de su ruina el hombre que escapó, sino que pereció también desgraciadamente. Porque vuelto a Atenas el infeliz, como anduviese cantando aquella gran calamidad y destrozo, oyéndole las mujeres de los muertos en la jornada referir el estrago común, y no pudiendo sobrellevar que perdidos todos los demás se hubiera salvado él solo, le fueron rodeando, y cogido en medio, le iban dando tanto golpe y picazo de hebilla, preguntándole cada una dónde estaba su marido, que acabaron allí mismo con el infeliz, después que se había ya librado de la común ruina de sus compañeros. Los atenienses, a quienes esta venganza y furia mujeril pareció más sensible que la pérdida total de su armada, no hallando otro modo de castigar a las mujeres, tomaron la resolución de hacerlas mudar de traje, obligando a todas a que vistieran a la jónica, pues antes las áticas vestían a la dórica, traje muy semejante al vestido corintio.[58] De allí adelante las obligaron a llevar túnica de lino para que no se sirvieran más de hebillas.

LXXXVIII. Verdad es que, hablando en rigor, el traje a que las obligaron no fue en los tiempos antiguos propio de las mujeres jónicas, sino de las carias; pues antiguamente el vestido de toda mujer griega era el mismo que al presente llamamos dórico. Pero los argivos por su parte y los eginetas en sus respectivas ciudades hicieron una ley que las hebillas de sus mujeres fuesen un tercio mayores de lo que eran antes, que las mujeres en los templos de sus dioses ofreciesen hebillas más bien que otra presea alguna, y que en ellos nada venido del Ática pudiese ofrecerse ni presentarse; tanto que en adelante no se sirviesen de vajilla procedente de allá, sino que fuese ceremonia legítima beber en los sacrificios con vasijas del país: y se puso en práctica dicha ley, pues desde entonces hasta mis días las argivas y las eginetas, a despecho de las áticas, solían llevar sus hebillas mayores de lo que primero acostumbraban.

LXXXIX. De los sucesos que acabo de referir nació, repito, el principio de la enemistad de los atenienses con los de Egina. Renovando, pues, entonces los eginetas la memoria de dichas estatuas y de los sucesos a ellas concernientes, vinieron gustosos en enviar a los beocios el socorro que les pedían, talando con sus tropas auxiliares las costas del Ática. Al ir los atenienses a emprender la expedición contra los de Egina, vínoles de Delfos un oráculo en que se les prevenía que por espacio de treinta años, a contar desde la injuria que acababan de recibir, se abstuviesen de combatir con los eginetas; pero que venido el año 31 y fabricado un templo a Éaco, empezasen contra ellos las hostilidades; pues haciéndolo así, sucederíales la cosa como deseaban. Mas si desde luego emprendían aquella guerra, entendiesen que durante aquel tiempo tendrían ellos y darían mucho que llorar al enemigo; bien que al cabo darían con él en tierra. Oído, pues, el nuevo oráculo, determinaron los atenienses levantar a Éaco aquel templo mismo que al presente se deja ver en su plaza; pero en la demora de treinta años no pudieron convenir, oyéndose clamar que no debían disimular por tanto tiempo la injuria, después de verse tan maltratados con la invasión de los eginetas.

XC. Con tal resentimiento, al tiempo en que se disponían para tomar venganza de aquellos enemigos, un nuevo contratiempo de parte de los lacedemonios les cerró el paso de la jornada. Porque como en aquella sazón hubiese llegado a oídos de los lacedemonios, así el artificio que usaron los Alcmeónidas para sobornar a la Pitia, como el embuste con que esta les alarmó contra los hijos de Pisístrato, sintieron con tal aviso doblada pesadumbre, viendo por una parte que habían echado de la patria a sus mayores amigos y aliados, y por otra que los atenienses, recibida aquella merced, no se les mostraban obligados ni agradecidos. Añadíase a estas reflexiones la congoja que ciertas profecías les ocasionaban de nuevo, pronosticándoles muchos agravios y desafueros que de parte de los atenienses les aguardaban. Habían antes estado del todo ignorantes de dichas predicciones, y entonces habían empezado a oírlas, habiéndolas traído consigo Cleómenes volviendo de Atenas a Esparta. Sucedió que Cleómenes, estando en la ciudadela de Atenas, pudo haber a las manos ciertos oráculos escritos que habían estado primero en poder de los Pisistrátidas y habían sido dejados allí por los mismos en el templo de Atenea,[59] cuando fueron echados de la ciudad. Cleómenes al salir de la fortaleza quiso llevárselos consigo a Esparta.

XCI. Recibidos dichos oráculos, viendo por una parte los lacedemonios que los atenienses, libres ya y de cada día más poderosos, en nada menos pensaban que en obedecerles, y previendo por otra que la gente ática si quedaba en el estado republicano se les igualaría en el poder, al paso que si volvía a verse oprimida con la tiranía se mantendría débil y pronta a dejarse gobernar por ellos,[60] como esto previesen, pues, los lacedemonios, llamaron a Esparta a Hipias, el hijo de Pisístrato, desde Sigeo, ciudad del Helesponto, adonde con los suyos se había refugiado. Después que llamado Hipias se les presentó, convocan para un congreso de la nación los diputados de las ciudades aliadas, y les hablan así los espartanos: «Amigos y aliados: Conocemos y confesamos al presente nuestra falta de justicia y de política: mal hicimos, alucinados con falsos oráculos, en echar de su patria a unos señores que, sobre sernos buenos amigos y aliados, nos tenían prometido mantener en nuestra devoción y obediencia a la ciudad de Atenas. Cometida esta injusticia, tuvimos la imprudencia de dejar aquel estado en manos de un pueblo ingrato, el cual, apenas se vio libre y suelto por nuestra mano, cuando empezó luego a erguir su cabeza e insolente quiso atrevérsenos, echándonos de su casa a nosotros y a nuestro rey, y desde aquel punto lleno de arrogancia va tomando nuevos espíritus. Lo que digo empiezan ya a llorar, particularmente sus vecinos los beocios y calcideos, y quizá todos los demás lo iréis sintiendo por turno si les tocareis en un solo cabello. Ya, pues, que nos engañamos antes en lo que con ellos hicimos, procurando ahora tomarnos con vuestra asistencia la satisfacción correspondiente, lo iremos remediando. Este ha sido, señores, el motivo, así de hacer que viniera Hipias, a quien veis aquí presente, como de convocaros a vosotros de las ciudades. Nuestras miras consisten en volver a Hipias a Atenas, y restituirle de común acuerdo, y con un ejército común, el dominio que antes le quitamos».

