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Las figuras de cera

TERCERA PARTE LAS FIGURAS DE CERA

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I PERSONAJES HISTÓRICOS

Alberto Dollfus, alias Chipiteguy, tenía la manía de adquirirlo todo.

—La cuestión es almacenar, meter cosas en la tienda—decía él—. Siempre hay gente que quiera comprar.

El sistema no debía ser del todo malo, porque al parecer, y gracias a él, el chatarrero se enriqueció.

Un poco antes de que Alvarito Sánchez de Mendoza entrase en casa de Chipiteguy, el trapero había comprado varias figuras de cera de desecho que vendía un señor David, Curtius para el respetable público, dueño de un gabinete de figuras ceroplásticas que pasó por Bayona.

Estas figuras, el señor David, alias Curtius, las vendió, la mayoría, desnudas, como si fueran odaliscas, para un harén, y otras en piezas separadas, cabezas, piernas, brazos, como si se tratara de un género de carnicería. La mayor parte de las figuras ceroplásticas no tenían más que el tronco, algo del pecho, las manos y los pies. Chipiteguy se decidió a dedicarse a la ceroplastia quirúrgica; pensó primero en restaurar sus figuras y a algunas las fortificó, metiendo a unas un palo por la pierna, para que hiciera de tibia, rellenando brazos y muslos con paja de maíz. Después, con cera derretida fué tapando los huecos de las caras y de las manos y, hecha esta restauración, pintó las mejillas con albayalde y bermellón.

Chipiteguy, que conservaba guardados en su almacén muchos trajes de mujer y uniformes de todas clases, pensó que unos y otros podían servir muy bien para vestir sus figuras, y sacó de sus almacenes chupas, casacas, calzones, fraques azules, enaguas, pañoletas, peinetas y demás.

La andre Mari y la Tomascha tuvieron que remendar muchas medias y puntillas por aquellos días. El señor David se había desprendido de sus muñecos, porque, además de estar un poco estropeados, eran muy conocidos de su numerosa clientela, y el buen Curtius, celoso del interés de su espectáculo, quería sustituír sus personajes antiguos por otros nuevos de militares, de asesinos y de envenenadores de más prestigio y fama.

Algunas de las figuras de cera compradas por Chipiteguy estaban identificadas; pero otras no. Probablemente el señor David, Curtius en la vida pública, había hecho pasar uno de sus muñecos unas veces por Enrique IV, otras por el gran Federico, por Mahoma o por el general Poniatowski, y había dama en cera que había sido, alternativamente, María Cristina de personajes de la Revolución francesa y de Inglaterra y la querida de Fieschi, el de la máquina infernal; sin contar otros antiguos avatares, desacreditadores de la ceroplastia y de la iconografía.

Chipiteguy encargó a Alvarito que en los ratos perdidos mirase los periódicos ilustrados y las estampas de la trastienda para ver de identificar los personajes ambiguos y borrosos. Alvarito estuvo varios días pasando hojas y más hojas y llenándose de polvo, y no consiguió gran cosa. Entre las láminas que guardaba Chipiteguy había estampas raras, grabados antiguos alemanes de Alberto Durero y reproducciones de los cuadros del Bosco, de Holbein y de Cranach. Estas láminas se hallaban mezcladas con otras arrancadas de libros y con estampas populares de las Danzas de la Muerte, de la Historia de los cuatro hijos de Aymón, de Genoveva de Brabante, de los cuatro jorobados de Valladolid y con retratos y escenas de personajes de la Revolución francesa y el Imperio.

Chipiteguy puso también a contribución los conocimientos de un sobrino suyo, Marcelo Ezponda, ingeniero y profesor de una academia, aunque éste se ocupaba principalmente de cuestiones de química y mecánica.

—A ver si tú, Marcelo, me iluminas en este asunto—le dijo Chipiteguy.

—¿Qué hay que hacer?

—Quisiera identificar todas estas figuras de cera—indicó el viejo, señalando la fila de siniestros personajes, que estaban unos casi enteros, sostenidos en la pared, y otros a trozos en el suelo, como en un Spoliarium.

—Querido tío—dijo Marcelo—: esto es más difícil de lo que parece a primera vista, porque hay tipos, claro está, a quienes se puede identificar sólo por la cara; pero a otros muchos, a la mayoría, se les conoce por los accesorios, por el peinado, por el uniforme o por la indumentaria.

Tan cierto es que los hombres, en general, tienen tan poco carácter que, si a los más ilustres y mejor dibujados se les quitan los accesorios históricos, los bigotes y las patillas, los galones y los penachos, un par de frases y otro par de anécdotas, no les conocería ni su padre.

El tío, el sobrino y Alvarito estuvieron haciendo cábalas acerca de quiénes podrían ser aquellos personajes, y llegaron a identificar a María Antonieta, a la Brinvilliers, a Mirabeau, Robespierre, Marat, Fouché, Fualdés, Paganini, Danton, Fieschi con su querida, madama Roland y Robinsón Crusoé. Algunos no eran muy seguros; otros, por ejemplo, como Marat, con el cuerpo desnudo, encogido, como para ser metido en una bañera, con una herida en el pecho y un pañuelo atado a la cabeza, eran indudables.

Las demás figuras quedaron sin identificar. Algunas se comprendía que eran de varones, otras de hembras; no faltaban quienes tenían aire ambiguo.

A las figuras no identificadas Chipiteguy y Marcelo les pusieron motes: el Inglés, el Diplomático, la Española. A una le llamaron la Dama Bonita.

—Esta pícara tiene aire gracioso—dijo Chipiteguy—. Es alguna dama del antiguo régimen. Con su cara sonrosada y sus ojos azules la estoy viendo riéndose de su marido y de sus galanteadores.

Alvarito la encontraba cierto lejano parecido con Manón.

Chipiteguy no se arredró por la dificultad de identificar sus figuras ambiguas y borrosas y en colaboración de Alvarito decidió quién había de ser ésta y la otra, y después de su decisión, sintiéndose tan Curtius como el señor David, puso a los personajes pelucas y patillas, pegadas o sujetas con tachuelas. Les encasquetó tricornios y morriones y los transformó en generales célebres de la guerra carlista. Los ultrajes a la ceroplastia eran continuos.

En Bayona, y en aquella época, este disfraz carlista de los personajes era lo que podía tener más interés para el respetable público.

Además de las figuras separadas había un grupo de tres hombres, que por su actitud estaban asesinando a otro; pero el muerto faltaba. Estos tres vinieron vestidos. Uno de los asesinos, hombre joven, con los ojos torcidos, la boca de labios gruesos, la nariz chata, gorra en la cabeza y pañuelo rojo al cuello, levantaba el brazo, armado con un puñal. El otro, más viejo, rechoncho, fuerte, de mirada inteligente y viva, tenía un cuchillo medio oculto en la mano. El tercero, un testigo, unido a los dos asesinos por la fatalidad y por unos listones de madera, era un hombre que gritaba, pidiendo socorro, y abría mucho la boca, enseñando los dientes y las encías. Este tipo, que debía ser una persona honrada, tenía el pelo gris, la cara con muchas arrugas, anteojos, gabán y bastón en la mano. A pesar de su presunta honradez era casi más antipático que los criminales unidos a él.

Chipiteguy pensó que podría llamarse al joven el Asesino, al otro el Patibulario y al viejo que gritaba el Voceador.

Todas las figuras de cera tenían ese aspecto horrible y feo, un poco de fantasma, de las obras ceroplásticas. Era un extraño carnaval de figuras inmóviles y sin expresión, aunque algunas tenían como un lugar común expresivo y amanerado.

Había tipos con aire de pedantería y de discreción, que parecían decir: "¡Ah!, no crean ustedes; nosotros también guardamos nuestro secreto."

Cuando estuvieron vestidos, se les arrimó a los personajes a la pared del almacén.

Manón, al verlos, sintió la repugnancia de aquellas figuras de aire hipócrita y pedantesco, y exclamó:

—¡Qué asquerosos tipos!

Luego pidió a su abuelo permiso para romperlos a pedradas.

—¡Hombre, hombre! ¡Qué chica! Tú eres iconoclasta. Déjalos. Después de todo, no te has de casar con ninguno de ellos—dijo Chipiteguy—, y ya verás como cada uno nos trae sus cuartitos.

La mayoría de los personajes fueron transformados en militares y en guerrilleros de la guerra carlista, menos el grupo de los asesinos.

Aquellos tipos tenían aire tan repugnante y tan vil, que no podía transformárselos en guerrilleros. Tampoco se les pudo cambiar en monederos falsos. Lo más que se les hubiera podido convertir era en verdugos.

¿Qué crimen habían cometido? Chipiteguy no lo sabía. Su sobrino Marcelo dijo que quizá se podría averiguar el crimen leyendo las causas y procesos célebres; pero Chipiteguy pensó que, después de todo, no valía la pena. A aquellos tres siniestros personajes, unidos por el destino y por los listones que tenían al pie, no era tampoco fácil separarlos.

Chipiteguy pensó que debía guardar el grupo oculto hasta que se agenciara un asesinado de cera que tuviese un poco de aspecto. Estos tres personajes horribles fueron a parar a la cueva, envueltos en telas de sacos.

A Alvarito, el recordarlos le daba horror. ¿Por qué no le parecían unos peleles armados con palos y llenos de hojas de maíz, como eran? ¿Por qué no los tenía por muñecos o maniquíes vestidos con ropas de prenderías? No sabía por qué, pero le hacían efecto. Sin duda no era la cosa completamente extraña, porque el loco de la vecindad, a quien llamaban Abadejo, al ver los muñecos, se estremeció, le dió un ataque y empezó a dar gritos de melusina.

Se veía que aquellas figuras siniestras obraban en la gente de imaginación débil, perturbándolos. La ceroplastia tenía una acción indudable en el sistema nervioso.

Un día Chipiteguy le dijo a Alvarito:

—Al ciudadano Marat le tenemos que hacer una herida mayor. Toma este cuchillo y caliéntalo en el fuego, en la cocina.

Alvarito hizo lo que le mandaban.

—Ahora—le dijo el viejo—, húndeselo en el pecho al ciudadano Marat.

—¿Yo?

—Sí. ¿Qué, te da miedo?

—No, no. ¿Por qué me va a dar miedo?

—Con cuidado.

Alvarito cogió el cuchillo caliente y lo clavó en el pecho del gran revolucionario. Chirrió la cera y quedó una como herida horrorosa, que luego se pintó de bermellón.

Chipiteguy no tenía idea buena. Buscaba lo impresionante, lo sensacional. A una de las figuras de mujer se le ocurrió ponerle un antifaz en la cara, con lo que la dejó más siniestra.

Cuando concluyó el arreglo de sus figuras, Chipiteguy construyó una barraca en la plaza de la puerta de España, donde solían tocar la música los soldados. Su instalación tuvo éxito. Durante mucho tiempo la gente fué por la tarde a ver las figuras de Chipiteguy. La barraca no tenía luz de día, sino que estaba iluminada por unos quinqués de petróleo. Esto le daba al lugar un aire de cueva misterioso y siniestro.

