← Table of contents
La Fe

DON ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 3)

Reading edition

El P. Gil meditaba esto, apoyado en la baranda de un corredor enrejado que su habitación tenía sobre el mar. El sol declinaba entre celajes carmesíes, envolviendo en una onda de luz tibia y rojiza el pueblo y la rada. El lienzo de rocas que la cierra allá enfrente alzaba su masa enorme sobre las aguas, proyectando ya una vasta región de sombra. Y entre aquel negror los ojos del presbítero percibían el fulgor de las olas, mostrando y apagando a cortos intervalos su blancura. El muelle estaba desierto: aún no era llegada la hora de la vuelta de las lanchas. Los pataches y quechemarines cabeceaban dulcemente, aburridos de su inacción. Una gaviota volaba en círculos concéntricos rozando con sus alas la superficie del agua. El suave lejano rumor de las olas henchía el ambiente dormido de un murmullo sordo. La pequeña ensenada sólo vivía del juego movible de la luz que la bañaba de una claridad sangrienta que se iba retirando lentamente detrás de las peñas.

Tan absorto estaba, que D.ª Josefa necesitó llamarle tres veces desde la puerta para conseguir que se volviese.

—¿Qué hay?

—Una señora está abajo preguntando por usted. Dice que necesita hablarle en seguida.

—¿Una señora?—replicó el P. Gil abriendo mucho los ojos.—Será la señorita Obdulia.

—No, señor, no es ésa—replicó el ama haciendo con los labios un gesto de desdén.—La señora que aguarda abajo es mucho más guapa y elegante.

—¿No la conoce usted?—preguntó algo acortado por la intención que advertía en las palabras de D.ª Josefa.

—No, señor, es forastera.

—Pues hágale usted subir.

Tardó pocos segundos en aparecer una linda joven como de veinticuatro años, rubia, de rostro blanquísimo y facciones delicadas, vestida con elegancia peregrina. En su vida había visto el P. Gil, ni aun en Lancia, una dama tan distinguida. Su traje era sencillo, de viaje, pero tan original el corte y con tal lujo y esmero en los pormenores, que se echaba de ver inmediatamente la elevada calidad de la persona. Despedía de ella un perfume suave que vino a herir su nariz así que puso el pie en el cuarto. Mirola con sorpresa, que se convirtió en estupefacción al ver que la dama avanzó con resolución hasta él, y sin decir palabra se dejó caer de rodillas a sus pies sollozando.

—¡Señora... por Dios... levántese usted!—dijo aturdido.

La dama no se movió.

—Señora, levántese usted—repitió de nuevo cogiéndola suavemente por un brazo.

La forastera se levantó en silencio y se dejó caer en una silla, alzó el velito del sombrero que le tapaba los ojos y se los enjugó con el pañuelo. El P. Gil, en pie frente a ella, aguardaba a que se explicase. Y como no daba señales de hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez más, aventurose a decir:

—Señora, desearía saber en qué puedo servirla...

Todavía tardó unos instantes en responder. Al cabo dijo, sin apartar el pañuelo de los ojos:

—Soy la esposa de D. Álvaro Montesinos.

El excusador dio un paso atrás involuntariamente.

¿Cómo? ¿aquella dama era la mujerzuela despreciable que había hecho la desgracia de D. Álvaro, de quien su madrina D.ª Eloisa hablaba siempre con horror? Por ésta conocía la triste historia del aquel matrimonio. El heredero de la casa de Montesinos se había enamorado como un loco de una joven de buena familia, pero sin dinero; una de esas chicas que suelen verse en Madrid en todos los teatros y en todos los saraos a la caza de un marido rico. Aun con serlo Montesinos, Joaquinita Domínguez (que así se llamaba) le dio cordelejo una temporada, esperando tal vez que llegase otro con la misma hacienda y mejor figura; porque la del mayorazgo de Peñascosa era, cierto, de lo más raquítico y desgraciado que pudiera verse. Mas como no llegaba, resolviose un día a enamorarse perdidamente de él y se lo demostró de un modo que no daba lugar a dudas. «Todo el Madrid elegante» recordará a una linda rubia abonada al turno primero par del teatro Real, que se pasaba la noche charlando con un caballero flacucho y pálido sentado en la fila de atrás; que en el teatro de la Comedia y en el de Apolo no le quitaba los gemelos de encima desde su platea; que lo llevaba de remolque en el paseo del Retiro, y hasta por las mañanas, cuando iba de tiendas, se la veía con él, escoltados por la mamá. Enteramente convencido de su amor, el hidalgo la pidió en matrimonio, y la obtuvo no sin algún trabajo, pues a la mamá costole muchas lágrimas entregarle aquella joya, que era la alegría de la casa. En los primeros cuatro meses gastó D. Álvaro la renta de todo el año. Joaquinita quiso coche y palco en los teatros, y dio reuniones y saraos. Pero estaba tan hermosa y su marido la encontraba tan alegre, que con el amor frenético que la profesaba no le hubiera rehusado ni la sangre del corazón si un día se la pidiera después de un beso de amor largo, oprimido, espasmódico, como los que le daba cuando tenía que pedirle una rivière de brillantes o una sociable de doble suspensión.

A los seis meses justos se le antojó a la joven esposa viajar por Europa, un viaje largo que había de durar un año o más; visitar toda Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstáculos a este deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un capital respetable para realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita pretendía viajar. Pidió a préstamo sobre algunas de sus fincas 30.000 duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino madrileño hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita siempre le había sido muy antipático, sin saber por qué.

—¿Adonde irá este títere?—preguntó por lo bajo, después de corresponder fríamente a su saludo.

Montesinos alzó los hombros con indiferencia.

—¡Qué pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.

—¡Qué horror!—exclamó ella riendo.

En Pau volvieron a verle en la estación, y ya no le vieron más. En Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco días; pero al tercero, viniendo D. Álvaro de la estación de arreglar el asunto del sleeping-car para el día siguiente, con gran sorpresa no encontró a su esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar el desorden de la habitación. El gran baúl mundo de su mujer había desaparecido. Había diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados le dijeron que la señora había hecho trasportar el baúl después de irse él para facturarlo en doble pequeña, según decía. Luego había salido y no había vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le cruzaba por el cerebro, abrió con mano convulsa el secreto del cofre donde guardaban el dinero. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo de una vez toda su desgracia, cayó al suelo como herido por un rayo. Estuvo algunos días entre la vida y la muerte. Cuando recobró el conocimiento, hizo telegrafiar a su cuñado D. Martín, el cual se presentó inmediatamente y le condujo a Peñascosa. No tardó en saberse que Joaquinita se había escapado con Federico Torres, y que viajaban alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.

Ésta era la mujer que tenía delante el P. Gil. Después de aquel primer movimiento de repulsión, se rehizo y dijo:

—Serénese usted un poco, señora, y dígame en qué puedo favorecerla.

—Acabo de llegar de Madrid—articuló con trabajo la dama,—y me he dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reñida... Deseaba reconciliarme con él... que concluyese esta separación tan fea y tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... no me permitió verle... me cogió por el brazo... me arrojó de casa a empellones... ¡sí, a empellones!

Aquí la dama volvió a estallar en sollozos, y se tapó de nuevo el rostro con el pañuelo.

El clérigo esperó a que continuase; pero viendo que no lo hacía, tomó de nuevo la palabra.

—Siento mucho ese percance, señora... Pero no creo que haya motivo para tal desconsuelo. Las ofensas que se perdonan no se sienten. Perdone usted a ese pobre criado que ha obrado sin saber lo que hacía, y dígame qué es lo que puedo hacer en su obsequio.

Secose los ojos la esposa infiel. Volvieron a humedecérsele y volvió a secarlos.

—Según me han dicho ahí en la posada, usted es la única persona que visita a mi marido... Yo le suplico, por lo más sagrado, ya que es usted su amigo, que intervenga para que termine nuestra separación. Lo deseo hace mucho tiempo con ansia... Confieso que no he sido buena para él...

—Sí, sí; lo sé todo—interrumpió el clérigo con impaciencia.

La dama se puso fuertemente colorada.

—Confieso que le he ofendido gravemente... Fue un momento de obcecación... una tentación del demonio... Pero yo siempre le he querido... y le quiero... No tengo inconveniente en humillarme, en pedirle perdón de rodillas... Ya ve usted, padre, si no le quisiera no me humillaría... ¡Me horroriza la idea de no obtener su perdón, de morir lejos de él sola, maldita! ¡Ah, qué porvenir tan espantoso!... Si mucho he pecado, crea usted que mucho he padecido en estos últimos tiempos...

—Señora, ya puede usted comprender si yo tendría satisfacción en unir un matrimonio disuelto... lo mismo el de usted que cualquier otro. Mi misión es predicar la concordia entre los hombres y morir por ella si es preciso. Aun sin pedírmelo tengo el deber, por mi cargo, de procurar en esta parroquia la reconciliación de los matrimonios desavenidos... Pero este caso es delicado. Aparte de la ofensa gravísima que usted ha inferido a su esposo, del escándalo que la acompañó, de los que la siguieron, todo lo cual dificulta extraordinariamente la reconciliación, aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. Y es que su marido de usted está fuera de la Iglesia católica. No tengo sobre él otra influencia que la que puede dar una amistad superficial. Ninguno de los razonamientos a los cuales pudiera yo apelar como sacerdote tiene fuerza sobre su ánimo. Al contrario, dadas sus ideas, es posible que sirviesen para embravecerle más, o cuando menos de mofa...

—Sí, sí—interrumpió la dama con voz chillona, malévola,—mi marido ha sido siempre un impío, un ateo escandaloso.

—Señora, de poco sirve creer si se obra como si no se creyera—replicó severamente el excusador, a quien había herido el tono agresivo de la dama, tan contrario a la humildad de antes.

Tornó a ponerse colorada y bajó los ojos afectando de nuevo una gran contrición. El P. Gil prosiguió:

—De todos modos, como cristiano y como sacerdote, estoy dispuesto a hacer todo lo que puedan mis fuerzas por conseguir lo que usted desea. Dudo mucho del éxito de mi intervención... Sé también que me expongo a ser arrojado como usted de la casa, pero no me importa. Cumpliré mi deber, y si no conseguimos nada, me quedará al menos la satisfacción de haberlo cumplido...

Quedose pensativo unos instantes, mientras la dama mantenía sobre él una mirada intensa y ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo más que con ella, prosiguió:

—El dirigirme ahora a casa de D. Álvaro ofrece inconvenientes. La gente del pueblo es curiosa... Vendrían las hablillas... después el escándalo... Opino que deberíamos aguardar un rato a que concluyera de oscurecer, o mejor aún, que yo fuese por delante a tantear el asunto...

—¡No! ¡no!—exclamó la dama.—No le prevenga usted. Se negaría a recibirme. Es necesario cogerle de improviso; aprovechar el primer movimiento de su corazón, que es generoso. Luego, cuando reflexiona, se hace malo, burlón...

—Como usted quiera. Entonces, aguardaremos.

Pero en el instante de pronunciar esta palabra se hizo cargo de lo inconveniente de permanecer tanto tiempo a solas con una mujer, y dijo un poco turbado:

—Usted me permitirá que mientras tanto la deje sola unos momentos... Soy con usted en seguida.

En vez de ser con ella, mandó a su ama para que la acompañase. Sólo cuando la luz se hubo extinguido por completo subió de nuevo con el sombrero en la mano, preparado a salir. La esposa de D. Álvaro, así que le vio en esta traza, se levantó de la silla.

Había cerrado ya la noche. La gente de mar se había retirado a sus casas o a las tabernas. Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circulaban pocos transeúntes. El excusador y la esposa de Montesinos caminaron un rato en silencio en dirección al Campo de los Desmayos. Al aproximarse a él ambos se sentían agitados, temerosos. Tanto para calmarse un poco como para prevenirse, se detuvieron un instante, y metiéndose en el hueco de una puerta, cuchichearon con animación. El P. Gil insistía en su idea de entrar primero en la casa y explorar el ánimo de D. Álvaro: tenía miedo a un escándalo. La dama se oponía con calor, convencida hasta la evidencia de que su marido se negaría en absoluto a recibirla, y tomaría precauciones para que no pisase el suelo de su casa. Cuando más embebidos se hallaban en la discusión, del hueco de otra puerta cercana salió una sombra estrecha, elevada, y se aproximó a ellos rápidamente.

—Buenas noches, padre, buenas noches.

Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de su voz al pronunciar estas palabras cierta ironía, mezclada de cólera, que sorprendieron a la vez a la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza y respondió fríamente:

—Buenas noches, hija.

—¿Va usted a hacer oración, o viene usted?—preguntó con el mismo retintín y sonriendo.

—Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. En este momento me ocupo de asuntos de mi ministerio—replicó en tono severo el P. Gil.

Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encrespó al parecer.

—Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. ¡Ji! ¡Ji!

Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:

—¡Y que aproveche!

La esposa de Montesinos levantó la cabeza y clavó en el P. Gil una mirada de estupor y curiosidad.

—¿Qué es eso?

El sacerdote, rojo de vergüenza y de indignación, alzó los hombros en señal de ignorancia y echó a andar hacia el caserón de Montesinos.

VI

Al tirar del cordel grasiento, el mismo tañido lúgubre, que tanto había impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa, produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tardó en oírse la voz cascada de Ramiro.

—¿Quién es?

—Gente de paz.

—¿Quién es?—tornó a preguntar.

—Soy yo, Ramiro. Abre—respondió el sacerdote.

La puerta giró pausadamente sobre sus goznes y apareció la silueta del viejo, débilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía sobre el dintel.

—Pase usted, señor excusador—dijo sin percibir a la dama, que se había ocultado detrás de éste. Pero viéndola al fin, dio un paso atrás y, abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclamó:

—¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará usted, no!

—Vamos, Ramiro—dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano sobre el hombro,—déjanos paso, que éste es un asunto delicado y que no te concierne.

—Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.

—¿Por qué no puede pasar?—preguntó con entereza el sacerdote, alzando la cabeza.

—Porque aquí no entran p.... ni ladronas.

Ante aquella injuria bárbara, la dama se tapó el rostro con las manos y dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y cogiendo al viejo por un brazo, le sacudió con violencia.

—Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto, guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso franco, que a usted no le toca en este asunto más que oír, ver y callar.

Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:

—Venga usted, señora.

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un síncope, se puso a correr delante de ellos, gritando:

—¡Álvaro, Álvaro! ¡Que entra la z... en tu casa!

Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la escena. El viejo no se detuvo en el principal; siguió hasta el segundo, dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía con Joaquinita, dijo a ésta al llegar al piso primero:

—Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente.

Cuando llegó al segundo, tropezó con D. Álvaro que salía a punto de su habitación. Su rostro, siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba miedo. En cuatro palabras Ramiro le había enterado de lo que ocurría. Por la tarde, cuando por primera vez había venido la esposa infiel a la casa, no lo había hecho. D. Álvaro no pronunció una palabra. Cogió con mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete. Luego cerró con cuidado la puerta.

—¿A qué viene esa mujer?—preguntó haciendo inútiles esfuerzos por aparecer sosegado. La voz salía de su garganta débil y ronca.

—Viene a implorar su perdón.

—Se equivoca usted; viene por dinero—repuso sonriendo ya forzadamente.

El P. Gil permaneció un instante silencioso y dijo al cabo:

—No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que está arrepentida... Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.

Un relámpago de ira pasó por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de emociones que se agitaban en su espíritu, la indignación logró vencer a todas las demás y profirió con acento despreciativo:

—Estoy perfectamente convencido de que no viene más que por cuartos... pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su sinceridad... Si está arrepentida, que pida a un cura la absolución. El figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto, es una idea que sólo cabe en un alma tan miserable como la suya.

—El perdón jamás degrada. Es la virtud que más ennoblece al ser humano—manifestó el clérigo, sorprendido.

D. Álvaro le clavó una larga mirada colérica. Después alzó los hombros con desdén y dijo:

—Está bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha traído, se lleve usted inmediatamente a esa señora.

—Me atrevería a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al menos hablar con usted... Quizá tenga algunas revelaciones que hacerle.

—No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones o confiarlas a quien se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a decirle)—al mismo tiempo le cogió con mano crispada la muñeca,—por mi parte, ni ahora ni nunca cruzaré con ella la palabra... Puede usted decírselo.

El P. Gil bajó la cabeza y permaneció silencioso mientras el mayorazgo comenzó a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa sarcástica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba la tensión de su espíritu, como el pito revela la tensión de la caldera de vapor.

—Ya que eso no pueda ser—manifestó al cabo de un rato con suavidad el sacerdote,—usted comprenderá, D. Álvaro, que esa señora no puede irse a dormir fuera de esta casa sin dar pábulo a las malas lenguas, sin renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egoísmo, ya que no por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa, pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la población.

D. Álvaro prosiguió sus paseos agitados sin responder palabra, como si no hubiese oído la proposición del sacerdote. Al cabo de un rato se plantó delante de él y, mirándole fijamente, dijo:

—Está bien. Dígale usted que, si es su gusto, no hay inconveniente en que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para aceptarlo—añadió bajando la voz y recalcando las sílabas.—Y si quiere dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionará.

—Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy triste—replicó sonriendo el P. Gil.—Cualquier sacrificio haría por borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de su matrimonio. ¡Cuánto daría en este momento por ser un hombre elocuente!...

—La elocuencia, señor excusador, ha servido en este mundo para que se cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sería mayor que la que usted me propone.

—Para usted es una vileza lo que para mí sería un acto noble y generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que se refiere a lo que es dignidad o indignidad...

—Lo siento por usted, padre—repuso el mayorazgo, tendiéndole la mano.

—Y yo por usted, D. Álvaro. Buenas noches.

Al quedarse solo éste, siguió paseando todavía unos momentos; luego se paró delante del cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No tardó en presentarse Ramiro.

—Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la eche?—preguntó el viejo, sin aguardar las órdenes de su amo.

—No. Condúcela a la sala, enciende todas las lámparas y avisa a Dolores que suba.

El criado permaneció inmóvil, mirándole con sorpresa.

—¿Y vas a consentir que esa...

—¡Silencio!—exclamó el mayorazgo con energía, llevando el dedo a los labios.—Haz inmediatamente lo que te mando.

El viejo se alejó gruñendo. Al instante se presentó la doncella.

—Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la señora que está abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Ayúdala a desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacéis inmediatamente. ¿Estás enterada?

—Sí, señorito; pierda usted cuidado, que se la tratará como quien es.

D. Álvaro dirigió una mirada oblicua a la doncella y se apresuró a decir, algo acortado:

—Despáchate pronto y enséñale el gabinete azul. Si desea dormir en otro lado, puedes mostrarle también el que llamáis cuarto del obispo.

Otra vez quedó solo y otra vez emprendió su paseo nervioso de un ángulo a otro de la cámara. A pesar de la fortaleza y sosiego que había mostrado para rechazar las súplicas del P. Gil, su cerebro trabajaba agitado, febril. Aquella visita tan inesperada removió los recuerdos felices y aciagos que se habían depositado en el fondo de su ser, y que ya no le molestaban. Su vida matrimonial, que en aquellos tres años se había ido alejando de su memoria como un sueño que la claridad de la aurora desvanece, surgió de pronto delante de sus ojos, tan próxima que la tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al cuadro. Y ante aquella visión sentíase turbado, como si los sucesos acabasen de efectuarse.

Después de pasear algunos minutos a grandes trancos, comenzó a detenerse a menudo, prestando oído a los ruidos que llegaban del piso primero. Adivinaba más que percibía los preparativos que la servidumbre estaba ejecutando en obsequio de aquella vil mujer que le había revelado toda la negrura y todo el dolor de la existencia: «Ahora bajan la lámpara del comedor... Ahora sacan la vajilla... Deben de estar haciendo la cama... Ha salido gente: será Rufino a buscar a la tienda alguna cosa... Parece que están hablando en el gabinete azul...»

Ya no paseaba. Con el oído pegado a la cerradura, recogía ávidamente todos los rumores que llegaban de abajo. Y como llegaban demasiado confusos, concluyó por abrir la puerta, avanzar cautelosamente hasta el pasamanos de la escalera y escuchar desde allí, inmóvil, recogiendo el aliento. Había imaginado vagamente que su esposa, una vez sola y libre, subiría hasta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, para darse el gozo de arrojarla con algunas frases despreciativas que le llegasen hasta el fondo del alma. Hubo un instante en que pensó que este deseo se realizaba. Sintió pasos en la escalera: toda su sangre fluyó al corazón; se apresuró a dejar el pasamanos y a meterse de nuevo en el cuarto. Era Dolores que subía a pedirle una llave. Cuando se fue, tornó a su espionaje; permaneció en la escalera larguísimo rato sin saber por qué hacía aquello. Escuchó el rumor confuso de la conversación de Dolores y su mujer. La doncella era charlatana; Joaquinita también tenía un temperamento expansivo: la plática se animaba cada vez más. Hasta se le figuró percibir algunas alegres carcajadas de su esposa, que le sorprendieron más que le indignaron. Por fin notó que se ponía a cenar. Dolores iba y venía con los platos. Terminó la cena. La doncella se detuvo en el comedor y prosiguió la charla. Cansado de estar en pie, se sentó en uno de los peldaños de la escalera. Al hacerlo sintió vergüenza y comenzó a darse alguna cuenta vaga de las emociones que embargaban su espíritu. Una hora larga esperó de aquel modo, percibiendo el rumor confuso de las voces, en el cual nada podía distinguir, ni siquiera cuál era la de su esposa y cuál la de la criada. Al cabo observó que salían del comedor. Todavía se figuró que su mujer aprovecharía aquella ocasión para subir a visitarle. Se puso en pie vivamente y se preparó a meterse en su cuarto tan pronto como sintiese pasos en la escalera. Pero esperó en vano. La señora se dirigió con Dolores hacia el gabinete azul. Sintió cerrarse la puerta tras ellas: luego notó que se abría de nuevo y salía la doncella y tomaba el camino de su cuarto. Sin duda había ayudado a desnudarse a la señora y la dejaba en la cama.

Con la cabeza entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas, permaneció inmóvil, abstraído, escuchando ya solamente la voz de su pensamiento y los latidos de su corazón. Un vivo despecho, del cual no quería darse cuenta, le mordía cruelmente las entrañas. Sentía la necesidad de avistarse con su mujer, de injuriarla, de escupirla, de abofetearla. ¿Por qué hacía unos instantes se había negado a recibirla, y ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? El mayorazgo creía que era porque su odio y su indignación habían crecido. No supo el tiempo que permaneció en aquella postura. El deseo de verse frente a su esposa ardía cada vez más vivo en su pecho, le ponía inquieto, excitado; se iba convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa que le devoraba. ¡Oh, tenerla entre sus manos, apretarla hasta hacerle gritar de dolor, hacerle padecer en el cuerpo lo que él había padecido en el alma! Puntas de hierro candentes le pinchaban por la espalda, las manos le temblaban como si le pidieran una estrangulación con que calmar sus ansias; un calor insoportable le subía de las piernas al cerebro. Las tinieblas se espesaban, le envolvían en una atmósfera tibia, sofocante, como si se hallase en un subterráneo. Hubo un instante en que pensó que no podía moverse; los miembros entumecidos se negaban a obedecer a su voluntad. Hizo un esfuerzo, sin embargo, como si tratase de romper una tela que le sujetara, y se puso en pie.

Se dirigió con paso vacilante a su cuarto. La luz del quinqué que ardía sobre la mesa le hirió de tal modo que estuvo a punto de caer ofuscado. Apagola de un soplo, buscó a tientas la ventana y la abrió de par en par. Una ráfaga viva de viento y agua le azotó el rostro y penetró rugiendo por la estancia, echando a volar los papeles de la mesa. D. Álvaro aspiró con delicia el aire frío y húmedo, asomose a la ventana y expuso su frente ardorosa a la inclemencia del chubasco. Las mil agujas de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lágrimas las bañaron completamente. Por algunos minutos gozó con voluptuosidad de aquel frío, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase su desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso toldo de nubes, la luz de la luna conseguía cernirse y esparcía una débil y triste claridad. Sólo cuando algún nubarrón más espeso y más negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se extinguía casi por completo. Las olas se estrellaban contra los peñascos que sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El viento silbaba entre las grietas de la torre de la iglesia. La música lúgubre de los elementos embravecidos calmó un poco la fiebre del hidalgo.

Consolado por aquel refresco, respiró con libertad; se creyó dueño de sí. Sin embargo, a los pocos instantes el mismo deseo agudo, candente, volvió a pincharle el cerebro. ¡Oh, tener delante a la infame, vomitarle en el rostro las injurias que su dolor y su indignación habían acumulado durante tres años; luego cogerla así por el cuello y retorcérselo! Aquel instante de placer compensaría los tormentos que había experimentado. Un minuto que valía por toda una existencia de dolor. ¿Y por qué no gozarlo? ¿No tenía en su poder al verdugo de su dicha? ¿No estaba allí debajo, durmiendo tranquilamente, mientras él se agitaba todavía entre crueles torturas? Apartose un poco de la ventana y se secó el rostro con el pañuelo. Sintió que era impotente para luchar con aquel apetito de venganza. Toda su filosofía despiadada, indiferente, se había ido a pique. El mundo dejó de ser pura representación; se convertía en realidad innegable; la vida adquiría el valor absoluto que tiene para todo ser finito. Era forzoso, a despecho de la razón, satisfacer los instintos animales que gritan en el fondo de nuestro ser. En vano, para calmarse, se decía que todas aquellas emociones nada valían ni significaban en el curso eterno de las cosas, que dentro de muy poco tiempo todo sería humo; en vano se representaba la imbecilidad del ser humano, luchando y padeciendo en holocausto de una fuerza que se burlaba de él. Todos sus pensamientos se estrellaban contra un anhelo poderoso, irracional que le dominaba. El bruto, como sucede siempre, podía más que el filósofo.

Buscó a tientas la salida, y apoyándose en las paredes llegó hasta la escalera. Al bajar el primer peldaño, sus botas rechinaron en el silencio de la casa. Sentose y se despojó de ellas. Luego se deslizó hasta abajo sin hacer el menor ruido. Sin tropezar, por el conocimiento perfecto de la casa, avanzó por los corredores hasta llegar a la puerta del gabinete azul. En aquel momento el gran reloj del comedor dio una campanada. No supo a qué hora pertenecía esta media. Acercó el oído a la cerradura y estuvo un rato escuchando sin percibir ruido alguno. Indudablemente Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se deslizó hasta la puerta de escape que la alcoba tenía en el pasillo y volvió a poner el oído. Al cabo de un momento pudo oír una respiración igual y serena. Un vivo estremecimiento corrió por todo su cuerpo al percibirla. Sintió un nudo en la garganta, pero un nudo de fuego: el corazón quería saltarle del pecho: apoyó las manos sobre él para apagar el ruido de las palpitaciones. La traidora dormía tranquilamente sin curarse de él. ¿Aquel deseo de reconciliación era, pues, una farsa? ¿Venía a buscar dinero solamente? ¡Qué miserable! ¡Qué mujer tan odiosa!

Empleando todas las precauciones imaginables, levantó el pestillo de la puerta y empujó. Tenía el pasador echado por dentro. Entonces se fue a la puerta del gabinete. Aquélla estaba abierta. Avanzó por la estancia sobre la punta de los pies conteniendo la respiración, llegó hasta la alcoba y levantó las cortinas. Dio un paso más y chocó con la cama: puso la mano sobre ella y la deslizó hacia la cabecera. Sintió la presión del cuerpo de su esposa al hincharse con la respiración. Acercó el rostro hacia el sitio donde debía de estar la cabeza de la dama, y dijo muy quedo:

—Joaquina, Joaquina.

No despertó.

—Joaquina, Joaquina—repitió.

Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces la sacudió levemente por el hombro, llamándola de nuevo.

La dama dio un grito y despertó despavorida.

—¡Jesús! ¿Quién es? ¿Quién va?

—No te asustes, soy yo—dijo con voz débil el mayorazgo.

—¿Quién? ¿Quién?—replicó la dama, con señales de terror en la voz, echándose hacia la pared.

—Soy yo, soy Álvaro... Mira—añadió con voz temblorosa,—sé que has venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidémoslo todo, comencemos una nueva vida...

La dama no respondió. Metida contra la pared, escuchábase su respiración aún anhelante por el susto.

—Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte—prosiguió con la misma voz temblorosa, apagada por la emoción,—pero fueron inútiles... Estás metida a hierro y a fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi único amor en este mundo... Me has hecho mucho daño, ¡mucho! pero aunque me hicieses mil veces más, no se borrarán de mi alma los momentos de dicha embriagadora que te debo... ¡Te quiero, sí, te quiero, te adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetiré a la faz del mundo entero... ¡Si supieses cuánto he sufrido! No ha sido mi dignidad, mi orgullo destrozado lo que me ha hecho padecer... Mi corazón es el que ha sufrido... ¡Qué desconsuelo! ¡Qué tristeza tan honda! Parecía como si una mano helada me arrancase suavemente las entrañas... Pero ya pasó todo... ¿Verdad que ya pasó?... Comenzaremos a amarnos de nuevo, como aquella tarde en que te estreché entre mis brazos por primera vez, en una calle de árboles de los jardines de Aranjuez...

El mismo silencio por parte de Joaquinita.

—Contéstame... ¿Te he asustado, vida mía? Perdóname... ¿Por qué no has salido luego que se fue ese cura?... ¿Pensabas que iba a arrojarte?... No, preciosa mía... no... Te quiero, te adoro...

Al mismo tiempo, alargando las manos, tropezó con una de su esposa, la cogió y la llevó a sus labios con entusiasmo. La dama la retiró prontamente.

D. Álvaro quedó sobrecogido.

—¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tiendo yo la mía, y soy el ofendido?... ¿No has venido a reconciliarte conmigo?...

—Sí, sí, Álvaro—murmuró ella.—A eso he venido... Me has asustado...

—Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué alegría me causa el oír tu voz! Pensé que nunca ya, ¡nunca ya! la volvería a oír. ¿Quieres ser mi esposa?—añadió bajando la voz, inclinándose para acercar la boca al rostro de la dama.—Déjame un sitio a tu lado, hermosa... Déjame ser una noche feliz...

—No, Álvaro, ahora no—volvió a murmurar la esposa infiel.—Mañana... Déjame, estoy muy cansada... Déjame hasta mañana...

—No te molestaré. Me estrecharé cuanto pueda y dormirás tranquila...

—No, ahora no puede ser... Mañana.

—¿Por qué no? ¿No quieres ser mi mujercita? ¿No quieres que seamos felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?

—Sí, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme sola... Mañana será otro día, y te prometo ser tuya... Ahí tienes mi mano... Vete a dormir, Álvaro... Hasta mañana.

Montesinos buscó en la oscuridad aquella pequeña y hermosa mano, que tan bien conocía, y la apretó contra sus labios perdidamente, la devoró a besos. Joaquina la abandonó en su poder, esperando que al cabo se marcharía. Soltola, en efecto, pero fue para echarle los brazos al cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando sus labios con besos brutales, frenéticos. La dama forcejeó rabiosamente para desasirse, y lo logró, haciendo tambalearse a su marido de un empellón.

—¡Te he dicho que no quiero, que no quiero!—le gritó con voz colérica.—Si vuelves a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas calles... ¡Vete! ¡Vete!

D. Álvaro quedó clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras las que le dejaban frío, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja de un puñal, que le llegaba hasta lo más hondo del pecho.

—¡Vete! ¡Vete!—repitió ella alzando aún más el grito.

En aquel momento ni un pensamiento cruzaba, por el cerebro del mayorazgo: todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la sorpresa y el horror del golpe. No sentía más que una viva impresión de anhelo, como si se hubiese caído de algún sitio muy elevado y estuviese aún por el aire. El mundo desapareció en medio de aquella oscuridad; nada existía en las tinieblas que le envolvían, ni siquiera su pensamiento. Sólo quedaba una voz estridente, fatal y un gran dolor, un dolor eterno.

—¡Vete! ¡Vete!

Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una catástrofe, salió de aquella estancia. Se encontró en la escalera agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. Allí se detuvo y quiso coordinar sus ideas. ¿Por qué corría? ¿Qué había pasado? No se daba razón de aquella huida repentina. Trató de volverse y penetrar de nuevo en la estancia de su esposa y entrar en explicaciones; pero las piernas se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanzó, cogiéndose con ambas manos a la barandilla, y llegó hasta su cuarto. El huracán, penetrando por la ventana abierta, se había enseñoreado de él; los papeles volaban, los muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron con el sillón del escritorio, y se sentó sin intentar siquiera buscar los fósforos ni cerrar la ventana. Así permaneció inmóvil, con los ojos desmesuradamente abiertos en la oscuridad, sin sentir el frío que le penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le bañaba a intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le ensordecía y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan sólo en su cerebro.

Así le sorprendió la claridad del día, un día triste y sucio, como casi todos los del invierno en Peñascosa. Alzose al fin como un sonámbulo, entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueño invencible, de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dormía en una inmovilidad absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente pálido. Cuando a las tres de la tarde salió de aquel profundo letargo, supo, sin asombro alguno, que su esposa se había marchado en la diligencia de Lancia.

VII

Después de desahogar su ira la hija de Osuna, siguió por la calle del Cuadrante abajo, riendo todavía nerviosamente algún tiempo. Pero aquella risita se apagó al cabo. Sintió un desasosiego extraño, cierto abatimiento que hizo flaquear sus piernas. Detúvose un instante: le acometieron deseos de volverse y espiar de nuevo a la pareja que dejaba allá en el Campo de los Desmayos. El temor de ser notada la contuvo. Aunque vagamente, se daba también cuenta de lo singular y censurable de su conducta. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Quién era ella para espiar los pasos de su confesor, ni menos reprenderle? Su despecho era tan vivo, sin embargo, que no le permitía arrepentirse. Tenía la boca seca; le ardían las mejillas. Siguió caminando apresuradamente, y se dirigió al muelle. Estaba ya solitario. La brisa del mar le refrescó un poco. Se sintió, no obstante, tan agitada que no quiso volver a casa: necesitaba charlar, distraerse. Iría a casa de D.ª Eloisa y cenaría allí como otras veces.

Justamente iban a ponerse a la mesa los esposos cuando llegó ella. Les acompañaba el P. Norberto, lo cual significaba que había callos.

—¡Qué sofocada vienes, hija!—exclamó doña Eloisa.

—¿No sabe usted?... Vengo sola desde casa de D.ª Trinidad... Vengo a cenar con ustedes... Pero háganme el favor de mandar un recado a papá.

Se esforzaba en aparecer serena y risueña.

—Conque solita, ¿eh? Solita a las ocho de la noche—dijo D. Martín en tono de broma.

—¡Ay, si supieran ustedes qué agitada venía!... Anda tan poca gente por la calle. En un momento en que me vi sola, eché a correr hasta que hallé a unas mujeres.

—¿Qué? ¿Tenía usted miedo que la tomasen por una de esas palomas que aquí el P. Norberto caza con lazo?—tornó a decir D. Martín con ático humorismo de cuartel.

La joven se ruborizó hasta las orejas. Doña Eloisa dirigió una mirada severa a su marido.

—Vamos, no empieces a barbarizar, Martín.

—¡Señor, yo no hablo más que de la posibilidad de una equivocación!—replicó el inválido riendo.—Y si no, que me diga el P. Norberto si hay mucha diferencia en la figura entre una señorita y esas amiguitas suyas.

—No son amigas mías, D. Martín—replicó riendo benévolamente el buen sacerdote;—son ovejas descarriadas...

—Pero usted no les tira piedras para que vuelvan al redil, sino besos...

—¡Oh! ¡oh! ¡D. Martín!

El bueno de D. Norberto, capellán y organista de la parroquia, demasiado modesto para aspirar a sacar triunfante la virtud y la fe entre las clases elevadas, se dedicaba con entusiasmo hacía ya tiempo a arrancar del vicio a esas pobres mujeres que caen en él la mayor parte de las veces por miseria. Se introducía en las asquerosas moradas que ocupaban, las catequizaba haciendo esfuerzos titánicos de oratoria que le ponían rojo como un tomate y le obligaban a toser y escupir de un modo imponente. Y cuando el arte de Bossuet no producía efecto, apelaba al dinero. Era un soborno piadoso en el que había gastado el corto caudal que heredara de sus padres y que se llevaba también la mayor parte de su paga. Había logrado el arrepentimiento de varias pecadoras, a las cuales solía llevar a cierto asilo o convento establecido para ellas en Valladolid, sufragando él, por supuesto, los gastos de viaje, instalación, etc. Pero a cambio de estos triunfos experimentó el buen capellán horribles desengaños. Muchas veces las bellas pecadoras se mostraban arrepentidas, le sacaban todos los cuartos que podían y concluían riéndose de él y contando el chasco por la villa. Pero no desmayaba en su obra. Estaba a prueba de risas y fracasos. Algunas que comenzaron engañándole, habían terminado arrepintiéndose sinceramente. El sueño de D. Norberto era fundar en Peñascosa un convento de arrepentidas. Para lograrlo sería capaz de andar pidiendo limosna por toda la provincia, de trabajar él mismo como bracero en el edificio, hasta de renunciar a comer callos por el resto de su vida.

En la villa todos conocían esta su manía. La mayor parte se mofaba de ella. No había quien no se creyese con derecho para darle acerca del particular su bromita más o menos pesada, según la educación del individuo. Mas, por mucho que lo fuesen, jamás se le vio enfadarse ni dar siquiera señales de impaciencia. Reía bondadosamente o se alejaba tapándose los oídos. Nadie dudaba tampoco, aunque algunos lo aparentasen, de su recta intención y del completo desinterés con que trabajaba en este asunto. Las mismas mujerzuelas, que le engañaban, no osaban calumniarle, y si alguna lo había hecho, pronto fue categóricamente desmentida por sus compañeras.

—¡Martín, te pido por Dios que no desbarres!—exclamó llena de angustia D.ª Eloisa.

—Mujer, hablo de besos místicos.

—Sí, D.ª Eloisa—se apresuró a decir D. Norberto,—su esposo quiere referirse a los medios suaves que necesito emplear para convencer a esas desgraciadas.

D. Martín, comprendiendo que había ido demasiado lejos, asintió, no sin dirigir un guiño expresivo al capellán.

Sentáronse a la mesa. Obdulia hacía esfuerzos atroces por comer, pero su estómago se negaba a recibir alimento alguno. Seguía en un estado de agitación bien visible. D. Martín la embromó acerca de su falta de apetito. ¿Estaría por ventura enamorada? A pesar de su inclinación a la iglesia, él apostaba a que había de concluir apasionándose violentamente. De una sola ojeada conocía él los temperamentos destinados al amor. Había ciertas señales: la ojera, que ella tenía muy pronunciada, los ojitos un poco entornados, los labios secos... y otras, y otras. El jefe de inválidos volvió a deslizarse. D.ª Eloisa estaba en brasas, y otra vez le llamó al orden con voz angustiosa. Sucedía esto muy a menudo. D. Martín gozaba lo indecible colóreando las mejillas de las damas con sus frases atrevidas. Le parecía que era el adecuado complemento de aquella otra tendencia que sentía a enrojecer las de los caballeros con sus proverbiales bofetadas. Ambas inclinaciones acusaban su temperamento heroico y daban testimonio innegable de su procedencia del arma de caballería. Obdulia solía responderle con oportunidad y con gracia, dejándole no pocas veces amoscado; pero la preocupación que ahora la embargaba le impidió tomar nota de sus palabras y darles su merecido. Antes de terminar la cena sintiose indispuesta y tuvo que salir a otra habitación y arrojó cuanto había comido.

A los postres llegó D.ª Serafina Barrado con su capellán y mayordomo. Ambos venían encarnados, risueños y extraordinariamente locuaces. Los ojos les brillaban con fuego alegre y malicioso, que llamó la atención de sus amigos.

—Ahí va un cigarro, D. Martín—dijo el joven presbítero, ofreciéndole uno de acreditada vitola, igual al que él estaba chupando voluptuosamente.

—¡Buen tabaco!—exclamó el amo de la casa dándole vueltas entre los dedos.—¡Qué latigazos se pega usted, amigo!

—Regulares, regulares—respondió el clérigo con sonrisa de satisfacción, dirigiendo al mismo tiempo una mirada expresiva a su antigua ama, que le pagó con otra brillante y cariñosa.

—¿Dónde los compra usted?

—No los compro: me los regalan.

Otro cambio de miraditas risueñas y apasionadas.

—¡Ah! Entonces le salen a usted por una friolera. ¿Se puede saber quién es el señor tan generoso...

—No es señor; es señora.

Otra miradita.

—¡Ah, pícaro! Ya sabía yo que gozaba usted de gran favor entre las damas.

Por la fisonomía alegrísima de D.ª Serafina corrió una nube que la oscureció momentáneamente.

—Es regalo de D.ª Serafina, con motivo de ser hoy mi cumpleaños—se apresuró a decir el presbítero.

—¡Ya me parecía a mí que venían ustedes hoy demasiado contentos!... Con tan fausto motivo hubo juerga, ¿verdad?

—¿Cómo juerga?—preguntó D. Joaquín con cierta inquietud, temiendo la franqueza militar de su amigo.

—Sí, una comidita íntima con algunos platos extraordinarios y un par de botellas de burdeos.

—No fue burdeos—replicó D. Joaquín riendo,—Fue borgoña.

—Mejor que mejor.

—¡Ya lo creo!—exclamó D.ª Serafina, comiéndose con los ojos a su capellán.

Y volvió a comenzar entre ellos el tiroteo de miraditas y guiños, prodigándose mil atenciones tiernas que denotaban un estado de felicidad perfecta.

La llegada de D.ª Rita no turbó poco ni mucho su éxtasis delicioso. Esta señora, pequeña y regordeta, con grandes ojos negros sin expresión y dientes grandes también, sanos y amarillos, entraba siempre con un cesto donde guardaba la labor. Sacábala con lentitud, trabajaba media hora en silencio escuchando atentamente todo lo que se decía, y al cabo recogía de nuevo los bártulos y se iba a hacer lo mismo a otra parte. De este modo recorría en la noche tres o cuatro casas. Era su manía la de saber; saberlo todo, hasta lo más trivial e insignificante. Se la toleraba bien en todas partes, porque a pesar de su desmedida febril curiosidad nunca hubo disgusto alguno por su causa. Gozaba con saber tan solamente: era un placer desinteresado, intenso, como el de los hombres de ciencia que no miran el resultado que sus conocimientos les puede dar. Como el avaro amontona en su caja monedas de oro sin pensar en utilizarlas jamás, así D.ª Rita atesoraba en su cerebro cuantas noticias privadas podía recoger en sus peregrinaciones por la villa, sin molestar a nadie con ellas. Pocos se guardaban, pues, de hablar secretos en su presencia; pero si alguno lo hacía y llegaba a notarlo, le acometían tales ansias y congojas por conocer lo que le ocultaban, que no dormía, ni descansaba un momento; andaba pálida, ojerosa, se hacía grosera, intratable. Una vez que descubría el ansiado secreto, aunque fuese la cosa más baladí, recobraba la calma y serenidad, volvía a su ser dulce, pacífico, inofensivo. Algunos sujetos maleantes, como don Martín, el P. Narciso, D. Joaquín y otros, solían embromarla fingiendo algún misterio entre ellos, la atormentaban, le hacían perder el juicio de pura curiosidad.

Pero cuando entró el P. Narciso, D. Joaquín se puso más grave, ocultando a su compañero aquella dicha inefable, que le retozaba dentro del alma, evitando encontrarse con los ojos alegres, chispeantes de su antigua ama. Aquél sintió en seguida en la nariz el tufillo aromático del cigarro, dirigió una mirada escrutadora a su colega, otra a D.ª Serafina y se puso al tanto.

—Hubo gaudeamus, ¿verdad?—preguntó por lo bajo.

D. Joaquín negó descaradamente.

Unos tras otros fueron llegando Consejero, Cándida, D.ª Filomena, el P. Melchor, Marcelina y, en suma, casi todos los tertulianos habituales. Formáronse pronto los grupos de siempre, se disgregaron los elementos de aquella sociedad, operándose en ella el fenómeno químico de las afinidades electivas. Mas esta operación no se efectuaba sin las violentas conmociones y sacudidas que se observan en el seno de la naturaleza, sin las acciones y reacciones a que da origen toda fermentación. Aquella noche Cándida, la huesuda señorita que ya conocemos, en vez de ir a besar la mano al P. Melchor y sentarse a su lado y cuchichear toda la velada, fue a hacer lo mismo con el P. Norberto. ¿Por qué esta deserción? En la tertulia nadie lo sabía más que los interesados y D.ª Rita. El P. Melchor había tenido la imprevisión de decir en una casa que los roquetes que le hacía la citada joven eran escasos de manga, y que le costaba trabajo con ellos doblar el brazo. En cambio, había elogiado calurosamente un alzacuello que le había regalado D.ª Marciala. El caso era grave, como cualquiera comprenderá, y debía producir este triste resultado. D.ª Marciala, viendo al padre Narciso cada vez más inclinado a admitir y agradecer la fervorosa admiración de D.ª Filomena, mostraba su sentimiento y despecho, acercándose a D. Melchor y hablándole con afectado cariño. D.ª Filomena, después de algunos años de adoración resignada, silenciosa, había llegado, cuando ya no lo esperaba, a la meta de sus aspiraciones. Tanta atención, tanto cariño habían logrado al fin cautivar el espíritu del elocuente capellán de Sarrió, quien daba claras muestras a la viuda de su afecto. Después de haberlo intentado en vano muchas veces, aquélla había recabado de él que fuese preceptor de su hijo, y que tomase el cargo con afición. Su temperamento dominante y fogoso se manifestó en seguida. El pobre niño tuvo que experimentar no sólo un trabajo excesivo, superior a su edad, sino una serie de castigos crueles, malévolos, refinados. Y D.ª Filomena, que era la dulzura personificada, que jamás había levantado la mano sobre su hijo, consentía impasible que aquel hombre lo azotase despiadadamente. Acallaba su conciencia diciéndose que era para su bien.

Marcelina, que había soñado con suplantar a D.ª Serafina en el corazón de D. Joaquín (y en realidad había cierto fundamento para este sueño, pues el joven presbítero no cesaba de distinguirla entre todas), andaba ya bastante desengañada. Adquirió el convencimiento de que aquél la tomaba como instrumento para hacer padecer un poco a su ama y tenerla más atenta y sumisa. Tal convicción la empujó de nuevo hacia D. Narciso, a quien hacía tiempo había abandonado; pero éste, que nunca le había profesado gran afición, como a Obdulia, la rechazó sin miramientos. Si embargo, la ex-joven seguía luchando bravamente con D.ª Filomena. Hacía pocos días había regalado al capellán una colcha de crochet que era una verdadera maravilla de trabajo pacienzudo y habilidoso. Por cierto que la viuda, al verla sobre la cama del clérigo, experimentó un vivo disgusto y lloró muchas lágrimas en secreto.

Estas agitaciones espirituales, estas luchas de sensibilidad y abnegación entre las piadosas damas que allí asistían, eran precisamente las que daban algún interés dramático a aquel mundo sereno, inocente. No eran ciertamente las competencias groseras que se establecen en las sociedades profanas, donde las intrigas afectan un carácter violento, donde las relaciones del varón y la hembra tienen su fundamento siempre en la explosión de los sentidos, llevan el sello abominable de la animalidad. Aquí todo se efectuaba de un modo suave, inocente, espiritual: los pequeños sacudimientos de que hemos hecho mención semejaban el leve rizado de un lago trasparente y hermoso. Era aquella tertulia como una antesala del cielo, donde las relaciones de los ángeles, de los santos y las santas alcanzan el supremo grado de la pureza inmortal.

Lo que estaba pasando por el alma de la hija de Osuna confirma bien la idea que acabamos de formular. Después de experimentar aquel trastorno gástrico, hijo de la excitación en que se hallaba, cayó en profundo desfallecimiento físico y moral. Sentía la impresión de si hubieran cometido con ella una gran perfidia, y aunque su pensamiento le decía vagamente lo absurdo de tal sensación, no podía minorar su intensidad, ni menos desecharla. Odiaba al P. Gil, le odiaba con toda su alma. Daría algo por vengarse. ¿De qué? No se lo decía; pero allá en el fondo del alma estaba persuadida de que tenía razón para ello. Formó resolución inquebrantable de no confesar más con él. ¡Con él! ¡Un sacerdote que entra de noche en los portales a cuchichear con mujeres hermosas y elegantes! ¡Puf! Sería vergüenza el hacerlo. Obdulia estaba bien segura de que la mujer que hablaba con su confesor era linda. Esta seguridad la torturaba. Por supuesto que, si tenía el atrevimiento de venir a hablarle, le daría un desaire de los gordos, le volvería la espalda. Y confesaría otra vez con D. Narciso. Y diría a sus amigas en qué situación le había visto con una señora desconocida y elegante. Porque no cabía duda de que vestía con elegancia, bien lo había reparado. Aquel abrigo largo no estaba hecho en Peñascosa. ¿Quién sería? Alguna de Lancia, seguro, que vendría a hacerle una visita. Y ¿por qué se viene de lejos a visitar a un sacerdote no siendo su madre, o su hermana o su deuda? ¿No sabe esa señora que la fama de los sacerdotes es muy delicada y cualquier cosa la quiebra? El cerebro de la joven no cesaba de dar vueltas y más vueltas a estas ideas y a otras análogas, mientras su cuerpo permanecía inmóvil, abatido, clavando los ojos obstinadamente en las manos de D.ª Marciala, que no dejaba un momento su calceta. Sentíase enferma, deseaba irse; pero una vaga esperanza, que no podía definir, la retenía a su pesar.

Mientras tanto el P. Norberto estaba sorprendido y confuso por las inusitadas atenciones de que era objeto por parte de Cándida. El pobre no estaba acostumbrado a que se las prodigasen. El bello sexo de Peñascosa le profesaba cierto desdén compasivo. Teníasele por un sacerdote virtuoso, pero de muy cortos alcances. Sus mismos compañeros, cuando hablaban de él, lo hacían sin dejar de los labios una sonrisa medio protectora, medio burlona. Para las damas, la virtud del P. Norberto no tenía poesía, carecía de ese encanto especial que en otros sacerdotes la hace contagiosa, era una virtud pedestre, que no se traducía en conceptos delicados y sublimes como en el P. Narciso, el P. Gil y otros. Así que rara era la joven que se confesaba con él, ni menos la que apeteciese su conversación o tuviese gusto en envolverle entre nubes de incienso, como hacía Cándida en aquel momento. Su misma inclinación a rescatar las mujerzuelas perdidas, por más que se respetase, no le hacía simpático a las señoritas. Verdad que él se pasaba admirablemente sin esta simpatía y no le quitaba de engordar cada día más y pasar la vida riendo. Las lisonjas que le estaba vertiendo al oído con voz insinuante su nueva hija de confesión, en vez de agradarle, le turbaban, le molestaban visiblemente. Fue una de las pocas veces en que pudo vérsele serio. Hacía rechinar la silla, cambiando de postura a cada instante, y restallaba los nudillos de las manos de un modo formidable, tosía, se ponía colorado, y de vez en cuando dejaba escapar de la garganta un leve bufido con que su modestia alarmada protestaba. Por último, solicitado vivamente por la dulce perspectiva del tresillo, aprovechó una pausa de la doncella para levantarse y decir torciendo un poco las caderas a guisa de saludo:

—Con permiso de usted, señorita.

En cuanto salió de aquella situación angustiosa, su faz sanguínea se dilató y volvió a aparecer en ella la sonrisa de benevolencia universal que le servía de principal ornamento. Su llegada al grupo donde estaban Consejero, D. Martín, Osuna y otro caballero militar de Lancia fue acogida con alegría.

—Te presento—dijo D. Martín a su amigo forastero, bajando la voz y echando una mirada recelosa alrededor para cerciorarse de que no le oía su mujer,—al padre Norberto, un cura que te podrá informar de todos los chamizos de la población, si deseas conocer alguno.

—¡Oh, oh! ¡D. Martín, por Dios!

—¡Atrévase usted a decir que no los conoce!

—Hombre, sí... de algunos sé... Por desgracia, necesito entrar en ellos alguna vez...

—Este señor se dedica a las jóvenes extraviadas—continuó D. Martín, dirigiéndose a su compañero, que sonreía lleno de asombro.

—¡Jesús! Considere, D. Martín, que este señor no me conoce...

—Pues para que le conozca a usted hablo.

D.ª Eloisa, de lejos, echaba miradas de terror a su marido, observando la confusión de D. Norberto y la risa de los otros.

—Bueno—prosiguió el señor de las Casas, haciéndose prudente y conciliador,—yo no diré, D. Norberto, que usted vaya con mala idea a esas casas de perdición; pero lo que sostendré siempre es que les está usted prestando un gran servicio: está usted haciendo su agosto.

—¿Cómo, cómo?—preguntó asustado el clérigo.

—Pues muy sencillo; ayudando a que se eleve el precio de la mercancía. Recuerde el ejemplo de Carmen la zapatillera...

Ésta era una muchacha a quien el P. Norberto había conseguido sacar de una casa de prostitución y llevar a un convento. Al cabo de algún tiempo se salió y volvió a la mala vida. Tornó D. Norberto a persuadirla al arrepentimiento, y otra vez ella se vino del asilo y se entregó al vicio.

—¿Y qué tiene que ver?...

—Voy a explicárselo, padre, voy a explicárselo... Atiendan ustedes... Cuando usted catequizó a Carmen, no me negará que la mercancía estaba bastante depreciada ya...

—¡Yo no sé! ¡Qué cosas tiene usted, D. Martín!—exclamó el clérigo azorado.

—Me consta, padre, me consta. Pues bien, después que estuvo un año por allá y engordó un poco en el convento y volvió rodeada de cierta aureola de honradez, el precio se elevó notablemente. Vuelve usted a llevársela cuando ya estaba un poco estropeadilla y la demanda había mermado hasta un punto que hacía temer por la bucólica, y ahora que viene otra vez gordita y santificada, se cotiza de nuevo como en sus mejores tiempos.

—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Vaya todo por Dios!—exclamó el clérigo tapándose los oídos, pero sin enfadarse.—No sea usted tan malo, D. Martín.

D.ª Eloisa, que bien advertía lo que estaba pasando, se levantó al fin de la silla y vino hacia ellos, preguntando con mal humor:

—¿No juegan hoy al tresillo?

—Vamos allá, vamos allá—respondió su marido, sofocando la risa que le fluía del cuerpo, como a los demás.

Sentáronse Consejero, D. Norberto y él a la mesa, y no tardaron en abstraerse de todos los ruidos mundanales bajo la influencia fascinadora de la espada, la mala y el basto. Poco después Consejero rechinaba los dientes y se tiraba cruelmente del bigote, encontrándose dos veces seguidas con el tres de bastos, su enemigo personal. Hacía ya muchos años que se tenían declarada una guerra a muerte. Cada vez que le venía a las manos, Consejero se crispaba, juraba sordamente como un carretero. El tres de bastos, malintencionado y socarrón como ningún otro naipe, gozaba al parecer con verle irritado, y se colaba bonitamente siempre que podía en el montoncillo que le repartían. No sólo en la tertulia, sino en toda la villa era conocida esta antipatía. Algunos, con ciertas precauciones por supuesto, porque D. Romualdo se disparaba fácilmente, le embromaban con ella. En cierta ocasión, pescando con caña detrás de la iglesia, sacó en el anzuelo un naipe que resultó ser el tres de bastos. No le cupo duda de que lo habían tirado allí con intención, pero no dijo palabra para que no se rieran.

Mientras tanto Osuna había ido a frotarse un poco contra D.ª Eloisa. Entre todas las damas que asistían a aquella tertulia no había más que dos gordas, D.ª Teodora y D.ª Eloisa. Estaba también en buenas carnes D.ª Rita, pero era blanda, amarilla. Las demás «escocia pura,» como él llamaba a las flacas, aludiendo al bacalao. Así que no tenía fin el desprecio que nuestro jorobado profesaba a aquella sociedad degenerada y exhausta de tejido adiposo. Sólo iba por allí a buscar a su hija, o cuando materialmente no sabía dónde refugiarse. D.ª Eloisa miraba con benevolencia (como lo miraba todo la buena señora) aquella pasión que el monstruo parecía sentir hacia ella. Cuando se le acercaba demasiado, separábase dulcemente, sin extinguirse por eso su sonrisa bondadosa. En cambio D.ª Teodora le tenía un gran miedo, verdadero terror. Lo mismo era aproximarse Osuna, que ya estaba la casta jamona sofocada, inquieta, un color se le iba y otro se le venía. Pero era tal la vergüenza que sentía, que no hubiera declarado a su mismo padre las insinuaciones del sucio contrahecho. ¡Qué diferencia entre este indecente y el sereno, majestuoso y romántico D. Juan Casanova! Ni con D. Peregrín podía comparársele, con ser éste, en concepto de la madura doncella, un sujeto mucho más voluptuoso y terrestre.

D. Peregrín había llegado, según costumbre, de los últimos. Y si la tertulia no advirtió en la mayor estridencia de sus bufidos nasales, en su parpadear infinitamente más solemne y en la grave manera de poner una pierna sobre otra y echarse hacia atrás que algo importante, importantísimo, tenía que comunicar, fue que no quiso advertirlo. Aguardó pacientemente, como todos los hombres seguros del éxito, a que hubiese una pausa, y cuando llegó, profirió con su voz gangosa, penetrante, encarándose con el ama de la casa:

—¿A que no sabe usted a quién acabo de ver entrar en casa de su hermano, en compañía del excusador?

A Obdulia le dio un salto tan recio el corazón, que pensó caer al suelo. Los demás, incluso D.ª Eloisa, alzaron la cabeza con curiosidad.

—¿Quién era?

—Su cuñada Joaquina—gritó más que dijo el ex-gobernador interino de Tarragona, como si anunciara el juicio final.

Profundo estupor en toda la tertulia.

—¡Mi cuñada!—exclamó.

—Su misma cuñada—confirmó D. Peregrín con trompeteo horrísono.

—¡No puede ser!—dijo D.ª Eloisa.

—¡No puede ser!—exclamó su marido, suspendiendo el juego.

—¡No puede ser!—repitió D.ª Serafina Barrado.

El ex-gobernador de Tarragona dejó escapar por la nariz algunos resoplidos fragorosos, como una locomotora que desaloja el vapor sobrante, y repuso:

—¿Creen ustedes, señores, que no tengo ojos en la cara?

Esta pregunta trascendental, acompañada del adecuado fruncimiento de cejas, produjo bastante impresión entre los interruptores.

—Bien pudo usted haberse equivocado—dijo el inválido.

—¡Es tan fácil!—exclamó D.ª Eloisa.

—La he visto como les veo a ustedes ahora, a tres pasos de distancia. Venía yo de hablar con el sacristán para la cuestión del aniversario de mi señor padre, cuando al embocar la calle del Cuadrante veo al P. Gil con una señora que me pareció forastera. Quise saber quién era, y me detuve un poco cerca del farol, ocultándome detrás del quicio de una puerta. Era Joaquinita, sin duda alguna. Esperé un poco y los seguí con la vista hasta que entraron en casa de Montesinos.

—Pero ¿usted la conoce bien?—preguntó el P. Narciso.

—Lo mismo que a usted.

—Peregrín, debes tener presente que no le has hecho más que una visita en Madrid, y por la noche, según me has dicho—apuntó tímidamente D. Juan.

El ex-gobernador arrojó a su hermano una mirada de indecible desprecio.

—Juan, no metas la pata.

—Peregrín, no sé por qué...

—¡Juan!...

—¡Peregrín!...

—¡Que no la metas! ¡Que no la metas! A esa señora la he visto después de visitarla otra porción de veces en la calle, y la he saludado. Por lo tanto, me veo en la triste necesidad de manifestarte que lo que acabas de decir es una impertinencia. Cuando he asegurado que conocía a esa señora, es porque la conocía. Yo no hablo nunca a humo de pajas. Si fuera un hombre ligero y sin fundamento, no hubiera podido ocupar las posiciones que he ocupado. Sírvate de gobierno.

—Ahora que me acuerdo—dijo Cándida,—hoy he visto apearse de la diligencia a una señora rubia con un traje muy elegante.

D. Peregrín alzó los hombros con un gesto de profundo desdén, como si quisiera decir: «¿A qué viene usted en mi apoyo para contrarrestar los absurdos de este necio?»

Aquel dato y aquel gesto concluyeron de aniquilar a D. Juan, cuyo rostro expresó el abatimiento. Pero D.ª Teodora, con sus grandes ojos serenos, le clavó una mirada tan afectuosa que las facciones del caballero, contraídas por la pesadumbre, se fueron dilatando gradualmente, y una plácida sonrisa melancólica concluyó por esfumarse en sus labios. La frente de D. Peregrín, en cambio, quedó surcada instantáneamente por una porción de arrugas. La innegable superioridad que tenía sobre su hermano, ¿de qué le servía? Cuanto mejor la demostraba delante de la fresca jamona, tanto más se inclinaba ésta a favor de él. Razón tenía el juez de primera instancia de Tarragona cuando le decía que la mujer era un tejido de contradicciones.

Obdulia sintió que una alegría intensa, infinita, le entraba a chorros dentro del alma. Su cuerpo, enervado, incapaz de movimiento, adquirió súbito la ligereza de un pájaro. Quería salir prontamente de aquella estancia y surcar los aires y cantar su gozo. Cualquiera podría observar el cambio operado en ella. Al mutismo obstinado en que yacía sucedió una locuacidad extrema, una charla animada, insustancial, entreverada de carcajadas extrañas en que se placía, desahogando la emoción que la embargaba, estirando sus nervios encogidos. Ni sabía bien lo que estaba diciendo, ni D.ª Filomena, con quien platicaba, se enteraba tampoco, atenta a contemplar la faz inteligente del P. Narciso y gozar del brillo de sus humoradas. Al poco rato sintió la garganta seca y calor inusitado en las mejillas. El caballero de Lancia, que allí estaba, hizo la observación, que se apresuró a comunicar a Osuna, de que su hija tenía los ojos muy negros y brillantes, y que le sentaban muy bien las rosetas encarnadas que el calor le había sacado en el rostro.

La noticia había producido sensación en todos. Pocos eran los que conocían allí a la esposa de Montesinos, aunque nadie ignoraba los incidentes del drama conyugal que había retraído al mayorazgo a Peñascosa. Pero lo que en los extraños era pura curiosidad, en la buena de doña Eloisa se ofreció, como es lógico, con la apariencia de viva y honda emoción. Quiso desde luego salir a saber lo que pasaba en casa de su hermano, quiso después que fuese su marido, quiso enviar un criado. A todo se opuso D. Martín que, viendo las cosas con más frialdad, comprendía que cualquier paso de éstos en aquel instante era inoportuno. La conversación se animó extremadamente, hasta el punto de que los tresillistas suspendieron el juego y tomaron parte en ella. Los comentarios que se hicieron, infinitos. Se forjaron mil hipótesis sobre el caso. Unos opinaban que la esposa, arrepentida, venía a pedir perdón a su marido, otros que hacía el viaje tan sólo para reclamar de él alimentos, otros que su intento era entablar la demanda para formalizar el divorcio, otros que el marido la había llamado, no pudiendo desterrar de su corazón el amor que la profesaba (la mayoría del elemento femenino se inclinaba a esta suposición), otros que el P. Gil, motu proprio, había escrito a D.ª Joaquinita y había preparado la escena, a fin de que D. Álvaro la perdonase, otros que había persuadido a éste a que la llamase a Peñascosa. Ni faltaba tampoco quien supusiera que D. Álvaro y su esposa hacía tiempo que mantenían correspondencia, y que era ella quien resistía venir a visitarle hasta la hora presente.

—De todos modos, lo que no ofrece duda es que el P. Gil tiene una intervención muy principal en el asunto, y a él le pertenece la gloria de la reconciliación—dijo gravemente D. Narciso.

—Si la hay—repuso Consejero.

—La habrá—replicó el capellán.—La habrá, y aquí D. Martín tendrá quizá el gusto pronto de ver un sobrinito que le distraerá con sus travesuras y sus gracias.

D. Martín, a quien su alma de héroe no le quitaba de tener muchísimas ganas a la herencia del cuñado, cuya salud era endeble, arrugó las narices y murmuró groseramente:

—Me tiene sin cuidado.

—No lo creo; no puedo creerlo, D. Martín. A usted no puede menos de alegrarle que la noble casa de Montesinos no se extinga, que haya quien lleve honrosamente este apellido... Luego ha de parecer bien aquella casa tan grande con unos cuantos chicos que la alegren con sus risas y sus gritos. La obra del padre Gil es de las más meritorias que ha llevado a cabo, y eso que las ha hecho muy buenas.

Obdulia le clavó una mirada colérica; pero templándose súbito, repuso con sonrisa inocente:

—Usted no tiene nada que envidiarle, don Narciso. ¿Quién no recuerda en la villa los muchos matrimonios que por su mediación están hoy bien avenidos? Sin ir más lejos, todo el mundo sabe que D. Feliciano quería muy poco a D.ª Nieves... y ya ve usted, hoy están como dos pichones.

Este D. Feliciano era el marido que, según se decía en secreto, había roto una pierna al P. Narciso arrojándole por las escaleras.

Los circunstantes se miraron con inquietud. Hubo un silencio embarazoso. Consejero soltó la carcajada, y exclamó, poniendo una carta sobre la mesa, como si se refiriese al juego:

—¡Anda, vuelva usted por otra!

Todos comprendieron que se dirigía al padre Narciso, y esto aumentó la inquietud. El clérigo se puso colorado y murmuró:

—Gracias, gracias. Todos tenemos obligación...

—Usted va más allá de la obligación, padre... Muchas veces lo que usted hace es pura devoción—replicó la hija de Osuna con encantadora sencillez.

—¡Arrea!—volvió a exclamar Consejero, con la vista fija en las cartas.

—¿Qué es eso, D. Romualdo?—preguntó riendo D. Norberto.—¿Le ha tocado el tres de bastos?

—Sí, señor; pero me consuela que hay palos para todos.

—Pues yo no tengo ninguno—replicó el cándido presbítero.

—¡Otro los recibirá!

—Hacemos todos lo que podemos; pero no cabe duda que unos pueden más que otros. El P. Gil es un santo, es un apóstol de los primeros tiempos de la Iglesia. Ninguno de nosotros tiene la presunción de competir con él en celo ni en sabiduría—manifestó D. Joaquín, viniendo en socorro de su amigo, con una risita venenosa que haría saltar una piedra.

—En sabiduría puede que tenga usted razón, D. Joaquín—replicó vivamente Obdulia;—pero en celo, me parece que está usted en un error. Es usted demasiado modesto... No es por adularle, pero tratándose de celo, yo creo que es usted tan celoso como el primero, ¿verdad, doña Serafina?

Un gruñido de todo punto extraño se escapó en aquel momento de la garganta de Consejero, al cual siguió inmediatamente un violento golpe de tos que le dejó sin respiración por algunos segundos. D. Joaquín también sintió cierto picor en la garganta, que le obligó a toser volviendo la cabeza. D.ª Serafina no contestó a la pregunta, porque se distrajo hablando con D.ª Eloisa.

La conversación cambió de rumbo, como si tácitamente todos convinieran en que aquél era peligroso. Poco después cesó de ser general, y volvieron a formarse los grupitos de costumbre. D. Martín estaba malhumorado y disputaba a cada jugada. D.ª Eloisa hablaba tranquilamente del caso. Ninguno, por estupendo que fuese, conseguía alterar el sistema nervioso de la buena señora. Su interlocutora D.ª Serafina seguía dirigiendo frecuentes miraditas y sonrisas a su capellán; pero éste se había puesto repentinamente serio, cejijunto. Una nube de tristeza pasó también por la bella alma apasionada de la respetable viuda, y sus miradas comenzaron a ser tímidas, inquietas, llenas de muda reconvención.

Sonó la campanilla de la puerta. Nadie lo advirtió mas que el ama de la casa y Obdulia, cuyo rostro se cubrió de palidez. Clavó los ojos en la puerta con espanto, como si por ella fuese a entrar un aparecido: sus nervios se pusieron en tensión bajo una misteriosa influencia magnética. Un minuto después alzose la cortina y apareció la esbelta figura del P. Gil.

Todos los ojos se volvieron hacia él con expresión de curiosidad. La noticia de la llegada de Joaquinita los tenía sobresaltados: se anhelaba saber lo que había pasado. Pero antes de que nadie hablase ni el sacerdote diera paso alguno por la sala, Obdulia se levantó de la silla, avanzó precipitadamente a su encuentro y se dejó caer de rodillas a sus pies. Al mismo tiempo le tomó una mano y comenzó a imprimir en ella vivos y fuertes besos, mientras bañaban sus mejillas las lágrimas y le rompían el pecho los sollozos. El P. Gil quiso arrancarse a aquellas demostraciones, pero no pudo. La arrepentida doncella le tenía sujeto con las manos crispadas. Turbado hasta lo indecible, no supo decir más que...

—Obdulia, ¡cálmese usted... ¡Cálmese usted! ¡Cálmese usted, por Dios! ¡Levántese usted!... ¡Levántese usted, por Dios!...

Su faz blanca, nacarada, estaba cubierta de vivo rubor. Un soplo de emoción delicada y mística corrió por toda la tertulia. Algunas jóvenes también se ruborizaron. Los clérigos se miraron unos a otros. Consejero, después de echar una mirada socarrona de absoluta indiferencia al grupo, convirtió de nuevo la vista a los naipes y murmuró:

—¡El Redentor y la Magdalena!

Pero Obdulia soltó al fin la mano del sacerdote y cayó al suelo, presa de un violento ataque de nervios. Entonces todas las señoras se precipitaron hacia ella y le prodigaron los cuidados de costumbre. Porque escenas semejantes e idénticos ataques se producían a menudo en aquella tertulia de vírgenes nerviosas y viudas místicas. Salieron a relucir los pomos, los frascos de antiespasmódico. Un olor penetrante de éter se esparció en seguida por la estancia.

VIII

«La distinción entre las llamadas naturaleza orgánica e inorgánica es completamente arbitraria. La fuerza vital, como vulgarmente se la concibe, es una quimera. La materia en que reside la vida nada tiene de especial. No existe en los cuerpos orgánicos ningún elemento fundamental que no se encuentre ya en la naturaleza inorgánica: la sola cosa especial es el movimiento de esta materia. La vida no es más que un modo particular más complicado de la mecánica: una porción de la materia total pasa de tiempo en tiempo de su curso habitual a otras combinaciones químicas y orgánicas; después que ha permanecido en ellas un cierto período vuelve al movimiento general.»

El P. Gil leía con profunda emoción estas y otras análogas proposiciones en un libro que había sacado de la biblioteca de D. Álvaro. Después que hizo un auto de fe con los libros históricos de éste, referentes a los orígenes del cristianismo, estuvo mucho tiempo sin tomar siquiera en las manos ningún otro de su biblioteca. Continuaba visitando al mayorazgo de vez en cuando, pero huía de toda conversación metafísica. La salud de D. Álvaro empeoraba a ojos vistas desde la llegada y súbita partida de su esposa. Su tristeza, su estado miserable le inspiraban cada día más compasión. El horror que antes sentía hacia él había desaparecido. Por encima de las diferencias religiosas y filosóficas, de la oposición de inteligencia y carácter asomaba briosamente el amor a la humanidad que latía en el corazón profundamente cristiano del joven sacerdote. D. Álvaro era un hermano que padecía. Ante esta consideración, todas las demás ceden en las almas donde ha soplado el espíritu del sublime Nazareno. Pero D. Álvaro tampoco era el malvado diabólico, que se había representado en los primeros días que le conoció. A ratos lo parecía. Un demonio hablaba y reía por su boca en ocasiones, maldiciendo de Dios y de los hombres. En otras, sin embargo, mostrábase dulce, afectuoso, compasivo, y hablaba con tal inocencia que parecía estar oyendo a un niño. Aunque se defendiese contra ella, el P. Gil no podía menos de sentir cada día más afición a este desgraciado.

Una mañana departían los dos en el gabinete de la torre que servía de despacho y biblioteca. D. Álvaro había pasado toda la noche tosiendo. Estaba fatigado, molido. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó traspuesto en la butaca. El P. Gil ni creyó bueno el despertarle para despedirse, ni se atrevió a marcharse sin hacerlo. En esta incertidumbre, se puso a hojear algunos libros que andaban esparcidos sobre la mesa. Tropezaron sus ojos con uno de geografía, y leyó distraídamente algunos párrafos. Al cabo la lectura logró interesarle. El autor describía pintorescamente algunas comarcas desconocidas y ciertos fenómenos de la mar muy curiosos. La instrucción del P. Gil en las ciencias naturales era limitadísima. En el seminario de Lancia ocupaban éstas un lugar muy secundario: apenas si se les exigía a los alumnos algunas nociones insignificantes de física, química e historia natural. Además, siempre les había profesado cierto desprecio inculcado por el rector su maestro; el desprecio que los ascetas sienten hacia todo lo que se relaciona con la materia. Así que tales descripciones le cogían de nuevas. El libro era célebre en el mundo científico; había oído hablar de él; pero nunca cayera en sus manos hasta entonces. Titulábase Cosmos; su autor, Alejandro Humboldt. Cuando D. Álvaro abrió los ojos al fin y le vio enfrascado en la lectura, le preguntó sonriendo:

—¿Le interesa a usted ese libro, padre?

—Muchísimo.

—Pues lléveselo usted... Llévese usted el primer tomo, que ése es el segundo.

Y levantándose y sacándolo de uno de los armarios, se lo presentó al sacerdote. Este vaciló en tomarlo.

—¿Está condenado por la Iglesia?

—No lo creo—replicó sonriendo el hidalgo.—Es un libro puramente expositivo, sin intención alguna polémica.

En esta confianza se llevó a su casa el tomo primero y se puso con afán a leerlo. Comenzaba con una descripción elocuentísima del mundo sideral, del panorama de las grandezas celestes. El autor desenvolvía con pluma vigorosa el mecanismo inmenso de los cuerpos que giran en el espacio. Ante su vista asombrada pasaron mundos tras mundos, sistemas tras sistemas en la sucesión sin fin de los universos estrellados, globos inmensos volando en rápido torbellino sobre sí mismos, lanzados a toda velocidad en los desiertos del vacío. ¡Qué velocidad, eterno Dios! Una bala de cañón es una tortuga en comparación con ellos. Estos globos, millares y millones de veces más grandes que nuestra tierra, caminan centenares de miles de leguas por día. Bajo la acción irresistible de fuerzas colosales, misteriosas, son arrebatados por el espacio con la rapidez del relámpago. Y todos ellos son mundos donde palpita la vida con eterna y maravillosa fecundidad: en la combinación misma de sus movimientos hallan la renovación de su juventud y belleza: son otros tantos soles que esparcen y trasmiten como el nuestro a otras tierras que los acompañan su luz y su vida. En ellos también se alzan las montañas hermosas coronadas de nieve, también suspira el viento en los bosques y se retratan sus paisajes en los lagos silenciosos; también se despliega en su superficie la inmensidad de los océanos, agitados, turbulentos unas veces, otras serenos, iluminados por los resplandores de la luz crepuscular; también se sufre, también se goza, también se lucha, también se ama... Y todas estas moradas del espacio navegan al través del océano celeste sin temor a los escollos, a los choques o a las tempestades, sostenidos y guiados por una fuerza invisible que jamás se equivoca. Más allá de esos millares de astros, que percibimos a simple vista, hay cien millones que percibimos con el telescopio; más allá de esos cien millones hay otros millones de millones más, que recorren la inmensidad con celeridades aterradoras. Eso que nos aparece como un poco de polvo blanco, como leve imperceptible vapor, es una nebulosa: millones de soles tan grandes y mayores que el nuestro la forman, escoltados por una legión de planetas y satélites que respiran y beben su aliento. Y esta nebulosa no es más que una provincia del éter. Más allá hay otras, y otras, hasta el infinito.

Ante esos movimientos inconcebibles que arrastran por los desiertos infinitos a millares y millares de soles; ante esa colosal catarata, esa lluvia de estrellas que rueda sin cesar por los abismos del espacio; ante esas órbitas inconmensurables; ante esas distancias y velocidades donde la imaginación se pierde, descritas con la firmeza de un sabio y el fuego de un poeta por el barón de Humboldt, el joven presbítero se sintió acometido de un vértigo. Sujetose las sienes con las manos y estuvo largo rato con los ojos cerrados. Al abrirlos, percibió las mejillas húmedas. Algunas lágrimas se habían deslizado entre sus pestañas.

Una melancolía profunda invadió su alma. ¿Por qué? ¿Todas aquellas maravillas no pregonaban la grandeza del Creador? Sin duda; mas a pesar de esto, el desconsuelo le ahogaba, como el hombre que repentinamente se ve perdido enmedio del océano. Estaba acostumbrado a medir su insignificancia en el orden moral, su maldad y perversión comparadas con la bondad infinita de Dios. Pero nunca había visto de modo tan evidente lo ínfimo y microscópico de su naturaleza. La tierra que habitamos le pareció un pobre globo ridículo navegando por el espacio sin ser notado ni sentido de nadie. Las guerras, las grandes catástrofes y trasformaciones históricas que en ella se efectúan, cosas tan despreciables y risibles como las luchas de los seres que habitan una gota de agua. Y lo que era peor, Jesucristo, cuya figura, aun en sus momentos de duda, se le aparecía elevada siempre y majestuosa, se presentaba ahora a su imaginación como un grano de polvo; la historia de la Redención, tan insignificante como la caída de una hoja.

Quiso penetrar más en el estudio de la Naturaleza. Después del Cosmos leyó otra porción de libros de astronomía, de física, de geología. Poco a poco se acostumbró a ver en los fenómenos naturales el resultado de la actividad de las fuerzas inherentes a la materia. El mundo pudo haberse formado, sin la intervención de una Inteligencia, por la sola acción de las leyes naturales. La antigua idea de un Arquitecto inteligente, de un inspirador personal de los instintos se fue debilitando en su espíritu. Y cuando menos lo imaginaba comenzó a dudar de la existencia de un Dios personal separado del Universo. El acto de la creación lo encontraba inconcebible, absurdo. En todas partes veía la acción de una fuerza constante que opera según leyes fatales, no la de un Dios que puede obrar por capricho, cuya voluntad es capaz de contrarrestar estas leyes.

La idea era aterradora. El P. Gil hacía esfuerzos desesperados por arrojarla de su cerebro, aunque inútilmente. Cayó de nuevo en aquel estado angustioso de duda en que le dejaran los libros de exegesis bíblica, mucho más angustioso y miserable porque se veía lanzado en pleno materialismo, lejos de la idea de Dios y de la inmortalidad. Luchaba bravamente procurando representarse a todas horas las verdades sublimes de la religión, la idea de un Dios padre de las almas, arquitecto y director del Universo, a quien ofenden nuestros pecados, a quien ablandan nuestras súplicas y nuestras lágrimas; se agarraba con toda su alma a estas firmes doctrinas; estaba un día entero unido con fervoroso anhelo a ellas; pero cuando más descuidado se hallaba, un pensamiento impío, fatal, caía en su cerebro y lo volvía todo del revés. La idea del Dios personal separado del Universo le parecía un absurdo, porque Dios no sería entonces infinito, pues que estaba limitado por el mundo; la creencia de que nuestras oraciones pueden alterar el curso de las leyes naturales, un cuento de viejas para engañar a los niños; la religión, en conjunto, una serie de mitos, más o menos ingeniosos y bellos, creados por la fantasía viva, pero infantil aún de los hombres. Cuando esto le pasaba, el P. Gil se mesaba los cabellos y se mordía las manos; metía la frente por la almohada, a ver si lograba paralizar su pensamiento. Se horrorizaba de sí mismo.

Después del lamentable suceso que privó a D. Miguel de licencias para confesar y decir misa, quedó él al frente de la parroquia. Y aunque poco después se rehabilitó al párroco, el obispo no quiso que apacentase otra vez las ovejas de Peñascosa. No le privó del curato (que esto no podía hacerlo), pero le puso un coadjutor para desempeñarlo. Se encomendó este cargo interinamente al P. Gil, en espera del nombramiento definitivo. Todo el peso y la responsabilidad de la cura de almas de Peñascosa vino a recaer, pues, sobre nuestro presbítero en los momentos en que más necesitaba él que curasen la suya, lacerada por la duda. El trabajo de velar por los intereses de la religión, de mantener viva en aquel pueblo la antorcha de la fe, que era para él antes un manantial de puros goces, se le hizo molestísimo, odioso; se convirtió en un tormento. ¿Con qué derecho subía a la cátedra del Espíritu Santo a exponer la divina palabra, o escuchaba en el confesonario los pecados del creyente, o elevaba en el altar la sagrada Hostia, él, que dudaba si las palabras del Evangelio fueron o no pronunciadas por Jesús, si la confesión auricular era ley divina o una institución creada en interés de la hierocracia, si el sacramento de la Eucaristía encerraba una verdad sublime o era una reminiscencia de los símbolos y misterios de las religiones del Oriente?

Muchas tardes, agobiado por sus pensamientos, salía de casa y recorría a paso largo las orillas solitarias de la mar. La brisa le refrescaba las sienes, la vista del océano calmaba la fiebre de su cerebro. Sentábase en un peñasco batido por las olas, y permanecía horas enteras con los ojos extáticos clavados en el horizonte. La belleza imponente de aquel espectáculo no lograba cautivarle. Ni el clamor de las olas, ni su cambiante manto de ópalo y plata y zafiro, ni los hermosos celajes abrasados por los rayos del sol moribundo serenaban jamás por completo su frente. La misma arruga dolorosa la cruzaba siempre, la misma fatal interrogación se leía constantemente en ella. ¿En esta agitación eterna de las aguas hay algo más que una fuerza ciega empujando los átomos unos contra otros? ¿La luz hermosa que reverbera en el horizonte es algo más que una vibración de la materia? Ese pájaro que hiende los aires y se precipita en el agua para atrapar un desdichado pez y devorarlo, ¿qué misterio guarda dentro de su organismo? ¿Yo mismo soy otra cosa más que una expresión individual de la fuerza que anima a todos los seres del Universo?

Pero cuando estos pensamientos, horribles siempre, le apretaban como las cuerdas de un potro, se le hacían irresistibles, era cuando le acometían al tiempo de ejercer alguna función de su sagrado ministerio. Si al celebrar el santo sacrificio de la misa o dar la absolución a un penitente cruzaba por su espíritu una de estas ideas negras, sentía la misma impresión que si le atenazasen el cerebro con un hierro candente, le asaltaba una congoja que le dejaba paralizado. Pensaba morirse. Lo deseaba ardientemente por librarse de aquel suplicio.

Un día le avisaron para llevar el Viático a un caserío próximo a la villa. Como era preciso caminar algún tiempo a campo traviesa, fue sin campanilla ni convocar a los fieles. Salió solo con el sacristán, la bolsa de los corporales colgada al cuello y en ella la Sagrada Forma. El camino ceñía a trechos la orilla de la mar. Fascinado como siempre por la inmensidad del océano, distrajo su atención del misterio inefable que llevaba sobre su pecho, dejó de balbucir oraciones y entregó su pensamiento a las mismas meditaciones que noche y día le embargaban hacía tiempo. Los rayos del sol desparramados sobre los cristales del agua le impulsaron a considerar la acción suprema, omnipotente de este astro sobre la vida terrestre. Él es quien la ha creado, quien la sostiene, quien la renueva. La flor le debe su perfume, la fiera su agilidad y su instinto sanguinario, nuestra alma sus impresiones más dulces o terribles. El sol es el padre de todo, del amor y del odio. Consideró después que la vida no es más que un dinamismo inmenso en cuyo seno se trasforman las fuerzas formidables de la física y de la química. Todos los seres de la tierra, hombres, animales, plantas, están íntimamente ligados. La vida de todos ellos es una misma, y esta vida universal no es otra cosa que un incesante cambio de materias. Un movimiento universal arrastra a los átomos, como a los mundos. Mil ondulaciones se entrecruzan en la atmósfera, mil fuerzas se combinan, el calor y la luz, la afinidad y el magnetismo se unen en los misterios del mundo vegetal y mineral. Todos los seres están constituidos de las mismas moléculas, que pasan sucesiva e indiferentemente de uno a otro, de modo que nada les pertenece en propiedad. Nuestro cuerpo se renueva de tal modo que al cabo de cierto tiempo no poseemos ya un solo gramo del cuerpo material que poseíamos antes. Este movimiento de renovación se opera en cada uno de los animales, en cada una de las plantas. Los millones de seres que habitan la superficie del globo viven en mutuo cambio de organismos. La molécula de oxígeno que ahora respiro fue ayer respirada por uno de estos árboles que bordan el camino. La molécula de carbono que arde en uno de estos montoncitos de hoja seca que sirven para abonar la tierra, quizá haya ardido ayer en los pulmones de un héroe. Quizá en una de esas conchas de ostras que yacen adheridas a estas peñas se esconda el fósforo que formaba las fibras más preciosas del cerebro de Jesucristo...

Sintió dentro de su ser algo que se desgarra y cae. Había olvidado por completo que llevaba consigo el cuerpo divino del Redentor. Le pareció una cosa tan extraña, tan fuera de la realidad eterna que veía y palpaba, que imaginó estar soñando. Y sin saber de qué antro oscuro de su ser venían, le acometieron unas ganas feroces, impías, de soltar la carcajada. ¿Qué comedia era aquélla? Un poco de harina amasada y tostada ayer por el ama de D. Miguel se trasformó por arte mágico en la persona de Jesucristo, un ser que desapareció de entre los vivos hace diez y nueve siglos. ¿Esas leyes soberanas, sublimes de la Naturaleza, quedarán violadas porque unos cuantos insectos de este microscópico planeta reunidos en concilio lo decreten? Separó los ojos del mar y los fijó en el sacristán, que corría delante silbando a su perro, que se escapaba detrás de unas gallinas. ¡Qué reverencia la de aquel hombre, llevando a su lado al Dios de los cielos, al Creador de todas las cosas! Y la carcajada subía del pecho cada vez con más ímpetu, llegaba a la garganta, tocaba en los labios, estaba a punto de estallar. Un extraño temblor le hizo dar diente con diente; sintió la frente bañada por un sudor frío; se le turbó repentinamente la vista, y cayó al suelo sin conocimiento. Cuando lo recobró, estaba en brazos del sacristán y dos o tres labriegos que por allí andaban. Le habían bañado la cara con agua fría, le abrieron la sotana y le quitaron el alzacuello. Uno le echaba el humo del cigarro a la nariz. La bolsa de los corporales con el cuerpo del divino Redentor yacía sobre la paredilla de un prado. El P. Gil se apresuró a recogerla, se la colgó de nuevo al cuello, y después de orar un instante hincado de rodillas, siguió su camino sin separar los ojos del suelo.

IX

Su confesor, hasta que le retiraron las licencias, había sido D. Miguel. Se confesaban mutuamente, como acontece entre los clérigos. Con él fue con quien comunicó primero sus dudas. El viejo cabecilla quedó más sorprendido que escandalizado de ellas. Le parecían cosa tan insustancial que no merecía la pena de fijar mucho tiempo la atención. Los dogmas eran para él como las leyes físicas de la gravedad, la impenetrabilidad, etc. Se contaba con ellos sin pensar en su existencia. Todo el drama conmovedor de la pasión y muerte de Jesús lo miraba el párroco de Peñascosa en el fondo como una especie de romanticismo que sirve de acompañamiento obligado a la verdadera religión. Ésta consistía en la misa, los responsos, el rezo del día, el rosario, la abstinencia de carne en los días de vigilia, y sobre todo en los derechos parroquiales, que tal vez juzgaba simultáneos con el acto de la Creación. No se paraba, pues, en analizar y desvanecer las dudas de su excusador. «Anda adelante.—No hagas caso.—¡Pataratadas!—Déjate estar.—¡Otra te pego!—¿Cómo no había de resucitar al tercero día, majadero? ¿No ves que lo dice San Juan y San Mateo y San Marcos?» Éstos eran los consuelos que ordinariamente le prodigaba.

Nuestro sacerdote unas veces se entristecía con ellos, pero otras se confortaba pensando que no debía de estar tan condenado y maldito cuando D. Miguel tomaba sus terribles dudas con tanta calma. Cuando a éste le retiraron las licencias no tuvo más remedio que buscar otro confesor. Convencido de la hostilidad con que le miraban D. Narciso, D. Melchor y D. Joaquín, no quiso desahogar con ninguno de ellos su conciencia, aunque bien sabía que en el tribunal de la penitencia nada tienen que hacer las simpatías o las antipatías. Fue a dar con un joven capellán, más joven aún que él, recién llegado del seminario. Era hijo de un carpintero de la villa, tan tímido y encogido que apenas sabía saludar, feliz de verse elevado sobre su antigua condición, tributando un respeto sin límites a todas las grandezas del cielo y a todas las pequeñeces de la tierra. Éste quedó vivamente impresionado con la confesión del P. Gil, y desde luego trató de convencerle de que todo aquello venía del demonio y que no había otro remedio más que ponerle la cruz y darse buenas disciplinas, rezar y ayunar mucho. Por espíritu de humildad y obediencia, el excusador hizo lo que su confesor le mandaba, secretamente persuadido, sin embargo, de que no adelantaría nada. Ya antes había intentado estos medios, sin resultado. Las dudas seguían atormentándole; se le ofrecían cada vez más crueles, más imponentes. El tímido capellán pasaba un rato muy amargo cada vez que le confesaba; temblaba y se azoraba como si le sucediese una desgracia: tanto padecía y tales temores le asaltaban, no se sabe de qué, que poco a poco fue excusándose de oírle en confesión y concluyó por negarse en absoluto.

Entonces se le ocurrió ir a ver a D. Restituto, párroco de una de las aldeas inmediatas a Peñascosa, hombre que pasaba entre sus compañeros por avisado, prudente y aficionado a los libros. Decíase que tenía una gran biblioteca y que en su juventud había hecho en Lancia ejercicios brillantísimos a una de las prebendas de la catedral, y que no se la dieron porque el obispo la tenía reservada para un sobrino. Don Restituto, herido por la injusticia se había retirado a aquel curato rural, y nunca más quiso salir de él para intentar nueva contienda. Si continuó dedicado al estudio de la teología o pagó en ella el desaire que había recibido, no se sabe con certeza. Gustábale, sí, cuando alguna fiesta o funeral le reunía con sus compañeros, mostrar erudición y excederles en ingenio y sutileza para defender cualquier proposición; pero los curas de las parroquias inmediatas todos eran moralistas, esto es, ninguno había estudiado la carrera lata de teología más que él. Pocas gracias que los arrollase en las disputas de sobremesa. Por lo demás, D. Restituto llevaba tanta labranza y estaba tan interesado en ella, que no debía de tener mucho tiempo, ni humor tampoco, para profundizar en la Dogmática ni en la Patrología.

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings