I
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La voz de España.—Los ideales.—Carácter del pueblo español y su degeneración.—Idem del americano, deducido de su breve historia.—Elogios que se han tributado á los Estados-Unidos.—La venta de Cuba.—La guerra popular y Mac-Kinley conquistador.
FENDIDA en su honor, menospreciada en su autoridad soberana, en sus derechos atropellada, calumniada en su ejército y hecha el ludibrio de las naciones por las fáciles victorias de sus enemigos y el injusto despojo de sus colonias, la noble y valerosa España, herida, pero no muerta, se levanta de la postración y del cieno en que la han sumergido las faltas de sus hijos y la codicia de sus adversarios y eleva su voz contra todos sus enemigos exteriores é interiores.

Voz de indignación por las provocaciones, calumnias é injurias de los Estados-Unidos, que fingiéndole amistad y respeto á su soberanía en las colonias, se han manifestado después sus mayores enemigos.
Voz de dolor por la guerra injusta que le declararon cuando se estaba desangrando en medio de las insurrecciones parricidas por ellos alentadas; y de mayor dolor por las imprevisiones y torpezas de su Gobierno en defenderla de sus pérfidos enemigos.
Voz de desolación por las inmensas pérdidas que ha sufrido en su honra, en el sacrificio de sus hijos, en sus bienes y en su territorio.
Voz de aflicción por la ingratitud y los crímenes de tantos españoles que han sido desleales y por la falta de energía y de abnegación en sus gobernantes.
Voz de queja por el abandono en que la han dejado las naciones civilizadas y por los auxilios prestados á sus enemigos.
Voz de justicia contra todos los que contribuyeron á su abatimiento moral y á su material ruína.
Voz de esperanza por la que abriga en el amor de sus buenos hijos, deseosos de su regeneración.
Voz de temores por la falta de patriotismo que ve en muchos de sus ciudadanos que, ó no sienten sus tribulaciones, ó sacrifican todos los intereses nacionales para continuar gozando de las ventajas del poder, ó de una falsa libertad.........
¿Quién no oye en medio del silencio que han producido los desastres y las ruínas de la última guerra, estas voces de nuestra afligida patria?
No basta, empero, oirlas: es ahora un deber sagrado de todos los españoles el estudiar estas palabras, tan sentidas como elocuentes, tan dolorosas como llenas de grandes enseñanzas para lo porvenir.
Los filósofos proclaman sus ideales, y los políticos que no son filósofos tienen por un deber aplicar á la sociedad aquellos ideales que consideran más útiles y prácticos: en el ideal de la belleza inspiran sus obras los artistas, y en el de la virtud los que desean ser justos, y todos los hombres persiguen en la vida algún ideal ó con él sueñan.
Lo ideal es la forma de la inteligencia, la aspiración del corazón humano, la vida de la razón, la atmósfera superior que envuelve el universo.
Pero no todos los ideales son verdaderos: unos representan los delirios de las pasiones humanas, otros el espejismo de la felicidad, y no faltan ideales para los más absurdos sistemas. La edad de oro cantada por los poetas ofrece mentidos ideales á los utopistas, y los progresos de la civilización y de las ciencias sin Dios dan atrevidas alas á el pensamiento del hombre y lo elevan hasta las regiones de lo infinito para precipitarlo después en los abismos de la idea hegeliana ó de lo absoluto de Schelling.
El ideal verdadero fué revelado á los hombres desde el principio de los tiempos: se manifiesta en nuestra conciencia, lo conocemos por la tradición y por la fe, lo realizan los justos y tiene su más excelente expresión en las verdades católicas. Fuera de él no hay ideales sublimes, y los que en el mismo no se concentran no pueden ser bellos, ni justos, ni laudables.
Cuando la mente humana contempla ese ideal, sintetizado en el Evangelio, enseñado por la Iglesia y viviente en el espíritu cristiano, reconoce que tiene su origen en Dios, principio de toda verdad y de justicia eterna y fuente de todas las ideas que engrandecen y dignifican á los hombres.
Las leyes de la afinidad unen las partes del mundo físico; las de la gravitación sostienen los globos en el espacio y las del equilibrio impiden que el orden universal sea perturbado; y todas estas leyes son manifestaciones de las ideas creadoras existentes en la mente divina.
Y de un modo semejante, todo lo que hay de necesario, de estable, de hermoso y de sublime en el orden moral, está encadenado y depende de ese ideal supremo que contiene la verdadera religión, la autoridad legítima, sanciona el deber, armoniza la libertad humana con los preceptos divinos y las leyes naturales y positivas, señala el camino á el progreso y perfecciona la civilización: y todas las naciones y gentes que no inspiran en ese admirable ideal su legislación, su derecho y sus costumbres, ni pueden formar un pueblo equilibrado, ni ser justas, ni en verdad, libres, ni humanitarias.
En toda la redondez de la tierra y en todos los siglos no se ha visto una nación como España que se haya inspirado mejor en el ideal de la justicia, del derecho, de la moral y de la religión: por eso sus guerras fueron justas y legítimas sus conquistas; sus caudillos fueron religiosos y caballeros, como sus magnates; y sus reyes se llamaron católicos; y á tanta altura se elevaron las leyes del honor y de la humanidad entre nuestros antepasados, que los plebeyos parecían hidalgos, y éstos como los más nobles caballeros.
Nunca España fué agresora, y cuando fenicios y cartagineses, romanos y sarracenos invadieron sus comarcas, brotaban de su suelo guerreros valerosos como Indibil, Viriato y Sartorio, que por su heroismo en defender sus hogares, infundieron temor á las legiones romanas y emularon las hecatombes de Sagunto y de Numancia.
Los bárbaros del Norte no pudieron dominar en España sino haciéndose españoles; y sepultado su imperio en las funestas aguas del Guadalete, el indómito valor de los iberos levantó en Covadonga el estandarte de la reconquista, que al cabo de ocho siglos llegó triunfante á las almenas de Granada.
Si las armas victoriosas de España llegan hasta el Oriente, entran en Orán, vencen en Pavía y San Quintín y combaten en Flandes, siempre la causa de la religión, de la justicia, del derecho y de la humanidad, es la que las mueve y las guía.
España no ha hecho guerras de conquistas para dominar á los pueblos y enriquecerse con sus tesoros; y sin duda, por la alteza de su espíritu y de su generosidad, la Providencia le señaló nuevos derroteros en los mares y la hizo Señora de dos mundos.
Como apóstoles, más que como guerreros, fueron á América los españoles.
Isabel I no vendió sus alhajas para conquistar un nuevo mundo, ni Colón guió sus carabelas por el Océano tenebroso para avasallar á los indios, sino para descubrir tierras remotas en donde fuera extendido el reinado de Jesucristo.
Si luego Hernán Cortés, Francisco Pizarro y Vasco-Núñez de Balboa conquistan el imperio de los Incas y de los Astecas, fué principalmente para desterrar de ellos la idolatría y los sacrificios humanos y plantar el árbol de la cruz allí donde se adoraba al sol.
Antes de someter por las armas al emperador de Méjico, procuró Hernán Cortés convertirlo á la verdadera fe y le hablaba de la religión cristiana como un misionero; y lo mismo hicieron todos los grandes capitanes donde entraban con sus estandartes: pero más que á ellos se debió la conquista y la sumisión de América á los religiosos predicadores del Evangelio que, con su celo y caridad para con los pobres indios, hicieron amable la dominación española y la religión que los libraba de su ignorancia y de sus vicios y los protegía y defendía de todos sus enemigos.
No se debe inculpar á España el pandillaje y los desmanes que cometieron en América los aventureros que todo lo explotan en provecho propio: lo que hay que atribuirle es la gloria de haber civilizado al continente americano, llevando á él su religión y sus costumbres y el espíritu de sus sabias leyes, representado en el inmortal Código de las Indias.
La solicitud de los monarcas españoles por el bien de sus nuevos súbditos; las limitaciones puestas á los abusos de sus virreyes y gobernadores mediante los juicios de residencia; los establecimientos de enseñanza y de caridad que por todas partes se fundaban, y la grande influencia que los Obispos y misioneros ejercían por su religión y por sus virtudes entre los indígenas, todo esto contribuyó para que en poco tiempo las colonias y las muchas ciudades fundadas por los españoles se igualaran á la Metrópoli, y en ellas floreciera la cultura y la civilización de España, á la sazón la primera de Europa y del universo.
Se puede afirmar, que así como ninguna nación ha tenido más colonias que España, tampoco ninguna las ha regido y gobernado con más justicia y equidad, llevando á ellas su mismo espíritu, elevación de ideas y sentimientos por el sistema maternal de la asimilación y no por el de la explotación mercantil, como lo hacen otras naciones.
Mucho se ha hablado en estos últimos tiempos de la decadencia de España y de las causas que la han producido hasta llegar á la presente ruína y humillación.
Cada uno juzga acerca de ella según el criterio de la escuela ó de los partidos en que, por desgracia, se encuentra dividida nuestra patria.
Para unos, la decadencia de España se debe á el absolutismo de los reyes, á la expulsión de los judíos y de los moriscos y á la intolerancia y al fanatismo: para otros, las causas fueron las guerras de religión y el empeño en sostener la soberanía en extensos territorios, gastando la nación en las colonias y en la guerra de los Países Bajos las fuerzas y los capitales que debió emplear en la agricultura y en la industria de la península: y para algunos, que se fijan en otras causas más próximas, han sido los indolentes reinados de Felipe IV y de Carlos IV y el poder arbitrario de sus favoritos el conde duque de Olivares y el príncipe de la Paz, juntamente con el atraso intelectual y comercial en que quedó España el siglo pasado y las vacilaciones de Fernando VII al principio del actual y la pérdida de nuestras posesiones en el continente americano.
Los secuaces de estas opiniones parece que olvidan de propósito el infausto reinado de Carlos III y la influencia que en él tuvieron los Grimaldi, Esquilache con el masonizante conde de Aranda, brazo de la expulsión de los jesuítas, que privó á la juventud de sus mejores maestros; y olvidan á los Moñinos y Campomanes, que completaron la obra del famoso Conde, como legulellos enciclopedistas.
Nadie puede negar que con el llamado absolutismo de algunos de nuestros reyes, sin judíos y sin moriscos, con la santa Inquisición y reyes indolentes é ineptos favoritos, sin grande industria, ni comercio, España no dejó de ser una nación de primer orden, importante y respetada, hasta contar con ella las demás naciones para humillar al Coloso de este siglo.
En la guerra de la Independencia dió España todavía á el mundo pruebas de su carácter, de su poder y de lo que es capaz un pueblo unido por los sentimientos de la fe y del patriotismo.
No tenía un gobierno fuerte y prudente al ser abandonada por su rey débil, pero entonces existían todavía las clases sociales y el pueblo español, existían el valor y el carácter nacional y la fe y el patriotismo de nuestros gloriosos tiempos, y salimos victoriosos de tan grande empresa.
Algo nuevo debe haber entrado en España, cuando después de lo que nos había hecho grandes é invencibles, se ha ido perdiendo todo.
Últimamente no nos quedaba más que el patrimonio de nuestra legendaria historia, el valor y el honor proverbiales, que se comprometieron y se han eclipsado en la última guerra.
