DON ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 5)
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El P. Gil, sacudido por un estremecimiento de tristeza y compasión, comenzó a llorar.
—Gracias... gracias por esas lágrimas—dijo el enfermo sonriendo.—Al mismo tiempo dejó caer su mano, trasparente como la porcelana, sobre la del sacerdote y la apretó suavemente.
Hubo un largo y triste silencio. El P. Gil, con la mirada extática, clavada en el balcón, meditaba. El moribundo, con los ojos cerrados, parecía prepararse a conciliar el sueño dulce que anhelaba. La estancia se oscurecía por momentos fuertemente y en otros se esclarecía, revelando la espesura de las nubes que interceptaban la luz del sol.
—Pero ¿no siente usted horror a la nada, al aniquilamiento absoluto?—exclamó al fin el P. Gil con cierta violencia, como si argumentase contra su propio pensamiento.
El mayorazgo abrió los ojos sorprendido.
—¿Cómo?... ¿Si no tengo miedo a la nada?... ¡Oh, no! A lo que tengo miedo es a la vida... Todos se casan con ella al nacer, y a todos les sale p... Unos lo dicen como yo... Otros lo callan por vergüenza, como hacen la mayor parte de los maridos.
—¿Y si Dios le condenase después de esta vida a eternos tormentos por haber blasfemado tanto?
El moribundo sonrió con trabajo.
—Eso lo han inventado ustedes los clérigos... para turbar la paz de esta hora... de esta hora dichosa... Pero yo la he comprado demasiado cara para desprenderme de ella...
Hubo otro largo silencio. El enfermo volvió a cerrar los ojos. Aparte de cierta extraña agitación en los dedos, su actitud tranquila confirmaba el sentido de sus palabras. Parecía estar gozando con voluptuosidad de la insensibilidad que poco a poco penetraba en su ser, de los preludios de la nada.
—Y sin embargo—concluyó por decir el P. Gil, exhalando un suspiro y con los ojos clavados siempre en el balcón,—¿no sería infinitamente más dulce esta hora si fuese la entrada de una nueva vida, si por nuestra alma bajase una legión de ángeles que la llevasen a gozar de Dios eternamente, como creemos los cristianos?
El mayorazgo alzó un poco los ojos e hizo signos de negación con la cabeza. Volvió a cerrarlos. Pero haciendo al cabo de algunos instantes un esfuerzo para incorporarse, dijo con voz más firme:
—Para que la vida en otro mundo me fuese soportable... sería forzoso que trasformasen mi ser por completo... Mi carácter por sí sólo bastaría para aburrirme... Déjeme usted reposar en paz... Deje usted, padre, que se destruya el error fundamental de mi existencia... Ni yo ganaría nada con perpetuarme... ni el Universo tampoco... Ahí quedan otros millones de seres encargados de sostener el fardo de la vida.
—¡Pero es horrible entrar en una noche sin límites, eterna!
—No tal... La vida es una pesadilla... La muerte es un sueño tranquilo...
Cerró de nuevo los ojos. El P. Gil le apretó cariñosamente la mano, exclamando:
—¡Quién sabe!
La mano del moribundo se estremeció levemente. El excusador no volvió a desplegar los labios. Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró también los ojos, apretándolos con las yemas de los dedos, cual si tratara de contener el torrente de pensamientos que se escapaban de su cerebro. El viento y la lluvia habían cesado. No se oía en la estancia más que el rumor lejano de las olas batiendo contra los peñascos.
La meditación del sacerdote fue larga y dolorosa. La hoja aguda y fría del escepticismo penetraba en sus entrañas: una mano cruel la revolvía sin piedad para desgarrárselas mejor. Lo que aquel hombre, enloquecido por el dolor, decía quizá no fuese cierto. Pero ¿lo era lo que afirmaba el cristianismo? Éste, en último resultado, también era una tentativa para explicar la Existencia y el Universo, más hermosa, más consoladora que las demás... pero al fin una tentativa. Ninguna seguridad podíamos tener de ella, pues que no la tenemos de nuestra facultad de conocer las cosas.
Cuando al cabo de un rato largo levantó la cabeza, el susto que recibió le hizo dar un salto en la silla. D. Álvaro se estaba muriendo. Tenía la boca abierta y recogía en silencio el aire, que ya no bastaba a mover sus deshechos pulmones.
—¡D. Álvaro! ¡D. Álvaro!—le gritó, sacudiéndole.
No respondió. El P. Gil cogió el abanico que estaba sobre la mesa de noche y se apresuró a darle aire. Al mismo tiempo gritó:
—¡Madrina! ¡madrina! ¡Venga usted!
D.ª Eloisa y la criada se precipitaron en la habitación. En vano trataron de reanimar al moribundo dándole aire después de incorporarle, abriendo el balcón, frotándole los pies con un cepillo, haciendo todo lo que les sugería en aquel momento su imaginación. Era el último ataque de disnea. Abría de vez en cuando la boca. Movía los dedos con ligeras sacudidas. Pero su fisonomía se iba inmovilizando rápidamente. El hombre trasmigraba a la estatua; el alma se convertía en piedra.
Aspiró tres o cuatro veces seguidas el aire y quedó rígido, inmóvil, con los ojos y la boca entreabiertos.
D.ª Eloisa se abrazó a él sollozando y cubrió de besos su faz cadavérica. La criada rompió a gritar como si la estuvieran golpeando. El padre Gil se dejó caer de rodillas y se puso a leer en voz baja por su breviario.
Al cabo de un rato D.ª Eloisa y la criada también se arrodillaron al pie del lecho y oraron. Pero aquélla, viendo asomar una lágrima por entre las pestañas de su hermano, se levantó prontamente y la recogió con el pañuelo. Era la lágrima que vierten los que acaban de morir; lágrima de protesta de la criatura contra el poder aciago que la ha sacado de la nada sin pedírselo.
—¡Mire usted, padre, qué sosiego, qué quietud tan dulce respira su fisonomía!—exclamó la buena señora, contemplando a su hermano con ojos de dolor y ternura.—¡Bien se conoce que al fin se ha reconciliado con Dios!
El sacerdote dejó caer el libro sobre el lecho y se tapó el rostro con las manos.
XII
Obdulia manifestó a su confesor que estaba resuelta a dejar el mundo y consagrarse por entero a Dios en un convento. No pudo darle noticia más grata. Hacía ya mucho tiempo que las preferencias, la exagerada sumisión y hasta idolatría que la joven devota se complacía en mostrarle inquietaban al P. Gil. La última extravagancia que había cometido, y de la cual le enteró el secretario del obispo, le puso en un estado tal de confusión y enojo que en muchos días no quiso hablar con ella, ni menos se avino a confesarla. El suceso había trascendido y se comentaba mucho y se reía no poco también. Claro que quien perdía principalmente era ella; pero de reflejo también se menoscababa la dignidad del sacerdote. La joven estaba avergonzada. No se presentaba en público ni en casa de sus amigas, y hasta procuraba ir a la iglesia a las horas en que no hubiese gente. Pero estaba aún más afligida, con la actitud de su confesor, que avergonzada. Quizá por esto, y para granjearse de nuevo su voluntad, le fue a noticiar una tarde al confesonario la determinación que había tomado.
No vaciló en darle su consentimiento. Una devoción tan exaltada, un anhelo tan vivo de penitencia y sacrificio se hallarían más a su grado entre las paredes de un convento que en medio de las impurezas de la vida mundanal. A decir verdad, siempre le había sorprendido un poco que su penitenta no se acordase de la vida monástica, tan conforme con sus inclinaciones. Luego, la edad a que había llegado, traspuesta ya la primera juventud, no hacía temer que su resolución fuese hija de un deseo efímero, de una fugaz exaltación romántica, como suele acaecer a las niñas de quince a veinte años. No sólo, pues, se manifestó conforme, sino que la alentó con suaves palabras a persistir en ella y a llevarla a cabo en el plazo más corto posible. Quedó en principio acordado entre ambos que se buscarían los medios más adecuados para ello. El P. Gil, aunque no se lo confesase claramente, estaba contentísimo de librarse de aquella inquieta y enfadosa beata, que a todas horas le molestaba, y que el día menos pensado podía comprometerle gravemente.
Se trató la cuestión de convento. El P. Gil deseaba que fuese al de Agustinas de Lancia, pero la joven prefirió una regla más estrecha. En un pueblecito de Castilla llamado Astudillo existía un convento de Carmelitas Descalzas, donde estaba de superiora una prima suya. Era un retiro dulce, remoto; no había más que diez o doce monjas: un rinconcito del cielo, como le decía cierto capellán que lo había visitado. A ése se empeñó en ir, y su confesor no tuvo al fin más remedio que ceder.
Quedaba la cuestión más grave; el permiso de su padre. Obdulia la presentó desde luego como muy ardua. Osuna no tenía más hija que ella. Era verosímil que se resistiera a perderla para siempre. Mostrábase reacia, temerosa, para hablarle: dejó trascurrir días y días sin intentarlo. El P. Gil la animaba representándole que nada reprobado iba a solicitar de él. La resolución de retirarse del mundo era buena y piadosa para la Iglesia. Para los que no creyeran en ésta, indiferente, nada tenía de inmoral; dependía en un todo del gusto o vocación de la persona. Si un padre consiente que un hijo se case o elija carrera acomodada a sus aficiones, ¿por qué no ha de permitir que otro busque su felicidad en el silencio de una celda? Sobre todo, nada tenía de ofensivo para su autoridad el solicitarlo humildemente. Si lo negaba, se alegarían razones; tal vez se llegase a convencerle.
Finalmente, después de muchas idas y vueltas, tentativas y sustos y vacilaciones, las cuales rodeaba la exaltada doncella de gran aparato y misterio, se decidió un día a acometer aquella empresa espeluznante. ¡Cielo santo, en qué estado de confusión y terror llegó aquella tarde al confesonario! Su padre se había puesto loco, rabioso, al solo anuncio de lo que deseaba hacer. No quiso escuchar razones; la increpó, la injurió y la arrojó de su cuarto a empellones. Jamás consentiría en darle permiso. Primero quisiera verla muerta, y aun la mataría por su propia mano. El P. Gil halló exagerada y hasta irracional aquella oposición, y manifestó propósitos de dirigirse él mismo a Osuna y hacerle comprender que no tenía derecho a violentar de tal modo la inclinación de su hija, sobre todo considerando que no era una niña privada de reflexión. Obdulia se apresuró a disuadirle de este empeño. Su padre había dicho en un arranque de enojo que consideraría como enemigo a cualquiera que le hablase del asunto, que no le escucharía y le arrojaría de su casa.
Fue preciso resignarse por el momento, esperando tiempo más propicio. Sin embargo, la piadosa joven manifestaba cada día mayores y más vehementes deseos de abandonar el mundo para siempre. Esto la reconciliaba con el P. Gil, que había comenzado a desestimarla. Varias veces, desde el primer intento, había abordado a su padre, pero siempre en vano y con desgracia. Osuna se oponía cada vez con más alta violencia. Desde que supiera el propósito de su hija se mostraba con ella despegado, la trataba con extraordinaria dureza; en todas ocasiones, pero sobre todo a la hora de comer, hacía befa de su devoción y se complacía en atormentarla con burlas sangrientas que le hacían llorar. Y no sólo con palabras, sino también con obras la torturaba despiadadamente. Afirmaba tener los brazos negros de los pellizcos que la infligía en cuanto se tocaba la cuestión del convento. Un día mostró a su confesor una oreja rota, de un tirón del feroz jorobado; otro, llegó con una mejilla inflamada y renegrida por haberle tirado un cepillo a la cara. El P. Gil estaba horrorizado y confundido. No sabía qué hacer ni aconsejar.
