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Las figuras de cera

SEGUNDA PARTE EL SIMANCAS

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I MANIOBRAS DE AVIRANETA

Aquí el autor tendría que comenzar esta parte pidiendo perdón a los manes de Aristóteles, porque va a dejar a un lado, en su novela, las tres célebres unidades: tiempo, lugar y acción, respetables como tres abadesas o tres damas de palacio con sus almohadas y sus colchas correspondientes. El autor va a seguir su relato y a marchar a campo traviesa, haciendo una trenza, más o menos hábil, con un ramal histórico y otros novelescos. ¡Qué diablo! Está uno metido en las encrucijadas de una larga novela histórica y tiene uno que llevar del ramal a su narración hasta el fin.

Iremos, pues, así mal que bien, unas veces tropezando en los matorrales de la fantasía, y otras, hundiéndonos en el pantano de la historia.

Antes de los acontecimientos sangrientos de Estella, en donde perdieron la vida cuatro generales carlistas, había Aviraneta comenzado a organizar su acción contra el carlismo y a hacer propaganda en favor de la paz, sobre todo en Guipúzcoa.

Encargó la dirección de la empresa en esta provincia a su primo don Lorenzo de Alzate, a Orbegozo y al jefe político Amilibia, los tres de San Sebastián, que se pusieron a trabajar con actividad en la línea de Hernani y de Andoain.

La primera noticia que tuvo Aviraneta de la escisión que se iba produciendo en el carlismo le vino de la Corte. Se enteró de que en Madrid, frente a las Covachuelas, en una tienda de tiradores y galones, vivía una viuda, que se había vuelto a casar con un coronel carlista, llamado Calcena, hombre muy activo, de armas tomar, amigo de Cabrera, y que mantenía correspondencia con el general Aldasoro, que habitaba en Bayona.

Este Calcena era un aventurero, un bandido que había estado mucho tiempo en América de militar y de jugador de ventaja.

Aviraneta indicó al ministro Pita Pizarro la utilidad de violar la correspondencia de Calcena y por ésta se supo los preparativos que hacían los amigos de Arias Teijeiro para deshacerse de Maroto.

La escisión estuvo oculta, para los carlistas, durante bastante tiempo, hasta que estalló y se hizo pública con los fusilamientos de Estella.

Como estos fusilamientos dejaban triunfantes a Maroto y a sus amigos, es decir, daban la victoria a los moderados del carlismo sobre los absolutistas, Aviraneta indicó al Gobierno de Madrid la táctica que debía seguir, resumida en estos consejos: primero, intentar promover disensiones entre los marotistas que formaban el grupo moderado militar, por entonces fuerte y compacto; segundo, apoyar por debajo de cuerda a los absolutistas teocráticos e intransigentes para que atacaran a los marotistas, y tercero, impedir que los carlistas, partidarios de la transacción, se entendieran con los cristinos, de tendencias parecidas, pensamiento que era el que llevaba interiormente el padre Cirilo y la princesa de Beira.

A pesar de todas sus alharacas, la facción absolutista y teocrática sucumbió tan completamente a los golpes de Maroto, por la inercia de sus jefes y la cobardía de don Carlos, que todos los esfuerzos para reanimar el partido de los puros, así se llamaban ellos a sí mismos, y hacer que volvieran a la pelea contra los marotistas fueron inútiles. Los hombres más importantes de la facción apostólica aceptaron la derrota y la humillación, convencidos de que su causa estaba perdida.

Los absolutistas puros doblaron la cabeza. No se podía contar con ellos.

Por esta época, don Eugenio redactó y mandó imprimir una proclama falsa, dirigida a los navarros y firmada por el capuchino fray Ignacio de Larraga, confesor de don Carlos y uno de los expulsados después de los fusilamientos de Estella. Este padre Larraga, Pico de Oro, según los baztaneses, era un fraile un tanto grotesco. De confesor del duque de Granada, que era un viejo beato, lleno de escrúpulos religiosos, que rezaba a todas horas, en todos los rincones, había pasado a ser confesor de don Carlos, sustituyendo a don Pedro Ratón. Se decía que Larraga, en el sitio de Zubiri, y el general Ros de Olano lo confirmaba, había avanzado hacia los cristinos y les había echado una plática pedantesca, en medio de la cual, de cuando en cuando, decía con voz tonante: "Ego sum Pater Larraga secundum Apostolorum."

En la falsa proclama de Aviraneta, atribuída a Larraga, se aseguraba que Maroto y sus compañeros estaban vendidos a los liberales, que era lo mismo que estar vendidos al demonio.

La alocución apócrifa terminaba así: "¡Viva la Religión! ¡Viva Navarra y sus voluntarios!"

Por entonces también escribió Aviraneta un papel que, traducido al vascuence, corrió mucho por las provincias. Era la carta fingida que escribía un labrador vascongado a un hojalatero, en la cual se intentaba sembrar la cizaña entre vascos y castellanos.

En esta carta se hacía la historia de cómo había empezado la guerra, y se echaba la culpa de la falta del éxito a los castellanos, flojos y poltrones, que para andar unas leguas necesitaban macho o burro.

Después de otras explicaciones, maliciosas para el vulgo, se aseguraba que los vascongados ansiaban la paz, y terminaba la carta con este refrán:

Naguia bada astoa emayoc astazayari eroa, edo astoa illa danean, garagarra buztanean.

lo que quería decir que: "Al burro lerdo hay que darle arriero loco, y al asno muerto, la cebada al rabo."

De aquellas hojas, en vascuence, se introdujeron muchas en el campo carlista.

Recomendó también Aviraneta a sus comisionados de la línea de Hernani y de Andoain que mandaran poner tabernas y merenderos en los alrededores y que dejasen pasar sin dificultad hacia el campamento carlista a las chicas que quisieran ver a sus novios o a sus parientes.

De esta manera comenzaron a entablarse relaciones entre los de un campo y los de otro, y corrió por las filas carlistas esa idea, casi siempre precursora del abandono de una causa, la idea de que se estaban haciendo componendas, a espaldas del ejército, y de que los jefes se preparaban a abandonarles y hacerles traición.

Desde entonces, como si se hubiera dado una consigna, todo el mundo comenzó a hablar de las penalidades de la guerra, de la vida miserable que se hacía, de la diferencia de trato entre los oficiales y la gente de tropa. La paz comenzó a aparecer como un estado de felicidad perfecta.

Los agentes aviranetianos hicieron conocer al pueblo y al soldado que el gran obstáculo para obtener la paz eran don Carlos y los hojalateros de Castilla, el uno ambicioso, y los otros gentes ricas, que no sentían la miseria de la guerra con sus rentas bien saneadas en fincas del Mediodía y en Bancos extranjeros.

Don Eugenio, por entonces, no descansaba; había entrado en correspondencia con un antiguo maestro de la niñez, don Mariano Arizmendi, hombre un tanto sombrío, de genio adusto, de gran influencia entre los personajes carlistas.

