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La voz de España contra todos sus enemigos

III

Reading edition

Voz de dolor... La guerra y la democracia.—Los bárbaros del Occidente y sus ideales.—Anarquía gubernamental.—El éxodo de la escuadra.—Invocación: primeras víctimas.—Ansiedades.—Preparando la catástrofe.—Santiago... y abajo España.

I existiera en el mundo un pueblo que por el olvido de su historia, desprecio de su religión, divisiones intestinas, dilapidaciones de sus tesoros públicos, conculcación de la justicia y desapoderadas ambiciones, fuera esclavo de todas las concupiscencias y juguete de los más cínicos y audaces ciudadanos, ese pueblo merecería que sobre él cayeran toda clase de males, infortunios, guerras y desolaciones, hasta la más grande humillación, para que recuperara el buen sentido y reconociera sus culpables extravíos, antes de llegar á ser despreciado de sus hijos y de las demás naciones, y objeto de la indignación divina.

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Nos causa tristeza reconocer esta verdad; pero ese pueblo existe, y es el pueblo español, que acaba de ser víctima de las más tremendas desgracias y de las mayores expiaciones.

Sólo en parábolas es posible dar á conocer bien las fuentes del dolor que inundan de amargura el corazón de España.

Los bandidos de la comarca de Estatopolis, tenían deliberados propósitos de apoderarse de los bienes que en aquellos lugares poseía un rico noble llamado D. León Castilla. Mientras éste tuvo amigos poderosos y fieles servidores, no se atrevieron los ladrones á penetrar en la hacienda de su vecino; mas cuando por las desgracias de familia fué el gran propietario perdiendo sus amigos y la fidelidad de sus criados, entonces, envalentonados los bandidos, se apoderaron de las ricas propiedades y maltratando al vecino y amigo le arrojaron de ellas como se despide á un huésped intruso y molesto. No es posible ponderar el dolor que sufrió el noble propietario al verse desposeído de sus bienes y tratado de un modo tan inhumano, pues sólo conservó la vida no resistiendo á los depredadores de sus bienes.

La democracia, que según sus apóstoles ha venido al mundo para acabar con la tiranía de los reyes y de sus ambiciones personales y dar la paz á todos los hombres, reconociéndolos como hermanos, iguales y libres, esa democracia es la que proclama injustamente la guerra, y su protagonista ha sido la nación más demócrata del universo: la República federal del norteamérica.

Es evidente que un pueblo sin religión y sin moral verdadera no puede amar á los hombres, ni practicar la justicia, ni respetar la libertad, ni sentir la igualdad: por esta causa, en ninguna nación son más desiguales las fortunas, ni hay más esclavos del trabajo, ni menos caridad cristiana que en los Estados-Unidos.

Para anunciar sus misteriosos designios sobre el mundo, envió el Señor los profetas, y los apóstoles para predicar á los hombres las verdades del Evangelio: para edificar á los pueblos con el ejemplo de las virtudes forma los santos, y para castigar las naciones que prevarican, permite que enemigos poderosos las combatan y humillen.

Esto vemos en la historia y es la ley de la providencia, con la cual Dios gobierna á los hombres y á las sociedades.

La guerra de los Estados-Unidos tiene para nosotros los caracteres de un gran castigo; se ha presentado como inevitable, desgraciada en todos sus accidentes y terrible en sus consecuencias.

El gigante de la América del Norte, armado para la guerra, se levanta, avanza y extiende sus poderosos brazos, uno por el Pacífico, por el Atlántico el otro, para ahogar entre ellos los dominios de España en aquellos mares.

No va como nuestro inmortal Quijote á enderezar entuertos ni á desfacer agravios; sus ideales no son los del Caballero de la triste figura.

Entretanto todo es apresuramiento y confusión en las esferas gubernamentales de España. Quieren los Ministros hacer en veinte y cuatro horas lo que no habían hecho en los veinte años transcurridos desde la paz del Zanjón.