Los malos tratos y la violencia de las escenas que con su padre tenía a todas horas llegaron a tal extremo que un día declaró a su confesor hallarse resuelta a no padecerlos más tiempo. Tenía el propósito de entrar en el convento a despecho de todos los obstáculos que se le presentasen. Si el P. Gil la ayudaba en su empresa, se escaparía de la casa paterna y entraría inmediatamente en la de Dios. Quedó aquél asustado y confuso ante tan arrebatada determinación. No se le ocultaba que la joven tenía razones poderosas para desobedecer la autoridad de su padre, y si se quiere para huirla. Pero el caso era muy grave. Desde luego trató de disuadirla aconsejándole calma y resignación. Acaso con el tiempo Osuna se convencería, le tocaría Dios en el corazón y podría realizarse con su anuencia lo que tanto anhelaba.
Obdulia no quiso escucharle. Había padecido ya demasiado. Dios no podía querer que obedeciese a un padre tirano y cruel que desobedecía él mismo las leyes divinas poniendo trabas a la salvación de una hija. Con muchas lágrimas y extremosos ademanes le rogó que la socorriese en aquel trance, que la condujese al convento de Astudillo. El sacerdote se negó rotundamente a ello. Volvió a aconsejarle calma y que buscase siempre por los medios suaves de la obediencia y la humildad ganar el consentimiento de su padre. Pero Obdulia, conducida a la desesperación por el creciente rigor de éste, le dijo al fin de un modo terminante que si en el plazo de ocho días no se decidía a acompañarla al convento, se escaparía de la casa y se iría sola.
Gran turbación arrojaron estas palabras en el espíritu del joven excusador. Ayudar tan directamente a cometer una desobediencia le causaba repugnancia. Pero consentir que un padre abusase de tan bárbara manera de su autoridad para violentar la inclinación de su hija y contrariar la voluntad misma de Dios, que la llamaba hacia sí, tampoco le parecía bien. Por algunos días lucharon dentro de él estas opuestas tendencias. Obdulia le veía preocupado, irresoluto. Con astucia le iba atrayendo a la determinación que ella deseaba, haciéndole entender, cada vez con más fuerza, que si se negaba a acompañarla se marcharía sola. Esto le parecía al excusador el colmo del escándalo. Además, se expondría a mil accidentes lamentables, y acaso a su perdición completa. Consentirlo, era echar sobre la conciencia una terrible responsabilidad. Pensó prevenir a su padre; pero la joven, que le adivinó el pensamiento, le declaró con firmeza que sería inútil y aun nocivo para todos este paso. En cuanto tuviese un momento libre para escaparse, lo haría aunque fuese a medianoche.
El P. Gil tuvo la debilidad de ceder. Con la viva imaginación que la caracterizaba, la hija de Osuna se puso a idear los medios de llevar a cabo su propósito. Era condición de su temperamento el no hacer nada por medios naturales y sencillos. Para que saliese a gusto suyo, todo había de ser laberíntico, extraño, violento. El plan era el siguiente: el P. Gil se iría una mañana a Lancia, alquilaría un coche y volvería con él por la noche. Lo dejaría en las cercanías de la villa y vendría a dormir a su casa. Por la mañanita, antes de amanecer, saldría ella con pretexto de ir a misa, tomaría por la carretera de Lancia y se reunirían en el lugar designado de antemano: se meterían en el coche e irían a tomar el tren de Castilla a una estación más allá de Lancia, para despistar a su padre, si por acaso pretendía perseguirla.
No le pareció bien al excusador este proyecto: le causaba instintiva y profunda repugnancia. Hizo algunas observaciones, pero todas se las desbarató prontamente la joven con su facundia y aguzado ingenio. Le hizo ver que cualquier otro ofrecería más graves inconvenientes; fue paliando con arte los que en éste pudieran chocar más a su confesor; le aturdió con tanta palabrería. El carácter débil y bondadoso del padre Gil no supo resistir a aquellos ataques, y convino al fin en poner en práctica lo que su penitenta había imaginado.
Un lunes del mes de Abril salió nuestro excusador en la diligencia de Lancia, con pretexto de ir a consultar sus achaques con un médico amigo. Obdulia se personó poco después en su casa. Habían enterado a D.ª Josefa de todo. Al ama le parecía tan mal como al excusador aquel plan, y en su interior llamaba «enredadora y liosa» a la beata; pero era tanto el gusto que sentía por verse desembarazada de ella, que calló y pasó por todo. Existía siempre entre ambas una rivalidad fácil de explicar. Obdulia, con ocasión o sin ella, visitaba a su confesor, vigilaba su bienestar doméstico, unas veces arreglándole la ropa, otras enviándole algún plato de su gusto, etc. Esto indignaba de un modo indecible a D.ª Josefa. La odiaba a par de muerte. Decía de ella perrerías en todas partes, y por causarle daño, estuvo a punto de comprometer varias veces a su amo. No es extraño, pues, que conociendo todo lo ridículo y peligroso de la escapatoria, la favoreciese, alentando al P. Gil, disipando sus escrúpulos. No veía en ella más que un medio de librarse para siempre de aquella insufrible verruga que le había salido.
Lo primero que hizo la joven fue pedir al ama una maleta para colocar en ella la ropa que su confesor había de necesitar en el viaje. Doña Josefa trajo del desván un saquito de noche.
—Esto es muy pequeño, señora. Aquí no cabe nada.
—¿Cómo pequeño?...—preguntó el ama, estupefacta.—Aquí cabe ropa para una porción de días. ¿Cuánto tiempo ha de estar por allá el señor excusador?
—Poco, poco—se apresuró a decir con manifiesta turbación, poniéndose colorada.—Pero ya ve usted, en los viajes nunca se sabe lo que puede ocurrir... A lo mejor falta la diligencia o las caballerías... Una enfermedad... ¡Quién sabe!...
—¡Válgala Dios, señorita, no se ponga a pensar esas cosas!... Iré por otra. Por falta de maleta no se quede.
Entre ambas acomodaron en ella algunas mudas de ropa blanca, zapatillas, peines, el breviario, etc., etc. Ya que hubieron terminado la tarea, no larga ni difícil por cierto, Obdulia se sentó en el sillón del clérigo, declarando que estaba cansadísima, que aquella noche apenas había dormido con la zozobra que produce siempre una resolución tan decisiva, y que le vendría bien echar un sueño. D.ª Josefa la dejó reposar tranquilamente y se fue a sus quehaceres.
Cuando la sintió trajinar allá abajo, por la cocina, levantose y se puso a examinar con placentera mirada cuantos objetos había en la estancia. Todos los tocó con sus manos. Particularmente aquellos de uso más inmediato y personal para su confesor, como los peines, las plumas de escribir, la fosforera, etc., fueron objeto para ella de una atención viva, ansiosa: les daba vueltas entre sus dedos con emoción, mientras una sonrisa tierna y sumisa vagaba por sus labios. Un alzacuello usado yacía sobre una silla. Se detuvo delante de él, lo alzó y lo contempló unos momentos con interés; luego, echando una mirada tímida a la puerta, lo llevó a los labios dos o tres veces y lo dejó donde estaba. Permaneció algunos minutos inmóvil, de pie en medio de la habitación, con los ojos en el vacío, enajenada por intensa meditación. Sus ojos tornaron al cabo a brillar sonrientes, y una ola de leve carmín se esparció por sus mejillas. Dio algunos pasos con pie vacilante y se paró al fin a la puerta de la alcoba. Con una mirada intensa abrazó cuanto en ella había. El lecho del sacerdote era pequeñito, de madera blanca; blanca también la colcha que lo cubría; las almohadas y las sábanas finas, pero sin encajes. Parecía la cama de una colegiala. Obdulia la contempló largo rato, como si no hubiera visto jamás cosa más sorprendente. En su rostro se notaban los signos de una emoción respetuosa, la que se siente al penetrar en el camarín donde se guardan las reliquias en las catedrales.
Así permaneció sin osar mover un pie, la faz blanca, los ojos anegados en gozo extático como si estuviese en un baño tibio y perfumado. Súbito dio un paso atrás, corrió a la puerta del gabinete, la entreabrió, asomó la cabeza y escuchó. Dª Josefa seguía en la cocina. La cerró nuevamente y volvió en puntillas a la alcoba. Detúvose un instante, y avanzó después hasta tocar en la cama. Puso sobre ella las manos. El corazón le golpeaba en el pecho fuertemente. Dejose caer de bruces, y con mucha delicadeza para no deshacer la ropa se subió a ella y se extendió, apoyando la cabeza en las almohadas. Corrió por todo su cuerpo un estremecimiento inexplicable de placer, de miedo, de vergüenza; un estremecimiento delicioso que la dejó lánguida y desvanecida con los ojos cerrados y el rostro pálido. Al cabo de un rato se volvió y hundió sus mejillas en la almohada, aspirando con narices y boca el olor que los rubios cabellos del P. Gil habían dejado en ella. Frotó repetidas veces la cara contra el lienzo, percibiendo un cosquilleo gratísimo que le penetraba hasta el alma. Gozaba con todo su cuerpo, como si mil bocas la estuviesen besando a un mismo tiempo. Se dejó estar un largo rato quieta, perdida en un sueño feliz, celeste, sacudida por leves estremecimientos de una dulzura tan grande que le hacía daño. Sentía una angustia deliciosa; suspiraba sin apartar el rostro de la almohada para no romper la alegría que la inundaba. Se iba aletargando lentamente. Sus miembros empezaban a dormir, privados de movimiento. Una niebla se esparcía por su mente, borrando y confundiendo las imágenes. Pero su corazón latía siempre con violencia, como si toda la vida se hubiera refugiado en él. Cuando se levantó al cabo de una hora, tenía las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes: una sonrisa humilde, vergonzosa, trasfiguraba su rostro marchito, prestándole una suavidad cándida y virginal que jamás había tenido. Si en algún momento de su vida estuvo hermosa, fue en aquél.
Se apresuró a arreglar la cama haciendo desaparecer toda señal de haber descansado en ella y salió de la estancia; se despidió de Dª Josefa y fue a su casa.
Al oscurecer llegó el P. Gil; se vio con él y convinieron en salir a la madrugada, antes que fuese día, y montar en el coche que aquél había dejado en las inmediaciones. Dª Josefa envió, de noche ya, las maletas por su sobrino a cierta venta no lejana de Peñascosa.
Gran rato antes de percibirse la claridad de la aurora, llamó Obdulia discretamente a la puerta de la casa de su confesor. Salió Dª Josefa a abrirle. El P. Gil estaba ya listo. Tomaron apresuradamente chocolate, y después de haber besado a Dª Josefa con efusión, la presunta monja salvó la puerta y se deslizó rápidamente por la calle abajo. Diez minutos después salió el P. Gil. La noche estaba oscura y húmeda. Había llovido bastante. La calle, llena de charcos; la carretera, de lodo. Fuera ya de los arrabales, Obdulia esperó a su confesor y juntos se dirigieron a la venta donde paraba el coche. Mientras llegaron allá no cruzaron ninguna palabra. El P. Gil caminaba silencioso, taciturno, revelando bien a las claras un mal humor que no era frecuente en él. Tardó un rato el cochero en enganchar. Mientras duró la operación, la futura monja se metió en la venta. El P. Gil permaneció fuera, presenciándola. Uno y otro fueron objeto de gran curiosidad para la ventera, para sus hijos, para el mayoral y el mozo del coche. Apenas les quitaban ojo. El joven presbítero observó que cambiaban entre ellos algunas miradas expresivas y burlonas que le avergonzaron. Vio repentinamente la falsedad de su situación, la enorme tontería que había hecho. Otro hombre de más carácter hubiera retrocedido en aquel instante. Tuvo amagos de hacerlo, vaciló si le diría a la joven que le era imposible acompañarla; al fin no se atrevió, y cuando el cochero advirtió que todo estaba listo y Obdulia le dijo con su viveza característica: «Vamos, padre; pronto... ¡arriba!» subió al carruaje con la resignación de un cordero.
Empezaba a amanecer. Clareaba el horizonte y soplaba un viento húmedo y caliente, propio de primavera y de tiempo achubascado. El carruaje rodaba por la carretera, haciendo saltar nubes de lodo. Era una carretela vieja que en otro tiempo debió de pertenecer a un particular. Obdulia se colocó en la trasera y el P. Gil en la delantera, lo más lejos posible. Siguió mostrándose serio y taciturno, más aún que antes. La joven le observaba con el rabillo del ojo, y adivinando lo que pasaba en su espíritu, permanecía silenciosa también, en un estado de recogimiento que diera buena muestra de sus místicos pensamientos. Para ayudar a ella, dijo al cabo de media hora de silencio:
—Padre, no hemos pedido a San José que nos proteja en nuestro viaje.
—Es cierto—respondió el clérigo, cuyos ojos claros, azules, vagaban perdidos por el paisaje, que empezaba a desembozarse del manto oscuro de la noche y salía fresco y hermoso y goteando todavía de su baño prolongado.
—¿Quiere usted que le recemos cinco padrenuestros?
El sacerdote se despojó del sombrero en silencio y comenzó en voz baja a decir el padrenuestro. Obdulia le respondió con verdadera emoción, también en voz baja. Formaban la del uno y la del otro un murmullo suave, discreto, que sin saber por qué llenaba de emoción el alma de la joven. Sentíase poseída de una languidez extraña, de una felicidad íntima, que aniquilaba o adormecía su pensamiento. El ruido sordo de las ruedas del coche y el cascabeleo de las mulas contribuían a sumergirla en este arrobamiento. Cuando terminaron, quedó largo rato ensimismada. Por su gusto aquella oración no se hubiera terminado nunca.
Pero el joven presbítero se había puesto el sombrero y miraba otra vez por la ventanilla. El paisaje se animaba bajo la claridad rosada de la aurora. El viento había barrido los nubarrones hacia el poniente y dejaba en la parte de levante una claraboya por donde surgía esplendoroso el disco del sol. Aquella visión le apartó del mísero cuidado que ocupaba su mente. Sintió un estremecimiento y cayó de nuevo en la idea fija, terrible, que desde hacía algunos días le roía el corazón. Volvió a sentir aquella angustia opresora que hinchaba poco a poco su pecho y que amenazaba ahogarle. Dejó de existir Obdulia y cuanto tenía a su alrededor. No quedó en el Universo más que su pensamiento frente al gran problema del conocer.
Aquélla, que le observaba atentamente, no se atrevió en mucho tiempo a turbar su éxtasis. Pensaba que lo que le ponía taciturno era lo que le había leído antes en los ojos, el pesar de haberse colocado en una falsa situación. Sin embargo, concluyó por hablar y adoptó el tono jocoso. Quería distraerle a todo trance.
—Padre, está usted muy pensativo. Usted tiene hambre.
El sacerdote hizo un esfuerzo para sonreír.
—No tal.
—Sí, la tiene; no me lo niegue usted. ¡Y el hambre nos hace pensar unas cosas tan tristes!... Verá usted cómo yo le quito en un momentito esa cara de vinagre y se la pongo de jerez amontillado... Aquí lo traigo en este frasco...
Al mismo tiempo abrió un saquito de piel que traía en la mano y comenzó a sacar vitualla y dos o tres frascos con vino y leche.
—Yo necesito verle a usted con cara de pascua, padre—prosiguió mientras desenvolvía los papeles blancos en que traía envueltas las rajas de carne, de pescado, los pastelitos, etc.—En cuanto le veo a usted esa arruguita ahí... ahí—y le tocó con su dedo en la frente: el sacerdote la retiró con viveza,—ya me tiene usted más triste que la noche... ¿Por qué será?... ¿Por qué no será?... Usted, que sabe tanto, me lo dirá.
Las últimas palabras las dijo canturreando y afectando distracción.
—¡Ea! Voy a poner la mesa... Tenga usted quietecitas las piernas, que necesito de ellas en este momento.
Juntó las suyas con las del clérigo, extendió una servilleta por encima y fue colocando los víveres. Los frascos con el vino los puso en el suelo.
—Me parece que no habrá necesidad de que saque los tenedores, ¿verdad?... Seamos humildes. Comamos con los dedos.
—¿Es humildad, o es que le sabe mejor así?—preguntó sonriendo el P. Gil.
Obdulia soltó la carcajada.
—Es usted mi confesor y no puedo decirle mentira. Me gusta así mucho más... Es de las pocas cosas sucias que me gustan.
—Eso último tampoco es humildad—dijo el confesor sin dejar de sonreír.
—Vaya, vaya, no se me ponga regañón y coma con garbo... si es que sabe... que estoy viendo que no... Pero ¡criatura! ¿Qué hace usted ahí echando bocados a ese trozo de mero sin quitarle las espinas?... ¿No ve usted que se le puede clavar una en la garganta?... Deme usted acá—y se la arrebató al mismo tiempo de las manos.—Verá usted cómo yo se las quito sin dejar una... Digo... si es que usted no tiene asco a mis dedos...
El P. Gil se apresuró a hacer signos negativos.
—Salen ahora mismo de los guantes... Además—exclamó riendo,—usted me tiene mucho cariño y lo come más a gusto pasando por mis manos... ¡Qué tonta soy! ¿Verdad, padre?—añadió bajando la voz.
—Tonta, no. Un tanto ligera, sí—repuso el sacerdote, acompañando estas palabras con una sonrisa para desvirtuar su aspereza.
La joven se puso encarnada. La conversación se hizo más seria.
Cerca de las nueve divisaron las torres de Lancia y la gran cortina negra de montañas que cierra su horizonte. El cielo estaba despejado. El viento soplaba tibio del Sur. La mañana ofrecía esa dulzura exquisita que se observa en algunos días de primavera.
El P. Gil advirtió al cochero que pasase cerca de la capital sin entrar y se dirigiese a la primera estación del ferrocarril, distante una legua de ella. Había resuelto tomar el tren allí para mayor recato. La estación, se llamaba la Reguera. Cuando llegaron eran las once. Debían esperar dos horas y media, porque el tren no pasaba por allí hasta la una y cuarenta.
La Reguera estaba situada al extremo de un pintoresco y risueño valle. Desde la estación, asentada en un alto terraplén, se divisaba todo perfectamente. Circundábalo un cinturón de colinas suaves vestidas de árboles y praderas y después de éste otro de altas y escuetas montañas, cuyos tonos rojizos formaban hermoso contraste con el verde del primero. En el llano había un mosaico caprichoso de prados con lindes de avellanos, tierras de maíz y arboledas. Por el medio atravesaba majestuoso un río ancho, cristalino, que, herido por el sol, parecía una gran faja brillante de plata. Así que despidieron el coche, Obdulia propuso a su confesor el bajar a este llano y aguardar allí la llegada del tren. Aceptó gustoso, por librarse de las miradas de la gente de la estación. Bajaron por un sendero estrecho y empinado y entraron en un bosque de castaños que se prolongaba hasta la orilla del río. El sacerdote advirtió que estaba muy húmedo, pero la joven marchaba delante dando gritos de alegría, metiéndose hasta la rodilla en la yerba, batiendo las palmas como una niña a quien perdonasen la escuela. Las grandes copas de los castaños aún no estaban vestidas del follaje que ostentan en el verano. Los rayos del sol, pasando al través de sus ramas descarnadas, bebían el agua fresca que formaba charcos entre el césped.
Obdulia no paró hasta llegar al talud guijarroso que servía de margen al río. Allí se detuvo y volvió la vista atrás y contempló con semblante risueño a su confesor, que venía tomando precauciones, apoyando con cuidado el pie en los sitios más secos. Tenía el rostro encendido por la carrera, los cabellos revueltos y sus grandes ojos negros brillaban con expresión de vivo placer.
—¡Ande usted, cobarde! ¿Tiene miedo a morirse por los pies?
—Y si pilla usted un catarro, ¿cómo podrá resistir la vida dura del año de noviciado?—repuso el clérigo aproximándose.
Por los ojos de la joven pasó una nube sombría y quedó repentinamente seria. Luego, haciendo un esfuerzo para animarse, dijo:
—¿A que no se atreve usted a desenganchar esa lancha para que demos un paseito por el río?
—¡Ya lo creo que no!
—Pues yo sí... Ahora va usted a ver.
Una gran barca vieja y deteriorada, que servía para trasportar a los paisanos de una orilla a otra en los días de mercado, yacía amarrada por una cadena a la orilla, debajo de unos juncales que la sombreaban.
—¡Ay, qué lástima!—exclamó la joven devota cogiendo entre sus manos la cadena.—¡Tiene candado!
—Me alegro. Eso evita que usted hiciera una locura.
—Pues yo no renuncio a flotar un poco. Me meto dentro. Soy de puerto de mar y el agua es mi elemento.
Y diciendo y haciendo, saltó con decisión en la barca, que se inclinó de un lado para recibirla; se fue por encima de los bancos hasta la popa, y allí se sentó.
—¡Oh! ¡Qué bien se está aquí a la sombra! Y hay su cachito de balanceo... Véngase, padre. En ninguna parte se puede esperar mejor...
El clérigo saltó también por encima de los bancos, y se fue a sentar no lejos de ella. La sombra, en efecto, era grata en aquella hora del mediodía. La corriente balanceaba suavemente la lancha y producía al chocar un glu glu suave y cristalino que convidaba al sueño. Después de alegrarse de su buena fortuna por hallar asiento tan agradable y de cambiar algunas frases, ambos guardaron silencio. Obdulia inclinó su cuerpo sobre el agua y clavó los ojos en ella con expresión melancólica. El P. Gil dejó los suyos vagar por el horizonte, recorriendo sin verlas las altas montañas que aislaban el valle del resto del mundo. Y como siempre que quedaba un momento abstraído, la fatal duda volvió a flotar en su mente. ¿Qué era todo aquello que tenía a su alrededor? Una pura representación de su pensamiento, un producto de él, un sueño quizá... ¡Un sueño!... Mientras dormimos también vemos, también palpamos, lo sentimos todo al igual que despiertos. ¿Por qué no ha de ser la vida un largo sueño? La diferencia que establece Kant entre la vigilia y el sueño le parecía deleznable. Porque el encadenamiento de las representaciones lo mismo existe en la una que en el otro. Lo único que rompe este encadenamiento es el acto de despertar. Pero muchas veces al despertar confundimos los acontecimientos del sueño con los de la realidad. ¿No indica esto bastante claramente que todo tiene el mismo origen y fundamento? ¿Por qué razón decimos que los unos son reales y los otros no?...
Sacole de su intensa meditación la voz de Obdulia, que desde hacía algunos minutos le observaba.
—Vamos, padre, no piense usted más en eso, y dígame de verdad si no está a gusto aquí.
—¿En qué no he de pensar, hija mía?—respondió el sacerdote poniéndose levemente colorado, como si ya se lo hubiese adivinado.
—¡En eso!... No sé lo que es, pero debe de ser algo malo cuando le hace a usted arrugar la frente y abrir unos ojazos pasmados como si viera delante un alma del otro mundo... Vamos, piense usted un poco en mí, ya que me he confiado a sus cuidados.
—Ya pienso. ¿No acabo de advertir a usted que no debía mojarse los pies? Pero usted no hace caso—replicó sonriendo con benevolencia.
—¡Eso es! Se acuerda usted de mí para regañarme... ¡Se ha vuelto usted muy regañón, padre!... En otro tiempo era usted más cobarde, más suavecito; todo lo decía dando rodeos, de miedo de ofender a una... ¡Pero ahora! ¡Anda, anda, buenos rodeos te dé Dios!... Ya ha aprendido bien a regañar... Por supuesto—añadió cambiando de tono y acercándose más a él—que a mí me gusta más de esta manera. Yo quiero que mi confesor tenga firme por las riendas, que sea severo y hasta duro conmigo... Usted me riñe poco todavía, padre. Quisiera que usted fuese más severo... que me castigara fuerte... y hasta me pegara, para demostrarle bien mi sumisión.
Dijo las últimas palabras con voz temblorosa y el rostro avergonzado, fijando en su confesor una mirada de tímida adoración. El rostro de éste expresó turbación y disgusto. Volvió la vista al otro lado y guardó silencio.
Al cabo de unos instantes, la joven devota, que miraba melancólicamente al agua, dijo con ímpetu reprimido:
—Cuánto daría porque se rompiese la cadena que sujeta esta barca y la corriente me llevase muy lejos... ¡muy lejos!... donde no viese nada de lo que he visto hasta ahora, donde todo lo que imaginara se realizase al instante... ¡Ah! Yo quisiera ir a parar a un valle más pequeño que éste, pero más risueño todavía: el cielo siempre azul, la tierra llena de flores y animales hermosos que viniesen a comer a mi mano. Y vivir allí sola con Dios y las personas que eligiese para acompañarme. Vivir enmedio de los campos y entender lo que dicen los árboles cuando el viento agita sus copas y lo que murmuran las fuentes y lo que gorjean las aves y lo que silban los insectos. Marchar siempre acompañados de una escolta de pajaritos de Dios que nos enseñaran el camino y nos deleitaran con su canto, embriagados por los aromas de las flores, inundados de luz, envueltos en la caricia de una primavera eterna. Esto es lo que soñaba cuando tenía catorce años. Y hoy, sin saber por qué, vuelvo a soñarlo otra vez... Pero no—añadió con voz profunda al cabo de una pausa, frunciendo fuertemente su frente pálida,—mejor sería que la barca me llevase a alguna gruta oscura entre peñascos inaccesibles y me volcase allí y me sepultase en sus aguas negras, para que nunca más se volviese a saber de mí... Así concluiría de una vez de padecer...
Al pronunciar las últimas palabras se llevó las manos a la cara y comenzó a sollozar.
El P. Gil la contempló un momento con ojos severos.
—Lo que acaba de decir es una gran impiedad, tanto más grande y abominable, cuanto que sale de una boca que va a pronunciar muy pronto votos sagrados.
—Perdón, padre... Son sueños nada más.
—Pida usted perdón a Dios y prepárese de un modo más respetuoso para ser su esposa.
El P. Gil se levantó al decir esto gravemente y salió de la barca. Obdulia le siguió con el pañuelo en los ojos.
Subieron de nuevo a la estación. En una cantina próxima tomaron caldo y aguardaron la llegada del tren, que no se hizo esperar. No había ningún coche vacío, pero en uno estaba solamente una persona, y a él subieron. Partió el tren al instante. El viajero les miró distraídamente, con poca curiosidad, figurándose tal vez que eran hermanos. Sin embargo, al cabo de unos momentos la joven pidió a su confesor que le bajase la maleta de la rejilla para sacar un pañuelo. El viajero percibió que se trataban de usted, y entonces los examinó con viva atención. El padre Gil se turbó bajo su mirada fija, inquisidora. Por fortuna, a la tercera estación se bajó. Pero todavía, en pie sobre el andén, los seguía saetando con los ojos hasta que el tren se puso en marcha.
Ambos guardaron silencio obstinado. El padre Gil ya no se sentía arrastrado por la metafísica; empezaba a atormentarle una sorda inquietud que llenaba su espíritu de temores, de vagos presentimientos. Sentía vergüenza singular desde que el viajero que se había apeado les observara con atención tan sostenida. Aquella muchacha le inspiraba miedo. Un tropel de pensamientos feos, insensatos, acudió a su cerebro y lo llenó de confusión. Tenía las mejillas encendidas y los ojos asustados. Procuraba evitar el encuentro con los de su penitenta, que sentía posados constantemente sobre él.
Por atracción irresistible o por casualidad llegó un momento en que se cruzaron sus miradas. La joven dejó escapar una risita maliciosa. El sacerdote apartó prontamente la vista y permaneció grave, como si no la hubiera advertido. Al cabo de un rato volvieron, sin saber cómo, a encontrarse sus ojos, y otra vez soltó a reír la devota, mirándole con semblante alegre. El padre Gil no hizo aprecio de ello y volvió el suyo hacia la ventanilla. Pero Obdulia exclamó:
—¿A que no sabe, padre, de qué me estoy riendo?
—Usted dirá—repuso gravemente el clérigo sin volver la cabeza.
—Pues de usted.
—¿Por qué motivo?—preguntó con naturalidad y modestia.
—Porque adivino perfectamente lo que está pensando. Usted teme que llegue la noche, como los niños... Empieza usted a estar violento con una mujer que todavía no es vieja, y se arrepiente ya de haber cedido a acompañarme...
—No anda usted muy distante de la verdad—replicó el sacerdote con firmeza.
Obdulia se turbó un poco; pero reponiéndose inmediatamente:
—Eso prueba su gran modestia, padre. Un santo como usted no debe temer nada en ninguna situación. Yo, sin ser santa, estoy perfectamente tranquila.
Estas palabras gustaron al P. Gil. Le respondió con benevolencia, y un poco más sereno y confiado, volvió a entablar conversación con ella, procurando mostrarse familiar y jocoso, tanto más cuanto que deseaba alejar el malestar y la inquietud que se cernía sobre ellos.
Rezaron el rosario. Luego cenaron con la vitualla que traían. Mientras duró la cena, Obdulia estuvo oportuna y alegre. El clérigo le seguía el humor con cierta afectación para ocultar el embarazo que a su pesar le dominaba.
Había cerrado la noche, una noche soberbia de Castilla, fría y azul, alumbrada por los rayos de la luna, que trasformaba la llanura en un vasto lago dormido. El tren corría a toda velocidad por el medio rompiendo con sus silbos estridentes, con el fragor de su marcha, el encanto de aquella claridad suave y tranquila. Los altos chopos parecían flotar sobre ella como fantasmas envueltos en el blanco cendal de la neblina.
Los cristales del coche se empañaron al fin. Obdulia se apartó de su confesor y fue a arrebujarse en un rincón, tiritando de frío. Luego se puso a hacer dibujos sobre el cristal con un dedo. Escribió su nombre: Obdulia Osuna; después el de su confesor, Gil Lastra. Y volviéndose al rincón, se rebujó de nuevo. El P. Gil, que había leído bien desde su sitio los dos nombres, se acercó a la ventanilla, con pretexto de estirar las piernas, y escribió debajo del suyo con letra clara: presbítero.
Trascurrió un rato en silencio. Ambos parecían soñolientos. Obdulia dijo al cabo:
—Con permiso de usted, voy a acostarme un poquito, padre. Tengo sueño.
Y se estiró sobre los almohadones, echándose una manta encima de las piernas.
—¡Ay! ¡ay!—exclamó a los pocos instantes.—¡Cómo me lastiman las botas!... ¡Claro, como las he humedecido primero y luego puse los pies sobre el calorífero, se han contraído!... Vamos, padre—añadió sonriendo graciosamente,—sírvame de doncella una vez siquiera... Quítemelas usted, que yo no puedo.
Una ola de rubor subió a las mejillas del sacerdote. Tuvo un momento de vacilación.
—Vamos, padre—insistió ella,—sea usted humilde como todos los santos. El Papa lava los pies a los pobres: bien puede usted quitarme a mí las botas.
El P. Gil se levantó y empezó con mano temblorosa, rojo como una amapola, a soltar los botones del calzado a su hija de confesión. Ella le contemplaba con sonrisa maliciosa.
—Muchas gracias, padre. Ahora hágame el favor de envolverme las piernas en la manta... Así; perfectamente. Ahora acuéstese un poco también y no haga ruido.
El sacerdote, que a todo esto sonreía forzadamente, se acomodó en el rincón opuesto y quedó de repente serio, con el entrecejo violentamente fruncido. Una viva terrible inquietud se apoderó de su espíritu. La escapatoria le iba pareciendo una ligereza cada vez más imperdonable. Aquella muchacha, ni tenía verdadera vocación de monja, ni llevaba trazas de tenerla jamás. Era un temperamento frívolo, malicioso, arrebatado, capaz de cualquier atrocidad. ¡Qué necedad la de haber cedido a sus instancias! Se confesaba que merecía un poco lo que le estaba pasando por su afán de desembarazarse de ella a todo trance. Pero como ya no era tiempo de volverse atrás, lo importante era dejarla cuanto más antes en el convento, y a eso debían tender todos sus esfuerzos.
Obdulia parecía dormida. Sus ojos, no obstante, se entreabrían de vez en cuando para mirarle, y dejaban escapar una llamarada burlona y maliciosa.
A las nueve llegaron a Palencia. Se hicieron guiar a una posada modesta. Antes de retirarse cada cual a su habitación, el P. Gil quiso prevenir todo lo necesario para emprender el viaje a Astudillo al día siguiente. Mandó buscar caballos, se enteró del camino que habían de seguir, del tiempo que iban a tardar, etc. Quiso dejarlo todo listo, a pesar de que Obdulia le indicaba que no corría tanta prisa. Puesto que se trataba de un viaje corto, por la mañana era fácil arreglarlo todo. Pero el excusador no podía disimular el ansia que tenía de dejar zanjado aquel asunto.
Se levantó muy temprano, pero no se atrevió a avisar a la joven. Entretuvo su impaciencia rezando, paseando por la habitación, yendo a casa del alquilador de los caballos para cerciorarse de que los tenía dispuestos. Al fin, cerca ya de las diez, se atrevió a pasar un recado por la criada, preguntándole si estaba ya preparada a partir. La respuesta que aquélla trajo fue que la señorita aún no se había levantado, por hallarse un poco constipada, que en cuanto se levantase le avisaría para ponerse en camino.
Sin saber por qué, aquella novedad produjo en el P. Gil un gran desconsuelo; sintió profundo disgusto, presintiendo una catástrofe. Una hora después recibió otro recado de ella aconsejándole que almorzase solo y pasase después por su habitación, que para entonces ya estaría vestida y preparada. Así lo hizo, cada vez más inquieto y receloso; pero al entrar en el cuarto de la joven, encontró que estaba, en efecto, levantada, pero de ningún modo dispuesta para partir. Vestía una bata elegante y tenía los cabellos recogidos en una cofia blanca con lazos de seda encarnados. Estaba bastante pálida y tenía los ojos con señales de haber llorado.
El P. Gil se detuvo a la puerta y frunció el entrecejo.
—Entre usted, padre, y siéntese aquí en esta butaca—dijo ella desde una sillita, mirándole con dulzura.—Ya estoy bien. He pasado una noche muy mala.
—¿Ha tosido usted?—preguntó el excusador, sentándose.
—No... la he pasado toda llorando.
El clérigo la miró estupefacto.
—¿Cómo es eso, hija mía?
Obdulia se llevó el pañuelo a los ojos y no contestó. Al cabo de un largo silencio dejó caer el pañuelo, se apoderó de una mano de su confesor y la besó con efusión repetidas veces y la llenó de lágrimas, exclamando:
—¡Soy muy desgraciada!
El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, pero la devota se la apretó con más fuerza.
—No... no me retire usted esta mano, padre... esta mano que tantas veces me ha absuelto de mis pecados, y que ahora ¡ay! no podrá absolverme ni sacarme del abismo en que he caído...
—Cálmese usted, hija—repuso el clérigo, impresionado.—¿Acaso se arrepiente usted de su decisión?... Por eso no ha caído usted en el abismo. Todo se puede arreglar sin escándalo. Tiene usted un año de noviciado, en que puede salir del convento cuando lo desee...
Obdulia volvió a taparse el rostro con las manos y dijo entre sollozos:
—No es eso... Es otra cosa peor... Yo tengo un secreto, padre; un secreto que me pesa en el corazón hace tiempo y que me ahoga...
El P. Gil quedó unos instantes suspenso, y dijo al fin:
—Si usted lo desea, iremos a la iglesia y la escucharé en confesión.
—No, no... Usted ya no puede ser mi confesor—y levantando repentinamente la frente, pálidas las mejillas, los ojos secos y brillantes, donde se pintaba una resolución extrema, siguió:—Sé muy bien, padre, que mi vida entera está destinada a llorar... Sé también que después de esta vida me espera quizá una eternidad de tormentos. Pero la desesperación no cuenta los tormentos ni teme nada. No tiene más que un pensamiento. Todo lo demás queda aniquilado... Yo le he engañado a usted, padre. Yo no quiero ni puedo ser esposa de Jesucristo, porque sería infiel a mis juramentos. Tengo dentro del alma, allá en el rincón más oculto y sagrado, un amor al cual seré fiel toda la vida. Este amor es mi delicia y es mi tormento. Hace dos años que vivo muriendo de una muerte dulce, porque adoro mis propios sufrimientos... Hace dos años que lloro en silencio, pero mis lágrimas son dulces y las bebo con placer. Sin saberlo, padre, usted me ha estado envenenando lentamente; pero, lejos de aborrecerle, le quiero, le adoro con toda mí alma... He procurado arrancar de mi alma este amor que me consume, he golpeado mi pecho, he martirizado mis carnes... Usted bien lo sabe, padre... Después me he convencido de que era inútil, y lo he dejado florecer en mi corazón. Cúmplase la voluntad de Dios. Sé que estoy condenada, pero yo le quiero a usted... ¡Te quiero! ¡te quiero más que a mi salvación!... Llévame adonde se te antoje, pero no me separes de ti... Déjame ser tu sierva... Déjame besar el suelo que pisas...
Cayó de rodillas delante de su consejero, con el rostro entre las manos. Al través de sus dedos flacos se notaba el vivo carmín de que estaba cubierto.
El P. Gil se puso en pie vivamente, pálido como un muerto, con el espanto pintado en los ojos. Sus labios temblaron para fulminar sin duda alguna frase durísima, pero no llegó a pronunciarla. Se lanzó rápidamente a la puerta y desapareció por ella.
Salió de casa sin darse cuenta de lo que hacía. Caminó a la ventura largo rato por las calles en un estado de aturdimiento que le impedía razonar sobre lo que acababa de sucederle. Saliose al campo y dio un largo paseo. El cansancio físico produjo su acostumbrado efecto sedante y comenzó a ver con claridad su situación. Nada ganó con ello. Lo que le estaba pasando era gravísimo, una verdadera catástrofe. Sus presentimientos se habían realizado. ¿Cómo volver a Peñascosa con la muchacha? ¿Cómo dejarla allí abandonada? Todas las soluciones que acudían a su mente le parecían igualmente comprometidas. Pensó en telegrafiar al padre, pero no era posible explicar en un telegrama lo ocurrido, ni aun de palabra podía hacerlo dignamente. Además, ¡quién sabe de lo que sería capaz aquella loca si se veía acosada! Una viva irritación se iba apoderando del alma pacífica del presbítero. Hacía ya tiempo que no estimaba a la exaltada beata; ahora la aborrecía.
Cuando regresó a casa era ya noche. Se encerró en su cuarto sin preguntar por su compañera, y continuó meditando con febril impaciencia sobre el mismo tema. La solución que le pareció menos mala, después de haber tomado y desechado muchas, fue presentarse al obispo de la diócesis y confiarle todo el asunto y pedirle consejo y órdenes para salir del paso.
—Señor cura, la señorita que ha venido con usted me manda decirle que haga el favor de pasar por su habitación.
El P. Gil levantó la cabeza, y avergonzado y confuso como si tuviera que arrepentirse de algo, respondió a la huéspeda:
—¿La señorita?... ¡Ah! Bien... Allá voy en seguida.
Pero no se movió del sitio. Aquella llamada aumentó aún más su irritación. Estaba resuelto a no volver a verla mientras el prelado no interviniese en un asunto que tan gravemente podía comprometerle. Trascurrió cerca de una hora. Al cabo de ese tiempo se presentó de nuevo la patrona, toda azorada.
—La señorita tiene un ataque y está en la cama sin conocimiento. ¡Venga, venga, señor cura!
—¡Voy, voy!—exclamó asustado, corriendo en pos de ella.
En efecto, Obdulia yacía en la cama, privada de sentido y extrañamente pálida. Parecía muerta. El P. Gil sintió al verla en tal estado una punzada de remordimiento en el corazón. Se apresuró a prodigarle todos los cuidados que en el momento se le ocurrieron. Entre la patrona y él le bañaron las sienes con agua fría, le hicieron oler algunos pomos de los que ella traía en su saquito de mano. No tardó mucho en abrir los ojos. Estuvo algunos momentos con la mirada seria y fija en el sacerdote. Luego sonrió dulcemente. La huéspeda se apresuró a ofrecerse.
—¿Quiere usted que llamemos al médico, señorita?
—No, no... Esto no es nada... Hágame una tacita de tila.
—Ahora mismo.
Cuando se quedaron solos, la beata volvió a mirarle larga y fijamente. Al cabo dijo con voz débil:
—Escuche usted, padre.
—¿Qué desea usted, hija mía?—respondió inclinando la cabeza hacia ella.
—Acérquese usted más... No puedo esforzar la voz.
El P. Gil se inclinó todavía más. Súbito, con movimiento imprevisto, la joven devota sacó los brazos desnudos de la cama y se los echó al cuello, atrajo su rostro hacia el de ella con inusitada fuerza y le dio un beso prolongado, frenético, en los labios, y después otro y otro. El sacerdote forcejeó en vano por desasirse. Aquellos brazos le apretaban como si fuesen de hierro, y una nube de besos ardorosos corría por todo su rostro, sin tregua. No se oía en la estancia más que el suave rumor que producían y el resuello de dos pechos anhelantes.
Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, se desligó. La joven cayó pesadamente en la cama. Aquél se sintió acometido de tal susto, repugnancia y horror que, después de vacilar unos momentos, perdió el sentido y se desplomó sobre el pavimento.
Viéndole caer, la joven se levantó con presteza del lecho y acudió solícita a socorrerle. Pero al poner los pies en el suelo, su flaca naturaleza, hondamente perturbada por lo que acababa de suceder y por la vista de su confesor tendido en el suelo, le faltó también y cayó presa de un síncope.
El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tardó pocos segundos en volver en sí. Incorporose en el suelo, y viendo a Obdulia tendida a su lado en camisa y con una parte del cuerpo descubierta, sintió un fuerte estremecimiento de vergüenza y se alzó como movido por un resorte. Y pensando con horror que podía llegar el ama en aquel momento, se apresuró a tomar a la joven entre sus brazos para trasportarla a la cama. Cuando la tenía suspendida a media vara del suelo, sintió ruido en la puerta. Volvió la cabeza aterrado, y un grito ahogado de vergüenza se escapó de su garganta. A la puerta estaban Osuna, D. Martín de las Casas y D. Peregrín Casanova.
—¡Ya cayeron los tórtolos!—gritó D. Martín con voz estentórea.
El P. Gil dejó caer de nuevo a la joven y retrocedió, mirándoles con ojos de espanto.
—¿Qué es esto?... ¿Qué es lo que pasa? ¡Mi hija!... ¡Dios mío!—clamó Osuna, apresurándose a reconocerla.
—Oiga usted, ¡sucio, canalla, desorejado!—profirió D. Peregrín, dirigiéndose al excusador.—¿Qué situación es ésta para un sacerdote? ¿No se le cae la cara de vergüenza?
D. Martín de las Casas le agarró con la mano izquierda por el brazo, y empujándole contra la pared, le vomitó con voz campanuda, blandiendo al mismo tiempo el bastón:
—¡Granujota, indecente! ¡En buen lugar has dejado a los que te sacaron del polvo! ¡Miserable gusano, debiera aplastarte y arrojarte después como una piltrafa a la calle para que te coman los perros! Debiera clavarte por las orejas a la pared y exponerte a la vergüenza pública... Por lo menos debiera romperte las costillas con este bastón, ¡y me están dando ganas de hacerlo!
No sería difícil, mejor dicho, sería casi seguro que el enérgico inválido satisficiera en esta ocasión, como en tantas otras, su apetito desordenado de contundir a sus semejantes, si no fuera porque en aquel instante se interpuso la huéspeda.
—¿Qué va usted a hacer, caballero? ¡Maltratar a un sacerdote!... En mi casa no se dará tal escándalo...
Repuesto un poco de la sorpresa el P. Gil, dijo con firmeza entonces:
—Señores, esta joven se ha desmayado al tiempo de venir en mi socorro por haberme caído. La he acompañado hasta aquí, a ruego suyo, porque desea entrar en un convento y consagrarse a Dios, a lo cual su padre se opone sin razón ni derecho y para ello la maltrata bárbaramente...
—¡Maltratar yo a mi hija, canalla!—gritó en el colmo de la indignación el jorobado, que había conseguido trasportar a Obdulia hasta la cama y se disponía a echarle agua en la cara.—Miente usted y miente quien lo diga. Yo no sabía siquiera que deseaba entrar en un convento... ni me hubiera opuesto a ello.
El P. Gil quedó estupefacto, sin acertar a decir una palabra, porque el acento de Osuna denotaba sinceridad.
—Yo creo que lo que procede en este caso—manifestó D. Peregrín con su voz gangosa, administrativa,—es dar inmediatamente conocimiento del hecho a la autoridad civil... A mí se me presentó un padre, siendo gobernador de Tarragona...
—¡Déjenos usted de Tarragona, D. Peregrín!—interrumpió el señor de las Casas.—Aquí lo que procede es atender a esa niña... Usted, señora, haga lo que sepa para hacerle volver en sí. Usted, D. Peregrín, que conoce bien la población, vaya a buscar un médico... Y tú, don Gil el enamorado... al infierno si te parece.
—¡Decir que yo maltrato a mi hija, porque quiere hacerse monja!—seguía exclamando por lo bajo Osuna, mientras ayudaba a la huéspeda.—¡Canalla, más que canalla!
—Señor Osuna, dispénseme usted... Yo lo creía así—dijo el sacerdote.
—Bueno, bueno. Ya se arreglará esa cuestión en Peñascosa—profirió D. Martín con su energía característica.—Ahora, ¡largo de aquí!... ¡largo!
El P. Gil se dirigió a la puerta, pero cuando ya iba a trasponerla, D. Martín le gritó como si estuviese al frente de un batallón: ¡Alto!
—Amigo Osuna—dijo dirigiéndose al jorobado,—a usted le han inferido una ofensa grave y usted no queda decentemente si no da ahora mismo una bofetada al individuo que le ha ofendido (apuntando para el P. Gil).
Hubo silencio embarazoso. El semblante de Osuna expresó malestar y vacilación.
—Nada, nada—siguió el feroz inválido con su voz resonante de barba de teatro,—no es usted hombre de honor, no tiene usted pizca de vergüenza si deja sin correctivo la ofensa.
Osuna vaciló todavía un instante, echó una mirada de misericordia al inválido; pero viendo su rostro espantable, se resolvió al fin. Alzose sobre la punta de los pies y descargó una sonora bofetada en la mejilla del sacerdote.
—¡Jesús!—exclamó la huéspeda.—¡Eso es una iniquidad!
El P. Gil se puso densamente pálido: asomaron dos lágrimas a sus ojos; pero no hizo movimiento alguno para arrojarse sobre su agresor.
XIII
Gracias a la actitud resuelta de Obdulia, el asunto no fue llevado a los tribunales. Desde el primer momento se confesó autora y única responsable de la fuga: el excusador ninguna culpa había tenido en ella; sólo había cedido a acompañarla después de incesantes ruegos y valiéndose del ardid de los malos tratos en su casa. D. Peregrín Casanova, queriendo sin duda demostrar que no guardaba rencor alguno a Osuna por la escena de la iluminación, seguía opinando que debía instruirse expediente gubernativo. Hacía ya mucho tiempo que estaban reconciliados. En Peñascosa los particulares se injurian públicamente, se llaman canallas, miserables, etc., etc., y a los ocho días se les vuelve a ver juntos tomando café. Pero esto no es privativo de Peñascosa. Lo mismo sucede en Sarrió y en Nieva. De otro modo, ¿cómo sería posible la vida en estas villas insignes?
Contra el parecer de D. Peregrín se hallaban todas las personas sensatas de la población. Unos por afectos al excusador, otros por timoratos, otros porque no veían motivo para armar un escándalo, casi todos aconsejaron a Osuna que se estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos que el excusador tenía, mejor diremos, los envidiosos, se encresparon terriblemente. No quisieron asentir a la versión de la doncella. Opinaban que era una patraña forjada por ella para salvarle; y si no lo creían, por lo menos así lo manifestaban bajando la voz y sonriendo maliciosamente. Se les cubrió de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que a su hija de confesión, y se hicieron correr por la villa mil chuscadas más o menos ingeniosas a propósito de su viaje. Fácil es de adivinar que quien más trabajó en esta propaganda, aunque de un modo solapado, fue el P. Narciso. No le bastaba al capellán de Sarrió haber humillado a su émulo arrancándole el cargo de coadjutor, que en justicia le pertenecía. Quería a toda costa concluir con él, pulverizarle, que no se oyese más su nombre en boca de las beatas de Peñascosa.
Pareciole la ocasión de perlas para ello. Por eso se dirigió espontáneamente a Osuna, preguntándole si no pensaba acudir a los tribunales. Cuando supo que esto no podía ser porque Obdulia asumía toda la responsabilidad y declaraba haber engañado a su confesor, experimentó profundo pesar. Tanto era su anhelo de exterminar al P. Gil, que aunque hacía ya muchísimo tiempo que sus relaciones con aquélla eran tirantes, y aun puede decirse de abierta hostilidad, se aventuró a tantearla. Tres o cuatro días después de haber regresado a Peñascosa la vio una mañana en la iglesia. Le mandó recado por un monaguillo que deseaba hablar con ella y la esperaba en la sacristía. Fue allá la joven, aunque de malísima gana. El coadjutor se hizo de miel; la trató con extremado cariño; manejó con brío el incensario, sabiendo hasta qué punto era vivo y delicado su amor propio. Cuando creyó tenerla blanda, le hizo presente con grandes perífrasis que él, como párroco coadjutor, tenía el deber de velar por la honra de todas sus feligresas; que la de ella andaba en boca de la gente hacía unos días, y que esto le pesaba en el alma por el particular cariño que la profesaba. Le pesaba tanto más, cuanto estaba seguro de que no había dado motivo alguno para ello. Conocía su carácter generoso, su espíritu noble; por eso estaba convencido de que en esta ocasión, como en tantas otras, se sacrificaba por los demás. Ahora bien, este sacrificio no era admisible; podía considerarse como un pecado. La honra no nos pertenece; es un depósito que Dios nos confía y que tenemos la obligación de defender. Por otra parte, la deshonra no era solamente para ella, sino también para su anciano padre. El pobre se veía a causa de este sacrificio motejado y murmurado en la villa. Aún más: aunque se diera por bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como él, que eran miembros de la Iglesia, tenían el deber de denunciar a la autoridad eclesiástica a cualquier sacerdote que se extralimitase en el ejercicio de su ministerio, para que recibiese el condigno y fraternal castigo que los cánones previenen. Esto redundaba en bien de la fe. Ella, tan excelente cristiana, no había de permitir que se burlase la justicia de Dios. Comprendía perfectamente que le sería doloroso declarar contra su confesor; pero era un sacrificio mayor que el que estaba llevando a cabo, y que Dios le agradecería seguramente. Además, debía tener en cuenta que al denunciar a su confesor no le causaba daño alguno; al contrario, el castigo en la Iglesia se considera como un bien, como una justa expiación que, cuando va acompañada del arrepentimiento, redime del pecado y nos libra de las penas del infierno.
El pobre D. Narciso ignoraba, a pesar de haberla tratado tanto tiempo, con quién se las había. Antes de que hubiera pronunciado palabra, ya sabía Obdulia qué iba a decirle y en qué forma poco más o menos; le conocía como si pasara la vida dentro de su cerebro. Aquella habilidad frailuna hecha de lugares comunes se estrellaba contra la viva imaginación, el ingenio sutil y la perspicacia de la joven beata. Respondiole en el mismo tono persuasivo, untuoso, que el clérigo había adoptado. De nada podía acusar al P. Gil, que era un santo, un ser excepcional cuya ilustración servía de faro en la parroquia desde que por dicha había llegado a ella, y cuya modestia, abnegación y piedad podían servir de ejemplo y estímulo a sus compañeros. Pero aunque hubiera motivo para acusarle, se abstendría muy bien de hacerlo, sabiendo que el escándalo aprovecharía principalmente a los enemigos de la religión. La falta de una mujer cuando es soltera redunda sólo en perjuicio de ella. La de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en menoscabo por lo tanto de la religión católica. Otras varias consideraciones añadió, y entre ellas más de una frase aguda de doble intención que supo a cuerno quemado al nuevo coadjutor.
—Vaya, adiós, D. Narciso, y dispénseme si no he podido comprender bien su caritativa intención. Soy una ruin mujer y no entiendo de teologías.
El P. Narciso quedó sonriendo como el conejo. Viendo cerrada esta vía, entró resueltamente por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joaquín el capellán y mayordomo de la señora de Barrado que el P. Melchor, enemigos natos del joven excusador, vomitaban veneno contra él, como es lógico. Pero había otros cuantos clérigos en Peñascosa que se habían mostrado siempre imparciales. A éstos procuró atraérselos pintándoles el lance desde otro punto de vista, asegurando que tenía motivos secretos para saberlo. El viaje había sido un verdadero rapto frustrado. La muchacha se sacrificaba. Hacía ya tiempo que él, D. Narciso, tenía sospechas de lo que iba a pasar. El excusador había concebido una pasión sacrílega. La escapatoria estaba concertada desde hacía tres meses, etc., etc. Les llenó la cabeza de viento. La posición que ocupaba como párroco, de hecho si no de derecho, facilitó mucho esta atracción. Quedó convenido entre la mayoría, casi la totalidad de los capellanes de la villa, que el excusador era un chicuelo sin peso ni formalidad, que había desprestigiado a la clase sacerdotal y que Dios sabe dónde pararía si el prelado no tomaba cartas en el asunto.
Desde entonces no perdonaron medio todos ellos de demostrarle su desprecio. No hay nada que plazca tanto a la naturaleza humana como despreciar. Empezaron a saludarle fríamente, luego a volver la cabeza, después a no contestarle. Cuando entraba en la sacristía, si había allí otros sacerdotes, notaba que se apartaban de él y formaban grupo aparte. Si iba a revestirse para decir misa, se encontraba la mayor parte de los días con el armario de las vestiduras cerrado: había que esperar a que D. Narciso llegase para pedirle la llave. Se prescindía de él en las funciones cuando era posible: no le convidaban a los gaudeamus que celebraban. Finalmente, le vejaban de todas las formas y maneras que se les ofrecía. Y no dejaban de ser bastantes.
El P. Gil quedó más sorprendido que enojado de aquel desprecio. Viendo que sus compañeros prescindían de él, prescindió de ellos sin gran pesar. Sólo hablaba con el P. Norberto y con D. Miguel. El viejo párroco, a quien se había privado de la jefatura de hecho, mantenía, no obstante, con tesón su derecho, inventaba mil trazas de demostrarlo al vecindario. Entre él y D. Narciso había una enemiga profunda, feroz. Pero éste le tenía miedo. El antiguo cabecilla de las huestes carlistas era capaz, si se le irritaba un poco, de apalearle en la misma iglesia. Don Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso afectaba despreciarle, pero siempre a sus espaldas. Delante le trataba con extremada consideración, y sufría con paciencia las rociadas que de vez en cuando le soltaba. Y cuando se le ocurría al coadjutor, predicando a los feligreses en el ofertorio de la misa, decir: «Nosotros los párrocos tenemos el deber, etc.,» D. Miguel, desde su rincón donde oía la misa, profería en voz bastante alta para que le oyeran los que estaban a su alrededor: «¡Párroco yo! ¡párroco yo!»
Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir un fuerte desaire de sus compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si le diera cualquiera noticia.
—No hagas caso de ellos—le replicó el viejo caudillo, poniéndole la mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.—Son todos unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero tú, si estás agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.
Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudió su pecho vigoroso al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial alegría. El excusador se puso rojo como una cereza y guardó silencio. No volvió a tener más confidencias con él sobre este punto.
Su vida interior le causaba demasiados tormentos para pensar mucho tiempo en estas futilidades. El escepticismo le minaba sordamente. El mundo le parecía cada vez más incomprensible. La idea constante de que todo lo que le rodeaba era una pura apariencia, cuyo verdadero sentido permanecería eternamente ignorado para el hombre, engendraba en su alma una melancolía profunda, que se reflejaba bien en su frente pálida y en la sonrisa triste e indiferente que plegaba sus labios. La experiencia toda entera—decía Kant—no es más que el conocimiento del fenómeno, no de la cosa en sí. Ésta se oculta y se ocultará eternamente a la razón humana. Platón también lo había dicho antes. Las cosas de este mundo, tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna. Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la experiencia, el orden en que se suceden las sombras.
¡Triste resultado después de tantos esfuerzos! El Universo entero se le aparecía como una sombra fugitiva que se desvanece con el sujeto que lo contempla. Es la Maya—como dicen los Vedas,—es el velo de la ilusión el que, cubriendo los ojos de los mortales, les hace ver un mundo del cual no puede decirse si existe o no existe, un mundo que semeja a un sueño, a la radiación del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, no sólo en su razón, sino también en sus sentidos, la vida de nuestro clérigo se arrastraba silenciosa, indiferente, en medio de un hastío infinito.
Obdulia no le había visto en los quince días siguientes a su regreso. La beata salía muy poco de casa por razones fáciles de comprender, y a la iglesia procuraba ir a las horas en que no estuviese el excusador. Esto último no precisamente por vergüenza, sino por el mismo sentimiento amoroso que seguía agitando su corazón. Creía, y no le faltaba motivo, que, supuestas las habladurías que corrían por el pueblo y la guerra de todos los capellanes, principalmente de D. Narciso, cualquiera aproximación a su confesor podía comprometerle. Así que se imponía este sacrificio con la satisfacción del que padece por el ser adorado. Pero llegó a ser un tormento superior a sus fuerzas. Su loca pasión, en vez de calmarse, cada día se exaltaba más. No vivía más que con la imagen del joven excusador. Hasta en sueños le veía. Y su fantasía desarreglada le forjaba un sin fin de ilusiones. Dábase a pensar que el P. Gil correspondía a su amor, y para creerlo sacaba de quicio todas sus palabras y acciones. Una vez que le había apretado la mano con más fuerza, otra que le había sonreído desde lejos, otra que se había ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo lo convertía en sustancia. Luego el viaje a Palencia era objeto para ella de un minucioso y febril examen. Su alegría en el coche cuando almorzaban, y ella le limpiaba el pescado de espinas; la escena de la barca, en que le vio melancólico, a punto de llorar al escucharla; la turbación que se apoderó de él en el tren cuando le invitó a descalzarla; finalmente, aquel beso de amor en los labios que le impresionó hasta hacerle perder el sentido, le parecían a la luz de los recuerdos otros tantos signos indudables del sentimiento que embargaba el pecho de su confesor. El pobrecillo era un santo, y su amor luchaba con el deber. Esta lucha que creía adivinar le hacía doblemente interesante a sus ojos, y exaltaba aún más, si posible era, su desapoderada pasión.
Al cabo nació en su mente la idea de verle otra vez. La idea se convirtió al momento en propósito, y la inundó de alegría. La entrevista debía ser secreta, que nadie en Peñascosa tuviese noticia de ella. Esto satisfacía su deseo de no comprometerle, y al mismo tiempo la condición de su temperamento, inclinado siempre al misterio. Determinó que fuese de noche: sorprender al excusador en su cuarto, gozar unos momentos de afectuosa expansión y marcharse al instante. Señaló, por fin, el día. Durante todo él estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la colegiala que espera ver a su amante escalar de noche las rejas del balcón. Cuando llegó la hora, dijo a su padre que le dolía la cabeza, para retirarse temprano. Así que le oyó salir de casa, se echó con mano trémula un mantón sobre los hombros, y acompañada de su doncella, que era su encubridora perpetua, encaminose a casa del excusador. Las piernas le flaqueaban de placer, el corazón le latía fuertemente.
Lo raro del caso es que no se le pasaba por la imaginación que aquel amor era sacrílego. No sentía remordimientos. Su cerebro desequilibrado trastornaba todas las leyes divinas y sociales, las fundía de nuevo a su capricho. Para ella, el amor del joven presbítero era un puro idealismo conforme con el espíritu cristiano: hallaba en las historias de los santos varios casos semejantes. Cuando soñaba con huir en su compañía al fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era bajo el supuesto de seguir confesándose con él y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba dentro de su ser, o no la escuchaba, o fingía no escucharla, engañándose a sí propia.
Al llegar a la mansión del sacerdote, ordenó a su doncella que la aguardase en el portal: no tardaría en bajar. Llamó toda temblorosa. Salió Dª Josefa a abrir. Como desde su famoso viaje no la había visto, se arrojó en sus brazos, la abrazó y la besó con afectada efusión. El ama se mostró muy poco contenta: la recibió con frialdad glacial; hasta se le conocía que luchaba consigo misma para no soltarle una rociada de desvergüenzas y darle con la puerta en las narices. Sólo le contuvo la idea de que su amo se había reconciliado con la beata, lo cual deploraba en el fondo del alma, juzgándolo feo y peligroso.
Obdulia fingió no advertir la frialdad de la buena señora.
—¿Está en casa?—preguntó con el mismo semblante risueño.
—Está... Voy a avisarle.
—No hay necesidad. Me ha mandado venir a estas horas y me estará aguardando.
Seguidamente tomó la escalera y se dirigió al cuarto del P. Gil. Dª Josefa la miró subir con aversión y desconfianza. Preguntar si estaba en casa y luego decir que la aguardaba era una contradicción manifiesta. Por esto y por la curiosidad natural la siguió a los pocos momentos.
Bailándole de gozo el corazón, Obdulia se acercó a la puerta del gabinete y miró por el agujero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado a su mesa de escribir, leyendo a la luz de un quinqué. Una sonrisa de afecto y entusiasmo contrajo los labios de la joven devota. Abrió de golpe la puerta para darle una grata sorpresa y exclamó con alegría:
—¡Padre, aquí me tiene usted!
El sacerdote levantó los ojos sorprendido. La sonrisa de la beata se heló repentinamente en su rostro. En vez del gozo que esperaba, vio cruzar por ellos un relámpago de ira al cual sucedió instantáneamente una expresión de absoluta indiferencia, la misma expresión de cansancio y hastío que hacía tiempo reflejaba su semblante. Alzose con lentitud de la silla, sin contestar a la exclamación de su penitenta, y avanzó hasta ella en silencio. La beata, clavándole una angustiosa mirada de terror, retrocedió un paso. El sacerdote llegó a cogerla por un brazo, y suave, pero firmemente, la llevó en silencio hasta la puerta, la puso fuera del gabinete y cerró de nuevo.
Obdulia tropezó con un bulto. Era Dª Josefa, que le soltó una carcajada en la cara.
—¡Parece que no la reciben a usted bajo palio, señorita!
No contestó. Pálida, con el corazón fuertemente contraído y en un estado de desfallecimiento que le hacía tambalearse, bajó la escalera sin darse cuenta. Dª Josefa, cortando el flujo de la risa, la persiguió hasta la puerta de la calle gritándole con acento iracundo, esforzándose en bajar la voz para que no le oyera su amo:
—Bien empleado le está, holgazana, gallarina... ¡Vergüenza había de darle!... ¡Engañar a mi pobre señor y llevarle como un dominguillo de la ceca a la meca!... ¡Mire usted la monjita!... ¿Es ésa su religión? ¿Es ésa su delicadeza?... Si quiere hombres, vaya a casa de María Ramona con mil pares de demonios y no pretenda a los sacerdotes... ¡Fuera de aquí!... Métase en su casa y tenga honradez y tenga vergüenza, y no ande como una perra salida a todas horas por esas calles... Si fuera a llevarme del genio, le levantaba las sayas ahora mismo y le daba en el tras con la zapatilla hasta que me cansara... ¡Pícara! ¡Mala cabra!
Salió a la calle aturdida, quebrantada. Tuvo que arrimarse a la pared de la casa para no caer. Los horrores y monstruosidades que le había vomitado el ama del excusador seguían sonándole como martillazos en los oídos. Hubo un instante en que creyó perder el sentido; pero del fondo de su ser salió un grito rabioso, un grito de venganza que le mandó tenerse firme. Y cumplió la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre sí misma. Descansó unos momentos contra la pared, pasose la mano por la frente y se encaminó con paso rápido hacia su casa, seguida de la doncella, que no había podido obtener respuesta a ninguna de sus preguntas.
Aunque se sentía muy mal, se empeñó en esperar a su padre. Cuando llegó éste a las once, le siguió hasta su cuarto y, después de cerrar la puerta, le dijo de repente:
—Papá, no te he dicho la verdad... Cuando me hallasteis con el excusador acababa de arrojarse sobre mí, estando en la cama. Me resistí, luchamos, y al fin quedé desmayada en sus brazos.
El jorobado dio un grito de rabia.
—¡Ah puerco! ¡Bien lo presumía yo!
Y se puso a dar vueltas como un tigre por la estancia, vomitando injurias y blasfemias. Al cabo de un rato se detuvo delante de su hija, y le preguntó, más con la vista que con las palabras, algo.
La joven bajó la cabeza ruborizada e hizo un signo negativo.
—Bien... De todos modos, has perdido la honra en la población. Es menester que ese infame no se ría de ti... ¿Estamos?
—En eso estoy—repuso ella con firmeza,—y para eso te lo he confesado.
Osuna le clavó una mirada de sorpresa y curiosidad.
—Vamos—dijo al cabo con sonrisa sarcástica,—ha habido rompimiento.
—Poco importa que haya uno u otro—respondió con acento desabrido.—Lo que me interesa en este momento es que no pague yo sola la culpa que es de los dos... de él principalmente.
Asintió el jorobado con toda su alma, porque aún más que la desgracia de su hija, le preocupaba el vengarse del excusador. Y comenzaron a cuchichear largamente sobre los medios de llevarlo a cabo. Habían dado ya las cuatro de la madrugada cuando Obdulia salió del cuarto de su padre.
Se metió en la cama con fiebre. No pudo conciliar el sueño. La escena en que acababa de hacer un papel tan triste se le presentaba a la imaginación cada vez con más relieve. Por más esfuerzos que hacía, no le era posible borrarla ni por un momento siquiera. Su amor propio gemía como si le estuvieran atenaceando.
En cuanto se levantó llamó a su padre, y se fueron ambos, como habían convenido, a ver al P. Narciso. Fue idea de ella. Comprendió que la persona que en Peñascosa podía ayudarles más en la empresa era el coadjutor, y a él se dirigió. Éste se mostró sorprendido de su resolución, y aun quiso, hipócritamente, disuadirles; pero el gozo le rebosaba de tal modo por los poros, que una palabra un poco agria de Obdulia bastó para ponerle suave como un guante.
Osuna apuntó la idea de acudir al obispo. Don Narciso se opuso terminantemente a ello. El delito era común, y a los tribunales ordinarios debía acudir. Cuando éstos hubieran cumplido con su ministerio, entonces era el caso de pedir a la Iglesia el castigo del culpable. El taimado clérigo sabía muy bien que los tribunales eclesiásticos procuran encubrir los delitos de los sacerdotes para evitar el escándalo, cuyas consecuencias son peores. Se hace como que no se cree en ellos, para no verse en la precisión de imponer una pena que excite la atención demasiado. Determinaron, pues, acudir en queja al juez de primera instancia. Al día siguiente fue Obdulia a Lancia a consultar el caso con uno de los abogados más notables. Le encargó la dirección del negocio, dejó nombrado procurador e hizo con el mayor sigilo todas las gestiones conducentes a su propósito, sin olvidar el procurarse algunas cartas de los personajes más influyentes de la provincia para el juez de Peñascosa.
Mientras estas nubes temerosas se amontonaban sobre su cabeza, el inocente excusador paseaba desde casa a la iglesia y desde la iglesia a casa, su frente pálida, su figura melancólica y resignada. Los ojos, ordinariamente fijos en el suelo, sólo dirigían de vez en cuando miradas tímidas a la gente, como si temiera que por ellos descubrieran el cáncer que roía su corazón. No leía más que libros de entretenimiento; no meditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro infranqueable, huía con terror de lanzar su pensamiento por las esferas de la metafísica.
Llegó un momento, sin embargo, en que lo hizo sin darse cuenta de ello. Era una noche plácida de Mayo. Hacía poco más de un mes del famoso viaje a Palencia. Había leído un rato cierta historia de Grecia de la biblioteca de Montesinos, que a su muerte se había deshecho. Sentía calor y cansancio. Apagó el quinqué, abrió las puertas del corredor y trasladó a él la butaca, sentándose a respirar el aire del mar. Por algunos minutos fijó la vista con atención en la bóveda celeste cuajada de estrellas, y se esforzó en reconocer algunas constelaciones. Después contempló, con el asombro que siempre produce, la vía láctea, que aquella noche se señalaba admirablemente. Aquella faja blanca donde se veían los astros como polvo finísimo le causaba siempre un estupor profundo. Cada grano de ese polvo es un cuerpo millares de veces mayor que la Tierra, el cual hace girar a su alrededor otros planetas que nosotros no podemos percibir.
—Y sin embargo—se dijo al cabo de un momento, saliendo de su estupor con un suspiro,—todas esas grandezas ya no me espantan, porque no tienen realidad. La existencia de esos astros está pendiente del hilo de mi razón. Yo llevo en mí la forma eterna de esos objetos, como de todos los demás. No son otra cosa a mis ojos que un espejo donde se refleja mi ser interior. Por medio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad de conocer, se representa la comedia fantástica que se llama mundo externo. Ese tiempo infinito al través del cual existe la materia revistiendo formas infinitas; ese espacio infinito también que llenáis, esferas luminosas, no existen más que en mi representación; son las formas que yo llevo aparejadas en mi cerebro para que seáis, o lo que es igual, para que estéis representadas en mí...
Pero ¿qué es lo que hay detrás de ese fenómeno, única cosa que puedo percibir? ¿Cuál es el ser íntimo y verdadero del Universo? Esos mundos infinitos, ¿son por ventura algo fuera de mi representación? Sí. El idealismo absoluto es un absurdo, porque yo soy objeto de representación para los demás, y sin embargo, tengo la absoluta certeza de que existo fuera de esa representación. Eso mismo pasará a los otros hombres. ¿Qué soy yo mismo separado de esta forma corporal en que me veo, fuera del tiempo y el espacio que llevo en el cerebro? ¿Cuál es mi propia esencia y la esencia del Universo?...
No lo sé. No lo sabré jamás. Los esfuerzos de la filosofía se han estrellado contra este misterio impenetrable. Nadie ha descifrado hasta ahora el gran enigma de la existencia. Algunos seres privilegiados han intentado descorrer el velo y nos han ofrecido, cada cual según su fantasía, sistemas risueños o lúgubres, austeros o frívolos, de lo que constituye el fondo de la vida. Pero estos sistemas no tienen ningún valor científico; no son más que hipótesis. El paso de la representación al ser es un salto mortal en que han perecido los filósofos más sagaces y los genios más sublimes de la humanidad. Kant, el coloso, que ha batido las cataratas de mi inteligencia, atribuye al imperativo de la conciencia moral un valor absoluto fuera del tiempo y el espacio. Partiendo de él, cree penetrar con planta segura en los misterios de la esencia infinita. ¡Ilusión! Este imperativo es un fantasma. Los filósofos materialistas han metido en él el escalpelo de su crítica y se ha visto que está hueco. Schopenhauer, el sutil pensador que hoy arrastra a la juventud, fuera del mundo fenomenal coloca la Voluntad, que es en su opinión la cosa en sí. ¿Por qué? Con la misma razón que él la llama voluntad, la han llamado los escolásticos ens realissimum, y sus predecesores en Alemania absoluto. Por mucho que se esfuerce en ocultarla, su teoría está fundada como las demás en una pura hipótesis, y las hipótesis no tienen valor en la ciencia; sólo se sostienen en la fe...
Al formularse esta palabra en su cerebro, el corazón le dio un vuelco sin saber por qué. Sintió vagamente que había chocado con algo donde asirse y quedó sumido nuevamente en profunda meditación.
—No hay que dudarlo. Lo que la ciencia puede darme son las relaciones de las cosas bajo el imperio del tiempo y el espacio. Jamás me dirá su esencia. Para que sepa algo de ella, menester es que se trasforme mi facultad de conocer... ¿Y por qué no he de dejar que se trasforme? ¿Por qué no he de prescindir por un momento de mi razón y no he de prestar asenso a los presentimientos de mi alma, a la voz interior que me explica de un modo claro la esencia divina del Universo? La razón no me dice por qué es hermosa la puesta del sol en el mar. ¡Y sin embargo es hermosa! La razón no me dice por qué San Juan de Dios es sublime abrazándose a los leprosos. ¡Y sin embargo es sublime!...
¡Ah, sí! Por encima de este vulgar conocimiento que me esclaviza a la materia hay otro que me emancipa. Los ojos del cuerpo no penetran en la intimidad profunda de los seres; pero la fe no necesita de ojos: la pintan vendada. No sólo poseo una razón que me explica la apariencia de las cosas: existe también en mi espíritu una revelación constante que las ilumina por dentro... ¿Por qué he de prescindir de esta revelación? ¿Por qué he de cerrar los oídos a los suspiros de mi alma? Esta revelación es el tesoro más precioso con que he sido dotado. Quiero gozar de él; quiero recobrar la libertad y responder al llamamiento de lo que hay en mí de divino. Esta revelación me dice que soy un extranjero en este mundo, sometido a la necesidad, y que puedo romper los lazos que me unen a él. Me manda sacudir el yugo del tiempo y distinguir lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay de eterno... Si llevo en mi cerebro las formas eternas de los objetos, es que soy superior y tengo una existencia independiente de ellas. Esta existencia es lo único que hay en mí de real; lo demás es pura apariencia, y como ha nacido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal y libre; quiero conocer directamente la verdad eterna que se oculta detrás de este Universo. «La hora vendrá—dice Jesús—en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y aquellos que la oirán vivirán.» La hora ha llegado para mí... ¡Oh sí, Dios eterno, al través del tiempo y el espacio y de todas las formas efímeras de la existencia te veo inmutable, infinito, única fuente de verdad y de vida, única luz en las tinieblas que envuelven nuestra vida temporal; te veo, te reconozco y te adoro!...
Un sacudimiento semejante al que produce una corriente eléctrica le hizo ponerse en pie vivamente. El corazón le latía con tal fuerza que se llevó las manos al pecho. Una emoción grande, intensa subía de él hasta la garganta y se la apretaba. Sentíase inundado de una extraña alegría. Comenzó a pasear por el corredor, presa de un desasosiego tan dulce que le hacía daño. Le parecía que su ser trasmigraba súbito al de un ángel, que en su espíritu se cumplía un misterio inefable y augusto. Le acometían impulsos de reír y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la situación de un desterrado a quien restituyen de repente al seno de su patria y su familia. Necesitaba hacer esfuerzos sobre sí mismo para no brincar, para no gritar y reír como un oxigenado.
De tal modo estaba abstraído, que no oyó el ruido de la puerta de su gabinete al abrirse, ni tampoco los pasos de una persona que avanzaba por él hasta llegar al mismo corredor.
—Buenas noches, señor excusador—dijo una voz conocida.
—¿Quién va?... ¡Ah!... ¿Es usted, señor juez? ¿Cómo no han encendido una luz?
—No hace falta. La noche está hermosa. Indudablemente, este corredor es una gran cosa.
Se dieron la mano, y el juez de primera instancia, que era hombre de unos cuarenta años, de fisonomía abierta y simpática, se arrimó a la barandilla del corredor y puso las manos sobre ella.
—Se extrañará usted—dijo con afectada indiferencia—de verme por aquí a estas horas... ¡Phs!... Hay en el juzgado una denuncia... Nada... Supongo que será nada entre dos platos. Pero como ya sabe usted que todas estas cosas de justicia se llevan con tanta formalidad... Luego en la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de ser a punta de lanza... En fin, me veo en la necesidad de detener a usted... Supongo que será por muy poco tiempo... una pura formalidad; pero hay que cumplirla... No he querido mandar al alguacil ¿sabe usted? por no asustarle, porque la cosa no merece la pena. He venido yo en persona para tranquilizarle... No se apure usted, pues, que la detención no tiene importancia, y véngase conmigo. De este modo y a esta hora nadie se enterará.
—¿Una denuncia?... ¿De qué me acusan?
—Al parecer es el asunto de la escapatoria de la chica de Osuna... No se asuste usted.
—No me asusto, señor juez. Estoy dispuesto a seguirle al instante... Si usted me permite, encenderé el quinqué para quitarme las zapatillas y ponerme los zapatos...
—Todo lo que usted quiera, señor excusador—se apresuró a decir.—Puede usted tomarse el tiempo que guste y mandar a la cárcel cuantos efectos tenga por conveniente.
El sacerdote sacó un fósforo y se dispuso a encender el quinqué. El juez quedó estupefacto. En vez del rostro pálido y descompuesto que pensaba hallar, pudo observar la fisonomía más plácida y feliz que jamás había visto en su vida. En la mirada que el excusador le dirigió, después de encender, brillaba una alegría tan pura como si hubiese venido a noticiarle que le habían hecho obispo. El juez dio un paso atrás y le clavó los ojos con desconfianza. Pero se aseguró en seguida viendo el perfecto sosiego con que hacía todos los preparativos. Empaquetó alguna ropa en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y el sombrero y dijo sonriendo:
—Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en arreglarnos, ¿verdad?... A Dª Josefa no le diré nada para evitar una escena triste, ¿no le parece a usted? Le escribiré desde la cárcel, pidiéndole la ropa.
Aprobó el juez cuanto decía, y ambos tomaron la escalera y salieron a la calle como dos amigos. Durante el trayecto, el joven presbítero dio señales de una verbosidad y alegría que hacía tiempo no se observaban en él. Entraron en la cárcel, eligió el juez la habitación menos mala y, después de dejarle instalado, se despidió con creciente sorpresa al ver que se quedaba allí tan sereno y risueño como en su casa.
Salió vivamente impresionado de la cárcel. Mientras caminaba por la calle del Cuadrante arriba, su imaginación daba vueltas buscando una explicación a aquella conducta extraordinaria.
El señor juez de primera instancia estaba lejos de sospechar que, al ingresar en la cárcel, el excusador de Peñascosa acababa de salir de los calabozos del escepticismo.
XIV
¡Guarden ceremonia, señores!
La voz del hujier, imperativa, estridente, no lograba calmar la risa y los murmullos de los concurrentes. Porque aunque el presidente de la sala había resuelto que el juicio se celebrase a puertas cerradas, atento a la índole delicada del delito y a las personas que habían intervenido en él, fueron tantos los abogados que reclamaron su derecho a presenciarlo y tantos los permisos concedidos, que se formó pronto una asamblea numerosa y más inquieta de lo que debía esperarse.
La sala de lo criminal de la audiencia de Lancia era una pieza rectangular, grande, oscura, polvorienta. Allá en el fondo, debajo de un dosel de damasco marchito, estaban sentados en sendos sillones de terciopelo los tres magistrados que componían el tribunal. A un lado, el acusador privado, con una mesa delante. Enfrente el defensor. El relator en pie, frente al tribunal. Detrás el acusado en su banquillo.
El testigo que deponía en aquel instante era el cochero que había conducido al P. Gil y su penitenta desde Peñascosa a la estación de la Reguera. Lo presentaba la acusación. Era hombre viejo ya, con la faz extremadamente roja, iluminada por el alcohol tanto como por la intemperie. Vestía un chaquetón del grueso de una albarda, y hacía rodar su gorra de pana entre los dedos con manifiesto embarazo mientras declaraba. La voz era bronca, como conviene a todo mayoral que se estime en algo; el estilo pintoresco, abusando un poco de los tropos.
—Pus a mí me dijo el amo: Lico, hay que dir a Peñascosa a por unos señores. No pases de la venta de Marica, y duérmete allí. Llévate paja pa el ganao, porque allí no la hay. (En esto el amo no habló bien, porque en casa Marica hay paja... sólo que no se la da a los cualisquiera, entendámonos.) Llévate al Tizón y al Sencillo: son quién pa traerlos con la carretela.—Sigún y conforme, dije yo. El Tizón es un perro. Como le dé la serenita por no andar, ya le puede usted alumbrar candela, que ¡ni pa Dios!
—Déjese usted de tizones y candelas, y diga lo que sepa del asunto—interrumpió el presidente con voz irritada.
Este presidente era un viejo terco, colérico, impertinente, que dirigía las sesiones del juicio oral como una escuela de párvulos. Ofendía a reos y a testigos, sin respetar mucho más a los abogados. Mostraba sus simpatías o antipatías con una franqueza que aterraba. Sin embargo, no era un perverso ni procedía de mala fe. Todo dependía de su temperamento excesivamente nervioso y de la edad, que le obligaba a chochear.