No se pusieron del todo de acuerdo Arizmendi y él; pero se habló entre ellos, repetidamente, de que para terminar la guerra era indispensable un convenio, palabra que corrió por el campo carlista y por el liberal.

Sin duda, en aquel momento, la palabra convenio condensaba las aspiraciones de los partidos. Los cristinos no se podían considerar triunfantes en la guerra, ni los carlistas completamente vencidos; era, pues, indispensable que unos y otros cedieran algo en sus respectivos puntos de vista.

Al mismo tiempo que se verificaba aquella transformación en las ideas, don Eugenio iba preparando los documentos falsos que había de utilizar en el legajo que pensaba introducir en la corte de don Carlos. A este legajo llamaba el Simancas.

A pesar de que la Junta Carlista de Bayona le espiaba constantemente y le seguía los pasos, don Eugenio tenía relaciones con algunos de los carlistas más perspicuos.

Una de las personas que le dieron datos acerca de las divisiones y rencillas del campo de don Carlos fué don Manuel Mazarambros, ex relator del Consejo de Castilla. Mazarambros, persona inteligente, estaba enfermo, hipocondriaco, y no quería tomar parte activa en la política. Mazarambros se hallaba en correspondencia con el intendente Arizaga, hombre corrompido, muy sagaz, de mucho cuidado, uno de los amigos y consejeros de Maroto, y por él llegaba a saber Aviraneta lo que se pensaba en el Cuartel General. También se aprovechó don Eugenio de las indicaciones de su amigo Vinuesa.

Cuando los expulsados por Maroto llegaron a Francia, Aviraneta tenía confidentes en los dos campos carlistas y sabía día por día y hora por hora lo que hacían los unos y los otros.

La acción de los marotistas era más pública y había informes oficiales de ella; la de los antimarotistas, más secreta.

Don Eugenio estaba en relación con el coronel Aguirre, uno de los antimarotistas exaltados, y éste le escribía a la semana dos o tres veces. Lo mismo hacían Bertache y Orejón.

Para las intrigas de los antimarotistas de Bayona contaba con María de Taboada y con don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza, a quien Aviraneta había conocido por Alvarito, y al que convidaba a comer algunas veces en la posada de Iturri, de la calle de los Vascos.

Pero aún tenía don Eugenio otros informes. Los fanáticos intransigentes, enemigos de Maroto, habían formado sociedades secretas, verdaderos clubs, en los cuales se conspiraba de continuo contra el general.

Los dos clubs principales antimarotistas estaban: uno, en Azpeitia, y el otro, en Tolosa.

En el de Azpeitia, Aviraneta tenía como confidente a un tal Odriozola, capitán del ejército carlista, hombre ya viejo, que había estado en América, donde perdió la carrera por jugador, y que atribuía su desgracia a Maroto; en el de Tolosa, un oficial llamado Rezusta, que odiaba a Maroto por su poca religión, lo que no era obstáculo para que él mismo fuera uno de los oficiales más descreídos del ejército de don Carlos.

II LOS ENEMIGOS

Aviraneta tenía muchos enemigos en Bayona. Los carlistas desconfiaban de él, y, aunque no sabían por quién ni por qué trabajaba, claramente comprendían que no era para ellos. Al mismo tiempo, Valdés, el de los gatos, Salvador y Martínez López, lo desacreditaban en todas partes. La pretensión de Aviraneta de ser un patriota y un liberal entusiasta, de convicciones, les ofendía profundamente. Ellos, granjeros sistemáticos, iban con el que más pagara. Les parecía muy natural cambiar de partido, si esto les convenía. Martínez López escribía libelos a favor o en contra. El último lo hizo adulando descaradamente al conde de San Luis, poco antes de la Revolución de 1854.

En el Consulado de España todos eran enemigos de don Eugenio, comenzando por el cónsul Gamboa.

Este tenía, por entonces, un agente que era su brazo derecho, don Prudencio Nenín, antiguo comerciante de Bilbao, establecido en Bayona, hombre activo y enérgico. Nenín tenía negocios con el cónsul, había intervenido en la primera empresa de Muñagorri y vivía en la fonda de Francia.

A esta fonda se había trasladado también por entonces Aviraneta, comprendiendo que era más fácil entrar y salir en un hotel, sin ser espiado, que en una casa particular.

Nenín andaba siempre detrás de Aviraneta, siguiéndole los pasos, cosa que desagradaba profundamente a don Eugenio; este espionaje de los liberales, de los suyos, no lo podía resistir.

Por entonces apareció en la fonda un matrimonio algo misterioso: el conde y la condesa de Hervilly, a quienes Nenín comenzó a acompañar constantemente.

El conde parecía un hombre extraño, triste, de aire siniestro, muy atildado, siempre con guantes. Tenía una cara pálida, fina, de hombre inteligente; una voz opaca y sin timbre, y hablaba de una manera un tanto fría y desdeñosa.

Se decía que era hijo o sobrino de un general francés legitimista, del mismo título, y, según se afirmó, pensaba entrar en España y alistarse en el ejército carlista, cosa un poco rara, porque cojeaba bastante al andar.

El conde formaba en el grupo de aristócratas extranjeros legitimistas que se consideraban con derecho a intervenir en España. A la cabeza de este grupo se hallaba el príncipe de Lichnowsky.

El príncipe de Lichnowsky era un alemán orgulloso, fantástico. Creía que su título de príncipe le autorizaba a todo. Pasó en España una larga temporada en las filas carlistas. Unos años después de la guerra, estando en su país, cuando la revolución de 1848, le hicieron miembro del Parlamento de Francfort. Allí pretendió tratar con desprecio y con altivez a los republicanos, y en un motín popular le mataron en las calles.

El conde de Hervilly era un legitimista, un realista, para quien el mundo tenía dos hemisferios: uno, el de los aristócratas, con todos los derechos, y otro, el de los no aristócratas, con todos los deberes.

La condesa de Hervilly, mujer muy guapa, cubana o mejicana, hablaba el castellano y el francés a la perfección.

Nenín presentó Aviraneta al conde y a la condesa. A don Eugenio le dieron los dos una impresión de misterio, de desconfianza. Le chocó que tuviera ella deseos de intimar con él. El conspirador no era vanidoso y sabía muy bien que no estaba en el caso de hacer efecto en las mujeres. La curiosidad que manifestó la condesa de Hervilly por su vida le impulsó a enterarse de quién era aquella señora curiosa.

Pidió a los mozos del hotel y a la dueña informes de la dama. La pintaron como una persona extraña, de gustos exóticos, perezosa, ardiente, muy caprichosa. Le gustaban mucho las flores, los perfumes, el vivir perezoso e indolente.

Se llamaba Sonia. Unos decían que era cubana, otros que haitiana, otros que gitana y otros que judía o rusa. Al parecer, tenía al marido dominado.

¿Qué hacía este matrimonio en Bayona? ¿Por qué estaban allí? ¿Qué esperaban? Los del hotel no lo sabían.