Hacen venir del extranjero trenes de municiones, y gastan muchos millones en comprar barcos para la guerra, y que no podían ir al combate.

En vano los bautizan con los nombres de Patriota, de Rápido y de Meteoro; porque ni sirven para defender á la patria, ni son rápidos en la navegación, aunque sean meteoro en las manos de los agentes de negocios.

Al fin se hacía algo, y se improvisaban las defensas como los ministros, y éstos daban señales de actividad, formando nuevas escuadras que habían de pasar y repasar el canal de Suez, como principio de una repatriación anticipada.

Como si la anarquía hubiera tomado asiento al lado del gobierno para aconsejarle lo que era más pernicioso á la patria, así no se daban órdenes prudentes ni salvadoras, y todo se dirige por el patrón de las primeras disposiciones dadas á los marinos del Atlántico.

Damos un nombre bíblico á la salida de la escuadra de las islas de Cabo Verde, porque nos recuerda otra catástrofe en el mar.

Si el gobierno fué, según las apariencias, sorprendido por la guerra, lo fué mucho más nuestra marina en su estado de preparación, no en el ánimo de sus jefes.

Faltas gravísimas, que aquí no debemos mencionar, habían impedido á la escuadra su preparación, el abastecimiento y el encontrarse en lugar oportuno para defenderse, sin muy graves inconvenientes, de las poderosas escuadras de los Estados-Unidos.

Además de esta circunstancia tan desfavorables, tenía nuestra marina la mayor de todas; cual era su gran inferioridad en el número de buques y en el poder ofensivo y defensivo de los mismos; y no obstante los informes, representaciones y telegramas dirigidos al gobierno, éste, tan mal asesorado como peor influído, sin concierto ni plan, ordena la salida de la escuadra para el mar de las Antillas, donde ya la esperaban las enemigas.

Creemos que en la historia de los ejércitos y de la marina, no se ha ofrecido otra ocasión en la que se pudiera justificar de algún modo la desobediencia, ó un pronunciamiento.

El que hizo la marina en Cádiz en Septiembre de 1868, y que dió origen á la Revolución, nunca se ha justificado; pero el regreso de la escuadra de Cabo Verde y su desobediencia á las órdenes del gobierno para salvar los intereses generales que éste comprometía, mandándola á sufrir una derrota inevitable, hubiera tenido su razón y justificación debida: primero entre las personas conocedoras del arte de la guerra, y después ante la nación, cuando los resultados correspondieran á los motivos que se habían tenido presentes, como los dejó expuestos el inteligente y prudente general Cervera: mas la marina, por medio de su digno jefe y de los comandantes de los buques, había prometido obedecer en todo, y cumplió su palabra, evitando una confusión y un ejemplo funesto para el porvenir de nuestra patria.

Si al fin del siglo, tanto el ejército como la marina, hubieran desobedecido al gobierno, se podría decir ahora, que habíamos acabado de perder nuestra soberanía en América por la falta de los llamados á defenderla; y entonces el régimen liberal y la turba de los políticos habrían quedado impunes y en cierto modo libres de las tremendas acusaciones, que actualmente pesan sobre ellos, y por las cuales han de ser sentenciados á perpétuo ostracismo.

Habiendo, pues, la marina cumplido con exceso sus deberes, toda la responsabilidad de los desastres y de las pérdidas consiguientes, quedan á cargo de los que ordenaron tan imprudente salida.

Mientras que á la ventura sale nuestra escuadra, singla desde Hong-Kong la que tenían allí estacionada los americanos, para bombardear á Manila....

Sombras inmortales de Magallanes, de Legazpi y de Simón de Anda, ¿por qué no salís de vuestros sepulcros á detener esos buques enemigos? ¿No veis que van á destruir vuestra obra civilizadora?

Llevan en sus bodegas cajas de fusiles y ametralladoras para renovar la insurrección fratricida; y sobre las cubiertas, la formidable artillería que destrozara nuestros barcos y la ciudad de Manila, por vosotros fundada y recuperada.

