V
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Voz de aflicción...—Males sin remedio.—Culpas de antaño, remordimientos de ogaño y notabilidades obscurecidas.—Continuamos lo mismo.—Todo ha fracasado.—El árbol maldito.—Una esperanza.
AN aflictivas habían de ser para nuestra patria las consecuencias de la guerra, como fueron sus procedimientos y sus principios.

Después de una paz leonina, nos hemos quedado sin las Antillas y sin las mil quinientas islas del Archipiélago magallánico, y al presente, no sólo estamos conformes con nuestras inmensas desgracias, sino que casi casi nos alegramos de ellas, aunque nunca imaginamos que serían tan grandes.
Nosotros, que hemos amado siempre desde el primer horizonte que al nacer vimos en nuestra patria, hasta la última isla del remoto Océano, en que flotaba la bandera española, como fiel testigo de la grandiosa herencia que nos dejaron nuestros antepasados; y hemos sentido la destrucción de las escuadras y los reveses del ejército, ahora estamos, si nó alegres, á lo menos insensibles ante la desmembración y la deshonra de la patria.
¿Cómo se ha obrado en nosotros tan notable cambio?
Se ha realizado, porque nos hemos convencido de que el imperio que se dió á la lealtad y á la fe, no le podían conservar la incredulidad y la rebeldía, ni ser patrimonio de la indiferencia, lo que fué rico premio de la constancia: y hemos visto también, que la pesada mole de un edificio, creada sobre las espaldas robustas de hombres gigantes, no podía ser sostenida por miserables pigmeos; y en fin, porque es cierto, que el honor y la gloria que acompañan á la soberanía legítima sobre las naciones y los pueblos arrancados á la ignorancia y á la barbarie, y civilizados por la religión y las leyes justas, no debían brillar en la frente de los gobernantes que se han degradado por sus bastardas ambiciones y están manchados por sus delitos.
El que es Soberano del universo, quita á los servidores inútiles los talentos que les había dado y los entrega á otros para que negocien con ellos; y del mismo modo traslada los reinos de la tierra de unos á otros pueblos; y el reino, nación ó poder que no le sirva, PERECERÁ.
Ahora sienten muchos que hayamos tenido colonias, porque por ellas nos han venido tantas calamidades. ¡Como si pudieran quejarse los hijos de la rica y noble herencia que les dejaron sus padres, porque no han sabido guardar la una, ni ser fieles á la otra!
Por más de tres siglos hemos poseído pacíficamente nuestras colonias, y con más prosperidad y adelantos que las de otras naciones; si las acabamos de perder con tantos daños de vidas y haciendas y hasta del honor patrio, no se atribuyan estas desdichas al haber sido España una nación colonial, sino al régimen funesto que se entronizó en ella en el segundo tercio de este siglo, y á los gobiernos sectarios é inmorales que han venido corrompiendo y arruinando la peninsula, á la vez que por sus representantes llevaban los gérmenes de las divisiones, sectas impías y malos ejemplos á las colonias, donde siendo, como es natural, más débiles los vínculos del patriotismo y de la autoridad, se habían de romper de un modo cruento al violentarlos nuestros enemigos.
¡Qué grandes responsabilidades han contraído ante Dios y ante la patria, los que por sus culpas y desaciertos perdieron nuestras colonias!
¡Qué delito de lesa nación han venido cometiendo las autoridades y los españoles que llevaron á las colonias la masonería y fomentado en ellas la inmoralidad y el desprecio de la España católica!
Si es cierto, como es notorio que algunos generales y gobernadores se condujeron como masones en Ultramar, y allí, por sí ó por otros, han favorecido las logias de donde brotaron las insurrecciones ¿qué tormentos no sufrirán al presente?
Debieron saber esos infelices, que el fuego de la discordia abrasa más que el de un horno ardiendo, pues éste no quema sino lo que en él se arroja, y el otro se extiende hasta consumir los más grandes imperios.
Á la vergüenza y al dolor presentes, se unirán los anatemas de la historia para todos los culpables.
Y por mucho que se esfuercen en acallar los remordimientos de la conciencia disculpando sus faltas pasadas con las especiosas razones de los males inevitables, nunca podrán impedir que la historia diga á las futuras generaciones: que en el siglo del liberalismo llegó España á la mayor postración y á perder sin verdaderos combates casi la mitad de su territorio; y que tuvo que repatriar un ejército de 200.000 hombres; y que sucumbió su marina, puesta al alcance de los enemigos, como la presa destinada á saciar el hambre de las fieras; y que gastó muchos miles de millones sin fruto y sin haber siquiera alimentado bien á los que la defendían; y que todo esto sucedió cuando un gran masón y liberal cínico era presidente del gobierno de la católica España....
Y añadirá: que en esta obra de la desmembración y de la deshonra de España, le ayudaron otros masones y conspícuos liberales que le precedieron y acompañaron en la gobernación del Estado.
