LIBRO NOVENO. (continued 2)
Bartomeu Pou i Puigserver translation
LXXIX. «Mucho estimo, caro egineta, tu buena voluntad y ese cuidado que te tomas de mis asuntos, si bien debo decirte que tu consejo no es el más cuerdo ni atinado. Por la acción que acabo de cumplir, a mí y a mi patria nos ensalzas hasta las nubes, y con tu aviso nos abates tú mismo a la mayor ruindad, queriendo nos ensangrentemos contra los muertos, pretextando que así lograría yo mayor aplauso entre los griegos con una determinación que más conviene con la ferocidad de los bárbaros que con la humanidad de los propios griegos, que abominarían en ellos semejantes desafueros. Yo te protesto que a tal precio ni quiero los aplausos de tus eginetas ni de los que como tú y como ellos piensan, contento y satisfecho con agradar a mis espartanos, haciendo lo que la razón me dicta y hablando en todo según ella me sugiere. Por lo que a Leónidas mira, ¿te parece, hombre, que así él como los que con él murieron gloriosamente en Termópilas, están ya poco vengados y satisfechos con tanta víctima como acabo yo de sacrificarles en esta matanza de tales y tan numerosos enemigos? Ahora te advierto que tú con semejantes avisos y sugestiones ni jamás te acerques a mí, ni me hables palabra en todos los días de tu vida; y puedes al presente dar gracias al cielo de que este tu aviso no te cueste bien caro». Dijo, y el egineta que tal oyó no veía la hora de alejarse de Pausanias.
LXXX. Mandó Pausanias pregonar en el campo que nadie tomase nada del rico botín, dando orden a sus ilotas de que fueran recogiendo en un lugar toda la presa. Distribuidos ellos por los reales del persa, hallaban las tiendas ricamente adornadas con oro y con plata, y en las tiendas sus camas, las unas doradas y plateadas las otras; hallaban las tazas, las botellas, los vasos, todo ello de oro; hallaban asimismo en los carros unos sacos en que se veían vasijas de oro y de plata, iban los mismos ilotas despojando a los muertos allí tendidos, quitándoles los brazaletes, los collares y los alfanjes, piezas todas de oro, sin hacer caso alguno de los vestidos de varios colores; y valiéndose entretanto de la ocasión, si bien presentaban todo lo que no les era posible ocultar, ocultaban sin embargo cuanto podían, vendiéndolo furtivamente a los eginetas, para quienes esta fue la fuente de sus grandes riquezas, logrando comprar de los ilotas el oro mismo a peso de bronce.
LXXXI. Recogido en un montón todo el inmenso botín, desde luego sacaron aparte la décima, consagrándola a los dioses. De una parte de ella, ofrecida al dios de Delfos, hicieron aquella trípode de oro montada sobre un dragón de bronce de tres cabezas, que está allí cerca del ara; de otra parte, dedicada al dios de Olimpia, levantaron a Zeus un coloso de bronce, de diez codos de altura; de otra tercera parte, reservada al dios del Istmo, se hizo un Poseidón de bronce, de siete codos. Lo restante de la presa, después de sacada dicha décima, se repartió entre los combatientes, según el mérito y dignidad de las personas, entrando en tal repartimiento las concubinas de los persas, el oro, la plata, las alhajas, los muebles y los bagajes. Por más que no hallo quien exprese con qué premio extraordinario se galardonó a los campeones que más se señalaron en Platea, persuádome con todo de que se les daría su parte privilegiada. Lo cierto es, que para el general Pausanias se escogieron y se le dieron aparte diez porciones de cada ramo del despojo, así en las esclavas como en los caballos, en los talentos de moneda, en los camellos, y del mismo modo en todos los demás géneros del botín.
LXXXII. Entonces corre la fama de que pasó un caso notable: dícese que al huir Jerjes de la Grecia había dejado su propia recámara para el servicio de Mardonio. Viendo Pausanias aquel magnífico aparato, aquella tan rica repostería de vajilla de oro y plata, aquel pabellón adornado con tantos tapices y colgaduras de diferentes colores, dio orden a los panaderos, reposteros y cocineros persas de prepararle una cena al modo que solían prepararla para Mardonio. Habiendo ellos hecho lo que se les mandaba, dicen que pasmado entonces Pausanias de ver allí aquellos lechos de oro y plata de tal suerte cubiertos, aquellas mesas de oro y plata asimismo, aquella vajilla y aparato de la cena tan espléndido y brillante, mandó a sus criados que le dispusiesen una cena a la lacónica, para hacer mofa y escarnio de la prodigalidad persa. Y como la diferencia de cena a cena fuese infinita, Pausanias con la risa en los labios iba mostrando a los generales griegos llamados al espectáculo una y otra mesa, hablándoles así al mismo tiempo: «Llamaros he querido, ilustres griegos, para que vieseis por vuestros ojos la locura de ese general de los medos, que hecho a vivir con esa profusión y lujo, ha querido venir a despojar a los laconios, que tan parca y miserablemente nos tratamos». Así se dice que habló Pausanias a los jefes griegos.
LXXXIII. No obstante de haberse recogido entonces tan grandioso botín, algunos de los de Platea hallaron después en dichos reales bolsas y talegos llenos de oro y plata y de otros objetos preciosos. Cuando aquellos cadáveres estuvieron ya secos y descarnados, al tiempo que los plateos acarreaban sus huesos a un mismo sitio, observose una cosa bien extraña, cual fue ver una calavera toda sólida, de un solo hueso y sin costura alguna: ni lo fue menos una quijada allí aparecida, la que en la parte de arriba y la de abajo, aunque presentaba como distintos los dientes y la muelas, eran todos, no obstante, de un solo hueso. También apareció allí un esqueleto de cinco codos.
LXXXIV. El día inmediato después de la batalla es cierto que desapareció el cadáver de Mardonio; pero no puedo señalar individualmente quién lo hizo desaparecer de allí. De varios sujetos, y aun de sujetos de varias naciones, oigo decir que le dieron sepultura, y bien sé que fueron diferentes los que recibieron muchos regalos de Artontes, hijo de Mardonio, por haber enterrado a su padre. Pero repito que no he podido con certeza averiguar quién fue puntualmente el que retiró y sepultó aquel cadáver; bien que se dice mucho que ese tal fue Dionisófanes, natural de Éfeso. De este modo fue enterrado Mardonio.