Sus tripulantes son hijos de la América del Norte, donde la perfidia tiene su asiento, y su trono la ambición y la soberbia; ellos no van á ese Archipiélago como vosotros fuísteis, para libertar de la idolatría y de la barbarie á sus habitantes y someterlos á la obediencia de un rey católico; van á llevar la discordia, la guerra y la libertad del error; van á establecer el imperio de la masonería y de la indiferencia religiosa; van á robar á España sus derechos y á explotar las riquezas del país en beneficio propio.

Como las aves de rapiña que se preparan para caer de improviso sobre sus presas, así ellos vienen presurosos desde las costas de la China, donde estaban esperando el día fatal de una guerra insidiosa y contra todo derecho premeditada....

Y tú, sombra de Monroe, que en este siglo has proclamado desde el Capitolio de Washington, que Europa no tenía derecho para intervenir en los negocios de las naciones americanas, ¿por qué permites que tus ciudadanos intervengan en los de la Occeanía?

Si tu colega Mac-Kinley y su Congreso ordenan esta invasión contraria á tu doctrina, vuela, ve y diles: que si América ha de ser para los americanos y la Occeanía para los occeánicos, que los yanquees Shoes, ó los de los zapatos de madera con clavos, regresen á su país de orígen y dejen á los pobres indios, que viven y á los pieles rojas, que no han exterminado, y no se entrometan más en querer á su vandálico modo dominar al mundo.

Si así no lo haces y no te obedecen, quedará tu doctrina deslucida y tu pueblo á la altura de los bandidos....

No hay obra de iniquidad, ni infamia increíble, ni sangriento crímen que no se haya cometido en el mundo por la ambición humana.

Ella llevó á Alejandro al Asia, hizo pasar al César el Rubicón, puso el alfange en las manos de Mahoma, trastornó la Europa por medio de Bonaparte y conduce á las Antillas y á Filipinas las flotas americanas.

La ambición pone el ridículo mandil en el pecho de los hombres, la mentira en sus bocas y el odio en sus corazones; la ambición fomenta las insurrecciones de los mambises y de los tagalos, la codicia de los sindicatos de Nueva York, y el vehemente deseo de riquezas y honores en los soberbios; y en tanto que exalta por un lado las pasiones infernales, por el otro hace que se les sacrifiquen todos los deberes.

Por la ambición de mando se creen los políticos estadistas eminentes, y por no dejar el poder cuando lo han alcanzado, persisten en sus errores, y á su ambición sacrifican la conciencia, la dignidad, y el patriotismo. Por la ambición de algunos españoles se halla España á los burdos pies de los yanquis.

Desventurada patria mía, que tienes por gobernantes á hombres imperitos ó sin conciencia: mira como entregan á tus hijos á las crueles manos de tus enemigos; la obra de tres siglos se ha derrumbado en cuatro horas, al sepultarse ardiendo tus débiles barcos en la bahía de Manila.

Las primeras víctimas han muerto heróicamente, pero sus sacrificios no salvarán tu soberanía en aquellos mares; porque la inmoralidad, la corrupción, la discordia de las sectas y el mal ejemplo de tus representantes, habían ya debilitado tu poder y tus derechos soberanos.

Después del gran desastre de Cavite, eran extraordinarias las ansiedades del pueblo español por saber la suerte que esperaba á la escuadra de Cervera, refugiada en la bahía de Santiago de Cuba, cuya plaza, bloqueada por mar, empezaba á ser hostilizada por tierra.

En vano en sentidos y enérgicos telegramas había pedido refuerzos el general Linares: la escuadra estaba segura en la bahía, y sus tripulantes ayudaban á defender por tierra la ciudad.

Los rusos se vieron en Sebastopol en un trance parecido, y aunque tenían en el puerto ciento dos buques de guerra con más de dos mil cañones, no intentaron romper el bloqueo: pero las autoridades españolas no ven siquiera la ayuda que les presta la fiebre amarilla diezmando cada día el ejército de Sthafer: todo parece que va dirigido á preparar la catástrofe más horrenda.

«Cuando se piensa en la situación insostenible del ejército yanqui ante Santiago de Cuba; cuando se palpa que los infames invasores iban á sufrir un terrible descalabro, y luego se ve que en los momentos decisivos llegó la orden de que saliera la escuadra y á esto siguió la capitulación, etc. etc., no hay más remedio que confesar, que chorrea sangre todo lo ocurrido y que en ello hay algún misterio, sólo conocido por determinados personajes.

No somos nosotros solos los que lo decimos.

He aquí otra opinión autorizada.

El capitán de fragata ruso Livene, que estuvo como agregado naval en la flota americana durante la última guerra contra España, ha dado recientemente una conferencia en el Círculo de los Ejércitos de mar y tierra en San Petersburgo, sobre el desembarco efectuado cerca de Santiago de Cuba por los norteamericanos, á la cual han asistido el general Kouropatkine, ministro de la Guerra, bastantes generales y más de cuatrocientos oficiales de la guarnición.

Lo más saliente de dicha conferencia fué lo que sigue:

Siendo siempre un desembarco muy peligroso cuando el enemigo tiene elementos en el mar, aunque sean poco considerables, los americanos tomaron con razón, como primer objetivo de la campaña, la destrucción de la flota del almirante Cervera, que se había refugiado en la bahía de Santiago de Cuba. Pero no pudiendo franquear el estrecho paso de la entrada, bien defendido por torpedos, ni destruír las baterías españolas, colocadas demasiado elevadas sobre el nivel del mar para ser alcanzadas eficazmente por los proyectiles de la flota, tuvieron lógicamente que recurrir á la acción combinada del ejército de tierra y de la escuadra.

Al principio, según el plan propuesto, la acción debía ser convergente, pero como consecuencia de lo débil de la disciplina, de la carencia de organización, y, sobre todo, de la falta de unidad en el mando y dirección, se prescindió del plan primitivo y se vino á esas acciones divergentes que estuvieron á punto de hacer fracasar lo concebido y comenzado con tanta fortuna. Las circunstancias se hicieron de tal modo difíciles para los americanos, que la cuestión de una retirada honrosa fué planteada.

Les era imposible penetrar en la bahía, no podían apoderarse de las posiciones españolas del E. de Santiago, y el ejército se hallaba aislado de la flota, que era su base de operaciones, careciendo de los objetos de primera necesidad y aniquilándose rápidamente á consecuencia de las enfermedades. En el momento de la rendición de Santiago existían 11.750 enfermos, de los 16.000 hombres que contaba el ejército americano.

En tal momento fué cuando el almirante Cervera, obedeciendo órdenes categóricas venidas de la Habana, salió de la bahía é intentó abrirse paso á través del bloqueo enemigo.»

Cuando un testigo imparcial de los hechos emite juicios tan severos contra las autoridades de Cuba, bien podemos nosotros sentir todas las consecuencias de tales desaciertos; pero al sentirlas debemos expresarlas en la forma propia.

Sea, pues, el resumen de este párrafo la siguiente:

TRAGICOMEDIA

Acto I.—Las escenas se suceden con una rapidez asombrosa en el tiempo y en los distintos lugares.

En Filipinas, se hallan en Subic los cañones á la altura del gobierno español, por el suelo: la bahía de Manila y la isla del Corregidor están casi tan fortificadas como Subic; pero en cambio el almirante Montojo sale con su escuadra á tomar posiciones y á impedir, como un espartano, la entrada en la bahía al desequilibrado Dewey, como le llamó El Imparcial.

Hay por todas partes gran expectación.

En Madrid, el primer actor, nada teme: ha mandado.... de paseo á Woodfford y descansa en su poltrona tranquilamente.

El público se impacienta porque no adivina el argumento de la tragicomedia.

Allá en lontananza, hacia el Oriente, se ven unos barcos pesados y de poco andar que entran en la gran bahía de Manila y se dirigen á Cavite. La escena, contra todas las reglas del arte, queda desierta.

