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La Fe

DON ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 2)

Reading edition

Arregló su paraguas lo mejor que pudo, y como los ímpetus del viento hubiesen sosegado un instante, saliose del portal, no sin dirigir una mirada de miedo y hostilidad a la gran puerta negra del fondo, en lo alto de la cual ardía tristemente una lamparilla de aceite detrás de una ventanilla enrejada. Salió del Campo de los Desmayos y, una vez en la calle del Cuadrante (que así se llamaba la única grande y poblada de Peñascosa), el viento ya no soplaba tan recio y pudo aprovecharse del paraguas y llegar a casa de Dª Eloisa, situada en la plaza, sin mojarse seriamente. La morada de D. Martín de las Casas era también antigua, pero notablemente reformada, mucho más chica que la de su cuñado, con todas las comodidades y aditamentos exigidos por las necesidades modernas: portal de azulejos con cancela, escalera bien labrada de álamo con pasamano charolado, las habitaciones con elegantes frisos y papeles, todo muy aseado y pintadito.

—¡Buenos ojos le vean, padre! ¡Qué caro se vende!—exclamó Dª Eloisa, que desde que su protegido había recibido las sagradas órdenes no le tuteaba.

Al mismo tiempo se levantó y le besó la mano con verdadero afecto. Lo mismo hicieron Dª Rita, Obdulia, que desde hacía poco tiempo era tertulia asidua de la casa, Marcelina y también Dª Serafina Barrado, a pesar de la mirada oblicua que le dirigió su capellán D. Joaquín. Dª Marciala y Dª Filomena se hicieron las distraídas hablando con D. Peregrín Casanova, y saludaron al fin desde su asiento con sonrisa halagüeña.

Mientras duraron las salutaciones, D. Narciso, que estaba arrimado de espaldas al piano, no quitó los ojos de su compañero, unos ojos donde se leían claramente la aversión y el recelo. Sin que el P. Gil la provocara ni aun se diera bien cuenta de ella, existía viva rivalidad entre él y D. Narciso, a quien había arrancado más de la mitad de las hijas de confesión. Bien sabía Dios que no había hecho nada por conseguirlo; antes, al contrario, le pesaba mucho cada vez que una de ellas se acercaba a su confesonario. Pero ¿qué le tocaba hacer? Nada más que confesarlas, pues era su obligación. Insistir mucho en que no variasen de confesor era conceder demasiada importancia a la cuestión de persona: no estaba dentro del espíritu del sacramento. Pero el capellán de Sarrió no se hallaba penetrado de la intención de su compañero, y si se hallaba, no alteraba gran cosa sus sentimientos. Ateníase al resultado, y éste era triste para él. Antes de la llegada de Gil puede decirse que campaba él sólo entre el bello sexo de Peñascosa y señoreaba sus conciencias. Los demás capellanes no le hacían sombra alguna. Era el niño mimado de las beatas. Ninguno de sus chistes, de sus pasos y gestos pasaba inadvertido: las devotas que tenían la dicha de escucharlos o presenciarlos, se encargaban prontamente de difundirlos entre sus amigas. A cada instante testimonios irrecusables de la viva simpatía y veneración que despertaba en la villa: regalos de casullas, de corporales bordados por dedos primorosos, de alzacuellos de raso, etc., etc.; ofrendas más positivas aún, de jamones, botellas de jerez, tartas y chocolate. D. Narciso tenía admirablemente cubiertas sus necesidades espirituales y temporales. Era un pastor que apacentaba felizmente sus ovejas, conduciéndolas con dulzura por el sendero de la virtud hacia el paraíso y trasquilándolas de vez en cuando el rico vellón para que no se enredaran en las zarzas.

La aparición de su nuevo compañero vino a turbar aquella deliciosa Arcadia mística. Las ovejas, acometidas súbito de agitación insana, se pusieron a saltar y encabritarse cual si escuchasen los sones de un caramillo encantado. Ni las pedradas ni los halagos lograron retener a una gran parte de ellas. Quedó en cuadro su rebaño, y él, que había tenido fuerzas para gobernar un hato tan considerable, desmayaba ahora al verse solo, al percibir la hostilidad con que le miraban algunas de sus antiguas y queridas ovejitas. Porque no solamente ya no llegaban a su casa los ricos dones ultramarinos y nacionales de otros tiempos, sino que con profundo dolor notaba que empezaba a discutírsele. Decíase entre las damas piadosas, y esto llegaba a sus oídos, que, si era cierto que tenía palabra más fácil que el joven excusador, la mayor parte de las veces «no había sustancia en lo que decía,» y que éste le aventajaba mucho en peso, en razón natural y en instrucción. Hubo ocasión en que al lanzar uno de sus chistes más picantes, relacionado como siempre con las materias fecales, apenas produjo risa entre las oyentes, y supo que una de ellas, después que se fue, le había calificado de grosero y mal educado. De las gracias corporales no había que hablar, pues bien se le alcanzaba que nunca podría competir con la delicada y gallarda figura de su rival. En resumen, D. Narciso se sentía minado en los cimientos y temía a cada instante venir al suelo. No es maravilla, pues, que la mirada y el saludo con que acogió al joven presbítero fuesen menos afectuosos de lo que debía esperarse. No recordaba poco ni mucho la amable recepción que San Juan Bautista, maestro querido y celebrado, hizo al joven y divino discípulo que le había de eclipsar en seguida.

—No le riñas, mujer. ¿Sabes tú, por ventura, si le será fácil salir de noche, con el miedo que D. Miguel tiene a los ladrones?—gritó D. Martín de las Casas desde la mesa de tresillo donde jugaba con otros dos, un cura y un seglar.

—No, señor; no es eso—dijo el clérigo, ruborizándose bajo las miradas de toda la tertulia.

—¿Que no tiene D. Miguel miedo a los ladrones?—preguntó con acento afectadamente brusco el señor de las Casas.

—Sí que lo tiene—repuso sonriendo dulcemente el joven, sentándose al propio tiempo al lado de su madrina.—Sus razones habrá. Los ricos son los que temen. Los pobres, como yo, están tranquilos.

—Pero ¿tendrá el señor cura tanto dinero como se dice?—preguntó D.ª Marciala con curiosidad.

—Yo no puedo decir a usted, señora... Presumo que sí, porque atiende mucho a su hacienda. Sus gastos son pequeños, y en vez de aumentarse los va restringiendo cada día más. Donde entra mucho y sale poco no tiene más remedio que hacerse montón.

—Los derechos parroquiales deben producir mucho, ¿verdad?—preguntó con más curiosidad aún la esposa del boticario de la plaza.

—Ya comprenderá usted que en una parroquia tan extensa como ésta no han de ser cortos.

—Pero D. Miguel perdonará muchos de ellos—replicó la señora, con una leve inflexión cómica en la voz.

—Es posible, señora. Por mi parte, no lo he visto—repuso con perfecta ingenuidad el excusador.

D. Narciso y D. Joaquín, el capellán de la señora de Barrado, cambiaron una rápida mirada significativa.

Este capellán era un joven delgado, con rosetas en las mejillas, indicio de un temperamento enfermizo, los ojos vivos e insolentes, la nariz fina, la boca pequeña, con un pliegue hipócrita y malicioso. Había sido un criadillo que doña Serafina metió en casa para recados y servir a la mesa, poco después de quedar viuda. Observando su listeza y encariñada con él, una vez trasladado su domicilio a Lancia, le dio carrera, enviándole al seminario. En las horas que le dejaban libres las clases, Joaquín seguía desempeñando su oficio de criado. Luego que tomó las órdenes le hizo su administrador; hoy era sus pies y sus manos. No salía a la calle sino en su compañía, era su director espiritual y su consejero temporal. Espectáculo curioso en verdad la trasformación súbita de un doméstico en señor de su propia ama. Ésta le trataba de usted, le llamaba siempre D. Joaquín y, públicamente al menos, le prodigaba mil muestras de respeto, obligando asimismo a los criados a tributárselo.

D.ª Eloisa volvió a insistir, preguntando con acento cariñoso:

—Entonces, ¿cuál es la razón de su retraimiento, pícaro?

—Señora, comprendo que a D. Miguel no le gusta mucho que salga de noche; pero la principal razón es que la mayor parte de los días estoy rendido... ¡Como me levanto a las cuatro de la madrugada!... Otras veces necesito rezar un poco...

—Usted trabaja demasiado, padre—dijo Marcelina, una joven soltera que, al decir de la gente, frisaba ya en los cuarenta, fea, apergaminada, muy habilidosa de manos y no poco también de lengua.—¡Tantas horas de confesonario!... ¡Y luego los enfermos!...

—Sin contar las horas que pasa de rodillas en oración...—apuntó con timidez Obdulia. Después de soltar la frase se puso colorada.

D. Narciso le clavó una mirada singular, entre irónica y agresiva, que la joven no pudo ver, porque ponía empeño en no mirar cara a cara a su antiguo confesor.

El P. Gil hizo un gesto de impaciencia, molestado por aquellos elogios, y para desviar la conversación de su persona, se encaró con uno de los que jugaban al tresillo.

—Señor Consejero, hoy le he visto desde la rectoral sacar con la caña un pez muy gordo. Por cierto que me pareció un salmonete, y a D. Miguel una robaliza. Hemos disputado un poco.

—Tiene mejor vista el cura que usted. Una robaliza era—dijo gravemente el caballero interpelado, sin levantar la vista de las cartas.

Este D. Romualdo Consejero era un anciano de bigote y cortas patillas blancas, color cetrino, la frente surcada con profundas arrugas, los ojos grandes, severos, de párpados caídos. No sonreía jamás. Hablaba constantemente con acento de mal humor, como hombre desengañado de todo.

—Los salmonetes no caen en el muelle, don Gil de las calzas verdes—profirió el señor de las Casas con su habitual rudeza, por no decir grosería. Solía llamar así, en broma, a su antiguo protegido.

—Sí caen tal, D. Martín de las Casas blancas—profirió con voz sorda Consejero.

Los tertulianos rieron, lo cual amoscó un tanto a D. Martín, hombre, como ya sabemos, propenso a irritarse.

—Yo lo creía así, Consejero de picardías—respondió con retintín, mirándole a la cara fijamente, y poniendo sobre la mesa al mismo tiempo un rey de copas.

—Pues creía usted muy mal—replicó el anciano, siempre con los ojos sobre las cartas.—También creía usted que ese rey de copas iba a pasar triunfante, y... vea usted, ¡lo fallo!

—Eso lo hará usted porque es un grosero y ha adquirido malas mañas allá por Málaga. Aquí el padre Norberto de seguro no lo hubiera hecho.

—¡No, no! Yo soy incapaz...—dijo el cura, sofocado por la risa, tosiendo hasta reventar.—No he salido de Peñascosa... Yo lo que hago es achicarme y correr ese punto de oros de mi compañero.

Y puso sobre la mesa un cuatro.

—¡Hurra por el cura!—rugió D. Martín, echando el caballo y recogiendo la baza.

—Amigo, yo pensé que D. Martín no tendría el caballo—suspiró D. Norberto, dirigiéndose a Consejero con ojos de angustia.

—Lo pensó usted porque es un babieca y lo ha sido toda su vida—repuso éste con afectada naturalidad donde se traslucía la cólera.

—¡Pero hombre de Dios!...—exclamó el clérigo, disponiéndose a dar explicaciones.

Consejero le atajó con ademán colérico, poniendo resueltamente las cartas boca abajo sobre la mesa.

—¡Hombre del diablo! digo yo... ¿Cómo se le ocurre a usted correr un punto no estando cubierto?...

Armose una disputa violenta que duró breves instantes. Las de Consejero y el P. Norberto no se prolongaban mucho tiempo, porque éste, hombre de buena pasta, flemático, concluía por callarse alzando los hombros con resignación y sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal de muda protesta. Las que se eternizaban eran las de Consejero con D. Martín, siendo ambos a cual más irascible y tozudo.

D. Martín de las Casas, teniente coronel retirado, que había hecho la guerra de Cuba, donde había recibido una herida en un hombro que le impidió continuar en el servicio, se creía en el caso, por su profesión, de llevarlo todo por la tremenda. Desde el año 1873 en que pasó al cuerpo de Inválidos no volvió a salir de Peñascosa. Contaba en aquella época cuarenta y dos años. Su esposa se alegró de aquel retiro forzoso, aunque deplorase que viniera al seno de la familia con un hombro de algodón. Consideraba como virtud excelsa, privativa del militar, la energía lo mismo en el campo de batalla que tomando café en el casino. Sus disputas, sus baladronadas en este centro de recreo eran proverbiales en Peñascosa y las bofetadas que solía repartir al final de ellas también. Desde la llegada del tremendo teniente coronel ningún vecino, por grave y respetable que fuese, estaba seguro. Muchos hidalgos y ricos hacendados de la villa, que hasta entonces habían conservado inmaculadas sus mejillas, ni soñaban con que nadie pudiese atentar a ellas, las vieron selladas y rubricadas cuando más descuidados estaban por los dedos del feroz inválido. Esto fue causa de un lento reflujo entre sus amigos y conocidos, que le habían recibido cordialmente a su vuelta del servicio. El movimiento no engendró aquí el calor sino el frío. Poco a poco fueron dejándole aislado, juzgando su sociedad peligrosa. Se vio necesitado a alternar con gentecilla de poco más o menos y con clérigos, que por su sagrado carácter estaban libres de sus manos expeditas, o así lo parecía al menos. En el casino se le veía rodeado casi siempre de dos escribientillos de casas de comercio, un profesor de música, un maestro de obras y otros tres o cuatro individuos del mismo porte. Le escuchaban como un oráculo, y si alguna vez en el calor de la improvisación les largaba un soplamocos, blasfemaban un poco por dignidad y volvían en seguida a las buenas.

Consejero formaba excepción. Tenía peor genio que él. En el de D. Martín había mucho de afectado y profesional: el de aquél era puro y nativo. Pero su avanzada edad, su debilidad física y sus achaques le ponían a cubierto de cualquier brutal agresión por parte de su amigo. Éste solía concluir la disputa con un gesto violento de desprecio. Alguna vez llegó a decirle:

—D. Romualdo, si usted tuviera treinta años menos, le estampaba contra la pared.

D. Romualdo vivía sólo. Un hijo que tenía empleado en Málaga se le había muerto hacía cuatro años. Disfrutaba una pequeña renta, suficiente a subvenir a sus cortas necesidades, y no tenía otra ocupación que pescar con caña, ni otro recreo que el de jugar al tresillo. La vida se partía para Consejero entre los anzuelos y los naipes. La mañana se la pasaba entera sentado sobre su sillita de tijera en el muelle, o en las peñas de tras la iglesia, con un sombrero de jipijapa si hacía sol o un paraguas si llovía. Por la tarde, tresillo en el casino hasta las cuatro en que de nuevo tomaba la caña. Por la noche, tresillo en casa de D. Martín con éste y el P. Norberto.

Era éste un clérigo al cual se le podrían echar cuarenta años de edad, aunque pasaba bastante de cincuenta, grueso, rollizo, colorado, admirable dentadura, los ojos redondos y saltones, la nariz ancha, sin una cana en el pelo ni una arruga en el rostro. Hablaba poco y reía mucho. Todo le hacía gracia: vivía en perpetuo espasmo de alegría y admiración. Celebraba cualquier insulsez de los amigos como el chiste más acerado, hasta verse obligado a sujetar el vientre sacudido por los flujos de risa. Y los reía de buena fe, sin asomo de hipocresía ni adulación, lo cual, como es lógico, lisonjeaba el amor propio de los que estaban a su lado. Por tal razón quizá, el P. Norberto gozaba de generales simpatías en la villa y no era mal quisto de sus compañeros. Sólo se le conocían tres pasiones, los callos guisados, el tresillo y otra de que más adelante hablaremos. Cuando en una casa, de las que frecuentaba, había callos para la comida o la cena, ya se sabía que era de rúbrica el convidarle. Se servía dos o tres platos colmados, se desabrochaba, la frente le empezaba a ahumar y había que dejarle reposar después una hora sobre la cama; si no, corría peligro de estallar como una bomba. Consejero solía decirle que cada día comía más callos y jugaba peor al tresillo. Y nunca soltaba la frase sin que el buen clérigo se retorciese y sofocase de risa. Los chistes jamás se hacían viejos para él.

Las señoras apartaron prontamente su atención de los tresillistas así que comenzaron a disputar. Todas las noches había una porción de reyertas como ésta.

—Y usted, D. Narciso, tampoco ha venido ni ayer ni anteayer. ¿Qué ha sido de usted? ¿Reza también por las noches?—dijo D.ª Marciala, que hacía calceta cerca de la mesa de tresillo; de vez en cuando alzaba las manos hacia el quinqué de los jugadores, para tomar un punto que se le había escapado.

—No, señora; yo no soy gran rezador. No tengo la virtud de la oración. En cambio me abstengo de ciertos vicios, como el de murmurar de mis superiores y compañeros—profirió el capellán con acento insolente, mirando con afectación al techo.

La alusión iba directamente al excusador, que acababa de hablar de la avaricia del cura. Así lo entendió él, y si no lo hubiera entendido claramente, se lo manifestaran los ojos de los circunstantes. Ante aquella brutal agresión se le encendió el rostro como una brasa. Las carcajadas malignas de D. Joaquín y D. Melchor concluyeron de turbarle.

—¡Hombre, no está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Me gusta eso! ¡jo! ¡jo! Está bien eso de la abstención. ¡Mucho que sí! Tiene usted ingenio, D. Narciso. ¡Mucho ingenio! ¡jo! ¡jo! ¡jo!

El P. Melchor se reía a boca llena de un modo insolente y grosero, mirando alternativamente al joven excusador y a D. Narciso. El capellán de D.ª Serafina también se reía con una risita aguda, minúscula, que aparentaba sofocar llevándose el pañuelo a las narices. Las señoras permanecían serias y disgustadas comprendiendo la venenosa intención del capellán de Sarrió. Sólo D.ª Marciala sonreía frente a él aplaudiéndole.

En Obdulia el dardo produjo aún impresión más dolorosa que en su confesor. Sintiose invadida por un frío extraño acompañado de ligero temblor; luego fuertes llamaradas de calor le subieron al rostro y con ellas un vivo irracional deseo de lanzarse sobre D. Narciso y arañarle. Costole trabajo inmenso dominar sus ímpetus.

—Malo es murmurar—dijo D.ª Serafina Barrado para salir del silencio embarazoso que reinaba, disgustada como las demás por aquella injustificada agresión;—pero muchas veces se toma por murmuración lo que no es. Se habla de cualquier persona... por hablar de algo, sin ánimo alguno de ofenderla. Hasta nos reímos muchas veces de sus manías, y no dejamos por eso de estimarla, ni nos creemos superiores a ella...

Al llegar aquí sus ojos tropezaron con los de su capellán, que había cesado de reír y le clavaba una mirada fría y aguda como un puñal de Albacete. La pobre señora quedó acortada y sólo tuvo ánimos para concluir con voz más baja:

—...Al menos, eso me pasa a mí...

—Y le pasa a todo el que tiene un corazón franco, señora—dijo impetuosamente Obdulia.

—Sólo los envidiosos, los malintencionados saben dorar la píldora de veneno y clavar el puñal cuando parece que están haciendo una caricia.

La voz de la joven salía alterada, un poco ronca.

D. Narciso dejó escapar una risita maligna y dijo con acento irónico:

—¡Mire usted cuántas cosas sabe de teología moral la señorita! Habrá que declararla doctora de la Iglesia, como a Santa Teresa.

—¡Caramba, tampoco está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Conque doctora de la Iglesia! ¡jo! ¡jo!... ¡Pero qué perverso es este D. Narciso! ¡Jo! ¡jo! ¡jo!... ¡Es mucho D. Narciso!

—No se ría usted tan fuerte, D. Melchor, que puede saltarle la dentadura—dijo la joven, por cuyos ojos pasó un relámpago de cólera.

El P. Melchor cesó de reír repentinamente. Este clérigo, de edad de treinta y cinco a cuarenta años, alto, de facciones regulares, ojos grandes y negros sin expresión, y figura triste y descuadernada, presumía, según pública voz, de guapo, lo mismo que de inteligente, maligno, ilustrado, etc., etc. La frase de Obdulia le hizo un efecto terrible, porque imaginaba que lo de la dentadura postiza nadie lo sabía más que Dios y el dentista de Lancia que se la había puesto. Murmuró algunas frases incoherentes, pero Obdulia continuó sin hacer caso de él:

—Yo de teología sólo sé que los sacerdotes están obligados a tener oración, y que el alabarse de no rezar es más propio de impíos que de ministros del Señor.

Lo dijo con calma y naturalidad que hicieron más incisivo y profundo el arañazo.

—¿Y dónde ha aprendido usted tanto, señorita?—preguntó D. Narciso, desconcertado ya.

—Pues lo he aprendido en el catecismo explicado y en los sermones del magistral de Lancia... a quien dicen por ahí que usted imita... pero nada más que en los gestos, ¿sabe usted?

D. Narciso se sintió herido en lo más vivo de su ser, porque efectivamente hacía todo lo posible por parecerse al magistral, notable orador sagrado. Quedó algunos instantes silencioso y se disponía a contestar, cuando vino a interrumpir el tiroteo la entrada de una nueva señorita llamada Cándida, alta, delgada, enjuta y apretada, de la familia de los bacalaos. Fortuna tuvo D. Narciso, pues en la disputa llevaba la de perder. Obdulia poseía una imaginación vivísima, y antes de haberse dado a la mística gozaba fama de alegre y chistosa entre sus amigas.

D.ª Eloisa aprovechó la oportunidad para cambiar la conversación, que se había hecho peligrosa. Detrás de Cándida entró D.ª Teodora. Venía ésta acompañada de D. Juan Casanova. Este recto y majestuoso caballero tenía la costumbre desde tiempo inmemorial de hacer la tertulia por las noches a D.ª Teodora. Cuando ésta venía a la de su amiga D.ª Eloisa, lo cual sucedía una o dos veces por semana, la acompañaba juntamente con el criado. D. Peregrín, después que llegó de su excursión burocrática por Cataluña, también adquirió el hábito de pasar un rato todas las noches en casa de D.ª Teodora.

No es posible resolver cuándo y cómo nació en la mente del antiguo oficial del gobierno civil de Tarragona la idea de suplantar a su hermano en el corazón de la fresca señorita; pero es cosa averiguada que nació, y que se desarrolló con extraordinaria fuerza en poco tiempo. Comenzó a tributarla mil atenciones, a recrearla con el sabroso repertorio de sus recuerdos de empleado, a hacer gala en su presencia de un ingenio sutil, de una facilidad pasmosa para los retruécanos. Procuró asimismo demostrar su incontestable superioridad intelectual sobre su hermano, llevando la contraria a cuanto decía, sonriendo despreciativamente cuando hablaba, vejándole, en fin, de mil modos. D.ª Teodora, sin embargo, resistió tenazmente esta suplantación. Aunque debía de estar bien convencida de la superioridad de D. Peregrín, como hombre de mundo y erudito, no por eso dejó de seguir prodigando a don Juan las mismas señales de afecto. Al contrario, los desprecios de su hermano no sirvieron más que para que se lo manifestase más vivo que antes. Esto llenó de amargura el corazón de don Peregrín. Fue el motivo más poderoso de rencor entre los muchos que tenía contra su hermano, después de la estatura.