Adornaban el carácter de la nación española, la hidalguía castellana, la tenacidad de los aragoneses, el ingenio catalán, la constancia valenciana, el entusiasmo andaluz, la audacia extremeña, la caballerosidad manchega, la fidelidad de los gallegos, la lealtad de los asturianos, la nobleza de los vascongados, la fortaleza de los navarros, es decir, todas las virtudes cívicas elevadas por la fe y por el valor de todos al heroísmo que había hecho del pueblo español, un pueblo católico, noble, invencible, porque obedecía á los supremos ideales de la religión, y á las leyes de la justicia y del honor.
Con la invasión de las doctrinas revolucionarias é impías ha perdido España su espíritu nacional; y con la propagación de la secta masónica y de los errores del liberalismo, se han desterrado la mayor parte de las virtudes públicas y privadas, que eran nuestra gloria; y el carácter español ha degenerado tan notablemente en el siglo actual, que ya es completa nuestra decadencia.
Cuando teníamos el espíritu, las virtudes y el carácter nacional, nunca nos faltó la fuerza para vencer á nuestros enemigos.
Ahora, un pueblo de mercaderes, inícuo y egoista, nos ha envuelto con su astucia y con su fuerza abrumadora y medios nefandos nos ha vencido.
España no podía sufrir mayor humillación que la de caer á los pies del pueblo americano, ni éste, en su codicioso orgullo, ha podido tener satisfacción más completa que la de despojar á nuestra patria de sus ricas colonias, injuriar sus blasones y marchitar los laureles de su historia.
Para conocer la verdad de estas aseveraciones, conviene tener á la vista un resumen de la pequeña historia de los Estados-Unidos, que nos dará una idea de sus tendencias, de su espíritu y de su carácter nacional.
Los españoles habían ya prodigado por muchos años su sangre, su valor, su ilustración y su caridad en América para convertirla á la religión, civilizarla y someterla á la soberanía de España; cuando llegaron al Norte los primeros emigrantes de Inglaterra que, como los de otras naciones, iban en busca de las riquezas del Nuevo Mundo.
Conocida la fertilidad de aquellos inmensos territorios, Jacobo I, dió en 1606 en cartas patentes á la Compañía de Londres, la parte meridional y la septentrional á la de Plymouth: estas Compañías fueron el plantel de las colonias inglesas, y fué desde el principio la más importante la formada por los Padres Peregrinos de Nueva Inglaterra, célebres puritanos que salieron de su patria en el buque Flor de Mayo.
Bien se ve que, á la formación de dichas colonias, presidió el espíritu de lucro y el de la fanática herejía del puritanismo.
En su creciente desarrollo, después de siglo y medio, se vieron detenidas por las colonias francesas del valle de Misisipí; las combatieron con las armas y se apoderaron de ellas.
Como Inglaterra había ayudado á sus colonias en la guerra contra las de Francia, para resarcirse de los gastos hechos, votó en 1764 la ley del papel sellado, que introducía restricciones en el comercio con las colonias. La de Virginia se negó á pagar un impuesto que no había aprobado. Y desde entonces, secundada por las demás colonias, empezó la lucha con la Metrópoli, ésta por cobrar y las otras por no pagar.
En vano Inglaterra transformó el impuesto poniéndolo sobre el te, el papel, el cristal y otras mercancías, que importaban sus colonias; éstas no quisieron admitir los barcos en sus puertos, ó arrojaban al mar las cajas de te y los demás artículos.
Con este motivo la guerra de la emancipación se declaró formalmente en 1775 con el combate de Lexington, la batalla de Barken-hille y el asedio de Quebec, que tuvieron que levantar los americanos por la muerte de Montgomery.
Entonces Tomás Payne, con su folleto titulado El Buen sentido, reanimó el espíritu de las colonias para sostener la lucha que, con el auxilio de los franceses mandados por Lafayet, les dió la emancipación completa en 1783.
Washington fué el alma principal en los combates y después en la organización federal de las colonias emancipadas, á las que dotó de una Constitución prudente y sólida, que le ha dado más fama que sus victorias y por la cual hace más de un siglo se rigen los Estados-Unidos.
