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La Gente Cursi

CAPÍTULO XIII Borrascas matrimoniales.

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Adela no sabia quién era aquel hombre; pero le preguntó:

—¿Tiene usted noticias de mi esposo?

El novio de Juana apretó los puños y respondió:

—Por desgracia, sí.

—¡Dios mio!...

—No se asusten ustedes, porque la única persona que pierde en este juego soy yo, y he venido por si les parece bien emplear su influencia y hacer de modo que el asunto se ponga en claro. No digo que haya nada de particular; pero, en fin, cuando á uno se le pone algo entre ceja y ceja... Yo conozco bien que pueden ustedes tener un disgusto; pero no me quedaban más que dos caminos, el de hacer esto ó el de tomar la justicia por mi mano, y han de saber ustedes que aunque soy un hombre muy pacífico, cuando se me sube la sangre á la cabeza cierro los ojos y hago una barbaridad con mucha frescura.

¿Qué queria decir Manolo?

Doña Cecilia y Adela le miraron sorprendidas.

—Si no se explica usted con más claridad...

—Me explicaré.

—¿Qué le ha sucedido á mi esposo?

—A quien le ha sucedido es á mí.

—¿Pero dónde está?

—Con ella.

—¡Con ella!—exclamó Adela, en tanto que su rostro se cubria de mortal palidez.

—¡Con ella!—gritó doña Cecilia, de cuyos ojos se escaparon dos centellas.

—Eso es.

—¿Y quién es ella?

—La Juanita.

—¡Juana!... No sabemos...

—¿Acaso no se acuerdan ustedes de una criada que tuvo doña Robustiana del Peral?

—¡Aquella relamida!

—¡Aquella desvergonzada!

—Poco á poco, señoras...

—¡Aquella bribona!...

—¡Aquella perdida!...

—¡Cuidado con lo que se dice!—interrumpió Manolo, como si amenazase.

—Concluya usted.

—Juana no es desvergonzada, ni bribona, y mucho ménos perdida.

—Eso ya lo veremos.

—Y tanto como se verá, porque han de saber ustedes que yo soy su novio.

—Pues más le valiera á usted haberse muerto,—dijo doña Cecilia.

—Mi desgracia es haberlas conocido á ustedes.

—Si piensa usted desvergonzarse...

—Lo que pienso es decir las cosas claras.

—No se olvide usted de que somos unas señoras.

—¿Y á mí qué?

—¿Dice usted que mi marido está con esa mujer?...

—Sí, pero yo tengo pruebas de la honradez de Juana.

—Nos alegramos mucho.

—Y no es que haya sucedido nada de particular; pero quiero evitar que suceda, porque al fin todos somos débiles en el mundo, y como Juana es bonita, mucho más bonita que todas esas señoras cursis que andan por ahí...

—No pronuncie usted palabras ofensivas.

—A nadie ofendo con decir que Juana es bonita; pero tambien es pobre, y el dinero es mala tentacion, y como hace más de un mes que está sin acomodo...

—Entiendo,—interrumpió doña Cecilia.

—He visto algunas cosas que no me han gustado; pero, en fin, no tenian nada de particular, y anoche sucedió que en la Plaza del Progreso ví á Juana hablando con su marido de usted.

—Esos serán los negocios que lo tenian fuera de casa,—dijo doña Cecilia.—Ya lo estás viendo, Adela; eres tonta, y todo esto sucede porque tú no tienes carácter.

—Mamá, pudo suceder que Eduardo se encontrase por casualidad con esa mujer, y si ella le habló, tuvo que escucharla.

—Así es como Juana se explica,—repuso Manolo,—pues asegura que al ver á don Eduardo le ocurrió encargarle que le proporcionase alguna casa donde servir.

—Ya lo ves, mamá.

—Sí,—dijo irónicamente doña Cecilia;—y luego habrá ido á darle la contestacion.

—Lo que me tiene con cuidado,—añadió Manolo,—es que don Eduardo, segun me ha dicho una vecina ha pasado toda la noche al lado de Juana, y todavía no se ha separado de ella. Fué á buscarla á las doce.

—No necesito más,—gritó fuera de sí doña Cecilia.—Ahora veremos cómo se defiende; ahora veremos si se atreve á llamarnos cursis... Vamos, Adela, vamos, si es que no ha de faltarte el valor.

