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La Gente Cursi

CAPÍTULO VII Juanito empieza á vengarse.

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No habian trascurrido quince minutos, cuando se presentó Clotilde envuelta en una ancha bata, que si no permitia que se dibujasen muchas de sus bellísimas formas, en cambio dejaba que otras se viesen tal vez más de lo que convenia.

Acababa de salir del lecho, y su rubia cabellera estaba en desórden.

A pesar de esto, nunca habia parecido la jóven tan arrebatadora.

Saludó á Juanito como se saluda á las personas de confianza, y le dijo que se sentase, mientras ella hacia lo mismo.

No le faltaron á Clotilde pretextos para justificar su presencia allí, y con la habilidad de las mujeres del gran mundo, fué prolongando la conversacion y dándole el giro que le convenia.

Juanito estaba como fascinado y sin querer contemplaba aquellos hechizos, preguntándose más de una vez si Paquita merecia la pena de que ningun hombre sufriese por ella el más leve disgusto.

Pero estas reflexiones no podian hacerle cambiar de resolucion, sino que, por el contrario, más que nunca estuvo decidido á descargar el terrible golpe contra Alfredo, ocurriéndosele además que era posible que la hija del conde no perdonase jamás al que la habia engañado y que pensase en otro hombre.

¿Por qué Juanito no habia de conseguir algun dia interesar el corazon de Clotilde?

Así su venganza seria completa y le tocaria su vez de mirar desdeñosamente á Paquita.

Era jóven, creia que el cielo lo habia dotado de belleza personal, y le parecia que esto era suficiente para encender el corazon de una mujer.

Se equivocaba, porque no sabia que de lo que ménos se enamora la mujer es de la belleza física, y que sobre este punto sus aspiraciones y sentimientos están muy por encima de los del hombre. El talento, el valor, la gloria, la posicion social y otras circunstancias por el estilo, hacen que una mujer se enamore, más que de la juventud ó la hermosura, del cuerpo.

Su pobreza no le parecia un inconveniente á Juanito, pues sobre este punto discurria como la hija de Bonacha, recordando los ejemplos de matrimonios entre personas de fortuna muy desigual.

No hay que decir que ambos juzgaban por las apariencias, pues cuando habian visto casarse á una mujer pobre con un hombre rico, ó á una mujer rica con un pobre, no se habian tomado la molestia de examinar y buscar la verdadera causa, no habian tenido en cuenta las circunstancias de más valor.

Hacer un doble negocio, matar dos pájaros de un tiro, como suele decirse, es una cosa muy bella, y Juanito creyó que esto era lo que iba á conseguir.

Sin saber cómo, acabó Clotilde por hablar de Alfredo, y con la mayor indiferencia preguntó cómo este y Juanito se conocian.

El jóven vió el cielo abierto: la ocasion se le presentaba antes de que él la buscase, y quiso aprovecharla.

Principió por desplegar una sonrisa maliciosa, y luego respondió:

—Nos conocimos en cierta casa.

—¡Cierta casa!—replicó Clotilde.—¿Y qué quiere decir eso? ¿Usted no piensa que semejantes palabras pueden traducirse de una manera nada favorable para Alfredo y para usted?

—¡Señorita!...

—Dicen que es usted un hombre de muy buenas costumbres.

—No creo haber dado motivo para que se ponga en duda.

—Cierta casa, con el tono que usted lo ha dicho, significa el lugar donde la honra no es lo que más resplandece.

—Siento mucho haber cometido la torpeza de expresarme mal.

—Cuando uno se equivoca y rectifica, nada se ha perdido.

—Hace bastante tiempo que conozco á la familia de un empleado, cuya honradez raya en la exageracion, y en casa de esa familia es donde por primera vez ví á don Alfredo de Saavedra.

—¿Y quién es ese empleado?

—Un pobre que se llama don Pascual Bonacha, y que tenia seis mil reales de sueldo, aunque ahora tiene doce mil, gracias á la proteccion que don Alfredo le dispensa.

—Si esa familia es honrada, no ha podido emplear mejor su influencia nuestro amigo.

—Vivian con bastante estrechez.

—¿Tiene muchos hijos ese don Pascual?

—Una hija que ha cumplido veinte años, y de la que algunos dicen que es bastante bella.

Por un instante palideció el rostro de Clotilde; pero acostumbrada á disimular, desplegó una sonrisa, acercóse más á Juanito y le preguntó:

—¿Usted no opina lo mismo en cuanto á la belleza de esa jóven?

—Me parece graciosa, y nada más.

—¡Graciosa!...

—Pero es algo vanidosa.

Clotilde fijó una mirada profunda y fascinadora en el jóven, y dijo:

—¿Y cómo Alfredo ha hecho relaciones con esa familia?

—Lo ignoro, aunque, segun parece... En fin, estos asuntos son muy delicados, y no quiero mezclarme en ellos.

Otra vez palideció la hija del conde; pero hizo nuevos esfuerzos para dominarse.

—Comprendo,—murmuró.

—Si usted adivina, conste que yo nada he dicho.

—Ocupando la posicion que usted ocupa en esta casa, creo que me debe hablar con franqueza.

—Es que...

—Sin embargo, no quiero averiguar vidas ajenas. Ya veo que Saavedra sostiene amorosas relaciones con la hija de don Pascual Bonacha, y que protege al padre...

—Y ha hecho en favor de esa familia más de lo que debia esperarse: ¿Puedo ser más franco?—añadió Juanito como quien se decide á dar un paso peligroso.—Deseo para don Alfredo de Saavedra la tranquilidad y la dicha; pero ustedes son antes para mí, y quiero darles pruebas de lealtad.

Así llegó la conversacion á tomar el carácter que deseaba Juanito, lo mismo que Clotilde.

Esta ya no intentó disimular.

Las explicaciones fueron interesantísimas desde aquel momento.

Juanito dijo la verdad de todo lo que habia sucedido, sin olvidarse de la elocuente circunstancia de haber cedido Alfredo su casa de campo á la familia Bonacha para que pasase allí la fuerza del calor del estío.

Despues hizo algunos comentarios con la peor intencion del mundo.

Clotilde escuchó con tanta ansiedad como angustia.

Más de una vez se tornó lívido su rostro y sombría su mirada.

Prometió no decir á nadie quién le habia dado tan graves noticias, y atormentada por los celos y trastornada por la ira, salió del despacho.

En su semblante se revelaba la borrasca espantosa que agitaba su espíritu.

Juanito empezó á sentirse poseido de terror ante su propia obra; pero ya no podia retroceder. Habia dado el primer paso, y le seria forzoso dar el último.

Algunas horas despues se presentó Alfredo de Saavedra.

No tuvo necesidad de explicaciones, pues apenas miró á Clotilde comprendió que algo muy grave sucedia, y reflexionando le fué fácil adivinar la verdad.

¡Pobre Juanito!

Desde aquel momento debia contarse el hombre más desdichado del mundo.

Alfredo no se dejaba arrebatar fácilmente; estaba dotado de gran fuerza de voluntad, y sabia dominarse.

Buscar á Juanito para pedirle cuenta de su proceder, le pareció á Saavedra que era equivalente á olvidar su dignidad y á rebajarse hasta la pequeñez de su ruin enemigo; pero como tampoco queria castigarlo sólo con el desprecio, decidió á su vez vengarse cruelmente y de tal manera, que á Juanito no le quedase duda de la inmensa distancia que entre ambos habia.

Por su parte, Clotilde no pensaba tampoco entablar una lucha para disputar á Paquita el corazon de Alfredo, porque esto hubiese sido honrar demasiado á la hija de Bonacha.

No, no era posible que la hija del conde olvidase su orgullo de raza, porque antes preferia destrozarse ella misma el corazon y morir.

No habia dado á los amores de Alfredo con Paquita más importancia que la que se da á una locura de la juventud; pero que la mortificaba, porque heria su amor propio y porque podia tener muy graves consecuencias.

El conde, recostado en un sillon, ocupábase en leer un periódico, y Clotilde y Alfredo, en otro extremo de la habitacion, ojeaban distraidamente un álbum, y pudieron hablar con entero descuido.

—Nubes hay,—dijo Alfredo,—que empañan el cielo de tu alegaría, y sentiré que esas nubes entrañen contra mí una tormenta.

—Se equivoca usted, caballero,—replicó severamente Clotilde.

Saavedra hizo un gesto, como si quisiese decir:

—Mal principia la conversacion.

—De mujeres como yo,—añadió la hija del conde,—no deben temerse tormentas, porque cierta clase de arrebatos iracundos se los prohibe la dignidad á las señoras.

—¿Y qué me importa que te domines y aparentes calma, si el resultado, ha de ser para mí peor que si desahogases tu enojo con las palabras más duras?

—El resultado habia de ser el mismo siempre cuando se trata de un hombre que se olvida hasta de los deberes que le impone su distinguida clase.

—¡Clotilde!...

—He concluido.

—Necesito explicaciones.

—No las daré.

—Sin duda un error...

—El error es imposible cuando hay pruebas...

—Tal vez alguna calumnia...

—No.

—Y en último caso, creo que tengo el derecho de defenderme, y la defensa es imposible cuando ignoro de qué se me acusa.

—Yo tambien tengo el derecho de disponer de mi corazon.

—Ciertamente; pero cuando se han adquirido compromisos...

—Basta, caballero.

—Si no me das las explicaciones que necesito, acudiré á tu padre.

—Y mi buen padre le echará á usted en cara la fealdad de su proceder, y le preguntará si es un error ó una calumnia la desinteresada proteccion que usted dispensa á cierta familia que hoy ocupa su casa de recreo de las cercanías de Hortaleza.

Arrugóse el entrecejo del jóven.

Por un instante relumbraron sus ojos con fulgor siniestro.

—Está bien,—dijo con grave tono.

—¿Consiste en eso la defensa de usted?

—No me defiendo de lo que es absurdo, porque esto no lo hacen más que los estúpidos. Gente ruin ha querido herirme, suponiendo lo que no existe ni puede existir, porque para esa gente es inconcebible que se haga un beneficio sin otra mira que la satisfaccion de hacerlo.

Clotilde desplegó una sonrisa irónica.

—Yo soy el ofendido,—añadió Alfredo.

—Pues no espere usted de mí la reparacion.

—El tiempo lo pone todo en claro, y habrá que hacerme justicia.

—Pues bien; entre tanto...

—Habrá una víctima inocente.

—De seguro no será usted, caballero.

—Lo será esa honrada familia, porque me será preciso volverle la espalda para probar así la pureza de mis intenciones, y cuando de esta ya no quede duda, creo que tú misma serás la primera en proteger á esos desgraciados.

Creyó Clotilde que no debia continuar la conversacion, y fué á sentarse cerca de su padre.

Disimuló Alfredo como mejor pudo, y algunos momentos despues salió, fué á su casa, y mandó que para aquella noche se preparase su berlina, con objeto de ir á la casa de campo.

Cuando pasó el dia sin que nadie lo hubiese molestado, empezó á tranquilizarse Juanito, suponiendo que Alfredo no habia podido adivinar de dónde habia partido el golpe.

Ahora lector, si bien te parece, iremos á la casa de campo para conocer la verdadera situacion de la infeliz Paquita.

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