DON ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 4)
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Nuestro acongojado presbítero salió una tarde, después de comer, y encaminó sus pasos hacia la aldea donde moraba el teólogo. Le conocía bastante, pero no le trataba con intimidad. Estaba apartada la aldea como media legua. El camino era vario y pintoresco: callejas estrechas con altos setos de zarzal, trozos de bosque, vereditas entre maizales y senderos al través de los prados. A la entrada de una garganta, sobre una vega de maíz y teniendo detrás algunas praderas deliciosas, estaba asentado el principal caserío de la parroquia. La iglesia y la casa rectoral estaban un buen trecho más allá, en una angostura sombría y húmeda. Todo dormía en el silencio más completo cuando el joven sacerdote llegó. Las gallinas picoteaban en la calle delante de la casa; un gato rabón se lavaba la cara sentado sobre la paredilla de la huerta, y un mastín desorejado dormía de bruces sobre la tabla del hórreo vecino de la casa. Este mastín fue el encargado de romper la paz de aquel paraje, alzándose iracundo contra el advenedizo, ladrando con un grito ronco, apagado, testimonio de su decrepitud. El P. Gil detuvo el paso, y comenzó a decir en tono dulce y persuasivo:
—¡Toma, toma! ¡Quis, quis!
¡Que si quieres! El mastín, viendo al recién llegado achicarse, se creció horriblemente. ¡Guau, guau! gritó, buscando el registro más feroz y amenazador que pudo hallar en su pecho. Al mismo tiempo clavaba una mirada de exterminio en el presbítero y avanzaba, aunque con cierta cautela, hacia él. Éste, aterrado por aquellos ladridos salvajes, dio tres o cuatro pasos atrás y extendió el brazo con el paraguas, que traía para quitarse el sol, hacia adelante. «¡Paraguas! El recurso de los cobardes,» debió pensar el mastín. Y se encrespó de tal modo ante aquel ultraje, que no lo hubiera pasado bien el clérigo a no salir a la puerta una vieja chillando:
—¡Cuco! ¡Cuco! ¡Aquí, Cuco! ¡Fuera, Cuco! ¡Maldito perro! ¡Aquí!... ¡Aquí! ¡Ven aquí!
El perro vaciló un instante, dejó de ladrar y mostró bastante claramente la resolución de volverse otra vez a dormir como si no hubiera pasado nada; pero la vieja no se dio por satisfecha; exigía un acto de sumisión.
—¡Aquí, Cuco! ¡Aquí, ahora mismo!
El Cuco bajó la cabeza humildemente y emprendió hacia ella una marcha lenta, penosísima, como si el camino estuviera erizado de peligros.
—¡Aquí! ¡Venga usted aquí!
«Me trata de usted, ¡malísimo!» se dijo el perro, a quien no hacían efecto las pompas y vanidades. Y avanzó con mayores precauciones aún, asegurando bien la pezuña a cada paso que daba, meneando el rabo de un modo vertiginoso.
—¡Aquí! ¡Aquí!—seguía gritando la vieja.
Por fin, a una velocidad máxima de seis pasos por minuto, llegó el Cuco a su destino. La vieja le cogió por la parte de oreja que le quedaba y dio tres o cuatro tirones con fuerza. El perro lanzó un aullido de dolor. Luego le cogió por la otra, y otros tantos tirones. Mayor y más triste aullido aún. Cumplidos sus deberes con la justicia de la tierra, el mastín se retrajo de nuevo hacia la tabla del hórreo, no sin lanzar por lo bajo algunas imprecaciones y blasfemias. Esta escena se repetía unas cuantas veces al día, siempre que alguna persona sospechosa, como ahora, llegaba con propósitos hostiles a la rectoral. El Cuco deploraba en su fuero interno que no le hubieran rapado mejor las orejas.
—Buenas tardes, D. Gil—dijo la vieja, cambiando súbito la expresión colérica por otra sonriente, melosísima, dando muestras de que le conocía.
El P. Gil, a quien no sucedía otro tanto, respondió muy cortésmente y preguntó por D. Restituto.
—El señor cura debe de estar hacia el establo. Pase usted, D. Gil. Iré a llamarlo.
—No hay necesidad: yo mismo iré a buscarlo. ¿El establo está aquí?...
—Sí, señor; aquí detrás de la casa.
Dio la vuelta a toda ella el sacerdote, subió algunos pasos por una calleja sucia, y se encontró con una misérrima fábrica hecha de piedras del río sin labrar apenas, con una puerta desvencijada. Estaba cerrada, y a nadie vio por allí delante. Iba a dejar aquel sitio y volverse a la casa, cuando detrás del establo oyó ruido de voces. Fuese hacia allá, y halló, en efecto, a don Restituto, sorprendiéndose no poco del traje y la situación en que se le apareció.
El anciano cura vestía unos calzones anchos de pana, remendados, como los que gastan los paisanos por aquella tierra; traía en los pies almadreñas con escarpines de paño burdo, chaqueta lustrosa por el uso, y camisa de lienzo hilado por el ama, sin alzacuello ni cosa que lo valga. Era el traje de un labrador, sin quitar ni poner nada. Pero lo que hacía verdaderamente peregrino y estrafalario el atavío es que en la cabeza traía un bonete viejo y grasiento.
El P. Gil quedó asombrado de aquella figura, y más asombrado, cuando advirtió la ocupación a que el párroco se entregaba. Estaba, con una rodilla hincada en tierra, desollando un becerro. Le ayudaba en la operación el criado. Tenían al animal extendido entre los dos, la mayor parte de él en carne viva ya. Volvió la cabeza D. Restituto al sentir pasos, y hallándose con su joven compañero, se puso en pie y vino hacia él con las manos ensangrentadas empuñando un enorme cuchillo.
—¿Qué milagro es éste, amigo? ¡El futuro cura de Peñascosa se digna hacernos una visita!... Mira, no te doy la mano, porque ya ves cómo la tengo. Bien de salud, ¿verdad?... Por aquí tampoco hay novedad.
D. Restituto trataba de tú, familiarmente, a todos los clérigos más jóvenes que él desde la primera entrevista. Cuando Gil le hubo explicado el motivo de su viaje, mostró cierta extrañeza, pero se apresuró a responderle:
—Bueno, bueno. Yo voy a concluir en seguida. Vete a casa, y espérame.
Pero el joven manifestó deseos de ir a la iglesia.
—¿A la iglesia?—dijo sorprendido. Entre ellos era costumbre confesarse en casa.—Está bien. No hay inconveniente. Pide al ama la llave, y espérame allí. No tardaré.
¡Pluguiera a Dios que hubiese tardado más! Y sobre todo, pluguiérale que hubiera tenido tiempo a lavarse bien. Porque el teólogo despedía de sí un vaho de matadero que derribaba. Mientras duró la confesión, y duró bastante, el P. Gil apenas pudo pensar en otra cosa. Sentíase asfixiado por aquel olor nauseabundo; acudíanle unas congojas y sudores que estuvieron a punto varias veces de privarle del sentido. Don Restituto sintió verdadera satisfacción en poder sacar a relucir su antigua batería de proposiciones teológicas. A cada duda que su atribulado penitente le ofrecía, contestaba victoriosamente con un texto latino. Como el veterano descuelga con gozo sus armas a la señal de guerra, así el viejo opositor a la lectoralía de Lancia descolgó de su memoria los textos enmohecidos ya de Perronne y de Balmes. ¿Cómo dudar de la inmortalidad del alma, cuando ésta es una cosa simple, y las cosas simples no pueden descomponerse? ¿Quién se atreve a imaginar que la Iglesia católica puede algún día perecer, cuando están ahí sangrando las palabras de Jesucristo: «Las puertas del infierno no prevalecerán (non prœvalebunt?)» ¿Cómo se ha de dar más crédito a la palabra de los hombres que a la de Dios? Pues qué, ¿la Divina Sabiduría no ha dicho: «Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio a la verdad?» Y este testimonio ¿no está bien claro y bien patente en las obras visibles que exceden al poder natural, por ejemplo, en la curación de los enfermos, en la resurrección de los muertos y en otros admirables milagros llevados a cabo por Nuestro Señor Jesucristo y por los Santos Apóstoles?
El P. Gil recibió la absolución, prometiendo no ser más demente ni idiota; así juzgaba don Restituto al que dudaba de las verdades reveladas por angélico ministerio. Poco después de besar aquella mano no bien purgada de la sangre del becerro, y cuando se hubo levantado para rezar ante un altar la penitencia, nuestro presbítero se sintió indispuesto. Tuvo que salir inmediatamente de la iglesia, acometido de violentas náuseas. En el pórtico devolvió toda la comida. Llevole a casa el cura, y quiso curarle con una taza de salvia, remedio supremo que empleaba contra todas las dolencias que afligen al género humano; pero su joven compañero, que sabía a qué atenerse sobre su enfermedad, rehusó obstinadamente toda medicación. El párroco entonces pasó a mostrarle la huerta, en la cual tenía cifrado tanto orgullo como en la profundidad de sus conocimientos teológicos. Estaba llena de árboles frutales y legumbres. No se veía una flor ni un arbusto de adorno. Desde allí pasaron a un vasto prado, donde tenía unos cuantos operarios alzando pared. D. Restituto comenzó a darles instrucciones, aprobó algunas cosas, reprobó otras, olvidándose por completo de su huésped. Uno de los operarios le participó que el molino había parado porque el hijo de Cosme había desviado el agua más arriba para secar el cauce del riachuelo y pescar las anguilas. D. Restituto se enfureció y anunció su propósito de demandar a Cosme y pedirle indemnización de daños y perjuicios. De él no se burlaba nadie; estaba resuelto a hacer que se respetase su propiedad. Desde allí se corrieron a los maizales, y el párroco mostró a su compañero con extremado gozo el estado magnífico de las plantas. El agua había venido muy a tiempo, pero más que al agua se debía a la gran cantidad de abono que había echado.
—Tú dirás: ¿dónde podrá hacer D. Restituto tanto estiércol para una tierra como ésta, de quince días de bueyes? Voy a explicártelo. Yo, aunque tengo nueve cabezas de ganado, no podría abonar ni la mitad de la tierra que llevo. ¡Aquí del intelectus! En todas las parroquias, como tú sabes bien, hay una porción de pobretes, a los cuales no es posible sacarles un cuarto ni por bautizos ni por matrimonios ni por nada. Pues bien, a estas calamidades vivientes les obligo a echar de vez en cuando delante de sus casas (vulgo pocilgas) una buena cantidad de hoja seca o tojo. Con el agua y el paso de los transeúntes y el estiércol de las reses que cruzan se convierte al cabo de algún tiempo en abono. Cuando ya está bien podrido me lo traen y voy formando montón hasta que llega el tiempo de distribuirlo por la tierra. ¿Qué tal?
Desde allí saltaron a una heredad de prado. D. Restituto, en cuanto se vio en ella, dejó escapar una risita aguda y burlona, que hizo levantar la cabeza a su joven compañero y mirarle con curiosidad.
—Este es el prado del molino de abajo... el prado del molino de abajo, ya sabrás... ¿Cómo? ¿no sabes la historia de este prado? Pues ha corrido mucho por la villa... Pertenecía a los mansos de la parroquia, y había quedado trasconejado cuando la venta de todos ellos. Yo lo llevaba, y nadie en la parroquia se atrevía a denunciarlo. Pero había aquí un tabernero rico llamado Lino (que ya reventó, a Dios gracias, el año pasado), y este Lino le tenía muchas ganas al prado. Al fin dio el soplo en la administración, guardando la mano, porque no quería ponerse mal conmigo, y lo sacaron a subasta. Dos días antes de hacerse, vino por acá el muy hipócrita y me dijo: «Señor cura, voy a hacer postura al prado del molino de abajo, pero si usted lo quiere me quedo en casa.» El tunante trataba de sonsacarme la cantidad que yo pensaba ofrecer. «No, no lo quiero; puedes rematarlo cuando gustes,» le contesté. El hombre, viendo que yo no iba al remate, y sabiendo que ningún vecino estaba en situación de tirarle, se las prometía muy felices. Y mandó a Lancia a un primo hermano suyo. Pero a éste le fui a tropezar camino de Peñascosa, y le hablé muy al caso, representándole el pecado en que incurría rematando bienes de la Iglesia, le prometí darle en arriendo el prado, y le puse cuarenta duros en la mano. ¿Qué había de hacer el hombre? Fue a Lancia, lo remató y me lo traspasó a mí acto continuo... ¡Vaya una risa que se armó en el pueblo, amigo! Lino enfermó de rabia, y en cuanto se le presentó ocasión, que fue al cabo de dos meses, viniendo de una romería, le pegó una puñalada a su primo... ¡Pero, anda, que buenos cuartos le costó la tal puñaladita! No lo hizo con diez mil reales.
Como ya el sol declinaba, después de haberle enseñado un lagar, que acababa de construir para la sidra, D. Restituto llevó de nuevo a su penitente a casa y le convidó a chocolate. Pero el excusador no se sentía aún bien. Además tenía prisa. Rehusó todo convite y emprendió el camino de Peñascosa. El cura le acompañó un buen trecho.
Fuera ya de sus fincas y comprendiendo por el continente reflexivo del excusador de Peñascosa que su ánimo seguía embargado por pensamientos serios, D. Restituto quiso volver a la carga, aunque le pareciese sobradamente demostrado que todas las dudas de su compañero no eran más que bombas de jabón, las cuales deshace con un soplo cualquiera que haya saludado siquiera la Sagrada Teología.
—Debes fijarte, querido—le decía con protección ilimitada,—que las verdades de la fe no son contrarias a la razón, sino que están sobre ella. Lo contrario de lo verdadero, ¿qué es? Lo falso, ¿no es cierto? ¿Y cómo ha de tenerse por falso lo que está divinamente confirmado? Las cosas que sabemos por revelación divina no pueden ser contrarias al conocimiento natural, porque el conocimiento natural viene también de Dios, puesto que Dios es el autor de nuestra naturaleza. Porque exceda a la razón una cosa no debe reputarse contraria a ella. Así dice San Agustín que aquello que como verdad se demuestra por los libros santos, sea del Antiguo, sea del Nuevo Testamento, de ningún modo puede serle contrario. El entendimiento humano no puede llegar, naturalmente, a conocer la existencia de Dios, supuesto que nuestra inteligencia en el modo de la presente vida comienza su conocimiento por el sentido, y por lo tanto, las cosas que no caen bajo el sentido no pueden percibirse sino en cuanto por los sentidos puede colegirse su conocimiento...
La tarde estaba fría y apacible. La campiña se extendía debajo del cielo trasparente, reflejando con tonos verdes, claros, amarillentos, los rayos del sol que se ocultaba. El mar era una mancha azul allá a lo lejos. Los dos clérigos habían atravesado ya el caserío principal, donde las mujeres, sentadas a la puerta de casa, les daban las buenas tardes y los niños acudían a besarles la mano. Estaban en la región abierta, ligeramente ondulada, que caracteriza la costa en aquel país. El P. Gil, silencioso, caminaba con la cabeza baja, levantándola de vez en cuando para enderezar su mirada vaga, perdida, hacia lo lejos, a las tierras rojas y a las rocas peladas que festonaban la orilla del mar. El sol moría despidiendo su última llamarada, que enrojecía una parte del horizonte. Y de allí venía una leve brisa helada que coloreaba los dedos y la punta de la nariz, vigorizando los músculos y produciendo cosquilleo en los ojos. La campiña se preparaba a dormir, exhalaba un suspiro de bienestar, mezcla confusa de voces y mugidos, rechinar de carros, tañido de esquilas y rumor de olas, fundido todo y armonizado en la amplitud de la llanura ilimitada. El P. Gil se esforzaba en atender a los argumentos que su anciano compañero iba vertiendo con voz profunda y solemne. Eran los mismos que había estado oyendo durante siete años en las cátedras del seminario de Lancia.
Al dejar la senda y penetrar en una callejuela estrecha vieron llegar un hato de ganado avanzando lentamente. D. Restituto atajó su discurso teológico y se llevó la mano a los ojos a guisa de pantalla.
—Son mis vacas—dijo sordamente.
Y antes que llegasen se puso a gritar al criado que las conducía:
—¿Qué tiene la Parda, que cojea?
—Debió meterse una espina.
—Pues en cuanto llegue al corral la registras bien y se la sacas, ¿entiendes?... Es la mejor vaca que tengo—añadió por lo bajo, dirigiéndose a su compañero.
Y como ya estuviera entre ellas, el cura se acercó solícito, paternal, a la Parda y comenzó a acariciarle el testuz, bajando al mismo tiempo la cabeza, para mirarle las patas.
—¡To, Parda!... ¡to! ¡to!... Espina debe de ser, porque en las patas no veo nada. Después que se la saques la lavas bien con un poco de vino y romero... Di a Teresa que te lo prepare... Nacida y criada en casa, ¿sabes tú?—prosiguió volviéndose al excusador con la fisonomía enternecida.—Me daba D. Jovino, tu feligrés, sesenta duros por ella... ¡Como si me diera ochenta! Esta alhaja no sale de casa. ¡Qué anchura de pechos, eh? ¡Qué cuarto trasero! (Y se lo acariciaba blandamente con la palma de la mano.) No da mucha leche, pero toda es manteca... Esta otra también nació en casa... ¡Quieta, Guinda, quieta!... Es más torpe que la otra... Una novilla todavía... No hace quince días que ha parido por primera vez... Ésta se deshace en leche... ¡Repara, repara que ubre! ¡No puede andar con ella!... Cada chorro suelta como el dedo... Mira, mira... ¡Quieta, Guinda!...
Y bajándose tiró de una de las tetas al animal e hizo salir dos o tres chorros de leche que humedecieron el suelo. Al mismo tiempo volvió su faz, congestionada por la posición tanto como por el gozo, hacia el joven coadjutor. Éste sonrió por complacencia, pero separó al instante la vista, no pudiendo reprimir bien la repugnancia que sentía.
Se puso de nuevo el hato en marcha y ellos también. D. Restituto cogió otra vez el hilo de su discurso.
—Ya sé que hay quien dice que por la razón no puede demostrarse que Dios es, y que esto sólo puede obtenerse por la fe y la revelación... Error crasísimo. La falsedad de esta opinión se manifiesta por el arte de la demostración, que deduce por los efectos las causas, y por el orden mismo de las ciencias, porque si no hay ninguna sustancia cognoscible fuera de lo sensible, no habrá tampoco ninguna ciencia supranatural, como se dice in quarto Metaphysicorum. Hay que distinguir lo que es conocido per se simpliciter, y lo que es conocido quoad nos. Simpliciter que Dios es por sí, es conocido...
D. Restituto tenía una memoria felicísima. Al cabo de tantos años recordaba perfectamente su Dogmática, y la recitaba vertida al castellano con el mismo énfasis que si la hubiera inventado. También la recordaba el P. Gil, porque la tenía más reciente, pero escuchaba con atención, por humildad, esforzándose en admirar la fortaleza de aquellos argumentos, en considerarlos irrefutables. El anciano teólogo se detenía a menudo, balbucía olvidando alguna demostración, pero súbito tomaba vuelo y se lanzaba vigoroso sobre las premisas, haciéndoles sudar inmediatamente las conclusiones apetecidas.
—...Todo lo que se mueve se mueve por algo. O lo que mueve es movido o no. Si no se mueve, tenemos lo que buscamos, un móvil inmóvil, y a esto llamamos Dios. Si se mueve, es por algo que le mueve, y entonces, o hay que seguir así hasta el infinito, o tenemos que llegar a algún móvil inmóvil; pero en el orden del movimiento no puede haber proceso infinito... ergo hay que suponer un primer móvil inmóvil. Probemos ahora que todo movimiento se determina por algo. Si algo se mueve a sí mismo, es necesario que tenga en sí el principio de su movimiento...
Caminaban por una senda estrecha abierta entre los maizales. El teólogo iba delante y el P. Gil detrás. Súbito aquél paró en firme el paso y la lengua. Al doblar un recodo se encontró de frente con el hijo de Cosme, que traía colgado a la espalda un cesto mediado de anguilas. Verlo el teólogo y arrojarse sobre él sin conmiseración fue todo uno.
—¡Granuja! ¡Grandísimo perro! ¿Conque eres tú el que me quitas el agua del molino? ¡Te voy a desollar vivo! ¿Es tu padre quien te enseña esas picardías? ¿Es el maestro quien te las enseña? ¡Desvergonzado, cínico!
Le tenía asido fuertemente por entrambas orejas, y a cada interrogación le daba una fuerte sacudida. El chico, comprendiendo bien que aquellos interrogantes tenían un fin puramente retórico y no debían ser contestados, limitábase a lanzar gritos de dolor inarticulados.
—¡Ven acá, pilluelo! ¡Quiero llevarte delante de tu padre! ¡A ver si me dices ahora que yo te tengo mala voluntad! ¡Has de parar en un presidio! ¡Ven aquí, ven!
Y como no era factible llevarle cogido de las dos orejas, el anciano teólogo se avino, aunque con profundo dolor, a soltar una, comunicando instantáneamente a la otra su parte de presión para que no se desperdiciase nada. En esta forma, con el rostro encendido y los ojos llameando de cólera, dio la vuelta hacia el pueblo sin despedirse de su compañero, llevando medio en suspensión al chico, que lanzaba quejidos lastimeros.
El P. Gil le contempló estupefacto hasta que le perdió de vista. Permaneció todavía unos momentos inmóvil, abstraído. Y emprendió de nuevo su camino que se acercaba cada vez más a la orilla del mar, para bajar por una rampa suave a Peñascosa. La luz desaparecía por momentos. El frío aumentaba. El océano en calma había perdido su bello color azul, cambiándolo por otro gris con reflejos acerados. De vez en cuando un soplo de viento helado hacía correr por la tersa superficie de las aguas un estremecimiento que las rizaba leve y momentáneamente, como si al mar se le pusiera carne de gallina. Y este estremecimiento se comunicaba al joven presbítero y llegaba hasta el fondo de su ser. Lo que sentía en su alma no era ni dolor, ni agitación, ni congoja; era tan sólo frío, un frío mortal que le roía los huesos. Nunca se había visto tan solo y desvalido. Sus ojos iban obstinadamente fijos en el suelo. No se atrevía a levantarlos e interrogar la inmensidad como otras veces. Estaba seguro de su respuesta y la temía.
Cuando llegó a las primeras casas del arrabal de la Gusanera había cerrado ya la noche. Al pasar por delante de una de las más pobres y sucias llamó su atención el estrépito de golpes y gritos que de adentro partía. Detuvo el paso asustado y procuró averiguar qué era aquello. Por las pequeñas ventanas iluminadas no se veía más que agitarse violentamente algunas sombras. A sus oídos llegaban, entre el confuso vocerío, algunas blasfemias que le estremecían. De pronto se abre con violencia la puerta y sale precipitadamente una masa negra, disparada por unas manos que cierran de nuevo al instante. El P. Gil reconoció en aquella masa negra a un clérigo. Se aproximó solícito y vio que era el P. Norberto, con manteos y sin sombrero.
—¡D. Norberto! ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa?
—Hola, querido. Nada, nada... no es nada—respondió sin aturdimiento.
—Sí le pasa algo... ¿Qué le han hecho a usted en esa casa?
—Nada, nada... Vámonos que se reúne gente.
—¿Se va usted a ir sin sombrero?
—Es verdad... Voy a pedirlo... Aguarda un poco.
Pero en aquel instante salió de una de las ventanas de la casa y voló por el aire el sombrero, cayendo enmedio de la carretera, esto es, cerca de los clérigos. Al mismo tiempo una voz ruda dijo, acompañándolo de varias interjecciones:
—Toma la teja, ladrón. Si vuelves por aquí, te vas sin las orejas.
El P. Norberto se apresuró a recogerla del suelo y echó a andar.
—Pero explíqueme usted...—le dijo el coadjutor juntándose a él y haciendo esfuerzos por seguirle el paso.
—Ya te lo explicaré... Ahí más abajo.