LXXXV. Repartida ya la presa cogida en Platea, acudieron los griegos a dar sepultura a los muertos, cada pueblo de por sí a sus compatricios. Los lacedemonios, abiertas tres tumbas, enterraron en una a los sacerdotes,[385] separados de los que no lo habían sido, y en el número de ellos entraron los sacerdotes Posidonio, Filoción, Amonfareto y Calícrates; en la otra sepultaron a todos los demás espartanos; y en la tercera a los ilotas, siendo este mismo el orden de sus sepulturas. Los de Tegea juntaron en un sepulcro a todos sus muertos; los de Atenas en otro aparte cubrieron asimismo a los suyos; y los de Egina y Fliunte tomaron igual providencia con sus difuntos, que la caballería beocia había degollado. Así que los sepulcros de dichas ciudades eran en realidad sepulcros llenos de cadáveres, al paso que todos los demás monumentos que en Platea al presente se dejan ver, no son más que unos túmulos vacíos, que erigieron allí, según oigo decir, las otras ciudades griegas, corriéndose de que se dijera no haberse hallado sus respectivas tropas en aquella batalla. Cierto túmulo se muestra allí sin duda que llaman el de los eginetas, del cual oí contar que diez años después de la acción, a instancia de los de Egina, fue levantado por un agente suyo llamado Cleades, hijo de Autódico y natural de Platea.
LXXXVI. Dada a los muertos sepultura, tomaron los griegos en Platea, de común acuerdo, la resolución de llevar las armas contra Tebas para pedir a los tebanos les entregasen los partidarios de los medos, mayormente los caudillos principales de la facción, que eran Timegénidas y Atagino; y en caso de que se negasen ellos a la entrega, de no marcharse de allí sin haber tomado dicha plaza a viva fuerza. Once días después de la famosa batalla, presentándose los griegos delante de Tebas, la pusieron sitio y pidieron se les entregasen dichos hombres. Pero viendo que no accedían a ello los tebanos, empezaron a devastarles el país, y apretando más el sitio, asaltaban la plaza con más empeño.
LXXXVII. Desde entonces no cesaban los sitiadores de pasarlo todo a sangre y fuego; de lo cual, movido Timegénidas, hizo a sus tebanos este discurso: «En vista de que esos griegos que ahí nos cercan, caros compatricios, se muestran empeñados en continuar el asedio hasta que tomen por fuerza la ciudad, o que vosotros de grado nos entreguéis y pongáis en sus manos; sabed, que respecto a nosotros, accedemos a librar de tanto daño a la Beocia, e impedir que su territorio sufra más tiempo tantas hostilidades. No más resistencia, paisanos; si ellos para sacar alguna contribución se valen del pretexto de pedir nuestras personas, démosles la suma que pidan tomándola del erario común, puesto que no fuimos nosotros en particular, sino el común de Tebas quien siguió a los medos. Pero si nos sitian queriendo en realidad apoderarse de nuestras personas, gustosos convenimos nosotros en presentarnos a los griegos para debatir con ellos nuestra causa». Pareció a los tebanos que decía muy bien Timegénidas y que hablaba muy al caso, y luego despacharon a Pausanias un heraldo, para participarle que ellos convenían en entregar los sujetos que les pedía.
LXXXVIII. Ajustado así el negocio por entrambas partes, huyó Atagino secretamente de la ciudad, y sus hijos fueron entregados a Pausanias, quien los puso en libertad, diciendo que aquellos niños ninguna culpa habían tenido en el medismo y parcialidad de su padre. Los otros presos entregados por los tebanos estaban en la persuasión de que lograrían se tratara su causa en consejo de guerra, y que podrían en el juicio de los griegos comprar a fuerza de dinero su absolución y redimir el castigo. Pausanias, que penetraba sus intentos y sospechaba de los griegos que se dejarían sobornar, licenció desde luego las tropas aliadas, y llevando consigo a Corinto los tebanos prisioneros, los mandó allí ajusticiar.
LXXXIX. Lo que hasta aquí llevo dicho, es lo que hubo en Platea y en Tebas. Volviendo ahora a Artabazo, hijo de Farnaces, al llegar a los tesalios huyendo a largas jornadas, recibiéndole estos con demostraciones y obras de amigo y huésped, preguntábanle acerca de lo restante del ejército, ajenos totalmente de lo que en Platea había sucedido. Artabazo, viendo claramente que si decía la verdad sobre lo ocurrido en la batalla corría manifiesto peligro de perecer allí mismo con toda su división, pues sabida la desgracia y ruina del ejército, claro estaba que todos se levantarían contra él; Artabazo, pues, con esta consideración, no había ya dado antes noticia del caso a los focidios, y entonces habló a los tesalios de esta suerte: «Lo que tan solo puedo comunicaros, oh ciudadanos, es que paso ahora con esta tropa hacia la Tracia, comisionado para un negocio importante, y por lo urgente de él, marcho con la mayor diligencia y prisa que cabe. El mismo Mardonio, con todo su ejército, siguiendo mis pisadas, está en víspera ya de llegar a vuestros dominios: bien podéis prepararle el alojamiento, esmerándoos para con él en todos los obsequios de la hospitalidad, bien seguros de que en el porvenir no tendréis que arrepentiros de vuestros leales servicios». Después de hablarles así, continuó con la mayor celeridad sus marchas forzadas por la Tesalia y por la Macedonia, encaminándose directamente hacia la Tracia; y como quien llevaba realmente muchísima prisa, tomó el camino recio atravesando por en medio la región. Llegó al cabo a Bizancio, perdida mucha gente, así a manos de los tracios, quienes al paso iban destrozándola, como al rigor del hambre y la miseria.