XCII. Tal era la propuesta de los lacedemonios, a la cual ni se acomodaban los más de los diputados, ni se atrevían con todo a contradecirla, guardando todos los aliados un profundo silencio. Rompiolo al cabo Socles el corintio con un tono sublime:[61]

«Ahora sí, exclamó, que están todas las cosas a pique de revolverse y trastornarse; el cielo para caer bajo la tierra, la tierra para subirse sobre lo más alto del cielo; van a fijar los hombres su morada en los mares, los peces a morar donde vivían primero los hombres, cuando llegamos a ver ya, que empeñados vosotros, oh lacedemonios, en arruinar una república justa y bien ordenada, procuráis tan de veras reponer en las ciudades libres el despotismo y la tiranía, no pudiendo dejar de ver con los ojos ser esta la cosa más inicua, más cruel, más sanguinaria de cuantas pueden verse entre los mortales. Y si no, decidme ahora, lacedemonios: si tan conveniente os parece que las riendas del gobierno estén en mano de un tirano, ¿por qué no sois los primeros en colocar un déspota sobre vuestras cabezas? ¿Por qué con vuestro ejemplo no animáis a los demás a que sufran un señor absoluto? Vemos empero todo lo contrario: vosotros, siempre libres hasta aquí de tiranos domésticos, y muy prevenidos siempre para que jamás los sufra Esparta, vais recetándolos a los otros, y procuráis encajarlos a vuestros confederados. A fe mía, espartanos, si hubierais probado lo que es un tirano, como nosotros los corintios lo probamos, pensarais ahora muy de otro modo y serían mejores de lo que son vuestras propuestas. Oíd, pues, lo que nos sucedió.[62] La antigua constitución del estado era en Corinto la oligarquía, gobernando la ciudad unos pocos ciudadanos llamados los Baquíadas, que nunca en sus matrimonios contraían alianza sino entre ellos mismos. Acaeció entonces que a uno de aquellos principales y magnates, por nombre Anfión, nació una hija coja llamada Labda, y como ninguno de los Baquíadas la quisiese por mujer, casó al fin con ella cierto Eetión, hijo de Equécrates, natural del lugar de Petra, bien que lapita de origen y descendiente de la familia Cénida.[63] Viendo después Eetión que no tenía hijos de Labda ni de otra mujer alguna, emprendió una romería a Delfos para consultar el oráculo sobre la desventura de no tener sucesión. No bien hubo entrado en el templo, cuando encarándose con él la Pitia, le recita de repente estos versos:

Eetión, digno de gloria, nadie te honra cual mereces tú: Labda ya grávida parece una gran rueda que cayendo sobre monarcas, mandará a Corinto.

Ignoro cómo llegó este oráculo dado a Eetión a oídos de los príncipes Baquíadas, a quienes antes se había dado acerca de las costas de Corinto otro oráculo oscuro, pero dirigido al mismo punto que el de Eetión, en estos términos:

“Águila grávida, sobre altos peñascos dará a luz un valiente león que corte las rodillas: atiende a ello, corintio, vecino de la linda Pirene, que moras en torno de la encumbrada Corinto”.[64]

Y si bien este oráculo era antes para los Baquíadas, a quienes se había proferido un misterio impenetrable, apenas oyeron el otro dado entonces a Eetión, cayeron de pronto en la cuenta, y dieron de lleno en el sentido del primero, que concordaba mucho y se enlazaba con el del último. Entendiendo, pues, que se les pronosticaba su ruina, con la mira de conjurarla dando la muerte al hijo de Eetión que estaba ya para nacer, llevaban su intriga con sumo secreto. En efecto, luego que parió dicha mujer destinan al pueblo en que vivía Eetión diez de su mismo gremio o clase, con orden de quitar la vida al niño recién nacido. Llegados a Petra, entran en el patio de la casa de Eetión y preguntan por el chiquillo. Labda la coja, que estaba lejos de imaginar que vinieran con ánimo dañado, antes se lisonjeaba de que aquella visita de los magnates se le hacía en atención a su padre, para congratularse con ella por su feliz alumbramiento, se lo presenta y lo pone en brazos de uno de los diez; y si bien ellos al venir habían entre sí concertado que el primero que al niño cogiera le estrellara luego contra el suelo, quiso con todo la buena suerte, cuando Labda dejó a su hijo en brazos de aquel, que se sonriese el niño, mirando blandamente al que iba a recibirle, sonrisa que atentamente observada movió a ternura al primero que le había recibido; y le hizo tal impresión, que en vez de dar con el niño en el suelo, le entregó al segundo y este al tercero, de suerte que fue pasando de mano en mano por los diez infanticidas, sin que ninguno se atreviera a ensangrentar las suyas en aquella víctima de la ambición. Vuelto, pues, el hijo a la madre y salidos del atrio, se pararon ante la puerta misma de la casa, y empezaron a culparse unos a otros, pero sobre todo al primero que le recibió, por no haber ejecutado la orden que traían. No pasó mucho rato sin que se resolviesen a entrar de nuevo en la casa y concurrir todos aunados a la muerte del niño. Mas todo en vano, que el destino fatal de Corinto era, señores, que le viniera el azote de la casa de Eetión: porque Labda iba entretanto escuchando detrás de la puerta todo aquel discurso de muerte, y recelando luego que mudando de parecer y entrando segunda vez le matasen la infeliz criatura, tómala solicita, y va afanada a esconderla donde se le ofrece que nadie lo había de sospechar, que fue bajo un celemín,[65] bien persuadida que vueltos los diez nobles sayones no dejarían sin duda arca, ni rincón, ni escondrijo que registrar. En efecto, así fue: entran segunda vez, y todo era buscar por una y otra parte al niño; pero viendo que no podían dar con él, resolviéronse por fin a regresar y decir a los que les enviaban que todo se había hecho conforme a las órdenes dadas, y vueltos a los suyos, así realmente se lo dijeron. Íbase criando después el niño, que de tal riesgo a dicha se había escapado, en casa de su padre Eetión, y por la buena suerte de haberse librado del peligro debajo del celemín, en griego cipsele, quedósele en adelante el nombre de Cípselo. Llegado ya a la mayor edad, diósele a una consulta que en Delfos hacía una respuesta ambigua y enrevesada, por la cual gobernándose después y esperanzado mucho en ella, logró salir con su empresa y apoderarse del dominio de Corinto. La respuesta era de este tenor:

“¿Veis el gran varón que llega dentro de mi atrio, Cípselo el Eétida? Rey será de la esclarecida Corinto con su prole, pero no con la prole de su prole”.[66]

