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Las figuras de cera

CUARTA PARTE PALOMAS Y GAVILANES

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I MANÓN Y ROSA

Alvarito iba ascendiendo de categoría en casa de Chipiteguy. El viejo le consideraba cada vez más y le iba tomando cariño. La andre Mari, que siempre le había mirado con simpatía, le mimaba; la Tomascha le tenía como uno de sus favoritos, y Manón, como un amigo.

Habiendo subido de importancia en la casa, le habían bajado de la guardilla a un cuarto del segundo piso. Alvarito estaba contento, todo lo contento que puede estar un enamorado no correspondido.

Alvarito, que tenía como confidente a su hermana, le confesó que su entusiasmo por Manón crecía por momentos. Manón era una chica única, con una gracia y un encanto extraordinarios. Además, no le daba miedo nada; subía sola a la guardilla o iba al anochecer a la cueva sin temor a aquellas malditas figuras de cera que a él tanto le habían espantado. Manón era siempre viva, activa y trabajadora; pero cuando se lo proponía, era más.

A veces le entraban las aficiones culinarias y se metía en la cocina y hacía, en colaboración de la Baschili, bizcochos y flanes, que rellenaban de crema, de huevos hilados o de dulce.

Chipiteguy y Alvarito, que eran golosos, comían estos postres, saboreándolos y relamiéndose, y Manón, a quien no le gustaba apenas el dulce, se reía.

Manón tenía gran talento, gracia, picardía, verdadero sentido musical. Lo único que a Alvarito no le gustaba era la versatilidad y la coquetería de la muchacha.

—Tienes que venir a conocerla—dijo Alvarito con entusiasmo a su hermana.

—Bueno; sí, ya iré—contestó ella sin gran efusión.

—Ella tiene muchas ganas de conocerte a ti.

—¿Por qué? ¿Le has hablado de mí?

—Sí, mucho.

—Eres un cándido. Crees que los demás van a tener los entusiasmos tuyos.

—¿Por qué no? Yo hablo bien de las personas que son buenas y nadie dirá que tú no lo eres.

—¡Qué inocente!

—No, no soy inocente; no me vas ahora a convencer a mí de que todo el mundo, empezando por ti, son unos terribles egoístas.

La hermana de Alvaro era un poco cargada de espaldas, pálida, de ojos negros muy expresivos, la boca grande y la cara poco correcta. Era muy simpática y muy servicial. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los demás tenían por engorroso y molesto.

Dolores Sánchez de Mendoza fué a casa de Chipiteguy y conoció a Manón y a Rosa. Las dos primas estuvieron muy amables con ella y la obsequiaron mucho.

—¿Qué te ha parecido Manón?—preguntó Alvarito a su hermana al salir de la casa del Reducto presurosamente.

—Es muy guapa y muy simpática, pero...

—¿Pero, qué?

—Que creo que no te debes hacer ilusiones. Una chica tan guapa, tan brillante, que será rica, no se casa con un pobre.

Alvarito se entristeció al oír la observación de su hermana y se le puso una cara larga y abatida.

—¿Por qué no te diriges a Rosa?—le preguntó Dolores.

—Porque no me gusta—contestó Alvarito de mal humor.

—Pues es una chica bien buena, bien cariñosa; yo la encuentro guapa.

—Sí, sí, no digo que no; pero no me gusta. No tiene gracia.

—Es verdad; tú tampoco la tienes, ni yo.

—Bien; ya lo sé; quizá por eso me gusta lo que no tengo.

—Pues chico, hay que conformarse.

—En eso cada cual hará lo que mejor le parezca.

—Claro que sí; pero siempre es mejor no desesperarse, empeñándose en conseguir un imposible. Yo ya veo que Manón es una chica muy atractiva, muy graciosa y muy bonita; pero por lo mismo, y porque es rica, ha de tener muchos pretendientes.

Dolores se hizo amiga de Manón y de Rosa, sobre todo de Rosa.

Desde entonces comenzó a tutearse con las dos primas, y después de ella, Alvarito. Este notó desde el principio que con cierta tendencia instintiva Dolores se ponía del lado de Rosa y en contra de Manón.

Manón a veces era imprudente; había tenido una educación desordenada y fantástica, propicia para dar alguna sorpresa desagradable al viejo Chipiteguy; afortunadamente, la chica poseía un fondo de buen sentido, a pesar de sus fantasías y de sus extravagancias. Manón empleaba en ocasiones la burla y el sarcasmo, pero en el fondo era sentimental y romántica, Para el que la pretendiese era una mujer difícil de conquistar, que exigía demasiado de las personas. Rosa era siempre modesta y tímida; el pasar la vida ante el público en un bazar no le había quitado su timidez congénita.

Rosa tenía el óvalo de la cara alargado, la boca demasiado grande, de labios gruesos; cierta palidez atezada, mate, en el rostro, como de criolla, y una hermosa cabellera negra de tonos azulados.

Al principio de tratarla parecía sosa y sin gracia; pero a medida que se la conocía iba siendo más atrayente y desarrollando su personalidad de una manera lenta y segura.

Dolores hablaba con mucha frecuencia a su hermano de los encantos de Rosa, de su simpatía y de sus conocimientos caseros; pero Alvarito no se entusiasmaba más que con Manón y no tenía ojos más que para ella.

Sentía hambre y sed de la presencia de Manón. Este hambre y esta sed constantes e inapagable de verla y de oírla era, sin duda, el amor. Ante ella se encontraba como si hallase su centro de gravedad; en cambio, cuando se alejaba de ella le parecía que le faltaba el sostén de su vida.

A veces el placer de estar a su lado le daba la impresión de tener el corazón ligero.

Cuando estaba lejos de ella pensaba en lo que estaría haciendo en aquel momento.

En la cama constantemente, medio en sueños, tenía conversaciones con ella, hacía proyectos, debatía cuestiones sentimentales, se explicaba, se legitimaba.

Dolores, con malicia femenina, solía desviar la atención que tenía su hermano por la nieta de Chipiteguy y trataba de dirigirla sobre Rosa.

Manón ya notaba que Dolores y su prima Rosa habían formado una alianza ofensiva y defensiva un poco contra ella; pero se sentía tan superior, que no le importaba.

Otra amiga, algo pariente, solía ir algunas tardes a casa de Manón: una chica llamada Margarita D'Arthez, Morguy, hija de un almacenista de vinos. Morguy no era simpática; Rosa la odiaba por su mordacidad; sólo Manón la podía resistir. Dolores, cuando la conoció, la encontró también antipática.

Morguy era más fea que guapa, muy rubia, casi roja, con los ojos pequeños y un poco encarnados, las cejas siempre fruncidas y los labios abultados.

Morguy era envidiosa, taciturna y malhumorada; reñía con mucha facilidad con los padres, con las criadas y con todo el mundo. Sus cóleras se convertían con facilidad en torrentes de lágrimas.

Así era Morguy: tan pronto lloraba como reía; generalmente sus carcajadas acababan en llanto, y sus lloros, en carcajadas. Tenía rencores inmotivados y días que se pasaba rabiosa, sin hablar.

Morguy reconocía su mal genio, y cuando le contaba a Manón sus rabietas, por una parte furiosa y por otra burlándose de sí misma, Manón se reía a carcajadas.

—Esta chica hasta que no se case no va a tener buen humor—decía Chipiteguy a Morguy.

—Sí, buena marcha llevo—replicaba ella—; me voy a quedar solterona.

—Pues no te conviene, porque no vas a tener con quien reñir y vas a hacer muy mala sangre.

—¿Tan venenosa cree usted que soy?

—No, no. Mujer, como todas; pero, en fin, si yo tuviera la edad de Alvarito me fiaría más de las alborotadas que de las mosquitas muertas.

Chipiteguy se ponía siempre, más o menos disimuladamente, del lado de Manón y creía que Rosa y Dolores eran gazmoñas e hipócritas.

Varias veces Alvarito y Dolores fueron al "Paraíso Terrenal", el bazar de juguetes de la madre de Rosa. Madama Lissagaray era una señora de cuarenta y cinco a cincuenta años, muy flaca, de ojos claros, con aire de dama de Versalles. Era muy sabia y un poco redicha. Lo característico en ella era la cara, fría e indiferente, que contrastaba con la voz y los ademanes efusivos. Al hablar parecía desmentir con los ojos cuanto decía, y, sin embargo, la verdad era lo que hablaba, pues no tenía nada de falsa ni de hipócrita.

Madama Lissagaray se expresaba con gran discreción y simpatizó con Alvarito y su hermana.

Esta señora había tenido varios chicos, que se le habían muerto, y cuidaba de Rosa, su única hija, con una afección mezclada de cariño y de temor.

Encima de su bazar había un entresuelo pequeño, bajo de techo, donde habían vivido algunos años: pero estaba tan abarrotado de género, que lo abandonaron y fueron a habitar a una casa de la Avenida de Boufflers, de su propiedad, de más espacio y mejores vistas.

Rosa y Manón solían mostrar a sus amigos, a los muchachos jóvenes, los juguetes del "Paraíso Terrenal", y, sobre todo, algunos antiguos, ya un poco arrinconados y fuera de moda, pero más graciosos que los modernos.

Había una sala en el entresuelo, en un extremo del bazar, adonde habían ido a parar varios relojes. Allí se veía un reloj de pared, inglés, muy hermoso, con la esfera de cobre, y en ella un círculo pequeño del minutero; un reloj de cuco, otro con sonería de campanas y campanillas y varios relojes de mesa, dorados, metidos en fanales de cristal.

Había también en el mismo rincón una caja de música con su cilindro de cobre, lleno de púas, y un organillo pequeño, construído en Ginebra, con muñecos en la tapa, que se movían, entre los cuales figuraban un negro que bailaba, un señor de frac que llevaba la batuta, otro que tocaba gravemente el violoncelo y varias damiselas con miriñaque, que danzaban rápidamente.

Había también unos chinos de porcelana, que saludaban con la cabeza desde dentro de un fanal; un tíovivo de muñecos, que giraba y sonaba; un teatro, arcas de Noé, conejos que tocaban el tambor, serpientes articuladas que se movían y muñecas.

Alvarito, que no había tenido nunca juguetes, a pesar de ser ya un mozo y de no encontrarse en edad de jugar con ellos, los miraba con gran entusiasmo.

Aquellos soldados de plomo de Artillería y Caballería, con sus carros y sus cañones, le parecían magníficos. Otro juguete que le admiraba era la gran casa misteriosa, con sus persianas verdes y un balcón corrido, adonde salía, como a tomar el fresco, una dama de mantilla. Esta dama se parecía a la nieta de Chipiteguy y Alvaro la miraba con entusiasmo.

Manón, cuando iba a aquel rincón del "Paraíso Terrenal", lleno de juguetes, le gustaba dar cuerda a todos ellos y oír la algarabía que formaban las campanadas graves y agudas de los relojes, el tintineo de la caja de música, ver cómo movían la cabeza los chinos, cómo daba vueltas el tíovivo, llevaba la batuta el señor de frac, tocaba el otro el violoncelo, bailaban el negro y las damiselas y aparecía y desaparecía la dama romántica en el balcón de la casa solitaria con las persianas verdes.

¡Qué poesía o qué cuento, a la manera de Hoffmann, hubiera escrito el amigo de Chipiteguy, el poeta Julius Petras Guzenhausen de Aschaffenburg, de tener la humorada de existir en el mundo y de visitar el "Paraíso Terrenal"! ¡Qué bien hubiese descrito los movimientos de aquellos autómatas, sus reverencias, sus saludos, sus bailes, llenos de elegancia, amanerada y ceremoniosa!

Una vez Alvarito soñó que estaba en un campo donde había dos bolas grandes de nieve, hechas por los chicos; se aproximaba a una y huía delante de él y a medida que la una huía, la otra se acercaba. Luego, estas dos bolas de nieve se convertían en dos palomas, que hacían lo mismo, y, por último, en dos nubes.

