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La Quimera

II MADRID (continued 2)

Reading edition

Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la serre, á la hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de tela rameada, de colorido suave.

—Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene? Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la gente punto menos que á tiros...

—¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente, prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un clown acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.

Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó:

—¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos puede hacer mucho daño.

—Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!

Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón solitario del gabinete árabe que con la serre comunicaba.

—Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted—dijo al artista;—no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted. ¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que dijeron algo poco amable de la simpática viuda...

—¿Qué viuda?—murmuró Silvio, muy atortolado.

—Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte; hizo usted bien en defenderla...

—Pero si ni la atacaron, ni la defendí...

—¡Es muy buena Clara!—declaró la condesa con su seria indulgencia de mujer intachable.—Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego, pero en ese particular...

—¿Padrino?—recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una curiosidad caprichosa.

—¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le escapa á usted!—replicó la Palma.—Á un lado maledicencias é historias añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...

—Pero, ¿de dónde sacan todo eso?—protestó Silvio.—Quisiera yo averiguarlo... ¡Pues es una friolera!

—Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela usted y se lo concede inmediato.

—Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido retratar y no contrahacer... Un estudio de lo real... Es lo primero de que, en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del mundo...—añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió lentamente hacia la serre, á depositar sobre una mesilla la taza de porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.

Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono á unos jueves de moda—“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay remedio, no se puede faltar”—la muchacha se prendía el sombrero, se calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después, en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria. El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su ramillete en la ranura, ostentándolo.

—Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...

Clara rió, excusándose.

—No, á mí no me engañas—insistió la chiquilla.—Yo no me las trago como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?

—¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita, que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.

—¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí? Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas. Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!

—¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración, criatura—pronunció reflexiva la Ayamonte.

—¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba; después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno; pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh, ideal! Soy golosa...—y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.

—¡Pasión de vejez!—exclamó con extrañeza Clara.—¡Á los diez y siete no cumplidos!—Y, transigiendo, indiferente, añadió:—Al volver iremos á Lhardy.

Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol, paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante; ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad, de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre el verdor del grass. Ni siquiera formaba contraste la aparición de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí, entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos, conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban, entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba la hora...

Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla, miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa, algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero nada divisó. Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta, cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara algo... Su delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo, impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio, activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña imperceptible.

—¡Hola! ¡El retratista guapo!—exclamó Micaelita.—¿Vas allí, eh? Hay bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su gran caparazón vert amande, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...

Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado diapasón habitual cuando pronunció:

—Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien. Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso con vulgaridades.

—Perdona, tiíta—murmuró Micaela, entre confusa y avispada.—Si sospechase que ibas á molestarte...—Y la sorprendió con un abrazo para convencerse de que palpitaba toda.

—Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias Camargo y los bobos de su trinca...

El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada. Ni en Lhardy, al mordisquear los petits fours, se aflojó la tirantez. Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!

Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala, la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París, Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer... Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo, que embarga los sentidos.

Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había brillado en aquellas pupilas radiantes.

—¡Tal vez ahora sea feliz!—pensó el Doctor.—Y en voz alta, deseoso de traer la conversación á terreno simpático:

—¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero, tan yo! Obra maestra, niña.

No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.

—El talento es innegable—prosiguió él.—Sólo necesita ambiente, y... salud. No es fuerte, no es demasiado robusto nuestro artista... Tengo el deber de decírtelo, Clara, antes de que... Noto en él predisposiciones nada tranquilizadoras.

Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier, carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la lentitud que da á las palabras gravedad solemne:

—¡Padrino—articuló,—lo que notas en él son rastros de la miseria, heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia, habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!

—Sea como tú quieres—exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de indulgencia y bondad infinita.

Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío juvenil, del Doctor.

Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador, el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado, recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para murmurar al oído la última regalada confidencia.

—¿Te aburre mi guitarreo?—preguntó Silvio con resignación.—¿Quieres que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?

—No...—respondió Clara.—Quiero que vengas aquí, aquí.

Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda cínicamente.

Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado y revuelto entonces.

—¿Quieres que dé luz, nena?—interrogó el prisionero, deseoso de evadirse.

—¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...

Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada, obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les rodeaba, se decidió:

—Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á los retratos y dedicarte á lo serio?

—¡Pch!—murmuró Silvio, interesado en la conversación.—¡Hija mía, eso es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha... héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...

—¡Calla!—gritó Clara, estremecida.—¡Loco! á ver si te pego en la boca para atajarte el disparatar... Si yo me alegro, me alegro, de que el remolino de los retratos smart no te dé resultado para cumplir tus anhelos... ¿No sería bonito—dí—hacerles una reverencia de corte á todas las majaderas que vienen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte años perpetuos, y volar adonde la vocación te llama?

Silvio inclinó la cabeza con desaliento.

—¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me encuentro tan harto ya de producir calcomanías! Perdona; tu famoso retrato, que nunca se acababa porque no queríamos que se acabase, ese... calcomanía pesetera... ¿Á qué discutirlo? El de tu padrino... regular... Le falta... algo le falta, ¿eh? no pienses que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño, arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un día! Bueno: también creo algo aceptable ese estudio de Lina Moros con el traje ceñido de paño prune. Verdad que las líneas de esa mujer son de una perfección desesperante. Nunca las copiaré en todo su hechizo.

Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.

—He dicho una tontería—murmuró él, percibiendo el movimiento retráctil de la dama.—Es que Lina es para mí como un modelo: la estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así... No estés triste—continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto infantil mimo.—Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista seré.

Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada, lanzó el gran propósito.

—De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...

—¿Cómo?

Un susurro, especie de caricia al oído.

—Casándonos...

La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué humildes, qué imploradores!

Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido. Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir jovialmente y se puso en pie de un salto.

—¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido? ¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?

—¿Por qué me contestas así?—repuso Clara irguiéndose á su vez, recobrando energía ante lo que tomaba por burla.—¿Qué motivos tienes? ¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.

—¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo para tal vida: serías la mujer más infeliz!

—¡No importa!—gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de sacrificio.—No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla queriendo. ¿Te acuerdas del primer día? Lloraba...

—¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!—articuló Silvio, algo conmovido, abrazándosela.—Hay verdades demasiado descarnadas... Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo. Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer, toser—no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...

—¡Ay de mí!—sollozó Clara.—¡Yo también!

—Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza, de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico. Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!

—Es que no me querrás—balbuceó Clara.

—No; de esa manera que tú desearías... no—repitió ferozmente Silvio.—Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te quiero así, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!

Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.

—Lo sabía—arrancó con dolor inmenso.—Sólo que no quería saberlo... ¡Haces bien en no engañarme!

—No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy. ¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo... mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro. ¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!

—Escucha, Silvio—imploró Clara con humilde mansedumbre.—Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte. Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura, una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo alguno... ¡Te quiero tanto!

Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie frente á Clara, alzó los hombros.

—Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres, cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!

Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!” pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad, crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.

—¡Ni mi cuerpo!—repitió.—Es preciso que me conozcas á fondo, y que me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra, aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime... ¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él amasando sus roscas?

Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la dama, prosternado.

—Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso, despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago. ¡Perdón, perdón!

Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy quedo:

—Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!

Y añadió con imperio, irguiéndose:

—Enciende... Voy á vestirme.

Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces, sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente, y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.

—¡Nunca te quise sino ahora!—repetía, persuadido de sentir así, en aquel pronto,—nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita! ¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...

Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...

—Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta encontrar coche?

Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la obscuridad, murmuró sencillamente:

—Adiós, Silvio.

Marzo-Abril.—Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido, redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y solicitaba de rodillas absolución.

—No pondría otra cosa el hombre más prendado—pensaba media hora después, al lacrar,—y en este instante me sale de dentro escribir así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he precipitado desde tan alto! ¡Bah!—añadió, viendo entrar á la portera con el servicio del te.—Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara el gran día... Oiga usted—añadió, dirigiéndose á la comadre.—Vaya usted á la botica por esta receta de migranina... ¡No ponga usted cara atontada! Al Continental, calle de Tetuán, que lleven esta carta... Encienda bien la estufa... Pásese por la tienda de marcos, que envíen lo que les encargué... ¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de comida sana, para hoy?... ¿No entiende?

—Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero no alcanzará el tiempo, señorito... Primero que despacho tanto divino recao... Y la portería abandoná, porque á mi esposo hoy le han avisao de la Ministración pa unos papeles...

—Bueno; otro día de comer frío...—calculó enervado el artista.—¡Cómo se multiplican las necesidades!... Habrá que tomar un criado...

Respondiendo á sus pensamientos, la portera advirtió:

—Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie.

Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... tilín: la apremiante campanilla.

—¡Á estas horas!—refunfuñó, corriendo á la puerta.—¡Ah, eres tú!—murmuró desalentado, al vislumbrar la castiza jeta de Crivelo tras el embozo de una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía más que nunca á un retrato antiguo, cuando subía tres dedos de chafado terciopelo carmesí á la altura del mostacho.

—Vienes en mala ocasión—declaró Silvio, atravesado en la puerta, como obstruyéndola.—Me encuentro sin un céntimo, chico; sin un céntimo.

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga. Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado hongo.

—¿Quién te pide nada?—pronunció en tono de herida dignidad.—¿Ó te desdeñas de que entre á informarme de la salud?

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su genio que humillar á los menesterosos.

—¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no han encendido aún.

—Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...

—¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?—gruñó Silvio, exasperado otra vez.

—Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases padre de siete criaturas?

—Que era un fenómeno muy raro.

—¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera, 13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los chiquillos, rabiosos por tragar...

La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera. Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas al cuidado del dependiente.

—Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos. Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!—exclamó sin transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa de volver para enseñárselo.—¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á éstas y encima te pagan!

Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.

—No te molestes... Yo abro...

Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado, limpio, serio.

—De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.

El pedigüeño palideció de emoción.

—¿Cuánto trae usted?—preguntó balbuciente.

—Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de recogerlas?

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza. Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo. ¡Dinero; doble suma de lo convenido!

—Diga usted á la señora—pronunció extendiendo la diestra para rechazar el sobre—que los retratos nada valen y que le ruego me permita enviárselos como recuerdo.

—¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?—saltó Crivelo, agarrándole de la manga.—¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!

—¡Al diablo!—Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.—¿Quién te mete en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.—¡Á ver!

Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía bien y sabía tocar el registro conveniente.

—Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo; consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian, á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur, hijo; dispensa...

Silvio se aplacó, se encogió de hombros.

—Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?

El sablista, palpitante, indicó:

—Unas mil y cien... Menos de eso...

—Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora morena y pasada, que lucía monumental sombrero:

—¡Olé las jamonas hermosas!

En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres, Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos, importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca. Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo. Desfilaba... y hasta otra.

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.

—¡Canela fina!—repetía entre dientes, con sofocación de entusiasmo.—¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños, redaños! Á quitarse el sombrero...

—¡Por Dios!—replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa atestada de papeles, libros y cachivaches.—Me duele la cabeza... ¡No me marees!

—Los exponemos—insistió Cenizate.—Dentro de un par de meses, van á exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo! Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus ojos, en tal momento felinos.

—¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...

—Solicitando autorización...

—¡Necio! ¡Imbécil!—gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.

—No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!

Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.

—Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El día está magnífico.

—¿Querrás creer—dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador—que me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda, se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!

—La dejas meterse aquí con una libertad...

—¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen. Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...

—Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la petaca! ¿Te parece que demos un parte?

—No—contestó el artista.

¡Tilín! La portera, resoplando:

—Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?

Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse, cuando ¡tilín, tilintín!—pasos precipitados, una ráfaga de aire frío de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La gitana en persona.

Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra; entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los sanos dientes,—no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras del romanticismo.

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío—hastío, en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio involuntario á la Ayamonte.

—¡Á ver!—gritó.—¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me estás devolviendo ahora mismo mi petaca!

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.

—¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?

—Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!

—¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá, señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!—Y el mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.

—¡Ó te callas, ó...!—rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió para vociferar:

—¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.

—¿Conque ésta?...

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.

—Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.

—¡Bah!—murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la postración.—Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!

Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La governess de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller, retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles negros—la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La governess le echó una peluca sobre el tema de la galantería.

—Las damas, primero.

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.

—Pray you, Robert...—refunfuñó la miss, volviéndose;—y como Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á entregársela á su legítimo dueño!

—Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...

Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo que exclamaba, guardándose la petaca:

—Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si gusta, envíe mañana los chicos...

—¿Se siente malo?

—Sí, algo indispuesto.

Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.

Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró sorprendida con la visita de Silvio.

—¿Por qué no ha venido á cenar?—preguntó la compositora.

—Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina, á drogas. ¡Ay!—exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el sofá.—¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La sienta como un tiro.

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero y á su deshabillé de seda listada, holgado y sin pretensiones.

—Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría: todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...

Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.

—¿Está en casa la baronesa?

—No; en el teatro.

—¿Volverá pronto?

—La última de Lara se acaba cerca de la una.

—Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.

—Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?

—¡Cómo me conoce usted!—suspiró Silvio, tomando la diestra de su interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.

—¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará al punto lo que le haga falta.—Tranquilícese. Salga ese embuchado...

—¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo, señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay serenidad, hay esa flema de usted...

—¡Mi flema!—repitió Minia, hablándose á sí propia.

—Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías, hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?

—Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya profundas! Es propia de degenerados superiores, como usted. Sin embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...

—¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados, y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...

—¡Incorregible!—gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por el certero tajo de sable.

—Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...

—¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?

—Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar, Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré, para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis envidiosos.

—¿No los tiene usted?

—No. En el verdadero sentido de esa palabra, no. ¡Y usted no lo ignora! Sigo la relación. Vienen los chiquillos de Torquemada, y el Robertito revuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? ¡La petaca, la petaca!

—¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de sospechar de los pobres. Toda nuestra relación con ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña! No sé cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, porque si al cabo les hemos de tener por ladrones...

—Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me arrodillé para que me absolviese.

—¿Y absolvió?

—Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao, no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:

—Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?

—Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac, ñac! Trueno...

Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.

Minia, repentinamente grave, prorrumpió:

—Culpa de usted, de fijo.

—Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...

—¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!

—Y no se equivoca usted—declaró Silvio con calor.—Por eso me odio. Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios locos.

—Si es sólo una riña... se arreglará—murmuró la compositora.

—¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer méritos para ir á presidio.

—¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido—repuso Minia, curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.

—Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!—que quería... quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?

De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.

—¡Casarse con usted!—repitió.—¿Es de veras?

—Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no haya más cromitos.

La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y exclamó:

—¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso, óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión) sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia? Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos la vía.

—Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!

—¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? Aspirar no es querer. Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro, son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad. Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De qué le sirve para la aspiración tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias. Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted snob, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida, intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.

El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.

—¡Y mi libertad!—clamó.—¡Señora, usted es muy ilusa! Clara, probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en una palabra, hacerme suyo... comprarme.

—Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas! ¿De dónde saca tales supuestos?—replicó Minia, indignada.—Clara es incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...

—Diga usted, al menos, que el desinteresado...—objetó Silvio.

—¡Conforme!—prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe la salida de un niño.—Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones. ¡El tiempo me dará la razón!

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.

—Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!

—¡Sí se tratará!—rezongó Silvio.—¡Siempre respira usted por la herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?

—¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle eso!—Y Minia bajó la fervorosa voz.—Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la gracia... Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.—Así es que hablaremos... en profano, en mundano y en crudo.—¿Se figura usted que su aspiración no sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que su salud no se resentirá también?

—¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y me cuelga la lista de las mile e tre... ¿No se ha enterado, señora, de que no gasto pasiones volcánicas?

—¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura, el amor.

—Ta, ta, ta...—Señora, señora... No la conocía á usted casamentera. ¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho de dar alas á mi genio; mañana, las recortará con sus tijeras de tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente... pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor... y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base. Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar que, en mi pellejo, diría sí. ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta. Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo... ¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me crispan!

—Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias? Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio, le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el consejo mejor.

—¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.

—Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son; en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.

—¡Ya sabe que no puedo! Cuantos obstáculos se me opongan los arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio. Para el trabajo que me cuesta...

—¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque no le llegue á usted al alma la mujer—está usted en sus manos.—Es el grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba. Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer, llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico. Sueña usted rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, y la mano se le va, sin querer, hacia la dulce mentira de la dama; mentira de formas, mentira de edades, mentira de figurines, mentira, mentira... Sólo le salvaría el amor, un amor bueno, digno, total...; ¡y cuando asoma, le pega usted azotes al pobre chiquillo!

Un suspiro profundo del artista comentó las observaciones, demasiado exactas, de la compositora.

—Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón!

—La tengo. Reconcíliese con Clara.

—Imposible. Eso no tiene compostura. Tampoco me gustaría que la tuviese. Reconózcame alguna buena propiedad: no soy capaz de representar la farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á flote con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que se me gangrenaba, que se me caía, y que me veía obligado á mendigar á la puerta de Fornos.

—¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.

—Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?

Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera, había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la sabiduría suprema—discurría la compositora.—Salimos muy de mañana en busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y guardada por los genios”.

La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son: bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes, que menos relación guardan con lo íntimo.

—Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...

—Baronesa, ¡no me pegue usted!

—Se trata del capital...

—Del millar de millares...

—Y no se atreve...

—No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.

La dama permaneció silenciosa, fruncida. Al fin, con gesto seco, hizo una seña negativa y rompió á andar hacia la puerta. Silvio se precipitó, la cogió suavemente del brazo, con reverencia filial.

—Baronesa, por Dios, necesito ese dinero. No se empeñe en hacerme bien contra mi voluntad: ya adivino sus intenciones... pero lo necesito.

—¡Necesita usted morirse en un hospital!—gritó la señora revolviéndose furibunda.—Lago, Lago, ¡nunca será usted una persona de buena cabeza! ¡Se empeña en irse á pique! No; no le doy los cuartos. Ni están en casa. ¿Cree que se tiene tan á mano el dinero? ¿Que soy alguna despilfarradora como usted? Siempre le habrán pegado el sablazo número cuarenta y cinco mil cuatrocientos cuarenta y cinco. Rodeado de tunos vive usted. Le beben la sangre. El día que usted les pidiese algo á ellos, ¡veríamos! ¡veríamos!

—Baronesa querida, ¡por Dios! Un compromiso: he ofrecido mil pesetas á un amigo desgraciado...

—Á un pillo redomado.

—¡Señora! ¡Qué modo de juzgar! Como usted cobra sus rentas, no se hace cargo de lo que pasa en el mundo. Hay mucha hambre, baronesa, por ahí.

—¡Y mucha sinvergüenza y holgazanería!—clamó fuera de sí la señora, reprimiéndose para no atizar un pescozón á aquel tonto de artista.—¿No está usted expuesto como el que más á que le haga falta, en una enfermedad, lo que se ha ganado? ¿Es usted algún millonario? ¿Por qué le chupan los tuétanos, vamos á ver? ¡Porque le consideran bobo, bobo, bobo, bobo de remate!

No le permitían los nervios á Silvio, en tal ocasión, oir estas cosazas, ni podía avenirse casi nunca á los consejos imperiosos, y en llana prosa—llana y útil—de la Dumbría, que lejos de convencerle, tenían la virtud de causarle una reacción de poesía bohemia; el interés, colocado así en primer término, sobre pedestal, le indignaba, como indigna á un pensador original y revolucionario un argumento de buen sentido.

—Señora—articuló secamente,—ese dinero es mío y dispongo de él. No pensaba recoger sino mil pesetas; ahora me da la gana de llevármelo todo. Voy á mudarme de casa; tengo infinitos gastos...

Á su turno, la baronesa se puso grave, mostró tiesura quisquillosa.

¿Ah? ¿Conque así? ¿Qué se figuraba Silvio?

—Es justo... Ahora mismo; espérese un instante...

—Se ha enfadado—murmuró Silvio, con el tercer ó cuarto arrepentimiento y contrición en el espacio de veinticuatro horas.

—Naturalmente. Y yo en su lugar le mando á paseo. No puede negarse que dice la verdad y que usted es explotado por gentes que valen poco. Eso no es caridad, Silvio, ni beneficencia, ni cosa parecida.

—Me río de la caridad, me río de la beneficencia. ¿De dónde saca usted que tiro á filántropo? No. Es que he pasado miseria y sé que los miserables sufren al pedir. ¿Cree usted que piden por gusto? Piden... ¡qué sé yo! Y ¡qué diantre! ¡ahorrar! ¡monises! Ya los sacaré de este dedo, si no se me cae. Ahora, cuando venga la baronesa, la presentaré mis excusas...

Entraba ya, portadora de un sobre que encerraba algunos billetes. En la cara anterior del sobre se leía: “Esta cantidad pertenece á Silvio Lago, que me la ha confiado en calidad de depósito”.

—Tome usted... Apuntado estaba, por si me moría... Y no me traiga más cuartos. No lo puedo remediar; me fastidian ciertas candideces. Para esto no necesita usted depositaria. Cuente, cuente, á ver si falta...

Silvio recogió el sobre sin examinarlo; miró á la baronesa, sonriendo con la dulzura halagüeña de un niño; é inclinándose, cogió la mano de la anciana señora y la besó religiosamente. Era el ritmo de su psicología; era la continua fluctuación de su océano; era el repentino salto de sus impresiones, siempre rápidas y extremadas, notas de un instrumento demasiado tirante y vibrador.

