← Table of contents
La Fe

DON ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 6)

Reading edition

—Bien tá eso, señor, y voy al caso. A la una, menuto más o menos, llegó este señor cura (apuntando para el acusado) a montar en la mesma cochera. Llegaríamos a casa de Marica a eso de las seis. Allí nos dejó el señor y nos dijo que volvería al día siguiente con otra presona pa volvernos a Lancia. Por la noche vino un chico a traerme dos maletas, y al otro día bien temprano dio allí el señor cura con una chavalita que venía toa tapá. Nos mandó enganchar y, mientras, la chavalita se subió a la casa.

—¿Y no observó usted—preguntó el presidente—si el sacerdote la acompañó arriba?

—Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fue poco tiempo.

—¿No notaron usted y el zagal nada de particular en la manera de portarse y hablar entre sí el sacerdote y la joven?

—Yo no estaba en el toque de los particulares, señor, porque andaba de aquí para allá detrás del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un pensar naide se lo quita a uno. Cuando vi llegar por la carretera al señor cura, que es bien parecido de suyo, con la chavala, dije: Éstos lo mesmo pueen venir de rezar vísperas que de tocar a maitines... Dempués enganché, y dempués me entré en la taberna a limpiar el pasapán. No estaba allí más que Marica.—¿Sabes, Marica, le dije, que me pesa llevar al curita y a la chavala en la carretela?—¿Por qué te pesa?—Porque sí... porque el hombre no está hecho tovía a estos oficios, ¿entiendes tú?—¡Ave María, qué burro eres, Lico! ¡Quita allá! ¿No te da vergüenza?—Mia, Marica, tú no has corrío el mundo como yo. Yo he dido por León, por Palencia, por Salamanca y hasta por tierra de Extremadura... Los curas son, hablando con perdón, hombres como todos los demás, y hay casos en que la mujer no arrepara ni en curas ni en frailes, ni en el verbo devino...

Estas palabras fueron las que promovieron la algazara dicha. Ni los hujieres con sus voces, ni el presidente con la campanilla pudieron apaciguarla en algún tiempo. Por último, aquél logró hacerse oír. Amenazó con hacer desalojar el local inmediatamente, y esto bastó para restablecer el silencio. Después se revolvió contra el testigo.

—Advierto al testigo que si ha dido por todos esos sitios que dice, ahora no va por buen camino. Absténgase de frases groseras y declare sencillamente la verdad.

Después del cochero declaró el zagal. No tuvo importancia su declaración. Salieron luego sucesivamente algunas beatas de Peñascosa que declararon en términos vagos que habían observado cierta intimidad desusada entre Obdulia y su confesor, aunque nunca habían pensado mal de ella. También depuso el P. Narciso. Fue una declaración modelo de hipocresía y maldad. Haciendo elogios hiperbólicos de la virtud y el talento de su compañero, supo, no obstante, clavarle el estilete hasta la empuñadura. Sus reticencias insidiosas, el acento protector y triste con que disculpó las faltas de los sacerdotes, y las últimas palabras dirigidas a excitar la benevolencia del tribunal, causaron profunda impresión en el auditorio. Parecía justificar a su compañero; pero al través de su acento y de su mímica se leía bien claro que le condenaba.

Todas las miradas se volvieron hacia el acusado. El P. Gil estaba como hacía tres meses, cuando ingresó en la cárcel de Peñascosa. Con el encierro su rostro había ganado aún en blancura. En vez del cansancio y melancolía que en los últimos tiempos reflejaba, observábase ahora un alegre sosiego, una firmeza que tenía desconcertados a todos los asistentes al juicio oral. Parecía que aquellos debates no iban con él, que no estaban su honra y su libertad sobre el tapete. La opinión que prevalecía en el concurso, y de la cual se había hecho eco ya la prensa liberal de Lancia, era que aquel clérigo era un cínico, con poca o ninguna vergüenza. No se necesitaba ser muy lince para ver que se había captado la antipatía del tribunal, sobre todo del presidente, que la había puesto ya de manifiesto en varias ocasiones. Como hacía siempre que declaraba algún testigo, el acusado contemplaba ahora al P. Narciso de hito en hito, con mirada firme y tranquila. El coadjutor habló con los ojos puestos en el suelo, y todo el mundo aplaudió su modestia y la moderación de sus palabras.

Salió luego por la puerta de los testigos don Martín de las Casas. Después de su nombre, edad, estado, profesión, etc., el presidente le preguntó:

—¿Ha estado usted procesado alguna vez?

D. Martín, que se hallaba bastante turbado, porque era principalmente hombre de acción, como ya sabemos, y no de derecho, respondió vacilando:

—No recuerdo.

—¡Hombre, no recuerda usted! Pues eso no suele olvidarse.

La frase presidencial despertó gran alegría en el concurso. El inválido rechinó los dientes. Hubiera dado el otro hombro por poder asestar una bofetada a aquel viejo. Éste, observando su irritación, le interrumpió varias veces mientras declaraba, dirigiéndole con zumba algunas preguntas, que siguieron regocijando al auditorio.