XC. El día mismo en que con derrota completa de los persas se peleó en Platea, acaeció a los mismos otro destrozo en Mícala, lugar de la Jonia: porque como los griegos, que iban en la armada naval al mando del lacedemonio Leotíquidas, estuvieran de fijo apostados en Delos, vinieron a ellos desde Samos unos embajadores enviados por los de aquella isla, pero a hurto así de los persas como del señor de ella, Teoméstor, hijo de Androdamante, a quien estos habían dado el señorío de Samos. Los enviados, que eran Lampón, hijo de Trasicles, Atenágoras, de Arquestrátida, y Hegesístrato, de Aristágoras, se presentaron a la junta de los comandantes griegos, a quienes en nombre de todos hizo Hegesístrato un largo y muy limado razonamiento en esta sustancia: Que los jonios solo con acercárseles allí los griegos se sublevarían contra los persas, sin que los bárbaros se atrevieran a hacerles frente, y tanto mejor si lo intentaban, pues con esto les pondrían por sí mismos en las manos una presa tan grande, que no sería fácil hallar otra igual. Después de estas razones, acudiendo a las súplicas, rogábales que por los dioses comunes quisieran los griegos librarles de la esclavitud a ellos, también griegos, lo cual les sería facilísimo de lograr, porque las naves de los bárbaros, de suyo muy pesadas, no eran capaces de sostener el combate. Concluían, por fin, que si temían engaño o mala fe en quererles conducir contra el enemigo, prontos estaban allí en acompañarles como rehenes en sus naves.
XCI. Estando en el mayor calor de la súplica el enviado samio, le salió Leotíquidas con una pregunta no esperada, y le interrumpió la arenga, ora fuese para procurarse un buen agüero con la respuesta, ora porque así lo ordenase el cielo sin pretenderlo Leotíquidas. «Hombre, le pregunta, ¿cómo te llamas y cuál es tu gracia, amigo samio?». «Llámome, respondió él, Hegesístrato». «Y yo, replicó luego el lacedemonio, admito ese buen agüero, con que el cielo me convidó, oh caro samio, en ese tu nombre de conductor del ejército. Oblígate tú desde luego a navegar con nosotros y a estipular juntamente con tus compañeros, bajo la fe del juramento, que los samios están prontos a ser nuestros aliados».
XCII. Concluir estas palabras Leotíquidas y empezar aquella empresa, todo fue uno: porque los embajadores samios, interponiendo al instante la solemnidad del juramento, aseguraron que los de Samos entraban en la liga con los griegos, y Leotíquidas por su parte se dispuso a la expedición sin pérdida de tiempo, mandando a los demás enviados que diesen la vuelta a su patria, y que se quedase en la armada Hegesístrato, cuyo nombre le había parecido de feliz agüero. Así que los griegos, no detenidos allí más que aquel día, al siguiente se hicieron a la vela, viendo que los sacrificios salían en extremo favorables a su buen arúspice y adivino Deífono, hijo de Evenio y natural de Apolonia,[386] la que está en el seno Jonio.
XCIII. Aconteció a dicho Evenio una rara aventura que voy a referir. En la ciudad de Apolonia hay rebaños consagrados al sol, los cuales de día van paciendo a las orillas de un río[387] que, bajando del monte Lacmón, corre por la comarca de Apolonia y desagua en el mar cerca del puerto Orico: en cuanto a la noche, escógense ciertos hombres, y estos los más distinguidos de los vecinos por sus haberes y nobleza, para que un año cada uno, guarden aquel ganado, en lo cual se esmeran particularmente por lo mucho que, conforme a cierto oráculo, cuentan con los mencionados rebaños del sol, cuyo aprisco viene a ser una cueva apartada y distante de la ciudad. Sucedió, pues, que Evenio, encargado por su turno de la guarda de aquel ganado, como en tiempo de la vela se quedase dormido, acometiendo unos lobos al hato divino, le mataron unas 60 cabezas. Echolo de ver Evenio; pero selló los labios sin decir palabra a nadie, con ánimo de comprar y reponer otras tantas cabezas de ganado. El daño estuvo en que no pudo ocultarse la cosa de manera que no llegase a oídos de los de Apolonia, quienes llamándole a juicio le condenaron a perder los ojos, por haberse dormido durante su guardia en vez de velar. Apenas le sacaron los ojos, cuando vieron que ni sus ganados les daban nuevas crías, ni las tierras les rendían los mismos frutos que antes; desastres predichos contra ellos en Dodona y en Delfos. En esta calamidad, quisieron saber de aquellos profetas cuál era la culpa que causaba la presente desventura, y se les respondió de parte de los dioses, que por haber privado inicuamente de la vista al guardián del sacro rebaño, Evenio; pues los dioses mismos habían sido quienes echaron contra él aquellos lobos; y que tuvieran bien entendido que no alzarían la mano del castigo vengando a Evenio, si primero no le daban la satisfacción que él mismo quisiera aceptar por la injusticia que con él se había ejecutado; que practicada por los apolonios esta diligencia, iban los dioses a hacer una merced tal y tan grande a Evenio, que por ella muchos serían los hombres que le tuvieran por feliz.
XCIV. Los de Apolonia, en vista de los oráculos, que guardaban muy secretamente, encargaron a ciertos vecinos el negocio de la recompensa debida a Evenio, y los comisionados se valieron del siguiente medio. Estando Evenio sentado en su silla, van a visitarle aquellos hombres; siéntanse a su lado, comienzan a discurrir sobre otros asuntos, y poco a poco hacen recaer la conversación sobre la compasión que aquella su desgracia les causaba. Con este artificio continúan su discurso, y le preguntan qué recompensa aceptaría de los apolonios en caso de que quisieran estos satisfacerle la injuria. Evenio, que nada había penetrado tocante a la respuesta de los oráculos, respondió: que si le dieran en primer lugar las tierras de unos vecinos, nombrándoles por su propio nombre, que poseían las dos mejores heredades que había en Apolonia, y a más de ellas le hiciesen dueño de una casa que sabía ser la más hermosa de la ciudad, con esto se daría por satisfecho de la injuria recibida, y depondría totalmente el odio e ira contra los autores de su desventura. Habiéndose explicado así Evenio, tomándole la palabra aquellos interlocutores: «Ahora bien, Evenio, le replicaron, esa misma satisfacción que pides es la que convienen en darte los apolonios por haberte sacado los ojos, conforme se lo ordena el oráculo». Evenio, informado después por ellos de todo lo sucedido, llevaba muy a despecho la trampa legal con que se le había sorprendido; mas sus paisanos, comprando de sus dueños dichas heredades, le dieron la satisfacción con que antes mostró que estaría contento y satisfecho. Y para mayor dicha, desde aquel punto sintiose penetrado Evenio con el don de profecía, por el cual llegó a ser muy celebrado.