Esos hombres funestos para España, fueron, entre otros, Moret y Beranger, Blanco y Primo de Rivera, Romero Robledo y Montero Ríos, Castelar y Silvela, Martínez Campos y Cánovas del Castillo; éste restaurador civil y el otro militar de la dinastía, que presencia el despojo y la ruína de la nación: y que formaban el ministerio que fué á la guerra y que pidió la paz á todo trance; hombres tan notables como Gamazo y Correa, Romero Girón y Groizard, Puigcerver y el duque de Almodóvar, Capdepón y Auñón: y que estas notabilidades consumaron la obra antipatriótica que había venido preparando el liberalismo auxiliado de la masonería.
Así como á los hombres que fundan un imperio, engrandecen su nación ó con su heroísmo la libran de sus enemigos, se han levantado en todos los tiempos, trofeos, erigido estátuas ó escrito sus nombres en letras de oro sobre los mármoles y los bronces, la historia no tendrá más que páginas amargas y negra tinta para escribir los nombres de aquellos que, salvando los buenos propósitos de algunos, han contribuído á la ruína de la rica, noble y fiel España.
Los nombres de todos los que, durante este siglo han faltado á sus juramentos de fidelidad, hecho traición á la patria, entregándola indefensa al poder de sus enemigos, se podrán escribir como epitafio en el sepulcro de las grandezas españolas.
¡Cuán triste es la realidad!
La mayoría de los españoles siguen viviendo como si nada hubiera pasado, como si la patria no se hallase en la crisis más espantosa, como si muchos de ellos no resultaran culpables de los tremendos castigos que hemos experimentado y de la expiación terrible que sobre nosotros pesa.
Algunos creen que las causas de tantos males sólo tienen ya un interés histórico; y no falta buen número, que por el estado de perversión y falta de sentido moral, no se conmueven por las públicas desgracias; aunque éstas se presentaran á su vista, formando por su magnitud y variedad una montaña tan elevada como los picos del Himalaya.
Aquí, ó no se preveían los peligros, ó no existía el patriotismo suficiente para evitarlos; antes como ahora, no se cuidan los gobernantes y los que aspiran á serlo, más que de las intrigas y de los pugilatos para seguir la obra funestísima de la política de los partidos.
Por el contrario, no considerando moralmente el proceder de nuestros enemigos, es preciso reconocer, que han hecho una barbaridad; pero que la han realizado con admirable astucia y prudencia consumada, según el espíritu del mundo; así es, que antes de la guerra, durante la misma, y después, se ha visto España como el león, cogido en un fuerte lazo, del que no ha podido librarse sino perdiendo hasta su natural fiereza.
Dejando aparte la intervención que la masonería haya tenido en nuestras innumerables desgracias, hay motivos suficientes para atribuir grandes responsabilidades á los gobiernos, á los políticos, á la prensa, á muchos particulares y principalmente al régimen parlamentario.
Á los gobiernos, por sus imprevisiones culpables y notorios desaciertos, y por venir sacrificando la justicia y los intereses de la nación á sus miras personales y al favor de sus amigos y partidarios.
Con frecuencia se venían cometiendo desfalcos é irregularidades en la administración pública y en los servicios del Estado, y no han puesto remedio alguno, ni se ha visto el castigo de los prevaricadores.
Los políticos españoles no han hecho más que parlamentar y enmendarse unos á otros la plana, sin llegar ninguno á escribirla bien: y lo mismo ha hecho la prensa de grande y de pequeña circulación; pues si alguna vez ha clamado contra las inmoralidades y pedido el juicio de residencia para algunos gobernadores de Ultramar, cesaba en sus campañas patrióticas, cuando no le producían beneficios ó veía encumbrados á los personajes que antes consideraba dignos de graves censuras y de penas graves.
Mientras que los particulares gozaban de los favores de la política y del caciquismo, no han visto con malos ojos lo que había de redundar en daño para la nación; y por esto resultan culpables de complicidad en el régimen, que ha originado tantos males y ruínas como se revelan en el estado presente.
Se puede, por lo tanto, asegurar: que en nuestra patria han fracasado todos los gobiernos liberales, los políticos y su política, la prensa callejera y la de los gabinetes, los particulares que defraudan á la Hacienda, queriendo vivir de ella; y ha fracasado también el régimen de la opinión y el sistema parlamentario, productores de tanta corrupción y del abatimiento nacional: aquí ha fracasado todo, menos el espíritu de España.
Por la falta de patriotismo y de amor al bien común, no se ha querido, ni aún se quiere comprender, que la raíz de todos los males que sufre España, se encuentra en el abominable empeño de regirla y gobernarla con los principios y las doctrinas por la Iglesia condenados.
¿Qué frutos puede dar un árbol maldito?
El liberalismo, que ha penetrado hasta en las costumbres del pueblo español, es ese árbol cuyos frutos de perdición nos parecen ahora tan amargos.
Hallábase Napoleón I en el apogeo de sus glorias militares, y cuando puso sus manos conquistadoras en los Estados de la Iglesia, fué excomulgado por el romano Pontífice; y despreciando la excomunión prosigue su obra; mas después llegó á conocer que su mayor falta había sido la de no respetar al Pontífice romano.
Entre las muchas faltas cometidas por la Nación española, ha sido la más grave, la de dejarse dominar por los errores del liberalismo, que la han privado de todas sus grandezas, de sus energías y de sus virtudes cívicas y religiosas; por esta causa no ha tenido ahora valor más que para sufrir sus derrotas y le han faltado alientos para sentirlas y llorarlas.
Los que miran las cosas presentes como hijas de lo pasado y creen en la fecundidad del mal y en la eficacia de la virtud, deben reconocer con nosotros: que en el estado en que se hallaba España, y dada su marcha política, (que por desgracia aún no ha variado) no convenía para nuestro mejor porvenir el triunfo en la pasada guerra.
Al fijarse en lo que acabamos de aseverar, algunos, sin razón, nos tacharán de pesimistas ó faltos de patriotismo.
El primer efecto de la victoria, hubiera sido el consolidar las instituciones liberales y el hacer perpétuo el turno de los partidos con todas las consecuencias de la mayor centralización, del despotismo é imposición de nuevos errores.
El segundo, el aumento de las ambiciones y de la corrupción que siguen á la prosperidad en el mal, y entonces era ya inevitable la total ruína de España; porque el triunfo no nos hubiera dado las fuerzas de los bárbaros, ni las virtudes históricas, que ya no existen en la generalidad; en tanto que ahora, abatidos y humillados podremos levantarnos de nuestra postración, trabajar y hacernos dignos de nuestro pasado y de la misión que tiene España entre las naciones civilizadas.
En apoyo de nuestro parecer, vemos lo que ha dicho The Pall Mall Gaccettee: «que si España tiene valor para mirar el porvenir con calma, su último infortunio será un beneficio en realidad.»
Y The Globe añade: «que si España deja de existir como potencia colonial, no por eso ha quedado destruída como potencia europea. Posee cuantiosos recursos, y si sabe aprovecharse de ellos, sus desdichas podrán ser un beneficio á pesar de las apariencias.»
¿Pero de qué modo podrá salir nuestra patria de la presente crisis y volver en lo posible á su pasada grandeza?
Esto es lo que muchos preguntarán, teniendo á la vista las anteriores consideraciones: y nosotros contestamos diciendo: España puede levantarse de su actual postración y adquirir el puesto que le corresponde, empezando á ser lo que siempre debía haber sido.
Hay hombres que parecen destinados para el trabajo y la esclavitud, y otros que llevan en sus frentes el sello de la inteligencia y del poderío; y lo mismo sucede con los pueblos; pero estas cualidades no son permanentes, y cambian ó se modifican con las costumbres y las ideas, que informan la vida de las naciones: por esta causa, un pueblo esclavo puede llegar á ser libre, y otro libre, puede caer en la esclavitud y sufrir la más cruel de las tiranías.
Las cualidades propias de nuestra raza, se avaloraron con el espíritu cristiano que las ennobleció y elevó á su mayor grado de virtud y de perfección.
La España católica no ha tenido que envidiar á ningún pueblo del Universo el valor de sus hijos, la hidalguía de sus sentimientos, su fidelidad á las leyes del honor, el talento de sus gobernantes, el ingenio de sus letrados, la ciencia de sus sabios y las virtudes públicas y privadas de sus ciudadanos.
Tampoco ha podido envidiar el imperio del mundo y las grandezas de la tierra, porque sus hijos le dieron uno tan dilatado, y las otras tan extraordinarias, que las hazañas de los navegantes y de los guerreros españoles y sus conquistas, parecerían fabulosas, si no estuvieran escritas en la historia.
Toda la política de nuestros gobernantes, se ha debido cifrar en la conservación y en la defensa del espíritu, de la religión y el carácter de nuestra patria, y así hubiera sido permanente la grandeza y el dominio español y su influencia enmedio de las grandes vicisitudes porque ha atravesado Europa y pasa el mundo.
¿Quién hubiera resistido á España, unida en la fe, llena de gloriosas tradiciones y ejemplos heróicos, con extensos dominios y fortalecida con todos los adelantos modernos en su marina y en sus ejércitos?
Si á la unión de los espíritus que teníamos, se hubiera agregado la fuerza material, siempre necesaria para la defensa de grandes territorios, del derecho y de la justicia, es seguro que España sería al presente una de las primeras potencias del Universo.
Mas en una hora fatal, empezaron á removerse los cimientos de la nacionalidad española, y desde entonces, los gobernantes, malos católicos y pésimos políticos, no han cesado en su obra demoledora, importando todos los errores y novedades de otros pueblos, que han venido á precipitar nuestra decadencia.
Y para mayor desgracia, no se ha levantado un hombre superior que desterrara esa política exótica, y devolviera á la Corona sus prerrogativas, y al pueblo sus libertades, fueros y franquicias verdaderas.
Comprendemos las inmensas dificultades que existen y que se han de presentar para la regeneración de España; pero también sabemos lo que puede hacer un hombre extraordinario en un pueblo donde el mal y la corrupción están sólo en una clase, y no se han extendido á las otras, sino parcialmente.
Acábese primero con los políticos de oficio, ahóguese después el espíritu de la revolución en sus instituciones, renazca la libertad verdadera y foméntense los intereses generales, y entonces el Jorge Monk español, podrá dar principio á la restauración nacional.