El feroz cacique de Peñascosa almacenó en pocos momentos tanta cólera, que se propuso nada menos que escupir en la cara al presidente y desafiarle tan pronto como saliesen a la calle. Sin embargo, este varón poderoso, digno de vivir en la edad de hierro, tropezó con él por la tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, le quitó el sombrero con mucha reverencia. Y es que no hay nada que desanime a los héroes tanto como las cárceles celulares.

Llamaron inmediatamente a D. Peregrín Casanova, el cual, al revés de lo que le había sucedido a su amigo, entró majestuosamente en el salón, resoplando y balanceándose como un vapor que atraca al muelle. En sustancia, el ex-gobernador interino de Tarragona vino a decir que el excusador de Peñascosa nunca había sido santo de su devoción. Los caracteres retraídos, mansos, silenciosos, no le habían dado resultado. A otros quizá se lo dieran, no lo discutía, pero él en su larga carrera administrativa tuvo varios subordinados que estuvieron a punto de comprometerle, y siempre habían sido caracteres semejantes al del acusado. Cuando corrió por Peñascosa la especie de que Obdulia se había fugado con el excusador, él había dicho: «Imposible; estoy seguro de que ese hombre la ha llevado engañada. Hace mucho tiempo que le observo, y yo no necesito tanto. Me precio de tener buena nariz.» (¿De qué no se preciaba D. Peregrín?) A pesar de que existían ciertas diferencias entre él y Osuna, las dio al olvido inmediatamente, porque nunca había sido rencoroso, y se ofreció a acompañarle en la persecución de la pareja. La situación en que los habían encontrado en Palencia no era para descrita. Baste saber que él, D. Peregrín, había enrojecido de indignación. Sin embargo, a ruego del abogado acusador la describió. Después quiso entrar en consideraciones filosóficas sobre la magnitud del delito y sobre la conveniencia para la sociedad de que los tribunales castiguen con mano firme en estos casos, pero le atajó el presidente. El tono pedantesco, la voz nasal y recia y la acción de dómine con que emitía su declaración habían impresionado de mal modo al auditorio, pero peor que a todos al presidente, que le miraba con ojos torvos desde que había comenzado. Cuando ya tuvo lleno el saco de la paciencia, que no llevaba mucha, dijo con su voz áspera de vejete irritable:

—¿Acaso quiere usted darnos un curso de derecho penal? Déjese de filosofías y manifieste los hechos como Dios le dé a entender... que se lo da bien mal por cierto.

—Señor presidente, creo que estoy en mi perfecto derecho...

—Aquí no tiene usted derecho ninguno, ni perfecto ni imperfecto...

—Señor presidente, yo...

—Basta. Retírese usted.

—¡Señor presidente!...

—Que se retire usted inmediatamente, o será expulsado por los hujieres.

Rojo de confusión, trémulo y aturdido, a punto de llorar, el hombre que rigió los destinos de la provincia de Tarragona por más de dos semanas, salió al fin de la estancia dando traspiés.

—Señor presidente—manifestó el abogado acusador con entereza,—esa orden debilita la prueba que propongo y me parece arbitraria...

—¡Llamo al orden al letrado!—gritó furioso el presidente, agitando la campanilla.

—Señor presidente, yo entiendo que se vulneran los derechos de la acusación...

—¡Llamo por segunda vez al orden al letrado!—gritó más furioso aún el presidente, levantándose a medias del asiento y golpeando la mesa con la campanilla.

—Pues formulo la correspondiente protesta.

—Proteste usted cuanto quiera, pero absténgase en lo sucesivo de dirigir palabras irrespetuosas a la presidencia.

El abogado acusador era un joven flaco, de barba negra, ojos pequeños insolentes, y muy sobre sí en todos los ademanes. Figuraba como jefe de los republicanos federales de Lancia y dirigía el periódico que éstos publicaban. Su odio al clero era proverbial en la población. Había tenido varios choques por este motivo, uno de ellos con el obispo: estuvo procesado por injurias a la religión. Como es natural, cogía por los pelos cualquier ocasión de vejar a sus ministros. Un proceso como el presente, en que figuraba como reo un sacerdote, le llenaba de júbilo, lo atendía con cuidados tan tiernos como si se tratase de la honra de una hermana.

Después de D. Peregrín, fue llamada el ama de la casa de huéspedes de Palencia. Venía presentada por la defensa. Declaró que había observado relaciones extrañas entre el sacerdote y la joven, pero que en nada podían comprometer a aquél. Cuando llegaron, pidieron caballos para marchar al día siguiente por la mañana a Astudillo. Le dijo la criada que ya no se marchaban, porque la señorita estaba algo constipada y no se había levantado. Pasó a verla y la encontró pálida, pero no constipada. Le preguntó si había estado a verla su compañero de viaje el sacerdote, y se apresuró a responderle que no, de un modo tan vivo que le llamó la atención. Después supo que había enviado un recado al sacerdote diciéndole que almorzase solo y que pasase luego por su habitación. Estuvo poco tiempo en ella. Le vio salir corriendo, agitado y tembloroso y echarse a la calle. Estuvo por allá toda la tarde, y vino muy de noche ya. Mientras tanto, la señorita había tenido dos ataques; ella la había asistido, porque no quiso que se llamase al médico. El sacerdote se encerró en su habitación. La señorita me mandó llamarle, pero no quiso acudir hasta que le fui a decir que estaba con un ataque. Después fue cuando la señorita me mandó que le hiciese un poco de tila, y mientras yo estaba en la cocina subió su padre con los amigos. Cuando llegué la encontré tendida en el suelo en paños menores. El papá trataba de llevarla a la cama y yo le ayudé.