Las sombras de la noche impiden que se vea lo que pasa en el escenario.

Suenan primero unos cañonazos, y después todo queda en silencio....

Cuando con sus arpadas lenguas y alegres trinos empiezan los cantores pajaritos á saludar la alborada del primer día de Mayo, se oyen terribles descargas de gruesa artillería, y los rayos del sol, que despuntan por el Oriente, iluminan una espantosa catástrofe. La escuadra de Dewey destroza é incendia á mansalva la del contraalmirante Montojo, que para salvar á lo menos el honor, hunde en el fondo del mar sus ardientes barcos.

Los espectadores quedan aterrorizados porque ya han visto el principio del fin, y oyen los lamentos de los moribundos.

Acto II.—El escenario representa los horizontes brumosos del Occéano Atlántico.

Todos los asistentes miran y remiran, con extraordinaria fijeza para descubrir el rumbo de una escuadra que salió de Cabo Verde.

Ni los del viejo, ni los del nuevo mundo, ven por donde va, ni por consiguiente á dónde se dirige: unos creen que la han visto hacia el Oriente por el Cabo de Buena Esperanza; otros la suponen en las costas meridionales de los Estados-Unidos, y como pasan días sin que nadie la divise, la llaman la escuadra fantasma.

Entre tanto, aparece en la nueva escena un personaje semigigante y declara oficialmente: que la escuadra de Cervera ha entrado en la bahía de Santiago de Cuba.

Notable sorpresa causa la noticia en todo el público.

Al momento, aparecen á gran distancia muchos buques americanos que se dirijen hacia el Oriente de la Isla de Cuba.

Los espectadores de la derecha comienzan á impacientarse, porque temen que se reproduzca la escena de Cavite.

Romero Robledo grita, Moret se esconde, Sagasta se rasca la barba y atusa el tupé y Blanco se pasea en la Habana tranquilamente; la gran expectación se generaliza y el temor embarga los ánimos.

Á lo lejos se oyen estampidos de los cañones y por intervalos, nutridas descargas de fusilería.

Va á terminar la jornada: Blanco manda que salga la escuadra de la bahía de Santiago á todo evento: la marina obedece y las nubes del humo de la artillería impiden que se vea lo que sucede: cae el telón y el público sabe después que la escuadra de Cervera ha sido totalmente destruída.

Acto III.—En el fondo del escenario se ven las lomas de Santiago y el horizonte cubierto de nebulosidades. Toral se fija en ellas y no puede explicarse este fenómeno.

Una parte de los espectadores empieza á retirarse conmovida y cansada de ver que la trama de la acción resulta siempre contraria á los españoles.

Los yanquis avanzan por tierra para sitiar y tomar la plaza de Santiago.

El coronel Escario no llega en su auxilio: las tropas de Guantánamo no se mueven: el general Pareja espera órdenes superiores: el general Pando ha ido á Méjico y no sale desde la Habana al Oriente con los 30.000 hombres de que hablaron los telegramas.

Linares cae herido, y Toral ve que las nebulosidades aumentan á su alrededor.

El H.·. Paz, tan compasivo y amante de la humanidad, siente desde Madrid la sangre que se ha derramado en Caney y en las lomas de San Juan: lo mismo siente la de los españoles que la de los yanquis, y ve á éstos caer enfermos á millares y que se hallan en una situación apuradísima; y entonces, ó porque llega al extremo su compasión, ó porque ha llegado la hora del desenlace, reune á los ministros y piden la paz á todo trance.

Aunque se había anunciado, no se presenta Mac-Kinley en las aguas de Cuba con el pendón presidencial que le estaban bordando; pero en cambio, aparece en la última escena con el imbroglio del protocolo en la mano, y como lo tiene bien estudiado, lo pasa sin demora á M. Cambon para que se lo envíe á Sagasta.

Todos los personajes se ocultan en una traslogia: el telón se rompe y los espectadores de acá, indignados y llenos de pavor, condenan la tragicomedia.

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