III PARÍS (continued 2)
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—¿Adónde me lleva usted?—interrogó Silvio.
—Á casa de Paquín... No tiene demasiado talento; se repite que es un dolor... pero al fin es el menos seco y amanerado de todos... Vorth ya es enteramente un modisto de teatro; sólo sabe hacer trajes de aparato, de reina de baraja; Redfern, ¡pch! algo entiende el paño... En sedas y gasas, calamidad... Laferriére se está echando á perder... Doucet, un impertinente; tiene un premier español que ha sido modisto en Madrid, un joven linajudo, pero caprichoso y raro; sólo trabaja de buena fe para las familias reales... Yo, á veces, le hago infidelidades á Paquín con unas casas nuevas que se me figura que tienen porvenir. Descubro estrellas. Boué es de mi escuela; nada pesado, nada que no plegue... Es enemigo de estos bizantinismos y estos japonismos que les encantan á las yanquis; en su manía de buscar lo pasado, las hace ilusión vestirse con dalmáticas y capas pluviales... Aborrezco ese genre. Me gusta otra cosa... Algo de poesía, de ensueño... ¿Verdad que eso es lo bonito?
En esta plática llegaron ante la casa de Paquín. Silvio miró sorprendido la fachada. Los dos pisos que correspondían al gran modisto, parecían comentar las últimas palabras de la Porcel. La poesía desbordaba por los balcones. Aquel día, el jardinero, que diariamente los cuajaba de plantas en plena floración, había elegido tiestos de soberbios lirios lancifolios, que abrían sus cálices de terciopelo rosa, atigrados curiosamente,—lanzándose fuera del barandal de hierro. Entre las flores, de involutos pétalos, follaje plumeado de helecho mezclaba sus gráciles airones. Era el único edificio engalanado así en toda la calle; un reto á los otros modistos; un llamamiento, una galante invitación á la mujer, un jardín colgante que gritaba que allí se colmaba el sueño femenino de lujo, gracia, capricho y hermosura. Aquellas flores eran la voz insinuante de la sirena, y la mujer que lo escuchase indiferente tendría su alma enajenada en otro hechizo.
Silvio y la Porcel subieron la escalera y entraron en el templo. La puerta estaba franca: no era necesario llamar. Salvaron la antesala, que cruzaban atareadas oficialitas, y se encontraron en el salón blanco y oro, con ventanas á la calle. En sillas y sillones se repantigaban señoras que, antes de dirigirse al paseo, se distraían en venir á ver la exhibición de los modelos. Había allí de todo: verdaderas damas del buen tono, de San Germán; opulentas banqueras; extranjeras que fiaban en sus millones para transformarse en un santiamén en parisienses con chic; actrices que no trabajan en esta época del año y preparan elementos para la temporada próxima; dos grandes cocottes, imitadas en su estilo y adornos por todas las señoras, y hechas, en aquel mismo instante, una preciosidad de finura y de elegancia. Silvio miraba á la clientela, y pensaba: “Con el retrato de éstas que están aquí, sería lo bastante para hacerme en París un nombre y sostenerme algún tiempo sin necesitar de Espina”. Después, tascando el freno, murmuraba: “Es innoble tener siempre pendiente la cuestión de dinero. ¡Qué miseria!” En momentos así, se acordaba de la Ayamonte. Á su lado, no necesitaría sufrir ninguna humillación... Pero habría que ser su marido.—Espina, remolcándole, había saludado á algunas conocidas que encontraba allí, señoras legítimas: la condesa de Villars-Brancas, la condesa de los Pirineos, nacida Rohan, la marquesa de Saint-Pol, una judía archimillonaria, casada con un descendiente del célebre condestable que hizo traición á Eduardo IV ante Calais.—Las extranjeras, olfateando categorías sociales, aplicaban el oído, miraban ansiosamente, soñaban un incidente, una casualidad que las pusiese en contacto. Las del círculo aislábanse, estrechaban su grupo. Amablemente, la Saint-Pol pedía consejo á Espina, cuyo buen gusto era tan conocido... Ese dichoso baile de los Crouzat-Salvilly...
—No sé—decía ella, remilgada.—Se me figura que Paquín decae. No tiene fertilidad de imaginación. Mírenme ustedes esos modelos. Bonito, sí, bonito... todo lo bonito que se quiera... pero lo de siempre; los pliegues en la cadera, se ha enamorado de ellos; las peregrinas... ¡y estamos de pliegues y de peregrinas hasta el moño! Sería hora de renovar un poco las hechuras, la manera de comprender los adornos, hasta el colorido... Nada: se pone pesado como los viejos...
Mientras Espina hablaba así, las seis muchachas encargadas del oficio de maniquíes vivos se paseaban lentamente, estudiada la actitud, para mejor hacer admirar el modelo que vestían. Daban la vuelta al salón, dejando desplegarse con armonía la cola, con esa ciencia del efecto de la tela sobre las formas, que Silvio había creído privativa de Espina, y que iba pareciéndole uno de los infinitos gestos graciosos y conquistadores de París. Se volvían, para enseñar á cada señora la hechura del vestido ó abrigo, de espaldas y de frente, exhalando al mismo tiempo murmullos de encomio, un himno á la originalidad de los adornos, á lo delicioso de la prenda. Aquellos maniquíes vivos eran mujeres hermosas, más hermosas que su clientela tal vez; las envolvía el prestigio de la casa; parecían desdeñar á la dama que no tirase miles de francos en hacerse ropa; y bajo los caprichosos trajes que un momento las cubrían, llevaban sayas bajeras baratas, adquiridas de ocasión en los Almacenes, calzado fatigado ya, camisas de tres días. Con rapidez vertiginosa, desaparecían, se quitaban un vestido, se enfundaban otro, y volvían á pavonearse, á hacer la rueda, sudando bajo los abrigos de teatro y calle, que las asfixiaban.
Espina pronunció indignada:
—¡También es demasiada avaricia la de este Paquín! Estos modelos están ya imposibles, de tanto enseñarlos todos los días. Mire usted; las gasas parece que han fregado el piso, y ese traje rebordado de lentejuela es un pingajo, como un faldellín de acróbata. El maestro se ríe de nosotras... ¡Y pensar que después de sudarlos así, todavía se los pagan, para modelos del invierno que viene, las modistas de provincia!
Riéronse las parroquianas. Era verdad; no se concebía tacaño como él. ¡Cebado en la ganancia, y sólo pródigo de flores!
—Y después—indicó la Villars-Brancas,—quiere que traguemos que fabrican expresamente para él todas las telas que gasta, cuando me consta, digo que me consta, que pide á los grandes Almacenes géneros... Somos unas infelices en creer sus embustes.
En la conversación de las señoras notábase cierta animosidad; el rencor de las cuentas crueles, la eterna queja del comprador contra el vendedor.
—Lo peor es—advirtió Espina—que se le vaya acabando la inspiración. Dentro de poco no sabremos con quién vestirnos. Y ¿dónde andará ese bajá de tres colas? Podía molestarse al saber que estamos aquí...
Se metió precipitadamente en el gabinetito, al lado del salón, al pie de la escalera por donde debía bajar el modisto. Alfombran el piso centenares de muestrarios, piezas de encaje á medio desenvolver, adornos enrollados alrededor de cartones, cascadas de accesorios, piezas de gasa de colores amortiguados, retazos de cintas anchas, botonería de strass. Y Espina gritó imperiosamente á la rubia oficiala, que la miraba entre alarmada y respetuosa:
—Advierta al Sr. Paquín que aquí estoy...
La oficiala se precipitó por la escalera misteriosa, pintada de blanco, fileteada de oro. Entretanto, Silvio había suplicado á Espina: “Presénteme á sus amigas... Sólo conozco á la condesa de los Pirineos, y es fácil que ya no me recuerde... Acaso alguna se retrate...“ Y Espina, sin calor, había presentado: “El Sr. Lago, un joven artista á quien he conocido en Madrid...”
Bajaba el gran modisto. Silvio le miró con interés. No era un tipo afeminado: al contrario. De aspecto militar, bigotes marciales, ojos negros y duros, tez biliosa, se le podía llamar un buen mozo vulgar, asargentado. Su tiesura poco galante se humanizó ante Espina y las otras parroquianas, de la flor de su clientela. Sin embargo, se veía que la excesiva complacencia no entraba en sus hábitos, y que aquel empaque diplomático era lo único que llevaba como librea de distinción sobre su basta figura.
Espina, resbalando más bien que andando por la alfombra, se le acercó y murmuró:
—Señor Paquín, vengo con una pretensión muy extraordinaria... Que se olvide usted de los modelos que nos enseña desde el mes de Abril, y que me haga, para el baile de los Crouzat-Salvilly, algo inédito... Un traje en que el rubí...
El modisto, frunciendo el ceño, herido en su infalibilidad, respondió:
—¿Cómo? ¿La señora querría...?
—Algo inédito, he dicho... Y algo que me hiciese usted el favor de no reproducir en un par de meses, ni para expedirlo á Australia. Vamos, prense usted la imaginación...
—¡Oh! ¡Señora!—murmuró el bajá dignamente.—Espero que no necesitaré gran esfuerzo para encontrar algo delicioso... Indíqueme la señora Porcel su idea, y daré instrucciones á mis dibujantes, y someteré á la señora...
—¡Sus dibujantes de usted!—recalcó Espina.—¡Si están como los caballos de los fiacres! No, Paquín... Se trata del baile de los Crouzat, de algo serio, ¿eh? Me he traído el dibujante, el compositor, el artista en elegancia... Aquí le tiene usted. El señor, en este terreno, es un hallazgo, un tesoro... Me ha de dar usted gracias, y no ha de querer soltarle, así que pruebe sus servicios...
Sin saber qué responder—no estaba en las costumbres de la casa aceptar personal en semejante forma,—el bajá guardaba silencio, y Silvio, atónito al pronto, convulso de ira con los verdes ojos anegados en sombra, se lanzaba hacia la señora, atropellando exclamaciones:
—¿Qué dice usted? Pero ¿qué está usted diciendo?
—¿Qué le pasa?—repuso ella.—No sea usted niño, no lleve usted la modestia á extremo tal. Nadie ignora en Madrid las disposiciones de usted para la moda. ¿De qué se alarma? Le estoy situando en su verdadero terreno, y creo serle útil al recomendarle á Paquín. ¿Qué? ¿Lo toma usted á ofensa? ¡Bah! Bueno. No hablemos más.
La extraña escena había fijado la atención del grupo de señoras. Se entremiraban y miraban á Silvio, cuyo rostro, demudado, podía alarmar. Y la Villars-Brancas y la de los Pirineos, muy amigas, cambiaron expresiva ojeada, como diciéndose: “Aquí hay algo más de lo que sale á la superficie...”
Silvio se había dejado caer en una silla. Su respiración era anhelosa; una resaca violenta hacía palpitar sus hombros y su pecho. Espina se le aproximó. Le prodigaba explicaciones.
—Vamos, no sea usted así... Sobre que hace uno las cosas con la mejor intención... Pero vamos á ver: ¿qué tendría de particular que usted me dibujase un traje? ¿Es algún delito? ¡No sabe uno de quien echar mano para presentarse bien! Y usted, aunque se enfade, ¡viste tan divinamente! ¡Si viese usted, Sr. Paquín! ¡Sedúzcale con proposiciones, por si le restituímos á su verdadera vocación!...
El artista temblaba con todo su cuerpo; se torcía las manos para contenerse; sentía, con fuerza casi irresistible, la impulsión destructora, el ansia de abofetear, de herir, de gritar improperios, de hacer algo afrentoso, de proferir, como quien escupe: “Esta mujer que así me habla y yo...” ¿Qué se proponía Espina? ¿Qué monstruosa venganza era aquella? ¿Qué goce para su estragado espíritu? ¿Cabía bañarse así en el agua amarga del ajeno sufrimiento?
No se acordaba Silvio de que la indiferencia moral, el desprecio á la humanidad, de Espina, le habían parecido en Madrid sello de naturaleza escogida y artística, picante atractivo de su trato y su persona... ¡Cuánto daría ahora por beber la expresión de la piedad y la generosidad en unos ojos humanos! ¡Oh, Clara!
Se volvió, como si buscase... y encontró los ojos de la condesa de los Pirineos,—alta señora, encantadora mujer, que no ha sido muy bella nunca, pero tiene como nadie el aire de la distinción y dignidad social que prestan una biografía diáfana y el hábito de recibir el homenaje del respeto,—fijos en Espina con extrañeza y reprobación. Y la voz de la dama, mesurada, simpática, pero firme, pronunció, con ese acento sorprendido y algo irónico que manifiesta la censura entre gente de educación exquisita:
—Charmante, no insista usted, se lo ruego... Se ve que su concepto acerca de las aptitudes del señor Lago, á quien usted misma me presentó en su casa como artista de porvenir... ¿no se acuerda? en un almuerzo tan grato como todos los suyos, no está de acuerdo ni con los propósitos que á él le animan, ni tal vez con la realidad. El Sr. Lago aspira á otra cosa, y sus amigas—la Pirineos recalcó ligerísimamente la palabra—deseamos que las aspiraciones del Sr. Lago se realicen.
No respondió Espina sino con imperceptible mohín. No se atrevió á revolverse. Encogió los hombros, sonrió á medias.
Bajo la influencia de la emoción, Silvio se llegó á la Condesa, tomó su mano y la besó, murmurando:
—Gracias...
Después se inclinó ante las otras señoras del grupo, que, reservándose, habían asistido al incidente, y salió sin despedirse del modisto, el cual,—envarado y engreído, de pie entre los retazos de encaje, los muestrarios y los metros de gasa desplegada y arrugada por el jaleo de las demostraciones á las parroquianas antojadizas y hartas de trapo,—continuó oficiando de pontifical.
Los días que siguieron á este episodio, mejor dicho, los meses, fueron para Lago de lo más sombrío de su existencia. París se había quedado sin gente conocida; una calma provinciana aletargaba sus calles. El calor de Agosto, unido á las vacaciones, vaciaba la capital. Silvio, en su cuartito de la fonda, amueblado sucintamente, con lavabo, cómoda y percha, y del cual, según la detestable costumbre de los hospedajes franceses, no habían retirado alfombras ni cortinas, se consumía y achicharraba. En su aplanamiento, algunos días le faltaba resolución para trasladarse al taller. Además no podía gastar en modelo. Su escaso peculio se disolvía como azucarillo en el agua.
Valdivia y la Porcel recorrían entretanto castillos y playas, asistían á fiestas, se mecían en terrazas colgadas sobre puntos de vista maravillosos, oreadas por la brisa de mares azules, soñados. Así por lo menos se lo imaginaba, en su despecho, el joven artista, abandonado y burlado por los que le habían traído á Francia. Desde lejos se ve sólo el aspecto brillante y teatral de las existencias, y se oculta su elemento trágico, fatal. Acaso, en Madrid, gentes de la Sociedad de Acuarelistas ó del Círculo de Bellas Artes, cocidas en el horno de ladrillo matritense, fantaseaban sobre el tema del viaje de Silvio, y en vez de representárselo paseando con melancolía los malecones del Sena al atardecer, en busca de un poco de aire fresco, se lo figuraban libando placer y gloria, entre los halagos de la fama, en camino de la reputación universal, hacia cuyo templo le empujaban bellas ensortijadas manos.
En realidad, Silvio no podía decir que le sucediese ninguna grave desgracia. Traducido en prosa su contratiempo, era sencillamente la cebolla del verano, que alcanza desde el humilde obrero al industrial y hasta al artista. Los ricos—¡qué milagro!—se zafaban en busca de diversión y salud, á balnearios y costas: en los ecos mundanos del Fígaro había leído Silvio el nombre de Marbley entre los concurrentes á unas termas alemanas, donde también se encontraba Espina. Pensó si se habrían citado allí los dos antiguos cómplices. “¿Por qué no?”—se dijo, alzando los hombros. Y añadió para sí:—“Á poder, también iría... Ó sencillamente, me tumbaría á la sombra de mis cuatro árboles viejos de Záis, á recoger impresiones de paisaje, apuntes y tipos de las celestes Mariñas...”
La decepción se manifestaba en Silvio por ese afán de estar en otra parte, nostalgia del rincón natal, suspiro de “alas como de paloma”. Hay períodos en que, sin ningún suceso grave, el horizonte se cierra en niebla, y el suelo que pisamos se convierte en arenal abrasador. La dorada fantasía se convierte en la imaginación calenturienta, y todo se tiñe de obscuro, se baña en océanos de tristeza y desencanto.
Silvio veía á París como un Sahara. Ni los tesoros de los museos, ni los umbríos y afelpados parques, ni lo regado y perfumado de sus limpios jardines—la República los cuida regiamente,—ni el cuadro de su actividad persistente en medio de los rigores de la estación quitaban á Silvio la manía de que se encontraba, viajero rezagado de la caravana, en un desierto. Le oprimía la soledad infinita de los centros populosos, donde todavía no echó raíces nuestra alma. Creía Silvio perdida del todo su campaña en el extranjero, su carrera interrumpida... ¿hasta cuándo?
Con Espina, era evidente, no podía contar. No sólo no le ayudaba, sino que le aborrecía con el odio que engendran las decepciones humillantes; conspiraba contra él; se complacía y gozaba perversamente, con refinamiento torturador, en destrozarle. Ella misma—no podía ser nadie más—había provocado los tardíos celos de Valdivia, para robarle la protección eficaz del brasileño. Con cálculo pérfido, había traído á Silvio á París prematuramente, á fin de hacerle regresar á Madrid avergonzado. ¿Cómo ingresar en el taller de un maestro francés, allá en otoño, si no podía sostenerse, si no salían retratos, si las brillantes perspectivas eran espejismo puro?
Todo parecía decirle que en París no se improvisan ni fama, ni gloria, ni aun dinero. Rápidas surgen á veces las reputaciones; en arrebato de locura brinda sus labios la parisiense, pero en esto, como en todo, bajo su apariencia alocada, es reflexiva, tienen en cuenta muchos antecedentes. En un día salda cuentas de años. Parece caprichosa, y ha calculado... La parisiense no se deja sorprender.
La pérdida de la esperanza trajo á Silvio á un estado de entumecimiento, como parálisis de las energías orgánicas de la vitalidad. Extremoso, creyó tabicado el porvenir, y dió por cierto el fracaso de sus aptitudes; la vida destruída, terminada en la sombra. Rendido, pasaba horas enteras echado sobre la cama, sin ánimos para salir, arredrado por el calor creciente, asfixiante. Los rigores estacionales eran, sin embargo, pretexto; la verdadera causa, la rabia del intento frustrado. Hubo instantes en que la idea del no ser le halagó, como halaga la de dormir tras jornada fatigosa, en la cual se han sufrido ansias de agonía. ¡Dormir siempre! “Si yo temiese á esto—murmuraba para sí,—no sería cobarde: sería sencillamente necio, pues lo único tolerable es dormir... ó soñar.”
En medio del agotamiento de sus fuerzas, persistía un ansia que ya no era de gloria: era sencillamente—achaque de infelices—sed inextinguible de bondad humana, de entrañas compasivas. Empezaba por compadecerse á sí propio; se declaraba y reconocía enfermo, solo, abandonado, pobre, despreciado, en París, entre la indiferencia ambiente, la sordera espléndidamente cruel de una ciudad inmensa; y en su necesidad momentánea y egoísta de afectos, decidió escribir á cuantos creía sus amigos, para obtener de ellos una palabra cariñosa. Era de los que, aniñadamente, necesitan piedad y amor cuando se sienten tristes, sin cuidarse mucho de cultivar ese amor en los instantes de prosperidad. Como quien recuenta el dinero de su bolsillo, pensó en los que sincera y desinteresadamente le habían amparado: se acordó de las Dumbrías, de la Palma... y también, con añoranzas tardías, de Clara Ayamonte. Hubiese dado algo por sentarse á la mesa de las Dumbrías; por oir aquella palabra, á veces dura, siempre franca y llena de interés hacia los fines altos de la vida, de la famosa compositora. En un periódico francés encontró, por casualidad, un elogio de las Sinfonías campestres, el anuncio de que iban á ejecutarlas en un concierto, y se conmovió, como si aquello fuese para él distinción personal, halagüeña recompensa. Tomó la pluma y escribió á Minia, á la Palma, cartas extensas, íntimas: la de Minia, humorística y respirando por la herida, llena de caricaturas modernistas de la Porcel, representada por un vampiro con sombrero de plumas, ó una melusina, que entre el esbelto rebujo de las ropas saca su cola de serpiente.
Vino una tarde en que se resolvió á escribir á la Ayamonte. Era un billete extraño y breve, especie de desesperado llamamiento de un alma á otra alma. El billete le fué devuelto sin abrir, con lacónicos renglones del confesor de la novicia.—¡Era tarde!—frase en que la cronología responde de tantas irremediables desventuras.—Y, por otra parte, Silvio había trazado la carta sin objeto: ni se prometía ni ansiaba la respuesta, el perdón, que hubiera podido otorgarle una mujer de sentimientos menos serios, de alma menos encendida y noble. Para responderle, Clara le había querido demasiado, y quería demasiado ahora, con profundo y fiero amor, á su Esposo de allá.
Las Dumbrías, la Palma, tampoco respondieron. Minia se encontraba entonces absorbida por trabajos que no la permitían despachar activamente su voluminosa correspondencia; la Palma había emprendido el viaje de verano á Alemania, y las letras de Silvio no la llegaron, cargadas de direcciones y tachaduras, hasta un mes después. Silvio, impaciente, esperaba respuesta á vuelta de correo. No recibirla le pareció ingratitud, desvío y terquedad de su infortunio. “Está visto: nadie se acuerda de mí”.
Entonces le hostigó la idea de regresar á España. Pasaría el resto del verano en Alborada, con las Dumbrías, patriarcalmente, y á la entrada del invierno volvería á Madrid, seguiría haciendo retratos y retratos, hasta que se le cayese el dedo índice. Todo menos continuar en París sin utilidad y sin un solo amigo. Una tarde, en el bulevar, se puso, instintivamente, á seguir á dos transeuntes: un joven elegante, una señora entrada en años, que hablaban español. La conversación más indiferente é insípida: molestias del viaje, comodidades del hotel, detalles de una consulta médica. Silvio bebía, no las palabras, sino su sonido, la cadencia de la lengua patria. Se acordaba de discusiones con Minia Dumbría, que es patriota ardiente y tenaz; de alardes suyos de indiferentismo y cosmopolitismo. Se reía de su chifladura, y continuaba detrás de la señora y el mozo, hasta que en la esquina de la calle subieron á un coche.
“Para regresar á España, como para todo”—pensó Silvio—“se necesita dinero”... Hizo un balance, el fácil balance de los pobretones. Debía en su hotel más de doscientos francos de pensión, en el taller un mes de alquiler, y tenía disponibles quinientos francos por junto. No había medio de salir de allí. Por otra parte, llegado el momento de preparar la maleta, el anzuelo de París, del París todavía inexplorado y arcano, le enganchaba el corazón. Escribió una carta respetuosa y sincera al pretendiente al trono de Albania, manifestándole que Valdivia se había olvidado de cumplir su encargo abonando el retrato; y agregaba la cuenta, los dos mil francos, precio francés. Esperó con ansiedad la respuesta. Era posible y natural que se retrasase, pues las señas que habían dado á Silvio en la garzonera del pretendiente no eran seguras. Se comprendía que las facilitaban con cierto recelo. No siempre conviene decir por dónde andan los rondadores de coronas.
Mientras aguardaba, proyectando marcharse apenas recibiese el cheque, su afectividad, dolorosamente exacerbada, se concentró en lo único que tenía á mano. Bobita, la danesa, habitaba en el taller. La portera la mantenía, mediante un franco diario, quejándose siempre del feroz apetito del joven animal, que tragaba, decía la comadre, como un león. Silvio había convenido en que á Bobita nada le faltase: pan, leche, despojos de cortaduría... La perra medraba con rapidez asombrosa; su cuerpo cenceño, enjuto, largo, se cubría de fuerte terciopelo raso, color ceniza de cigarro fino. Su hocico fresco, que exhalaba aliento sano y tibio, se guarnecía de dientes como almendras acabadas de mondar. Tenía los ojos zarcos, preguntones, candorosos. En cualquier posición que adoptase había donaire y vigor, la vitalidad de la juventud animal, sin melancolías ni ensueños. Al entrar su amo, se lanzaba sobre él, juguetona y acariciadora, exigiendo que la entretuviesen, que la sacasen á pasear por ahí. Y Silvio, enternecido, prendado, la daba nombres infantiles, “Bobirrita, Bobirris, Bobitesoro”, y, con goce de abnegación, la sacaba á la calle, se encaminaba á sitios donde la danesa hubiese de encontrarse á gusto, y, á pesar de las apreturas de bolsillo, la compraba pasteles, galletas, bizcochos, un collar de cuero rojo con cascabeles de plata. Antes de despedirse de ella, en el taller, hasta el día siguiente, la besaba con locura la suave piel del hocico. La portera, para designar á Bobita, no decía sino “el amor”, y Silvio, al pedir su llave, preguntaba:
—¿Y el amor? ¿Me lo ha tratado usted bien, madama Laroche?
Así como al prisionero le bastan un jarro y una tarima por mobiliario, porque la desgracia ha reducido sus necesidades, á Silvio, en aquellas horas de desamparo, le bastó, para no languidecer del todo, Bobita. La perra ocupaba mucho, molestaba, imponía obligaciones; era, pues, capaz de llenar la existencia, más que si sólo divirtiese un rato con sus caricias locas.
Quince días después de echada al correo la carta para el pretendiente, cuando ya Silvio desesperaba, llegó la respuesta, con sellos austriacos. Era del secretario; contenía libranza de tres mil francos y las gracias más expresivas por el acierto con que había desempeñado Silvio su misión.
Por las venas del artista se derramó alegría; su depresión desapareció instantáneamente. “¡Cualquiera pensará que soy un codicioso!” Su dicha era tanta, que le costaba trabajo no bailar, no abrazar á la camarera; al fin lo hizo, bromeando, y mientras la sirviente protestaba y se reía, sacó del bolsillo cinco francos y se los puso en la diestra.
—Ahora creo yo—pensaba al bajar las escaleras—que este señor tiene derecho á la corona... ¡Me envía mil francos más!... ¡Rey, y muy rey, le llamo!
Con recursos ya, se borró—como se borran las ideas de los momentos obscuros ante la sonrisa de la esperanza—el propósito de regresar á España y refugiarse en una aldea. Alborada se esfumó entre lontananzas y brumas. “¡No vuelvo allá hasta ser célebre!” escribió á Minia, en respuesta á una postal de la compositora.
¡Quedarse en París! ¿Cómo se le había podido ocurrir otra cosa? ¿Qué fuerzas humanas le apartaban á él de aquel foco de fiebre artística? Quedarse, estudiar, esperar la vuelta de los emigrantes... Ya empezaban los bandos de golondrinas á acogerse al alero. En los bulevares, en el patio del Gran Hotel, en las aceras de la calle de la Paz, Silvio encontraba otra vez conocidas españolas, de paso hacia la frontera, que se detenían á hacer provisiones de trapetería para el invierno próximo. Algunas pensaban prolongar su estancia hasta que empezasen á afilar sus cuchillos los cierzos del Sena. Silvio aceptó dos ó tres invitaciones en restaurantes de fama. Lo que nadie le proponía, era un retrato. Se dió cuenta de lo mucho que había influído en el alza y hervor de su mercado de Madrid, la rutina que empuja á la sociedad á atropellarse en un mismo punto. No le preocupó ni mucho ni poco. Estaba en plena racha de entusiasmo y labor de otro género, labor libre. Como si la subsistencia asegurada le restituyese las vitalidades de la voluntad, se preparaba, por medio de fuertes sesiones de modelo, al ingreso en un taller magistral. Así como así, el dueño del suyo regresaría, y se le imponía el problema de no poder dar pincelada si no buscaba dónde trabajar.
Sus modelos—la hembra, una criatura delgadita, sin plástica, con algo de airoso y delicado en las líneas, la gracia parisiense, que se percibe hasta en la mujer despojada de sus ropas, y el macho, un guapo borrachín en la flor de la vida, no desfigurado aún por el abuso del alcohol—le referían indiscreciones de taller, rarezas de artistas famosos, lances de pingües ventas de cuadros, que no se colocaban en París, y que un cliente americano paga carísimos, llevándoselos inmediatamente en una caja de embalaje. Se veía que este aspecto lucrativo de la profesión artística era lo que danzaba en la cabeza de los pobres diablos de modelos, cuya existencia precaria se revelaba en la empobrecida constitución de ella, en los estigmas con que el alcohol, recurso contra el hambre, empezaba á marcar la cabeza hermosa, de Cristo rubio, de él. Á Silvio se le ocurrió aprovechar aquellas dos figuras para la composición de un cuadro religioso: una arrepentida, la Magdalena de hoy, semitísica, y un Jesús triste y grave, que, al perdonarla, perdona también á la humanidad, no porque haya amado mucho, sino porque mucho ha sufrido y sufre. Esta idea, la compasión de Jesús por la humanidad, simbolizada en una mujer consumida de privaciones, mostraba cuánto camino había andado el pensamiento de Silvio desde los tiempos en que las burdas y enérgicas reproducciones de una naturaleza sin alma eran su canon de hermosura. Como sucede á ciertas mujeres desatadamente soñadoras, que agotan las emociones de una pasión sin que llegue á saberlo el mismo que es objeto de ella, Silvio había agotado ya dentro de sí, antes de realizar obra alguna de cuenta, la virtualidad de una teoría estética, atravesando las landas del naturalismo y abandonándolas.
Ahora era un idealista, un moderno, y lo que perduraba de sus devociones antiguas, lo que practicaba con mayor fanatismo si cabe, era ese culto del dibujo firme, concienzudo, ahondado, que cada día prestaba mayor seguridad á su mano y mayores vuelos á su imaginación misma, en la cual la forma sensible de las cosas, lo concreto del espectáculo natural, se enriquecía y extendía, pronto á servir á la concepción ideal del poeta que siempre había existido en Silvio, y que se revelaba lleno de sentimiento y de efusión interior. Un Silvio nuevo surgía como la imagen sobre la placa fotográfica cuando la sumergen en el baño reactivo. Ya no aspiraba á la obra fuerte, al trozo de realidad: quería, en esa realidad, realizarse él también, derramar su propia esencia, dominar con su yo lo externo, penetrándolo.
—“Pero—meditaba—no es posible imponerse por sorpresa: antes hay que arar, ser buey, para poder ser algún día arcángel, como Millet ó como Moreau”.
Y borró el trazado del cuadro que pensaba componer con sus dos modelos: él, envuelto en una túnica blanca que parecía vestirle de luz; ella, esmirriada, devorada por la anemia, apagada en su ropa negra humilde, la misma ropa suya, de lana, muy traída y pobre, postrada á los pies del Salvador, mostrándole, no su ardiente corazón ni su rubia guedeja, sino sus pies descalzos y ensangrentados, como si dijese: “Mira cuánto he padecido, cuál es mi miseria, y perdona si he errado, hasta si he sido criminal”. Para fondo de esta página, Silvio pensaba estudiar la melancólica aridez de un arrabal trabajador de París. Pero no se atrevió, asaltado de escrúpulos de conciencia. ¡Un cuadro de composición! ¡Ridículas pretensiones! Dibujar, dibujar... Lo otro vendría: estaba seguro de ello, vendría á su hora...
No era, sin embargo, la modestia lo que cohibía á Silvio. No quería ser modesto. Sorda rebelión le alzaba ya contra el maestro á cuyo lado trabajase. Resolvía formarse á sí propio, no gastarse en vanas admiraciones. Se propuso tener sus númenes entre los ilustres del pasado; erigir altares á “lo que ha sido”, practicando, si le era posible, “lo que va á ser”.
En esta liberación interior, orgullosa, de Silvio, había algo semejante á un comienzo de envidia, de animosidad, porque otros ya habían llegado, y él... él no llegaría tal vez nunca... En el taller, solo, con la cabeza de Bobita descansando en sus rodillas, esta idea víbora se le enroscaba al corazón. “¿Y si yo no tuviese talento? ¿si, á pesar de mi vocación, de mi terca vocación, no tuviese talento ninguno?”
El taller, mal barrido por la descuidada portera, que siempre pretextaba quehaceres para ahorrarse trabajo, tenía ese aspecto decaído, ese velo polvoriento que influye sobre las imaginaciones vivas sugiriendo aprensiones de fracaso, de esterilidades del esfuerzo, de fatalidades lentas.
Los muebles rotos y mal encolados del artista que viajaba, desbaratábanse como si á propósito lo hiciesen. Los tapices eran jirones. Todo gritaba la penuria del dueño de aquel refugio. Silvio sentía, con la intensidad que adquieren las molestias minúsculas en la fantasía de los nerviosos, el peso de tanta mezquindad, y, cabizbajo, pensaba que ocuparía por muchos años un taller semejante, hasta el día en que... ¿Y si ese día no llegaba nunca? ¿si él era un frustrado, definitivamente un frustrado?
No se trataba de ningún imposible. Llegar á convencerse de que no hay facultades excepcionales, de que no se es un genio—este drama moral se representa diariamente, con un mismo espectador y actor.—De una generación artística, de diez ó doce mil muchachos que caen en París como la falena en la lámpara, ¿hay acaso cien llamados á saborear la gloria? ¿Y por qué había Silvio de ser uno de los ciento?
Soltaba entonces el lápiz; se tumbaba en el diván, manchado y desvencijado, del desconocido pintor en cuyos penates artísticos se cobijaba, y dábase á pensar, no sólo en su destino, sino—con tenacidad que él mismo calificaba de insania—en el de aquel individuo de quien no sabía cosa alguna. “¡Qué diantre! ¡Qué me importa! Así se lo lleve la trampa...”
Descuidando el estómago, que era como descuidar la vida, Silvio, en el nuevo acceso de pesimismo, no salía del taller, sosteniéndose largas horas con un pedazo de queso, con un bollo de pan.
Una mañana se sintió tan débil, en tal estado de depresión nerviosa, que se alarmó. Empezaba á notar con frecuencia—desde que se había propuesto observarse y consagrar sus fuerzas todas á rehacerse para entrar dispuesto y de refresco en la batalla—que sus estados de perturbación moral iban acompañados de trastornos correlativos en lo puramente orgánico.
Un miedo nunca sentido le acoquinaba; el de que pudiese faltarle, además del dinero, la indispensable salud; ¡la salud, un instrumento de trabajo más útil aún que la moneda!
Y á ratos se le figuraba baldía tal preocupación. Sus veinticinco años eran ó debían ser inagotable reserva vital. ¿Qué importa la debilidad de un estómago caprichoso y delicado? Enfermedad grave... muerte... Palabras vanas. No creía Silvio que realmente podía morirse. Ni siquiera quería confesarse que la emoción, la esperanza, la aspiración, en suma, el devanar de su espíritu, era justamente lo que disipaba aquel magnífico capital de juventud y de robustez que de la juventud se deriva.
Como quien nota la disminución de una suma en monedas de oro encerrada en un arca, Silvio comprendía que su vigor, que su resistencia mermaban á cada alternativa de calenturienta ilusión; pero no sacaba consecuencias de un hecho tan constante. No podía decir que fuese la decepción lo que le postraba; se gastaba también en los momentos de engreimiento; le rendía el breve transporte de un relámpago de confianza en sí mismo.
No pudiendo luchar con estas circunstancias ni trazarse un método, porque su situación era provisional y transitoria, aplazó, despreocupado. La previsión de la muerte no arraigaba en su espíritu, como no arraiga nunca en el de los que forman grandes planes y tienen demasiadas ambiciones, demasiados sueños, tela cortada para fantasear.
—Cuando me normalice de vida y de trabajo—pensó—me cuidaré mucho. Ahora... ¿qué más da?
Una carta,—un aguijón del destino, oculto bajo un sobrecito gris sellado con lacre blanco, exhalando el aroma de una composición demasiado conocida, que actúa sobre los nervios,—sacó á Silvio de sus fluctuaciones. La dirección mostraba la acaballada letra de la Porcel, letra sin personalidad, análoga á los palotes de todas las elegantes que han aprendido en los mismos colegios por iguales métodos, y que han suprimido, en la homogeneidad de la moderna educación, aquellas características patitas de mosca de antaño.
Espina, ¡cosa increíble, á no tratarse de tan extravagante mujer!, escribía una misiva casi tierna, mimosa. Se quejaba de la soledad y el ruido de los hoteles; se lamentaba de quebrantos de salud; hablaba vagamente de la inaguantable necesidad de consultar eminencias, de su insubordinación á prescripciones que la contrariaban en sus caprichos; ensalzaba la libertad “doblemente preciosa que una vida indigna de que nadie se preocupe de conservarla á costa de afearla y hacerla prosaica”—y en la postdata, al descuido, anunciaba su regreso á París hacia mediados de Octubre, época en la cual ya se ve gente y se podrá enseñar en debida forma cierto bello retrato á las amigas.—Al leer este párrafo, Silvio vió lucecitas en el aire; su corazón brincó como un cabritillo. El problema de París, resuelto. ¡La Porcel, mudable como la ola, le había perdonado y cumplía su antigua promesa!
Respondió en cuatro carillas llenas de zalamerías, de las que su índole, en algunos respectos femenina, le permitía engastar con la gracia de brillantes falsos en el marco de una miniatura. Era carta amistosa, y amistosa también la que contestaba; pero cuando entre corresponsales de distinto sexo ha mediado cierto género de conexiones, hay un dejo de reserva sentida y de insinuación inconfundible en la menor frase, en los giros, en los encabezados y finales. Silvio, temiendo á los celos de Valdivia, procuró componer su carta de modo que, muy rendida y agradecida, no transparentase la confianza material, la especialísima franqueza que engendran determinados recuerdos. Era la misiva, entre las de Silvio (siempre bien escritas, cultas, expresivas), un modelo de felino halago, de infantil abandono, de adulación quintaesenciada. Cartas así se captan los corazones. Pero Espina no tenía, puede afirmarse, lo que llamamos corazón, excepto para sentir la belleza más allá del mal y del bien, y acaso preferentemente más allá del mal, gozando la fruición de lo perverso, como se goza un sabor, un perfume, una asociación de líneas.
Loco de alborozo, Silvio se echó á la calle. Almorzó en un restaurant menos promiscuo que los bouillons, socorrido recurso de los flacos de bolsa; se invitó á media botellita de tisana, buena marca, y al salir del comedero había formado la resolución de emprender un viaje de arte, porque no iba á poder entretener de otro modo la impaciencia, los días que faltaban para el regreso de Espina, encontrándose hasta sin medio de dibujar, porque el dueño de su taller, ya de vuelta, le había dejado políticamente en la calle. Uno de los españoles tropezados en el bulevar, hijo de un banquero de Madrid, venía de Holanda y le había enterado de que allí se viaja baratamente. Aún no estaban muy escurridos los tres mil francos del candidato al trono. Silvio confió á Bobita á su camarero, y salió aquella misma tarde hacia Bélgica, provisto de un billete circular y algunos bonos de hotel.
No por necesidad afectiva, que sólo experimentaba en los momentos amargos, sino por no dejar evaporarse impresiones vehementes que hubiese deseado conservar intactas, Silvio escribió entonces casi diario y largo á Minia Dumbría, con encargo expreso de que no rompiese las cartas y se las guardase en un armario vetusto de Alborada, atadas con una cinta de seda, entre lesta y hojas de hierbaluisa, para reclamárselas alguna vez, como si fueran “otra cosa”.