—¿Quiere usted un ponche?—preguntó al verle humilde y callado la baronesa, brindando al desfallecimiento moral un reparo físico. Vino el ponche—tres vasos, coronados de fina espuma amarillenta;—y bebido sosegadamente, retiróse la baronesa á cambiar de traje, y Minia se sentó ante el armonio fatigado, y dejó oir los primeros compases de una sonata de Beethoven. La acción de la música, al expresar para cada uno de los dos artistas la vida interior, les entreabrió un momento el cerrado horizonte de lo infinito. Todas las discusiones é incidentes de carácter práctico se olvidaron, cayeron á tierra,—gotas de agua embebidas por el polvo.—Eran las dos de la mañana; los ruidos de Madrid se habían extinguido; sólo alguna rodada de coches, apagada y distante, aumentaba la sensación de aislamiento y de seguridad para el ensueño. En el espíritu de Silvio reflejábanse entonces claramente las formas de un mundo invisible, y la corriente superficial de su existir adquiría profundidad, lo intenso y real del sentimiento exaltado. La aparición de la baronesa de Dumbría interrumpió la sonata y restituyó al artista á la insignificancia de las preocupaciones anteriores:

—Vaya usted con cuidado. Lleva usted dinero: no le atraquen y se lo quiten. La gente anda muy lista.

Á hurtadillas, ansiosamente, miraba á Clara el doctor Mariano Luz, procurando que ella no notase la contemplación de que era objeto. Acababan de reunirse para pasar la velada juntos, en la salita de confianza que precedía al despacho del doctor. Por una de esas afectuosas formas de captación que se producen entre los que bien se quieren, Clara había elegido, para refugiarse de noche á hojear periódicos, dar cuatro puntadas en una labor ó entreleer una página de revista, la estancia donde su padrino guardaba, en estantes abiertos, su rica biblioteca profesional. En el despacho no tenía Luz sino vitrinas con relucientes instrumentos y aparatos.

El silencio era significativo: silencio que palpita, que presta sentido hasta al ritmo de la respiración. Otras noches el médico procuraba tirar del hilo de conversaciones insignificantes; así engañaba y ocultaba su ansiedad. Hoy—no acertaría á decir por qué—érale imposible devanar una palabrería fútil. Se entretiene el tiempo cuando se tantea en la incertidumbre; reconocida la existencia del mal, se va derecho á combatirlo. Creía Mariano Luz escuchar ese aleteo de alas negras que tantas veces, en casos desesperados, le había impulsado, sin perder un segundo, á la atrevida operación.

—¡Clara!—exclamó. El tono de la voz expresaba tanto, que la señora se estremeció de pies á cabeza.

—¡Clara, hija mía!—insistió él; y se levantó de la butaca.

Ella le dejó acercarse. Sonreía, con sonrisa más doliente que ningún llanto. Siempre le parecía al doctor algo violenta la sonrisa de su ahijada. En aquel momento la encontró propia del reo que quiere mostrar serenidad ante los jueces.

—Clara—dijo por tercera vez,—¿estás enferma? ¡Ni sé por qué te lo pregunto, niña! La respuesta la llevas en la cara. Sólo que en ti lo enfermo se recata. ¿Merezco que intentes engañarme? ¿No comprendes, Clara, que tengo derecho á tu mal, sea el que sea?

—Nunca he disfrutado de mejor salud; reconóceme, tómame el pulso... Te convencerás.

Luz se aproximó á la dama y la imploró con las pupilas, con la actitud, con todas las fuerzas de su voluntad de varón grave y entendido. Hasta ansiaba ejercitar sobre ella un poderío de sugestión; y no era la primera vez, desde hacía algún tiempo, que cruzaba por su mente la tentación fortísima de someter á su ahijada á uno de esos experimentos sobre la conciencia, que entregan los secretos del sentimiento, y hasta las obscuras voliciones no definidas aún del sujeto, al experimentador.

—Esto—pensaba—no es como lo demás. Esto trae cola. ¡Su misma placidez me asusta! Si yo fuese, por ejemplo, un marido, viviría en seguridad completa hasta que una mañana me despertasen con alguna noticia atroz... Antes, al caerse de lo alto de su ensueño, ha solido presentar los síntomas de esta clase de afecciones morales: desasosiego, crisis nerviosas, explosiones involuntarias de aflicción, alteraciones funcionales, inapetencia, sueño cambiado y á deshora, alternativas de risa y lágrimas... lo natural. Se deja correr... y el tiempo interviene con su lima. Ahora... estamos peor, peor. Así se manifiesta la incapacidad para la vida, el agotamiento de las fuerzas que la sostienen. ¡Si yo pudiese provocar en ella un arranque de confianza y de expansión! ¡Á menudo, por la boca se vierte lo más envenenado del dolor, y sale, envuelta con el desahogo, la extrema consecuencia que podría traer el dolor mismo!

Los temores de Luz—que le salían á la cara en forma de excaves plomizos, reveladores de los estragos que una idea produce en la sangre—coincidían con otra clase de preocupaciones también absorbentes, á las cuales hubiese querido entregarse por entero. Por esta circunstancia especial sufría doblemente; los que consagraron la vida á trabajos positivos que velan una aspiración ideal, llega un momento en que no se resignan á morir sin realizarla. El tiempo que les resta está por avara mano tasado y medido; conviene apresurarse. ¡La noche llega; hay que encender la lámpara!—Este afán de sobrevivirse, propio de la madurez ya decadente, se manifestaba en el Doctor Luz por una serie de tenaces investigaciones encaminadas á aplicar uno de los últimos descubrimientos científicos á la curación de cierto grupo de rebeldes y crueles enfermedades, tenidas por incurables hasta el día. Su devoción á Clara le había arrancado de Berlín cuando principiaba á entrever consecuencias de principios, sendas que al través de lo desconocido se marcaban confusamente, vagas titilaciones de claridades, que medio se parecían, disipando momentáneamente las tinieblas de lo ignorado. Hallábase, justamente, el médico en uno de esos estados cerebrales que en arte se llaman inspiración y en ciencia no tienen nombre, por más que hayan precedido á todos los señalados descubrimientos. Su inteligencia se encendía, dispuesta á fecundizar el antes estéril montón de adquirida experiencia, de observaciones clínicas, atesoradas sin presumir que para nada sirviesen; y ahora las veía juntar sus manos y formar una cadena luminosa. La augusta verdad brillaba y se desvanecía, con desesperantes intermitencias de fanal de faro. El Doctor se juraba á sí mismo que fijaría la claridad para siempre. Á su nombre iría unido un triunfo sobre el dolor y la miseria humana.—Viajando, dentro del tren, al acudir al llamamiento de Clara, padeció una crisis de desaliento. El destino de un sér tan querido era y seguía siendo su cuidado mayor, el único que tenía embargadas las fuerzas de su alma. Mientras sintiese á Clara agonizar, no dispondría de atención para la labor. La carne viva de su corazón le dolía allí,—en otro corazón acribillado por siete puñales de pena.

—Es el sexo, es la ley fisiológica—pensaba el Doctor.—En ella, en su delicadísima organización, reviste esta forma que se puede llamar poética. Como las reacciones de la colesterina, que dan tan preciosos verdes esmeralda, en belleza se convierte su amargura.

Los planes de matrimonio expuestos por la vizcondesa de Ayamonte, la simpatía que Silvio Lago despertó en el Doctor, contribuyeron á infundirle un poco de optimismo.

—Se casará... Tendrá á quien querer conyugalmente, y aun maternalmente... Desviará hacia el dulce sacrificio diario el torrente de su egoísmo pasional... Acaso, por instinto, acierte esta criatura con la solución... Cásese enhorabuena. Si ella puede vivir, podré yo trabajar.

Relativamente entregado á la confianza, el Doctor, un día, se despertó aterrado. Al ocupar su sitio á la hora del almuerzo, al buscar los ojos de Clara, la vió tan diferente, no ya de como solía ser, sino hasta de como se mostraba bajo el influjo de un trastorno moral,—que su corazón dió un vuelco. Con frecuencia la había contemplado abatida de infinita tristeza, más pálida que de costumbre, sobre todo pálida de distinta manera, con la desigual blancura del insomnio, jaspeada á trechos por las marcas rojas y cárdenas que delatan el estrago de la batalla espiritual, y no se confunden con las del padecimiento físico; con frecuencia había reconocido en sus párpados el edema que produce un llanto imposible de contener, retraído, delante de quienquiera que sea, por el pudor y la dignidad.—No así en el momento presente. La expresión del rostro de Clara, en aquella mañana y después, fué alarmante para un médico por el sello de estupor que la caracterizaba. Estupor tan invencible, que tenía algo de extático, si suponemos éxtasis en medio de las torturas infernales. El Doctor recordaba haber visto expresión semejante en una enferma atacada de enajenación, semanas antes de declararse abiertamente el padecimiento. Se arrojó hacia su ahijada y la arrastró á la ventana, abrazándola y empujándola. Ante la no prevista acción, Clara volvió en sí y resplandeció en sus ojos la conciencia. Su actitud dijo, mejor que prolijas explicaciones, que estaba resuelta á reservarse lo íntimo, lo sagrado de su mal. La llave del santuario y de la cámara de tormento, nadie se la arrancaría.

Ya no pudo Luz volver á sus indagaciones ni concentrar sus facultades para seguir el semiadivinado filón. El peligro del sér adorado obligaba á descuidar lo demás. Venía tan embozado, tan traidor, y era tan desusado, que no sólo preocupaba al amigo, sino que excitaba la curiosidad del médico. El Doctor sufría la atracción que ejercen sobre los profesionales que conservan el fuego sagrado ciertos fenómenos y estados que no se explican sólo por lo físico; y la idea suicida, la incapacidad de vivir, se contaban en este número.—Mariano Luz sostenía que no se llega á concebir tal propósito sin una preparación larga y honda. No dejaba de parecerle sacrílego considerar la enfermedad de Clara “un caso”; pero creía que, tratándose de curarla, era preciso mirarla como á las otras enfermas. Necesitábase el hábito observador, el ojo clínico, para discernir los progresos del mal bajo la apariencia de normalidad y frialdad indiferente de que Clara se revestía. Igual que siempre, comía con poco apetito y distraída; se recogía á las horas de costumbre; se levantaba con puntualidad, y sólo en su alejamiento de todos los lugares donde pudiese encontrar á Silvio se revelaba superficialmente la herida.

Pero el único amigo verdadero que restaba á Clara la conocía demasiado, la había estudiado con sobrado amor, para que pudiesen despistarle exterioridades facticias. Sabía Luz de memoria lo que no se finge, porque no tiene sobre ello dominio la voluntad; el metal verdadero de la voz, el sentido de sus inflexiones timbradas ó enronquecidas, las empañaduras del cristal de los ojos, las securas de los labios quemados por nocturna fiebre, el temple urente de las manos, la fatiga y decaimiento del andar ó su desigual rapidez, la posición de la cabeza, la tirantez forzada de la sonrisa, el hundimiento de las maceradas sienes, la contextura de la epidermis, donde en pocos días habíanse marcado pliegues todavía no atribuíbles á la edad. Lo más significativo para el Doctor eran ciertas fulguraciones repentinas de la mirada, aceradas y terribles, que tenía apuntadas en sus cuadernos, por haber visto coincidir ese síntoma con resoluciones decisivas, con actos de violencia, con accesos de locura. La siniestra centella denunciaba el volcán oculto.

Ni por un momento pensó Luz en interrogar al pintor. Hubiese jurado que Silvio le diría la verdad; pero la verdad que en circunstancias tales se dice, no es sino cáscara de otra verdad íntima; cáscara de hechos secos y sin vida ni sentido. Nada son los hechos, aislados del espíritu donde recaen y han de germinar. Sólo cada cual sabe y conoce su verdad propia, que al pasar por ajena lengua se disuelve en humo. Clara, y nada más que Clara, podía interpretarse... si pudiese; si el alto silencio que á veces cierra los labios, á fuerza de despreciar la manifestación verbal, no los tornase piedra. Estatuas hay—pensaba Luz—que nos dicen mucho, tal vez lo infinito, y sin articular palabra. Dió entonces en traducir el mutismo de su ahijada, y la traducción fué espantosa. “Es preciso romper el hielo y animar la piedra—resolvió—de cualquier modo”. En todo caso de apelación á la verdad hay un largo período en que se la teme, y un instante en que á toda costa, y aunque sea entregando la vida, la solicitamos. Era llegado este instante para el Doctor.

—Hija mía—imploró,—si algo merezco de ti, devuélveme aquella confianza de otros tiempos. Es inútil que me digas que no te pasa nada; ya sé que no has de decírmelo. Nuestras inteligencias han convivido; nuestros corazones creo que se entendían. ¿No me quieres ya... un poco?

Clara dejó caer la cabeza sobre el hombro de su padrino.

—Pregunta—murmuró.—Aun de mala gana, te diré... lo que sepa. ¡No creas que lo sé todo, ni mucho menos!

—De ti misma no sabes... Es natural, niña mía, pobrecita. ¡Qué natural es! Ni nos sospechamos, lo mismo en lo físico que en lo otro. Ni nuestras enfermedades conocemos; solemos morir de algo que para nosotros carece de nombre. En fin, ¡á lo que importa! Perdona. Me consumo también yo; ¿no ves? Voy á recetarme bromuro. ¿Cómo quieres que no me sobresalte? No tengo descanso. ¡Quién sabe si estoy pasando peor rato que tú!

Hizo Clara, débilmente, muestra de agradecer aquella tierna simpatía, y el Doctor notó el abismo que el movimiento abría entre el presente y el pasado.

“Me quiere menos, me necesita menos que antes.”

—Pues bien, ahí va... lo que es posible que vaya—dijo ella.—Lo sucedido es poco; nada casi. Ya sabes que se me había puesto aquí—apuntó á la frente—que debía... casarme con él. Era tal vez una locura, tal vez una determinación ridícula; pero me parecía á mí cosa divina, el único asidero para reconstruir mi existencia estragada y perdida y darle un fin. ¡Un fin, un objeto! ¡Tú sabes que eso es necesario, que eso es indispensable!

—Verdad—contestó Luz.

—Yo—prosiguió ella—así lo entendía. Él lo entendió de distinto modo. Y... en concreto... no ha pasado más.

—¿Qué razones dió á su negativa?

—¡Razones!—exclamó Clara.—Aunque me hubiese dado cien... No sé de cosa más despreciable que una razón. Desde que esa vieja lela, cargada de sentencias, cargada de paja y de abrojos, sale á relucir...

—En fin, él alegaría algún pretexto...

—No; si él estaba en lo firme. No me quería.

—¿Eso tuvo el valor de decirte?—gritó el Doctor, indignado.

—Eso precisamente no... pero es igual. Nunca eso se formula en explícitas palabras. Seamos razonables, padrino; yo debo hacerle justicia; no adobó embustes: habló franca y hasta brutalmente. Me dijo las cosas que ruborizan y las cosas que desgarran; las cosas que imprimen estigma y las cosas que asfixian, ¿sabes? Él no es insensible. El dolor que causa, le duele. Casi en el acto le vi contrito. Su contrición era un acceso de piedad, un desquite de la conciencia. No lo dudes, tengo dos beneficios que agradecerle: el cauterio, y la caridad de querer aplicar bálsamo sobre la quemadura. ¿Te parece poco?

—No es poco para la naturaleza humana...

—Te aseguro que no le acuso, no; el que no miente, no falta. Si pienso en él, le veo lejos, lejos... mezclado y confundido con otras imágenes y memorias, que en realidad forman una sola y se llaman—para mí—el mundo de tierra.

Luz se levantó y paseó agitado por la estancia, buscando consuelos, reactivos.

—Eso no es cierto—prorrumpió al cabo.—Si le hubieses borrado de tu recuerdo, estarías tranquila; y no digo nada si algo nuevo hubieses escrito en ella. Y no tienes más camino: te han vaciado el alma, te han arrojado á la obscuridad. Llena el vacío, busca el sol.

Ella hizo un gesto de desahuciada que sabe que lo está.

—Dime, por lo que más quieras—insistió el Doctor.—¿Esta vez... fué como las otras? ¿Querías más, ó por otro estilo?

Clara tardó en responder: parecía que se examinaba despacio, que recorría todas las moradas del alcázar interior.

—Esta vez—pronunció al fin lentamente—hubo una diferencia que tú sólo puedes apreciar, porque sabes que no miento. Antes... quise ser feliz... pretensión que debe de constituir un crimen, según se castiga. Ahora, ya lo sabes, no pedí tanto: sólo quise que por mí fuese feliz... alguien. Puse mi felicidad fuera de mi egoísmo, y así pensé asegurarla. Acaso la ilusión se disfrazaba de abnegación. Él me lo arrojó á la cara.—“Lo que pasa es que me quieres, y á lo que aspiras es á tenerme siempre cerca de ti, asociando nuestras vidas”.—¡Verdad! ¡Mi generosa proposición envolvía un negocio... de amor... pero negocio, interés!

Respingo impetuoso de Luz.

—¡Si tal creyó, creyó una infamia! ¡Analizando así, se destruye y se disuelve todo! ¡No concibo que exista en el mundo espectáculo más bello que el de un alma como la tuya, cuando el amor la solivianta y la hace descubrir lo que permanece oculto en la vida diaria y vulgar! ¡Mira, niña, si yo no fuese... lo que soy para ti desde hace tantos años; si te conociese ahora, como te conozco desde la hora en que naciste, diría lo mismo! No hablo así por quererte tanto, no. ¡Es que como tú no hay muchas! ¡Apasionada, te colocas á la altura de los caracteres heroicos: se te caldea esa voluntad, se eleva ese corazoncito, y eres capaz de lo más grande! ¿Y ese hombre es artista? ¿Cómo no ha sentido la belleza que en ti resplandece? ¿Cómo no te adoró de rodillas? ¡Cuánta fuerza se pierde, cuánta semilla cae sobre la roca!

—Probablemente ese espectáculo que encuentras tú tan sublime lo damos las mujeres con gran frecuencia—observó Clara con fría amargura.

—¡No por cierto!—negó el Doctor.—No he conocido docenas de mujeres que transformen el instinto natural en impulso heroico. Eres la excepción.

Clara se cubrió un momento el rostro con las manos.

—De ti—murmuró—habían de salir esas palabras... De ti, que me quieres y me sueñas, con el sueño limpio y blanco de tu casi paternidad. Pero te engañas, padrino, te engañas. Yo sí que me traduzco al pie de la letra: me he conocido, me he registrado... y me he causado horror, al ahondar en mí misma. Tú das por hecho que mi estado de ánimo se origina de haberme apartado de él... ¡Quiá! Si es que me he apartado de mí misma, ¿comprendes? ¡y así, créeme, no se vive!

La sencilla frase fué dicha con tal firmeza en el acento y con tan persuasiva vehemencia, que el Doctor sintió un golpe allá en lo más recóndito del alma: la confirmación de sus terrores. Sabiendo cuánto gasta la fuerza de las ideas sombrías el aire libre de la comunicación, insistió, porfiado.

—¿Según eso, te aborreces, te condenas, te desprecias?

—¡Lo desprecio todo!—repuso ella.—¡Lo aborrezco todo! Me soy intolerable; y sin algo de buena armonía con nosotros mismos, no se lleva la carga que nos echaron al nacer. Tú, que me cuidas desde chiquita; tú, que has mirado por mi salud y por mi inteligencia, ¿podrás enseñarme dónde está la resignación?

Ante este clamor de socorro, Luz quedóse mudo. No; en realidad, él no sabía...

—Cada uno—dijo al fin—busca el consuelo por caminos diferentes... Yo he tenido mis grandes penas, Clara... ¡grandes, mortales quizá!, y me refugié en el trabajo, en la labor diaria... ¡y también, ingrata, en ti!

—¿Y pudiste conformarte, padrino?

—¡Ya lo ves! De muchas cosas se vive... Hasta de las pequeñas y bajas; hasta de las ínfimas. El caso es querer vivir...

—No puedo—murmuró Clara desmayadamente.—No es culpa mía; no es capricho. Es que me falta objeto; es que me parece que no vale la pena de defender lo despreciable.

—Coloca el objeto fuera de ti—advirtió Luz,—y será mejor... ¡Si supieses cómo absorbe y embriaga el estudio!—Y añadió, agarrándose á lo primero que se le ocurría:—Si te decides á aprender, aquí tienes maestro. ¿Por qué no me ayudas en mis trabajos? Detrás de su aridez aparente, está el universo, la infinitud de lo real. No eres tú un cerebro sin condiciones para reaccionar contra esa especie de fiebre infecciosa sentimental que te ha acometido; cuanto te sucede, cuanto notas en ti, del sentimiento dimana; desvía la dirección de tu sentimiento; te salvarás. Antes venías mucho á mi despacho. ¡Me gustaban tanto tus visitas! Ahora nunca apareces... Y tengo mil cosas raras que enseñarte. No te has enterado... He traído de Berlín novedades. ¡Si supieses! Yo también alzo mis castillos de esperanzas... que, probablemente, saldrán fallidas... Entretanto, con su jugo me sostengo.

—Dichoso tú si esperas—pronunció Clara.—Y como viese en la fisonomía del Doctor rápida inmutación, aunque procuraba esconder su terror violento, la dama sintió á su vez un prurito de disimulo, frecuente en los que oprime entre sus tenazas de acero la idea fija, y rehaciéndose, con la instintiva comedia de una sonrisa, añadió:

—No me niego á intentar la curación por la ciencia, padrino. Desde hoy me asocias á tus experimentos, si no te estorba una ignorante como yo...

Si Luz hubiese podido sospechar el cálculo secreto que acababa de precisarse en la mente de Clara, se le helaría la sangre. Como les pasa á muchas personas que sólo poseen una tintura de conocimientos, adquirida sin método, la antigua leyenda era para ella algo positivo. En el gabinete del médico suponía Clara que debía encontrarse, y aun elaborarse, el remedio á todo mal, el remedio dulce y seguro... Á menudo, la sed de ese remedio había abrasado sus fauces, en las interminables noches de insomnio, y el aparato de tortura, agresión brutal y degradación física, que se asocia á la perspectiva de tal remedio, había apagado la sed. Pero los sabios deben de conocer secretos para desatar el nudo sin que se entere la curiosidad póstuma, sin que el gesto sea repulsivo y feroz, y sin que el cuerpo se degrade al abrir paso al alma. “Para ti no hay otro desenlace”, repetía Clara, dando vueltas á su propósito. “No más vergüenza, no más mentira, no más decadencia, no más profanaciones... ¡Pobre padrino!” sugería acaso un resto de apego á la existencia afectiva. “Pero él puede irse también y dejarme aquí sola... y entonces... No; no conviene esperar...” El estado moral de Clara era tan característico, que temía dejar correr el tiempo, recordando que el tiempo, limador constante, gasta las resoluciones.

Y decidió sorprender el misterio del antro científico que tenía á mano, como, siendo niña, hubiese forzado un armario atestado de golosinas... Allí estaba la solución del enigma; allí, tal vez al alcance de la mano, el reposo tras de una jornada fatigadora.

Luz recibió la aquiescencia de Clara con alardes de alegría. Aunque las enseñanzas de su ejercicio debieran haberle probado cuán iguales se ofrecen el varón y la hembra ante el experimento del dolor, conservaba rastros tradicionales y creía discernir en la mujer algo de pueril.—“Se divertirá como una criatura”—pensó—“si la convenzo de que aprende”.—Recordaba casos; sabía que el alma es curable; y al igual de todos los tocados de leve manía, no dudaba que interesase á los demás lo que tanto le importaba á él. Apartar á Clara un minuto de su abstracción, era probablemente salvarla.

Empujó la puerta del gabinete de consulta, é introdujo á su ahijada; pero no se detuvo allí: sacando del bolsillo una llave, abrió otra estancia algo más espaciosa.

—Mira—observó—qué bien he arreglado este cuarto de los leones. Tú no sabes de la misa la media. Como me tienes abandonado... Lo empapelé de nuevo, y me encuentro aquí muy bien...

Era una salita cuadrada, vestida de gris, severa y hasta ceñuda, por lo que siempre tienen de amenazador aparatos y mecanismos cuyo objeto y manejo ignoramos. Al decir el Doctor que eran chirimbolos de electroterapia y radiología, no perdieron para Clara su austeridad, su enigmático aspecto. En la pared brillaban instrumentos de acero dispuestos en panoplia; dentro de una vitrina se alineaban otros no menos limpios y estremecedores. En un ángulo de la sala se erguía la jaula destinada á someter á los pacientes al alta tensión eléctrica. En primer término, ocupando buen espacio, una máquina de rayos X—ya anticuada, tan de prisa va la investigación,—deslustrados por el abandono sus dos amplios discos de metal, escudos de combate que el combatiente arrinconó para servirse de arma más poderosa. En el centro, la cama de operaciones radiográficas, con su cabecera movible y su colchoneta de terciopelo mustio. Al otro lado, en la esquina, la máquina flamante, la última, fácil de reconocer por ese indefinible pero auténtico aire de juventud y vida que también tienen los objetos inanimados. El Doctor se paró frente á ella.—Aquí—explicó—hago yo estas radiografías que voy á enseñarte...—Trajo una caja donde guardaba los clichés, y al trasluz mostró á su ahijada las curiosidades, haciéndoselas observar.

—Fíjate... Una luxación de la cadera... Se nota, ¿ves?, la diferencia entre los dos lados de la pelvis... Esta era una niña y se hubiese quedado coja. Ahí tienes la fractura de un brazo por el húmero. En esa mano, ¡con cuánta claridad resalta la aguja que no había modo de localizar para extraérsela á la pobre lavandera!

Clara miraba los clichés con desgana, aunque por complacer á su padrino repetía:—¡Es admirable!

El Doctor comprendió el entumecimiento de aquel espíritu ensimismado.

—¿Quieres—insistió—ver latir tu propio corazón?

Al tiempo de proponer á Clara la experiencia, Luz comenzó sus preparativos. La dama, á pesar de su indiferentismo, se conmovió de sorpresa al ver distintamente, al través de la pantalla, contraerse y dilatarse la víscera con normal regularidad, que tenía mucho de majestuosa.

—Padrino—murmuró,—¿no es raro que mi corazón funcione perfectamente? ¡Tantos martillazos como he recibido en él! Está visto que mi mal no lo curas tú ni todos tus colegas... Pertenece al dominio de lo desconocido...

Y con su hermosa voz de mujer apasionada, preguntó:

—¿Qué será lo desconocido, dime? ¿Te formas tú idea de lo que podrá ser, después de tanto estudiar y tantas mecánicas?

Al formular la interrogación, Clara experimentaba una ansiedad emocional, cuya razón sólo ella conocía. El enigma propuesto no era sino consecuencia de los anhelos de su sér, deseo de romper ligaduras y libertarse la cárcel de la vida. ¿Qué sigue al momento de la evasión? Clara notó con sorpresa que había pensado en ello alguna vez, pero nunca se había detenido hasta meditarlo. Cuando disponemos viaje á tierra desconocida, nos enteramos con interés de las costumbres de allá, de toda circunstancia. Clara notaba, atónita, que ni sospechaba la geografía del país del misterio.

El Doctor respondió con su leve é indulgente ironía de científico:

—Para mí lo desconocido es... lo que todavía no hemos tenido tiempo de estudiar. Lo desconocido de hace diez años, se llama ahora el telégrafo sin hilos, el suero antidiftérico, los rayos X... Lo desconocido ahora, tal vez se llame mañana con el nombre que yo le dé, si á fuerza de trabajo consigo alzar otra puntita del velo...

Movió Clara la cabeza escépticamente. Aplicando la mano sobre aquel corazón que acababa de ver latir, pensó que por muchos siglos que girasen ensanchando los límites de lo conocido, algo allí dentro se resistía á la explicación y al tratamiento de ciertos males por los métodos de la ciencia. De pie aún ante la máquina, Clara sentía, en vez de la admiración que esta clase de experimentos suelen producir en quien los ve por vez primera, una reacción invencible de desdén, y porfiaba, sonriendo con sonrisa de mártir.

—¡Lástima no haber nacido dentro de dos mil años! Entonces tú sabrías curar á las enfermas como yo, que no presentan ninguna lesión cardíaca.

Luz apreció la significación de la frase. El menosprecio de aquel alma lírica por las realidades científicas, lo había notado en más de una ocasión, pero nunca tan glacial y total como ahora; y, sin poderlo evitar, el Doctor pensó:—“Tiene razón, á fe mía. Dentro de mil años, lo mismo que hoy, para lo que ella padece no se conocerá remedio. ¡Su organismo, á pesar de las alteraciones del insomnio y la inapetencia, no tiene brecha abierta; lo enfermo ahí es inaccesible...!”—Sin dar repuesta, el Doctor, siguiendo el trabajo que pretendía hacer recreativo, propuso á su ahijada la radiografía de la mano.

—Verás... Así la conservaré...

Extendió la dama su mano descolorida, de largos dedos, jaspeada en el dorso con red de venillas azules, salpicada en el anular por la gota cruenta de un rubí, y la colocó de plano sobre la tabla. Era una mano enflaquecida y febril, y sólo con verla podía adivinarse un estado anormal del espíritu. Ligera crispación nerviosa impedía á la mano extenderse, y fué preciso que el Doctor la colocase, aplanándola, en la posición debida.

Cinco minutos de quietud, el ligero picor de las descargas eléctricas, hormigueo insignificante... Clara, inmóvil, absorta, escuchaba la crepitación de la máquina, se absorbía en contemplar la gran ampolla del tubo Crookes, semejante á enorme y translúcida agua marina, y detrás la otra ampolla, de diseño más elegante, la de los rayos catódicos, irisada de rosa sobre el verde suave, con cambiantes de ópalo rico. Pasaron al tugurio en que el Doctor tenía los chirimbolos fotográficos, á fin de revelar la placa. Sobreexcitada la fantasía de la señora, se exaltó más en la obscuridad, combatida apenas por una luz eléctrica de roja bombilla, que lanzaba reflejos de sangre sobre el rostro enérgico y expresivo del Doctor. Éste, preparando la cubeta, trataba de que la solución de hidroquinona bañase por igual la placa, y los mechones argentinos de su pelo se incendiaban con resplandores de hoguera. La habitación, reducida y atestada de trastos que se vislumbraban apenas, sugería visiones de alquimia y de hechicería medioeval. Tal vez del estado íntimo de Clara dependía su emoción ante objetos triviales, que á plena luz sólo hablaban de cocina é industria. Era la sensibilidad herida, la imaginación obsesionada.

Poco á poco, á los reiterados golpecitos de tableteo de la cubeta, sobre la placa antes vacía comenzó á asomar una especie de nebulosa, cuyos contornos fueron precisándose. Dibujóse, cada vez más visiblemente, la marca terrible de una mano de esqueleto. Abierta como estaba, desviado el pulgar, la mano tenía la actitud de un llamamiento, de una seña imperiosa. Parecía decir: “Ven”. Clara, fascinada, miraba fijamente, ávidamente, los huesecillos mondos y finos que acentuaban su mística forma, esbozada antes, y los veía, sin nada que los uniese en las falanges, exagerar su gótico y macabro diseño, que parecía trasladado de algún viejo painel de retablo de catedral. Y siempre la capciosa seña, el llamamiento insistente, persuasivo, hiriendo las cuerdas de la oculta lira que Clara llevaba dentro y que sólo esperaba el soplo de aire. “Mi propio esqueleto”—repetíase atónita la señora.—“Así soy... ¿Dónde va la carne? No hay carne; la carne se ha disuelto”.—Una asociación de representaciones, involuntaria, fulgurante, presentó al lado de aquella mano seca la figura de otra mano varonil, esqueletada también. En su alucinación, vió que las dos manos, los dos haces de huesecillos áridos y obscuros, se buscaban y se unían un momento, entrelazando y enclavijando sus grupos de flautines de caña, y produciendo un sonido de choque de palillos, irónicamente musical. Se soltaron por fin las dos manos de muerto, como asustadas ó hartas de estrecharse, y los huesos sin trabazón rodaron esparcidos por el tablero de la mesa, donde reprodujeron la sepulcral burlesca musiquilla...

Á la claridad bermeja que continuaba iluminando sólo un punto del mezquino aposento y concentrándose en la cara del Doctor, absorto en la manipulación que realizaba, se apareció á la vizcondesa de Ayamonte lo que basta para cambiar un alma, lo que impregna edades enteras de la historia: la gran realidad de la muerte, única promesa infaliblemente cumplida. Detrás se extendía el proceloso infinito...

Lo que Clara sintió en el espacio que tardó Luz en exclamar: “¡Ya está!” fué como un vértigo; fué ese sacudimiento y temblor que los gruesos y embotados de espíritu no comprenden, y que les produce la admiración siempre algo incrédula del paleto ante refinamientos extraños. Sin género de duda, para que se produzca tal fenómeno es preciso que esté el alma ya trabajada, batida y macerada en nardo y mirra. Lo que parece súbito, inesperado, es lógico y consecuente. Sin embargo, el mismo interesado se engaña. Clara se figuró que una mujer nueva nacía en ella; que por primera vez penetraba la significación de una fantasmagoría hasta entonces indescifrable, fatigosa como todo lo que carece de sentido, y sin embargo solicita la atención. “He vivido ciega”, murmuró interiormente, estupefacta. No parecían posibles ni el engaño, ni el desengaño. La sensación fué cual si hallándose en algún recinto cerrado y donde escasease el aire, de ímpetu las paredes y angosturas se desvaneciesen, penetrando un huracán vivaz, ardiente y embriagador, y abriéndose á sus corrientes todo el sér. Aquel aliento y aquel soplo la inmutaban, la llamaban á desconocida región; y en tan decisiva hora, advertía el mismo transporte entusiasta que en la ventana de Toledo, el mismo vibrar de alas invisibles colgadas de sus hombros, la misma apetencia de espacio inmenso,—sólo que ahora se reconocía segura de no caer, aunque de muy alto se lanzase.—De tal engreimiento pasó (con la subitaneidad eléctrica que caracteriza á este género de impresiones) á un anonadamiento profundo de arrepentida. Sobre la cera en aquel punto blanda y caliente de su conciencia, se imprimió el ut cognobit de los corazones mudados, de las almas plasmadas por la diestra del sumo Artista. Un terror sin límites la salteó: el miedo de perder aquella disposición en que se encontraba desde hacía pocos minutos. Su voluntad, íntegra, se tendió y lanzó hacia lo que acababa de entrever. “No me abandones, espérame” dijo sin palabras. “Sácame de mí, llévame á ti”. Su cuerpo y hasta su inteligencia le parecían ser cosa ajena, carga que la sujetaba al mundo material.

Experimentaba el ansia de acción que acompaña á ciertos trastornos espirituales, y era su inquietud como de cierva á quien atravesó la flecha enherbolada, á quien persiguen lebreles, y á quien aguija, más que el susto, el ansia de llegar á la fría fuente escondida entre peñascos. Se daba cuenta de que hacía mucho tiempo, quién sabe cuánto, acaso desde la primera edad de su vida, había sufrido aquella punzada, aquel prurito; que el fuego en que se había abrasado su corazón no era sino sed del manantial oculto. Á su memoria acudió el recuerdo de una de sus lecturas caprichosas, guardada allí como en depósito.

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