A la entrada, para cobrar, solía estar una muchacha, vestida de lentejuelas, y dentro había un francés ex carlista que explicaba la vida y las aventuras de cada personaje con gran lujo de detalles. Por entonces las siluetas y tipos de los generales españoles liberales y carlistas no se conocían con exactitud, al menos en Francia, y Paganini, Fieschi y Robespierre, pelos más, pelos menos, podían pasar indiferentemente por Cabrera, Zurbano o Zumalacárregui...

Una tarde, poco después de la inauguración de la barraca de Chipiteguy, instalada cerca de la puerta de España, charlaban dos jóvenes elegantes con don Eugenio de Aviraneta, mientras contemplaban las figuras de cera.

Uno de los jóvenes era un pintor, que vestía como un dandy, frac azul, pantalón con trabillas y grandes melenas; el otro era Ochoa, el escritor.

—Oiga usted, don Eugenio—le dijo Ochoa a Aviraneta—, ¿qué cantidad de verdad hay en estos retratos?

Aviraneta se sonrió; era amigo de Chipiteguy.

—No están mal—dijo.

—Es curioso—exclamó el pintor—; las figuras de cera son más pintorescas y más típicas cuanto más estropeadas y viejas están.

—¡Ah, claro! No es obra artística—indicó Aviraneta.

—Indudablemente—dijo el pintor con petulancia—, las figuras de cera son algo atrayente, sobre todo para los chicos y la gente del pueblo. Es un espectáculo de gran curiosidad, emocionante...

—Pero al mismo tiempo de extraña repulsión—indicó Aviraneta.

—Es cierto—añadió Ochoa—. Esta curiosidad y este atractivo son malsanos. Tiene todo esto la sugestión de la cosa prohibida y pornográfica; algo de la inquietud que produce la máscara, y al mismo tiempo, ese fondo malo, encanallado, histérico, que se revela en la curiosidad por los muertos, por las salas de disección, los gabinetes anatómicos y las operaciones.

Alvarito se puso a escuchar la conversación de los tres señores, porque le interesaba.

—¿A ustedes les produce repugnancia?—preguntó el pintor—. A mí me inspira más bien risa.

—A mí, una barraca de figuras de cera, me parece un depósito de cadáveres de broma—murmuró Aviraneta.

—Sí, sí, tiene usted razón—dijo Ochoa—; a mí me parece lo mismo, y creo que la causa principal de esto es que todo en esas figuras sabe a muerto.

—Pues a mí, principalmente, todo ello me produce risa—insistió el pintor—; aquel general con su tricornio y su sable es de lo más grotesco que se puede imaginar.

—Los generales de verdad son más grotescos—afirmó Aviraneta.

—Yo creo que en una exhibición así el recuerdo de la muerte es lo que se impone—siguió diciendo Ochoa—. El color de la cera es color de muerto, y, unido a la repugnancia que producen los ojos de cristal, los pelos postizos y los trajes acusan más esta impresión.

—Mire usted qué monja—señaló el artista—. Es siniestra. ¿Eh?

—Parece un fantasma—dijo Aviraneta.

—Sí, es horrible. ¿Cómo puede encontrar eso nadie bello?—preguntó el pintor.

—Hay gente para quien lo horrible es lo bello—replicó Ochoa.

—¡Bah!—exclamó el pintor.

—¿No lo era también para Shakespeare?

—Yo no he leído a Shakespeare—replicó el artista—; como si esto fuese una superioridad.

—Un francés, ¿para qué va a leer nada extranjero?—exclamó Aviraneta—. Ellos lo tienen todo en casa.

—Es verdad—contestó el artista, sin notar la ironía de don Eugenio.

Alvarito escuchó con atención. El, no sólo no había leído, sino que no había oído hablar nunca de Shakespeare.

—En todo se acentúa la idea de muerte y de sepulcro—insistió Ochoa—; la cera tiene algo de carne, pero de carne muerta; los ojos vidriosos de cristal son ojos de cadáver; el pelo, separado de la persona, es de las cosas que más recuerdan al muerto. Las ropas, sobre todo usadas, hablan de un difunto: son como testigos de todo el bien y el mal que ha hecho un hombre de verdad en la vida, porque no es muy probable que el sastre las hiciera para muñecos. Todo lo que se reúne en las figuras de cera es funerario y sepulcral.

—Como tú, querido Ochoa—saltó el pintor—, que también estás funerario y sepulcral.

—El tamaño quizá influye también—añadió Aviraneta—. Si las figuras fueran mayores o menores que el natural, probablemente no darían tanto la impresión de cosas muertas; pero esos gabanes usados, esas gorras, esos sombreros, que los han llevado, seguramente, gentes vivas, nos sugiere un poco la idea del difunto.

—¡Qué macabros están ustedes!—exclamó el pintor.

—No, macabros, no. Insistimos un poco para aclarar—replicó Ochoa—. Indudablemente tiene usted razón, don Eugenio. El tamaño influye mucho. Es el del natural; por lo tanto, el del muerto. Aumentándolo o achicándolo bastaría probablemente para quitar esa impresión. Un muñeco no da nunca esa sensación desagradable, porque no hay la posibilidad de confundirle con una persona. ¿Por qué la posibilidad de la confusión es tan desagradable?

—Es la posibilidad del fantasma, del espectro—dijo Aviraneta—. Un fantasma como una mosca o como un monte no podría ser fantasma asustador.

—Luego hay el otro punto—insistió Ochoa—. ¿Por qué una figura tan realista como una figura de cera no produce efecto artístico? Indudablemente, todas estas impresiones reunidas de curiosidad y de repulsión de que hemos hablado estorban para producir una sensación de suavidad y de dulzura. ¿Por qué el asesino con un puñal en la mano y la víctima con una herida de la que brota sangre nos son odiosas en figuras de cera y no en un cuadro?

—Resolver esa cuestión sería encontrar el tope del arte—dijo Aviraneta—, sería saber dónde están sus límites.

—Es cierto—añadió Ochoa—. No sabemos cuál es el límite del arte. ¿Por qué el pelo rubio o negro pintado en la tela está bien y, en cambio, la peluca rubia o morena sobre una figura de cera es repugnante? ¿Por qué los tiñosos de Murillo, en su cuadro de "Santa Isabel", son hasta bonitos y, en cambio, un tiñoso en figura de cera sería aún más desagradable que en realidad?

—Sin duda la realidad, y el hombre dentro de ella, es como un monstruo lleno de tentáculos—observó Aviraneta—, y unos de éstos viven de aire y de luz, y otros, de sangre y de cieno; el arte los aprovecha, pero no puede aprovecharlos todos.

—Y las figuras de cera toman de la realidad esos tentáculos cenagosos, los más hundidos en el barro humano—añadió Ochoa.

—Es indudable—dijo Aviraneta.

—A mí lo que me asombra—añadió Ochoa—por qué este arte de las figuras de cera, cuando llega a la suma perfección, no llega a la belleza. Ustedes habrán visto en el castillo de Potsdam la figura del gran Federico en cera.

—Yo, no—dijo Aviraneta.

—Yo, tampoco—repuso el pintor.

—Todos afirman que es de un parecido absoluto. Las facciones del rey de Prusia están vaciadas en la cara del muerto; el que pintó la cara conocía al gran Federico, y sus mejillas apergaminadas y sus ojos rodeados de un círculo morado son de una verdad completa. El traje y los accesorios son los mismos que usaba el rey; la peluca de estopa, el uniforme azul, desteñido y raído; las botas, el sombrero, la espada, la flauta, son los que él empleaba. Es casi la realidad... sin el espíritu.

—¿Y qué efecto hace?—preguntó Aviraneta.

—Igual que estas figuras de cera. Da repugnancia y miedo—contestó Ochoa.

Quizá iban a seguir los comentarios, que Alvarito oía muy interesado, cuando se presentó Chipiteguy, que saludó afectuosamente a Aviraneta.

—¿Quién es este tipo?—preguntó el pintor a Ochoa.

—¿El viejo? Es el dueño de las figuras de cera.

—No; el otro.

Ochoa le explicó quién era el conspirador, y el artista estuvo contemplando a Aviraneta.

—Es un tipo curioso—murmuró—; tiene una bonita cabeza.

—Sí, es un poco águila o buitre.

Alvarito escuchó con atención aquellas teorías acerca de la ceroplastia que expusieron los tres señores y pensó sobre ellas. En muchas cosas estaba conforme.

II LOS SUEÑOS DE ALVARITO

Mientras las figuras de cera estuvieron encerradas en el almacén constituyeron una obsesión para Alvarito. Le daban miedo, horror y repugnancia, y no quería acercarse a ellas. De noche, sobre todo, el pensar en el sótano le hacía estremecer. Era un antro de la locura, lleno de monstruos gesticulantes, de espectros horrorosos, que se amenazaban en un terrible silencio. Alvarito tenía el temor de que toda su vida la pasaría así, con la perspectiva de un sótano negro con figuras de cera.

Cuando comenzaron a llevarlas a la barraca pensó que ya se sentiría tranquilo; pero quedaba en la cueva el grupo de los asesinos, que era el que más le repugnaba y le inquietaba.

Alvarito era muy nervioso. Había vivido siempre excitado con las fantasías políticas de su padre y las ideas supersticiosas y fatídicas de la madre. Al principio, en casa de Chipiteguy, con la buena alimentación, había logrado robustecerse física y moralmente; pero aquellas malditas figuras de cera le obsesionaban y le quitaban toda tranquilidad. Constantemente se le aparecían en sus sueños.

Soñó una vez que la casa de Chipiteguy estaba encantada por un maleficio misterioso y extraño. En los subterráneos había monstruos gesticulantes, sombras hórridas que se agitaban en el silencio; en el piso alto había un hada y un viejo mago, y alrededor un ambiente de locuras y de extravagancias.

Cuando se entraba en la casa se desfallecía, hasta tal punto, que en pocos minutos se quedaba uno anémico y exangüe y al último convertido en figura de cera.

De pronto una mujer que le hablaba, y a quien conocía, aunque en el momento no sabía quién era, le revelaba susurrando el importante secreto. Para no quedar encantado en aquella casa era necesario no tocar el suelo. Era por el contacto con el suelo cómo se perdían las fuerzas. Entonces a Alvarito se le ocurría la idea de llevar una grúa de las que se levantaban en la orilla del río y colocarla cerca del Reducto, y por la cuerda descolgarse y entrar en casa de Chipiteguy.

Alvarito realizaba su proyecto con gran facilidad; bajaba por la cuerda y, balanceándose en ella, recorría la casa, sin pisar el suelo, y a todo lo que tocaba con una varita lo desencantaba al momento. De pronto comprendía que había sitios a los que no podía llegar, y entonces abandonaba la grúa y construía en un instante unos zapatos altos, de suela hueca, y comenzaba a andar por toda la casa, deslizándose con una gran facilidad; pero se encontraba una puerta cerrada y ésta era su desesperación, porque no podía desencantar a una persona oculta, por quien tenía gran interés, y, a pesar del gran interés, no sabía quién era. Todas sus tentativas eran fallidas. Al empujar la puerta cerrada e intentar abrirla perdía sus fuerzas. No sabía por qué, hasta que miraba por un ventanillo y veía una muchedumbre de figuras de cera que sujetaban la puerta por dentro.

