QUINTA PARTE EL SECUESTRO DE CHIPITEGUY
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I EN LA REGATA DE INZOLA
Una mañana de invierno, tres hombres agazapados detrás de una gran peña, al comienzo de un robledal próximo a Vera, en un lugar llamado la regata de Inzola, estaban espiando el paso de alguien.
Era el sitio en que los hombres se hallaban emboscados solitario y sombrío, un gran barranco, por en medio del cual corre el antiguo camino de Vera a San Juan de Luz, camino estrecho, que algunos dicen que es calzada romana, a pesar de que la gente le llama de Napoleón, porque supone que la mandó hacer el emperador de los franceses para pasar sus cañones al entrar en España.
Este barranco, con grandes robles y con rincones húmedos y obscuros de monte bajo, se va inclinando hacia Francia. Desde algunos de sus puntos se distingue el mar, verde, entre las rocas de la costa. Por el fondo corre un arroyo que recoge aguas de la vertiente del monte Larrun y va a unirse al pequeño río llamado la Nivelle, que sale al mar en San Juan de Luz. El camino que une a España y Francia por esta parte va trazando curvas, escalando las alturas; a trechos, con las antiguas losas de la calzada bien conservadas; en parte, roto y destrozado e invadido por las zarzas.
Aquella mañana en que los tres hombres, apostados detrás de una roca, preparaban una emboscada, el cielo aparecía obscuro, con nubes de color de tinta; caían grandes gotas de lluvia sobre los montones de hojas secas; silbaba y gemía el viento, y el camino, estrecho, estaba lleno de barro, más abandonado y desierto que de ordinario. En algunos puntos el arroyo inundaba la calzada en una extensión de cincuenta o sesenta metros.
No había nadie por los alrededores. A veces llegaban por aquellos vericuetos partidas carlistas a vigilar la frontera y también solían verse las boinas rojas de los chapelgorris.
Los tres hombres que espiaban a la entrada del robledal de Inzola eran un hermano de Bertache, apodado Martín Trampa; el criado de éste, a quien llamaban Malhombre, y un compañero de aventuras de ambos, Perico Beltza o Perico el Negro.
Martín Arreche tenía dos apodos: uno, el nombre de su casa, Bertache, apodo común a su hermano Luis y a él; el otro, Martín Trampa, ya de por sí bastante significativo.
Martín, grueso, fuerte, membrudo, era hombre de aire audaz, cara redonda, pómulos salientes, ojos negros y sombríos, labios delgados y expresión ladina. Su manera de mirar, observadora, solapada e irónica, le denunciaba cuando quería aparecer como cándido e inocente.
Martín era hombre audaz, decidido y cruel; de él se contaban rasgos de valor y de energía.
El oficio de Martín, al menos el que practicaba en público, era tratante de ganado. Vivía en la casa de sus padres, llamada Bertache, en Almandoz, con su mujer, sus hijos, su hermana y su madre.
Martín paraba poco en casa; solía vérsele con frecuencia por los caminos, montaba a caballo, con su blusa negra y su bastón, la maquilla vasca, con la correa en el puño.
Su criado, secretario u hombre de confianza, Juan Echenique, alias Malhombre, era digno de su amo por todos conceptos. Vivía también en Almandoz, donde tenía una casucha pequeña y una familia numerosa, y confesaba sin rebozo que desde niño había tenido una afición decidida al robo.
—Muy pobre debe ser esta casa—decía una vez, refiriéndose a un caserío en donde había estado.
—¿Por qué?
—Porque ni por casualidad he encontrado en ella nada que robar.
Malhombre era tipo de cara afilada como un cuchillo, expresión suspicaz y maquiavélica. Tenía muy aviesa intención.
Se decía de él en el pueblo que había sido durante su juventud un muchacho apacible y humilde. Poco antes de la guerra estuvo de criado de un arriero, e iba con una recua de la frontera francesa a Pamplona y al contrario.
En la guerra se reveló. Cuando supo que había partidas en el país, robó una escopeta en casa de un labrador rico de Almandoz y se echó al monte, a unirse con las fuerzas de Sagastibelza. Un campesino, al verle desde el caserío, se asomó a la media puerta de la entrada y le preguntó con alguna sorna:
—¡Hola, Malhombre! ¿Qué tal? ¿De viaje?
Malhombre no contestó; se echó a la cara el fusil, pegó un tiro al campesino, lo dejó muerto y siguió andando.
Malhombre era un tipo de estos de revolución o de guerra, aspirantes obscuros a energúmenos y a asesinos, que viven durante muchos años una vida resignada y tranquila y un día se sienten fieras y matan o roban o degüellan, asombrando a los que les conocen, que no pueden pensar que lo normal en ellos es ser fieras, no hombres tranquilos y apacibles.
Desde la guerra, Malhombre acusó su personalidad siniestra. Un año o dos después de echarse al campo estuvo en Francia preso, no se sabía a punto fijo por qué, y allí en la cárcel debió conocer a gente criminal que le enseñó sus mañas.
Malhombre vivía sobre el pueblo, como hubiese podido vivir un antiguo capitán de bandoleros. Alimentaba su vaca en los prados de los vecinos, cogía las habichuelas, las patatas o los tomates en las huertas próximas, robaba alguna vez una gallina o un cordero. Malhombre merodeaba de noche y producía terror en la aldea. El chico o la chica que lo encontrara al obscurecer en el camino cortando hierba en algún campo que no era suyo, huía de él al verle, y Malhombre le amenazaba con la guadaña, porque le gustaba aterrorizar a la gente.
Se decía que Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza, con otro cómplice suyo que vivía en la venta de Odolaga, cerca de Pamplona, solían apostarse en el alto de Velate, enmascarados o con las caras tiznadas para que no los conocieran, y esperaban allí a robar a los viajeros.
Tenían dos mulos, a los que cargaban con los objetos robados, y en una noche Malhombre andaba a campo traviesa diez o doce leguas y dejaba los productos del robo en sitio seguro e insospechable, muy lejos del lugar de la fechoría.
Para esto, naturalmente, los tres hombres necesitaban cómplices, y los tenían, según aseguraban, entre personas de posición, que guardaban el producto de los robos.
Nadie sospechaba quiénes podían ser estos cómplices. Algunos aseguraban que los tres hombres no se contentaban con robar, sino que en ocasiones también mataban.
Martín Trampa y Malhombre tenían la especialidad de desvalijar los coches. Se decía que para esta labor se hacían pasar por carlistas, y que a ellos y a Perico Beltza se unía una chica, hija de Malhombre, que solía vestirse de oficial, con su uniforme, su sable y su boina blanca. Esta chica, la Puri, era una muchacha muy esbelta, rubia y bonita. La Puri hacía su papel e inmediatamente volvía a su casa. La chica trataba a su padre con respeto; para ella Juan Echenique no era Malhombre, sino un buen hombre.
Aunque Martín y los suyos fueron varias veces ante los tribunales, nunca les llegaron a probar nada. Los tres socios escogían las noches más negras para sus hazañas. Malhombre era nictálope: veía tan bien de noche como de día, y esta casualidad le servía para orientarse y poder escapar en medio del campo en la mayor obscuridad. Se sospechaba que era algo brujo y que sabía de remedios misteriosos y de sortilegios.
Malhombre tenía un perro muy inteligente y también ladrón, Erbi.
Se decía que Erbi, con mejor corazón que su amo, una noche que entre Martín Trampa, su criado y Perico Beltza mataron a un viajero, estuvo aullando de una manera lastimera largo tiempo cerca del cadáver.
Malhombre solía llevar siempre un rompecabezas, hecho por él, que consistía en un vergajo de un palmo con una bola de plomo sujeta a la punta. Era ésta una de sus armas predilectas, que él manejaba con gran habilidad.
Respecto a Perico Beltza, era hombre fuerte, pesado, muy poco inteligente, contrabandista desde la infancia. Le llamaban Perico Beltza, Perico el Negro, por su color moreno.
De los tres hombres emboscados, Martín era como un tigre, hombre de una gran fuerza, de una gran energía y de una gran crueldad; para él los obstáculos no existían, y si había que pasar por charcos de sangre, pasaba decidido y sin miedo.
Malhombre era como el lobo, cauteloso y sombrío, amigo de la obscuridad, de las aventuras nocturnas, a quien estorbaba la luz del sol; Malhombre amaba lo enigmático, lo secreto, las bromas terroríficas y siniestras, el mostrar la careta o el rostro tiznado mejor que la cara, el deslizarse entre las sombras.
Perico Beltza era pesado, malhumorado y torpe como un perro de ganado...
Llevaban los tres siniestros personajes más de una hora agazapados tras de una roca que había al comienzo del barranco de Inzola, cuando se vió a lo lejos a un hombre, montado en una mula, precedido por otro que iba delante con el ramal en la mano, y seguido por un tercero.
El hombre montado en la mula iba con una capa y el delantero, que llevaba la bestia del ronzal, marchaba esquivando los charcos; el zaguero, que sin duda vigilaba al preso, traía un paraguas abierto.
El que marchaba montado en la caballería era Chipiteguy; el que llevaba la mula del ronzal, Claquemain, y el que iba detrás con el paraguas abierto, Frechón.
Al divisar el grupo, Martín Arreche, alias Martín Trampa, sacó la cabeza fuera del escondrijo e hizo un gesto de inteligencia a Frechón.
—Mirad por aquí cerca si hay alguien—dijo Martín a Malhombre y a Perico Beltza.
Los dos hombres se escabulleron y fueron a un lado y a otro para vigilar. Martín se acercó a Frechón.
—¡Hola, amigo!
—¡Hola!
—¿Este es el viejo?—preguntó.
—Este es.
—¿Qué piensa usted hacer con él?
—¿No habrá aquí cerca algún sitio adonde llevarle por ahora?
—Hombre, yo he hablado al dueño de un caserío llamado Churinborda. Allí se le podía llevar, siempre que el viejo no proteste, porque si no, el hombre se alarmará.
—Oiga usted, Chipiteguy—dijo Frechón.
—¿Qué hay?—murmuró el viejo.
—Le vamos a llevar a un caserío próximo para arreglar nuestros asuntos. No creo que se nos vendrá usted con gritos.
—Yo no tengo la costumbre de gritar—contestó Chipiteguy con serenidad.
—No le conviene a usted tampoco—replicó Frechón—. Si estos fanáticos saben que usted se llevó un tesoro de cruces y de custodias de las iglesias de Navarra, no le digo a usted lo que le va a pasar.
Chipiteguy murmuró:
—Usted me acompañó en la faena; pero eso no importa; vamos cuanto antes al caserío.
El viejo montado en la mula siguió camino adelante, dirigido por Claquemain. Los otros hombres fueron detrás.
—¿Así que este viejo fué a Pamplona y sacó barricas llenas de oro y de plata?—preguntó Martín.
—Sí.
—¡Qué templado!
—Y a mí me prometió una parte y no me la dió.
—Yo hubiera hecho lo mismo—dijo Martín.
Frechón contempló a Martín con cierta suspicacia.
—Ahora me pagará la trastada—murmuró el francés—. A mí no me importa nada que se haya quedado con las cruces. Yo me río de los sacrilegios. Lo que no le perdono es que me haya engañado.
—¿Qué piensa usted hacer?—preguntó Martín.
—Le llevaremos a ese caserío próximo, donde escribirá una carta a su familia de Bayona para que nos entregue una buena cantidad de dinero.
—¿Quién irá con la carta?—dijo Martín.
—Ya veremos.
Siguieron marchando, precedidos por Chipiteguy, montado en la mula, hasta el caserío Churinborda. Al llegar a la puerta, Frechón ayudó a apearse a Chipiteguy.
—No le aconsejo a usted que proteste—le dijo el francés—, porque entonces le entregarían a usted a los carlistas como ladrón de cruces de iglesias y le fusilarían sobre la marcha.
—¿Y qué adelantaría usted con eso?—preguntó Chipiteguy con calma.
—Nada; por eso no lo hago; pero se lo advierto a usted; lo que yo deseo es cobrar un buen rescate como indemnización y nada más.
—Estoy dispuesto. ¿Cuánto?
—Ahora lo veremos y se lo diré a usted. Tengo que saber qué quieren sacar estos ayudantes.
—Está bien.
—Señor Chipiteguy, ha perdido usted la partida.
—Sí, ya lo veo.
—Que le sirva a usted de escarmiento, y otra vez no pretenda usted engañar a Frechón. El viejo Frechón tiene siempre la última palabra.
Entró Chipiteguy en la cocina del caserío, se puso al lado de la lumbre a secarse, vigilado por Claquemain, mientras Frechón, Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza discutían lo que tenían que hacer.
El rescate, después de largas discusiones, lo fijaron en treinta mil francos: quince mil para Frechón y Claquemain y quince mil para Martín Trampa y los suyos. A Frechón le pareció una cosa excesiva lo que pedían éstos, pero no era ocasión oportuna de oponerse.
Se le obligaría a Chipiteguy a escribir la carta. ¿Quién la llevaría? ¿Cómo se depositaría el dinero y quién lo recogería?
Nadie tenía confianza en los demás. Martín, que vió en la cocina del caserío que Chipiteguy hablaba mucho con Claquemain, dijo a Frechón que no le parecía prudente dejar al viejo en una casa tan próxima a la frontera, porque podía encontrar cualquier ocasión para escapar y meterse fácilmente en Francia.
—¿Qué cree usted que se debía hacer?—preguntó Frechón.
—Internarle. Este Malhombre tiene en Almandoz un amigo sacristán, que es pariente y compinche suyo. El sacristán vive en una casa con una torre. Allí se podía meter al viejo.
—¿Cuánto habrá de aquí a Almandoz?
—Unas cinco leguas.
—Bueno; pues vamos a llevarle allí.
Malhombre se encargó de conducirle en la mula, de noche, por los vericuetos que él sabía.
Frechón creyó que llevaba su asunto perfectamente. Chipiteguy estaba dispuesto a no protestar.
Martín Trampa y sus hombres no sabían francés, y Frechón pensaba engañarlos hábilmente y quedarse con todo el rescate a poco que la cosa se presentase bien.
Sin embargo, cuando Frechón llegó a Almandoz y vió que Martín Trampa era allí un reyezuelo, y que todo el mundo le obedecía por el terror, pensó que su asunto no marchaba tan bien y que quizá había hecho una imprudencia.
Al viejo Chipiteguy le habían metido en el último piso de un caserón y allí lo tenían vigilado.
II MANIOBRAS DE FRECHÓN
Cuando Matías Frechón comprobó que el viejo Chipiteguy se la había jugado en el asunto de Pamplona, pensó, tarde o temprano, en tomar venganza. La ocasión se había de presentar a la larga o a la corta, y, efectivamente, se presentó. Frechón urdió pronto un proyecto que le pareció soberbio.
Para realizarlo necesitaba cómplices, decididos y valientes; Roquet, por entonces, estaba ya a las órdenes de Aviraneta, dedicado a maniobras políticas; Cazalet, el bohemio, no era hombre más que para intrigas de ciudad; perezoso y borracho, no podía actuar más que en el rincón del café o de la taberna.
Frechón, que espiaba a todos los españoles que venían a Bayona, supo que Gabriela la Roncalesa visitaba la posada de Iturri y conferenciaba con Aviraneta.
Frechón se presentó a la muchacha y la dijo que tenía algunos asuntos comerciales con los carlistas, y que, para resolverlos, necesitaba una persona de inteligencia que tuviera conocimientos entre los partidarios de don Carlos.
Gabriela habló de su novio, Luis Arreche; dijo que éste era subteniente del 5.º batallón de Navarra y que conocía algunos personajes importantes del partido. Frechón preguntó a Gabriela si él no podría hablar en algún lado con el subteniente Arreche, y ella contestó que una semana después su novio estaría en Vera y que allí podría entenderse con él.
Frechón entró en España y habló con Luis Arreche, a quien llamaban Bertache por el nombre de su casa.
Frechón contó a Luis la jugada que le había hecho Chipiteguy en Pamplona y le confesó que él pensaba preparar una emboscada para sacarle parte o todo el dinero que el viejo se había agenciado con el negocio de las cruces.
Luis Arreche le advirtió que él no podía estar mucho tiempo en la frontera, y que, para preparar la emboscada contra Chipiteguy, lo mejor que podía hacer era dirigirse a su hermano Martín. Frechón mandó un aviso a Martín Arreche, alias Bertache, alias Martín Trampa; hablaron los dos, se entendieron y se pusieron de acuerdo en la manera de apoderarse del viejo trapero, de secuestrarle y de sacarle los cuartos.
Frechón volvió a Bayona y sondeó a Claquemain. Claquemain era un borracho que no tenía afecto a nadie. Con la promesa de dinero se decidió a hacer traición a su amo.
Entre los dos hombres engañaron a Chipiteguy, hablándole de una compra de armas en la venta de Inzola.
Fueron Claquemain y el viejo a San Juan de Luz, en coche; alquiló allá Chipiteguy una mula para subir a la venta de Inzola, y en la venta de Inzola aparecieron Frechón y Claquemain, que le obligaron a seguir adelante y le llevaron al final del robledal, donde esperaban Martín Trampa, Malhombre y Perico Beltza.
A los dos días de la desaparición de Chipiteguy se presentó Frechón en la casa del Reducto, de Bayona. Dijo a Manón y a la andre Mari que había estado en Dax y se manifestó muy asombrado de la desaparición de Chipiteguy.
Luego en la tienda, delante de Alvarito y de algunos clientes, afirmó que a Chipiteguy lo habían engañado y llevado a España los curas carlistas al enterarse de que había sacado cruces y custodias de Pamplona.
—¿Qué custodias?—preguntó Alvarito.
—Tú eres un imbécil que no te enteras de nada—le dijo Frechón—. Cuando el viejo estuvo con nosotros en Pamplona trajo plata y piedras preciosas, que debe tener guardadas aquí.
Alvarito se quedó asombrado y habló con Manón del tesoro de Pamplona y decidieron un día registrar la cueva.
Alvarito estaba haciendo gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy, y fué a ver a María Luisa de Taboada por si ésta le podía dar alguna indicación. María le preguntó si no conocía a don Eugenio de Aviraneta.
Alvaro le dijo que sí.
—Pues vaya usted a verle.
Aviraneta vivía entonces en la fonda de Francia.
Alvaro explicó a don Eugenio lo ocurrido: la desaparición de Chipiteguy y de Claquemain.
Aviraneta hizo que Alvaro contase todo lo que sabía. Alvarito relató las incidencias del viaje a Pamplona: cómo habían entrado en la ciudad; cómo el patrón había dicho a su dependiente que le esperase en Valcarlos, y cómo después, en vez de ir por San Juan de Pie de Puerto a Bayona, había ido a San Sebastián y embarcado aquí con sus figuras de cera.
—¿Usted no sospecha de nadie?—le preguntó Aviraneta.
—No.
—¿Ni siquiera de Frechón?
—A ese hombre le considero capaz de cualquier cosa, pero parece que estos días de la desaparición de Chipiteguy estaba en Dax.
—¡Quién sabe! Quizá esto no sea más que una coartada.
Aviraneta prometió al joven Sánchez de Mendoza que pondría todos los medios para averiguar el paradero de Chipiteguy, suponiendo que el viejo se hallara en España.
Los amigos de Chipiteguy, muy extrañados de su desaparición, hacían mil cábalas; para unos era una fantasía del viejo, que se había marchado de casa por capricho, otros creían que estaba secuestrado, y otros, que muerto.
Unos quince días después de la desaparición de Chipiteguy, Alvarito recibió una carta, que fué a leerla a Manón y a la andre Mari. La carta decía así:
"Mi querido amigo: Me han traído a España y me tienen preso. Para dejarme libre exigen que dé dos mil onzas. Vete a ver a Manasés León, con esta carta, y él te proporcionará la cantidad indicada. La tendrás dispuesta para entregársela inmediatamente al emisario que se presente ahí dentro de poco con una carta mía desde la frontera, que irá dirigida a don Alvaro Sánchez de Mendoza y estará firmada por Juan Dollfus.
No hay que avisar a la policía española, porque ella aquí, por ahora, no puede hacer nada, y la denuncia podría costarme la vida. Di a Manón que estoy bien y que pienso siempre en ella. Tu amigo, Chipiteguy."
Alvarito hizo lo que se le indicaba en la carta y esperó con el dinero en la caja a que apareciera el emisario, pero éste no apareció.
Una semana después, Manón recibió otra carta, en la que se le decía que su abuelo se encontraba preso, y que si quería verle libre, enviara una letra de quince mil francos, a cobrar en Elizondo, a nombre de Juan Echenique, de Almandoz; que no avisara a la justicia, porque no podría hacer nada contra los secuestradores del viejo y porque si sabían que eran denunciados podían matarle.
Manón y Alvarito consultaron con Manasés, y éste dijo que era una imprudencia enviar el dinero sin garantía, porque el Echenique podía quedarse con él y no librar a Chipiteguy.
Decidieron entre los tres escribir a Echenique, indicándole que le enviaban una carta de pago de quince mil francos a cobrar en casa de Rodríguez y Salcedo, de Bayona, y añadiendo que le pagarían desde el momento en que Chipiteguy estuviese libre en cualquier punto de la frontera de Francia.
Como ésta carta tampoco dió resultado, Alvaro fué de nuevo a visitar a Aviraneta, quien le dió una carta para Luis Arreche, alias Bertache.
Don Eugenio le decía en ella que se enterara de quiénes tenían secuestrado a Chipiteguy y en dónde; que les dijera a los secuestradores que no pidieran más de lo que habían pedido, porque el viejo no era tan rico como decían, y que, aunque lo fuera, quizá en la misma familia del viejo hubiera gente que le conviniese que Chipiteguy desapareciera.
—No, no hay nada de eso—dijo Alvarito.
—Seguramente que no—replicó Aviraneta—; pero es un argumento para gente un tanto canalla, que desconfía de todo menos de las malas intenciones.
Alvarito se dispuso a ir a España a ver a Bertache. Antes de salir, Aviraneta le llamó. Había sabido por Gabriela la Roncalesa que Martín Trampa, el hermano de Luis Arreche, era uno de los complicados en el secuestro de Chipiteguy. Martín vivía en Almandoz y Aviraneta pensaba que se le podía escribir a él directamente. Le escribieron. Alvarito y Manón decidieron esperar una semana, por si Martín Trampa contestaba; pero no contestó...
III EL TESORO
Una noche le despertaron a Alvarito la Tomascha y la andre Mari. Habían oído claramente que andaba gente en la cueva.
—¡Levántate!—le dijeron las dos mujeres.
Alvarito se levantó, temblando de miedo, y se vistió lo más rápidamente posible.
—Vamos a ver quién es—dijo, fingiendo serenidad en la voz.
—No, no—replicó la andre Mari—; lo que tenemos que hacer es encerrarnos en este piso con llave. Manón está dormida.
—Mejor sería llamar a la guardia del Reducto—murmuró la Tomascha—. Desde la ventana podemos gritar.
—No, no—dijo la andre Mari—; no vaya a resultar que sea algún gato y se burlen de nosotras y nos tengan por unas viejas locas.
Con el rumor de las voces Manón se despertó y apareció en la escalera, preguntando de qué se trataba.
—Hay gente en la casa—le dijo su tía.
—Pues vamos a ver quién es.
La muchacha se puso una bata, cogió el farol con el que solía hacer la ronda nocturna con su abuelo y comenzó a bajar decididamente la escalera.
Alvarito la siguió con un garrote en la mano; las mujeres, al ver a los dos muchachos tan decididos, fueron también bajando las escaleras tras ellos.
Manón y Alvarito recorrieron la tienda, los almacenes y el patio y no encontraron a nadie.
—Quizá en la cueva se haya encerrado el ladrón.
Entraron en la cueva. A la luz del farol vieron las figuras de cera apoyadas en la pared con un aire extraño. La arpillera que cubría el grupo de los Asesinos había caído y el Asesino joven sacaba el brazo, armado con su puñal. La presencia de aquellas repugnantes figuras de cera renovó la obsesión de Alvarito; le produjeron espanto, y en medio de la noche, y en la cueva, y a la luz vacilante del farol, casi le dieron más terror que si fueran verdaderos ladrones que hubieran entrado en la casa.
Al volver a su cama, Alvarito reconoció en su fuero interno que, aunque aparentemente había quedado bien, en el fondo había tenido mucho miedo. Se avergonzaba, al mismo tiempo, de su cobardía y se asombraba de sus momentos de valor.
Al día siguiente, cuando Alvarito fué a su despacho, pudo notar señales de pasos en el patio. La noche antes había llovido y quedaban huellas de unas botas y el barro ya seco. No era, pues, ilusión el que hubiese habido gente dentro de casa por la noche, sino un hecho cierto.
Ahora, por dónde había entrado y por dónde habían salido, era lo que no comprendía, porque en el portal no había huellas y el cerrojo de la puerta estaba por la mañana echado.
Alvaro supuso si los ladrones, o lo que fuesen, se habrían descolgado por la pared del patio, o quizá por el tejado. Todo esto le dió a Alvarito gran miedo. La andre Mari y la Tomascha se alarmaron mucho al saber que era cierta la entrada de los hombres en la casa y decidieron que fueran a dormir al almacén Quintín y un primo suyo zuavo.
Este primo de Quintín era Max Castegnaux, supuesto hijo de Chipiteguy, que había llegado a sargento en el ejército de Argelia, y que estaba retirado y tenía un destino en el Ayuntamiento.
Max Castegnaux, alto, ancho, fuerte, corpulento y grande, tenía aire marcial y una frente abombada un poco de carnero. Max gastaba bigote y patillas. Llevaba sombrero de copa de alas muy anchas, levita de mangas largas y estrechas y un junco, colgando en el botón del chaleco.
Quintín y Castegnaux dormirían en la trastienda en unos catres, cada uno con la pistola cargada, al alcance de la mano. Max y Quintín pensaron en poner dos o tres figuras de cera en los rincones, en sitios extraños, para asustar al que pretendiera entrar en la casa.
La guardia de los hombres no era muy eficaz.
Al parecer, Quintín y Castegnaux llevaban cada uno su botella de vino a la trastienda, y después de jugar una partida y de beberse el vino, se echaban a dormir y roncaban como benditos. Ni un cañonazo los hubiera despertado.
Unos días después de los ruidos y de la alarma y de inaugurar la guardia en la trastienda con Castegnaux y Quintín, Frechón, considerándose ofendido al ver que en la casa se daba más importancia a Alvarito que a él, se despidió.
Manón le dijo a Alvaro que, ya que no podían temer el espionaje de Frechón, tenían que ver lo que había guardado el abuelo en la cueva.
Fueron los dos con un farol y notaron que había un sitio con la tierra removida. Cavaron allí y comenzaron a aparecer barras de plata, pintadas de negro, y trozos de oro, envueltos en trapos.
En el agujero había también un cantarillo.
—¿Qué habrá aquí?—se dijo Alvaro.
—A ver, vacíalo.
Alvaro vació el cantarillo en el suelo y salió de su interior un montón de esmeraldas, de zafiros y de topacios.
A la luz del farol brillaban las piedras con mil fulgores.
—Es un tesoro—murmuró Alvaro.
—Sí, pero no podemos tocarlo—dijo Manón.
—¡Ah, no! Claro que no. Volveremos a guardarlo como estaba.
Alvarito llenó la cantarilla con las piedras preciosas y la enterró de nuevo. De pronto creyó que había alguien que le estaba mirando; pero era una de las figuras de cera.
Cuando dejaron el sótano, Manón y él pensaron que salían de la cueva de Alí Babá y de sus cuarenta ladrones.
La existencia del tesoro influyó en la imaginación de Alvarito. Supuso que, así como en los cuentos antiguos había un dragón que guardaba un tesoro y una princesa, allí eran las figuras de cera las vigilantes.
El, Alvarito, acabaría siendo el dominador de las feas figuras, el Orfeo de las bestias inmóviles, el domador de los espectros asquerosos y repugnantes, y después de vencerlos, huiría con la princesa y con el tesoro.
Unos días después soñó que se encontraba delante de una puerta disparando tiros contra alguien que quería asaltar la casa.
IV LOS VIEJOS DE LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY
Grandes comentarios se hicieron entre los amigos acerca de la desaparición de Chipiteguy. En la tertulia de madama Lissagaray se habló mucho del caso, y, sobre todo, los viejos y las personas sesudas discutieron y expusieron sus opiniones.
Había variedad de hipótesis. La mayoría consideraba que el secuestro tenía un carácter político, y, según sus ideas, lo achacaban unos a los carlistas y otros a los masones.
Algunos no creían que se tratara de maniobras políticas, sino de motivos personales.
Uno de los que acusaba a Frechón como autor o, por lo menos, cómplice del secuestro, era Pascual Joliveau, el Robinsón Crusoé del baile del día de San Martín.
Joliveau tenía su tienda de herbolario en el piso bajo, en casa de madama Lissagaray. Joliveau era soltero, de unos treinta y tantos años, grueso, rubio, pálido, pesado e imberbe, con las orejas grandes y las manos enormes.
Era, además, tartamudo.
Joliveau ganaba dinero con su tienda. Era muy trabajador y un poco entrometido en cuestiones de medicina. Creía que sabía mucho, y también lo creía la gente de la vecindad.
Los enemigos suyos decían que como en la misma calle vivía un médico que le había denunciado una vez por intruso a Joliveau, y a quien éste tenía odio, había puesto un anuncio en la tienda, que decía así:
"Herbolario: No confundirle con el charlatán de enfrente."
La anécdota era perfectamente falsa.
Joliveau experimentaba gran antipatía por los médicos y por los boticarios de la época, porque comenzaban a emplear principalmente remedios químicos y olvidaban los simples. El herbolario se jactaba de curar todas las enfermedades con la angélica, con la valeriana, con la pulsátila, con la genciana.
A veces recomendaba a algunas muchachas la sabina, la ruda o el cornezuelo de centeno; pero había estado a punto de ser procesado por una de estas recomendaciones y tenía desde entonces gran prudencia.
Joliveau hacía emplastos de todas clases, vendía cepillos de dientes y lavativas.
Joliveau, a pesar de ser muy roñoso y suspicaz, había acogido en su casa a un hombre llamado Doyambere, antiguo relojero tronado, viejo mixtificador, que afirmaba poseer magníficas minas en España y tesoros en el Banco, probablemente tan reales como las minas.
Alvarito encontraba Joliveau un aire de figura de cera. Le recordaba al Fualdés de la colección de Chipiteguy. Joliveau era un hombre muy suspicaz y muy avaro; en su casa no se encendía lumbre más que en la cocina, y poca. Para legitimarse durante el invierno, encontraba que en todas partes donde se encendía fuego había demasiado calor.
Joliveau guardaba todo lo que encontraba en su casa o en la calle, las llaves viejas que no abren ninguna puerta, las pelotas, los trozos de vela, las horquillas, etc.
Joliveau no creía más que en las malas intenciones de la gente, y aun así le engañaban siempre.
Por entonces le engañaba Doyambere, el hombre misterioso; el relojero tronado, que había hecho creer a todo el mundo que poseía minas y tesoros, y que, probablemente, no tenía un cuarto.
Doyambere había sido el bohemio de la relojería; durante muchos años había recorrido Francia, España e Italia a pie, arreglando relojes. Contaba cosas extraordinarias de sus viajes: brujerías, crímenes, misterios y horrores.
Doyambere era un viejo amable, muy fino, muy discreto, muy sensato, que tenía buenas palabras para todos, pero que no inspiraba confianza.
Joliveau alimentaba a Doyambere y le tenía en casa con la esperanza de heredarle.
A veces le indignaba el despilfarro del viejo relojero mixtificador, y una vez que Doyambere, al postre, sacaba la corteza al queso, sin duda muy gruesa, Joliveau dijo, tartamudeando más que de costumbre, sin poderse contener:
—Eso... tam... bién... me... cuesta... a... mí... el dinero. Es una... falta... de... consideración desperdiciar así... el queso.
Joliveau tenía una criada vieja; pero él mismo guisaba.
Una de las manifestaciones de la roña de Joliveau era odiar a los gatos, sin duda por lo que robaban.
—Es un animal... antipático—decía—, que no respeta la propiedad ajena.
Joliveau ponía cepos a los gatos y, cuando los cogía, los ahorcaba.
Había uno en su vecindad de una vieja solterona, negro y atrevido, que entraba en casa del herbolario por el patio. Al fin, Joliveau lo cogió, lo ahorcó y lo tuvo como trofeo un día colgado, delante de la ventana, para que lo viera la vecina.
Joliveau cortejaba a la señorita Recur, sin comprender que aquella señorita estaba enamorada de Marcelo, el sobrino de Chipiteguy. Ella sentía un verdadero horror por el herbolario.
Joliveau, hombre de cabeza extraña y confusa, no decía las cosas como todo el mundo; era un incoherente, a quien a veces no se le entendía. Hacía alusiones a cosas lejanas, y muchos decían que, al oírle, se preguntaban, vacilando: ¿Si será un hombre de gran talento? ¿Si será un imbécil? La mayoría se decidía por creerle imbécil.
Se podía encontrar en él una mezcla rara de cualidades: suficiencia, fanfarronería e impertinencia, unida a cierta fidelidad por algunas personas. Quizá ninguno de sus sentimientos llegaba a la nota aguda; pero también se podía asegurar que había poco estimable en el abigarramiento de su alma.
Joliveau, desde el principio de la desaparición de Chipiteguy, había acusado a Frechón. Joliveau tenía resquemores con éste. Había querido hacer un negocio un tanto usurario con él y Frechón le había engañado.
—A ese... cochino... de Frechón—decía—le voy a enviar yo... a gozar... de la hospitalidad... económica... gubernamental... Allí le alimentarán con... berzas, con agua y con... otros ingredientes parecidos.
La hospitalidad económica gubernamental era para Joliveau la cárcel.
Una vez le dijo alguien:
—Ese Frechón vendería su alma al diablo.
—Saldría... ganando—contestó Joliveau con presteza—; vendería una porquería... por unas buenas... monedas.
Le gustaba también al herbolario tartamudo desfigurar los nombres de las personas que le eran antipáticas o que le habían engañado.
Así le llamaba a Frechón Frechoneau, Frechonato o Frechonazo.
A la campaña que hacía contra él contestaba Frechón con mayor acritud.
Según Frechón, todas las hierbas que vendía Joliveau eran venenosas y mortales de necesidad.
No se sabía lo que hacía el herbolario con ellas, si es que se orinaba, o escupía, o algo peor; pero su efecto era terrible. Tomar el malvavisco, la manzanilla o las flores cordiales de casa de Joliveau y empezar a sentir náuseas, vómitos y ponerse a la muerte, era inmediato. Frechón hacía juegos de palabras con el apellido de Joliveau (Bello Becerro) y preguntaba a los conocidos:
—¿Qué hace el Bello Becerro? ¿Lo llevan al matadero o está hidrópico por las malas hierbas que come en su casa? ¿Le ha visto ya el veterinario?
Frechón aseguraba que Joliveau estaba loco, que una meningitis padecida en la infancia le había trastornado. Decía también que de niño un cerdo le había castrado. Por eso, según Frechón, Joliveau era imberbe y tenía tipo de cantor de la Capilla Sixtina. Por eso tenía también aficiones a guisar y a fregar los platos.
Estas murmuraciones malévolas llegaban a Joliveau, que tan pronto se indignaba como se quedaba tan tranquilo.
—Aquí, en Bayona... ya se sabe...—decía, frotándose sus grandes manos—. El periódico... de cinco céntimos... sin papel... circula mucho por la ciudad.
Esta frase quería decir, en el lenguaje confuso del herbolario, que había mucha chismografía en el pueblo.
Con esta manera de hablar, hiperbólica y figurada, siempre haciendo alusiones a cosas desconocidas, no se le entendía. Con frecuencia Pascual Joliveau proyectaba casarse; pero no tenía éxito.
—No sé... si casarme... o comprar una... partida de hierbas.
Al último, siempre tenía que comprar las hierbas. Frechón decía en todas partes que Joliveau quería casarse porque tenía gran afición a ser cornudo.
Joliveau se acercaba a veces al grupo de las muchachas en la tertulia de Lissagaray, pero no le hacían caso; Manón le trataba con un profundo desprecio, Rosa le oía distraída, Morguy se reía descaradamente de él.
El Bello Becerro no encontraba su ternera ideal—hubiera dicho Frechón—; únicamente Alvarito escuchaba al herbolario; éste solía decirle:
—Créame usted... Si quiere encontrar... al viejo, dele usted... la zancadilla... a Frechonazo.
Otro de los consultados varias veces fué el padre Aranalde, un cura amigo de Madama Lissagaray. Aranalde era un viejo de cara sonrosada, pelo blanco, mirada a veces viva, pero siempre velada por el párpado caído; los labios burlones y la nariz larga, con frecuencia llena de rapé.
Aranalde tomaba posturas académicas, y lo hacía tan afectadamente y tan bien que, más que cura, parecía un cómico que hiciera de una manera maravillosa el papel de eclesiástico.
Aranalde no afirmaba ni negaba nada; todo podía ser, y las varias versiones que se daban de la desaparición de Chipiteguy le parecían muy posibles.
Otro de los oráculos de la tertulia de madama Lissagaray era el señor Silhouette, comerciante retirado de las pompas fúnebres y vecino de Chipiteguy.
Silhouette, viejo con peluca y cara rasurada, tenía una expresión de frialdad, de indiferencia, de esfinge. Sin duda se la había dado su oficio.
Durante toda su vida no había hecho más que ir a las casas donde ocurría una muerte, de día o de noche, y mostrar atenta y fríamente sus catálogos y etiquetas, sus precios de entierro de primera o de segunda, siempre con una severidad y una indiferencia helada.
Decían que el Sr. Silhouette había sido engañado por la mujer. El señor Silhouette llevó a su mujer a una casita de campo del camino de Bayona y la encerró allí hasta que murió, y tuvo el gusto de ver en sus catálogos qué clase de ataúd y de pompas fúnebres necesitaba su cara esposa para hacer el gran viaje a las profundidades de la madre tierra.
El señor Silhouette andaba siempre enlevitado, la boca apretada, con los labios pálidos y delgados, mejillas hundidas, ojos fijos y duros, la corbata que le agarrotaba el cuello, la frente ancha y la mirada fría. Silhouette era, indudablemente, funerario, feretral, panteónico.
En todo se manifestaba metódico y meticuloso, muy partidario de la etiqueta, y no transigía con ningún olvido de ella.
Se decía que el señor Silhouette era el padre de Joliveau; pero no se parecía nada a él y debía ser una broma de la gente mal intencionada.
El señor Silhouette era legitimista, pero no quería confesarlo. Alvarito le encontraba muy parecido al Fouché de las figuras de cera; un Fouché más viejo y menos emperifollado.
El señor Silhouette no dió su opinión acerca de la desaparición de Chipiteguy; se contentó con oír todos los detalles y nada más.
Había otros viejos señores en la tertulia; el señor Castera, que había sido procurador, que andaba del brazo de su mujer, arrastrando los pies, y que jugaba su partida de cartas. El señor Castera tenía las piernas torcidas, la cara arrugada y pálida, la cabeza sin pelo en las sienes y la frente deprimida. Había en él algo de reptil. Vestía a la antigua. El señor Castera tomaba rapé, gastaba una hermosa peluca y tenía una voz de falsete desagradable.
Pero no se podía considerar como lo más desagradable de su personalidad su voz.
