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Las figuras de cera

PRIMERA PARTE LOS TRAPEROS DE BAYONA

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I LAS GALERAS

Una mañana de junio de 1838 varias galeras con toldo y cuatro ruedas, unas tiradas por dos, otras por un caballo de patas gordas, marchaban por el desfiladero de Roncesvalles, larga y empinada cuesta llena de zig-zags, de curvas y de meandros, que sube desde San Juan Pie de Puerto hasta Burguete.

El día estaba claro en la parte de Francia y obscuro y nublado en la de España.

En el valle del Nive, los montes, cubiertos de árboles, aparecían inundados de sol; hacia España las nubes iban agarrándose a los picachos y entrando en las hondonadas.

Este famoso desfiladero de Roncesvalles, que recuerda a Rolando con su olifante, al arzobispo Turpín y a los doce pares de Francia, no tiene el carácter áspero y terrible que le supone la leyenda.

Es el paisaje allí suave y verde, hay muchas praderas, campos cultivados, grupos de hayas y de robles. Las moles de piedra que los fieros vascones lanzaban contra las tropas brillantes de Carlomagno han desaparecido por escotillón; quizá no existieron nunca o fueron del tamaño de las almendras, y la batalla de los carlovingios con los sarracenos, según la versión francesa, o de los carlovingios con los vascones y godos, según la versión española, no tuvo más importancia que una pedrea de chicos. Verdad es que estas pedreas son más fecundas para la literatura que las grandes batallas modernas con sus enormes carnicerías y hasta sus salchicherías, inspiradas en métodos científicos y exactos.

El Monasterio de Roncesvalles, como muchas cosas antiguas, tiene más nombre que realidad.

Los carros que subían la cuesta hacia Burguete esta mañana fresca de junio eran, en su mayoría, galeras con el techo embreado, con las cuatro ruedas casi iguales. Por su aspecto parecían más bien ser franceses que españoles. Entre carro y carro conservaban una distancia de cien o doscientos metros. Podía suponerse que llevaban algún cargamento de armas para los carlistas, pues en aquel año de la guerra todos los puertos de la frontera vasco-navarra, excepción hecha de Irún, estaban ocupados por los facciosos. Al lado de las galeras iban los carreteros, que a veces tenían que calzar las ruedas con piedras y empujar luego a hombros, porque en algunas partes los caballos no podían con los pesados vehículos.

La primera galera que iba a la cabeza de la comitiva era un poco más larga que las otras y tiraban de ella dos caballos percherones.

La conducía un carretero y la vigilaba otro hombre que marchaba a su lado.

Este último tenía unos treinta años y el aire de un señor, aunque no muy amable ni simpático; el carretero, de unos cuarenta años, manejaba el látigo, hacía chasquearlo, cuando no lo llevaba liado al cuello, y gritaba y blasfemaba en los malos parajes en que los caballos se detenían.

El hombre de aire de señor, flaco, moreno, con patillas negras, parecía sombrío y misterioso; el carretero era un tipo tosco y vulgar.

Al acercarse la primera galera a Valcarlos, una patrulla carlista se destacó en el camino.

—Alto, ¿quién vive?—gritó el jefe.

—Francia—contestó el hombre moreno de las patillas.

—¿Qué gente?

—Gente de paz.

—¿Tienen ustedes pasaporte?

Los dos hombres mostraron los documentos que llevaban.

Los carlistas, unos al parecer del Resguardo, otros de una partida que vigilaba la frontera, todos perfectamente desarrapados, quisieron atisbar lo que llevaba la galera.

—¿Qué va ahí dentro?—preguntó el que hacía de jefe de la partida.

—Figuras de cera para la feria de Pamplona—contestó el hombre de las patillas con marcado acento francés.

—¡Hombre! ¡Figuras de cera!—exclamó uno de los carlistas—. ¿No las podríamos ver?

—No están armadas.

—¿No dan ustedes algo para beber?—dijo uno de los facciosos desarrapados.

—Eso, el amo—contestó el de las patillas.

—¿Dónde está el amo de ustedes?

—No es nuestro amo. Es el amo de las figuras de cera.

—¿Y dónde está ese señor?

—Dentro de poco pasará en un coche.

—¿Por este camino?

—Sí. Ha dicho que entre Valcarlos y Burguete nos alcanzará.

—Bueno, pueden ustedes seguir.

Marchó la carreta de nuevo, avanzando al paso de los caballos percherones; cruzó al mediodía por delante de la Colegiata de Roncesvalles, recorrió la única calle de Burguete y, al salir de este pueblo, camino de Espinal, el hombre de las patillas entabló en francés una conversación con el carretero.

—El amo nos encarga a nosotros la tarea más difícil: el marchar a pie—dijo—; en cambio él, con el niño ese, que Dios confunda, viene en coche.

—No se queje usted, señor Frechón—replicó el carretero—; el amo le ha dicho a usted varias veces que no venga si no le gusta este viaje.

El señor Frechón calló un momento y luego exclamó de mal humor:

—Tú eres un imbécil, Claquemain.

—¿Por qué? Sepámoslo.

—Porque te dejas explotar.

—¡Bah! Me pagan lo que trabajo.

—Es lo que crees tú, infeliz.

—Pues, lo que es por ahora, tenga usted la seguridad de que no me han explotado.

—Ahora nos está explotando. El viejo trama algo que yo sospecho...

—¿Qué va a tramar? Usted siempre está pensando que todo el mundo vive imaginando intrigas y complots, y luego no hay nada. Todas son fantasías de su cabeza de usted.

—Es que tú tienes la vista corta, Claquemain.

—Usted tendrá la vista muy larga, señor Frechón; pero por ahora no ve usted más que visiones.

—Y realidades. Tú lo verás.

—¡Bah!—y Claquemain hizo restallar el látigo en el aire.

—Aquí hay gato encerrado—siguió diciendo Frechón—, lo huelo. ¿A ti no te choca que el viejo Chipiteguy, hombre rico, vaya a las ferias de San Fermín, de Pamplona, en plena guerra, a poner una barraca con unas cuantas figuras de cera, por cierto muy malas, para ganar unos cuartos?

—A mí, no. ¿A qué otra cosa puede ir?

—¡Oh! Ya lo veremos. Te diré, en confianza, que el viejo ha ido a casa del cónsul de España en Bayona repetidas veces y ha tenido con él largas conferencias.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque le he seguido.

—Cada uno su manía.

—El viejo lleva una misión que seguramente será para él muy fructífera.

—¿Qué misión puede llevar? ¿Misión política?

—Quizá también.

—Si es cosa política, no habrá dinero debajo.

—Me choca tu terquedad.

—A mí me choca la suya.

—Si hay algo, ¿qué dirás?

—¿Y si no hay nada?

—Como habrá... Al llegar a Pamplona veremos.

—En fin. Quizá, quizá... acierte usted alguna vez—murmuró el carretero.

El señor Frechón sabía perfectamente que en aquel viaje había su misterio; pero no quería ser más explícito. Si el amo tenía un plan al ir a Pamplona, él iba fraguando el suyo.

Al avanzar en el camino, Frechón y Claquemain se pararon a comer al borde de la carretera, en un barranco, con una fuente y un abrevadero. Pasado algún tiempo se acercaron otras dos galeras. Se hallaban los carreteros sentados en el suelo cuando oyeron los cascabeles y las pisadas de un caballo, y poco después apareció un carricoche, ocupado por un viejo de barbas blancas y un muchachito imberbe.

—¿Qué, hay alguna novedad?—preguntó el viejo a Frechón.

—Ninguna—contestó Frechón—. Estamos descansando.

—Los caballos, ¿se han portado bien?

—Muy bien.

—¿No han puesto dificultades los aduaneros carlistas de la frontera?

—Ninguna. Les hemos enseñado nuestros papeles y nos han dejado pasar.

—Bueno; pues ahora, a Larrasoaña. Allí nos reuniremos con una partida liberal e iremos hasta Pamplona—dijo el viejo—. En cuanto llegue comenzaré yo a ocuparme de la barraca y les esperaré allí. Con que adiós.

—¡Adiós!

—¡Adiós, señor Chipiteguy!

Frechón y Claquemain, que concluían su comida, vaciaron cada uno su botella de vino; se levantaron, engancharon de nuevo los caballos, que estaban inmóviles junto al abrevadero, y prosiguieron su marcha con su carro, seguidos de las otras galeras.

—El niño ese tiene buena suerte—dijo Claquemain de pronto, probablemente con la intención de molestar a su compañero.

—Le voy a dar un puntapié el mejor día que le voy a echar a su tierra—exclamó Frechón con cólera.

—No es difícil aquí en España, porque está en la suya—contestó Claquemain humorísticamente.

El otro no replicó.

La primera galera siguió su marcha despacio. La bruma cubría el campo, gris, azulada, y la vista no alcanzaba más que a poca distancia. Las rocas y los árboles aparecían de improviso a ambos lados de la carretera. Se oía entre la niebla el cencerro del ganado y el silbido de los pastores.

Al anochecer, en una aldea del camino, Claquemain y Frechón se detuvieron a descansar. Al día siguiente, al llegar a Larrasoaña, la fila de galeras hizo alto y se detuvieron los conductores durante una hora para comer. Poco después se encontraron con las tropas de una compañía de voluntarios liberales y con ellas avanzaron hasta Pamplona.

II LA CASA DE LA PLAZA DEL REDUCTO

Es evidente que ya todos los pueblos y capitales de provincia han perdido su carácter tradicional en Francia y en los demás países europeos.

Las grandes ciudades, como París, Londres y Berlín, van uniformando las urbes provinciales, que a su vez modifican los pueblos y las aldeas.

Lo característico regional, el rincón pintoresco, tan amado en la primera mitad del siglo XIX por escritores y artistas, se ha perdido en las ciudades y en las villas y comienza a perderse en los lugares alejados de los grandes centros. No sólo se pierde lo pintoresco en lo exterior, sino el gusto de lo pintoresco. En casi todas partes, en el ámbito de una nación, se habla lo mismo, se viste lo mismo y se tienen idénticas diversiones y deportes.

Llegará un día en que ya no sean sólo las naciones las unificadas, sino también los continentes. El planeta, según un misántropo amigo del autor, será un queso de bola, uno e indivisible, con la misma clase de gusanos, que disfrutarán de los mismos derechos y de los mismos deberes.

Los pueblos y las comarcas van olvidando rápidamente su carácter tradicional, y los Goyas, los Balzac y los Dickens del porvenir, si es que los hay, no tendrán gran cosa que recoger y conservar en el acervo de las viejas costumbres y hábitos y en la guardarropía legada por los antepasados. Los dioses se van, las buenas formas se van, los sombreros de copa se van, la moral se va; lo único que vuelve a presentarse son las golondrinas y las letras que no se han pagado...

Bayona ha sido una de las ciudades francesas que ha guardado su carácter hasta hace poco. Hoy, ya no lo tiene.

Sin murallas, sin puertas, como un caracol sin su concha, al perder su dermato-esqueleto, empieza a aparecer un pueblo banal y de poco interés.

Bayona, antes, con su cintura de piedra, sus calles estrechas, sus arcos, sus tiendas con muestras y enseñas, sus casas grises y negruzcas, dominadas por las dos torres góticas de la Catedral; sus puertas fortificadas y sus dos ríos, que le daban un aire sombrío y húmedo, era un pueblo de un carácter típico y bien marcado.

Bayona, por su historia, su tradición, su influencia inglesa y española, su población mezclada, era un producto mixto de burguesía, de milicia, de comercio, de costumbres rancias y arcaicas, con detalles de ciudad corrompida. Había muchos elementos diversos reunidos en Bayona.

De sus tres barrios, la Gran Bayona, la Pequeña Bayona y Saint Esprit, la Gran Bayona, el más importante, se consideraba como el centro, el asiento del mundo oficial y del comercio rico. La gente de la Pequeña Bayona tenía un carácter más campesino, más pobre y más vasco; la de Saint Esprit era, en gran parte, judía.

Además de la población gascona, vasca y judía, había la marinera y de comercio fluvial de las orillas del Nive y del Adour, los pescadores, casi todos vascos, y la parte militar, entonces importante, porque Bayona era capital de una división.