La historia propia de éstos, podemos decir que empieza con la emancipación de las trece colonias inglesas, que se erigieron en otros tantos Estados, á los cuales se han unido ó anexionado después otros treinta, que con los anteriores forman al presente la gran República.
Muchas de estas agregaciones no se han hecho sin violencia y sin notoria injusticia.
Con la guerra de 1813 se extendieron por las posesiones inglesas del Oriente; y si España les cedió la Luisiana, le fué arrebatada gran parte de la Florida, cuando el año 1810 invadieron los americanos las ciudades de San Marcos y Pansacola, quedándose después con toda la península por el tratado de 1819, que los hizo dueños por el Mediodía hasta el mar de las Antillas.
Por el Norte, muchas tribus de los pieles rojas han pagado con su vida el delito de haber nacido en territorio ambicionado por vecinos poderosos.
Y Méjico, ya teniendo que cederles la California, ya sufriendo el despojo de las provincias de Texas, ha contribuído por el Occidente á el engrandecimiento de los Estados-Unidos, que dueños al fin del Alaska y de otros territorios por compras y conquistas, se enseñorean entre los dos océanos y los hielos de la bahía de Hudson y de las templadas brisas del golfo mejicano.
Y no satisfechos con tantas adquisiciones, rapiñas y exterminios de tribus realizados, se propusieron arrojar á España enteramente de América, por ella descubierta y en gran parte civilizada.
Con lo dicho basta para que se comprenda que los Estados-Unidos conservan su carácter de origen y que forman un pueblo de mercaderes y negociantes, sin otras aspiraciones que las del vil interés; y aunque las cubran con la máscara de los sentimientos humanitarios, de la libertad, de la justicia y de la moral, no son más que impulsos del engrandecimiento propio, de una codicia insaciable y de la más desenfrenada ambición.
En los Estados-Unidos todo se mueve por el resorte del interés: la misma célebre guerra de secesión no tuvo otro origen; y vencidos los intereses del Sur por los del Norte con la libertad de los esclavos, el presidente vencedor Abrahan Lincoln fué asesinado una noche al salir del teatro. Sus enemigos no le perdonaron el quebranto que les había hecho sufrir en sus negocios.
Con una historia de ayer, sin literatura nacional, ni ciencia especulativa, ni moral verdadera, los amantes de estos estudios, se dedican á escribir la historia de Europa, como Prescott, de nuestra literatura, como Thignoc, ó á combatir la moral en la religión, como Drapper.
Toda la grandeza de los Estados-Unidos tiene un aspecto material: sus adelantos son mecánicos y sus ciencias favoritas las naturales; y como no se nutren de ideas verdaderas, han comenzado á degenerar en medio de tanta prosperidad, apartándose del espíritu y de la letra de su Constitución y de los límites que la doctrina de la libertad y del respeto á la independencia de los pueblos les tenía prescritos.
El observador atento é imparcial, que se fija en los verdaderos intereses de la justicia y de la humanidad, no ve en la breve historia de los americanos del Norte, hechos notables dignos de alabanza.
¿Por qué, pues, se han hecho y repetido tantos elogios de los Estados-Unidos?
¿Por ventura han descubierto otro Nuevo Mundo, ó traído á la civilización elementos nuevos, que libren á los hombres de las miserias de esta vida y los hagan mejores?
Nada de esto han realizado: y sus inventos, con ser tan prodigiosos, no pueden compararse con los que ya poseía Europa; y por cierto que no se les elogia porque hayan perfeccionado algunos ó hecho más útil aplicación de otros.
Lo diremos en tres palabras: á los Estados-Unidos se les han tributado tantas alabanzas, porque nuestro siglo ama al becerro de oro, acepta con facilidad servil las opiniones corrientes y aborrece la religión positiva.
Como poseen inmensos y fértiles territorios, bosques vírgenes, minas abundantes y rios navegables, no es extraño que con el trabajo, la industria y el comercio, se hayan enriquecido, y sus grandes capitales llaman la atención de los pobres del Viejo Mundo. Muchos aman á los Estados-Unidos por la sola razón de que son riquísimos.
Otros los admiran porque han oído celebrar la amplia libertad de que gozan allí los ciudadanos, no sólo en la emisión de sus opiniones, sino en el ejercicio de su soberanía; y en particular encomian el respeto y la obediencia que todos tienen á las leyes y á la policía.
Antes de que mediara el presente siglo, muy pocos conocían en Europa la vida, las costumbres, la libertad y la legislación de los Estados-Unidos; pero dos emigrados franceses vivieron allí algunos años, y no lo pasarían muy mal, cuando al regresar á Francia escribieron sus obras elogiando al pueblo que habían abandonado.
M. Renato Laboulaye escribió su Historia de los Estados americanos, y M. Enrique de Tocqueville las suyas de la Democracia en América y del Sistema penitenciario de los Estados-Unidos.
Si inspiró estas obras el amor á la verdad, ó el deseo de propagar en Francia la democracia, cuando se avecinaba la Revolución de Julio, no es fácil averiguarlo; lo cierto es que alabaron los franceses á los americanos, y esto bastó para que se extendiera la opinión favorable, y para que nuestros Roque Barcia, Pí y Castelar, pusieran por cima de las nubes á la gran República, queriéndonos hacer á todos federales y felices con la democracia.
Más adelante veremos el valor que tienen esos sistemas practicados por los americanos. Los hechos son más elocuentes que las palabras, y sobre todo, los últimos acontecimientos condenan en los Estados-Unidos lo que hubiera laudable en sus leyes y costumbres.
España ha tenido mejor sistema penitenciario que los norteamericanos; era el preventivo que nunca permitía el lynchamiento que ellos practican.
Y para acabar estas consideraciones, sólo diremos: que con razón alaban los impíos, los masones y muchos liberales á los Estados-Unidos, porque allí, como el Estado no tiene religión, ó se contenta con la natural, se pueden difundir los errores monstruosos y hacer las mayores barbaridades, si se guardan las formas, no teniendo la inflexible censura de la Iglesia, que es la que en todas partes aborrecen hoy los amigos de la conciencia libre.
Después de que expongamos todo lo que es preciso decir en esta ocasión de nuestros enemigos, veremos si queda en España un hombre de buen sentido y de juicio sano, que crea en la justicia de los elogios hechos á los Estados-Unidos.
Completaremos este cuadro con algunos datos históricos relacionados con la guerra que empezó por arrebatarnos la isla de Cuba.
Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba á los Estados-Unidos. Los presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado la conveniencia de esa adquisición.
M. Adams preveía bien la dificultad de la anexión por medios violentos, y no queriendo malquistarse con Inglaterra y Francia, dispuestas ambas á impedir que por la fuerza fuera arrebatada Cuba á España, ofreció á nuestro gobierno un empréstito importante, hipotecando las rentas de la isla; y cuando se llegara al trance de la quiebra, tener ocasión de apoderarse de la hipoteca.
Los cálculos de Adams le salieron fallidos, pero no por esto los políticos yanquis desistieron de su propósito, sino que esperaron la oportunidad para con mayor instancia renovar sus ofrecimientos.
Esta oportunidad la vieron en 1848, cuando la mayor parte de las naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y el embate del huracán azotaba á España, entonces el ministro norteamericano en Madrid, M. Saunders, recibió el encargo de reiterar las proposiciones de Adams, ofreciendo 100 millones por la isla de Cuba.
M. Saunders, que conocía bien la diferencia que hay entre un yanqui y un español, no se atrevió á cumplir el encargo, y fué preciso que Buchanan le amenazara con la destitución para insinuarse al general Narváez, que era presidente del Consejo.
El duque de Valencia, dice el ilustrado cronista que nos ofrece estos datos, supo reprimir la impetuosidad de su carácter, y á pretexto de que él no entendía de estas cosas, envió á M. Saunders al marqués de Pidal, ministro de Estado.
En la primera entrevista se mostró muy diplomático, pero en la segunda creyó que podía arrojar la careta diplomática y contestó al embajador de los Estados-Unidos:
«No me es permitido oir hablar de este asunto: ¡húndase Cuba en el Océano: cúbranla las olas antes de cederla á otra potencia!»
En 1853 reanudóse la interrumpida gestión por otro ministro del gobierno americano, M. Soulé, que era un francés naturalizado, y aunque de algún talento, le faltaba la prudencia, y por esta causa fué muy desairado en Madrid y advertido por su gobierno, de que no empleara las amenazas contra los altivos españoles.
En 25 de Abril de 1854 recibió plenos poderes del presidente para negociar con el gobierno de S. M. católica la cesión de la isla de Cuba á los Estados-Unidos, ofreciendo hasta doscientos millones de duros.
En momento más intempestivo no podían haberse otorgado semejantes poderes. El desairado embajador creyó llegada la hora de intimidar á España con tremendas amenazas y dijo, escribiendo al ministro de Estado, M. Marcy: que era necesario recurrir á la fuerza para obligar al Gobierno de Madrid á entrar en negociaciones.
Más cautos y conocedores del carácter español, el presidente y el ministro de Estado, insistieron en que sólo por el camino de la moderación y de la prudencia se podría llegar al término apetecido.
Mucho después, el presidente Jonson, en su mensaje del año 1867, dijo: «Convengo con nuestros poderosos hombres de Estado, en que las Indias Occidentales gravitan naturalmente y deben ser absorbidas por los estados del continente, incluso el nuestro; convengo también con ellos en que es prudente dejar ese problema al problema natural de la gravitación política.»
Y Cleveland, en el mensaje del 96, decía: «Se ha sugerido al gobierno la idea de que los Estados-Unidos podrían comprar la isla: ésta sería digna de consideración si se encontrase España dispuesta á discutir este punto.»
El sucesor de Cleveland, Mac-Kinley, no debió ver las cosas y los últimos gobiernos españoles del mismo modo, cuando se volvió á hablar de nuevas tentativas de compra-venta, hasta que por fin debió pensar con los suyos: que era más breve el tomarla de cualquier modo.
Cerca de un siglo han estado los norteamericanos ambicionando la isla de Cuba. De sus costas, y particularmente de Nueva-York, salieron sesenta y tres expediciones filibusteras para fomentar y sostener las insurrecciones, tan ruinosas y mortíferas para la isla, como para España.
Y últimamente, el Sindicato de la misma ciudad, bajo los auspicios de Mac-Kinley, hizo los postreros esfuerzos para asegurar por medio de la guerra sus capitales con la adquisición de la garantía que se les había ofrecido.
España ¿ha sido víctima de una especulación comercial? ¿Era legítima la constante aspiración de los Estados-Unidos por adquirir la isla de Cuba? ¿Cómo se hace popular una guerra injusta en una nación de 75 millones de almas?
Importa mucho estudiar y conocer estos fenómenos de los pueblos libres.
Sin duda, España ha sido víctima de algo más de lo que supone un negocio mercantil.
No ha sabido, ni por último ha podido contrariar la ambición de los Estados-Unidos: tantas eran sus culpas que el honor nacional no podía ya cubrir con su gloriosa bandera.
La guerra llegó á hacerse tan popular en la gran República, que Mac-Kinley, para llegar á la presidencia y sostenerse en ella, tenía que desplegar el pendón de la conquista.
El hombre de negocios, el autor del bill de Aduanas, el pacífico ciudadano, se ha visto en la necesidad de emular las hazañas de Alejandro, de César y de Napoleón, y sin salir de su casa blanca de Washington, contraer méritos suficientes para que le llame la historia: Mac-Kinley el conquistador.
