VII
Reading edition
Voz de justicia...—Causas principales.—Su naturaleza y sus combates.—Luchas nuevas y problemas antiguos.—El progreso y la civilización desnudos.—Los sentimientos humanitarios desenmascarados.—La justicia salvadora.
EGÚN las ideas en que se inspiran, las aspiraciones que tienen, los hechos que realizan, y por ende, los méritos que contraen, reciben las sociedades, daños ó beneficios, según el orden de la justicia que reina sobre todos los seres morales.

Como las naciones no tienen más que la vida presente, en ésta son premiadas con bienes temporales, ó castigadas, ya cayendo ante la injusticia de los hombres, ya siendo azotadas por la justicia divina, como ha sucedido á nuestra patria, por haberse apartado de los senderos del bien.
En todo el mundo no existen más que dos causas principales, la causa de Dios y la causa de los hombres: la primera está representada y defendida por la Iglesia y por los fieles que le están sumisos, la segunda no tiene institución propia y la representan los hombres libres con las asociaciones que forman y la propagan con las fuerzas de su ingenio y de su efímero poder.
La primera es inmortal, y transitoria la segunda: pero si la causa de Dios no puede faltar en el mundo, se debe tener presente que no se halla vinculada á una ú otra región, á esta ó aquella raza, es la causa de todo el género humano y puede acabarse en unos pueblos y propagarse en otros.
Hasta el presente, por ejemplo, la causa de Dios ha tenido su vida y su representación propia en nuestras colonias: de aquí en adelante podrá vivir en ellas la Iglesia católica, pero no como vive la madre entre sus hijos.
¿Por qué se ha obrado este cambio, sino porque allí ha triunfado la causa de los hombres?
Dios permite el triunfo de la injusticia para castigar á los pueblos que han dejado de sostener dignamente su causa; y la Iglesia, al sufrir las consecuencias del poder humano, se prepara para conseguir nuevas victorias, mientras que la nación culpable es realmente castigada.
Ya la bandera de España, enarbolada por el genio de Colón, no existe en el Nuevo Mundo, y los laureles que tremolándola alcanzaron tantos insignes capitanes, se han marchitado; ya las hermosas bahías de la Habana, de Puerto Rico y de Manila no reflejan los colores del pabellón español izado sobre sus fortalezas; ya en los días de los patronos de España no será saludado con el estampido de los cañones en aquellos mares; ya la armoniosa lengua de Castilla no dictará leyes á ambos mundos; ya se han desprendido las mejores perlas de la rica corona de los reyes católicos, ya la soberanía de España no existe en América ni en la Occeanía.
La indiferencia con que verá el mundo ese cambio de soberanía, no podemos tenerla nosotros, que vemos interrumpido el destino de España, vemos las luchas de las razas y el triunfo de la fuerza contra el derecho, que señala rumbos peligrosos á la civilización.
Había la cristiandad quitado á las guerras la ferocidad y la barbarie, y no pudiendo evitarlas enteramente (porque habrá guerras mientras haya hombres ambiciosos y enemigos de la paz) las había reducido á las justas y á las de legítima defensa; y para librar á los guerreros de sus deseos de venganza y del latrocinio, hizo de la milicia una profesión noble y hasta religiosa. Las órdenes militares fueron en los siglos cristianos el modelo de los ejércitos civilizados, que servían á la causa de la justicia.
Pero ni los hombres ni los pueblos en general, quieren ya servir la causa de Dios, y tremenda y llena de problemas difíciles se presenta la causa de humanidad, emancipada de la Iglesia.
¿Quién obtendrá en el mundo la hegemonía?
¿Será la raza anglo-sajona, arrebatando á la latina su antigua preeminencia?
¿Quién dominará al envejecido Oriente?
¿Cuál será el porvenir de la raza amarilla y de los pueblos infieles?
¿En el siglo XX, será el mundo católico ó presa del anarquismo?
En lo humano, todo lo que haya de suceder parece que está sujeto á la potencia de los acorazados y al poder de los cañones y de los fusiles de tiro rápido: pero éstos se pueden caer de las manos de los mercenarios, los otros derrumbar las murallas de la iniquidad, y aquéllos hundirse en los mares; y sobre las ruínas del poder de los hombres, irá adelante la nave de la Iglesia conduciendo todo lo que se salve de la catástrofe de la iniquidad.
Un día se oyó en el mundo una palabra que no había salido de las academias de Grecia, ni de los liceos de Roma, ni de las Sinagogas de los judíos, ni era el oráculo de los templos paganos, ni la voz de la ciencia antigua; y esa palabra que oyeron los habitantes de Jerusalem, los del Ponto y la Galacia, los de Siria y la Bitinia, los que habitaban la Mesopotamia, los persas, griegos y latinos, hizo que todos los hombres se reconocieran como hermanos, porque era la palabra de Dios: y después de diez y nueve siglos, aquellos que se tienen por humanitarios y civilizados, destruyen en lo posible los efectos de esa palabra divina y renuevan las guerras de razas y la lucha de los fuertes contra los débiles.
En los pueblos antiguos, muchos de los problemas modernos estaban resueltos por la ignorancia, la esclavitud y la tiranía: pero las sociedades cristianas no pueden soportar por mucho tiempo el dominio de la fuerza, ni vivir como esclavas, ni tolerar los absurdos de la impiedad: por esta causa, en unas latente, en otras manifiesta, existe en todas las naciones esa lucha de la verdad contra el error, de la justicia contra la iniquidad, del derecho contra la fuerza, ya proceda ésta de los reyes, ó de los pueblos por medio de los presidentes de las Repúblicas.
Si los principios y las doctrinas de la civilización moderna fueran verdaderos, buenos y conformes á la naturaleza y al fin de las sociedades, es indudable que serían mejores y más perfectas aquellas en las cuales, su aplicación é imperio no tuvieran límites, ni hallaran obstáculo alguno: y si son falsos, perjudiciales y opuestos al bien general, es evidente que llevarán mayor ó menor perturbación y daños á las sociedades en que sean admitidos y practicados con más ó menos extensión y sentido lógico.
No cabe duda de que la corrupción de las costumbres, la iniquidad triunfante, la fuerza en lugar del derecho, la indiferencia religiosa en unos hombres, la impiedad sistemática en otros, la oposición de los gobiernos á la autoridad de la Iglesia, la audacia de los herejes y de los sectarios, fomentada por la licencia más absurda, las intrigas de la masonería y todas las pasiones sin freno, son frutos propios de esos principios deletéreos y de esas falsas doctrinas, que han penetrado en el espíritu y en la vida de los pueblos separados de Dios.
Los Estados-Unidos ofrecen un ejemplo notable.
Constituídos conforme á las doctrinas de la independencia y de la indiferencia religiosa, de la secularización social y de la libertad en todas sus manifestaciones, habían de verse allí los efectos naturales del sistema.
Allí se han realizado los sueños de la democracia, los deseos de los republicanos, las aspiraciones de los hombres que no quieren religión del Estado, ni mandamientos divinos en la vida pública: allí el pensamiento es libre y la prensa libérrima y los ciudadanos no tienen más restricciones en sus actos públicos que la de sus faltas y la vara del polizonte; allí el pueblo manda, la masonería impera y gobierna la opinión pública; allí el último aventurero que llega, puede después de algunos años, presidir á setenta y cinco millones de hombres; y halagando sus pasiones y favoreciendo sus intereses, arrastrarlos á las empresas más inícuas y descabelladas: allí, donde las riquezas son tan caudalosas como sus ríos, y son fabulosos sus inventos y sus ciudades soberbias como Babilonia, allí debían presentarse desnudos el progreso y la civilización y desenmascarados los sentimientos humanitarios y todas las mentiras del siglo presente; porque superior á todo lo ingenioso, útil y naturalmente bueno que tengan los Estados-Unidos, es la injusticia, el atropello y la barbarie que han cometido con España y están cometiendo con Filipinas.
Siendo Dios tan justo y bueno, no podía permitir sin altísimos fines los males que vemos y tocamos.
Entregado el mundo á las locuras de las invenciones humanas, necesitaba en este fin de siglo una lección ejemplar para que aprendiera, que ni los hombres, ni los pueblos, pueden ser justos sin la justicia divina.
Nuestra patria se iba apartando de ella, y los Estados-Unidos han querido ser algo más que el azote de Dios, y poseídos de loca ambición y de codicia insaciable, emprenden otra guerra de conquista al imponer su soberanía á las islas Filipinas, contra la voluntad de sus naturales.
Se ha dicho que nunca fueron buenas las segundas partes, y así resulta patente la iniquidad y la traición de los norteamericanos en esa guerra en que un pueblo libre quiere privar á otro de su independencia.
Emancipados de España por el triunfo de la insurrección que ellos favorecieron, tienen los filipinos derecho á su independencia natural; y toda conquista que se haga por los americanos es injusta y contraria al derecho de gentes: pero empeñándose los Estados-Unidos en proseguir su falta, la agravarán cometiendo el crímen de exterminar un pueblo para dominarlo, y las grandes naciones civilizadas que presencian ese horrible espectáculo y no lo impiden, se hacen cómplices de la injusticia y de la inhumanidad de los Estados-Unidos, que demuestran con los hechos cuán bárbaro es el progreso moderno y qué horrible es la civilización, que emplea sus fuerzas poderosas en el latrocinio y en el asesinato.
Si nuestra patria hubiera expiado todas sus faltas, ninguna ocasión como la presente para conocer que no puede hallar justicia en las naciones civilizadas con la civilización moderna; y que el hambre y sed de justicia que siente para reparar sus desastres y regenerar su vida, sólo sus hijos pueden satisfacerla, buscando esa justicia salvadora que eleva á los pueblos, librándolos de las miserias del pecado.
