CAPÍTULO XI Lo que para algunos hombres vale la honra de una mujer.
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Con una ansiedad indescriptible aguardaba Paquita carta de Alfredo; pero habia trascurrido una semana, y la carta no llegó.
Durante este tiempo tuvo la jóven motivo para comprender en toda su extension su desgracia.
Esperó otros cuatro dias, y como la situacion era la misma, decidió escribir á su amante.
Hé aquí la carta de Paquita:
«Mi querido Alfredo: Cuento los dias, cuento los minutos.
»¿Por qué no me escribes?
»¿Te ha sobrevenido alguna desgracia?
»¿Te has olvidado de mí?
»No quiero creerlo, porque mi situacion es demasiado horrible.
»Mis presentimientos se han realizado, y bien pronto me será imposible ocultar mi deshonra.
»Respetables intereses deben haberte obligado á salir de Madrid, y esos mismos intereses te detendrán; pero hay algo que vale mucho más que todos esos intereses, más aún que toda tu fortuna, y ese algo es mi honor.
»Preciso es que de todo te desentiendas, de todo te olvides, para acudir á salvar mi honor, que debe ser el tuyo; para poner á cubierto nuestras debilidades y la suerte de una criatura inocente, y que algun dia puede pedirnos cuenta de nuestra conducta.
»No te hablo de mi amor, porque has visto ya que no he reparado en sacrificios, y que para satisfacer hasta tus más leves deseos, he olvidado todos mis deberes y mi propia conveniencia.
»Ha llegado tu vez, y ahora espero de tí las pruebas; ahora estás tú obligado á consumar todos los sacrificios sin vacilaciones.
»No te exijo que olvides el honor ni quiero que eches sobre tu conciencia la carga enorme de graves faltas; sino que, por el contrario, lo que quiero es que cumplas tus promesas, lo cual es honrarse, y que evites que tu conciencia te acuse algun dia.
»El dolor me trastorna.
»Desde que nos separamos, el sueño huye de mis ojos.
»Lloro noche y dia.
»¡Cuánto sufro, Alfredo, cuánto sufro!
»Si no cumples tu deber, ¿qué será de mí?
»Y cuando mi honrado padre conozca la deshonra de su hija, ¿qué le sucederá?
»No podrá el infeliz soportar golpe tan terrible.
»Con todo se ha resignado; lo mismo con la pobreza que con los infinitos sinsabores de la vida. Estaba tranquila su conciencia y esperaba en la eternidad los goces que en este mundo le negaba la fortuna; pero con lo que no se hubiera resignado, con lo que no se resignará, es con la deshonra.
»Somos pobres; pero, no lo dudes, tenemos el sentimiento del honor como los ricos, y quizá más aún, porque es lo único que tenemos.
»Si nos arrebatan el honor, ¿qué nos queda?
»Tú me has arrojado al fondo de un abismo, y tú eres la única persona que puede salvarme.
»Alfredo, salva mi honor y quítame despues la vida.
»No me importa morir; pero que mi padre no conozca la horrible desgracia.
»Toda su vida ha sido un mártir, y ya que no otra cosa, que pueda al ménos morir tranquilamente, que no me maldiga, porque sólo Dios sabe lo que la maldicion de mi padre produciria en mi alma.
»No eres, no puedes ser un miserable depravado: tienes sentimientos generosos, y si no por cariño, por compasion, Alfredo, siquiera por compasion, corre, ven, sálvame, y luego huye de mí, si es que mi presencia te enfada, que yo devoraré en silencio mi dolor y mis amarguras, y no turbaré tu dicha con la importunidad de mis quejas, sino que te dejaré en completa libertad para que goces y seas dichoso.
»No puedo más, Alfredo, no puedo más... Ven y salva á tu víctima infeliz, compadece á mi padre, piensa que tú tambien eres padre, y haz por tu hijo lo que por mí no harias.»
El sentimiento habia sublimado la inteligencia de Paca.
Nadie hubiera esperado semejante carta de la hija de don Pascual; pero el sentimiento, cuando llega á cierto grado, iguala todas las inteligencias.
No habia meditado Paca para escribir.
Las elocuentes frases de su carta se habian escapado de su alma sin que ella misma pudiera apreciar todo su mérito en ningun sentido.
¿Era posible que Alfredo leyese la carta con indiferencia?
¿Era posible que abandonase á la mujer que todo se lo habia sacrificado?
Sí era posible, por más que no lo parezca.
Alfredo tenia que cumplir otro compromiso, que aunque no tan sagrado, era para él de mucha importancia.
Además, parecíale horroroso casarse con Paquita, á quien él mismo, en presencia de sus amigos, habia hecho objeto de las más sangrientas burlas.
No, Saavedra no podia ser esposo de la hija de don Pascual, no podia serlo sin deshonrarse, segun él mismo creia.
Y entre su deshonra y la de aquella infeliz, no era dudosa la eleccion, tratándose de un hombre de sus circunstancias y carácter.
Alfredo debia luchar, debia sufrir; pero al fin triunfaria su vanidad, su amor propio, su orgullo desmedido y su perversion moral.
Debia pensar Alfredo que cuando se casase con Paquita, Clotilde lo miraria con profundo desden, y que en los círculos de lo que se llama gran mundo se aguzaria el ingenio para inventar epígramas.
Lo repetimos, el demonio de la vanidad debia decidir la cuestion.
Una vez escrita la carta, encontróse Paquita con que no sabia cómo dirigirla.
¿Qué hacer para salir de este apuro?
Consultó con su madre, y despues de discurrir largamente, resolvieron ir á la casa de Saavedra para preguntar á los criados del mismo.
Hiciéronlo así.
Nunca lo hubieran hecho, porque fueron recibidas con mucha frialdad, casi con desden, á pesar de que el mayordomo de Alfredo las conocia.
—Ahora,—dijo el criado, que debia estar bien instruido por su señor,—se encuentra el señor don Alfredo en Santander; pero no estará allí más que tres ó cuatro dias, porque asuntos de interés lo llaman á Francia.
Volvieron á su casa la madre y la hija, y aquel mismo dia quedó la carta en el correo.
Otra vez contaron los minutos con angustioso afan; pero el tiempo pasó sin que recibiesen ninguna carta.
Volvieron á ver al mayordomo de Alfredo.
El criado dijo:
—Cuando el señor de Saavedra sale de Madrid no nos escribe sino en caso de absoluta necesidad, porque no cree que está obligado á dar cuenta de sus acciones á su servidumbre.
—¿Pero dónde se encuentra?—preguntó Paquita.
—No lo sabemos con seguridad, aunque suponemos que debe estar en Paris ó en Lóndres.
—¿Y cuándo volverá?
—Tampoco el señor de Saavedra dice eso á sus criados.
Todas las preguntas, observaciones y razonamientos fueron completamente inútiles.
¿Habia recibido Alfredo la carta?
Debia suponerse que sí, pero esto no era más que una suposicion.
Despues de quince dias de mortal angustia, el mayordomo de Alfredo se presentó á las señoras de Bonacha, diciéndoles:
—El señor de Saavedra me escribe desde Lóndres, y me manda entregar esto á ustedes y advertirles que recibió su carta.
Y al mismo tiempo presentó el criado un pliego, que aunque no muy voluminoso, lo era más que una carta cualquiera.
La hija de don Pascual exhaló un grito de alegría.
Por fin Alfredo contestaba, y tal vez se justificaba y aun anunciaba su regreso.
El criado añadió:
—El mismo dia que el señor don Alfredo me escribió, debia salir de Lóndres para Francia y Alemania; de manera, que ignoro dónde se encuentra en estos momentos.
No bien hubo pronunciado estas palabras, salió.
Paquita daba entre sus manos vueltas al pliego, como si tuviese miedo de abrirlo.
Sus manos temblaban convulsivamente.
—Acaba,—le dijo su madre.
La jóven rompió al fin el sobre.
No era una carta lo que este contenia, sino cinco billetes de cuatro mil reales, es decir, mil duros.
La madre dejó escapar una exclamacion de sorpresa.
La hija exhaló un grito desgarrador, y perdió el conocimiento.
No se necesitaban explicaciones.
Alfredo habia tasado en mil duros el honor de la hija de don Pascual, y pagaba la deuda.
Esto no necesita comentarios.
La última esperanza se habia desvanecido.