Cándida fue a besar la mano del P. Melchor, de quien era hija de confesión, y le consoló, con el respeto, la sumisión y el cariño con que empezó a hablarle, del fracaso que acababa de experimentar.

Apenas se acomodaron todos de nuevo, D. Peregrín, que hasta entonces se había mantenido dentro de una locuacidad ordinaria, estimulado por la presencia de D.ª Teodora, quiso dar gallarda muestra de sus maravillosas aptitudes para amenizar cualquier tertulia. Cogió por los pelos la ocasión que le dio D. Narciso, al censurar lo mal empedradas que estaban las calles de Peñascosa, para decir con su voz gangosa y penetrante en una pausa:

—Siendo yo gobernador de Tarragona...

—¡Ya pareció Tarragona!—dijo sordamente Consejero, mientras colocaba las cartas.

Los que estaban cerca oyeron la exclamación y rieron. A los oídos de D. Peregrín llegó el rumor, se detuvo un instante y dirigió una mirada cobarde a Consejero. Después prosiguió con decisión su anécdota. Los quince días que había desempeñado el gobierno de Tarragona, por ausencia del gobernador y enfermedad del secretario, eran la edad de oro de la existencia de don Peregrín, el período dulce y poético cuyo recuerdo hacía vibrar siempre su corazón. ¡Cuántos sucesos en aquellos quince días! ¡Cuántas imágenes brillantes de gloria y poder surgían en su mente al pensar en ellos! Los más insignificantes pormenores de tan hermoso sueño teníalos presentes cual si acabaran de efectuarse. Podría decir cuántas veces había llovido en aquellos quince días, qué había comido y bebido, de qué color eran los pantalones que gastaba. Durante algún tiempo, cuando hablaba de esta época, solía decir:—«Haciendo yo de gobernador en Tarragona...» Más adelante sustituyó la frase con esta otra:—«Siendo yo gobernador de Tarragona...»

Y cuando era gobernador de Tarragona sucedió que la prensa local se quejó del abandono de las calles, achacándolo, como todo lo demás que andaba mal, a la administración conservadora. Entonces él, encargado de velar por el gobierno y el partido, había llamado al alcalde a su despacho y le había dicho: «Amigo mío...» Aquí una tirada de observaciones que D. Peregrín, cada vez que la repetía, iba haciendo más enérgica, hasta convertirla en severísima filípica. El alcalde le respondía esto y lo otro (la respuesta del alcalde iba siendo cada vez más débil e insignificante). Entonces él, sin descomponerse poco ni mucho, con la mayor calma, como quien no dice nada, le replicaba: «Querido alcalde, tiene usted dos caminos para elegir: o la suspensión, o el arreglo inmediato de las calles.»

—Al día siguiente, bien temprano, estaban trabajando dos cuadrillas de obreros en las calles—terminó diciendo D. Peregrín con una fría sonrisa maliciosa. La conclusión y la sonrisa eran lo único que no se iba modificando lentamente en la interesante anécdota.

O porque ya la hubieran oído muchas veces o por no tener el espíritu bien dispuesto para esta clase de confidencias administrativas, es lo cierto que muy pocos eran los tertulios que atendían. Hablaban los unos con los otros en parejas o en grupos de tres y de cuatro. Cándida cuchicheaba con el P. Melchor, D.ª Eloisa con su ahijado el P. Gil y con Obdulia, D. Joaquín con Marcelina, y el P. Narciso con D.ª Filomena. Se puede asegurar que los únicos que escuchaban realmente al ex-gobernador interino de Tarragona eran su hermano y D.ª Teodora, esto es, los que ya conocían los pormenores de su gestión administrativa tan bien como él. Porque D.ª Serafina Barrado, aunque estaba inmóvil y atenta con los ojos puestos en el orador, ofrecía tal vaguedad en la mirada, que bien se echaba de ver que se hallaba muy lejos de lo que decía. Lo que esta señora escuchaba, con imperceptibles estremecimientos de dolor y rabia, era el rumor de la plática de su capellán con Marcelina. Hacía ya bastante tiempo que D. Joaquín distinguía mucho a esta señorita, su penitenta. Estas distinciones llegaban al alma a D.ª Serafina, que por lo visto aspiraba al monopolio de ellas. Teniendo en cuenta que el capellán, fuera del acto de ser engendrado y nacer, era en un todo hechura suya, parecía que tenía derecho a ello. Mas él no lo creía así, o sentía placer en agitarla con desvíos y seriedades injustificadas. No se pasaba un día sin que la buena señora experimentase algún desaire por parte de su protegido. Acaso ella tomase como tal lo que no era; pero el clérigo, conociendo el afecto susceptible y celoso que le profesaba, debiera mostrar más cuidado en evitárselos. Ahora se notaba bien claramente que sus apartes y cuchicheos eran intencionados: acaso tuvieran por fin castigarla por la defensa indirecta que había hecho del P. Gil, a quien D. Joaquín odiaba a par de muerte.

D.ª Marciala, más franca o más colérica, apenas quitaba los ojos de D. Narciso y D.ª Filomena, unos ojos escrutadores, inquietos, por donde pasaban de vez en cuando relámpagos de ira. En los centros de murmuración de la villa decíase que D.ª Marciala estaba enamorada del P. Narciso. Aunque esto no sea creíble, por tratarse de una señora que toda la vida se había manifestado muy circunspecta y religiosa, no hay duda que sus familiaridades con el clérigo podían dar lugar a torcidas interpretaciones entre la gente propensa a pensar mal del prójimo. Había casado ya tarde, cuando contaba más de treinta años, con D. José María, el boticario de la plaza. Éste, que había sido toda su vida un republicano rabioso, que apenas frecuentaba la iglesia, y que reunía en su trastienda por las noches un grupo de demócratas (masones los llamaban las beatas del pueblo), por el influjo de su piadosa mujer había ido cambiando poco a poco de opinión. Principió por alejarse de la política y dejar la suscrición a El Motín; después fue eliminando de su tertulia a los sujetos más exaltados y peligrosos; luego se le vio alternando cortésmente con varios sacerdotes. Finalmente, como llegase una misión de jesuitas a la villa, D.ª Marciala consiguió llevarle a confesar con uno. Desde entonces se realizó un cambio completo y radical en la vida de D. José María. El feroz republicano, suscritor de El Motín, se trasformó en un cofrade de San Vicente de Paul, hermano del Sagrado Corazón. Alumbraba en las procesiones, hacía la guardia al Santísimo con escapulario al cuello, etc., etc. Y no sólo practicaba todos los actos religiosos de un fervoroso creyente, sino que dio en acompañarse de clérigos y en recibirlos en su trastienda, en vez de los impíos que antes iban; de tal suerte, que su botica vino a ser al cabo de algún tiempo el centro de reunión de los tradicionalistas de Peñascosa. Tal fue la obra benemérita llevada a cabo con singular fortaleza y habilidad por D.ª Marciala. En ella le ayudó muchísimo con sus consejos el P. Narciso. Acaso por esta razón su alma quedó tan ligada y agradecida a su director, que por no saber contenerse, daba pávulo y estimulaba a las malas lenguas de Peñascosa.

Fue, como ya sabemos, una de las que contribuyeron a la educación y a la carrera del P. Gil; pero en la deserción que se operó en el rebaño de D. Narciso a la llegada de aquél, permaneció fiel a su pastor. Quizá ayudase a mantenerla firme la huida de Obdulia, de quien ella tenía, según fama, unos celos rabiosos, y por lo visto no le faltaba razón. Aspiró a sustituir a ésta en la gracia del elocuente y donoso sacerdote, y casi lo tenía conseguido. Desgraciadamente, se interpuso en su camino D.ª Filomena, la viuda que ya conocemos, quien con más modestia y reserva admiraba a su director espiritual y le prodigaba en silencio y en la sombra mil atenciones delicadas, que concluyeron por hacer mella en su corazón. No significa esto que dejase de considerar y atender como debía a D.ª Marciala; pero se observaba en él de algún tiempo a aquella parte más inclinación hacia D.ª Filomena, aunque nunca por supuesto tan señalada como la que había sentido por Obdulia.

En la tertulia de D.ª Eloisa se agitaban mil dulces sentimientos, a los cuales, como la sombra a la luz, acompañan siempre otros amargos. Varias jóvenes solteras, a quienes el tiempo y los desengaños habían hecho más reflexivas, algunas señoras casadas en las cuales sus maridos no habían podido extinguir la sed de lo infinito, y tal que otra viuda necesitada de consuelos, se reunían todas las noches en torno de media docena de presbíteros, formando un grupo interesante y conmovedor. Aquel pequeño mundo, ajeno enteramente a las luchas de la política, de la ciencia y de los intereses materiales, representaba un oasis deleitoso enmedio de la corrupción general de las costumbres. La perfecta sumisión de aquellas almas femeninas a sus directores, la benevolencia y la ternura con que éstos se esforzaban en conducirlas por el sendero de la virtud, prestaban a la tertulia un carácter suave, inocente y piadoso que no se hallará seguramente en las exclusivamente seglares. Existía una dichosa compenetración de lo espiritual en lo temporal; era una imagen aproximada de lo que debe ser el reinado de Dios sobre la tierra.

El rebaño místico se repartía, como era natural. Cada clérigo tenía sus hijas de confesión, que le obedecían y le admiraban. Y ellos, aprovechando, como expertos y hábiles pastores, el carácter y condición de cada oveja, solían estimularlas por medio de acertados manejos, ora halagando su amor propio, ora mortificándolo unas veces con celos, otras con saludable frialdad, otras con alguna lisonja adecuada. Ni faltaban tampoco en aquella exquisita sociedad algunos honestos recreos. No era todo hacer calceta ni colchas de crochet: también se rendía culto a la música. El P. Norberto era organista de la iglesia, y aunque conocía poca música profana, algunos nocturnos tocaba, y cuando no, acompañaba al P. Narciso, que entre sus múltiples habilidades tenía la de tocar en la flauta dos o tres pavanas y la sinfonía de Juana de Arco. También Marcelina sabía cantar La Stella confidente y la Plegaria a la Virgen. D. Melchor sabía hacer algunos juegos de manos; D. Peregrín Casanova sazonaba la tertulia con salerosos cuentos; Cándida recitaba admirablemente al piano varias fábulas morales; por último, el P. Joaquín tocaba, rascando los dientes con las uñas, cualquier pieza musical, y remedaba el grito del gallo con tal perfección que cualquiera le confundía con este bípedo.

Aquella noche no hubo música. Los ánimos estaban un poco abstraídos. Reinaba cierta inquietud en la tertulia, motivada por la presencia del P. Gil, a quien ninguno de sus colegas, si se exceptúa el P. Norberto, mostraba simpatía. La conversación fue rodando de uno en otro asunto, todos de poca monta. En un momento de silencio, D. Juan Casanova, que tenía la cabeza inclinada hacia un lado, sin duda por el excesivo peso del cerebro, la descargó algún tanto, diciendo con su acostumbrada solemnidad:

—Eloisa, hoy he hallado a su hermano Álvaro en el paseo de la Atalaya. Llevaba un pantalón de cuadros.

D.ª Eloisa suspiró, como siempre que se tocaba el punto de su hermano.

—Estos días ha estado un poco enfermo. Me lo ha dicho el criado—manifestó dirigiendo una mirada tímida a la mesa donde jugaba su marido.

D. Martín y su cuñado hacía tiempo que no se relacionaban. Por el motivo baladí de un mueble de la casa que aquél pretendía llevar a la suya, sin derecho alguno, rompieron de un modo violento. D. Martín (¿cómo no?) puso la mano en la cara a su cuñado, y a más de esto le desafió. Desde entonces, absoluta separación entre ambos. D. Álvaro vivía en su enorme casa, enteramente solo, y D. Martín en la suya con su esposa. Ésta, de vez en cuando, a escondidas de don Martín, iba a visitar a su hermano.

—No parece que goza de buena salud—dijo el P. Gil, a quien sin saber por qué interesaba aquel hombre.

—¡Oh! Sumamente enfermizo y delicado. Sólo cuidándose mucho puede ir viviendo.

Los clérigos, como siempre que se trataba de Montesinos en presencia de su hermana, guardaban un silencio sombrío, con la cara larga y enfoscada. Si no estuviera ella, de seguro hubieran soltado alguna frase de indignación o algún sarcasmo contra aquel impío, que tenía escandalizada a la villa con sus opiniones y con su conducta. A duras penas respetaban el lazo estrecho de familia.

Hubo un silencio lúgubre, porque las damas, comprendiendo lo que pasaba en lo interior de sus directores espirituales, no osaban hablar. D.ª Eloisa tornó a exhalar otro suspiro y dijo con acento dolorido, como si terminase en alta voz un monólogo:

—¡Qué lástima que le hayan pervertido en Madrid! Álvaro tiene buen corazón... y todos dicen que es hombre de talento.

Los clérigos se sintieron molestados por aquellos elogios. Uno de ellos, el P. Melchor, se atrevió a decir con sonrisita de suficiencia:

—Señora, permítame usted que no reconozca talento en quien no admite las verdades de nuestra santa religión.

—A lo menos fue el primero en su cátedra y pasaba entre sus profesores por un chico despejado.

—Y lo será, señora,—dijo el P. Gil, a quien el tonillo agresivo de su compañero había disgustado.—Se puede tener talento y estar obcecado en cualquier asunto. Su hermano, desgraciadamente, lo está en lo que se refiere al más interesante para el hombre. Mas no hay razón para negarle el talento. Los grandes heresiarcas lo han tenido; si no fuese así, seguramente no habrían podido dar apariencia de verdad al error y engañar tanta gente.

Aunque se sintiese herido en lo vivo por esta réplica indirecta, el P. Melchor no osó responder, y prefirió hacerse el distraído devorando su enojo. Por más que no la confesasen, todos los clérigos de Peñascosa sentían la superioridad del P. Gil, que achacaban, por supuesto, a que era el único entre ellos que había seguido la carrera lata de teología. Ningún otro intentó tampoco llevarle la contraria por temor de hacer un mal papel.

La conversación se encauzó por otro lado. Charlose animadamente del proyecto de construcción de una nueva iglesia, cerca de la plaza, echado a volar por varios vecinos y al cual se oponía con todas sus fuerzas el cura, por temor de que se dividiera la parroquia. Los jugadores seguían en sus alternativas de silencio y ruidosos altercados. El P. Gil quedó mudo y pensativo, impresionado con lo que acababa de oír y decir. La figura de Montesinos, a quien no había visto más de tres o cuatro veces en su vida, y eso de lejos, flotaba en su imaginación despertando en él viva curiosidad. La afirmación de doña Eloisa de que había sido siempre el primero entre sus condiscípulos, contribuyó a hacer más grande, por no decir más interesante a sus ojos, aquel hombre. Un deseo vago, indefinido de acercarse y conquistarle nació en su mente. Cuando la llegada de D. José María el boticario y de Osuna dio la señal de disolverse la tertulia, aún rodaba este pensamiento por su cerebro en busca de forma.

La noche seguía encapotada y triste. El cielo dejaba caer con pertinacia una lluvia menuda y fría. En la puerta de la casa los tertulios se dividieron: la mayor parte se quedó por las inmediaciones de la plaza, otros siguieron por la calle del Cuadrante. Y en ella se fueron separando todos hasta que quedaron solos el P. Gil, Osuna y su hija, los únicos que vivían en el Campo de los Desmayos. Obdulia maniobró para que el P. Gil la tapase con su paraguas. El jorobado marchaba detrás, satisfecho de no pasar por la humillación de que su hija le tapase, pues a causa de la gran diferencia de estatura así sucedía siempre.

Caminaron unos instantes en silencio, escuchando el estruendo lejano del mar que batía contra las peñas y el leve rumor de la lluvia sobre el paraguas. La joven esperaba que el P. Gil sacara la conversación de su altercado con el P. Narciso, y de intento prolongaba indefinidamente el silencio. Viéndole taciturno y abstraído, se aventuró a decirle con voz temblorosa:

—¿Está usted enfadado conmigo, padre?

—¿Por qué?—preguntó el clérigo con sorpresa, saliendo repentinamente de su meditación.

—Por la disputa que he tenido con D. Narciso.

—¡Ah! Sí... en efecto, no me ha gustado la actitud rebelde en que usted se ha colocado frente a él. Es indigno de una joven humilde y virtuosa como usted...

Obdulia guardó silencio, sintiendo en el corazón la censura de su director. Al cabo dijo, poniéndose colorada, lo cual nadie pudo advertir:

—Tiene usted razón; he cometido un pecado y me arrepiento...

Después de una pausa larga, añadió humildemente:

—No puede usted figurarse cuánto me disgusta el observar la envidia de D. Narciso.

—¿La envidia?—preguntó el sacerdote con sorpresa.—¿A quién tiene envidia?

—A usted, padre, a usted—repuso con firmeza la joven.

—No, hija, no—dijo el P. Gil todo azorado.—Yo no puedo excitar la envidia de nadie... Soy un pobre clérigo... un miserable pecador...

—Pues así y todo... yo me entiendo...

Repuesto de su turbación, el sacerdote dijo entonces con aspereza:

—Ruego a usted que no vuelva a decir esas cosas, ni que las piense... Se lo prohíbo... Advierta usted que se trata de dos sacerdotes—añadió después de una pausa, dulcificando la voz.

Obdulia no replicó. Muda y con el corazón apretado por una pena extraña, siguió marchando al lado del clérigo. Éste dirigió la palabra a Osuna sin volverse:

—Al llegar al Campo vamos a sentir el aire, señor Osuna.

—¿Cuándo no sopla en ese maldito Campo?—replicó el jorobado con mal humor.

Y en efecto, al abocar a él, una ráfaga violenta les azotó el rostro y estuvo a punto de volverles los paraguas. La sotana del clérigo, las enaguas de la joven tremolaron: les costaba trabajo avanzar.

Por fin alcanzaron el gran portal de Montesinos. Se limpiaron el rostro con el pañuelo y repusieron el desorden de sus vestidos. El P. Gil volvió a dirigir una mirada curiosa y escrutadora a la oscura puerta en cuya cima ardía siempre la lamparita de aceite.

—Adiós, señor Osuna, que usted descanse—dijo tendiendo la mano al jorobado.

Luego tuvo un momento de indecisión: iba a tendérsela a Obdulia; pero turbado por la mirada intensa y extática que la joven le clavaba, la llevó al sombrero y se inclinó gravemente, diciendo:

—Buenas noches, señorita.

Alzó de nuevo el paraguas y salvó de prisa la distancia que le separaba de la rectoral. Los ojos de Obdulia, inmóvil a la puerta mientras su padre llamaba, le siguieron algún tiempo.

Antes de penetrar en la rectoral, el P. Gil volviose y quedó inmóvil también algunos instantes. Pero sus ojos no buscaron la puerta de donde aquélla acababa de desaparecer. Fueron más arriba, abrazaron de una vez la extensa y sombría fachada de la gran casa solariega que, avezada a los golpes del huracán, dormía grave y desdeñosa bajo la intemperie. Contemplola larga, atentamente. Sus ojos brillaron con un fuego de gozo místico. Era la mirada del apóstol, ávida, tierna, clemente. Tal debió ser la expresión que reflejaron los ojos de San Pedro a la vista de Roma.

IV

Desde aquella noche el P. Gil no soñó con otra cosa. La fiebre del apostolado le encendió de tal modo que no dejó rincón vacío en su cerebro para otro pensamiento. Dentro de él entablose una lucha sorda entre el deseo vivo y ardiente de ennoblecer su vida con la conquista de un enemigo encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapoderado, loco, que sin saber por qué le inspiraba. En sus continuos paseos por la estancia que ocupaba en la rectoral, mientras con el breviario en la mano decía los rezos obligatorios, a menudo se detenía ante la ventana, levantaba la punta del visillo y dirigía una mirada tímida y ansiosa al palacio de Montesinos. Allí estaba, adusto, impenetrable, hostil como un baluarte fabricado por la impiedad. Los balcones eternamente cerrados. El hombre misterioso que lo habitaba debía de odiar tanto la luz del sol como la de la fe. El P. Gil dirigía luego la vista al cielo y daba gracias a Dios desde el fondo del corazón por haberle tenido siempre de su mano, por haberle hecho nacer y vivir en la región luminosa de las santas creencias cristianas.

En vano trató de inquirir pormenores de la vida y carácter de aquella oveja descarriada a quien ansiaba traer al redil. Los datos que le suministraron eran contradictorios. Mientras su hermana y algunas otras personas se lo presentaban como un perfecto caballero, un hombre de buen fondo, extraviado por las malas compañías y la lectura de libros impíos, otras, que también pretendían conocerle desde la infancia, lo pintaban como un ser avieso, mal intencionado, riendo siempre de las desgracias y las flaquezas del prójimo, insolente y agresivo de palabra, ya que de obra no podía serlo por su natural débil y enfermizo. A este propósito narraban algunas anécdotas de su infancia y adolescencia que acreditaban esta opinión. Otros, en fin, le tenían por un desdichado, por un hombre a quien los desengaños de su carrera literaria y los profundos pesares domésticos habían llenado el corazón de hiel. Suponían que Montesinos, aficionado a las letras, enamorado de la gloria, había ido a Madrid. En vez de ella, sólo halló glacial indiferencia: esto, unido a la catástrofe de su matrimonio, le había obligado a retirarse de nuevo a Peñascosa «rabo entre piernas,» como decían pintorescamente los graves biógrafos. Y terminaban afirmando que Montesinos desahogaba su amargura y despecho blasfemando de palabra cuando se le presentaba la ocasión y publicando artículos en los periódicos y revistas de los masones. El P. Gil no sabía a qué atenerse. Inclinábase, no obstante, a esta última opinión, que conciliaba hasta cierto punto la benévola de su hermana y ciertos amigos con la mala fama que tenía en el pueblo. Lo que no dejaba de sorprenderle era que mientras el clero y los tradicionalistas de Peñascosa le detestaban cordialmente, los pocos republicanos y masones que había en la villa no le demostraban estimación alguna. Decíase que Montesinos se reía de ellos con más gana aún que de los católicos, y que había huido constantemente su trato.

Todas estas noticias, que recogía de un lado y de otro disimulando, por supuesto, su proyecto, no eran a propósito para apartarle de él. El misterio impenetrable que envolvía el carácter de aquel hombre le interesaba cada día más, y más le atemorizaba. Sabía cuánto importaba atraer un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuando esta alma era la de un hereje, un enemigo encarnizado de ella, el acto crecía desmesuradamente a los ojos de Dios. Dando vueltas a la idea, concibió varias veces el propósito de acercarse inmediatamente a él, hablarle y convencerle con razones y con ruegos; mas pronto lo abandonaba temiendo un fracaso. No era que le mortificase lo más mínimo en su amor propio: estaba resuelto a padecer por Dios con alegría toda clase de martirios, cuanto más una injuria. Lo que temía era tener que renunciar a una empresa tan noble y gloriosa. Poco a poco llegó a convencerse de que el mismo Dios se la encomendaba especialmente, que ésta era la tarea principal que le había impuesto al enviarlo a Peñascosa. Y convencido de que lo sublime del propósito no empece a que se adopten los medios más eficaces para llevarlo a feliz remate, resolviose a comunicarlo con su madrina doña Eloisa y a pedirle ayuda. Grande fue el gozo de la buena señora al recibir la confidencia. Aplaudió de todas veras el proyecto, que satisfacía los deseos más ardientes de su corazón, y prometió hacer cuanto humanamente fuese posible por que tan hermoso sueño se realizase. Hubo entre ambos largas pláticas, en que se buscaron y ponderaron los medios de llevarlo a cabo; se trazaron y se rechazaron diferentes planes; por último, quedaron convenidos en que el excusador fuese a la morada de D. Álvaro por encargo de su hermana a pedirle una limosna para las viudas y los huérfanos de unos pescadores que habían perecido recientemente en la mar. Aprovechando la ocasión, podía tantearle, hacerse amigo suyo y dar comienzo poco a poco a la obra de su conversión. D.ª Eloisa no dudaba del éxito, fiada en el buen fondo de su hermano y en la virtud y la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le había hablado de las prácticas religiosas, Álvaro había respondido con alguna invectiva grosera contra los clérigos de Peñascosa; a unos los consideraba idiotas, a otros malvados; de todos se reía a mandíbula batiente. Pero ¿qué podía decir de este muchacho tan bueno, tan estudioso, de costumbres tan puras y austeras?

Él no estaba tan confiado. A medida que se acercaba el día de la visita, sentíase más agitado y medroso. Pedía con insistencia a Dios que le diese fuerzas y valor, y preparaba sus argumentos y hasta sus frases con una atención exagerada. Una mañana, después de haber estado en oración largo rato, salió de la rectoral con paso firme, salvó la pequeña distancia que le separaba del palacio de Montesinos, penetró en el lóbrego portal y tiró del grasiento cordel de la campana. Ésta sonó a lo lejos cascada y triste. El corazón del sacerdote se contrajo, a pesar del ánimo que la oración le había infundido. Presentose al cabo de un buen rato de espera un criado anciano de semblante hosco. Al ver al excusador, sus ojos duros y penetrantes expresaron asombro.

—¿D. Álvaro está?

Tardó en contestar.

—¡Ya se ve que está!—respondió al cabo.—No sale nunca.

—¿Y se le puede ver?

—¿Por qué no?

—Pues avísele usted que el teniente cura de la parroquia desea hablar con él por encargo de su señora hermana D.ª Eloisa.

—No hay necesidad. Venga usted conmigo—replicó bruscamente.

Y después de cerrar y trancar con cuidado la puerta, echó a andar delante. No dejó de sorprenderle al excusador el aire de autoridad del viejo doméstico, y lo poco en que tenía la voluntad de su amo para recibir o no las visitas. Después de atravesar un gran patio húmedo, mal empedrado, donde crecía por todas partes la hierba, rodeado de columnas toscas de piedra manchadas de musgo, ascendieron por una escalera de piedra y tosca también, con los pasos gastados por el uso. En el piso principal salvaron un ancho corredor abierto, con el pavimento de madera, tan deteriorado que era preciso ir con cuidado para no meter el pie por algún agujero. Por todas partes se observaba un abandono extraño; las paredes sucias, descascarilladas, el suelo con un dedo de polvo, los techos agrietados: no parecía una casa habitada, sino una antigua abadía solitaria. La gran casa solariega de los Montesinos se pudría, se derrumbaba, sin que su dueño intentase en ella la menor reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En el piso segundo el criado le condujo al través de varias salas destartaladas y lóbregas, abrió al fin una puerta de cristales con visillos sucios, después de echar una mirada por el interior, dijo:

—No está aquí. Habrá subido a la biblioteca.

Vuelta a desandar lo andado. Hallaron en el corredor una puertecita estrecha, y por ella entró el criado seguido del clérigo, subiendo por una escalera de caracol más oscura y más sucia aún que el resto de la casa. Cuando iban hacia el medio, el P. Gil oyó en lo alto una tosecilla seca que volvió a apretarle el corazón de temor. La biblioteca se hallaba en una de las dos torres cuadradas que la casa tenía a los lados. Había una pequeña antesala sin mueble alguno, con puerta de madera sin pintar, charolada por el uso, que el viejo empujó, diciendo:

—Álvaro, aquí tienes al señor excusador, que desea hablarte.

El susto que éste llevaba en el cuerpo no le impidió sorprenderse de la confianza extraña del criado. ¡Un señor tan rico, tan noble, tan misterioso, tuteado por un criado!

La biblioteca corría parejas con el resto de la casa en lo destartalada y sucia. Era una gran pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas paredes estaban cubiertas a trechos de tosca estantería con libros. Éstos andaban asimismo amontonados por el suelo sin orden ni curiosidad alguna. Los había encuadernados con pasta antigua, los había también en rústica modernísima, pero todos eran víctimas por igual del descuido de su dueño y de la inclemencia del polvo. Dos ventanas de vidrios emplomados, sin cortinas, esclarecían la estancia. Una estufa moderna, cuyo tubo, sostenido por alambres, salía por un cristal roto, la calentaba. Cerca de una mesa deteriorada, cubierta por un hule todo salpicado de tinta, estaba sentado en un sillón antiguo de vaqueta un hombre cuya figura y atavío correspondían perfectamente al decorado de la estancia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el rostro pálido, nariz y labios finos, los ojos pequeños y de un color indefinible, el cabello bermejo y ralo, las manos diminutas y descarnadas. Vestía una bata usada, mugrienta, traía anudado al cuello un pañuelo de seda, y se cubría las piernas y los pies con una manta de viaje tan rapada y grasienta como la bata.

Al abrirse la puerta levantó la cabeza, y sus ojos verdosos con puntos amarillos, como los de los gatos, se clavaron en el sacerdote con una curiosidad que llegó a ser insolente por el acto de no levantarse más que a medias del sillón ni hacer siquiera una inclinación de cabeza. El P. Gil se había despojado del sombrero canal, y se inclinaba confuso y molesto bajo aquella fría y escrutadora mirada. El criado se retiró y entornó la puerta. Después de preguntarle por la salud, tardó en hallar palabras el sacerdote.

—Estará usted enterado, señor, de la desgracia que ha ocurrido hace algunos días en la mar. Unas cuantas familias han quedado sin más amparo que la capa del cielo y el de las almas caritativas. Confiado en la caridad de este pueblo, emprendí la tarea de implorarla de casa en casa. En cumplimiento de este deber y excitado por su señora hermana, me tomo la libertad de venir a pedirle a usted para las pobres viudas y huérfanos una limosna por el amor de Dios.

El dueño de la casa le contempló todavía unos instantes. Luego sacó del bolsillo una llave, abrió un cajón de la mesa, sacó unas monedas de oro y, alargando la mano, las depositó silenciosamente en la del sacerdote.

—Dios se lo pague a usted, señor—dijo éste.

No había más remedio que retirarse. D. Álvaro no decía una palabra ni le invitaba a sentarse. Pero el hacerlo sin tentar de algún modo su proyecto, le dolía tanto que permaneció inmóvil, a despecho de la mirada de despedida que aquél le estaba clavando.

—No me sorprende su generosidad—dijo.—Su señora hermana me había hecho muchos elogios de su corazón, y veo que no estaba equivocada.

—Supongo que a nadie más que a mi hermana habrá usted oído hacer elogios de mi corazón.

La voz del mayorazgo de Montesinos era singularmente armoniosa y dulce, y contrastaba notablemente con lo inarmónico y triste de su figura. El P. Gil, que era la rectitud personificada, quedó un instante suspenso.

—En efecto, a nadie he oído hacer elogios de usted más que a su hermana—dijo al cabo, con naturalidad.

Montesinos no pareció disgustado con esta respuesta, pero sus ojos brillaron con más curiosidad, y volvió a examinar atentamente al clérigo de los pies a la cabeza.

—Como los elogios de mi hermana no tienen valor alguno... saque usted la consecuencia.

Una levísima sonrisa apuntó a sus labios al pronunciar estas palabras.

—Para juzgar a los hombres no me atengo al juicio de los hombres, sino al de Dios. ¿Quién sabe la bondad o la maldad que pueden ocultarse en el fondo de un alma? Hasta ahora lo único positivo que sé respecto a usted, señor, es que no he llamado en vano a su puerta, es que los huérfanos desvalidos bendecirán su nombre y su corazón.

Los ojos del caballero se desviaron bruscamente del clérigo y expresaron malestar.

—El dar una limosna más o menos crecida nada tiene que ver con la bondad del corazón. Damos lo que nos sobra. ¿Está usted seguro de que si el dinero que acabo de darle me hiciese falta se lo daría?

—No, señor: de lo que estoy seguro es de que haría usted bien en darlo aunque le hiciese falta—respondió gravemente el sacerdote.

El aristócrata le miró aún con más interés y quedó unos instantes pensativo. Luego alzó los hombros con indiferencia.

—¡Ps! Yo no sé hasta qué punto es eso cierto. Suponiendo que mi dinero sirviese para que vivan esos huérfanos, no es gran favor el que les hago. Es más; si se considera lo que indudablemente les espera en esta vida, puede asegurarse que les causo un terrible mal... Vivir abrumados de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y por fin de fiesta quizá una muerte aterradora como la de sus padres allá entre las olas embravecidas. ¡Hermoso porvenir! Bien pueden darnos las gracias esos pobres chicos por la felicidad que les preparamos.

—Todo hombre tiene un destino que cumplir sobre la tierra.

—Conozco perfectamente ese destino. Padecer los innumerables dolores que la naturaleza y nuestros semejantes nos proporcionan.

—Y si los padecemos con paciencia y los encomendamos a Dios, lograr la recompensa reservada a los buenos.

D. Álvaro hizo una mueca de desdén, y levantándose de la silla con señales de impaciencia, tendió la mano al sacerdote.

—Señor excusador, nuestra conversación, si se prolongase, podría convertirse en disputa. Siempre es mala educación disputar con las personas que vienen a visitarnos, pero en este caso, tratándose de un sacerdote, sería una verdadera ofensa.

—Diga usted cuanto se le ocurra, señor. Mi deber es pregonar la verdad sin temor a las ofensas.

El caballero volvió a mirarle esta vez con una benevolencia compasiva, y acercándose a él y poniéndole una mano sobre el hombro, le preguntó sonriendo:

—Vamos a ver, señor cura, si usted fuera Dios, ¿haría un mundo tan perverso como éste?

—Esa pregunta más parece una burla...—respondió con señales de tristeza y disgusto el clérigo.

—¡Lo ve usted cómo se ofende!... Lo que yo pretendo preguntarle es si, teniendo usted en su mano fabricar un mundo bueno, poblado de seres felices, eternamente felices, crearía usted por capricho otro lleno de dolores, de tristezas, de amarguras, daría usted vida a unos pobres seres, malos y buenos, por el gusto de recompensar a los buenos y castigar a los malos.

—Dios no ha creado el mundo malo, sino bueno. Fue el primer hombre quien se acarreó todos los dolores con su desobediencia.

—¡Ah, sí! El mito de la manzana. Yo no le creo a usted capaz, señor excusador, de un capricho tan ridículo. ¿A qué conducía el reservar esa manzana, sobre todo conociendo el carácter caprichoso de Eva y la debilidad de Adán por ella? Pero dando por supuesto que esos dos merecieran castigo, ¿qué tenemos que ver nosotros con su delito? Si una persona le agraviase, ¿sería usted capaz de vengarse en sus hijos y sus nietos? No lo creo. Principiaría usted por perdonar al ofensor, y si no le perdonaba, al menos se guardaría de causar ningún daño a sus hijos. Vea usted, por lo tanto, cómo me veo en la precisión de considerarle a usted mejor persona que Dios.

Una ola de sangre subió al rostro del presbítero. El estupor, la indignación, le trabaron la lengua.

—Eso es mofarse indignamente de las cosas más santas—articuló al fin.—Me sorprende que habiendo usted recibido una educación cristiana haya llegado a tal extremo de impiedad.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro macilento del hidalgo.

—Efectivamente, he recibido una educación cristiana... al menos según se ha entendido hasta ahora el cristianismo. Mire usted, señor excusador, yo he tenido un padre que era como Dios. Por la más leve falta, hija de mi inexperiencia, de mi temperamento, de mi edad, me imponía un castigo bárbaro, cruel. Si me dormía durante el rosario, azotes; si cometía tres equivocaciones en la lección, azotes; si me caía un borrón en la plana escrita, azotes; si corría por la casa, azotes; si manchaba el vestido, azotes. ¡Siempre azotes!... Y no se tomaba siquiera la molestia de dármelos por su mano: encargaba de la ejecución a Ramiro, ese criado que le ha conducido a usted hasta aquí, el cual, cristianamente, me los propinaba hasta hacerme sangre. Pero todavía mi padre era mucho mejor que Dios en este punto; porque los azotes de Ramiro duraban un rato, mientras que los que los diablos nos han de dar durarán eternamente, según aseguran ustedes...

La sonrisa que vagaba por sus labios se apagó. Guardó silencio un rato: quedó profundamente ensimismado. Sus ojos, fijos en el suelo, se dilataron con expresión de terror. Por delante de ellos pasó en rauda y lúgubre visión toda su infancia. Su padre, alto, seco, con su gran nariz encorvada y cortante como el pico de un águila. Jamás le había visto sonreír. La mitad de la vida la pasaba en la iglesia, donde se dejaba caer de rodillas con un fuerte golpe que le hacía estremecer (a veces imaginaba que tenía las rodillas de hierro o piedra). Sólo le hablaba para reprenderle o exigirle el cumplimiento de alguna tarea. No tenía más amigos que dos o tres clérigos, con los cuales le oía abominar del liberalismo y la impiedad moderna. Se veía a él, pobre niño, enteco y enfermizo, pasando dos y tres horas arrodillado en la iglesia, sin gustar jamás el placer de correr al aire libre como los hijos de los miserables pescadores, sin tener un compañero con quien comunicar sus inocentes pensamientos. Un día igual a otro. El cielo siempre plomizo. La mar bramando tristemente en las peñas. El viento aleteando con violencia sobre los cristales. Y la casa silenciosa, lóbrega, sucia, resonando de vez en cuando con los paseos lentos, acompasados, de su padre. Veíase más tarde en Lancia estudiando la segunda enseñanza, hospedándose en casa de un clérigo del mismo temperamento y costumbres que su padre. Sus compañeros le despreciaban a causa de su debilidad, de su falta de destreza; los profesores le miraban con recelo por su carácter reservado y triste. Y por las vacaciones vuelta al lúgubre y aborrecible palacio, al austero régimen, a los eternos rezos. A pesar de sus ardientes deseos de seguir una carrera no lo consiguió. Su padre consideraba indigno del mayorazgo de la casa de Montesinos el escribir un pedimento o trazar una carretera: a los abogados los llamaba curiales, a los ingenieros canteros, a los profesores maestrillos. La milicia le agradaba, pero sus ideas tradicionalistas le impedían mandar a su hijo a servir a un gobierno liberal. No pudiendo servir a su rey con las armas, la vida de un noble debía ser levantarse temprano para oír misa, echar un vistazo a su hacienda, platicar un rato con el mayordomo, jugar al tresillo con los curas, dar luego con ellos un paseo, rezar el rosario, confesarse a menudo y dar constantemente ejemplo a los plebeyos de virtud y religiosidad, sin rozarse jamás con ellos. Pero a pesar del gran respeto que mostraba a los sacerdotes y de besarles la mano en público, Álvaro recordaba un pormenor que siempre le había llamado mucho la atención: a la hora de comer los criados servían antes al amo y a su hijo que al capellán de la casa. El orgullo nobiliario latía aún más vivo en el corazón de su padre que el sentimiento religioso; pero sabía aliarlos tan bien en el fondo de su conciencia, que había llegado a creer que la religiosidad era una cualidad privativa de los aristócratas, y que por ella se distinguían mejor que por ninguna otra del vulgo despreciable.

Veíase en Peñascosa haciendo la vida de hidalgo desocupado, sometido como un niño de diez años a la autoridad despótica de su padre. Su espíritu imaginativo, soñador, no podía soportar aquella inacción. Comenzó a leer a hurtadillas novelas que le proporcionaba una señora que tenía estanquillo en la calle del Cuadrante. Subió después a la biblioteca, donde un clérigo, hermano de su abuelo, que pasó por sabio en vida, había dejado gran copia de libros, y comenzó a devorarlos. Leyó a Platón, a Descartes, a Santo Tomás, a Fenelón, etc.

Se hizo sabio. Pero al entrar la luz de la ciencia en su espíritu, también se deslizó la duda. ¡Qué tormentos tan crueles le causó! En su vida, triste, monótona, sólo la religión, el pensamiento de Dios, la promesa de la inmortalidad, de otro mundo más justo y más hermoso endulzaba un poco el amargor de las horas. Y he aquí que repentinamente desconfiaba de esta dulce promesa, dudaba de las verdades todas de la religión, hasta de la existencia de Dios. En un principio anduvo receloso, sombrío, temiendo que su padre le descubriera en los ojos sus abominables pensamientos. Después, atormentado cruelmente, abrumado por ellos, ansioso de hallar remedio a su mal, de una mano que le sostuviese antes de caer en el abismo de perdición, tuvo el valor un día de arrojarse a los pies de su padre y confesárselos. El viejo aristócrata quedó aterrado, y para remediar la locura de su hijo (así la calificó) no halló otro remedio que aconsejarle la penitencia, los ayunos, las mortificaciones de todo género. Para él estas dudas no provenían más que de rebeliones de la carne, a la cual había que combatir con la humildad y las disciplinas.

Saltó pronto la barrera de la duda y cayó en el campo de la incredulidad. Desde entonces, ni un momento de vacilación; más y más convencido cada día de que este mundo no valía nada, y que fuera de este mundo no había que esperar otra cosa. Murió su padre y se confesó con remordimiento que no lo sentía. Respiró con ansia y delicia el aire de la libertad. Hubo un momento en que la vida le pareció menos horrible; el mundo tuvo para él una dulce sonrisa. Fue cuando, el bolsillo bien repleto, se marchó a Madrid. Primero la ciencia le ofreció un consuelo y un entretenimiento. Se puso al corriente con avidez de las últimas ideas en filosofía, en historia, en ciencias naturales; alternó, discutió con los hombres más eminentes de España. Y tuvo la satisfacción de observar que allá en sus soledades de Peñascosa, meditando sobre los libros antiguos, había llegado a los mismos resultados que los filósofos modernos. Después vino el amor: un sueño dulce y embriagador, una música penetrante y divina que le suspendió algún tiempo sobre la miseria de la tierra, que le reconcilió con la vida y despertó en su corazón la esperanza infinita, la ilusión de la dicha inmortal. La caída de aquel mundo luminoso, encantado, risueño, fue bien cruel; una de las páginas más negras que registra la historia de los hombres, ¡donde las hay tan negras!...

—Por lo demás—dijo saliendo de su éxtasis doloroso y pasando la mano de esqueleto por la frente,—yo he tomado bastante tiempo en serio esas cosas que usted cree. Me ha costado mucho dolor, muchas horas de insomnio, muchas lágrimas separarme de ellas. Déjeme usted que a cambio de tantas lágrimas me ría ahora un poco.

—De modo—dijo el sacerdote con mal reprimida agitación—que, olvidando por entero las creencias que usted mamó, la santa religión de sus padres, se declara usted enemigo de Dios...

—Sí, señor, enemigo de Dios y de los hombres... Es decir, de Dios desgraciadamente no puedo serlo, porque no existe. Si existiera, a juzgar por sus obras, sería un Dios bien perverso. No pudiendo serlo de Dios, lo soy de los hombres, no para hacerles daño, sino para huir de ellos como se huye de las bestias feroces. Desde que nací me han hecho experimentar muchos dolores. Sin embargo, nunca intenté vengarme de ellos, porque sé muy bien que son malvados porque así los ha creado la Naturaleza o el Destino; hacen daño como lo hacen las fieras, por el egoísmo que ruge dentro de todo ser animado. El mundo está organizado para devorarse los seres, unos a otros. Lo que pasa entre los peces pasa entre los hombres; sólo que nosotros no abrimos la boca y nos tragamos la víctima de golpe, lo cual, después de todo, es una ventaja para ella, sino que la vamos devorando a pequeños mordiscos, arrancándole la carne hasta dejarla en esqueleto... ¿No me ve usted a mí?—añadió con sonrisa feroz apuntando a su rostro.—El pez que me ha comido lo entendía. No me ha dejado más que los huesos.

El P. Gil, cada vez más aterrado, se atrevió a preguntar:

—¿Y usted piensa que no hay sobre la tierra ningún hombre honrado, ninguna mujer virtuosa?

—Sí los hay, pero son productos excepcionales de la Naturaleza; mejor dicho, son aberraciones de un organismo creado para el mal. Los hombres buenos sufren las consecuencias de toda aberración; no pueden subsistir. Todos los animales nacen con defensa para la lucha en el combate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen garras, otros tienen cuernos, otros tienen alas para huir: el hombre bueno es el único animal que carece de medios de defensa. No siendo apto para luchar, está fatalmente destinado a perecer. Es la pobre mosca que se enreda en la inmensa tela de araña labrada por los bribones que componen la inmensa mayoría del género humano. El consuelo único que el hombre bueno puede tener es que sus verdugos tampoco son felices. La vida es un gran fraude para todos, para los buenos y para los malos. Dentro del universo se oculta una fuerza astuta, perversa, que nos impulsa, que nos dirige hacia un fin desconocido para nosotros, en el cual nada tenemos que ver. Para este fin misterioso necesita de nosotros y nos obliga a reproducirnos. No le importa que seamos desgraciados. El individuo para ella es nada, la especie lo es todo. Obra como el dueño de una ganadería, que antes de matar un buen caballo que ya no sirve, le obliga a dejar una cría. Preocupada únicamente con la perpetuidad para que no le falten jamás instrumentos, nos engaña con el señuelo del placer, de la ambición o del orgullo. Usted mismo, que no obra por ninguno de estos móviles, es igualmente un instrumento de la especie. Al preocuparse con la suerte de esos pobres huérfanos, al buscar con afán los medios de que vivan, obedece usted inconscientemente las órdenes de esa fuerza malvada. Cuando no le basta el atractivo del placer para la conservación de la vida, apela al sentimiento de compasión que ha puesto dentro de nosotros.

