← Table of contents
La Gente Cursi

CAPÍTULO X Dos bribones que se entienden.

Reading edition

Tenemos que presenciar una escena que en nada se parece á las que ya hemos pintado, porque es preciso que el lector se convenga de que Eduardo era un mozo que valia mucho, y que, como decirse suele, servia lo mismo para un barrido que para un fregado.

No hemos tenido ocasion de verlo más que en la vivienda de doña Robustiana, ni de oirlo más que cuando hablaba sublimemente con la sensible Adela.

Era Eduardo uno de esos hombres que tienen habilidad para hablar á cada uno en su lenguaje y para dar á su rostro la expresion, ahora cándida, luego picaresca, ya triste como un entierro, ya alegre como una boda.

Por esta razon tenemos que reconocerle el mérito que se reconoce á un actor consumado.

Lástima era que un hombre dotado de tan clara inteligencia se hubiese extraviado hasta el punto de llegar á ser un miserable, tan digno de compasion como de castigo.

Eduardo no tenia corazon, y sin embargo era débil alguna vez; cuando se trataba del bello sexo, estaba sujeto á caprichos, y estos le habian producido ya más de un disgusto; pero cuando se trata de las pasiones, la criatura no escarmienta, ni es posible que se corrija, porque la causa está en su propia organizacion.

Se recordará que el futuro esposo de Adela se permitia ser demasiado galante con la criada de la viuda, y sobre este punto vamos á dar explicaciones.

Juana era bonita, bastante bonita para llamar la atencion de cualquier hombre, y bien podia suceder que alguno se enamorase de ella, si no ciegamente, con interés sobrado para cometer alguna locura.

En este caso se encontraba Eduardo, y como á Juana, contra su costumbre, le pareció bien mostrarse esquiva, avivóse más lo que no sabemos si llamar pasion del amante de Adela, quedando así probado que los inconvenientes y los obstáculos encienden el deseo, son combustible añadido á la hoguera.

Empeñóse el truhan en satisfacer su anhelo, y como Juana se empeñó en resistir, defendiéndose heróicamente en la antesala, los pasillos y la escalera, lo que primero fué un capricho sin importancia, llegó á ser una cuestion grave, hasta de amor propio.

No era posible que Eduardo se resignase á verse derrotado cuando se trataba de una fregona; pero no le ocurrió pensar que al empeñarse en aquella lucha iba á quedar preso en las redes que él mismo tendia.

Ablandóse al fin Juana, aunque poco, y permitió ciertas franquezas, que del caso no son, cuando bajaba á las doce de la noche para abrir la puerta de la calle al truhan, llevando en una mano la luz y en la otra la llave.

Tenia Juana su novio, como ya sabemos, que la queria con las mejores intenciones y la mejor buena fe; pero ella no queria privarse de divertirse cuanto pudiera, porque decia que la juventud dura poco, y es preciso aprovecharla.

Cuando era ya cosa convenida el casamiento de Eduardo, creyó este que podia arriesgar algunas promesas deslumbradoras, puesto que dinero habia de sobrarle para cumplirlas con el dinero de su mujer.

La sirviente necesitaba un dote, y para reunirlo no era bastante lo que ahorraba de su salario, resultando de todo esto que acabó por escuchar al tahur y le dió una cita para poder hablar despacio y tranquilamente.

Cada quince dias gozaba Juana de completa libertad por algunas horas, y esta libertad la aprovechó para el arreglo del asunto que nos ocupa.

Las ocho acababan de dar, y el café del Sur, situado en la Plaza del Progreso y esquina á la calle de Lavapiés, estaba ya ocupado hasta el último rincon.

En el café del Sur se representan comedias, se baila, se canta, se fuma mucho tabaco virginia, se bebe mucho aguardiente, se oye un lenguaje que puede ruborizar á un coracero y se respira una atmósfera pesada y nauseabunda, capaz de resentir los pulmones más firmes.

Esto no mengua en nada el crédito de que goza el café del Sur, pues precisamente se ha establecido para hacer comedias que diviertan á los concurrentes y para que allí se beba y se fume, sin que á nadie deba hacerse responsable de la mala calidad del tabaco, á nadie más que al gobierno, que no lo vende mejor.

Junto á una de las mesas encontrábase Eduardo.

Habia bebido ya una copa de ron, y empezaba á beber la segunda, en tanto que aspiraba con verdadera delicia el humo del tabaco que en su pipa se quemaba, pipa que se habia guardado muy bien de sacar en presencia de su futura.

Juana entró en el café.

Se habia puesto su mejor ropa, y aunque el vestido era de percal, tenia mucho que ver cómo arrastraba una larga cola, que producia un ruido bastante desagradable, en tanto que con la mano izquierda levantaba la falda para no pisarla y lucir sus botas de color azul celeste, y con la diestra abria, cerraba y agitaba el abanico.

Una lluvia de piropos cayó sobre la sirviente; pero ella, sin tomar en consideracion tales atrevimientos, atravesó el café y fué á sentarse frente á Eduardo.

—Ea,—dijo,—aquí me tiene usted, y ahora veremos si puede convencerme de lo que no se convenceria la más tonta. ¿Lo entiende usted?

—Ante todo, es preciso que digas lo que quieres tomar.

—Yo no soy cumplimentera, ni hago remilgos como ese talego con quien se va usted á casar, porque ha de saber usted que nací en el barrio de Maravillas y allí todo el mundo habla muy claro.

Interrumpióse Juana, porque el mozo se acercó, preguntando:

—¿Qué se ofrece?

—Café con media tostada de abajo,—dijo la sirviente.

Pocos momentos despues estaba complacida.

—Mira, Juana, á mí no me vengas con música celestial, porque yo te conozco demasiado bien. Tú necesitas hacer tu negocio; yo tengo necesidad de satisfacer mi capricho, y por consiguiente...

—Poco á poco.

—¿Te ofendes?

—No; pero...

—Hablemos con claridad, como dices que hablan los de tu barrio. En este pícaro mundo los que andan con escrúpulos de monjas.

—Entiendo.

—Todos van á su negocio, y el que no lo hace...

—Que no soy torpe.

—Voy á decir que te den una copita.

—Mire usted, me gusta; pero la señora tiene el olfato más fino que un perro.

—No quiero que te comprometas, aunque muy pronto has de dejar á doña Robustiana y cambiar de vida.

—La que paso no puede ser peor.

—No ignoras que voy á casarme.

—¡Y lo dice usted con tanto descaro!

—Sí, porque tengo la seguridad de que tú no crees que estoy enamorado de Adela.

—Me parece que ni usted ni nadie puede enamorarse de semejante mujer; pero así dormirá usted tranquilo.

—Me caso con Adela...

—Por el dinero, ¿no es verdad?

—Sí.

—¿Y con ese dinero?...

—Obsequiaré á otra que pueda satisfacer mi gusto.

—Y eso es una picardía.

—Puedes darle el nombre que mejor te parezca; pero es una cosa que me agrada, que me conviene. Una picardía parece tambien que tú busques de cierta manera el dote que necesitas para casarte con tu Manolo, y sin embargo, lo harás feliz y tú podrás ser tambien dichosa sin que la conciencia te atormente.

Juana siguió tomando el café, y aunque era muy habladora, guardó silencio.

Eduardo prosiguió así:

—Me casaré dentro de una semana, y aunque Adela quiere emprender viajes á lo gran señora, yo haré que desista de su propósito, porque la vida de Madrid me agrada mucho más que la que me espere por esos mundos de Dios. Apenas nos casemos me haré cargo de cuanto posee mi robusta suegra, y tú podrás inmediatamente dejar de servir.

—¿Y qué dirá Manolo?

—No soy adivino; pero tú eres sobradamente lista, y le harás ver que lo negro es blanco.

—Bien, eso corre de mi cuenta.

—Tendrás dinero abundante, aunque no me parece prudente que lo gastes en adornos, porque infundiria sospechas que no podrias desvanecer.

—¿Y si algun dia se descubre el negocio?

Eduardo se encogió de hombros con indiferencia, apuró el contenido de la copa, dejó escapar una bocanada de humo, y respondió:

—Mi esposa hará entonces lo que le parezca mejor, y tú te arreglarás con Manolo lo mejor que te parezca.

—Considere usted que si ya estoy comprometida...

—Jugarás el albur como yo lo juego, en la inteligencia de que no he de abandonarte, y si te decides por mí, nos reiremos de todo el mundo.

—En ese caso, lo mejor que puede hacer Manolo...

—Es arreglarse con mi mujer.

La sirviente soltó una carcajada, porque le parecia muy gracioso lo que acababa de decir Eduardo.

Este añadió:

—Los dos son tontos, y se entenderian perfectamente.

—Eso no puede suceder.

—Pero al ménos se contarán sus penas y se consolarán, mientras que nosotros pasaremos la vida lo mejor que nos sea posible. Ya sabes que á la fortuna la pintan calva, y si pierdes la ocasion...

—Es usted capaz de dar tentaciones á un santo.

—Como tú no tienes de ángel más que el rostro...

—Te veo,—replicó Juana, haciendo uno de esos mohines que caracterizan á la gente de su clase.

—¿Estamos conformes?

—Que sí.

—Me parece que ahora no te mostrarás tan esquiva, y por de pronto me tratarás con la franqueza que debe haber entre nosotros.

—Mientras estoy con doña Robustiana, es preciso que tengamos prudencia.

—Sí, mucha prudencia; pero...

—Déjame en paz.

—Siento que no te atrevas á tomar una copa.

—Ya lo haré cuando nadie tenga derecho á pedirme cuenta de mi conducta.

—¿Sabes lo que pienso?

—Lo sabré si me lo dices.

—Si Manolo no fuese un estúpido, me agradeceria lo que hago en su favor, puesto que de aquí á un año será rico.

—Para que veas lo que son las cosas. Yo hago un sacrificio para favorecer al pobre Manolo, y si él supiera la verdad, se pondria hecho una fúria.

—Ya te he dicho que es un estúpido.

Así continuaron hablando hasta despues de las nueve.

No habian fijado la atencion en la comedia que se representaba, ni siquiera se habian apercibido de que de vez en cuando resonaban aplausos estrepitosos, con los que el público demostraba su agrado por lo admirablemente bien que los actores trabajaban.

—Ya es muy tarde,—dijo la sirviente.

—Pues no te detengas, que pronto nos veremos otra vez.

—¿Irás esta noche?

—Sí.

—Tambien irá tu novia, y aunque sé que no la quieres...

—¿Tienes celos?

—No, pero...

—Juana mia, deja que ruede la bola, pues al final de la funcion hemos de ser felices, y nos reiremos de todos.

Llamó Eduardo y pagó, agotando todos sus recursos; pero esto no le hacia perder la tranquilidad, porque era uno de esos hombres que tienen un tesoro de esperanzas.

Salieron del café, y junto á la puerta se despidieron cariñosamente y se separaron, tomando en opuestas direcciones.

No habia dado tres pasos Juana, cuando fué detenida por un hombre, que parecia ser un artesano.

Era el llamado Manolo.

—¿Adónde vas por aquí?—preguntó, mientras su entrecejo se arrugaba.

—Pues ya lo ves, voy á mi casa,—respondió ella.

—¿Y de dónde vienes, paloma?—replicó Manolo irónicamente.

Juana, con el fin de tomarse algun tiempo para reflexionar, dijo:

—No vengo del sermón, ya puedes figurártelo.

—Sí, me lo figuro.

—Esta tarde he paseado por la Montaña del Príncipe Pio.

—Mientras yo te esperaba en Chamberí, segun lo convenido.

—Salí tarde, porque la señora me entretuvo, y creí que ya no te encontraria.

—Y despues de la Montaña...

—Viéndolo estás.

—Pero en alguna parte te habrás detenido.

—Detenerme... ¡Pues tiene la señora buen genio para hacerla esperar!

—Juana,—replicó Manolo con tono que algo tenia de amenazador,—tú has creido que puedes burlarte de mí; pero te equivocas.

—¿Y por qué dices eso?

—Demasiado bien lo sabes.

—Mira, si tienes mal humor, puedes romperte la cabeza contra una esquina, pues no es justo que yo lo pague.

—¡Juana!...

—No puedo detenerme.

—Ahora tienes prisa, y cuando estabas en el café...

—¿Y qué?—interrumpió la sirviente, convenciéndose de que ya era inútil negar.—Tú ves visiones.

—¿Con que no sales ahora del café?

—Sí.

—Pues entonces...

—Será menester decírtelo todo.

—No necesito que me digas que has estado en conversacion con ese silbante que va de visita á casa de tu señora.

—Me ofendes, Manolo.

—Yo no hago más que decir lo que ha sucedido.

—Pues bien; he venido á buscar á ese hombre, porque mi señora me lo ha mandado así, para decirle que no falte esta noche, pues no sé lo que sucede con doña Adela, y hay miedo de que el casamiento se desbarate. Ahora,—añadió Juana, como si en realidad fuese la ofendida,—quéjate cuanto quieras, acúsame; pero no vuelvas á mirarme en toda tu vida, porque yo no puedo querer á un hombre que desconfia de mí.

Interrumpióse como si no pudiese hablar, y llevó el pañuelo á los ojos para enjugar sus lágrimas ó aparentar que las enjugaba.

—Adios,—dijo con voz ahogada;—hasta el Valle de Josafat.

Y dió un paso para alejarse.

Manolo la detuvo, diciendo:

—Espera.

—Déjame.

—¿Por qué lloras?

—Por nada, puesto que no tengo motivos para llorar... Déjame, y busca otra que te quiera más que yo, otra que sea más honrada...

—No he puesto en duda tu cariño ni tu honradez...

—¡Despues de tanto tiempo y tantos sacrificios!...

—Que la gente nos mira.

—Pues déjame.

—No creo que he cometido ninguna gran falta; pero tú tienes un genio:...

—Si á tí te ofendiesen, veríamos.

—No hablemos más de este asunto: mis quejas son siempre de cariño... Se acabó... Te acompañaré, si es que mi compañía no te desagrada.

Se limpió Juana los ojos y envolvió á su amante en una mirada ardiente.

Siguieron por la calle de la Magdalena, y entraron en la del Ave-María.

Cuando llegaron á la vivienda de la viuda, estaban los dos amantes reconciliados y se hablaban más cariñosamente que nunca.

Despidiéronse y se separaron.

Ya empiezas á comprender, lector, hasta qué punto era afortunada la sensible Adela; pero su desgracia puede decirse que era obra de ella misma.

Quiso casarse á toda costa con un hombre de cierta clase, y aceptó el primero que se le habia presentado.

Ni la madre ni la hija se cuidaron de averiguar si aquel hombre era lo que parecia.

Era un marido, y con esto tenian bastante.

Todo esto será demasiado desagradable, tal vez horrible; pero desgraciadamente es verdad; pues no lo hemos inventado, sino que nos hemos concretado á referir lo que hemos visto más de una vez.

Las novelas más interesantes se encuentran en la vida real, y basta copiarlas para hacer un libro.

Volvamos á la familia Bonacha.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings