LIBRO SÉPTIMO. (continued 2)
Bartomeu Pou i Puigserver translation
XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer mención de los otros jefes, la haré con todo de Artemisia, mujer que siguió la expedición contra la Grecia, cuyo valor me tiene lleno de admiración. Muerto su marido, siendo ella la soberana de su ciudad, y viendo que su hijo era niño todavía, por más que no la llamase obligación precisa, no le sufrió con todo su honor y ánimo varonil el no concurrir a la guerra. Llamábase Artemisia, hija de Lígdamis, por parte de padre, natural de Halicarnaso, y de Creta por parte de madre: era señora de los halicarnasios, de los de Cos, de los de Nísiros y de los de Calidna;[206] y concurrió con cinco galeras que eran las más famosas de la armada después de las sidonias: ella fue la que dio al rey los más acertados pareceres entre los de todos los aliados. La gente de las ciudades que ella, según dije, gobernaba, noto aquí que era toda dórica, pues los halicarnasios son oriundos de Trecén, y los restantes de Epidauro. Y baste ya lo referido acerca de la armada naval.
C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas estas en escuadrones, tuvo Jerjes la curiosidad de contemplarlas pasando revista a todas ellas, lo cual así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación, y plantado delante de ella hacía sus preguntas, las cuales iban notando sus escribanos: hízolo de este modo empezando por un cabo y acabando por el otro, tanto de la caballería como de la infantería. Después de verificada esta diligencia, como las galeras de nuevo hubiesen sido echadas al agua, dejando Jerjes su carro, se embarcó en una nave sidonia, y sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo por delante de las proas de las galeras informándose de cada una y tomando las respuestas por escrito, del mismo modo que en el ejército de tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes cosa de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla, y vueltas las proas a tierra habían formado una línea de frente, armados en ellas todos los combatientes en orden de batalla; de suerte que por entre las naves y la playa iba Jerjes haciendo la revista.
CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerjes de su nave e hizo comparecer a Demarato, hijo de Aristón, que le acompañaba en la expedición contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablole en estos términos: «Mucho gusto tendría ahora, Demarato, en que me respondieras a una pregunta que hacerte quiero. A lo que tú mismo dices y a lo que me aseguran los griegos que se han presentado en mi corte, tú eres griego y natural de una ciudad que ni es la menor, ni la menos poderosa de la Grecia. Quiero, pues, que me digas si tendrán valor los griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo porque estoy persuadido de que ni todos los griegos, ni todos los demás hombres del occidente, por más que se juntaran en un ejército, serían capaces de hacerme frente en campo de batalla, no yendo acordes entre ellos mismos. Mucha complacencia tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer». Esta fue la pregunta de Jerjes, y tal la respuesta de Demarato: «Señor, le dice: ¿queréis que os diga la verdad desnuda, o que la disfrace con la lisonja?». A lo que respondió Jerjes mandándole decir la verdad, asegurándole que por ella nada perdería de su gracia.
CII. Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: «Pues que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría y de la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro, porque tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si fueren más, serán más los que la presenten».
CIII. Al oírle púsose Jerjes a reír: «Demarato, le replica, ¿qué absurdo es ese que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual eres tú y cuales son los griegos que vienen a mi presencia, mira no sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración. Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1000 hombres, o sean 10.000, o sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1000 por uno de ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien, soy de sentir que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían los griegos a entrar con los persas solos en batalla. Lo que dices de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los griegos a un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras y encomias a tu salvo».
CIV. A este discurso respondió Demarato: «Bien veía, señor, desde el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja, manifesté lo que según su deber harían los espartanos. Nadie sabe mejor que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez, ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada con la de alguno de esos persas que se dicen capaces de habérselas cada uno con tres griegos. Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno, pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda, y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos».
CV. De la respuesta de Demarato hizo burla Jerjes, y tomándola a risa no dio muestra ninguna de enojo, sino que lo envió enhorabuena y con mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de Dorisco a Mascames, hijo de Megadostas, y depuesto el antecesor que Darío había allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia Grecia.
CVI. Era Mascames, el nuevo gobernador, un sujeto de tanto mérito, que a él solo, como al persa más sobresaliente entre todos los gobernadores nombrados por Jerjes o por Darío, solía el rey hacer todos los años sus presentes, y aun Artajerjes, su hijo, continuó en hacer la misma demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo, antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por los griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue el de Dorisco, no habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo, pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la Persia.
CVII. De todos los gobernadores que fueron echados de aquellas plazas por los griegos, a ninguno tuvo Jerjes por oficial de mérito sino solamente a Boges el de Eyón. A este jamás acababa de celebrarle, y en atención a sus méritos honró muy particularmente a los hijos que de él quedaron entre los persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan grandes elogios, porque viéndose cercado por los atenienses y por Cimón, hijo de Milcíades, aunque tuvo en su mano el salir capitulando de la plaza y restituirse salvo al Asia, no quiso hacerlo, porque al rey no le pareciese que con villanía había comprado su libertad y vida, sino que aguantó el sitio hasta la extremidad. Y cuando vio que no tenía ya más víveres en la plaza, lo que hizo fue degollar a sus hijos, a su mujer, a sus concubinas y a toda la demás familia, y muertos les pegó fuego: después cuanto oro y cuanta plata había en la ciudad fue esparciéndolo todo desde el muro en las corrientes del Estrimón, y concluido esto, arrojose al cabo a sí mismo en una hoguera. Por tales hazañas es aún hoy día muy celebrado entre los persas.
CVIII. Desde Dorisco continuaba Jerjes sus marchas camino de la Grecia, obligando a todos los pueblos que en el viaje hallaba a que le siguiesen armados, y se lo mandaba como soberano de ellos, habiendo sido conquistada toda aquella tierra, como tengo ya declarado, hasta la Tesalia, y hecha tributaria del rey, primero por Megabazo y después por Mardonio. En el viaje desde Dorisco fue luego pasando Jerjes por las plazas de los samotracios, la última de las cuales hacia poniente es una ciudad que lleva el nombre de Mesembria: vecina a esta se halla Estrime, que es otra ciudad de los tasios; entre las dos corre el río Liso, cuya agua no bastó para satisfacer al ejército de Jerjes, quedando agotada. Este país se llamaba antiguamente la tierra Galaica, y ahora la Briántica, y con toda propiedad debe ser tenida por la región de los cicones.
CIX. Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo Jerjes las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas a dichas ciudades, cual es la laguna Ismáride que cae entre Maronea y Estrime, y cual es la Bistónide, vecina a Diceas, en la que van a desaguar dos ríos, el Travo y el Cómpsato.[207] Cerca de Abdera no pasó Jerjes por ningún lago notable, pero sí por el río Nesto, que por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia, abundante en pesca y de agua muy salobre, y con todo quedó seca solo con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano izquierda, pasó Jerjes adelante.
CX. Los pueblos de los tracios por donde llevó el rey sus marchas son los petos, los cicones, los bistones, los sapeos, los derseos, los edonos y los satras.[208] De estos, los que están situados en la costa del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los satras, eran precisados a acompañar el ejército de tierra.
CXI. No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos tracios que hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido, parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen un oráculo de Dioniso situado en altísimas montañas; los besos[209] son entre los satras los encargados del santuario, y la promántida o sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no con más ambigüedad.
CXII. Adelantándose Jerjes más allá de la región, pasó por otras fortalezas que son de los pieres, llamada la una Fagres, y la otra Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro y plata que disfrutan los pieres y odomantos,[210] y más que todos los satras.
CXIII. Habiendo ya dejado a los que habitan por la parte de Bóreas a las faldas del Pangeo, que son los peonios, los doberes y los peoples,[211] torció hacia poniente hasta llegar al Estrimón y a la ciudad de Eyón, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges de quien poco antes hice mención. Llámase la Fílide esta comarca de las cercanías del Pangeo, la cual hacia poniente se extiende hasta el río Angites que entra en el Estrimón, y hacia mediodía hasta el mismo Estrimón. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio, degollando en honra suya unos caballos blancos.
CXIV. Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamado Ennea Odi (los Nueve Caminos) de los edonos, marcharon hacia los puentes que hallaron ya construidos sobre el Estrimón. Oyendo que aquel lugar se llamaba los Nueve Caminos,[212] enterraron vivos allí mismo nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los persas es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de Jerjes, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los persas más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la divinidad que dicen existir debajo de tierra.
CXV. Después que vadeado el Estrimón se puso el ejército en camino, marchó por una playa que cae hacia poniente y pasó cerca de una ciudad griega allí situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que sobre ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando a la izquierda el golfo que está vecino al templo de Poseidón y marchando por la llanura llamada Sileo, pasó más allá de Estagira, ciudad griega, y llegó a Acanto,[213] habiendo incorporado en el ejército estas naciones y las que antes dije, y todas las que moran alrededor del monte Pangeo, obligando a las marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las internadas a seguir el ejército. El camino por donde Jerjes condujo sus tropas tiénenlo los tracios hasta mis días en gran veneración, no confundiéndolo ni sembrándolo jamás.
CXVI. Llegado el ejército a Acanto, declaró el persa por amigos y huéspedes a los acantios y les concedió el uniforme o vestido de los medos, honrándolos mucho de palabra, así por verlos prontos a la guerra, como por oír que estaba ya el foso terminado.
CXVII. Estaba Jerjes en Acanto cuando de resultas de una enfermedad acabó allí sus días Artaqueas, oficial prefecto del canal, muy valido en la corte de Jerjes y en la casa de los Aqueménidas. Era en su estatura el mayor de los persas, teniendo cinco codos regios de alto[214] menos cuatro dedos: nadie le ganaba en lo sonoro y robusto de la voz. Mostró Jerjes gran sentimiento de su muerte, y le honró con suntuosas exequias, haciendo que todo el ejército le ofreciese dones sobre el sepulcro. Hácenle los acantios los sacrificios debidos a un héroe conforme cierto oráculo, y en ellos le invocan por su mismo nombre. En una palabra, reputaba Jerjes por gran pérdida aquella muerte.
CXVIII. Los griegos que daban acogida en sus ciudades al ejército y recibían con cena a Jerjes, quedaban oprimidos con el excesivo gasto, y se veían precisados a desamparar sus propias casas. Lo cierto es que obligados los tasios, a causa de las poblaciones que poseían en tierra firme, a dar los utensilios al ejército y la mesa a Jerjes, encargado de la comisión Antípatro, hijo de Orgeo, hombre de tanto crédito como el que más entre sus paisanos, dio al público la cuenta de haber gastado 400 talentos de plata en aquella cena.