Coger á Eduardo in fraganti delito, era para doña Cecilia una complacencia sin igual.

Con su encaso entendimiento, no comprendió que hacia un gran mal á su hija y que en beneficio de esta debió buscar razones para justificar la conducta del infiel esposo.

Adela, temblando convulsivamente, púsose en pié.

A toda costa queria salir de dudas, tener la prueba de lo que debia esperar de su esposo.

La infeliz, como todas las que se encuentran en su situacion, no comprendia que por mucho que atormenten las dudas, atormenta doblemente la realidad.

No hay nada tan amargo como los desengaños, y tras un desengaño corria la jóven.

Manolo, por el contrario, se empeñaba en hacerse ilusiones y en creer que Juana lo amaba y era la mujer más honrada del mundo.

¿Podria justificarse Eduardo?

Cuando se separó de su esposa y de su suegra, se fué en busca de Juana, y en la vivienda de esta pasó toda la noche, refiriéndole cuanto habia sucedido y poniéndose con ella de acuerdo para estar prevenidos por lo que pudiera suceder.

—Así me gusta,—dijo Manolo, disponiéndose á salir con las dos mujeres.—Don Eduardo se avergonzará, y con cuatro cosas que le digan ustedes, dejará tranquila á Juana, y yo tambien viviré tranquilo.

No hablaron entonces más.

Veinte minutos despues subian hasta el cuarto piso de una casa de la calle del Salitre.

Adela apenas podia sostenerse.

Doña Cecilia dió algunos golpes en una puerta indicada por Manolo.

—¿Quién es?—se oyó preguntar.

—Abra usted,—respondió la madre.

Y la puerta se abrió, apareciendo Juana.

Dejó esta escapar una exclamacion de sorpresa, y luego dijo:

—¡Ustedes por aquí!

—De seguro no nos esperaria usted, ¿no es verdad? Pues aquí estamos para hacerle á usted saber quiénes somos, y para anonadar al hombre que olvida sus deberes y hasta su decencia, dejando su casa para buscar refugio en este nido de gente perdida.

—¡Jesús!—exclamó Juana con esa entonacion especial de la gente de su clase.—Pues no vienen ustedes poco fuertes.

—Como podemos, ¿lo entiende usted?—replicó doña Cecilia.

Se entreabrieron algunas de las puertas que habia en el pasillo, dejándose ver los rostros de vecinas curiosas, que al oir las voces se asomaban para averiguar lo que sucedia.

Juana, que no se asustaba fácilmente, desplegó una sonrisa burlona, y dijo:

—Supongo que vienen ustedes á buscar á su hombre... Pues aquí está; no se ha perdido, ni le falta ningun pedazo, y por consiguiente pueden ustedes tranquilizarse.

—Desvergonzada.

—Mucho cuidado con lo que se dice, que aunque yo soy una pobre y no gasto seda, ni me pongo nada postizo, tengo muchísima alma para ponerle las peras á cuarto al mismísimo rey en persona, ¿está usted?

—Mamá, vámonos de aquí.

—No se asuste usted, señorita; que yo no me como los niños crudos, y ya que ha venido usted á buscar á su marido, debe usted cogerlo de una oreja y llevárselo, porque á mí no me sirve más que para estorbo; porque ha de saber usted que si yo quisiera más hombres que mi Manolo, los tendria, porque puedo y porque sí. Y no hay que tentarme mucho la ropa, pues si la sangre se me calienta... En fin, más vale callar.

—Sí,—replicó doña Cecilia;—mejor es que calle usted, pues si se olvida de que habla con unas señoras...

—¡Vaya un señorío!... Ustedes sí que se han olvidado de la fragua donde hicieron el dinero con que se dan tanto tono, y ahora...

—Que le arrancaré la lengua.

—¡A mí!... ¡Pues no faltaba más sino que yo dejara que me pusiesen las manos encima unas silbantonas cursis como ustedes!

Montó en cólera doña Cecilia, y como Manolo, en un rincon del pasillo, permanecia inmóvil y silencioso, Dios sabe lo que hubiera sucedido á no adoptar Eduardo la determinacion de presentarse.

Las vecinas salieron para divertirse con aquel espectáculo.

Adela se ponia alternativamente pálida y colorada.

Eduardo, grave y severamente, dijo á su esposa y á su suegra:

—A esto se exponen ustedes, y ahora pueden blasonar de señoras. Si estoy aquí, es porque en alguna parte habia de pasar la noche. Y aquí estaré el tiempo que necesite para buscar casa, puesto que ya les dije...

—¡Eduardo!—exclamó Adela con angustioso tono, cogiendo las manos del truhan.

—Aparta... Me habeis puesto en ridículo, y para un hombre de mi clase el ridículo es peor que la muerte. ¿Quién habia de creerlo de tí? Siempre tan delicada, tan sublime...

—No es mia la culpa; pero mamá...

—Eso es,—gritó fuera de sí doña Cecilia,—ahora yo tendré la culpa de todo, y vosotros hareis las paces y me mirareis como se mira á un enemigo... Bien, muy bien... He querido defenderte, hija mia, y el pago que me das...

—Ven, Eduardo mio, ven...

—No.

—Yo te juro no hacer caso de mamá.

—¿Qué estás diciendo, hija desnaturalizada?

—Reconozco,—añadió Adela,—que he cometido una falta y que he sido demasiado exigente; pero no volverá á suceder, te lo prometo, lo juro por nuestro amor.

Eduardo fingió que empezaba á sentirse conmovido.

Algunas lágrimas de Adela pusieron término á las aparentes vacilaciones del tahur.

—Por una sola vez, te perdono,—dijo.

Las explicaciones que habia dado le parecieron muy satisfactorias á la jóven.

Esta, su esposo y doña Cecilia salieron de la casa, con gran sentimiento de las vecinas, á quienes pareció poco animada la escena que acababa de tener lugar.

Manolo, turbado y confuso, pidió perdon á Juana, y esta lo reconvino con la mayor dureza, diciéndole que si no se curaba de aquellos celos estúpidos, le volveria la espalda para siempre.

Manolo prometió aprobar todo lo que hiciese Juana, y una y otra vez reconoció que merecia el más duro castigo.

Entre Adela y Eduardo quedó restablecida la paz; pero él supo sacar partido de la situacion, y desde aquel dia cambió de conducta, saliendo cuando bien le parecia, volviendo á su casa cuando se le antojaba, y faltando algunos dias á la hora de comer.

Todas las situaciones se aceptan cuando no hay otro remedio, y Adela aceptó la suya.

Ya no podia ser feliz.

Quedábase muchos dias sin ir á paseo, y concluyó por ir con su madre como antes de haberse casado.

Por la noche, si no iban al teatro, concurrian á la tertulia de doña Robustiana, y allí iba, aunque no siempre, á buscarlas Eduardo.

Cuando pasó un mes, empezó el marido á recogerse á la madrugada.

Adela no se atrevió á quejarse.

Debia ser madre muy pronto, y esta era una razon más para que la infeliz jóven guardase silencio.

Aun no podia conocer su desgracia en toda su horrible extension.

La mayor parte de la fortuna de las dos mujeres estaba representada por títulos de la deuda del Estado.

Tenian además una casa en Madrid, que les producia unos quince mil reales de renta.

Los títulos habian sido torpe y cándidamente entregados al tahur, para que este se cuidara de cobrar los intereses.

Si Adela hubiese sido más sagaz, habríase apercibido de que su esposo empezaba á estar muy preocupado, que comia poco, que se dejaba arrebatar por la cólera muy fácilmente y que con frecuencia se quejaba de dolor ó incomodidad en el estómago.

¿Qué significaba todo esto?

Significaba simple y sencillamente, que los títulos de la deuda iban pasando á otras manos, y su valor iba quedando sobre el tapete verde en los garitos.

Antes de un año no quedaria de aquella fortuna más que la casa, y esta se venderia tambien; es decir, que la miseria amenazaba á las dos infelices, y que cuando reconociesen sus errores, seria demasiado tarde para remediar la desgracia.

Eduardo nada habia perdido, pues ni aun su hijo le haria sufrir, porque hay que tener presente que en esta clase de hombres el vértigo de sus vicios ahoga todos los sentimientos delicados, hasta el sentimiento del amor paternal.

Dejaremos á esta familia, para ocuparnos otra vez de la de Bonacha.

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