Al final, entre ellas, aparecía Chipiteguy, en medio de sus figuras de cera, con unas actitudes extrañas, haciendo unas muecas horrorosas.

Alvarito pensó si estas bolas de nieve, estas palomas y estas nubes serían transformación en sueños de Manón y de Rosa.

Durante la primavera y el verano, Manón y Rosa y algunas amigas, con Alvarito y otros muchachos, hicieron excursiones a Biarritz, a la playa de la Chambre d'Amour y al lago de Mouriscot.

Morguy coqueteaba mucho con Alvarito; pero a él no le gustaba esta chica roja, de mal humor.

Con Morguy conoció a su padre, el señor D'Arthez almacenista de vinos, y a su hermano Pedro, que le fué muy simpático.

El hermano de Morguy vivía una vida irreal, leyendo novelas, aburriéndose de la gente. Sentía un desprecio profundo por lo que le rodeaba. Cuando dejaba su trabajo se escondía y se iba a leer libros. Su hermana casi le tenía odio, porque no le hacía caso. Sin duda le parecía que no valía la pena. Pedro D'Arthez era un joven pálido y un poco fofo, que se pasaba la vida leyendo.

No le gustaba nada el comercio; trabajaba resignado en su despacho y, cuando concluía, se encerraba en su cuarto y se ponía a leer. Tenía gustos de viejo. Metido en su cuarto, con su bata, su gorro griego y sus zapatillas, se pasaba el tiempo leyendo y fumando en la pipa.

El joven D'Arthez hablaba siempre como hombre aburrido y disgustado. La lectura, al ocuparle tan completamente el pensamiento, le hacía mirar la realidad con desagrado.

El cuarto de Pedro era un cuarto con dos ventanas sobre un tejado. Muchos libros, un diván y algunas estampas constituían su mobiliario.

El joven escribía todos los días sus memorias y sus impresiones de las lecturas. Su padre, su madre, su hermana y los conocidos le reprochaban el hacer una vida tan sedentaria y tan malsana. No había reflexión que le hiciera cambiar de vida. A todo se encogía de hombros.

—¡Son tan aburridas estas gentes!—le dijo a Alvarito.

—¡Qué pueblo Bayona!—añadió otra vez—. Yo creo que será el pueblo más aburrido del mundo.

—¿Dónde quisiera usted vivir?—le preguntó Alvaro.

—¡Qué sé yo! En cualquier lado, menos aquí.

Pedro no dejaba libros a su hermana ni a sus amigas.

—¿Para qué? Primero, no entienden lo que leen—decía—; luego dejarán el libro en un banco, o le doblarán las hojas, o le llenarán de manchas de cosmético.

Unicamente el joven D'Arthez salía de su rincón para oír música, pero sólo cierta música.

Alvarito pensaba que el hermano de Morguy tomaba demasiado en serio la literatura y la música y daba demasiada poca importancia a la vida real.

Pedro era republicano y despreciaba a los monárquicos y a los carlistas.

Pedro le dijo a Alvarito que le prestaría algunos libros, y, efectivamente, le dejó novelas de Merimée y de Stendhal, que a Alvarito no le entusiasmaron, probablemente, porque no llegó a comprender su mérito.

Cuando Alvarito dijo a Manón que conocía al hermano de Morguy, Manón tuvo para Pedro grandes burlas y sarcasmos. Le parecía un pedante, un fatuo, que se metía en un rincón para hacerse el interesante.

Alvaro defendió a su nuevo amigo; pero ella siguió hablando de él de una manera sarcástica.

—Manón habla siempre mal de mí—dijo un día Pedro—. En el fondo, porque no le hago caso.

—¿Cree usted...?

—Sí; si yo me ocupara de ella, me despreciaría más. Eso ya lo sé; pero el no ocuparme de ella lo considera casi como un insulto.

Pedro le dijo a Manón que, efectivamente, habían querido que Manón y él fueran novios, pero que no se entendían; ella era voluntariosa y coqueta; él, tranquilo y aficionado a leer. El no decía nada malo de Manón, quizá valía más que él; pero tenía una turbulencia insaciable y una versatilidad tal que era capaz de volver loco a cualquiera.

—Es una mujer de lujo, de mucho encanto, estoy conforme; pero para tenerla en casa, yo, modesto vinatero, no la querría.

A veces, en el verano, cuando Manón, Rosa y Morguy pensaban hacer excursiones, le invitaban a ir a Pedro; y éste, para no tomarse el trabajo de discutir, decía que sí, pero luego no iba, con lo cual indignaba a todo el mundo, principalmente a su hermana, que decía de él pestes.

En una de aquellas excursiones, Manón, Rosa y los amigos conocieron al conde y a la condesa de Hervilly.

Sonia, la dama misteriosa que intrigaba a Aviraneta, manifestó gran simpatía por Manón, y fué a verla a su casa y entabló amistad con ella. Se mostró muy amable con Alvarito y, como la condesa hablaba muy bien el castellano, le dirigió varias preguntas acerca de su familia y de España.

A Chipiteguy no le hizo mucha gracia la amistad de su nieta con la extrajera; no le parecía bien que la hija de un trapero tuviera amistades con una condesa, pero nada podía decir.

La condesa de Hervilly presentó en casa de Madama Lissagaray a dos aristócratas, amigos de su marido y suyos: el vizconde de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.

El vizconde de Saint-Paul tendría veintiséis o veintisiete años; era tipo de francés del Norte, alto, rubio, fuerte; el caballero de Montgaillard, de veintitrés o veinticuatro años, parecía un italiano del Sur. Era moreno, más bien bajo que alto, con los ojos negros, delgado, con aire un poco cansado de trasnochador, el pelo rizado, la cara audaz y la tez de mal color, pálida, biliosa y llena de granos.

El vizconde de Saint-Paul se sabía que era de una familia rica de París; respecto a Montgaillard había sus dudas. El decía que era hijo del marqués de Montgaillard y sobrino de un conde de Montgaillard; pero había quien aseguraba que tanto el condado como el marquesado no tenía realidad alguna.

El joven Xavier de Montgaillard era hijo del titulado marqués de Montgaillard y de una señorita de Crussol. El marqués de Montgaillard pasaba por realista y había hecho la campaña de la Vendée, con Clarette, y estaba preso en el Temple.

Xavier era sobrino del célebre intrigante y libelista conde de Montgaillard, que al parecer no era conde.

El llamado conde de Montgaillard fué un gran explotador de la política.

Explotó a la Revolución, al emperador de Austria, a Napoleón y a los Borbones, y murió muy tranquilo en su casa propia de Chaillot, comprada con sus ahorros de intrigante, a los ochenta años.

El conde de Montgaillard tuvo pensiones de todos los Gobiernos franceses de la época, y lo más extraño fué que la tuviese, y grande de Luis XVIII, de quien había publicado un retrato burlón e injurioso. La razón de esta anomalía parece que fué el que el intrigante guardaba unas cartas que Luis XVIII había escrito a Robespierre en tiempo de la Revolución, queriendo congraciarse con él, dándole la razón en muchas cosas y queriendo atraerle a su campo.

Días después de la presentación de los dos aristócratas en casa de madama Lissagaray, Alvaro vió que el joven Montgaillard paseó varias veces por delante de la casa del Reducto, y Alvarito comprendió que le debía haber escrito a Manón y que quizá ésta le había contestado.

Un día, en pleno verano, la condesa de Hervilly les convidó a ir, el domingo siguiente, a las amigas de Manón y a Alvarito a pasar la tarde en el castillo de Urtubi, cerca de Urruña. La condesa conocía al dueño que le había invitado.

Fueron en un coche grande, descubierto, diez o doce personas, los condes de Hervilly, Manón, Rosa, con su madre; Dolores, Morguy y los aristócratas recién llegados a Bayona y amigos de Hervilly, el vizconde de Saint-Paul y el caballero de Montgaillard.

El vizconde y el caballero fueron durante la excursión la nota saliente, sobre todo para las muchachas. Montgaillard vestía frac azul entallado, como un dandy, y venía de París. El caballero llevó la voz cantante en el viaje; habló de actrices y de bailarinas, conocía escritores, periodistas y políticos. Dijo que como no tenía un cuarto pensaba entrar en España e ingresar en el ejército carlista por si encontraba aquí la solución para su vida. Contaba con la protección del príncipe de Lichnowsky. El vizconde de Saint-Paul, más tranquilo, sonreía de las frases de Montgaillard y hablaba poco.

El joven caballero tuvo mucho éxito con las muchachas y se le encontró gracioso y ocurrente, lo que hizo desesperar a Alvarito, sobre todo viendo que Manón coqueteaba con él.

Era evidente que se cambiaban sonrisas y ojeadas.

¿Cómo había llegado a tener esta familiaridad con el forastero? ¿Es que es una mujer sin decoro?—se preguntó Alvarito de mal humor.

Alvarito notó con desagrado que la presencia de los dos forasteros produjo en las muchachas una animación, un deseo de brillar, una rivalidad disfrazada entre unas y otras, que a él le molestó profundamente, porque comprendió que la causa de esta excitación eran los recién venidos y que en ellos se quería hacer efecto.

Quizá sólo Rosa le era en aquel momento un poco fiel a Alvaro; las demás le habían olvidado.

Los veinte kilómetros de camino pasaron pronto para todos, aunque no para Alvarito; se contempló el mar, se vió la cadena de montes de España; Jaizquibel, como una pirámide, y el monte Larrun; se pasó por delante de Bidart, se cruzó San Juan de Luz y se llegó al castillo de Urtubi. A todos les pareció, desde fuera, muy romántico con sus torrecitas y sus paredes cubiertas de hiedra, un poco hundido entre árboles.

El dueño les esperaba a la entrada del parque, y les hizo pasar primero a un gran salón y les llevó a las damas a un tocador por si tenían que arreglarse. Luego preguntó a sus visitantes si preferían almorzar en el parque o en el comedor.

Madama Lissagaray era la única que hubiera preferido almorzar bajo techado.

—No tenga usted cuidado; hoy no hay humedad—le dijo el dueño.

Salieron todos al parque, que estaba magnífico, y dieron un paseo por él. Hacía un día de viento Sur, con el cielo rojo, que daba al paisaje un aire de decoración de teatro. Los tilos y las magnolias, llenos de flor, perfumaban el ambiente con su aroma, un aroma tan fuerte que casi mareaba. En este ambiente irreal todo parecía inmóvil y silencioso. Los pájaros dormían aletargados en las ramas. Un martín pescador pasó por el aire, tan azul, que parecía un trozo de cielo volando entre los árboles.

Se acercó la hora de almorzar, y en una plazoleta de grandes olmos en donde estaba puesta la mesa se sentaron.

Se comió y se bebió alegremente, y Manón y el caballero de Montgaillard fueron los que más hablaron y tuvieron más rasgos de ingenio.

Montgaillard iba a la carrera haciendo la corte a Manón.

El caballero manejaba uno de esos recursos del donjuanismo que está al alcance de todo el mundo; pero que, sin embargo, tiene casi siempre éxito cuando se es joven y no de mala figura. Se manifestaba indiferente y al mismo tiempo atento con las mujeres, para, llegado el caso, fingir una gran impresión. Es esto, indudablemente, como el a b c del histrionismo amoroso, pero no deja de hacer su efecto.

Pasada la excitación de la comida, Manón dijo que iba a escoger un sitio a la sombra del parque y echarse a dormir la siesta.

—De ningún modo—dijo su tía, madama Lissagaray—; no te lo permito.

—¿Por qué no?

—Porque no, y basta.

Manón hizo un gesto de displicencia. Después de un largo rato de sobremesa, el dueño de Urtubi les preguntó si no querían ver el castillo, aunque era pequeño.

Mientras recorrían el edificio, el dueño habló de la fundación primitiva de la casa, en el siglo XI; de la muralla que quedaba aún del siglo XIV; de la estancia de Luis XI en Urtubi cuando estuvo como mediador entre los reyes de Castilla y de Aragón y de los recuerdos que quedaban de Soult y de Wellington, que tuvieron allí su cuartel general al principio del siglo. Les contó también la eterna rivalidad del partido de los Sabelchuris y Sabelgorris, fajas blancas y fajas rojas, que dividían en el país del Labour a los partidarios de Urtubi de los de Saint-Pee.

Vieron el salón, el comedor grande, con una chimenea de mármol, que tenía esta inscripción en vascuence: "Billzen, berotzen, bozten" (Reuniendo, calentando, gozando); pasaron por un vestíbulo lleno de placas de hierro de los hogares, de las chimeneas antiguas, algunas muy curiosas, y luego fueron a la biblioteca.

El dueño sacó un ejemplar del libro de Pierre de Lancre, titulado: Cuadro de la inconstancia de los malos ángeles y demonios; les mostró una estampa de un sábado brujeril y les leyó un párrafo, en que se decía que el propietario del castillo de Urtubi, a principios del siglo XVII, después de una reunión de brujería tenida en su casa, se había encontrado los días siguientes con que las brujas le iban chupando la sangre y sorbiéndole el seso, lo que le decidió a denunciarlas.

Todos se rieron, menos Alvarito, que pensó que el señor de Urtubi era un visionario como él.

De la biblioteca marcharon al pequeño archivo, que tenía algunos antiguos documentos de los Urtubis, emparentados con los Alzates, Gamboas, Belzunces, Ezpeletas y con la familia del escritor Montaigne.

Salieron de nuevo al jardín. Una nube roja, grande, había aparecido en el poniente y el parque tenía un aire fantástico en este aire, inmóvil y caliente, perfumado por las flores. Cerca del castillo había una acequia negra entre dos paredes de piedra, que tomaba al reflejar el cielo, tonos de sangre.

Salieron de nuevo al parque y llegaron a una fuente.

Manón dijo que tenía que echar la suerte con dos alfileres, tirándolos a la fuente y viendo cómo quedaban en el fondo; si quedaban separados, era que no se casaba, y si quedaban cruzados, que sí. Manón echó sus dos alfileres y quedaron separados; después los echaron Rosa y Morguy, y pasó lo mismo. Por el sortilegio de la fuente ninguna de las tres se casaba.

—Sí, sí; nos quedaremos solteras—dijo Manón.

—Tendrá que ser porque a los hombres de esta tierra les falten ojos—dijo galantemente Hervilly.

Manón había cogido una flor y se la había puesto en el pecho.

El joven Montgaillard quiso que le diera aquella rosa que llevaba en el pecho y ella se la dió.

Iba cayendo la tarde y, según dijo madama Lissagaray, era hora de volver a Bayona.

—Antes merendarán ustedes—dijo el amo de la casa.

—Se va a hacer tarde.

—¡No, no; ca!

Pasaron al comedor y se sentaron a la mesa, muy elegantemente puesta, con mantel antiguo, bordado, y vajilla de Sevres.

De pronto notaron que andaba revoloteando algo por los rincones.

—¿Qué es? ¿Un murciélago?—preguntó Manón.

—No, es una mariposa—contestó el dueño de la casa, y con un pañuelo logró cogerla.

La mariposa era grande y hacía un chirrido como si se quejara. Alvarito se estremeció; el aleteo de la mariposa y sus quejidos le produjeron una sensación desagradable.

—Es el Sphinx atropos, la mariposa de la calavera—dijo el amo de la casa.

—¡Qué horror!—dijo Rosa—. Suéltela usted. Eso debe ser de mal agüero.

—Sí, estas mariposas asustan a la gente, pero son inofensivas para las personas; no así para el campo, donde hacen muchos destrozos.

La Morguy quería matarla con un alfiler y llevársela.

—No, no—dijo Manón—; hay que soltarla, que viva.

—Poco vivirá—dijo el dueño abriendo la ventana y soltándola—. Algunas no duran más que una noche; el tiempo necesario para poner sus huevos.

Madama Lissagaray insistió en que era hora de volver.

Se despidieron y entraron todos en el coche. Rosa se sentó al lado de Alvarito y estuvo hablando con él.

—Ya ves tú—decía la muchacha—qué mala suerte tengo yo.

—¿Mala suerte? ¿Por qué?

—Manón y yo tenemos la misma edad, y hemos sido educadas de la misma manera. Ella siempre tiene éxito y yo nunca.

—Tú también lo tienes.

—No, no. Y, además, es natural. Ella es más bonita que yo, más inteligente, más brillante. Todas las ventajas para ella y para mí nada.

—Eres muy modesta.

—No. La suerte ha sido muy generosa con ella y muy mezquina conmigo. Ella es música, es guapa, es graciosa. Y yo soy tonta, sosa y sin talento.

—Eres muy severa contigo misma.

—No, me conozco. Yo no tengo ningún encanto.

—¡Oh! No digas eso.

Alvarito dirigió a la muchacha algunos cumplidos, pero eran fríos y sin efusión.

Un par de horas después llegaron a San Juan de Luz, pararon un momento en un café y volvieron a tomar el coche, y vieron el mar cerca de Guethary, azul, recamado de blanco en un cielo rojo, incendiado y amenazador; vieron brillar el faro de San Sebastián y el del cabo Higuer. Al acercarse a Bayona, la luna había salido, grande, amarilla como una cara de mujer enferma.

Alvarito llegó a casa; no cenó apenas, y fué a acostarse a su cuarto. Al tenderse en la cama, el coche, el mar, la acequia con el agua rojiza, la estampa del sábado brujeril del libro de Lancre le comenzaron a bailar ante los ojos. Pronto pasó del recuerdo al sueño.

Soñó que escalaba, con grandes esfuerzos, un cerro que tenía en la punta un castillo, marchando por entre riscos afilados que parecían de cristal. Después de subir por una escalera laberíntica, llegaba a un desván, con vigas en el techo, y encontraba un montón de paja y se tendía en él.

De pronto notaba que estaba al lado de una ventana abierta, al borde del abismo. Delante tenía un paisaje sombrío, con montes ceñudos y valles estrechos, llenos de árboles, y al contemplarlos se le encogía el corazón. Nubes pesadas avanzaban a rodear el castillo. Desesperado, elevaba la vista y quedaba absorto. El cielo estaba lleno de brillantes meteoros desconocidos; la luna, las estrellas y los cometas, con largas colas, saltaban en locas carreras por el firmamento. Contemplaba aquello a cada instante con mayor horror, hasta que, de pronto, comenzó a salir el sol. Entonces una deliciosa calma dominaba la naturaleza. El cielo se ponía azul, un murmullo lejano venía del mar, rizado con olas blancas; de los bosques se exhalaba un perfume balsámico. ¡Oh! ¡Cómo se respiraba el aire puro! ¡Cómo corrían los arroyos y las fuentes!

Pero esto también duró poco, y vino el crepúsculo, un crepúsculo al principio admirable. Brillaban las flores rojas y blancas, las campanillas azules en los campos verdes; luego todo se tornaba ceniciento; había entonces una queja en el espacio; nubes de mariposas grandes cruzaban el aire. Alvarito sentía necesidad de llorar y se despertó. Pasó muchas horas despierto, dando vueltas en la cama, pensando en su sueño y en Manón y suspirando sin querer. Al último consiguió dormirse y no se despertó hasta que le llamaron por la mañana.

II FRECHÓN O EL CHATARRERO MISÁNTROPO

Matías Frechón, el tenedor de libros de Chipiteguy, era hombre de treinta y cuatro a treinta y cinco años, alto, flaco, moreno, de frente estrecha, labios finos, nariz roja, bigote delgado y patillas largas.

El dejarse las patillas le daba cierta apariencia de banquero o de hombre de negocios, que él consideraba muy importante y muy apropiado para su persona.

Frechón tenía aire poco tranquilizador. Indudablemente no es una fantasía folletinesca el asegurar que hay hombres que sólo por su aspecto producen desconfianza y hasta una marcada repulsión moral. Parece que por instinto se puede comprender rápidamente que ciertos rasgos fisionómicos representan y son consecuencia de una larga vida de intrigas, de hipocresías o de bajezas, y las fisonomías con estos rasgos nos producen alarma, no siempre bien definida.

A veces no son las bajezas hechas las que adivinamos y nos dan impresión de alarma y de desconfianza, sino las por hacer, las que están aún latiendo en el espíritu del que es capaz de cometerlas. Así, por intuición, comprendemos que cierta clase de rostros no pueden pertenecer más que a almas dispuestas a toda clase de villanías.

Frechón no solía reír; su sonrisa era triste, fría y antipática.

Frechón tenía aire de hombre falso e hipócrita. No miraba nunca de frente más que cuando se irritaba. Se parecía un tanto al Robespierre de las figuras de cera. El hombre sentía gran confianza en sí mismo, en su inteligencia y en su perspicacia; en su rostro se leía casi siempre una expresión de superioridad.

Para él todo el mundo era tonto. Si había alguno que no lo fuera, consistía en que era un canalla. De tontos y canallas, según él, se hallaba formado el mundo.

Chipiteguy solía decir: "Las ideas de Frechón a veces son claras una a una, pero en conjunto son un puro disparate".

Tan es cierto, que muchas veces es la mala organización de los conceptos la que hace al loco y al insensato.

Frechón se creía un hombre genial a quien le faltaba un escenario digno de sus méritos. El orgullo, la vanidad, la tristeza de no ser nada le ahogaban.

—Se oirá hablar de mí—solía decir con jactancia.

Frechón hacía profesión de fe de su misantropía. Este chatarrero filósofo, pequeño Timón de Bayona, había estudiado en su juventud para cura y sabía latín, lo que le servía para citar con mucha frecuencia frases de Horacio y de Virgilio. Era bastante letrado. Leía causas célebres, folletos anticlericales y el Citador, Pigault-Lebru; decía también que había leído a Fourier.

Frechón hablaba siempre con gran prudencia, pensando cuanto decía. Había adquirido la costumbre de repetir la pregunta que se le hiciera para darse tiempo de pensar bien la respuesta.

Frechón tenía ideas republicanas, lo cual no era obstáculo para que hubiese estado durante algún tiempo al servicio de los carlistas españoles por intermedio de Roquet, el agente de Aviraneta, y de Cazalet, bohemio crapuloso que sabía muchos secretos de todo el mundo.

Cuando le hablaban a Frechón del acto o de la opinión de alguna persona, decía con frecuencia:

—¡Bah! ¡Qué tontería!

Frechón afirmaba que poseía muchos recursos para ganar dinero.

—¡Si supieran los giros que tengo yo todos los meses!—decía con orgullo.

El misántropo era al mismo tiempo fantástico y petulante, escéptico y de cándida credulidad. Es muy difícil en el escepticismo llegar a no creer ni en lo bueno ni en lo malo. La mayoría de los escépticos se contentan con no creer en lo bueno, y el escepticismo verdadero estaría en no creer ni en lo bueno ni en lo malo.

Frechón vivía pensando fantasías; había en él una tendencia marcada por lo secreto, por lo misterioso, tendencia que se aumentaba con la bebida; el misántropo tenía mucha afición al vino y a los licores.

Su mundo era un mundo extraño, diferente al de los demás. El se consideraba viejo, y una de sus manías era hablar de su vejez.

—A un hombre viejo como yo no se le engaña—decía con frecuencia—. Los viejos como yo saben lo que se hacen.

Al parecer, la idea de ser viejo le encantaba a Frechón grandemente. Sentía el misántropo gran desprecio por su juventud; le parecía que los hombres jóvenes no servían para nada.

Frechón gozaba mucho con el espionaje. Había nacido con una inclinación nativa para espiar. El descubrir un misterio constituía para él una delicia. En un pueblo como Bayona, en donde se urdían muchas intrigas políticas y se hacían negocios de suministros militares y de contrabando, Frechón vivía como el pez en el agua. Espiaba a los franceses y a los españoles, a los carlistas y a los liberales, a los aduaneros y a los contrabandistas.

—¡Bah! Ya sé yo lo que hace ese.

—¡Bah! Ya sé yo quién es el amante de esa mujer.

Para todo tenía el misántropo un ¡bah! desdeñoso y de superioridad. El viejo Frechón, como se llamaba a sí mismo, había pasado muchas noches en la esquina de una calle aguantando el frío de la noche o tendido en el campo recibiendo la lluvia para averiguar alguna cosa que, después de todo, no le importaba nada.

Hacer un agujero en la pared y espiar lo que pasaba en una habitación inmediata, aunque no ocurriera en ella nada de particular, le parecía una maravilla de interés.

La guerra civil de España le daba muchos motivos de espionaje y de intrigas.

Otro placer para él delicioso, lleno sin duda de matices agradables, era el escribir anónimos. Se procuraba así una de sus mayores satisfacciones. Dominaba la técnica del anónimo, la tenía muy bien estudiada; sabía por qué indicios se podría descubrir al autor, sabía el sistema para no dejar rastros, y en su casa guardaba papeles traídos de fuera y sacados de varias partes.

Llegaba a disfrutar así de la más dulce impunidad; pensar que no había manera de descubrirle y que podía, además, sugerir la idea de que era otro el autor del anónimo.

Frechón era envidioso; su mayor placer hubiera sido quitar el dinero a ciertas gentes y, al dejarles en la miseria, hacerles una mueca de burla.

Frechón vivía con su hermana, solterona de muy mal carácter y muy rencorosa.

Al misántropo le gustaba Manón y la miraba siempre con ojos de ogro, pero ella le despreciaba profundamente.

La jugada de Chipiteguy con las custodias y las cruces de Pamplona colmó la medida de rabia de Frechón.

Frechón, desde que había vuelto a Bayona, estaba furioso contra Chipiteguy.

El misántropo disimuló, se mostró amable con el viejo, sonsacó lo que pudo a Alvarito y a Claquemain y fué a visitar por segunda vez a Gamboa.

El cónsul de España estaba indignado contra Chipiteguy, pero no quería confesar lo ocurrido y repetía siempre que él no había hecho encargo alguno al chatarrero.

Frechón se pasaba horas y horas pensando en preparar una celada al viejo, paseando por la tienda como un lobo en la jaula y haciendo crujir sus falanges. Se le ocurrió también que Alvarito le estorbaba y le escribió dos anónimos amenazándole.

Otra vez hizo que Claquemain se disfrazara con el traje del Asesino y apareciera por la ventana de la reja que daba al patio donde trabajaba Alvarito. Este tuvo un momento de serenidad; comprendió la farsa, fué a la cueva y cerró la puerta con llave. Al poco tiempo Claquemain tuvo que llamar.

Dos días después Alvarito recibió una carta que decía:

"Si no te vas inmediatamente de esta casa, morirás.—El Asesino."

Alvarito tuvo la suficiente presencia de espíritu para no decir nada a nadie. Ya comprendió de dónde venía la amenaza. Alvaro veía con asombro que a él le producían más terror los peligros imaginarios que los reales. Ante éstos conservaba la sangre fría y no se le iba la cabeza.

III LA TERTULIA DE MADAMA LISSAGARAY

La madre de Rosa, la señora de Lissagaray, simpatizó mucho con Alvarito y le invitó a que fuera todos los domingos a pasar la tarde a la tertulia que celebraba en su casa. Podía llevar, si quería, a su hermana Dolores.

La reunión de Lissagaray tenía fama en Bayona de ser casi una agencia de matrimonios; iba a ella mucha gente joven.

La señora de Lissagaray, viuda y dueña del bazar de los Arcos, el Paraíso Terrenal, esperaba casar a su hija; necesitaba a un hombre al frente de su negocio. Para que la muchacha conociese algunos jóvenes y fuese conocida, recibía a sus amigos los domingos por la tarde.

A esta tertulia acudía casi siempre Manón y comenzó también a ir Alvarito y su hermana Dolores. En la reunión se jugaba a varios juegos, sobre todo al wisth, y se conversaba.

Se hablaba entre las personas serias de lo que ocurría en Bayona, de la política del gobierno de Luis Felipe, de la guerra carlista y de la protección que dispensaba a los liberales españoles el general Harispe, cosa que a la mayoría no parecía bien. Madama Lissagaray tenía que estar siempre atenta para no dejar languidecer la charla y para impedir también que algún jovencito o alguna muchachita hicieran una inconveniencia. Las señoras llevaban a la tertulia labores de ganchillo o de aguja. Los jóvenes tocaban el piano, cantaban, bailaban y se discutían los libros de Walter Scott, Chateubriand y del vizconde de Arlincourt. Los que estaban más a la moda hablaban de Balzac, de Dumas y de Jorge Sand.

Algunos días señalados del año había baile. Se bailaba la contradanza o "quadrille", los lanceros y el vals. Todavía no había comenzado el furor de la polca.

Varios tipos curiosos asistían a la tertulia, españoles y franceses.

De los españoles, Aviraneta iba con frecuencia a enterarse de lo que se decía en Bayona por los carlistas acerca de la guerra. Había corrido la voz de que era masón y todo el mundo lo repetía, pero como era hombre amable se le perdonaba.

Otro español, tertuliano asiduo, era un tal don Ramón, emigrado carlista, hombre de alguna fortuna, que mataba sus ocios poniendo letra española a las canciones francesas y regalándolas a los amigos. Su mujer las solía cantar, acompañándose de la guitarra.

Con las adaptaciones suyas las canciones tomaban en castellano un aire falso y romántico muy curioso.

Entre las damas de la tertulia llamaba la atención la señorita María de Taboada, española carlista, de aire decidido, de quien se decía estaba para casarse con el general de don Carlos, don Bruno Villareal.

María Luisa, en esta época, servía de institutriz en casa de una familia francesa en una finca de los alrededores de Bayona. María Luisa había venido varias veces a la tertulia de madama Lissagaray en compañía de don Eugenio de Aviraneta y dos o tres veces con don Pedro Leguía.

Frecuentaba también la tertulia una señora española carlista, doña Tecla, amiga de doña Jacinta Pérez de Soñanes (alias "la Obispa"). Doña Tecla llevaba una enorme peluca negra y tenía una gran suficiencia y una pedantería. Era una definidora de lo que se podía hacer y de lo que no se podía hacer. Todo, según ella, estaba legislado, y la que tenía la clave de las verdades era ella. Esta Tecla daba la nota verdadera, el lá del diapasón. Era el árbitro de las buenas costumbres y de las buenas formas.

Una señorita de la reunión muy distinguida era Paquerette Recur, damisela de unos treinta años, delgada, sonriente, vestida siempre con trajes vaporosos.

La señorita Recur, muy amable, muy graciosa, tenía una cara un poco vaga, que a veces parecía bonita y a veces no. Había estado dos a tres veces a punto de casarse; pero, sin duda, le faltaba la decisión y tenía miedo al matrimonio.

A Alvaro le recordaba la figura de cera a la cual Chipiteguy y él llamaban la Bella Inglesa.

Paquerette era, al decir de la gente, muy sentimental y un tanto novelera, y había huido siempre de los matrimonios de conveniencia, porque tenía la ilusión de casarse enamorada.

Dolores y Rosa se hicieron muy amigas de Paquerette y recibieron sus confidencias.

Por aquel entonces la señorita Recur tenía gran amistad sentimental con Marcelo, el sobrino de Chipiteguy y tío de Manón.

Marcelo era un hombre rubio, sonriente, de treinta y cinco a cuarenta años, viudo y sin hijos. Había estado casado con una mujer de carácter un tanto agrio, según se decía.

Marcelo era ingeniero mecánico y tenía muchas ideas, algunas muy luminosas, pero no ganaba dinero. Se le veía constantemente con el traje arrugado y las manos manchadas, con las uñas quemadas por los ácidos.

Chipiteguy le acogía bien, porque notaba que Marcelo no aspiraba a su herencia; Manón bromeaba mucho con él por motivo de la señorita Recur.

Alvarito se hizo amigo de Marcelo y éste le explicaba sus ideas y sus proyectos.

El mecánico soñaba en industrializar el mundo, en aprovechar los saltos de agua, la fuerza del mar y hasta la del sol.

Suponía, equivocadamente, que el período de industrializar la tierra llegaría en veinte o treinta años.

Mientras soñaba, el dinero pasaba a su lado y él no podía darle el alto. En su casa se le veía a Marcelo haciendo planos sobre una mesa de cocina, fumando, con el tiralíneas o el compás en la mano o analizando algo en un tubo de ensayo.

La madre de Marcelo se incomodaba mucho con él; pero si alguien hablaba mal de su hijo, le defendía con energía y decía que la gente no podía entenderle por ser él demasiado inteligente para tratar con individuos torpes y toscos. La gente de Bayona, según ella, no comprendía más que el comercio con sus socaliñas, como los judíos, y Marcelo era un sabio, un inventor.

El idilio entre el mecánico y la señorita Recur hacía sonreír a los tertulianos de Madama Lissagaray, pero había algunos y algunas que no lo miraban con simpatía.

Una de éstas era la señorita Verónica Bizot, que hacía con su tipo, duro y agrio, un gran contraste con la gracia aniñada y vaporosa de Paquerette.

La señorita Bizot era una solterona, de cuarenta a cincuenta años, que daba miedo por su gesto siniestro y su personalidad agresiva.

La señorita Bizot, que había sido inquilina de la casa que pertenecía a Madama Lissagaray, era alta, desgarbada, cetrina, con cara de hombre, nariz fuertemente pronunciada y ojos claros, opacos y burlones. Cubría su cabeza, ya calva, con una peluca rubia y tenía unos lunares con cerdas en el labio.

La Bizot era mujer de perversa intención, que decía frases incisivas siempre que podía y ponía motes sangrientos. La recibían en las casas por miedo a su lengua mordaz. La señora de Lissagaray era de las que más le temían.

La Bizot derivaba, quizá por sus malos instintos, al erotismo. Vivía en una casucha de la calle de la Carnicería Vieja, desde donde se veían los grandes olmos de la muralla.

La Bizot contaba que por la parte de atrás de su casa había una ventana que caía a otra calle, enfrente de una casa de prostitución que daba al Rempart Lachepaillet, y se pasaba horas y horas desde su observatorio para ver lo que ocurría en el burdel.

Iba también a un caserío en donde había un toro padre, a ver cuando llevaban a las vacas a cubrirlas. Probablemente sentía no ser vaca. La Bizot había vivido, según se explicaba, de manera satírica, con una tía suya que debía parecerse a ella en su mala intención, a la que odiaba profundamente.

Durante años y años, tía y sobrina se hicieron guerra a muerte. Vivían juntas, porque no tenían medios para vivir separadas.

Llegaron en su odio a echarse una a otra tierra en el chocolate y acíbar en el vino. Si la una tenía plantas en el balcón, la otra las regaba con agua caliente para que se murieran. Llegó la sobrina a echar pulgas en la cama de su tía.

La Bizot era una mujer sádica, y a las muchachas pequeñas que tenía de criadas, y a las que no les daba casi salario, las pegaba y llenaba los brazos de cardenales.

Le roía a la solterona la rabia de su fealdad, de su inutilidad en la vida, el no haber podido ilusionar a nadie. Unicamente parece que había tenido algunos éxitos por carta exponiendo sentimientos románticos. Por las demás mujeres sentía un odio felino.

La Bizot no tenía más que una renta pequeñísima, de unos seiscientos francos al año, y vivía haciendo combinaciones, comiendo fuera de casa y a veces casi sin comer.

La Bizot, que no sentía simpatía por nadie, tenía que fingir amabilidad, interés por las gentes. Desde hacía algún tiempo estaba en relaciones de gran intimidad con una muchacha vecina suya, de vida un tanto alegre, con quien comía con frecuencia. Esta muchacha, a quien llamaban Nené, explotaba a unos viejos amantes. El padre de Nené se aprovechaba de la prostitución de su hija y pasaba la vida sonriente y tranquilo.

La Bizot era muy amiga de Nené, y la defendía y la aconsejaba. Había visto, desde hacía ya tiempo, la marcha que llevaba la muchacha, y con esa constancia de la solterona y de la gente del rincón provinciano, la esperó como el cazador a su presa. La Nené era de un impudor tranquilo, una cortesana; pero la Bizot aseguraba en todas partes que lo que se contaba de ella era falso y calumnioso.

La Nené no tenía nada de loca ni de casquivana. Era tranquila como una vaca, sin pudor; engordaba, salía poco de casa, no derrochaba y era trabajadora. Se vestía bien y solía ir a Biarritz y a San Juan de Luz, donde tenía citas con burgueses ricos de la ciudad.

El viejo, el padre, se entendía con una criada. La vida de Nené y de su padre daban mucho que hablar. Un vecino relojero, que tenía la tienda en la calle de los Vascos, decía que había días que se habían reunido los señores que visitaban a Nené, y que uno de ellos había dicho, parodiando la frase de Napoleón en Egipto: "Desde el fondo de estas butacas cuarenta siglos os contemplan".

La Nené, aconsejada por la Bizot, guardaba dinero. La Bizot hubiera querido explotarla, pero ella y su padre defendían los cuartos con energía. Cuando jugaban a cartas la solterona y la muchacha entretenida, luchaban por arrancarse un céntimo horas y horas.

Lo único que solía sacar la Bizot de la casa era la comida.

La Nené sabía muy bien colocar su capital en rentas sólidas y parte en la usura. Esta ciencia práctica parece que le venía de su madre, que era hija de un judío.

La casa de la Nené tenía un aire respetable y elegante. La hetaira bayonesa se vestía con una elegancia que seducía a sus amantes, hablaba y discutía de cuestiones de literatura y jugaba. Ella les ganaba a los viejos contertulios en el whist, porque era lista para el juego y hacía trampas.

La Nené tenía formas y maneras de hablar que los viejos viciosos y crapulosos del comercio que la visitaban encontraban muy distinguidas.

La Nené, a pesar de ser desconfiada y maliciosa, creía en las adivinadoras y echadoras de cartas y solía ir con frecuencia, en compañía de la Bizot, a casa de una cartomántica.

Esta cartomántica, madama Canis, había sido comadrona y vivía en la calle de la Torre de Sáult, en una casa negra, cerca de un torreón de la antigua muralla.

Madama Canis era una mujer aventurera, casada dos o tres veces, celestina, comadrona y, según las malas lenguas, proveedora de angelitos para el cielo o, por lo menos, para el inseguro limbo.

Se decía que mientras fué comadrona una de las preguntas de ritual que hacía a la cliente o al que la acompañara era ésta:

—¿Debe vivir o no la criatura?

Alguna vez tuvo un descuido y fué a la cárcel y le impidieron continuar el oficio.

En casa de madama Lissagaray, la Bizot solía hacer casi siempre de buzona. Satirizaba a la gente, la imitaba, la caricaturizaba, con una intención y un fondo de mala sangre disimulado.

Todos los contertulios de madama Lissagaray habían sido parodiados por la solterona, naturalmente, cuando no estaban ellos delante. Imitaba también con mucha exactitud a Patrich, el sepulturero, y a Moisés Panighettus, que vivían en su misma calle; a Chipiteguy y a sus dos criados, Quintín y Claquemain.

A Alvarito le chocaba por debajo de la cortesía la malevolencia de las gentes. Se extrañaba de que no hubiera afecto entre aquellas personas. Casi todo el mundo se odiaba. ¿Sería esta frialdad general en la vida?

A él le hubiera gustado tener amor, simpatía por los otros, y que su amor y su simpatía le hubieran sido devueltos por los demás; pero, al parecer, tal amor recíproco era imposible. La gente, la mayoría que le rodeaba, era indiferente, hostil y socarrona. De ahí el gran afecto que iba tomando a Chipiteguy, que se mostraba con él amable y efusivo...

Hubo día que la tertulia de madama Lissagaray fué un plantel de mujeres guapas. Estaban la condesa de Hervilly, una belleza rubia, con la señora de Vargas, morena, de un tipo clásico; María de Taboada, con su aire caprichoso y extraño; Paquerette Revur, como una figurita de porcelana; Rosa con su tipo de mujer meridional, y Manón, rubia, alegre y alocada.

Entre ellas mariposeaban algunos jóvenes tenientes, algunos dandys, el vizconde Saint-Paul y el caballero de Montgaillard, que era de los que tenían más éxito.

Alvarito había estado durante mucho tiempo pendiente de que el caballero de Montgaillard hiciese la corte a Manón; todo lo hacía pensar así; pero de pronto entre el joven y la muchacha se manifestó una gran hostilidad, y el elegante apareció como satélite de la condesa de Hervilly.

—Es un imbécil—dijo Manón con una rotundidad muy suya—; cree que todo el mundo, empezando por las mujeres, deben tener las condiciones que a él le faltan de bondad, de generosidad y demás. ¡Que se vaya al diablo!

A su vez el caballero parece que dijo repetidas veces:

—¡Qué malas son las mujeres! ¿Por qué serán tan malas?

El caballero se puso a cortejar a la condesa de Hervilly.

Montgaillard, en el poco tiempo que llevaba en Bayona, se había hecho conocido de todos. Se le veía con frecuencia con el marqués de Lalande y con el príncipe de Lichnowsky. Se aseguró que tenía una misión secreta dentro del carlismo.

Alvarito pensó que Manón había conocido a Montgaillard en seguida. Era una mujer tan inteligente que no se le podía escapar nada.

La superioridad de Manón se manifestaba en todos los órdenes de la vida, según el joven Sánchez de Mendoza. El se reconocía muy inferior a su lado; Manón aprendía con facilidad las lenguas; Alvarito era muy torpe; Manón tenía mucho sentido musical; en cambio, Alvarito carecía por completo de él y tardaba en coger una canción cualquiera y no sabía tararear bien el Himno de Riego o la Marsellesa.

Manón cogía al vuelo todas las canciones que oía con rapidez extraordinaria; las tocaba en seguida al piano y las tarareaba, dándolas mucho aire, pero no quería estudiar.

—Yo únicamente estudiaría—solía decir desdeñosamente—si me oyesen y me aplaudiesen; pero, para que me oigan mi tía María y la Tomascha, no vale la pena.

Alvarito se entristecía pensando en esto. ¿Cómo conquistar aquella muchacha caprichosa, independiente y llena de seducciones? ¿Cómo convertir la mujer de lujo en una mujer de hogar? El convenía en su fuero interno que no podía competir con ella en nada.

Desde que había reñido con el caballero de Montgaillard, Manón escuchaba a Alvarito con más atención y le manifestaba mayor amistad.

Manón le prestó los libros de Walter Scott, que tenía en una colección encuadernada y con láminas. Alvarito encontraba a Manón en las heroínas de todas las novelas del autor escocés. Era Diana Vernon, de Rob Roy; Mina y Brenda, del Pirata; Julia, de Guy Mannering; Edith, de Los Puritanos de Escocia; Lady Rowena, de Ivanhoe, y Amy Robsart, de Kenilworth.

Algunas tardes de otoño Alvarito acompañaba a Manón y era muy feliz. Tenía la andre Mari, una señora pariente que vivía en la calle de la Torre de Sáult. A veces, las tardes de invierno, iba Manón a la casa de visita. Como el sitio era extraviado, Chipiteguy le enviaba a Alvaro a acompañarla.

Cuando iban a media tarde, llegaban a la Puerta de España, donde se amontonaban coches de alquiler de todas clases y salían al campo. Otras veces marchaban por la muralla viendo los glacis verdes, con sus cañones y sus morteros, y las viejas torres del antiguo muro galo romano.

De noche, a la vuelta, se metían por las calles negras y desiertas, iluminadas por algún lejano farol colgado de una cuerda y luchaban contra las ráfagas de aire encajonado que silbaba en las esquinas.

Manón se agarraba del brazo de Alvarito, y así iban, riendo de la fuerza del viento, hasta llegar a la plaza del Reducto.

Hablaban los dos de su vida anterior, de su familia, de los recuerdos de la infancia.

Ella le preguntaba mil cosas; quería saber cómo había vivido antes.

No le gustaba a Alvarito que Manón fuera a su casa, para que no viera aquellos pobres muebles ridículos que ellos tenían; pero a Manón la pobreza no le importaba. No le parecía una inferioridad, ni mucho menos, sino un estado, que podía ser pasajero o no, pero que no tenía nada que ver con la dignidad.

Manón y Alvaro no estaban conformes en nada. Cuando Alvarito decía que él era monárquico y católico, ella afirmaba con petulancia que era jacobina y librepensadora. Cuando él decía que era español y patriota, ella replicaba que no se sentía francesa, sino vasca, y que tenía sangre de brujos.

Aquel carácter voluntarioso, de una exuberancia y de una espontaneidad grandes, no podía acordarse con un temperamento más calmado, más inquieto, como el de Alvarito.

Alvarito estaba cada vez más enamorado de ella.

Manón era coqueta y le halagaba el hacer conquistas. Le hablaba mucho a Alvarito, le consultaba, y algunas veces condescendía a tocar el piano sólo para él.

A veces él la tenía odio, como cuando Manón decía a su tía María con dulzura:

—No quiero estar en casa. Me aburro con vosotras.

En general, él la encontraba en un plano más alto. Alvarito reconocía que esto no dependía de sus medios de fortuna; que la superioridad de la nieta de Chipiteguy no estaba en circunstancias exteriores, sino en la personalidad.

Manón tenía más energía, más vida; pero él, en cambio, era más perseverante, más fiel.

Manón tenía, indudablemente, una gran vitalidad. Era como una planta lozana, llena de savia; en cambio, él no: era una organización más pobre.

Con Rosa, Alvarito se encontraba al mismo nivel; quizá a veces se sentía superior. Rosa no tenía condiciones para las artes; ni la música, ni la literatura le entusiasmaban.

Decía que sí, que le gustaba mucho; pero lo decía porque no se atrevía a ser sincera. Le faltaba principalmente intuición. Los juicios suyos dependían de lo que oía alrededor.

Rosa tenía una gran timidez. En la tertulia de su madre se le veía muchas veces ruborizarse por cualquier cosa y balbucear algo en confusión. Entonces era cuando estaba más guapa. La señora de Lissagaray sabía que su hija no era, ni mucho menos, tan brillante como Manón; pero esta inferioridad de su hija, para ella era una ventaja y no un inconveniente. Era indudable que para ser una burguesita casada con un comerciante no se necesitaba para nada ser original. Es más: esto casi era un inconveniente.

Manón y Rosa no estaban tampoco muy conformes en sus ideas y discutían sus respectivas opiniones; Manón, con imperio, y Rosa, con su manera tímida y apocada, aunque tenaz. Manón consideraba que el amor debía ser una cosa alegre y divertida y siempre nueva.

—No, no; nada de cosas serias, sino reír, cantar y coquetear.

En cambio, para Rosa el amor tenía otro carácter. Era la abnegación, el sacrificio, la fidelidad al ser amado.

—Hablas como un libro—decía Manón—; pero todo eso debe ser muy fastidioso.

Alvarito tenía también ideas caballerescas: la hidalguía, el respeto a la mujer, el no engañar, el sostener la palabra a toda costa eran sus dogmas.

Alvarito creía que aquellas ideas le venían a él por su abolengo aristocrático, tan exaltado por su padre, por la sangre de los Sánchez de Mendoza y de los Montemayor.

Esta creencia en la sangre noble, dictando las prácticas elevadas de la vida, era para él una religión, una especie de misticismo que le alentaba y le sostenía y le hubiera impedido cometer una vileza e impulsado a intentar una heroicidad.

Una vez, Alvarito y Manón hablaron largamente, al volver, de noche, de la casa de la pariente de la andre Mari, a donde iba Manón.

Se ocuparon de la manera de ser de uno y de otro, de los amigos y de las amigas. Manón no tenía entusiasmo por el matrimonio.

—Anularse ante un hombre—decía ella—, no me parece un ideal.

—Pero, ¿quién se anula? La mujer tiene sus ocupaciones—dijo Alvarito, que era profundamente conservador.

—¿A ti te gustaría tener una mujer y no vivir más que para ella?—le preguntó Manón.

—A mí, sí.

—¿Todas las horas, todos los días?

—Sí.

—¿Todos los minutos?

—Sí.

—¿No tener más pensamientos que para ella?

—Sí.

—¿No tener nada oculto?

—Nada.

—Pues, chico, a mí, no. Yo siempre quisiera tener libertad.

—¿Libertad? ¿De qué? ¿De ir y venir?

—No sólo de eso, sino libertad también de querer.

—¿De querer y de no querer?

—No; libertad de querer una vez más, otra vez menos; libertad de olvidar por momentos...

—Pero eso lo da la misma vida, creo yo; la edad, las ocupaciones...

Manón se echó a reír.

—¿Por qué te ríes?—preguntó Alvaro.

—Porque pareces un viejo; discurres demasiado bien.

—No tengo tu exuberancia; tú tienes más vida que yo y más talento.

—¡Bah!

—Sí. Todos lo notan. Pedro, el hermano de Morguy, dice que tú tienes una turbulencia insaciable y una versatilidad tal, que eres capaz de volver loco a cualquiera.

—¡Qué majadero!

—No; es verdad. Todos los demás somos más tranquilos que tú.

—Sí, mosquitas muertas, como dice mi abuelo. No hay que fiarse del agua mansa.

—¿No te fiarías de mí?

—Sí, sí. ¿Por qué no?

—Pedro supone que tú eres una mujer de lujo, pero no una mujer confortable.

—Y él, ¿qué es? Un imbécil.

Manón, sin duda, no le perdonaba al hermano de Morguy el no haber caído, como los demás, rendido a sus pies.

IV LAS PREOCUPACIONES DEL HIDALGO SÁNCHEZ DE MENDOZA

Mientras Alvarito y su hermana Dolores sostenían la casa y trabajaban, el uno llevando cuentas en el despacho mugriento y triste de Chipiteguy, la otra encorvada sobre el bastidor bordando para la Falcón, el padre de ambos, don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza y Montemayor se dedicaba a las labores propias de su condición de noble hidalgo, que consistían, principalmente, en no hacer nada y en divagar por los amenos campos de la política, de la genealogía y del blasón de los Sánchez de Mendoza.

La política le preocupaba a don Francisco Xavier. ¿Qué iba hacer él? Era un hombre importante. ¿Quién tiene la culpa? Es el Destino el que coloca a unos en las cimas y a otros en el fondo de los valles.

El hidalgo estaba convencido de que le perseguían los agentes del cónsul de España, los marotistas y los masones. Había una guerra a muerte entre la masonería y él.

El veía tipos sospechosos que se le acercaban en la calle; comprendía que se hacían signos masónicos en los cafés y que había señales en los balcones de las casas, con pañuelos de color, y de noche con luces. Todo esto lo sabía muy bien él, pero callaba.

Otra cosa que le preocupaba hondamente era el cargo de Alvarito en casa de Chipiteguy.

¿Después de haber sido su hijo empleado en una trapería, se podía cruzar caballero? ¿Podría pertenecer a las órdenes militares? Temía que no. Era algo terrible este empleo del chico en casa de Chipiteguy, en la tienda de un trapero y chatarrero, jacobino y masón por más señas; algo casi tan terrible como la barra de bastardía que aparecía ¡estaba probado! en la rama de los Pérez del Olmo, esta rama de los Olmos tan perturbadora. ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Qué diría su amigo el duque! ¡Qué diría el general! ¿Llegaría la noticia hasta don Carlos?

El señor Sánchez de Mendoza podía haber pensado que quizá si él hubiese trabajado, su hijo no hubiera tenido necesidad de entrar en la tienda de hierro viejo; pero, no, él nunca se dedicaría a un trabajo innoble, y los trabajos nobles no se presentaban. ¿Quién tenía la culpa?

La mujer de Sánchez de Mendoza, madre de Alvarito, pobre mujer flaca, triste, de color de limón, sin alegría alguna, con el convencimiento íntimo de que su vida no podía ser más que una serie de desdichas, larga tragedia obscura y dolorosa, escuchaba a su marido como a un oráculo.

Don Francisco Xavier la había convencido de que él era hombre importante y de que, además, la amparaba, tendiendo sobre sus hombros un manto protector. Al pensar algunas veces en esto, don Francisco Xavier extendía los brazos como si estuviera poniendo un manto y se figuraba, conmovido, que efectivamente amparaba a su mujer.

Como ésta solía tener mucha faena en la casa, el hidalgo se lavaba él mismo los pañuelos y los cuellos en la palangana, hacía que su hija los planchara, se ponía su sombrero chambergo y su capa y se marchaba a distraerse y a presumir con cierto aire de mosquetero; paseaba por delante de los escaparates de las calles céntricas, donde se estudiaba para ver su prestancia; miraba trabajar al relojero o al guarnicionero; saludaba a algunos dueños de tiendas de ultramarinos, zapaterías y lencerías de la calle de España, que eran carlistas, y compraba dos cuartos de tabaco en un cucurucho de papel de periódico, que ponía en seguida en una petaca de cuero con las armas de los Sánchez de Mendoza.

Compraba el tabaco en el Pequeño Suizo, que era café y estanco. Cuando tenía dinero se sentaba en una mesa a tomar café. El Pequeño Suizo tenía en el escaparate, entre pipas y eslabones, una figura de cera, un hombre con un gorro peludo, grande, de casaca azul con galones dorados, pantalones blancos, botas de montar, negras, y una pipa de barro muy larga en la mano derecha.

Era uno de los grandes placeres de Sánchez de Mendoza pasarse el tiempo en el Pequeño Suizo tomando café y hablando.

Los parroquianos del café eran criados, cocheros, mozos de cuadra, horteras y algunas muchachas que trabajaban en los almacenes, público que gustaba a Sánchez de Mendoza, que era aristócrata, quizá más en teoría que en la práctica.

Otro de los centros de reunión del hidalgo era la guitarrería del Sevillano.

El sevillano Juan Manuel Redondo era un hombre bajito, con aire de torero, que había dejado Córdoba, donde vivía últimamente por la malquerencia de los liberales, que habían creído que Juan Manuel había tenido relaciones con las tropas de Gómez.

Juan Manuel, después de su trabajo, solía sentarse con su blusa blanca y tocar y cantar con mucho arte.

Iban con frecuencia a oírle varios españoles y hubieran ido más si la mujer del Sevillano, una soriana dura, no los hubiera espantado, diciendo que su marido necesitaba trabajar. Al anochecer, la guitarrería tomaba un aire clásico andaluz. Un quinqué iluminaba la tienda, con el techo colgado de guitarras, bandurrias y laudes; en unas estanterías se veían las cuerdas y en un rincón el torno. En la guitarrería se solía hablar principalmente de España y alguna que otra vez de política.

A veces, don Francisco Xavier necesitaba cuidar más de su indumentaria para ir a visitar al obispo de León, llegado de Guethary; a su amigo el señor de Corpas, al marqués de Hautpoul o a monsieur Auguet de Saint Sylvain, y entonces la mujer dejaba un momento la cocina, o el harapo que estaba lavando o remendando; la hija abandonaba el bordado y entre las dos acicalaban al hidalgo.

El señor Sánchez de Mendoza iba también a la tertulia del periodista inglés Mitchell, que escribió, después del Convenio de Vergara, el folleto titulado El campo y la corte de don Carlos, donde se atacaba violentamente a Maroto.

Este Mitchell estaba casado con una española y se decía que era judío.

Cuando llegaba a Bayona el obispo de León, don Francisco Xavier era de los que se presentaban con más apresuramiento a besarle el anillo.

Sánchez de Mendoza se manifestaba antimarotista. El general Maroto le parecía un audaz revolucionario, enemigo del trono y del altar, de este trono y de este altar que debían ser intangibles, inmaculados para todo buen monárquico y católico. Esto de intangible e inmaculado lo decía el hidalgo con una voz un poco lacrimosa.

Don Francisco Xavier no tenía muchas ocupaciones; sus dos talentos principales consistían en escribir con una letra estilo Iturzaeta y en calcar escudos y después pintarlos a la acuarela. No los hacía muy bien; pero como cobraba poco, a peseta y a dos pesetas cada uno, poniendo él la cartulina, sacaba algún dinero, dinero que naturalmente no entregaba en su casa, sino que se lo gastaba en el Pequeño Suizo.

Alvarito y Dolores sostenían la familia. Dolores trabajaba para la tienda de antigüedades de la Falcón; había aprendido a componer bordados antiguos, a imitarlos y a hacer escudos. Combinaba, con mucho arte, el punto de Venecia, el de Alenzón y el de aguja, y ganaba seis y siete francos al día. Trabajaba también algo para fuera y la señorita de Taboada le había recomendado a familias legitimistas francesas, que pagaban su trabajo con esplendidez.

A pesar de este bienestar, que iba llegando paulatinamente a su casa, el señor don Francisco Xavier no estaba contento con la posición de sus hijos. ¡Dolores, bordando para fuera! ¡Alvarito, en una tienda de hierro viejo!

¡Qué dirían los antiguos Sánchez de Mendoza si vieran a sus descendientes ocupados en tan viles menesteres! ¡Qué dirían los Montemayor y los Porras! ¡Cómo temblarían sus huesos de vergüenza y de indignación en los viejos sarcófagos, ornamentados por los artistas de la Edad Media en los silenciosos claustros de las catedrales!

Aquella preocupación y el hallazgo de la barra de bastardía de los Pérez del Olmo, esta rama de olmo poco segura, amargaban los instantes del monárquico aristócrata.

Alvarito, aunque no con la misma intensidad de su padre, pensaba también en sus antepasados. Creía que éstos, desde sus tumbas frías, le exhortaban a ser leal, valiente y caballero.

Para Alvarito, aquellos Sánchez de Mendoza, que él se los figuraba pálidos y con armaduras de acero, eran tan reales como si de veras existiesen. Muchas veces, mientras paseaba por las orillas del Adour, pedía consejo a los viejos manes de su familia.

Pero si Alvarito seguía teniendo respeto por los antepasados, comenzaba a sentir cierto desdén por su padre, que iba en aumento. No lo podía remediar. Le era imposible. Por más que intentaba convencerse de que los hijos tenían que respetar a sus padres, este respeto se le desvanecía a la carrera.

El que el hidalgo viviese tranquilamente del trabajo de sus hijos, sobre todo de Dolores, como si fuera de una renta, le empezaba a molestar. No le importaba, no le preocupaba al hidalgo que la muchacha, débil, como era, se pasara las horas trabajando, inclinada en el bastidor; no era capaz de ahorrarle un poco de trabajo; al revés, le daba prisa, le hacía consideraciones sobre la premura de la obra.

El buen hidalgo tenía como el negociado de las frases, cosa que ya a Alvarito le producía un comienzo de indignación.

El señor Sánchez de Mendoza, que iba notando que su hijo le miraba con un aire interrogador, como preguntándole: "¿Y usted qué hace?", inventaba toda clase de mentiras. De un día a otro iba a comenzar a trabajar. Ese tiempo vago de un día a otro no llegaba nunca.

Hacia final de 1838 la campaña de los antimarotistas de Bayona se agudizó. El señor Sánchez de Mendoza, como antimarotista perspicuo, adquirió alguna importancia. Se dijo, por entonces, que la mujer de don Carlos, la princesa de Beira, se había convencido ya de que Maroto era un revolucionario, vendido a los masones y a los enemigos del sacrosanto trono, y del no menos sacrosanto altar, y que había reñido con él. El padre Cirilo de la Alameda, a quien los liberales impíos llamaban el padre Ciruelo, se decidió también a declarar la guerra a Maroto.

Los carlistas, y entre ellos nuestro hidalgo, que veían la política de su partido como una cuestión de servidumbre para el Señor, creyeron que la ruptura con Maroto iba a influír mucho en la marcha de la guerra; pero no fué así. Todos los ultrarrealistas, los puros, como se llamaban ellos, hablaban cada día con más odio de Maroto y con más entusiasmo de Cabrera, que era el héroe, el paladín por excelencia.

Nuestro Sánchez de Mendoza ponía los ojos en blanco al hablar del caudillo de Tortosa.

Aquellas palabras sonoras el paladín, el trono, el altar, los puros, le llenaban la cabeza de viento.

A pesar de todo, los manejos de los apostólicos no progresaban. El capuchino Casares, enviado por el obispo de León con cartas, en las que se intentaba desacreditar a Maroto, Villarreal y los suyos, fué detenido por los mismos carlistas y metido en la cárcel. El padre Larraga y el general Uranga volvieron del extranjero sin un cuarto.

V EL SECRETO DE SONIA VOLKONSKY

Las tertulias de madama Lissagaray siguieran animadas, aunque con algunas intermitencias. A mediados de otoño, el día de San Martín, hubo en su casa un baile de trajes. Casi todos los años por esta fecha solía celebrarse una gran reunión.

Las muchachas tenían muchas esperanzas en la fiesta. Morguy vendría vestida de pastorcita, a lo Watteau; Rosa, con un traje del Directorio, muy bonito; Manón decidió vestirse de húsar y ponerse bigotes postizos. Como tenía la seguridad de su belleza no le importaba afearse. Los días anteriores al baile, las amigas de casa de Rosa se pasaron el tiempo disfrazándose. A Manón le gustaba vestirse de chico y bailar con otras muchachas, haciendo de hombre.

Alvarito la contemplaba, maravillado de su animación y de su graciosa petulancia. A Alvaro le cosieron en casa un traje de pierrot.

El día de la fiesta acababa de vestirse Manón de húsar, con cuyo traje estaba guapísima, y Alvarito, de pierrot, cuando vinieron Morguy y Rosita, las dos de malísimo humor. Morguy tenía trazas de haber llorado.

—¿Qué os pasa?—les dijo Manón.

—Chica, que estamos hechas unos adefesios y no sabemos arreglarnos—contestó Morguy.

—¿Pues?

—¿No te parece que tengo la falda demasiado larga?

—Sí, sí; es indudable.

—Pues en casa todo el mundo empeñado en que no. Este traje mío es un mamarracho. Nuestras madres dicen que estamos bien y que ya no hay tiempo de cambiar.

Manón contempló a las dos amigas, una después de otra.

—Es verdad—dijo a Morguy—; tu falda está demasiado larga y el talle demasiado alto, y el peinado de Rosita y su capota están mal.

—¿Pero ya tendremos tiempo de cambiar?—preguntó Rosa.

—Sí. A ver, Alvarito—gritó Manón—. Dile a la Baschili que me traigan alfileres y una aguja.

Alvarito fué corriendo a traer los alfileres y la aguja. Manón se arrodilló delante de Morguy y descosió unas puntadas. Luego sujetó aquí y allá, bajó el talle del vestido y en una media hora arregló la falda admirablemente.

—Ahora date un poco de rojo en las mejillas y déjate unos rizos en la frente.

Morguy hizo lo que le decían y reconoció que había ganado muchísimo.

—Ahora tú—le dijo a Rosita—. Suéltate el pelo en seguida.

—Pero si me han dicho en casa que era así el peinado de la época.

—Pero eso es una tontería; tú no debes pretender ser un maniquí que tenga mucha exactitud histórica, sino buscar el estar más guapa.

—¡Naturalmente!—exclamó Morguy—. Es que esta chica es tonta. Es tonta. No comprende nada. Se lo he dicho mil veces.

Manón le quitó la capota a su prima y aligeró el sombrero arrancándole unos adornos.

Rosa cambió el peinado e hizo lo que le dijeron y se puso un poco de colorete en las mejillas.

—¿Cómo estoy?—preguntó Rosa a Alvarito.

—Muy bien, muy bien. Mucho mejor que antes.

—Bueno; pues vamos—exclamó Manón arreglándose rápidamente.

Se pusieron unos gabanes y capas encima y fueron a la calle.

—¡Chica, qué lástima que no seas húsar de veras!—dijo Morguy a Manón, agarrándole del brazo—. Estarías irresistible.

Alvarito se rió.

Entraron en casa de Lissagaray. El salón estaba ya lleno. Las tres amigas hicieron mucho efecto. Solamente podía competir con ellas Sonia Volkonsky, vestida de zíngara, con un traje de seda de colores, la falda corta, un pañuelo rojo a la cabeza, collares en la garganta, pulseras en los brazos y una pandereta en la mano.

Entre los hombres había algunos disfraces curiosos: Pedro D'Arthez iba con un muscadín del Directorio, con un traje elegantísimo; Montgaillard, de bandido napolitano; el vizconde de Saint Paul, de Arlequín; había también un chino y un negro, y el que daba la nota cómica era un herbolario de la vecindad de madama Lissagaray, Pascual Joliveau, que iba de Robinsón Crusoé. Robinsón Crusoé vestía un traje hecho de hojas de árbol, un sombrero y una sombrilla de lo mismo y un loro de verdad en el hombro.

Se hicieron muchos chistes a costa del herbolario; pero éste estaba satisfecho al ver que llamaba la atención.

Se bailó, se habló y se rió, y todo el mundo, en general, estuvo muy contento.

A los amigos les chocó que mientras Montgaillard se alejaba de Manón, el vizconde de Saint Paul se acercase a la muchacha y se pusiera a cortejarla.

El vizconde tenía el genio fuerte y hablaba poco. Había tomado el hábito de mostrarse frío e indiferente y ligeramente burlón.

El vizconde era hombre serio, guapo, un poco taciturno para su edad y nada amigo de charlar a tontas y a locas, como Montgaillard. Saint Paul tenía aplomo; probablemente se creía una gran cosa, y no se mortificaba ni se ofendía su amor propio con verse al lado de una mujer sin decir palabra. Quizá en un caso así creía que la culpa era de la que se hallaba a su lado y no la suya.

—El vizconde está muy bien—dijo Morguy a Manón—; pero será un amo para su mujer.

—¡Bah! No me preocupa. No me tengo que casar con él.

—¿Quién sabe?

Saint Paul y Montgaillard, amigos de la víspera, se miraron como rivales, con gran desprecio, y se manifestaron cada vez más hostiles. Manón bailó con varios jóvenes y, al pasar junto a un grupo, Montgaillard dijo una de las veces en voz alta:

—Estas mujeres que son capaces de estar tres o cuatro horas bailando no se diferencian mucho de las cocineras.

Ella le oyó y contestó:

—Los hombres que insultan a las mujeres no se diferencian mucho de los lacayos.

El joven Montgaillard enrojeció. Aviraneta había oído la frase de Manón y se levantó.

—¿Te han insultado?—dijo—. No lo permitiré yo.

—Gracias, don Eugenio—contestó ella, riendo—. Es una frase que hemos leído hoy en una novela y la repito.

Montgaillard miró con impertinencia a Aviraneta y éste se engalló, como en sus buenos tiempos, y contempló desdeñosamente al joven.

En uno de los descansos del baile, Montgaillard quiso obtener una explicación de Manón y la detuvo en el pasillo; pero ella le empujó violentamente con desprecio.

Aviraneta se sentó entre los señores viejos, un poco sorprendido de la impertinencia del muchacho. Vió que Manón era cortejada por Saint Paul y que Sonia, la condesa de Hervilly, hablaba mucho con el caballero de Montgaillard.

Se bailó una contradanza muy brillante y, al terminarla, madama Lissagaray avisó a sus invitados para que pasaran al comedor a tomar algo. En este momento la condesa de Hervilly se acercó a don Eugenio.

—Desconfíe usted de sus amigos, señor de Aviraneta—le dijo.

—¿Me va usted a decir la buenaventura, hermosa zíngara?

—Sí, el mejor día le van a dar a usted un disgusto. Quizá lo mejor que puede usted hacer es marcharse de aquí.

—¿Es eso serio?—preguntó él, asombrado—. ¿Qué quiere usted decir con eso, señora?

—Todos sus proyectos están conocidos.

—¿Es que usted se dedica a la política?

—No; es verdad que soy carlista, pero tengo otros motivos para tener odio contra usted.

—¡Odio! ¡Contra mí! Yo no la conozco a usted.

—Pues yo sí le conozco a usted.

—¿A mí?

—Sí.

—¿Es una broma?

—No.

—Entonces, eso merece una explicación.

—No aquí.

—En el hotel, si quiere usted. Cuando le parezca.

—Dentro de una hora estaré allí.

—Muy bien.

—Vaya usted a mi cuarto. Le esperaré.

-¿Qué podía ser esto?—pensó Aviraneta—. ¿Qué podía haber de común entre aquella mujer y él?

Aviraneta pasó al comedor, fué del comedor al salón, contempló como se bailaba y, cuando vió que la condesa de Hervilly se despedía, se levantó él al poco rato y se fué rápidamente a la fonda.

Entró en su cuarto, vaciló, se metió una pistola cargada en el bolsillo; luego se arrepintió y la dejó en el cajón de la mesa; bajó al primer piso, llamó en el cuarto de la condesa y, al oír que decían adelante, pasó adentro.

Estaba la condesa sentada en un sofá, todavía con su traje de zíngara. Llevaba unas joyas magníficas, unos brillantes en los dedos que lanzaban destellos de colores, unos brazaletes de oro con esmeraldas y un collar de perlas. Parecía algo como una sacerdotisa.

—Siéntese usted, don Eugenio—dijo ella.

Aviraneta se sentó.

Ante aquella belleza espléndida, el conspirador, viejo, flaco, pequeño, vestido de negro, parecía un cuervo.

—Estoy segura de que se encuentra usted intrigado con esta cita—exclamó ella.

—Es cierto.

—Y quizá asustado.

—No me conoce usted, condesa—replicó sonriendo, Aviraneta.

—¿No ha traído usted armas?

—¿Para qué? No creo que quiera usted batirse conmigo.

—Podía prepararle una emboscada.

—¡Bah, en un hotel! Ahora, si quiere usted decirme por qué me llama...

—Necesito oír una explicación de usted.

—Yo también necesito explicaciones.

—Usted conoció a mi padre en Méjico.

—¡Yo, a su padre!

—Sí.

—¿Cómo se llamaba?

—Ladislao Volkonsky.

—¿Es posible? ¿Usted es hija de Volkonsky?

—Sí; yo soy hija de Volkonsky y de Coral Miranda. De Coral Miranda, a quien usted calumnió.

—Es falso—gritó Aviraneta.

—Usted estorbó la boda.

—Es falso también.

En este momento entraron en el cuarto el conde de Hervilly y el caballero de Montgaillard.

Aviraneta se puso a la defensiva, desdeñoso y altivo.

—¿Qué gritos son esos?—preguntó el conde.

—No pasa nada, señores—dijo la condesa—. El señor Aviraneta se está explicando conmigo.

Los dos hombres contemplaron a don Eugenio y éste les miró de arriba a abajo con desdén.

—Váyanse ustedes—repitió la condesa.

Salieron los dos hombres, y Aviraneta, al verlos marchar siguió hablando.

—Sí—dijo—, Volkonsky fué amigo mío y yo le quería. Volkonsky no sabía que usted existiera. Además, Volkonsky quiso casarse con su madre. Ella fué la que no quiso, porque él era pobre.

—Miente usted—exclamó ella.

—No miento. ¿Qué interés puedo yo tener en mentir?

—Legitimar su conducta.

—¡Mi conducta! Está legitimada. Como digo, fué ella la que no se quiso casar con él. Ella era rica, de una familia orgullosa e influyente; él, aunque de una estirpe principesca de Polonia, no pasaba de ser un pobre aventurero en Méjico; ella fué la que no quiso unir su vida a la del polaco, y cuando su padre de usted se casó con una muchacha sencilla y modesta, su madre de usted le preparó una celada e hizo que le mataran y mandó cortarle la mano.

—Invenciones.

—No, verdades. Yo he visto la mano cortada. Yo he visto el cadáver de su padre en la finca de los Mirandas.

—Mi madre era una mujer angelical.

—Era una mujer diabólica y perversa.

—El diabólico y perverso es usted, Aviraneta. Se toda la verdad. Mi madre me contó toda la verdad.

—Cuente usted esa verdad para que yo pueda rebatirla.

—Mi madre me contó que había conocido a Volkonsky de niña y que la había seducido. Estando embarazada de mí, mi padre, Volkonsky, se hizo socio de varios españoles para explotar unas minas, y entonces un español, que le pretendía a mi madre, y a quien ella despreciaba, le habló a Volkonsky, le engañó, le dijo que ella había tenido amantes y, no contento con esto, lo asesinó y lo robó los planos de las minas. Ese español, ¿sabe usted quién era? Era usted, señor Aviraneta.

—Todo eso es un tejido de embustes, digno de la que los inventó—gritó Aviraneta—. Nada de eso es verdad. Mentira, todo mentira y mil veces mentira. Aún quedan en Méjico parientes y compañeros que recordarán aún la historia de Volkonsky. Les preguntaremos a ellos. Pero no hay necesidad. En Burdeos hay un comerciante español que vivió en Méjico en aquel tiempo, un tal Zangroniz. Le iremos a ver, le interrogaremos. El sabe la historia de Volkonsky y la mía... Pero ni aun eso es preciso, porque yo conservo cartas de Coral Miranda, que son de después de la muerte de Volkonsky.

—¿Usted conserva cartas de mi madre?

—Sí, y de su padre también—contestó Aviraneta excitado—. Ahora dígame usted cuándo, en dónde, ante qué testigos quiere que le enseñe esas cartas. ¿Usted es amiga del cónsul de España? ¿No es cierto?

—Sí.

-Muy bien. Dentro de tres días, ante el cónsul, le mostraré esas cartas; que vaya su esposo, el conde; yo llevaré otro testigo: ¿Usted tiene alguna carta de su madre?—preguntó don Eugenio.

—Sí.

—Llévela usted para cotejar la letra. Hasta entonces, tregua.

La condesa de Hervilly, muy pálida, murmuró:

—Muy bien. Hasta dentro de tres días.

Aviraneta, que estaba lívido, saludó maquinalmente y salió del cuarto.

Al día siguiente, Aviraneta estuvo en Bidart y cogió de su archivo un paquete de cartas.

Tres días después de la entrevista citó a la condesa en el Consulado.

La reunión fué fría y ceremoniosa; como testigos estuvieron el conde de Hervilly y el señor Mazarambros. La condesa se presentó a la hora señalada. Vestía un traje gris y llevaba su collar de perlas.

Aviraneta, ante el cónsul y los dos testigos, explicó de qué le acusaba la condesa a él, lenta y reposadamente.

—¿Es esto de lo que me acusa usted?—preguntó a la condesa, después de hacer la relación con toda clase de detalles.

—Sí.

—¿Ha traído usted alguna carta de su madre?

—Sí.

—¿Ustedes quieren cotejar si esta letra de las cartas que yo tengo es igual a la de las cartas que guarda la señora condesa?

Mazarambros, Hervilly y Gamboa cotejaron la letra. Era la misma.

—Ahora, léanlas ustedes en voz alta.

Al comenzar la lectura la emoción dejó una palidez profunda en Sonia, que le hacía más hermosa; los ojos, azules obscuros, brillaron con más resplandor, y sus manos temblaron. Luego, cuando pudo dominar la emoción, el rostro suyo se serenó, las mejillas tomaron su color y volvió a su aspecto normal.

Las cartas eran aplastantes. En dos de ellas, Coral Miranda aseguraba a su querido Eugenio que nunca había tenido amores, ni siquiera amistad, con Volkonsky; que el polaco era un miserable que había querido abusar de ella cuando era niña; que ella no sabía lo que había sido de Volkonsky y que le esperaba a Eugenio llena de ansiedad y de amor.

La condesa oyó, llorando, estas cartas.

—Es falso, falso—exclamó con rabia varias veces.

—No, no—le dijo su marido—; es verdad, no hay duda alguna.

—Ahora, si todavía queda duda—exclamó Aviraneta—, aquí guardo cartas de él, de Volkonsky. ¿Quieren ustedes verlas?

La condesa no contestó. El conde tomó una de las cartas y la leyó despacio y se la devolvió a don Eugenio.

—Mi querida—dijo a la condesa fríamente—, este asunto está resuelto. El señor Aviraneta ha sido calumniado. El señor Aviraneta es una persona honorable y hay que reconocerlo y darle una satisfacción.

—Todos estamos de acuerdo con las palabras que ha dicho el señor conde—repuso Gamboa.

Aviraneta se inclinó y al salir dijo a la condesa:

—Yo no pretendo, señora, que me conceda usted su amistad; fuí amigo de su padre, que era un corazón noble y generoso. Como digo, no pretendo su amistad; pero creo que no tiene usted derecho a tenerme odio.

—Fué usted enemigo de mi madre—murmuró la condesa, pálida y demudada—; para mí, eso basta.

Aviraneta había ganado la partida y salió de la sala del Consulado, pálido, sonriendo con una sonrisa irónica.

Durante algún tiempo la condesa de Hervilly no vió a Aviraneta. Ella y su marido cambiaron de hotel, lo que a don Eugenio alegró.

Al cabo de un par de meses la condesa volvió a aparecer en casa de madama Lissagaray. Aviraneta no la hablaba; pero ella se acercó a él.

—No crea usted que me he olvidado de lo que ha pasado entre nosotros dos.

—Lo comprendo—dijo don Eugenio.

—El que haya conocido usted a mi padre y a mi madre me atrae hacia usted. A mi padre no le he conocido; a mi madre la vi solamente tres veces en toda mi vida. ¿Era hermosa?

—Muy hermosa.

—¿Y usted no la quería? Porque si la hubiera usted querido hubiera usted perdonado todo.

—Qué quiere usted, condesa. Cuando yo estuve en Méjico era joven aún, pero no un muchacho enamoradizo. Había hecho seis años de guerra de la Independencia, había rodado por el mundo y estado varias veces a punto de ser fusilado. No era un doncel.

—Pero mi padre había hecho la guerra con Napoleón. ¿No?

—Cierto; pero él era hombre más ingenuo, más poeta, más niño.

—Más bueno que usted.

—Sí, seguramente más bueno que yo; no lo niego.

—Usted es implacable.

—Implacable, no.

—Sí, implacable.

—¿Y ella, no lo era? Me persiguió a mí, le persiguió a su padre con saña. Tenía ese fondo vengativo y rencoroso de los criollos. Odiaba a los españoles, como todos los Mirandas.

—Yo también los odio.

—¿Con motivo?

—Sí.

—¿Qué motivos puede usted tener?

—Las crueldades de los españoles con los indios.

—¡Bah! ¿Y quién las ha hecho? ¿Los españoles que se quedaron en España, o los españoles que fueron a América y se convirtieron en americanos? Estos últimos son los hijos de los conquistadores, de los que hicieron todo lo bueno y todo lo malo que los españoles han hecho en América. Es ridículo que ellos ahora se disfracen con la piel del indio... Perfectamente ridículo. Se avergüenzan de tener sangre de indios y quieren pasar como sus herederos.

—Ustedes han sido muy crueles.

—¿Y los yanquis no han hecho en plena época moderna y fríamente con los indios tantas barbaridades como los españoles? ¿Y los ingleses, que han exterminado razas enteras? ¿Y los franceses, que después de la revolución y de las monsergas de la libertad, igualdad y fraternidad han sido los mayores proveedores de carne negra en América? ¡Bah, yo me río de eso!

—Yo soy americana, y veo a los españoles como los enemigos de mi país.

—Es una preocupación. Toda esa epopeya americana de la Independencia es falsa.

—Es lo que les conviene decir a ustedes.

—No. Es la realidad. La independencia de América fué una guerra civil entre los españoles de las colonias y los españoles enviados por la Monarquía. Los indios, los verdaderamente americanos, eran los que no tomaban parte en la lucha. Es más: había un número casi siempre mayor de indios en los ejércitos realistas que en los republicanos. En la batalla de Ayacucho, por ejemplo, el número de indios era mayor entre los españoles que entre los americanos. A los indios, ¿qué les importaba la independencia? En el fondo no cambiaban más que de amo.

—No hablemos de política.

—Tiene usted razón. No hablemos de eso. Creo que habrá usted quedado convencida de que mi conducta con su madre no fué traidora ni infame. Si yo hubiera sido un aventurero, me hubiera casado con Coral Miranda. Ella era rica; yo, pobre.

—¡Es que no la quería usted! ¡Pobre madre! No sé si le perdonaré a usted, Aviraneta. No sé.

—Me olvidará usted, condesa. Usted tiene un gran porvenir por delante. Yo ya soy viejo y no creo ni pienso estorbarle a usted.

—Ya veremos.

El joven Montgaillard, al ver a la condesa hablando con don Eugenio, miraba a los dos con desconfianza. ¿Qué extraño capricho podía tener ella de conversar con aquel hombre sombrío y tétrico?

—Hay quien se siente celoso de que hable usted conmigo—dijo Aviraneta sonriendo.

La condesa contempló a su interlocutor atentamente y se levantó.

Al poco rato Alvarito se acercó a don Eugenio.

—Señor Aviraneta—le dijo.

—¿Qué ocurre?

—¿Quiere usted venir conmigo a casa de mi patrón?

—¿Qué pasa?

—Que Chipiteguy ha desaparecido.

Don Eugenio tomó su gabán y fué con Alvarito a la casa del Reducto.

Hacía ya un día entero que el viejo no aparecía por parte alguna.

Manón y Alvarito habían ido de acá para allá preguntando por el viejo. La andre Mari y la Tomascha se dedicaban a lamentarse y a decir que ellas ya habían previsto aquella desgracia.

Se preguntó en las cuadras de alquilar caballos, por si el trapero había tomado alguno para hacer compras por los alrededores; se fué a ver a Automendy, un alquilador de coches de la Puerta de España, conocido de Chipiteguy; se habló a todos los amigos del viejo. Nada dió resultado.

Al día siguiente se avisó a la policía.

La desaparición de Chipiteguy de la casa del Reducto produjo gran efecto entre sus conocidos.

Se habló de la masonería, de una sociedad secreta republicana que se llamaba las Estaciones, que quizá le había dado una comisión; hubo quien sacó a relucir a los jesuítas.

Pasaron días y más días y no hubo noticia alguna. Chipiteguy definitivamente había desaparecido.

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