Tal fue el oráculo: Cípselo llegó a ser señor de Corinto, y con esto un tirano que a muchos corintios desterró, a muchos quitó los bienes, patria y vida, después de un gobierno de treinta años, habiendo tenido la fortuna de morir en paz y en su cama: sucediole en la tiranía su hijo Periandro, quien, aunque en los principios de su gobierno se mostraba más humano y blando que su padre, con todo, por haber después comunicado por medio de unos mensajeros con el otro tirano de Mileto, el célebre Trasíbulo, llegó a hacerse mucho más cruel y sanguinario que el mismo Cípselo. Es preciso saber que envió Periandro un embajador a Trasíbulo con la comisión de preguntarle de qué medios se podría valer para estar más seguro en su dominio y para gobernar mejor su estado: pues bien, saca Trasíbulo al enviado de Periandro a paseo fuera de la ciudad, y éntrase con él por campo sembrado, y al tiempo que va pasando por aquellas sementeras le pregunta los motivos de su venida, y vuelve a preguntárselos una, y otra, y muchas veces. Era empero de notar que no paraba entretanto Trasíbulo de descabezar las espigas que entre las demás veía sobresalir,[67] arrojándolas de sí luego de cortadas, durando en este desmoche hasta que dejó talada aquella mies, que era un primor de alta y bella. Después de corrido así todo aquel campo, despachó al enviado a Corinto sin darle respuesta alguna. Apenas llegó el mensajero, cuando le preguntó Periandro por la respuesta; pero él le dijo: “¿Qué respuesta, señor? Ninguna me dio Trasíbulo”; y añadió que no podía acabar de entender cómo le hubiese enviado Periandro a consultar un sujeto tan atronado y falto de seso como era Trasíbulo, hombre que sin causa se entretenía en echar a perder su hacienda; y con esto diole cuenta al cabo de lo que vio hacer a Trasíbulo. Mas Periandro dio al instante en el blanco, y penetró toda el alma del negocio, comprendiendo muy bien que con lo hecho le prevenía Trasíbulo que se desembarazase de los ciudadanos más sobresalientes del estado; y desde aquel punto no dejó ni maldad ni tiranía que no ejecutase en ellos, de manera que a cuantos había el cruel Cípselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los desterró Periandro, aun más, despojó en un solo día por causa de su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos, allá cerca del río Aqueronte,[68] consultasen al oráculo nigromántico acerca de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa; les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de ser verdad lo que decía podía ser para Periandro haber él mismo metido el pan en un horno frío. Después que se dio razón a Periandro de dicha respuesta, de cuya verdad le pareció ser prueba convincente esta última indicación, por cuanto había conocido a Melisa después de muerta, sin más tardanza hace publicar luego un bando que todas las mujeres de Corinto concurran al Hereo o templo de Hera. Como si fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores adornos y vestidos, mientras que por medio de las guardias que tenía apostadas en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogando e invocando a su Melisa, cuya fantasma, aplacada con este sacrificio, declaró el lugar del depósito a los diputados que segunda vez le envió Periandro. He aquí, oh lacedemonios, lo que es y lo que en una ciudad suele hacer la tiranía. Con toda verdad os digo que si antes quedamos los corintios confusos y admirados al saber que llevabais a ese Hipias, al oír ahora esa vuestra demanda nos hallamos aquí suspensos y atónitos. En suma, conjurándoos por los dioses de la Grecia, os pedimos y suplicamos, oh lacedemonios, que no intentéis autorizar la tiranía ni introducir el despotismo en las ciudades. Y si obstinados contra las leyes divinas y humanas porfiareis en restituir a Atenas a ese vuestro Hipias, protestando desde ahora solemnemente nosotros los de Corinto, os declaramos que no consentimos en ello».

XCIII. Esto dijo Socles, el diputado de los corintios, a quien Hipias el tirano, invocando a los mismos dioses griegos y poniéndoles por testigos de lo que iba a decir, le respondió, que tiempo vendría, presto y sin falta alguna, en que los mismo corintios echaran de menos y desearan en Atenas a los hijos de Pisístrato cuando les llegara y sobreviniera el plazo fatal de verse oprimidos por los atenienses libres e independientes; lo que decía Hipias aludiendo a aquellos oráculos escritos que nadie mejor que él tenía sabidos. Pero los demás diputados del congreso, que no habían hasta allí despegado sus labios, después de oír a Socles, que tanto había perorado a favor de la libertad común, rompiendo el silencio cada uno por su parte, votaban todos libremente a favor del corintio, y protestando altamente, pedían a los lacedemonios que nada innovasen en aquella ciudad griega. Así, pues, terminó la conferencia.

XCIV. Al irse después Hipias de Lacedemonia, aunque Amintas, rey de Macedonia, le ofrecía la ciudad de Antemunte, y los tesalios le convidaban con Yolco,[69] sin querer aceptar ninguna de las dos, dio la vuelta a Sigeo. Era esta una plaza que a punta de lanza había tomado Pisístrato a los de Mitilene,[70] en la cual una vez ganada puso por señor un hijo bastardo, habido en una mujer argiva, por nombre Hegesístrato: ni este pudo jamás, sino con las armas en la mano, gozar de la ciudad que de Pisístrato había recibido. Con motivo de Sigeo duraron largo tiempo las hostilidades entre mitileneos y atenienses: salían aquellos de la ciudad de Aquileo, y estos de la misma Sigeo a guerrear; los mitileneos pretendían recobrar aquella tierra que reputaban ser suya; los atenienses les negaban el derecho sobre ella, dando por razón que el dominio de la región troyana no tocaba más a los eolios que a los atenienses y demás griegos que en compañía de Menelao habían salido a vengar el robo de Helena.

XCV. Entre varias cosas que acontecieron en el curso de dicha guerra, sucedió que viniendo los enemigos a las manos en una refriega en que la victoria empezaba a declararse por los atenienses, pudo escapárseles el célebre poeta Alceo, huyendo listo y veloz, pero no supo salvar sus armas, las cuales, cayendo en poder de los atenienses, fueron después suspendidas por ellos en el Ateneo (o templo de Atenea) en la misma Sigeo, caso sobre que compuso Alceo unos versos dando en ellos cuenta de su desgracia a Menalipo su camarada[71] y los envió a Mitilene. Ajustó, por fin, estas diferencias, entre los de Mitilene y los de Atenas, Periandro, el hijo de Cípselo, en cuyo arbitrio se habían comprometido las partes; y lo verificó decidiendo y ordenando que cada una se quedase en la pacífica posesión de lo que tenía, con lo que vino Sigeo a quedar por los atenienses.