Durante la primera guerra civil española Bayona estaba más animada que de ordinario; a sus varios elementos se unían los emigrados carlistas, que llevaban allí sus luchas y sus intrigas.

El marqués de Lalande y monsieur Xavier Auguet de Saint Sylvain, librero de viejo en Madrid y barón de los Valles por obra y gracia de don Carlos; el obispo de León y Aviraneta, el príncipe de Lichnowsky y el protestante Miñano, el canónigo Echevarría y el judío inglés Mitchell, habían encontrado allí campo para sus maquinaciones...

Uno de los sitios pintorescos de Bayona en aquella época, hoy convertido en explanada de aire vulgar, con una estatua de bronce de un obispo en medio, era la plaza del Reducto.

La plaza del Reducto estaba en la confluencia de los dos ríos bayoneses, formando espolón. Tenía, a un lado, el puente Mayou, sobre el Nive, y al otro, el de Saint Esprit, puente de barcas para cruzar el Adour.

Sobre este espolón, afilado por los dos ríos, se levantaba el antiguo baluarte llamado el Reducto, como el castillo de proa de un barco. La entrada del baluarte por el puente de Saint Esprit se llamaba la Puerta de Francia.

La Puerta de Francia era resto de la primitiva muralla galo-romana bayonesa, varias veces reconstruída.

Del viejo Reducto hoy no queda más que la explanada con su estatua y un trozo de muralla con una garita en el extremo del espolón, entre hiedras, que da al río. Andando el tiempo, la puerta de Francia se derribó y el puente de Saint Esprit se hizo de piedra.

El Reducto y sus balaurtes ocupaban la punta del espolón, entre los dos ríos, con sus muros aspillerados y sus garitas que caían sobre el agua.

El Reducto tenía salidas al río que solían estar llenas de ratas. Los soldados y los chicos se entretenían en cazarlas a pedradas.

Cerca del espolón del Reducto, en el Adour, había pilotes de madera para amarrar barcas, postes carcomidos y verdes por los líquenes y los musgos.

La Puerta de Francia, aneja al reducto, era la entrada principal de la ciudad. Por allí venían las diligencias de París y de Burdeos, pasando de antemano por el barrio de Saint Esprit, que aún conservaba algo de ghetto, sucio, cerrado y misterioso, con su población de judíos, antiguamente expulsados de España.

La plaza del Reducto era el espacio que había entre el baluarte y unas cuantas casas alineadas enfrente. A esta plaza desembocaban dos o tres calles del Pequeño Bayona, una de ellas la de Bourg-Neuf, de las más húmedas y sombrías del pueblo. Al lado de la calle de Bourg-Neuf se encontraban otras callejuelas: la del Puy, de los Capellanes de Doaline, de Coutetz, de Corn, de Moqueron, de Perhide, unas que han cambiado de nombre y otras que han desaparecido.

La mayoría de las casas bayonesas de por entonces eran casas pequeñas, de ladrillo, bastante mal construídas, aunque empezaban ya a levantarse las casas altas de cuatro y cinco pisos del siglo XIX, que dan una impresión perfecta de la vida monótona, burguesa, bien organizada y sin incidentes románticos de nuestro tiempo.

En la plaza del Reducto, esquina a la calle de Bourg-Neuf, vivía Chipiteguy, el viejo de las barbas blancas, que iba un día de junio en un cabriolé, camino de Pamplona, acompañado de un muchacho joven.

La casa de Chipiteguy era una casa vieja, de ladrillo cuarteada, que casi amenazaba ruina.

Tenía, para sostenerse, a un lado y a otro, dos filas de vigas, lo que le daba el aire de un barco que se estuviera construyendo, o de un tullido, apoyado en muchas muletas.

Otras varias casas había en la plaza del Reducto y en la calle de Bourg-Neuf sostenidas por vigas. Así como en los castillos de naipes, al caerse uno, arrastra a los demás, así allí, al tirar una casa, las otras de la vecindad querían venirse al suelo, y, si no se caían del todo, tenían la tendencia de cuartearse.

Era época en que, a imitación de París, comenzaban en las ciudades de provincia las demoliciones de los barrios viejos y malsanos.

Las casas que amenazaban ruina quedaban durante mucho tiempo como viejas paralíticas, aletargadas, sostenidas en sus muletas, mirándose unas a otras, contemplando su mutua miseria; algunas se presentaban negras y llenas de desconchaduras, con agujeros entre las maderas del entramado; otras se les caía el alero, como la visera de una gorra, y parecían quedar dormidas.

Había todos los matices de la ruina, de la decadencia. Una de aquellas casas avanzaba más en la línea y la arista de su esquina biselada tenía un mirador pequeño, con unos cristales redondos, que le daban el aire de los ojos de un pez; otra echaba una panza de hipocresía; una tercera un abultamiento como el bocio; algunas parecían la proa de un barco antiguo; a otras se les desarticulaban las ventanas, que quedaban como alas rotas, gimiendo y llorando de noche sobre el roñoso gozne.

La casa de Chipiteguy, vieja, de construcción pobre, con el tejado en forma de piñón y chimeneas altas, terminadas en tubos en zig-zags; tenía dos muros de piedra laterales fuertes, y entre éstos, vigas que sostenían los pisos. Un entramado de madera cruzaba la fachada: en el dintel de la puerta aparecía esculpido un escudo borroso con varias medias lunas y cabezas de hombres barbudos y de expresión siniestra.

Los pisos estaban superpuestos: los dos de arriba, más salientes hacia la calle que el de abajo. La casa, indudablemente, se había movido, al derribar otra contigua, y se abultaba como un abdómen de cincuentón de una manera absurda y ridícula. En medio de la casa, en la planta baja, se abría un ventanal, convertido en escaparate; en el primer piso, varias ventanas con sus cortinas; en el segundo, otros huecos; después la guardilla, con un balcón saliente y una viga y una polea encima, y sobre el caballete del tejado, una veleta anquilosada, con una paloma de hierro, gruesa y paralítica.

La casa del Reducto, desde hacía dos o tres generaciones, pertenecía a un Chipiteguy, dedicado al comercio de trapos y de hierro viejo. Este comercio había tenido, en un principio, una enseña y el título de "Las fraguas de Vulcano"; pero hacía tiempo que las letras se habían borrado y que se había olvidado el nombre. Los Chipiteguy, traperos y chatarreros, se sucedían como los Borbones; en dinastía, menos conocida, aunque no menos capaz, siendo quizá mejores y más honrados traperos que los otros monarcas, sin que se pueda decir que se necesiten menos condiciones espirituales para ser buen trapero que buen autócrata.

Por dentro, la casa de Chipiteguy se resentía de su derrengamiento; los suelos se hallaban torcidos y curvados; las aristas de las esquinas, inclinadas. La casa de Chipiteguy no estaba muy flamante por fuera; el comercio de trapos y hierro viejo no era muy pulcro; pero por dentro se hallaba muy limpia y muy arreglada. Todo en ella parecía cómodo y bien dispuesto.

Si se entraba en la casa, se encontraba primero el portal obscuro; a la derecha, la tienda, con su mostrador y sus armarios; a la izquierda, la escalera, y en el centro, el patio, con dos cobertizos, en los que se hallaban amontonados fardos de trapos, calderas roñosas, barricas desfondadas, barandillas de hierro, toneles, bombas y unas grandes balanzas.

De la tienda se pasaba a los almacenes obscuros, repletos de géneros, metidos en cajones y en sacos puestos en el suelo.

Por la puerta de la izquierda se encontraba la escalera, estrecha, empinada, con los escalones muy desgastados. Subiendo por la escalera se llegaba al primer piso, donde estaban el comedor, la sala, la cocina y un despacho, y después al segundo, que constaba de gabinete, cuarto de costura y tres alcobas.

La casa, por fuera, tenía aire triste y obscuro, principalmente, por la humedad de los dos ríos, que ennegrecía cada año más la fachada.

Si por fuera parecía todo muy abandonado, por dentro se hallaba muy limpio: los suelos encerados, las puertas pintadas, los cortinones espesos y las cortinillas planchadas, con lazos en los cristales.

Los muebles eran casi todos antiguos, y únicamente el cuarto de la nieta de Chipiteguy, moderno y coquetón, estaba a la moda.

No era culpa de las mujeres de la casa el que no se hallaran todas las habitaciones lo mismo.

Chipiteguy, el trapero y comprador de hierro viejo, a pesar de ser rico, no quería arreglar la casa; le parecía que no valía la pena de gastar dinero en ella. Unicamente había dado con gusto lo necesario para decorar el gabinete de su nieta, el salón y el comedor. Decía muchas veces que la casa y él durarían lo mismo, y que su nieta, cuando fuera mayor, dejaría aquel rincón mugriento para no volver jamás a él.

Los amigos se burlaban de Chipiteguy por su indiferencia y abandono, y le decían que era como Cadet Rousselle:

Cadet Rousselle, a trois maisons, qui n'ont ni poutres ni chevrons.

Las mujeres de la casa habían conseguido, a fuerza de reclamaciones, que Chipiteguy les diera algún dinero para arreglar el salón y el comedor.

Al salón, iluminado por un balcón corrido, le pusieron un papel verde, con flores; sillería de estilo inglés, con tela del mismo color; un piano, un reloj alto con esfera de cobre, y dos cuadros al óleo, uno de caza y otro una "Matanza de los Inocentes", tabla alemana, en donde unos guerreros, con trajes medievales, degollaban a unos chiquillos, blancos y redondos como pelotas.

Había también en la sala varios grabados, copias de unos cuadros de Lebrún, inspirados en la vida de Alejandro el Magno; "La familia de Darío", "El paso del Gránico", la "Entrada de Alejandro en Babilonia", "La batalla de Arbelas" y "Alejandro y Poro".

En todos estos grabados había leyendas en latín y en francés. En "El paso del Gránico" decía: "Virtus omni obice mayor. La virtud domina el mayor obstáculo".

El comedor tenía papel amarillento, chimenea de mármol, mesa oval, aparador con jarras vascas de cobre, sillas Imperio y algunas estampas, entre ellas la vista de Bayona, con la Avenida de Boufflers y la Puerta de Mousserolles. En el aparador, sobre pequeños manteles blancos, brillaba una vajilla Luis XV, espléndida, y una cristalería reluciente.

El comercio de hierro viejo y de trapos hacía que la parte baja de la casa estuviera siempre poco cuidada; los cargamentos de chatarra y papel, los carros que se detenían a la puerta, los traperos que iban y venían, le daban, naturalmente, un aire poco elegante y distinguido.

Desde las ventanas del piso alto y de la guardilla se veían, por encima de las murallas y tejados del Reducto, las aguas del Adour, hacia las Avenidas Marinas, y los mástiles de los barcos que reposaban en el río.

Los días de niebla, muy frecuentes en el invierno bayonés, el Adour parecía un lago de color de perla; no se veían sus orillas y los barcos, a lo lejos, tomaban un aire espectral, sobre todo cuando extendían sus grandes velas amarillentas.

III CHIPITEGUY Y SU FAMILIA

Alberto Dollfus, conocido en Bayona por el apodo de Chipiteguy, era un viejo de cerca de setenta años, dedicado a la venta de trapos y de chatarra.

Dollfus, alsaciano de origen, llegó a Bayona, en tiempo de la Revolución francesa, de soldado; se estableció en la ciudad y estuvo en España de contratista del ejército durante la invasión napoleónica.

Dollfus se casó, a principios de siglo, con María Chipiteguy, la hija de su antecesor en el comercio de trapos y hierro viejo de la plaza del Reducto. Alberto Dollfus y María Chipiteguy tuvieron dos hijos, Juan y Graciosa. Juan, de instintos aventureros, fué a América; intentó hacer fortuna en distintos puntos, no lo consiguió, y por último, desapareció y no se supo nada de él.

Graciosa Dollfus se casó con un contratista de obras llamado Ignacio Ezponda. De este matrimonio nació una niña, María Ezponda, a quien llamaban Manón. Ignacio y Graciosa murieron jóvenes; él, de un accidente del trabajo; ella, del cólera, en la primera epidemia que asoló a Europa. Manón quedó con su abuelo, quien tenía por su nieta un gran cariño; el viejo sirvió de madre a la niña, la cuidó y la educó.