CXIX. Y cuentas muy parecidas a esta dieron los comisarios de las otras ciudades a este fin escogidos. Hacíase el convite con tanto aparato, que muy de antemano se daba la orden y señalábase la suntuosidad con que debía celebrarse. Luego que llegaban los pregoneros a las ciudades de aquel distrito, intimándoles el hospedaje, los moradores de ellas, contribuyendo a proporción con el trigo que tenían, molíanlo ante todo y hacían pan para algunos meses. Buscando a más de esto las más preciosas reses, íbanlas cebando para regalo del ejército, como también las aves, así de tierra como de las lagunas, cerradas en sus caponeras y vivares. En segundo lugar, labraban vasos de oro y plata, y copas y demás vajilla para la mesa. Esta singularidad se hacía para el rey y los cortesanos sus comensales; para lo restante del ejército solo se prevenían los bastimentos ordenados. Cuando acababa de llegar el ejército de su marcha, estaba ya preparado en su campo el pabellón real donde iba a descansar el mismo Jerjes, mientras se quedaba la tropa al cielo descubierto. Llegada la hora de la cena, entonces era cuando los huéspedes se hacían todo manos para el servicio; pero bien comidos y bebidos los hospedados, descansaban allí aquella noche, y venida la mañana, quitaban a sus huéspedes la fatiga cargando con la tienda y con todos los muebles y alhajas con que se iban, sin dejar cosa que no llevasen consigo.
CXX. De aquí nació aquel dicho que a este propósito dijo agudamente Megacreonte, natural de Abdera, quien aconsejó a sus abderitas que todos, hombres y mujeres, se fueran a los templos en procesión, y allí postrados a los pies de sus dioses les suplicasen por una parte con mucho ardor tuviesen a bien librarles de la otra mitad de los males que con la vuelta de Jerjes les amenazaban, y por otra les dieran gracias muy de veras por lo pasado de que el rey Jerjes no acostumbrase comer dos veces al día, porque preciso les fuera a los abderitas, si se les ordenase darle una comida semejante a la cena, o en caso de esperarlo, caer en una quiebra la mayor del mundo.
CXXI. Así que las ciudades, por más gravadas que quedasen, ejecutaban del mismo modo lo que se les ordenaba. Allí Jerjes, después de dar orden a los almirantes que le esperasen con su armada en Terma, ciudad situada en el seno Termeo, que de ella toma su nombre,[215] licenciolos a fin de que partieran solos con sus galeras. El motivo que le movió a que allí le esperasen, fue por ser el más corto el camino que iba a tomar lejos de las costas. Desde Dorisco hasta Acanto había marchado el ejército en el orden siguiente. Habiendo Jerjes dividido sus tropas en tres cuerpos, ordenó que marchase uno por la playa, siguiendo la armada naval y llevando a su frente a los generales Mardonio y Masistes; que el otro cuerpo, ordenado también y conducido por los jefes Tritantecmes y Gergis, hiciese su camino marchando tierra adentro; y que el tercero, en el cual iba el mismo Jerjes, pasase por el camino de en medio, guiado por los caudillos Esmerdómenes y Megabizo.
CXXII. La armada naval, separada ya de Jerjes, navegó por el canal abierto en Atos, canal que llega hasta el golfo[216] en que se hallan las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Sarte. Habiendo tomado a bordo la gente de armas, continuó desde allí su derrota hacia el seno Termeo. Dobló, pues, el Ámpelo, promontorio de Torone,[217] y fue recogiendo las galeras y tropas de las ciudades griegas por donde pasaba, que eran Torone, Galepso, Sermile, Meciberna y Olinto, las que caen en la provincia llamada ahora Sitonia.
CXXIII. Torciendo la misma armada desde Ámpelo hasta el Canastreo, que es el cabo que más se entra en el mar en la región de Palene,[218] iba en todas partes recibiendo naves y milicia, a saber: de Potidea, de Afitis, de Neápolis, de Ege, de Terambo, de Escíone, de Mende y de Sane, ciudades de la región que al presente se dice Palene y antes se llamaba Flegra. Costeada esta tierra, continuaba su rumbo al lugar destinado, incorporando consigo las tropas de las ciudades que confinan con Palene y están vecinas al golfo Termeo, cuyos nombres son: Lipaxo, Combrea, Lisas, Gigono, Campsa, Esmila y Enea: la región en que están, aún ahora se llama Crosea. Desde Enea, que es la última de las referidas, tomó el rumbo la armada hacia el golfo mismo Termeo y al país de Migdonia, y navegando por él, llegó a la misma ciudad de Terma y a las de Sindo y de Calestra, situada sobre el río Axio, que separa la Migdonia de la tierra Botiea. En esta ocupan las ciudades de Icnas y de Pela[219] aquel pequeño distrito que corre hacia la playa.
CXXIV. Aquí, cerca del río Axio, no lejos de la ciudad de Terma y de las otras ciudades intermedias, plantó sus reales la armada naval, esperando la llegada del rey. Entretanto, Jerjes, con el objeto de llegar a Terma, habiendo salido de Acanto con el ejército, venía marchando por lo interior del continente. Llevaba su camino por la región Peónica y por la Crestónica, siguiendo el río Equidoro, el cual nacido en tierra de los crestoneos, corre por la Migdonia, y pasando cerca de una laguna que está sobre el río Axio, desagua en el mar.
CXXV. Caminando el ejército por aquellos parajes, sucedía que los leones acometían a los camellos del bagaje, con la particularidad que, dejando de noche sus moradas y escondrijos, solamente en ellos hacían presa, sin tocar a ninguna otra bestia de carga, ni embestir a hombre alguno. Confieso que de esto me maravillo, por no saber cuál pudo ser entonces la fuerza que obligase a los leones a embestir solamente contra los camellos, animales que nunca antes habían visto, ni sentido, ni experimentado.
CXXVI. Hállanse por aquellas partes muchos leones y también muchos búfalos, cuyas astas, de extraordinaria magnitud, suelen llevarse a la Grecia. Los términos hasta donde llegan dichos leones son, uno el río Nesto, que pasa por Abdera, y el otro el río Aqueloo, que corre por Acarnania; pues ni más allá del Nesto, por la parte de levante, ni por la de poniente más allá del Aqueloo, nadie verá león alguno en lo demás de la Europa ni en lo que resta de tierra firme, de suerte que solo se crían en el distrito que cae entre dichos ríos.
CXXVII. Llegado Jerjes a la ciudad de Terma, hizo alto allí con todo su ejército, el cual, acampado por las orillas del mar, ocupaba toda la tierra que, empezando de la dicha ciudad de Terma y de la de Migdonia, se extiende hasta los ríos Lidias y Haliacmón,[220] que sirviendo de límite a la región de Botiea y de Macedonia, van a juntarse en una misma madre. Acampados, pues, los bárbaros en estas llanuras, se vio que el Equidoro, uno de los ríos mencionados que baja de la tierra de Crestonia, no bastó él solo para satisfacer al ejército, sino que se quedó sin agua.
CXXVIII. Como viese Jerjes desde Terma aquellos dos montes altísimos de la Tesalia, el Olimpo y el Osa, informado de que por un estrecho valle que media entre ellos corría el río Peneo, y oyendo al mismo tiempo que por allí había camino para Tesalia, vínole deseo de ir en una nave a contemplar la desembocadura del Peneo. Moviose a ello por haberse ya resuelto a seguir el otro camino de arriba, que por medio de la alta Macedonia guía a los perrebos pasando por la ciudad de Gono, asegurado de que este viaje sería el más seguro. Lo mismo fue presentársele tal idea que ponerla por obra. Embárcase en una nave sidonia, de la que hacía su capitana siempre que le venía en voluntad alguna de estas excursiones, y levanta bandera para que le sigan las otras, dejando allí sus tropas. Llegado a su destino y contemplada la boca del río, quedó muy maravillado con aquella perspectiva. Llamó después a los que de guía le servían para el camino, y les preguntó si podría el río ir por otra parte a desaguar en el mar.
CXXIX. Corre en efecto una tradición que en lo antiguo era la Tesalia toda una gran laguna cerrada por todas partes con unos muy elevados montes, porque por la parte que mira a levante la ciñen dos montes, el Pelión y el Osa,[221] cuyas raíces están entre sí pegadas; por la parte del Bóreas la rodea el Olimpo; por la de poniente el Pindo, y por la de mediodía y del Noto el Otris: lo que en medio resta circuido por dichos montes era la Tesalia, comarca de tierra baja. Concurren, pues, hacia ella, dejando aparte otros ríos, estos cinco muy célebres: el Peneo, el Apídano, el Onocono, el Enipeo y el Pamiso, los cuales bajando de los mencionados montes que rodean de todas partes a la Tesalia, y juntándose en aquella llanura, dirigen todos al cabo su curso hacia el mismo valle, y este bien angosto, confundiendo sus aguas en una corriente. Desde el lugar en que se juntan álzase el Peneo con el nombre de los demás, haciendo anónimos a los otros. Es fama, pues, que ya en los tiempos antiguos, no existiendo todavía aquel barranco, ni teniendo el agua salida por él, concurrían allá con sus aguas los mismos ríos que ahora, y a más de ellos la laguna Bebeide; de suerte que no teniendo dichos ríos los mismos nombres que al presente tienen, llevaban la misma agua y hacían con ella de la Tesalia toda una gran llanura de mar. Los tesalios mismos dicen que Poseidón fue quien abrió el canal por donde corre el Peneo; y razón tienen en lo que dicen, pues cualquiera que crea a Poseidón el dios de los terremotos, cuyas obras sean las aberturas que estos producen, no ha menester más que ver aquella quebrada, para decir que es cosa hecha por Poseidón, siendo a mi parecer efecto de algún terremoto la separación de aquellos montes.
CXXX. Volviendo ya a los conductores de Jerjes, preguntados estos por él si tenía el Peneo alguna otra salida para el mar, bien seguros de lo que le decían le respondieron: «No, señor, no tiene este río ninguna otra salida que llegue al mar, esta es la única, estando toda la Tesalia coronada alrededor de montañas». A lo cual se dice que replicó Jerjes: «Son sin duda los tesalios hombres hábiles y prudentes, pues muy de antemano han puesto a cubierto sus estados, retirándose del partido de la Grecia, así por varios motivos, como por ver que su país era fácil de ser sorprendido y en breve subyugado. Para esto no había más que hacer sino cerrar con un terraplén este barranco, y cegado el canal elevar el río sacado de madre, echándole sobre las campiñas, con que se lograría anegar todo el llano de la Tesalia, quedando solamente libres los montes». Con esto aludía Jerjes a los hijos de Alevas, los primeros entre los griegos que habían entregado la Tesalia al rey, quien estaba persuadido de que se le entregaban en nombre de toda la nación. Dicho esto, y observado bien el país, hízose Jerjes a la vela para volver a Terma.
CXXXI. Cerca de Pieria[222] detúvose Jerjes algunos días: el motivo fue el aguardar que la tercera parte de sus tropas desmontase la maleza en las montañas de Macedonia, abriendo por ellas camino al ejército hacia los perrebos. En este intermedio iban volviendo los mensajeros que habían sido destinados a la Grecia a pedir la entrega del país; unos volvían frustrado su intento; otros con el ofrecimiento de la tierra y el agua.
CXXXII. Los pueblos que le prestaron vasallaje fueron los tesalios, los dólopes, los enianes, los perrebos, los locros, los magnesios, los melieos, los aqueos de Ftiótide, los tebanos con los demás beocios,[223] exceptuando los tespieos y los plateos. Los otros griegos, empeñados en hacer la guerra al bárbaro, hicieron un tratado, solemnemente juramentados contra los que se entregaron, que la décima parte de los bienes de todo pueblo griego que, sin verse a ello precisado, de su voluntad se hubiese entregado al persa, sería confiscada después de verse la Grecia fuera ya de aquel apremio, y sería consagrada en Delfos al dios Apolo. En estos términos estaba concebido el juramento de los griegos.
CXXXIII. No había Jerjes hecho partir heraldos ni para Atenas ni para Esparta, escarmentado en los que antes envió allá Darío. Sucedió, pues, entonces, que habiendo Darío pedido la obediencia de aquellas ciudades, parte de los enviados a pedirla fueron arrojados en el báratro, abertura profunda destinada en Atenas a los malhechores, parte en un pozo, con la insolente zumba de mandarles que ellos mismos del báratro y del pozo tomaran el agua y la tierra para su Darío. Esto fue lo que movió a Jerjes a no enviar después otros con la misma demanda. No sabré decir qué mal les viniese a los atenienses en pena de haber violado así a los tales heraldos,[224] a no ser que por ello digamos que su ciudad fue pasada a sangre y fuego, si bien creo que otra fue la causa.
CXXXIV. Dejose sentir entre los lacedemonios la ira de Taltibio, que había sido el pregonero de Agamenón. Hay en Esparta un templo de Taltibio, y los descendientes de este, llamados los Taltibiadas, tienen el privilegio de ejecutar todas las embajadas que por medio de heraldos suele hacer Esparta. Sucedió, pues, a los espartanos que, después del insulto contra los heraldos de Darío no podían en sus sacrificios lograr una víctima de buen agüero. Llevando los lacedemonios muy de mala gana aquella desventura, juntáronse muchas veces públicamente a deliberar sobre ella, y mandaron pregonar un bando en esta forma: «Quién era aquel lacedemonio que quisiera ofrecerse a la muerte por Esparta». No faltaron dos varones en prendas personales y en riquezas distinguidos, llamado el uno Espertias, hijo de Aneristo, y el otro Bulis, hijo de Nicolao, quienes de su voluntad se ofrecieron a pagar la pena a Darío en venganza de la muerte dada a sus heraldos en Esparta: con esto los espartanos enviaron a los medos estas dos víctimas destinadas al suplicio.
CXXXV. Ni fue más digno de admiración el ánimo de estos héroes que el denuedo con que acompañaron su discurso; porque emprendido el viaje para Susa, presentáronse a Hidarnes, señor persa, que se hallaba de general en las costas y fuertes del Asia menor, el cual, convidándoles con su casa y tratándoles como a huéspedes y amigos, habloles así: «¿Por qué, oh amigos lacedemonios, mostráis tanta aversión a la amistad con que el rey os convida? En mi persona y en mi fortuna tenéis a vista de ojos una prueba evidente de cómo sabe el rey honrar a los sujetos de mérito y a los hombres de valor. En vosotros mismos experimentaríais otro tanto si quisierais declararos por vasallos del rey, quien, como está de vuestras prendas bien informado, haría sin falta que fuese cada uno de vosotros gobernador de alguna provincia de la Grecia». A lo cual respondieron: «Este tu aviso, Hidarnes, por lo que a nosotros mira no tiene igual fuerza y razón que por lo que mira a ti, tú que nos lo das; si sabes por experiencia el bien que hay en ser vasallo del rey, pero no el que hay en ser libre e independiente. Hecho a servir como criado, no has probado jamás hasta ahora si es o no dulce la independencia de un hombre libre; si la hubieses alguna vez probado, seguros estamos que no solo nos aconsejaríais que la mantuviéramos a punta de lanza, sino a golpe de segur ofreciendo el cuello al acero». Así contestaron a Hidarnes.
CXXXVI. Llegados ya a Susa y puestos en presencia del rey, lo primero en que mostraron su libertad fue en responder a los alabarderos, que pretendían obligarles a que postrados adorasen al rey, que nunca harían tal, por más que diesen con ellos de cabeza en el suelo, pues ni ellos tenían la costumbre de adorar a hombre ninguno, ni a tal cosa habían venido; lo segundo, después de haber porfiado en no quererse postrar, encarándose con el rey le hablaron en esta sustancia: «Monarca de los medos, venimos acá enviados de parte de los lacedemonios para pagarte la pena que te deben por haber hecho morir en Esparta a tus heraldos». A esta declaración y oferta respondió Jerjes, con gran bizarría de ánimo, que no imitaría en aquello a los lacedemonios; que ellos en haber puesto las manos en sus heraldos habían violado el derecho de gentes, pero él, muy ajeno de practicar lo que en ellos reprendiera, no declararía a los lacedemonios, dándoles la muerte, por libres y absueltos de su culpa y suplicio merecido.
CXXXVII. Lo que con esto lograron los espartanos fue que se aplacó por entonces la ira vengativa de Taltibio, no obstante de haberse restituido a Esparta los dos enviados Espertias y Bulis, si bien dicen los lacedemonios que se irritó mucho después su furor en la guerra de los peloponesios y atenienses. Soy de opinión que lo que después contra ellos sucedió, fue cosa del todo divina; pues así lo pedía la justicia y disposición de Dios, que una vez declarada contra los enviados la ira de Taltibio, no cesase hasta salir con su intento. Pero lo que más hace ver que anduvo en este negocio la mano de Dios, es el haberse descargado el golpe en los hijos de aquellos dos hombres que se habían presentado al rey para aplacar el enojo de Taltibio, esto es, en Nicolao, hijo de Bulis, y en Aneristo, hijo de Espertias, el último de los cuales, navegando en una urca bien armada de gente, apresó a los pescadores de Tirinto. Lo que sucedió respecto de Nicolao y Aneristo fue que, habiendo sido enviados por mensajeros al Asia de parte de los lacedemonios, fueron cogidos cerca de Bisante, lugar del Helesponto, descubiertos a traición por el rey de los tracios Sitalces, hijo de Tereo, y por cierto Pites, de nación abderita. Conducidos después al Ática, fueron condenados a muerte por los atenienses, en compañía de Aristeas, hijo de Adimanto y natural de Corinto: todo lo cual sucedió muchos años después de la expedición del rey.
CXXXVIII. Mas para volver a tomar el hilo de la historia, el pretexto de aquella armada del rey era hacer la guerra contra Atenas, y el fin y motivo verdadero el embestir a toda la Grecia. Informados los griegos mucho tiempo antes de lo que les aguardaba, no todos miraban con unos mismos ojos aquel nublado. Los que habían prometido al persa el homenaje, entregándole la tierra y el agua, vivían muy satisfechos de que nada tendrían que sufrir de parte del bárbaro; pero los que no le habían prestado vasallaje, hallábanse llenos de miedo, nacido de ver que la Grecia carecía de armada naval capaz de contrastar a la que contra ella venía, y que muchos griegos, prontos a la obediencia de los medos, no querían tomar parte con ellos en aquella guerra.
CXXXIX. Véome aquí obligado a decir lo que siento, pues aunque bien veo que en ello he de ofender o disgustar a muchísima gente, con todo, el amor de la verdad no me da lugar a que la calle y disimule. Afirmo, pues, que si asombrados los atenienses de ver sobre sí el peligro hubieran desamparado su región, o si quedándose en casa se hubieran entregado a Jerjes, no se hallara sin duda nación alguna que por mar se hubiese atrevido a oponerse al rey. Y en caso de que nadie por mar hubiera podido resistir a Jerjes, creo que por tierra no hubiera podido menos de suceder que, por más baluartes y revellines con que cubrieran y ciñeran el Istmo los peloponesios, con todo, desamparados al cabo los lacedemonios de sus aliados, que lo habrían hecho, obligados a despecho suyo al ver sus ciudades tomadas por la armada del bárbaro; viéndose solos, repito, hubieran, sí, recibido al enemigo con las armas en la mano, pero haciendo prodigios de valor quedaran todos en el palenque. De suerte que por necesaria consecuencia, o hubieran acabado así los lacedemonios, o viendo antes de este lance que se echaban todos los demás griegos al partido del medo, hubieran ellos también capitulado con Jerjes, y así en uno y otro lance quedara la Grecia en poder de los persas, pues no alcanzo por cierto de qué hubieran podido servir las fortificaciones construidas sobre el Istmo, si el rey hubiera logrado la superioridad en el mar. Lo cierto es que, atendido lo que pasó, quien diga que los atenienses fueron los salvadores de la Grecia, razón tendrá para decirlo, pues su situación era tal, que debía la fortuna seguir cualquiera de los dos partidos a que ellos se inclinaran. De donde habiendo elegido el partido de conservar libre a la Grecia, fueron sin duda los que impidieron la esclavitud de los que en ella no se habían entregado al medo, y los que naturalmente hablando arrojaron de ella a aquel soberano; en lo que mostraron su valor, no pudiendo recabar de ellos los oráculos espantosos y llenos de terror que de Delfos les venían, que dejasen los intereses de la Grecia, resueltos a hacer cara al enemigo que les embestía y quedarse firmes en su patria.
CXL. Enviando, pues, a Delfos sus diputados religiosos, querían saber lo que el oráculo les prevendría. Practicadas allí todas las ceremonias legítimas cerca del templo, lo mismo fue entrar con la súplica en el santuario que vaticinarles lo siguiente la Pitia, por nombre Aristónica: «¡Infeliz! ¿Qué es lo que pides con tus súplicas? Deja tu paterna casa, deja la cumbre suma de tu redondo alcázar. No quedará segura tu cabeza, no tu cuerpo, no la mano, no la última planta, nada resta del medio del pecho: todo caído lo abrasa voraz la asiria llama, todo lo tala ligero el sirio carro de Ares: mucha almena cae, y no sola la tuya propia; devora ya la furia de la llama mucho templo, que miro bañado al presente de sudor líquido y trémulo de miedo; corre de la cúpula la negra sangre de forzosos azares vaticinadora. Ea, fuera, digo, de mi cámara; salid en mal hora».[225]
CXLI. Al oír tales cosas, los enviados de Atenas a la consulta quedaron sorprendidos de tristeza y congoja. Viéndoles en aquella consternación y abatimiento de ánimo por lo terrible del oráculo, Timón, hijo de Andróbulo, uno de los sujetos de primera reputación en Delfos, dioles el consejo de que en traje de suplicantes, y con un ramo de olivo en las manos, entrasen de nuevo a consultar el oráculo. Vinieron en ello los atenienses, y se explicaron en estos términos: «No nos negaréis, señor y dueño, un oráculo mejor a favor de la patria, en atención siquiera a nuestro dolor, que declara este olivo que llevamos, insignia de unos infelices refugiados. En caso negativo, no pensamos en partirnos de este mismo asilo en donde inmobles nos cogerá antes la muerte». Habiendo así hablado, respóndeles segunda vez la promántida: «Ni con halago ni con estudio sabe Palas aplacar al olimpio Zeus en tal enojo: firme como un diamante es otro oráculo que pronunció. Cuanto cierra dentro el muro de Cécrope, cuanto cubre el sacro retiro del divino Citerón, todo será cogido: ni cede próvido Zeus a Tritónida más que un muro de madera nunca tomado, que sirva de asilo para ti y para tu descendencia. No quiero que sufras el ímpetu del caballo, ni de tanto infante que pasa desde el Asia: cede vuelta la cara, aunque delante le tengas. ¡Oh Salamina la fausta! ¡Oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Deméter se una o se separe!».
CXLII. Habiendo los enviados tomado por escrito esta segunda respuesta, que parecía ser y era realmente más blanda y suave que la primera, dieron la vuelta para Atenas. Luego que regresaron, como en un congreso del pueblo diesen razón del un oráculo, entre otras varias interpretaciones de los que lo examinaban, dos había que se miraban por más fundadas y graves. Era una la de algunos ancianos, diciendo que lo que aquel dios les significaba a su parecer en el oráculo, era que el alcázar les quedaría salvo y libre; dando por razón que la fortaleza de Atenas estaba en lo antiguo defendida con una estacada, y conjeturando que esta valla debería ser la muralla de que hablaba el oráculo. Otros decían, por otra parte, que aludía el dios a las naves, y eran de sentir que dejando lo demás se alistase la armada, si bien estos que entendían las naves por aquel muro de madera no veían claro el sentido de los dos últimos versos que decía la Pitia: «¡Oh Salamina la fausta! ¡Oh cuánto hijo de madre perderás tú, o bien Deméter se una o se separe!». Estos versos, repito, ponían en confusión a los que tomaban las naves por aquel muro de leño, por cuanto los intérpretes de esta opinión los entendían de modo como si fuera necesario que los atenienses dispuestos a una batalla naval quedasen vencidos cerca de Salamina.
CXLIII. Había entre los atenienses un sujeto que poco antes había empezado a ser tenido por uno de los políticos de más alta reputación, por nombre Temístocles, hijo de Neocles. Decía este insigne varón, que los intérpretes no daban de lleno en el blanco del oráculo, y alegaba que si aquel verso recayera de algún modo contra los atenienses, no se explicara el oráculo con tanta blandura, antes bien dijera ¡oh fatal Salamina!, en vez de decir ¡oh Salamina la fausta!, puesto que los moradores debiesen perecer cerca de ella, y que tomando el vaticinio por el verso que les convenía, la verdad era que aquel oráculo lo había dado Dios contra los enemigos y no contra los de Atenas.
Con estas razones aconsejaba Temístocles a sus conciudadanos que se dispusiesen para una batalla naval, creyendo que esto significaba el muro de madera. Este parecer de Temístocles hizo que los atenienses tuvieran por mejor lo que él les decía, que no lo que juzgaban los demás consultores, quienes no convenían en que se preparasen para dar la batalla de mar, antes pretendían que dependiese toda su salud de no levantar ni un dedo contra el persa, sino de abandonar el Ática o irse a vivir a otra región.
CXLIV. Antes de este parecer, había dado ya Temístocles otro que en las circunstancias actuales fue un arbitrio muy oportuno, había sucedido que teniendo los atenienses mucho dinero público, producto sacado de las minas de Laurion, y estando ya para repartirlo a razón de diez minas por cada uno, supo persuadirles Temístocles que, dejado aquel reparto, prefiriesen hacer con aquel dinero 200 naves para la guerra que traían con los de Egina. Y en efecto, emprendida ya dicha guerra, fue la salud de la Grecia, por haberse visto obligados en ella los atenienses a hacerse una potencia marítima, habiendo sucedido la cosa de manera que aquellas naves, sin servir al fin para que se habían fabricado, pudieron ser muy del caso a la Grecia en la ocasión presente. Ni se contentaban los atenienses con las naves ya hechas, sino que al mismo tiempo iban fabricando otras en sus astilleros, puesto que habían determinado, después de recibido aquel oráculo, salir al encuentro al bárbaro que contra ellos venía, embarcados todos juntos con los demás griegos que quisiesen seguirles, persuadidos de que en aquello obedecían al dios Apolo. He aquí lo tocante a los oráculos dados a los de Atenas.
CXLV. En un congreso general de los griegos en que se juntaron los diputados de los pueblos que seguían el partido más sano,[226] después de haber conferenciado entre sí y asegurádose mutuamente con la fe pública, en las sesiones que luego tuvieron, parecioles que lo que más convenía ante todas cosas era reconciliar los ánimos de todos aquellos que entonces estaban haciéndose entre sí la guerra; porque a más de la que se hacían los atenienses y los de Egina, no faltaban algunos otros pueblos que ya habían empezado sus hostilidades, si bien eran las de los atenienses las que más sobresalían. Después de este acuerdo, oyendo decir que Jerjes con su ejército se hallaba ya en Sardes, resolvieron enviar al Asia menor exploradores que revelasen de cerca las cosas de aquel soberano; despachar embajadores a Argos para ajustar una alianza contra el persa; otros a Sicilia para negociar con Gelón, hijo de Dinómenes; otros a Corcira para animar a aquellos isleños al socorro de la Grecia, y otros finalmente a Creta; todo con la mira de ver si sería posible hacer una liga de la nación griega en que todos los pueblos quisiesen ir a una contra aquel enemigo común, que a todos venía a embestirles. Y por lo que mira a Gelón, la fama hacía tan grandes sus fuerzas que de mucho las anteponía a todas las demás de los griegos.
CXLVI. Tomadas dichas resoluciones y ajustadas entre ellos las desavenencias, lo primero que por obra pusieron fue enviar al Asia tres exploradores, quienes llegados a Sardes y bien enterados de lo que al ejército del rey concernía; como hubiesen sido sentidos y descubiertos, fueron puestos a cuestión de tormento y encarcelados por los generales de la infantería, que los condenaron a muerte. Llegado el asunto a oídos de Jerjes, mereció tal sentencia la indignación del soberano, quien al punto, enviando allá algunos de sus alabarderos, dio la orden de que si hallaban vivos aquellos espías, los condujeran a su presencia. Quiso la suerte que no se hubiera aún ejecutado la sentencia, y fueron con esto conducidos delante del rey; y como él les preguntase a qué fin habían venido, oída la respuesta, mandó a sus alabarderos que los guiasen y mostrasen todas sus tropas así de a pie como de a caballo, y que habiéndolas contemplado a todo su placer y gusto, les dejasen ir libres y salvos a donde quiera que intentasen partir.
CXLVII. Y la razón que dio Jerjes de ordenarlo así fue, que si perecían aquellos exploradores, sucedería que ni supieran los griegos de antemano que él viniese con un ejército mayor de lo que creerse podía, ni sería grande el perjuicio que recibieran sus enemigos con la muerte de tres hombres solos; pero que si volvían estos a la Grecia, añadía, tenía por cierto que los griegos, sabedores antes de su llegada de cuán grandes eran sus fuerzas, cederían a las pretensiones de su misma libertad y lograría con esto sujetarles sin la fatiga de pasar allá con sus tropas. Este modo de pensar es conforme a lo que en otra ocasión resolvió Jerjes, cuando hallándose en Abido vio que bajaban por el Helesponto unos bastimentos cargados de trigo que desde el Ponto llevaban a Egina y al Peloponeso. Apenas oyeron los oficiales de su comitiva que aquellas eran naves enemigas, disponíanse para salir a la presa clavando en el rey los ojos a ver si luego se lo mandaba. Preguntoles entonces Jerjes a dónde iban aquellos bastimentos; y los oficiales: «Van, señor, le respondieron, a nuestros enemigos con esa provisión de trigo». «Pues ¿no vamos nosotros, replicó Jerjes, al mismo lugar que ellos, abastecidos de víveres y mayormente de trigo? ¿Qué injuria nos hacen con trasportar esos bastimentos?». Volviendo, pues, a los exploradores, después que todo lo registraron, puestos en libertad, regresaron a Europa.
CXLVIII. Los griegos confederados contra el persa, después de vueltos ya los exploradores, enviaron segunda vez embajadores a Argos. Cuentan los argivos que supieron desde el principio los preparativos del bárbaro contra la Grecia, y como entendiesen y tuviesen por seguro que los griegos les convidarían a la alianza contra el persa, enviaron a Delfos diputados para saber del oráculo qué era lo que mejor les estaría en aquellas circunstancias; que el motivo que a ello les impulsó fue ver que acababan de perder seis mil ciudadanos que habían perecido a manos de los lacedemonios capitaneados por Cleómenes, hijo de Anaxándridas; y que la Pitia dio esta respuesta a sus consultores: «¡Oh tú, odiado de tus vecinos, querido del alto cielo, quédate cauto dentro tu recinto; guarda bien tu cabeza que ha de salvar tu cuerpo!». Tal fue la respuesta que les dio la Pitia, según después los diputados a su regreso entrados en el Senado les dieron cuenta de las órdenes que de allá traían; y con todo respondieron los de Argos a la propuesta hecha por los griegos, que entrarían en la liga con dos condiciones: una la de hacer la paz por treinta años con los lacedemonios; otra que se les diera por mitad el imperio de todo el ejército aliado, pues por más que en todo rigor de justicia les tocase el imperio total de las tropas,[227] con todo se contentaban con solo la mitad del mando.
CXLIX. Esta respuesta, dicen los de Argos, dio su Senado, no obstante que el oráculo les prohibiera entrar en liga contra los griegos; de suerte que en medio del temor que les causaba el oráculo, querían hacer seriamente un tratado de paz por treinta años, con la mira de que creciera entretanto hasta la edad varonil su juventud. Dan por razón de estas pretensiones que no querían exponerse a quedar en lo porvenir por vasallos de los lacedemonios, como era de temer que sucediese, si antes de concertar aquella suspensión de armas con ellos, se les añadiera a las desgracias anteriores algún nuevo tropiezo en la guerra contra el persa. Añaden que los embajadores de Esparta respondieron en su Senado, que por lo tocante al tratado de paz darían parte a su república; pero que acerca del mando del ejército, venían ya con el encargo de responder, en nombre de los espartanos, que estos tenían sus dos reyes, no teniendo sino uno los de Argos; que no era posible despojar del imperio a ninguno de los dos, y que ellos no se opondrían a que el rey de Argos tuviese un poder y mando igual al de los suyos.[228] Por estas razones, añaden los argivos que, no pudiendo sufrir la insolencia y soberbia de los espartanos, antes quisieron ser gobernados de los bárbaros que ceder en nada a los lacedemonios, y que en fuerza de esta resolución, intimaron a los embajadores que antes de ponerse el sol saliesen de los dominios de Argos, pues de otra manera les mirarían como enemigos.
CL. He aquí cuanto refieren los argivos sobre este caso; pero corre por la Grecia otra historia, a saber, que Jerjes, antes de emprender la expedición contra ellos, envió un heraldo a la ciudad de Argos, quien llegado allá les habló en estos términos: «Caballeros argivos, mándame el rey Jerjes que os diga de su parte lo siguiente: Nosotros los persas vivimos en la inteligencia de que Perses, de quien somos descendientes, era hijo de Perseo, el hijo de Dánae, y que Perses tuvo por madre a Andrómeda, la hija de Cefeo; de donde venimos nosotros a ser descendientes vuestros. Siendo pues así, no será razón ni que hagamos nosotros la guerra contra nuestros primogenitores, ni que vosotros, confederados con los demás, seáis contrarios nuestros. Vuestro deber será manteneros quietos y neutrales, pues si el negocio me saliese como deseo y espero, sabed que a nadie pienso hacer mayores mercedes que a vosotros». Dícese, pues, que tal propuesta ni la oyeron los argivos de mala gana, ni les pareció digna de desprecio; si bien nada ajustaron en el momento con el persa, ni entraron en pretensión alguna; pero cuando los griegos los solicitaron para la liga, bien persuadidos de que los lacedemonios no vendrían en concederles el mando de las tropas, pretendieron entonces parte del mismo pretexto de que se valieron para mantenerse quietos y neutrales.
CLI. No faltan griegos que en confirmación de lo referido cuentan otra historia, que pasó muchos años después, de esta manera: Dicen que sucedió hallarse en Susa la memnonia los embajadores de Atenas, Calias, el hijo de Hipónico, y los que en su compañía habían subido a aquella corte encargados de un negocio diferente del que traían otros embajadores enviados allí por los de Argos; que estos preguntaron a Artajerjes, hijo y sucesor de Jerjes, si subsistía aún en su vigor la paz y amistad que tenían ellos concertada con Jerjes, o si les miraba ya como enemigos, y que les respondió el rey Artajerjes que en verdad quedaba el tratado en su vigor, y tanto que a ninguna ciudad miraba él por más amiga de la corona que a la de Argos.
CLII. Pero no me atrevo a asegurar si Jerjes envió o no a Argos al tal heraldo con aquella embajada, ni si hicieron dicha pregunta a Artajerjes los embajadores de los argivos subidos a Susa, ni diré sobre ello otra cosa diferente de la que refieren los mismos argivos. Sé decir únicamente que si salieran a plaza todos los hombres cargados con sus males a cuestas, con la mira de trocar su hatillo con el de otro, echando cada cual los ojos y mirando los males de su vecino, tornarían a toda prisa a cargar con sus mismas alforjas, y se volverían con ellas de mil amores a su propia casa. De donde digo que no hay por qué notar con particular infamia a los argivos. Por lo que a mí toca, miro como un deber de referir lo que se dice, pero no de creerlo todo; y quiero que esta mi prevención valga en toda mi historia, ya que corre también otra voz que los argivos fueron los que llamaron al persa contra la Grecia, por haberles salido muy mal la guerra contra los lacedemonios, queriendo vengarse por cualquier vía de sus enemigos, antes que sufrir la pena de verse sujetados y vencidos.
CLIII. Y con esto llevo ya dicho lo que a los argivos pertenece. Por lo que mira a Sicilia, a más de los embajadores enviados a negociar con Gelón de parte de los confederados, fue destinado al mismo fin Siagro en nombre de los lacedemonios. Para decir algo de Gelón, es de saber que uno de sus abuelos, colono y morador en Gela, fue natural de la isla de Telos, situada cerca del Triopio;[229] a este quisieron tener consigo los lindios oriundos de Rodas, cuando fundaron a Gela juntamente con Antifemo. Andando después el tiempo, sucedió que sus descendientes vinieron a perpetuar en aquella familia el sacerdocio de las diosas infernales, cuyos hierofantes eran, desde que uno de ellos, por nombre Telines, se posesionó de aquel ministerio del modo siguiente: Avino que unos ciudadanos de Gela vencidos en cierta discordia y sedición, huyendo de su patria, pasaron a Mactorio, ciudad situada sobre Gela. Telines, sin el socorro de tropas, armado solamente con el aparato y monumentos sagrados de aquellas diosas,[230] logró restituir a Gela aquellos fugitivos. No sabré decir en verdad quién fue el que le dio aquellos misterios y ceremonias, o de qué manera llegaron a sus manos: sé tan solo que lleno de confianza en ellas obtuvo la vuelta de los desterrados, con el pacto y condición de que en el porvenir debiesen ser sus descendientes hierofantes o sacerdotes de dichas diosas. Lo que de cierto no deja de causarme mucha admiración, es oír que saliese con tal empresa un hombre como Telines, pues fue una de aquellas hazañas que no son para cualquiera, sino propias de un político de talento y soldado de valor; siendo así que Telines, según es fama entre los vecinos de Sicilia, lejos de tener ninguna de estas dos prendas, era naturalmente hombre afeminado y cobarde y dado a las delicias. En resolución, este fue el modo con que obtuvo aquella dignidad.
CLIV. Muerto ya Cleandro, hijo de Pantares, al cual, después de siete años de dominio o tiranía en Gela, quitó la vida Sabilo de Gela, se apoderó del mando de la ciudad Hipócrates, hermano del difunto Cleandro. En el reinado de Hipócrates, como Gelón, descendiente del hierofante Telines, hubiese sido uno de los que mucho se distinguieron en valor y prendas, en las que otros particularmente lucían, y en especial Enesidemo, hijo de Pateco y alabardero de Hipócrates, no pasó mucho tiempo sin que por su virtud y mérito fuera aquel nombrado general de caballería. Bien merecido tenía Gelón el empleo, porque sitiando Hipócrates a los calipolitas, a los naxios, a los zancleos, a los leontinos, a los siracusanos,[231] y además de estos a muchos de los bárbaros, en todas estas guerras había hecho brillar muy particularmente su valor y habilidad. Y en efecto, ninguna de las ciudades que acabo de citar pudo librarse de caer en manos de Hipócrates, si no es la de los siracusanos, y aun estos, derrotados y vencidos por él cerca del río Eloro, necesitaron de los ciudadanos de Corinto y de Corcira para librarse de su dominio, y se libraron por medio de un ajustamiento, en fuerza del cual obligáronse los siracusanos a entregar a Hipócrates la ciudad Camarina,[232] plaza ya que de tiempos antiguos les pertenecía.
CLV. Después de la muerte de Hipócrates, cuyo reinado duró los mismos años que el de su hermano Cleandro, habiéndole sobrevenido el fin de sus días cerca de la ciudad de Hibla,[233] en la expedición que hacía contra los sículos o antiguos sicilianos, Gelón, so color de volver por Euclides y Cleandro, hijos del difunto Hipócrates, a quienes sus ciudadanos no querían reconocer por señores, dio una batalla y venció en ella a los de Gela. Esta victoria le dio lugar a salir con sus verdaderos intentos, apoderándose del señorío y despojando de él a los hijos de Hipócrates. Después de logrado este lance, sucediole otro igual: los gamoros siracusanos,[234] que eran los poseedores de los campos, habiendo sido arrojados de la ciudad por la violencia de la plebe y de sus mismos esclavos, nombrados los cilirios, llamaron en su ayuda a Gelón, quien queriéndolos restituir desde la ciudad de Casmena a la de Siracusa, logró apoderarse de esta plaza, pues la plebe de los siracusanos al venir Gelón se la entregó, entregándose igualmente a sí misma.
CLVI. Viéndose ya Gelón dueño de Siracusa, empezó a contar menos con Gela, que tenía bajo su dominio, el que encargó a su hermano Hierón, quedándose con el mando de aquella, poniendo en ella toda su afición, sin haber para él otra cosa que Siracusa. Con este favor del soberano, se vio desde luego crecer la ciudad y subir como la espuma, así pasando a ella todos los vecinos de Camarina, a los que arruinó, dándoles la naturaleza y derechos de siracusanos, como por haber practicado otro tanto con más de la mitad de los moradores de Gela. Hizo más aún, pues habiéndosele entregado los megarenses, colonos en Sicilia a quienes tenían sitiados, entresacó los más ricos, que por haber sido los motores de la guerra contra él mismo temían de él su ruina y muerte, y lejos de castigarles, trasladándolos a Siracusa, los alistó por sus ciudadanos. No lo hizo empero así con el bajo pueblo de los megarenses, al cual, transportado a Siracusa, por más que no tuviese culpa alguna en aquella guerra, ni temiese en nada del vencedor, vendió Gelón por esclavo, con la expresa condición de que hubiese de ser sacado de Sicilia, tomando entrambas resoluciones por la máxima en que estaba de que el pueblo bajo era malo para vecino.
CLVII. Con estas artes y mañas vino Gelón a ser un gran señor o tirano. Entonces, pues, llegados a Siracusa los embajadores de la Grecia y admitidos a la audiencia de Gelón, le hablaron así: «Aquí venimos, oh Gelón, enviados de los lacedemonios, de los atenienses y de sus aliados, para convidarte a entrar en la liga contra el bárbaro. Sin duda tendrás entendido cómo el persa viene a invadir la Grecia, habiendo construido un puente sobre el Helesponto, y conduciendo desde el Asia todas las fuerzas de levante para hacer la guerra a los griegos. El pretexto de la expedición es la venganza contra Atenas; sus miras son la conquista de la Grecia toda, que pretende avasallar. De ti quisiéramos, oh Gelón, puesto que es mucho el poder que tienes, poseyendo no pequeña porción de la Grecia, como príncipe y gobernador que eres de Sicilia, que te unieras para el socorro con los libertadores de la patria, y por tu parte la libraras de la opresión. Bien ves que coligada toda la Grecia vendrá a componer un grande ejército capaz de hacer frente en campo de batalla a sus invasores; pero si una parte de los griegos se dan a partido; si otra no quiere salir a la defensa con sus socorros; si en fuerza de esto fuera muy corta la porción sana de los que sienten bien, corre toda la Grecia el mayor peligro de venir a caer de su estado y libertad. Ni debes lisonjearte de que si uno por uno nos avasallare en la batalla el persa victorioso, no vendrá en derechura contra tu persona. Lo mejor es que de antemano te pongas a cubierto de sus tiros: unido a nuestra causa, defenderás la tuya. Basta ya, pues no ignoras que por la ley ordinaria el buen éxito de un negocio depende del buen consejo previo».