La condesa de Hervilly aparecía en el comedor del hotel acompañada de su esposo y de Nenín y visitaba con su marido el Consulado de España.

El conde se manifestaba siempre muy amable y galante con su mujer.

Aviraneta pensó que, si había alguien en Bayona que supiera algo de aquellos condes misteriosos, tenía que ser Luci Belz, la empleada de la fonda del Comercio, y fué a verla.

Luci Belz le dijo que se decía que la condesa de Hervilly era una aventurera, cómica o bailarina, que había tenido muchos líos. No era fácil comprender si el señor conde estaba enterado de las aventuras de su mujer; pero, al parecer, no lo estaba.

—Yo me he de enterar mejor—concluyó diciendo Luci.

Unos días después, la empleada del hotel del Comercio llamó a Aviraneta. Se había enterado de varias cosas. El conde de Hervilly, según se decía, era un hombre un tanto monstruoso: le faltaba casi por completo una pierna y llevaba para andar una de goma. De sus dos manos, la izquierda era como la de un pato, con una membrana entre dedo y dedo; en cambio, la derecha era de una fuerza enorme. Si alguna vez el conde se caía, rehusaba ayuda para que no notasen que le faltaba la pierna. El explicaba su torpeza diciendo que estaba reumático. Sobre aquel cuerpo estropeado, el conde tenía una cabeza distinguida; pero, al parecer, esta cabeza no tenía pelo y lo sustituía una peluca entre gris y negra. El conde se ocupaba de algunos trabajos históricos y pasaba mucho tiempo encerrado en su cuarto. El conde trataba a la condesa con gran galantería y ella tenía también para él muchas atenciones.

Poco después, doña Paca Falcón, que era amiga de Aviraneta y estaba enterada de la vida de toda la gente de Bayona, le contó que se decía que el conde de Hervilly había conocido a Sonia, su mujer, en París, donde vivía con un tabaquero cubano, que pasaba por tío suyo; pero que, al parecer, era su amante. El conde quedó enamorado de ella como un loco, al verla, y a los dos días pidió su mano.

Ella parece que le contestó:

—Consúltelo usted con mi tío.

El conde fué a ver al tabaquero y éste le dijo con marcado acento de mal humor:

—Esta muchacha no es mi sobrina, sino mi querida.

—¿Así que usted no tiene ninguna autoridad ni derecho sobre ella?

—Yo, ninguno.

—Muy bien.

Al día siguiente, Hervilly pidió a Sonia que se casara con él y se casaron. Al poco tiempo el conde se desafió con el tabaquero y lo mató de un tiro.

La historia le pareció bastante extraña a Aviraneta.

La condesa tenía un criado todo un tipo extraño. Era un americano mestizo de indio, moreno, delgado, tostado por el sol, con una cara impasible e inmóvil, los pies muy chicos y las manos muy pequeñas; hombre que hablaba el español, el francés y el inglés con perfección, pero muy lánguidamente. Se llamaba Fernandito. Aviraneta pensó que debía ser mejicano e intentó interrogarle y hablarle de su país; pero Fernandito el indio no contestó. Este autómata no parecía tener vida más que ante sus señores.

La Falcón le contó a Aviraneta que se decía que a Fernandito, Sonia le había encontrado una noche en una calle de París, tendido en un banco, abandonado y gravemente enfermo.

Sonia parece que lo llevó a su casa, lo cuidó y lo salvó, y desde entonces el indio se había convertido en un perro de presa de aquella mujer, por la que tenía un entusiasmo sin límites. Todos estos detalles no eran para tranquilizar ni inspirar confianza en aquella gente.

Días después Aviraneta vió en el comedor de la fonda de Francia a la condesa de Hervilly con la señora de Vargas. El se inclinó ceremoniosamente y ellas le saludaron, sonriendo; pero don Eugenio no quedó muy tranquilo. Ya sabía que Fermina se creía con motivo para odiarle; pero la otra, la condesa, ¿qué motivo podía tener contra él?

III LOS EXPULSADOS

Unos días después de los fusilamientos de Estella fueron expulsados como intrigantes, por Maroto, más de treinta personas de las principales de la corte de don Carlos, que pertenecían al partido apostólico. Estas personas marcharon a Francia, escoltadas por una compañía alavesa, al mando del general Urbiztondo, que llevaba como ayudantes al coronel Eguía y al teniente coronel Errazquin.

Al llegar a Vera hubo entre los desterrados grandes discusiones y protestas. Estaban allí el obispo Abarca con su secretario Pecondón, el canónigo guerrillero don Juan Echevarría, don José Arias Teijeiro, los generales Uranga, Mazarrasa y García; el brigadier Valmaseda, el padre Larraga, el médico don Teodoro Gelos, cirujano de don Carlos; el padre Domingo de San José, predicador del Real. Estaban también don Diego Miguel García, el que había sido confidente del general González Moreno, cuando se preparó la emboscada a Torrijos en Málaga, y doña Jacinta Pérez de Soñanes, alias "la Obispa".

Al pisar el suelo francés, cada uno de los desterrados expuso su preocupación. Arias Teijeiro, el galleguito herborizador, ardía por vengarse de Maroto y pensaba marchar cuanto antes a reunirse con Cabrera en el Maestrazgo; el canónigo don Juan Echevarría esperaba sublevar las tropas navarras contra Maroto y apoderarse del Poder; don Diego Miguel García se preocupaba únicamente de sus maletas, llenas de dinero; doña Jacinta pensaba en su querido obispo de León y éste hablaba de los dolores del Crucificado, considerando, sin duda, sus gruesas nalgas y su abdómen piriforme como semidivinos; Arias Teijeiro habló a todos sus partidarios, dándoles instrucciones, y como el coronel Aguirre quería volver al valle de Araquil, donde estaban acantonadas las tropas que mandaba él, le instó a que abandonara el proyecto y entrara en Francia, pues de lo contrario se exponía a que Maroto le hiciera fusilar, abriendo de nuevo la causa por la muerte del brigadier Cabañas, en la que Aguirre estaba complicado.

Aguirre se decidió por ir a San Juan Pie de Puerto a esperar el levantamiento anunciado de los apostólicos y los demás personajes se dirigieron a San Juan de Luz, desde donde el Gobierno francés los envió a distintos puntos próximos.

Al parecer, el general Urbiztondo, al llegar a la raya de la frontera, se despidió de los carlistas con gran indiferencia, lo que indignó a los desterrados, que a voz en grito le acusaron de traidor.

Don Antonio de Urbiztondo y Eguía, el donostiarra, era poco clerical, y, a pesar de estar entre las filas carlistas, se le tenía por contagiado con el liberalismo y por francmasón.

Sus ascendientes, los Urbiztondos, de San Sebastián, habían sido revolucionarios y afrancesados, hasta el punto de trabajar por la separación de Guipúzcoa de España y su incorporación a la República Francesa durante la primera revolución, por lo que fueron condenados a penas graves por un Consejo de guerra español.

Don Antonio de Urbiztondo tenía la levadura liberal. Se contaba que en un pueblo de Cataluña, donde mandaba como general las tropas catalanas, alojó en un convento algunos de sus soldados y pensó llevarse las cañerías y los cacharros de plomo que encontró allí para fundir balas.

El delegado castrense por don Carlos en el Principado, que era el obispo de Mondoñedo, negó el permiso para ambas cosas, considerando la tentativa una irreverencia y un sacrilegio, y Urbiztondo, con gran desdén, contestó: "Que únicamente así se podía hacer la guerra; que si hubiera objetos de plomo en las iglesias se apoderaría de ellos, aunque se ofendiera el obispo, y que se llevaría, con permiso o sin él, hasta las zapatillas del Papa, si eran de plomo".

Estas palabras produjeron en el partido carlista un asombro y una indignación, que fueron, en parte, causa de que Urbiztondo estuviera mucho tiempo de cuartel, hasta que Maroto, nombrado general en jefe, le llevó de nuevo al servicio activo.

Urbiztondo, por equivocación, había sido carlista. Era un militar inteligente, hombre de mucho nervio. Fué de los buenos generales del carlismo. Pasado al ejército de la Reina, después del Convenio de Vergara, fué capitán general de Filipinas, en cuyo mando estuvo muy acertado; después, ministro de la Guerra con Narváez, en 1856, y al año siguiente murió en un duelo en un salón del Palacio Real, por una cuestión de etiqueta, batiéndose con un oficial que le había prohibido la entrada. Al menos esta fué la voz popular.

—Probablemente—dijo Urbiztondo a los desterrados, al llegar a la frontera—, pronto tendré yo también que venirme a Francia.

—Es muy posible—le contestó doña Jacinta de Soñanes, "la Obispa", con retintín—; pero no será por la misma causa que nosotros ni por el mismo camino.

—Si es posible, que salga por Behovia—replicó el general, sin dar ninguna importancia a la alusión.

Esto ocurría a principios de marzo.

Ya habían llegado a San Juan de Luz y a Bayona los expulsados por Maroto, cuando un día el cónsul Gamboa llamó a don Eugenio de Aviraneta y le dijo:

—Deseaba mucho hablar con usted y hoy mismo pensaba llamarle.

—¿Qué pasa?

—El subprefecto y yo estamos todavía indecisos, sin saber qué partido tomar con los personajes carlistas expulsados por Maroto.

—Pues, ¿por qué?

—El subprefecto es de opinión que se interne a esos carlistas a cuarenta o cincuenta leguas de la frontera. Yo no sé qué hacer. He preguntado al Gobierno, que no contesta. ¿A usted, qué le parece?

—Hay que dejarles vivir en la frontera—contestó don Eugenio—. ¿Para qué internarlos? El vigilar a un político, no teniéndole encerrado en la cárcel, es imposible. Además, estos emigrados, con sus maniobras, nos han de ser útiles a nosotros.

—¿Cree usted...?

—Claro que sí. A nosotros no nos pueden hacer daño alguno.

—¿Supone usted que conspirarán?

—Están conspirando ya.

—¿Contra quién?

—¡Contra quién ha de ser: contra Maroto!

—¿Usted supone que eso nos conviene?

—Claro que sí. Hoy, Maroto es la única fuerza respetable del carlismo. Alejar de la frontera ese foco de discordia para los enemigos sería una verdadera tontería.

—Sí. Quizá tenga usted razón. ¿Usted cree que esa gente tiene algún plan determinado?

—Sí; sus propósitos son sublevar los batallones navarros contra Maroto.

—¿Quién los dirige?

—El principal caudillo es el cura Echevarría.

—¿Y usted cree que alcanzarán su objeto?

—Creo que se sublevarán más pronto o más tarde.

—Su éxito no sería un bien para nosotros. Harían de nuevo la guerra cruel.

—¡Bah! No tendrán éxito. No harán más que dividirse.

Gamboa comprendía que lo que le decía Aviraneta era muy lógico y decidió indicar al subprefecto que no se molestara a los desterrados.

Esta fué la razón por la cual las autoridades francesas dejaron en Guethary al obispo de León; en Bayona y sus alrededores, al cura Echevarría, a don Basilio y a otros jefes carlistas y al coronel Aguirre, en San Juan Pie de Puerto; determinaciones todas que los periódicos de Madrid comentaron con la petulancia y la tontería habitual en ellos.

Don Eugenio no dijo a Gamboa que alguno de aquellos carlistas trabajaban secretamente para él, y que el coronel Aguirre, comandante del quinto batallón de Navarra, fanático apostólico e intransigente, en cuyo batallón servían de oficiales García Orejón, Luis Arreche (Bertache), y otros muchos, estaba subvencionado por el Gobierno de la Reina para sublevar las tropas contra Maroto.

IV LA TERTULIA DEL ABATE MIÑANO

Por entonces, uno de los centros de los expulsados por Maroto comenzó a ser la casa de campo que tenía en los alrededores de Bayona don Sebastián Miñano.

Miñano el elegante, el antiguo abate afrancesado, el antiguo secretario del mariscal Soult, era un escéptico, un volteriano, que no creía en nada; pero como todos los escépticos, se inclinaba en su madurez al despotismo, por considerar que era un sistema de vida más tranquilo, más reposado y menos turbulento que el régimen liberal.

Miñano vivía con mucha comodidad y cobraba de los dos bandos, del carlista y del cristino; para los dos era casi un oráculo.

El abate protegía a su hijo natural don Eugenio de Ochoa, que llevaba una vida de joven rico en Francia.

La casa de Miñano tenía gran interés para aquellos carlistas, la mayoría bárbaros y cerriles, que venían del campo; allí hablaban con legitimistas franceses elegantes, perfumados y con los bigotes llenos de cosmético, con moderados españoles, con gacetilleros y hasta con damas distinguidas.

Muchas veces iban a saludar a Miñano, Valdés, el de los gatos, que en política era también del género epiceno; Salvador, el traidor a la Isabelina y enemigo acérrimo de Aviraneta; Martínez López, el libelista, agricultor y gramático; don Vicente González Arnao y su secretario Pagés; Muñagorri, el cónsul Gamboa y todos los españoles influyentes que se encontraban en Bayona.

Formaban con frecuencia juntas carlistas en casa de Miñano, el obispo Abarca, el cura Echevarría, Lamas Pardo, don Basilio, los Labanderos, doña Jacinta Soñanes, alias "la Obispa", y otros.

Generalmente se avisaban con antelación, se discutía, y al último, el abate era el que decidía casi siempre las cuestiones. No se acordaban los expulsados de que Miñano era el autor de las cartas del Pobrecito Holgazán, que tanto contribuyeron en España a desacreditar al clero, y sobre todo a los frailes, ni de que había sido afrancesado y liberal.

