VIII
Reading edition
Voz de esperanza...—La gran crísis.—Palabras de moda. Todos conformes.—Programa de regeneración.—Los temores de Silvela.—El pueblo español, el gobierno y la Iglesia católica.
Por la espaciosa esfera de este mundo En alas de la dulce libertad Un pueblo á la ventura caminaba. Hasta que llegó á dar en el profundo Abismo de su loca veleidad, Que le impide la marcha que llevaba: Y por temor á la cercana muerte Párase al fin á deplorar su suerte.
OMO expresan una verdad notable y se acomodan á nuestro propósito, tomamos de un poeta mediocre estos pensamientos.

Es evidente que nuestra patria venía caminando sin rumbos fijos, arrebatada por el torbellino de insensatas aspiraciones y de falsos ideales, que la han traído á una crísis espantosa.
¿Se agravará más la enfermedad que padece, ó empezará España á mejorarse hasta recobrar enteramente la salud?
Esto es lo que ahora hemos de considerar.
Hay palabras afortunadas como algunas personas y cosas, que llegan á estar de moda, cual los últimos figurines venidos de París.
En el siglo presente, la palabra libertad no ha reconocido fronteras: en todos los pueblos se ha aclamado y en algunos llegó á la apoteosis.
Desde el siglo XVI, la palabra Reforma viene resonando por todas partes: la Iglesia consideró necesaria la Reforma y comenzó á hacerla, pero sus enemigos tomaron la bandera y por ellos se hizo la falsa Reforma.
Y desde entonces todo se ha querido reformar en el mundo: las ciencias y las artes, el derecho y las leyes, las costumbres y la sociedad, y todo se ha trastornado, como lo fué la religión en las naciones en que triunfó el protestantismo: los hombres no pueden tocar los principios sagrados de la religión, de la sociedad y de la familia, sin profanarlos y destruírlos.
España, la nación más libre del universo con la libertad de los hijos de Dios, quiso también, mal aconsejada, tener su libertad liberal y sus reformas políticas, y desde esa fecha su decadencia se precipitó, como la bola puesta en un plano inclinado.
La catástrofe que nos aflije, ha hecho olvidar á muchos las palabras reforma y libertad, para recordar á todos la palabra REGENERACIÓN.
Ésta es la que se oye por todas partes, la que escriben los periodistas, la que proclaman las asambleas del comercio, la que invocan los políticos fracasados y la que sirve de bandera á los que ambicionan el poder.
Quiera Dios que ya que tan cara nos ha costado la libertad, y tan mal nos han salido todas las reformas, que no caigamos en más hondo abismo al emprender el camino de la regeneración de la patria.
Pocas veces se manifiestan en una nación unánimes los pareceres, como ahora entre nosotros.
Todos los españoles, ya inocentes, ya culpables, ora blancos, ora rojos, estamos conformes en dos cosas: en que nuestra patria se halla necesitada de una urgente y completa regeneración, y en que todos los políticos son culpables de su actual abatimiento: lo primero es verdad de sentido común, y lo segundo lo han declarado los mismos interesados, desde Montero Ríos con su cuento de Meco, hasta Canalejas que sigue siendo político por expiación.
Tan grandes son las calamidades que sobre nosotros pesan, tan terribles las decepciones que hemos sufrido, tan notorias las faltas y desaciertos de los políticos, y, por último, tan tremendos los castigos á que Dios nos ha sometido, que han abierto los ojos á los que no querían ver y á los insensibles les han dado exquisita sensibilidad; por este motivo y excepcionalmente es ahora general y verdadera la opinión de los españoles.
Mas por desgracia nuestra y porque España tiene, sin duda, que pasar todavía por muchas amarguras, esta conformidad desaparece apenas se trata de lo que ha de constituir la regeneración.
Se han dado ya á luz muchos programas regeneradores: con uno bueno y bien practicado nos contentaríamos todos los que queremos se haga el milagro, sea éste ó aquél santo el salvador de España.
Quieren unos, que la regeneración sea ó empiece por el orden económico; otros por el político social, y algunos creen que ha de ser moral y religiosa.
Los primeros no piensan más que en el aumento de las riquezas por medio de la explotación de sus fuentes y del desarrollo de la industria y del comercio.
Los segundos, piden reformas políticas y sociales para que las libertades públicas y las iniciativas de cada uno produzcan todos los frutos que han impedido los vicios del sistema y las faltas de los gobiernos.
Y los que piden la regeneración moral y religiosa desean que se comience por negar al error, á las sectas y á la impiedad los derechos que no tienen, y se proclame el respeto y la obediencia á las leyes divinas antes que á las humanas.
Los políticos que han pedido y alcanzado el poder después de los grandes desastres, no podían menos de llevar al gobierno sus programas de regeneración, que, como es natural, se habían de refundir en el del presidente del consejo de Ministros.
Ya nadie se acuerda del programa de Polavieja, ni de las tendencias regionales de otros Ministros, y para la regeneración de España sólo nos queda oficialmente el programa de Silvela: mas como este señor, desde que quiso presidir el gobierno de la nación, ha dado tantos programas, tenemos que reducirlos á su común esencia, esto es, á la selección, á la liquidación y á la moralización.
Selección entre las personas, liquidación de las colonias, moralidad en la administración.
Ya hemos visto como ha cumplido el Sr. Silvela la primera parte, recusándose para que entraran en el Congreso los masones y los traidores de la patria.
La segunda la ha realizado sin dificultad, firmando la venta á Alemania de los tres archipiélagos que nos quedaban en la Occeanía; y la última queda aplazada hasta que el Sr. Villaverde reuna nuevos fondos públicos que puedan ser bien administrados.
Estas son las partes positivas del programa regenerador, que á nadie satisface, ni á los mismos que de él están viviendo políticamente.
Ahora debemos ocuparnos en la parte negativa, que es, sin duda alguna, la más interesante.
Todos los que conocen al Sr. Silvela ó se fijan en sus declaraciones, saben muy bien que tiene dos grandes temores: teme á la reacción y á la dictadura; y como no le falta talento, sus razones tendrá para manifestar estos temores.
Nosotros sólo podemos juzgar de que iría del brazo del mismo Morayta, porque no le tengan por reaccionario; y respecto de la dictadura, como él no puede ejercerla y ella le privaría del poder, por esta causa la teme.
Pero estas son razones extrínsecas, y nosotros vamos en busca de las fundamentales.
Temen todos los políticos liberales la reacción y la dictadura, porque ellas solas pueden regenerar á España, y ellos, si quieren, no pueden.
Por la cabecera de un ilustre enfermo han pasado todas las notabilidades médicas de la nación; y ya en juntas consultivas, ya particularmente imponiendo su parecer el médico de cámara, han ensayado con el paciente toda clase de métodos curativos, agotando la farmacopea y no olvidando los modernos específicos: en lo que más se han manifestado conformes es en que el enfermo necesitaba mucha libertad y nada de reposo, ni de molestas ligaduras, ni cáusticos.
Y después de muchos años, el enfermo no consigue el menor alivio y va perdiendo las fuerzas hasta el extremo de que algunos doctores han declarado, que no sienten ya el pulso indicador de la vida.
Pero es lo cierto, que todos convienen en que la enfermedad no es mortal, que el ilustre enfermo puede aliviarse y recobrar la salud perdida: luego si no mejora, es por la deficiencia de las medicinas ó por culpa de los médicos, que ignoran las más eficaces ó tienen interés en que continúe la enfermedad para cobrar sus honorarios.
¿Quién no ve en ese ilustre enfermo al pueblo español, que no han podido vigorizar ni engrandecer todos los políticos que con el sistema liberal se propusieron hacerlo feliz y poderoso?
Algunos de la familia quieren que se llamen á los curas á ver si con sus exhortaciones y consejos consiguen mejorarlo.
Nunca está demás un sacerdote á la cabecera de un enfermo; pero la misión de la ciencia hay que dejarla á la ciencia misma; y en este caso con mayor motivo.
España no se puede reconstituir sin la política y sin los políticos; la una y los otros son necesarios para gobernar á los hombres en sociedad: así lo ha ordenado. Él mismo que dispuso fuera su Iglesia dirigida y gobernada por sus ministros.
Si una mala política y unos políticos peores han degradado y corrompido á España, otra política y otros hombres podrán regenerarla.
Y no hay que juzgar las doctrinas por los hombres, sino á éstos por sus doctrinas; y como los liberales están ya por ellas juzgados y condenados hasta en su propio juicio, no es posible que ninguno de ellos, ni sus partidos puedan regenerar á España.
Los buenos médicos procuran una reacción en sus enfermos cuando es necesaria; ¿por qué los políticos, como Silvela, temen á la reacción, si es indispensable para salvar á nuestra patria de la presente crísis? ¿Y si esa reacción no puede verificarse más que por una especie de dictadura, venga mil veces la dictadura franca, antes que una sola vez la mayor postración de España?
Hagamos, por lo tanto, los sacrificios necesarios para librar á nuestra amada patria de todos sus enemigos interiores y después de los exteriores.
Engañan al pueblo y lo seducen criminalmente, todos los que dicen que es soberano, y luego se burlan de su ignorancia, lo explotan y dominan, constituyéndose en sus maestros y representantes.
El pueblo nunca ha sido, ni es, ni será soberano en el sentido que le dan los liberales: el pueblo debe ser objeto de la solicitud y del amor del soberano; para el pueblo, Dios ha constituído los poderes públicos; la Iglesia y el Estado existen para servir, dirigir, enseñar y salvar á los hijos del pueblo.
Siempre menor, no tiene el pueblo la inteligencia de las clases elevadas; pero tiene el sentido común y razón suficiente para conocer á los gobernantes que se interesan por su bien y le hacen justicia, y entonces los ama y muere por defenderlos; pero cuando son egoistas ó injustos, como los gobiernos liberales y no está el pueblo del todo sugestionado, entonces desprecia á esos gobernantes, no los ama y sólo quiere el remedio de sus males.
Sin poder directo para el gobierno de los pueblos en lo temporal, Dios ha puesto á su Iglesia entre los gobernantes y los gobernados, para hacer á éstos dóciles con sus doctrinas y preceptos saludables, y á los otros, justos y benéficos.
Cuando á título de una independencia mal entendida y de una libertad falsa se prescinde de la Iglesia, entonces los gobiernos se ven privados en el cumplimiento de sus deberes de las luces superiores, y los pueblos no tienen quien los proteja y libre de la ambición de los hombres y del despotismo de los imperantes; si las potestades públicas yerran y no son justas y buenas algunas veces, ahí está la Iglesia, que es infalible y santa, instituída por Dios en el mundo para dirigirlas y salvarlas.