Aquel sueño se le complicaba con otro parecido. En el segundo sueño entraba por un ancho portal, subía por una escalera y pasaba a un campanario de una iglesia, lleno de gente, con unas grandes vigas en el techo, de las que colgaban un gran número de arañas, que subían y bajaban, haciendo gimnasia en sus plateados hilos. La gente era extraña y absurda; había un hombre pequeño, moreno y de bigote negro, vestido de mujer, que braceaba mucho al andar y miraba con gran petulancia; un tipo rechoncho, con la cara tiznada de carbón, que se parecía a Claquemain, y una mujer alta, seca, esquelética, con la mirada fría, el pelo rubio y vestida de militar.

Había chiquillos en el suelo, por entre las sillas, redondos y blancos como pelotas de goma, parecidos a los del cuadro de la "Matanza de los Inocentes", del salón de casa de Chipiteguy. Entre aquella gente rara, una figura, cubierta con antifaz, le miraba a él con fijeza y le hacía estremecer.

De repente se entablaba una discusión entre dos curas delgados, pequeños y picados de viruelas, que decían algo terrible al moreno de bigote y vestido de mujer. Entonces, en lo más fuerte de la discusión, aparecía un hombre con anteojos, peluca y gabán gris, abría la boca y parecía gritar, pero Alvarito no le oía. Era el voceador el personaje de las figuras de cera del grupo de los asesinos. Alvarito se desesperaba al verle y en su desesperación se despertaba.

Muchos otros sueños le produjeron al muchacho el recuerdo de aquellas malditas figuras de cera.

Alguna vez, al pasar por las orillas del Adour, vió surgir entre el boscaje al Asesino, que se le presentaba con el brazo levantado blandiendo su puñal.

Alvarito se hallaba predispuesto a creer en espectros y en aparecidos.

Sin embargo, se decía:

—Una figura de cera no puede tener alma. Soy un visionario.

Y este pensamiento, en parte, le tranquilizaba, aunque no siempre. También pensaba que los maniquíes, los autómatas, los peleles y los muñecos tienen como un reflejo de la personalidad del que los ha hecho, y a veces hasta voz como los espantapájaros del Tonkín, que con una botella rota y una cuerda suenan y chirrían y asustan a los gorriones.

En un libro viejo, encuadernado en pergamino, que tenía Chipiteguy, un antiguo tratado de supersticiones, Alvarito leyó que los sueños son de cuatro clases: divinos, naturales, morales y diabólicos. Los sueños naturales provienen del temperamento de las personas.

Los biliosos sueñan colores amarillos, querellas, disputas, combates e incendios; los sanguíneos sueñan con azafrán, jardines, festines, danzas, amores y diversiones; los melancólicos, con humo, obscuridad, tinieblas, paseos nocturnos, espectros, cosas tristes y muertes; los pituitosos, con el mar, los ríos, las navegaciones, naufragios, objetos pesados y obstáculos para la marcha.

Alvarito, al leer esto, pensó que quizá él principalmente era pituitoso, con un poco de bilioso, otro poco de melancólico y una miaja de sanguíneo. Después comprendió que todo esto no era más que hablar y no decir nada.

Un día soñó que iba a caballo por un gran puente que avanzaba en el mar. A un lado y a otro se agitaban las olas y hervían las espumas en un verdadero caos.

Estas olas tenían a veces vagas figuras humanas y se levantaban severamente para decirle algo.

—¿Qué pasa? ¿Qué me quieren?—se preguntaba.

Las olas no llegaron a romper a hablar, y de este sueño lo único que dedujo Alvarito al pensar en tanta agua fué que él debía ser muy pituitoso.

Otra vez soñó que estaba delante de una gradería de figuras de cera, y que en medio había un dandy, con melenas y frac azul, que reproducía los rasgos del pintor amigo de Ochoa que estuvo en la barraca el día de la inauguración y que cantaba, tañendo la lira, una canción romántica.

Alvarito no oyó lo que cantaba; pero el autor, con más costumbre de comprender a las figuras de cera, sospecha que el melenudo entonaba en su lira la célebre canción de la Ceroplastia o Balada de las figuras de cera, compuesta por el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg, que dice así:

III LA CANCIÓN DE LA CEROPLASTIA

A veces, en la callada noche solitaria, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas, y la luna se destaca como una nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo, cuando las luces de la feria se extinguen, se oye una voz misteriosa a la puerta de las barracas de las figuras de cera, que canta sollozando:

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Tus hijos, es cierto, tienen ojos y manos, y pies, como los hijos de los hombres, y trajes y sombreros y zapatos, y nadie les impide llevar calzoncillos y hasta polainas; pero tus hijos no alcanzan el aprecio de los inteligentes ni el de los estetas. No se les instala en palacios ni en museos, como a los muñecos del arte griego, a pesar de hallarse éstos descalzonados y descamisados; no se les admira; se les relega a las barracas, fuera de la ciudad, como a los atacados por una peste o a los mendigos miserables. Tus engendros, madama Ceroplastia, no han estado nunca en la pomposa rotonda, ni en la logia, ni en la columnata, ni en el pórtico en que los petulantes hijos del mármol se lucen en una postura amanerada y un poco incómoda; ni en la fuente, ni en el square; no han visto las caravanas de turistas con el Baedeker en la mano contemplándoles con una admiración contratada de antemano por la Agencia Cook; ni el grupo de feas solteronas inglesas en éxtasis mostrando sus amarillos dientes de caballo. Los hijos de la cera no conocen más elogio que el de la fregona y el del soldado. Plebeyez, todo plebeyez.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

No, no. Os faltan los adjetivos encomiásticos, hijos de la cera. ¿Dónde está la frase de Goethe o del vizconde de Chateaubriand, o al menos del vizconde de Arlincourt, en vuestro elogio? Nadie os ha cantado, ni en verso ni en prosa. Unicamente se dice que un santón del comunismo, Esteban Cabet, individuo al parecer poco estético, habló de probar su Icaria, su ciudad utópica y perfecta, con figurones de cera de hombres ilustres; pero se añade que el mundo se rió cínicamente de la Icaria y de los figurones de cera. Utopía, todo utopía.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Dicen tus impugnadores que eres como la charca donde se pudren las aguas vivas que vienen del monte; que la cera, cuando sale de la colmena es hermosa, se convierte en repulsiva en tus figuras y que lo mismo pasa con el cristal y con las telas; añaden que rebajas todos tus materiales, en vez de sublimarlos; que tus factores son buenos y tus productos son malos. Industrialismo, todo industrialismo.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Tus figuras de una discreción un poco repugnante, producen, a la mayoría de las gentes, inquietud y molestia; les recuerdan, según parece, las momias recubiertas de cera, las imágenes con pelo de las iglesias, los dientes postizos, las piezas de anatomía, los escaparates de los ortopédicos, las cabezas de muestra de los salones de peinar señoras, los maniquíes de los sastres y de los peluqueros, los bustos de los frenólogos... cosas todas del largo capítulo de las invenciones desagradables de las farsas y de las mentiras. Mendacidad, todo mendacidad.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Vuestra composición, hijos de la cera, no os permite vivir en plena naturaleza. La lluvia y el sol os estropearía el físico.

Vuestras pelucas y uniformes, vuestros pompones y penachos, vuestras chupas y casacas, vuestros calzones, sables y espadas; vuestros trabucos y pistolas viejas, vuestros abanicos y tabaqueras, vuestros pañuelos y puntillas, hablan a la gente, más que de Versalles o de Sans Souci, de tenduchos de prenderos, de traperos y ropavejeros. Guardarropía, todo guardarropía.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Los estetas y los cultos te consideran como un arte macabro y funerario. Recuerdas, según ellos, las pompas fúnebres, las damas repipiadas que se ven en las tumbas modernas esculpidas por un cantero en un mármol, que parece azúcar; los angelitos dorados y plateados de los ataúdes, los cuadros de pelo de los antepasados muertos, las reliquias amarillentas, un tanto desagradables, y los ex votos de las capillas, en donde se mezclan los brazos y las piernas de cera con los huevos de avestruz. Funerario, todo funerario.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Y, sin embargo, sin embargo... ¡cómo nos seducías cuando éramos chicos! Si desde un punto de vista estético te pueden poner objeciones, no podrán hacer lo mismo pensando en la moral. Tus ladrones no roban, tus asesinos no matan, tus magistrados no dan sentencias injustas, tus generales son modestos y silenciosos. ¿Se debe pedir algo más? Los hijos de la cera pueden decir: ¿Por qué tal desprecio? ¿No copiamos el dermato-esqueleto del hombre con su vestimenta apropiada? Si no podemos representar el interior de las gentes, ¿qué es esta impotencia sino un acierto? ¿Hay algo más tortuoso, más negro, más enrevesado, más lleno de telarañas que esos cuartos interiores del espíritu humano, sin ventilación y sin luz?

Dejad que el asesino sea un brazo con un puñal que se levanta en el aire; dejad que el magistrado o el profesor sea una bola en forma de cabeza o de calabaza, con un birrete con pompón; dejad que el general no pase de ser una estaca con un hermoso tricornio, con su plumero, y saldréis ganando... ¿Para qué más? Los cultos no se convencen. Viven en plena rutina estética, duermen en compañía del lugar común. Piensan en la Venus de Milo y en el Apolo de Belvedere, en el Moisés de Miguel Angel y en el condottiero de Donatello, y hasta el nombre de Ceroplastia, ¡oh dolor!, les parece ridículo. Amaneramiento, todo amaneramiento. Vanidad, todo vanidad.

—¡Ceroplastia! ¡Ceroplastia! No eres un arte triunfal.

Esta es la voz misteriosa que en la callada noche solitaria se escucha a la puerta de las barracas de las figuras de cera, cuando las luces de la feria se extinguen, cuando Júpiter brilla con fulgor sobre las chimeneas de las casas y la luna se destaca como una nota de música en el pentágrama de los alambres del telégrafo.

IV UN PROYECTO

Manasés León, el judío del barrio de Saint Esprit, negociante en pequeño, era un judío pintoresco; la nariz corva, el labio inferior grueso, los ojos brillantes, detrás de unas antiparras que le daban aire de búho; el pelo lleno de rizos, el vientre abultado y los pies fenomenales y defectuosos. Vestía Manasés siempre un poco desastrado y hablaba de una manera suave e insinuante.

Manasés, muy amigo de Chipiteguy, había hecho con él varios negocios.

Un día, Manasés León, que estaba en la tienda de Chipiteguy, en vez de salir a la calle, entró hacia el almacén y dijo:

—Amigo Dollfus, tengo que hablar con usted.