CLVIII. Así se explicaron: tomó la mano Gelón, y habloles así con mucha fuerza y libertad: «Maravíllome, señores griegos, de que con esa proposición atrevida o insolente tengáis ahora la osadía de exhortarme a entrar en liga contra el bárbaro. ¿No os acordáis acaso de lo que conmigo hicisteis, cuando antes os pedí socorro contra un ejército de bárbaros, hallándome empeñado en la guerra con los cartagineses; cuando os insté otra vez con muchas veras a tomar venganza de los egesteos por la muerte dada a Dorieo, el hijo de Anaxándridas;[235] cuando os ofrecí concurrir con mis tropas a libertar y hacer francos aquellos puertos y emporios de donde sacáis vosotros grandes provechos y ventajas? ¿No os acordáis, repito, que ni os dignasteis de venir en mi socorro, ni de vengar la muerte de Dorieo? Todo esto de Sicilia, por lo que a vosotros toca, señores míos, pudieran ya poseerlo los bárbaros a su salvo: gracias a la buena suerte y a mi desvelo, que no nos salió mal el negocio, antes bien mejoramos de suerte. Ahora que la rueda de la fortuna os amenaza en casa con la guerra, al cabo os acordáis de Gelón. Yo por más que me vi antes desatendido y despreciado de vosotros, no imitaré vuestra conducta volviéndoos la vez: no haré tal, antes por el contrario estoy pronto a socorreros, ofreciendo daros 200 galeras armadas, 200.000 infantes de tropa reglada, 2000 soldados de a caballo, 2000 ballesteros, 2000 honderos y 2000 batidores jinetes a la ligera:[236] aún más, oblígome a dar a todo el ejército griego el trigo que durante la guerra necesitare. Pero bien entendido que todo ello ha de ser con la condición de que sea yo el general y conductor de los griegos contra el bárbaro; que de otra suerte, protesto que ni concurirré yo mismo, ni enviaré allá tropa alguna».
CLIX. Siagro que esto oía, no pudo sufrirlo con paciencia, sin que respondiera en esta conformidad: «¡Pardiez!, si tal oyera el generalísimo Agamenón, aquel hijo de Pélope, ¿no daría un gran gemido, bañado en lágrimas su rostro, viendo a sus espartanos despojados de su imperio por Gelón y por los siracusanos? Gelón, no vuelvas a tomar en boca esa demanda pretendiendo que te demos el mando del ejército. Si quieres socorrer a la Grecia, puedes hacerlo, bien entendido que deberás estar a las órdenes de los lacedemonios; y si te desdeñas de obedecernos, está muy bien; no vengas en socorro nuestro». Como oyese Gelón tal respuesta, y viese tan mal recibida su demanda, replicó por fin en estos términos:
CLX. «Amigo espartano, eso de echar en cara a un hombre honrado tantas desvergüenzas suele despertar y encender en todos la cólera, aunque tú con esa insolencia que conmigo usas no has de poder tanto que me fuerces a perderte el respeto que tú no has sabido guardarme. Solo te diré que si estáis tan hechos y asidos vosotros con el imperio, por buena razón puedo yo estarlo más, pues soy general de un ejército mayor y de una escuadra más numerosa. Con todo, ya que se os hace tan ardua y tan cuesta arriba mi primera propuesta, voy a bajar algo y ceder de mi pretensión: pido para mí el mando por mar si vosotros lo tuviereis por tierra; yo me contento de mandar por tierra si mejor os viniese mandar en los mares. Esta es mi última resolución; escoged, o contentaros con lo que os digo, o despediros sin esperar tener tales y tan poderosos aliados».
CLXI. Tal fue el partido que Gelón les propuso: previniendo el enviado de Atenas la respuesta del de Lacedemonia, replicole en esta forma: «A vos, señor rey de los siracusanos, nos envió la Grecia, no para pediros un general, sino un ejército. Cerrándoos con decir que no lo enviaréis a menos de no capitanear en persona a la Grecia, mostráis bien claro lo mucho que deseáis veros con el mando de ella y con el bastón de general. Al oír nosotros los enviados de Atenas vuestra demanda primera tocante al imperio total de los griegos, tuvimos por bien de no hablar palabra, bien creídos de que el laconio solo sería bastante para volver por su causa y por la nuestra igualmente. Mas ahora que vos, rechazado de la pretensión del mando universal, entráis en la demanda de ser el jefe de la escuadra, queremos sepáis bien que ni aun en el caso de que el laconio os lo conceda, convendremos nosotros en ello, pues nuestro es el imperio del mar si los lacedemonios no se lo toman, pues a ellos solos lo cederemos si gustaren de tenerlo; fuera de ellos, a nadie del mundo sufriremos por nuestro almirante. Porque ¿de qué nos sirviera poseer una marina superior a la de los demás griegos, si cediéramos el mando de las escuadras a los siracusanos, siendo nosotros los atenienses la nación más antigua de la Grecia, siendo a más de esto los únicos griegos nunca vagabundos en busca de nuevas colonias, siendo un pueblo de quien hace el poeta Homero un insigne elogio, diciendo que de Atenas fue al Ilión el hombre más hábil de todos en formar las filas y gobernar un ejército, para que se vea que no nace de arrogancia lo que a nuestro favor decimos?».
CLXII. «¿Sabes lo que puedo decirte, amigo ateniense?, respondió Gelón: que según parece, teniendo vosotros muchos que manden, no tendréis a quien mandar. Ahora, pues, ya que sin ceder nada lo queréis todo para vosotros, tomad al punto la vuelta a casa, y acordaos de decir a la Grecia que ella quiere pasar el año sin gozar de la primavera». Y lo que Gelón quiso con aquella expresión significar bien se deja entender haber sido, que como el tiempo mejor del año es el de la primavera, así la flor de los griegos era su propio ejército; por donde privándose la Grecia de las tropas auxiliares de Gelón, acudía este a la comparación de que era aquello como querer quitar al año la florida primavera.
CLXIII. Sucedió, pues, que embarcados ya los embajadores griegos para la Grecia, después de estas conferencias, Gelón, receloso por una parte de que no tendrían los griegos fuerzas bastantes para vencer al bárbaro, y no pudiendo por otra sufrir la mengua y desdoro de obedecer a los lacedemonios, siendo soberano de Sicilia, en caso de pasar con sus tropas al Peloponeso, dejando este medio, echó mano de otro más seguro.[237] Apenas oyó decir que el persa ya había pasado el Helesponto, despachó luego con tres galeotas o pentecónteros para Delfos a Cadmo, hijo de Escites, y natural de Cos, bien provisto de dinero y encargado de una embajada muy atenta. Mandole que esperase el éxito de la batalla, y si el bárbaro salía con la victoria, que le regalase en su nombre aquel dinero y le entregase el reino de Gelón, dándole la tierra y el agua; pero si salían victoriosos los griegos, que diese la vuelta a Sicilia.
CLXIV. Era este Cadmo un hombre tal, que habiendo heredado de su padre el principado de Cos, quieto a la sazón y pacífico sin peligro de mal alguno, él, con todo, de su voluntad y por amor únicamente de la justicia, renunció en manos de los Cos el gobierno, y pasó a Sicilia, donde en compañía de los samios fundó la ciudad de Zancle, que mudó después este nombre en el de Mesana, en la cual él mismo habitaba.[238] A este Cadmo, repito, venido a Sicilia del modo referido, envió allá Gelón, movido de su entereza, que en otras ocasiones tenía bien conocida. Y en efecto, a más de otras muchas pruebas que de su hombría de bien había dado, dio entonces una de nuevo que no fue de menor consideración, pues teniendo en su poder tan grandes sumas de dinero como le había fiado Gelón, no quiso alzarse con ellas pudiendo hacerlo impunemente, sino que al ver que habían salido victoriosos los griegos en la batalla naval, de cuyas resultas huía Jerjes con su armada, púsose luego en viaje para Sicilia, volviendo allá con todos aquellos tesoros.
CLXV. No obstante lo dicho, es fama entre los vecinos de Sicilia, que se hubiera Gelón vencido a si mismo, a pesar de la repugnancia que sentía en tener que obedecer a los lacedemonios, dando socorro a los griegos, si por aquel mismo tiempo no hubiera querido la fortuna que el tirano de Hímera[239] Terilo, hijo de Crinipo, arrojado antes de ella por el señor de los acraganteos, Terón, el hijo de Enesidemo, condujese a Sicilia un ejército de trescientos mil combatientes, compuesto de fenicios, libios, iberos, ligures, elísicos,[240] sardonios y cirnios, a cuyo frente venía Amílcar, hijo de Hannón, rey o general de los cartagineses. Había Terilo logrado el juntar tan poderoso ejército, valiéndose así de la alianza y amistad que con Amílcar tenía, como principalmente del favor y empeño de Anaxilao, hijo de Cretines y señor de Regio, quien no había dudado en dar sus mismos hijos en rehenes a Amílcar, con la mira de vengar la injuria hecha a Terilo su suegro, con cuya hija, llamada Cidipe, había casado Anaxilao. Con esto, pues, quieren decir que no pudiendo Gelón socorrer a los griegos, resolviose enviar a Delfos aquel dinero.
CLXVI. A lo dicho también añaden que en un mismo día sucedió que vencieran en Sicilia Gelón y Terón al cartaginés Amílcar, y los griegos al persa en Salamina;[241] y aun oigo decir que Amílcar, hijo de padre cartaginés y de madre siciliana, a quien su valor y prendas habían merecido la dignidad de rey de los cartagineses, después de dada la batalla en que fue vencido, desapareció de todo punto, no habiendo parecido ni vivo ni muerto en parte alguna, a pesar de las diligencias de Gelón, que por donde quiera hizo buscarle.