XCV. Volviendo, pues, a nuestro propósito, hijo del mencionado Evenio fue Deífono, el que, conducido por los corintios, era adivino en la armada. Acuérdome de haber oído decir a alguno, que habiéndose alzado Deífono con el nombre de hijo de Evenio, de quien no lo era en realidad, se alquiló para vaticinar contra la Grecia.[388]
XCVI. Por lo que mira a los griegos de Delos, al ver que les eran favorables los sacrificios, alzando el ancla se hicieron a la vela para Samos; y llegados a vista de Cálamos, lugar de dicha villa, dieron allí fondo cerca del Hereo y se disponían a una batalla naval. Mas los persas, al saber que llegaban los griegos, salieron para el continente con el resto de la armada que les quedaba, dando al mismo tiempo permiso a la escuadra fenicia para restituirse a su patria. Nacía esto de que en sus asambleas habían resuelto dos cosas: una el no entrar en combate con las naves griegas, por parecerles que no eran proporcionadas sus fuerzas navales; la otra el refugiarse al continente con la mira de estar allí cubiertos y sostenidos por el ejército de tierra, que se hallaba en Mícala; porque es de saber que por orden de Jerjes habían sido dejados allí 60.000 hombres, que sirvieran de guarnición en la Jonia, bajo el mando del general Tigranes, el más sobresaliente de todos los persas en el talle y gallardía de su persona. Hacia dicho ejército, pues, habían determinado retirarse los jefes de la armada naval, sacadas a tierra sus naves, defendidas allí con buenas trincheras, que les sirvieran a ellas de baluarte y a ellos de refugio y retirada contra el enemigo.
XCVII. Hechos, pues, a la vela con esta resolución, llegaron los persas cerca del templo de las Potnias,[389] entre Gesón y Escolopunte, lugares de Mícala, en cuyas vecindades erigió aquel templo, en honor de Deméter Eleusinia, Filisto, hijo de Pasicles, cuando pasó a la fundación de Mileto en compañía de Nileo, hijo de Codro. Habiendo, pues, aportado a este sitio, sacaron a tierra sus naves y las encerraron dentro de un vallado que formaron con piedra y fagina, y con los troncos de los árboles frutales cortados en aquellas cercanías, alzando a más de esto alrededor de la valla una fuerte estacada. Tales eran los pertrechos con que se disponían, así para resistir sitiados, como para vencer salidos de sus trincheras, pues así pensaban poder pelear con distintas posiciones.
XCVIII. Al saber los griegos que los bárbaros habían pasado al continente, fue mucha la pena que sintieron de que se les hubiesen escapado, ni acababan de resolver consigo si volverían atrás o se adelantarían hasta el Helesponto; pero al fin parecioles bien no hacer uno ni otro, sino darse a la vela para el continente. Con esto, prevenidos de escalas y de los demás pertrechos para una batalla naval, salen para Mícala. Cuando estuvieron cerca ya del campamento de las naves enemigas, viendo que nadie las botaba al agua para salirles al encuentro, y antes bien todas se quedaban encerradas dentro del vallado, observando al mismo tiempo que mucha tropa de tierra estaba apostada por toda aquella playa, lo primero que hizo entonces Leotíquidas fue ir pasando por delante del enemigo, costeando en su nave la tierra lo más cerca posible, y hacer que su pregonero hablase en estos términos a los jonios: «Amigos jonios, cuantos estáis al alcance de mi voz, estad todos atentos a lo que voy a deciros, pues bien veis que nada penetrarán los persas de lo que preveniros quiero. Encárgoos, pues, que al cerrar nosotros con el enemigo tengáis presente vuestra libertad y la de todos los griegos; esto sea lo primero: lo segundo, os prevengo que no os olvidéis del nombre y seña de Hebe. Vosotros los que me oís, haced que sepan esto los que no me oyen». Este artificio de Leotíquidas entrañaba la misma malicia que aquel hecho de Temístocles en Artemisio, porque una de dos cosas debía resultar de allí: o bien atraer a los jonios a su partido, en caso que el aviso se ocultara a los persas; o si no, poner a estos de mala fe para con aquellos, si llegaba el trato a noticia de los bárbaros.
XCIX. Después de esta prevención de Leotíquidas, lo segundo que hicieron allí los griegos fue arribar a la playa, saltar a tierra y formarse luego en orden de batalla. Cuando los persas vieron en tierra a los griegos dispuestos al combate, informados al mismo tiempo del soborno intentado con los jonios, tomaron desde luego sus medidas y precauciones. La primera de ellas fue desarmar a los samios, de quienes se recelaban como de partidarios de los griegos. Procedía el motivo de tal sospecha de ver que los samios habían rescatado a todos los atenienses que, dejados antes en el Ática y cogidos allí por la gente de Jerjes, habían sido traídos a Samos, y que no contentos con esto los samios, los habían remitido a Atenas bien provistos de víveres; motivo por el cual habían dado no poco que sospechar a los persas, redimiendo hasta quinientas personas enemigas de Jerjes. La segunda precaución tomáronla los persas mandando a los milesios que ocupasen aquellos desfiladeros que llevan hasta la cumbre de Mícala, con el pretexto de ser la gente más perita en aquellos pasos; pero con la verdadera mira de hacer que no se hallasen mezclados en su ejército. Por estos medios procuraron prevenirse los persas contra aquellos jonios de quienes recelaban que no dejarían pasar la ocasión, si alguna se les ofrecía, de intentar una novedad. Hecho esto, fueron atrincherándose detrás de sus gerras o parapeto de mimbres para entrar en acción.