El viejo Castera era un hombre muy cortés, lo que no le impedía decir a cada persona lo más desagradable, lo más que le podía molestar o herir, con exquisita finura. Al mismo tiempo que decía algo venenoso, ofrecía a la víctima su tabaquera con la tapa esmaltada, sonriendo con amabilidad. El hablar mal de la gente, el tomar rapé y comer dulces eran sus principales vicios.
Alvarito oyó que el señor Castera, en su juventud, había sido un hombre guapo. En cambio, en su vejez, era casi repugnante.
Es curiosa esa fealdad que se produce en la burguesía, sobre todo en los comerciantes, industriales, notarios, hombres de ley y en todos los que viven casi exclusivamente por el dinero.
No es la fealdad de la gente del pueblo, ni la fealdad de la miseria, de la embriaguez, de la brutalidad, de las pasiones bajas, sino una fealdad sórdida, fría, la expresión de la avidez y de la especialidad comercial.
Esta fealdad contrasta con la belleza que tiene, a veces, el hombre del campo, el marino, y, sobre todo, el hombre de pensamiento.
El señor Castera conocía a Chipiteguy y a Aviraneta y los tenía a los dos por personas honorables; pero inmediatamente después de hablar de ellos y de dedicarles toda clase de elogios, contó, riéndose, esta anécdota:
"Cuando era viejo Talleyrand y vivía en el palacio de Valencay tenía un amigo tan viejo como él, el conde de Montrond.
Un día Talleyrand le decía a la duquesa de Laval:
—Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur de Montrond. Porque tiene pocos prejuicios.
A esto, Montrond replicó inmediatamente:
—¿Sabe usted, duquesa, por qué me gusta monsieur Talleyrand? Porque no tiene ninguno."
Sin duda, el viejo ex procurador, quiso decir que tanto Chipiteguy como Aviraneta eran capaces de cualquier cosa.
Compañero del viejo mordaz era el señor Bedarride, tendero de la vecindad, viejo, de cara inyectada y roja, con la nariz abultada, el bigote largo y caído, que llevaba casi siempre redingote y chaleco de grana.
Bedarride, con su aire embrutecido, era hombre listo y había sabido hacerse su fortuna en el comercio de paños. Era también de una fealdad comercial y transcendía a paño a la legua. Probablemente, las emanaciones del paño que había respirado toda su vida habían matizado su alma, dándole un espíritu de pañero indeleble.
A Alvarito le recordó el hombre que voceaba el crimen en el grupo de las figuras de cera, que llamaban, en la casa del Reducto, los Asesinos.
El señor Bedarride, riquísimo, tenía un motivo de pena que le amargaba la vida. Su hija única, Lucía, estaba enferma de la medula. Lucía Bedarride tenía una cara asimétrica desagradable, llena de granos, y una expresión mixta de estupidez, de inquietud y de maldad.
El médico había dicho al padre que quizá, si la muchacha se casara, podría desarrollarse y cambiar, y el señor Bedarride buscaba marido para su hija, pensando en conquistarle, ofreciéndole una fortuna.
Lucía Bedarride, mala, perversa, tenía ataques de nervios; pegaba a las criadas y, al ver que los jóvenes no se le acercaban, le daban arrechuchos de cólera.
La señorita Bizot trató de demostrar a Alvarito insidiosamente que para él sería un magnífico negocio el casarse con Lucía Bedarride; pero Alvarito rechazó la proposición con energía.
La Bizot reconoció que la muchacha no tenía ningún atractivo; pero había dinero en cantidad y con dinero se podían encontrar maneras de indemnizarse. Una mujer como la Bedarride y una querida como su vecina la Nené era una combinación perfecta.
Alvarito se quedó asombrado al oír una proposición de esta naturaleza.
V ÚLTIMAS HIPÓTESIS
Otro de los contertulios de madama Lissagaray era el señor de Viguerie, dueño del hotel de los Tres Reyes, en la calle de Maubec, de Saint Esprit. Viguerie transcendía también a fondista. Viguerie odiaba cordialmente a todos los extranjeros porque no iban a su hotel; no podía soportar a los judíos del barrio por su carácter económico, y como era del centro de Francia, tenía antipatía por los vascos, que además no iban tampoco a su fonda.
El señor Viguerie se hallaba enterado de las maniobras de los carlistas; era muy amigo del intrigante Manuel Salvador y muy enemigo de Aviraneta.
Viguerie, por informes de Salvador, afirmó que Chipiteguy era víctima de los masones y que por este camino debía enderezar las pesquisas la familia.
Según él, lo mejor que se podía hacer era dirigirse al subprefecto para que éste reclamara la libertad de Chipiteguy al jefe de la logia, o Gran Oriente, de Bayona.
Una señora que asistía a la reunión, y que hizo algunas gestiones para averiguar el paradero de Chipiteguy, fué madama Du Vergier. Esta madama se decía pariente de Du Vergier d'Hauranne, el célebre abate de Saint Cyran, uno de los jefes más influyentes en su época del jansenismo.
Madama Du Vergier, vieja, alta, hombruna, andaba por la calle casi siempre en zapatillas y apoyada en un bastón. Había sido, en tiempo del Imperio, mujer de costumbres alegres; pero ya nadie se acordaba de sus aventuras.
Madama Du Vergier tenía el vicio de la lotería y jugaba en la francesa y en la española con tanto entusiasmo que a veces no tenía para comer.
Esta vieja le recordó a Alvarito la Brinvilliers de las figuras de cera.
Madama Du Vergier, con la Bizot, había ido a ver a la adivinadora madama Canis, y ésta les había dicho con seguridad, rotundamente, que Chipiteguy estaba en España, guardado en una torre, por un crimen de Estado.
Biarritz, octubre de 1924.
FIN DE LAS FIGURAS DE CERA