II MADRID (continued 4)
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Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina Porcel—Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre, mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el contraste entre estos dos recuerdos.
Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.
Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis soliloquios:—“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”
El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por Espina, acaba de metérseme en el estudio.—De fijo las madamas que antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos, su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con nervios solamente—una carne artificial,—encarnarían en esta mujer. Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega como un Vatteau.
El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su aplomo.
—¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?
¡Sí que la tengo dada! En mi carnet figuran los chicos de Jadraque, la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto apresuradamente:
—No importa. Ya lo arreglaremos.
No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con todo el mundo.
—Haremos—la propongo—un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.
¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!
Espina indica mohines, reverencias—entre burla y gratitud.
—Amabilísimo... ¿Empezamos?
Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura, acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo. Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.
Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación, la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar, pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.
No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto, de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,—es el ideal maldito que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me divierte.—Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el aburrimiento de la sesión.—Cada palabra, cada ademán, me irrita, me conmueve, me produce un sentimiento no previsto.
Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien la propia Espina ha citado aquí.
Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza. Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo. Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte, al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos, del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas matinées á que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á los inteligentes,—las solas historias que les interesan.—Todo entre el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.
La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino, se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina, sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de Espina coinciden con la primavera.
Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle, sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados, recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color. ¿En qué consiste su encanto?
¡Su cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en que parecen hormiguear puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga, delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas. Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa idealidad de lo florido sobre lo nacarado, y á sus labios pequeños, carnosos, sinuosos y húmedos, ese tono de coral marino entre agua amarga—demasiado vivo, insolente.
Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las demás señoras que me visitan, en que parece inseparable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con tal esbeltez á él, que en cualquier postura que adopte, los pliegues hacen olvidar la tela. Lleva las faldas muy largas, pero ni tropieza ni se atasca en ellas; las maneja con soberana maestría. Son tan blandos los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, tan difumadas las degradaciones de color, que el gentil bulto parece terminar en una bruma, en la molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse.
Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas, agudamente contemporáneas.
En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos, una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita. Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños, libres por un instante del trabajo y de la pose.
La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito, cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.
—¿Qué haces, bobita?—exclamo.
—¿Es hembra?
—Por desgracia.
—¿Cómo se llama?
—No está bautizada aún.
Espina brincó del asiento.
—Ahora mismo la vamos á bautizar.
Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo de cristal.
No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del retrato de Lina Moros—el famoso retrato vestido de terciopelo miroir amarillo.—Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.
—¡Estropeada la obra maestra!—gritó triunfante. ¡La gran obra maestra! ¿Y si la bautizásemos también?
Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan brutal—como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,—que su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos crímenes morirán así en capullo.—Casi instantáneamente, la reacción fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo? Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?
—Es un experimento que hice—dijo acercándose á mí y presentándome la copa llena de nuevo.—Se corre que está usted enamorado de Lina. Si fuese cierto, me hubiese usted matado.
Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente, hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.
—¿Y el nombre?—pregunté subyugado.
—Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita for ever.
Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo exclamar:
—¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!
—¿Quién la puso tal mote?—interrogó sardónicamente Espina.
—Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama, retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo así.
—No han sido sino cuatro veces—protesté,—y otras tantas he retratado á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.
—Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?—preguntó Espina.
Rendido, murmuré:
—Las que usted quiera.
—¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso, al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.
Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo, ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.
Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila, monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes, atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos, jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos, según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre todo, el Triunfo del Ave María, me enamora con su reflejo desdorado y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.
—¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas, con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh? El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.
¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista. Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez. Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood, terra cottas de las que se ven en los escaparates de París; estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de pâte tendre danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel, elegantes, deliciosos!—El marqués, por último, apeló á mí.
—Yo, ni con usted, ni con usted—respondí señalando á derecha é izquierda.—Yo... lo real... y nada más que lo real.
—¿Y qué es para usted lo real?—preguntó el arcaizante.—¿Llama usted real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor, por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne, como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del color local, como Goya? Porque hay cien realismos.
No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:
—¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si estuviese, viviríamos rodeados naturalmente de hermosura, ¡y sucede lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.
Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:
—Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.
En efecto, poco tardó en argüirme:
—¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo? ¡Vamos, señor artista!
¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad, campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.
Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere enseñarnos sus colecciones. Primero—estratagema—lo menos importante; dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas, caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece recoger por recoger. No veo valor artístico.
Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase la estatua—explica el marqués—en el centro de un jardín, y por esa actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el tirano les ordenaba “comer hierba”.
—Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...
—Sin embargo—objetó Espina con el airecito cándido que adopta á ratos,—el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los demás, no dude usted que... ¡Oh!
Indicó el gesto ponderativo que ya he sorprendido dos ó tres veces, y me avasalló, como siempre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la humanidad.
Sigue el buen marqués graduando efectos y mostrando retratos, á mi parecer, todavía mediocres: San Francisco de Borja y San Ignacio de Loyola; mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolismo... Por detrás de la cabeza romántica del coleccionista, Espinita me hace un impagable gesto de horror.
Luego, una madona dulzarrona, atribuída á Sassoferrato; una placa de bronce, esmaltada de oro, la puerta del Sagrario de las monjas Teresas. Esta empieza á interesarme. El marqués, con el acento misterioso de los maniáticos, secretea:
—Van á ver la cajita que rondé diez y seis años antes de llegar á obtener su posesión...
Con dedos respetuosos la toma de dentro de un estuchito y nos la presenta.
—Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de tomar rapé, hay coleccionistas de tabaqueras... Desde que se acabó el heroísmo nacional, se coleccionan sus recuerdos...
En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III. De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.
¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras de Quimera; la tema del coleccionista.—He oído hablar mucho del carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros, rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte para su colección. Se cuenta—no sé si en serio—que hizo creer á una solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico; memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.
Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez; y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:
—Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.
Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.
—En vez de corazón tienes esta saboneta—dice Espina señalando á una de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el latido.
El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin asustarse, se encoge de hombros:
—¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?
La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII, que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.
¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces figuraciones, sino vestida.
Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte supremo.
El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y oro, nos hace pasar al último salón—el ojo del boticario.—Aquí se guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica; jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente—una caricia para la vista,—y la labor un portento. En el tesoro de Toledo hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de arte; comprendo lo que no comprendía.
El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que me suscitan.
Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos piel de Suecia.
—Todo esto de plata—dice,—para las iglesias, muy bueno.
—De iglesias procede—declara el coleccionista.—Estas bandejas son de postular en las catedrales. Y aquí tiene usted—abrió misteriosamente un armario—algo que todavía huele más á iglesia.
Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul, vislumbré tesoros.
Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas, una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el ojo del ojo—una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la efigie de Santa Catalina con su rueda.
—Es única—me dijo,—no sólo por su perfección, sino por la conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré (secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!
La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.
Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de huso—todo divino.—Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera (adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma, la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones, bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la fuerza y del triunfo. Solar me dice:
—Desde que los asuntos que trata son pacíficos, el arte se afemina.
Espina fuma, sin dignarse mirar al armario. ¡Lo ha visto tantas veces! ¡La tienen tan sin cuidado las antiguallas!
—¿No sabes—pregunta de pronto dirigiéndose al marqués—que llega esta noche Valdivia?
Rióse Solar.
—Sí, ríete... Quisiera ponerte en mi lugar á ver si te divertía mucho...
Nuevo guiño del marqués—ya inequívoco, pues señala hacia mí, como diciendo:—“¡Esta muchacha está loca! ¡Delante de un extraño!”
Ella hace un gesto de indiferencia fatigada, y murmura:
—Lago lo sabe, de seguro, por alguna mala lengua... Y lo cree: á las malas lenguas se las cree siempre, porque siempre dicen verdad. ¿Niéguelo usted?
Yo, realmente, no lo sabía. Esta murmuración mundana no había llegado hasta mí. En la sociedad no se maldice tanto como cuentan, y, además, suele evitarse hablar de ciertas cosas delante de los advenedizos. Por otra parte, Espina, ave de paso, no suscita aquí las encarnizadas enemistades que inspiran las campañas de descrédito. Se la obsequia, se celebran sus adornos y su gracia exótica, y nadie incurre en el mal gusto de colgarla moralejas. Esto me decía el coleccionista, cuando Espina, malhumorada, acababa de despedirse con rumbo á una partida de polo que se jugaba en el Hipódromo.
—Si yo no sé lo que pasa con esta chiquilla: tiene bula... Si otra hiciese las niñerías que ella hace... La pobre... ¡Qué desgraciada es en el fondo! ¡Pobre María! Yo la defiendo á capa y espada, eso sí. Su marido, el sér más egoísta; siempre paseándose por Bélgica, por Inglaterra, por Mónaco, á verlas venir, sin darla un céntimo para su ropa, cuando Espina, al casarse, era poderosa, opulenta, y ese tahur casi le ha disipado la fortuna. Para fin de fiesta, el majadero de Valdivia, un brasileño hijo de español, que tendrá el oro y el moro, conformes, pero que está gastado y hecho una plasta, y para ostentar su protección no vacila en ponerla en berlina, y para espiarla, la sigue á todas partes... No; á ese, cuanto le suceda le estará bien empleado. ¿Á qué se mete en aventuras?
Comprendo, como si leyese en el pensamiento del coleccionista. Éste no es padre clandestino: es un galán, contemplativo por fuerza. Está furioso con Valdivia, de esos extraños celos que pueden existir sin amor, al menos sin lo que por amor se entiende. Yo tampoco estoy ni estaré enamorado de Espina, y, sin embargo, el amigo pachucho que va á aparecerse me impacienta; daría algo bueno porque no hubiese tenido la ocurrencia de descolgarse en Madrid ahora.
Salgo de casa de Solar al caer la tarde. Paseo á la ventura por las calles inundadas de gentío. Como en Fornos, sin ganas. Sudo, pues hace bochorno, y al mismo tiempo experimento la sensación desesperante de incurable frialdad en el estómago. Plomo es en él la comida. Allá dentro debo de tener un glaciar suizo.
Y, sin saber por qué, tal vez por la mala disposición gástrica, me siento mortalmente triste. Lo vano de la vida, lo inútil del esfuerzo, lo deleznable de todo, hasta de las Quimeras sujetas por el ala, me cae encima como una losa. Salgo del popular café, salto á una manuela y digo al cochero:
—¡Vaya usted por ahí... por donde se le antoje! Hacia la Florida, hacia los Viveros. Donde no haga calor.
Las vías céntricas son un horno. La Puerta del Sol está envuelta en una especie de vapor rosado y ardiente, que parece el hálito de una boca juvenil. La concurrencia hormiguea. Voces, murmullos, jipíos que salen de los cafés, violines de ciegos, gritos de chicos pregonando los periódicos de la tarde, rodar de coches que cruzan apresuradamente, llevándose á las señoras retrasadas en el paseo, y que regresan á sus casas con el apremio de vestirse para el Circo ó para la comida... La melancolía de las multitudes, entre las cuales se siente uno más abandonando, me asalta. Quisiera estar en las Mariñas de Marineda, á esta misma hora, cuando la campana de la parroquia de Monegro llama á la oración y por los caminos se encuentra á los labriegos que vuelven del trabajo y saludan con un “santas y buenas noches”...
Se espesa la telaraña de hipocondría, mientras bajamos por la calle del Arenal, caemos en la plaza de Oriente, donde dan solemne guardia á la mole del edificio regio las barrocas estatuas de granito; y bordeando el costado de Palacio, pegados á la verja de los jardines del Campo del Moro, descendemos hacia la estación y la ermita de San Antonio de la Florida, cuyos frescos acuden á mi memoria en este instante, como si los estuviese viendo á toda luz, según los vi. Al pasar ante la iglesuela, una luna resplandeciente y tibia, de verano, inunda la fachada y se derrama en olas de flúida blancura por todo el paisaje. Bajo esa luz siempre fantasmagórica, al paso, por orden mía muy lento, del desvencijado alquilón, los ángeles goyescos asoman, flotan, como formados de neblina y de claridad lunar, en vapores de plata, del blanco plata de los pintores. De toda la obra de Goya, en que la luz realiza juegos tan caprichosos y á veces tan finos como en el tapiz de la Gallina ciega y en el de la Vendimia, lo único esencialmente lunar—prescindiendo de sus terroríficos aguafuertes, que son nocturnos—me parecen estas ángelas.
Las veo, con encarnaduras casi inmateriales á fuerza de delicadeza, vestidas de ropajes que, al igual de los de Espina, se ciñen con molicie alrededor de formas mucho más sugestivas que ningún desnudo; veo esa mezcla singularísima de realidad y de ensueño delicuescente que las ángelas ofrecen; veo que trepan al cielo, cándidas, leves, cuando son el pecado mismo, la suprema idealización del pecado, la mayor irreverencia que cometió jamás un artista; y veo sus cortos talles en contraste con sus larguísimas, flotantes, abandonadas faldamentas, que las visten como de esas nubecillas azulinas ó violeta que forman pabellón al disco de la luna. Al sentirme cercado de estos fantasmas de belleza enteramente actual, con la nota del sentimiento presente, empiezan á hervir en mí las impresiones del día, y noto una sorda angustia, una zozobra inexplicable, un tormento que se parece al mareo de mar.
Lo que se me marea es el espíritu. Mi enfermedad es la duda. Dudo de lo que siempre creí. Reniego, á pesar mío, de mi ideal estético.
Las ángelas desaparecen. Estoy en una calle muy amplia, de un pueblo antiguo, que no conozco. Se desarrolla á lo largo de la vía una procesión, precedida de música estruendosa. Desfilan pajes y heraldos, que llevan en almohadones una armadura de torneo, nielada, repujada, incrustada de oro, damasquinada, deslumbrante. Destacándose sobre el gentío, una gallarda figura altiva, de paladín, se eleva mirándome con calma orgullosa. Carlos de Gante, desviando con su mano aristocrática la vuelta de su gabán aforrado en martas cebellinas, avanzando la mandíbula prognata, con el tusón de oro al cuello, ladeado el birrete que prende rico joyel, pasa esperando que yo me incline y le salude hasta la tierra. El César va de pie sobre el carro triunfal, revestido de paños de seda, del cual tiran ocho mujeres en la flor de la edad, vestidas sólo de su hermosura y juventud. La escena no la ilumina la luna, sino el sol, un sol de victoria, que juega en las largas, trigales, destrenzadas cabelleras de las vírgenes que arrastran el carro, de maderas preciosas, guarnecido de brillantes bronces. Los balcones, llenos de gente, ostentan tapices. En pos del César se atropellan viejos vestidos de terciopelo; matronas enfundadas en brocado de plata, preso el cabello en red de perlas; niños rubios, de cabeza ensortijada, en cueros las carnes lácteas, una gorrita de terciopelo negro sobre los bucles; mancebos cuyos trajes acusan musculaturas viriles; panzudos burgomaestres de ondulosa barba y almenada toca; un obispo llevando en alto una cruz procesional de oro, esmaltes, gemas, capitolinos, de un trabajo de hadas—y detrás, monagos frescos y bellos, con el pelo en tirabuzones, sosteniendo bandejas de postulación de labor magnífica, en que fuertes romanos se apoderan de las Sabinas ó Faunos nervudos aprietan á las Driadas forestales. Y cuando se ha alejado el cortejo, se ha callado la música, se ha quedado desierta la calle, un hombre muy hermoso, calvo, de serena frente ebúrnea, envuelto en túnica de lana armoniosamente plegada, se encara conmigo y me dice:
—Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza.
¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en imperial muestra, el Renacimiento! Eso, eso, sólo eso—era el arte. No haremos nada que á eso se parezca. ¡Miserables de nosotros! Dibujo de atletas; modelado de escultores; colorido que es la sangre y la carne transportadas al lienzo; en el más sencillo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... Una voz mofadora me susurra: “¿Cuándo has podido pensar que cabía belleza en una labriega de pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En el tiznado minero? ¿En la muchacha tísica, moribunda en el hospital?
“Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas refulgentes, nucas pujantes, formas estatuarias.
“Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres.
“¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! ¿Y tu ensueño de interpretarla fielmente? ¡Una vanidad! ¿La has de interpretar según es en sí? ¿Y cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? ¡Entonces ya la interpretas en ti!
“Y si la interpretas según la ven los maestros, lo que haces buenamente es pisar la hierba pisada.
“Ríete de esa Naturaleza pura.
“Mira este glorioso irradiar de helénica alegría que el Renacimiento derramó en el mundo.
“Ten sangre, ten músculos, sé insensible al dolor, sé estoico.
“Sólo hay un objeto digno de la vida: la victoria.
“Sólo hay una fe digna del que no nació con alma de siervo: la sabiduría antigua, la más alta.
“No seas de estos cobardes vacilantes de la presente generación, impregnada de la mujer, de su piedad, de sus lágrimas, de su histeria.
“Sé varón. Te lo ordena el Renacimiento.”
Entretanto, el coche, rodando despacito, me conduce á los Viveros, y echo pie á tierra, y me pierdo entre las frondas en flor, envuelto en el aroma penetrante, embriagante, de las acacias.
Una mujer viene á mi encuentro.—¡Espina, Espina!—Arrastra un traje de gasa, de incierto matiz, de esos matices afeminados que la moda ha bautizado con el nombre de colores pastel: tales son de tenues, como suavizados por un dedo de artista. El traje, sin embargo, es lo más atrevido que he visto nunca. Porque bajo la gasa, Espina lleva un viso de tela sedeña, nacarada, de transparencias misteriosas. Sobre su fosco pelo, una original capelina de la misma gasa, orlada é incrustada con idénticos encajes vaporosos y caídos, como ablandados por la negligencia, por la languidez.
—“¿Qué tal?—pregunta la deliciosa aparición.—¿Le gustan á usted mucho los señorones vestidos de reyes de baraja? ¿Las mollazonas indecorosas, de calcañales recios? ¿La carne? ¿La sangre? ¿La mitología? ¿Todavía no está usted enterado de lo que es bonito, hombre? ¡Es usted un pedazo de estuco! Debía de estar ya desasnado; creí que tenía usted temperamento artístico verdadero, no como el del pobrecillo marqués, que confunde lo hermoso con lo rancio. Hoy se hacen cosas más encantadoras que nunca. Afínese usted, afínese; aprenda á mirar. Lo natural es un mote con que se tapa lo grosero. ¿De dónde saca usted que lo natural, por ser natural, ya es bello? Al contrario, tonto, al contrario. Lo bello es... lo artificial.
“¿No soy bella yo?
“Pues en mí, lo natural no existe.
“Soy una civilización entera que ha infundido á lo raro, á lo facticio, la vibración del arte.
“Mi pelo es tintura, mi húmeda boca es pintura, mi atractivo no es la exhibición de mi cuerpo, sino el saber recatarlo, cual se recatan los misterios de los santuarios.”
Angustiado, como el creyente á quien se le derrumba el ara de su fe, exclamo lanzándome hacia la cosmopolita:
—¿Dónde está la verdad?
Ella responde:
“—En ninguna parte. Todo es apariencia, ilusión, desfile de sombras chinescas sobre las paredes iluminadas ó lóbregas de nuestra alma.
“Todo cambia, nada persiste; y lo que ya profanó la admiración del populacho, no merece ni la mirada del artista.
“Las opiniones, los sentimientos de la multitud, ignórelos usted. Las sensaciones sencillas y francas... á los mozos de cuerda. La sensación hay que pasarla por alquitara, destilarla y oscilar entre ella—pero exquisita y sobreaguda—y el negro tedio que nos encamina á la realidad antiestética de la muerte...”
Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura que me llaman apresuradamente, desde muy lejos, en tono del que avisa un peligro...
—¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como una piedra! ¿Se baja aquí, señorito, ó vamos á seguir?
Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no entiendo ni respondo en un minuto.
Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna me baña en pleno la faz.
—No, no me bajo...
Y doy las señas de mi estudio.
Fines de Junio.—En el desconcierto de mis ideas sobre arte—porque tengo perdido el rumbo, y estoy como los devotos á quienes el ara se les viene abajo,—me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel sueño raro que tuve en el camino de los Viveros, una noche de luna.
Los sueños son más directos, más leales que la vigilia.
Despiertos, nos engañamos, nos mentimos, por la compresión que ejerce el mundo ajeno. Dormidos, sale afuera lo entrañable, lo que ni sabíamos que llevábamos dentro, tan recóndito. En sueños toma forma radiosa la vaguedad, lo obscuro resplandece.
Soñando se me derrumbaron mis convicciones, me sentí cambiado; otra es ya mi fe, ó por mejor decir, lo que es fe, no la tengo; al contrario, vivo de dudas y de incertidumbres; también dudar es un modo de vivir y de creer; antes imaginé poseer método para realizar un poco de arte; ahora no sé por dónde ir: la perfección antigua me desespera y abruma; los rumbos nuevos me hacen parpadear, lo mismo que si estuviese mirando á un foco eléctrico muy intenso.
Minia me ha aconsejado:
—No se crucifique. No disperse su espíritu. Usted no puede seguir las huellas de ningún pintor antiguo. Entre los modernos, para atravesar el período de imitación, mortificante pero forzoso, elija al maestro que mejor se adapte á su modo de ser, y después de chuparle los tuétanos, mátele dentro de usted mismo. De los antiguos, sin embargo, podría usted sorprender secretos. Me han asegurado que Lehnbach, de absolutísimo incógnito, haciendo creer en su país que viajaba por Grecia, se estuvo un año aquí, copiando á Velázquez en el Prado, apoderándose de procedimientos que saca á relucir ahora.
—Á Goya copiaría yo más bien—respondí.
—Sí; tiene con su alma de usted mayores afinidades. Cada día sube Goya. Su decadentismo castizo le preservaría á usted del afrancesamiento á que está muy expuesto. ¡Sobre todo, si se apodera de usted Espina Porcel, que debe de ser una vampira!
La verdad es que Espinita, como pueda, arrolla los tentáculos al cuerpo. Sin duda no tiene qué hacer en Madrid, y no sale de mi taller; me acapara.
Veré si emborronando estas hojas consigo definir lo que me sucede con Espinita...
En primer lugar, dicho sea en buen hora, de no estar enamorado de ella, según la gente diagnostica el enamoramiento... ah, de eso tengo seguridad completa.
Vería á Espina arrastrada por la corriente de un río, destrozada por la explosión de una bomba de dinamita; la vería entrar en una casa inequívoca... y me sería igual.
Sospecho que ella, por su parte, me vería en el banco del garrote, argolla al cuello, y, pudiendo, no abriría la argolla; es verosímil que prefiriese no perder la emoción.
El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es acre curiosidad, otras irritado deseo de subyugarla, otras antipatía repentina, el gusto imaginado de pegarla un latigazo que saque sangre; otras atracción inexplicable, complicada,—una perversión que descubro en mí, y que me asombra sin desagradarme, pues no puedo aguantar á la gente bonachona, de psicología blanca.
Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento de su existencia y la desdeñosa altanería con que prescinde de las nociones admitidas y vulgaronas.
No es la Porcel una de aquellas rebeldes románticas que siempre estaban á vueltas con la moral, y que, al combatirla, la afirmaban: sencillamente, para Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito y lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la exterioridad, que hace de ella una especie de Cleopatra,—pues, como le sucedía á la reina de Egipto, su vida es inimitable. En otros términos: probablemente me atrae Espina porque es exaltadamente elegante y rematadamente mala.
Comprendo que lo primero se justifica, mientras lo segundo es dificilillo de justificar, aun cuando no tengo otro juez aquí que yo mismo; pero sentimos ahincadamente infinitas cosas... que no se justifican. Son.
Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro cuando por mi culpa sufre alguien. Yo soy capaz de darle á un desgraciado la camisa. Yo he pasado noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bicho inútil de Solano. Yo quiero á mis amigas excelentes—la Palma, la Baronesa, Minia. Yo deploré no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara Ayamonte. Todo esto parece bondad, parece altruísmo.—Y sin embargo me deleito en la amoralidad de Espina, como si deshiciese en la boca un fondán muy delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desconocido, de perfume que trastorna.
¿Será que, si uno es artista ante todo, puede tener muy buenos instintos, pero nunca tendrá verdadera regla ética para la vida?
En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo es que Espinita me trae y me lleva y me zarandea como se le antoja. Se verifica lo que profetizó Minia: la mujer se apodera de mí, me subyuga—sin que el amor prevenga la excusa dulce.
Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo algo que lleve sello amoroso? Nada, lo cual es casi ridículo, para mí se entiende, cuando esta señora está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, tendida en mi diván, confianzuda como en su propia casa.
Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, desde luego, migas excelentes! Toda mi prevención se ha desvanecido ante el primer apretón de manos.—Llega difícil de respiro, retocado, peinado, perfumado, con una ropa inglesa que quita el sentido de bien cortada, con esa superioridad de actitud y esa calma algo triste, de buen gusto, señorial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es liberal y simpático; sabe obsequiar con galantería á las señoras; no habla nunca mal de nadie; no se mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento y sus quebrantos de salud hacen que se le tolere la insolencia de una fortuna calculada en millones, sólo parcialmente comprometida—dicen—por los fantásticos caprichos de Espinita, á quien igualmente se disculpa, en nuestro país todavía idealista, porque se adivina que no son felicidad sus relaciones con un hombre machucho y dispéptico.—La dicha es lo único que no suele perdonarse.
Espina—voy estudiándola—no me parece tan mala como negativa, inconsistente. Es un ser instable; ondea y culebrea. Sus impresiones son repentinas, transitorias. No la he visto dos días de igual humor. Hay mañanas en que parece sumida en extraordinaria placidez; otras, está abatida, suspira, no responde; otras, cae en un tedio negrohumo; frecuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al cuarto de hora, jovialmente achiquillada, con antojos de criatura. Yo soy también bastante veleta; lo malo es que no coincidimos al girar. Entra ella saltando, y me encuentra de murria; me levanto tarareando, de buen talante, y llega Espina reconcentrada, muda, y empieza á fumar con una furia que descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos pelo arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Saltan chispas, hay electricidad en el aire.
¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! Se me figura que, en el fondo, esta mujer, tan vertiginosa en sus goces, se aburre hasta la desesperación.
Como el prisionero cavila para evadirse de su cárcel, cavila ella para fugarse del aburrimiento. Llega á mi taller y trae alguna distracción discurrida, ó quiere que se la discurra yo.
—Piense usted... Á ver... ¿Qué haríamos?
La he llevado al Museo, la he llevado á la Academia de Bellas Artes, la he llevado á la ermita de San Antonio. Lo único que noto que le impresiona algo es Goya. La maja desnuda y la maja vestida fuerzan su entusiasmo, y ante esas dos figuras enigmáticas, profundamente perturbadoras, hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera su desprecio.
Las etéreas figuras de la Florida la seducen.
—Goya—me dice—es un moderno, un moderno. No lo son muchísimos que pintan ahora, y que por dentro están en el año 60.
Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que variar, y la conduzco á barrios populacheros, á admirar tipos madrileños, á los lavaderos del Manzanares, donde llamamos la atención y nos dicen cosas chulas, desvergüenzas, sobre el tema de que somos “parejita”. Nos creen en escapatoria, y esa opinión deben de compartir las personas conocidas de sociedad que, casualmente, hemos encontrado en nuestros paseos matinales. Esto me va á dar postín. ¡Espinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho tono.
Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta:
—¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías á que se dedica usted, en lugar de posar para el retrato?
Me mira como sorprendida por una incongruencia y repite:
—¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch!
No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado que Valdivia es celoso, y observo que un goce que saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia todo el acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyectadas fuera de la patita terciopelosa, araña despacio, profundo, este corazón tal vez fatigado de sentir, pero todavía sensible, acaso más sensible que nunca, en el ocaso de un temperamento esencialmente pasional. Bajo su aspecto de vividor distinguido, escéptico, es evidente que persiste el Amadís de antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cincuenta y pico no preservan al desdichado de la infección mortal. Y al mirar al mísero esclavo, me envanezco del sentimiento de detestación que, en el fondo, consagro á Espina y... á las demás, genéricamente.
En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme á Bobita, mi perra. Es una delicia... Ningún chico hace más gracias. La verdad es que me lo destroza todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas se las trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo propio, que ayer me descacharró un cuenco de Talavera antiguo, que me ha borrado un retrato medio concluído: será preciso remendarlo... Y esto me viene tanto peor cuanto que ahora, con la absorción de la Porcel, casi no hago nada de provecho. Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. Mis mañanas me las estropean las excursiones, en compañía de esta señora que me trae al retortero. ¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo pesadito.
Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino que me impone gastos tontos. Siempre que voy por ahí con ella se le antojan porquerías, que al regresar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piñones, dátiles, macetas de albahaca, naranjas, panderetas, caricaturas de ministros, juguetes ordinarios, ¡hasta una pepona! Así que llegamos al portal, me dice imperiosamente:
—Déle usted al portero ese horror, para sus sobrinos... Ó si no, bótelo usted por la ventana...
¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no tengo!... Son efectivamente baratos, de baratura inverosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en una bolsa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día!
No contenta con la gracia de las compras, Espina ha dado en la flor de venirse á almorzar conmigo. Los días en que no se encuentra invitada por alguna diplomática, por alguna de sus cremosas amigas, no sabe qué hacerse y aquí se encampa. Unas veces dispone traer de casa de Lhardy platos á la francesa, otras se encapricha por los comistrajos de los muchos figones que en Madrid abundan; pero invariablemente hace gestos á la minuta, declarando que aquí nos envenenan, que esto es infecto, que no concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica:
—Se viene usted conmigo á París; se viene usted.
Lo poquísimo que come, lo come de través y con la punta de los dientecitos, cogiéndolo con el tenedor, remilgada, de la manera más mona que se puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, gemelas, dignas de un estuche. El más prolijo cuidado se revela en sus uñas, diez pulimentadas ágatas, de un rosa de concha del Mediterráneo, con reflejos brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del menudo dedo.
Se las alabo, y responde en tono de tristeza:
—¡Si aquí están horribles! Me falta Madame Denoir, mi manícura de París. La que Lina me ha recomendado y que decía que era un portento, es una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa “reina de las hermosas” es poco exigente. No entiende de tocador.
Á pretexto de convencerme de la torpeza de la manícura, cojo la diestra perlina y la retengo, examinándola, cerca de mis ojos. Detallo una por una las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico engaste. Las joyas de Espina, lo he notado, son muy ricas, pero el arte en ellas hace olvidar la riqueza. La mano, cautiva en las mías, que se insinúan con hábil presión, no palpita, no se estremece; parece una de esas manos de plata del tesoro de las iglesias, en las cuales lo humano es un hueso inerte, una reliquia.—La memoria de los sentidos me hace evocar las trémulas estrechaduras de Clara, la profunda palpitación de todo su cuerpo al contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano ensortijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como no me enloquece Cupidillo...
Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con lo que ha sucedido! Porque en vez de satisfacción, ni de engreimiento, ni de alegría de ninguna especie,—lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo sabor de boca...
Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, que me rompería la cabeza contra las paredes del estudio.
¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido común, escarmentarían! Lo mejor que pueden hacer cuando están juntos es prescindir de las tonterías que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilusión, no será. Antes vivían en paz... Después, tiene razón Tolstoy, se detestan.
Al menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos como individuos?
No; el verdadero origen de mi preocupación no he de callarlo... ¿Á qué disimular ante yo mismo? Es una aprensión ridícula, es que siento... vulgares remordimientos de haber engañado á Valdivia, y bochorno de las circunstancias en que se ha verificado el engaño. Lo que yo hice no se hace, ¡no hay perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que yo hice es vil, y no puedo borrar, ni reparar, ni decirle á este hombre, como le dije á Churumbela:
—Pégame...
Si se lo dijese, es verosímil que me contestase cual la pobre gitana:
—Pa no matarte, desalmao, no te toco...
No me sirve de descargo acusarle á ella de haber preparado la ignominia. En Espina eso es natural; no se burlaría poco de mí, con su chispeadora burla, si la dijese: “¿Sabe usted? Me acusa mi conciencia”. ¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infame!—No, lo que es este secreto me lo guardo. Porque si algo me ha llevado hacia Espina, fué el diabólico afán de probarla que soy más indiferente á lo bueno y más inteligente para lo bello que ella y que toda su casta.
Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, bastante temprano, hecha un sol. Antes me había enviado una carga de flores y un billete. “Colóquelas usted; repártalas en cada rincón”. Engalané el estudio, el comedorcito, mi alcoba, el pasillo y, sobre todo, el tocador donde Espina se viste. Eran magníficas rosas, de estas que en Junio empiezan á escasear en Madrid,—pero todo se consigue tirando dinero.—Me pareció no haber visto nunca, ni en Alborada, rosas como aquéllas, tan satinadas, tan tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapulladas, tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí el retrato de Espina—el que había de llevarse ella á París,—como anhelaba: algo nuevo, inusitado, sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente nubado de tules blancos, vestido de un manojo de rosas, de las cuales surgiese el busto de la mujer, entre gloria primaveral.
Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, empecé el bosquejo de memoria, sólo para fijar la radiante visión y aprovechar el momento en que no habían principiado á languidecer las divinas, las fragantísimas rosas.
Al entrar la Porcel, antes de hablarme, cerró con llave la puerta del taller que comunica con el pasillo, y me dijo en voz tranquila, fina y como infantil:
—No tengo gana de que nadie nos interrumpa.
La miré sin comprender, absorto en mi boceto.
—¿Qué va á pensar el criado?—fué la simpleza que solté por fin.
—Yo siempre ignoro que existen criados; para mí no son personas—contestó encogiéndose de hombros.
Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, de siempre contraída pupila, advertí una luz de júbilo. Prorrumpió en exclamaciones. Era encantador, era una idea; en París arrebataría. ¡Qué delicia exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por la tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arrugaríamos los dos á ver quién lo hacía de un modo más artístico...
—La rosa, con todo, es flor algo trivial...—murmuró.—Orquídeas debieran ser. Pero acaso no se presten. El efecto no sería el mismo.—Y, con cierta ansiedad, añadió:—Supongo que aunque el pastel de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino gasas, el mío no se le parecerá, no repetirá aquél. Dicen que es el mejor retrato de usted, y que los de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pueden comparársele.
—¿Qué sé yo?—respondí.—Es difícil dar el premio en concurso. Yo deseo que el de usted salga admirable...
Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que percibí su aliento, no perfumado por la naturaleza, que pocos alientos perfuma, sino por elixires y mascadijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó más que las agatinas uñas. Su respiración se espació sobre mis mejillas, con revuelo sutil de mariposa, y su brazo derecho desquició violentamente mi cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano perlina me revolvía los mechones de pelo y me arañaba con las sortijas la frente. El nevimaterno ó antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló con cierta repugnancia.
—¡Puah!
Á renglón seguido, con el infantilismo que exterioriza sus sensaciones, clamó regocijada:
—Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick.
Después—al darme yo cuenta de lo que todo aquello forzosamente envolvía,—buen cuidado tuve de evitar demostraciones pasionales, que podían convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, como jugando, me apoderé de la presa. Para ensayar el retrato la envolví en rosas, que deshojábamos magullándolas, y que se morían en el ambiente caluroso del taller, en el cual las grandes vidrieras, á pesar de las cortinas moderadoras, derramaban chorros filtrados de sol. El silencio pesado de la mañana de Junio era perceptible, y sugería aislamiento, soledad, libertad secreta. En la casa parecía no rebullir ni una mosca. Bobita dormía hecha un ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla de la puerta.—De pronto sonó; me incorporé pavorido. Ella se puso en pie igualmente, y me dijo, en voz susurradora:
—Nada de abrir sin saber á quién.
Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el pasillo, el característico ruge-ruge de la faldamenta femenina. Espina puso un dedo sobre los labios. Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros:
—¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita aquí Espina Porcel, para que vea cómo adelanta su retrato... ¿Está usted solo?
Espina hizo seña de que ella abriría—y tardó, aparentando torpeza ó malagana.—Lina, al entrar, se comió la partida inmediatamente. Había que ver fulgurar sus negros ojos.
—Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no citarme aquí...
Entonces Espina se mostró incomparable. Sin manifestar otra cosa que una satisfacción que afectaba no poder reprimir, miró cara á cara á Lina, se acercó á ella y la dió en el aire, no en las mejillas, un beso, murmurando suavemente:
—Al contrario, ma charmante, si te avisé porque me arreglaba... Quiero que sepas antes que nadie que el mejor retrato de Lago va á ser el mío. ¡Una idea tan original y tan poética! Saldré de una especie de triunfo de rosas, de una delicadeza ideal. En París producirá entusiasmo. Cuantos retratos hizo Silvio hasta el día, son... psch... banales. Así me lo ha dicho él...
La morena belleza sonrió despreciativa, y sin responder á su interlocutora, se volvió hacia mí y lanzó:
—¡Es usted el hombre más galante... pero más embustero! Eso mismo me contó cuando terminaba el famoso retrato del traje de terciopelo miroir. Por cierto, deseo que cuanto antes me lo envíe usted á casa. Quieren verlo unas amigas, de las que no son envidiosas, por lo cual profetizo que lo encontrarán admirable... ¿Á ver, dónde anda esa obra maestra?
¡Dios mío, qué compromiso! Quise aplazar, mentir... pero Espina, exultante, desenterró el retrato, que yo había trasconejado ocultándolo detrás de varios chirimbolos. Calcúlense cuál se quedó Lina al ver el ultraje inferido á su imagen por el arrebato de la Porcel. Palideció como las morenas, con tonos lívidos. Motivo había, es innegable. Yo, en cambio, colorado de sofocación. No sabía por dónde salir. Y Espina, la muy bribona—¿qué otro nombre puedo darla?—se echó á reir con risa que de puro alegre era un gorjeo, y entre la cristalina cascatela de sus carcajadas, exclamó con tono de perfecto candor:
—¿Pero cómo ha hecho usted, Lago, para estropear la maravilla?
Era demasiado fuerte. Lina, frunciendo las cejas de terciopelo, se volvió hacia su amiga, y la disparó á boca de jarro:
—Abur, ma toute belle, te regalo el retrato y el autor... Están en el mismo estado poco más ó menos; buen provecho te hagan...
Y salió, ocultando con el sarcasmo la desazón enorme. ¡Su retrato, el alabadísimo, el que había de consagrar la memoria de su hermosura triunfante, indiscutible!—Sin permitirme cumplir el deber de cortesía de acompañar hasta la antesala á la ultrajada beldad, Espina cerró nuevamente la puerta del taller con doble vuelta de llave...
Y aquí entra lo que verdaderamente me preocupa. Aunque la escena con Lina fué desagradable, y en ella resulté faltando á una mujer á quien sólo debo amistad, consideraciones, no tiene comparación con lo que sigue.—Al cuarto de hora de marcharse la Moros, volvieron á llamar, se oyeron de nuevo taconeos en el pasillo, esta vez sin ruge-ruge de sedas, y Valdivia, el propio Valdivia, hirió con los nudillos... Aterrado, me volví hacia Espina, consultándola con la mirada.
Detrás de la puerta me parecía que jadeaba una respiración, que palpitaba agónico un aliento... y era el mío; el zumbar de la sangre me aturdía las orejas. Espina, lenta, risueña, vino hacia mí. Creí que iba á dirigirme algún advertimiento de prudencia, alguna palabra de esas que el instinto de conservación dicta. Lo que hizo fué un guiño de complicidad, un gesto pícaro, envuelto en una caricia fogosa. Y riendo bajo, satisfecha, campante, exclamó:
—Aguarde un poco... ¡Nada de darse prisa!
La voz de Valdivia cruzó á través de la hoja de palo.
—Estás ahí, María. ¿Por qué no me abres?
Empujándola, imponiéndome, abrí. No sabía de qué manera recibir á aquel hombre. Mi actitud sola era prueba clara. Jamás comprenderé, jamás me explicaré este episodio de mi vida; verdad que la vida está llena de enigmas sin clave.
Yo no puedo dudar de que Valdivia es un mártir de los celos. Pero ¿hasta qué punto esta amarga enfermedad, tan amarga que sólo por ella debiéramos renegar de la tontaina de los amores, es compatible con la lucidez? ¿Por qué, vamos á ver, se ríe la gente de los celosos? Pues justamente porque los celos ponen venda más espesa que el amor todavía.
Valdivia, como todos sus compañeros de tortura, gime en su potro, desconfía, no duerme; pero cuando se le antoja confiar, lo estaría viendo y negaría el testimonio de sus ojos, la realidad que palpase. Tal le sucedió en este caso. ¿Qué sujeto de experiencia,—y Valdivia la tiene muy cabal,—hubiese dudado, y qué carcajada no soltaría el propio Valdivia si de otro le refiriesen esta aventura? ¡Encerrados, solos, turbado yo, esparcidas las rosas! Pues sin embargo, no contento con mostrarse tranquilo y sin escama de ninguna clase, por un fenómeno que no es único, que es frecuente en los celosos, cuya razón acaso sea el instinto egoísta de precaver sufrimientos, se adelantó á facilitarnos la explicación, que yo al menos no era capaz de inventar:
—Han cerrado para librarse de importunos, de indiscretos que divulguen por ahí lo original de la idea del retrato. Bien hecho. Pero yo no cuento, ¿verdad? Yo me siento aquí tan formalito... y usted sigue en su tarea...
Y Espina respondió, impávida:
—Si estorbas, te echaremos. Pero no estorbas. Has sido muy amable en venir, como te encargué.
¡Ella misma le había avisado! ¿Qué aberración es ésta? Llamar á Lina será una diablura; pero ¿llamar á Valdivia? Tiemblan un poco mis dedos al coger los lápices, al extender las tintas. Valdivia aprueba; él y Espina fuman, serenos, amigables.
Y sigue la historia. Me había levantado ayer hostigado por la preocupación más común, estúpida y agobiadora del mundo. No tenía un cuarto; no tenía lo que se dice un cuarto para hacer bailar á un ciego.
Las encerronas con Espina en esto habían venido á parar. No trabajar, rehusar encargos de gente que según Espina no es lo bastante smart para que yo le dispense tal honor... Y el sacristán de lo que canta yanta...
¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Es que me estomaga pensar en dinero. El dinero es una de las peores cochinadas de este cochino mundo.
Pero también, como pasa con otras cochinadas, si nos falta viene la muerte.
Cada peseta representa una gota de sangre; cada duro es un nervio; cada millar de duros, un pulmón.
Estaba anémico, neurasténico y tísico, sin dinero.
Empecé á revolver mis libros, por si desentrañaba algún retrato sin cobrar, y me encontré que, excepto los consabidos millonarios y una diplomática ausente, lo entregado estaba cobrado todo. Lo que pasaba era que tenía algunos retratos empezados; pero como hace tiempo que rehuyo dar sesión, no he terminado ninguno.
Un sudor de angustia me corría por las sienes. Encontrábame además en ridículo. Espina tenía derecho á burlarse de mí, pues le había sacrificado neciamente mi manera de vivir,—mi sustento diario.
¡Dinero! ¡Me faltaba dinero! No podía sosegar. ¡Ni que yo fuese un codicioso! Es que el dinero, qué diablo, no hay hora ni momento en que no nos haga una falta terrible. Sin miaja de codicia, somos esclavos de él. No es codicia necesitar aire respirable. Nuestra sociedad respira por el bolsillo.
Todo esto lo voy poniendo aquí, probablemente para disculpar...
Me he creado necesidades; tengo que pagar, sin falta, el alquiler de la casa, la soldada del fámulo, las cuentas galanas de la portera, la leche de Bobita, mi ropa, el gas, la electricidad... Tengo que vivir.
¿Qué hacer? ¿Suplicar un adelanto á la baronesa? ¿Cómo me recibirá? ¿Qué cosazas dirá de mi desorden, de mi falta de cabeza, de mi desbarajuste?
Y cuando me hallaba sepultado en desesperadas meditaciones, llaman; entra Valdivia, tétrico y ceñudo.
—¿María no ha venido aún? Me alegro. Tenemos que hablar...
¡Adiós! Sospechas, recriminaciones, lance... ¡Qué saldrá de aquí!
—Tenemos que hablar...—repite.—Pero antes, hágame usted el favor de un vaso de agua clara...
—¿De agua clara?—repito embobado.
—Sí... Necesito absorber un poco de bicarbonato; mi estómago me está gratificando, desde por la mañana, con una gastralgia horrible... ¿No le ha dolido á usted nunca el estómago?
—¡Ya lo creo que me ha dolido!—respondo con expresión.—Sin ir más lejos, ayer...
Y, llenos de cordialidad, unidos por una corriente de franca simpatía, empezamos á confiarnos nuestras tribulaciones. Valdivia no tiene hueso que bien le quiera, es un mapamundi de alifafes; le fastidia unos días la cabeza, otros el estómago, siempre las articulaciones, muy á menudo los riñones y no pocas veces el corazón. Cree tener síntomas del mal de qué sé yo quién y de la afección de qué sé yo cuántos. Los médicos le han ordenado rigurosamente campo, reposo, nada de emociones fuertes, un régimen de lo más severo.
—Pero—objeto yo—entonces...
—Entonces—replica afablemente, mientras deslíe el bicarbonato—tales prescripciones no se siguen jamás. No hay valor para separarse de María. Los médicos, ¿qué saben?
—¿Por qué no se van ustedes los dos al campo?—pregunto.—Allí, con un poco de voluntad...
Los ojos de Valdivia, del antiguo Tenorio, del hombre con espolones de acero—lo he visto, no puedo dudarlo,—se arrasan de lágrimas. Me echa una mirada infinitamente expresiva, de esas en que se vuelca la urna de la pena, y murmura, bajando la cabeza y como acortado:
—Ella no quiere... No es cosa, ya ve usted, de encerrarla en una aldea á la cabecera de un enfermo...
Y, pronunciada la primera frase, quitado el primer tapón, la confidencia, de un modo casi involuntario, surte de los labios secos, marchitos. Sale á pedazos, unas veces brusca y fiera, otras humillada, resignada; pero sale, entreverada con quejidos sordos que la tenaza de la gastralgia arranca del fondo del pecho. Lamentaciones sobre la salud perdida se mezclan con quejas del animal que sufre y del enamorado que no ha podido curarse del daño que el filtro causa. Al principio se tropieza en las palabras, se quiere tapujar, velar con formas decorosas lo ignominioso. Poco á poco se va ahondando, se introducen los dedos en la llaga, se descubre la infección. Por los bordes abiertos y sanguinolentos, asoman su cabeza de víbora los celos afrentosos.
—¡Ni un día sin celos!—repetía hecho un ovillo en el sofá, porque arreciaba la gastralgia.—¡Ni un día de dulce sosiego, de serenidad, de fe! ¿Comprende usted esto, Silvio? Es como un maleficio, y á veces, créalo usted, sin ser supersticioso, me ocurre que estoy embrujado. Hay días en que me parece que odio á María más que otra cosa. ¡Desconfiar, desconfiar siempre! Y ¿sabe usted la razón de mi desconfianza? Mi detestable experiencia. Si yo fuese un poco menos corrompido, fiaría más en María, y eso ganaba. Por haber sido traidores creemos que nos traicionan. Me da por ataques repentinos, como el dolor de estómago, y es gracioso: se me ocurren cien barbaridades que no cometo. Mi desgracia es tanta, que estoy gastado para la voluntad firme de realizar un acto de energía, y no lo estoy para el sufrimiento que dicta esos actos á otros hombres, á la gente ordinaria. Se me ha puesto aquí que si mato á María quedo libre de mi obsesión; porque muerta ella no hay celos, y mi pasión es celos; nada más. Suprima usted esa negrura, y el amor se evapora. Si me parece que con tanto devaneo celoso no estoy enamorado; no quiero, lo que se dice querer, á María... Oiga usted esta monstruosidad: si María cogiese ahora el tifus y se muriese, estoy por decir que me alegro. ¿En qué piensa usted? ¿Me cree loco?
—Pienso en qué cosas tan diferentes nos marean á los dos. En su caso de usted, yo tan fresco. Ahí tiene usted... Sólo me desvela mi pintura, los medios de irme á estudiar lejitos. Y aunque aparentemente se diría que me aproximo á mi ideal, la verdad es que á cada paso lo veo más distante. No tengo cabeza para hacer economías; me las arreglo tan mal, que...
Apenas dicho me pesó; quisiera recogerlo. Este hombre no va á creer nunca que hablé así... arrastrado por el torrente de las espontaneidades.—Me miró con interés, y exclamó con una bondad que me pasó el alma como un cuchillo:
—Cuente usted conmigo para todo. Tendré verdadero, verdadero gusto en serle útil. ¡Y, á propósito! Me alegro que se suscite esta conversación, porque soy su deudor de usted, y he de pagar, antes que con mis males y mis chifladuras me distraiga. Dos retratos de María ha hecho usted ya.
—No—me apresuré á gritar,—uno solo. El otro es un boceto, un estudio.
—El otro es más bonito por lo mismo, por la libertad, por la fantasía. Ese es mío; lo compro yo. El otro casi está terminado, y en París le dará á usted gran cartel. Total, dos retratos... ¿Cuánto le debo? Sencillamente, entre amigos...
Al oir la cifra protestó.
—De ningún modo. ¡Qué desatino! Esos son los precios madrileños; aquí es de balde todo. Permítame que inaugure los precios franceses. Dos mil francos vale por lo corto cada pastel, y aquí traigo, justamente...
¡Qué deslumbramiento! ¡Cuatro mil francos de un golpe! Oscilé de emoción. Me veía salvado, libre, pertrechado para la guerra. Pero era demasiada vergüenza, demasiada felonía tomar tanto dinero de aquel... ¡Extraña casuística! Si me paga al precio de Madrid, no me da empacho...
—Vamos, no haga usted repulgos. Lo ha ganado usted bien; le debo á usted más. Ya sé lo que pasa con María. Le ha hecho perder un tiempo precioso, y de fijo le ha indispuesto con un sinnúmero de parroquianas. Porque María es así. No habrá consentido que retrate usted, esta temporada, sino á quien se le antoje á ella. Tendrá usted, por su culpa, diez ó doce enemigas...
¡Perspicacia singular, alternando con absoluta ceguera: tú eres la característica de los enfermos de celos crónicos!
Todavía añadió:
—Y, por supuesto, cuente conmigo en París—adonde espero que se vendrá ahora en nuestra compañía—para lo que le haga falta, sin restricciones... Me causaría usted una contrariedad si se dirigiese á otra persona. No tema, no recele carecer de nada al establecerse allí. La amistad de Valdivia es algo más que fórmula. No lo dude.
Hablando así, alargóme la mano, seca y calenturienta, y no me atreví á retirar la mía, de seguro temblorosa.
—Sea usted mi amigo—dijo melancólicamente.—No soy un hombre demasiado feliz, sino todo lo contrario. Sólo la amistad mitiga, á veces, las quemaduras de lo que me abrasa. ¿No es cierto que esa mujer tiene algo de irresistible? Y, en el fondo, créame... ella no es responsable del mal que hace. Se encuentra sometida á una fatalidad... ¡Si usted supiese lo que he batallado para apartarla de mi pensamiento, para quitarme el vicio y la borrachera de su amor! Usted puede prestarme un gran servicio, á cambio de todos los que yo estoy dispuesto á prodigarle. Escúcheme con paciencia cuando le cuente mis penas, y no se burle, como se burlan los amigotes de María en París y aquí. Delante de ellos me presento como un hombre material y cínico, harto de todo; y me creen, porque son lo mismo. Están gangrenados.—Les aborrezco.—Hay, especialmente, un compañero de usted, un pintor belga, ¡que si yo tuviese valor para malquistarme con María, mi mayor delicia sería clavarle una bala, después de escupirle! Sospecho que me ha engañado con él, y he de seguir recibiéndole, y he de tratarle como si tal cosa, y hasta dar almuerzos y comidas en su honor. ¿Verdad que es aplastante sentirse hombre civilizado, de una civilización extrema, que divorcia la acción del sentimiento? Ya le conocerá usted, ya conocerá á ese tartufo... Marbley se llama. ¡Porque usted le hundiese daba yo ahora mi sangre!
—¿Marbley? ¿El del Harem turco?
—¡El mismo! ¿Tiene usted noticia de él? Á fuerza de reclamos se ha impuesto. Un farsante, sin miaja de genio; un hombre que sólo piensa en cobrar, en sacar dinero á las norteamericanas ricas. ¡Si supiese usted cómo cultiva el género! No hay ardid que no emplee. Paga artículos en los periódicos; no sale de los tocadores y de las faldas. ¡Y envidioso! Ya verá usted en cuanto eche la vista encima á este delicioso retrato. Se lo voy á refregar... Quítele usted la clientela, arrincónele, aplástele. Ese complot tenemos que tramar... Y cuente usted con Valdivia. ¡Si yo soy el que queda obligado!
En lugar de dormir bien, guardando en cartera cuatro mil francos, no descansé en toda la noche. Dando vueltas y más vueltas, con uno de esos insomnios invencibles que determinan en mí al igual las impresiones de placer y las inquietudes profundas; oía á mi cabecera el tiquitiqui del relojillo, metido en su marco de plata repujada, y me parecía, sensación en mí bastante frecuente, que la cama estaba invadida por miriadas de hormiguitas, y que estas hormiguitas, zigzagueando, se me paseaban por el cuerpo, bullentes, ágiles. Mi pensamiento se desvanecía como el humo disperso por el vendaval. Me ardía la frente. Y, en el alma, bochorno, dolor inexplicable. Me golpeaba el corazón el recuerdo de las palabras de Valdivia.
Yo no he nacido, yo no sirvo para esto. Yo no me rebullo en la perfidia como en el agua el pez. Soy débil, ó tonto, ó lo que se quiera... No puedo. La indiferencia moral, que me pareció hasta una gracia en Espina, en mí—reconozco la contradicción—me parece sencillamente, en este caso especial, una canallada. Á darle su nombre verdadero, yo seré un canalla, el último, el presidiable, si me aprovecho del dinero de Valdivia y, al mismo tiempo, de... no le llamo el amor... el capricho de Espina por mí.
Bienaventurados aquellos que ó son malos ó buenos del todo. Yo no siento constantemente el estímulo, la inquietud del deber. Sin embargo, tengo impulsividades honradas.—Cuando empezó á filtrarse el día al través de los resquicios de la ventana, había formado una resolución. Estos cuatro mil francos... bueno: el precio de París. ¡Pero ni un céntimo más! Y por mí, sosiéguese Valdivia. Ya puede Espina agotar sus artes. Muy amigos, sí; trato, conversación... No otra cosa.
Y con esta decisión firme, que á mi ver lo concilia y lo borra todo, las hormigas desfilan en silenciosa caravana, mi frente se refresca, mi pulso se normaliza... Me quedo dormido regalonamente.
Mi fatuidad—porque en este medio me he vuelto fatuo—me sugería que iba á ser necesario luchar para dar un corte á la relación íntima con la Porcel. Lejos de eso, apenas me eché atrás, con torpeza, con exageración (lo hice detestablemente), Espina adivinó, tragó la píldora, me miró con sorpresa burlona; después exhaló un ¡ah! gracioso y cómico; luego, con calma é indiferencia en que había menosprecio, sacó un cigarro de su primorosa petaca y lo encendió, demostrando, como casi siempre que fuma, impresión de bienestar, de euforia, debida, sin duda, al opio que encierran sus papelitos largamente emboquillados.
Cuando la dije que, por indicación de Valdivia, les acompañaría á París, me miró atentamente, y en sus ojos de venturina derretida, irradiadores, vi lucir una chispa sardónica, cruel. Hizo luego un gesto de los que se hacen cuando el destino se impone.
—Mucho me alegro de que le tengamos á usted por allá—pronunció despacio, con expresión enigmática.
No me había apeado nunca el tratamiento, ni en medio de nuestras breves pasionalidades; el toque de ternura del tuteo me fué rehusado, tal vez por desdén. Asimismo observé que ha guardado conmigo cierto género de pudor, no permitiéndome ver de su cuerpo absolutamente más de lo que exigía el retrato.
Acaso crea que mi retraimiento es un pasajero capricho; segura de su atractivo perverso, sonríe de un modo insolente, con reto en la actitud. Me consagro á adelantar el retrato, y por cierto que sale encantador.
Empieza á correr en los círculos sociales la voz de que me voy á París con Espina, y la gente me jalea, me halaga más que nunca. Convites en todas partes. La animación matritense es ahora extraordinaria, febril, por la venida del rey de Portugal y consiguientes festejos.
Madrid, tablar de garbanzos: te dejo gustoso. Correspondes á una etapa de mi vida en la cual no hice sino falsear y bastardear mis instintos verdaderos, mentir á mi vocación, perder mi fe, mis convicciones, que eran mi apoyo, sentir que á cada paso me aparto del ideal... y ni siquiera reunir ochavos, porque la verdad es que en Madrid las bolsas andan escurridas y lo único que se logra es trampear...
Siempre que emprendemos un viaje, entra por mucho en nuestra animación la esperanza de que va á cambiar el aspecto de la vida, de que vamos á renovarnos.
Á bordo del barco en que vine de América, recuerdo cuánto me sonreía esa ilusión. La nueva existencia sería, forzosamente, mejor que la pasada; aquello era la prueba, esto sería el premio. Y con todo, si entonces me hubiesen vaticinado el golpe de fortuna y el arrechucho de moda que me aguardaba en Madrid, hubiese dicho que era imposible.
Ha sucedido; he logrado infinitamente más de lo que podía fantasear, y sólo experimento, al emprender otra peregrinación hacia la tierra prometida, repugnancia á lo pasado. Casi raya en el asco que infunden la comida mascada y el pan mordido. Quizás me espera en París el verdadero desencanto: la certeza de que no tengo puños para lo único que importa.
Si me convenzo de esto... Pero ¿puede uno convencerse nunca?
El retrato de Espina trastorna la cabeza á las señoras que lo ven. Realmente (lo conozco), es (aunque algo cromito, cromito siempre) de una etereidad, de una magia seductora. La cabecita rubia, los nacarados hombros, virginales (Espina tiene una porción de detalles que no pueden llamarse sino así), son un hechizo de finura. Los tules y las rosas, vamos, no sé quién los haría mejor. Parece que las flores están salpicadas de rocío, y que sus hojas de seda van á moverse, á caer lánguidas, dulces. El efecto de absoluta sencillez, evitando la cargazón de lujo y mal gusto de las señoras de aquí—y no exceptúo á Lina Moros, que por cierto está torcidísima conmigo, que no tengo culpa de las extravagancias de la Porcel,—el efecto de sencillez, un cuadro sin una joya, sin un lazo, es atrayente, exquisito. En fin, el retrato de Espina hace la competencia, como acontecimiento mundano, á la venida del monarca portugués.
En ecos periodísticos, en las conversaciones, un concierto de elogios. Y decir que al mismo tiempo que me inciensan, yo creo sentir alrededor del pescuezo un collarín que me ahoga, la argolla de mi eterna mediocridad.
¡La obsesión, la obsesión! Felices los imbéciles como Valdivia, esos á quienes la fidelidad ó infidelidad de una pindonga...
Estas crudezas que pienso y escribo aquí me avergüenzan también; pero comprendo que si tuviese la seguridad de mi talento, de mi genio; si la tuviese perseverante, en vez de tenerla por acceso y caer luego en desaliento incurable, si yo fuese Van Dyck, me creería autorizado á pensar como me diese la gana de cosas y personas, y á retratarme con mi engañado protector, sin escrúpulos...
Un genio en arte no reconoce ley; es rey, es águila.
Yo vivo anonadado, porque no sé si soy más que un pastelista de salón.
Es urgente averiguarlo. ¡Maldito yo si no lo averiguo!
He rehusado casi todas las invitaciones, sobre todo las de los bailes: esto de no asistir me da tono... y comodidad. Las comidas las he aceptado, porque se come mejor que en casa, naturalmente. He ido á despedirme de las Dumbrías, que se alegran francamente de mi salida en busca de aventuras. He dicho adiós igualmente al marqués de Solar de Fierro, que se ha conmovido algo (como se conmueven los viejos, pensando en sí mismos, en contingencias de no volver á ver al que despiden), y me han llenado de consejos acerca de lo que debo reparar en el Louvre, en Chantilly, en Cluny. Además me ha dado cartas y tarjetas para que visite colecciones particulares que no se enseñan. Y á fin de cumplir de una vez con todas mis amigas—llamémoslas así, aunque sea presunción,—aprovecharé la butaca que me envía la Sarbonet para la función regia en el Teatro Real.
¡Qué concurrencia, qué calor, qué lujo! Las peticiones de localidades han sido tantas, que el ministro, oigo que dicen á mi lado, andaba loco. Ha sido preciso enchiquerar á seis ú ocho señoras en cada palco. Los señores, como puedan. Las que han conseguido sitio desde el cual se ve á la Corte, satisfechísimas; las que no han logrado esa fortuna, se prometen invadir el palco de una amiga en los entreactos para saturar sus ojos de la atracción. Cantan nada menos que el Don Juan, de Mozart, pero nadie quiere oir una nota de la divina música. Más que los cantantes, cuya voz ahoga completamente el abejorreo de los diálogos, de las observaciones acerca de tocados, galas y joyas, interesan al público los dos alabarderos de guardia en los ángulos del escenario con el telón, inmóviles. Son dos apariciones de antaño—morenos, mostachudos, serios,—estatuas de la lealtad monárquica. Ayer he visto á estos mismos alabarderos, en la corrida regia, resistir con las alabardas, al pie del palco que ocupaban las reales personas, la arremetida del toro. Sería un bonito asunto de cuadro, un Zuloaga...
Todo el mundo tuerce la cabeza para mirar á la Corte, cuyo gran palco domina la Sala, trastornando la categoría de las localidades, elevando al primer rango á los palcos principales, otros días refugio de la gente de medio pelo, y hoy reservados á los diplomáticos, á las damas de la reina, á la alta servidumbre, á lo más granado de la concurrencia. Se respira un aire embalsamado, asfixiante. Aquí se queda eclipsada mi perfumería. Es difícil discernir qué olor domina: si los aromas fuertes, ingleses, que gastan los muchachos bien, ó las sutiles composiciones francesas, mixtiones delicadas y personalísimas, de las cremosas. El conjunto levanta dolor de cabeza y solivianta los nervios.
Enarbolo los gemelos que acabo de alquilar por dos pesetas, y me dedico á pasar revista.
Es un abigarrado, un mariposeador remolino de hombros y senos salpicados de pedrerías, arroyados de perlas; de cabezas coronadas de brillantes; de uniformes, de dorados, de plumas, de pecheras de blanco cartón. Es lo que desde hace meses me dedico á retratar; son mis modelos, mi clientela, mi mundo, reunido y luciendo el tren de sus vanidades, de sus pretensiones de tono, riqueza, belleza, posición, galantería, superioridad social; éste es el momento crítico en que las pequeñas Quimeras, las Quimeritas, revolotean ladrando, soltando humo por las fauces...
Descanso los gemelos un instante. Á mi derecha tengo un gallardo, un magnífico maestrante de Ronda. Su casaca ceñida le presta arrogancia militar, bombeando y diseñando el bien formado pecho; sus calzones blancos modelan sus esculturales muslos. Mira con mezcla de interés y desdén á los palcos, sonríe de vez en cuando á una cara conocida, arquea las cejas de puro ébano, contrae una frente juvenil, encuadrada por el pelo negro alisado exageradamente, según el decreto de la moda. Se ve que tiene calor y que más bien se aburre que otra cosa... pero sería lástima que se fuese, con tan hermosa estampa. Á mi izquierda dos damas muy maduras, emperifolladas, cejijuntas, desesperadas toda la noche de Dios porque no han conseguido asiento en un palco. Su mal humor se traduce en murmurar de todos y de todas, en cuchichearse, escandalizadas, historias sin pies ni cabeza, en encontrar falsas las perlas y los brillantes de cuantas lucen corona heráldica, y en criticar el reparto acerbamente. Viene á saludarlas un señor calvo, obsequioso, y le endosan la relación. “Figúrese usted que nos ha engañado el ministro... Hasta última hora prometiendo palco, y luego nos encaja esta ridiculez.”
El señor, sin duda para consolarlas, musita misteriosamente: “¿Y saben ustedes que está en las butacas la Maricielos? ¿La amiga de Julio Ambas Castillas? ¿Una cocotte? Está, acabo de verla... Un escándalo...”
Tiendo la vista por las butacas, y en el mujerío apenas descubro una cara satisfecha. Querían palco todas. Unas disimulan, otras están furiosas sin rebozo; sin embargo, se han colgado la espetera y sacado el fondo del baúl. Entre los trajes claros hormiguean los fraques y los uniformes; y me fijo, admirado, en la cantidad inverosímil de condecoraciones, placas y cruces que brillan sobre el paño negro, azul ó rojo. Si á estos signos se atendiese, somos el pueblo que cuenta con más héroes, con más sabios, con más gente ilustre por un concepto ó por otro. Hay pechos que son, no un calvario, como impropiamente se dice (¿qué valen tres cruces?), sino la Vía Apia el día de la célebre crucifixión colectiva.
Tampoco escasean las veneras y distintívos de Órdenes militares, ni faltan maestrantes de Sevilla, Zaragoza y Ronda,—pero ninguno con la planta arrogante del que á mi lado se sienta.—Sin embargo, la vanidad burguesa se sobrepone á la nobiliaria; la inundación es de bandas y condecoraciones militares y civiles, llegando á parecerme de buen gusto, por contraste, la bermeja cruz gladiada de Santiago, que algunos llevan como único distintivo. Miro á mi frac enteramente liso y desnudo, condecorado con tres tallitos de muguet y dos violetas blancas en el ojal, y me siento muy vacío de vanidades, encastillado solamente en mi orgullo loco de querer ser algo que no se expresa con una cinta de colores ni con un trozo de metal.
¡Á los palcos! Ahí se gallardean las que conozco, las que he retratado, y también las que no he querido retratar. Ahí las Dumbrías, en platea, con las hijas de un político de fama. Ahí la Palma, con su heráldica diadema, su aire de gran señora. Ahí la Marquesa de Regis, honradota, luciendo apelmazadas alhajas de familia, absolutamente fagotée... y su hija, la de los bandós virginales, encinta ya de cuatro meses. Ahí la Fadrique Vélez, pintada, empavesada, dislocada, porque tiene cerca, de uniforme de gentilhombre, al consabido... Ahí Adolfina Mendoza, que no cabe en su pellejo de contenta, porque la han puesto con la Lanzafuerte y las Vegamillar, la pura crema de la pura nata... Y un vapor de recuerdos me forma y dibuja la silueta de una carmelita, postrada en un coro donde hay sarcófagos de piedra, góticos, de Infantes de Castilla y León...
En el cristal de los gemelos se incrusta la cara regordeta, de cocinera, de la Sarbonet. Sobre su pelo, teñido de color caoba, brilla, entre los follajes de yedra, una serie de estrellas de pedrería, y riachuelos de brillantes se escalonan en su tabla de pecho apetitosa, de jamona en punto. Desvío los gemelos, y recaen en la duquesa de Calatrava y en la marquesa de Camargo, reunidas con Celita Jadraque, cuyas perlas engordé yo, cebándolas como á pavos en Navidad. Justamente, la Camargo las alzaba, las sopesaba en aquel momento, recordándome la escena del taller.
Á renglón seguido, Lina Moros, con un traje negro, refulgente de lentejuelas de acero, una rosa roja, enorme, en el tocado, y una hermosura que sólo la envidia de una neurótica pudo discutir. En el mismo palco, una de esas diplomáticas averiadas, viejas y horribles, que aquí nos endosan á veces, y otra encantadora—la francesa,—deliciosamente ataviada, con un talle y un chic que á París me transportan ya. Al lado, la Torquemada, la madre de aquel Robertito travieso que descubrió una petaca que yo creía sustraída por la infeliz Churumbela... Y más allá, la de la encerrona inocente, la marquesa de Imperiales, que me sonríe dirigiéndome un signo confidencial... Á su lado, el palco de la noche, después del de los Reyes; el palco hacia el cual convergen las miradas; el palco donde da postín entrar y sentarse un entreacto; el palco donde están de visita Lope Donado y Manolo Lanzafuerte, é irreprochablemente vestido, con la sonrisa en los labios, Valdivia. En ese palco, por colmo de tono, sólo se sientan dos señoras, la Flandes y Espinita. Y es toda la contradicción de la sociedad actual este palco: la alta representación de la casa de Flandes, lo puro, lo grandioso de la tradición, al lado de la equívoca cosmopolita; junto al oro sin aleación, el talco...
La Flandes, erguida, larga de líneas como una ninfa de Goujon, no parece sentir el peso de la soberbia corona ducal que surmonta sus negros cabellos, ni el del collar de perlas, memorable, histórico, que rodea su garganta, donde caben aún una carlanca de perlas más chicas y un río de enormes solitarios. Espina, por estudiado golpe, se ha complacido en reproducir fielmente, en su traje, el pastel mío... Tul y más tul nubado sobre una seda flexible, y la guirnalda de rosas naturales, sin otra diferencia sino que la salpican, en vez de gotas de agua, una infinidad de brillantes pequeñísimos, que al moverse la envuelven en chispas de irisadas luces. Y está seductora, y de boca en boca comprendo que corre la noticia: “es el traje con que Lago la retrató”. Me parece escuchar los madrigales, las bromas, los comentarios. Miro al palco de las testas coronadas, y se me figura que la Reina, valiéndose de sus lentecitos de concha, por no fijar los gemelos, nota, se entera, sonríe con su inteligente sonrisa, haciendo no sé qué observación á media voz, algo que podría ser elogio. Entre el remolino resplandeciente de bandas, placas, colgajos, se destacó entonces mi liso frac negro, y los gemelos empezaron á trabajar en mi dirección, como si buscasen en mi cara la explicación de muchas historias. Entonces, sin esperar á que se alzase otra vez el telón y la estatua del Comendador pisase con pies de piedra la casa de don Juan, opté por desfilar; me abrí paso difícilmente, esquivé á los cumplimentadores, á los preguntones, á los buscadores de emoción; huí del acosón del grupo de muchachos que en el foyer se apiñaban, y tuve la oportunidad de desaparecer, dejando en el teatro mi idea, mi nombre zumbado en mil charlas, detrás de los abanicos, como un nombre de triunfador.
Al trasponer el umbral del teatro y buscar con fatigas un simón que me soltase en mi casa, me reía de mí mismo; me estimaba al propio tiempo, por la distancia entre mi altiva Quimera de fuego, y las Quimeritas de cartón que quedan agitando sus alas tenaces, en ese ambiente tan lleno de olores y de mentiras...
Al otro día Valdivia me informa de que ya tenemos asientos reservados en el sudexprés.
Aviso á Cenizate, paso con él un día entero. Está conmovido, más blando que una breva. Le falta poco para llorar. Me pide, como á una novia, que le prometa escribirle.
—Mira—le digo,—las Dumbrías, la Palma y tú, es lo único que siento dejar en Madrid. Porque á Bobita... me la llevo. Va á darme la lata, ya lo sé... pero no es posible que se la confíe á nadie.
—Te la cuidaría yo bien—objeta Marín afanoso.
—No; si es que carezco de valor para separarme de ella. La quiero conmigo, ¿sabes?
Cenizate queda encargado de “darse una vuelta” por el taller, á ver si los porteros lo tienen barrido, limpio y ventilado, y de escribirme todo lo que ocurra.
—En Septiembre ó en Octubre—murmuro—debieras venirte á París, á pasar conmigo unos días.
Me ayuda á hacer la maleta, á empaquetar mil cachivaches, y cuando me dejo caer fatigado y descorazonado en el sofá, me habla de mis triunfos franceses próximos, de que voy á ser allí un Gayarre de la pintura, á metérmelos á todos “en el bolsillo”. Le permito disparatar por su cuenta.—¡Madrid, adiós!