LIBRO SEXTO. (continued 2)
Bartomeu Pou i Puigserver translation
XCI. Los aristócratas de Egina, vencido en ella el vulgo que en compañía de Nicódromo se les había levantado, tomaron la resolución de hacer morir a todos aquellos de quienes acababan de apoderarse, y entonces puntualmente fue cuando cometieron aquella acción tan impía y sacrílega, que jamás pudieron expiar por más recursos y medios que a este fin practicaron, en tanto grado, que antes se vieron arrojados de su isla, que no aplacado y propicio el numen de Deméter profanado. He aquí el caso: llevaban de una vez al suplicio a 700 de sus paisanos cogidos prisioneros de guerra, cuando uno de ellos, rompiendo sus prisiones y refugiándose al atrio de Deméter la Legisladora, asió con las dos manos las aldabas de la puerta. Procuran a viva fuerza arrancarle de las aldabas, y no pudiendo conseguirlo, cortan al infeliz los puños, y quedando las dos manos asidas de la puerta de Deméter, llévanle así arrastrando al matadero. Tan inhumana fue la impiedad que por su daño cometieron los eginetas.
XCII. Entran después en un combate naval con los atenienses, los cuales con 70 naves se habían acercado a la isla. Vencidos los de Egina, por más que llamaron después en su socorro a los argivos, antes sus aliados, nunca quisieron estos venir en su ayuda; y el motivo de queja de su parte era porque la tripulación de las naves eginetas, a las que Cleómenes obligó a seguirle al ir a acometer las costas de Argólida, había allí desembarcado en compañía de los lacedemonios, ocasión en que asimismo saltó a tierra la gente que venía en las naves sicionias; y de aquí resultó después que los argivos impusieron a las dos naciones 1000 talentos de multa, 500 a cada una. Los sicionios, confesando su culpa en el desembarco, ajustaron la enmienda en 100 talentos, pago con que redimieron la multa por su parte. Los eginetas, al contrario, altivos y presumidos, ni reconocieron la injuria, ni excusaron la culpa; motivo por el cual, cuando pedían ser socorridos, ninguno de orden del común de los argivos les dio asistencia ni favor; bien es verdad que mil sujetos particulares de su propia voluntad les socorrieron. Un luchador famoso en el pentatlo, por nombre Euríbates, condujo a Egina estos aventureros en calidad de general; pero los más de ellos, muertos a manos de los atenienses, no vieron más a Argos, y aun el valiente Euríbates, por más que en tres duelos mató a tres competidores, en el cuarto quedó vencido y muerto por Sófanes, de Decelia.
XCIII. Durante la guerra, como lograsen los eginetas en un lance hallar la armada de Atenas desordenada, cogiendo cuatro naves con toda la tripulación, alcanzaron una victoria naval. De este modo los atenienses continuaban la guerra con los de Egina.
XCIV. Entre tanto el persa Darío, ya porque su criado le estuviese inculcando cada día que se acordase de los atenienses, ya porque los Pisistrátidas que tenía cerca de su persona nunca paraban de enconarle más y más contra Atenas, ya porque él mismo, echando mano de aquel pretexto ambiciosamente, aspirase de suyo a rendir con la fuerza a cuanto griego no se le sujetase de grado, entregándole al modo persa la tierra y el agua; por todos estos motivos, repito, llevaba adelante sus designios primeros. Viendo, pues, cuán poco adelantaba Mardonio al frente de su armada, quitole el cargo de general y nombró de nuevo dos jefes para ella, el uno Datis, de nación medo, el otro Artafrenes, su sobrino, hijo del virrey Artafrenes. Destinándolos contra Eretria y contra Atenas, dioles orden al partir de su presencia de que, arruinadas entrambas ciudades, le presentasen a su vista esclavos y presos a los ciudadanos de ellas.
XCV. Partidos los dos generales de la presencia del rey y llegados al campo Aleo en Cilicia, conduciendo un grueso ejército bien apercibido y abastecido de todo, asentaron allí sus reales en tanto que acababa de juntarse toda la armada naval, cuyo contingente se había antes distribuido y exigido a cada ciudad marítima, como también el convoy de las naves destinadas al trasporte de la caballería, las que un año antes había mandado Darío que le tuviesen a punto sus vasallos tributarios. Luego que en las costas estuvieron aprontadas las naves, embarcando la caballería y tomando la infantería a bordo del convoy, hiciéronse a la vela navegando con seiscientas[147] galeras hacia la Jonia. Desde allí no siguieron su rumbo costeando la tierra firme y tirando en derechura hacia el Helesponto y la Tracia, sino que salidos de Samos, tomaron la derrota por cerca de Ícaro, pasando entre aquellas islas circunvecinas. El miedo que les causaba el promontorio Atos, difícil de doblar, hizo, según creo, que siguieran aquel nuevo curso, por cuanto el año anterior, siguiendo por él su rumbo, habían allí experimentado un gran infortunio y naufragio; a lo cual les precisaba además la isla de Naxos, no domada todavía por los persas.
XCVI. Desde las aguas del mar Icario, intentando los persas en su expedición dar el primer golpe contra la citada Naxos, dejáronse caer sobre ella; pero los naxios, que bien presentes tenían las muchas hostilidades cometidas antes contra los persas, huyendo hacia los montes, ni aun quisieron esperar la primera descarga del enemigo: así que los persas, incendiados los templos con la ciudad toda de Naxos, se hicieron a la vela contra las demás islas, llevándose a cuantos prisioneros pudieron haber a las manos.
XCVII. Los delios, en tanto que los persas se ocupaban en dichas hostilidades, desamparando por su parte a Delos, iban huyendo hacia Tenos.[148] Llevaban la proa de las naves con dirección a Delos, cuando el general Datis, adelantándose en su capitana a todas ellas, no les permitió echar ancla cerca de aquella isla, sino más allá, en Renea; aun hizo más, pues informado del lugar adonde los delios se habían refugiado, quiso que de su parte les hablara así un heraldo a quien hizo pasar allá: «¿Por qué, oh delios, siendo personas sagradas, movidos de una sospecha, para mí indecorosa, vais huyendo de Delos? Quiero que sepáis que así por mi modo mismo de pensar, como por las órdenes que tengo del rey, estoy totalmente convencido de que no debe ejecutarse la más mínima hostilidad ni contra el suelo en que nacieron los dos dioses vuestros, ni menos contra vosotros, vecinos de ese país. Ahora, pues, volveos a vuestras casas y vivid quietos en vuestra isla». Y no comento Datis con la embajada que por su heraldo envió a los delios, mandando él mismo acumular sobre al ara de Delos hasta 300 talentos de incienso, los quemó en honor de los dioses.
