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La Quimera

II MADRID

Reading edition

(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago.)

Noviembre.—Después de pasarme ocho días en la destartalada fonda de la calle de Atocha, al fin encuentro un taller, á precio aceptable, en la de Jardines. Tiene el defecto de que esa calle es del número de las que Balzac llama chauldes, y aun de las que echan lumbre: en mi vida he visto junta tanta paloma torcaz, y de plumaje tan sucio. No me importa lo que me arrullan cuando me retiro de noche: pero ¿y si acuden á retratarse bellas señoras? En esta calle no entran coches: las bellas señoras tendrán que cruzar á pie, rozando con las pájaras y oyendo sus retahilas... No hay qué hacerle: no hallo cosa mejor, dentro de mis posibles. Traía unas dos mil pesetas para empezar á vivir—primer plazo del importe de mis cuatro terrones; el resto no se cobra hasta qué sé yo;—pero he encontrado aquí á Crivelo, el pobre Crivelo, con su mujer, los niños, la suegra, el ama, y sin un cuarto; como que acaba de establecer una litografía... y tuve que arriar setecientas y pico, porque á no ser de bronce... Tiene razón la baronesa de Dumbría, al llamarme el de la mano horadada. Razón: y sin embargo, me ataca los nervios al darme consejos de economía; es como si á una adelfa la dijesen: “Maldita, sé garbanzo, que te conviene mucho”.

Á propósito de garbanzos: mi comida es una desolación, y apenas digiero. Ando á salto de mata, hoy en un bodegón, mañana en Fornos; me desayuno con salchichón ó queso; no tengo tetera, no tengo te, no tengo una criada que me ponga á hervir agua—¡el te, una de las contadas cosas que me sientan admirablemente!—Me acuerdo de Alborada como los hebreos de las ollas de Egipto. La portera sube á barrer, de mala gana, á traerme agua y arreglarme la cama en un diván, á tropezones; estas mujeres son muy astutas: ha visto que mis muebles se reducen á dos caballetes, una caja de lápices y veinte libros; que luzco un gabán raído, que no me ha visitado sino Crivelo... y olfatea propinas de cesante. La daré por adelantado dos duros, para que comprenda que el hábito no hace al monje.

Estoy, pues, en plena bohemia. Lo más bohemio es el frío. Me trajeron ayer un braserito. ¿Qué pinta un braserito en este inmenso taller? Se filtra un aire glacial por los paineles de cristales sin maderas ni cortinas; y la tubería de la chubersqui, sin chubersqui, aumenta la sensación polar. ¡Brrr! Aunque merme el fondo (vaya un fondo), habrá que comprar chubersqui. No: y lo diabólico es que después de la chubersqui necesitaré carbón. Las chubersquis debieran criar su combustible, como el borrego su lana.

He visto el Museo. Volví de él aplanado y loco (estados que parecen difíciles de asociar). Entré á las diez, con ánimo de pasar dos horas, y á las tres todavía estaba allí, desfallecido y sin enterarme del desfallecimiento. Al volver á casa me harté de mortadela y queso de Gruyére: primeros momentos de estupidez: la digestión penosa del boa.

Entre los afanes de la pícara función fisiológica, restos de la fiebre de la mañana, un devaneo sin tregua, que va y viene, y vuelve y se enreda en tres nombres: Goya, Velázquez, Rubens.

Orden, orden, señora cabeza mía. ¿Qué piensa usted de esos tres tiazos?

En primer lugar, no experimento gran entusiasmo, en general, por la pintura antigua. Nos han fastidiado bastante con la admiración de lo antiguo, negro y embetunado y con luz falsa. Los antiguos eran otros embusteros, igual que yo. Hasta nuestro siglo, y bien adelantado, no se supo lo que era la verdad. Y no la tragan, no la tragan los condenados burgueses. ¡La luz cruda, dicen! ¿La quieren cocida, guisada? Mejor se pinta hoy que se ha pintado nunca. Y si es así, ¿por qué me he vuelto del Museo destrozado de asombro?

Con Velázquez me pasa que reniego del cerebro. Ese tío no pensaba; lo que hacía era copiar, pintando de una manera bestial: la pincelada, la santa pincelada, el santo natural, el santo dibujo,—y fuera ideas, que son una peste.

Velázquez no debió de sentir calenturas. Velázquez se reiría de nosotros. Sano, equilibrado, cortesano, creyéndose un funcionario y no un genio, no buscaba originalidad; ¿para qué? La originalidad es una tontería. Pintar más que Dios y dejarse de originalidades. Si pintásemos, ¿eh? ¡digo pintar!, ya me entiendes, Silvio, ¿qué falta nos hacía discurrir? La naturaleza no presume de original, ni discurre; el sol, la luna, son lo más trivial. Velázquez es naturaleza pura.

Da gusto cómo trata á los dioses. Su Marte, un soldadote velludo; su Vulcano, algún herrero de la Ribera. ¿Y el chucho de las Meninas? Silvio, ¿te contentarías con haber manchado ese chucho?

¡Qué bárbaro soy! ¿Pues no estoy diciendo para mí: No, no me contentaba?

Prefería ser Goya. El equilibrio y la indiferencia de Velázquez, bien; el desate de Goya, mejor. ¿Por qué mejor? No lo sé explicar; pero me gustaría tener un modo mío de sentir el natural, y me gustarían esas rarezas de sátiras y delirios, el infierno y el cielo, el amor, la muerte, la horca, el fanatismo, los asnos dómines, las duquesas histéricas y tísicas, con colorete, las familias reales retratadas hasta el alma, hasta la misma medula de sus huesos, enseñando la sensualidad de la reina y la inepcia bonachona del rey. Me gustaría haber sido el primero á sorprender la luz rubia y acaramelada de las primaveras madrileñas, y los grises tonos, vaporosos, de las épocas de pelo empolvado y sedas tornasol. Me gustaría ser el primero que interpretase el colorido de España. ¡Goya! Sus cuadros patrióticos, sus fusilamientos, telones—telones divinos. ¡Qué arranque! ¡Qué ímpetu! ¡Ese colmillo de jabalí, ese navajazo feroz de baturro airado!—¡ah, qué envidia!

¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pastelitos, de mis cochinas cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y arrodillarse y adorarlo.

El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la high-life. Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas venas (¿no es triste que no tenga venas la gente que yo retrato?), por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados capitales.

De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez, Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?

No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!

Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer—no era la digestión del boa, era la indigestión,—no salgo; me quedo en mi rincón, me refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué hombros los de la Hilandera! Lo asombroso de Goya, el misterio de las pupilas de sus retratos: tienen húmedo radical... Bueno, ahora lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me faltaba más que eso!

Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,—piensan con ahinco en algo más que el arte.—Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo: se profesa impresionista (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo cogido en la trampa.

Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad. Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo, ¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?

Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes de principios de Diciembre llegan.

Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire—me determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles—una mano, una pierna, la cabeza, el torso.

Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos, pinturas, pinceles, un caballete mecánico—comprendo que no se darán prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece que no son nada estas fornituras—tubitos, frasquitos, pinceles, palitroques,—y sólo el caballete representa un desembolso de treinta y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar doble.

La modelo... ¡pch! un desnudo regular: de la cintura abajo, algo de morbidez; los brazos magros, los hombros puntiagudos, las manos encanalladas. Para estudiarla sinceramente y á trozos no me importa; pero si alguno quiere meterla en cuadros de ninfas ó de damas, ¡con esas manos, á morir!

No sería yo quien me consagrase á damas ó á ninfas, y eso que desde mi llegada á Madrid me parece que siento menos la naturaleza, y la verdad áspera y plebeya no me seduce tanto. Aquí no hay campo, y la ciudad, ni moderna ni majestuosamente antigua, no me atrae. Recorro sus calles, sus paseos,—nunca salta la nota que me agradaría tomar. Vamos, ya estoy maduro para mi campaña de retratos.

El desnudo del viejo, infinitamente mejor que el de la mujer. Es un setentón que sería muy terne en sus mocedades, y que en vez de criar grasa se ha desecado lo mismo que un gajo de uvas colgado al sol. Se ha convertido en un Ribera. Creía yo que aquellos clarobscuros y aquellos tonos de Ribera eran falsos. No: en la piel del viejo encuentro el mismo ocre amarillo, la misma tierra de Siena, la misma sombra calcinada de los ascetas riberescos; y su vello y su barba y su pelambrera—á las cuales los artistas le hemos prohibido tocar: es nazareno—son del mismo gris plomo, con toques blanco plata y los tonos y reflejos de una armadura. Al estudiar al viejo, cargo la paleta de colores á la española; mi pincelada se hace amplia, fuerte, y me voy al estilo franco y á las grandes masas. Hasta me sugiere asuntos castizos y anticuados; ayer le boceté de San Jerónimo, con su pedrusco en la derecha.

Final de Noviembre.—¡Llegan, llegan las de Dumbría! Preciso era; porque se me iban acabando el resuello y la esperanza, y además, en todo este mes no he comido cosa que digiriese; noto el estómago tan frío, que—se lo conté ayer al hermano de mi amigo Cenizate, que es médico—padezco una aprensión rarísima (él la calificó de alucinación, engendrada por la dispepsia): la idea de que me lo cruza, sin interrupción, una glacial corriente de agua.

Como he adquirido una tetera, me inundo de te para digerir las porquerías; estoy muy nervioso, sueño dislates, y de día miro mi taller desmantelado, mi casa sin muebles, mis perchas sin ropa—y los planes de atraer aquí al gran mundo, y al gran mundo femenino, se me representan como delirios de la calentura.

Por cierto, á propósito de este delirio, que la carta de ayer de mi romántico amigo de Marineda, Florencio Goizán, es para desmigajarse de risa. Me ha cogido en un día de los de humor más negro, y me lo mitigó... Hay párrafos deliciosos.

“¡Mortal tres veces feliz!”—me escribe.—“De este aburridero, este rincón donde no se puede ni soñar en ilícitas aventuras—porque detrás de cada vidriera hay una vieja atisbando,—te envidio el jardín que ya empieza á brotar en tu taller. ¡Qué jardín! Desde la altanera flor de lis purpúrea, hasta la original orquídea modernista, no habrá flor de estufa que ahí no pueda lucir en el caprichoso búcaro oriental. ¡Qué mujeres, Cristo! Ya las miro subir tus escaleras con el corazón palpitante; llamar á tu campanilla con trémula mano enguantada de Suecia; entrar con ese delicioso ruge-ruge de sedas que él solo estremece; inundarte el taller de oleadas de ideal y de brisas rusas; reclinarse negligentes en el sofá Luis XV, mientras tú te hincas de rodillas á sus pies sobre un almohadón de terciopelo y empiezas á contar tus ansias. Habrás dispuesto (naturalmente, es de cajón) el refresco en el velador árabe; allí sus emparedados, sus bombones, y allí su vino de Málaga. Y si llegase impensadamente el celoso marido, la dama adoptará pose en el estrado, tú agarrarás tus lápices, el retrato seguirá viento en popa,—y aquí no ha pasado nada, caballeros.

“Lo más sabroso ha de ser eso: engañar á un necio orgulloso de sus blasones, con el pretexto tan socorrido de los retratos. ¡Porque cuidado que es socorrido! No es pretexto sólo; es ardid de guerra. Si yo fuese padre, amante, marido, cualquier día consiento que tu la retrates y estéis solitos bebiéndoos á tragos largos la mirada horas enteras. Vamos, se necesita ser memo. ¡Ya que la memez es epidémica, incurable, triunfa, mortal tres veces feliz! No te pares en barras, no te achiques al tropezarte con las rimbombantes genealogías: la mujer es mujer, ya nazca en áurea cuna, ya en el arroyo; el flecherillo todo lo iguala; los antepasados de coraza ó ferreruelo no se alzan de sus tumbas, y tú acuérdate de Goya, que prefirió pintar mejillas ducales y borrar luego con los labios el carmín, á legar á la posteridad un nuevo título de gloria. ¡Ah! ¡Quién pudiese estar en tu lugar unos meses siquiera! Desgarra encajes de Venecia, arruga sedas de Lyón, desabrocha collares de perlas, descalza esquifes de raso, y compadece á los amigos que se pudren leyendo cartas sin timbre y sin ortografía, no llevando sus ambiciones más arriba del taller de costura, los dedos picados y el zapato de cuero gordo. Más suerte tienes que un ahorcado; es de esperar que sepas agotarla, y que en el verano, á la sombra de los castaños de Zais ó en la playa de Riazor, nos refieras episodios. ¡Digo, si es que te dignas volver á las natales costas, y no te arrastra el torbellino del gran mundo hacia la isla de Vight ó los arenales de Trouville!”

Así, copiado al pie de la letra.

¡Gastan imaginación en Marineda, vaya si la gastan! ¡Y lo cómico es leer esto en el camaranchón que llamo taller, amueblado con una estufa que no tira y el caballete mecánico, y visitado sólo—á tanto la hora—por la modelo, la Eladia, que deja caer, al desnudarse, un corsé muy usado, color lagarto mustio, del cual reniego!

—¿Chica, no tienes más corsé que éste?

—No, sorito...

El tono es tan triste, que arrío dos duros para un corsé nuevo y blanco; al otro día sube con el antiguo. Que su madre está enferma, que tuvo que comprar una medicina “barbaridá de cara...” ¡Bien, adelante! De rabia, la coloco, borrajeo un apunte, y me sale regular; la modelo, destacándose sobre la luz de la vidriera y ajustándose el corsé, con un movimiento airoso de los brazos hacia atrás. No la vuelvo á dar propina: la guita se me va que vuela.

Diciembre.—Me he reanimado al ponerme al habla con las Dumbrías. Me hicieron cenar allí la noche de la llegada, las provisiones que traían en el tren, que me supieron á gloria, y eran, sobre poco más ó menos, lo que hubiese comido en mi taller—fiambres, pastas.—¿Por qué digerí mejor ya? ¿Es que mis nervios mandan en mí tan absolutamente?

Á la siguiente mañana me llamaron por teléfono—el teléfono del despacho de aguas minerales, en el piso bajo de mi casa,—para avisarme que vendrían á visitar mi instalación. Han venido, impresionando á la portera, que al cabo ve aquí unas señoras; se han reído mucho de ver cuántas cosas me faltan.

—Supongo—dijo Minia—que estará usted encantado, porque esta escasez es poesía.

—No tal—grité.—¡Ay, los soñadores! ¡Señora, esa fantasía de usted! Estoy perramente, y es imposible, aunque llegasen á enterarse de mi existencia, que ninguna dama ponga los pies en tal desván.

—Muchísimas gracias, por la parte que nos toca...

—Bueno; ustedes, es otra cosa. Ya me entienden...

Horas después llamaron á la puerta y entraron dos mozos cargados de trastos. Las Dumbrías, que justamente acaban de arreglar un salón-biblioteca y de cambiar parte de su mobiliario, me remitían estantes para libros, cortinas, una cama de madera, un sofá, algunas sillas. “No nos caben en casa”, decía el billete. “Vaya usted á comer á las ocho, y no espere buen trato, estamos desorganizadas todavía... No tenemos más convidado que usted...” Interpreto: puedo ir con esta ropa. De perlas, la ropa. Es la misma con que vine de Buenos Aires; la hice á principios del verano de allí, que es el invierno de aquí, y por consiguiente, ahora, en otro invierno, después de dos veranos empalmados, porque en Mayo me vine á España, cualquiera adivina el aspecto que ofrece, y lo que abrigará. “Poesía, poesía...”, dirá Minia... “Pulmonía...”, digo yo. Y además, el único gabán se ha puesto del color indefinible del corsé de la modelo. Habrá que equiparse.—¿Habrá...?

Al salir de casa de Dumbría para ir á dibujar á la Sociedad, una digestión completamente feliz me despeja la cabeza. En fin, el caso es que dentro de unos quince días, el tiempo estrictamente indispensable para “arreglar” algo, darán tres reuniones por la tarde, á las cuales yo no asistiré; expondrán el retrato de Minia, y malo será—opina la baronesa—que no salten encargos.

—Sea usted, al principio sobre todo, muy transigente. Cobre poco: en Madrid no se atan los perros con longanizas; las necesidades de apariencia de la vida son muchas, y los más ricos y empingorotados miran al microscopio lo que gastan. Préstese usted á ir á las casas á trabajar; vale más, ya que tiene usted el taller en malas condiciones...

—Pero la luz...

—La verdadera luz son los cuartos. Déjese de historias.

De modo que ya se revela mi porvenir. Subir escaleras como los maestros de piano, esperar en la antesala á que me mande pasar la señorita, retratar con luces de interior y á la hora que me ordenen... Y lo más vil es temblar, no á esas humillaciones, sino á que no llegue el caso de sufrirlas; á que, al exponerse mi retrato, se encojan de hombros y pasen á tratar de asuntos de actualidad,—riéndose del mamarrachista y de la indiscreta bondad de las que le protegen. Ahora se me figura que infaliblemente sucederá esto último. En mi crisis de desaliento, me siento sufrir y rabiar, no por lo que temo que va á pasarme, sino (me ocurre muy á menudo) por cuanto de malo me ha pasado en la vida. Lo repaso, lo recuerdo, lo rumio, y las contrariedades difuntas resucitan; ni aun las grandes, no: las pequeñas, las ruines. Quisiera trocar mi suerte, ser carpintero ó herrero, no hallarme aquí, emprender un viaje, recluirme en Zais; á pesar del contento del estómago, mi cerebro se ensombrece, y de puro nervioso echo chispas como los gatos. ¡Miseria, nulidad de la vida!

Orden, orden: á escribir sin temblequeteo de pulso.

Salí de casa (con el pie derecho, por si acaso), y cuidé de sentar también el pie derecho, ante todo, en el portal de Dumbría.

Asistí á los preparativos. Acomodé yo mismo el retrato sobre un caballete dorado, y drapeé la tela antigua, tul bordado de flores empalidecidas, con el cual hicimos un pabellón gracioso, arrugado por mano de artista, al marco dorado y color madera. Me alejé, me acerqué, le corrí, le encontré al fin el punto de vista bueno; y al sonar las cinco, me escondí, con huída de gamo al través de los matorrales, en las habitaciones interiores: Minia se reía, afirmando que en Madrid, cuando se avisa para las cinco, ni un alma antes de las seis y media. Y así fué.—Á las siete, apostándome impaciente detrás de una cortina, escuché un zumbido de colmena, y destacándose de él, palabras sueltas, exclamaciones. Servían el chocolate, y lo que pude entender se refería á tal operación gastronómica. “Qué bueno es este bizcochón...” Á las ocho fué acallándose el mosconeo de la gente; á la media, silencio, y las señoras de la casa que venían á buscarme, con el rostro destellando satisfacción. Á mi interrogación muda, Minia alzó un dedo.

—¿Un encargo?

—Uno solo, por ahora...; pero vale por cien. ¡Trae trébol de cuatro hojas! La condesa de la Palma. Lo mismo fué fijarse en el retrato, que exclamar: “Envíeme usted sin tardanza ese prodigio”.

—¿Ha dicho prodigio?

—Textualmente.

—¿Y cómo es esa señora?

—Como le podía á usted convenir que fuese la primer gran señora que pide que la retrate. Moralmente, encantadora; culta, de una cortesía y una lealtad en sus amistades, que escasean; con prestigio, con relaciones sobradas para imponerle á usted. Físicamente, un tipo para pastelista: rubia, blanca, ojos azules, facciones menudas, sonrisa de inteligencia, malicia mundana en la expresión. Ya aceptado por esa señora, podemos quitarle á usted los andadores. Ella le guiará. No se alarme usted, no alteramos el programa: habrá otros dos chocolates; verán mi retrato cuantos creamos que es conveniente para usted que lo vean; pero el paso inicial está dado con suerte.

—Con el pie derecho—murmuré, acordándome de mis precauciones, y sintiéndome tan gozoso que me volvía niño.—De pronto, una inquietud.

—Así de ropa, ¿cómo me presento en casa de la condesa?

—¡La condesa, ya le he dicho á usted que es buena é inteligente!—insistió Minia.—No será ella quien se fije en eso; es decir, fijarse sí, no se le escapará; pero se dará cuenta de lo natural del hecho y no se burlará ni por asomos. No por ella; por conveniencia general, encárguese usted algo. Le hace á usted tanta falta como los pinceles.

¡Minia llama algo á un traje completo de sociedad, con abrigo; otro traje de mañana, corbatas, camisas, botas, guantes, el demonio! No hay remedio, el sastre sea conmigo. Parezco un pobre vergonzante: así no me admitirían. ¡Ah, mi gabán verdoso, mi pantalón color nuez, con rodilleras, mi sombrero blando, de fieltro, mi pelaje de artista! ¡Yo que aborrezco el frac!

Paciencia; si he de llegar á ser, á revelarme, necesito subsistir, y la subsistencia así viene, y entretanto á adelantar, á adquirir impecable dibujo; el colorido, después.—Se me figura que he conquistado hoy el pan, y he vuelto á casa con el júbilo innoble de un perro que caza un hueso circundado de piltrafas.

Fin de Diciembre.—Además del retrato de la Palma—que en efecto es como me la ha descrito Minia—han salido de los dos chocolates de casa de Dumbría otros encargos: una señora quiere el retrato, de cuerpo entero, al óleo, de sus niños; otra, un pastel con manos y busto, envuelto en pieles de chinchilla.

¡Al óleo! Mi conciencia protesta. No sé pintar al óleo. En el pastel me desenredo; en el óleo estoy á ciegas. Antes de pintar al óleo un retrato, debo ir á lavarles los pinceles á Sala ó á Sorolla, y á barrerles el taller dos años; después, hablaríamos. El óleo es la única pintura positiva. Estuve á pique de negarme en seco. Las quinientas pesetas de cada retrato al óleo me subyugaron. La baronesa de Dumbría no se explicaba mis escrúpulos; Minia, sí; ¡pero, quinientas! y con el sastre amenazando...

En La Época, por primera vez, leo mi nombre, flanqueado de epítetos lisonjeros. Es una crónica de las reuniones de Dumbría; elogian el retrato de la compositora, anuncian el de la Palma, recuerdan las tradiciones aristocráticas del pastel, consignan que después de la muerte de Madrazo no ha quedado en Madrid un retratista de damas—y pronostican que ese retratista puedo ser yo.

¡Lagarto, lagarto! Otro es mi sueño...

El Imparcial también me dedica un párrafo. Me llama “modesto artista”. ¡Modesto! ¡Rayo! Modesto, no; ¡cargue Satanás con la modestia!

Á la siguiente noche, en la Sociedad, mientras Cenizate me suelta un fogoso abrazo de felicitación, percibo en los demás, y especialmente en los que creía algo amigos míos, una ironía y una sorpresa malévola, gestos impertinentes. En un grupo se dan al codo y ríen; en otro bajan la nariz y se chapuzan en el dibujo. Solano, el impresionista, me vuelve la espalda. No existo. ¿Envidia ya? ¿Envidia de qué? Ellos lo único que deben envidiar es la gloria; eso sí que lo envidio yo, con rabiosos transportes y con respeto fanático á los gloriosos (si es contradictorio, también es verdad). ¿Pero envidiarme el pan, y un pan tan triste? ¡Miseria, miseria, miseria!

Además de la envidia, percibo otra cosa todavía más mortificante, ¡el desprecio!

La simpatía de mis compañeros me animaba. Hoy parece que me miran por cima del hombro; no desdeñan mis aptitudes: desdeñan al tránsfuga, al intrigante.

—No hagas caso—aconsejó Cenizate cuando salimos juntos.—Tonterías. Uno de esos amaneramientos de taller. El estribillo de que para ser artista hay que ser un puerco-espín, hablar en carretero y en chulo, no tratar sino á las modelos. Mejor si te llevan en palmas en los salones y te sonríen las deidades.

¡Este ya se figura!... ¡Otro como Goizán!

La Palma—noto que aquí nadie dice la duquesa de Alba, sino la Alba, la Osuna, la Laguna,—la Palma me acoge con bondad suma, y está muy contenta de su retrato, del parecido, de todo. Su casa es un palacio, en una calle anticuada y solitaria, donde se ignora el ruido de los tranvías. En otras épocas se celebraron allí grandes bailes; ahora sólo tertulias íntimas, tresillos, tal cual comida—según me dice la misma condesa. Ella ha hablado de mí á su círculo, y espera decidir á alguna elegante á que se deje retratar, en cuyo caso me pondré muy rápidamente de moda. Pregunto qué elegantes son esas y en qué se diferencian de las otras damas; si son más bonitas, más ilustres, ó se visten por otro estilo; qué tienen de particular para que si se encaprichan le pongan á uno en candelero. La Palma sonríe; sus ojos azules chispean picaresca é indulgente jovialidad.

—Amigo artista—me dice en su correcto y reposado tono habitual,—no quiero adelantarle á usted impresiones de sociedad, porque usted no es de los que necesitan que les den la sopa con cuchara de bayeta. Me alegraría mucho, por usted, que Lina Moros consintiese; es una hermosura... ya verá usted. Con Lina Moros triunfaría usted en toda la línea. Le conviene á usted retratar de esas bellezas profesionales.

Pedí detalles, rasgos.

—¡Aguarde usted! Si tengo aquí la fotografía.

Quedé deslumbrado. Aunque conozco las triquiñuelas de los fotógrafos de alto copete, y cómo ponen y cómo hacen... lo propio que yo hago, ¡infeliz de mí!, sé también hasta dónde alcanza esa habilidad; sé descontarla. No es mujer, es una hurí. Las huríes me figuro yo que se diferencian mucho de los ángeles: éstos tranquilizan y aquéllas soliviantan. La Palma ve el efecto y me embroma.

—No vaya usted á prendarse; Lina hace estragos...

¡Prendarme! No tengo confianza bastante para explicarle á la condesa mi interioridad en estas materias; lo único que se me ocurre es exclamar:

—La semana que viene espero adecentarme; y entonces, ya que es usted tan bondadosa para mí...

El miércoles pruebo; el sábado me traen sólo el traje de diario y el abrigo, lo que me corría más prisa. Las corbatas, las camisas, ¡maldición! hay que abonarlas al contado. Mi bolsa, escurrida como tripa de pollo. Suerte que la Palma me envía en un sobrecito billetes, el precio de su retrato. Los óleos de los chicos adelantan: van desastrosos... pero, ingreso en puerta. ¿Será verdad que el pan se ha conquistado?

Al retirarme de la Academia me acompaña siempre Cenizate; charlamos de mis esperanzas, y se toma por ellas interés vehemente. Frustrado en cuanto artista (se me figura que no irá más allá de lo que hace hoy, paisajitos grises, con troncos rojos, una lamedura de Haes), teniendo lo suficiente para vivir, porque es económico, ha concentrado en mí la ilusión que tal vez no siente ya por cuenta propia. Un modo de engañarse á sí mismo como otro cualquiera, el imponer en cabeza ajena los sueños. Ello es que Cenizate se pelea desesperadamente por mí, defiende mis pasteles—que atacan sin haberlos visto—y se pasa en mi taller las horas muertas forjando planes y enunciando hipótesis. “Has de tener que abrir las ventanas para que se vayan los perfumes de tanta cliente...” Todo el mundo me envuelve en perfumes... y aquí no huele sino á carbón de cok y á colillas de cigarro. Ayer, por la tarde, subió con un recado la portera, y Cenizate saltó: “La señá marquesa de Regis, por el teléfono, que cuándo podrá el señorito pasar por su casa...” ¿Marquesa de Regis? No sé quién es... Buenos oficios de la Palma, ¡de fijo! “¿Lo ves?”, repetía Marín. Por la noche, en el café, viéndome en un instante de abatimiento, me interrogó:

—¿No estás contento, ahora que los peces pican?

—¡Contento! Lo estaré así que me vea por el mundo adelante, metido en harina de verdadero trabajo. No cuentes en la Sociedad ni esto; sobra con la batahola de los periódicos. Solano es capaz de escupirme á la cara...

Cenizate se encogió de hombros, repitiendo: “¡Solano, Solano!...” en tono de mofa. Entró un chiquillo, uno de esos golfitos, industriales al menudeo, y se nos arrimó insinuante. Creí que iba á ofrecernos fotografías libidinosas. No; eran tablitas procedentes de cajas de puros, donde una mano febril había indicado, á manchas de abigarrados colorines, un árbol, una casa, una pared sevillana con azulejos y tiestos, una cabeza de chula con orejeras de claveles.

—Dos pesetillas, señoritos... Pintás á la mano, firmás... Pá adornar la sala, señoritos...

Mi amigo me agarró del brazo riendo con maligna satisfacción, señalándome á la “firma”, una T gótica.

—¡De Solano!—exclamó.—¡Que sí, hijo, que las conozco á la legua! Se embadurna tres ó cuatro en otros tantos minutos todos los días, sin firma, con esa T que significa Trigo... y tiene infestados los cafés, el Rastro y la calle de Alcalá... ¡Y el tupé de torcerte la cara á ti porque retratas marquesas! ¡Es un fantoche! Y no llega: te digo yo que no llega. No tiene miaja de talento, y muy mal gusto: ¡un cursi, un cursi!

Me puse encarnado y compré sin regatear la media docena de tablas al chiquillo. Que viva Solano, porque—aunque no lo crea Cenizate—él mendiga más altivamente quizás que yo. Tiende la mano en la calle, yo en los palacios.

Estreno mi ropa. ¡Parezco otro! Voy á casa de Regis. La marquesa, señora á la antigua, madre de familia cariñosa, quiere un retrato de la mayor de las muchachas, guardar el recuerdo de cómo era antes de casarse—la boda está fijada para la primavera.—Pastel género romanza de Tosti: traje rosa, escote virginal, bandós Cleo, rostro inclinado á la derecha, sonrisa cándida. Ventajas: la señorita vendrá á mi taller con la miss, y la despabilaré en dos sesiones, y podría en una, porque esto es coser y cantar; pero desmerecería; lo creerían demasiado fácil. Y adivino la escena: reunión de familia admirando la “preciosidad”, apretón de manos del padre, felicitación y palmada en el hombro del novio, marco Luis XVI, pago á tocateja. Por teléfono: la Palma; ¡Lina Moros consiente! Pero esta semana, imposible; dos comidas de Embajada y Legación, acostarse tarde, cansancio... Y la semana que viene, pruebas en la modista, baile en casa de Camargo... Ya me avisará—Con mi facultad de leer entre líneas, descifré de corrido: “hacerse valer un poco; no se le abre á la gente la puerta así de golpe”. Y experimento de antemano hacia la beldad una prevención hostil, una antipatía nerviosa, complicada de atracción. Sus líneas me incitan á estudiarla; su carácter... ¿qué sé yo? ¿ni qué me importa? Otro hombre, sobre tal base, tendría la mitad del camino andado para enamorarse como un pelele.

Minia me llama por teléfono. Bajo al prosaico despacho de aguas minerales, que parece una zahurda, y comunico, después de bregar cinco minutos con las telefonistas.

—¿Oye?

—Oigo.

—¿Sabe que La Época ha vuelto á dedicarle un buen retazo de Ecos?

—¿Sí? Lo deploro. Yo ahora quiero cuartos; fama no, no.

—Es lo mismo para el caso. Un periódico de allá, de la región, también habla de usted.

—¡Sea por Dios!

—Hay además para usted dos recados, y con apuro. Esto va más aprisa de lo que creíamos: viento en popa. Dice mi madre que esta noche tenemos... Aquí un mosconeo en el teléfono, envolviendo el nombre de platos clásicos en la tierra, y la invitación adivinada.

—Iré, iré, y así me enteraré de los recados.

Dos retratos más: el de la vizcondesa viuda de Ayamonte, el del menorcito de los niños de Fadrique Vélez... Nombres de ruido sonoro, que parece que acarrean historia.

—Como no saben sus señas—advirtió Minia—preguntan aquí; en este papelito encontrará usted la dirección de ambos clientes, para que con ellos se entienda usted. ¡Lleva usted trazas de hacerse de oro! Hablan de usted en el foyer del Real y en las tertulias. Ayer, en el te de casa de Camargo, en dos ó tres grupos era usted el asunto predilecto. Las sensacionistas, que corren tras la mariposa de la novedad, van estando pirradas por conocerle á usted.

—Si ven mi taller, salen pitando.

Esta idea me tuvo desvelado toda la noche. Me revolvía en la cama furioso, al observar cómo mis actos se acompasan servilmente á la marcha de la realidad, mientras mi espíritu sigue abrazado á la Quimera. En teniendo mis cuatro ó cinco retratos al mes para vivir, debiera bastarme y consagrar todas mis fuerzas á lo íntimo; y he aquí que en mi cerebro, excitado por el insomnio, danzan y contradanzan proyectos inspirados por lo que viene de fuera; mejoras en mi instalación, en armonía con los gustos y las exigencias de esa multitud que va á echárseme encima, y que al proporcionarme recursos me impone desembolsos. Los recursos por ahora son semifantásticos, y lo otro urge.

Recorro con Cenizate algunas tiendas de anticuarios. Llevo una lista de lo más apremiante.

Sofá (Luis XVI ó Imperio).

Dos sillones (ídem).

Un tapiz para el suelo.

Un mueble que sirva de escritorio.

Un par de taburetes ó sillas bajas.

Después de mil regateos, y á plazo de mes y medio la cuenta (sin garantía alguna: estos anticuarios parecen confiadísimos), me decido por dos fraileros, cuatro sillas de laca y seda brochada, un canapé Imperio, una alfombra pequeña y viejísima, pero de colorido grato, un contador italiano aparatoso—falso quizás,—dos ó tres Talaveras recompuestos, un arcón tallado, basto, que me servirá de carbonera. Todo ello, cerca de dos mil pesetas. Probablemente me han trufado; entiendo poco de regateo, y Cenizate menos, á pesar de sus alardes de inteligencia y sus reiterados “con esta gente hay que ser muy escamón... Entre gitanos... No te fíes...” El engaño no me importa; lo malo es que actualmente no tengo un real, y sacar de la yema de los dedos tantas pesetas se me figura imposible.

Llegan las adquisiciones. La secatona portera, á quien tengo solícita á fuerza de chorrear propinas, las acomoda á mi gusto, arregla, barre. El camaranchón se transforma. Con mis estudios y bocetos, sujetos por tachuelas, alegrando la pared; con la guitarra y los palillos en panoplia; con los cuatro trastos antiguos, bien agrupados, formando un rincón caprichoso que no me canso de mirar, esto es ya nido de artista. Salgo, me lanzo á la calle del Caballero de Gracia y compro una palmera y una camelia en flor. Es el toque que faltaba. Y aviso á las de Dumbría, que vengan á admirar...

Minia y su madre, que me inspiran una especie de culto, á veces me exasperan: me entran tentaciones de contestar desagradablemente á lo que me dicen. Noto esta propensión desde que estoy en Madrid, y no la pude reprimir cuando se resistieron á aprobar mis gastos.

—Sillas, bueno; pero sillas de á diez pesetas—declaró la baronesa.—Así nunca tendrá usted un fondo para un imprevisto.

—Se ve que no quiere usted ser libre y dominar al destino—advirtió Minia.—No me alarmaría este mueblaje, si no revelase su adquisición que no tiene usted paciencia para esperar á ver reunido el dinero. Derrochando, se ata usted de manos y pies. Lo que nos hace dueños de nosotros mismos es la moderación en los deseos, y mejor si se pudiesen suprimir. Es la filosofía de la pobreza franciscana, que va segura y posee el mundo.

Lo que me irrita es justamente la conformidad de estas ideas con las mías; con las mías íntimas, y que no practico porque no puedo. No hay cosa que nos fastidie, á ratos, como encontrar encarnado en otra persona el dictamen secreto de nuestra conciencia. Ante Minia, me avergonzaré de mis pasteles comerciales, como de una desnudez deforme. Su mirada, á un tiempo llena de serenidad y de incurable desencanto, es un espejo donde me veo... y me odio.

Esto se formaliza. Á mi taller, ya amueblado con cierta coquetería, me atrevo á citar á los parroquianos; ¿vendrán? Por ahora se resisten. El menorcito de Fadrique Vélez es un querubín: me han contado que es fruto de amor, no de la coyunda, y en una familia contrahecha y esmirriada, forman extraño contraste su gallarda figura, sus bucles rubios y su tez de madreperla. Le retrato vestido de terciopelo azul, cuello de encaje de Irlanda, tirabuzones á lo Luis XVII... La madre, que no se aparta de allí mientras trabajo, se extasía y devora con los ojos al retrato y al modelo.

La Ayamonte es la primer alta señora que consiente en acudir á mi casa. La propondré sesiones cortas y más numerosas; si no, cree el buen público que esto se hace como buñuelos... y lo peor es que acierta. Además, he de reservarme horas para mi dibujo y mis estudios de óleo.

Una modelo nueva—he despachado á la del corsé feo; la he estrujado ya hasta el alma... que no tiene. Me queda de ella un estudio mediano: Ajustando el corsé;—¿qué más había de quedarme?

La de ahora no gasta corsé. Gitana—auténtica,—y veinte años. Tipo de raza admirable. Pelo azul, aceitoso, mordido por peinetas de celuloide imitando coral; tez de cuero de Córdoba—negra soy, pero hermosa, hijas de Jerusalén;—dientes de chacal joven; nariz y labios de escultura egipcia; y, como está fresca aún, senos parecidos á dos medias naranjas pequeñas, bruñidas por el sol.

Cualquier combinación con esta zíngara hace asunto. El pañolito de espumilla y el mazo de claveles tras la oreja; la montera y la chaqueta del torero; el cigarro entre los labios; sobre todo, la tela de seda rayada, amarilla y marrón, imitando el tocado de las esfinges, con el cual, su perfil adquiere la nobleza de lo secular y primitivo, la precisión del camafeo; sus ojos se ensombrecen.—¡Pobre Churumbela! (la llamo así).—Cuando yo fije, en pedazos de lienzo ó de cartón, todos los aspectos de su típica figura y los clave en la pared, como el entomólogo sus colecciones, me aburrirá. Es muy pedigüeña, muy lagotera, y siempre la manía de decir la buenaventura, y de pronosticarme fortunones y noticias felices que van á yegá po el correo.

Enero.—Más recados. El teléfono de Dumbría y el de Palma empiezan á activarse para mí. De esta semana saldrán diez ó doce encargos por lo menos. La Ayamonte viene; ¡al fin pisa mi taller una de las consabidas y esperadas deidades! Se lo agradezco tanto, que me propongo esmerarme en su efigie, y así se lo digo en términos penetrados de agradecimiento entusiasta. Aun no he acabado de hacerlo, cuando me pesa; conozco que acabo de dar base á una situación embarazosa.—¿Embarazosa? ¿Por qué? En fin, tonterías...

La Ayamonte es viuda, acaudalada, libérrima; parece contar de treinta y seis á treinta y siete años. ¿Fea? ¿Guapa? Al pronto, insignificante. Fijándose (como tiene que fijarse el retratista para sorprender lo que late en la fisonomía), produce impresión; atrae. Es descolorida, y cuando se emociona aun se pone más pálida; los ojos, pardos; el pelo, que ha debido de ser rubio, ahora es de un castaño muy suave, apagado, sin ondulaciones, fino y limpio, revelando el esmero de la mujer cuidadosa. Viste bien, pero la falta chic. (El chic lo adivino yo; tengo ese don fatal de inclinarme al chic, y á la vez lo detesto, porque el chic es la mueca de la belleza.) Pero lo que me llama la atención de esta mujer, que á primera vista pasa inadvertida, es que encuentro en su cara la misma expresión que en la mía, lo cual crea una especie de semejanza.

Nadie notará este parecido, que no está en el dibujo ni aun en el color; yo, sí. Con la imaginación, la corto el pelo y se lo revuelvo como el mío; la aplico un bigotillo rubio, vandikista, sobre el labio superior; la enjareto una blusa... y se me figura un hermano—mayor ó menor ¿quién sabe?—porque las mujeres vestidas de hombre rejuvenecen, cuando no son del todo viejas. Así la fantaseo... mientras pongo sobre el papel gris las primeras placas de color.

Si en vez de escribir este libro de memorias hablase con alguien, miraría lo que dijese, no me llamaran fatuo. Aquí, ¿qué más da? Me confieso conmigo mismo.

La mujer es un peligro en general; para mí, con mis propósitos, sería el abismo. Por fortuna, no padezco del mal de querer. Hasta padezco del contrario. No hay mujer que no me canse á los ocho días. Cuando estoy nervioso me irritan; las hartaría de puñetazos. ¡Concilien ustedes esto con mi cara soñadora y mis ojos llenos de vaguedad romántica, que tantos timos han dado involuntariamente! Lo malo es que no doy el timo sólo con los ojos; lo doy, sin querer tampoco, con la voz, con el gesto y con la frase. Y estoy notando el efecto, y pienso que no es un proceder honrado, y sigo adelante, y recargo la suerte... Fatalidad, ya irremediable. No lucho; ¡á luchar, lucharía para no disolverme en los crueles brazos de la Quimera!

Cuanto más tierno é insinuante me pongo al exterior, más crudas se alzan en mi interior las protestas de mi desdén hacia ese instinto natural que, convertido en ideal, tanto disloca á la especie humana. ¡Darle á eso trascendencia, existiendo el arte!

Al caso: la Ayamonte, desde las primeras palabras que hemos cruzado, comprendo que se ha conmovido algo por mí.

¿Hay tonto que no se dé cuenta de estas cosas? ¡Bah! Trasparente es el vidrio, el agua, los tules... Más transparente un alma de hembra. Nunca he dudado; equivocarme... raras veces. Por lo mismo que no me importa, que no me ciego, adivino, adivino... Hasta he solido prever cómo va á desarrollarse todo; qué trámites mediarán, qué incidentes, qué bordados llevará la orla. Lo cual me enfría más aún. Y miro á la Ayamonte, y siento de antemano el tedio de lo ya conocido; y ella nota que la miro—de otra manera que como se mira para retratar,—y absorbe en mi mirada qué sé yo cuántos quintales de ilusión...

El retrato es de tres cuartas partes de cuerpo; más bajo de las rodillas. Discutimos el traje, la posición, mientras yo descanso de haber indicado ligeramente la cabeza. Convenimos—con efusión de temprana complicidad—en que retrataré despacio, despacio... La Ayamonte me ruega que no la avise ningún miércoles; es el día que almuerza en casa de su hermana la señora de Mendoza; ni ningún viernes, es el día en que saca á paseo á la sobrinita, una criatura de diez y siete años á quien tendré que retratar. ¿El traje? ¿Terciopelo negro, raso gris, chiné rosa?

—¡Qué colores para usted!—grito desesperado.—¿No tiene usted algo crema... algo marfil?

—Marfil, marfil... Sí, un traje de verano, con mucho encaje y moños de cinta nacarada.

—Ese. Y perlas.

Á la segunda sesión, envía una cesta; dentro, el traje. Las perlas las trae ella misma, en su bolsa de brochado. Pasa á vestirse á un cuarto que he habilitado para tocador... de cualquier modo, ¡buen tocador te dé Dios!—Polvos, horquillas, y sobre una mesa de pino, un espejo de siete pesetas... Tarda poco: no es mujer de coquetería; cuando se presenta en el taller, la felicito, y empalidece.

El conjunto me satisface: los tonos marfileños de la piel los suavizan el encaje, y la carlanca, de perlas redondas y menudas; el pelo liso es una nota intensa y dulce; las manos, admirables, de un dibujo perfecto; y al considerarla atentamente, así en conjunto, comprendo el interés de su figura, la expresión apasionada y soñadora de los ojos y los labios. ¿Mentirá esta cara, como miente la mía?—Dentro del género, este retrato puede ser más que los otros; ¿por qué no intentar que resulte algo delicado y serio? Trabajo, pues, con empeño, guiñando los párpados, alejándome, acercándome, reposando y conversando. La voz de la Ayamonte es simpática, afectuosa, algo velada; la emoción la enronquece en seguida; su conversación revela cultura extraordinaria en mujer, hasta sensibilidad artística; advierto que es la suya una organización fina y nerviosa hasta lo sumo.—¿Se parecerá en esto también á mí?

—¿Señora, no ha notado usted que... es ridículo, no se burle... que hay una vaga semejanza entre la expresión de su cara y la mía?

—Quiera Dios, en favor de usted, que sólo en eso nos asemejemos—contesta con calma triste.

—¿Tan mala es usted por dentro?

—Mala... no. Malaventurada.

Pausa.

—¿Malaventurada...?—repito mientras empiezo á indicar muy en esbozo las tintas amarillentas del blando y rico encaje, para entonar mejor después el rostro.

—...ísima—afirma sonriendo un poco.

No me resuelvo á insistir, y la miro, vertiendo mis pupilas en las suyas. Se demuda, se estremece. Visiblemente se ha estremecido.

¿Qué haré? ¿Seré tonto si cuando se levante para mirar el retrato no la paso el brazo por el talle, ó más bien la tontería consiste en meterme en la camisa de once varas del galanteo?

La Ayamonte me avisa que está algo indispuesta y no vendrá en unos días. Acuden otras señoras, sin preocuparse de la calle; no he notado más síntoma de aprensión en ellas sino que al apearse del coche (lo he visto por la ventana) se remangan mucho el traje y pisan con melindre.

Emprendo la cromotipia de la Sarbonet, una regordeta campechana, teñida de caoba; en realidad, lo que quiere retratar es su abrigo, de chinchilla y armiño verdadero. Tantos pellejos dan unas notas bonitas al lado del raso fofo, á ramos, del traje, y saco de esa mujer vulgar un pastel de los mejores, en el cual hay algo de brío. Me siento de buen humor; tomamos confianza. La Sarbonet descubre el retrato empezado de la Ayamonte, y me cuenta mil chismes. La conoce desde pequeña.

—Pretenciosa, espiritada, romántica... La ha educado del modo más estrafalario su tutor...

Aquí, tos afectada.

—¿Tutor?—repito para estirar una lengua que no lo ha menester.

—Tutor, padrino... ¡qué sé yo! El famoso Doctor Luz, D. Mariano; el último figurín de la medicina, el que nos trae las novedades de Alemania. Á mí me quiso curar la jaqueca con masaje... No se ría usted, ¡qué guasón! Si no amasa él; si envía una amasadora muy borrica, que le pega á uno cada cachete... En fin, que el doctor era el amigo de la casa, que asistió á la madre de Clarita en el parto, de resultas del cual murió; que apadrinó á la chica; que, según dicen, ayudó á salvar la fortuna, algo comprometida por las tonterías del Coronel, el... papá, que, por fortuna, también se las lió pronto; y lo cierto es que Clarita tiene una posición excelente.—Sólo que, ¡la educación! Aquella cabeza es una olla de grillos; tantas cosas raras aprendió... Leyó cuanto quiso, estudió extravagancias... pero...

Mohín púdico, que le cae á la Sarbonet como á un galápago una mitra.

—Pero... corrección... y religiosidad... ¡ni pizca! ¡Más shocking!

Cambio de frente, inspirado por la cara que yo debía de poner:

—Y... ¿quién la arregló el traje? Ella no sería: se viste como una portera...

Ya voy teniendo en mi taller, no sólo á los que se retratan, sino á algunos curiosos, aficionados, inteligentes, ociosos, flanistas, cronistas, clubistas. Vienen desperdigados; no tertulian. Desde el primer día he establecido rigoristamente que si hay una señora retratándose, no se pasa. Los encargos arrecian; he abierto un libro con fechas, plazos, indicaciones. Á no ser así, no me entendería.

Ello es verdad, este caso inverosímil ocurre; me he puesto de moda en un par de meses, y llevo camino de que se me disputen, pues ya comienzan los recaditos avinagrados, las esquelas imperiosas, los gritillos nerviosos, por teléfono, que indican la exasperación del deseo. “¿Qué dice? ¿Que no puede hasta dentro de dos semanas? ¡Pero si para entonces tengo que irme á Sevilla! Ahora, ahora mismo”. Según creen personas expertas, no deja de contribuir á este apuro el rumor de que voy á subir los precios. Noto que en Madrid la gente, al abrir el portamonedas, hace un esguince involuntario. Es que la vida moderna entra aquí con sus exigencias y refinamientos, y no encuentra preparados ni los bolsillos ni las voluntades; se ha trabajado poco, se ha vegetado entre orgullo é inercia, esperando quizás estacionarse en el período de la alcarraza y el coche de colleras, mientras en Europa se multiplica el goce y los automóviles echan demonios; las fortunas aquí deben, pues, de ser mediocres, y, en general, desproporcionadas con la posición y las ansias de confortable. La gente vive de pantalla: palcos, coches, trapos quizás, y lo que no tiene que ver con esto (mis pasteles, verbigracia) es un renglón extraordinario... Total, que me asaetean á prisas, por si subo. Total, que debo subir.

No por eso espero mejorar mucho mi situación económica. He cobrado dos ó tres retratos ya, he dado un ten-paciencia á los anticuarios y estoy con el agua al cuello. Aún no he podido abonar la factura del sastre, que ya me la ha presentado políticamente una vez; las cuentas de carbón y plaza, administradas por la portera, hinchan, hinchan; el de la tienda de marcos también echa sus indirectas; y hay mil imprevistos, y el segundo plazo de la venta de mis cuatro terrones aún falta tiempo para que llegue á mi poder. Y entretanto mi estudio se ve visitado por gente de buen tono; á veces me deslizo á ofrecer una taza de te incorrectamente servida, cachifollada, entre el revoltijo de los lápices, los bocetos, las paletas cargadas y las cajas de colores; me han invitado á algunos saraos; no he ido, tengo pocas ganas—y evitaré prodigarme y ser pintor faldero, al menos en este respecto...—¡Ah! el mote de pintor faldero sale de la Sociedad de Acuarelistas, donde cada vez soy más impopular; los bombos de Monteamor en La Época me cuestan ver muchas caras de cuerno y muchos gestos burlones. Por Cenizate sé lo que de mí se murmura. Nunca seré nada; no tengo de talento ni tanto así; soy un adulador, un degradado; me ensalzan porque intrigo, porque mi tipo afeminado encapricha á las señoras—á las bribonas, es lo literal;—sigo la brillante carrera de retratista guapo... etcétera.

Nadie se acusa con mayor severidad que me acuso yo; pero, al fin y á la postre, cuando me azotan así, es cuando me sublevo. ¿Qué hicieron ellos, vamos á ver; qué hacen, qué harán? ¿Se nos prepara una nueva generación de gran altura? ¿Dejan tantas obras maestras las Exposiciones? Ellos y yo, por ahora, garrapateamos, manchamos, tanteamos... Acaso ellos, en mi pellejo, descubierto este filón de los retratos fáciles, no continuarían abrasándose, como yo, en el ansia devoradora de lo otro...

Al enterarme de estas chismografías bohemias, no pegué ojo en toda la noche; me levanté temprano, con el estómago revuelto, amarilla la tez; me parecía tener calentura; di orden á la portera de que despachase á todo el que viniese, diciendo que me encuentro algo indispuesto y no puedo recibir—á pesar de ser el día en que me pide otra vez sesión la Ayamonte.—Y, dominando un jaquecón que me parte las sienes, atiborrándome de te, con el pulso temblón, vuelvo de cara á la pared los retratos empezados, sin precauciones para no borrarlos, y cogiendo un lienzo, armando mi paleta, empiezo á bocetar un cuadro al óleo—Recolección de la patata en la Mariña.

Este cuadro puedo decir que lo tengo en apuntes, en notas tomadas directamente, aldeanas. Al volver á verlas, después de tanto tiempo y tan lejos de donde las recogí, ¡qué alegría!—me parecen fuertes y sinceras. La vieja que se cubre con el paraguas de algodón azul; la mozallona que se inclina al suelo marcando sus groseras formas; la otra labriega, niña y rubia, figurita mística quemada y curtida ya por el sol y la labor; y sobre todo, el paisaje, un paisaje sin engañifas ni trapacerías; el terruño bermejo, craso, destripado por el azadón y enseñando sus riñones, las patatas; allá en el fondo, el cómaro que limita el predio.—Y los colores chillones de las ropas, y el verde insolente de la vegetación, y el cielo brumoso—y la augusta verdad. Me embriago componiendo, olvido las mezquindades ajenas y propias; el cuadro adelanta; me parece que lo saco de mis entrañas; lo besaría.

Á las doce, la portera me sube un par de huevos estrellados y un chorizo frito.

—Déjelo usted ahí...

Ni lo miro. Incansable, continúo. Una contracción del estómago, una onda de saliva en la boca, me avisan de que la bestia pide su ración. Trago los huevos fríos (¡están atroces!), y vuelta al cuadro. ¡Es que sale bien de veras! Á las dos, la velada voz de la Ayamonte en la antesala:

—¿Que está enfermo?

—No, señora; un poco indispuesto ná más... Se ha acostao.

Y la voz, enronquecida:

—Si se empeora, avíseme, calle... número... Anochecido, volveré á preguntar.

¡Al diablo! Á mi recolección de patatas. Sin moverme, he pintado desde las siete de la mañana hasta las cuatro de la tarde; y ya no veo, siento vértigo, me duele todo; pero el cuadro está ahí, planteado, completo, faltando únicamente pormenores de ejecución. Me enderezo; las piernas me tiemblan; obscurece ya, y tambaleándome me dirijo á mi alcoba, me acuesto, me arropo con el poncho, y, sin transición, me quedo dormido con sueño profundísimo, de piedra.

¡Las diez de la noche! Duermo ha largo tiempo. Despierto aturdido, en la obscuridad. Doy luz eléctrica, y miro el reloj. Alboroto á la portera.

—Pronto, algo de comer... Al café de más cerca... Chuletas, magras, tortilla...

—Esa señora, la el retrato, dos veces ha venío á preguntar...

Una esquela á la Ayamonte, para fijar sesión. Que la lleven mañana temprano. Devoro la cena con placer de cerdo; me acuesto, lastrado, y otra vez el sueño brutal, abrumador, como un mazazo. Esto ha sido una orgía nerviosa, y claro, al salir de ella, la sedación se impone.

Febrero.—¡Incidente! La Ayamonte acude puntual al otro día, á las dos y media, á pesar de que hace un frío espantoso y cae una ligera nevada.

—¿Cómo ha atravesado usted? Caliéntese esos piececitos... Prolongaremos la sesión, porque hoy no vendrá, de seguro, nadie más que usted. Las demás modelos, con este día, y atravesar á pie la calle de Jardines...

Lo que he dicho es casi una inconveniencia. Lo noto, porque la veo fruncir el ceño; sus pupilas se llenan de sombra. Viene envuelta en pieles: jaquette de nutria, abierta sobre un corpiño de raso negro; boa muy largo, manguito enorme.

—¡Por Dios! No se vista hoy, señora—murmuro para hacer olvidar mi tontería.—Se agriparía usted otra vez. Estudiaremos las manos. ¿Me permite usted que?...

Avanzo y se las coloco; á mi proximidad la veo conmovida, y escucho distintamente, al través del raso, el salto impetuoso del corazón.

—Vamos, ya está... Me quiere...—pienso con marmórea indiferencia.

Y, en alto, la sarta de imbecilidades:

—Descansemos. Hablemos un momento... ¿Verdad que usted me lo permite? Tiene usted una mano divina.—En vez de besarla, me bajo y rozo con la boca la frente descolorida, tersa, el lacio pelo.

Primero, el movimiento instintivo, sin cálculo, de echarse atrás; luego, una sonrisa de resignación, aceptando probablemente la fatalidad de que el sentimiento haya de concretarse en el gesto eterno, monótono, sin diferencia ni respeto á la categoría de las almas. Yo, que por lo mismo que no siento hondo soy apremiante, nada trovador, veo la sonrisa, sé comprenderla, y adopto una actitud en que hay respeto y arrullo: medio sentado, medio inclinado, la rodeo el talle con un brazo, y mi mano busca el calor y la suavidad de la nutria. Acaso el contacto con la densa piel del animal es lo único que me produce grata sensación. Por lo demás, empiezo á encontrar que todo esto es ridículo, y que lo mejor sería estudiar las manos concienzudamente. Mientras discurro así, conservando mi dura lucidez, la rutina me obliga á murmurar al oído de Clara cosas tiernas, los inevitables “¿Verdad que tenía que suceder?”—los “¿Á que no te lo figurabas cuando entraste aquí?” La chubersqui, mal arreglada hoy, calienta poco; y el frío que me engarrota bajo la blusa de dril, es lo que me impulsa á acercar la cara á otra cara fría también como el hielo, y por la cual veo, con asombro, deslizarse despacio, glaciales, perlinas, dos lágrimas.

Con un movimiento de desagrado, compruebo en mi interior la extraña impresión de siempre: el instintivo desprecio hacia la mujer que se me rinde. ¿No hay en esto algo de anormal, no es una inferioridad de mi alma?—¿Ó es que me ha embrujado, al nacer, la celosa Quimera?

La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín.

Madrid.

Padrino mío querido: ¿á quién sino á ti ha de volver los ojos la pobre Clara, cuando se ve otra vez envuelta, arrebatada por lo que tú llamas mi huracán?

Bien sabes que no tengo á nadie más, padrino. Y mira si es triste repetir esta verdad, al punto en que el huracán sopla y me lleva en volandas. Los condenados por pasión, en el remolino del Infierno de Dante, van siquiera dos á dos, eternamente enlazados; á fe que eso sólo convertirá el infierno en cielo. ¡Ay del que gira y gira suelto, á incalculable distancia de quien debiera ser su compañero hasta más allá de la vida terrestre!

Veo desde aquí la cara preocupada y ceñuda que pones. Ahora te explicas por qué he dejado pasar tres ó cuatro semanas conformándote con postales lacónicas como telegramas. Padrino: aunque te quiero más y de otro modo que á un padre—¡ya lo creo! ¡con qué padre se tiene semejante confianza!,—y á pesar de todas tus doctrinas, experimento siempre confusión, sobre todo en los comienzos, mientras dura la penumbra y la indecisión del amanecer, y me da á un tiempo alegría y pena que te enteres, con encontrarme segura de tu indulgencia admirable de filósofo y de tu cariño infinito, tan probado.

¡Cuidado que te debo favores en este mundo! Déjame que los recuente: si no es por agradecerlos, no: si es por acariciarme el corazón con la memoria de que alguien me ha querido de veras y me seguirá queriendo sin cambio ni tibieza posible.—Si la desgracia de quedar huérfana tan temprano pudiese compensarse, me la hubiese compensado tu abnegación. Al principio dedicaste toda tu ciencia—¡mira si es dedicar!—á robustecerme: tuviste que pelear como una fiera, mejor dicho, como un héroe, con mi delicadísima complexión y mi propensión á recoger el contagio ó el germen infeccioso que pasase. ¿Te acuerdas de mi ataque de angina diftérica? ¿Querrás creer que constantemente te veo inclinado sobre mi camita, como eras entonces, con la tez morena, las barbazas negras, el pelo revuelto, negrísimo también, la frente pequeña, que ya surcaban precoces arrugas? ¡Ahora ha nevado sobre tu frente inteligente, y estás más simpático aún, padrino!

En aquel tiempo eras joven. ¿Por qué no te casaste? Nadie me quitará de la cabeza que por mejor consagrarte á mí. Al mismo tiempo que tratabas de formarme una sangre rica, unos pulmones anchos, me cultivabas—¡con qué precauciones de floricultor!—el entendimiento. Sin sujetarme á promiscuidades de colegio, enemigo de conventos, me educabas en casa, trayéndome aquella governes, la célebre y buena Miss Butter (á la cual ni tú ni yo reconocíamos la menor autoridad pedagógica), sólo para que me custodiase, á estilo dueñesco, cuando me daban lección profesores varones, escogidos. Y después de las lecciones, tú charlabas conmigo, me metías libros en las manos, me los quitabas apenas creías que me fatigaba la lectura; me llevabas á jugar en el Retiro, al concierto. El método lo aborrecíamos. Me decías tú:

—El estudio es igual que la comida. Si el estómago no está preparado, no apetece, no secreta el juguito que lo dispone á la función... se indigesta lo que se come.

En cambio, no me pusiste trabas ni antiojeras. ¡Qué de cosas aprendí, al correr de mi capricho, tan diferentes de las que suelen formar “la educación de las señoritas!” “Nada de método”, repetías. “Tú no has de seguir carrera; sólo necesitas conocimientos varios, útiles, hermosos, para que te sazonen el vivir y te afirmen la razón. No me he de meter yo en acotártelos. Tu instinto es buen guía, porque tienes mucho pesquis, Clara”. Pesquis yo, ¡pobre padrinito!...

Y toda esta independencia intelectual que me otorgaste, unida á solicitud incansable para facilitarme el aprender; á cuidados exquisitos para crearme “un cuerpo y una cabeza”... ¡la frase es tuya!—quisiste que la disfrutase igualmente en el terreno material; te volviste por mí lo que jamás has sido, hombre práctico y calculador; defendiste con dientes y uñas, hecho un curial, la herencia embrolladísima y casi perdida de mi madre, y me la sacaste á flote; y... vamos, ¿crees que no lo sé? ¡Si entre tú y yo no hay nada secreto, Doctor del alma!—Para ir colocando á interés los réditos de mi hacienda, con tu noble trabajo de gran médico sufragaste los gastos de la casa, los míos personales... ¡Ni en un ochavo se mermó mi caudal! Por ti me encuentro rica. Y mira si estoy convencida de tu ternura, que no me pesa ese beneficio que te debo. Me has enseñado que en materias de dinero la delicadeza es un grado de la moral, y el grado superior la supresión de la idea misma de delicadeza por el cariño. El tuyo, ¡tan puro, tan santo!, se ha revelado para mí en ese aspecto más. Mientras yo viva, no tengo hacienda: la tenemos. Pero no alimento esperanzas de darme nunca el gusto de corresponderte en este particular. Acuñas mucha moneda con esa sabiduría portentosa; y aunque derroches en suscripciones, libros, aparatos y viajes á las clínicas, siempre te sobra para traerme finezas caras de París.

Mira: donde he visto más de relieve el alcance de tu bondad para mí, no es en ninguna de estas cuestiones... Es en algo tan íntimo y tan singular, que sólo de ti para mí puede conferirse, porque nadie, ¡nadie! sería capaz de entenderlo, de interpretarlo con la elevación en que tú lo colocas... ¿Verdad que ya adivinas?

Mientras duraron mi niñez y mi primera juventud, me diste enseñanzas que revestían la sinceridad de la ciencia; y aunque no me mantuviste en ridículos y pueriles errores, por tal arte supiste respetar mi pudor, que mi imaginación se conservó limpia: más limpia acaso que la de muchachas á quienes se pretende rodear de misterios y mentiras ñoñas. Entretenían mi imaginación tantas cosas; me distraías tanto, estaba yo tan fuerte y tan alegre.—Por experiencia he sabido lo que es la vida blanca. Padrino, es muy bonita. Huele bien; huele á los ramos de violetas y reseda que me ponías sobre el tocador.

Recordarás cómo se arregló mi boda en la playa del Sardinero. No tenías tú gana ninguna de que me casase tan pronto; pero la parentela de mi madre, las tías San Benedicto, Teresa Vegarica, puede decirse que me llevaron de la mano al ara para unirme á mi primo Víctor Ayamonte. Lo del parentesco era lo que á ti te escocía más; confesabas que el primo reunía condiciones: gallarda figura, caudal bastante, carácter agradable y franco, vicios ignorados... “Pero, si tuvieseis hijos, el parentesco puede jugarnos una partida serrana...” En fin, con tu espíritu de respetar las decisiones ajenas, no te opusiste cerradamente, y yo fuí al altar gustosa, lisonjeada por el novio simpático y fino, que me envidiaban todas;—sin poner más condición sino que tú seguirías viviendo conmigo. Recordarás cómo se opusieron las necias de las tías; vamos, que armaron una gresca y soltaron unas pullas... ¡Brujas más raras! Y yo empecé á entusiasmarme con Víctor cuando exclamó: “Déjalas, primita, déjalas. ¿Quién va á gobernar en nuestra casa, ellas ó tú? Mándalas á freir espárragos. Eso de que la parentela se meta á disponer en lo más íntimo, sólo en los dramas se ve... El padrino ¡vaya! habitará con nosotros. Haré excelentes migas con el padrino”.

Recapacitando, yo afirmaría que los dos años escasos que duró mi matrimonio fueron felices. No hubo tiempo de que se acusase la profunda, irreductible diferencia de aspiraciones entre Víctor y yo; no hubo tiempo de que su afición al bullicio y su ligereza le apartasen de mí. En treinta meses sólo vi su amenidad de trato, su gracia de pájaro, su inagotable buen humor. Me trataba amigablemente; quería llevarme consigo á todas partes. Á ti te respetaba y te profesaba una deferencia y una fe que le ganaban, si no mi corazón entero, mi simpatía. Su hermana Adolfina, la hoy señora de Mendoza, era para mí una amiga; y sabes que todavía lo es: amiga superficial, amiga que no me pesa... Gentes así no marcan huella en el suelo. Las envidio. Conservo de Víctor el recuerdo que se tiene de una visita grata, en que no nos hemos aburrido un minuto, sin conmovernos un instante; su muerte fué la única impresión honda que de él he recibido. ¿Qué tendrá la muerte, padrino, que así lo solemniza y lo engrandece todo?

La de Víctor fué trágica; tragedia sencilla, de la realidad, pero que no por eso dejó de abrir surco en mí; según tu parecer, hasta trastornó mi equilibrio... ¿Te acuerdas? Todas las tardes salíamos Víctor y yo á pasear en coche; él guiaba. Aquella tarde quiso probar un potro andaluz, ya domado, según decía. Tú recelabas que yo asistiese á la prueba; y Víctor, con su finura y su complacencia de costumbre, se adhirió á tu opinión. “No, chiquilla, no vienes... Ya sabes que te llevo siempre; hoy, no. Padrino acierta en eso como en todo”. Hora y media después nos traían en parihuelas un cuerpo inerte, cubierto del polvo de la carretera. En la frente, con amoratada huella, se señalaba la herradura del caballo...

Cuando me viste envuelta en crespones, callada y abatida, el egoísmo del afecto se despertó en ti. “Oye—me decías,—no repruebo la tristeza, si sirve de algo; pero, estéril, debemos combatirla como enfermedad; y lo es. ¡Á viajar! Te vienes conmigo, por Europa...” Viajamos; me enseñaste Italia, Suiza, parte de Alemania... En este memorable viaje empezaste á desarrollar tus teorías, que tanta influencia ejercitaron sobre mi destino. Al principio les encontraba el amargor de la quina; poco á poco, mi paladar se habituó á ellas, y hasta las saboreó.

—La casualidad—dijiste—te ha dejado viuda á los veintitrés años. Soltera, no me atrevería á hablarte así hasta los treinta. Viuda, es otra cosa. Lee el Código, y verás que la mujer no es dueña de sus acciones hasta que enviuda. Lógicamente, todas debierais desear la viudez.

—Lo que es yo...

—¡Ya sé...! Has sentido á Víctor muerto, más que le has amado vivo. El caso es frecuente, y también se da el contrario. Tus sentimientos son propios de tu idealismo. Víctor, difunto, no tiene defectos; lo que había en él de peligroso para tu porvenir, no saldrá á luz. ¡Á lo presente! Triste ó contenta, eres libre, ¡libre! ¿Comprendes el alcance de la palabra? Y no sólo eres libre por la situación legal en que te hallas, sino por la posición social; porque la fortuna es libertad, y la clase elevada, libertad también si se saben aprovechar sus privilegios y hasta sus formulismos. Sin embargo, niña, la deliciosa esencia de la libertad no has de extraerla de esas circunstancias externas, sino de tu voluntad misma, de tu ánimo resuelto á no dejarse encadenar. De poco sirve poseer las condiciones de la libertad, si no tenemos un alma libre.

¡Ya ves que no he olvidado tus palabras! Me decías esto en Ginebra, en la terraza del hotel, desde el cual veíamos la azul extensión del lago. Te habían servido el café, y entre sorbo y sorbo, antes de encender el cigarro, desarrollabas la idea que yo al pronto no comprendía.

—Padrino—exclamé,—¿eso significa que, para no enajenar mi libertad, no debo volver á casarme? Te aseguro que si hay algo que esté á mil leguas de mi pensamiento...

Tardaste en responder. ¡Cómo se te anudaban en la garganta las frases! Con decisión de operador, al fin fuiste penetrando en los tejidos, cortando y resecando lo que te parecía que me dañaba.

—No es eso precisamente; no se trata de una precaución material para asegurar la libertad; yo quisiera ir más allá y libertarte en lo íntimo de tu conciencia. Si fueses hombre, sería innecesario; la vida, para el hombre, es desde muy temprano escuela de libertad, hasta de licencia. Pero tú, ¡pobre mujer! dentro de ti misma están tu cadena y tus hierros.—No te alarmes. Ahora empieza tu juventud, y es verosímil que se despierte en ti el sentimiento amoroso, con toda la intensidad que tu idealismo ha de prestarle...

—¡No lo quiera Dios!—exclamé.

—Supón que lo quiere...—contestaste con la voz atascada por la faena de encender tu Londres.—Cuando eso suceda, niña, es preciso que tengas formada la convicción de que tan natural fenómeno y... sus consecuencias, ni rebajan tu dignidad, ni quitan ni ponen á tu personalidad moral, mientras se desarrollen en el terreno propio de tu carácter, que es generoso y bellísimo. Tus pasiones, siendo como tuyas, en nada te deshonrarán: si las sustraes á la malignidad del mundo, procederás con cordura, como procede el que se defiende de una fiera dañina; pero eso no es lo que importa: es que en tu interior no te creas humillada ni culpable porque te suceda lo que viene sucediendo á la humanidad desde su origen. Contra esa falsa, injusta preocupación, quisiera defenderte, pertrecharte...

—Padrino—dije de muy buena fe,—se me figura que no llegará el caso. Contigo, y dueña de mí, es como seré dichosa.

Sacudiste la cabeza, sonreíste.

—El caso llegará. Y aun es fácil que sea, no caso, sino ¡casos!

¡Ay, padrino! Me pareciste brutal; protesté con enojo. Si no lo has olvidado, perdónalo. Me levanté, y dejándote solo en la mesa, me puse de codos en la baranda. Anochecía: algunas luces empezaban á brillar en las quintas que rodean el lago y lo ciñen de verdor con las altas coníferas de sus parques; la nieve de los picachos, en segundo término, era como reflejo vago, luminoso, que de repente vino á colorear de rosa y naranja el último rayo frío del sol; debajo de mí, casi á plomo, una barca se deslizaba por el Lemán, acercándose al embarcadero: un barquero remaba, y una pareja de turistas (sin duda jóvenes, aunque ya la semiobscuridad confundía sus figuras) ocupaba el fondo de la embarcación, á popa. Me pareció que iban embelesados en coloquio de amor, y me quité de la baranda, irritada y descontenta de ti, de mí, de todo.

En algún tiempo no volviste á tocar la conversación peligrosa; seguimos viajando; recorrimos otros lagos, otras ciudades... y con habilidad que me admira en ti, dado tu modo de ser franco y directo; no desperdiciando ocasión; aprovechando los recuerdos y las impresiones de historia y de arte, humorísticamente unas veces, con gravedad otras, fuiste trayéndome al terreno en que deseabas situarme, y gastando con la lima de una discusión serena mis ingenuos radicalismos. Penetraban en mí tus doctrinas de un modo insensible; si me hubieses preguntado entonces, respondería con sinceridad que nos encontrábamos en completo desacuerdo y que tú sostenías cosas del todo antipáticas para mí. Encontraba placer en repetirte que no estábamos conformes, en refutarte (así lo creía) con argumentos de un exaltado romanticismo; y mientras lo hacía, allá dentro de mí, hasta lo más recóndito de mi pensar, como flechas certeras que rasgan la carne y cortan el hueso hasta el tuétano, penetraban tus razonamientos, tus ironías, tus indignaciones contra la mentira social, los convencionalismos absurdos y las leyes del embudo, aceptadas dócilmente por sus propias víctimas. Dos razones imagino que se aunaron para predisponerme á recibir tan amargo evangelio. Una, que me parecía inadaptable á la realidad, pues yo había decidido que nunca semejantes doctrinas tendrían para mí aplicación práctica, y las escuchaba como el terrestre, que ni sueña en embarcarse, oye bajo los plátanos de un paseo el relato de naufragios que le hace un atezado marino. Otra, que entre lo acerbo de tus enseñanzas venía lo tónico de la idea de justicia, que me habituaste desde la niñez á considerar eje del mundo moral; y á favor de esta idea, se infiltraban en mí las consecuencias que de ella deducías.

Tuviste el acierto de aparentar creer que no me habías convencido; y cuando volvimos á Madrid renunciaste á tus predicaciones, dejando que lo sembrado germinase poco á poco, al calor de la vida, la gran germinatriz. El retiro que me imponía el luto se hizo menos severo. No ignoras quién empezó á sacarme de mis casillas. La propia hermana del muerto, Adolfina Mendoza, que me encontraba ridícula con mi eterna lana negra y mis paseos por la Moncloa y el Pardo:

—Hija, todo lo que se exagera... Año y medio pasado... Ya debías usar seda y pailletés negros... Ea, mañana vengo y te llevo á casa de mi modista.

Insensiblemente dejé el crespón; mi juventud pareció renacer, al soltar la librea de la muerte. Sin razonar la causa, me sentí alegre, dispuesta á sacar partido de lo más insignificante, para gozar como una chiquilla. Adolfina aprovechó mis buenas disposiciones. ¡Qué admirado estabas tú de verme tan disipada!

—Me gusta que te diviertas, niña... pero el vértigo de Adolfina no está en tu naturaleza; te cansarás.

Se realizaron tus presunciones; á fines del invierno, sentí necesidad urgente, física, de calma y soledad, y nos refugiamos en Toledo, donde pasamos aquel Febrero delicioso, con tiempo espléndido, recorriendo callejas y revolviendo historias. El fondista, al hablar de ti, me decía: “Su papá...” Nos reíamos; saboreábamos el bien de encontrarnos solos, libres del visiteo, del mentireo, de la frivolidad, de la nada. Una tarde, sentados en el admirable Miradero, volviste á la tema antigua. “Revístete de fuerzas, pequeña, porque amaga la crisis... Te acercas á los veinticinco años. Experimentas ansia de reconocerte á ti misma; te vas á reconocer por el sentimiento. Este afán de huir de Adolfina y del mundo es un mal síntoma...” Te contesté chanceando, y nunca supiste que aquella misma noche, al encerrarme en mi habitación, al abrir, como siempre, la ventana, antes de mi aseo nocturno,—vi claro en mi arcano, y sufrí el primer acceso del mal que acabará conmigo...

No revistió el acceso forma penosa; al contrario. Fué una exaltación, una embriaguez dulce y violenta de mi espíritu, que comunicaba á mi cuerpo ligereza y fluidez, desprendiéndolo, por decirlo así, de la tierra. Aquel cielo sombrío que la ventana encuadraba, figurábame yo tener alas para cruzarlo. En estados de ánimo así conciben los hombres las empresas reputadas imposibles, los altísimos hechos, las sublimes locuras.

Pasé la noche desvelada por mi venturosa fiebre, y al otro día tú me viste tan descolorida, que resolviste la vuelta á Madrid, donde te reclamaban tus tareas profesionales. Mira: en Madrid, ¡vé tú á adivinar por qué!, la noche de Toledo, la revelación de mi estado de alma, se me antojó que era devaneo de la imaginación; que no respondía á nada real. La frialdad absoluta con que veía á los galanes de sociedad, me tranquilizaba enteramente. Aún no había yo observado entonces este rasgo característico mío: el extremo del indiferentismo... hacia los indiferentes. Á él debo el respeto con que se me trata, á pesar de murmuraciones. Tal vez los galanes creen que cuando ellos no nos impresionan, es que no somos impresionables.

¡Ay, Dios! Esta carta se alarga hasta lo infinito, y es hora de llevarla al correo... Se continuará, padrino; escríbeme, confórtame. Lo necesito más que nunca.

Clara

El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid.

Berlín.

Niña de mi alma: á pesar de que ando loco de quehacer con los estudios y experiencias objeto de mi viaje, contesto á correo vuelto á tu carta, que he quemado, y en la cual me dejas á obscuras de lo que hoy te sucede. No me sorprende tu proceder: conozco su origen. Es el pudor, una creación artificial y, sin embargo, fuerte como los instintos naturales en el alma femenina. Deseas hablarme de lo único que hoy existe para ti, y te da vergüenza, y lo retardas con esas excursiones por el pasado. ¿Creerás que engañas al padrino? Ya es viejo, pequeña; y además, ¡su terrible profesión le ha dado tantas ocasiones de analizar!

Tú habrás oído por ahí, á los profundos psicólogos y psicólogas de salón, que pierden el pudor las mujeres cuando quieren de veras más de una vez. Si esas mujeres son de tu temple, di que, por el contrario, la susceptibilidad pudorosa se les exagera. Á tu inteligencia no se oculta la razón.

Clara, Clara querida: tu mal consiste, te lo he dicho y te lo repito, en un exceso de elevación moral unido á una sensibilidad demasiado viva. Ojalá—no me llames bruto—fueses una mujer de más bajas y materiales inclinaciones. Lo inferior se encuentra donde quiera. Lo inaccesible es ese ensueño tuyo, esa aspiración ardorosa que trae de la mano el desengaño y la caída del cielo. Cuando te he visto en el suelo, magullada, palpitando, rotas las alas, he lamentado que seas ave y no insecto ni alimaña. Así, sin más retóricas.

Si fueses hombre, á tu edad no padecerías ya tales anhelos, y tendría tu vida direcciones objetivas, algo que la llenase y en que gastases tu actividad y tus fuerzas. Ya ves, á mí me ha sucedido eso. Sentí... como cualquiera; sufrí, no desengaños, pero dolores, y el trabajo y la ciencia me salvaron. Eres mujer: no tienes refugio.

No necesito aplicar á tu alma los rayos con que registramos pulmones, arcas de pechos y cañas de huesos en esta sorprendente clínica. Te he estudiado día por día; te conozco. Y tu viejo padrino, al conocerte, te quiere más, con piedad y ternura más sagrada. Tus males proceden de que eres superior, en la esfera del sentimiento, á las mujeres que te rodean, y que, como Adolfina, no conocen sino los estímulos de la vanidad ó la impulsión orgánica. Tú padeces una idealitis crónica. Este padecimiento no es vulgar; sólo ataca á privilegiadas organizaciones. Yo esperé que, pasada la primera juventud, pactarías con la realidad en una forma ó en otra... ¡En la que te fuese más grata y fácil! Veo que no: y ante el hecho, me inclino—pues para ti, la sola realidad, es ese mundo que llevas dentro.

¿Qué te podrían decir mi experiencia y mi cariño que no te diga el recuerdo de tan rudas decepciones? Y mira, Clara, decepciones han sido; pero no acuses á los que te las causaron: acusa á tu exigencia de grandeza, de heroísmo sentimental,—parecida á la del artista, que en cada modelo fantasease la perfección absoluta de la forma.—Tú eres inteligente; y cuando tu corazón no está interesado, sabes observar los defectos y miserias de la gente con la agudeza propia de tu sexo. Así que interviene la pasión, esta facultad queda abolida. El que encarna tu ideal es un ser aparte: le supones todas las cualidades y excelencias de tu magnánima condición, todas las vibraciones exquisitas de tu alma soñadora; le vistes la cota del paladín, ó le cuelgas alitas, ó le rodeas de aureola, y con la sinceridad más generosa, das por hecho que está bebido el filtro, y que como Tristán é Iseo, cruzaréis la existencia sin atender más que á la virtud del conjuro. ¿Qué ha de suceder, niña eterna? Ellos son hombres, muñecos de barro, de ese barro que cada hora desorganiza—¡si lo sabrá un médico!,—de ese barro concupiscente en que bullen gusaneras de apetitos y mezquindades... ¡Barro! Ni aún. El barro se conserva, la obra del alfarero prehistórico llega á nosotros. El barro humano es limo corrompido. No puede darle consistencia ni el fuego de la pasión más sublime.

¿Qué nuevos martirios se te preparan? Si mi presencia puede servirte de algo, á pesar del compromiso de honor profesional en que estoy metido, á pesar de ciertos ensueños—también los tengo yo,—lo plantaré todo y me largaré. Aciertas: no tienes más que á mí; dispón de mí: me harás dichoso. Y, en todo caso, escríbeme sin ambages. Ya estarás persuadida de que deploro y maldigo tu mal; pero te estimo, justamente por él. Es lo que yo quería inculcarte, anticipadamente, para evitarte inútiles torturas morales, en nuestro viaje por Suiza, y después, y siempre... Estímate, estímate mucho: la estimación propia es el tónico más eficaz que conozco. Adiós, enfermita mía. Te daría su salud, su prosa, y no su edad, tu amantísimo padrino,

Mariano

La Vizcondesa de Ayamonte, al Doctor D. Mariano Luz Irazo, en Berlín.

Madrid.

Padrino querido: Me defines muy bien en la carta que acabo de recibir, y, con todo, un alma es selva tan obscura, que voy sospechando si hay en la mía rincones donde no penetran tus rayos X. El día en que en Toledo me asomé á aquella ventana, y sin fijar en nadie mi pensamiento sentí la revelación de la pasión con todo su poderío, lo que me causó una alegría extraña fué reconocerme capaz de sentir tanto, tanto. Descubrí tesoros, que me asustaron, pues todo lo inmenso asusta; pero me inundó un regocijo como el que experimentan los héroes al convencerse de su valor. Los horizontes de mi vivir, hasta entonces vacío y sin sentido, se dilataron, irisándose con tintes mágicos. Ya ves, yo á ningún hombre quería; después de aquella memorable noche, aún tardé bastante en concretar mis indeterminadas esperanzas; la revelación fué, pues, de mí misma, de las profundidades de mi propio corazón.

Al pronto no me dí cuenta exacta de esto, padrino. Equivocándome, busqué fuera de mí el manantial que en mí brotaba tan abundante y, á mi parecer, tan puro. Me lo enturbiaron; pisotearon su nacimiento... Culpa mía fué, seguramente, porque mi locura igualó á la del que, poseyendo una perla única, quisiese descubrir la compañera en la primer joyería que encontrase. Yo tendré, allá en cualquier país, mi compañero; mas ni él sabrá de mí, ni yo de él. El filtro de Tristán é Iseo se bebe, pero no lo beben dos juntos. Uno solo, padrino.

Cansado estás de conocer los episodios de mi historia. Hemos convenido en ponerles una cruz negra, emblema de lo que murió; el caso es que no basta querer enterrar las cosas. Murió, sí, lo mejor: la ilusión, la fe, la ternura. No murió lo infinitamente malo, lo que ha depositado en mí un sedimento que tal vez ni sospechas... Te afligiría, padrino, si te metiese en las cuevas sombrías de mi pensamiento. Hacía tiempo que te hallabas contento viéndome descansar y reponerme de aquel último golpe, el más traidor y el más imprevisto. No podrás adivinar qué género de trabajo lento, insensible, se producía en mí, ni cómo la desesperación desordenada de los primeros instantes, que tanto te dió que hacer como médico, se transformaba en la apatía sorda, en la depresión hondísima, predecesora de las grandes crisis. Así calificas tú este fenómeno... y en mí, ¿lo has adivinado?...

Vamos á lo presente. Sin ambages: quiero otra vez. Es un artista genial, joven, cuyas facultades no han podido desenvolverse y afirmarse todavía. La necesidad de subsistir le obliga á dedicarse á un trabajo que forzosamente ahogará los gérmenes de su gran talento. Retrata al pastel, adulando á sus modelos, y no le queda tiempo ni tiene medios de luchar como corresponde para ganar su puesto al sol de la gloria.

La prueba, padrino, del cambio que se ha verificado en mí, es el propósito que tengo y que sólo depende de tu aprobación... Se acabaron las tonterías, el empeño de encontrar la otra perla. Giro en el remolino del Infierno, pero giro suelta, ya lo sé. Mejor dicho: lo presiento, lo comprendo, y lo único á que aspiro hoy, ya que mi mal es incurable, es á que me permitan hacer bien al ser querido. He pensado ofrecer á este artista (el hombre más desinteresado de la tierra) mi mano. Con ella va la fortuna, el medio de realizar su vocación. Conozco lo arriesgado del paso que voy á dar; conozco que enajeno mi libertad, y cometo (así te expresarías tú) la única locura hasta la fecha milagrosamente evitada. No puedo menos. Me avasallan con violencia dulce dos sentimientos: ansia de purificación y anhelo de sacrificio. Es la forma actual de mi apasionamiento; ahora mi fuego arde así. Cierta de no encontrar en los demás la abnegación, la descubro en mí, en mis propias entrañas.

Padrino, espero tu consejo..., y lo temo, porque me quieres demasiado, con excesivo egoísmo amante. Entiéndeme, padrino; explícate, por Dios, mi sentir; no me protejas contra lo que me ha de hacer algo menos indigna de esa estimación de mí misma, que tanto recomiendas á tu

Clara

El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid.

Berlín

Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.

¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder, que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á alguien con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del cuchillo á la garganta!

Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas. Tuyo,

Mariano

Marzo.—En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la marquesa de Camargo:

—¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!

La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa. Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en alto:

—Busco otro taller, con ascensor... No lo he encontrado por ahora.

La verdad era que, á pesar de la afluencia de retratos, andaba todavía alcanzadísimo de moneda, sangrado por los sablazos de parásitos y zánganos como Crivelo, convencido de su incapacidad para la crematística. Á fuerza de sermonearle la baronesa de Dumbría, había resuelto hacerla su depositaria, y la confiaba, al cobrar un retrato, pequeñas sumas. Era el tesoro de guerra, para mudanza, viajes, enfermedades posibles...

La otra dama, rechoncha, mal ceñida, de faz lunar, era la duquesa de Calatrava, ex-belleza del reinado de Alfonso XII. La obesidad, desbaratando las facciones finas, apenas permitía adivinar lo que pudo ser el antaño gracioso semblante; y ayudaba á desfigurarlo espesa capa de blanquete y dos tiznones que se proponían agrandar los ojos. La Camargo, flaca, cobriza teñida, de tez estropeada por el artritismo, bien corsetada, silueta aún elegante y juvenil, indignó á Silvio un poco menos.

—Á ésta—calculó,—escogiendo bien la trapería y sacando partido del talle... Pero el otro fardo, ¡en cuántas triquiñuelas va á meterme! Tendré que reconstruirla según sería en 1876... No transigirá con menos... ¡Y el escote! Lo adivino. Veo asomar los encantos, como dos medias vejigas de grasa... Habrá que acudir al vaporoso boa de plumas ó al socorrido abrigo de pieles, negligentemente echado...

Mientras hacía para sí estas reflexiones crudas, Silvio, defiriendo á una indicación de las dos damas, enseñaba los retratos comenzados, los volvía de cara, los traía á la luz. Y las señoras sonreían, cuchicheaban burlonamente:

—¡Ay, Celita Jadraque! Mira las perlas del hilo. No han engordado poco. Parecen las que venden en La Ciudad de Constantinopla á peseta la sarta. ¿Las vió usted por vidrio de aumento?

Silvio, nervioso ya, no respondía, y seguía exhibiendo sus pasteles.

—¡Lina Moros!—exclamó la Camargo.—¿Ha venido por fin? Pues si nos dijo que, á pesar del empeño de la Palma, no vendría; que no la daba la gana de estarse aquí las horas muertas aburriéndose.

Por toda respuesta, Silvio, crispado, colocó á ambos lados del primer retrato de Lina otros dos en preparación: uno de blanco, vivo contraste con la beldad morena; otro, con traje ceñido, obscuro, que moldeaba las airosas formas estatuarias. La Camargo y la Calatrava se miraron, y el comentario fué una ligera carcajada.

—¡Clarita Ayamonte!—dijeron después, al presentar Silvio un alto cuadro, casi de cuerpo entero.—¡Qué bien está! La hace usted mucho más guapa, y lo que nunca fué, muy elegantona. Ella siempre valió poco, y está atropellada como si tuviese cincuenta años; pero así y todo hay parecido, además de una creación poética.

Silvio sintió que montaba en cólera. Quería tratar con miramiento á las damas, muy influyentes en sociedad: la Calatrava, por el altísimo copete; la Camargo, por el círculo escogido que sabía formar á su alrededor; pero cuando los nervios de Silvio se encalabrinaban, el demontre. En su interior resolvió:

—¡Si éstas suponen que he de retratarlas!...

Justamente, un segundo después la Calatrava manifestó su deseo. Lo hizo con cierta displicencia, segura de dispensar un favor.

—Vendríamos... La hora se la avisaríamos á usted por teléfono cada vez... Porque si no, no seríamos nada exactas, ¿verdad, Angustias?—añadió, volviéndose á la Camargo.—En esta época del año no sé cómo se arregla, que está uno de un ocupado... ¡Es terrible!

—Lo siento en el alma, duquesa—respondió Silvio expeditivamente.—Ni fijando hora ustedes, ni fijándola yo, me sería posible, en mucho tiempo, encargarme de su retrato. Yo estoy de un agobiado de encargos, que ustedes no se pueden formar idea...

—¡Ah!—repuso, mordiéndose el labio y dando al codo á su amiga, la Calatrava. Un instante la sorpresa las paralizó. Ya se entendían las dos para una retirada hábil, que no dejase transparentar despecho, cuando la puerta del taller dió paso á un caballero de buen porte, no atildado, de aventajada estatura, de madura edad, de pelo y barba grises, casi blancos; y las dos damas le saludaron con ese afable apresuramiento que en Madrid, tierra de gente expansiva, se tributa á los que han estado ausentes, al regresar.

—Doctor, Doctor... ¡Bienvenido!

—¡Gracias á Dios!—repetía la Camargo—¡No nos estaba usted haciendo poca falta! Yo no he tenido un día bueno mientras usted rodó por esos mundos... ¿Puede usted ir mañana á mi casa?

—Desde luego, marquesa.

—¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?

—No á eso sólo—declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con sencillez á sí mismo.—Vengo á que también me retraten á mí: digo, si el artista está conforme...

—¿Pues no he de estar?—gritó aturdidamente Silvio, emocionado.—No sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?

—Dé usted las gracias, Doctor—pronunció la incisiva voz de la Calatrava.—Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...

Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones le subía, irresistible, á la boca:

—El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un año como ahora.

Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando para despedirse, soltó en voz agridulce:

—La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...

Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un silencio que lo demostrase, cuchicheó:

—Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...

—No entiendo, duquesa.

—Es usted muy nuevo en estos círculos—lanzó la Camargo, que no quiso guardarse la pulla.

Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido, recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:

—Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises, arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de encajes y rasos.

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