El obispo de León, don Joaquín Abarca, que tenía su residencia de emigrado en Guethary, era un señor grueso, aragonés, pedante y sabihondo, que se creía una lumbrera. Vestía hábito, con ribetes de violeta; tenía por secretario a un intrigante que se llamaba Ramón Pecondón, y como inspiradora o Ninfa Egeria a doña Jacinta de Soñanes, alias "la Obispa", que se desvivía porque a Su Ilustrísima no le faltase el chocolate o el caldo a su hora.

El obispo de León estaba muy preocupado con la marcha de los acontecimientos; pensaba que había disminuído su prestigio personal en el campo carlista y esto lo achacaba a manejos de Maroto, a quien odiaba evangélicamente.

Abarca le tenía mucho miedo a su secretario Pecondón y algunas cuestiones reservadas las trataba sólo cuando Pecondón no estaba delante.

El otro cantertulio, don Diego Miguel García, era hombre de ojos hundidos, cejas espesas, mirada oblicua y sonrisa fina y sarcástica.

García era hombre de sangre y de cieno que no había pensado nunca más que en reunir oro, fuese como fuese. Había sido agente confidencial de Fernando VII durante mucho tiempo en sus intrigas tenebrosas con Regato, Salvador y otros tipos de reptiles de la misma índole. García fué el que le engañó a Torrijos en Málaga, valiéndose de un coronel, que pasaba por liberal. Este llevó a la playa a los liberales y les entregó al general González Moreno. García era entonces de la sociedad teocrática el Angel Exterminador.

Labandero, el padre, era hombre débil y mediocre, que no tenía agresividad ninguna, y que se lamentaba constantemente de sus enfermedades y de sus desgracias.

El cura Echevarría, el ex canónigo de los Arcos, era un bárbaro; fuerte, rojo, robusto, muy corpulento, de formas atléticas. Se le veía pasar con frecuencia por las calles de Bayona con un redingote negro y un sombrero de copa como un tubo. El cura Echevarría parecía rebosar salud; sus mejillas, infladas, tenían el color de las manzanas y sus ojos eran negros y brillantes.

El cura Echevarría era un tipo de estos de franqueza simulada, que se da mucho entre aragoneses y navarros de la Ribera. Toda esta supuesta franqueza consiste en hablar en un tono rudo; pero no pasa de ahí, porque debajo del tono rudo las gentes saben emplear la maquinación y la perfidia como los hombres de las demás regiones y de los demás países.

El cura Echevarría era terco y bruto con los inferiores y adulador de los más rastreros y serviles de don Carlos; había vivido durante toda la guerra civil como un príncipe, siempre en banquetes, fiestas, viajes y ceremonias. Era el agente de los navarros y tuteaba a todos los oficiales y trataba a la gente con un despotismo bárbaro.

El cura Echevarría y Abarca, el obispo de León, visitaron varias veces a don Sebastián Miñano y le pidieron consejo. A todo trance querían los dos eclesiásticos sublevar los batallones navarros contra Maroto y establecer en el Real un Gobierno teocrático; pero querían hacerlo con las mayores garantías posibles.

Para estos católicos absolutistas la cuestión principal en su partido era la lealtad al Rey; se consideraban como criados del Monarca y pensaban que ser leales a su persona era el mejor homenaje a la causa. El ser inteligente o capaz, esto era accesorio para los dos eclesiásticos.

Ellos comenzaban a pensar que Maroto, victorioso, no se diferenciaría gran cosa del Espartero, y que no valía la pena de hacer la guerra para un resultado parecido.

Miñano les aconsejaba la calma para encontrar una buena ocasión de intervenir. El abate, con su diplomacia y su labia, se había convertido en un oráculo para los carlistas intransigentes, como lo era también para los cristinos moderados.

Cosa extraña. El antiguo abate, ex prebendado de Sevilla, ex secretario de Soult, ex constitucional, ex anticlerical, ex periodista de El Censor, ex geógrafo, se había hecho protestante; era lector de Víctor Hugo, Balzac y Sainte Beuve, y traducía por entonces la Historia de la Revolución Francesa, de Thiers, para el impresor Baroja, de San Sebastián.

De acuerdo con el centro apostólico y antimarotista, una veces, y otras en contra, funcionaba la tertulia del marqués de la Lalande. Era una tertulia de aristócratas, de legitimistas y de extranjeros. A ella pertenecían el conde de Hervilly, el barón de Batz, Montgaillard y el intendente Arizaga. Había entre ellos personas inteligentes y su jefe en el campo carlista era el príncipe de Licknowsky. Este grupo hizo un proyecto de transacción con el asentimiento de Maroto. Se quiso que lord John Hay diera su anuencia al plan; pero al último, y después de vacilar mucho, el lord marino no la dió.

V PRIMEROS EFECTOS DE SIMANCAS

En aquellas circunstancias, Aviraneta vió con claridad que el núcleo fuerte del carlismo se encontraba en Maroto y su gente. Si se quería deshacer el carlismo había que atacar a Maroto por todos los medios posibles.

Era el momento de introducir el Simancas, el conjunto de documentos falsos fabricados por Aviraneta en el Real de don Carlos.

La cosa no era fácil; había que hacer que el Simancas pasara a manos del Pretendiente, como si llegara del campo carlista; sin producir desconfianza alguna acerca de su autenticidad, legitimando su procedencia. ¿Quién podía llevar los documentos? Un partidario de la Reina sería sospechoso para la gente del Real; un carlista, ganado por dinero, muy expuesto. Sólo un legitimista francés que hubiese estado a sueldo podía desempeñar con relativa facilidad esta misión peligrosa, para la cual indudablemente se necesitaba valor y perspicacia.

Aviraneta había conocido a Frechón, el dependiente de Chipiteguy, en la casa del Reducto y había hablado con él en la posada de Iturri. Pensó que quizá él le podría servir.

Don Eugenio le llamó, le halagó un poco, le escuchó con atención, y le dijo que volviera, quizá entre los dos podrían hacer un buen negocio.

—¿Usted se atrevería a ir a España con una comisión?—le preguntó Aviraneta.

—No; ahora no puedo ir.

—¿No tiene usted algún conocido de confianza para darle un encargo difícil para España?

—¿Un francés?

—Sí

—Tengo un amigo que quizá sirviera.

—¿Ha estado en España?

—Sí, muchas veces. Ahora que ha trabajado para los carlistas.

—¡Ah!

—Pero lo mismo le da trabajar por los liberales.

—¿Y habla español?

—Tan bien como usted.

—¿Quiere usted avisarle?

—Sí; pero, ¿qué gano yo con eso?

—Hombre, dígame usted qué quiere que le dé por la noticia.

—Nada; yo traeré a ese amigo mañana.

Al día siguiente Frechón se presentó en el Hotel de Francia con su amigo, Pablo Roquet.

Roquet era un comerciante que había tenido una casa de comisión en Behovia; tipo de hombre de vida misteriosa, que hablaba tan bien el español como el francés.

Roquet se presentó como un señor amable, de unos cuarenta años, moreno, delgado, con el pelo que comenzaba a blanquear en las sienes, vestido de negro. A pesar de su aspecto relativamente joven, tenía más de cincuenta años.

Le citó don Eugenio para el día siguiente; lo tanteó y vió que era hombre muy hábil y muy insinuante. Tomó informes suyos y supo que había quebrado varias veces, que era viudo y que vivía con una modista. Doña Paca Falcón conocía a esta pareja.

Roquet tenía algo de reptil, quizá sin mucho veneno; buscaba el enriquecerse, a poder ser, sin perjudicar a nadie. Si se perjudicaba alguien, ¿qué se iba a hacer? El torpe que se fastidiara.

Propuso Aviraneta a Roquet que fuera él el encargado de introducir en el Real de don Carlos el conjunto de documentos falsos, bautizado con el nombre de Simancas.

Roquet era, sin duda, persona muy apropiada para comisión semejante y comprendió en seguida su importancia.

Roquet exigió al principio mucho dinero y amenazó un poco insidiosamente con descubrir el hecho a los carlistas. Aviraneta pensó que había dado un paso en falso y se alarmó. Por una inspiración momentánea, fué a visitar a un antiguo policía retirado, el señor Masson, que vivía en una casa de campo de los alrededores de Bayona y le pidió datos sobre Roquet. Masson se los dió y le mostró una ficha que guardaba de él.

Pablo Roquet, llamado Juan Filotier, alias "la Ardilla", alias "la Dulzura", había vivido en Burdeos con el nombre de García y era conocido en Bayona por Roquet. Era un hombre hábil, metido en negocios difíciles. Había vivido bordeando el Código Penal hasta caer en su red. Había estado procesado varias veces por estafa y pasado mucho tiempo en la cárcel. Con estos antecedentes, Aviraneta esperó a Roquet a pie firme y se entendieron.

Roquet, cuando vió que Aviraneta conocía sus antecedentes, se amansó. Aviraneta le dió lo que pudo y le prometió varias cosas, unas factibles y otras imaginarias. Se pusieron de acuerdo Roquet y don Eugenio en lo que se había de decir al llevar el Simancas al Real de don Carlos. Aviraneta había inventado una historia. Era así:

Un legitimista francés de escasos recursos, que habitaba en Bayona y que alquilaba un gabinete con su alcoba, había tenido como huésped a un español que llevaba como equipaje un baúl y una maleta. Este español, después de pasar un mes en la casa, tuvo que salir precipitadamente y sin equipaje de Bayona; sin duda, alguien le perseguía. El español recomendó al francés legitimista que le alquilaba el cuarto que tuviera cuidado con su baúl y su maleta. Unos días después, el hijo del legitimista, un muchacho de diez a doce años, jugando, encontró una llave en un rincón, ensayó si la llave venía bien para el baúl, lo abrió y halló dentro unos documentos y una caja de cartón. El chico los miró y se los enseñó a su padre, que se enteró de lo que eran. El legitimista, por un lado, quería que lo que había descubierto por casualidad sirviera a don Carlos; pero por otro, no quería aparecer como un hombre capaz de un abuso de confianza...

—Está bien—dijo Roquet al oír la explicación.

Ya puestos de acuerdo los dos, don Eugenio escribió una nota para que Roquet se la entregara a los jefes Lanz y Soroa, que ya de antemano habían estado en relaciones con él y que eran de los afiliados al partido apostólico.

Les decía en la nota lo siguiente:

"Existe una trama infernal contra don Carlos, de la cual es jefe Maroto. Maroto proyecta inutilizar para siempre a Carlos V. Esta conjuración se rige por una Sociedad secreta, establecida entre los generales marotistas del Real, y esta Sociedad, de fines siniestros, depende de otra instalada en Madrid, la Sociedad Española de Jovellanos, que es en principio masónica. La Sociedad de Jovellanos y la marotista del Real se comunican por un comisario que habita en Bayona. Gran parte de los documentos que prueban la conjuración están en poder de una familia francesa legitimista, que vive en los alrededores de Bayona. El dador podría conseguir algunos de esos papeles."

Aviraneta pensó que para aquellos fanáticos intransigentes la existencia de una Sociedad secreta así no era cosa muy difícil de creer, porque ellos mismos tenían Sociedades secretas, verdaderos Clubs, en que se conspiraba contra Maroto.

Roquet, bien aleccionado, marchó a España, y días después, al volver, se entrevistó con Aviraneta. Había hablado con Soroa, con Aldave, que era jefe de la frontera, y con Lanz, y decían éstos que necesitaban pruebas de la traición de Maroto. Aviraneta redactó otra explicación y unió a ella tres cartas, que en el argot de la masonería se llaman planchas, en las cuales aparecía Maroto nada menos que como Gran Oriente, y una comunicación de la Sociedad Española de Jovellanos, S. E. B. J., firmada por el Directorio General Jovellanos, en la que se aludía a Maroto claramente y al proyecto de transacción entre moderados cristinos y carlistas. El comunicado terminaba con estas palabras: "Salud, Moderación y Esperanza".

Roquet fué a Tolosa y se avistó de nuevo con Soroa y otros militares del bando exaltado y les mostró las cartas en las cuales Maroto figuraba como gran jefe de la masonería.

El revuelo que produjo aquello fué enorme. Los militares carlistas tuvieron una junta magna y nombraron una comisión para visitar a don Carlos en Durango; pero al pedir audiencia al Rey, los marotistas, que lo tenían continuamente cercado, consiguieron que se la negasen.

Volvieron los de la comisión a Tolosa, celebraron otra asamblea y en ésta algunos oficiales propusieron matar a Maroto; pero uno de los comandantes jóvenes, un alavés, se opuso; dijo que no, que era indispensable primeramente apoderarse de todos los documentos que había en Francia acusadores de Maroto, y teniéndolos, prender al general, llevarlo ante un Consejo de guerra, juzgarlo y condenarlo a muerte legalmente.

La junta se conformó con esta opinión, y como todos estaban ansiando tener los documentos acusadores contra Maroto, le indicaron a Roquet que volviera a Francia y que los llevara.

Para facilitarle la empresa le dieron escolta y una contraseña para el cura de Sara. El cura de Sara, agente carlista, al saber la comisión de Roquet, le acogió con gran entusiasmo y le dió una carta para que visitara en Guethary al obispo de León.

Roquet se presentó con gran misterio el 9 de junio al obispo; le contó a solas, sin que estuviera delante su secretario, lo que había pasado en Tolosa con los militares y le mostró las tres cartas masónicas en las que aparecía Maroto como gran jefe de la masonería.

El obispo Abarca quedó petrificado y asustado; apenas se atrevió a tocar aquellos papeles infernales; pero, por otra parte, se alegró de que hubiera datos para probar la traición de Maroto y aplastarlo para siempre.

—El asunto es importantísimo—le dijo el obispo a Roquet—. Yo quisiera tener una conferencia con ese francés que posee los documentos, con esa alma pura y noble que la Divina Providencia ha dispuesto sea el instrumento de salvación de la preciosa vida de Su Majestad.

Al decir esto, el obispo unió sus manos cruzadas a la altura de la boca y puso los ojos en blanco.

Al deseo expresado por el obispo contestó Roquet diciendo que el francés legitimista que tenía los documentos no quería dar la cara porque se hallaba en una situación económica angustiosa y pretendía un destino del Gobierno de Luis Felipe, y no le convenía aparecer como carlista y menos como hombre capaz de hacer un abuso de confianza. Que lo que quería este francés era algún auxilio en dinero.

—Lo tendrá. Lo tendrá—dijo el obispo.

Inmediatamente don Joaquín Abarca mandó que les sirvieran el almuerzo a Roquet y a él, y después decidió ir con el francés a Bayona a visitar a Miñano.

En el camino el obispo no hizo más que hablar de aquellos preciosos documentos. Al llegar a Bayona fueron Roquet y él al Seminario a buscar al cura Echevarría que estaba alojado en una celda.

El día anterior, Aviraneta había enviado a don Francisco Xavier Sánchez de Mendoza a casa de Labandero.

Don Eugenio le indicó al hidalgo que dijera que se habían encontrado datos sobre la traición de Maroto y le convenció de que fuese a casa de Labandero, y si no a la de Lamas Pardo, y le contara a cualquiera de ellos, sin nombrarle a él, por supuesto, que se habían encontrado pruebas fehacientes de que Maroto pertenecía a la masonería, en la que tenía un alto cargo, y de que estaba preparando una gran traición.

Sánchez de Mendoza era conocido entre los carlistas como fiel a la causa y hombre de buenas intenciones, aunque fantástico y muy crédulo.

Labandero, al oír a Sánchez de Mendoza, no dió gran crédito a la noticia; pero, por si acaso, avisó a Echevarría por si quería ir a su casa. Estaban hablando los tres, cuando aparecieron Roquet y el obispo de León, que venían del Seminario.

Al ver las cartas masónicas del Simancas, Echevarría y Labandero se quedaron maravillados.

Al día siguiente, Sánchez de Mendoza llamó a don Eugenio y confidencialmente le contó con detalles lo que había ocurrido.

Al parecer, cuando llegaron el obispo Abarca y Roquet a casa de Labandero y mostraron los papeles, decidieron todos tener una junta con el abate Miñano.

Echevarría avisó a don Basilio García y a don Florencio Sanz; Labandero, a Lamas Pardo; Pecondón apareció con el conde de Hervilly, y todos, en varios grupos, fueron a casa de Miñano. Sánchez de Mendoza quedó muy admirado al saber que el abate trabajaba por los carlistas y al ver su casa lujosa, su biblioteca llena de libros raros, los cuadros y los muebles.

En el despacho de Miñano, a puerta cerrada y con el mayor secreto, Roquet mostró las tres planchas masónicas. Pasaron de mano en mano y las examinaron con cuidado. A ninguno se le ocurrió la idea de una mixtificación y que aquello podía ser una falsedad.

—¿Qué hacemos?—preguntó el obispo.

—Hay que comunicar eso a don Carlos—contestó Miñano.

—Y cuanto antes—añadió Echevarría.

—¿Usted no tiene un agente en el Real?—preguntó Miñano al obispo.

—Sí: Enciso.

—Pues escríbale usted para que facilite el paso del señor Roquet a presencia de don Carlos.

El obispo de León estaba asustado y no se atrevía a escribir la carta por temor a comprometerse.

—¿Cree usted que sea necesaria?—preguntó varias veces a Miñano.

—Sí; me parece indispensable.

Entonces el obispo redactó un corto billete, que decía así:

"Señor don Miguel Enciso: Tenga la bondad de hacer que el dador pueda hablar con nuestro principal en un asunto importante de comercio.—A."

Al terminar la reunión, Sánchez de Mendoza dijo en tono solemne y melodramático:

—Ahora, guerra a muerte a Maroto. ¡Abajo el traidor!

—¡Abajo!—contestaron todos con frialdad, pensando, sin duda, que era inoportuno dar gritos en una reunión secreta.

Después de muchas cábalas acerca de las consecuencias que podía tener el descubrimiento de las planchas masónicas, los apostólicos, en grupos, volvieron a Bayona.

Las reuniones en casa de Miñano se convirtieron con el tiempo en una junta carlista y apostólica, dirigida por el obispo de León, Echevarría, fray Antonio de Casares y Labandero, y en la que hacía de secretario Sanz, el hermano del general navarro fusilado en Estella.

Maroto lo supo un mes más tarde, y en un escrito que publicó, decía:

"Todos los avisos y partes que recibo por diferentes conductos indican una próxima revolución en el ejército y las provincias, la que parece es fomentada más particularmente por fray Antonio Casares, capuchino pagado que servía de capellán en el 5.º batallón de Navarra; por el reverendo obispo de León y por el oficial que fué de secretaría de la Guerra don Florencio Sanz, secretario actualmente de una junta formada en Bayona, compuesta de los expulsados, y con acuerdo del cónsul en dicha plaza, por el Gobierno usurpador y revolucionario, en la cual hace también su papel el inmoral abate Miñano y otros inficionados en sus mismas doctrinas."

Maroto se engañaba respecto a Miñano; porque el abate no estaba inficionado en ninguna doctrina; más bien había conseguido desinficionarse de todas.

Al día siguiente, Roquet y don Eugenio tuvieron una larga conferencia en casa de Iturri; se pusieron de acuerdo en los más pequeños detalles, y poco después salía Roquet camino de España. El obispo de León le indicó al agente que si le veía a don Carlos le dijera que él, Abarca, garantizaba la verdad de la existencia de las cartas masónicas de Maroto.

Dos días más tarde estaba el francés en Tolosa; veía a don Miguel Enciso, le entregaba la carta del obispo de León, y después juntos Enciso y Roquet encargaban al coronel Soroa que se presentara al pretendiente con las cartas masónicas y con el recado del obispo de León.

Soroa y Roquet marcharon a Oñate y Roquet fué presentado al intendente general, don Juan José Marcó del Pont, que unos días más tarde dejó su cargo de intendente para ser ministro de Hacienda.

Marcó del Pont era enemigo rabioso de Maroto y enemigo desenmascarado.

Hacía unos días que Espartero había enviado a Maroto un periódico de Madrid, que contenía copia de las cartas interceptadas, enviadas por Arias Teijeiro desde el campo de Cabrera a don Carlos, cartas dirigidas bajo sobre a Marcó del Pont y en las que se insultaba y ponía como un trapo a Maroto.

Maroto estaba dispuesto a echarle el guante a Marcó del Pont y a fusilarle. Marcó lo sabía y el odio se le acrecentó con el miedo.

Marcó del Pont se enteró del asunto de las cartas masónicas y llevó a Soroa y a Roquet a presencia de don Carlos.

El Pretendiente examinó las tres cartas masónicas; las leyó, reflexionó y dijo, disimulando la gran impresión que le producían (su único talento era éste: disimular):

—Esto, en el fondo, no tiene mucha importancia. Ya sabía yo que entre mis generales había algunos masones.

—Señor—replicó Soroa, poniéndose rojo de indignación, con una violencia de vasco fanático—: Los generales que estén en el ejército carlista y pertenezcan a la masonería, no pueden ser más que traidores.

—Si yo también lo creo así—dijo don Carlos.

Roquet calló.

—¿Y los otros papeles?—preguntó el Pretendiente.

—Los otros papeles los tiene ese señor legitimista de Bayona—contestó Roquet.

—¿Usted los ha visto?

—Sí.

—¿Qué son?

—Hay un pliego grande de papel que tiene este título: Cuadro sinóptico del triángulo del Norte de España; en él hay muchos óvalos a manera de lentes, pintados de verde y rojo.

—¿Hay nombres?

—No; en el centro de cada óvalo hay un número. En el lado de los verdes hay un letrero que dice: "Civiles". Y en el de los rojos se lee: "Militares". Encima del pliego, a la cabeza, hay muchos números y jeroglíficos que no hemos sabido descifrar. Hay, además, una cajita de cartón con una esfera, con el nombre: "Esfera de luz" llena de signos parecidos a los de estas cartas.

—¿Y cómo ha llegado todo eso a Bayona?—preguntó don Carlos.

—Este legitimista que quiere presentar estos papeles es un hombre que se encuentra en mala situación y suele alquilar un gabinete con su alcoba. A ese gabinete vino un español con su equipaje y estuvo unos cuantos días; pero parece que alguien le perseguía, o que le mandaron algún recado urgente, porque el caso fué que tuvo que escaparse y recomendó al señor legitimista dueño de la casa que tuviera cuidado con su baúl. En esto, el hijo del legitimista, un muchacho de doce a trece años, abre por curiosidad el baúl, se encuentra con el pliego pintado y con la esfera de luz, y creyendo que eran juguetes, se los enseña a su padre.

—Y ese señor francés, legitimista, ¿no querría venir él mismo aquí con sus documentos?—preguntó el Pretendiente.

—No quiere, porque no le conviene que se sepa su nombre—contestó Roquet—. Está haciendo gestiones para conseguir un destino con el Gobierno francés, y si se supiera que había violado un secreto, tendría por ello muy mala nota.

—Yo le daría una cruz o un título si me proporcionara esos papeles—dijo el Pretendiente.

—El no está en situación para desear distinciones. El no quiere más sino hacer este servicio a la causa de Su Majestad para que vea quienes son los que le rodean. El dejaría los papeles durante quince días para que los examinaran detenidamente, bajo palabra de honor de que se los habían de devolver, y pediría por esto tres mil francos.

—Bueno, pues se le darán—dijo el Pretendiente.

Por lo que contó Roquet, tanto don Carlos como Marcó del Pont estaban inquietos y recelosos y al mismo tiempo muy satisfechos con la perspectiva de dar la zancadilla a Maroto y acabar definitivamente con él. Hablaron el Rey y el ministro largo rato, retirados a un lado de la habitación. Don Carlos pensó en escribir una orden al gobernador de Vera para que facilitase y diese escolta a la persona portadora de los documentos cuando se presentara en la frontera; pero, al ir a escribir la nota, Marcó del Pont dijo que él mismo acompañaría a Roquet hasta Vera y diría al comandante de esta villa fronteriza, coronel Lanz, que cuando Roquet volviese a Bayona le llevasen con escolta hasta el Real.

El francés se comprometió a llevar los documentos, y Marcó del Pont le aseguró que, después de comprobar su autenticidad y su importancia, le entregaría tres mil francos para el legitimista y otros tres mil como garantía de que se le devolverían todos los papeles.

VI EL DINERO

Mientras Aviraneta esperaba con ansiedad los resultados de la gestión de Roquet corrieron por Bayona muchas noticias. Se dijo que los antimarotistas de la Junta Apostólica iban a tener dinero para hacer más intensa la guerra.

El secretario de la Junta, don Florencio Sanz, se agitó y lanzó circulares, afirmando la vuelta al poder de los puros. Se añadió que el padre Larraga había ido a Turín y el general Uranga a Viena; que los dos traerían disposiciones y dinero en abundancia, y que en seguida la Junta Apostólica iría a ponerse de acuerdo con Cabrera y Arias Teijeiro.

Pocos días después el Faro de Bayona confirmó la noticia y añadió que Tarragual había pedido el pase al subprefecto para ir a Toulouse y luego a la frontera catalana.

Todo esto Aviraneta sabía que no tenía importancia; en cambio, por aquellos días supo por el Club antimarotista de Azpeitia una noticia importante.

Se trataba de hacer un empréstito de quinientos millones de reales a don Carlos por las casas Tastet y Francessin. Tastet había pasado al Real de don Carlos con una carta de los principales banqueros de Inglaterra ofreciendo al Pretendiente auxilios si se avenía a firmar el contrato en las condiciones que se le proponían.

El negocio era una combinación de comerciantes ingleses y franceses, dirigida a arruinar la poca industria española.

Tastet fué al Cuartel Real, y primero se vió con el padre Cirilo de la Alameda y éste quiso sacar tajada sin exponerse; pero Tastet era tan cuco como podía serlo el padre Cirilo y estaba dispuesto a no dar un cuarto sin garantías.

Aviraneta temía que, a pesar de que las condiciones eran duras, don Carlos, impulsado por la necesidad, firmase el empréstito para poder tener armas, caballos, efectos de guerra y dinero para pagar a las tropas.

Sabida es la frase del mariscal Trivulzi, que se ha repetido muchas veces:

"Tres cosas son necesarias para llevar bien una guerra: la primera, dinero; la segunda, dinero, y la tercera, dinero."

A esto se puede añadir la frase de Vespasiano, que el dinero no tiene olor; es decir, que lo mismo da que venga de arriba que de abajo; de las flores o del cieno.

Aviraneta, que veía un gran peligro en este empréstito, comenzó a trabajar en contra de él. Dió informes a los antimarotistas de Fermín Tastet, banquero bilbaíno, que había sido liberal y masón; hizo decir a los Clubs de Tolosa, de Azpeitia y de Bayona que el empréstito era una trama pérfida de Maroto para exterminar a los carlistas puros y al Pretendiente, pues dueño el general de este modo de las tropas, pagándolas espléndidamente haría lo que quisiera, transigiría con Espartero, sacrificando la causa de la legitimidad y del catolicismo. Esta era la explicación de que fueran liberales y masones los que ofrecían el dinero.

La idea lisonjeó a los fanáticos, se la apropiaron, y fué tal la enemistad que se produjo contra este empréstito, que Tastet tuvo que escaparse del Real y marchar corriendo a Francia. Los dos banqueros, el español y el francés, se manifestaron asombrados de la enemiga que había producido su proyecto.

Hablaron en Bayona con el marqués de Lalande y uno de los banqueros dijo:

—Sin dinero la guerra se acabará pronto.

El marqués de Lalande parece que añadió:

—Ya no tenemos guerra más que para unos meses.

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