CAPÍTULO XIV Otro esfuerzo.
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Habia principiado el mes de Octubre, y Alfredo no volvia, ni nadie tenia noticias de su paradero.
Cada dia que pasaba era, por consiguiente, más crítica la situacion de la desgraciada hija de don Pascual.
Bien pronto le seria imposible ocultar su falta á los ojos del mundo, y mucho ménos á los de su padre, que por torpe que fuese era padre al fin, y debia penetrar con la mirada mucho más que el mundo.
Para la madre no era ya un secreto aquella espantosa desgracia, y por consiguiente habia empezado á expiar sus debilidades y á sufrir las consecuencias de sus necedades y extravíos.
La mayor parte de la responsabilidad debia caer sobre ella por no haber sabido evitar que su hija se perdiese, y aunque don Pascual era un hombre demasiado bueno, demasiado indulgente y tímido hasta la exageracion, su esposa temblaba.
Nunca le habia tenido miedo á su marido, y entonces se sentia poseida de terror.
Este cambio consistia en que su conciencia la acusaba, y cuando la conciencia no está tranquila, el más valeroso se vuelve cobarde, y tiembla y se aturde el que ha dado pruebas de más serenidad.
La madre y la hija pasaban el dia conferenciando y buscando medios para salir del apuro; pero cavilaban inútilmente.
Sin Alfredo nada podian hacer, y este no volvia, y ni siquiera se comprometia escribiendo una carta.
El miserable debia tener bien meditado su plan, y no podia dudarse en cuanto á sus intenciones desde el primer momento en que fijó la atencion en Paquita.
Ya lo hemos dicho: desgraciadamente referimos una historia que es algo más que verosímil, puesto que es verdad.
En los momentos de suprema angustia se trastorna la cabeza más firme, se cometen todas las torpezas, se hace todo lo que es inconveniente, resultando que la situacion se agrava.
Los que sienten demasiado no piensan como los que están en completa calma, ó lo que es igual, cuando el sentimiento se excita hasta cierto grado, cambian las ideas, porque todo se ve á través de un prisma que con frecuencia nos engaña.
La criatura es propensa á creer que todo el mundo ha de tomar en consideracion sus sufrimientos, ó que estos son de más importancia que los que agobian á los demás, y de aquí resulta muchas veces el desengaño ó el desencanto cuando se ve que el mundo escucha con fria indiferencia el relato de aquellos dolores.
La esposa y la hija de Bonacha debian extraviarse en este sentido, y debian sufrir nuevos y terribles golpes que acrecentasen su martirio.
Creyeron que ante todo debian averiguar á toda costa dónde se encontraba Alfredo, para escribirle amenazándole con el escándalo.
¿Quién podia darles la noticia que deseaban?
Nadie mejor que el conde de Romeral, y hé aquí cómo Juanito podia prestar un gran servicio á la familia Bonacha.
—Aunque Juanito lo sepa,—dijo la hija,—lo ocultará, porque como se ha empeñado en que yo me case con él, no le conviene que continúen mis relaciones con Alfredo.
—Todo puede arreglarse.
—Esto no.
—Me ocurre una buena idea.
—¿En qué consiste?
—Acudiremos á doña Robustiana, y ella se encargará de obligar á Juanito á decir cuanto sepa.
—Pero cuando doña Robustiana vea nuestro empeño, sospechará lo que no es menester que sospeche.
—¿Y por qué ha de sospecharlo?
—Porque á cualquiera le ocurre que cuando una mujer persigue á un hombre con tanto empeño y tenacidad, es porque hay algo que la liga á aquel hombre, y ese algo no puede ser más que una cosa, no puede ser más que mi situacion horrible.
—Pues, hija mia, el que no se embarca no pasa el mar, y algo es preciso exponerse á perder, si ha de ganarse algo.
—Me horroriza la idea de que mi secreto...
—Piensa que doña Robustiana tiene buen corazon, y aunque ella sepa la verdad, no hay miedo de que á nadie se la diga.
—No me atrevo.
—Iré yo sola y le diré que tú no sabes que doy semejante paso, sino que es cosa mia, porque te veo sufrir mucho y quiero hacer lo posible para devolverte la calma.
—Siendo así...
—Hoy mismo iré.
Paquita suspiró y guardó silencio.
¡Cuánto hubiera dado por poder borrar de su memoria aquellos dias deliciosos que pasó en la casa de campo!
La esposa de don Pascual fué á ver á la viuda.
—¿Y Paquita,—preguntó doña Robustiana,—está enferma?
—No, aunque le sobran motivos para estarlo.
—Supongo que alude usted...
—Sí, á ese perjuro que ha hecho creer á mi hija que la adora y le vuelve repentinamente la espalda.
—Les hice á ustedes la advertencia...
—Ya era tarde, porque mi pobre hija se habia enamorado.
—¿Y no escribe?
—Ni se sabe dónde está.
—Pues ya es cosa de que den ustedes por terminadas esas relaciones.
—Por terminadas las da Paquita, y jura que no perdonará al que la ha engañado, aunque ahora volviese arrepentido; pero como al mismo tiempo sufre mucho y yo soy su madre, quiero hacer todo lo posible para evitar que mi pobre hija pierda la salud. Se pasa las noches enteras sin dormir, apenas come, llora sin cesar y no sabe hablar sino de la muerte. Le aseguro á usted, doña Robustiana, que estoy pasando lo que no ha pasado ninguna criatura, y á todo esto, tengo tambien el tormento de mi marido, que no hace más que decir que la culpa es mia, porque consentí esos amores, y para que nada falte á mi desesperacion, se ha empeñado en hacer renuncia del empleo, diciendo que no quiere deber nada al que ha engañado á su hija.
—Nada de eso me sorprende, porque don Pascual es muy severo, muy delicado, y no transige con cierta clase de cosas.
—Y en este apuro y no sabiendo qué hacer, acudo á usted sin que Paquita lo sepa.
—Si á costa de cualquier sacrificio me es posible remediar su desgracia, ya pueden ustedes considerarse dichosas.
—Hasta hoy me he concretado á ver, oir y callar; pero ya estoy decidida á tomar parte en este asunto, y quiero escribir á ese hombre por si consigo más que mi hija.
—Pero si no saben ustedes dónde se encuentra...
—En eso precisamente consiste el favor que usted puede hacerme.
—No comprendo bien...
—Voy á explicarme.
—Sí, sepamos.
—No es posible que el conde de Romeral ignore dónde se encuentra el que, sobre ser su amigo íntimo, ha de casarse con su hija.
—Empiezo á entender.
—Y si el conde lo sabe...
—Debe saberlo Juanito, ¿no es verdad?
—Eso he querido decir.
—Y usted desea que yo...
—Le pregunte á Juanito como mejor le parezca; porque si nosotras lo hacemos...
—La comision es delicada.
—Tiene usted con Juanito mucha influencia.
—Me respeta bastante, no lo niego.
—Entonces...
—Intentaré dejarlas á ustedes complacidas, y abrigo la esperanza de conseguirlo así.
Doña Robustiana, dando una prueba de delicadeza y de nobles sentimientos, no hizo ninguna pregunta ni alusion que pudiera mortificar á la esposa de Bonacha.
Despidióse esta, y se fué tan satisfecha como podia estarlo en su situacion.
—¡Pobre Paquita!—murmuró la viuda.
Habia adivinado la verdad, porque no era difícil adivinarla.
Aquella misma noche fué Juanito algo más temprano que de costumbre, y así pudo la viuda desempeñar con más libertad su comision.
—Amigo mio,—dijo doña Robustiana,—preciso es que me dé usted otra prueba de franqueza y de generosidad.
—Dispuesto estoy.
—Acuérdese usted que tengo ya su palabra.
—Y la cumpliré.
—Quiero saber cómo puede dirigirse una carta á don Alfredo de Saavedra.
Palideció Juanito y quedó, silencioso por algunos minutos.
Le era muy fácil mentir sin que la mentira se descubriese; pero no quiso hacerlo, aunque ignoramos si al decidirse á decir la verdad lo hacia para cumplir su palabra ó con dañada intencion.
—Señora,—contestó al fin,—aunque nadie me obliga, seré franco.
—No espero otra cosa de usted,—dijo doña Robustiana.
—Don Alfredo de Saavedra está en Lóndres.
—¿Pero cómo debe dirigírsele una carta?
Por toda contestacion sacó Juanito su cartera, y con el lápiz escribió algunas líneas.
Luego arrancó la hoja, se la presentó á la viuda, y le dijo:
—Esas son las señas exactas, y si se le escribe y no contesta, la culpa no es mia.
—Gracias.
—He cumplido mi deber.
—Su generosidad tendrá algun dia la recompensa que merece.
Juanito desplegó una sonrisa amarga.
—Me parece,—añadió la viuda,—que la hija de don Pascual ódia ya á don Alfredo de Saavedra.
—¿Y por qué se afana tanto por él?
—Esto es ya una cuestion de amor propio.
—Cuestion que le costará muchos disgustos.
—Así lo creo; pero cuanto más duro sea el desengaño, más probabilidades hay de que usted, sea correspondido.
—El tiempo lo dirá.
Se presentaron otros amigos, y la conversacion fué interrumpida.
A las once de la siguiente mañana volvió la esposa de don Pascual á ver á su amiga, y esta le entregó el papel donde estaban las señas.
Sin perder tiempo escribió Paquita, suplicando, amenazando, evocando recuerdos y pintando con los más vivos colores su dolor y su desesperacion.
Esta última carta era mucho más elocuente que la que ya hemos dado á conocer.
La llevaron al correo y la certificaron, para que así no les quedase duda de que Alfredo la habria recibido.
Otra vez contaron los dias con una ansiedad inconcebible.
Apenas salian de casa.
El honrado don Pascual continuaba triste y meditabundo, y de vez en cuando hablaba de su propósito de dejar el empleo que debia al que habia engañado á su pobre hija.
¿Qué resultado produciria esta carta?
Suponemos que el mismo que las anteriores, pues desde que Alfredo dió los mil duros debieron desvanecerse todas las esperanzas de Paquita.