CLXVII. Los cartagineses por su parte, guiados quizá por una conjetura razonable, cuentan el caso diciendo que aquella batalla de los bárbaros contra los griegos que en Sicilia se dio, empezó desde la madrugada, y duró hasta el cerrar de la noche; tan largo quieren que fuese el combate: que Amílcar, entretanto, estábase en sus reales ofreciendo de continuo sacrificios, todos de buen agüero, y quemando en holocausto sobre una gran pira las víctimas enteras; pero que al ver la derrota de los suyos, así como se hallaba haciendo libaciones sobre los sacrificios se arrojó de golpe en aquel fuego, y así abrasado y consumido desapareció. Lo cierto es que ora desapareciese Amílcar del modo que dicen los fenicios, ora del otro que cuentan los siracusanos, es tenido por héroe, a quien hacen sacrificios y a cuya memoria no solo en las colonias cartaginesas se han erigido monumentos, pero aun en Cartago misma se le edificó uno grandísimo. Y baste ya lo dicho de Sicilia.
CLXVIII. Pero los corcireos, contentos con dar buenas palabras a los enviados, no pensaban en hacerles obra buena; porque encarados con ellos los mismos embajadores que fueron a Sicilia y proponiéndoles las razones mismas que a Gelón propusieron, los de Corcira, desde luego se les ofrecieron a todo, prometiendo enviarles las tropas en su socorro, añadiendo que bien veían ellos que no les convenía desamparar la Grecia y dejarla perecer, que perdida esta cargaría sin la menor dilación sobre sus cervices el yugo de la esclavitud persa, que sus mismos intereses les obligaban a hacer todo esfuerzo posible para defenderla: tan especiosa fue la respuesta que les dieron. Pero cuando vino el tiempo crítico del socorro, con miras bien contrarias armaron sesenta naves, y hechos a la vela, floja y pesadamente llegaron al cabo al Peloponeso. Allí, cerca de Pilos y del Ténaro[242] echaron ancla en las costas de los lacedemonios, estándose también a la mira a ver en que pararía la guerra, desconfiados de que pudiesen vencer los griegos, y persuadidos de que el persa, tan superior en fuerzas, se apoderaría de toda la Grecia. Así que ellos obraban de modo que llevaban estudiada ya la arenga para el persa en estos términos: «Nosotros, señor, por más que fuimos solicitados de los griegos para entrar en la liga y haceros la guerra, no quisimos ir contra vos ni daros que sentir en cosa alguna, y esto no siendo las más cortas nuestras fuerzas, ni el número de nuestras naves el menor, antes bien el más crecido después de los de Atenas». Con estas razones esperaban sacar del persa un partido ventajoso y superior al de los otros, ni les saliera vana su esperanza a mi modo de entender; y para con los griegos llevaban prevenida también su excusa, de que después en efecto se valieron; porque como les culpasen los griegos por no haberles socorrido, respondieron que de su parte habían hecho su deber armando sesenta galeras; que el mal había estado en no poder doblar el promontorio de Malea impedidos de los vientos etesios, y que con esto no habían arribado a Salamina, donde sin culpa ni engaño alguno habían llegado algo después de la batalla naval. Con este pretexto procuraron engañar a los griegos.
CLXIX. Por lo que mira a los de Creta, después que les convidaron los enviados de la Grecia para la confederación, destinaron ellos de común acuerdo sus remeros a Delfos, encargados de saber de aquel oráculo si les sería de provecho socorrer a la Grecia, a quienes respondió la Pitia: «¡Simples de vosotros! Quejosos de los desastres que os envió furioso Minos, en pago de la defensa y socorro dado a Menelao, no acabáis de enjugar vuestras lágrimas. Vengose Minos porque no habiendo los griegos concurrido a vengar la muerte que en Cámico se le dio, vosotros con todo salisteis en compañía de ellos a vengar a una mujer que robó de Esparta un hombre bárbaro». Lo mismo fue oír los cretenses el tenor del oráculo traído, que suspender el socorro a favor de los griegos.
CLXX. Aludía el oráculo a lo que se dice de Minos, quien habiendo llegado en busca de Dédalo a Sicania, que ahora llamamos Sicilia, acabó allí sus días con una muerte violenta;[243] que pasado algún tiempo, los cretenses, a quienes Dios incitaba a la venganza, todos de común acuerdo, excepto solamente los de Policna y Presio, pasando a Sicilia con una poderosa armada, sitiaron por cinco años a la ciudad de Cámico que poseen al presente los de Agrigento; pero como al cabo ni la pudiesen rendir ni prolongar más el sitio por falta de víveres, la dejaron libre y se volvieron. Que cuando en su navegación estuvieron en las costas de la Yapigia, les cogió una tempestad que les arrojó a la playa, y que perdidas en el naufragio o fracasadas las naves, como les pareciese imposible el regreso a Creta, se vieron precisados a quedarse allí en la ciudad de Hiria,[244] que fundaron ellos mismos, en donde, mudándose el nombre, en vez de cretenses se llamaron yapiges mesapios, y dejando de ser isleños, se hicieron moradores de tierra firme. Que desde Hiria salieron a fundar otras ciudades, de donde como mucho tiempo después quisiesen desalojarlos los tarentinos, fueron rotos y deshechos totalmente, de suerte que la matanza así de los de Regio como de los de Tarento allí sucedida, fue la mayor de cuantas sepa yo haber padecido los griegos; pues entonces fue cuando 3000 ciudadanos de Regio a quienes Micito, hijo de Quero, obligó a tomar las armas en socorro de los tarentinos, perecieron del mismo modo que sus aliados; si bien no pudo hacerse el cómputo de los tarentinos que allí murieron. Y este Micito de que hablo fue aquel que, siendo criado de la familia de Anaxilao, se quedó por gobernador de Regio, de donde arrojado después pasó a Tegea la de los arcadios, y erigió en Olimpia muchas estatuas.
CLXXI. Pero dejada ya esta digresión que hice de mi historia para decir algo de las cosas de Regio y de Tarento, volvamos a Creta, adonde, según cuentan los presios, pasaron a vivir como en una tierra despoblada muchos hombres, especialmente de los griegos.[245] En la tercera edad, después de muerto Minos, sucedió la expedición contra Troya, en la cual no se mostraron los cretenses los peores defensores de Menelao, en pena de cuya defensa y del descuido de vengar a Minos, vueltos ya de Troya, viéronse asaltados del hambre y de la peste, así hombres como ganados; de suerte que habiendo sido segunda vez despoblada Creta, son los cretenses que ahora la habitan los terceros colonos de ella mezclados con los pocos que allí habían quedado. La Pitia, al fin, recordando a los cretenses estas memorias, les hizo desistir del socorro que deseaban dar a los griegos.
CLXXII. Los tesalios, aunque siguieron por fuerza al principio el partido de los medos, mostraron después que no les placían las artes y designios de los Alévadas; porque luego que entendieron estar ya el persa para pasar a Europa, enviaron sus embajadores al Istmo, sabiendo que allí se había juntado un congreso de los diputados de la Grecia, varones escogidos de todos los pueblos que seguían el partido mejor a favor de la independencia de la misma. Llegados allá los embajadores de los tesalios, hablaron en esta conformidad: «Nosotros, oh varones griegos, sabemos bien que para que la Tesalia, y con ella toda la Grecia, quede a cubierto de la guerra, es menester guardar bien la entrada del monte Olimpo, la cual nosotros estamos prontos a custodiar en compañía vuestra; si bien os prevenimos que a este fin es preciso enviar allá mucha tropa. Pero una cosa queremos que entendáis: que si no queréis enviarnos guarnición, nosotros nos compondremos con el persa; pues no es razón que nosotros solos, apostados en tanta distancia para la guardia y defensa del resto de la Grecia, seamos las víctimas de toda ella, mayormente no teniendo vosotros derecho que nos pueda obligar a tanto, si no queremos nosotros; pues el no poder más, puede más que el deber. Veremos nosotros, en suma, cómo poder quedar salvos».
CLXXIII. Tal fue el discurso de los tesalios, en fuerza de cuya representación acordaron los griegos enviar a Tesalia por mar un ejército de infantes que guardase aquellas entradas, el cual, luego de levantado y junto, navegó allá por el Euripo. Así que la gente hubo llegado a Alo, ciudad de Acaya,[246] saltó en tierra, y dejadas las naves, marchaba hacia Tesalia, hasta que en Tempe se apostó en aquella entrada que desde Macedonia la baja lleva a Tesalia por las riberas del Peneo entre los dos montes Olimpo y Osa. En aquel puesto atrincheraron los hóplitas o infantes griegos, que venían a ser 10.000, con quienes se juntó la caballería de los tesalios. Eran dos sus comandantes: uno el de los lacedemonios, por nombre Eveneto, hijo de Careno, quien a pesar de no ser de familia real, había sido nombrado para este mando como uno de los polemarcos u oficiales mayores; otro el de los atenienses, llamado Temístocles, hijo de Neocles. Detuviéronse allí las tropas unos pocos días: el motivo de ello fue que unos enviados allá de parte de Alejandro, soberano de la Macedonia e hijo de Amintas, les aconsejaron que se retirasen si no querían ser atropellados y aun pisados en aquel estrecho paso por el ejército enemigo, significándoles cuán innumerable era el ejército de tierra y la copia de naves. Al oír el aviso y consejo que les daba el macedonio, teniéndolo por acertado y mirándolo nacido de un ánimo amigo y de buen corazón, resolviéronse a seguirlo; aun cuando lo que en efecto les impelió más a ello, a mi juicio, fue el miedo o desconfianza de lograr su intento, oyendo decir que a más de aquella entrada había otra para la Tesalia yendo por los perrebos en la alta Macedonia y por la ciudad de Gonos,[247] que fue el camino por donde entró cabalmente el ejército de Jerjes. Con esto, embarcadas de nuevo las tropas griegas, se volvieron al Istmo.
CLXXIV. En esto vino a parar el subsidio destinado a guarnecer la Tesalia, cuando el rey, que se hallaba ya en Abido, estaba para pasar desde el Asia a la Europa. Viéndose, pues, los tesalios destituidos de aliados, se entregaron con tanta resolución y empeño al partido de los medos, que a juicio del mismo rey fueron los que mejor y con más utilidad le sirvieron en aquella ocasión.
CLXXV. Vueltos al Istmo los griegos, movidos del aviso que les había dado Alejandro, entraron de nuevo en consulta dónde sería mejor oponerse al enemigo y qué región fuese más oportuna para teatro de aquella guerra. La opinión más seguida fue que convenía ocupar la entrada en las Termópilas, así por parecerles que era más angosta que la que da paso a la Tesalia, como también por estar más cercana y vecina de la Grecia propia. Ayudoles a ello no tener por entonces noticia de cierta senda de que ni los mismos griegos que después perecieron cogidos en Termópilas la tuvieron antes que de ella les informasen los traquinios,[248] hallándose ya en aquellas angosturas. Acordaron, pues, guardar aquel paso para impedir que el bárbaro entrase en la Grecia, y despachar al mismo tiempo las escuadras hacia Artemisio y la costa histieótida. Y así lo resolvieron, por estar tan vecinos aquellos dos puestos que en cada uno se podía saber lo que en el otro sucediese.