—Dice usted—manifestó el acusador—que cuando le vio salir del gabinete de la joven ofrecía señales evidentes de turbación. ¿No habrá usted observado, por casualidad, si presentaba igualmente signos de desarreglo en las ropas?

Hubo un murmullo en el auditorio.

—No, señor; no noté nada.

Otras varias preguntas le hizo con la misma intención que ésta. Luego fue repreguntada por la defensa.

Salió inmediatamente, también presentada por ésta, D.ª Josefa, el ama del excusador. Se decía que esta señora tenía pruebas de la inocencia de su amo, que iba a relatar cosas muy curiosas. Se esperaba su declaración con ansiedad. Cuando le hubo tomado juramento y después de las preguntas de reglamento, el presidente le dijo con el tonillo agrio que le era característico:

—Ahora va usted a decir lo que sepa, pero mucho cuidado con los embrollos, porque la tengo a usted sobre ojo...

El abogado defensor, que era un hombre corpulento con largas patillas blancas, protestó contra esta advertencia. Preguntada por el presidente, D.ª Josefa declaró que Obdulia hacía tiempo que perseguía a su amo y le molestaba proponiéndole la escapatoria al convento. Que el excusador había tratado en vano de disuadirla; sus esfuerzos habían sido vanos. Estaba tan resuelta a marcharse, que se hubiera ido sola si él se negaba a acompañarla. En vista de eso, su amo, aunque de malísima gana, había cedido. La testigo misma se lo había aconsejado para que se librase de una beata tan insufrible.

—¿Y no es cierto—preguntó el defensor—que un mes, poco más o menos, después del regreso de Palencia, la querellante se presentó una noche en casa de mi defendido, y que fue arrojada por él de allí?

—Sí, señor.

—Explique cómo ha sido.

D.ª Josefa relató exactamente la escena ya conocida, sin omitir los insultos que dirigió a la joven.

—Como esta versión—dijo el defensor—no concuerda con lo manifestado por la querellante en el sumario, de no haber hablado con mi defendido desde su regreso de Palencia, pido un careo entre ambas.

—Señor presidente—manifestó el abogado de Obdulia,—la acusación se adhiere a esta petición de la defensa, pero solicita que este careo se efectúe después que la querellante haya declarado.

Así lo dispuso la presidencia. El acusador repreguntó a D.ª Josefa:

—¿Es cierto que la testigo miraba con malos ojos a mi defendida, por suponer que la sustraía una parte del cariño o la estimación de su amo?...

—¡No conteste usted a esa pregunta!—se apresuró a decir el presidente.

—Está bien—expresó el defensor.—¿No es igualmente exacto que la testigo detestaba a todas las hijas de confesión del procesado, estableciendo con ellas una suerte de rivalidad?

—No conteste usted tampoco. Esa pregunta es tan impertinente como la otra.

—Renuncio a seguir repreguntando—dijo el abogado con una sonrisa maliciosa, que indicaba bien claramente que ya creía haber conseguido su objeto.

Faltaba la gran emoción de aquel juicio, el acontecimiento que desde que se comenzara hacía unos días se esperaba por todos con verdadero anhelo; faltaba, en suma, la declaración de la querellante, que estaba la última en la lista. Cuando el presidente dio la orden de hacerla pasar, hubo un prolongado rumor en el auditorio, al cual siguió silencio sepulcral. Todos los ojos estaban vueltos hacia la puerta con expresión de intensa curiosidad.

Pareció, al fin, la hija de Osuna. Vestía con modestia y elegancia al mismo tiempo. Su figura esbelta y distinguida y la hermosura ajada, pero interesante, de su rostro causaron favorable impresión en los circunstantes. Al pasar para ocupar su sitio, no se dignó arrojar una mirada a su antiguo confesor. Estaba más pálida que de ordinario, más ojerosa; pero en su mirada podía observarse una vehemencia y un brillo inusitados.

El presidente le hizo las preguntas de la ley, en tono respetuoso y hasta galante. Respondió con notable claridad y precisión.

—¿Es cierto—le preguntó el presidente—que ha sido usted objeto de una agresión maliciosa y escandalosa por parte del procesado?

—Sí, señor.

—Relate usted lo ocurrido en la forma que usted crea más oportuna, sin separarse de la verdad.

—Muy poco tiempo después de llegar el padre Gil a Peñascosa y desempeñar el cargo de excusador, empecé a confesarme con él. Le encontré prudente, advertido y extraordinariamente piadoso. El respeto que yo tenía a su talento y la admiración a sus virtudes eran tan grandes que algunos maliciosos de la población pudieron muy bien figurarse que existía una inclinación en mí hacia su persona. Yo no puedo negar que le profesaba estimación y cariño. Durante el tiempo que fue mi confesor, jamás noté en él más que una estimación espiritual a veces, no siempre, porque ordinariamente se manifestaba severo y poco comunicativo. Sólo en los últimos tiempos empecé a observar que se detenía más tiempo que antes en las confesiones (risas y murmullos en el auditorio); que procuraba prolongarlas entrando en conversaciones que nada tenían que ver con ellas. No hice aprecio de esto, ni tampoco de que alguna vez al despedirnos me retenía la mano entre las suyas largo rato. (Más risas. El presidente agita la campanilla.) Lo atribuía a la confianza que había logrado inspirarle, porque tenía, al menos en la apariencia, un carácter tímido y retraído. Hace ya lo menos un año que le manifesté deseos de entrar en un convento, pero se opuso tenazmente a ello. De vez en cuando volvía a la carga rogándole que me ayudase a llevarlo a cabo. Siempre encontré la misma resistencia. Hasta que repentinamente, pasados algunos meses, me dijo un día que encontraba mi proyecto muy bueno y muy santo, y que estaba dispuesto a prestarme los medios para realizarlo. Lo primero que se me ocurrió, como es natural, fue solicitar el permiso de mi padre. El P. Gil se opuso a ello. Me dijo que por entonces no era conveniente; más adelante ya veríamos. Empezamos a tratar la cuestión de convento. Yo quería entrar en las Agustinas de Lancia, pero él me dijo que conocía un convento de Carmelitas en Astudillo que era el que me convenía. Era un convento que no tenía más que diez o doce monjas, muy tranquilo, muy apartado, un verdadero rinconcito del cielo, como él decía. (Risas.) Preparamos la expedición. Se ofreció a acompañarme. Yo no cesaba de instarle para que mi padre tuviese noticia del proyecto. No se oponía abiertamente a ello, pero lo iba dilatando. Por fin, cuando llegó el momento de realizarlo, me dijo que creía más prudente no darle parte. El pobre iba a tener un disgusto muy grande. Acaso viendo la posibilidad de desbaratarlo se opondría, mientras que sabiéndolo cuando ya estuviese hecho, no tendría más remedio que resignarse. En fin, me alegó una porción de razones que concluyeron por convencerme...

Aquí hizo una pausa la querellante; se llevó la mano a la frente, como si le doliese traer a la memoria lo que iba a decir. Un gesto digno de una actriz de primer orden.

—Salimos un martes al amanecer. Lo había preparado todo perfectamente. El día anterior había ido a Lancia y trajo una carretela que dejó en las inmediaciones de Peñascosa. Durante el camino hablamos poco. Yo iba inquieta y triste. No entramos en Lancia, sino que seguimos a la Reguera para tomar allí el tren. Esperamos bastante tiempo y dimos un paseo por la orilla del río. Nada me dijo entonces que pudiera hacerme concebir sospechas. Sólo cuando estuvimos en el tren y quedamos solos, noté que me miraba fijamente y de un modo particular. Yo me fui al opuesto rincón. Traté de descansar y quise quitarme los zapatos porque me lastimaban. Entonces él se brindó a sacármelos, y sin esperar contestación se puso a hacerlo. (Rumores y risas. El presidente amenaza con despejar la sala.) A mí, a la verdad, me dio aquello vergüenza y quedé muy inquieta. Me pesaba ya muchísimo de haber ido con él. Procuré disimular, sin embargo, porque empezaba a tener miedo. Llegamos a Palencia y mandamos a buscar caballos para ir al día siguiente a Astudillo. Pero al día siguiente me sentí muy mal. La emoción del viaje me había descompuesto los nervios. Me esperaban, por desgracia, otras más fuertes. El padre entró a verme; se sentó a la cabecera de mi cama, y después de algunos lugares comunes, empezó a hablarme de amor como un galán cualquiera. Me hizo una declaración. Yo estaba aterrada y escandalizada. Me dijo que sólo había ideado aquel viaje con el objeto de marcharse conmigo, que podríamos ir al extranjero y vivir como marido y mujer... una serie de cosas escandalosas que me dejaron yerta. Tuve fuerzas, sin embargo, para responderle. Lo hice con tal energía, porque estaba como loca, que le asusté. Le amenacé con gritar si no se marchaba inmediatamente...

Obedeció. Llegó el ama después a verme, y estuve por decirle lo que me había pasado, pero me contuve. Sentía en el alma dar un escándalo y perder a un sacerdote. Me pareció mejor disimular. Envié un recado al padre para que almorzase solo y viniese después a verme. Mi objeto era hacer que reflexionase un poco y rogarle que escribiese a papá o le telegrafiase para que viniese a recogerme, con pretexto de que estaba enferma y no podía entrar en el convento. Llegó después de almorzar; pero en vez de presentarse arrepentido por lo que había hecho, comenzó otra vez a solicitarme de un modo más feo, más asqueroso que antes. Entonces le hablé como debía, recordándole sus deberes y la confianza que había depositado en él. No hizo caso. Viéndome perdida, porque trataba de pasar de las palabras a las obras, cogí un Santo Cristo de ébano que había sobre la mesa de noche y lo puse delante de mí, diciendo: ¡Señor, protegedme!... Entonces él, como si viera el diablo, se marchó corriendo...

Después tuve dos ataques muy fuertes. Creí que me moría. Cuando pude coordinar las ideas, era ya cerca de noche. El ama me dijo que había salido de casa y no había vuelto. Encargué que le avisaran para hablarle por última vez y resolverme o no a dar parte de lo que ocurría. No quiso venir, temiendo sin duda mi indignación. Caí con otro ataque, y el ama sin duda fue a buscarle, porque cuando abrí los ojos estaba él a mi lado. Pedí al ama que me hiciese una taza de tila... En cuanto quedamos solos, sin mediar palabra alguna se arrojó sobre mí, cubriéndome la cara de besos, apretándome con tal fuerza que pensé morir... Aturdida y horrorizada, lancé algunos gritos, pero él los sofocó poniéndome la mano en la boca... Luché con desesperación, y Dios me dio fuerzas para desprenderme de sus brazos y saltar de la cama... Pero apenas había puesto los pies en el suelo, me encontré otra vez sujeta y con la boca tapada... Forcejeamos un rato, pero aquella lucha no podía durar mucho tiempo... Al fin, perdí el sentido...

Una emoción violenta corrió por la sala. Hubo un rumor prolongado. Todas las miradas, fijas hasta entonces en la querellante, se dirigieron hacia el acusado. El P. Gil había escuchado aquella infame declaración, primero con sorpresa, después con una triste compasión, que los circunstantes, impresionados por las palabras de la joven, no supieron leer en sus ojos. Aquella actitud tranquila, aquella mirada persistente, fija sobre su acusadora, siguió atribuyéndose a cinismo.

Era difícil que sucediese de otro modo. Obdulia había mostrado, bajo el latigazo de la ira, un talento diabólico. Su palabra y sus ademanes, un poco exagerados, vibraban de indignación. Su mirada no se cruzó jamás con la del sacerdote; pero supo bien dar a este miedo el aspecto de desprecio.

—Deseo que manifieste la querellante—preguntó el abogado defensor—cómo es que, habiendo sucedido todo lo que acaba de declarar, se confesó después única autora de aquella fuga y nada dijo hasta trascurrido mucho tiempo de la violencia de que fue objeto.

—No he dicho nada por vergüenza. Creo que cualquiera mujer haría lo mismo en mi caso. ¿Qué ganaba con revelar estas cosas tan sucias? Sólo cuando vi mi honra por los suelos, sólo cuando llegó a mis oídos lo que se decía en Peñascosa, me aventuré a confesarlo a mi padre. Por mandato de éste me encuentro aquí, que de otro modo tampoco hubiera venido.

A todas las preguntas que le hicieron, tanto el presidente como los letrados, respondió con admirable serenidad y viveza. Ni un momento le faltó su imaginación.

El defensor del P. Gil propuso al fin el careo con D.ª Josefa. Entró ésta de nuevo y clavó una mirada iracunda en Obdulia, la cual le pagó con otra de afectado desprecio. A instancia de la presidencia relató de nuevo la escena en que el P. Gil arrojó de casa a su penitenta. A las pocas palabras ésta dio señales de agitación y se puso horriblemente pálida.

—¡Falso, falso!—gritó sin poder contenerse.

—¿Es falso que entró usted en la habitación de mi amo diciendo: «¡Padre, aquí me tiene usted!», y que mi amo, sin contestar palabra, se levantó de la silla, la cogió a usted por un brazo y la puso de patitas fuera del gabinete?

—¡Mentira!... Esa mujer está loca... Por salvar a su amo inventa una calumnia.

—No estoy loca, no, ni calumnio a nadie... La que calumnia a un sacerdote es usted, pícara, que tiene que dar cuenta a Dios de su maldad...

—Repórtese la testigo—dijo el presidente.—Repórtese también la querellante, o me veré obligado a expulsarlas de la sala.

Pero ni una ni otra hicieron caso de la amenaza. Obdulia siguió gritando:

—¡Falso! ¡Miente usted!

—La que miente es usted, que quiere por orgullo perder a un sacerdote... ¡a un santo!

—¡Silencio!—gritaba el presidente golpeando con la campanilla.

—¡Buen santo te dé Dios!—exclamaba la joven con sonrisa sarcástica.—No calumnie usted a los demás por salvarle a él.

—¡Basta! Expulsad del local a estas mujeres—profirió el presidente, dirigiéndose a los hujieres.

—¡La calumniadora eres tú!... ¡Tú, bribona! ¡Bribona!... ¿Porque te ha despreciado le acusas, infame? ¿No temes que se abra la tierra y te trague?...

En aquel momento un hujier la cogió por un brazo y la empujó brutalmente hacia la puerta. Pero D.ª Josefa, hasta que llegó a ella, siguió gritando:

—¡No hay justicia que azote a esa mala mujer, que la emplume!... ¡Bribona, que has andado siempre detrás de los curas, como una perra salida!... ¡Meterla en un baño de agua fría para que se refresque!...

Otro hujier fue a expulsar a la otra; pero en el momento de acercarse, Obdulia se desplomó, acometida de un síncope. Su abogado y las personas que estaban cerca acudieron a socorrerla. Se la trasladó al despacho del secretario. Dos médicos del concurso fueron espontáneamente a visitarla.

Terminada la prueba, y después de descansar unos minutos, el presidente concedió la palabra al acusador privado.

Su discurso fue, como se esperaba, elocuente y sañudo. Tenía la voz velada a causa de una bronquitis crónica: cuando quería elevarla resultaba chillona, estridente. La palabra era fluida, aunque abundaba en los lugares comunes del periodismo. En Lancia nadie sabía hablar con esta tersura. Pintó al P. Gil como un ser hipócrita, rastrero, alimentando en secreto pasiones vergonzosas, ocultándolas con cuidado por el temor de perder su posición. Estas pasiones son frecuentes en los clérigos, en quienes un régimen de holganza y una vida muelle y sedentaria las excitan...

Como insistiera demasiado en esto, el presidente le llamó al orden.

Describió el delito con una crudeza pintoresca a propósito para impresionar al tribunal. Un plan odioso trazado de antemano y llevado a cabo con firmeza y habilidad implacables. Abuso de confianza primero, ataque al pudor después; por último, una cobarde y sacrílega violación. Las pruebas eran concluyentes. Con vigor y sutileza al mismo tiempo las fue acumulando todas sobre la cabeza del presbítero para concluir con este párrafo:

—Y por si todos estos datos irrecusables no fuesen bastante a demostrar palmariamente la premeditación del crimen, voy a aducir otro. Se dice, y todos están conformes en ello, que el padre Gil llevaba a su hija de confesión a un convento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien, excelentísimo señor... en Astudillo no hay convento de Carmelitas. ¿Quiere más el tribunal?

El discurso fue corto y contundente. Al terminar se sintió un murmullo aprobador, de mal agüero para el procesado.

El defensor de éste era un abogado de experiencia e inteligente, pero que carecía en absoluto de las dotes oratorias de su contrincante. Tenía palabra abundante, pero era monótona, pesada, más a propósito para dilucidar algún punto oscuro en un expediente civil que para arrastrar el espíritu del tribunal y del público. Se entretuvo con suma prolijidad a reconstituir el sumario buscando informalidades, llamando la atención del tribunal acerca de pormenores, algunos de ellos insignificantes. Nada de entrar, como debiera, en el carácter de la querellante, de hacer resaltar el trastorno crónico de su sistema nervioso, la violencia sorprendente de sus sentimientos, lo mismo el amor que el odio, la susceptibilidad enfermiza de su amor propio que parecía desprovisto de piel y en carne viva siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el verdadero génesis de aquella acusación extraña.

Habló cerca de hora y media. Al terminar, lo mismo el tribunal que el público, estaban visiblemente fatigados. Rectificó brevemente el acusador privado algunos errores de hecho. Sostúvolos el defensor, según era su condición, larga y prolijamente. De tal modo, que el fastidio engendrado por su primer discurso se multiplicó notablemente en el segundo.

Por último, el presidente hizo sonar la campanilla y, encarándose con el acusado, dijo:

—En vista de las pruebas que acaban de practicarse y de los informes de los señores letrados, ¿tiene el procesado algo que manifestar al tribunal?

El P. Gil se levantó de su banco y paseó una mirada tan suave como vaga por la sala. Parecía que le despertaban de un sueño. Tardó algunos instantes en hablar. Reinó en el auditorio silencio profundo y ansioso. A pesar de la atmósfera desfavorable que habían formado en torno suyo, su figura delicada, poética, donde resplandecía la humildad, no podía menos de causar impresión favorable.

—Soy inocente del crimen que se me imputa. En las manos de Dios, en quien he dejado hace tiempo todos mis pensamientos y cuidados, dejo ahora también mi sentencia. Cúmplase su voluntad.

Estas sencillas palabras, pronunciadas con lentitud, causaron una conmoción eléctrica en el concurso. Por un instante se entrevió la verdad como a la luz de un relámpago. Pero las tinieblas cayeron de nuevo en la sala y se espesaron dentro de las más perspicuas inteligencias. No faltó quien murmurase que los curas, por malvados que fuesen, tenían siempre en los labios estas palabras. El presidente le respondió con su acritud acostumbrada:

—Bueno; más adelante le juzgará Dios. Por lo pronto van a juzgarle a usted los hombres.

XV

El tribunal de los hombres le condenó a catorce años, ocho meses y un día de reclusión.

El oficial de sala de la Audiencia que fue a leerle la sentencia a la cárcel se creyó en el deber de prodigarle consuelos. El caso no era desesperado. El Tribunal Supremo podía aún casar la sentencia. Si esto no sucediese, él era todavía joven y volvería seguramente del presidio, sobre todo teniendo en cuenta las rebajas de tiempo que el gobierno otorga de vez en cuando, etc., etc.

—Gracias, gracias, señor—dijo el presbítero, cuya fisonomía expresaba una calma profunda, una serenidad íntima que llamaba la atención.—Usted me cree muy desgraciado, ¿verdad?

—Mucho... Me inspira usted una gran compasión—respondió con cara compungida el curial.

—¿De modo que no se cambiaría usted por mí en este momento?

El empleado hizo una mueca de susto.

—Por desgracia... Ya comprenderá usted... ¡El caso es terrible!...

El P. Gil permaneció un instante mirándole fijamente con una dulzura no exenta de lástima, y dijo al fin, poniéndole una mano sobre el hombro:

—Pues haría usted mal, señor, haría usted mal. Podía usted muy bien dar su libertad, su honor, su posición y su familia por hallarse como yo... y todavía saldría usted enormemente ganancioso.

El curial le miró con estupor. Por sus ojos pasó después un relámpago de inquietud, temiendo hallarse frente a un loco, y se apresuró a despedirse y salir.

Quedó solo el sacerdote. La celda en que se hallaba era lóbrega y sucia. Un catre de hierro, una mesilla de pino, una cómoda tosca y algunas sillas de paja componían todo el mobiliario. Por la única ventana enrejada que la esclarecía, abierta a bastante altura, entraba en aquel momento un haz de rayos de sol. El P. Gil, después de permanecer un momento inmóvil en actitud reflexiva, fue a colocarse debajo de aquellos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repentinamente, brilló con reflejos de oro, su tez blanca adquirió una trasparencia singular. Su cuerpo fino, delgado, vestido con negra sotana, parecía una columna de ébano destinada a sostener aquella cabeza.

Dejose anegar por la onda tibia, bebiendo lentamente su dulzura, palpitando bajo su caricia como un pájaro prisionero. Alzó los ojos a la ventana. Por entre las rejas percibió el azul del firmamento, trasparente, infinito, convidando a volar por él.

El cielo reía. Pero más alegremente que el cielo reía su alma, inundada de gozo embriagador. En el fondo de su ser también brillaba el infinito azul. Desde que la Gracia le había visitado vivía en perpetua fiesta. Sus ojos, iluminados bruscamente, contemplaban el Universo en su naturaleza ideal. Todos los velos tendidos por la razón habían caído al suelo: el gran secreto de la existencia se le revelaba directamente con admirable claridad y pureza.

Detrás de esta vida aparente que nos rodea vio la vida real, la vida infinita, y entró en ella con el corazón henchido de alegría. En esta vida infinita todo es amor, o lo que es igual, todo es felicidad. Entrar en ella es poner el pie en el imperio de la Eternidad. Es la vida del espíritu. El mundo no puede cambiarla ni el tiempo destruirla, porque es ella el principio mismo del tiempo y del mundo. Gustó la vida en Dios; vivió más allá del tiempo en la fuente misma ideal y perenne del mundo imaginativo que nos envuelve. Sus días ya no se deslizaban tristes y ansiosos como una porción del tiempo. Ya no sufría el torcedor de la voluntad; no exhalaba quejas lastimeras sobre sus pecados, sobre sus resoluciones vencidas, porque no amaba ya sus propias obras, por buenas que fuesen, como antes, sino únicamente lo Eterno. Porque las obras tienen su origen en la persona, y él se había despojado de la suya; la había negado con firmeza. En medio de una santa y dulce indiferencia dejaba que Dios obrase dentro de su espíritu. Exento para siempre de duda y de incertidumbre, sabía que no debía querer más que una cosa, y que todo lo demás se le daría por añadidura. Estaba seguro de que la fuente de amor divino que había brotado en él no se agotaría jamás, y que este amor le guiaría eternamente. El temor de la destrucción por la muerte ya no le turbaba. La muerte, desde que había entrado en la vida de la eternidad, era para él incomprensible. No necesitaba bajar a la tumba para obtener esta vida eterna. Bastábale unirse de corazón a Dios para poseerla y para gozarla.

Averiguó, en fin, de una vez para siempre, que el hombre no puede salvarse del dolor y de la muerte por la razón, sino por la Fe, esto es, por un conocimiento distinto y superior del que aquélla puede darnos. Desde que este conocimiento iluminó su espíritu, alcanzó la felicidad absoluta. Sin inquietud por lo porvenir, sin sentimiento por lo pasado, no apeteciendo nada, no rechazando nada tampoco, su vida se deslizaba tiempo hacía como un sueño feliz, como una dulce embriaguez. Dejó caer el plomo de los deseos y las tristezas que le ligaban a la tierra. Desprendido de toda ilusión y de todo esfuerzo, sin temores de aniquilamiento ni esperanzas egoístas de resurrección, por la virtud de la Fe y del amor supo reproducir en su alma el verdadero reinando de Dios.

Sólo breves instantes permaneció así inmóvil, recibiendo el beso cálido del astro del día. No tardó en representársele que aquél era un goce de los sentidos, y haciendo un gesto de desdén, fue a sentarse en el ángulo más oscuro de la estancia. Sólo renunciando a los placeres, sólo buscando el sufrimiento y señoreando sus sentidos había llegado a aquel estado de beatitud, de sublime indiferencia.