Alberto Dollfus, conocido por Chipiteguy, era hombre de pelo blanco y barba también blanca, larga, con tonos medio rojizos, nariz curva, ojos profundos, de expresión viva, debajo de unas cejas cerdosas y salientes.

Chipiteguy andaba con frecuencia con un balandrán de percal negro, mugriento, y boina de lana. Para salir a la calle solía llevar sombrero de copa alta, como un tubo, y zapatillas. Con esta indumentaria no se diferenciaba gran cosa de los judíos comerciantes y traperos del barrio de Saint Esprit, y algunos le tomaban por un hijo de Israel.

El viejo Chipiteguy se paseaba de arriba a abajo por su tienda, recorría los almacenes, los cobertizos del patio, inspeccionándolo todo, dando sus órdenes, siempre con la pipa en la boca.

El chatarrero de la plaza del Reducto era metódico y meticuloso, como un burócrata alemán o un relojero suizo. Chipiteguy era rico; el negocio del hierro viejo y de los trapos le había producido mucho.

Tenía, además, un almacén de botellas en la calle de España, dos casas en la calle de los Vascos y dinero en títulos de la Deuda y en la cuenta corriente del Banco de Francia. Poseía, también, una casa de campo en el camino de Biarritz, con una magnífica huerta con árboles frutales.

Chipiteguy era culto, a su modo; hablaba francés, alemán, español y vasco. Tenía un ingenio vivo y una marcada tendencia a la sátira y al humor.

Siempre había sentido curiosidad por leer y por enterarse; compraba libros y estaba subscrito a dos periódicos de París y a otros dos de Bayona. En una rinconada de la trastienda había formado una pequeña biblioteca con libros llegados a sus manos por casualidad. Tenía algunos volúmenes muy antiguos, colecciones de periódicos ilustrados incompletas, montones de grabados y de estampas litográficas, canciones y hojas en vascuence y pastorales vascas manuscritas.

Al principio, en su juventud, el trapero había recorrido las calles de Bayona con un saco al hombro, en compañía de su suegro, gritando: "¡Marchand d'habits, galons!" Después, cuando murió su padre político, Chipiteguy inventó un pregón pintoresco, que utilizaba en Bayona y en los pueblos vascos de la frontera, que decía así:

Atera, atera trapua saltzera eta burni zarra champonian.

(Saca, saca, a vender trapos y hierro viejo en dos cuartos.)

Luego, este mismo pregón lo convirtió en anuncio, escrito en el escaparate de su tienda, y le añadió la siguiente coletilla:

Emen eroztenda modu onian diru au degulaco, alde gucietatic ongui etorri da izan oi da.

(Aquí se compra de buena manera, porque tenemos dinero de todos lados. Bien venidos sean.)

Además de este anuncio, a Chipiteguy le gustaba poner otros burlones en vascuence y en francés, ofreciendo su mercancía.

El ¡atera, atera! de Chipiteguy se había hecho popular y él lo había convertido en su canción de bravura. Si hacía un buen negocio o llegaba una buena noticia, el trapero cantaba con entusiasmo su ¡atera, atera!

Cuando se murió su suegro y siguió con los negocios de éste, a Dollfus todo el mundo le llamó Chipiteguy, como si fuera indispensable que el trapero de la plaza del Reducto se llamara así.

El vendedor de trapos y de hierro era muy volteriano y un poco petulante; el que le consideraran audaz le encantaba. Cuando oía decir:

—El viejo Chipiteguy es capaz de todo—sonreía satisfecho.

Chipiteguy abarcaba mucho en su comercio, tenía la manía de adquirir lo que se le presentase; él aseguraba que lo difícil era comprar, no vender. Chipiteguy compraba a veces restos de ediciones, montones de folletos, de periódicos y de libros. Luego revisaba sus adquisiciones con cuidado.

En sus cobertizos del patio se podía encontrar de todo: ruedas, volantes, calderas, ejes de máquinas...

En los almacenes, además de los fardos de trapo viejo, de cartón y de papel, había un local grande, lleno de objetos, procedentes de la guerra civil española. Este local era un museo de cosas, en su mayoría desagradables: uniformes con manchas de sangre coagulada, escapularios que habían tomado un color pardo, medallones hechos con pelo, pantalones, levitas, charreteras, cascos y tricornios agujereados por balas; toda clase de armas blancas y de fuego, toda clase de instrumentos de música de cobre, flautas, tambores y batutas; gran cantidad de galones y varias miniaturas, rosarios y medallas.

Los chatarreros ambulantes que entraban en España le traían estos géneros militares, y cuando los sacaban de los carros para meterlos en el almacén de Chipiteguy, enjambres de chicos de la vecindad se amontonaban delante de la tienda para verlos.

Chipiteguy mantenía relaciones con doña Paca Falcón, la de la tienda de antigüedades, y le vendía muchas cosas; pero había otras que no quería vendérselas y las guardaba para él.

Chipiteguy conocía y trataba a los judíos del barrio de Saint Esprit, los cuales, para ir y volver de Bayona a su barrio, habían de pasar por delante de la tienda del viejo trapero.

Con frecuencia se reunía en casa de Chipiteguy gran tertulia, y los judíos y otros tenderos que tenían puesto algún capital en negocios de España, escuchaban las noticias que daban los chatarreros que volvían del campo de la guerra.

En el comercio de Chipiteguy llevaba la contabilidad un tenedor de libros llamado Matías Frechón, hombre reservado, hipócrita y poco simpático, y había dos mozos para traer y llevar el género, uno llamado Quintín, y el otro, Claquemain. Quintín era bajito, delgado, afeitado, sonriente, y andaba moviéndose de un lado a otro con un balanceo especial, que parecía que lo hacía en broma.

Claquemain, grueso y fornido, de unos cuarenta años, con aire malhumorado y brutal, de nariz encarnada y bigote negro, largo y caído, era borracho y hombre de poco fiar.

Quintín se ocupaba del almacén y dormía en la casa. Claquemain servía de mozo y de carretero. Quintín, simpático, servicial, pulcro, tenía buenas palabras para todos; Claquemain, brusco, desagradable y sucio, pronunciaba el francés de manera confusa, como mascullando las palabras, y por cualquier motivo insultaba en seguida.

Quintín y Claquemain eran fieles a Chipiteguy; pero su fidelidad no ofrecía los mismos caracteres. Quintín sentía cariño por el patrón y le hubiera prestado cualquier servicio por gusto. Claquemain pensaba que, fuera de casa de Chipiteguy, no le sería fácil encontrar trabajo, porque no tenía oficio, y de aquí deducía que, mientras no le saliera alguna cosa mejor, lo que no era probable, serviría en el almacén del trapero.

En el pueblo, sobre todo en su barrio, Chipiteguy no disfrutaba de muy buena fama.

Algunos viejos recordaban que Chipiteguy perteneció al Comité de Salvación Pública de Bayona y que fué amigo de los convencionales Pinet, Cavaignac, Monestier y Dartigoeyte.

Se sabía también que había proporcionado datos al ciudadano Beaulac para escribir sus Memorias sobre la guerra entre Francia y España, en tiempo de la primera revolución, y se recordaba la fidelidad suya por el viejo republicano bayonés Basterreche.

Basterreche, a quien en una biografía publicada cuando era diputado, se le definía así: la tez morena, el talle corto, los cabellos crespos, los ojos de un sátiro y el andar de un vasco, era muy buen amigo de sus amigos y había favorecido a Chipiteguy en momentos difíciles. Los dos viejos solían tener largas conferencias.

Se creía que el trapero seguía siendo jacobino. Se sabía que más de una vez defendió a Danton y a Anacarsis Clootz con mucho calor. Algunos rumores extraños corrían acerca de él; se murmuraba que había hecho contrabando, y hasta moneda falsa; se añadía que había repartido hojas y papeles carbonarios y que pertenecía a una sociedad secreta republicana, titulada "Las Estaciones", en la que estaban afiliados hombres tan peligrosos como Blanqui y Barbés. A pesar de su republicanismo y de su volterianismo, Chipiteguy celebraba con grandes fiestas en su casa los dos patronos de los chatarreros, San Roque y San Sebastián; pero era porque cualquier pretexto le parecía bueno para un festín.

Mucha gente, sobre todo los legitimistas, se lo figuraban a Chipiteguy como un monstruo; le veían blandiendo una pica, en cuya punta llevaba una cabeza cortada, o escoltando con el sable en la mano y sin camisa un carro de condenados a muerte.

Vivía Chipiteguy en la casa de la plaza del Reducto con su nieta Manón, con la sobrina de su mujer, María de nombre; andre Mari (señora María, en vasco), que tendría unos cincuenta años, y dos criadas; una vieja, la Tomascha, y otra joven, la cocinera, la Baschili.

Manón, que a los catorce años era vivaracha y atrevida, prometía ser muy bonita. Manón era el entusiasmo del viejo Chipiteguy y de toda la casa. Chipiteguy necesitaba estar constantemente al lado de su nieta, a quien llamaba su perchanta, palabra que en vascuence quiere decir algo como avispada, lista, viva, y que el viejo empleaba con predilección al referirse a su nieta.

También la llamaba con frecuencia sorguiña (bruja).

—Tú desciendes de brujos—la había dicho una vez Chipiteguy a su nieta.

—¿Y tú no, abuelo?

—Yo, no. El segundo apellido de tu padre, Arguibel, era de brujos. Estos Arguibel eran parientes del célebre abate de Saint Cyran.

—¿Este abate era brujo?

—No; éste era jansenista, que es otra cosa más estúpida. En el tiempo de un proceso de brujas que hubo en San Juan de Luz, un viejo abate, Arguibel, fué quemado en Ascain, acusado de brujería. Era, sin duda, de los que iban a las aquelarres de Zugarramurdi y a la ermita del Espíritu Santo, del monte Larrun, a caballo, con la cerora a la grupa.

—¿Así iban?

—Sí.

—¿Pero las ceroras no serían tan viejas como ahora, abuelo?

—No; eran jóvenes, y me figuro que las habría guapas. Por entonces también quemaron a un tal Bocal, vicario joven de Ciburu, y a Juan de Miguelena, de Ascain, a los dos por brujos. A muchos de nuestros vascos, acusados de hechiceros, los quemaron dos magistrados franceses, los dos un tanto sospechosos de brujería; uno de ellos, de Lancre, y el otro, de Espagnet, que tenía una casa llena de esculturas y de signos mágicos en la calle de los Bauleros, en Burdeos.

El buen Chipiteguy sentía un gran cariño por su nieta y hacía cuanto se le antojaba a ella, a pesar de las protestas de la andre Mari y de la vieja criada la Tomascha, que aseguraban que, dejando hacer todas sus fantasías a Manón, le darían un carácter insoportable.

Manón llevaba una vida independiente. Andaba por el almacén y por la tienda de su abuelo arriba y abajo; hablaba con los compradores y vendedores, a pesar de la oposición de la andre Mari y de la Tomascha.

El viejo manifestaba el deseo de que su nieta no fuese una señorita tonta y melindrosa y la dejaba entrar en la tienda e intervenir en las ventas y en las compras; pero al mismo tiempo, cuando llegaban las horas de lección, la enviaba a su cuarto a estudiar. La chica tenía profesores que iban todos los días a darle lecciones.

El cuarto de Manón era el más elegante de la casa. Estaba cubierto de papel azul, tenía muebles de laca, sillas y sillones elegantes, una cama Imperio con colgaduras, tocador muy bonito, varios grabados ingleses y un piano nuevo.

Manón no sentía grandes deseos de estudiar; le gustaba mucho leer y, a veces, tocar el piano; pero tenía por esto una afición intermitente.

En su cuarto solía haber siempre una jaula de pájaros y dos o tres gatos sobre los almohadones, con los que jugaba la chica de la casa.

A Manón, como única heredera, le esperaba gran porvenir.

—Todo esto—decía el bueno de Chipiteguy, mostrando los montones de chatarra y los sucios fardos de trapos y de papel—se convertirá el día de mañana en trajes bonitos y en un coche magnífico para esta pícara.

Manón adoraba a su abuelo, y éste, cuando tenía a la muchacha cerca de sí, con sus mejillas sonrosadas y sus cabellos de oro, murmuraba con orgullo:

—No hay otra como la nieta del viejo Chipiteguy. Esta perchanta vale un mundo.

Si la andre Mari o la Tomascha se hallaban delante al oír la frase, gruñían con mal humor, porque así, según ellas, la muchacha se iba haciendo tonta y vanidosa.

Manón era un poco arrogante, de genio variable, en general alegre, pero a veces taciturna. Cuando hablaba con gente desconocida, lo hacía de una manera imperiosa y atropellada, sobre todo si la contradecían. En cambio, si le daban la razón, sin saber por qué, se intimidaba y confundía.

Manón era prima carnal de una muchacha, Rosa Lissagaray, cuya familia tenía un bazar en los arcos de la calle del Puerto Nuevo, que se llamaba "El Paraíso Terrenal".

Era un vivo contraste el que presentaban las dos muchachitas, que eran de la misma edad: Rosa, morena, con la cara larga, correcta, de poca expresión, la nariz bien dibujada, labios gruesos, color pálido y un poco miope; Manón, de cara redonda, ojos azules brillantes, expresión de viveza felina y de audacia un poco loca, el cabello rubio, en rizos alborotados y cortos, que extremaban la animación de su rostro.

Rosa, muy tímida, se ruborizaba con frecuencia, y una de sus actitudes más frecuentes era el quedar con las manos cruzadas, en señal de admiración.

En la cara de Manón se traslucían impulsos atrevidos y absurdos, una nerviosidad en los ojos y en la boca, un temblor en la comisura de los labios, y, a veces, cierta risa silenciosa, que le daba aspecto inquieto y lleno de malicia. Cuando estaba contenta solía tener un aire decidido y triunfal.

La perchanta, como la llamaba su abuelo a Manón, iba camino de ser una belleza. Rosita, más modesta, a pesar de la corrección de sus facciones, no llegaba a llamar la atención de nadie.

Manón tenía una petulancia cómica de chico travieso; repetía frases y epítetos que no comprendía bien, dándoles, por lo mismo, aire más alocado y grotesco.

Manón se burlaba de todo. Le agradaba embromar a su prima, diciéndole que a ella le gustaría ser bailarina, cómica o aventurera. Casi siempre tenía alrededor cuatro o cinco mozalbetes que le rondaban la calle y le escribían cartas de amor, de las cuales se reía.

En la tienda discutía con los compradores o con los chatarreros que venían a vender algo, y por cualquier motivo se le oía echar juramentos y decir palabrotas en francés, en castellano y en vascuence, imitándole al abuelo:

—Sacre nom! Je m'en fous! Qué p... de hombre! Váyase usted al c... ¡Arrayúa!

Estas barbaridades divertían mucho al viejo Chipiteguy y hacían llevarse las manos a la cabeza a la andre Mari y a la Tomascha, que creían que con esta educación la chica acabaría mal.

Manón escandaliza a su prima con sus ideas levantiscas. Cuando Rosita le hacía objeciones a sus fantasías, con su buen sentido práctico, Manón le replicaba cariñosamente:

—Eres una niña tonta y buena.

A veces, Manón, fingiéndose hastiada de todo, decía:

—Ya no quiero oír hablar de novios ni de amores. Prefiero una buena comida, una taza de café, una copa de coñac y después un buen cigarro.

Manón tenía una manera de andar elástica, graciosa; poseía encanto en todas sus actitudes y movimientos y gran seguridad, más o menos fingida, en sus decisiones.

El viejo judío Manasés León, amigo de Chipiteguy, llamaba a las dos primas Marta y María, y también Demócrito y Heráclito. Manasés sentía gran entusiasmo por Manón; pero prefería a Rosa, porque, según su criterio judáico, las mujeres no debían tener personalidad, sino ser obedientes y sumisas.

Manasés sabía un refrán español, que lo repetía con frecuencia: "Boca con rodilla y al rincón con el almohadilla."

Chipiteguy, que era medio alemán, creía lo contrario, y le alegraba el pensar que su perchanta sería capaz de desenvolverse sola en cualquier circunstancia en que se hallase. Un sobrino de Chipiteguy, Marcelo, decía en broma que Rosa era como las natillas, y Manón como esos platos llenos de especias de gusto fuerte.

La tía María y las criadas, aunque admiraban a Manón, la sermoneaban con frecuencia; pero ella no hacía caso de sus sermones. La perchanta de la casa del Reducto sabía muy bien que su abuelo salía siempre a su defensa y la defendía con ardor.

Había una alianza estrecha entre el abuelo y la nieta.

A Manón le indignaba que calificaran a su abuelo de avaro, de cínico y de impío. Para Chipiteguy, las dignidades no existían. Su filosofía de trapero le hacían creer que un cáliz no se diferenciaba de una copa más que en las perlas; que un estandarte tenía el valor de la tela y del oro, y que una duquesa no se diferenciaba de una lavandera más que en lo que hubiera en ella de bueno o de malo. Chipiteguy se burlaba del novelista Balzac, de quien se comenzaba a hablar mucho en esta época, por el amor que el escritor demostraba por la aristocracia. Uno de los motivos de desprestigio de Chipiteguy era su volterianismo. Chipiteguy creía que la religión era siempre el manto de los hipócritas y granujas para cubrir sus miserias y sus canalladas.

Un buen católico era para él algo sucio, como un tiñoso moral, hombre de poco fiar; capaz de todo.

El había dicho una vez, recomendando a un conocido de Estrasburgo, un abate bayonés: "Puede usted fiarse de él, porque, aunque cura, es buena persona."

—El católico es uno de los productos más envilecidos de la especie humana—aseguraba el trapero—. Decidle a un católico: el ciudadano tal roba en su destino, él le justificará; es un padre de familia, tiene hijos... El otro abandona a su padre, lo legitimará también; el tercero vende a su hija, lo mismo; el católico lo legitima todo. Pero va a haber una fiesta y un baile; entonces el católico fruncirá el ceño. Eso es una inmoralidad, es un escándalo, es una excitación a la lujuria—dirá—. La lujuria es cosa mala; debíamos suprimir la prostitución—pensaréis vosotros—. No, eso no; es un mal necesario... —afirmará con hipocresía—. ¡Mala raza, fea raza, raza baja, envilecida y bastarda, esa de los católicos!

Muchas de las opiniones violentas que profesaba Chipiteguy se las atribuía a un amigo suyo, el poeta Julius Petrus Guzenhausen, de Aschaffenburg; pero algunos pensaban que este poeta Julius Petrus era una invención suya y que no había existido jamás.

El clericalismo siempre lleva al lado la tendencia volteriana; por eso en los países latinos el impío es más impío que en los países protestantes.

Cuando la andre Mari con la Tomascha y la cocinera se ponían a rezar el rosario en voz alta en la cocina, después de cenar, muchas veces Chipiteguy exclamaba:

—¡Viejas locas! No me vengáis aquí con esas monsergas. No quiero que nos traigáis alguna desgracia con tantos rezos. Id a la catedral. Allí tenéis bastante sitio para repetir, sin molestar a nadie, todo el tiempo que queráis, vuestras tonterías. Aun así, no creáis que no hacéis daño; lo hacéis, porque venís aquí y traéis una nube de pulgas.

La sobrina y la criada le replicaban furiosamente y le amenazaban con el infierno, lo que a él le hacía reír a carcajadas y decir mayores irreverencias.

Otra vez que hablaban de los sermones de los curas, que recomendaban a las mujeres que no fueran escotadas, Chipiteguy les dijo a las de su casa, echándoselas de ingenuo:

—Lo que podíais hacer vosotras es ir adonde el obispo, desnudas, y allí él, con ese jaboncillo que emplean los sastres, os marcaría con exactitud en el cuerpo hasta dónde podíais enseñar.

Estas frases escandalosas indignaban a las que las oían.

La andre Mari, viuda sin hijos, mujer flaca, agria, con cara afilada y pálida, tenía una figura que parecía que se la veía sólo de perfil. Solía estar haciendo media constantemente con un gato en la falda.

La criada, la Tomascha, se parecía a la andre Mari en el carácter, aunque no en el tipo; tenía aspecto monjil, la cara redonda y abotargada, un poco como de albuminúrica; el color muy blanco, la mirada inexpresiva y el aire indigesto. Reñía a todas horas con la muchacha joven.

La Tomascha, indudablemente, sentía cariño por Chipiteguy y por la casa; pero a veces parecía que se recreaba con las desgracias.

La Tomascha era, principalmente, una mujer fatídica y daba las malas noticias con fruición, cosa que a Chipiteguy indignaba. Varias veces el chatarrero dijo a la andre Mari que se fuera la Tomascha a su pueblo y que él le seguiría pasando el salario; pero la Tomascha, al saberlo, derramó un mar de lágrimas.

La Baschili, la cocinera, era muy enamoradiza, y siempre tenía algún novio o amante, con quien paseaba los domingos.

Se decía que había tenido un chico en el pueblo, y la Tomascha se lo había contado a la andre Mari y la andre Mari a Chipiteguy.

—Aunque hubiese tenido un regimiento no la despacharía—replicó el trapero del Reducto—; yo no le exijo a ella voto de castidad, sino que guise bien.

La asistenta de la casa de Chipiteguy, que barría y fregaba los almacenes y la tienda, era gascona, juanetuda, robusta y locuaz. Se la conocía por su apellido la Mazou.

La Mazou era turbulenta y estaba atormentada por el deseo de la acción; cuando había que hacer un trabajo extraordinario gozaba.

La Mazou, recia y cuadrada, tenía tanta fuerza como un hombre.

—Esta ha nacido para tener una docena de hijos—decía Chipiteguy—; pero como es inteligente como una mula y áspera como un cardo, se ha quedado soltera.

—¡Bah! ¡Si hubiera querido!—replicaba ella.

La Mazou bebía a veces un trago, al emprender algún trabajo de fuerza, en compañía de Quintín o de Claquemain.

A pesar de que ella andaba cerca ya de los cincuenta años, Quintín la había pretendido; pero la Mazou despreciaba al mozo porque era chiquito y de poco cuerpo.

Chipiteguy se burlaba de la gente de su casa, menos de Manón. También se burlaba mucho de los judíos que iban a su tienda; había asistido repetidas veces a los oficios en la Sinagoga y satirizaba los cantos y los lamentos de los hijos de Israel.

Les recordaba la época anterior a la Revolución, que él había llegado a conocer, en la cual los judíos de Saint Esprit, a quienes también se llamaban los portugueses y los nuevos cristianos, no podían habitar el casco de Bayona.

Les decía que se contaba entonces que los judíos del barrio de Saint Esprit, cuando tomaban nodrizas cristianas, los días de comunión les vaciaban el pecho, para que en su cuerpo no hubiese ni rastro del cuerpo divino de Jesucristo.

Les hablaba, como si fuera verdad, de que celebraban la Pascua con sangre de cristianos y de los asesinatos rituales.

El fingía creer, para sacar de sus casillas a los judíos, que éstos hacían manjares con sangre de niño cristiano, y recordaba que en Metz había sido quemado un judío, Rafael Levi, acusado de haber matado a un niño de tres años con ese objeto culinario.

—En mi país—solía decir—se les tiene mucho odio.

Y solía contar esta anécdota:

"Al entrar en Metz el mariscal de la Ferté, los judíos de la ciudad fueron a saludarle. Cuando le dijeron que había en la antecámara una comisión de israelitas, gritó:

—No quiero ver a esos granujas que crucificaron a Nuestro Señor; que no les dejen entrar.

Se les dijo a los hebreos que el mariscal no podía recibirles. Ellos respondieron que lo sentían mucho, porque iban a llevarle un regalo de cuatro mil pistolas. Se advirtió al mariscal a lo que iban y el mariscal dijo al momento:

—Hacedles entrar en seguida. ¡Pobre gente! Se les acusa sin razón. Ellos no le conocían a Cristo cuando le crucificaron."

El trapero, al contar esto, se reía a carcajadas.

Chipiteguy, según decía, había hecho lo posible para adornar con cuernos la cabeza de algunos amigos israelitas; pero esto, como se sabe y como repetía su amigo Julius Petrus Guzenhausen de Aschaffenburg, no es más que un mal de imaginación y ningún casado podía tener la seguridad de no padecerlo.

En la juventud de Chipiteguy el barrio de Saint Esprit conservaba algo de ghetto; las casas solían estar cerradas al anochecer, los hombres andaban con balandranes, las mujeres pálidas, de ojos negros, se asomaban a las ventanas, y se oía una jerga medio española, medio hebrea.

Chipiteguy contaba sus aventuras amorosas de joven con las muchachas judías del barrio, lo que escandalizaba mucho.

A las bromas del viejo trapero, los israelitas contestaban hablando y accionando violentamente, y contaban con un estilo florido las persecuciones sufridas por la raza. El tema que manejaba siempre Chipiteguy era el de la avaricia. Los judíos le achacaban a él idéntico defecto.

Los más habituales en casa de Chipiteguy eran Manasés León, el prendero; Haim Gómez, del gremio de mercería, e Isaac Castro, vendedor de fruta.

A fuerza de echarse en cara Chipiteguy y sus amigos su roñosidad y su sordidez, habían llegado a considerar este vicio como condición divertida y pintoresca.

Al ir y venir de Saint Esprit a Bayona, por el puente de barcas, se formaba gran sanhedrín de judíos en la tienda de Chipiteguy, y parecía aquello una bandada de cuervos; y entre las voces gangosas y agudas de los hebreos y sus accionados y gestos de polichinelas, resonaban las carcajadas de Chipiteguy. Este hablaba siempre con desprecio de la Biblia y los judíos defendían su libro santo con fervor; pero más que las cuestiones religiosas les apasionaba la cuestión del dinero y el reproche que se hacían unos a otros de avaricia.

Todas las anécdotas viejas y conocidas de avaros y de usureros se atribuían al contrincante.

El avaro, que retenía la respiración cuando se le tomaba medida de un traje, para parecer menos grueso y hacer que el sastre pusiera menos paño; el que fué achicando la ración de paja y cebada al caballo, y cuando éste murió de hambre, dijo: "¡Qué lástima! Ahora que se iba acostumbrando..."

Otra porción de rasgos, dignos de Harpagon, de Shylock o del licenciado Cabra, se atribuían unos a otros.

En realidad, todos aquellos judíos, Nathan, David o Salomón, ropavejeros y prestamistas a la antigua escuela, con sus gabanes raídos y sus sombreros sebosos, con sus procedimientos usurarios y sus tiendencillas negras, tenían que considerarse derrotados por usureros de nuevo estilo, más elegantes y atildados, que paseaban en coche o a caballo, vestían como dandys y se iban haciendo millonarios.

A Chipiteguy y a los judíos amigos no les interesaban tanto las grandes hipotecas como las pequeñas raterías.

Entre éstos era un gran mérito el engañar a un compañero, el hacerse convidar o el conseguir algo de balde.

Se vanagloriaban todos de las jugarretas que se hacían para engañarse.

Un comerciante, algo letrado, había llamado a la casa de Chipiteguy la Escuela de los Avaros.

Cuando sus amigos judíos no estaban delante, Chipiteguy no era roñoso, y todo lo que le pedía su nieta lo concedía al momento.

En lo que no quería gastar era en su indumentaria.

—Un trapero elegante sería ridículo—decía él.

Cuando Chipiteguy se quitaba su hopalanda mugrienta se le veía vestido con un chaquetón desteñido, que era difícil suponer cuál sería su color primero; unos pantalones zurcidos y remendados y un chaleco viejo de nankin. Chipiteguy no quería elegantizarse; le gustaba aparecer tal como había sido siempre.

A pesar de su roñosidad para sí mismo, era espléndido en otras cosas.

En la mesa gastaba mucho. La cristalería era siempre fina y nueva. Chipiteguy no podía soportar una mancha en el mantel; así que había que renovarlo para cada comida. En casa de Chipiteguy se comía bien y se bebía a pasto vino de Burdeos y de Borgoña. Le gustaban también al viejo los licores, y tomar, después de comer, unas copas de coñac antiguo.

Con este trato, su nariz y sus mejillas habían adquirido, en algunos puntos, tonos de carmesí, que se convertían en violáceos. Con aquel régimen de vida, Chipiteguy tenía tendencia a la gota, y a veces padecía cálculos. En estas épocas pasaba días tristes, alicaído y pensativo; pero cuando se curaba, volvía a la jovialidad. Decía que a él le tendrían que poner el mismo epitafio que hizo Desaugiers, un autor de canciones, enfermo de mal de piedra, de sí mismo:

Ci-git helas, sous cette pierre un bon vivant mort de la pierre passant, que tu sois Paul ou Pierre ne va pas lui jeter la pierre.

A pesar de sus burlas, Chipiteguy tenía un fondo de misticismo. Había en él algo del sentido contemplativo del alemán, unido a la impiedad ligera del francés; pero quizá la tendencia mística y vaga era en él lo más profundo. Se pasaba muchas horas mirando el agua del río, pensando vagamente en las fuerzas de la Naturaleza. También se abstraía fumando en su pipa y viendo las volutas de humo en el aire o contemplando las llamas de la lumbre.

—¿Duermes, abuelo? le preguntaba su nieta.

—No; estoy pensando.

—¿Pensando en qué?—le preguntaba Manón.

Indudablemente, el viejo pensaba con vaguedad en muchas cosas, también vagas, porque en él había esta tendencia por la meditación.

A veces no pensaba en nada y estaba inmóvil, con la mirada perdida, como aletargado.

IV LA TABERNA DE OCHANDABARATZ

La calle de los Vascos, en Bayona, calle estrecha, húmeda y negra, paralela a la corriente del Nive y a la calle de España, era y es una de las más obscuras del pueblo. En ella olía siempre a humedad y a pescado, lo que hacía que el ambiente no fuese muy agradable de respirar. Había entonces en esta calle almacenes de salazón y se instalaban pescaderías ambulantes en el arroyo.

En tiempo de la primera guerra civil española, las tiendas de la calle de los Vascos eran pocas: algunos almacenes de pescado, barricas, botellas y trapos viejos, dos posadas, la fonda de Iturri y la Guetaldia, donde se refugiaban los campesinos vascos de las aldeas próximas y los carlistas de poco dinero; varias tabernas, traperías y alguna cacharrería que lucía en el escaparate jarras, huchas de barro y cometas de papel de colores.

En la calle, la casa más cuidada y limpia era la posada de Iturri, que en la planta baja tenía una tienda de mercería, en la que se mostraban pañuelos de seda de vivos colores. La posada de Iturri gozaba de fama de sitio respetable y en donde se comía bien.

Entre las dos o tres tabernas de la calle de los Vascos, las más frecuentadas, las que estaban casi siempre llenas, eran la taberna del Español y la de Ochandabaratz. Esta última se llamaba también la taberna del Gallo Rojo, porque su enseña representaba un gallo, pintado de rojo, cantando sobre una bola.

La taberna de Ochandabaratz, obscura y siniestra, se hallaba en un sótano grande, y el invierno estaba siempre iluminada con quinqués, porque si no, en su fondo, no se veía con la luz del sol.

La taberna no tenía portada alguna, y únicamente las paredes de la casa, en el piso bajo, aparecían embadurnadas de pintura de color parduzco, que saltaba de las piedras, y que dejaba a éstas como recubiertas por escamas.

Se entraba por el zaguán, y a mano izquierda estaba la taberna, a la que se bajaba por unos escalones; había en este sótano un ventanal de cristales pequeños y emplomados a la calle y una ventana enfrente a un patio; pero ni el ventanal ni la ventana daban luz bastante para que se viera con claridad en el interior.

Era la taberna grande y espaciosa, con un mostrador enorme, recubierto de cinc, con frascos, botellas de licores y damajuanas negras. Las paredes tenían un zócalo de madera y había varias mesas y bancos.

La taberna se continuaba por un corredor, al que iluminaba la ventana del patio. En este corredor había dos grandes filas de barricas.

Ochandabaratz, el amo de la taberna, era hombre de unos cincuenta años, grueso, un poco asmático, muy sentencioso, con aire reservado. Gastaba siempre camisa blanca, de gran cuello; blusa negra y boina grande. Su mujer era guapa y vistosa; sus dos hijas, muy bonitas; el criado Shanchín, vivo como un mono, y la muchacha Leonie, guapetona, rubia y apetitosa.

En la taberna había siempre gente, de día como de noche; al parecer, los géneros de Ochandabaratz tenían fama de exquisitos, y el vino y los licores de la taberna podían competir con los de los mejores hoteles de Bayona.

Una tarde lluviosa y de invierno estaban en la taberna de Ochandabaratz una porción de tipos, bastante extraños, formando animado grupo. Eran éstos el cochero de una funeraria, llamado Tapín; Benedicto, el campanero de la Catedral; un sepulturero jorobado, conocido por Patrich; el piloto Ibarneche, Bidagorry, el carbonero de la calle del Pont Traversant, que tenía una pierna de palo; el maestro de baile Cuyala, de la calle del Oeste, y tres chatarreros; Michú el de la Vieja Encina de la calle de Bourg Neuf; Larroque el de las Armas de Francia, del muelle de la Galuperie, y Portefaix, el de la Linda Fragata de la calle de Pontriques.

Los más señalados de estos tipos eran Patrich, por su joroba, y Bidagorry, por su pierna de palo; pero los otros tenían también carácter. Ibarneche, el piloto era alto, colorado, la cara ancha, con anteojos, la pipa en la boca; Cuyala, el maestro de baile, elegante, flaco, melenudo, pálido, con un levitín azul, con botones dorados, corbata roja y pantalón corto, lucía las pantorrillas; Michú gastaba sombrero de copa y gabán hasta los pies, y tenía cara de loro, picada de viruelas; Portefaix poseía unos ojos saltones, desvaídos, como dos huevos, y una cara de rana, entre sonriente y triste, y Larroque, que vestía con un abrigo harapiento y un casquete, tenía la cara llena de cicatrices, un ojo nublado, el otro, malicioso, verde gris, rojizo, lleno de inteligencia, de picardía y de desvergüenza.

Estos tres chatarreros, Michú, Larroque y Portefaix, solían ir a España con frecuencia a comprar hierro viejo, granadas y armas, y negociaban y cambalacheaban con Chipiteguy.

El sepulturero jorobado Patrich celebraba, según decía, a todo el que se le acercaba, dos acontecimientos transcendentales de su vida: uno, que le había tocado la lotería; el otro, que se le había muerto la mujer en San Juan Pie de Puerto.

Con tal motivo, Patrich se dedicaba a las más extrañas locuras y cantaba y bailaba alegremente. Patrich mostraba una gran alegría por la muerte de su mujer, y, sin embargo, había quien aseguraba que días antes le había visto llorando por el mismo motivo. En un bufón como él cualquier cosa era posible.

Mientras el grupo celebraba el jolgorio, se asomaron a la taberna el viejo Chipiteguy y el judío Moisés Panighettus, dueño de una trapería, próxima a la Puerta de Francia.

Patrich, el jorobado, se apresuró a saludar a Chipiteguy y a Panighettus; les contó el motivo de su fiesta y les invitó a sentarse.

Chipiteguy dijo que tenía que ir a una casa suya a cobrar las rentas.

—Sentarse, sentarse; no hay prisa—gritó el jorobado.

—¿Qué, viene usted a cobrar la casa?—preguntó Ochandabaratz a Chipiteguy.

—Sí.

—¿Ya pagan esos españoles?

—No hay más que uno o dos—contestó Chipiteguy.

—Ya pagarán—exclamó Patrich, el jorobado—. Todo el mundo paga al último; los unos con su moneda, los otros con su cuerpo. ¡Je! ¡Je! ¡Je! No hay que apurar a nadie. Vamos otra vez a cantar.

Cantaron todos a coro, en vascuence, la canción recogida por el doctor Larralde, de San Juan de Luz: "Errico festac biaramumiam" (El día siguiente de la fiesta), la copla que empieza pintando la escena de cuatro mujeres, tres solteronas y una viuda, que juegan al truque un día de fiesta en la calle de una aldea vasca, a la sombra, las cuatro un poco borrachas.

La cantaron de manera desigual, porque cada uno se marchaba por su lado y algunos no sabían vascuence.

Después, el piloto Ibarneche entonó, a media voz, algunas canciones románticas del mar:

Ichasua laño dago Bayonaco alderaño. Nic zu zaitut maitiago choriyac beren umiac baño.

(El mar está cubierto de niebla hacia el lado de Bayona. Yo te quiero más que el pájaro a su crías.)

Santa Catalin aurrera bischigutan azi dera. Ondo irteten baguera laster neria izango cera.

(Antes de Santa Catalina hemos empezado la pesca del besugo. Si salimos bien, pronto serás mía.)

Gure oroliz aita dago laño bian gaberaño. Nic zu zaitut maitiago arraichuac ura baño.

(Nuestro recuerdo está erguido hasta debajo de la niebla. Yo te quiero más que los pececillos al agua.)

Ichasua urac aundi, es tu ondoric agueri. Pasaco nisaqueni andic maitea icuzteagatic.

(En el mar de grandes olas, no se ve bien. Yo pasaría siempre por el mar para ver a mi amada.)

La especialidad de Ibarneche, además de sus canciones románticas, era el comer copiosamente. Había hecho el piloto muchas apuestas y las había ganado. Se había comido una vez un cordero con la mayor parte de los huesos. Para él, tragarse dos gallinas, dejando solo el pico, era un juego. Con el pico no podía; ante el pico se declaraba vencido. Había comido también una merluza y cuatro docenas de huevos en una comida.

En beber era más moderado; no llegó a pasar nunca de los cuarenta vasos de sidra en una tarde ni de los veinte de vino.

Mientras cantaba Ibarneche, Bidagorry, el carbonero, seguía el ritmo de la canción y ponía los ojos en blanco y la cara lánguida y triste. Esta acomodación rápida era la especialidad de Bidagorry.

Patrich, el sepulturero, poco partidario de cosas melancólicas—la melancolía no es para sepultureros, decía él—, se puso a cantar y a bailar unas coplas donostiarras de soldados con aire de fandango. Lo cómico, para los que las oían, era que Patrich no sabía vascuence y a veces decía una cosa por otra.

La canción era así:

¡Ay, Madalén, Madalén; Madalén gajoa! Bigarren batalloyan daucazu majoa. Chiquichua da baña, mutico polita, Cazadorietaco cabo primeroa.

(¡Ay, Magdalena, Magdalena; pobre Magdalena! En el segundo batallón tienes tu majo. Es pequeño, pero guapo chico, y cabo primero de Cazadores.)

Bidagorry recalcó la intención de la copla, dando a su fisonomía un aire desvergonzado y alegre.

La canción, ya de por sí grotesca, cantada y bailada por Patrich, lo era más. Patrich, viejo, cojo, pequeño y jorobado, de cara audaz, barbas largas y blancas, los ojos redondos, negros y brillantes, ojos de lechuza, la nariz chata, la frente ancha y prominente y la calva hasta el cogote, tenía un aire socrático.

Patrich vestía macfarland negro y raído, sombrero de copa sucio y despeinado. Su atrevimiento y su impertinencia resultaban un tanto importunas. Era, además, un bufón antipático, porque con mucha facilidad, en medio de la broma, se molestaba o tomaba una actitud sentimental, de borracho, desagradable.

Después de los versos a Magdalena vinieron coplas dirigidas a algunos galanes, que tendrían en su tiempo gran cartel entre las criadas y costureras donostiarras:

Bata, García; eta beztea, Domingo; onezquero gauz onic ez ditec eguingo. Euscaldunac desaire, oyequin amigo. Berac deitzen ciyoten: "Venga usted conmigo".

(El uno, García; el otro, Domingo; hasta ahora, seguramente, no habrán hecho cosa buena. A los vascongados, desaires, y con esos otros, amigas. Ellas mismas les decían: "Venga usted conmigo".)

Hay que suponer que estas damas que decían a los cabos primeros y a los sargentos: "Venga usted conmigo" no serían de la alta sociedad, ni aparecerían en el Almanaque de Gotha, aunque algunos demagogos suponen, quizá con poco respeto, y sobre todo con pocos datos personales, que son principalmente las damas empingorotadas, las del Almanaque de Gotha, las que tiene una inclinación a decir a los cabos primeros y a los sargentos: "Venga usted conmigo".

Esta cuestión es, sin duda alguna, difícil de resolver experimentalmente y la abandonamos para que la estudien los especialistas.

Patrich se cansó de su baile y de su canto y se sentó a beber un gran vaso de vino.

En tanto, uno de los chatarreros, que solía entrar con frecuencia en España, salmodió esta obra maestra híbrida vasco-castellana, también donostiarra;

Un militar le dice: "Nere maite ederra, solamente tu cara ematen dit guerra". Y ella contesta al punto: "Ez bildurric izan izan bear badezu mi bravo capitán". Damacho ederra, mozo valiente, ella jostuna, él subteniente, y ella le ha dicho milla bider que le hacen falta bi charreter.

(Un militar le dice: "Amada hermosa, solamente tu cara me da a mí la guerra". Y ella contesta al punto: "No tenga usted miedo si tiene usted que ser mi bravo capitán". Bella damita, mozo valiente, ella costurera, él subteniente, y ella le ha dicho muchísimas veces que le hacen falta dos charreteras.)

El autor comprende que es un poco abusivo el poner tantas canciones insignificantes. A él le dicen algo, aunque a la mayoría de sus lectores, claro es, no le dicen nada. El autor es un individualista y las pone.

Uno de los traperos, medio ciego, sacó un caramillo de hoja de lata y se puso a tocar monótonamente la canción de Cadet Rouselle.

Después de esto, Patrich echó los pies por alto, se balanceó como una bailarina, lanzó ronquidos desvergonzados, puso la cabeza en el suelo, dió una vuelta y quedó sentado.

Poco después apareció Patrich, montando sobre unos zancos y andando en la taberna, casi tocando el techo. El enano jorobado se sentía así alto y poderoso.

El viejo Chipiteguy, que había permanecido durante todo el tiempo bebiendo y riendo, se citó para el día siguiente con Moisés Panighettus y se levantó para salir de la taberna de Ochandabaratz.

—¡Adiós, señores!—dijo.

—¡Eh, tío!—le gritó Patrich—. No se vaya usted; hay que cantar su canción.

La gente de la taberna no hizo mucho caso, y Patrich se incomodó.

Patrich era hombre violento e imperativo; obligaba a que se cantaran ciertas canciones y ponía el veto a otras que no le gustaban.

No parecía sino que tenía algún derecho especial para mandar en todo cuanto fuera musical y filarmónico en casa de Ochandabaratz.

Patrich se quitó los zancos e increpó a unos y a otros, imponiendo silencio con siseos y manotadas.

Cuando lo consiguió inició la canción de bravura de Chipiteguy y la cantaron a coro, a voz en grito:

Atera, atera, trapua saltzera eta burni zarra chaponian.

Chipiteguy, riendo, saludó a todo el mundo y salió a la calle.

—¡Adiós, tío!—le volvió a decir Patrich.

Patrich solía bromear muchas veces llamando tío a Chipiteguy. La razón de este supuesto parentesco era la siguiente. Hacía ya muchos años, en los primeros tiempos del Imperio, vivían dos hermanas, muy guapas, las dos casadas, en la calle Pontriques. Ambas, con unanimidad extraña, engañaban a sus maridos. De una de ellas se decía que estaba enredada con Chipiteguy, y de la otra, que era la querida de un tal Lafón, vendedor de hierro.

El marido de la de Lafón, a quien llamaban Puteche, era un cínico, que se dedicaba a vivir de lo que traía su mujer.

—Buena boquilla—le decían los amigos.

—De Lafón—contestaba él sonriente.

—Hermosa cadena de reloj—le decía el otro.

—De Lafón—replicaba él.

—¡Qué bonito sombrero lleva usted!

—De Lafón.

Las dos hermanas, guapas y alegres, tuvieron por entonces dos chicos: Máximo Castegnaux, que se atribuyó a Chipiteguy, y Patricio Larroque (Patrich), que se atribuyó a Lafón.

Dado el estribillo de Puteche, naturalmente, se hizo este chiste fácil. Un amigo le había dicho, señalando al niño de la mujer de Puteche:

—¡Qué chico más guapo!

Y él había contestado:

—De Lafón.

La anécdota era falsa, porque ni el chico era guapo ni Puteche había dicho estas palabras.

No se sabe por qué, si es que Lafón daba poco dinero a su querida, o si es que ésta pretendía hacer economías; el caso fué que Puteche comenzó a notar que la comida en su casa se reducía hasta unos extremos inverosímiles. A pesar de su tranquilidad filosófica, un día Puteche ya saltó, y, cogiendo indignado un plato de acelgas y tirándolo por la ventana, dijo a su mujer:

—No tienes vergüenza. ¿Esta es una comida regular para un marido complaciente?

Como la irregularidad de la vida de las dos hermanas la conocían todas las comadres del barrio, los chicos Máximo y Patricio no lo ignoraban; y cuando los dos primeros reñían, el uno decía al otro: "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy!", y el otro le contestaba: "¡Lafón! ¡Lafón!" Los padres, por lo menos padres legales, se quedaban tan tranquilos al oirlo; no así las madres; a veces, a éstas les entraba una cólera furiosa al oír "¡Chipiteguy! ¡Chipiteguy! ¡Lafón! ¡Lafón!", y andaban con los muchachos a zapatazos. Cuando murió Lafón decía Puteche:

—Veinte años ha sido mi mujer la querida de Lafón y ese cochino no le ha dejado nada en su testamento.

Todo el mundo le tenía a Puteche por un cínico y por un sinvergüenza. Indudablemente, al hombre le producía risa la idea de ser un marido engañado y que lo que para otros es un motivo de tristeza y de vergüenza, para él fuera un motivo de chunga. Sin embargo, algún resquemor debía quedar en él, porque se dijo que, cuando se murió, se le acercó la mujer a la cabecera de la cama y él la dijo:

—Fuera p...

Max Castegnaux y Patricio Larroque, los dos primos que de chicos se echaban en cara su atribuída paternidad, llegaron a ser amigos.

Max Castegnaux fué gran calavera. Una de sus gracias consistía en decirle a Chipiteguy, cuando pasaba a su lado: "¡Adiós, padre!"

Max, después de varias locuras, sentó plaza y estuvo en Argelia, donde llegó a ser sargento.

Patrich, el jorobado, se hizo sepulturero y consideraba a Chipiteguy de la familia y le llamaba siempre tío.

Al marcharse de la taberna de Ochandabaratz, Patrich llamó a un violinista callejero y le hizo tocar; pero aburrió pronto a los reunidos.

—A ver tú, Patrich—dijo Ibarneche—; dinos algunos epitafios del cementerio.

—No, ahora no—replico el sepulturero.

—Sí, sí—gritaron todos.

—Bueno, pues allá va uno. Auténtico: el del niño Pedro Verrue: "Aquí yace el niño Pedro Verrue, de tres años y dos meses. Fué abnegado, discreto y justo. Su vida fué una larga cadena de sufrimientos, que soportó con entereza y resignación cristiana".

Todo el mundo se echó a reír.

—¡Otro, otro!—dijeron.

—El epitafio de la viuda de Routier, a quien conocimos todos por su genio agrio; también auténtico: "Aquí yace María Francisca Bachelin, viuda de Routier, muerta a la edad temprana de 79 años. Era un ángel. Sus hijos, hijos políticos y nietos depositan sobre su tumba esta corona por su virginal pureza".

—¡Otro, otro!

—"Aquí yace Juan Bautista Colardeau, muerto a los siete años y medio, de la escarlatina. Fué buen hijo, buen ciudadano y amante de su patria. Rogad por él".

Siguieron las risas en el público.

—¡Más, más!

—No, basta por hoy—dijo Patrich con su aire rotundo—. Uno para terminar, también auténtico: "Yace aquí Luis Bernardo Chevrau, fabricante de jabón y de vulneraria de los Alpes. Fué padre de familia modelo, sargento de la Guardia nacional y buen ciudadano. La humanidad doliente le debe la mejor vulneraria suiza, que la viuda sigue fabricando en Bayona, en la calle del Oeste, núm. 4".

Rieron de este último epitafio y Patrich no quiso continuar.

V LOS INQUILINOS DE CHIPITEGUY

La casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos, era alta, negra, con ventanas que se abrían en la obscura pared.

Vivían en ella muchos inquilinos, la mayoría gente pobre, empleados de tiendas y de oficinas, retirados y obreros. En los bajos había un almacén de botellas y otro de carbón.

