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La Quimera

II MADRID (continued 3)

Reading edition

Uno de los profetas de Israel, que eran grandes poetas, escondió en cierta ocasión el fuego del sacrificio; mientras lo celó, se convirtió en agua; pero á la hora de sacrificar recobraba el sér de fuego. El símbolo se hacía para Clara, en aquel instante decisivo de su vida, transparente. ¡Cuando recogiese en su interior la profanada llama, se convertiría en agua y la refrescaría!

Sus ojos volvieron á fijarse en el cliché, siguiendo la vulgar operación química que practicaba el Doctor. La especie de alucinación se había disipado; ya no veía otra mano monda y descarnada juntándose con la suya en fúnebre caricia; la placa radiográfica estaba allí, natural, semiconfusa. ¡Su propia mano, sus huesos, no cual llegarían á estar en el ataúd, sino animados de vitalidad singular!

Y, resuelta, contestó á la seña de la mística mano sin carne:

—Voy...

El Doctor, en aquel punto mismo, levantaba la cabeza pronunciando:

—¡Cómo se ve que es mano de individuo bien alimentado, bien constituído, y cómo se indica la raza en la delicadeza de ese dedo meñique, una verdadera monería! Y no hay deformación ninguna, ni señales de alteración reumática en las articulaciones. ¿Verdad que poder fotografiar así los huesos tiene algo de milagro?

—Algo de milagro tiene—repitió Clara.

(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago)

Mayo.—Al trasladarme á mejor taller, en calle decorosa, cerca del palacio de Bibliotecas y Museos, vuelvo á escribir en este cuaderno lo que me ocurre; sirve para explicarme ciertos cambios que noto en mí, y reconocer lo que puede desviarme de mi senda. Este procedimiento es más eficaz que confesarme con Minia; nadie desenreda el ovillo como quien torció la hebra sacándola de su propia substancia.

¿Qué importa lo material de eso que llaman lucha en nuestro lenguaje bohemio? Comer poco y mal, tiritar de frío, no mudarse, ver siempre al soslayo la misma mancha aceitosa en la misma solapa... eso se ríe y se pone en ópera. Lo difícil es conservar la disposición de ánimo para tal género de vida.

Inundaba el sol de primavera—de la corta é intensa primavera castellana—de luz rubia y de efluvios indisciplinados y ardientes las correctas avenidas del Retiro, cuando las recorría yo al paso igual de uno de esos matalones de picadero, que alquilan á precio módico los novicios en equitación. La esfera en que he ido entrando insensiblemente me impone unos ribetes de vida deportiva. El caballo y la bicicleta me atraen. Me he arrancado á encargarme el atavío de gentleman ridder: al estrenarlo y mirarme al espejo del armario de luna, me pareció irreprochable la figura encuadrada entre los biseles; algo exagerada la forma de las piernas, con las arrugas amplias del calzón en el muslo y su angostura en la pantorrilla, subrayada por la fila de menudos botones, y disimulado lo único plebeyo de mi estampa—¡bien plebeyo y bien delator!—que es el pie. Al lado de esta silueta de vida lujosa, mi retentiva de pintor evoca la sórdida estampa de mis primeros días en Madrid: las botas gastadas y torcidas, el viejo gabán verdusco, el pantalón nuez con rodilleras, el sombrero abollado, las trazas menesterosas de pobre vergonzante. De la asociación de aquellos dos tipos en contraste, del recuerdo plástico de un ayer tan cercano, me sobrevino, no la alegría orgullosa del engreimiento, sino, al contrario, una especie de acceso de desolación: porque medí, con sagacidad de que no carezco, el camino andado para distanciarme del ideal, y el ascendiente que en tan corto tiempo han adquirido sobre mí ciertas exigencias sociales. En mi primer ensayo de vestir de frac, hasta ridículo me había encontrado, y ahora me reflejo en la clara luna, con la librea de la última moda, dispuesto á cumplir un rito de la nueva existencia que me han creado las circunstancias, y en la cual principio á sentir que enraízan, mal que me pese, mis plantas de vagabundo y de obrero libre, maculadas del polvo de los caminos. ¿Es que soy definitivamente esclavo ya? ¿Es que se ha filtrado en mi organismo la imposición de ciertos afinamientos, el cosquilleo de ciertas satisfacciones mezquinas; es que ya lo popular y lo burgués se me revisten de ridiculez sainetesca ó de insignificancia? No; aunque sufro el yugo, la protesta del ideal se caracteriza; siento las ansias del profeso que al huir de su convento quisiera también huir de sí propio. Me refugio con furioso vigor espiritual en la esperanza. Esto no es sino una etapa del viaje hacia la tierra prometida: etapa inevitable.

Al aire que prefiere la montura—paso de procesión—avanzo por la casi solitaria calle, guarnecida de lantanas y después de altas coníferas, algunas de las cuales tuercen enérgicas su negro tronco, desdeñosas de tanto orden... Me siento en disposición optimista, con la cabeza vacía, el estómago tranquilo, como suelo tenerlo al día siguiente de comer en casa de Minia guisos caseros; y merced al bienestar físico, el porvenir se me antoja á la vez seguro y lejano, algo que llegará á su hora y que no debe estropearnos el presente. Al cruzarse conmigo me saludan con zalamería dos ó tres aficionadas á guiar y á pasear temprano; los saludos tienen carácter de familiaridad bonita, lo que sabe poner de halagüeño en un gesto la mujer maestra.