XCVI. Restituido Hipias de Lacedemonia a Sigeo, no dejaba piedra por mover contra los atenienses, a quienes acriminaba maliciosamente ante Artafrenes, resuelto a echar mano de cuantos medios alcanzase a fin de lograr que Atenas, recayendo bajo su poder, entrase en el imperio de Darío. Informados entretanto los de Atenas de lo que Hipias iba tramando, procuraban desimpresionar a Artafrenes por medio de unos embajadores enviados a Sardes para que no quisiera dar crédito a las calumnias y artificios de aquellos desterrados. No salieron con su intento los enviados, a quienes hizo entender Artafrenes, clara y precisamente, que para la salud de su patria un solo medio les quedaba: el de recibir de nuevo a Hipias por señor. Con esta declaración, en que de ninguna manera consentían los atenienses, resolviéronse estos a mostrarse abiertamente enemigos de los persas.

XCVII. Volviendo ya al milesio Aristágoras, después que Cleómenes el lacedemonio le había mandado salir de Esparta, presentose en Atenas, ciudad la más poderosa de todas, en el punto crítico en que sus ciudadanos, viéndose gravemente calumniados para con los persas, estaban resueltos a declararles la guerra. Allí, en una asamblea del pueblo, dijo en público Aristágoras lo mismo que en Esparta había dicho por lo tocante a las grandes riquezas y bienes del Asia, y también a la milicia y arte de la guerra entre los persas, tropa débil y fácil de ser vencida, no usando ni de escudo ni de lanza en el combate. Esto decía por lo concerniente a los persas; pero respecto a los griegos añadía que, siendo los milesios colonos de Atenas, toda buena razón pedía que los atenienses, a la sazón tan poderosos, les librasen del yugo indigno de la Persia. En una palabra, tanto supo decirles Aristágoras y tanto se atrevió a prometerles, como quien se hallaba en el mayor apuro, que al cabo les hizo condescender con lo que pedía; y lo que había imaginado que más fácil le sería deslumbrar con buenas palabras a muchos juntos que a uno solo, esto fue lo que logró allí Aristágoras, pues no habiéndole sido posible engañar al lacedemonio Cleómenes, le fue entonces muy hacedero arrastrar de una vez con su artificio a treinta mil atenienses.[72] Ganado, pues, el pueblo de Atenas, conviene en hacer un decreto público en que ordena que vayan al socorro de los jonios 20 naves equipadas, y se declara por general de la armada a Melantio, sujeto el más cabal y de mayor reputación que en Atenas había. ¡Ominosas veinte naves, y armada fatal, que fueron el principio de la común ruina de los griegos y de los bárbaros![73]

XCVIII. Aristágoras, que volvió por mar a Mileto antes que llegase la armada, tomó luego un arbitrio del cual ningún provecho habían de sacar los jonios: verdad es que ni él mismo pretendía sacarlo, sino dar únicamente que sentir al rey Darío con aquella idea. Despacha, pues, un mensajero que vaya de su parte a tratar con aquellos peonios que, llevados prisioneros por Megabazo desde el río Estrimón, se hallaban colocados en cierto sitio de la Frigia, viviendo en una aldea separados de los del país. Llegado el mensajero, díjoles así: «Aquí vengo, amigos peonios, comisionado por Aristágoras, señor de Mileto, a proponeros un medio seguro y eficaz para el logro de vuestra libertad, con tal que queráis practicarlo. Al presente, cuando toda la Jonia se ha levantado contra el rey, se os ha abierto la puerta para que salvos os volváis a vuestra patria. A vuestra cuenta correrá, pues, el viaje hasta el mar; desde las costas dejadlo todo a nuestro cuidado». No bien los peonios acabaron de oír el recado, cuando alegres como si el cielo se les abriera, cargando los más con sus hijos y mujeres, se fueron huyendo luego hacia las playas, bien que unos pocos, sobrecogidos de miedo, se quedaron en su aldea. Llegados al agua, se embarcaron para Quíos, donde estaban ya seguros, cuando la caballería persa les iba siguiendo las pisadas a fin de cogerles. Viendo, pues, que no habían podido darles alcance, envíanles una orden a Quíos para que vuelvan otra vez; pero los peonios, no haciendo caso de los persas, fueron conducidos por los de Quíos hasta Lesbos, y por los de Lesbos hasta Dorisco, desde donde, caminando por tierra, dieron la vuelta a Peonia.

XCIX. Entretanto, los atenienses llegan a Mileto con sus veinte naves, llevando en su armada cinco galeras de Eretria, las que no militaban en atención a los de Atenas, sino en gracia de los mismos milesios, a quienes volvían entonces su vez los eretrieos, pues antes habían estos sido socorridos por los de Mileto en la guerra que tuvieron contra los calcideos, a quienes asistían los samios contra eretrieos y milesios. Llegados a Mileto los mencionados, y juntos asimismo los demás de la confederación jónica, emprende Aristágoras una jornada hacia Sardes, no yendo él allá en persona, sino nombrando por sus generales a otros milesios, los cuales fueron dos, uno su mismo hermano Caropino y el otro Hermofanto, uno de los ciudadanos de Mileto.

C. Llegó a Éfeso la armada, donde dejando las naves en un lugar de aquella señoría llamado Coreso, iban desde allí los jonios subiendo tierra adentro con un ejército numeroso, al cual servían de guías los efesios. Llevaban su camino por las orillas del río Caístro, y pasado el monte Tmolo, se dejaron caer sobre Sardes,[74] de la cual y de cuanto en ella había se apoderaron sin la menor resistencia; pero no tomaron la fortaleza, que cubría con no pequeña guarnición el mismo Artafrenes.

CI. Tomada ya la ciudad, un acaso estorbó que se entregara al saqueo. Eran hechas de caña la mayor parte de las casas de Sardes, y de cañas estaban cubiertas aun las construidas de ladrillo. Quiso, pues, la fortuna que a una de ellas pegase fuego un soldado. Prendiendo luego la llama, fue corriendo el incendio de casa en casa hasta apoderarse de la ciudad entera. Ardía ya toda, cuando los libios y cuantos persas se hallaban dentro, viéndose cerrados por todas parles con las llamas que tenían rodeados ya los extremos de la ciudad, y no dándoles el fuego lugar ni paso para salirse fuera, fuéronse retirando y recogiendo hacia la plaza y orillas del Pactolo,[75] río que llevando en sus arenas algunos granitos de oro, y pasando por medio de la plaza, va a juntarse con el Hermo, que desagua en el mar. Sucedió, pues, que la misma necesidad forzó a lidios y persas, juntos allí cerca del Pactolo, a defenderse de los enemigos; y como viesen los jonios que algunos de aquellos les hacían ya, en efecto, resistencia, y que otros en gran número venían contra ellos, poseídos de miedo fueron retirándose en buen orden hacia el monte que llaman Tmolo, y de allí, venida ya la noche, partieron de vuelta hacia sus naves.

CII. En el incendio de Sardes quedó abrasado el templo de Cibebe, diosa propia y nacional; pretexto de que se valieron los persas en lo venidero para pegar fuego a los templos de la Grecia.[76] Los otros persas que moraban de estotra parte del Halis, al oír lo que en Sardes estaba pasando, unidos en cuerpo de ejército, acudieron al socorro de los lidios; pero no hallando ya a los jonios en aquella capital y siguiendo sus pisadas, los alcanzaron en Éfeso. Formáronse los jonios en filas y admitieron la batalla que los persas les presentaban; pero fueron de tal modo rotos y vencidos, que muchos murieron en el campo a manos del enemigo. Entre otros guerreros de nombre que allí murieron, uno fue el jefe de los eretrieos, llamado Eválcidas, aquel atleta que en los juegos había ganado en premio público la corona y había por ello merecido que Simónides de Ceos le subiera a las nubes. Los otros jonios que debieron la salvación a la ligereza de sus pies, se refugiaron a varias ciudades.

CIII. Tal fue el éxito de aquel combate, después del cual los atenienses desampararon de tal manera a los jonios, que a pesar de los repetidos ruegos e instancias que les hizo después Aristágoras por medio de sus diputados, se mantuvieron siempre constantes en la resolución de negarles su asistencia. Pero los jonios, aunque se vieron destituidos del socorro de Atenas, no por eso dejaron, según a ello les obligaba el primer paso dado ya contra Darío, de prevenirse del mismo modo para la guerra comenzada. Dirígense ante todo con su armada hacia el Helesponto, y a viva fuerza logran hacerse señores de Bizancio y de las demás plazas de aquellas cercanías. Salidos del Helesponto, unieron luego a su partido y confederación una gran parle de la Caria, pues entonces lograron que se declarase por ellos la ciudad de Cauno, que no había querido antes aliarse cuando quemaron a Sardes.

CIV. Aun más, lograron que se agregasen a su parcialidad todas las ciudades de Chipre, menos la de Amatunte, las que se habían sublevado contra el medo con la siguiente ocasión: Vivía en Chipre un tal Onésilo, hijo de Quersis, nieto de Siromo, biznieto de Eveltón y hermano menor de rey de los salaminios,[77] llamado Gorgo, a quien habiendo ya tiempo antes hablado repetidas veces Onésilo, hombre inquieto, aconsejándole que se rebelase contra el persa; oyendo entonces la sublevación de los jonios, le estaba haciendo las mayores instancias sobre lo mismo. Pero viendo Onésilo que no podía salir con sus intentos, espió el tiempo en que Gorgo había salido fuera de la ciudad y le cerró las puertas, acompañado de los de su facción. Arrojado Gorgo y excluido de su plaza, se refugia a los medos, y Onésilo, señor ya de Salamina, logra con sus diligencias que los pueblos todos de Chipre, fuera de los amatuntios, le imiten en la rebelión, y por no querer seguirle en esta los de Amatunte pone sitio a la plaza.

CV. En tanto que Onésilo apretaba el cerco, llegó al rey Darío la nueva de que Sardes, tomada por los atenienses, unidos con los jonios, había sido entregada a las llamas, siendo el autor de aquella trama y también de toda la confederación el milesio Aristágoras. Corre la fama de que al primer aviso, no cargando Darío en manera alguna la consideración en sus jonios, de quienes seguro estaba que pagarían cara su rebeldía, la primera palabra en que prorrumpió fue preguntar quiénes eran aquellos atenienses, y que oída sobre esto la respuesta, pidió al punto su arco, tomole en sus manos, colocó en él una flecha y disparándole luego hacia el cielo:[78] «Dame, oh Zeus, dijo al soltarle, que pueda yo vengarme de los atenienses». Y dicho esto, dio orden a uno de sus criados que de allí en adelante, al irse a sentar a la mesa, siempre por tres veces le repitiera este aviso: Señor, acordaos de los atenienses.

CVI. Dada esta orden, llama Darío ante sí al milesio Histieo, a quien hacía tiempo que detenía en su corte, y le habla en estos términos: «Acabo ahora de recibir la nueva, Histieo, de que aquel regente tuyo a quien confiaste el gobierno de Mileto ha maquinado grandes novedades contra mi corona. Sábete que habiendo él juntado tropas que llamó del otro continente, y persuadido a que con ellas se coligasen los jonios (a quienes doy mi real palabra de que no se alabarán de una traición que bien caro ha de costarles), han intentado arrebatarme a Sardes. ¿Qué te parece de toda esta maquinación? Dime tú: ¿cabe que esto se haya urdido sin que tú anduvieras en el asunto? Mucho sentiría hallarte después cómplice de tal atentado». A lo que respondió Histieo: «¿Es posible, señor, que eso de mí sospechéis y digáis? ¿Había yo de intentar cosa alguna que ni mucho ni poco pudiera daros que sentir? Pues eso que receláis, ¿a qué fin, o con qué mira lo había yo de procurar? ¿Qué cosa me falta al presente? ¿No gozo de los mismos placeres y bienes que vos? ¿No tengo la honra de tener parte en vuestros secretos y resoluciones? Si mi regente, señor, maquina algo de lo que me decís, estad seguro que sin saberlo yo obra por sí mismo. Pero yo no puedo absolutamente persuadirme de que sea verdadera la nueva de que mi regente ni tampoco los milesios intentasen novedad alguna. Mas si han dado en realidad ese mal paso y vos estáis del todo cerciorado de su alevosía, permitidme, señor, que os diga no haber sido acertado vuestro consejo en quererme tener lejos de aquella nación; pues, no teniéndome a su vista los jonios, quizá se habrán animado a ejecutar lo que tiempo ha deseaban; que si en la Jonia me hubiera hallado yo presente, paréceme que ninguna ciudad hubiera osado mover contra vos un dedo de la mano. Lo que al presente puede hacerse en este caso es permitirme que con toda diligencia me parta para Jonia, donde pueda reponer los asuntos en el mismo pie de antes y os entregue preso en vuestras manos a mi regente, si tales cosas maquinó. Aun os añado, y os lo juro, señor, por los dioses tutelares de vuestro imperio, que después de ajustadas estas turbulencias a toda vuestra satisfacción, no he de parar ni quitarme la misma túnica con que bajaré a la Jonia antes de conquistaros a Cerdeña,[79] la mayor de las islas, haciéndola tributaria de la corona».

CVII. Era tan falsa esta arenga como el alma y fe griega de Histieo, y con todo se dejó persuadir de ella Darío, dándole licencia para partirse de la corte y ordenándole al mismo tiempo que una vez cumplido lo que acababa de ofrecerle, diese la vuelta y se le presentase de nuevo en Susa.

CVIII. Mientras que llegaba al rey aviso de lo sucedido en Sardes y, hecho el alarde del arco, hablaba Darío con Histieo, y este, licenciado por el rey, marchaba hacia las provincias marítimas, iba sucediendo en este intermedio lo que voy a referir.[80] Estaba Onésilo, el de Salamina, apretando el sitio de los de Amatunte, cuando le llega el aviso de que en breve se espera en Chipre al persa Artibio, a donde venía conduciendo en sus naves una poderosa armada. Habida esta noticia, pide Onésilo a la Jonia por medio de unos diputados que vengan en su ayuda y socorro los jonios, y estos, sin gastar mucho tiempo en resolverse, hácense a la vela con una gruesa armada. En un tiempo mismo sucedió, pues, que los jonios aportasen a Chipre, que los persas recién venidos de la Cilicia desembarcados en la isla marchasen ya por tierra la vuelta de Salamina, y que los fenicios doblasen el cabo que llaman las Llaves de Chipre.[81]

CIX. En tal estado de cosas, convocan los señores de las ciudades de Chipre a los jefes jonios y entablan con ellos este discurso: «Nosotros los chipriotas, amigos jonios, dejamos a vuestro arbitrio la elección de salir al encuentro o bien a los persas o bien a los fenicios. El tiempo insta: si escogéis venir a las manos con los persas en campo de batalla, saltad luego a tierra y formar vuestras filas, que en este caso embarcándonos en vuestras naves vamos a cerrar con los fenicios. Pero si preferís combatir por mar con los fenicios, menester es poner manos a la obra. Escoged una de dos, para que así contribuyáis por vuestra parte a la libertad de Jonia y de Chipre». «A nosotros, replican los jonios, nos mandó venir el estado de la Jonia con orden de defender estos mares y no de acometer por tierra a las tropas persas cediendo nuestras naves a los de Chipre. En el puesto señalado procuraremos, pues, desempeñar nuestro deber con todo el esfuerzo posible: ved vosotros de obrar en el vuestro como gente de valor, teniendo presente las indignidades que esos medos, vuestros señores, os han hecho sufrir».

CX. Tal fue la respuesta de los jonios, después de la cual, como hubiesen llegado ya los persas al campo de Salamina, los reyes de Chipre ordenaron contra ellos su gente en esta disposición: Enfrente de los soldados del enemigo, que no eran persas de nación, ordenaron una parte de sus tropas chipriotas; delante de los persas mismos pusieron la flor de su gente escogida entre las milicias de Salamina y de Soli:[82] Onésilo por su voluntad escogió el puesto que correspondía al que enfrente ocupaba Artibio, general de los persas.

CXI. El caballo en que Artibio venía montado estaba enseñado a empinarse contra el enemigo armado. Advertido de esto Onésilo, habló así con un escudero cario[83] que tenía, hombre muy diestro en lo que mira a los encuentros de armas, y en todo lo demás muy sagaz y advertido: «Oigo decir, amigo, que ese caballo de Artibio tiene la habilidad de alzarse sobre los pies y embestir al que delante tiene con las manos y con la boca. Piénsalo tú, y dime luego a cuál de los dos quieres que apuntemos y derribemos antes, si al caballo, o bien a su jinete Artibio». «Pronto estoy, señor, le responde el escudero, para ambas cosas; pronto para cualquiera de las dos y para todo lo que me ordenéis. Diré sin embargo lo que me parece hacer más al caso para vuestra reputación. Lo más propio y decoroso es que un rey cierre contra otro rey, y un general contra otro general, pues si en tal encuentro diereis en tierra con aquel jefe, haréis una regia hazaña, y aun cuando él, lo que no querrán los dioses, os echare al suelo, el morir en tales manos aliviaría en la mitad el peso de la desventura. A nosotros escuderos corresponde medirnos con otros escuderos. No os dé trabajo, señor, el caballo empinado con aquella habilidad, que a fe mía no vuelva jamás a empinarse».

CXII. Dijo, y en aquel punto mismo cerraron las dos armadas por tierra y por mar. En la batalla naval vencieron los jonios a los fenicios, haciendo aquel día prodigios de valor, y los que mejor se portaron en la función fueron los samios. En la tierra, después que estuvieron ya a tiro los dos ejércitos, he aquí lo que pasó entre los dos generales: Embiste Artibio montado en su marcial caballo contra Onésilo; vele este venir; dispara contra él, según lo prevenido por su escudero, y acierta bien el tiro; iba el vecino caballo a dar con las manos contra el adarga de Onésilo, cuando el escudero cario le da listo un golpe de hoz, y se las siega entrambas. El caballo, manco ya y encabritado, da consigo en el suelo, y con él Artibio, el general persa.

CXIII. Encarnizadas en tanto las otras tropas, se hallaban en el calor del combate, cuando Estesenor, el tirano de Curio, entregó alevosamente a los persas una gran división del ejército, que cerca de sí tenía. Pasados al enemigo los curios, colonos, a lo que se dice, de los argivos, siguieron inmediatamente su mal ejemplo los carros guerreros de los salaminios,[84] y de resultas de estas deserciones, como empezasen los persas a llevar la ventaja en el combate, el ejército de los chipriotas volvió las espaldas al enemigo. Entre otros muchos que perecieron en la huida, quedaron rendidos en el campo dos generales, el uno Onésilo, hijo de Queris, autor que había sido de la sublevación de Chipre; el otro Aristócipro, rey de los solios, hijo de Filócipro, de aquel célebre Filócipro a quien sobre todos los demás príncipes ensalzó en sus versos el ateniense Solón, cuando estuvo viajando en Chipre.[85]

CXIV. Los amatuntios victoriosos, para vengarse del asedio que Onésilo les había puesto, le cortaron la cabeza y se la llevaron, colgándola después sobre las puertas de su ciudad. Sucedió, pues, que estando allí suspensa y ya del todo hueca, entró dentro un enjambre de abejas y fabricó en ella sus panales. Vista aquella novedad, tuvieron por conveniente los amatuntios consultar al oráculo acerca de aquel raro fenómeno, y la respuesta fue que se diera sepultura a la cabeza descolgada, y se hicieran a Onésilo sacrificios anuos como a un héroe, y que con esto todo les iría mejor. Y en efecto, así lo hacían hasta mis días los de Amatunte con el héroe Onésilo.

CXV. Los marinos jonios, que gloriosamente acababan de dar en Chipre su batalla naval, viendo ya perdida la causa de Onésilo, y cercadas al mismo tiempo todas las ciudades de la isla, menos la de Salamina, que los mismos salaminios habían restituido a Gorgo, su antiguo rey, haciéndose luego a la vela, bien informados del mal estado de Chipre, dieron la vuelta hacia Jonia. Entre todas las ciudades de la isla, fue la de Soli la que por más tiempo resistió al cerco, logrando rendirla los persas, pasados cinco meses de sitio, con las minas que alrededor de los muros abrieron.

CXVI. Los chipriotas, en suma, sacudido el yugo de los persas por el breve espacio de un año, cayeron de nuevo bajo el mismo dominio. En cuanto a aquellos jonios que habían hecho sus correrías hasta la misma Sardes, persiguiéronles los generales persas, especialmente Daurises, casado con una hija de Darío, y en su compañía otros dos yernos del rey, Himayes y Ótanes, y habiéndoles derrotado en campo de batalla, les obligaron a refugiarse a sus naves: repartidas las tropas en seguida contra las plazas del país, iban tomándolas con las armas.

CXVII. Echándose, pues, Daurises hacia el Helesponto, rindió las plazas de Dárdano, Abido, Percote, Lámpsaco y Peso,[86] y la toma de ellas le salió a plaza por día. Dirigíase desde Peso hacia la ciudad de Pario, cuando llegó aviso de que unidos los carios al partido jonio acababan de levantarse contra el persa, novedad que le obligó a que, dejando el Helesponto, marchase con sus tropas hacia Caria.

CXVIII. Ignoro cómo tuvieron los carios aviso de que contra ellos venía marchando Daurises, primero que este llegase con su ejército. Dioles lugar esta noticia adelantada a que se juntasen en cierto sitio llamado las Columnas Blancas (Leucas Stelas), cerca del río Marsias, que bajando de la región Idríade va a confundirse con el Meandro. En la junta que allí tuvieron los carios, el mejor de los varios pareceres que hubo fue, a mi entender, el que dio Pixódaro, hijo de Mausolo y natural de Cindia, quien estaba casado con una princesa hija de Siénesis, rey de los cilicios. Era de parecer este varón que pasando el Meandro y dejando este río a las espaldas, entrasen los carios en batalla con el persa, pues así dispuesto y viendo cerrado el paso a la fuga, la misma necesidad de no poder desamparar su puesto les haría, sin duda, mucho más valientes y animosos de lo que eran naturalmente. Pero rechazado este voto, se siguió el contrario, de que no los carios, sino los persas, tuvieran a sus espaldas el Meandro, claro está que con la mira de que los persas, si quisieran huir, perdida la batalla, no pudieran volver atrás dando luego con el río.

CXIX. No tardaron en aparecer los persas, y pasando el Meandro vinieron a las manos con el enemigo cerca del río Marsias. En la batalla, si bien los carios por largo tiempo resistieron al persa haciendo los mayores esfuerzos de valor, su menor número, con todo, cedió al fin al mayor de los enemigos. Los muertos en el choque de parte de los persas fueron como 2000 y hasta 10.000 de la de los carios. Los que de estos quedaron salvos con la fuga, se vieron en la necesidad de refugiarse a Labraunda,[87] en el templo de Zeus el Estratio o guerrero, cerca del cual había un gran bosque de plátanos consagrado a aquella divinidad; y de paso no quiero dejar de observar que de cuantas naciones tengo noticia, la de los carios es la única que sacrifica a Zeus bajo aquel título. Refugiados allí los carios, empiezan a deliberar de qué manera podrían quedar salvos, si acaso sería bien entregarse al persa a discreción o mejor abandonar de todo punto el Asia menor.

CXX. Estando, pues, los carios en lo mejor de su consulta, ven llegar hacia ellos a los milesios, juntos con sus demás confederados, con el objeto de darles asistencia y socorro: y al momento, dejándose de arbitrios para salvarse, se disponen de nuevo a continuar la guerra comenzada. Así que, acometidos segunda vez por los persas, hiciéronles los carios una resistencia más viva y larga aún que la pasada, aunque habiendo al cabo sido rotos y vencidos, murieron en la acción muchos de ellos, y padecieron en ella más que nadie los auxiliares milesios.

CXXI. Recobráronse los carios de su pérdida después de este destrozo, volviendo de nuevo a pelear. Saben que los persas se disponen a llevar las armas contra sus plazas, y les arman una emboscada en el camino que va a Pédaso. Salioles bien el artificio, porque habiendo dado de noche los persas en la celada, fueron pasados a filo de espada, y con sus tropas perecieron desgraciadamente los generales Daurises, Amorgas y Sisímacas, y con ellos asimismo Mirso, hijo de Giges. El adalid y autor principal de la emboscada fue un ciudadano de Milasa, llamado Heraclides, hijo de Ibanolis.

CXXII. Así murieron aquellos persas. Himayes, otro de los generales empleado en llevar las armas contra los jonios que invadieron a Sardes, se apoderó de Cío,[88] ciudad de Misia, echándose con su gente hacia la Propóntide. Mas dueño ya de la mencionada plaza, apenas supo que Daurises, dejando el Helesponto partía con sus tropas para Caria, condujo su gente al mismo Helesponto, donde además de todos los eolios situados en la región de la Ilíada, logró rendir a los gergites,[89] que son las reliquias de los antiguos teucros. Pero no sobrevivió Himayes a las conquistas de estas naciones, muerto de una enfermedad que en su curso le arrebató.

CXXIII. El virrey mismo de Sardes, Artafrenes, y en su compañía Ótanes, que era el tercero entre los generales ocupados en hacer la guerra en la Jonia y en la Eólida comarcana con ella, tomaron dos ciudades, la de Clazómenas en la Jonia, y la de Cime,[90] plaza de los eolios.

CXXIV. Al tiempo que caían dichas ciudades en poder del enemigo, el milesio Aristágoras, que sublevando la Jonia había llevado las cosas al último punto de perturbación, mostrose hombre de corazón poco constante en las adversidades, pues al ver lo que pasaba, pareciéndole ser enteramente imposible que pudiese ser vencido el rey Darío, solo pensó cómo podría escapando poner en salvo su persona. Llamando, pues, a consulta sus partidarios, les dice: que juzgaba por lo más acertado procurar ante todo tener prevenida y pronta una buena retirada a donde se refugiaran, si acaso la necesidad les obligase a desamparar a Mileto; que decidieran si sería mejor conducir una colonia de milesios a Cerdeña, o bien a Mircino, plaza situada en los edonos, que había fortificado Histieo después de recibirla de mano y gracia de Darío. Tal era la propuesta sobre que consultaba Aristágoras.

CXXV. Hallábase en la consulta el docto historiador Hecateo, hijo de Hegesandro, cuyo parecer era de no enviar la colonia a ninguna de las dos partes propuestas, sino de que Aristágoras levantase antes una fortaleza en la isla de Leros, y en caso de ser echado de Mileto, estuviese quieto entretanto en aquella guarida, desde cuya fortaleza pudiese salir después para recobrar su patria: este fue el parecer de Hecateo.

CXXVI. Mas el partido a que más se inclinaba Aristágoras era al de llevar una colonia a Mircino. Encargando con esto el gobierno de Mileto a uno de los sujetos más acreditados de la ciudad, por nombre Pitágoras, él mismo en persona toma consigo a los ciudadanos todos que se ofrecen a seguirle, y se hace con ellos a la vela para la Tracia, donde se apoderó del país deseado. Después de esta conquista, como salido de su plaza con su gente de armas, estuviese sitiando a otra ciudad de los tracios,[91] pereció allí Aristágoras con toda su tropa a manos de los bárbaros, por más que pretendiera salvarse por medio de una capitulación.

Notes in this chapter

Note 1 · Algunos han convertido en agujas las hebillas de las atenienses; pero ni el texto ni el conocimiento de trajes antiguos consiente tal versióNote 2 · Un dogma inconcuso debe deducirse de la historia, a saber: que ninguna nación civilizada vivió sin Dios y sin revelación, por más que adulteNote 3 · Se ve que el resorte de Esparta en sus resoluciones no era otro que el de mantener abatidos a los otros griegos para darles la ley.Note 4 · Este patético e inesperado exordio tiene un tono sublime digno del más diestro orador. La idea grandiosa tomada del total trastorno de la naNote 5 · Fundose la monarquía de Corinto en el año del mundo 2490, y tuvo ocho reyes de la primera dinastía, que duró 430 años, siendo Sísifo el primNote 6 · Eetión descendía de Aulaso, hijo de Melanes, quien procedía al parecer de Ceneo, uno de los lapitas y compañero de Pirítoo en la guerra de lNote 7 · El epíteto dado a Corinto, que equivale a superciliosa, aluda a lo alto y escabroso de la ciudad, o al vecino monte Acrocorinto, en cuya cimNote 8 · Dice Pausanias que se oculto al niño bajo una cesta; pero no es creíble, porque esta especie de mueble pronto lo registrarían los diputados.Note 9 · Ignoro si debo de leer «pero no con la prole de su prole», o más bien, «y aun con la prole de su prole», si nos atenemos a la autoridad de ANote 10 · Este aviso tiránico de Trasíbulo, imitado por Tarquinio el Soberbio, tuvo después acogida y aplauso con el nombre de ostracismo en una repúbNote 11 · Esta región del Epiro es quizá la Vayelitia, y el Aqueronte el río Verlichi.Note 12 · Yolco es al presente la aldea Yaco: Antemunte estaba al norte de Terma o de la moderna Saloniqui.Note 13 · Los antiguos escriben algo más acerca de esta guerra, referida confusamente por nuestro autor. En el año 606 antes de Jesucristo se apoderarNote 14 · Estos versos, o algún fragmento de ellos, se leen en Estrabón, aunque tan desfigurados que no los conociera el mismo Alceo.Note 15 · Témese, con razón, que sea exagerado el número, pues consta por los demás escritores que los ciudadanos atenienses que podían votar en sus aNote 16 · Reprende Plutarco este pasaje de Heródoto como si abominara de las naves que levantaron bandera para la libertad de la Grecia; pero nuestro Note 17 · Llámase ahora el Caístro Minderscare y también Carason; el monte Tmolo, el Tomalitze, y Sardes la pequeña aldea de Sardo. La toma de esta anNote 18 · El moderno Sarabat, nombre que se da también al Hermo.Note 19 · Mero pretexto, sin duda; pues los persas abrasaron en Egipto muchos templos, guiados por su principio religioso de que a los dioses no debíaNote 20 · Créese que Salamina estaba donde se halla al presente Puerto Constanzo, cerca de Famagosta, y que Amatunte se llama ahora Limiso.Note 21 · No entiendo si el ademán de Darío fue una señal de enojo blasfemo o más bien un juramento religioso como adorador del fuego y del cielo.Note 22 · Era en aquel tiempo un error común de geografía hacer a Cerdeña la mayor de las islas conocidas.Note 23 · Aquí se manifiesta el método histórico de nuestro autor, que jamás deja su transición siempre que pasa de un punto a otro de la narración. ENote 24 · Ahora cabo de San Andrés.Note 25 · Eran dos ciudades con el nombre de Soli, una en Cilicia y otra en Chipre; los naturales de esta se llamaban solios y los de aquella solienseNote 26 · Los carios en el Asia eran lo que en el día son los suizos en Europa, soldados mercenarios tenidos por gente vil, que por poco dinero vendíaNote 27 · Peleaban los salaminios encima de sus carros a estilo de los héroes de Homero.Note 28 · Solón indujo a Filócipro a que, dejando el áspero sitio de Arpea, fundase en la llanura una nueva ciudad, a la cual Filócipro quiso dar el nNote 29 · Peso, situada entre Lámpsaco y Pario: Percote es la Percopa de Homero (Ilíada, l. XI, v. 229), situada en la embocadura del río Espiga.Note 30 · En el día Eblebanda. El título de Estratio se dio posteriormente a Zeus en muchos países.Note 31 · Esta ciudad, hoy día arruinada, estaba en la Propóntide, en el golfo de Montaña.Note 32 · La ciudad de estos pueblos de que habla Heródoto (lib. VII, cap. XLIII) sería quizá la Escepsis, donde se quedaron los troyanos bajo el gobiNote 33 · Puede que Clazómenas sea Uria actualmente, y Cima, Foya Nueva.Note 34 · La ciudad era Eunea (Novem viæ), cerca de la cual fundaron los atenienses la colonia de Anfípolis, treinta y dos años después de la muerte d
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