C. Una vez formados los griegos en sus filas, parten sin dilación hacia el enemigo, al tiempo mismo de ir al choque, y vuela por todo el campo ligera la fama con una fausta nueva, y deja verse de repente en la orilla del mar una vara levantada a manera de caduceo. La buena noticia volaba diciendo que los griegos en Beocia habían vencido al ejército de Mardonio. Ello es así, que los dioses con varios indicios suelen hacer patentes los prodigios de que son autores, como se vio entonces, pues queriendo ellos que el destrozo de los bárbaros en Mícala coincidiese en un mismo día con el ya padecido en Platea, hicieron que la fama de esto llegase en tal coyuntura, que animase mucho más y llenara de valor a los griegos para el nuevo peligro, como en efecto sucedió.[390]
CI. Otra particularidad observo en este caso, y es que las dos batallas de que hablo, se dieron en las vecindades de los templos de Deméter Eleusinia, pues según llevo ya notado, la batalla en Platea se trabó junto a aquel templo, y la que en Mícala iba a emprenderse había de darse cerca de otro que allí había. Y en efecto, concordaba con la verdad del hecho la fama que allí corrió acerca de la victoria de Pausanias y de sus griegos, habiendo sucedido bien de mañana la batalla de Platea, y la de Mícala por la tarde de aquel mismo día. Ni tardó de cierto a saberse la nueva, pues dentro de pocos días se vio clara y evidentemente que las dos acciones sucedieron en un mismo mes y día.[391] Lo cierto es que los griegos de Mícala, antes de que volando les viniese la fama como para ganar las albricias, estaban muy temerosos y solícitos, no tanto por su propia causa, como por la común de los demás griegos, siempre con el temor de que cayese al cabo la Grecia toda en las manos de Mardonio; pero llegada la fausta nueva, iban al combate con nuevos ánimos y mayor brío. Ni es de extrañar que así los griegos como los bárbaros mostraran prisa e interés en una contienda cuyo galardón había de ser en breve el dominio de las islas y del Helesponto.
CII. Iban, pues, los atenienses avanzando por la playa y por la llanura vecina, con los aliados que se habían formado a su lado, componiendo como la mitad de la tropa; y los lacedemonios con las demás tropas ordenadas en el suyo caminaban por unos pasos ásperos y montuosos. En tanto que venían estos dando la vuelta, ya el cuerpo de los atenienses en su ala había cerrado con el enemigo. Los persas, defendiéndose con ardor mientras duró en pie el parapeto de sus gerras, en nada llevaban la peor parte del combate; pero después que el ala de los atenienses y de los aliados unidos, exhortándose unos a otros para hacer suya la victoria sin dejarla a los lacedemonios, redobló el ataque con nuevo brío y esfuerzo, empezó luego a mudar de semblante la acción, rompiendo con ímpetu el parapeto, y dejándose caer escuadronados y unidos sobre los persas, quienes recibiéndolos a pie firme y haciendo por bastante tiempo una vigorosa resistencia, se refugiaron al cabo a sus trincheras. Viéndolos huir, los atenienses, los corintios, los sicionios y los trecenios, pues estas eran las tropas reunidas en aquella ala, cada cual por su orden, cargándoles de cerca en la huida, lograron entrar con ellos dentro de sus reales. Al ver los bárbaros forzado su campo, no se acordaron ya de hacer más resistencia, y se entregaron a la fuga, exceptuados los persas propios, quienes, bien que reducidos a un pequeño número, resistían valerosamente a los griegos, por más que no cesasen estos de subir por las trincheras. Dos generales persas hubieron de salvar la vida huyendo, y dos la perdieron allí peleando: huyeron los comandantes de las tropas marinas Artaíntes e Itamitres; murieron con las armas en la mano Mardontes y Tigranes, que era general del ejército de tierra.
CIII. Duraba todavía la resistencia que hacían los persas, cuando llegó el cuerpo de los lacedemonios y demás aliados, que ayudó a acabar con todos los enemigos. No fueron pocos los griegos que murieron en la acción, entre quienes se contaron muchos sicionios, con su jefe Perilao. Por lo que mira a los samios alistados en aquel ejército medo y desarmados en el campo, apenas vieron al principiar el combate varia y fluctuante la victoria, hicieron cuanto les fue posible por su parte para ayudar a los griegos, y siguiendo los demás jonios el ejemplo que empezaban a darles los samios, sublevados también, volvieron sus armas contra los bárbaros.
CIV. Habían los persas, como dije antes, apostado en los desfiladeros y sendas del monte a los milesios, con orden de guardarles aquellos pasos con el objeto de que en caso de tener mal éxito la acción, como en efecto tuvo, sirviéndoles de guías los milesios, les condujesen salvos a las eminencias de Mícala, pues a este fin, no menos que con el de precaver que no intentasen novedad alguna incorporados en el ejército, les habían destacado allí los persas. Pero los milesios obraban en todo al revés de lo que se había ordenado, pues no solo guiaban por las sendas que iban a dar con el enemigo a los que pretendían huir por la parte opuesta, sino que al fin fueron ellos mismos los que mayor carnicería hicieron en los bárbaros. De este modo se levantó de nuevo la Jonia contra el persa.
CV. En esta batalla, los griegos que mejor se portaron fueron los atenienses, y entre estos se distinguió más que otro alguno un atleta célebre en el pancracio,[392] llamado Hermólico, hijo de Eutino. Este mismo campeón, en la guerra que después se hicieron entre sí atenienses y caristios, tuvo la desgracia de morir peleando en Cirno, lugar del territorio caristio, y fue sepultado en Geresto. Después de los atenienses merecieron mucho aplauso los corintios, los trecenios y los sicionios.
CVI. Luego que los griegos hubieron acabado con casi todos aquellos bárbaros, muertos unos en la batalla y otros en la fuga, trasladaron a la playa los despojos, entre los cuales no dejaron de hallar bastantes tesoros, y luego pegaron fuego a las naves, juntamente con las trincheras, y reducidas a ceniza trincheras y naves, hiciéronse a la vela. Vueltos ya a Samos, entraron en consejo los griegos acerca de la trasplantación de las ciudades jonias, deliberando si sería oportuno dejar despoblada la Jonia al arbitrio de los bárbaros, y en tal caso en qué regiones de la Grecia, que fuesen de su dominio, sería conveniente dar asiento a los jonios. Movíales a esto el ver por una parte que era imposible a los griegos el proteger de continuo a los jonios con una guarnición fija, y por otra el considerar que los jonios, no estando protegidos continuamente por un destacamento, no podrían lisonjearse de no pagar bien cara la sublevación contra los persas. Eran, pues, de parecer en la consulta los principales entre los peloponesios, que convenía desocupar los emporios de aquellos griegos que habían seguido al medo, y darlos con sus territorios a los jonios para su habitación. Mas parecíales a los atenienses que de ningún modo convenía desamparar la Jonia con semejante deserción, y que no tocaba a los del Peloponeso disponer de los colonos propios de Atenas; ni los peloponesios mostraron dificultad en ceder a este voto contrario. Dejado este punto, entraron a concluir un tratado de alianza con los samios, con los de Quíos, con los lesbios y con los demás isleños que seguían las banderas griegas, obligándose con la fe mutua de un solemne juramento a que firmes en la confederación mantendrían lo prometido. Concluido ya el tratado, y creídos de que hallarían todavía formado el puente de barcas, hiciéronse a la vela para romperlo.
CVII. Seguían, pues, los griegos el rumbo del Helesponto; pero los bárbaros que habían podido refugiarse en las alturas de Mícala, bien que pocos fueron los que en ellas se salvaron, daban entretanto la vuelta hacia Sardes. Sucedió en el camino que el príncipe Masistes, hijo de Darío, que se había hallado presente a la completa derrota del ejército, empezó a cargar de oprobios al general Artaíntes, y entre otras injurias le echó en rostro que era más ruin y cobarde que una mujer, no obstante sus insignias y supremo mando; que no había para él castigo bastante digno del daño que a la real casa acababa de hacer. Y es de notar que, entre los persas, tratarle a uno de mujer se tiene por la mayor de las infamias. Artaíntes, que tal nube de baldones y oprobios se vio encima, no pudiendo sufrirlo en paciencia, echa mano al alfanje medo en ademán de descargar un golpe mortal contra Masistes. En el acto de acometer, velo Jenágoras, hijo de Praxilao, natural de Halicarnaso, y ganándole la acción por las espaldas, le agarra de la cintura y le tira de cabeza en el suelo, dando lugar a que acudieran entretanto los alabarderos de Masistes. En recompensa de esta acción, con la cual ganó Jenágoras la gracia de Masistes, juntamente con la de Jerjes, a cuyo hermano salvó la vida, le dio el rey el mando de toda la Cilicia. Fuera de este hecho, nada de consideración sucedió en todo aquel viaje hasta Sardes. Hallábase entonces el rey en Sardes, donde se había mantenido desde que llegó allí huyendo de Atenas, perdida la batalla naval de Salamina.
CVIII. Manteniéndose allí Jerjes, hallábase sumamente prendado del amor que había concebido hacia la esposa de Masistes, la cual en aquella sazón se hallaba asimismo en Sardes. Viendo, pues, el rey que no podía buenamente atraerla a sus deseos, por más que la requebrase, y no queriendo rendirla a su pasión por medios violentos en atención y respeto a su hermano Masistes, cuya consideración alentaba la resistencia de la mujer, bien persuadida de que no usaría con ella de la fuerza, entonces fue cuando no hallando camino alguno para lograr su intento, se valió de este artificio: Manda casarse a un hijo suyo, llamado Darío, con una princesa hija de Masistes y de la dama de quien estaba Jerjes enamorado, creyendo que así le sería fácil llevar a cabo su designios. Hecho el ajuste y celebradas con solemne pompa las bodas, pasa Jerjes a Susa, en donde llama a su palacio a la princesa novia, para que en él viva con su hijo Darío. Mudó entonces de objeto el amor, y en vez de la madre empezó Jerjes a requebrar a la hija, dejando de querer a la esposa de Masistes su hermano, por querer sobrado a la de Darío su hijo, a la princesa Artaínta, que tal era su nombre.
CIX. Andando el tiempo, vino por fin a descubrirse el incesto. Amestris, la reina o esposa principal de Jerjes, quiso regalarle un manto real que había ella misma tejido de varios colores, pieza magnifica y digna de verse. Ufano Jerjes con su nuevo manto, se presenta vestido con él a su Artaínta, y contento de la buena acogida que ella le hizo, dícele que le pida la merced que quisiere, cierta de que en atención a sus obsequios nada le negará de cuanto le pida. Dispone la suerte adversa, que preparaba una gran catástrofe a toda aquella familia, que Artaínta le replique con esta pregunta: «¿De veras, señor? ¿Puedo contar absolutamente con vuestra promesa?». Jerjes, que nada preveía menos, como objeto de esta petición, que lo que ella pensaba pedirle, confirmó su promesa con un juramento. Con esto Artaínta se abalanza atrevida y le pide aquel manto. Entonces Jerjes no hacía sino buscar excusas, no por otro fin sino porque Amestris, recelosa ya anteriormente de aquel trato, no averiguase claramente lo que pasaba. Entonces era el darle ciudades, el darle montes de oro, el entregar a su único mando un ejército, siendo entre los persas muy singular favor el ceder a uno dicho mando. Pero todo en vano; ella instaba por su manto, y Jerjes se lo dio al cabo; y sumamente alegre y engreída con aquella gala, púsosela luego, haciendo ostentación de ella.
CX. Llega a oídos de Amestris que su manto paraba en poder de la otra; infórmase de lo que había pasado, y convierte su odio y encono no contra la joven Artaínta, sino contra su madre, persuadiéndose de que la culpa estaba en la madre encubridora y autora de lo que hacia la hija; y deseosa de vengarse, comienza a maquinar la muerte a la esposa de Masistes. A este fin espera a que llegue el solemne día en que el rey, su marido, debía dar un convite regio, que una vez al año acostumbraba a celebrarse en el día de cumpleaños del monarca, día en que este se adorna y corona la cabeza y hace regalos a los persas.[393] En idioma persa llámase este convite ticta, y en griego le corresponde teleya, convite perfecto o grande. Llegado, pues, el día de cumpleaños, pidió Amestris a Jerjes una gracia, y fue que le entregase la mujer de Masistes a toda su voluntad y discreción. Llevó Jerjes a mal una petición tan malvada e indecorosa, parte por ver que se le pedía la mujer de su mismo hermano, parte por saber cuán inocente estaba ella en aquel asunto, comprendiendo muy bien el motivo del resentimiento por el cual Amestris se la pedía.
CXI. No obstante todo esto, vencido al fin de las instancias de la reina y como forzado por la costumbre, que no permitía negar gracia alguna que al rey se pidiera en aquel regio aniversario, concédele la merced, bien que muy a pesar suyo, y entregándole la citada mujer, le dice que obre con ella como gustare. Llama después a su hermano Masistes y le habla en estos términos: «Masistes, a más de ser tú hijo de Darío y con esto mi buen hermano, bien sé que eres un hombre de mucho mérito y valor, lo que me mueve a ordenarte que despidas de tu compañía a esa mujer que ahora tienes, y tomes por mujer a una hija mía con quien adelante vivas, pues por tal te la doy desde ahora. En suma, no me parece bien que cohabites más con esa tu mujer». Sorprendido Masistes con una orden tan no esperada, replicole así: «Pero, señor, ¿qué significa esa pretensión vuestra tan fuera de razón? ¿Cómo así, señor, que me mandáis dejar a mi esposa, de quien he tenido tres hijos y otras hijas más, de quienes una es la princesa que vos mismo disteis por esposa al príncipe, vuestro hijo, y esto cuando yo la quiero y amo muy de corazón? ¿Queréis que echada ella de mi lecho me case yo con una hija vuestra? En esto, bien que me hagáis un particular honor teniéndome por digno marido de vuestra hija, me permitiréis con todo que os hable con franqueza que ni una ni otra cosa me conviene. No queráis vos precisarme a ello con vuestras instancias; marido se presentará para vuestra hija mejor o tan bueno como yo; dejadme a mí continuar en ser esposo de mi actual consorte». Irritado Jerjes de oír una respuesta libre y honrada: «¿Sabes, le replica, lo que lograrás con tu resistencia, desconocido Masistes? Ni yo te daré por esposa a mi hija, ni tú serás por más tiempo marido de esa tu mujer, para que aprendas a agradecer los favores que hacerte quiera tu soberano». Al oír Masistes la amenaza, saliose luego no diciendo más palabras que estas: «Señor, ¡vivo yo todavía, y vos no me mandáis morir!».
CXII. Amestris, en el intervalo en que hablaba Jerjes con su hermano, habiendo llamado a los alabarderos del rey, hace en la mujer de Masistes la más horrorosa carnicería. Córtale a la infeliz los pechos, y manda arrojarlos a los perros; córtale después la nariz, luego las orejas y los labios; la lengua también se la saca y corta; y así desfigurada y perdida la envía a su casa.[394]
CXIII. Masistes, que nada sabía de esto todavía y que por momentos temía algún desastre fatal en su misma persona, iba a su casa corriendo. Al entrar en ella, hállase con el espectáculo de su esposa destrozada; llama al punto a sus hijos, y de común acuerdo parte luego con ellos y con alguna gente para Bactria, con ánimo resuelto de sublevar aquella provincia y de hacer al rey cuanto daño pudiera; lo que, según me persuado, hubiera sin falta sucedido, si hubiese llegado a juntarse con los bactrios y con los sacas antes de que se lo impidiera el mismo rey, siendo gobernador de aquellas naciones que le amaban muy de veras. Pero prevenido Jerjes de los designios de Masistes, despachó un cuerpo de sus soldados, los cuáles alcanzándole en el camino, acabaron con él, con sus hijos y con las tropas que consigo llevaba. Basta lo dicho sobre los amores de Jerjes y la muerte desastrosa de Masistes.
CXIV. Volviendo a los griegos, emprendieron, luego de concluida la jornada de Mícala, la navegación al Helesponto, en la que a causa de los vientos contrarios les fue preciso dar fondo en las cercanías de Lecto.[395] De aquí pasaron a Abido, donde hallaron sueltas ya las barcas que todavía flotaban trabadas en forma de puente, razón por la cual habían dirigido su rumbo al Helesponto. Allí en sus consejos de guerra Leotíquidas con sus peloponesios opinaba por su vuelta hacia la Grecia; pero el comandante Jantipo con los atenienses era de parecer que, permaneciendo allí, invadieran el Quersoneso. Paró la disidencia en que los del Peloponeso se hicieran a la vela para su tierra, y los atenienses, pasando de Abido al Quersoneso, pusieron sitio a la plaza de Sesto.
CXV. Apenas corrió la voz de que los griegos querían acometer al Quersoneso, refugiáronse los persas en las ciudades vecinas a la plaza de Sesto, como a la más fuerte de cuantas había alrededor, y entre ellos pasó allá un personaje principal llamado Eobazo, quien desde la ciudad de Cardia había hecho acarrear a la misma fortaleza toda la armazón y aparejo del ya deshecho puente. Defendían dicha plaza los naturales del país, que eran unos colonos eolios, juntamente con los persas y con otros muchos aliados.
CXVI. El gobernador por Jerjes en esta provincia era el persa Artaíctes, hombre audaz, malvado y ruin, quien con dolo y artificio había quitado al rey, al tiempo que iba contra Atenas, los tesoros y riquezas del héroe Protesilao, hijo de Íficlo, y se los había apropiado sacándolos de Elayunte en esta forma: Existe en Elayunte, ciudad del Quersoneso, el sepulcro de Protesilao, y alrededor de este monumento un bosque y recinto sagrado, en cuyo santuario había mucha riqueza, mucha urna de oro y de plata, mucha pieza de bronce, mucho vestido precioso y muchos otros donativos. Todos los saqueó, pues, Artaíctes con su astucia, haciéndole merced al mismo rey, a quien él engañó maliciosamente con cierta súplica que en estos términos le hizo: «Señor, le dice, aquí está la casa de cierto griego, el cual en una expedición que contra vuestros dominios hacía pagó con la vida la pena de su maldad. Os suplico, por tanto, que me hagáis la gracia de darme su casa para que escarmienten todos y nadie se atreva en adelante a infestar vuestros estados». Con tal artificio concebía la demanda, viendo que así obtendría fácilmente la gracia del rey, el cual estaba lejos de maliciar nada de lo que él pretendía conseguir; y en cuanto a la imputación de haber hecho la guerra Protesilao en los dominios del rey, aludía con malicia a la pretensión de los persas, que quieren sea toda el Asia suya y del soberano que en todo tiempo entre ellos reinase.[396] Una vez concedida la gracia, lo primero que hizo Artaíctes fue pasar de Elayunte a Sesto todos aquellos tesoros, desmontar el bosque, sembrar y cultivar el recinto sagrado: y no se contentó con esto, sino que, de allí en adelante, cuantas veces tocaba en Elayunte, otras tantas en el mismo santuario de Protesilao abusaba de alguna mujer. Artaíctes era, pues, el que se hallaba a la sazón sitiado por los atenienses, sin provisiones para sufrir el asedio, y sin que antes hubiese esperado allí a los griegos, los cuales se habían echado de improviso sobre aquella provincia.
CXVII. Viendo los atenienses ocupados en el sitio que iba acercándose ya el otoño, pesarosos de hallarse lejos de sus casas y descontentos de no poder tomar la fortaleza, instaban a sus jefes por la vuelta y retirada a su patria. Pero como estos les desengañasen diciendo no tenían que pensar en volver si no rendían primero la plaza, o no eran llamados por la república, aquietáronse al cabo con la respuesta, determinados a pasar por todo.
CXVIII. Hallábanse entretanto los sitiados tan acosados del hambre, que habían llegado ya al extremo de cocer para su alimento las correas de sus camillas y lechos; pero como poco después aun este sustento les faltase, los persas, aprovechándose de las tinieblas de la noche, salieron ocultamente de la ciudad con Artaíctes y Eobazo, descolgándose por las espaldas de la fortaleza, que era el puesto menos guardado y cubierto por los enemigos. Apenas amaneció cuando los naturales del Quersoneso, dando desde las torres aviso a los atenienses de lo sucedido, les abrieron las puertas de la ciudad, con lo cual la mayor parte de los sitiadores siguió los alcances de los que huían, y los demás se apoderaron de la plaza.
CXIX. Los tracios que llaman apsintios, habiendo cogido a Eobazo que huía por la Tracia, le sacrificaron conforme a su rito particular a Plistoro, su dios nacional, dando a los demás de la comitiva otro género de muerte: Artaíctes con los suyos, que no eran muchos, habiendo tardado algo más en salir de la plaza, fue alcanzado poco más allá de las corrientes de un río que llaman de la Cabra,[397] donde después de un buen rato de resistencia, en que algunos de sus compañeros murieron, fue con los otros hecho prisionero, y con él un hijo suyo, que fueron reducidos a prisión en Sesto por los griegos.
CXX. Sucedió entonces, según refieren los vecinos del Quersoneso, un raro prodigio a uno de los que guardaban dichos prisioneros, pues al tiempo que sobre las brasas estaba asando no sé qué pez salado, saltó este de repente en el fuego, y se puso a palpitar como suelen hacerlo los peces recién sacados del agua. Las demás guardias que cerca de él estaban, se quedaron admiradas al verlo; pero Artaíctes apenas reparó en el prodigio, encarándose con el soldado que asaba aquellos peces, le habló en estos términos: «Nada tienes que extrañar, amigo ateniense, ese portento, que por cierto no habla contigo; con él quiere significarme el dios de Elayunte, Protesilao, que aun después de muerto y disecado tiene virtud y poder conferido por los dioses para vengarse de quien le agraviare. Confieso que le tengo ofendido; pero pronto estoy para la enmienda: me ofrezco a pagar a este buen dios cien talentos en recompensa de las riquezas que le quité, y prometo a los atenienses por el rescate mío y el de mi hijo doscientos más si nos ponen en libertad». Así habló Artaíctes, pero con tantas promesas no pudo aplacar al general Jantipo, ya porque le instaban los vecinos de Elayunte que vengase a su Protesilao con el suplicio del sacrílego prisionero, ya porque juzgaba por sí mismo que así debía ejecutarlo con aquel malvado. Llevándole, pues, desde la cárcel a la misma orilla del mar, donde Jerjes había construido el famoso puente, o como dicen otros, subiéndole a un cerro que cae sobre la ciudad de Madito, le empaló allí en un madero clavado en el suelo, habiendo hecho morir a pedradas al hijo a la vista del mismo Artaíctes.
CXXI. Hecho esto y cargadas las naves con el rico botín, y también con la armazón y pertrechos del puente de Jerjes, que destinaban por ofrendas a los templos de la patria, hiciéronse los atenienses a la vela para Grecia. Y con esto concluyeron las hazañas de aquel año.
CXXII. Y ya que hablé del empalado Artaíctes, quiero mencionar un arbitrio que propuso a los persas su abuelo paterno Artembares, de cuyo arbitrio dieron cuenta a Ciro, referido en estos términos: «Ya que el dios Zeus da a los persas el imperio, y a ti, oh Ciro, arruinado el poderío de Astiages, te concede particularmente el mando con preferencia a todos los hombres, ¿qué hacemos nosotros que no salimos de nuestro corto y áspero país para trasladarnos a otra tierra preferible? A nuestra disposición tenemos muchas provincias vecinas, y muchas otras distantes, mejores todas que nuestro suelo, y está puesto en razón que las mejores sean para los que tienen el dominio. ¿Y qué ocasión lograremos más oportuna para hacerlo que la que tenemos al presente, cuando nos hallamos mandando a tantas naciones y al Asia toda?». Ciro, habiendo escuchado el discurso, sin mostrar que extrañaba el proyecto, aconsejó a los persas que lo hicieran muy en hora buena; pero les avisó al mismo tiempo que se dispusiesen, desde el punto que tal hicieran, a no mandar más, sino a ser por otros mandados; que efecto natural de un clima delicioso era el criar a los hombres delicados, no hallándose en el mundo tierra alguna que produzca al mismo tiempo frutos regalados y valientes guerreros. Adoptaron luego los persas la opinión de Ciro, y corrigiendo la suya propia, desistieron de sus intentos, prefiriendo vivir mandando en un país áspero, que ser mandados disfrutando del más delicioso paraíso.
FIN DEL TOMO SEGUNDO Y ÚLTIMO.