La escalera de la casa, lóbrega y sombría, daba a un patio pequeño y negro; el portal, húmedo, con una caseta cubierta de cinc, se hallaba siempre a obscuras. La casa tenía cinco pisos y en cada piso tres puertas; al lado de cada una colgaba la cadena de la campanilla con un anillo de metal, y estos anillos, lo mismo que el pasamanos de la escalera, estaban como lubrificados por una grasa viscosa y fría.

De trecho en trecho, en la escalera siniestra, se abrían ventanas que daban al patio, por las que se veía la parte de atrás de otras casas, sombrías y leprosas.

Por aquella escalera subían y bajaban viejas con aire de suspicacia que parecían montones de ropa sucia, tocadas con calotas, cofias y sombreros marchitos; con trajes que olían a trapo raído y a paraguas mojados; y viejos de sombrero de copa antiguos y redingotes de otra época que les llegaban hasta las pantorrillas.

Al entrar en su casa, Chipiteguy se dirigió primeramente al almacén de botellas del piso bajo. Cuidaba este almacén una vieja arrugada que interrumpía a ratos la tarea de hacer media para comer pan y queso. La vieja, al ver a Chipiteguy, se levantó y sacó de un armario el dinero del alquiler; luego se puso a contar, medio en francés, medio en vascuence, una historia aburrida de su juventud, riéndose de cuando en cuando para mostrar sus encías, desprovistas de dientes.

Del almacén de botellas pasó Chipiteguy al del carbón; luego subió a los cuartos. Aquí vivía con su mujer un retirado, que mataba el tiempo paseando por las calles o por el corredor de su casa. El retirado pagó su alquiler en seguida.

Otro inquilino era un español, siempre embozado en su capa, con una venda que le tapaba la nariz y la boca. Este español se hacía pasar por inválido de la guerra, cosa falsa, pues sus llagas procedían de un lupus que le iba carcomiendo la cara.

A pesar de ello, el hombre parecía contento, comía y fumaba y no se preocupaba de su mal, lo que a Chipiteguy le producía gran extrañeza. Este hombre se ponía de guardia a la puerta de las casas de los carlistas de buena posición y no pedía limosna; tomaba lo que le daban. El pseudo-inválido pagó su alquiler.

Otra inquilina era una vieja ex-mercera. Esta vieja rica parecía un montón de harapos. Llevaba botas muy grandes y destrozadas, un bastón en la mano y pañuelo rojo en la cabeza. Al encontrarse con Chipiteguy se lamentó de su falta de recursos. Al parecer, se quejaba constantemente de su miseria, aunque todo el mundo sabía que guardaba mucho dinero.

En el último piso de la casa, en habitaciones medio aguardilladas, vivían un maestro de música, apellidado Chibitua; un zapatero sansimoniano, Palasou; un tornero y un español, el señor Sánchez de Mendoza.

Chibitua componía romanzas sentimentales y al mismo tiempo tocaba un oboe en una banda. Tenía muchos hijos. Al pobre hombre, no se sabe si de tocar el oboe o de escribir romanzas lacrimosas, se le había puesto una cara tan triste, que se hubiera dicho que estaba siempre llorando.

Viéndole de lejos con su instrumento, se llegaba a pensar si estaría unido a él, pues el pico del oboe más parecía que pertenecía por naturaleza al hombre que al aparato musical.

El sansimoniano Palasou era un desdichado que tenía una zapatería de portal cerca de la Puerta de España. Su mujer le había arruinado, gastándose todo el dinero de la casa en caprichos absurdos. Madama Palasou era una mujer pródiga que robaba al marido y gastaba el dinero en cosas que no servían para nada. Hubo días que el zapatero no pudo comer porque su señora había comprado un sonajero a un niño de la vecindad, o un portamonedas a una conocida, o un alfiler de corbata a un jovencito hijo de una amiga.

Entonces Palasou, en protesta, había tomado tres graves determinaciones: primero, dejarse el pelo largo; luego, enredarse con una criada de la vecindad, y por último, declararse ante el mundo partidario de las doctrinas socialistas de Saint Simon.

El tornero se pasaba la vida dentro de su guardilla, en el torno, haciendo unos ruidos que daban dentera a todos los vecinos. Era un hombre que tenía el mismo color que los objetos de boj que torneaba en su aparato y muchos chiquillos que correteaban por la escalera. En la última guardilla hacía tres meses vivía un español emigrado carlista, don Francisco Sánchez de Mendoza. El señor Sánchez de Mendoza era hombre grueso, de bigote negro y patillas cortas, con aire pesado, ictérico y triste.

Chipiteguy llamó en su casa tirando de la campanilla, esperó a que le abrieran y pasó.

Abrió la puerta la mujer del emigrado, una mujer triste, con una toquilla atada por las puntas a la espalda, y preguntó a Chipiteguy en castellano qué es lo que quería.

Explicó Chipiteguy que era el amo de la casa, que venía a cobrar el alquiler del mes, y la mujer, un tanto azorada, fué a avisar a su marido. El señor Sánchez de Mendoza se presentó vestido con una chaquetilla de lienzo blanco llena de manchas y con un aire inquieto y tímido.

—Este ciudadano no paga—se dijo Chipiteguy en su fuero interno.

El señor Sánchez de Mendoza invitó a Chipiteguy a pasar al comedor. Este comedor, con su papel amarillento y una alcoba en el fondo, era de una pobreza un tanto cómica. Tenía un armario embutido en la pared, con unos papeles recortados y calados en los estantes; una ventana al patio, la mesa de pino, unas cuantas sillas rotas y cada una de distinta forma, un canapé lleno de jorobas, unas litografías iluminadas, clavadas con chinches, del periódico La Moda, y dos grandes escudos nobiliarios, pintados a la acuarela. En las puertas de la alcoba había unas cortinillas zurcidas. En la ventana, tiestos con unos geranios raquíticos. Asomándose se veía el patio, como un antro negro, cruzado con cuerdas con ropas puestas a secar. Todo en la casa translucía miseria, abandono, con cierta nota de petulancia cómica.

—El mobiliario entero no vale cincuenta francos—se dijo Chipiteguy, que tenía buen ojo de tasador.

El señor Sánchez de Mendoza se puso a hablar, turbado, como quien busca una salida a una situación penosa. Dijo a Chipiteguy que había sido durante algún tiempo empleado en la Real de don Carlos y que por las intrigas de los enemigos se había visto forzado a marcharse.

El emigrado parecía un pobre hombre lleno de pánico al encontrarse solo y sin dinero en un país extraño y daba la impresión de que no tenía ningún recurso, ni se le ocurría hacer nada para encontrarlo.

Sánchez de Mendoza no sabía el francés y estaba azorado al encontrarse, por capricho de la suerte, en Bayona, en casa de Chipiteguy, de la calle de los Vascos. El señor Sánchez de Mendoza, por lo que dijo, tenía mujer y dos hijos, un varón y una hembra.

Mientras el emigrado hablaba atropellada y confusamente, Chipiteguy, convencido de que no iba a cobrar, se sentó en una silla del cuarto.

A medida que examinaba la casa, el aire de miseria le parecía mayor. En la alcoba próxima, que se veía por una rendija de la puerta, se advertían dos camas en el suelo y un baúl estropeado. La alcoba, dividida por una colcha de colores, rota y agujereada, servía, sin duda, para los dos hijos del carlista.

El señor Sánchez de Mendoza, después de muchos circunloquios, manifestó a Chipiteguy que por entonces no tenía dinero y le pidió que esperara algunos días a que pudiera pagarle.

—¿Cuántos días?—preguntó Chipiteguy.

Sánchez de Mendoza no contestó directamente a la pregunta y se puso a exponer sus lástimas, y al mismo tiempo que contaba sus desgracias, habló de sus blasones.

Era de la Mancha. Le habían embargado sus fincas; había empleado su dinero en la causa. Su familia era antigua e ilustre.

—¿Usted habrá oído hablar de los Sánchez de Mendoza?—preguntó humildemente a Chipiteguy.

—Sí, algo me suena ese nombre.

Chipiteguy, con su tendencia a la contemplación, vió que el pequeño aparador del comedor, con sus papelitos calados, estaba vacío, y notó que los geranios que se veían en la ventana nacían en unos pucheros rotos, rodeados con unas telas de color.

—Bien; está bien—dijo Chipiteguy, saliendo de su estado absorto—; pero, ¿usted que piensa hacer?

—Yo, trabajar si encuentro algo que me convenga, y que trabajen mis hijos también—contestó el emigrado.

—Pero concretamente, ¿qué va usted a hacer?

¡Concretamente! Esta palabra no figuraba en el repertorio del señor Sánchez de Mendoza.

El emigrado consultó con su mujer, que salió de la cocina mal vestida y macilenta.

Luego se presentaron un chico de diez y siete años, de cara inteligente de muchacho avispado y hambriento, y una chica algo mayor que él con el mismo aspecto.

—¿Son sus hijos?—preguntó Chipiteguy.

—Sí; éste está pintando a la acuarela unos escudos; mi chica sabe bordar. Enséñale lo que bordas a este señor.

Sánchez de Mendoza había notado ciertos síntomas de simpatía en el casero y quería aprovecharlos.

—Yo desearía que salieran ustedes pronto de esta situación—dijo Chipiteguy—; por su familia, y también para que me pagara usted.

—Muchas gracias, caballero.

—Gracias, no. Yo insistiré en cobrar.

El no era hombre sin corazón, pero quería cobrar.

El chico y la chica, los dos con su aire avispado y enfermizo, volvieron al comedor, él con unas cartulinas donde había pintado a la acuarela unos escudos de nobleza; ella, con sus bordados en colores. Chipiteguy vió lo que hacían los dos y reflexionó. El podía llevar al chico para que trabajara en su casa y recomendaría a la chica en la tienda de antigüedades de la Falcón.

—Yo tengo un almacén de hierro y he sido trapero—dijo Chipiteguy—; no aparezco, pues, en el Almanaque de Gotha. Si usted y el chico quieren, que venga él conmigo, yo haré que trabaje y ya veré lo que le puedo dar.

—¿Pero quiere usted tenerlo como criado?—preguntó tristemente el señor Sánchez de Mendoza.

—Como empleado. Hará las mismas cosas que yo hago. Yo barro a veces la tienda; él la barrerá también. Yo voy a las casas a comprar hierro viejo. El hará lo mismo.

—¿Y dónde comerá?

—Conmigo.

—No, en la cocina.

—No. Yo me encargo de mantenerle y de vestirle; luego ya veré lo que le puedo dar.

El chico escuchaba la conversación de Chipiteguy y de su padre con gran ansiedad.

VI LOS SÁNCHEZ DE MENDOZA

La familia de los Sánchez de Mendoza llevaba ya más de seis meses rodando por distintos puntos de Francia. Había estado en Burdeos, en París y, por último, en Bayona, perseguidos implacablemente por la miseria.

El señor Sánchez de Mendoza se hacía la ilusión de que la miseria le había sorprendido, como puede sorprender un catarro; pero era lo cierto que siempre había vivido pobremente y de mala manera.

El señor don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras, era manchego, de una pequeña aldea, entre Minglanilla y Graja de Iniesta.

Sánchez de Mendoza hablaba de su casa como si fuera un palacio y elogiaba a Minglanilla como si se tratara de un emporio.

En cambio, su mujer, natural de Cañete, encontraba su pueblo el centro del universo y todo lo comparaba con él.

Alvarito, el hijo de don Francisco, había vivido los primeros años de la niñez entre Graja de Iniesta y Cañete, y, aunque no recordaba bien estos pueblos, creía, bajo la palabra de honor de sus ascendientes, que eran verdaderamente admirables.

El padre de Alvarito, don Francisco Xavier, había educado a su hijo en el respeto por la Religión, el Rey la Nobleza, como hidalgo de limpia y esclarecida prosapia.

Algunos enemigos mordaces, ¿quién no los tiene?, aseguraban que el señor Sánchez de Mendoza se llamaba, sencillamente, Francisco Sánchez, que quizá su padre o su madre tuvieran algún apellido Mendoza, y que con la facilidad de arreglar los asuntos familiares al gusto de uno en una época obscura se hacía llamar Sánchez de Mendoza.

Se decía que su padre había sido secretario del Ayuntamiento de un pueblo de la Mancha y que no había tenido nunca una peseta. Don Francisco, en cambio, aseguraba que su padre fué segundón de una casa hidalga, ilustre y rica, y que tuvo un alto cargo en Cuba.

Sánchez de Mendoza mostraba su escudo a todo el que quisiera verlo, un escudo con más cuarteles que un pueblo prusiano.

El ilustre hidalgo de la familia de los Sánchez de Mendoza no podía emplearse en quehaceres vulgares y plebeyos. Como el perro de la fábula de Samaniego, pensaba que esto se lo debía a haber nacido perro y no pollino.

En su casa de la calle de los Vascos, don Francisco Xavier se dedicaba a ver cómo trabajaban los individuos de su familia, cómo guisaba su mujer y cómo bordaba su hija. Alguna rara vez pintaba a la acuarela los escudos que dibujaba su chico.

Los Sánchez de Mendoza y los Montemayor le preocupaban demasiado para que él pudiera consagrarse a trabajos de baja estofa. Había descubierto don Francisco Xavier que uno de sus antepasados, un Pérez del Olmo, era bastardo, y el terrible descubrimiento y la necesidad de poner en su escudo una barra de bastardía le preocupaba tanto, que este pensamiento no se separaba jamás de su espíritu.

El señor Sánchez de Mendoza se consideraba literato; había escrito un artículo, "Españoles y católicos antes que nada", y una hoja impresa con este título: "Vindicación de don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, Montemayor y Porras, de los calumniosos cargos hechos contra él. Dedicada al Rey Nuestro Señor Su Majestad don Carlos V".

Los que habían leído esta "Vindicación" decían que en ella no se podían averiguar cuáles eran los calumniosos cargos que se habían hecho a don Francisco Xavier; pero en la hoja se hablaba del condigno castigo, de las venerandas tradiciones, de la hidra de la anarquía y de la defensa del trono y del altar, y esto, naturalmente, ya era algo.

Todos aquellos lugares comunes políticos, empleados principalmente por sus correligionarios, sonaban muy agradablemente en los oídos de don Francisco Xavier, y a veces le conmovían, hasta tal punto, que sentía que le brotaban las lágrimas y se le apretaba la garganta.

El artículo y la "Vindicación", las dos obras más importantes salidas de su pluma, preocupaban mucho al buen hidalgo. Pensaba si sería el momento de hacer una segunda edición de ellas; suponía que el mundo entero las había tomado en cuenta. Con estas preocupaciones era imposible que el hidalgo se acomodase a un trabajo vulgar.

La mujer de Sánchez de Mendoza, a pesar de ser más joven que don Francisco Xavier, parecía más vieja; era una pobre mujer pálida, flaca, fatídica, que había vivido siempre miserable y que siempre estaba prediciendo desgracias. Para ella todo tenía que terminar, más pronto o más tarde, perfectamente mal.

Además, esta mujer poseía el talento de interpretar sus sueños, talento que había comunicado a su hijo Alvaro, que se preocupaba con espanto de sus pesadillas y quería encontrar una explicación racional de ellas.

La madre de Alvarito pretendía encontrar relaciones absurdas entre los sueños y los acontecimientos.

Soñar con toros era buena suerte; en cambio, soñar con habichuelas, significaba desgracia. El arroz, en sueños, era siempre cosa buena, y las patatas, mala.

Ella no comprobaba nunca tan absurdas suposiciones; pero esto, en vez de convencerle de la inanidad de sus hipótesis, las afirmaba, porque las mezclaba con otras supercherías entre mágicas y cabalísticas.

Alvarito era propenso, como su madre, a las fantasías y a las supersticiones. De chico había sido sonámbulo y su familia le había encontrado muchas veces sentado en camisa en la cocina o metido debajo de la cama. Había tenido, durante mucho tiempo, grandes miedos de noche, despertándose al poco tiempo de dormirse, estremecido, gritando, y quedando durante largo tiempo asustado y con una gran angustia.

Alvarito pensaba mucho en sus sueños; su madre le hacía fijarse en ellos. Cuando estaba fuerte soñaba con recuerdos de épocas muy remotas; en cambio, cuando estaba débil, intranquilo o inquieto, soñaba con acontecimientos más próximos.

Alvarito, en sus sueños, era siempre valiente, atrevido y cruel. ¿Seré yo así?—se preguntaba a veces él, preocupado—. Con frecuencia soñaba con el mar. Iba por un muelle que avanzaba entre olas tempestuosas, a un lado y a otro, al que no se le veía fin. Otras veces marchaba por un camino, entre sombras, y, al terminar, le aparecía un túnel de luz.

Con la existencia mísera y triste que había llevado era débil y nervioso. Su vida para él tenía una apariencia de algo trágico.

Recordaba, vagamente, el viaje que había hecho con su madre y su hermana, en condiciones malas, desde Cañete a Vergara, donde estaba empleado su padre en las oficinas del Real.

La salida de Vergara a Francia la recordaba como un episodio lastimoso. El viaje a Burdeos le parecía algo enorme; los franceses eran monstruos que se echaban sobre ellos, y su padre se le presentaba entonces como un Orfeo, dominando las fieras. Luego, al pasar el tiempo, el pobre Orfeo, don Francisco Xavier, se iba achicando en su retina.

Comenzaba para él la época en que el hijo que ha mirado a su padre como un modelo empieza a criticarle y a encontrarle defectos. ¿No sería su padre demasiado charlatán?—se preguntó Alvarito—. ¿No sería demasiado egoísta.

Entonces, poco a poco, su cariño y su admiración iban marchando a su madre y a su hermana, las dos sufridas y resignadas, que no salían a pasear, ni iban a darse tono, ni a contar mentiras a las tertulias carlistas.

Alvarito estaba poco desarrollado para sus diez y siete años. Era alto, pero estrecho de espaldas, de aire expresivo y de mal color. Espiritualmente era un muchacho despistado, sin rumbo; había pasado parte de la niñez en Cañete, en casa de unos tíos suyos, gente pobre, pero orgullosa y fantástica, en donde no se comía apenas, pero se presumía de firme. En aquella casa se vivía, principalmente por fuera, con la preocupación exclusiva de aparentar. Se hablaba de que se comía bien, de que se tenía dinero de sobra. Los tíos de Alvarito creían que todo el pueblo les espiaba y les parecía necesario darse importancia a fuerza de embustes.

Alvarito, en los seis meses que llevaba en Francia, había aprendido el francés. El muchacho conservaba las preocupaciones de su padre y de su madre y no podía zafarse de ellas. Al principio no quería salir de casa. Estaba asustado. La calle le parecía la enemiga natural de su pobre hogar y cada francés un monstruo, devorador de familias españolas.

Alvarito había pensado, siguiendo las indicaciones de su padre, entrar en el ejército carlista; pero no tenía la edad necesaria y la situación del partido iba siendo tan mala, que temía no llegar a encontrar el momento oportuno.

El joven Sánchez de Mendoza quería sentir con el mismo fervor el entusiasmo monárquico de su padre; pero no le era tan fácil, y por más esfuerzos que hacía por exaltarse, la cuestión de la legitimidad no le llegaba a preocupar.

Había oído en Bayona y en Burdeos discutir el pro y el contra de esta cuestión.

Alvarito quería pensar que la guerra era la santa cruzada de los buenos contra los malos, de los religiosos contra los impíos. Alvarito quería creer que los carlistas eran todos honrados y caballerosos, incapaces de villanías; que don Carlos era un santo, y que el honor, la lealtad, la Patria y el Rey tenían un altar en el pecho de cada carlista. No sabía si en el tópico admitido el altar estaba en el pecho o en el corazón. Seguramente no estaba en el bazo ni en el hígado.

A pesar del altar pectoral o cardíaco, Alvaro estaba oyendo hablar a cada paso de trastadas, de chanchullos y de traiciones en el campo carlista.

Al pensar en entrar en el ejército de don Carlos, lo que le preocupaba principalmente a Alvarito era el temor de quedar mal. ¿Tendría suficiente valor? La muerte no le arredraba; pero suponía que no debía ser siempre fácil dominar los nervios.

Su miedo era que le vieran en un momento de depresión. Temía no poder estar a la altura de los demás, sobre todo a la altura del modelo imaginado por él.

Pensaba, a veces, que quizá su falta de energía dimanaba de sentirse decaído por la mala alimentación.

Alvarito sabía poco; había aprendido a leer, a escribir y a hacer cuentas y a pintar a la acuarela escudos nobiliarios, que vendía su padre a los españoles emigrados, aristócratas y ricos.

Alvarito mantenía la ilusión de pensar que quizá poseyera algún talento de pintor. Le gustaban las estampas que reproducían cuadros de la época de David, Ingres y el barón de Gros, y se imaginaba, a veces, que le gustaría más ser pintor que militar.

Había visto también grabados que reproducían cuadros de Ribera, de Zurbarán y de Velázquez, que le sorprendieron, y le parecieron muy malos. ¿Cómo gustará eso?—se preguntaba él, y no lo comprendía.

Alvarito era un muchacho muy nervioso, muy inquieto, que tenía de noche grandes terrores.

La preocupación por los sueños, que le había inculcado su madre, le tenía amedrentado. Muchas noches se despertaba temblando y creía oír la respiración de un hombre que le espiaba a pocos pasos de la cama.

Los vecinos de la casa de la calle de los Vascos le aterrorizaban. Había una vieja enlutada, a quien se había encontrado en la escalera varias veces, al anochecer, y le había mirado con una sonrisa insinuante, y pensar en ella le ponía la carne de gallina.

Los cuartos obscuros, las alamedas solitarias al anochecer, las orillas del río, todo esto le impresionaba.

Las mismas estampas le daban, a veces, una sensación de misterio y de pavor. Había una que había visto en un escaparate que le perturbaba. Representaba una dama elegante con un talle esbelto, al lado de un joven melenudo, con el pantalón de trabillas y el frac. La escena ocurría en el salón de un palacio, delante de un piano. La dama tenía un aire lánguido; en cambio, el hombre la miraba con unos ojos de loco.

Alvarito no sabía lo que representaba; pero aquella escena le daba impresión de vértigo. Como predispuesto a ver cosas raras, en ocasiones las veía o las creía ver. Una de las veces que salió de noche en Bayona a dar un recado a un personaje carlista, su padre estaba enfermo, iba por una calle casi obscura, con tapias a un lado y a otro, que no tenía más que algún farol de tarde en tarde, cuando vió venir un jorobado pequeño, cuadrado, petulante, con bigote y perilla cana; al cabo de poco tiempo, otro jorobado, y poco después, otro. Estos tres jorobados le produjeron tal espanto, que echó a correr hacia su casa. Luego, su madre y él discutieron largo tiempo si estos tres jorobados serían reales o imaginarios, y si eran imaginarios, qué podían representar.

Llegó una época en que Alvarito notó que la alarma, la inquietud, nacían en él antes que el motivo y que después encontraba el motivo para legitimar su alarma. Tardó mucho en comprender esto, y, cuando lo comprendió, se sintió más miserable y más desvalido que nunca.

VII PRIMEROS CONTACTOS CON LA REALIDAD

Cuando Chipiteguy hizo su propuesta de llevarse a Alvarito, éste miró la expresión de sus padres, y al ver que los dos aceptaban, fué a su cuarto, se vistió con su mejor ropa, besó furtivamente a su madre y a su hermana y salió de casa con el viejo trapero. Marcharon los dos por el muelle de los Vascos, cruzaron el puente Panecau y entraron en la plaza del Reducto.

Alvarito se encontró poco contento en el almacén y en la tienda de Chipiteguy; le pareció todo aquello desordenado y sucio; pero cuando le avisaron para comer y le invitaron a lavarse las manos y vió la mesa abundantemente servida y se sentó entre Manón y la andre Mari, se dijo que, si no le echaban por torpe, se quedaría allí. Pensaba cumplir de la mejor manera posible. Por la tarde hizo con buena voluntad todo lo que le mandaron; cenó también opíparamente y, después de cenar, la Tomascha llevó al pequeño español, como le llamaron a Alvarito en la casa, a un cuarto aguardillado del piso tercero lleno de trastos viejos, y le mostró su cama.

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