CLXXVI. Explicaré la situación de tales lugares: desde el mar ancho de la Tracia empieza a encerrarse el dicho Artemisio en un canal estrecho que corre entre la isla de Escíatos y el continente de Magnesia. Desde el estrecho de Eubea comienza la playa después del promontorio de Artemisio, en la cual está el templo de Artemisa. Por lo que mira a la entrada en Grecia por Traquinia, viene a tener un medio pletro (yugada) donde más se estrecha; si bien esta estrechez suma no es la misma en todo aquel paso, sino solamente un poco antes de acercarse y después de dejar las Termópilas; y aun el camino cerca de Alpeno, que deja a las espaldas, solo da lugar a un carro; y pasando adelante al lado del río Fénix y cerca de la ciudad de Antela, otra vez solo hay paso para un carro. Al poniente de las Termópilas se levanta un monte alto, inaccesible y escarpado que va hasta el Eta, y por el levante de las mismas el mar estrecha aquel camino juntamente con unas lagunas y cenagales. Hay en aquella entrada unos baños de agua caliente, que los naturales llaman ollas, y en ellos se deja ver un altar erigido en honra de Heracles. Antiguamente se había levantado una muralla en aquel paso y en ella había puertas: sus constructores fueron los focidios por miedo de los tesalios, viendo que estos desde la Tesprotia habían pasado a vivir en la región Eólida,[249] que es la que al presente poseen; porque como los tesalios procurasen sujetar a los focidios, opusiéronle estos aquel reparo para su defensa, y entonces fue cuando discurriendo todos los medios para impedir que pudiesen invadirles su tierra, dieron curso por aquella entrada a las fuentes de agua caliente. Verdad es que aquel muro viejo desde tan antiguo edificado, se hallaba ya con el tiempo por la mayor parte desmoronado y caído; y con todo, resolvieron los griegos que convenía repararle y cerrar al bárbaro con aquel reparo el paso para la Grecia. Muy cerca de aquel camino hay una aldea llamada Alpeno, en donde pensaron los griegos que podrían proveerse de víveres.
CLXXVII. Estos parajes parecieron a los griegos los más aptos para su defensa; pues miradas atentamente y pesadas todas las circunstancias, convinieron en que debían esperar al bárbaro invasor de la Grecia en un puesto tal, en que no pudiera servirse de la muchedumbre de sus tropas y mucho menos de su caballería; y luego que supieron que el persa se hallaba ya en Pieria, partiéndose del Istmo, unos se fueron por tierra a Termópilas con sus tropas, los otros por mar a Artemisio con sus galeras.
CLXXVIII. Los griegos destinados al socorro de la patria iban a prestársele con toda puntualidad. Los delfios entretanto, solícitos por su salvación y por la de la Grecia, consultaron acerca de ella a aquel su dios. La respuesta del oráculo fue que se encomendasen muy de veras a los vientos, que ellos serían los mejores aliados y compañeros de armas de la Grecia. Recibido este oráculo, diéronse luego prisa los de Delfos a comunicar con aquellos griegos que querían conservar su libertad lo que se les había respondido; medio con que se ganaron sumamente el favor y gracia de los pueblos a quienes el bárbaro tenía amedrentados. Hecho esto, alzaron los delfios en honor de los vientos una ara en Tyia, allí donde Tuya,[250] la hija de Cefiso, tiene su recinto sagrado, tomando de ella nombre aquel lugar, y les hicieron sacrificios; en fuerza de cuyo oráculo aun hoy día los delfios con sacrificios aplacan a los vientos.
CLXXIX. Para volver a la armada de Jerjes, habiendo salido de la ciudad de Terma, envió delante diez naves las más ligeras de todas en derechura hacia Escíatos, en donde los griegos tenían adelantadas tres galeras de observación, una de Trecén, otra de Egina, y otra de Atenas, y al descubrir estas las naves de los bárbaros entregáronse luego a la fuga.
CLXXX. Los bárbaros, dando caza a la galera trecenia en que iba por capitán Praxino, muy presto la rindieron; y luego, cogiendo al soldado que hallaron el más gallardo de la tripulación, le degollaron encima de la proa de la nave, interpretando a buen agüero el que fuera tan bello y gentil el primero de los griegos que prendieron. Llamábase León el degollado, nombre que tal vez contribuyó a que fuese la primera víctima de los persas.
CLXXXI. La galera de Egina, en que iba por capitán Asónides, no dejó de dar mucho que hacer a los persas, obrando aquel día en su defensa prodigios de valor un soldado que en ella servía, por nombre Píteas, hijo de Isquénoo. Este, al tiempo de la refriega, al ser apresada su nave, resistió con las armas en la mano, hasta que todo él quedó acribillado de heridas. Pero como al cabo cayese, los persas que en las naves servían, viéndole respirar todavía, prendados del valor del enemigo, procuraron con sumo empeño conservarle la vida, curándole con mirra las heridas, y atándoselas después con unas vendas cortadas de un lienzo de biso (holanda muy fina). Cuando volvieron a sus reales iban mostrándolo a toda la gente, pasmados de su valor y con mucha estima y humanidad, siendo así que trataban como a viles esclavos a los otros que en la misma nave habían cogido.
CLXXXII. Así fueron apresadas las dos mencionadas naves; pero la tercera, cuyo capitán era Formo, ciudadano de Atenas, varó al huir en la embocadura del Peneo, con lo cual lograron los bárbaros apoderarse del buque, pero de la gente no; pues lo mismo fue ver encallada la nave que saltar a tierra los atenienses, y volverse a Atenas a pie, caminando por la Tesalia. Los griegos apostados con sus naves en Artemisio, después de entender lo que pasaba por medio de los fuegos, que para señal y aviso se encendieron en Escíatos, llenos de miedo, desamparada aquella posición, hiciéronse a la vela para Calcis, con ánimo de cubrir y guardar el Euripo, si bien dejaron en las alturas de Eubea sus atalayas que de día observasen al enemigo.
CLXXXIII. De las diez naves mencionadas de los bárbaros, tres se fueron arrimando a aquel escollo que está entre Escíatos y Magnesia y se llama Mírmex (hormiga). Después que los bárbaros levantaron encima del escollo una columna de piedra que consigo traían, salió de Terma el grueso de su armada, once días después que de allá había partido con sus tropas el monarca, y viendo que en aquellas aguas no parecía enemigo que les disputase el paso, iban navegando con toda la escuadra. El piloto principal que la conducía, a fin de no dar en aquel escollo notado con la columna que se hallaba en la derrota que seguían, era Pamón de Esciro. Habiendo los bárbaros navegado todo aquel día, pasaron parte de la costa de Magnesia hasta llegar a Sepíade[251] y a la playa que está entre aquella costa y la ciudad de Castanea.
CLXXXIV. Hasta llegar al dicho lugar y a Termópilas no tuvo contratiempo alguno aquella armada, cuyo número subiría entonces, según hallo por mis cuentas, a la suma de 1207 naves venidas del Asia. La suma de la gente que en las naves venía, tomada desde el principio de todas aquellas naciones, sería de 241.400 personas, y esto a razón de 200 hombres por nave; pues a más de esta guarnición nacional de las naves iban en cada una de ellas 30 soldados de tropa, ya persas, ya medos, ya sacas, cuya suma de tropa, subía por su parte a 36.210 soldados. A este último número y al otro anterior voy a añadir la suma de gente que en las galeotas o pentecónteros venía a razón de 80 hombres por galeota, pues tantos vendrían a ser poco más o menos. Llevo de antes dicho ya que eran 3000 esos buques, de donde se saca que la suma de su tripulación era de 240.000 hombres. Así que todo el número del ejército de mar asiático hacía la suma de 517.000 hombres con el pico de más de 610. El número de la infantería en el ejército de tierra fue de 1.700.000 y el de la caballería de 80.000: a estos quiero añadir los árabes que venían en sus camellos, los libios que acudían en sus carros, y solamente calcularé que fuesen todos 20.000 hombres: ahora, pues, la suma total que resulta de los dos ejércitos de mar y de tierra juntamente computadas sube a 2.317.910 hombres; y en este número de tropas sacadas del Asia no incluyo el número de criados y vivanderos, como tampoco el de los que venían con las embarcaciones cargadas de bastimentos.
CLXXXV. Al número ya sumado es preciso añadir ahora las tropas que le acompañaban tomadas de la Europa, si bien deberemos en esto seguir un cómputo prudente. Digo, pues, que los griegos situados en Tracia y en las islas a ella adyacentes concurrían con 120 naves, por donde los hombres que en ellas venían subirían a 24.000. Añado que los que al ejército juntaban sus tropas por tierra eran los tracios, los peonios, los eordos, los botieos, los colonos oriundos de Calcídica, los brigos, los pieres, los macedonios, los perrebos, los enianes, los dólopes, los magnesios, los aqueos, y en un palabra todos los pueblos de las costas de la Tracia, de cuyas naciones pongamos que fuera de 300.000 el número de soldados. De suerte, que añadidas estas cifras a la suma de tropa que del Asia venía, el grueso de la gente de guerra se componía de 264 miríadas con el pico de 1610 hombres, que hacen 2.641.610.
CLXXXVI. Y siendo tan excesivo el número de esta gente de guerra, para mí tengo que no sería menor, sino mayor aún, la chusma en la comitiva de criados y de marineros en las embarcaciones de transporte, en especial en otras naves del convoy que al ejército seguían. Pero demos que el número de la gente del séquito fuese el mismo ni más ni menos que el de la guerra, y que compusiese aquella otras tantas miríadas como esta componía. Así, con este cómputo, la suma total que Jerjes, el hijo de Darío, condujo hasta Sepíade y Termópilas, subiría a 528 miríadas y 3220 hombres, que son 5.283.220 hombres.
CLXXXVII. Esta era, pues, la suma mayor del ejército de Jerjes, que el número cabal de las mujeres panaderas, de las concubinas y de los eunucos, no será fácil que nadie lo defina, como ni lo será tampoco el que se nos diga el número de tiros en los carros, bestias de carga y el de los perros indianos que allí iban. De suerte, que nada me maravilló que el agua de algunos ríos no bastase a satisfacer la sed de tanta turba; pero sí me admiro mucho de que hubiese víveres a mano para abastecer la necesidad de tantos millares de bocas, porque por mis cuentas hallo que llevando al día cada soldado la ración de un quénice (o celemín) de trigo, se gastarían diariamente once miríadas, o bien 110.310 medimnos o cargas del mismo grano, sin contar en este número los víveres para las mujeres, para los eunucos, para los bagajes y para los perros. Y entre tanta muchedumbre de gente no se hallaba nadie que en lo gentil de la persona y alto del talle, pareciera más digno y acreedor al mando soberano que el mismo rey Jerjes.