El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sintió un estremecimiento de horror al oír aquella interpretación monstruosa del sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedió una viva irritación. Necesitó un gran esfuerzo de voluntad para no romper en insultos contra el blasfemo.

—Todo eso está muy bien—dijo dominándose y sonriendo forzadamente;—pero usted me dispensará que le haga una pregunta. En ese pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo brutal (¡perdón por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, ¿está usted seguro de que todo depende de la razón fría y serena? ¿No habrán influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos desgraciados de su vida?

Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le había herido en lo vivo.

—¡Ah, la eterna cantilena!—exclamó impetuosamente.—Cuando no se puede atacar una teoría, se escudriñan los móviles del que la sustenta. ¿Qué pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraíso, que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende en un todo de mis desgracias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, criatura desdichada, a calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que pudiendo haberme hecho feliz como a los demás me hizo desgraciado? Todo el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: ¿Cuándo la existencia te pidió la nada?... Por lo demás—añadió adoptando un tono despreciativo, insultante,—desde que usted ha entrado por esa puerta supe a lo que venía. No quiero discutir con usted, porque me aburriré. Estoy persuadido de que la religión en que usted cree no es más que un conjunto de hipótesis inocentes como las de todas las demás religiones inventadas por la miseria y la cobardía de los hombres, que no pueden resignarse a morir buenamente como los demás seres animados, como nos lo enseña irrefutablemente la experiencia, que no pueden convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por capricho, sino después de haber estudiado y meditado el asunto largamente, después de haber seguido paso a paso con cuidado la historia de las religiones más importantes. Si hubiera de elegir alguna entre ellas, no sería ciertamente el cristianismo, que es una de las más tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los nervios. Ni Santo Tomás, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me han convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencerá. Usted no tiene más respetabilidad para mí que la que le preste su carácter y sus obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos me río a carcajadas.

Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de arriba abajo; pero estos ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lágrima en los del P. Gil.

—Dispénseme usted, señor excusador—se apresuró a decir, acercándose a él,—si le he ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con facilidad...

—Adiós, señor, adiós—respondió el P. Gil, estrechando la mano que Montesinos le tendía.—A mí no me ha ofendido... Es a Dios a quien...

—Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...—replicó sonriendo.—Hasta la vista. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa a su disposición.

V

Salió de aquella casa maldita en un estado de confusión y tristeza indescriptibles. No quiso ir a la de D.ª Eloisa, que le esperaba impacientemente. Cuando más tarde la vio, manifestole su fracaso en cortas y secas palabras.

Durante algunos días hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo. Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y día en sus oídos, le perseguían, le dolían como crueles latigazos. Conocía algunos razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de teología traían, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba siempre victoriosamente. Sabía de la existencia de los racionalistas, pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jamás había visto expresado de un modo tan cínico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien estuviera verdaderamente convencido de que Dios no existía.

Disipada, no obstante, al cabo de algún tiempo la impresión, no pudo menos de pensar que se había amilanado pronto. Demasiado sabía que la oveja no se le había de entregar de buenas a primeras, que iba a encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraería con cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué abatirse repentinamente? ¿Por qué darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su habitual y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de las frases irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atrevía a intentar de nuevo aquella apetecida conversión.

Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos más obstáculos encontraba en el camino, más vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los santos había visto que jamás se daban por vencidos en su lucha con el pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez la acometían con creciente ardor, fiados únicamente en la ayuda de Dios. Debía hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestaría. Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo pródigo, hasta destruir este foco de impiedad que podía contagiar los corazones sanos de Peñascosa, hasta remover aquella piedra de escándalo.

Quedó decidido en su pensamiento que volvería de nuevo a la carga. Pero esta vez iría mejor apercibido; conocería perfectamente todos los argumentos de los herejes y llevaría preparada la réplica. Comunicó con su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la conversión y le rogó que pidiese al prelado un permiso para leer libros prohibidos. Tardó poco en mandárselo el rector, pero en la carta que lo acompañaba no aparecía muy entusiasmado con la empresa de su discípulo. El ascético sacerdote gozaba más con perfeccionar las almas creyentes y buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras del pecado.

Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil fue cierta Vida de Jesús, muy popular a la sazón entre los impíos y de la cual se hablaba siempre con desprecio mezclado de terror en el seminario. La leyó con profundo dolor y tristeza. Nuestro Señor Jesucristo era considerado por el hereje que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le manifestaba exagerada admiración, pero era para demostrar mejor su condición exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con más fruto. El libro estaba atestado de patrañas. «El cristianismo, decía, es un fenómeno histórico, y como tal debe ser estudiado históricamente.» Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo significa la redención del género humano por el Hijo de Dios; es la revelación de la verdad divina. El autor pedía que se examinasen los relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se juzga cualquiera otra tradición, que no se impusieran de antemano a la crítica los resultados y se la dejase libre de hipótesis preconcebidas. Esto era otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar a la fe, a la palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los argumentos del autor racionalista, y deshaciéndolos.

Preocupado con esta discusión interior y ganoso de exteriorizarla, como acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espíritu, se aventuró a hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibió muy bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de su grosería pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo ocasión de manifestarle que tenía muy buenas noticias de su carácter, que conocía las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruborizó con estos elogios y respondió, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle de la verdad de la revelación. «¿De cuál revelación?—le había preguntado el hidalgo sonriendo también con benevolencia.—¿Cómo de cuál revelación?—Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cristianos, los buddhistas, los mahometanos, los judíos, todos creen su religión revelada por Dios.—Hablo de la única verdadera, de la revelación de Nuestro Señor Jesucristo.—¿Y en qué se funda usted para creer que ésa es verdadera y las otras falsas?—En que las otras están llenas de cosas monstruosas, irracionales—respondió imperiosamente el clérigo,—en que sólo la religión del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro sentimiento y nuestra razón.—¡Tenga usted cuidado, señor excusador!—exclamó el mayorazgo soltando una alegre carcajada—que está usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razón, que está usted proclamando la supremacía de ésta, lo cual es una proposición herética.—¿Cómo? ¿cómo?—preguntó aturdido el sacerdote.» Pero Montesinos cambió la conversación bruscamente. No se atrevió a insistir.

Le costó gran trabajo tragar aquella píldora. Estuvo una porción de días sin poder pensar apenas en otra cosa. La idea de que sin darse cuenta de ello pudiera incurrir en algún error condenado por la Iglesia le inquietaba vivamente. Indudablemente el leer libros heréticos, el pensar demasiado en los fundamentos de la religión era parecido a jugar con fuego. Mejor haría en dejar los dados quedos y a Montesinos que se lo llevase el diablo. Contra esta resolución clamaban todos los santos que vivieron en el mundo y los mandamientos divinos que ordenan amar al prójimo como a uno mismo. Por otra parte, presentía que su agitación interior no iba a cesar. Las ideas de la Vida de Jesús y las que había oído a Montesinos bullían confusamente en su cerebro, y no se calmarían repentinamente por un esfuerzo de la voluntad. ¿Por qué no había de ahondar en el examen de los orígenes de la religión cristiana? ¿Por qué no había de conocer hasta en sus últimos pormenores los datos de la discusión, a fin de confundir, de pulverizar a cualquier racionalista que se le presentase, por sabio que fuera? En esto no había peligro alguno. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha acerca.

Dedicose con ardor, con frenesí se puede decir, al estudio. Montesinos, con quien empezó a intimar, puso a su disposición la biblioteca. Leyó sin tregua, con atención profunda, los escritos más sobresalientes acerca de las investigaciones críticas sobre el cristianismo primitivo, sobre los libros del Nuevo Testamento y la historia de los dogmas. Bebió a grandes tragos el veneno de la herejía sin percibir su sabor, con la esperanza de que al agotar el vaso quedaría perfectamente tranquilo, seguro para siempre de la insensatez y maldad que encerraba todo lo que se opusiera a la Iglesia de Cristo. Mas ¡ay! no sucedió así. Al cabo de algunos meses la duda levantó su cabeza hedionda en su espíritu atribulado. Estuvo muchos días sin confesárselo, procurando engañarse a sí mismo, desviando los ojos para no verla. Llegó un momento, sin embargo, en que ya no fue posible. La infame se había ido enroscando cautelosamente a su alma, se había apoderado insensiblemente de toda ella. ¡Qué estupor! ¡Qué horrible desconsuelo!

La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios sugiere es la infalible verdad. En la Biblia no pueden existir narraciones falsas o contradictorias. Esto se repetía el sacerdote a cada instante, hasta en voz alta cuando se hallaba solo.

Si la Escritura no fuese de origen divino, ¿cómo se explica que Isaías pudiese profetizar que Jesús nacería de una virgen y que había de ser en Belén? ¿Cómo pudo el mismo Isaías, siglo y medio antes de Ciro, señalar a éste como libertador de los judíos? ¿Cómo pudo Daniel, bajo el imperio de Nabucodonosor, profetizar el nacimiento de Alejandro Magno y muchas particularidades de su historia?

¿A quién dirigía con violencia el P. Gil estas contundentes preguntas hallándose solo? A un heresiarca invisible que le replicaba silbando como una serpiente: «Los diferentes libros de la Biblia son obra de los hombres, como todos los demás que se atribuyen origen divino, el Corán, los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de diversos géneros y épocas. Los libros atribuidos a Moisés y a Samuel son compilaciones muy posteriores, en las cuales se han introducido fragmentos de diferentes épocas. Lo mismo pasa con los libros del Nuevo Testamento. Isaías no ha pensado con su hijo de virgen para nada en Jesús. El último tercio de las profecías de Isaías procede de un contemporáneo de Ciro y todo el libro de Daniel de un contemporáneo de Antioco, por lo cual muy bien pudieron profetizar lo que ya había sucedido.»

El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los cabellos, horrorizado de aquella disputa sacrílega. ¡Él, un ministro del Altísimo, buscando reparos y contradicciones a las palabras del Espíritu Santo! Merecía que la tierra se abriese repentinamente y se lo tragara. Aquellos libros infames que le había prestado el hereje Montesinos tenían la culpa. Arrebatado de santa indignación contra ellos, sin reparar en que no le pertenecían, los cogió todos un día, hizo un montón con ellos en el patio, y le dio fuego. D. Miguel, que estaba muy lejos de sospechar lo que pasaba por el alma de su teniente, aplaudía desde el balcón con fuertes risotadas el auto de fe.

Quedó más tranquilo desde que no tuvo en la habitación aquellos perversos enemigos de su salvación. Dejó por completo la lectura y entregose de nuevo a los deberes del confesonario, que tenía algo abandonados. Y procediendo con sus dudas de crítica histórica como los santos antiguos procedían con las tentaciones de la carne, comenzó a mortificarse despiadadamente. Él, que hasta entonces se había mostrado débil y cobarde en esta vía de perfección, siguiola ahora con arrojo, ansioso de pagar con los dolores del cuerpo la rebelión escandalosa del espíritu. Mucho le confortó y ayudó en este trance el ejemplo de la piadosa hija de Osuna. Cada día descubría en el alma pura de su penitenta nuevos tesoros de bondad y perfección cristianas. Creía estar en presencia de una de aquellas elegidas del Señor, consagradas por la Iglesia y adoradas por los fieles de toda la cristiandad: Santa Teresa, Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Eulalia, la beata Margarita de Alacoque. Las mismas particularidades que había leído en la historia de estas santas, observábalas ahora en su hija de confesión; la misma sed de penitencia, iguales escrúpulos y temores, la misma humildad, los mismos favores divinos.

Porque Obdulia, llena de vergüenza, como si se acusara de un pecado grave, temblando de emoción, le había confesado que de vez en cuando experimentaba desmayos hallándose en oración, caía al suelo repentinamente, y en los breves momentos en que permanecía sin sentido, veía unas veces a Jesús entre nubes rodeado de ángeles, escuchaba una música divina, embriagadora; otras veces notaba que un ángel grande, fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y trasparentes, se acercaba a ella y le ponía con dulzura la mano en la cabeza, diciéndole: «Persevera;» otras, las más, percibía solamente una gran claridad, que la bañaba toda de placer, sin ver a nadie; pero se sentía acompañada como si todos los santos y santas del cielo vagasen invisibles a su alrededor. Al principio, como confesor prudente, mostró no dar importancia a aquellas visiones: podría muy bien estar equivocada; el diablo finge muchas veces tales escenas para engañar a las almas incautas, deslizando en ellas el veneno de la vanidad y la soberbia. Obdulia persistía, sin embargo: los síncopes eran cada vez más frecuentes y prolongados, las visiones más intensas; aseguraba con mal reprimido fuego que veía a Jesús, que veía al ángel. El P. Gil dudaba siempre, o fingía dudar, haciendo un gesto desdeñoso cada vez que la joven relataba con labios temblorosos aquellos favores del cielo. Sólo había un signo seguro para reconocer si venían directamente de Dios; cuando el alma se perfecciona con ellos a tal punto que un levísimo pecado venial le causa tanto dolor y tantas lágrimas como el más nefando y mortal. Ahora bien, en ella todavía existían las rebeliones de la carne, todavía apuntaba el amor propio. No podía juzgar divinos aquellos deslumbramientos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo ante esta actitud severa y reservada.

Pero poco a poco el sello que el sacerdote pedía para reconocer el origen celestial de sus visiones fue apareciendo. El espíritu de la joven se acendró de todas las impurezas. Su devoción a las prácticas religiosas, sobre todo al sagrado pan eucarístico, era cada día mayor. Se deshacía, se derretía en amor divino, rompiendo muchas veces en exclamaciones de entusiasmo, en frases incoherentes, como si estuviera loca. Y con esto, su humildad y sumisión tan perfectas, que bastaba una mirada de su confesor para confundirla, para hacerle temblar y pedir perdón por los actos más inocentes. A la postre no tuvo más remedio aquél que inclinarse ante la voluntad de Dios y confesar su presencia. Lo hizo con gran placer. Después de sus sacrílegas dudas, estaba ansioso de ver los testimonios de la omnipotencia y de la bondad infinitas; quería anegarse en el océano de lo inexplicable, de lo sobrenatural, para escapar a la crítica minuciosa y perversa que todo lo marchita. Considerose feliz, libre de ella, teniendo a su lado tan claro ejemplo del poder milagroso de Dios. Creyó que así le advertía para que no volviese a caer en la tentación, que le enviaba un faro para esclarecer las tinieblas de su espíritu. Recordaba siempre lo que le había pasado al P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto ayudó en el camino de la virtud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. Y en el fondo de su corazón nació un gran respeto a par que una inmensa gratitud hacia aquella piadosa mujer, que le libertaba de las garras del demonio. Escuchó con atención el prolijo relato de sus visiones, y armado de santa emulación emprendió de nuevo con más ardor, si no con más fe, el camino de las mortificaciones, que había abandonado mientras gimió en la servidumbre de la duda.

Obdulia, que durante los últimos meses le había visto con pena distraído, sintió gran alegría al hallarle de nuevo atento, solícito, escuchándole horas enteras desahogar las menudas preocupaciones de su espíritu sin impacientarse. Era un retorno feliz a la dulce confianza, a las pláticas místicas, a las familiaridades de antes. Y como suele acontecer en casos semejantes, se apretó más el lazo entre ellos; esto es, la confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo de poco tiempo consultaba con su penitenta, no sólo los asuntos piadosos, sino también los domésticos; era su consejera espiritual y temporal. La joven devota penetraba todos sus pensamientos, a veces antes de formularse con precisión en su cerebro.

—Padre, hoy está usted de mal humor; es porque no ha podido decir misa en el altar de la Concepción como otras veces.—Tiene usted ojeras; bien se ve que se ha pasado toda la noche rezando.—Ya sé por qué dijo la misa el domingo más tarde: esperaba que llegase doña Eloisa.—Ese alzacuello le aprieta a usted mucho. Está usted incómodo. ¿Quiere que yo se lo arregle?...

Sus vidas se iban compenetrando insensiblemente. No sólo tenían un rato de plática casi todos los días en el confesonario, sino que por la tarde se veían en la iglesia, al rosario, y por la noche también a menudo en casa de D.ª Eloisa. Además, de vez en cuando, para algún motivo piadoso, como una novena, una reunión de la cofradía, etc., la joven iba a la rectoral a consultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, porque tenía gran miedo a D. Miguel. Se le había metido en la cabeza que éste la miraba de mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le faltase razón para suponerlo.

Esta confianza llegó a pecar de excesiva en algunas ocasiones. Al menos así lo pensó el P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando algunas familiaridades que le chocaban, y en ocasiones llegaron a turbar momentáneamente la limpidez de su conciencia. Un día le habló de sus apuros económicos. El padre le daba poco dinero para los gastos de la casa, y como tenía el vicio de la caridad, de dar limosnas a troche y moche, había contraído deudas, que la mortificaban; sobre todo había una tendera a quien debía veinte duros, que la molestaba a todas horas y le amenazaba con decírselo a su papá. ¿No podría él facilitarle por poco tiempo esta cantidad? El clérigo tampoco los tenía, pero se los pidió a su madrina y se los entregó ruborizado. Ella los aceptó sin vergüenza alguna, como la cosa más natural. Otro día le llevó a la iglesia el paquete de cartas del novio que había tenido para que las leyese. Más adelante le pidió el escapulario que traía al cuello, y tanto le instó y tales pretextos adujo, que concluyó por obtenerlo. Al día siguiente le confesó, sonriendo, que no había sido para ponérselo a una amiga que acababa de morir, sino para traerlo ella sobre el pecho. Estas cosas herían e inquietaban vagamente al joven sacerdote. Las bromitas que la beata se permitía de palabra también rebasaban algunas veces los límites convenientes. Un día le dijo repentinamente:

—¿Sabe usted lo que estoy pensando, padre? Que el ángel que viene muchas veces a ponerme la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy parecidos a los de usted.

Y soltó la carcajada al decirlo. El clérigo rió también ruborizándose. Luego quedó serio y de mal humor.

Un suceso extraño, que escandalizó a la villa, vino de un modo indirecto a estrechar aún más su relación y a inquietar al P. Gil. Cierta noche se despertó despavorido con el ruido de una detonación dentro de casa. Levantose de un salto y acudió corriendo a la habitación de D. Miguel, donde se figuró que había sonado. Al llegar a ella quedó petrificado de terror ante la escena que apareció a su vista. Un hombre se revolcaba en medio de la habitación en un charco de sangre, mientras D. Miguel, de pie sobre la cama, agitaba triunfante una pistola gritando con sonrisa feroz:—¡Ya cayó uno! ¡Ya cayó uno!—La mortecina luz de una bujía tirada en el suelo alumbraba aquella fatídica escena.

El caso había sido que, hallándose el párroco en la cama, un hombre había penetrado en su dormitorio, le había despertado y le intimó para que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmutarse echó mano al chaleco, sacó la llave y la arrojó al medio de la habitación. Luego, mientras el ladrón la recogía, sacó una de las pistolas que tenía debajo del colchón y le descerrajó un tiro dejándole tendido. La bala le había penetrado por los riñones. El excusador, dominando su espanto, se apresuró a prestarle los auxilios espirituales. Sólo tardó tres horas en expirar.

El suceso se comentó mucho y de muy diverso modo en el pueblo. Algunos aprobaban la conducta del cura. Estaba en su derecho defendiéndose de un facineroso que Dios sabe lo que haría con él después de robarle. Otros, los más, la censuraban con acritud. Un sacerdote no puede obrar como los demás en tal caso. Es un ministro de Jesucristo y debe proceder siempre con caridad aunque sea en legítima defensa. El P. Gil estaba profundamente indignado, aunque guardaba silencio. Un sacerdote, antes que ensangrentar sus manos, no sólo debía dejarse robar, sino matar. Nuestro Señor así lo había enseñado cuando San Pedro cortó la oreja al soldado que venía a prenderle. Obdulia traslució bien los sentimientos que le agitaban y le aconsejó que dejase la rectoral y se estableciese en otra casa.

—Usted ya no puede vivir ahí después de lo que ha pasado, padre. El susto que ha llevado ha sido muy fuerte, y todos los días tiene que renovarse la impresión viendo el sitio.

No era esto precisamente lo que quería decir, sino que un hombre verdaderamente cristiano y virtuoso debía de padecer mucho viviendo al lado de quien acababa de dar muerte violenta a un semejante. Pero si no lo decía con las palabras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa hacía mucho tiempo. La compañía del párroco le era molesta, como ya sabemos. Ahora, después del asesinato (así lo calificaba su conciencia), se le había hecho insoportable. D. Miguel había incurrido en la censura de la Iglesia, se le retiraron las licencias para confesar y decir misa: mientras llegase la rehabilitación pasaría una temporada. Aprovechando aquellos momentos de flaqueza del terrible cura, con la ayuda de su madrina alquiló una casita no muy lejos de la iglesia y se trasladó a ella. Una antigua criada de D.ª Eloisa vino a servirle y a ser su ama de gobierno.

Libre ya del temor al párroco, Obdulia empezó a frecuentar la nueva casa del excusador y a ejercer en ella una alta vigilancia. Enterábase de la ropa blanca, del estado de las sotanas, de los alimentos que más placían al padre, de las particularidades de su cama. Algunas veces venía a ayudar al planchado o llevaba para aplanchar en su casa aquellas cosas más delicadas, como las albas y los roquetes, recosía las medias que se habían roto, quitaba las manchas de las sotanas, etc. Éstas eran las tareas ordinarias. Pero también se ocupaba en alguna obra más fina, en bordarle un amito, o unos corporales o cualquier otra prenda de las vestiduras sacerdotales. D.ª Josefa, el ama de llaves, no aceptaba de buena gana este protectorado; pero como aún no había echado raíces hondas en la casa y observaba la estrecha amistad que aquella señorita llevaba con su amo, no se atrevía a protestar. Contentábase con murmurar de ella cuando iba a visitar a su antigua señora y llamarla entrometida y tonta. Más adelante fue tascando el freno de peor voluntad aún y concluyó por desbocarse, como ya tendremos ocasión de ver. Tampoco el P. Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la atmósfera de atenciones delicadas, de afecto y veneración en que la joven le tenía envuelto. Por más que la profesaba viva admiración y tenía en cuenta sus consejos, sentía un vago malestar cada vez que la veía ocupándose del cuidado material de su persona. Le parecía a él que esto era rebajar el carácter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar sus almas, para ayudarse en el camino de la perfección. No tenía noticia alguna de que Santa Teresa repasase las medias de San Juan de la Cruz. Además, no se comprendía muy bien el desprecio de la carne, que tan bien practicaba ella, con las comodidades de que pretendía rodearle. ¿Por qué había de ser tan severa para ella y tan blanda para él? ¿Por ventura, le suponía tan débil y cobarde que no podía vivir sin tales cuidados?

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