XCVIII. Dadas estas pruebas de su religión, Eretria fue la primera ciudad contra quien partió Datis con toda la armada, en la que llevaba a los jonios y a los eolios. Apenas había levantado ancla, cuando en Delos se sintió un terremoto,[149] el primero que se hubiera allí sentido, según dicen los delios, y el último hasta mis días: singular prodigio con que significaba Dios a los mortales el trastorno y calamidades que iban a oprimirles. Así fue en realidad que bajo los reinados de Darío, hijo de Histaspes, de Jerjes, hijo de Darío, y de Artajerjes, hijo de Jerjes, tuvo la Grecia más daños que sufrir por el espacio de tres generaciones que no había sufrido antes en las veinte edades continuas que habían precedido a Darío; daños ya causados en ella por las armas de los persas, ya también sucedidos por la ambición de los jefes de partido y corifeos de la nación, que con las armas se disputaban entre sí el imperio de la patria común. Por donde no podrá parecer inverosímil que entonces Delos, no sujeta antes al terremoto, se pusiera por primera vez a temblar, mayormente estando ya escrito de ella en un oráculo. «A Delos la innoble, al último la moveré». Los nombres mismos de los dichos reyes parecían ominosos para los griegos, en cuyo idioma Darío equivale al que llamamos refrenador; Jerjes, el guerrero, y Artajerjes, el gran guerrero; de suerte que razón tendrían los griegos para llamar así en su lengua a aquellos tres reyes el Refrenador, el Guerrero y el Gran Guerrero.
XCIX. Los bárbaros partidos de Delos iban acometiendo las islas circunvecinas, a cuya gente de guerra obligaban a seguir su armada, tomando al mismo tiempo en rehenes a los hijos de aquellos isleños. Continuando su curso, aportaron los persas a la ciudad de Caristo,[150] donde viendo que los caristios no querían dar rehenes y que se resistían a tomar las armas contra las ciudades sus vecinas, designando con este nombre a la de Eretria y la de Atenas, puesto sitio a la plaza y talando al mismo tiempo la campiña, obligáronles por fin a declararse por su partido.
C. Informados los moradores de Eretria de que venía contra ellos la armada de los persas, pidieron a los de Atenas les enviasen tropas auxiliares. No se resistieron los atenienses a enviarles socorro, antes bien les destinaron 4000 colonos suyos que habían sorteado entre sí el país que antes había sido de los caballeros calcideos. Pero los de Eretria, aunque llamasen en su ayuda a los atenienses, no procedían con todo de muy buena fe en su resolución, vacilantes entre dos partidos y aun encontrados en sus pareceres, queriendo unos desamparar la ciudad y retirarse a los riscos y escollos de Eubea, y maquinando otros vender su patria con la mira de sacar del persa ventajas particulares. Viendo Esquines, hijo de Notón, uno de los principales de la ciudad, aquella disposición de ánimo en los de entrambos partidos, dio cuenta de lo que pasaba a los atenienses que ya se les habían juntado, pidiéndoles que tomasen la vuelta de sus casas si no querían acompañarles en la ruina. Por este medio lograron salvarse los atenienses, siguiendo el aviso y pasando de allí a Oropo.
CI. Llegando los persas con su armada, abordaron en las playas de Eretria contra su bosque sagrado,[151] contra Quereas y contra Egilia. Aportados a estos lugares, desembarcaron desde luego sus caballos, formándose ellos mismos en escuadrones como dispuestos a entrar en acción con los enemigos. Habían resuelto los eretrieos no salirles al encuentro ni cerrar con el enemigo, antes ponían todo su cuidado en fortificar y guardar sus muros, pues había prevalecido el parecer de los que no querían desamparar la plaza. Hacíase con la mayor actividad el ataque de los persas y la defensa de los sitiados; de suerte que durante seis días cayeron muchos de una y otra parte. Pero llegado el séptimo, dos sujetos principales, Euforbo, hijo de Alcímaco, y Filagro, hijo de Cíneas, entregaron alevosamente la ciudad a los persas, quienes, entrando en ella, primeramente pegaron fuego a los templos, vengando las llamas con que habían ardido los de Sardes, y después, conforme las órdenes de Darío, redujeron al estado de cautivos a sus moradores.
CII. Rendida ya Eretria, interpuestos unos pocos días de descanso, navegaron hacia el Ática, donde, talando toda la campiña, pensaban que los atenienses harían lo mismo que habían hecho los de Eretria; y habiendo en el Ática un campo muy a propósito para que en él obrase la caballería, al cual llamaban Maratón, lugar el más vecino a Eretria, allí los condujo Hipias, hijo de Pisístrato.
CIII. Sabido el desembarco por los atenienses, movieron las armas para oponerse al persa, conducidos por diez generales. Tenía entre estos el décimo lugar Milcíades, cuyo padre Cimón, hijo de Esteságoras, se había visto precisado a huir de Atenas en el gobierno de Pisístrato, hijo de Hipócrates. En el tiempo que Cimón se hallaba desterrado de Atenas tuvo la dicha de alcanzar la palma en Olimpia con su carroza, y quiso ceder la gloria de aquel primer premio a Milcíades, su hermano uterino; y habiendo salido él mismo vencedor con las mismas yeguas en los juegos olímpicos inmediatos, concedió a Pisístrato que fuese aclamado por vencedor a voz pública de pregonero, cuya victoria le reconcilió con él e hizo restituirle a su patria. Pero habiendo tercera vez logrado el premio en Olimpia con el mismo tiro de yeguas, tuvo la desgracia de que los hijos de Pisístrato, que ya no vivía por entonces, le maquinasen la ruina; y en efecto, acabaron con él haciendo que de noche le acometiesen unos asesinos en el pritaneo. Cimón fue sepultado en los arrabales de la ciudad, más allá del camino que llaman de Cela, y enfrente de su sepulcro fueron enterradas sus yeguas, tres veces vencedoras en los juegos olímpicos; proeza que si bien habían hecho ya las yeguas de Evágoras el laconio, ningunas otras hallaron que en ello les igualasen. Siendo Esteságoras, de quien hablé, el hijo primogénito de Cimón, a la sazón se hallaba en casa de su tío Milcíades, que le tenía consigo en el Quersoneso; el menor estaba en Atenas en casa de Cimón, y en atención a Milcíades el poblador de Quersoneso, se llamaba con el mismo nombre.
CIV. Era entonces general de los atenienses este mismo Milcíades llegado del Quersoneso y dos veces librado de la muerte; pues una vez los fenicios le dieron caza hasta Imbros, muy deseosos de haberle a las manos y poderle llevar prisionero a la corte del rey; y otra vez, escapado de ellas y llegado ya a su casa, cuando se tenía por salvo y seguro, tomándole sus émulos por su cuenta, le llamaron a juicio acusándole de haberse alzado con la tiranía o dominio del Quersoneso. Pero habiendo sido absuelto, fue nombrado entonces por elección del pueblo general de los atenienses.
CV. Lo primero que hicieron dichos generales, aun antes de salir de la ciudad, fue despachar a Esparta por heraldo a Filípides, natural de Atenas, hemerodromo (o correo de profesión). Hallándose este, según él mismo decía y lo refirió a los atenienses, cerca del monte Partenio, que cae cerca de Tegea, apareciósele el dios Pan, el cual, habiéndole llamado con su propio nombre de Filípides, le mandó dar quejas a los atenienses, pues en nada contaban con él, siéndoles al presente propicio, habiéndoles sido antes muchas veces favorable y estando en ánimo de serles amigo en el porvenir.[152] Tuvieron los de Atenas por tan verdadero este aviso, que estando ya sus cosas en buen estado, levantaron en honor de Pan un templo debajo de la fortaleza, y continuaron todos los años en hacerle sacrificios desde que les envió aquella embajada, honrándole con lámparas y luminarias.
CVI. Despachado, pues, Filípides por los generales, y haciendo el viaje en que dijo habérsele aparecido el dios Pan, llegó a Esparta el segundo día de su partida,[153] y presentándose luego a los magistrados, habloles de esta suerte: «Sabed, lacedemonios, que los atenienses os piden que los socorráis, no permitiendo que su ciudad, la más antigua entre las griegas, sea por unos hombres bárbaros reducida a la esclavitud; tanto más, cuando Eretria ha sido tomada al presente y la Grecia cuenta ya de menos una de sus primeras ciudades». Así dio Filípides el recado que traía: los lacedemonios querían de veras enviar socorro a los de Atenas, pero les era por de pronto imposible si no querían faltar a sus leyes; pues siendo aquel el día nono del mes, dijeron no poder salir a la empresa, por no estar todavía en el plenilunio, y con esto dilataron hasta él la salida.
CVII. El que conducía a los bárbaros a Maratón era aquel Hipias, hijo de Pisístrato, que la noche antes tuvo entre sueños una visión en que le parecía dormir con su misma madre, de cuyo sueño sacaba por conjetura que, vuelto a Atenas y recobrado el mando de ella, moriría después allí en edad avanzada: tal era la interpretación que daba al sueño. Este, pues, sirviendo de guía a los persas, hizo primeramente pasar luego los esclavos de Eretria a la isla de los estireos[154] llamada Egilia; lo segundo señalar a las naves aportadas a Maratón el lugar donde anclasen; lo tercero colocar en tierra a los bárbaros salidos de sus naves. Al tiempo, pues, que andaba en estas providencias, vínole la gana de estornudar y toser con más fuerza de lo que tosía el anciano; y fue tal la tos, que los más de los dientes mal acondicionados se le movieron, y aun hubo uno que le saltó de la boca. Todo fue luego buscar el diente que le había caído en la arena, y como este no pareciese, dio un gran suspiro, diciendo a los que cerca de sí tenía: «Adiós, amigos; ya rehúsa ser nuestra esta tierra; no podremos, no, otra vez poseerla; lo poco que de ella para mí quedaba, de eso mi diente tomó ya posesión».
CVIII. En esto, como Hipias infería, había venido a parar todo su sueño. Estaban los atenienses formados en escuadrones en el templo de Heracles, cuando vinieron a juntarse en su socorro todos los de Platea[155] que podían tomar las armas, como hombres que se habían entregado los atenienses, y por quienes los atenienses, puestos a peligro repetidas veces, mucho habían sufrido. La ocasión de entregarse a Atenas fue la siguiente: hallábanse los plateos acosados por los tebanos, y desde luego quisieron ponerse bajo el imperio de Cleómenes, hijo de Anaxándridas, dándose a los lacedemonios que casualmente se les habían presentado, pero no queriendo estos admitirles, les dijeron: «Nosotros vivimos muy lejos; sería nuestro socorro un triste consuelo para vosotros: muchas veces os veríais presos antes que nosotros pudiéramos saber lo que pasase. El consejo que os damos es que os entreguéis a los atenienses; son vuestros vecinos, y no desaventajados para protectores». Este consejo de los lacedemonios no tanto nacía de afecto que tuviesen a los de Platea, cuanto del deseo de inquietar a los atenienses, enemistándoles con los beocios. No fue vano el aviso de los lacedemonios, porque gobernados por él los de Platea, esperando el día en que los atenienses sacrificaban a los doce dioses, presentáronseles en traje de suplicantes a las mismas aras, e hiciéronles donación de sus haciendas y personas. Habida esta noticia, movieron los tebanos sus armas contra los de Platea, y los atenienses acudieron a su defensa. Estando ya a punto de acometerse los ejércitos, impidiéronselo los corintios, quienes interponiéndose por medianeros, y comprometiéndose a su arbitrio los dos partidos, señalaron los límites de la región de manera que los de Tebas no pudieran obligar a ser alistados o incorporados en los dominios de Beocia a los beocios que no quisiesen serlo: así lo determinaron los corintios, y se volvieron. Al tiempo que los atenienses retiraban sus tropas, dejáronse caer sobre ellas los beocios; pero fueron vencidos en la refriega: de donde resultó que los atenienses, pasando más allá de los términos que los corintios habían señalado a los de Platea, quisieron que el mismo río Asopo sirviese de límites a los tebanos por la parte que mira a Hisias y a Platea. Tal fue la manera como los plateos se alistaron entre los vasallos de los atenienses, a cuyo socorro vinieron entonces a Maratón.
CIX. No convenían en sus pareceres los generales atenienses: decían unos que no era a propósito entrar en batalla, siendo pocos para combatir con el ejército de los medos; los otros, con quienes asentía Milcíades, exhortaban el combate. Viendo los votos encontrados, y que iba a prevalecer el partido peor, entonces Milcíades tomó el expediente de hablar aparte al polemarco. Era el polemarco (o general de armas) un magistrado que había sido nombrado en Atenas a pluralidad de votos[156] para que diese su parecer en el undécimo lugar después de los diez generales, y al cual daban antiguamente los atenienses la misma voz en las decisiones que a los estrategos o generales: ocupaba entonces aquella dignidad Calímaco de Afidnas, a quien habló así Milcíades: «En tu mano está ahora, Calímaco, o el reducir a Atenas a servidumbre, o conservarla independiente y libre, dejando con esto a toda la posteridad un monumento igual al que dejaron Harmodio y Aristogitón. Bien ves que es este el mayor peligro en que nunca se vieron hasta aquí los atenienses: si caen bajo de los medos, conocido es lo que tendrán que sufrir entregados a Hipias; pero si la ciudad vence, llegará con esto a ser la primera y principal de las ciudades griegas. Voy a decirte cómo cabe muy bien que suceda lo que dije, y cómo la suma de todo ello viene a depender de tu arbitrio. Los votos de los generales, que aquí somos diez, están encontrados y empatados: quieren los unos que se dé la batalla; los otros lo resisten. Si no la damos, temo no se levante en Atenas alguna gran sedición que pervierta los ánimos y nos obligue a entregarnos al medo; pero si la damos antes que algunos atenienses se dejen corromper, espero en los dioses y en la justicia de la causa que podremos salir del combate victoriosos. Dígote, pues, que todo al presente estriba en ti, y depende de tu voto: si votas a mi favor, por ti queda libre tu patria, y por ti vendrá a ser la ciudad primera y la capital de la Grecia; pero si sigues el parecer de los que no aprueban el choque, sin duda serás el autor de tanto mal cuanto es el bien contrario que acabo de expresarte».
CX. Con este discurso Milcíades trajo a Calímaco a su partido, con la adición de cuyo voto quedó decretado el combate. Los generales cuyo parecer había sido que se diese la batalla, cada cual en el día en que les tocaba la pritanía (o mando del ejército) cedían sus veces a Milcíades, quien, aunque lo aceptaba, no quiso con todo cerrar con el enemigo hasta el día mismo en que por su turno le tocaba de derecho la pritanía.
CXI. Al tocarle empero su legitimo turno, formó para la batalla las tropas atenienses del siguiente modo: en el ala derecha mandaba Calímaco el polemarco, pues es costumbre entre los atenienses que su polemarco dirija esta ala; tras aquel jefe seguían las filas (o tribus), según el orden con que vienen numeradas; y los últimos de todos eran los plateos, colocados en el lado izquierdo. De esta batalla se originó que siempre que los atenienses ofrecen en sus panegires (o juntas generales) los sacrificios que se celebran en cada pentetérida (o quinquenio), el pregonero ateniense pida a los dioses la prosperidad para los atenienses y juntamente para los de Platea. Ordenados así en Maratón los escuadrones de Atenas, resultaba que constando de pocas líneas, el centro de estos, a fin de igualar la frente de los medos con la de los atenienses, quedaba débil, mientras las dos alas tenían muchos de fondo.
CXII. Dispuestos en orden de batalla y con los agüeros favorables en las víctimas sacrificadas, luego que se dio la señal, salieron corriendo los atenienses contra los bárbaros, habiendo entre los dos ejércitos un espacio no menor que de ocho estadios. Los persas, que les veían embestir corriendo, se dispusieron a recibirles a pie firme, interpretando a demencia de los atenienses y a su total ruina, que siendo tan pocos viniesen hacia ellos tan de prisa, sin tener caballería ni ballesteros. Tales ilusiones se formaban los bárbaros; pero luego que de cerca cerraron con ellos los bravos atenienses, hicieron prodigios de valor dignos de inmortal memoria, siendo entre todos los griegos los primeros de quienes se tenga noticia que usaron embestir de carrera para acometer al enemigo,[157] y los primeros que osaron fijar los ojos en los uniformes del medo y contemplar de cerca a los soldados que los vestían, pues hasta aquel tiempo solo oír el nombre de medos espantaba a los griegos.
CXIII. Duró el ataque con vigor por muchas horas en Maratón, y en el centro de las filas en que combatían los mismos persas, y con ellos los sacas, llevaban los bárbaros la mejor parte, pues rompiendo vencedores por medio de ellas, seguían tierra adentro al enemigo. Pero en las dos alas del ejército vencieron los atenienses y los de Platea, quienes viendo que volvía las espaldas el enemigo no le siguieron los alcances, sino que uniéndose los dos extremos acometieron a los bárbaros del centro, obligáronles a la fuga, y siguiéndoles hicieron en los persas un gran destrozo, tanto que llegados al mar, gritando por fuego, iban apoderándose de las naves enemigas.
CXIV. En lo más vivo de la acción, uno de los que perecieron fue Calímaco el polemarco, habiéndose portado en ella como bravo guerrero: otro de los que allí murieron fue Estesilao, uno de los generales, hijo de Trasilao. Allí fue cuando Cinegiro, hijo de Euforión, habiéndose asido de la proa de una galera, cayó en el agua, cortada la mano con un golpe de segur. A más de estos, quedaron allí muertos otros muchos atenienses de esclarecido nombre.
CXV. En efecto, los de Atenas con esta acometida se apoderaron de siete naves. Los bárbaros, haciéndoles retirar desde las otras, y habiendo otra tomado a bordo los esclavos de Eretria que habían dejado en una isla, siguieron su rumbo la vuelta de Sunio, con el intento de dejarse caer sobre la ciudad, primero que llegasen allá los atenienses. Corrió por válido entre los atenienses, que por artificio de los Alcmeónidas formaron los persas el designio de aquella sorpresa, fundándose en que estando ya los persas en las naves levantaron ellos el escudo, que era la señal que tenían concertada.
CXVI. Continuaban los persas doblando a Sunio, cuando los atenienses marchaban ya a todo correr al socorro de la plaza, y habiendo llegado antes que los bárbaros, atrincheráronse cerca del templo de Heracles en Cinosarges, abandonando los reales que cerca de otro templo de Heracles tenían en Maratón. Los bárbaros, pasando con su armada más allá de Falero, que era entonces el arsenal de los atenienses, y mantenidos sobre las áncoras, dieron después la vuelta hacia el Asia.
CXVII. Los bárbaros muertos en la batalla de Maratón subieron a 6400; los atenienses no fueron sino 192;[158] y este es el número exacto de los que murieron de una y otra parte. En aquel combate sucedió un raro prodigio: en lo más fuerte de la acción, Epicelo, ateniense, hijo de Cufágoras, peleando como buen soldado cegó de repente sin haber recibido ni golpe de cerca, ni tiro de lejos en todo su cuerpo; y desde aquel punto quedó ciego por todo el tiempo de su vida. Oí contar lo que él mismo decía acerca de su desgracia, que le pareció que se le ponía delante un infante elevado, cuya barba le asombró y le cubrió todo el escudo, y que pasando de largo aquel fantasma mató al soldado que a su lado tenía: tal era, según me contaban, la narración de Epicelo.
CXVIII. Volviéndose Datis al Asia con toda su armada, cuando estaba ya en Miconos[159] tuvo entre sueños una visión, la que no se dice cuál fuese, si bien el efecto de ella fue que apenas amaneció hiciese registrar todas sus naves, y habiendo hallado en una de los fenicios una estatua dorada de Apolo, preguntó de dónde había sido robada, y noticioso del templo de donde procedía, fuese a Delos en persona con su capitana. Ya entonces los delios se habían restituido a su isla. Depositó Datis dicha estatua en aquel templo, y encargó a los delios que volviesen aquel ídolo a Delio,[160] lugar de los tebanos que cae en la playa enfrente de Calcis. Dada la orden, volviose Datis en su nave; pero los delios no restituyeron la estatua, la cual 20 años después fueron a recobrar los tebanos, avisados por un oráculo, y la volvieron a Delio.
CXIX. Después que aportaron al Asia Datis y Artafrenes vueltos de su expedición, hicieron pasar a Susa los esclavos hechos en Eretria. El rey Darío, aunque gravemente enojado contra los eretrieos antes de tenerlos prisioneros, por haber sido los primeros en cometer las hostilidades, con todo, después que los tuvo en su presencia y los vio hechos sus esclavos, no tomó contra ellos resolución alguna violenta; antes bien les dio habitación en un albergue suyo, situado en la región de Cisia, que tiene por nombre Arderica,[161] distante de Susa 210 estadios y 40 solamente de aquel pozo que produce tres especies de cosas bien diferentes, pues de él se saca betún, sal y también aceite, del modo que expresaré. Sírvense para sacar el agua de una pértiga, en cuya punta en vez de cubo atan la mitad de un odre partido por medio. Métenlo de golpe, y luego derraman lo que viene dentro en una pila, de la cual lo pasan a otra, en donde derramado, se convierte en las tres especies dichas: el betún y la sal al punto quedan allí cuajados, el aceite lo van recogiendo en unas vasijas, y le dan los persas el nombre de radinace, siendo un licor negro que despide un olor ingrato. Allí fueron colocados los eretrieos por orden del rey Darío, cuya habitación, juntamente con su idioma antiguo, conservan hasta el presente, y a esto se reduce la historia de sus sucesos.
CXX. Los lacedemonios en número de 2000 llegaron al Ática después del plenilunio, y tan grande era el deseo de hallarse con el enemigo, que al tercer día después de salidos de Esparta se pusieron en el Ática. Habiendo llegado después de la batalla,[162] y no queriendo dejar de ver de cerca a los medos, fuéronse a Maratón para contemplarlos allí muertos. Colmaron de alabanzas a los atenienses por aquellas hazañas, y se despidieron para volverse a su patria.
CXXI. Volviendo a los Alcmeónidas, mucha admiración me causa, y no tengo por verdadero lo que de ellos se cuenta, que de concierto con los persas les mostrasen el escudo en señal de querer que Atenas fuese presa de los bárbaros y entregada al dominio de Hipias; pues ellos se mostraron más enemigos de los tiranos, o tanto por lo menos, como Calias, hijo de Fenipo y padre de Hipónico, quien fue el único entre todos los atenienses que después de echado Pisístrato de Atenas se atrevió a comprar sus bienes confiscados y vendidos a voz de pregonero, fuera de que en otras mil cosas más dio un público testimonio del odio que le tenía.
CXXII. De este Calias[163] es mucha razón que todos a menudo se acuerden no sin elogio, ya por haber sido, como llevo dicho, un hombre señalado particularmente en libertar a su patria; ya por la gloria que adquirió en Olimpia, donde logró como vencedor el primer premio en la corrida de un caballo singular, y el segundo en la de la cuadriga, ya porque en los juegos pitios, habiendo sido declarado vencedor, se mostró muy magnífico en el banquete que dio a los griegos; ya por lo bien que se portó con sus hijas, que fueron tres, con las cuales, luego que tuvieron edad proporcionada al matrimonio, usó la bizarría y generosidad de que cada cual escogiese entre los ciudadanos el marido que mejor le pareciese, y las casó, en efecto, con quien quiso cada cual.
CXXIII. Ahora pues, habiendo sido los Alcmeónidas igualmente o nada menos enemigos de los tiranos que Calias, paréceme un error monstruoso y una calumnia indigna de fe el que para llamar a los persas levantasen sus escudos unos hombres que vivieron desterrados por todo el tiempo del gobierno de los tiranos, y que no cesaron con sus intrigas hasta obligar a los hijos de Pisístrato a desamparar su dominio, con lo cual, a mi entender, lograron tener más parte en la libertad de Atenas que Harmodio y Aristogitón, pues estos con dar la muerte a Hiparco nada adelantaron contra los otros que tiranizaban a la patria, antes bien irritaron más contra ella a los demás hijos de Pisístrato. Pero los Alcmeónidas sin la menor disputa fueron los libertadores de Atenas, si fueron ellos realmente los que ganaron a la Pitia para que diese a los lacedemonios el oráculo que les decidió a libertarla, según tengo antes declarado.
CXXIV. Podrá decirse que quizá por algún disgusto y ofensa recibida del gobierno popular de Atenas quisieron entregar la patria; pero esto no lleva camino, porque no hubo en Atenas hombres más aplaudidos ni más honrados por el pueblo. Así que contra toda buena crítica es el decir que levantasen el escudo con esta mira. Es cierto que hubo quien lo levantó, ni otra cosa puede decirse, porque así es la verdad; pero quién fuese el que lo verificó lo ignoro, ni tengo más que añadir sobre ello de lo que llevo dicho.
CXXV. La familia de los Alcmeónidas, si bien desde mucho tiempo atrás era ya distinguida en Atenas, se hizo notablemente más ilustre en la persona de Alcmeón, no menos que en la de Megacles. El caso fue que cuando los lidios de parte de Creso fueron enviados de Sardes a Delfos para consultar aquel oráculo, no solo les sirvió en cuanto pudo Alcmeón, hijo de Megacles, sino que se esmeró particularmente en agasajarles. Informado Creso por los lidios que habían hecho aquella romería de cuán bien por su respeto había obrado con ellos Alcmeón, convidole a que viniera a Sardes, y llegado, le ofreció de regalo tanto oro cuanto de una vez pudiese cargar y llevar encima. Para poderse aprovechar mejor de lo grandioso de la oferta, fue Alcmeón a disfrutarla en este traje: púsose una gran túnica, cuyo seno hizo que prestase mucho dejándolo bien ancho, calzose unos coturnos los más holgados y capaces que hallar pudo, y así vestido fuese al tesoro real adonde se le conducía. Lo primero que hizo allí fue dejarse caer encima de un montón de oro en polvo, y henchir hasta las pantorrillas aquellos sus borceguíes de cuanto oro en ellos cupo. Llenó después de oro todo el seno; empolvose con oro a maravilla todo el cabello de su cabeza; llenose de oro asimismo toda la boca: cargado así de oro iba saliendo del erario, pudiendo apenas arrastrar los coturnos, pareciéndose a cualquier otra cosa menos a un hombre, hinchados extremadamente los mofletes y hecho todo él un cubo. Al verle así Creso no pudo contener la risa, y no solo le dio todo el oro que consigo llevaba, sino que le hizo otros presentes de no menor cuantía, con lo cual quedó muy rica aquella casa, y el mismo Alcmeón, pudiendo criar sus tiros para las cuadrigas, fue vencedor con ellos en los juegos olímpicos.[164]
CXXVI. En la edad inmediata a esta, Clístenes, señor de Sición, subió hasta tal punto el nombre de la misma familia, que la hizo mucho más célebre todavía. Este Clístenes, hijo de Aristónimo, nieto de Mirón, y biznieto de Andreas, tuvo una hija llamada Agarista a quien quiso casar con el griego que hallase más sobresaliente de todos; y así, en el tiempo en que se celebraban las fiestas olímpicas, en las cuales alcanzó la palma con su cuadriga el mismo Clístenes, hizo pregonar que cualquiera de los griegos que se tuviese por digno de ser yerno de Clístenes, pasados sesenta días o bien antes, se presentase al concurso en Sición; pues que él había determinado celebrar las bodas de su hija dentro del término de un año, que se empezaría a contar desde allí a sesenta días. Entonces todos los griegos que se picaban de notables, ya por sus prendas y linaje, ya por la nobleza de su patria, concurrieron allá como pretendientes, a quienes estuvo Clístenes entreteniendo para ver quién era el más digno pretendiente en la carrera y en la palestra.
CXXVII. De la Italia concurrió el sibarita Esmindírides,[165] hijo de Hipócrates, que había llegado a ser el hombre más sobresaliente de todos en las delicias del lujo, en un tiempo en que Síbaris florecía sobremanera; concurrió asimismo Dámaso de Siris, hijo de Amiris, el que llamaban el sabio: ambos vinieron de la Italia. Del golfo Adriático, es decir, del seno Jonio, se presentó Anfimnesto, hijo de Epístrofo, natural de Epidamno.[166] Vino también un etolio, por nombre Males, hermano del famoso Titormo, que superó en valentía a todos los griegos, y vivió retirado en un rincón de la Etolia,[167] huyendo del comercio de los hombres. Del Peloponeso llegó Leocedes, hijo de Fidón, tirano de los argivos, quien descendía de aquel Fidón[168] ordenador de los pesos y medidas de los peloponesios, hombre el más violento e inicuo de todos los griegos, que habiendo quitado a los eleos la presidencia en los juegos olímpicos, se alzó con el empleo de Agonoteta (o prefecto de aquel certamen). Vino de Trapezunte[169] el arcadio Amianto, hijo de Licurgo; vino asimismo Láfanes el azanio, natural de la ciudad de Peos, hijo de aquel Euforión de quien es fama en la Arcadia que recibió en su casa a los Dioscuros Cástor y Pólux, y desde aquel tiempo solía hospedar a todo hombre que se le presentase: vino por fin el eleo Onomasto, hijo de Ageo; todos los cuales vinieron del mismo Peloponeso. De Atenas fueron a la pretensión Megacles, hijo de aquel Alcmeón que había hecho la visita a Creso, y otro llamado Hipoclides, hijo de Tisandro, el sujeto más rico y gallardo de todos los atenienses. De Eretria, ciudad entonces floreciente, concurrió Lisanias, el único que se presentó venido de Eubea. De Tesalia acudió Diactóridas el Craconio, de la familia de los Escópadas; y de los molosos, vino Alcón: estos fueron los aspirantes a la boda.
CXXVIII. Habiéndose, pues, presentado los amantes al día señalado, desde luego se iba Clístenes informando de qué patria y de qué familia era cada uno. Después, por espacio de un año, los fue entreteniendo a su lado, haciendo pruebas de la bizarría, del valor, de la educación y de las costumbres de todos, ya tratando con cada uno en particular, ya con todos ellos en común; y aun a los más jóvenes los conducía a los gimnasios, donde ejercitasen desnudos sus fuerzas y habilidades. Pero con especialidad procuraba observarles en la mesa, pues todo el tiempo que los tuvo cerca de su persona, era quien llevaba el coste y el que les daba un magnífico hospedaje. Hecha la prueba, los que más le satisfacían eran los pretendientes venidos de Atenas, y entre estos nadie le placía tanto como Hipoclides, el hijo de Tisandro, gobernándose en este aprecio tanto por el valor que en él veía, como por ser de una familia emparentada con la de los Cipsélidas que antiguamente hubo en Corinto.
CXXIX. Cuando llegó el día aplazado así para el festín de la boda, como para la publicación del yerno que Clístenes hubiese escogido entre todos, mató este cien bueyes y dio un magnífico convite, no solo a los pretendientes, sino también a los moradores de Sición. Allí sobre mesa apostábanselas los pretendientes en la música, y a quién descifraría algún acertijo o enigma propuesto. Iban adelante los brindis después de la comida, cuando Hipoclides, que era el héroe y bufón de la fiesta, mandó al flautero que le tocase la emmelia,[170] y empezada esta, la bailó con mucha gracia y mayor satisfacción propia; si bien Clístenes, observando todas aquellas fruslerías, le miraba ya de mal ojo. No paró aquí Hipoclides: descansó un poco, e hizo que le trajesen una mesa, la cual puesta allí, bailó primero sobre ella a la lacónica, después danzó a la ática con gestos muy ajustados; finalmente dio sus tumbos encima de la mesa, la cabeza abajo y los pies en alto, haciendo manos de las piernas para los gestos. Clístenes, si bien viéndole bailar la primera y segunda danza se desdeñaba ya en su interior de tomar por yerno a Hipoclides, a un bailarín tal y sin vergüenza, reprimíase con todo no queriendo desconcertarse contra él; pero al cabo cuando le vio dar tumbos y vueltas y zapatetas en el aire, no pudiendo ya más consigo, lanzole estas palabras: «Ahora sí, hijo de Tisandro, que como saltimbanquis acabas de escamotearte la novia». Y replicole el mozo: «¿Qué se le da a Hipoclides de la novia?», cuyo dicho quedó desde entonces en proverbio.
CXXX. Clístenes, haciendo que todos en silencio le oyesen, habloles así: «Pretendientes de mi hija, muy pagado estoy de las prendas de todos vosotros, y si posible me fuera, a cada uno de vosotros daría con gusto la novia sin elegir en particular a ninguno y sin desechar a los demás. Pero bien veis que tratándose de una doncella sola, no cabe contentaros a todos: mi ánimo es regalar a cada uno de los que no alcancéis la novia un talento de plata en prueba de lo mucho que me honro con haberla todos pretendido, como también en atención a la ausencia que habéis hecho de vuestras casas. Por lo demás, doy por mujer mi hija Agarista a Megacles, hijo de Alcmeón, al uso de los atenienses». Aceptola por tal Megacles, y quedó contraído solemnemente el matrimonio.
CXXXI. Así se terminó la competencia de los pretendientes, y de ella dimanó la gran fama y celebridad de los Alcmeónidas por toda la Grecia. De este matrimonio nació aquel Clístenes que ordenó las filas y la democracia en Atenas, llamado así en memoria de su abuelo materno Clístenes el sicionio. Nacioles también Hipócrates, quien tuvo por hijos otro Megacles y otra Agarista, llevando esta el nombre de la Agarista hija de Clístenes. La segunda Agarista habiendo casado con Jantipo, hijo de Arifrón, tuvo un sueño estando encinta, en que le pareció que había parido un león; y poco después parió a Pericles, hijo de Jantipo.
CXXXII. Volviendo a Milcíades, después de la derrota de los persas en Maratón creció mucho su crédito entre los atenienses, de quienes era antes ya muy estimado. Entonces, pues, pidió Milcíades a sus conciudadanos que le confiasen 70 naves con la tropa y estipendios correspondientes, sin declararles contra quiénes meditaba aquella expedición, asegurándoles solamente que si querían seguirle, iba a enriquecerles, pues pensaba conducirles a cierta provincia, de donde sin el menor daño ni peligro podrían volver cargados de oro. En estos términos pidió la armada, y los atenienses, confiados en lo que les prometía, se la cedieron.
CXXXIII. Teniendo aquella tropa embarcada ya a su mando, partió Milcíades contra Paros, dando por razón que iba a castigar a los parios por haber antes hecho la guerra con sus galeras asistiendo al persa en Maratón. Pero este era un mero pretexto, y lo que en realidad le movía era el encono contra los parios, nacido de que Liságoras, hijo de Tisias y natural de Paros, le había acusado y puesto mal con el persa Hidarnes. Llegado allá Milcíades con su armada, puso sitio a la ciudad en que se habían encerrado los parios, a quienes envió un pregonero pidiéndoles le diesen 100 talentos, con la amenaza de que en caso de negarlos no levantaría el sitio antes de rendir la plaza. Los parios, lejos de discurrir cómo darían a Milcíades aquella suma, solo pensaban en el modo de defender bien su ciudad, fortificándola más y más y alzando de noche otro tanto aquella parte de los muros por donde la plaza estaba más expuesta a ser combatida.
CXXXIV. Hasta aquí concuerdan en la narración del hecho todos los griegos: lo que después sucedió lo cuentan los parios del siguiente modo: Dicen que Milcíades, falto de consejo, consultó con una prisionera natural de la misma Paros, que se llamaba Timo y era la sacerdotisa de las diosas infernales Deméter y Perséfone. Habiéndose esta presentado a Milcíades, aconsejole que si tanto empeño tenía en tomar a Paros, hiciera lo que ella misma dijese; y en efecto, habiéndole confiado el expediente, subió Milcíades a un cerro que está enfrente de la ciudad, y no pudiendo abrir las puertas del templo de Deméter Legisladora, quiso saltar la pared de aquel cercado; y saltada ya, íbase, ignoro con qué mira, dentro del santuario de la diosa, ya fuese con ánimo de quitar algo de las cosas que no es lícito quitar, ya con algún otro designio. Al ir a pasar aquel umbral, sobrevínole un terror religioso que le obligó a volver atrás por el mismo camino; y al pasar otra vez la cerca, se dislocó un muslo, o, como quieren otros, hirió malamente en tierra con una rodilla.
CXXXV. Mal parado, pues, Milcíades por la caída, determinó volverse de allí sin haber conquistado a Paros, a la cual había tenido sitiada 26 días, talando durante ellos toda la isla. Llegó a noticia de los parios que Timo, la sacerdotisa de la diosa, había dado a Milcíades los medios para la toma de la plaza, y queriendo tomar venganza de ella por la traición, apenas se vieron libres del asedio enviaron a Delfos consultores encargados de preguntar si harían bien en castigar a la sacerdotisa de las diosas, así por haber ella declarado cómo podría ser tomada su patria, como también por haber mostrado a Milcíades aquellos sagrados misterios que a ningún varón era lícito ver ni saber. No se lo permitió la Pitia, diciendo que la culpa no era de Timo, sino que siendo el destino fatal de Milcíades que tuviese un mal éxito, ella le había servido de guía para la ruina: tal fue el oráculo que la Pitia dio en respuesta a los de Paros.
CXXXVI. Vuelto ya Milcíades de aquella isla, no hablaban de otra cosa los atenienses que de su infeliz expedición; pero quien sobre todos le acriminaba era Jantipo, el hijo de Arifrón, quien intentándole ante el pueblo causa capital, le acusaba por haber engañado a los atenienses.[171] Milcíades no respondió en persona a la acusación, hallándole imposibilitado por causa de su muslo enconado con la herida; pero estando él en cama allí mismo, defendiéronle sus amigos con el mayor esfuerzo, haciendo valer mucho sus servicios en el combate de Maratón, como también en la toma de Lemnos, la cual rindió y cedió a los atenienses, habiéndose vengado de los pelasgos. Absolviole el pueblo de la pena capital; mas por aquel perjuicio del estado le multó en 50 talentos. Después de este juicio, como se le encancerase y pudriese el muslo, falleció Milcíades, y su hijo Cimón pagó la multa de su padre.
CXXXVII. He aquí cómo pasó lo que insinué de la toma de Lemnos de que se apoderó Milcíades el hijo de Cimón: Habían sido los pelasgos expelidos del Ática por los atenienses, no sabré decidir si con razón o sin ella; podré referir tan solo lo que sobre ello se dice, si bien noto que Hecateo, hijo de Hegesandro, afirma en su historia que sin razón fueron aquellos arrojados, contando así los hechos: «Viendo los atenienses, dice, que una campiña suya situada al pie del monte Himeto, que habían cedido a los pelasgos para que la habitasen en pago y recompensa del muro que estos les habían edificado alrededor de la fortaleza; viendo, pues, bien cultivada aquella campiña, que antes era muy estéril y de ninguna estima, tuvieron envidia a los pelasgos, y codiciosos de aquel territorio, sin otro motivo ni razón arrojaron de él a los agricultores». Pero si creemos lo que dicen los atenienses, razón les sobraba para echarlos de allí; porque situados los pelasgos bajo el Himeto, salían desde allí a cometer mil insolencias; pues como acostumbrasen las doncellas y los niños también de los atenienses ir por agua al Ennea crunon (a las nueve fuentes) por no tener esclavos en aquel tiempo ni los atenienses ni los demás griegos, sucedía que al ir ellas por agua, con desvergüenza y desprecio las violentaban los pelasgos; y no contentos aún con proceder tan indigno, determinaron al cabo apoderarse de Atenas y fueron cogidos con el delito en las manos. Añaden aún los atenienses que ellos se portaron mucho mejor de lo que merecían los pelasgos, porque estando en su mano quitarles justamente la vida como a gente que maquinaba contra el estado, no quisieron hacerlo, contentos con intimarles la orden de que saliesen de sus dominios. En fuerza de esta orden, salidos de allí, una de las varias tierras que ocuparon fue la isla de Lemnos. En suma, lo primero es lo que dice Hecateo; lo segundo lo que cuentan los atenienses.
CXXXVIII. Después que habitaban ya en Lemnos los mismos pelasgos, llevados del deseo de venganza contra los de Atenas y bien prácticos e impuestos en qué días caían las fiestas de los atenienses, recogidas sus falucas pasaron al continente y armaron una emboscada en Braurón, donde solían las mujeres atenienses celebrar una fiesta a Artemisa. Habiendo aprovechado el lance, y robadas muchas de ellas, embarcáronlas consigo para Lemnos y las tuvieron allí por concubinas. Viéndose ya con muchos hijos estas mujeres, íbanles enseñando la lengua ática y les daban una educación propia de atenienses, de donde nacía que los niños se desdeñaban de juntarse con los hijos de los pelasgos, y si veían que uno de ellos era maltratado de alguno de los otros niños, acudían todos a su defensa y se socorrían mutuamente. Llegó la cosa a tal punto que los niños de las áticas pretendían dominar sobre los otros; y en efecto, su partido era el que más podía. Viendo los pelasgos lo que pasaba, entraron en cuenta consigo, y consultando entre sí, parecioles ser el caso de mucho peso y consideración. Si estos niños, decían, tienen ya la advertencia de ayudarse contra los hijos de las matronas de primer orden y aun pretenden ser ya los señores que manden, ¿qué no harán salidos de la menor edad? Parecioles con esto que convenía dar muerte a los hijos de las mujeres áticas; y no contentos con esta barbarie, añadieron después la de matar a sus madres. De este hecho inhumano, como también de aquel otro anterior cuando las mujeres quitaron la vida a sus maridos juntamente con Toante,[172] se originó el llamar por toda la Grecia maldades lemnias a cualquier maldad enorme.
CXXXIX. Después que los pelasgos dieron la muerte a sus hijos y mujeres, sucedió que ni la tierra les rendía los frutos de antes, ni sus mujeres ni sus rebaños eran fecundos, como solían primero. Fatigados, pues, del hambre y de aquella esterilidad, enviaron a Delfos para ver cómo librarse de las calamidades en que se hallaban. Mandoles la Pitia que se presentasen a los atenienses y les diesen la satisfacción que tuvieran estos por justa. En efecto, fueron a Atenas los pelasgos y se ofrecieron de su voluntad a pagar la pena correspondiente a su injuria. Los atenienses, preparando en su pritaneo unas camas las más ricas que pudieron para recibir a los convidados, y poniendo una mesa llena de todo género de comidas, mandaron a los pelasgos que les entregasen su país tan ricamente abastecido como lo estaba aquella mesa; a lo que respondieron los pelasgos: «Siempre que una nave de vuestro país con el viento Bóreas llegue al nuestro en un día, prontos estaremos para verificar la entrega que pretendéis».[173] Respuesta astuta y capciosa, sabiendo ser imposible la condición, por estar el Ática hacia el mediodía más acá de Lemnos.
CXL. Por entonces quedó así el negocio; pero muchísimos años después, cuando el Quersoneso del Helesponto vino a ser de los atenienses, Milcíades, hijo de Cimón, salido de Elayunte, ciudad del Quersoneso, con los vientos etesios, púsose en Lemnos e intimó a los pelasgos que dejasen la isla, haciéndoles memoria del oráculo, que ellos estaban lejos de creer que pudiese jamás cumplírseles. Obedecieron entonces los de Hefestia; pero los de Mirina,[174] que no conocían en que el Quersoneso fuese lo mismo que el Ática, hicieron resistencia, hasta tanto que, viéndose sitiados, se entregaron. Este fue el artificio con que los atenienses por medio de Milcíades se apoderaron de Lemnos.