Cuando hubieron salido de la Gusanera, salvado la plaza y entrado en la calle del Cuadrante, D. Norberto acortó un poco el paso. El excusador aprovechó la ocasión para insistir en sus preguntas.
—Vamos a ver, ¿qué le ha pasado a usted?
—Pues mira, en esa casa vive una muchacha, una niña que apenas tiene quince años, a quien su madre ha prostituido, entregándola a ese chalán que llaman Pepe el Manchego.
—¿Y usted ha ido allí a ver si la sacaba de sus garras?
—La había visto ya otras dos veces, y no parecía mal dispuesta; pero no sé quién dio soplo a ese hombre, y hoy se presentó de repente y armó un alboroto.
—¡Jesús! ¡Está usted herido!—exclamó el padre Gil, viendo correr algunas gotas de sangre por las mejillas de su compañero. Al mismo tiempo le levantó un poco el sombrero y vio que tenía un fuerte golpe en la frente, de donde partía la sangre.
—¡Pero esto es una indignidad! Vamos a dar parte en seguida al juez...
—No pienses en eso, querido... Esto no vale nada... El parte lo echaría todo a perder; se daría un escándalo, y la chica, viéndose perdida, se iría de este pueblo con el chalán. Quedándose aquí, tengo esperanzas que con un poco de maña lograré quitársela a ese diablo y reducir a la misma madre... Esto no es nada—añadió limpiándose la sangre con el pañuelo.—Lo que me duele algo más es este hombro...
—Pero ¿le ha dado a usted más golpes?
—Me ha sacudido un poco la badana—respondió riendo candorosamente.—Es cuestión de árnica y reposo... Yo creo que no me viene mal. Estaba demasiado apoltronado... Desde hace algún tiempo todos los días me convidan a callos... Voy engordando demasiado, ¿no te parece?
Despidiose el P. Gil a la puerta de su casa y siguió caminando con pie más ligero hacia la suya. Parecía como si le hubiesen aliviado de la carga que le abrumaba. Sintió suavizarse la honda melancolía que le había oprimido todo el camino, y corrió por su ser una dulce inexplicable vibración de bienestar.
Después de interrogar a la naturaleza muda, después de consultar a la teología decrépita, el soplo de Jesús había pasado al fin por su alma y la había refrescado.
X
Dos meses después, el P. Gil descansaba sentado en su pobre sillón de gutapercha. El trabajo de todos aquellos días, sobre todo del último, le había rendido. Era un trabajo puramente material, donde su espíritu, atribulado por nefandos y horribles pensamientos, se complacía; buscaba un calmante para la agitación interior que le atormentaba. Tratábase de festejar la colocación de la primera piedra del nuevo templo con una gran función religiosa y profana. La erección de este templo había sido desde largos años el sueño dorado de los piadosos vecinos de Peñascosa. Siempre había tropezado con obstáculos insuperables. El dinero por una parte, por otra la corta voluntad del párroco, que oponía sorda resistencia al proyecto, le habían hecho fracasar constantemente. Pero al encargarse Gil de la parroquia tomó este asunto con calor; convocó a los vecinos más ricos de la villa y abrió una suscrición, que dio buen resultado; logró que el ayuntamiento otorgase una crecida subvención; fue a Lancia e interesó al prelado y a varios próceres, que le prometieron su concurso. En fin, después de muchas vueltas y sudores, la nueva iglesia era un hecho. La primera piedra debía de colocarse el día 24 de Enero, con asistencia del prelado, el gobernador, varias dignidades del cabildo catedral de Lancia y muchas personas notables de la provincia. Estábamos a 23. El peso de los preparativos había caído sobre los hombros del P. Gil, quien, ayudado de las personas de buena voluntad que se prestaron a ello, organizó no sólo la fiesta religiosa, sino también alguna parte de la profana, la iluminación, los fuegos y la ceremonia de la primera piedra.
En aquellos últimos días no había tenido tiempo a pensar. Había sido menos desgraciado. Pero sus fuerzas estaban agotadas con tanta menuda y enfadosa ocupación, y gozaba con voluptuosidad de un corto momento de reposo, en espera del trajín del día siguiente. Caíansele ya blandamente los párpados, cuando se abrió la puerta con violencia, haciéndole dar un brinco en la butaca. Aturdido por la sorpresa, con los ojos desmesuradamente abiertos, vio a Obdulia que penetraba como un huracán y se dirigía a él con la fisonomía alterada, mostrando en ella agitación y cólera.
—¿Sabe usted lo que pasa, padre?—le preguntó sin saludarle.
El coadjutor no respondió, interrogando sólo con la vista.
—Pues acabo de saber que le han birlado a usted el cargo de coadjutor... Se lo han dado a D. Narciso.
—¿Nada más?—preguntó sorprendido aún el presbítero.
—¿Y le parece a usted poco?—exclamó con ímpetu.—Después de lo que usted ha trabajado en este pueblo, después de haberlo puesto todo en orden, después de haber logrado que se edificara la iglesia... Porque a usted exclusivamente se debe... todo el mundo lo sabe... ¡Quitarle lo que le pertenece y darle la plaza a un D. Narciso!... ¡Es una infamia! ¡es un asco!... ¡Qué bien han manejado la intriga esos envidiosos! ¡Ya me parecía a mí que tanto viaje a Lancia algo significaba!... Por supuesto que yo bien sé quién le ha ayudado... ¡ya lo creo que lo sé! D.ª Filomena es prima hermana del gobernador de Madrid, y por ahí viene la cosa... ¿Y qué diremos del señor obispo que, sabiendo los servicios que usted ha prestado a la religión en este pueblo, se presta a servir de juguete a una vieja verde? ¡Qué indignidad! ¿No le dije bien a tiempo que no se durmiera en las pajas?... ¡Ah, qué infamia tan grande! ¡Qué infamia! ¡Qué reteinfamia!
Hablaba atropellándose, con las mejillas encendidas, vibrando por los ojos rayos de ira, agitando las manos temblorosas, moviendo todo su esbelto cuerpo como si estuviera sujeto a una fuerte corriente eléctrica. El P. Gil la contemplaba estupefacto. Por fin, aprovechando un instante de vacilación, antes que de nuevo tomara vuelo y lanzara otra sarta de denuestos, la atajó diciendo:
—Agradezco a usted mucho, hija mía, el interés que me manifiesta en esta que usted cree injusticia que se me hace, y que no lo es. Yo no he deseado nunca ese cargo ni he hecho nada por merecerlo. La persona a quien se encomienda, si es cierto lo que usted me dice, me parece dignísima y me lleva, entre otras muchas ventajas, la de la antigüedad. Pero sobre todo, aunque en efecto se cometiera conmigo una injusticia, ¿a qué viene esa alteración? ¿A qué vienen esos insultos a personas respetables por cuya cabeza no habrá pasado la idea de hacerme daño alguno?
Obdulia se puso fuertemente colorada y dijo balbuciendo:
—Porque usted es un santo... sí... porque usted es un santo.
—¡Qué santo!—exclamo el clérigo alzando la mano con impaciencia.
—Sí; porque usted es un santo y mira todas estas cosas desde la altura en que se encuentra... Pero es una injusticia, padre; ¡es una villanía!—añadió volviendo a exaltarse.—Usted es demasiado bueno para vivir entre esta gente... y le sacrifican como un cordero... ¡Si fuera yo!... ¿Cree usted que no me apena verle a usted humillado, verle pisoteado por esos peleles que no sirven para limpiarle los zapatos?... ¿No es triste que otro recoja el premio de sus afanes?... A usted no le importará nada, padre, pero yo no podré, sin que me arda toda la sangre del cuerpo, verle a usted de excusador, de simple ayudante de ese... de ese farfantón.
Se dejó caer en una silla y comenzó a sollozar; pero levantándose súbito, prosiguió, dando patadas de rabia en el suelo, agitando frente a la puerta los puños cerrados, con una voz concentrada y áspera que daba miedo:
—¡Pillos! ¡Infames! ¡Herejes! ¿Creéis que os ha de salir bien la cuenta? Pues no os saldrá, porque hay un Dios en el cielo... y porque estoy yo además sobre la tierra, que os he de dar todavía alguna guerra... ¡Vaya si os la daré!... ¡Ya veréis de lo que es capaz una pobre mujer!... No os reiréis, no... Ya veréis cómo me arreglo para echar una gotita de hiel en vuestro plato de crema, para que no os relamáis, ¡puercos!...
Concluyó por sentirse mal. Fue necesario que el P. Gil llamase a D.ª Josefa y le mandase traer una taza de tila con gotas de azahar.
A las nueve de la noche aún no habían concluido de adornar la iglesia las señoritas y los obreros que las secundaban. La velada se prolongó sabrosamente para todas aquellas almas piadosas que servían a su Amo Divino en tales pequeños menesteres con una espontánea alegría precursora de la que habrán de sentir en el cielo cuando, trasformadas en ángeles, rodeen cantando el trono del Altísimo. Aquí una cortina que tape la suciedad de la pared, allí una araña, más allá un jarrón con flores, todo discutido larga y calurosamente antes de ser colocado en su sitio. Las que más se distinguían en la obra de ornamentación eran D.ª Marciala y Marcelina, la primera por su actividad frenética, la segunda por su gusto y habilidad. Presidía los trabajos el P. Gil, como coadjutor interino, pero la mayor parte de las damas atendían ya más a las indicaciones del P. Narciso. La noticia de su triunfo había volado por todo Peñascosa, y las señoras, con su inclinación nativa a todo lo que brilla y alcanza éxito lisonjero en el mundo, comenzaban a sentir de nuevo cierta ternura por él. En los grupos que se formaban por los rincones del templo cuchicheábase dirigiéndole miradas furtivas, acogíanse todas sus palabras con mirada benévola y sumisa, se le colmaba de atenciones. Mientras tanto, D.ª Filomena, procurando ocultarse detrás de todas, gozaba en lo profundo de su corazón de aquel fausto suceso, que a ella sola se debía, acariciaba a su director con una mirada húmeda y suave donde se pintaba la ternura, el secreto y la sumisión. Obdulia se había retirado temprano, no pudiendo soportar tanta asquerosa adulación y el abandono de su amado confesor. Además Marcelina le había dirigido una pulla, y aunque había contestado con otra más sangrienta, que en esto nunca se había quedado atrás, tenía miedo a enfermar de ira.
No todo era bienandanza, sin embargo, para los futuros querubes de la corte celestial. Don Miguel, el terrible párroco, turbaba de mil modos, a cual más grosero, la paz de su corazón, ora echando una cortina al suelo bajo pretexto de que le tapaba alguna imagen, bien trasladando los jarrones de flores adonde se le antojaba, o deteniendo a los recadistas y empleándolos en otros menesteres, etc., etc. Ninguna censura o mandato episcopal podía debilitar la energía del feroz cabecilla ni hacerle doblar la cerviz. Él era el cura propio de Peñascosa y ninguna potestad de la tierra, ni la del mismo Pontífice, podía privarle de este carácter. Que le pusieran coadjutor. Bueno, él se reía del coadjutor, y si se torcía un poco, le alumbraba un par de coscorrones para que anduviera derecho. Felizmente para todos, el P. Gil era la mansedumbre personificada, y le dejaba pasar con cuanto quería, con tal que no tocase directamente a la cura de almas, y esto último no era, como ya sabemos, la especialidad de D. Miguel. Pero las damas protestaban sordamente contra su tiranía y esperaban con anhelo que D. Narciso empuñara con más brío las riendas de la parroquia.
—¡Holgazanazas! ¡Pendonas! Mejor estabais en vuestras casas espumando el puchero o recosiendo calcetas... ¡Lástima de vara de fresno! Si yo fuera marido o padre vuestro, ya os diría lo que era candonguear a todas horas por la iglesia...
Estos y otros requiebros semejantes eran los que el cura murmuraba por los rincones de la iglesia en tono bastante alto para que pudieran oírle. Y claro está, todas aquellas rosas místicas, oyéndolas, se estremecían en sus cálices y se plegaban tímidamente. Susurrábanse al oído amargas quejas, mas no osaban producirlas en voz alta. D. Miguel era muy capaz de echarlas de la iglesia a coces. No teniendo ocasión de hacerlo, el párroco aliviaba su corazón administrando un par de ellas en el trasero a cualquier monaguillo que tropezaba en su camino.
Mientras esto sucedía en la iglesia, una muchedumbre inmensa se agolpaba a las puertas del Ágora, donde su digno presidente, D. Gaspar de Silva, estaba ensayando a dos docenas de jóvenes artesanas un himno de su invención (música del director de la banda municipal) para cantar durante el banquete del teatro. Y las voces argentinas del coro salían a intervalos por las ventanas de la casa, despertando en la multitud un entusiasmo sin límites, que estallaba en aplausos y en hurras. De tal manera que al cabo de algún tiempo varios dignísimos vecinos, de oficio pescadores, pidieron a gritos que se presentase D. Gaspar a la ventana para tributarle los honores merecidos. El gran poeta no tuvo más remedio que ceder a esta exigencia de la multitud, que le recibió con palmoteo atronador y fuertes vivas. La silueta angulosa del vate se destacó en el hueco de la ventana, y pudo verse claramente que se llevó repetidas veces la mano al sitio del corazón, con lo cual el entusiasmo de la muchedumbre se convirtió en verdadero delirio.
Un viento de regocijo, de pura y fervorosa alegría soplaba por el vecindario de la noble villa. Habían deseado siempre un templo más digno y más capaz, pero no se daban cuenta cabal de la importancia que esto tenía. Sólo cuando supieron positivamente que iba a alzarse uno en la plaza, de mayores dimensiones que todos los de Sarrió, sintieron removidas hasta las últimas fibras de su patriotismo. No hubo grande ni pequeño que no repitiese con frenesí: «Cuarenta y cinco cincuenta de largo, treinta veinticinco de ancho. La iglesia mayor de Sarrió no tiene más que cuarenta por veintiocho cincuenta.» Estaban reservadas aún al corazón de los beneméritos peñascos otra porción de alegrías inefables. El pavimento del nuevo templo no sería de baldosa común, como el de Sarrió, sino de azulejos; los altares vendrían tallados de Italia, los cristales de Londres; el altar mayor sería todo de mármol. Cada uno de estos pormenores, repetidos de boca en boca, les hacía derramar lágrimas de ternura.
En la plaza y sitio que había de ocupar el nuevo templo se había levantado un cadalso para las autoridades, los próceres del pueblo y las damas. Desde este cadalso, el obispo colocaría la primera piedra, que ya pendía de unos cordones de seda, perfectamente preparada. En el teatro no cesaba el martilleo para colocar la mesa del banquete, guirnaldas y trofeos. Sobre cada uno de los pesebres, llamados palcos, colocaron dos banderas nacionales cruzadas; una guirnalda de laurel las iba enlazando todas graciosamente. Fue idea de D. Peregrín Casanova, que también había presidido un banquete en el teatro de Tarragona en los quince días que gobernó aquella provincia. Por último, en el Campo de los Desmayos estaban ya tendidos los alambres para la iluminación, si bien no pendían de ellos aún los faroles. Esto se dejaba para lo último, por miedo a la lluvia.
No había cuidado. El día 24 amaneció sereno. Unas cuantas nubecillas impertinentes, que se amontonaban del lado de tierra, fueron barridas muy pronto por la brisa del Nordeste, con gran regocijo y aplauso de todas las personas sensatas de la población. El mar se rizaba blandamente sonriendo a la privilegiada villa, y el sol asomaba majestuosamente su disco por detrás de las olas, dispuesto a dar gusto siquiera una vez en su vida a los honrados peñascos. Porque desde tiempo inmemorial se sabía que apenas se preparaba una fiesta en Peñascosa, el sol tomaba las de Villadiego y dejaba que las nubes diesen buena cuenta de ella. Cuatro docenas de cohetes de dinamita, capaces de estremecer a los muertos en sus tumbas, anunciaron su salida. La murga municipal saludó al astro del día tocando por las calles la famosa polka de los paraguas. Después se situó en el Campo de los Desmayos, rodeada de un enjambre de chiquillos, y ejecutó algunas piezas de ópera. El mar, batiendo suavemente en las peñas, le servía de contrabajo. Hasta que a eso de las nueve se fue hacia la plaza tocando un paso doble, y desde allí salió por la carretera de Lancia a esperar al prelado, al gobernador y a las personas que los acompañaban.
No tardaron en llegar en seis coches que con el estrépito de sus ruedas estremecieron de júbilo la villa. Una nube de cohetes estalló en el aire. Los viajeros fueron acogidos en la plaza con inmensa gritería. Todo peñasco en uso de sus extremidades abdominales salió del domicilio en aquella sazón, para regocijar la vista con el espectáculo de la bella comitiva. El obispo era un hombre alto, gordo, con el pelo blanco y la faz redonda, de luna llena, adornada de gafas. El gobernador un hombrecillo enteco, pálido, de ojos hundidos. Vestía de gran uniforme y cruzaba su pecho la banda de Isabel la Católica. Igualmente las personas que los acompañaban lucían cruces, uniformes y condecoraciones. Detrás de ellos marchaba el piquete de carabineros. Al ver desfilar aquel lúcido y esplendoroso cortejo, la fantasía, siempre propensa a la exaltación, de los patriotas peñascos, se arrebató de un modo inexplicable. El orgullo de haber nacido en aquel pueblo privilegiado les embriagó como nunca. Por un instante creyeron estar en la capital de un gran imperio, que los ojos de todo el mundo civilizado estaban fijos en Peñascosa. Irresistible debía de ser esta embriaguez cuando a persona tan grave y calificada como D. Juan Casanova se le subió a la cabeza hasta hacerle caminar delante de la comitiva con el sombrero en la mano, gesticulando y hablando solo como un loco. «¡Cuándo habíamos de pensar—exclamaba agitando el sombrero!—¡Cuándo habíamos de pensar que se reunieran en nuestra villa tantas notabilidades, tantas personas eminentes del clero, de la administración y de la milicia! ¡Alegraos, vecinos de Peñascosa! ¡Alegraos! Para nosotros comienza la era de la justicia. Esta pobre villa, tan postergada ¡ya sabéis por quien!... esta pobre villa, tan postergada, levanta al fin la cabeza y dirá al mundo entero lo que vale... eso es... lo que vale. Si hemos sido esclavos hasta ahora de otro pueblo que no vale lo que el nuestro, ya hemos roto nuestras cadenas. ¡Salid a los balcones, bellas peñascas! ¡Salid a los balcones y arrojad flores sobre nuestros ilustres huéspedes! ¡Salid! ¡Salid!»
D. Juan Casanova había ganado mucho en emoción, en calor, durante esta tirada. La voz salía temblorosa, ronca. Pero la imparcialidad nos obliga a confesar que había perdido algo de su majestad característica. Por lo menos aquellos movimientos descompasados de hombros y cabeza eran inexcusables en un hombre tan elevado física y moralmente. Los chicos que iban a la par le miraban con asombro, y las bellas peñascas, evocadas por él, si no arrojaban flores, sonreían desde los balcones al verle tan descompuesto, mostrando unas hileras de dientes como nunca veréis en Sarrió, yo os lo juro.
Después de tomar un refrigerio en las Consistoriales y descansar un poco, la comitiva se restituyó a la plaza, donde se efectuó con una solemnidad capaz de hacer derramar lágrimas al ateo más empedernido el acto de colocar la primera piedra de la nueva casa de Dios. Uno de los que más bullían y mangoneaban por allí era D. José María el boticario, el antiguo suscritor de El Motín y corifeo de los masones, dando claro testimonio de que para Dios no hay imposibles, y que nadie puede decir que está por completo dejado de su mano. Después el gobernador dirigió desde el tablado la palabra al pueblo, y aunque su discurso no llegó a más de tres o cuatro metros de distancia, el pueblo comprendió en seguida con admirable instinto que rebosaba de elocuencia y se entusiasmó de un modo frenético. Centenares de boinas de todos colores surcaron el aire en prueba del efecto mágico que entre ellas había producido la oración de la primera autoridad civil de la provincia. Los cohetes y la murga municipal secundaron esta gloriosa manifestación de las boinas. Una muchedumbre inmensa de blusas azules y pantalones rayados se agitó conmovida, embargada por los más nobles sentimientos religiosos y humanitarios.
Acto continuo se trasladaron todos a la antigua iglesia parroquial para cantar el Te Deum en acción de gracias. El templo, adornado como ya sabemos por lo más selecto de la sociedad femenina de Peñascosa, estaba deslumbrante de lentejuelas, arañas y cirios. El día anterior había llegado una exigua orquesta de Lancia, compuesta de dos violines, una viola, un violoncello y un contrabajo, y con ella tres o cuatro cantores de la catedral. Los músicos se situaron en el coro, el obispo y el clero en el presbiterio. Don Miguel, el tozudo párroco, no quiso revestirse con los sagrados ornamentos, bajo pretexto de sus achaques, y se fue al coro con la orquesta. El prelado dijo una breve y sentida plática desde el púlpito. Tenía una hermosa voz de barítono que hizo vibrar las cuerdas más delicadas del corazón de todas las rosas místicas de la villa. El brillo del pectoral de diamantes y de los cristales de sus gafas daba mayor realce y un poder mágico a su palabra sonora, dulce, persuasiva.
Cantose después el Te Deum. Los tiples y los bajos de la catedral de Lancia hicieron prodigiosos gorgoritos, que dejaron asombrados a los buenos peñascos. La diminuta orquesta les secundó perfectamente; Pero he aquí que a D. Miguel se le antoja mirar con malos ojos al pobre contrabajo, tan sólo porque no pasaba el arco sobre las cuerda más que de vez en cuando. El párroco estaba de rodillas y tenía delante y vuelto de espaldas al músico. Mirábale de hito en hito y cada vez con mayor excitación. El músico cumplía con su deber rozando las cuerdas parsimoniosamente, produciendo un sonido sordo y antipático. A D. Miguel le parecía aquello el colmo de la estupidez y la holgazanería. Venir de Lancia con un buen sueldo y el viaje gratis para hacer unas cuantas veces ron, ron con aquel trasto, era cosa verdaderamente irritante. La ola de la indignación fue subiendo en su pecho. Mil pensamientos de exterminio se le amontonaron en el cerebro mientras su mirada torva y siniestra permanecía clavada en las espaldas del infeliz contrabajo, bien ajeno por cierto de los sentimientos sanguinarios que en aquel momento inspiraba su inofensiva persona. Al fin, habiendo dejado escapar un acorde más áspero y estridente que los otros, el viejo párroco no pudo aguantar más, y levantándose vivamente, se fue hacia él y le encajó una patada en los riñones que le hizo caer de bruces. Allá fueron el músico y su violón rodando con estrépito. Al ruido levantaron la cabeza todos los fieles. Satisfecha su justicia, D. Miguel se volvió al sitio que ocupaba antes. Cuando el desdichado músico vino a preguntarle por qué había hecho aquello, respondió que él no quería gorrones en la iglesia y que hiciese el favor de marcharse con su armatoste más lejos, porque no daba palabra de contenerse.
Concluido el Te Deum, volvieron, como es lógico, a restallar en el aire otras cuantas docenas de cohetes de dinamita. Los simpáticos hijos de la Pepaina, Chola y Lorito, estuvieron a punto de perecer, víctimas de su arrojo, al apoderarse de uno que aún no había chasqueado. D. Miguel, cuando supo que se habían quemado la cara y las manos, manifestó, de acuerdo con todos los Santos Padres, que creía en la intervención directa de la Providencia en las cosas humanas.
Poco después dio comienzo el banquete en el teatro. Exceptuando el obispo y sus familiares, todos los huéspedes de Lancia asistieron a él. Eran más de cien los comensales, que ocupaban tres mesas paralelas, situadas en el recinto de las butacas. En el escenario se colocó el coro de muchachas ensayadas en el Ágora por D. Gaspar de Silva y el director de la murga municipal. Los palcos estaban ocupados por cuanto de elegante, aristocrático y exquisito guardaba Peñascosa en su seno. Apenas sirvieron la sopa, se dejó oír el himno de D. Gaspar. Comenzaba por una especie de recitado de notas lúgubres, prolongadas, ejecutado por un tenorete, ebanista de oficio. Decía, si no recordamos mal:
«Peñascosa, triste ayer, Hoy venturosa, Sacude la apatía en que vivió, Y se lanza al progreso entusiasmaaaada Y se laaaanza al progreso con ardor.»
Después de esta tirada, sombría como un lamento, que el tenor cantó con todo el énfasis de que es susceptible un ebanista en casos semejantes, las doncellas arremetieron vigorosamente con el alegro.
«El pueblo animoso Y lleno de esperanza A gozaaaaar se lanza Con mágico ardor.»
Este himno de corte clásico, y que bien puede compararse, sin desmerecer, con los más inspirados de los sacerdotes salios, en el caso de que conociésemos alguno, despertó inmediatamente en los comensales y en el público mil ideas de progreso indefinido y perfectibilidad. Por un momento todos aquellos espíritus elevados vivieron dos siglos más adelante y vieron con los ojos del alma una Peñascosa ideal cuajada de fábricas y cervecerías. ¡Poder maravilloso de la poesía! Se aplaudió furiosamente con las manos y con las cucharillas. Y aunque algún personaje de espíritu ligero y afeminado manifestó por lo bajo que lo que él aplaudía eran los ojos negros y los dientes blancos de las peñascas, tenemos la certeza de que la mayoría supo apreciar perfectamente la intención pura y el clasicismo del himno del vate de Peñascosa. La prueba de ello es que cuando se escuchó en una de las pesebreras la voz de: «¡Que salga el autor!», en todas las demás se pusieron a gritar lo mismo, y los convidados expresaron con la boca llena idéntico deseo. D. Gaspar salió al fin al escenario y avanzó, doblado como un arco, hasta el borde del tablado. Después, haciendo un esfuerzo sobre sus callos, se volvió prontamente y fue a recoger del foro al autor de la música, un hombrecillo regordete, que se presentó con los pelos tiesos como un aparecido. El público rompió a aplaudir calurosamente al verlos cogidos de la mano. D. Gaspar apuntaba para el director de la murga como diciendo: «A éste se debe todo.» El director de la murga apuntaba para D. Gaspar, manifestando por mímica: «El triunfo es de este señor.» Por último, en la imposibilidad de expresar de un modo más plástico la profunda admiración que el uno sentía por el otro y la perfecta compenetración de sus espíritus entusiastas, se abrazaron en medio del escenario y permanecieron unidos bastante tiempo.
No sabemos qué influencia misteriosa, mágica puede ejercer sobre un concurso el acto de abrazarse dos individuos del mismo sexo; pero siempre que lo hemos visto declaramos que produjo el mismo efecto sorprendente. El público se levanta electrizado, grita, aplaude, saca el pañuelo, gesticula con violencia y hasta hay señoras que derraman lágrimas. ¿Por qué? No nos lo preguntéis. Creemos que la ciencia no se encuentra todavía en estado de dar una explicación satisfactoria a este enigma. Aquello fue un vértigo, un delirio; más de diez minutos duró el estrépito, mientras Euterpe y Talía permanecieron estrechamente abrazadas. Cuando empezó a sosegarse el tumulto se oyó uno voz que dijo: «¡Que se besen!» Al parecer, quien lanzó este grito fue un periodista de Lancia. Si se trataba de una broma, la verdad es que tenía bien poca gracia. Burlarse en aquel acto solemne donde se festejaba la regeneración moral y material de Peñascosa, era una insolencia, y como decía muy bien D. Juan Casanova, «no daba buena idea de la cultura de la prensa de Lancia.» No se besaron, pues, aunque D. Gaspar mostró ciertas tendencias a hacerlo, aproximando demasiadamente sus narices color violeta al rostro del aparecido; pero éste lo retiró, dando pruebas de prudencia, pues se hablaba en términos muy graves por Peñascosa de las narices de D. Gaspar.
Terminado el himno, comenzó de nuevo y se repitió indefinidamente hasta los postres. El gobernador volvió a dirigir la palabra al público. A unos gobernadores les da por destituir ayuntamientos, a otros por llevarse los colchones que les pone la Diputación provincial. A éste le daba por la elocuencia. Le contestó D. Peregrín Casanova, y tuvo ocasión de llamarle «mi distinguido compañero» y aludir a los altos deberes que impone el gobierno de una provincia, «que él había tratado de cumplir en otro tiempo en la medida de sus débiles fuerzas.» Habló también D. José María el boticario, abogando por el fomento de la religión como «elemento de progreso» (le quedaban ciertas frasecillas del tiempo en que era librepensador) y como «freno para los apetitos bastardos.» Habló don José el estanquero; habló D. Remigio Flórez, el fabricante de conservas alimenticias; habló el director de El Porvenir de Lancia (que hacía pocos días se había batido a sable con D. Rosendo Belinchón, director de El Faro de Sarrió). Y habló otra vez el gobernador. Un redactor de El Joven Sarriense trató de pronunciar algunas palabras, pero le interrumpieron con algunos murmullos desde los palcos, y se sentó muy desabrido. Por último, D. Gaspar de Silva avanzó por el escenario con un papel en la mano. «¡Silencio! ¡Chis, chis!... ¡Que se callen!—¡Silencio! ¡Fuera!—¡Chis, chis!» En medio de un silencio religioso, el famoso vate de Peñascosa comenzó a leer con voz dramática una Oda a la Religión. Los temas sagrados no eran su especialidad. Había preferido siempre poner la lira al servicio de la libertad y de las ideas democráticas. Su mejor composición era un soneto al pacto sinalagmático bilateral. Comprendiendo, sin embargo, con profunda intuición, el sublime destino que el cielo le había designado, cantaba, como los vates y semidioses de la antigüedad, todo lo que se ofrecía a su vista, la paz y la guerra, la democracia y los señoríos, la religión y el libre pensamiento. Esta oda, que empezaba: «¡Oh dulce religión inmaculada!» era inspiradísima y fue recibida con vivas muestras de aprobación. El banquete terminó de noche cerrada.
A las seis, el sacristán y algunos empleados del municipio comenzaron a iluminar los farolillos a la veneciana del Campo de los Desmayos, de tal modo que a las ocho estaban casi todos encendidos. La velada se presentó muy alegre. En uno de los ángulos del Campo bailaban los aldeanos al son de la gaita y el tambor; en otro hacían lo propio las artesanas al compás de la banda municipal. La gente discurría por el espacio libre cada vez con menos desahogo, pues la calle del Cuadrante no cesaba de vomitar blusas azules y pañuelos de percal sobre el citado Campo. Lo más exquisito de la sociedad peñasquense se refugió en el pórtico de la iglesia, estableciendo la consabida división de castas. Organizose un paseo inmediatamente donde los forasteros de Lancia pudieran apreciar de un solo golpe de vista todo lo grande y majestuoso que encerraba Peñascosa en su seno. Allí estaba la tertulia en masa de D.ª Eloisa, y además, otra parte de la nobleza de la villa, con la cual no hemos podido poner al lector en relación. Después de haber disfrutado por largo rato del placer de verse, como los inmortales en el Olimpo, aislados y encima del resto de los seres de la creación, aquella sociedad hizo irrupción en el Campo de los Desmayos, para contemplar los fuegos artificiales de los renombrados pirotécnicos palentinos. Entró sin descomponerse, con un desdén y una gravedad calculados para henchir de respeto el corazón de las castas inferiores.
Deslizándose como un mono por los parajes oscuros, buscando la proximidad de las mujeres obesas, y cuando no, la de las que estaban en regulares carnes, andaba nuestro amigo Osuna, el administrador de la casa Montesinos. A la hora en que le sorprendemos no se había ganado más que una bofetada; caso extraño, porque en estas noches de jolgorio solía encontrarse con media docena, por lo menos. Algo desengañado bajo este aspecto, no tanto por las bofetadas como por lo que las precedía, movíase impaciente echando miradas carniceras en torno suyo, sin hallar un sitio lo bastante ameno y deleitoso para fijar sus pasos. Aquella noche se habían dado cita todas las flacas de Peñascosa. Mas hete aquí que cuando empieza a arder la primera rueda de pólvora, columbra no muy lejos a la fresca D.ª Teodora, al sueño constante de su existencia, más radiante y más lozana que nunca, con sus cabellos blancos y sus mejillas rosadas de cutis terso y brillante. Verla y emprender la marcha hacia ella fue todo uno. Pero esta marcha en tales circunstancias era más difícil de lo que cualquiera puede imaginarse. La gente se apiñaba a ver los fuegos y permanecía inmóvil, formando una espesa muralla. Nuestro jorobado la atravesó con arte diabólico, retorciéndose como una lagartija para pasar por los agujeros más estrechos. Después de un buen rato logró colocarse detrás de la simpática jamona. Estaba escoltada por los dos hermanos Casanova, que la habían acompañado en unión de la doncella. Continuaban disputándose su corazón, con empeño rabioso por parte de D. Peregrín, con noble y severa tranquilidad por la de D. Juan. En este certamen de amor la virtuosa y madura señorita padecía mucho, por creerse culpable de las reyertas que a lo mejor estallaban entre los dos hermanos. Procuraba conservar la neutralidad, pero se echaba de ver que D. Peregrín llevaba la peor parte. Explicábale éste, con el tono de suficiencia que le caracterizaba, algunos pormenores interesantes de la industria pirotécnica y citaba algunos fuegos que había visto, en su época de covachuelista, verdaderamente asombrosos. El pobre D. Juan, que no había salido jamás del estrecho recinto de Peñascosa y que no podía citar nada, callaba como siempre. Pero la pulquérrima jamona le dirigía de vez en cuando una mirada suave y una sonrisa más suave aún, que podían indemnizarle de su vida sedentaria.
Cuando D.ª Teodora volvió la cabeza para ver quién la apretaba tanto y se encontró con Osuna, cambió de color. Aquel maldito jorobado no la dejaba jamás en paz. En la tertulia, en el paseo, en el teatro, en la iglesia, en todas partes donde tuviera ocasión de aproximarse, era sabido que se veía necesitada a sufrir el contacto asqueroso de sus piernas y a veces de sus manos también. Osuna conocía bien el terreno que pisaba. La bella y pudorosa jamona se hubiera caído antes muerta de vergüenza que confesar a alguno los atentados de que era objeto. Pero si no los confesaba, cualquiera podría cerciorarse de ellos, observando el estado de agitación en que se hallaba. En esta ocasión el jorobado anduvo audaz en demasía. D.ª Teodora comenzó a dar muestras tales de inquietud que para cualquiera serían visibles. D. Juan no las vio, sin embargo. Era un varón puro y magnánimo, incapaz de sospechar las grandes suciedades que puede haber sobre la tierra. Pero D. Peregrín, como hombre de mundo, concluyó por advertir algo de lo que pasaba. Espió a Osuna con el rabillo del ojo, y cuando penetró en su espíritu gubernamental el convencimiento de la trasgresión que se estaba cometiendo, comenzó a roncar y silbar por la nariz como un vapor en peligro, lanzando al mismo tiempo centelleantes miradas de indignación al audaz jorobado. Éste prescindió en absoluto de aquellos silbidos temerosos, y no vio siquiera la expresión fatídica de los ojos del ex-gobernador interino de Tarragona. ¿Qué había de suceder? La caldera del remolcador, no teniendo más desahogo que el de la nariz, estalló con horrible estruendo.
—¡Oiga usted, grosero, sucio, cínico, desorejado!—rugió D. Peregrín cogiendo por el cuello al contrahecho y sacudiéndole con rabia.—Si usted continúa en modo alguno molestando a esta señora, con esta mano (alzando la derecha) le doy una bofetada en esta mejilla, y con la otra (alzando la izquierda) le doy otra bofetada en la opuesta. Acto continuo le vuelvo a usted, y con estas botas gordas que usted ve aquí le doy a usted dos puntapiés en el trasero.
El físico de D. Peregrín no era a propósito para infundir terror pánico en el corazón de sus enemigos. Sin embargo, su continente severo y administrativo como pocos y el torrente de voz grandioso con que la naturaleza le dotara suplían bastante bien la deficiencia de otros órganos. Además, Osuna era un ser más débil y más ruin que él. Por esto y por el tumulto que se armó en seguida, en vez de hacerle frente, se escurrió entre la muchedumbre y desapareció en un momento. D.ª Teodora, al verse objeto de la curiosidad pública, se desmayó. D. Juan y la doncella la sostuvieron. D. Peregrín siguió increpando a su enemigo ausente. La muchedumbre rió, gritó, se agitó tumultuosamente. Al fin todo quedó en paz, y la pudibunda jamona tornó a su domicilio, donde la dejaremos esparciendo un torrente de lágrimas.
Obdulia, agitada todo el día por un vivo dolor y por un deseo rabioso de reparar la injusticia que se había cometido con su amado director espiritual, no salió de casa ni de la cama. Estaba realmente enferma. Tenía fiebre, la fiebre que produce en los temperamentos como el de ella un pensamiento único que se va exacerbando por grados. Al llegar la noche se levantó y se vistió apresuradamente. Sus grandes ojeras azuladas se marcaban ahora de un modo chocante. Una arruga profunda, signo de resolución inquebrantable, le surcaba la frente. Llamó a la doncella y le manifestó que quería salir a ver los fuegos. Todo lo que ésta hizo por disuadirla, representándole el grave daño que podía ocasionarle el frío y la humedad de la noche, fue inútil. Cogió la mantilla, se la echó encima de la cabeza con mano convulsa, obligó a la doméstica a ponerse la suya y se lanzaron a la calle. El Campo de los Desmayos hervía ya de gente. Les costó mucho trabajo avanzar hasta colocarse en el medio. Obdulia quería a todo trance acercarse a la casa del párroco, donde se alojaba el prelado. Había visto brillar las gafas de éste y ocultarse en seguida en una de las ventanas. Debajo, a la puerta misma de la rectoral, un grupo numeroso de muchachas bailaba la giraldilla, cantando a grito pelado coplas de circunstancias improvisadas en el momento. Aludían en ellas a la nueva iglesia, piropeaban al obispo, al gobernador, a los próceres de Peñascosa, sin que faltase tampoco, por supuesto, la consabida puntadita a Sarrió.
La imaginación de la hija de Osuna trabajaba sin descanso, aumentando la calentura que la consumía. Mas por encima de los mil pensamientos y fantasmas que daban vueltas en ella, asomaba una idea fija, tenaz, que la impulsaba inconscientemente a abrirse paso con los codos por la muchedumbre, seguida de la doncella, que no comprendía el afán de su señorita. Cuando estuvieron próximas a la rectoral, la joven se detuvo unos minutos. Observó con el rabillo del ojo a su doncella, y cuando la vio más absorta en la contemplación de los fuegos que se estaban quemando, maniobró hábilmente y se alejó de ella ocultándose entre la gente. Una vez sola, se detuvo otra vez. Después de dirigir infinitas miradas de ansiedad y temor a la casa del párroco, después de resolverse más de veinte veces y de arrepentirse otras tantas, al fin se deslizó como una sombra por detrás de las muchachas que bailaban y del círculo de espectadores que tenían en torno, y se introdujo en el portal de la casa. Dentro de él había unos cuantos criados que charlaban contemplando desde allí lo que podían. Tenían la puerta abierta, y Obdulia, sin decirles palabra, se introdujo por ella y subió unas cuantas escaleras. Pero deteniéndose de repente y permaneciendo un instante indecisa, tornó a bajarlas y se dirigió al grupo de los domésticos.
—¿El secretario del señor obispo está arriba?—preguntó al más próximo.
—¿D. Cayetano?... Sí, señora, arriba está—respondió uno de los más lejanos.
—¿Podría hablar unas palabras con él?
—¿Por qué no?... Le avisaré... Suba usted conmigo.
Ascendieron ambos por la sucia escalera de D. Miguel, pues ni por la llegada del prelado se había limpiado.
—Tenga usted la bondad de aguardar un momento.
Poco después se presentaba el secretario, un clérigo de media edad, feo, desgarbado, pero de mirada inteligente y franca. La miró con gran curiosidad y preguntó, esforzándose en mostrarse amable:
—¿Preguntaba usted por mí, señora?
—Sí, señor.
—Usted me dirá...
—Deseo hablar con el señor obispo.
Volvió a mirarla el secretario con mayor curiosidad aún, y después de un instante de vacilación, apareciendo en su rostro un esbozo de sonrisa, respondió:
—Usted comprenderá que la hora no es oportuna... Su Ilustrísima se va a retirar en seguida a descansar...
—Es urgente y de mucha importancia lo que tengo que comunicarle...—dijo precipitadamente.
Otra vez la contempló el clérigo con penetrante mirada, advirtiendo su agitación.
—Bueno... Lo que puedo hacer en su obsequio es avisar a Su Ilustrísima... No respondo de que la reciba a usted a estas horas... Puede usted pasar a esta sala y aguardar un momento. No tardaré en traerle la respuesta.
Abrió la puerta del saloncito de recibo, hizo traer un quinqué y la dejó sola. En aquel instante la joven sintió que le abandonaban todas sus fuerzas. El corazón comenzó a darle fuertes golpes en el pecho. La habitación se movía suavemente como la cámara de un buque. Se vio obligada a sujetarse con las dos manos al respaldo de una butaca para no venir al suelo. El secretario apareció a los pocos minutos, y sin traspasar el marco de la puerta, dijo con afectada solemnidad:
—Su Ilustrísima va a llegar en este momento.
Obdulia cerró los ojos y se agarró con más fuerza a la butaca. Cuando los abrió tenía delante de sí la figura imponente del prelado.
La estancia se hallaba a media luz a causa de la pantalla que cubría el quinqué. Los contornos de aquella figura se esfumaban en la sombra. Pero los diamantes del pectoral lanzaban destellos y los cristales de las gafas brillaban también con los débiles rayos de luz que sobre ellos caían. Avanzó algunos pasos por la sala. Obdulia se dejó caer de rodillas.
—¿Es para algún asunto de conciencia, hija mía?—preguntole el prelado dulcemente, dándole al mismo tiempo su anillo a besar.
—Sí, señor—respondió la joven con voz alterada por la emoción.—Es para un asunto de la conciencia de Su Ilustrísima.
—¿De mi conciencia?—exclamó el obispo, irguiéndose lentamente y dejando caer sobre ella una mirada de sorpresa y curiosidad.
—La conciencia más pura, Su Ilustrísima lo sabe mejor que yo, está sujeta a error. Cuando pensamos estar haciendo el bien hacemos el mal. El alma de Su Ilustrísima es noble y es santa, según dicen todos los que la conocen. Por algo Dios le ha elegido para apacentar su rebaño. Pero los ojos de Su Ilustrísima no llegan a todas partes como los de Dios. Su brazo se extiende en vano para bendecir. La bendición no alcanza a todos. Entre los pastores que Su Ilustrísima tiene colocados para ayudarle los hay que guardan con fidelidad y amor el rebaño, los hay también que tienen la vista y el amor fijos en sí mismos...
—Levántese usted, hija mía... ¿Qué quiere decir con estas palabras?
—Lo que quiero decirle, señor—profirió la hija de Osuna con audacia, serenándose de pronto bajo el impulso de la exaltación,—es que teníamos en esta villa un coadjutor celoso, modelo de abnegación, de mansedumbre, de actividad, que había logrado a fuerza de inmensos sacrificios inspirar devoción y piedad a muchos que jamás las habían sentido, que sin violencia ninguna había puesto en orden la parroquia y devuelto a Dios lo que le pertenecía... Pues bien, he sabido... hemos sabido con dolor los feligreses todos, que en vez de dejarle en el cargo que desempeñaba interinamente, Su Ilustrísima se lo ha dado a otra persona...
El obispo la contempló en silencio un buen espacio. La joven, bajo aquella mirada, que pasaba por los cristales de las gafas penetrante, indagadora, volvió a perder la serenidad.
—¿Es el coadjutor interino quien la envía a usted para dirigirme una representación?—preguntó con extremado sosiego, recalcando cada sílaba de un modo que resultaba epigramático.
—¡Oh! ¡No, señor!—exclamó toda turbada la joven, poniéndose roja.—El señor coadjutor no tiene aspiración ninguna. Está tan contento con el cargo como sin él. Nada sabe ni nada quiero que sepa... He sido yo quien por el odio que me inspira la injusticia me atreví a dar este paso... acaso imprudentemente...
—¡Sin acaso! ¡Sin acaso!—murmuró el prelado, sacudiendo la cabeza.
Quedósela otra vez mirando fijamente sin pestañear, absorto en intensa contemplación. Obdulia bajó la cabeza.
—Hija mía—siguió diciendo gravemente,—la juventud tiene sus derechos. Puede ser aturdida, imprevisora, gozar sin medida de los dones con que Dios nos ha favorecido, vivir ofuscada sin el pensamiento del pecado... Pero la juventud no tiene derecho a jugar con nuestra salvación eterna, con la vida y con la muerte. La Santa Iglesia Católica tiene sus ministros encargados de velar por la fe. Yo, aunque indigno, soy uno de ellos y soy responsable ante Dios y ante el Sumo Pontífice de mis actos. No he aprendido en ningún Santo Padre ni en ninguna decretal que los prelados tuviéramos que dar cuenta de ellos a las niñas como usted...
—¡Oh, señor obispo... yo no quería!...
—Escuche usted, escuche usted con paciencia, hija mía, escuche usted de rodillas a su prelado.
Obdulia se arrodilló de nuevo llena de confusión, roja como una amapola. La figura corpulenta del obispo se agrandó desmesuradamente delante de sus ojos; su blanca cabeza coronada por el morado solideo resplandecía de majestad.
—Los cargos de la Iglesia católica no deben ser empleos codiciados: no se buscan, se aceptan con humildad y resignación. Cuanto más alto, más duro y espinoso es para el que quiere servir a Dios. Usted, al hablar de injusticia, los ha considerado por lo visto como una granjería, y ha pecado gravemente. Si no he dado el cargo de coadjutor a la persona por quien usted se interesa, esa persona debe agradecérmelo, pues la he librado de muchas terribles responsabilidades que dificultarían su salvación eterna.
Obdulia, viendo el rayo marchar otra vez hacia su confesor, halló palabras para desviarlo.
—Vuelvo a decirle, señor obispo, que el padre Gil nada sabe de este paso... que se morirá de pena y de vergüenza si llega a conocerlo, porque es la modestia y la humildad personificadas. La estimación y el respeto que le profeso, como todos los vecinos de este pueblo, y mi deseo de ver la parroquia en orden y bien servida, me impulsaron en un momento de ligereza a acudir a Su Ilustrísima...
—Pero ¿no comprende usted, hija, que al dar este paso, extraño en una joven sensata y piadosa, se compromete usted, y lo que es peor, compromete usted a un sacerdote gravemente?
—¡Oh Virgen Santa! ¿Qué he hecho?—exclamó la joven tapándose la cara con las manos.—Sí, sí, comprendo ahora que he sido una loca, que tratando de hacer un bien he causado un terrible mal... Su Ilustrísima me desprecia y tiene razón, porque no soy más que una pobre tonta... Pero no es eso lo malo... Lo horrible es que de aquí en adelante estará prevenido contra un pobre inocente... ¡Jesús de mi corazón, qué tentación ha sido la mía!...
Y rompió a sollozar perdidamente murmurando frases ininteligibles. El prelado se inclinó hacia ella y le habló con dulzura.
—Sosiéguese usted, hija mía. Sosiéguese usted y aprenda que un sucesor de los Apóstoles no puede sentir prevención ni odio. Si usted ha pecado, pida la absolución a su confesor. Serénese usted, que ningún mal ha causado más que a sí misma... Ni el inocente ni el culpable tienen nada que temer de mí. Que lo teman todo de Dios...
Después de pedir muchas veces perdón y derramar infinitas lágrimas, Obdulia besó otra vez con devoción el anillo del prelado, y se levantó. Sin alzar los ojos del suelo murmuró débilmente:
—Adiós, señor obispo. Perdone Su Ilustrísima el disgusto que le he causado, y olvídelo.
—Que la Virgen Santísima la proteja, hija mía. Rece una salve por mí, que bien la necesito—respondió el prelado, dejándola pasar y mirándola con expresión de lástima hasta que traspasó la puerta.
Salió aturdida, loca de vergüenza, con las manos trémulas y las mejillas encendidas. En cuanto llegó a casa se metió en la cama, con una fiebre altísima.
XI
Ya está descifrado el enigma, padre Gil—dijo D. Álvaro desde su butaca viéndole entrar. La sonrisa con que acompañó estas palabras era tan contraída y extraña que daba frío.
—¿Qué enigma?—preguntó el P. Gil, un poco agitado por el presentimiento de alguna desgracia.
—No se asuste usted; no es el de la Creación: un enigma más modesto, el de la venida de mi mujer a Peñascosa hace unos meses... Entérese usted de esa carta.
El joven presbítero tomó de las manos del mayorazgo la que le presentaba y se puso a leer:
«Mi querido Álvaro: Acabo de saber que Joaquina dio a luz hace seis días un niño, el cual se ha inscrito en la parroquia y en el registro civil con tu apellido. He procurado informarme, y me han dicho que era perfectamente legítimo, puesto que tu esposa ha estado en Peñascosa hace unos meses y ha dormido en tu misma casa. Te escribo apresuradamente para preguntarte si es cierto. Lo dudo mucho, porque no me has dicho jamás una palabra del asunto. Contéstame inmediatamente.
Julio.»
El P. Gil dejó caer los brazos, dobló la cabeza y murmuró sordamente:
—¡Qué infamia!
El mayorazgo soltó una carcajada.
—Pero ¿aún cree usted que hay infamias en el mundo? ¿De qué le sirve a usted tanto como ha leído? Quisiera que me explicase cómo es posible hacer porquerías dentro de una letrina. Por lo visto, todavía se encuentra usted asistiendo a la primera representación de la comedia. Yo estoy en la segunda, y puedo decir anticipadamente lo que ha de suceder.
—De todos modos, D. Álvaro, me duele en el alma esta indignidad que con usted se ha cometido sin merecerla.
—¿Indignidad? ¿Llama usted indigna a la araña que ahoga a la pobre mosca en su tela, o al milano que cae sobre el inocente polluelo y lo arrebata por el aire? Pues la misma fuerza infame (¡ésa sí que es la infame!), la misma fuerza que mueve a la araña y al milano es la que habita dentro de mi mujer. La mosca, el pollo y yo merecemos la misma suerte por haber nacido. Porque el delito mayor—del hombre es haber nacido, ya lo ha dicho Calderón, que era sacerdote como usted.
El P. Gil meditó unos momentos, y dijo al cabo, como si se hablase a sí mismo:
—No puedo acabar de persuadirme a que en nosotros no exista más que la fuerza ciega; que esta luz que de vez en cuando brilla en el corazón de los hombres, y que se llama unas veces justicia, otras amor y abnegación, dependa exclusivamente de combinaciones químicas. La infamia es infamia siempre, y despierta en nuestro espíritu un sentimiento de repugnancia. La araña y el milano no saben que hacen el mal, pero su esposa lo sabe.
—¿Y qué importa? Dote usted a la bestia con la conciencia de sus actos y habrá usted formado al hombre. La conciencia no es más que una antorcha. Los crímenes lo mismo pueden ejecutarse en las tinieblas que a la luz. Si yo pensase, como usted, que hay un Dios creador consciente de todos los seres, le mandaría un «besa la mano» felicitándole por haber formado una criatura tan amable y encantadora como mi mujer y dándole las gracias por haberla reservado para mi uso particular. Desgraciadamente no puedo representarme a ese Dios recibiendo en bata y zapatillas mis tarjetas de felicitación. Creo más bien que ella y yo somos víctimas de la lógica. La vida tiene por objeto inmediato el dolor... Saque usted la consecuencia. Mi mujer nació con uñas para desgarrar. Yo nací con un corazón blando a propósito para ser desgarrado. Sería una contradicción que ella no arañara y que yo no fuese arañado.
—¡Y sin embargo, usted ha amado a esa mujer con toda su alma!
—¡Ah, sí!—exclamó el hidalgo, cerrando los ojos y pasando su mano descarnada por la frente.—¡La he amado!... Por un momento fui comparable a los inmortales del Olimpo. La felicidad cantó dentro de mi alma el himno más hermoso que acompañó jamás a sus divinos juegos. El sol se levantaba y se acostaba tan sólo para dorar mis ilusiones. El mar estaba murmurando ahí únicamente para reflejar las imágenes de oro que cruzaban por mi mente... Ningún hombre fue cazado por la especie con más precauciones, con más exquisito cuidado... Todos los lazos que nos tiende la Naturaleza para realizar su plan misterioso se pueden evitar; hasta la misma voluntad de vivir se puede vencer; yo la he vencido, pues que apetezco con ansia la muerte. Pero esta voluntad de perpetuarse que se manifiesta en toda la especie, esta fuerza soberana que empuja a un individuo hacia otro de sexo diferente, crea usted, padre, que es insuperable... ¡Qué brazo tan bien torneado! ¡Qué espaldas de alabastro! ¡Qué modo tan fascinador de quitarse los guantes y agitar su dedo meñique, que tenía lindísimo!
—No conozco el amor, pero sé que hay dos clases: uno el que tiene por objeto exclusivamente el goce sensual que nos equipara a los brutos, y otro el amor puro de dos almas que se completan, de dos corazones que se unen para gozar y padecer al mismo tiempo, para formar uno solo hasta la muerte. Éste es el amor que nos ennoblece, el único digno del ser humano y que merezca tal nombre.
—En efecto, eso creen todos los poetas cursis y todas las niñas opiladas... Pero usted es una persona formal y no puede pensar semejante disparate. Todo amor, por tierno y sublime que sea, tiene su raíz en el instinto natural de los sexos: no es más que ese instinto individualizado. ¿Ha visto usted alguna vez unirse un corazón de diez y ocho años con otro de ochenta para formar uno solo? Y sin embargo, el de ochenta puede ser tanto y más noble y bondadoso que el de diez y ocho. Suprima usted la voluptuosidad, y ¿cuántos serían los hombres que se unieran a una mujer y soportaran la carga de los hijos y las innumerables molestias del matrimonio por el solo gusto de completar su espíritu? El amor no es más que una treta de la Naturaleza, padre. Para vencer nuestro egoísmo, que es muy grande, nos engaña con una ilusión, haciéndonos creer que lo que deseamos es nuestra felicidad, cuando sólo es el bien de la especie. El individuo es el esclavo inconsciente de...
Un violento golpe de tos le cortó la palabra. Pidió por señas al P. Gil el pañuelo que tenía sobre la mesa y se lo llevó a la boca. Cuando lo separó, estaba manchado de sangre. Una sonrisa de tristeza mortal contrajo sus labios al contemplar aquella sangre.
—Ésta es la única amante que no engaña jamás, padre—dijo mostrando el pañuelo al joven presbítero, que había empalidecido.—Vea usted el beso que acaba de darme. Mañana me dará otro más prolongado; después otro y otro, hasta que me coja entre sus brazos fríos y me estreche eternamente.
Y lo terrible del caso era que tenía razón. La salud de D. Álvaro, que jamás había sido completa, se arruinaba sensiblemente desde hacía una temporada: tal vez desde la visita inopinada de su esposa. Habíase demacrado mucho más, con estarlo siempre bastante. El color, de pálido daba ya en terroso; los ojos habían perdido en movilidad y ganado en brillo; las manos parecían las de un esqueleto.
Desde que supo la cobarde y traidora intriga urdida para que sus bienes fueran a parar al fruto de los adúlteros, no levantó cabeza. Bebió el cáliz del dolor hasta las heces. Lo bebió con la sonrisa en los labios para no desmentir sus teorías, pero el veneno produce siempre su efecto; le abrasó las entrañas. La tos fue en aumento, los esputos sanguinolentos también. Pasaba las noches enteras sin poder conciliar el sueño. Comenzaron a darle algunos ataques de disnea. Todo hacía presagiar un próximo y funesto desenlace.
En aquellos días se operó una crisis interesante en el espíritu atormentado del P. Gil. El materialismo pesaba como una losa sepulcral sobre su corazón. Pero dentro de aquel sepulcro el espíritu idealista del sacerdote se revolvía incesantemente, luchaba con ansia por salir al aire libre y respirar una atmósfera más pura. El afán de sacudir la lepra que le iba royendo poco a poco le impulsó a estudiar los sistemas de metafísica dogmática antiguos y modernos. Fue una felicidad para él que el obispo hubiese nombrado coadjutor al P. Narciso. Tenía mucho más tiempo disponible y el espíritu más libre. Entregose de nuevo a la lectura con ardor febril. Por delante de su vista asombrada desfilaron todas las grandes concepciones del entendimiento humano, los esfuerzos colosales, sublimes, llevados a cabo por el hombre para dar una explicación satisfactoria al gran problema de la existencia. De muchos de ellos tenía noticia, pero era vaga, incompleta y a veces falsa, como que procedía de las citas de los libros que había manejado en el seminario. Al estudiarlos ahora en sus fuentes se sintió poseído de una admiración que semejaba al estupor. La grandeza, la perfección maravillosa de algunos de estos sistemas parecía insuperable y fascinó su alma. Por momentos, cuando acababa de examinar alguno, le parecía haber levantado el velo de la verdad para siempre. Aquel sabio y portentoso engranaje de todas las verdades parciales para obtener la verdad total satisfacía la aspiración de su mente hacia la unidad. Además, aquellos sistemas le devolvían a Dios. No se lo devolvían como él lo quería, personal, providente, atento a las oraciones de los hombres, pero al fin lo alzaban sobre el Universo material como su principio y su razón. Ya no andábamos perdidos como tristes náufragos en el océano turbulento de las fuerzas físicas; ya teníamos algo a donde levantar los ojos y el corazón. El malo volvía a ser malo, y el bueno, bueno. Y como hombre de espíritu lúcido no se fijó en la contradicción superficial de los sistemas, que tanto impresiona y desencanta al vulgo. Fue más allá y vio claramente que, por debajo de esta aparente lucha, los sistemas de la filosofía moderna idealista se besaban fraternalmente. Todos estaban empapados en el mismo idealismo panteista. Penetrando aún más, advirtió que la filosofía alemana se daba la mano con la griega al través del desierto de la Edad Media.
Por desgracia, el último filósofo que leyó fue a Kant, debiendo ser el primero. Al recorrer las primeras páginas de la Crítica de la razón pura, sintió la impresión extraña del que va a contemplar un paisaje y le faltan los pies.
Estaba avezado a no pensar en el suelo, y hete aquí que de repente se hunde. Para conocer las cosas es preciso averiguar antes si podemos conocerlas. Y el resultado que iba deduciendo de la lectura es que de las cosas no podemos conocer más que la apariencia. Nuestros conocimientos no son, en último término, más que percepciones; las percepciones, impresiones, modificaciones de nuestro propio ser. Todo es, pues, una pura representación. El instinto le obligó a buscar con anhelo tierra firme; pero cuanto más se esforzaba en levantar los pies, más se hundía, a imagen de los incautos que penetran en un terreno pantanoso. Alzábase repentinamente y quería apoyarse en esas nociones firmísimas que jamás han faltado al entendimiento humano, en las nociones de Tiempo y Espacio. El filósofo de Koenisberg le demostraba poco a poco, con lógica inflexible, que el Espacio y el Tiempo no son seres reales, ni tampoco propiedades de estos seres, sino tan sólo formas de la percepción que tocan a las cualidades de nuestro espíritu y no a la realidad externa. Buscaba después con ansia apoyo en el enlace constante de la causa con el efecto. Kant le hacía ver que este enlace no es más que el encadenamiento no interrumpido de los cambios sucediéndose en el tiempo, que cada efecto es un cambio y cada causa también. Por lo tanto, que es tan absurdo pensar en una causa primera de las cosas como en el sitio en que termina el espacio o el instante en que el tiempo ha comenzado.
El pánico se apoderó de su alma como nunca. El positivismo materialista le dejaba algo: la materia era una realidad; sus relaciones también. Además, nunca se había entregado a él, por más que agitara en su mente dudas violentísimas. Pero ahora quedaba solo, sumido en completa oscuridad, lo mismo acerca del universo que nos envuelve, como de su propia existencia y destino. Luchó, pues, con las ansias del que va a morir, con la desesperación del náufrago que disputa a otro el socorro de una tabla. Discutió las proposiciones del libro una por una. Era el combate de un niño con un atleta. Cada una de aquellas proposiciones había sido meditada en todos sus aspectos largamente por el pensador más profundo de su siglo y también por el más prudente. ¿Qué fuerza habían de hacer sus débiles manos contra baluartes fabricados con tanto esmero? Su espíritu sobrexcitado imaginaba un argumento; lo apuntaba en la margen del libro; lo juzgaba inexpugnable. A la página siguiente se encontraba con que el filósofo ya lo había tenido en cuenta y lo deshacía de un soplo.
¡Lucha triste y cruel! Lanzaba, en el frenesí de su cólera y pavor, una granizada de golpes al pecho del viejo atleta. Éste permanecía inmóvil como una roca. Luego, con burlona calma, dejaba caer su mano de hierro sobre la frente del sacerdote y le hacía rodar por el suelo. Alzábase vivamente y acometía de nuevo con mayor ardimiento, y otra vez volvía a caer aturdido por el golpe. Se aproximaba al término del libro. Sentía ya sus fuerzas agotadas. Quiso, no obstante, tentar un último esfuerzo contra aquella lógica abrumadora y desembarazarse de los lazos que le aprisionaban. Todo fue inútil. El hércules alemán le sujetó entre sus brazos poderosos, le sacudió unas cuantas veces, cual si fuese de paja, y por último lo arrojó con violencia al suelo.
Ya no pudo levantarse. Cuando despertó de su aturdimiento se confesó que estaba vencido. El mundo se le ofreció entonces claramente como su propia representación. Todo lo que existe no existe más que por el pensamiento. El filósofo de Koenisberg no quiso sacar esta consecuencia; pero estaba bien clara; no había otra posible para sus terribles premisas. Ese sol que nos alumbra, ese mar que ruge a nuestros pies, esos mundos que pueblan el espacio son otras tantas representaciones de nuestro pensamiento. Sólo sabemos de ellos que hay un ojo que los ve. El centro de gravedad de la existencia recae en el sujeto y es un fenómeno de su cerebro. Todo este universo tan rico y tan vario, todos los seres grandes y pequeños, los astros como los insectos, tienen suspendida su existencia de un hilo muy delgado, el hilo de la conciencia. El mundo guarda mucha semejanza con un sueño, una quimera... Y de ese Dios creador de las cosas, padre de los hombres, ¿qué sabemos? Jamás sabremos nada. Desde el momento en que el mundo y el orden del mundo son puros fenómenos determinados por nuestra inteligencia, no tiene razón de ser una Inteligencia Suprema. Había llegado la hora de poner a Dios a la puerta y despedirlo con todos los honores de un rey destronado legalmente.
Pálido, anhelante, con el cuerpo rendido a la fatiga y el alma deshecha de dolor, el P. Gil permanecía extendido en su pobre sillón. Tenía el libro abierto sobre las rodillas, los brazos pendientes, los ojos cerrados. Por los intersticios de sus pestañas comenzaron a rezumar algunas lágrimas, que bajaron trémulas y silenciosas por sus mejillas. Era la imagen triste del vencido. Poco después su cuerpo delicado se estremeció, contrajéronse los rasgos de su fisonomía dulce y apacible, y sacudió su pecho un sollozo. Se llevó las manos al rostro y lloró con desconsuelo.
—¡Nada, nada!... ¡Nunca sabremos nada!
Su ama D.ª Josefa quedó estupefacta al penetrar en la estancia y encontrarle de aquel modo. El excusador levantó la cabeza y se apresuró a volverla en seguida para que la buena mujer no advirtiese su estado; pero ya era tarde.
—¿Cómo?... ¿Está usted llorando, señor excusador? ¿Qué le ha pasado, criatura? ¡Virgen de la Soledad! Si tuviera padres o hermanos, creería que se le había muerto alguno... Apuesto a que ese narizotas de D. Narciso le ha dado otro disgusto. ¡Desprécielo, D. Gil, desprécielo!
—¡Oh, no! ¡Cuidado con las injusticias, doña Josefa!—se apresuró a decir el joven.—Nadie me ha causado disgusto alguno. Estas lágrimas provienen de un malestar nervioso que siento hace días.
—¡Si ya se lo decía yo! Usted trabaja demasiado... Esos dichosos libros, que quisiera ver quemados...
Aquí D.ª Josefa enjaretó una larga catilinaria, declarándose en principio sectaria devota del califa Omar. El P. Gil la atajó antes de terminar.
—¿Qué venía usted a decirme, D.ª Josefa?
—¡Ah, se me olvidaba! Su madrina manda recado de que el hermano se está muriendo: que vaya usted en seguida y que lleve los santos óleos.
—¡Jesús!... ¡Vaya por Dios! ¡Vaya por Dios!... No pensé que fuera para tan pronto... ¡Pobre D. Álvaro!—exclamó levantándose vivamente y apresurándose a ponerse los manteos y el sombrero.
—¡Bah! ¡Un hereje que no ponía los pies en la iglesia! ¿Qué importa que se muera? Cuanto primero se lo lleven los demonios, mejor.
El excusador le dirigió una mirada tímida y ansiosa. No se atrevió a protestar de la barbarie: temía que penetrara en su alma y leyera sus sacrílegas dudas.
Después de pasar por la iglesia y recoger los óleos, penetró en el vetusto palacio de Montesinos. El día estaba encapotado. La lluvia caía tristemente con una pertinacia que sólo se conoce en aquella región de la Península. Salió a abrirle, como siempre, Ramiro. El viejo doméstico estaba desencajado. Parecía que le habían echado en pocos días diez años encima. Así que vio al sacerdote le cogió, con sus manos trémulas, por las muñecas y exclamó con voz alterada:
—¡Se muere, D. Gil! ¡Se muere!
Y un raudal de lágrimas corrió por sus mejillas surcadas de arrugas.
—¿Está tan grave?
—¡Se muere! ¡Se muere!... ¡Ha sido ella, sí, ella!... Pero yo la mato... ¿sabe usted? la mato... Después que me maten a mí... que me echen al mar... Quiero vengar a mi señorito... ¡Yo mato la zorra, yo!
El anciano, sin saber de dónde la sacaba, apretaba al mismo tiempo con tal fuerza las muñecas del presbítero que a éste le costó trabajo reprimir un grito de dolor.
—¡Calma, Ramiro, calma! Lo que ahora nos toca es atender al enfermo y ver si podemos aliviarle.
—Suba usted conmigo, señor excusador. No hay esperanza... El médico lo ha dicho... ¡Pobre señorito de mi alma!... ¡La mato, la mato!
En el gran patio, toscamente empedrado, la lluvia producía ruido lúgubre. Subieron la escalera deteriorada y sucia del principal. Ramiro iba llorando y murmurando amenazas. Ascendieron después al segundo. El viejo empujó la puerta del cuarto de su amo, y el sacerdote se detuvo, impresionado por el espectáculo que se ofreció a su vista. D. Álvaro Montesinos yacía en la cama, más bien reclinado que extendido, con una pila de almohadas detrás de la espalda; yacía presa de un síncope o ataque de disnea, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sacudido de vez en cuando su mísero tórax por un hipo aciago. No había a su lado más que D.ª Eloisa y una criada. Aquélla le daba con un abanico aire, que el enfermo instintivamente trataba de recoger. Ofrecía ya en su fisonomía todos los signos de la muerte.
D.ª Eloisa, al sentir el ruido de la puerta, volvió su rostro bañado de lágrimas, e hizo seña al sacerdote para que se aproximase.
—Hace un cuarto de hora que está en el ataque—dijo con voz de falsete.—Puede quedarse en él... ¿Quiere usted ponerle la Santa Unción?
Ni las ideas del enfermo, ni el caos que reinaba en aquel momento en su cabeza le estimulaban a hacerlo. Sin embargo, el P. Gil abrió como un autómata la caja de los óleos y se dispuso a imponer el último sacramento a su desdichado amigo. Hubo que alzar un poco la ropa para ungirle los pies. D.ª Eloisa y la criada se volvieron; marcharon hacia un rincón de la estancia y sollozaron fuertemente. La lluvia batía en aquel momento los cristales emplomados del balcón con triste repiqueteo. Las cortinas sucias ya, de muselina antigua, cernían tenue claridad en la alcoba. El P. Gil, con mano trémula, iba cumpliendo su piadoso oficio, mientras el último vástago de la casa Montesinos yacía sin conocimiento, con la terrible palidez de la muerte impresa en sus facciones. Cuando estaban a punto de terminar, serenose un tanto el pecho del enfermo. Poco después abrió los ojos y paseó una mirada de sorpresa y aun de espanto por la estancia. Tornó a cerrarlos. Al cabo de un momento los abrió, miró fijamente al P. Gil, dirigió después la vista a los óleos que tenía en la mano, y sus labios amoratados quisieron plegarse con una sonrisa.
—¡Al fin me han untado ustedes!—dijo con voz apenas perceptible.—Han hecho bien... Pero esta máquina ya no anda, por mucho aceite que ustedes la echen...
El P. Gil dirigió una mirada expresiva a doña Eloisa. Ésta exclamó con angustia:
—¡Acuérdate de Dios, hermano mío!
—Me acuerdo mucho, querida... Le estoy muy agradecido.
El P. Gil quiso evitar una escena repugnante. Hizo seña a D.ª Eloisa y a la criada de que se retirasen, como si fuese a confesarle. Las mujeres se apresuraron a cumplir la orden, ávidas, sobre todo la hermana, de que el moribundo se reconciliase con Dios.
—Aunque hace ya mucho tiempo que no hemos hablado de asuntos religiosos—dijo el padre Gil, sentándose al pie de la cama e inclinando su cabeza hacia el mayorazgo,—presumo que sus ideas no habrán cambiado desde la última vez que hemos discutido. Sin embargo, en estos momentos en que su vida corre algún peligro, ¿no siente usted la necesidad de una fe que le alumbre en las tinieblas en que puede ser envuelto, de alguna esperanza que le consuele en este amargo trance?
—Ninguna... He llegado felizmente al desenlace de la horrible comedia... Todos los hombres juegan en ella un papel bien poco airoso... El mío ha sido tristísimo...
—Verdad, D. Álvaro... Es usted uno de los hombres más desgraciados que he conocido. Por lo mismo creo que, o no hay justicia en el cielo, o recibirá en él la recompensa de sus dolores si se arrepiente en este instante de sus pecados... y también de sus ideas anticristianas.
Estas últimas palabras las pronunció el padre Gil en voz más baja, como si sintiera vergüenza.
—Ni en el cielo ni en la tierra... hay esa justicia ridícula que usted supone... Pero hay otra más grande... y se va a cumplir ahora.
—Y tantos dolores como usted ha experimentado, ¿serán infructuosos? ¿No se cree usted con derecho a una compensación?
—No... Soy profundamente culpable por el hecho de haber nacido.
—Eso es horrible, D. Álvaro, y además absurdo. Los dolores de este mundo nos hacen creer que éste es un pasaje de tránsito y prueba, que después de esta vida, triste y amarga, hay otra eterna donde nuestra alma inmortal gozará al fin la felicidad más pura. Usted, que ha padecido más que los otros, gozará de mayor premio.
—¡Oh, no!... ¡No quiero premios!... ¡No quiero vida futura!... Quiero reposar... ¡reposar eternamente!... ¡Qué dulce... es esta palabra, padre!... ¡No sentir ya nunca más los latigazos de la naturaleza ni las puñaladas de los hombres!... ¡No sentir este cuerpo miserable que tanto me ha hecho padecer! ¡No sentir los dientes de esa infame royéndome el corazón lentamente!... Escuche usted, padre... Si usted me tiene siquiera un poco de lástima... no intente quitarme esta última ilusión... Si sabe usted que hay cielo, cállelo... No turbe usted, por cuanto más haya querido en el mundo, esta paz bendita en que voy a entrar...