Sin embargo, en estos saluditos tan monos hay una especie de captación tiránica, una advertencia imperiosa. Juzgué que encerraban este aviso: “Nuestro eres”.

Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.

Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces, borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la vejez!

Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos, viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las construcciones que afean el Retiro.

El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal. Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron el látigo ni la caricia!

Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante. Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino, influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.—Era nada menos que aquel... que yo quisiera ser; el que—sosegadamente, firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,—se ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación. Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y los más acibarados odios).—Le miraba sediento, buscando en los rasgos físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo, en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que, al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados: ¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!

En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición, esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa, trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección visible.—Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.—No es este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.—El golpeteo de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que pasa—y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo, mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte, cabalmente por su misma indiferencia y distancia.

Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa de las impresiones, la vergüenza—en el grado de bochorno y dolor de haber nacido,—me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita, visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto, dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en resuello y me deslumbró un instante.

Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba, hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire, revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En Recoletos—ante una iglesia—me crucé con una señora que de ella salía. La miré como se mira, sin verlas dentro, á las mujeres de bonita silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más. Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he causado mal, y es lazo que une.

El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo—no sé á que fin.—Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa, no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será que...? ¡Bah! ¡Tan pronto!

El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa. Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi respiración era angustiosa.—¡Qué débil soy!—pensaba. ¡Acaso para llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer sport moderado sin derrochar energías como hoy...—Según suele ocurrir, al formar estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos. Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería... ¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.

Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito raso.

—Lo que me ha encargado el señorito—dijo muy obsequioso.

¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.

Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.

La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que encontró—la nariz de su futuro dueño.

—¿Es macho?—interrogué.

—No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho ninguno—respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio, cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos, reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su tajada, amén de un duro que le solté.

Al exclamar yo:

—¡Lástima que sea hembra!—ya me sentía encariñado.—¿No sería mejor que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de Dumbría.)

—¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!

Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado. ¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos. ¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi plaid á la cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.

Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste, no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra. Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro, semejante, como todo lo que ella viste—á pesar de proceder del gran modisto,—á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes. Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,—porque esta gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa, será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su nombre. Ella, y no el marido—el cual es realmente quien lleva en las venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española cuando aún era gloriosa;—ella, y no el marido, es quien ha consagrado tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo, registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos, y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones, locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal grandeza. Ella—desde el primer día de su vida conyugal—se ha dado cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida, ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia por la seriedad de su conducta. Ella—sin llegar á extremos de altivez como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas consiente alargar la mano—es toda la casa de Flandes, amenazada como las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de honores y títulos.

La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo miroir amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo diferente...

—Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...

Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus aficiones y las de su marido, siempre entregado al sport.

—No va á resultar muy género pastel...—murmuró disculpándose.

—Mejor—exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con interés; “comprendía” y “encontraba natural”.

—No se preocupe usted—exclamó con simpatía.—Lo que usted necesita es salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.

Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio sufrido en el paseo matinal.

—¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me conocerá, ni yo conoceré á nadie.

Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado secretamente.

—¿No me conoce á mí?

Tembloroso de esperanza, murmuré:

—¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?

—Esté ó no esté—y si es en la season, no tendría nada de particular que estuviese,—le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y en libras!

Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:

—Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive sentada!...

—Bicicleta por lo menos—declaré.—La primavera que viene voy á seguir su consejo de usted, duquesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no puedo... ¡No puedo de ningún modo!

—No puede usted...—asintió ella,—entre otras cosas, porque ahora va usted á retratar á Sus Altezas.

—¿Es seguro?—articulé.—Por más que diciéndolo usted... La amistad que lleva usted con la Reina...

Se hizo atrás, protestando.

—¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, naturalmente. ¡Si yo no sé nada! Lo he oído decir por ahí. Es natural que se le ocurra á la Reina retratar á la Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bonita! Las fotografías son antiartísticas, y un retrato al óleo haría duro. Supongo que también el Rey se retratará. Es un honor para usted, porque no á todos los pintores se les admitiría en la intimidad de Palacio, donde se hace vida tan severa. Las princesitas han sido educadas perfectamente. Ya sé que es usted una persona capaz de estar allí como debe estarse.

Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se me habría ocurrido cometer ninguna incorrección en Palacio! Las palabras (bien intencionadas y bondadosas, sin embargo) de la rica hembra, me recordaron la distancia entre el mundo del cual procedo y el mundo en que las circunstancias me sitúan. He entrado en él tan de golpe; mi facultad de adaptación me ha permitido de tal modo, desde el primer momento, salvar escollos, que me mortifican advertencias como las que acaba de dirigirme esta ilustre señora. No saben hasta qué punto soy yo hábil; ¡si soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial también suele indignarme. Sería vigor conservar la bravía y rugosa corteza del proletariado bohemio, y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí en Buenos Aires, desde mi transformación de obrero en retratista! Allí también anduve entre señoras, más pacatas, por cierto, que las de aquí. ¡No; no oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas niñas reales cosa que pueda arañar la superficie de su candor! Seré para ellas un mudo y respetuoso mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á las imágenes. No posaré mis ojos en las dos lises adolescentes sino para sorprender su forma, que tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras de santas de los primitivos. Á ser posible, gustaríame incluirlas en un díptico, y con aureola.

La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las once—ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,—y en que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano, sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual desciende muy bajo.

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos reúnen á los que no alternan, y las comidas, muy poco frecuentes, á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia? ¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior, infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?

Pues sin embargo... Media hora después de hacerme estas reflexiones, se presentan en mi taller una señora oronda y dos niñas enfaroladas, á quienes conozco de haberlas visto por ahí en todas partes (tienen la ocurrencia de no perder ripio); las de Barrachín. Las muchachas no son malejas; la mayor, la rubia, conserva una frescura que aún no han podido destruir los afeites... La mamá... un amasijo de plumas, cintas, colorete y brillantes. Vienen á solicitar que las retrate en seguida; pagarán cuanto yo quiera, y doble, “porque el arte y la inspiración no tienen precio”. Más frío que la horchata de chufas, contesto que no puedo, que no tengo un minuto, que no lo tendré hasta Dios sabe cuándo. Hablo precipitadamente, empujando las palabras, como si me faltase tiempo de ver fuera á las Barrachinas.—Y es el caso que (por casualidad; porque algunas de mis clientes que habían de venir esta semana, hacen ejercicios de marianismo selecto en el Sagrado Corazón, cosa que las Barrachinas no sospechan, pues si no allí estarían de patas...) tengo, no minutos, horas libres, y tres ó cuatro retratos—las Barrachinas desean reproducir las fisonomías de toda la familia, sin exceptuar al grifón favorito,—tres ó cuatro retratos, digo, pagados contante y hechos al correr del dedo, no me vendrían nada mal, ahora que acabo de mudarme y que el armario de la Dumbría, ¡pobre señora!, no guarda un céntimo de ahorros míos...—Pero el individuo de adaptación que hay en mí, el hombre de cera, moldeado ya por un medio absorbente, se abochorna de conceder la alternativa á gentes caricaturales que andan en solfa. Encajo á las de Barrachín cuatro sequedades, que me evitarán cuatro cuchufletas de Lina Moros, pero me dejarán el bolsillo tan flojo como está... Se retiran cariacontecidas, previos reiterados y ramplones ofrecimientos de casa y amistad (la tema de ofrecerse es una de las notas características de estas infelices). Cuando me quedo solo, me reprendo, me pongo de perro humor, pensando si ya mis actos no estarán regidos sino por los hilos de la marioneta.

Debe de ser así.—Hace lo menos mes y medio que no piso la escalera de mis humildes amigos, los de Carboné Sequeiros, y de seguro las chicas, á quienes daba lección gratuita de dibujo, han adivinado la causa. Al padre podré contarle que no he dispuesto de una hora; las chicas no lo tragarán. Saben ellas que siempre se dispone de una hora, si se quiere disponer, para ir á preguntarles á las gentes qué es de su vida. Saben que los hombres salimos á la calle cuando nos parece, y si tenemos confianza con alguien, de día y de noche le vemos. Por otra parte, las muchachas, y especialmente Matilde—que se había forjado ciertas ilusiones,—me pronosticaron esto: “Ahora, con lo encumbrado que está, no nos hará caso maldito”. ¡Lo que yo embarullé para sosegarlas! Me puse como me pongo cuando el influjo de la compasión y cierto instinto de justicia me revisten de momentánea sensibilidad. Es un fuego de paja, y parece hoguera... No, yo no soy bueno, yo no valgo nada moralmente. En la marejada de mis sentimientos todo es vana espuma... cuando no amargor. Á los seres que de veras me quisieron les hice siempre daño. No puedo olvidar la mirada de Clara Ayamonte, ni las lágrimas que se sorberá, con la cabeza baja para coser, Matilde, obscura niña de medio pelo, cuyas penas no salen de las cuatro paredes de su domicilio...

¡Bah! Son ganas de atormentarme. ¿Clara Ayamonte? Dentro de seis meses ni el color de mi bigote recuerda; y á Matildita Sequeiros... lo mismo se le importaba del dibujo y del profesor, que á mí del emperador de la China.—Lo que las traía locas en aquella casa era justamente que yo anduviese por donde ando. Lectoras más asiduas de Ecos y Revistas de salones no las hay. Me freían á preguntas. “¿Cómo viste Lina Moros? ¿Qué olor gasta? ¿Se pinta el pelo? ¿Usa esto, aquello y lo de más allá? ¿Es cierto que la Sarbonet... así y andando?” ¡Matildita! Si la caprichosa fortuna quisiese trasladarla de su tercero á un hotel suntuoso, y convertir su traje de lana en funda ondulosa de gasa blanca rebordada de lirios, conmigo no soñaría. Con algún sportsman, de seguro...

Pasado mañana se abre la Exposición. Asistirán los Reyes. Mañana, el barnizado; cada quisque se llevará allí su tarro de barniz de espliego y su brocha, y trepando á una escalerilla, batallará con los rechupados y las emplastaduras del color... ¡Cuántas fantasías, cuántas decepciones! Lo que en el taller parecía un triunfo, allí se viene al suelo... Ahora les salta á los ojos lo que convenía haber hecho; otra cosa que esto, otra cosa. ¡Ya es tarde! Y aún hay alguno que allí mismo quiere variar tal toque ó cuál efecto de luz, y á hurtadillas, con febril mano, se corrige.

Me he colado, sin importárseme de miraditas, cuchicheos y señas; me he paseado con las manos metidas en los bolsillos, perdiéndome entre los grupos de curiosos impacientes que no quieren esperar al día de la inauguración oficial, entre los cuales circulan críticos de periódicos, individuos del Jurado, maestros rancios, á quienes saluda con respeto la turbamulta, y expositores que escuchan, á veces sin querer, con el corazón atenaceado, la más despectiva calificación de aquello en que cifran lo hondo de su ensueño y quizás su pan diario. Pienso que yo debería ser uno de éstos; que falta en las paredes el pedazo palpitante aún de mis entrañas, manchado con sangre de mis venas, que se llamaría mi primer cuadro de Salón. Sí; yo podría haber concurrido, y que mañana los periódicos insertasen críticas, y la muchedumbre, al desfilar, preguntase distraídamente: “¿Y esto? ¡Ah! De Lago el retratista”. Con descolgar de mi taller la Recolección de la patata y traérmela... Alzo la vista, recorro salón tras salón, y veo infinitas cosas peores que mi estudio rural; seguramente menos sinceras y sentidas. Pero cada uno es cada uno; me moriría de vergüenza si me diese á luz con la Recolección. El que venga aquí debe traer algo; un trozo de verdad, y no sólo de verdad, sino de verdad suya, vista por él, no al través de los maestros que fuerzan la imitación de los principiantes. ¿Es eso mi Recolección? No. El asunto lo he encontrado en mi tierra; lo he visto con mis ojos, bajo mi sol; pero mis ojos estaban llenos de reminiscencias; á mis ojos no se les había impuesto aún mi alma... y ese cuadro es de la escuela del hombre que, en el camino del Hipódromo, me miró con tan yerto desdén. ¿Cuándo veré las cosas dentro de mí y en mí, iluminadas con luz obscura ó brillante que yo genere, y que sea luz después para otros? ¿Cuándo dejaré de sentirme subyugado por admiraciones y estrechado en brazos de una estética que sobaron los demás? ¡Oh rabia! Al paso que voy, tal vez nunca... ¡Maldito sea, maldito, si no trabajo sin descanso, si no me hago dueño de la técnica, y si luego no descubro un rincón donde nadie haya sentado el pie y no me acuesto en un lecho virgen—sea de hierba ó de peñascos! ¡Y pensar que en un día de fiebre la Recolección me pareció un paso en mi carrera!

¡Como la Recolección, hay tanto aquí! La evolución de estos muchachos expositores me explica la mía. La considero con indignación, mientras el público, sin darse cuenta del por qué, la considera con desvío y hasta con befa;—y esto el día del barnizado, en que sólo viene gente algo entendida.—¿Qué será cuando entre aquí, por dinero, la recua desconocedora del esfuerzo y de la lucha? ¡De todas maneras me indigno! Trabajaron... ¿Y qué? En primer lugar, no trabajaron con paciencia. Son improvisadores. Si no podían vivir, que barriesen las calles. Todo menos exponer estas vergüenzas, que no revelan ni temperamento ni personalidad; que son la cara de un maestro, vista en espejo desazogado...

¡El desdén (anch’io desdeño) me sugiere resoluciones! En el ángulo de un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos) me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me interpeló.

—¿Has visto mis paisajitos?—preguntó afanosamente.

—No... ¿Dónde los han escondido?

—¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más consideraciones. Ven, verás.

Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado, apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe, costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.

—¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma—lo estaba diciendo Ruiz Agudo, el de La Península—es el estragamiento de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto á respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna ciocciara, la cabeza de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota, como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en el periódico va á pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí, señor: en Chicago, entre tocineros.

—Yo iré á Londres muy pronto—indiqué.

—Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de humor y les pones la ceniza á todos!... ¿Á ver, á ver: qué se traen esos señoritos que te escupen tanto? Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? Con tus marquesas, no vives en el mundo. Pues ha dado una batalla para que le admitiesen una locura enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino tontería) que tiene embotellada hace meses. El hombre quería disparar un cañonazo. Te diré que puso toda la carne en el asador: el cuadro—yo lo he visto—es... ¡descomunal!

—¿Pero dice algo nuevo?—pregunté interesado.

—¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo, y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?

—¡Bien triste!...—murmuré impresionado.

—Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para medrar. ¡Déjale que se jorobe!

Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”

—Habías de ver—prosiguió Cenizate—lo que revolvió el indino para colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido á lo que cuenta Zola en La Obra, y que Solano tiene una chispa genial...

—¿Quién sabe?

—No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última, la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!

—¿Será capaz de un acto de desesperación?

—¡No eres tú poco romántico!—protestó Cenizate.—¿Lo que él será capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!

—¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un alma?—respondí.—Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí, me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte... no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden, quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando: “¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”

—¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado! Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una Recoleccioncita de la patata... Esa sí... Y no has necesitado estarle dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.

—¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante Recolección. ¿Presentarse con ropa prestada?

—¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?

Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los fusilamientos. Recorrimos segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son... los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que ese es el que yo quisiera ser; mi admiración por ese no se ha gastado al contacto de la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya en París ó en Londres, donde existan otros que yo quisiera ser, en cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.

Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando, que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas, aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme, transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...

Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme. Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle, antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo, en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados, inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de la muerte...

¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su Quimera.

Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices de extra dry. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no ser.

LAS CUATRO MEDITACIONES

PRIMERA MEDITACIÓN.—EN LA SOMBRA

Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo—tan lejos que su contorno se pierde—un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.

¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.

Quiero ver.

En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero suavemente, sin malignidad.

Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como montaña que oprimiese mi pecho.

Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es música sin notas, me rodea.

Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.

Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en dirección opuesta á mi morada antigua.

Porque yo moraba en paraje horrible.

No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza de estar cubierto del espeso limo.

Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta punto de agonía.

Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran hermosos.

Por lo cual más baja estaba yo que ellos.

Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban abrirlos.

Lo que juzgué sabor era amargura de ajenjo; lo que tuve por cristal era turbieza.

¿Será cierto que ahora voy rectamente? ¿Mis párpados habrán soltado su costra?

Me pesa aún el cuerpo. En el arca del pecho siento gravitar barras de plomo.

Quiero ir ligera, volandera.

Quiero vaciarme del todo, y dejar sitio á lo que va á nacer.

Arrancaré, limpiaré, despejaré, quemaré; con dolor, si es preciso; y mejor si es con dolor profundo.

Hay que quitar lo que oprime; hay que arrojar de la nueva morada á los duendes, á las sombras, á los muertos, á los espectros.

Duendes eran, y agitaban el aire.

Sombras eran, y arrastraban.

Muertos eran, y dolían, como el miembro cortado duele desde el cementerio.

Espectros eran, y hacían gestos para remedar la vida.

Vida les prestaban mis apetitos.

Mis apetitos zumbaban, nube de irritadas avispas.

Quiero abejas.

Quiero mieles, para mi boca seca de amargura.

Atrás los remedadores de vida. Vuelvan á la muerte y á la nada.

Les sostenía mi flaqueza, mi gozo, mi esperanza, mi frenesí.

Y cuando resuelvo enviarles otra vez á su reino irónico de mentira, oigo que el imperceptible murmullo musical forma acentos balbucientes, palabras rotas, que reconstruyo y que se escriben en mí con tinta de oro inflamado.

“Para gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada.

Desnuda tu espíritu: hallarás quietud.

Apaga tu fuego: llama muy bella y activa se alzará después.

Avanza en la obscuridad: tienta con las manos: si caes, levántate y prosigue.

Séate dulce que corra sangre de las rodillas despellejadas.

No tengas miedo.

En la obscuridad palpita y se estremece tu destino.

Te llaman, te llaman, te llaman desde las tinieblas amasadas con rayos obscuros, como los que atravesaron tu carne y te mostraron tus huesos, tu verdadera figura, la duradera.”

SEGUNDA MEDITACIÓN.—LA ESCALA

Desnudo está ya mi espíritu, y sigo andando, andando. Entre la compacta negrura que me cerca, mis pies tropiezan con una escala; mis dedos se agarran á los montantes de hierro, duros, polarmente fríos, y empiezo á trepar.

¿Y si la escala no se apoyase en cosa alguna? ¿Y si bamboleándose conmigo, me precipitase al abismo, donde corre el torrente?

Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea. Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una campana al golpe del badajo—campana rota, que no suena y vibra.

Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.

Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.

Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha quedado pegada al hierro raspón.

Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar peldaño con peldaño y tormento con tormento.

Aún no estoy en la cima.

Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada y malherida.

Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.

Y entonces advierto que he llegado.

¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de tinieblas sólidas.

El muro tiene una puerta; la palpo y advierto la resistencia resonante del bronce. Y en mí brota una voluntad de bronce también; pero ardiente como el bronce cuando corre por canalejas, derretido, en la fundición.

La voz tenue, balbuceadora, musical, me insinúa:

“La materia es limitada; pero no hay límite para ti.

Tú eres árbitra y entalladora y cinceladora de ti misma.

Elige.

Podrás degenerar en las cosas inferiores como los ciegos, y podrás transformarte en las superiores y divinas.

Si cultivas tu cuerpo, crecerás como planta; si tus sentidos, te revolcarás como bruto; si tu razón, serás como los hijos de los hombres; si tu inteligencia pura, como los ángeles; y si volviendo á tu centro te abismas en él, serás espíritu feliz.

Ni á murmurarte me atrevo lo que serás. Arcana es la palabra, arcano el presentimiento.

Déjate morir, y en el mármol de tu cadáver entalla tu estatua nueva.

Así que tenga forma, un soplo de amor la animará.

Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.

Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.

El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y negro porque no se recató de la mordedura.

Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su descomposición.

“¡He pecado, he pecado, he pecado!”

La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.

La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.

La voz cantaba esta himnodia:

“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora y de primavera en floración.

Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas que rebosan”.

Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo arrojasen lejos de mí.

Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.

Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.

Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.

TERCERA MEDITACIÓN.—LAS LÁGRIMAS

Y lloré copiosamente, de alegría.

Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:

“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron los fríos reptiles.

Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del rico.

Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.

¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana, tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”

Y la voz de armonía susurró:

“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.

Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.

Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu envoltura mortal.

Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada, y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.

Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.

Has padecido injusticia, y has tocado con la mano la concupiscencia y la bajeza y la dureza humana.

Y todo eso te ha macerado en mirra para resucitar de la sepultura”.

Bajé la frente y supliqué:

“Un deseo consume á mi nuevo corazón.

Quisiera saber dónde está el aroma, porque á mí misma no me puedo sufrir; despido hedor.

¿Dónde se encuentra el nardo precioso?

¿El nardo espique, el nardo de Judea?

Mientras huela así mi vida pasada, creeré que estoy muerta y que soy como el desventurado á quien he visto ayer corriendo á caballo. ¡Cosa extraña, pues muerto está!

Dime si quieres tú que viva esta pobre mujer, ¡oh infinito, hacia quien voy, pisando eso que tanto les envanece, eso de que se pagan, eso que les pudre todas las flores, eso que llaman cordura!

Cuando tú, ¡oh infinito!, me saques del foso profundo, hagan de mí lo que quieran aquellos que tienen forrado de grosura el corazón.

¡Ellos, del corazón, son ciegos y necios, aunque tienen los ojos claros!

Mi corazón ve; y porque ve, lloran mis ojos.

Lloran sin hincharse, lloran sin enrojecer, lloran invisibles lágrimas.

Me baño en un lago tranquilo, del país donde se llora callando.

Este lago de lágrimas y perlas no tiene orillas en cuanto mi vista alcanza.

Y cuando pregunto quién ha vertido tanta lágrima, la voz me contesta que son las lágrimas ocultas, que corrieron hacia dentro, que no quisieron hacer barro, y que son más hermosas que las descaradas en gritos y sollozos.

Porque las margaritas no se arrojan al camino para que las pisoteen animales inmundos, y lo mejor del espíritu no se comunica en la plaza.

Y estas lágrimas secretas hierven al sol del infinito querer, y abrasadas se vuelven fuego.

Como el vino, embriagan, y sostienen como la ambrosía.

Estas lágrimas son ruegos mudos; deseos, ansias, flechas rectas al blanco; estas lágrimas ungen, ablandan, punzan, mueven y fuerzan.

Son la bebida que aduerme y son el rocío sobre la tierra seca, surcada del escorpión.

Al caer ellas en lo árido, verdea y cría espiga.

Acrecienta, mujer, el lago maravilloso, baño de palomas, baño del Serafín.

Cada lágrima te acerca á mí un paso; y según lloras, gemas irisadas por luces de felicidad van recamando tus vestiduras nupciales”.

CUARTA MEDITACIÓN.—CANCIÓN DE BODAS

Apenas entré en el lago, cayóse mi vieja piel, mi piel de serpiente.

Angel me creía en mi orgullo, y serpiente era.

Mi nueva piel blanquea como el lino lavado y asoleado, y las lágrimas adheridas á su superficie me visten enteramente de una túnica de gemas finas, de oriente suave.

No merezco esta vestidura de fiesta real.

Ahora, el infinito se me aparece en su verdadera forma, que es amor, y con su reverberación se enciende el caos y resplandece.

¡Cuánta iluminación!

Nace el amor, se ceba en la infinita hermosura, crece la llama, cobra ímpetu irresistible; nada queda que no se transforme en él.

Ya está hecha la unión, atado el lazo.

Amor, no te conocía. Te buscaba entre muertos, y vivo estás.

Te confundí con sombras, y la luz es consubstancial contigo. Te encerraba en mí, y ahora en mí no estoy yo; está el eterno amante.

¿Dónde me esconderé que no me roben este bien sumo? ¿Dónde celo esta ventura, que no le hagan las brujas mal de ojo? Porque el mundo es corrosivo al amor, y lo disuelve.

Si ven mi rica túnica de lágrimas emperladas, robarla querrán. Moverán las cabezas los necios del corazón, y dirán sentenciosos: Enferma está, trastornadas tiene las facultades.

Y á mi túnica nupcial pondrán asechanzas.

Mi hermosura ofenderá su vista.

Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me enciende y aviva mi esperanza.

Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con el que se ha apiadado de mi larga pena.

Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y falacia.

Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra mía.

Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan verde.

No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no saben la senda por donde se va á mi morada.

¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy? No más de un alma; un alma también.

Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.

Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.

Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.

Hiéreme con la entrañable herida.

No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y haz cenizas cuanto no eres tú.

Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.

No he de ver sino tu faz, que es el sol.

No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un átomo.

Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.

Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del bien, á mí que soy débil y caigo rendida.

Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú también me abandonaste.

Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me entendería, que no sabe lo que es amor.

Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á oveja muerta de cansancio.

¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?

¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho con acentos de amor!

“¡Clara! ¡Clara mía!

No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las majadas.

No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.

No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de dolor celeste.

¡No te detengas, apresúrate!”

La Ayamonte, que tenía la cabeza recostada en la diestra y el cuerpo lánguido reclinado en la meridiana de raso gris, moteada de botoncitos plata, se incorporó súbitamente, respiró con ansia y dijo casi en alto: “Es hora. ¡Algún día había de ser, Dios mío! Tú sabes que esto es lo único que me cuesta trabajo”.

Esparció la mirada alrededor. La habitación, puesta con coquetería, con intimidad, con esa gracia viva que revela juventud, era una especie de tocador-biblioteca; sus dos rasgadas vidrieras caían á la calle. Una credencia dorada, de cajoncitos, sostenía Talaveras henchidos de rosas y lilas blancas, acostumbrado regalo matinal del Doctor Luz. El sol de Mayo, radioso, entrando por la ventana abierta, avivaba los tejuelos de las encuadernaciones de los escogidos libros de poesía y mística, alineados en estanterías bajas de madera de limonero. Un primoroso retrato francés, de dama empolvada y profanamente descotada, sonreía con iniciativo melindre, á plomo sobre la meridiana recargada de fofos almohadones con espuma de encajes y hopitos de cinta: “la jaquequera” según Micaela de Mendoza. Y en un ángulo de la estancia, descansando en grácil estela alabastrina ornamentada de bronce á cincel, el grupo delicadísimo de Psiquis y el amor se enlazaba, blanco y casto en medio de su transporte. Los muebles, el decorado, sonreían, halagaban, alejando toda idea de ascetismo. Nada menos ascético, más mundano que el atavío de Clara. Aunque para salir á la calle la Ayamonte vestía con lisura, sin picantes y especias de ultramoda, dentro de su casa era refinada, y pendían en su ropero vaporosos deshabillés, y en sus armarios se apilaba un ajuar exquisito, nivoso. En aquella mañana, el crespón de China color rosa te de su vatteau se plegaba incrustado de rombos de amarillenta guipure antigua, y calzaban sus estrechos pies chapines de raso sobre medias de seda, transparentes de puro caladas y sutiles. Sin saber por qué, al romper á andar, este detalle de indumentaria fijó la atención de la ahijada del Doctor Luz. Se diría que era la primera vez que notaba la extremada sutileza de sus medias. Pensó: “El pie casi desnudo, el pie descalzo, puede decirse”. Y sonrió de un modo involuntario.

Salió de su habitación, y por angosta escalerita de caracol, reluciente de frotaje, de enterciopelada barandilla, bajó pronto al otro piso, á las habitaciones del médico; atravesó la sala de confianza donde se reunían de noche, y se detuvo un minuto antes de pegar con los nudillos en la puerta del despacho. Su respiración se apresuraba, su garganta se cerraba, y repetía para sí: “No hay remedio, no hay remedio”.

—¡Entra, Clara, criatura!—dijo la franca y simpática voz del Doctor.

—¿Estás solo?

—Ya no—respondió él cariñosamente, abriendo y haciendo los honores. Sin conceder tiempo á ninguna zalamería, imperiosamente, la dama exclamó:

—Da orden de que no recibes á nadie. Tengo que hablar contigo cosas reservadas.

El Doctor se estremeció. Temblón de pulso, hirió el timbre y, al asomar el criado, formuló la orden. Clara esperaba, flechada la voluntad, procurando la calma de las conferencias supremas.

—¿De qué se trata?—preguntó con cierta dignidad Mariano. Su voz se había quebrantado un poco, y su sangre refluía al corazón, en oleada de angustia.

—Quiero que lo sepas antes que nadie, como es natural. Aunque soy árbitra de mí misma y no es un consejo lo que vengo á pedirte, padrino,—á ti sólo confiaré que voy á tomar estado...

—¿Estado?,—repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se habría arreglado lo de Silvio?

—Estado... Voy á retirarme á un convento.

El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo de laboratorio.

Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.

—Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...

Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con lentitud categórica:

—No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente, porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde hace años! Y allí, allí mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya quedas enterado, ya sabes tanto como yo.

Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso. Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera de titán aherrojado, vencido.

—Vamos, un poco de valor—murmuró Clara...—¡Yo te querré igual desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo, que ya sabes que vale... bien poco!—añadió con repentino alarde de humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente, cubierta por los mechones de la melena.—Luz se retrajo con una especie de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.

—Imposible parece que tú...—murmuró; pero el Doctor, brusco y enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.

—¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete! ¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles, que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del pecho, ni me has querido en tu vida!

—Tranquilízate, padrino mío, por favor—repitió Clara dos ó tres veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á sí propia. Luz proseguía, desatado:

—¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado egoísmo nunca?

—¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste, pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste. ¡Mi... misma conversión es obra tuya!

Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.

—Te digo que no te irás—balbuceaba, perdida del todo la serenidad que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían infundido siempre.—¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á quien debes el ser!

Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto, cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del cuerpo antes de la expiación.—“Yo expiaré por ti...”—Y despacio, sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió del médico.

Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó suplicante.

—¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que te refiera...

Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos ávidos.

—¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo; sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto? Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.

Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo. Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo—una misma carne, dos espíritus de esencia tan distinta,—permanecieron buen trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por la ventana de la boca.

Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos. Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.

Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía, hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino lozanear, lozaneaba. “He temido—pensaba Luz—cosas peores, si cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio... y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér—el sér, con sus reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen del Doctor.—Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el sexo—repetía,—es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja! ¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y de que él también se ha de morir.

Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión. Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar, sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios, útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.

Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo maldecía. ¡La madre de Clara—á quien había adorado con tal vehemencia y exclusivismo—sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre, de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia, menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,—á Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor de tales influencias y prevenídola contra ellas.—Á ser posible, el Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal, el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho, que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á Clara—pensaba él;—pero instinto transformado, complicado. Cuando se producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre derivativos y vaya á la normalidad.”

No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece, se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía; había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior, su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía, sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel mundo donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con su aire cálido.

No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca. Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí, amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y para el aprés dîner, con Clara, que se presentó, por cierto, bien prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras, entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de sport y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid, se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo escogido y contado.

—Figúrate—decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba—cómo estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable. ¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada, un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe en su pellejo.—Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no sabes? estoy invitada.

Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora, que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social satisfecha.

—¿Adónde iréis?

—No está resuelto aún—contestó Clara.—Lo decidirán mañana; Adolfina ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.

En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de brut y bocado y bocado de espuma de hígado graso, el programa de la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio. Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.

La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia anunciados.

Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara podía profesarle. Bebió,—lo mismo que se bebe el cordial que ha de devolvernos fuerzas y en ellas la vida,—aquellos halagos dulces, aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra; aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara, quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un pichón con las alas extendidas.

—¿Á qué pueblo, por fin?—preguntó.

—Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila—declaró ella con velada voz.—Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el automóvil de Donado...

—¿Tu adorador?—preguntó Luz alegremente.

—Sí... El mismo.

—Te cuidará...

—Al contrario... Querrá lucirse como chauffeur, y nos estrellaremos—murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.—Yo tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa, aprisa...”

Tal es la sugestión del acento amado, que las restantes preocupaciones de Luz se borraron ante la que Clara acababa de suscitar; y lo único que oprimía su corazón al despedirse, á la mañana siguiente—al recibir un abrazo extraño, violento, nervioso, al sentir bajo el velo tupido, alzado un instante, humedad y calor de labios que se imprimían fuertemente en sus barbadas mejillas,—era la amenaza del peligro físico, la idea aterradora de un vehículo hecho astillas, gravitando sobre un montón de carne magullada y rotos huesos.

“¡Cuidado!”—suplicó.—Y Clara, silenciosamente, se desprendió temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...

En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados, cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al chauffeur.

—¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!

—¡Qué barbiana está!—piensa Donado.—¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas. Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.

Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados, las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa, ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío fondo.

—¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!

Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica, adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa. Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en ventisqueros inexplorados.

Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado, descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí, pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.

—Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.

Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas. Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.

—¡Al convento de Carmelitas descalzas!

La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.

—Nuestra Madre está en el coro—dijo solícita.—Pase; en seguida acaban.—Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.

—“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”

(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago.)

Junio.—...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.

Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de automóviles—creo que la primera organizada aquí,—en obsequio á lady Mortimer, inglesa muy smart, á quien voy á retratar por recomendación de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de Londres.—Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado, en cuyo vehículo hizo el viaje.

Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta, con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada, expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino, despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino. Ahí había algo más que padrinazgo.

Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.

Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo, el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente por mi causa, vive dichosa una mujer.

¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora, libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer! ¡Vaya unos bordaditos!)

Envidio á Clara. Se ha realizado.—Por ahí no se habla de otra cosa. La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo superficial, no ahonda.

Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.

De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?

He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y, sin embargo, no estoy tranquilo.

Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que Clara es feliz... en su convento, soñando.

Esto no es drama, sino pasillo de risa.

Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo—la Camargo y la Calatrava,—en honor de la verdad, no se han ensañado, quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.

Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió, rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla turno hasta dentro de dos meses.

—Si no puede usted retratarme en seguida—suplicó ella entonces,—por lo menos véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza enteramente.

Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar en tête à tête. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no la quisiese retratar pronto.—Estaba vestida con alta coquetería, con ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas verdaderas, colgaban de los remates de su estola.

Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.—¿Qué fué cuando, bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras? ¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me luzco!

Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, y con ademán expresivo señaló á una mesa. Miré, y distinguí hacinados un caballete, una caja de colores, rollos de papel, tableros: los chismes del oficio, nuevos, flamantes, excelentes—(me pertenecen ya, me los ha enviado al taller). En voz emocionada—voz que salía de muy hondo—ordenó la señora:

—Á sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz es buena... ¡Sin objeción! ¡No la admito!

Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades: absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media; me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones, hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose delante de la puerta en la actitud de la Valentina de Hugonotes, abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy flecheros, exclamó:

—¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la fuerza... Á menos que me pegue...

La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color, la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:

—No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado. ¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo, ¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido nunca, en los días de mi vida, en ningún caso, emoción como al prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi capricho!

Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio. Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional, embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.

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