—Usted dirá, Manasés.

—Tengo una noticia que yo no sé si la podríamos aprovechar.

—Vamos a ver la noticia.

—Parece que unos de los capitanes generales de Navarra mandó recoger hace meses muchas cruces y custodias de plata de las iglesias de la provincia, abandonadas por los curas, y llevarlas a Pamplona. El capitán general anterior a éste tomó la determinación de meter todos los objetos de plata en barricas y de guardarlos en un sótano de la ciudad. Se quería traerlos a Francia y venderlos. El capitán general actual ignora, según dicen, que haya este depósito y los únicos que saben dónde está son el cónsul de España, don Agustín Fernández de Gamboa, y el posadero de la calle de los Vascos, Ignacio Iturri.

—¿Y usted cómo sabe eso, Manasés?

—Porque me lo ha dicho Gamboa.

—¿Y para qué se lo ha dicho a usted?

—Pues, sencillamente, por si yo encontraba alguien que se encargara de traer esos objetos hasta aquí. A un cristiano quizá no se hubiera atrevido a hacer la proposición; pero ya sabe que soy hebreo.

—¿Así que él quiere traer esos objetos a Bayona?

—Sí, eso pretende. La casa donde se guardan las barricas, llenas de cosas de oro y de plata, es de un conocido de Gamboa, y por lo que me he enterado, las barricas están a nombre de Iturri, que otra vez quiso traerlas a Francia, pero que no se atrevió.

—¿Y a usted qué se le ha ocurrido?—preguntó Chipiteguy.

—A mí se me ha ocurrido que podíamos enviar alguno de nuestros chatarreros a Pamplona con un carro a ver si le entregaban las barricas y las traía aquí.

—¡Qué ilusión!

—¿Le parece a usted?

—Claro. Así, tan fácilmente, eso es imposible. ¿Usted piensa que en un país en guerra van a dejar pasar un carro con barricas sin reconocer lo que va dentro?

—Sí, es verdad.

—De intentar esta aventura habría que traer ese tesoro de otra manera; tendría que ir a Pamplona uno mismo.

—¡Ir a España!—exclamó Manasés—. No, no; de ninguna manera. A mí no me pescan los carlistas de España. ¡Ca! Si desean entenderse conmigo, que vengan a mi tienda de Saint Esprit y les venderé lo que quieran.

Manasés pensaba que llegar a España y ser desollado vivo como un perro judío sería cosa inmediata.

—Pues, amigo Manasés—dijo Chipiteguy—, despídase usted del proyecto, porque si cree usted que un carretero cualquiera le va a traer a usted esas barricas hasta aquí desde Pamplona, sin que nadie las vea y las registre, cree usted una tontería; y si piensa usted que si le dice usted al carretero a lo que va, después de pasar grandes peligros él, le va a traer las barricas a usted, para que usted se quede con ellas, pues piensa usted una candidez.

—Estoy convencido, Chipiteguy—murmuró Manasés—, hasta el punto de que no quiero ocuparme más del asunto. ¡Ir a España! No, nunca.

—Pues yo quizá intente ver qué hay en eso. ¿Cuántas barricas habrá?

—No sé. Hablan como si hubiera cuatro o cinco.

—Para traer eso había que ponerse de acuerdo con el cónsul Gamboa—dijo Chipiteguy.

—Y quizá también con el posadero Iturri.

—¿Y valdrán mucho esas cosas de iglesia?

—Parece que sí—contestó el judío—. Son varias arrobas de plata. Gamboa supone que debe haber además oro y piedras preciosas.

—Hala, Manasés, vamos los dos—dijo Chipiteguy—; nos repartiremos el botín. Veremos lo que pueden hacer juntos dos viejos traperos, un judío de origen español y un ateo alsaciano.

—No, no. Yo no voy. Si usted es tan loco para ir allí, váyase. Yo no voy.

Chipiteguy dió muchas vueltas en la cabeza a la noticia de Manasés, y, después de pensarlo despacio, habló con don Eugenio de Aviraneta.

A Chipiteguy se le había ocurrido la idea de ir a Pamplona en un carro con sus figuras de cera y volver, si la cosa era posible, trayendo algunas o todas las barricas con la plata recogida de las iglesias navarras.

—No le aconsejo a usted que lo haga—le dijo Aviraneta.

—¿Por qué?

—Porque es peligroso.

—¿Qué es lo que no es peligroso?

—Está bien; pero usted no tiene necesidad de eso.

—Usted no tiene tampoco necesidad de andar por aquí intrigando.

—Amigo Chipiteguy: si usted, a su edad, se siente con deseos de aventuras, no le digo nada. Adelante.

—Pues adelante. Estoy dispuesto. Yo quisiera, amigo Aviraneta, que usted le viera al posadero Iturri, le preguntara qué sabe de esas barricas, cuántas hay, etc., etc.

—Vamos ahora mismo—dijo Aviraneta.

Fueron a la posada de Iturri; el posadero estaba en la trastienda de su mercería y fonda.

Aviraneta expuso a Iturri las pretensiones de Chipiteguy.

—Sí—dijo el posadero—; hay cuatro o cinco barricas en un almacén de trigo de la calle Nueva, de Pamplona. Yo no sé qué tienen dentro. Creo que pusieron las barricas a mi nombre.

—¿Y no sabe lo que hay dentro?—preguntó Chipiteguy.

—A punto fijo, no. No creo que haya inventario ninguno.

Como Chipiteguy insistió en ir a Pamplona, Iturri le dijo:

—Tenga usted cuidado y no sea usted loco. La cosa es muy difícil, casi imposible.

Chipiteguy era terco y estaba decidido; le tentaba la aventura. Fué al consulado de España a visitar a Gamboa; le dijo lo que le había contado Manasés y lo que quería hacer.

—¿Y usted mismo piensa ir?—le preguntó Gamboa.

—Sí; si se gana lo suficiente, yo mismo intentaré traer las barricas aquí.

—Yo no sé lo que vale eso—replicó Gamboa—. Si la empresa sale bien y trae aquí esa plata, le pagaremos los gastos que usted haya hecho y el veinte por ciento de la venta. Si sale mal y no puede usted traer esas barricas, le abonaremos sólo los gastos. ¿Le parece a usted bien?

—Sí; no me parece mal.

—¿De manera que se decide usted?

—Sí, me decido. Iré y probaré fortuna. Entrar en España no es difícil; lo difícil es salir, sobre todo trayendo las cruces y las custodias.

—Si quiere usted le daré la orden para que le entreguen esas barricas. Aquí está su descripción y su numeración. Se hallan puestas a nombre de Iturri, un posadero de Bayona.

—Sí; le conozco.

Gamboa le entregó los papeles y una orden reservada y sin firma para el amo de la casa de la calle Nueva de Pamplona, donde estaban guardadas las barricas.

Chipiteguy se puso a estudiar el asunto. Toda la frontera española, desde Fuenterrabia hasta más allá de Roncesvalles, estaba ocupada por los carlistas, excepto el puente de Behovia. Los chatarreros que entraban en Navarra solían pasar por el campo carlista, en el que tenían conocimientos. Había que encontrar algunas influencias entre los partidarios de don Carlos para que no pusieran dificultades al paso de un carro con las figuras de cera, cosa que no le había de ser difícil.

Chipiteguy alquiló una carreta de cuatro ruedas y dos caballos normandos y dispuso llevar sus mejores figuras de cera para las ferias de San Fermín.

Claquemain y Frechón irían en la galera y Alvarito y él en un carricoche.

Claquemain había hecho el viaje varias veces; Frechón, aunque se enterara de lo que se trataba, no se escandalizaría, porque era anticlerical furioso, y, si exigía algo, se le taparía la boca dándole dinero.

Los preparativos se hicieron a la chita callando. Chipiteguy dijo a Alvarito cómo tenían que ir a Pamplona.

—¿Pero hay ferias durante la guerra en Pamplona?—preguntó el muchacho.

—No, ferias importantes no hay; pero van algunos pocos comerciantes, sobre todo franceses, y ganan muy bien, porque no hay competencia.

—¿Y se podrá pasar?—preguntó Alvarito.

—En eso estamos ya unos cuantos, en tratos con carlistas y liberales. Los carlistas dejarán pasar los carros si paga cada uno unas pesetas; luego, cuando no acerquemos a un pueblo del camino, Zubiri o Larrasoaña, nos uniremos a una compañía franca y con ella entraremos en Pamplona.

Se cargó la galera, se preparó un cochecito y un día Chipiteguy dijo en su casa que a la mañana siguiente se marchaba a Pamplona a pasar unos días.

Manón, que se preparaba a ir a visitar a una familia amiga de la calle de l'Orbe, preguntó extrañada:

—¿Cómo, te vas a Pamplona, abuelo?

—Sí.

—No habías dicho nada.

—Es un proyecto que se me ha ocurrido de pronto.

—¿Y qué hay en Pamplona?

—Hay una feria.

—Pues llévame también a mí.

—No puede ser. Tú tienes que estar aquí al frente de la casa.

—¿Y Frechón?

—Viene conmigo.

—¿Y Alvarito?

—También.

—¡Qué habrás pensado, abuelo! Alguna cosa has pensado tú que no me quieres decir a mí.

—Nada, nada.

—¿No vas a hacer algo peligroso?

—No, no; no tengas cuidado.

—Porque ¿qué haría yo si me quedara sin mi abuelito?

—No, no haré nada peligroso; tranquilízate.

—Nos vas a tener inquietos en casa.

Chipiteguy besó a su nieta y le dijo que fuera a su reunión.

Al día siguiente, antes que Manón se hubiera levantado, Chipiteguy y Alvarito salieron en su carricoche por la orilla del Nive.

La galera con Frechón y Claquemain había salido anteriormente, y unidas a otras varias y a un coche de un vendedor de lápices, marchó hacia San Juan de Pie de Puerto.

Tres días después entraban los coches y las galeras en Pamplona por la puerta de Francia y se instalaban en el paseo de la Taconera.

Chipiteguy llevaba recomendaciones de Gamboa para el capitán general y para el jefe político, don Domingo Luis de Jáuregui.

V EN PAMPLONA

El sol caía de plano sobre la llanura de Pamplona. Era un día de julio, día de San Fermín. En los alrededores de la ciudad los campos estaban segados y se preparaban para la trilla. Los montes de la cuenca pamplonesa, el Perdón y el Ezcaba, el Servil y la Higa de Monreal, San Cristóbal y la Silla de Pilatos aparecían azules en el cielo inflamado. En la vuelta del castillo amarilleaban los hierbales; sólo en los fosos de la muralla, en algunos rincones sombríos, se conservaban aún verdes y frescos; el campo se hallaba dominado por el color dorado y la ciudad aparecía caldeada dentro de sus murallas grises, en su gran llanada, rodeada de montes pelados.

Por los caminos, y a pesar de que los carlistas ocupaban los alrededores, venían los campesinos, hombres y mujeres, en los caballejos y en las mulas, a las fiestas, que se celebraban sin gran esplendor, por la guerra.

Había un campaneo vertiginoso en todas las torres de la ciudad en honor del santo patrón.

Las campanas de San Saturnino contestaban a las de la Catedral, las de San Nicolás a las de San Saturnino, las de San Lorenzo a las de San Nicolás. Las unas hacían ese tán tán triste, pesado y agobiador; las otras, el tilín talán clásico de las dos campanas echadas al vuelo, que tan bien indica el carácter de los pueblos españoles levíticos con curas y con beatas; no faltaba el tín tín agudo del esquilón del convento de monjas.

¡Qué sugestivo! ¡Qué romántico este continuo y melancólico tañer! ¡Cómo se recuerda la infancia, la tristeza de la vida! ¡El toque de oración, el del Angelus, el de la Agonía, el de la misa, el de los funerales! ¡Cómo sale a flote ese fondo doloroso de la existencia! ¡Qué poético ese son de las campanas! Pero qué bien el estar en sitio bastante lejano para no poderlas oír.

En aquella mañana ardorosa de julio el alboroto de las campanas parecía disolverse en el campo, agostado y desierto, inundado por el sol, y en la inmensidad del cielo azul.

Chipiteguy y su gente habían llegado a Pamplona a fines de junio de 1838. En una semana construyeron la barraca, que quedó alineada con otras ocho o diez del paseo de la Taconera.

La mayoría de las figuras de Chipiteguy se habían convertido en asesinos célebres. Los generales y guerrilleros españoles habían dejado de ser Mina, Zurbano y Zumalacárregui, para tomar un nuevo avatar.

En Pamplona había con seguridad gente que había conocido personalmente a estos guerrilleros y era peligroso darlos mixtificados, porque podía comprobarse la mixtificación.

Se abrió la barraca y cada uno de los compañeros de Chipiteguy tuvo un papel. Alvarito, vestido de pierrot, daba al bombo y a los platillos; Frechón voceaba, delante de la barraca, con acento francés.

—Aquí vegán ustedes, señoges, los hombres más sélebres de todo el mundo: los asesinos más famosos y los militages más notables.

En el interior, Chipiteguy mostraba las figuras con un puntero y daba explicaciones: Claquemain cuidaba de los caballos y hacía la comida dentro de la galera.

Alvarito, muchas veces, mientras tocaba el bombo y los platillos, pensaba:

—¿Qué dirían mis antepasados, los Sánchez de Mendoza, si me vieran en este oficio?

Las gentes que entraban en la barraca tenían la petulancia y la impertinencia del provinciano que desprecia al histrión callejero y trashumante y hacían observaciones que querían ser malévolas y sangrientas.

Algunos mozos, más atrevidos, se sentían inclinados a romper, a pinchar, a hacer alguna mal intencionada fechoría.

Frechón, que a pesar de su irritabilidad habitual no se molestaba con el desdén de la multitud, hacía observaciones misantrópicas apaciblemente:

—Si a la mayoría de las poblaciones se les pudiese considerar como ganado y tratarlas en tal concepto, la sociedad mejoraría mucho.

—Hay que empezar siendo Napoleón para eso—replicaba Chipiteguy.

Alvarito hacía como que no se enteraba de los comentarios de la gente y hablaba en francés. En este contacto entre el público y los hombres de la feria, él se ponía del lado de los últimos. A Alvarito le iba naciendo un fondo de antipatía por el señorío, que le miraba a él con desprecio.

Los suyos empezaban a ser, no como para su padre los aristócratas, los señores serios, el presidente de la Audiencia, el director del Instituto, el coronel, los buenos cornudos respetables, militares y civiles de cara grave y seria, como tallada en piedra berroqueña, llenos de distinciones y de majestad, sino los histriones y titiriteros de la feria.

Para guardar la barraca de las figuras de cera solían dormir en ella, alternando dos a dos, unas noches Chipiteguy y Alvarito, otras Frechón y Claquemain. Los demás días iban a una casa de la calle del Carmen, donde Chipiteguy tenía alojamiento.

A Alvarito le producía una impresión muy penosa el echarse a dormir delante de aquellas figuras de cera, que a la luz de una candileja aparecían más horribles y amenazadoras que nunca. Estos monstruos de cera, esta guardia negra de espectros vivían, para Alvarito, una vida siniestra, si no en el período de vigilia, en el del sueño. Entonces, entre las sombras del cerebro, se animaban y tomaban una expresión repugnante y odiosa; las caras, con sus ojos de cristal, sus pelucas y sus barbas postizas, se erguían agresivas y gesticulaban y tenían un aire de rencor y de venganza.

Los rostros verdaderos de los más bárbaros envenenadores y asesinos no le hubieran parecido tan feroces y horribles como aquellos. Alvarito pudo notar que este efecto de repulsión de las figuras de cera no era el único que lo experimentaba, pues a veces, entre el público, se veía algún chico que empezaba a berrear y a patear de miedo y la madre tenía que sacarlo fuera.

—Sin duda, yo soy también infantil—se decía el muchacho.

Pronto los hombres de la barraca de Chipiteguy se hicieron amigos de sus vecinos. Después de cenar y concluir el trabajo solían venir a hacer tertulia detrás de la barraca de Chipiteguy, donde habían colocado la galera, muchos de los industriales de la feria. Era la aristocracia de las barracas. La mujer cañón, madama Lalande, con su marido Raul Culot; el vendedor de la manteca de serpiente cascabel, míster Cavendish, que era escocés, y llevaba polainas amarillas; el de los frascos de vulneraria suiza para las heridas, Onofrius Müller, que era del Tirol; el físico del pueblo francés, monsieur Bazin; el vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, inglés, y el marino que anunciaba el aceite virgen de Macassar, para el pelo, que era bretón, y se llamaba, según él, Gontran Montdidier, Penhoel de Montbrisson.

De estos personajes, la mayoría vestían como todo el mundo, excepto monsieur Bazin, el físico del pueblo francés, que llevaba frac y melenas; Onofrius Müller que gastaba una librea roja con galones y tricornio, míster Clarck y monsieur Montdidier.

Este vestía de marino, con grandes melenas, y tenía tres retratos suyos, pintados al óleo, casi tan agradables como las figuras de cera de Chipiteguy, y que constituían un verdadero e interesante tríptico, que le servía de reclamo. El primero se intitulaba: "Antes del tratamiento", y se veía al señor Gontran Montdidier Penhoel de Montbrisson, calvo, como una bala rasa; el segundo se llamaba: "Durante el tratamiento", y el marino lucía un pelo corriente, ya bastante largo, aunque con algunas calvas; el tercer cuadro era: "Después del tratamiento", y entonces el pelo del señor Montdidier era una inundación capilar.

Clarck, el inglés vendedor de lápices, iba en un coche. Se vestía con una túnica azul, con estrellas de plata; cubría su cabeza con un casco con plumas y hablaba desde el pescante. El señor Clarck hacía las puntas a los lápices con una navaja de a dos palmos de larga y otras veces con un sable de caballería. Al parecer, este recurso tenía éxito.

Su criado, Tom Phips, hombre con cara de perro malhumorado, llevaba también casco y solía tocar en lo alto del coche, para llamar al público, una trompa de caza, y en los intermedios, una caja de música.

Onofrius Müller era pequeño, grueso, melenudo, sonrosado, y peroraba en un castellano bastante correcto:

Señoges y señogas—decía, subido en un banco—: Tengo el honog de anunciag la verdadega vulnegagia o té suizo. Vuestro humilde servidog es un químico que ha podido estudiag los efectos de la vulnegagia. La vulnegagia, señoges, tiene la virtud de pugificad la masa de la sangre, de haceg transpirag por los sudoges y por las oginas, de quitag las ictegicias, las hidropesías, la gota y el roimatismo; de expulsag la solitagia y las lombrices, de dag fuerza al pulmón y al hígado y de evitag las fiebres palúdicas intermitentes y remitentes. Un frasco de vulnegagia, señoges, cuesta en todas las farmacias dos pesetas; yo, en obsequio de esta ciudad ilustre, los vendo por dos geales.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, tenía una barraca con un letrero que decía: "Palacio de las Maravillas, bajo la dirección de A. Bazin, físico del pueblo francés."

¿Por qué el pueblo francés necesitaba un físico especial? Lo ignoramos.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, era genial. Los pensamientos no le cabían en el cráneo y solía pasear con el sombrero en una mano y en la otra un bastón de junco, que tenía una hermosa bola blanca en el puño. Con este bastón hacía molinetes en el aire, daba estocadas a los árboles, se sacudía los pantalones, pegaba a los perros, acariciaba a los niños, porque el bastón constituía una parte integrante de la interesante personalidad de monsieur Bazin, físico del pueblo francés.

Los españoles de la feria eran, en su mayoría, gente pobre; uno tenía unas vistas o tuti-li-mundi en un carrito, otro un cosmorana, un tercero un aparato como un castillo, con el que predecía el sino de cada persona y los números que iban a tocar en la lotería.

Este, que era un paleto castellano, vestido de pana, con una gorrita, decía:

—Por dos cuartos se dan los números fijos de la lotería y el sino de cada persona. ¿Quién pide otro?

Había, además, un hombre con un tíovivo y otro con la rueda de la fortuna.

El tíovivo era un tíovivo a la antigua, sin espejos, ni oriflamas, ni ondinas, ni cerdos, ni elefantes; un tíovivo clásico con unos pobres y miserables caballos de cartón. El hombre del tuti-li-mundi, el señor Paco el asturiano, el del cosmorama, tocaba el tambor, y a pesar de que era un tipo pesado y tranquilo, entretenía a la gente, contándole lo que iba a ver y la historia de las personas que aparecían en las vistas ópticas.

—¡Adelante, señores, adelante!—decía—. ¡Aquí verán ustedes una vista de la bella Venecia! Tan tarán tan tarán tan. ¡Y qué vistas, señores! ¡Cuánta iglesia! ¡Cuánta torre! ¡Cuánto palaciu! ¡Cuánta góndula! Tan tarán tan tarán tan. ¡Mirad esa góndula que va por el gran canal! Van en ella dos enamoradus. Ella era una dama de las más principales del pueblu. El es un joven venecianu, elegante y peripuestu. ¡Cómo se arrullan los tortulitus! Tan tarantán, tarantán. ¡Mirad esa vieja que los mira desde la otra góndula! ¡Cómo se indigna porque a ella no le hacen casu! Y es bigotuda. Podía retorcerse el bigote. ¡Adelante, señores, adelante! Tan tarantán tarantán.

Con los industriales pobres de la feria se reunía el hombre orquesta Remifasol, que era un saboyano, y que tocaba al mismo tiempo con manos y pies ocho o diez instrumentos, entre ellos un acordeón, unos platillos, un bombo y una flauta.

Otro tenía la rueda de la fortuna o la reolina, como la llamaba él, que era una rueda como la del barquillero, en la que se jugaba por dos cuartos, y podía tocar un abanico, un caramelo, cacahueses, una peseta y hasta un conejo vivo.

Alvarito hizo varios conocimientos, más o menos distinguidos. Conoció al gigante Goliath y al enano Jimmy, que se exhibían en una barraca. El gigante Goliath era triste, apático y aprensivo; en cambio, el enano Jimmy era alegre, impetuoso y francamente optimista. A Goliath le asustaba la soledad y la noche; en cambio, a Jimmy, malicioso, burlón y atrevido, no le asustaba nada.

Otro amigo de Alvarito fué el dueño de un tiro al blanco y de un pim, pam, pum. Este hombre era un francés rubio, de gran bigote, llamado Cazenave, y tenía una hija de catorce a quince años, que era la encargada de cargar las escopetas para tirar al blanco. Cazenave y la señorita Atala se hicieron amigos de Alvarito.

Cazenave había sido antes titiritero; pero había perdido facultades y estaba un poco derrengado. La chica tenía la especialidad de bailar en la cuerda floja y de deslizarse por un alambre, agarrándose con los dientes a un cuero con una anilla. La señorita Atala era rubia, tirando a rojo; tenía los ojos claros, la cara cuadrada, con los pómulos salientes, y el ademán decidido. Era de San Juan de Luz y tenía aire de cascarota.

Durante el día la gente no acudía mucho a la feria; si iban era más bien a los puestos de juguetes y baratijas, y algunos a la cuatropea, o feria de ganados; pero cuando obscurecía y se cerraban las puertas de la ciudad comenzaba la animación. Las luces de las barracas se encendían, sonaban las campanillas, el tambor, el bombo y el cornetín de pistón. ¿Quién decía que había miseria, guerra y calamidades? No había más que alegría, ruido, luces, voces, organillos, tíosvivos que iban dando vueltas y pim... pam... pum...

En la Taconera había paseo y solía tocar la música militar. Se veían muchachas elegantes, con su mantilla, muy coquetas, de ojos negros, jugando con el abanico y con la mirada, al lado de currutacos que las acompañaban y de militares que arrastraban el sable y lucían el uniforme.

Algunos, con bigotes a lo Diego León y con melenas, se hacían los interesantes y tomaban actitudes melancólicas y románticas.

Al parecer, los militares tenían buenas fortunas entre las damas de Pamplona. El peligro hacía que las lides de amor tuvieran desenlace más rápido.

Las gentes se acercaban al mirador de la Taconera a contemplar la noche profunda y llena de estrellas, y veían en los pueblos hogueras y luces de los carlistas o de las compañías francas que recorrían aquellos pueblos. Así la fiesta era más agradable, porque en medio de la sombra peligrosa e incierta que circundaba la ciudad se tenía la impresión de estar en tierra firme, segura y con luz.

A los ocho días de llegar a Pamplona, Chipiteguy le dijo a Alvarito que creía que el público se había cansado de las figuras de cera.

—¿Cree usted?...

—Sí.

—Yo no lo creo.

—Si yo conozco al público—contestó el viejo.

—¿Y qué va usted a hacer? ¿Marcharse?

—No; voy a llevar a la barraca el cosmorama y a ponerme de acuerdo con el hombre que lo tiene.

A Alvarito le pareció aquélla una combinación bastante mala; pero no dijo nada.

Dos días después Chipiteguy le indicó que, como las estampas del hombre del cosmorama estaban bastante estropeadas, le iba a encargar a Alvaro que las compusiera y arreglara.

—Pero yo no sé dibujar ni pintar para eso—advirtió Alvaro, un tanto alarmado.

—No importa. No se necesita gran cosa.

—Yo no sé si sabré hacerlo.

—Primero compones las estampas con engrudo—repitió Chipiteguy—y luego las retocas un poco con pintura.

A Alvarito le pareció el cargo de mucha responsabilidad; pero prometió hacer la obra lo más concienzudamente que pudiera.

Como no era fácil que en la barraca ni en la galera se hiciese esto, que exigía cuidado y atención meticulosa, Chipiteguy indicó a Alvarito que se quedara en la calle del Carmen y dijo en la casa que cedieran al muchacho un cuarto.

La dueña, que era una cerera, le llevó a Alvarito a un gabinete pequeño con una mesa, una cómoda con un Niño Jesús, con una bola de plata en la mano; un antiguo sofá verde, unas sillas, también verdes, y las paredes llenas de cuadros viejos horribles de santos.

Alvarito llevó allí el montón de estampas que había que restaurar y se puso al trabajo con toda su buena fe. No se le ocurrió que lo único que se pretendía era alejarle de la barraca.

Cuando Alvaro le enseñó al viejo sus primeras restauraciones, a Chipiteguy le parecieron muy bien. Alvarito trabajaba durante todo el día. Unas veces borraba, otras limpiaba con jabón y agua caliente con mucho cuidado, restauraba lo que podía y dejaba las estampas a que se secaran en el suelo, sobre el sofá y la cómoda; una raya mal hecha, una tinta que se corriera, le preocupaba.

Por la tarde, con el chico de la casa, iba a pasear a la Taconera. El chico de la casa, hijo de la dueña, a quien llamaban Cholín, era carlista, como toda su familia. El chico le enseñaba a Alvarito las curiosidades de Pamplona y lo que a él, como carlista, le interesaba.

Fueron los dos a ver la Ciudadela y el baluarte donde fusilaron, al principio de la guerra, a don Santos Ladrón. Cholín contó lo que dijo el general carlista cuando le obligaron a ponerse de espaldas para matarle, y cómo le sacaron, después de muerto, a él y a su teniente Irribarren por la puerta del Socorro a enterrarlos en el cementerio.

Un cañonazo, disparado a media tarde, desde el mismo baluarte, anunció al pueblo de Pamplona que la sentencia estaba cumplida.

Cholín había conocido a don Santos Ladrón en Estella y le parecía un gran hombre.

También le enseñó Cholín la casa del paseo de Valencia, cerca de la Taconera, donde hacía poco los sublevados de las compañías francas habían matado al general Sarasfield, y en donde Espartero, como represalia, mandó fusilar poco después al coronel Iriarte y a sus compañeros, la mayoría masones y partidarios de la independencia del reino de Navarra.

A Cholín la idea de los masones le producía espanto. A Alvarito ya no le hacía ningún efecto.

La madre de Cholín, después de cenar, le contaba a Alvaro historias viejas de la ciudad. Ella le había visto, desde su tienda, pasar al coronel Zumalacárregui una mañana fría de un día de octubre y salir por la puerta de Francia. Poco después se supo que estaba en Huarte Araquil, al frente de todos los carlistas.

Por qué Alvarito sentía cada vez menos entusiasmo por el carlismo, a medida que vivía entre carlistas, él no sabía explicárselo; pero así le pasaba.

Alvarito no quería abandonar a sus amigos de la feria, y por la noche, harto de las historias de Cholín y del carlismo, cuando se cerraban las barracas y los dueños y sus criados iban a pasear o se quedaban de tertulia cerca de sus instalaciones y de sus carros, Alvaro se reunía a ellos. La mayoría charlaba o jugaba a las cartas. La señorita Atala, la del tiro al blanco, fué varias veces con Alvarito a sentarse al mirador de la Taconera, de noche. A ella no le parecía mal el muchacho; pero a él no le gustaba la titiritera con sus aires de cascarota.

Ella tenía sus ilusiones raras de bohemia y trotacaminos; pensaba que el mundo feo y penoso en que vivía se iba a abrir en cualquier ocasión e iba a aparecer el palacio admirable con sus esplendores orientales. Cuál sería la palabra mágica, cuál el momento, no lo sabía.

Alvarito estaba entusiasmado con Manón y no hablaba más que de ella y de Bayona. A la señorita Atala, Bayona le parecía un pueblo horrible y aburrido.

A veces la titiritera y el muchacho se sentían de acuerdo.

La decoración era inspiradora; aquellas noches templadas, con el cielo lleno de estrellas, la obscuridad de alrededor, las luces misteriosas en los pueblos lejanos, el alerta de los centinelas; todo ello hablaba a la imaginación.

En aquel exiguo grupo de titiriteros y saltimbanquis hubo durante la feria de Pamplona algunas pequeñas complicaciones.

El señor Montdidier Penhoel de Montbrisson tenía una mujer muy guapa y estaba celoso de ella. Madama Montdidier era una bordelesa morena, guapa, de ojos negros, un poco mujerona, un poco coqueta y oía sin inconveniente a los que la galanteaban.

El físico del pueblo francés, monsieur Bazin, y el vendedor de lápices que no se rompían, míster Clarck, hombres de corazón volcánico, se enamoraron los dos de la bella madama.

El señor Bazin, el físico del pueblo francés, reunía más recursos que el señor Clarck; tenía primeramente un frac azul con botones dorados y en su barraca, el Palacio de las Maravillas, una porción de cosas misteriosas: botellas de Leyden, pilas de Volta, una máquina neumática, etc., etc. Además, hacía en su laboratorio el trueno, el rayo y el granizo. El señor Clarck no tenía más que su cota de malla, su casco y el sable para hacer punta a los lápices.

Madama Montdidier se sentía inclinada a escuchar al físico del pueblo francés con curiosidad; pero míster Clarck, celoso del éxito de su rival, se lo comunicó al marido. Montdidier se indignó al conocer la simpatía de su esposa por aquel farsante, que pretendía hacer los rayos y el granizo en la barraca, e increpó al físico del pueblo francés agriamente.

El físico contestó con arrogancia, y Montdidier llamó a Cazenave para que arreglara el asunto.

Cazenave decidió que lo mejor sería que el físico y el marido se dieran unas buenas morradas en la Vuelta del Castillo; pero, para pegarse, Montdidier tenía la desventaja de llevar los pelos largos y, por otro lado, no se le podía indicar que se los cortara, porque era cortarle la alimentación.

En vista de estas consideraciones, se dió por terminado el asunto y el físico no se volvió a acercar al matrimonio Montdidier.

Mientras Alvarito vivía en la calle del Carmen iluminando estampas, Chipiteguy intentaba realizar sus proyectos.

Primeramente fué con la carta de Gamboa al almacén de trigo de la calle Nueva y vió las barricas. Eran cinco, bastante grandes. El encargado del almacén dijo que le hacían un favor si las quitaban de allí. Podían llevarlas cuando quisieran. La cosa no era fácil. Chipiteguy hizo una prueba con un barril para ver si podía llevarle a la feria sin dificultad.

Llenó el barril de agua y, al anochecer, lo puso en un carrito y salió a la calle. Al poco tiempo se le acercó un guardia y le preguntó qué llevaba. Le dijo Chipiteguy que era agua con un poco de lejía para limpiar sus figuras de cera.

El guardia le dijo que mostrara el agua del barril, o si no, que tenía que ir a la Alhóndiga.

Chipiteguy vió claramente que no era posible sacar las barricas enteras sin que lo notara nadie, y se decidió a desfondarlas en el almacén y sacar el contenido en sacos. Para esto tuvo que alquilar una parte del almacén y ésta cerrarla herméticamente con unas tablas para que no pudieran espiarle.

Luego fueron Chipiteguy, Claquemain y Frechón con sacos al hombro, generalmente al anochecer. Unas veces salían por la calle Nueva y otras por la de San Antón, porque el almacén tenía entrada por estas dos calles paralelas.

Durante aquel tiempo Chipiteguy hizo su combinación. La barraca de las figuras de cera se había cerrado. Todos los días, Frechón, Claquemain o Chipiteguy iban con sacos del almacén de la Calle Nueva a la barraca.

A Alvarito le dijeron que se dedicaban a la compra de hierro viejo, cosa que le chocó bastante, porque este negocio tenía que ser poco fructífero teniendo que llevar la chatarra a Francia. Indudablemente las figuras de cera, por nada que dieran, tenían que dar más. Cuando la mayoría de las estampas estuvieron preparadas por Alvaro, limpias y retocadas, Chipiteguy salió con que ya no había público, porque la feria se iba acabando, y que era mejor marcharse.

Pasados unos días, Alvarito vió con cierto asombro que llenaban el carro con las figuras de cera y que Chipiteguy alquilaba otro carro para la chatarra de hierro comprada, que en parte estaba muy roñosa y en parte pintada de negro.

Chipiteguy dispuso que Claquemain y Alvarito fueran con los dos carros y que Frechón les esperaría antes de la frontera, en Valcarlos. El iría poco después. Chipiteguy convidó a almorzar a sus tres empleados en una casa de comidas de la calle de las Mañuetas, y al día siguiente se pusieron todos en marcha.

Chipiteguy despidió a Frechón, y después de haberlo despachado, cambió sin duda de parecer, y dijo a Claquemain y a Alvarito que debían dirigirse a San Sebastián con los carros. El se les reuniría más tarde.

El viaje de Claquemain y Alvarito fué largo. Lo hicieron por Irurzun. El camino estaba malo, desfondado, deshecho por el paso de los cañones y de los carros de tropa.

A cada paso patrullas liberales y carlistas les detenían y les pedían los documentos.

Claquemain conocía gente en el camino; tenía mucho dinero, que le había dado Chipiteguy, y la marcha no ofrecía dificultades. A veces sucedía que Claquemain estaba borracho y había que esperar a que se le pasara su borrachera. El hombre se manifestaba siempre malhumorado, y hacía todo lo posible para amargar la vida a Alvarito.

VI LA VUELTA

A los cuatro días de salir de Pamplona llegaron Claquemain y Alvaro a San Sebastián; fueron a parar a una posada de la Brecha, y poco después apareció Chipiteguy en su cochecito.

Chipiteguy hizo diferentes gestiones para llevar su chatarra a Francia y decidió embarcarla en un pailebot con las figuras de cera y enviar a Claquemain por Irún con la galera vacía.

Chipiteguy y Alvarito fueron en el pailebot. Alvarito no se había embarcado nunca y tenía gran curiosidad por el mar.

Al salir de San Sebastián fué contemplando con gran atención las rocas de detrás del Castillo de la Mota, festoneadas por la espuma; luego la abertura de la Zurriola y los acantilados del monte Ulía, la entrada estrecha de Pasajes y las capas de areniscas estratificadas como hojas de un libro del Jaizquibel.

—No mires demasiado. No vayas a marearte—le dijo Chipiteguy.

Efectivamente, al último, Alvarito se mareó y tuvo que tumbarse.

Las figuras de cera le inquietaron. Dos o tres generales se movieron y se lanzaron hacia adelante como si fueran al asalto o a ganar un entorchado, y una de las damas se dió un golpe y se hizo una rajadura en la cabeza.

Al pasar la barra del Adour y al cesar el balanceo del barco, a Alvarito se le quitó el mareo.

Al acercarse a la colina de Blancpignon, el muchacho vió a Chipiteguy que con aire de triunfo cantaba a voz en grito su canción de bravura:

Atera atera trapua salzera eta burni zarra champonian.

Sin duda, Chipiteguy estaba contento de la expedición. Atracaron en Bayona, en el muelle de las Avenidas Marinas y fueron el viejo y el muchacho a la casa del Reducto.

Unos días después se volvió a abrir la barraca en la plaza de la Puerta de España con las figuras de cera. La chatarra fué la que no apareció, al menos públicamente. El tesoro de la calle Nueva se había evaporado. Una sensación de sorpresa le quedó a Alvarito de este viaje; todo había tenido en él un aire un poco absurdo...

Una noche, en su cuarto de la plaza del Reducto, Alvaro soñó que iba por la cornisa de un puente, sobre la acequia de un molino, sitio que recordó haber pasado en la infancia. Apenas si existía espacio para poner los pies en aquella cornisa.

Pasaba varias veces por ella, sin miedo y con curiosidad; pero al salir se encontraba con una vieja que le sonreía... y se echaba a temblar. Siempre sentía lo mismo; la vieja vestía de negro, que le sonreía insinuante, le hacía estremecerse de terror.

¿Quién era esta mujer? ¿Qué significaba? Probablemente sería la Muerte. No lo sabía, porque no le revelaba su secreto; pero, ¿quién podía ser más que la Muerte?

De pronto, el lugar adonde había salido recorriendo la cornisa se transformaba en una barraca de muñecos del pim pam pum, y aparecía la señorita Atala, con su pelo rubio. La Atala daba los billetes y él tomaba doce bolas para lanzarlas a los muñecos.

Cada una de ellas pesaba como si fuera de plomo. De pronto notaba que los muñecos eran todos los tipos que había conocido en la feria de Pamplona: el físico, Montdidier, Clarck, etc. Alvarito tiraba la pesada bola sobre la primera figura, ésta se torcía al golpe y volvía a aparecer de nuevo erguida. Entonces Alvaro hizo un nuevo esfuerzo y se despertó.

VII EXPLICACIONES DE CHIPITEGUY

Frechón, con su costumbre de espiar a todo el mundo y de escuchar detrás de las puertas, se había enterado del diálogo de Manasés con Chipiteguy y de la visita de éste a Gamboa.

Al llegar Frechón a Pamplona encontró medio de verse solo con Chipiteguy y le planteó la cuestión.

—Ya sé que en este viaje—le dijo mirando al suelo—se trata de algo más que de exhibir figuras de cera.

—Usted, ¿qué es lo que sabe?—le preguntó el viejo, escamado.

—Sé lo que ha hablado usted con el judío Manasés y sé también que ha ido usted a visitar al cónsul de España.

—¿Es usted brujo, Frechón?

—Por lo menos, sé escuchar y no soy tonto. En mí puede usted tener un amigo o un enemigo. Si lo quiere usted todo para usted, seré enemigo...; si no, ya nos entenderemos.

Chipiteguy a regañadientes reconoció que efectivamente iba a Pamplona a recoger las custodias y las cruces de oro y de plata metidas en barricas y ver la manera de llevarlas a Bayona. Le dijo que si el negocio salía bien le daría parte en las ganancias.

—¿Cuánto piensa usted darme?—preguntó Frechón, mirándole de través.

—Le daré el diez por ciento de lo que gane. A mí me dan el veinte.

—Es una estupidez—murmuró Frechón.

—¿Qué es una estupidez?—preguntó Chipiteguy.

—Es una estupidez que se contente usted con el veinte por ciento, porque si el negocio sale bien podemos quedarnos con todo.

Chipiteguy contempló atentamente a Frechón y no dijo nada en contra. Lo único que hizo fué elogiarle por su perspicacia.

Pocos días después el viejo explicó a Frechón y a Claquemain lo que proyectaba hacer. A Alvarito no le dijo nada, porque pensaba que el joven aristócrata español, que iba a misa todos los domingos, se escandalizaría si supieran que querían llevarse los cachivaches y las alhajas de las iglesias para venderlos en Francia.

A Frechón y a Claquemain no les hacía esta idea ninguna mella.

Vaciaron las barricas en el almacén de la calle Nueva y fueron llevando los objetos del culto en sacos a la barraca de las figuras de cera. Eran cálices, lámparas, candelabros, incensarios, cruces, relicarios.

Allí, en la barraca, a la luz de una candileja, se amontonó el tesoro de la calle Nueva; se arrancaron las piedras preciosas de los cálices y de las cruces procesionales y envueltas en papeles las fueron metiendo en las cabezas de las figuras de cera.

Desarmaron las cruces, machacaron el oro y las barras de plata, las retorcieron y las pintaron de negro y de rojo.

—Creo que no encontraremos ningún químico que analice esta chatarra—dijo Chipiteguy, riendo.

—Me parece que no—replicó Frechón—. Y ahora, ¿qué proyecto tiene usted?

—Ahora—contestó Chipiteguy—, yo me voy a Arneguy y a San Pie de Puerto para que en la aduana no nos pongan dificultades; usted se va a Valcarlos y espera allí, unta usted a los carlistas y mañana sale la galera con Claquemain y con Alvarito.

—Bueno—dijo Frechón—, déjeme usted dinero.

Chipiteguy le dió cien duros.

—Prepare usted de manera aquello que a nadie se le ocurra mirar lo que va en los carros—encargó el viejo.

—Lo haré.

—¡Ah!, y guarde estas piedras en los bolsillos; yo también pienso llevar algunas. Por si acaso nos quitan el carro, que no lo perdamos todo.

Chipiteguy dió unas cuantas piedras, esmeraldas y topacios, que Frechón guardó ávidamente.

Salieron Chipiteguy y Frechón de Pamplona. Al día siguiente apareció Chipiteguy en la ciudad y dió nueva orden. La galera tenía que ir a San Sebastián.

Frechón esperó impaciente en Valcarlos; recorrió el camino de Pamplona hasta que se convenció de que el viejo le había engañado.

Chipiteguy, desde San Sebastián, vaciló en ir por tierra o por mar.

En aquella época las fuerzas del general Jáuregui iban con frecuencia de San Sebastián a Irún.

Chipiteguy se presentó al general, pretendiendo llevar su cargamento y pasar la frontera.

Jáuregui le preguntó que llevaba a Francia que tanto le preocupaba; pregunta que hizo desconfiar al viejo. Entonces decidió ir por mar.

Aquella chatarra, que era magnífica plata y oro, en unión de las figuras de cera, estuvo varios días en el muelle de San Sebastián, hasta que fué entrando en la bodega de un pailebot.

Al llegar a Bayona, Chipiteguy llevó sus figuras de cera de nuevo a la barraca y la plata y el oro y las piedras preciosas de las cruces y custodias debió de guardarlas en el sótano de su casa.

VIII CHIPITEGUY, GAMBOA Y FRECHÓN

Frechón había vuelto a Bayona, cansado de esperar en la frontera. Durante una semana se asomó con impaciencia por el camino de Pamplona, y, al fin, volvió profundamente indignado contra su patrón. En Bayona llevó las esmeraldas a casa de un joyero. Eran falsas.

Al llegar a la casa, y al ver a Chipiteguy, éste le contó que no pudieron ir a Valcarlos porque se había corrido hacia aquella parte una fuerza carlista y que por eso decidió ir hacia San Sebastián. Añadió el viejo que en el camino de San Sebastián habían reconocido todas sus figuras de cera y encontrado el oro y la plata y las piedras preciosas, aunque éstas, la mayoría eran falsas.

—Ha sido un mal negocio al final—dijo Chipiteguy hipócritamente—; ya veremos qué nos queda a cada uno.

—Me la ha jugado este cochino viejo—murmuró Frechón—. El se va a quedar con todo.

El caso era que el tesoro de la calle Nueva había desaparecido. Chipiteguy lo había, sin duda, escamoteado.

Frechón disimuló su rabia y siguió trabajando en casa del trapero.

Unos días después escribió una carta al cónsul de España y le pidió audiencia.

Frechón se sentía defraudado por Chipiteguy y tanto como por el dinero lo sentía por su amor propio de hombre listo, de quien se habían burlado.

—El viejo Chipiteguy no se marchará sin que yo le eche el alto. Ya caerá. Frechón no es tonto.

Frechón fué a visitar al fondista Iturri, y después a Aviraneta, a quien contó con detalles el asunto de las cruces y custodias de Pamplona. Aviraneta conocía parte de lo ocurrido y escuchó a Frechón con gran interés.

Frechón se exaltaba, se ponía frenético, pensando en el chasco que le habían dado. En casa de Chipiteguy seguía a todo el mundo con una mirada furiosa.

Unos días después recibió contestación del cónsul, fijándole hora para recibirle.

El señor Gamboa acogió a Frechón muy fríamente; escuchó con indiferencia su relato y dijo después:

—Yo no he encargado nada a ese señor Chipiteguy. Si ha ido a Pamplona habrá sido por su cuenta.

Al oír lo que decía el cónsul, Frechón quedó desconcertado.

—Chipiteguy me dijo a mí que iba a Pamplona, encargado por usted, para recoger unas barricas, cargadas de oro y plata.

—Pues el tal Chipiteguy le ha engañado a usted.

—¿Y cómo le han dado esas barricas sin orden de nadie?—preguntó Frechón.

—Yo no sé nada, señor mío—replicó el cónsul—. ¿Y usted, cómo lo sabe?

—¿Cómo lo sé? Porque he ido con él a Pamplona.

—¿Y usted ha visto esas barricas?

—Sí, señor.

—¿Y había de verdad cruces y custodias?

—Sí las había. ¡Ya lo creo!

—¿Con piedras preciosas?

—Con piedras preciosas de todas clases.

Buenas y falsas, se debió decir Frechón en su fuero interno.

—¿Y qué han hecho ustedes con ellas?

—Llevamos todo lo que tenían dentro las barricas a donde estaban las figuras de cera. Allí desarmamos las cruces y las custodias, les quitamos las piedras; éstas, en su mayoría, las metimos en las cabezas de las figuras de cera, machacamos el oro y a las cruces de plata las pintamos de negro para hacerlas pasar como si fueran de hierro. Después Chipiteguy me dijo que le esperara en Valcarlos para arreglar la salida de España y la entrada en Francia, y, mientras yo le esperaba, él mandó llevar el cargamento a San Sebastián y de aquí lo embarcó para Bayona.

—¿Y aquí lo tiene?

—Sí, señor.

—¿En dónde lo guarda?

—Probablemente en la cueva de su casa.

—Es decir, que se la ha jugado a usted.

—Y a usted también—replicó Frechón, a quien molestaba profundamente estar ante alguien en situación de inferioridad.

—A mí, no—contestó Gamboa—. Este es un asunto que no me interesa.

—¡Bah!—replicó Frechón con impertinencia.

—Créalo usted o no lo crea, me es igual; pero me choca que sea usted tan cándido para pensar que yo he intervenido en ese asunto de melodrama.

Frechón salió furioso del Consulado y Gamboa no quedó muy contento.

Unos días después el cónsul de España mandó llamar a Chipiteguy y le interrogó acerca de las cruces y custodias traídas de Pamplona.

Chipiteguy dijo que había visto al gobernador de Navarra y éste le había dado orden de que guardara aquellas joyas en su casa, y que mandaría un delegado del Gobierno español para incautarse de ellas y luego venderlas.

Gamboa se incomodó y dijo con furia:

—Lo que usted quiere es quedarse con esa riqueza.

—Es lo que me parece que ha pretendido usted siempre—replicó el trapero del Reducto.

Aviraneta supo por los escribientes del Consulado que los gritos de Gamboa se habían oído en la Plaza de Armas.

En la discusión apasionada que tuvieron el cónsul y el chatarrero llegó a verse claramente que, tanto el uno como el otro, lo que ansiaban era quedarse con el oro, la plata y las piedras preciosas de las cruces y de las custodias.

Quizá Gamboa pensó denunciar a Chipiteguy a la Policía; pero ¿cómo legitimar su intervención? Pensando fríamente decidió no hacer nada y olvidar aquel mal negocio.

IX DESPUÉS DE LA AVENTURA

Chipiteguy, como el Euclión de la Aulularia de Plauto, iba camino de ser desgraciado, a causa del tesoro de la calle Nueva.

¿Dónde lo tenía? ¿Dónde guardaba sus riquezas, traídas de Pamplona? Indudablemente, la plata, el oro y las piedras preciosas los había escondido en la cueva.

A veces, como un ladrón, pero temblando al mismo tiempo de alegría, con una mirada triunfante, bajaba a la cueva y se pasaba allí dos o tres horas, probablemente, contemplando el tesoro. Cuando le veía a Frechón sonreía con malicia; sonrisa que a su dependiente le hacía temblar de furia y sólo a Manón y a Alvarito les acogía con gusto.

—El viejo Chipiteguy todavía es capaz de muchas cosas—repetía con jactancia—. Ya lo decía mi viejo amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg: Dollfus es un marrajo de mucho cuidado.

El trapero del Reducto, tras de su famosa excursión a Pamplona, había cambiado mucho, vivía con más preocupaciones. Desde el viaje tenía gran desconfianza; miraba a la gente con suspicacia, no le gustaba que los chatarreros pasaran al patio de su casa, ni que los albañiles de las obras próximas se asomaran al tejado. Comprobaba él mismo, al anochecer, si estaban bien cerradas las puertas y ventanas y recorría la casa de arriba abajo.

La andre Mari y la Tomascha pensaban que éstas eran manías del viejo.

Chipiteguy afirmó varias veces que vivían en un abandono exagerado y sin vigilancia alguna, sobre todo de noche, y trajo un mastín para guardar la casa.

A lo último se le ocurrió hacer todas las noches una ronda, medio en serio, medio en broma. Manón tomaba un farol grande; Chipiteguy, Quintín y Alvarito se armaban cada uno con una pistola y registraban la casa, desde las guardillas hasta la cueva.

—No le digáis lo que hacemos a Frechón—recomendaba el viejo a Quintín y a Alvarito.

—No, no tenga usted cuidado.

—Cuando llegue el momento me acordaré de vosotros, porque sois fieles. Estad seguros.

Estos registros, el andar de noche en los cuartos, influía en Alvarito, excitando su imaginación.

Sobre todo, para él, era muy desagradable el entrar en la cueva y ver el grupo de asesinos en pie, envueltos en sus telas de sacos, con un aire de fantasmas astrosos.

Chipiteguy estuvo dos veces en Burdeos y le llevó con él a Alvarito.

No le dijo a qué iba, pero Alvaro le oyó hablar dos o tres veces de joyeros y tasadores de piedras preciosas.

Chipiteguy le presentó a algunos de sus amigos comerciantes y le mostró la ciudad.

—Cuando vayas a España—le decía el viejo—podrás comparar aquello con esto.

En el fondo de esta frase había malicia, porque aunque Chipiteguy no tenía mala idea de España, como Frechón, tampoco la tenía muy buena.

Fué también Alvarito, en compañía de un carlista, a visitar a la familia de Maroto, que vivía en una casa de campo de las proximidades de Burdeos. Las dos hijas del general, nacidas en el Perú, habían sido educadas en un colegio de Granada. La pequeña, sobre todo, era muy melancólica y muy bonita, y recordaba con nostalgia el huerto del colegio granadino. Alvarito habló con ellas mucho y hasta les escribió varias veces después desde Bayona.

El día antes de salir de Burdeos, Chipiteguy le llevó a Alvarito a una gran instalación de figuras de cera que había en Burdeos.

—Esto es una cosa distinta a nuestra barraca—dijo Chipiteguy riendo—; quizá no es tan completo como el gabinete de madama Tussaud, de Londres, pero está muy bien.

Se bajaba por una rampa obscura a un subterráneo, hasta que se llegaba a un salón con varias figuras de cera vestidas a la moderna. De este salón partían galerías, también obscuras, que desembocaban en salones o cuevas, con juegos de luces extraños. Los personajes eran casi los mismos que había visto Alvaro en la cueva de Chipiteguy, pero más perfilados y bien vestidos. La gente del público iba y venía, hablando bajo, un poco sobrecogida por el aire misterioso de los subterráneos.

En un salón estaban como en tertulia, alrededor de un velador, Luis XVI y María Antonieta, Madama Real, la princesa de Lamballe y el Delfín. Todos impasibles, peripuestos y amanerados.

A Alvarito le dió ganas de gritarles:

—Apresuraos. No seáis idiotas, que vienen los descamisados a cortaros la cabeza.

En otro salón estaba Napoleón en la Malmaison, con Josefina, Talleyrand, Fouché y los generales del Imperio. Todos tan apacibles, tan peripuestos y tan amanerados como los anteriores.

Uno de los generales le miraba a Alvarito con un aire muy discreto.

—Estamos esperando a que suene el cañón de Waterlóo para marcharnos de aquí, porque nos encontramos un poco aburridos—parecía decir aquel señor.

En la sala de una cárcel cenaban los girondinos. Uno de ellos echaba un discurso pomposo con un aire místico e iluminado. Seguramente hablaba de los derechos del hombre y del Ser Supremo, y de otras cosas que entonces divertían a la gente sin saber por qué, y hoy, sin saber por qué, nos aburren.

Luego vieron a Latude en su cárcel, a los cenobitas del Paracleto, a los mártires cristianos antes de ir al circo, a Marat, muerto, con Carlota Corday al lado; a Danton y a Robespierre, vociferando...

—Esto es mejor que lo nuestro, ¿eh?—exclamó Chipiteguy riendo.

—Sí; pero aquí no hay asesinos—contestó Alvarito.

—Es verdad. Sin embargo, debe haber.

Buscaron mejor y dieron con un Lacenaire con su puñal, pero al lado de los Asesinos de Chipiteguy era un personaje ridículo.

A Alvarito le convino la visita a las figuras de cera, porque le quitó para mucho tiempo el terror que tenía por ellas.

Pensó que había estado durante su estancia en casa de Chipiteguy asustado por un peligro quimérico y se decidió a mirar en el porvenir las cosas cara a cara y frente a frente, fuesen figuras de cera o personas de carne y hueso.

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