—¿Para qué necesito los rayos de ese sol—se dijo,—si el fuego que arde dentro de mi alma me calienta y me conforta mejor? ¿Qué vale esa luz efímera, comparada con esta otra que no se oscurecerá jamás? Vivir en la vida de los sentidos es ser un esclavo del tiempo y la necesidad. Todo lo que no pertenezca al ser interior y libre que dentro de mí he conseguido hallar me es extraño e indiferente. ¡Oh, no! No temblaré ya como un esclavo. Tengo la conciencia de mi libertad. No necesito morir para recobrarla. Este sentimiento de mi libertad me llena de gozo, soy un emancipado y llevo impreso en el alma el sello de mi Dios. Nada de lo que sucede, nada de lo que sucederá puede alterar la paz de mi corazón. El pulso de mi vida interior batirá con la misma fuerza hasta que suene la hora de dejar este mundo. He comido de la carne y he bebido de la sangre del Redentor, y según sus promesas, yo habito en Él y Él habita en mí. Soy un hijo de la Eternidad. He recogido la herencia de mi Padre, y nadie, ¡nadie me la podrá arrancar!...

El cerrojo de la puerta sonó con estrépito. Apareció el llavero, un hombre grueso, con la faz colorada, los ojos llenos de carne, el traje sucio y grasiento, y alrededor del abultado abdomen un cinturón ancho de cuero guarnecido de llaves. Sin dar los buenos días ni hacer una mínima señal de cortesía, volvió el rostro hacia el pasillo, diciendo:

—Pasen ustedes, señores, pasen ustedes.

Detrás de él aparecieron dos caballeros con levita y sombrero de copa. El uno alto, rubio, con larga barba que le llegaba hasta la mitad del pecho, fisonomía abierta y simpática; joven aún. El otro más bajo y más delgado, de color enfermizo, barba rala y gafas. El primero era un médico distinguido de la población. El segundo, un jurista muy aficionado a los estudios penales y que había publicado ya varias monografías referentes a ellos.

Levantose el P. Gil al verlos. Ellos le saludaron cortésmente, aunque sin darle la mano.

—Bueno; ahí les dejo a ustedes con el pater—dijo el llavero con grosería.—Avisen ustedes cuando quieran salir.

Y se fue.

El abogado dio un paso hacia el penado, y le dijo con amable sonrisa:

—Desearíamos, si usted no tiene inconveniente en ello, hacerle algunas preguntas...

—Son ustedes muy dueños—respondió el sacerdote, clavando en él una mirada límpida que consiguió turbarle.

El médico se adelantó también, y sacando la petaca le ofreció un cigarro puro, preguntándole al mismo tiempo:

—¿Qué tal? ¿Le tratan a usted bien por aquí?

—Muchas gracias, no fumo... Sí, señor, me tratan bien. Hay más caridad en la cárcel de lo que ordinariamente se dice.

Entablose una conversación animada. Procuraron, lo mismo el médico que el jurista, hacerla cada vez más íntima y familiar, enterándose con interés de los pormenores de su vida cotidiana. Pasaron después insensiblemente a interrogarle acerca de su infancia, de las primeras impresiones de su vida, de su educación, y se detuvieron particularmente en la adolescencia. ¿Cuál era su vida en el seminario? ¿Cuál su régimen de alimentación? ¿Era aficionado a la soledad? ¿Qué enfermedades había padecido? Enteráronse también de algunas particularidades referentes a su familia. El suicidio de su madre les llamó sobre todo la atención, y se entretuvieron largo rato a preguntarle lo que sabía acerca de la que le había dado el ser. Por último, después de una hora de conversación, durante la cual le miraban con la insistencia pertinaz de quien va a comprar un animal, el médico le preguntó:

—¿Nos permitirá usted ahora que tomemos algunos datos acerca de su cráneo y otras medidas?...

El P. Gil, un poco sorprendido, consintió inmediatamente. El médico sacó del bolsillo de atrás de la levita un craniómetro y una cinta.

Tomole la medida del cráneo en redondo, después la de la caja ósea que protege el encéfalo, la del ángulo facial, la del largo de la cara; midió la proyección facial y la parietal, los arcos zigomáticos y la mandíbula...

Al llegar aquí, el médico y el jurista cambiaron una rápida mirada significativa.

—¿Nos hace usted el favor de abrir los brazos?

El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melancólica plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Después el de las manos. En este punto, médico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de inteligencia.

Finalmente, luego que se hubieron enterado de todo lo que quisieron, despidiéronse de él muy cortésmente, dándole muchas veces las gracias por su amabilidad y procurando animarle con buenas razones.

Al día siguiente aparecía en El Porvenir de Lancia, firmado por el abogado criminalista, un artículo con el título de Una visita al P. Gil. Hacíase en él relación exacta de la entrevista, describíase con minuciosidad la persona del sacerdote penado, y terminaba con una serie de profundas consideraciones científicas acerca de los caracteres anatómicos, patológicos y fisiológicos que el delincuente presentaba.

«Entre los datos antropométricos—decía en uno de sus párrafos—comunes a todos los criminales, sólo hemos podido observar cierto predominio ligero de la proyección parietal comparada con la frontal y bastante desarrollo de los arcos cigomáticos y de la mandíbula. En cambio, el P. Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela criminal positiva asigna como peculiares a los estupradores y libertinos; es a saber: el pabellón de la oreja saliente e inserto a manera de asa, la mirada brillante, la fisonomía delicada (a excepción de la mandíbula), el cabello liso, el cutis mórbido, las manos muy largas y algo de afeminado en el conjunto.»

FIN

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings