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La Caravana Pasa, Obras Completas Vol. I

LIBRO TERCERO

Reading edition

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E recibido un libro importante y curioso, de M. Henri d'Alméras, Avant la Gloire. El autor ha tenido la amabilidad de enviarme un ejemplar antes de que aparezca en las librerías. Es un volumen que trata, en un estilo sin penachos, sencillo, a veces malicioso y casi siempre espiritual, de los comienzos de muchos grandes nombres de las letras francesas contemporáneas. Grandes nombres es mucho decir. Hay en la obra mezcla de grandes y medianos. Lo mismo que «gloria» habría quedado mejor sustituída por «celebridad». El autor ha averiguado con paciencia e interés los detalles de los comienzos y primeros pasos de los escritores que figuran en su obra, desde que, completamente desconocidos, hicieron los iniciales esfuerzos para lograr renombre. Los escritores son de diferentes tamaños. Los hay enormes, como Zola, y chatos, como Ohnet. El libro es ameno y logra que el lector se interese por más de un precioso dato.

¡Los comienzos! Es decir, los sueños, las esperanzas, el entusiasmo. Esos principios son más bellos muchas veces que las más triunfantes victorias. Siquiera porque toda esperanza es hermosa, y todo logro quita el placer de esperar y da el cansancio humano de lo conseguido. La posesión de la gloria es lo mismo que la posesión de la mujer.

El libro de M. D'Alméras está lleno de anécdotas, que son la sonrisa de tantas luchas. Él ha buscado documentarse en conversaciones, lecturas y recuerdos. Comienza con Alejandro Dumas, hijo, de cuyo nacimiento habla su padre en sus Memorias con estas palabras: «El 29 de Julio de 1824, mientras el duque de Montpensier venía al mundo, a mí me nacía un duque de Chartres, plaza de los Italianos, número 1.» Cuenta sus primeros años de colegio, sus versos, porque hizo versos. Su entrada en el mundo, muy joven, y estos paternales consejos, muy del viejo Dumas: «¡Ya eres hombre! Escucha mis instrucciones. Cuando se tiene el honor de llamarse Alejandro Dumas, no se debe vivir como un mercachifle o como un hortera. Se come en el Café de París. Se tiene lindas mujeres y se les paga regiamente. No se priva uno de nada. Anda, hijo mío, y cuenta conmigo. En tres o cuatro años, si quieres casarte—porque al fin se llega a eso—te daré trescientos mil francos para comenzar.» Demás decir que Dumas, hijo, siguió con todo empeño el consejo de su padre, y en muy poco tiempo llegó a tener cincuenta mil francos de deudas. Cuando le pidió al autor del Montecristo para pagar, aquél le contestó: «¿Cómo diablos te voy a poder dar cincuenta mil francos para pagar, yo que debo seiscientos mil?» Con todo, el hijo, que se vió en la necesidad de pedir prestado a muchos amigos, hasta en verso, murió rico y avaro.

De los Goncourt hay noticias que ya conocemos en algunas páginas autobiográficas, como las referentes a la publicación de En 18... No son de los que menos han sufrido en su iniciación, los dos hermanos Zemgano de la escritura artística. Solicitudes, fracasos, desdenes de editores, incomprensión, amarguras de toda especie acompañaron su entrada a la literatura. En cuanto a Alfonso Daudet, M. D'Alméras se ha encontrado el trabajo hecho, en el encantador Petit Chose. Mas hay otros puntos nuevos y páginas bien narradas sobre la juventud del padre de Tartarín. «El joven escritor, dice en su párrafo, había escapado, gracias a una casualidad feliz—la protección de un hombre de esprit—a la negra miseria de los comienzos, de que no se avergonzó jamás. Ya no estaba expuesto a comer con un apetito de diez y ocho años, por toda comida, un pedazo de pan y un trozo de salchichón. No corría ya el riesgo de verse echado, por un bárbaro propietario, por algunas mensualidades atrasadas, y pasar la noche—felizmente en verano—en un banco del Luxemburgo.» Y la anécdota del «paso de Fromont jeune et de Risler aîné.» Son las primeras ganancias serias que aseguran la vida. Esa novela, de una observación tan penetrante y tan conmovedora, había sido compuesta en medio del París industrial, en un cuadro material y moral que le convenía, a maravilla. »Mi gabinete, escribía el autor, años más tarde, daba sobre los verdores y los negros enrejados de un jardín. Pero más allá de esta zona de frescor y de trinos de pájaro, había la vida obrera de los barrios, la recta humareda de las usinas, el rodar de los carretones, y aún oigo sobre el pavimento de un corralón vecino el ruido de una carretilla de comercio que en la época de los regalos iba llena de tambores para niños. La vuelta, la salida de los talleres, las campanas de las fábricas pasaban sobre mis páginas a hora fija. Ni el menor esfuerzo para conseguir el color, la atmósfera ambiente; estaba lleno de ello.» Fromont jeune et Risler aîné—que la Academia debía coronar en su sesión de 15 de Noviembre de 1875—tuvo un gran éxito de Prensa y llegó muy pronto a ese número de ediciones que asegura—a veces injustamente—a un escritor el mérito de su obra. En el mes que siguió a la puesta en venta, Alfonso Daudet había sido invitado a almorzar en casa de su editor Charpentier. Este, cuando se levantaron de la mesa, le dijo en voz baja: «No os olvidéis, ante todo, antes de iros, de pasar a la caja.» Cuando él se presentó, un poco conmovido, ante la ventanilla, el cajero le entregó en luises de oro, en monedas de a cinco francos y en moneda menuda, según dese manifestado, una suma muy respetable—los primeros beneficios del libro—. Daudet salió como un loco, tomó un coche para llegar más pronto a su casa, subió la escalera rapidísimo, entró sofocado, encantado, en la pieza en que se encontraba su mujer, y después de haber arrojado a manos llenas sobre la alfombra, sin tener fuerzas para decir una palabra, el dinero que acababa de dársele, bailó lo que después se llamó entre los suyos «el paso de Fromont jeune et de Risler aîné». Y con ese paso de ballet fué como entró en la gloria».

De Maupassant hace notar la rapidez en la reputación, desde sus primeros trabajos. De paso habla de sus versos. De éstos se dijo que revelaban un excelente prosista. Sin entrar en esas sutiles distinciones, es el caso que en Maupassant había un verdadero poeta ahogado después en necesidades de producción y de oficio. ¡Voilà le mort d'amour avec savandière! Veamos algunas líneas de M. D'Alméras: «Sabía sacar partido maravilloso de su literatura, fabricada concienzudamente y con método. Se le pagaba lo que valía, lo cual es muy raro en el mundo de las letras. Evitaba las colaboraciones a la ventura y las casas cuya prosperidad no le parecía bastante cierta. Su reputación aumentaba cada día». Bel Ami le colocó en primer rango entre los novelistas, nuevos y viejos, y le dió gloria. Así, en cuatro años de vida literaria llegó a la cima; pero ya se desarrollaba en él, como una enfermedad incurable, ese doloroso estado de alma que debía emponzoñar todas sus alegrías. El medio de los literatos, de los artistas, en que estaba obligado a vivir, le repugnaba más y más, y a los treinta años experimentaba el cansancio y los disgustos de un escritor envejecido y fatigado. El periodismo, con su necesidad banal y monótona, no le interesaba ya: «No tengo sino un deseo en mi vida—escribía a un director de revista—; y es el de no escribir jamás una sola línea en ningún diario del mundo»; y agregaba esta otra confesión, que muestra hasta qué punto estaba desencantado: «Tengo una imperiosa necesidad de no oir hablar más de literatura, de no hacerla más, de no vivir en eso y de ir a respirar lejos un aire menos artístico que el nuestro». Todo esto, en verdad, es excesivo, pero se explica. A través de lo justo de esos desencantos prematuros se transparenta la inquietud mental del enfermo, que debía acabar por perderse en la locura y en la violenta muerte.

De Verlaine hay poco que no se sepa en su accidentada vida. Por otra parte, él ha dejado mucha confesión, recuerdos y páginas de autobiografía. Saint-Paul-Roux descubrió en el campo a un labrador, tío del pobre Lelián. Poco nuevo hay en este libro que pueda interesar a los verlainistas. Por lo que toca a Catulle Mendès, sí hay noticias escasamente sabidas. Desde luego, estos versos escritos en la infancia, y que son inéditos:

Le poêle brûlant, rouge, accroupi dans son angle Comme un âne poussif par sa corde étranglé. Râlait sous une bande en cuivre roux, qui sangle Son gros ventre d'argile aux feux tout écaillé.

Aunque apoyado largamente al principio por su padre, Mendès no dejó de pasar horas muy duras, después de haber fundado varias revistas y alzado y derribado muchos castillos en el aire. «Casi célebre ya, aquél, a quien se llamaba el Clodión de la pequeña literatura, gastaba mucho y ganaba poco. Allá por 1868, la recomendación de la princesa Matilde le hizo obtener una plaza de expedicionario—90 francos al mes sin contar gratificaciones—en no sé qué ministerio que dependía del mariscal Vaillant. La primera vez que Catulle Mendès se presentó en su oficina, un ujier vino a buscarlo de parte del mariscal Vaillant. Persuadido, con ese tocante candor de la juventud que la mayor edad no corrige casi, de que se le va a ofrecer un puesto digno de él, entra, lleno de confianza y buscando fórmulas de gratitud, en una gran pieza en que se encontraba un hombre gordo en mangas de camisa. El hombre gordo se vuelve apenas, y con una voz brusca:

—¿Es usted el que ha escrito esto?—le dijo mostrándole un ejemplar del Román d'une nuit, con las páginas sin cortar.

—Sí, señor—respondió Mendès; pero, a una seña de las personas que estaban presentes, corrigió:—Sí, mariscal.

—No lo he leído, pero me parece que es inconveniente. Yo no quiero en mis oficinas empleados que escriban inconveniencias. ¡Lárguese!

Así terminó la carrera burocrática de Catulle Mendès. La princesa Matilde, resentida de que se hubiese echado tan poco atentamente a su protegido, el yerno de su viejo amigo Gautier, le estableció una pensión. Poco tiempo después, la gloria y el provecho llegaron.

Mucho se sabe de la leyenda de Jean Richepin. En su vida, la leyenda y la realidad se confunden. Nació en Argel; su padre fué un médico militar, y fué bautizado por un sacerdote que había sido zuavo.

Veinte años más tarde comienzan sus esfuerzos para proclamarse turanio, bohemio y por épater a las gentes. Fué periodista, profesor, gimnasta y pasó mil necesidades. Fué soldado. Usó un gran sombrero que fué célebre.

—«¿Qué es ese sombrerón?—murmuraban las gentes ya conquistadas.

—Es Jean Richepin, joven poeta de porvenir. Se habla muy bien de las obras que va a escribir.»

Luego fué la gran campanada de la Chanson des Gueux, por el cual libro de versos fué llevado a la prisión de Sainte-Pelagie.

Después dejó París. «Otro quizá habría quedado aplastado, definitivamente vencido por la persistencia de su mala suerte; pero el vigor físico, en Richepin, venía en ayuda del vigor moral. Después de haber cantando a los gueux, no vaciló en serlo él mismo, y el rudo oficio de cargador en los muelles de Burdeos permitió al poeta esperar días mejores. Vuelto a París, pudo entrar en el Gil Blas y encontró una colaboración seria. Eso no era aún la gloria, pero sí la vida asegurada». Después fué cómico, con Sarah Bernhardt, en Nana Sahib, y luego fué célebre.

En las páginas sobre Sardou son de señalar las que tratan de su espiritismo. Sardou se apasionó de esos estudios desde la llegada del medium Homc. Conocidos son sus dibujos y sus escritos de ese género; ya se sabe que todavía persevera en sus creencias y en sus experimentos. En cuanto a su estreno teatral, fué con la Taverne des étudiants, y la historia de esa comedia es de lo más interesante y sugerente.

A Jules Lemaître, hoy perdido en los laberintos obscuros de la política, la suerte le vino por el lado del normalismo. En la Escuela Normal se inició en las letras, y hasta escribió versos, no completamente católicos.

Qui ne la connaissait, hélas! Aux bons endroits du Boule-Miche? Mon Dieu! comme elle parlait gras Et buvait sec la pauvre biche! O Nini, N, i, ni, C'est fini. Elle n'avait jamais un sou Elle était franche et facile, On l'appelait Nini Voyou. «Encore une étoile qui file.»

Ya véis que cuesta mucho creer que eso sea del actual sostenedor del nacionalismo en unión de Coppée. Vinieron después los trabajos críticos, la seriedad, la celebridad, las ganancias. Un artículo duro contra George Ohnet hizo ruido. D'Alméras tiene a este propósito una frase deliciosa: «Attaquer le talent de George Ohnet, c'était dire du mal d'un absent.»

¿Y Scholl? Aquí están también los comienzos de este famoso periodista, hoy muy viejo, a quien algunos creen muerto. Son también interesantes y ayudan a conocer esa personalidad ya casi desaparecida, pero que tuvo el imperio de la crónica.

C'est le mousquetaire Aurélien Scholl, Au Palais-Royal, le soir, quand il passe, Les arbres, courbant leur front avec grâce, Lui disent: Bonjour, Monsieur Rivarol.

En las páginas sobre Claretie encontramos cómo fué que el actual administrador de la Comedie Française aprendió español: llevando los libros y la correspondencia de un comisionista en mercaderias. Hay un detalle asimismo muy curioso. ¿Quién conoce la primer novela de Claretie, Les secrets d'Exili? Esta obra no se ha publicado en francés. Véase cómo. El autor había guardado su manuscrito en un colegio, y un chileno lo descubrió y lo mandó a la América del Sur. He aquí por qué esa obra apareció en un diario de Chile, en español. ¿Cuál fué ese diario? ¿Quién fué ese chileno? ¿Quién sabe en Chile detalles sobre ese asunto?

Y así sobre el perilustre Montepin, sobre Zola, sobre Anatole France y otros autores menos altos. M. d'Améras ha compuesto su libro y le ha hecho amable a la lectura, con el halago que presentan las cosas inéditas, las confidencias, los lados ocultos o poco sabidos de la existencia de los hombres notables.

La moral de la obra está en que no hay que desesperar si la suerte se presenta poco favorable al principio. Casi todos los dueños de la gloria y de la fortuna han tenido que luchar, que sufrir, que pasar horas muy amargas, muy terribles. Con fe y con voluntad han triunfado. Después ha venido la fama, y con ella el dinero, precipitado actual de la celebridad, ya que no de la verdadera y soberana Gloria.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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II

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O se sabría ignorar que París ha atraído y atrae a la intelectualidad de todos los lugares del mundo. Numerosos artistas y escritores extranjeros hacen de París su residencia preferida. No se encuentra en ninguna parte este ambiente espiritual y esta contagiosa vibración de vida. Si la inmigración a este respecto no es mayor, débese a que París no consiente el triunfo constante de un extranjero. Un escritor, un sabio o un artista, será alabado en este centro en tanto que su nombre llegue de lejos. Cuando ese artista, ese escritor o ese sabio, instalado en París, se convierte en un rival, cuando su producción llega a hacer competencia a la producción propia, se le atacará, se le demolerá o se le desdeñará.

Strindberg, entre cien, pagó cara su carta de vecindad parisiense; D'Annunzio no ha vuelto a pensar en escribir en francés, y Sienkiewicz, aun allá en Varsovia, por sus multiplicadas ediciones, es apellidado ya le juif polonnais. Viven, pues, aquí muchos hombres de letras, extranjeros, que escriben para sus respectivos países, o como Max Nordau, para públicos de distintas naciones.

La literatura hispanoamericana es, como lo he dicho en otra ocasión, completamente desconocida. Apenas el Mercure de France abrió por algún tiempo en sus páginas una sección, que ha desaparecido. Por otra parte, todo lo hispanoamericano se confunde con lo netamente español. Y es digno de notar que gran parte de la élite de las letras de nuestras repúblicas vive hoy en París.

En épocas pasadas, París albergó a notables personalidades de la intelectualidad de nuestro continente. La figura más alta, indiscutiblemente, fué la de Alberdi. El chileno Bilbao fué aquí donde recibió las lecciones directas de sus maestros Lamennais y Quinet. El colombiano Torres Galcedo, diplomático y escritor de muy buenas intenciones, logró hacerse una personalidad un tanto parisiense, y Jules Janin le escribió un prólogo para un libro de versos. Héctor Varela, de bulliciosa memoria, hizo por un instante volver la vista hacia sus fuegos artificiales. Numa Pompilio Llona, el respetable poeta ecuatoriano, tuvo muy buenas amistades en la corte de Hugo.

Más recientemente, otro ecuatoriano genial muy poco conocido en la América de este lado de los Andes, Juan Montalvo, pasó los últimos años de su vida, duros y penosos, bajo este cielo. Demás decir que en cuanto murió se le levantó una estatua en Quito o Guayaquil.

Actualmente residen en París, establecidos desde hace tiempo, el célebre filólogo colombiano J. Rufino Cuervo y el crítico cubano Enrique Piñeiro. El señor Cuervo es un prodigioso trabajador de infinitas pequeñeces transcendentalmente lexicográficas. ¡Es el autor asombroso del Diccionario de regímenes! Es, indudablemente, un lingüista sabio, y la Academia española se inclina ante su inmensa labor, que ocupará, concluída, varios estantes. El señor Piñeiro publicó hace muchos años en Nueva York un libro sobre poetas modernos, que puede considerarse como una de las más serias y elevadas obras de crítica intentadas en la América latina. El señor Cuervo continúa en su tarea lexicológica fabulosa, que ha hecho que en Colombia se le compare, con ventaja, a Littré.

Entre los diplomáticos hay algunos nombres. El ministro de Guatemala, D. Fernando Cruz, ha, en sus tiempos floridos, «pulsado la lira», y Clori y Filis le agradecieron más de un bouquet galante, allá en tierra guatemalteca. Su secretario, Domingo Estrada, ha publicado prosas y versos muy estimables, entre estos últimos la traducción de Las Campanas, de Poe. Recientemente ha merecido tener éxito su librito bien sentido sobre José Martí.

El marqués de Peralta, ministro de Costa Rica, parece que no tiene su conciencia bien tranquila respecto a asuntos del Parnaso, y, ahondando en sus recuerdos, se encontraría más de una ligera confabulación en las musas. Fernández Guardia, secretario de la Legación, autor de un muy bonito volumen de cuentos, es de los más notables escritores de los países centroamericanos.

A este respecto se lleva la palma de poeta el secretario de la Legación argentina, García Mansilla, cuyos versos, de una elegancia discreta, y escritos en francés, no quieren traspasar los límites del salón, en donde se tratan confidencialmente con las flores de Magdalena Lemaire y las músicas de Benberg.

El marqués de Rojas es un escritor de sólido saber, y cuya autoridad en asuntos económicos es por todos acatada.

El ministro de Chile, Señor Blest Gana, es autor de varias novelas que tuvieron en su época gran acogida. Si Miguel de Unamuno las lee, irá Martín Rivas junto con Nastasio a la Universidad de Salamanca. El ex presidente de Honduras, Marco Aurelio Soto, uno de los dos miembros honorarios de la Real Academia Española, y que hizo el Luis XIV bastante bien hecho, en Tegucigalpa, hace años que no tiene nada que ver con la literatura, lo propio que el señor Gustavo Baz, encargado de Negocios de Méjico. Hay otros literatos residentes en París, los activos, algunos de ellos no desconocidos en Buenos Aires.

Luis Bonafoux, corresponsal del Heraldo de Madrid y el director del Heraldo de París, es un crítico temido y de autoridad en España. Es nacido en Puerto Rico, pero se le considera como español. El señor Bonafoux, satírico violento, elegante y sutil cuando sujeta sus ímpetus flagelantes, y de una aspereza que en Francia tan solamente podría compararse con las justicias e injusticias de Bloy o de Tailhade, casi siempre tiene razón cuando ataca. Como cuentista ha publicado, entre otras cosas, un reciente pequeño volumen de narraciones y nouvelles, en donde hay verdaderos hallazgos de invención y bellas gracias de estilo.

Miguel Eduardo Pardo, autor de una buena novela venezolana, Todo un pueblo, es un temperamento de luchador y acompaña en el Heraldo de Madrid al señor Bonafoux. Escribe allí generalmente sobre asuntos políticos sudamericanos, y en especial sobre los sucesos de su patria, Venezuela, en donde, dado su carácter, no será difícil verle ocupar un puesto público.

Otro venezolano reside en París, cuyo nombre entre los intelectuales argentinos es saludado con simpatía y respeto: ha nombrado a Manuel Díaz Rodríguez. Es éste un espíritu de excepción, de los pocos que forman la naciente y limitada aristocracia mental de nuestra América. Es un entendimiento serio y reflexivo, aislado de las bulliciosas tentativas de un arte de moda, como de las filas de momias que duermen entre sus bandelettes tradicionales. Desde su primer libro, la nobleza de su pensamiento y la distinción de su estilo le colocaron en un lugar aparte en nuestra literatura. Confidencias de Psiquis, De mis romerías, Cuentos de color nos pusieron en comunión con una de las más fervientes almas de arte que hayan aparecido en tierra americana. Dentro de poco se publicará una novela, obra de médula y aliento, muy americana en su psicología, y muy europea en la forma arquitectural del libro, que revela desde luego en el autor la seguridad y la fuerza de un maestro. Y el señor Díaz Rodríguez es aún muy joven, apenas roza la treintena. Yo quisiera que todos los nuevos talentos de América cultivasen la propia personalidad con la firmeza y discreta gallardía de este generoso trabajador. La publicación de Ídolos rotos, si no se pudiera llamar con el usado clisé, un acontecimiento literario, causará innegable agrado. Y levantará los más justos y sinceros aplausos en los grupos pensantes de las repúblicas de lengua española. Esta es de las novelas que, traducidas, pueden incorporar una literatura hasta hoy ignorada, como la hispanoamericana, al movimiento cosmopolita. La idea de Max Nordau no anda muy lejos de la verdad, al ver en lo porvenir una rica primavera para el pensamiento americano. Si Europa llega a poner su curiosidad en nuestros productos intelectuales, habrá de comenzar por obras como las del señor Díaz Rodríguez.

Amado Nervo, el poeta mejicano, se ha establecido también en esta capital de las capitales. Buen artista, buen monje de la belleza, buen muchacho, lleva su nombre con toda seguridad; se le conoce, y al llamársele, no se miente. Sensitivo, verleniano, virtuoso en la ejecución del verso, y, sobre todo, sincero y de conciencia, que en esto, como en todo, es lo principal, tiene su triunfo seguro. He dicho que es mejicano, y, naturalmente, es en Méjico donde se le ataca. El ambiente de París ha dado nuevas vibraciones a los nervios de Nervo, y hecho el indispensable y complementario viaje a Italia, el fiel laborioso prepara nuevas obras que han de superar desde luego a Perlas negras y a Místicas, en donde un cuidado de métier y una preocupación de técnica y de décor, apartaban la fuente oculta de la íntima poesía de verdad y de vitalidad que empieza a aparecer en Savia enferma. Hay en el fondo de este poeta mucha savia sana, y es la que hemos de ver pronto en poemas de energía y de gozo, en una epifanía espiritual, en una exaltación de las propias fuerzas, sobre la simple «literatura», y que llevará en sí una virtud comunicativa de anhelos de bien, de esparcimientos de puro y caritativo arte. ¡Gloria sea dada en la tierra y en el cielo a los artistas de buena voluntad!

Vargas Vilas es un escritor genial, novelista y poeta. Su vida es también un poema, de luchas y de triunfos en la política agitada de nuestras repúblicas hispanoamericanas. Su obra, incorrecta como un torbellino, sonora como un mar, es una obra de bien. Vargas Vilas no es ni de su tiempo ni de su país. Su época habría sido la de la Italia del Renacimiento, y su país, esa misma Italia que él ama y en la cual su espíritu se ha aparecido y ha creado páginas de amor, dolor y belleza.

Rufino Blanco Fombona es un artista delicado y raro, al propio tiempo que un espíritu osado y violento; hay en sus versos trino y aletazo, suave pluma y garra de bronce. Sus cuentos son páginas de emoción y de pasión. La juventud, con todos sus dones primaverales y todas sus exuberancias irreflexivas, se abre paso en toda la producción, ya considerable, de este autor brillante y elegante. Ha viajado mucho y ha gozado mucho. Conoce el color de todas las cabelleras amorosas, y le han dicho «yo te amo» en todas las lenguas conocidas. Mañana será la madurez y el peso del pensamiento y la acción provechosa que su patria espera. Hoy, en la copa de oro, es justo y natural ver deshojar rosa y rosa o disolverse una perla.

Un folleto publicado en Nueva York hace algún tiempo, El continente enfermo, causó bastante ruido en algunas repúblicas hispanoamericanas. Su autor, un venezolano, César Zumeta, exponía con valiente franqueza las dolencias y vicios continentales, los peligros de nuestras democracias, la constitución dañada del social organismo, las consecuencias fatales de las malas políticas y lo inevitable de la amenaza yanqui. Este folleto ocasionó la publicación de un libro de alto mérito del señor Francisco Bulnes, mejicano. Como hombre de letras, el señor Zumeta merece un renombre superior al que ha logrado por su labor sociológica. Un libro suyo, de calidad exquisita, pero abrumado por un título que recuerda los cuadernos de escuela primaria: Escrituras y lecturas, conocido por un escaso número de lectores y apreciado en su justo valor por limitadísimo grupo intelectual, bastaría para dar a su autor la autoridad y consideración respetuosa. Es un sincero adorador de belleza. Produce poco y muy de tiempo en tiempo. En París sostiene precariamente una revista de intereses americanos, que, a pesar del talento de su director, no es sino una de tantas, por culpa esencialmente criolla.

El Mercure de France tenía como redactor de su sección de letras hispanoamericanas, a Pedro Emilio Coll, también, como el señor Zumeta, de Venezuela. Espíritu fino y delicado, Coll ha publicado escasamente; pero lo poco suyo conocido nos revela una fuerza mental sobre la mentalidad provisional de nuestra América. Como todo lo poco que pesa y se impone en las repúblicas de lengua española. ¡Estas repúblicas de Sud América son en todo tan provisionales! exclamaba con su sabia ironía monsieur Rémy de Gourmont, en uno de sus últimos Epilogues.

«POLONIO.—¿Qué leéis, monseñor?

HAMLET.—Palabras, palabras, palabras.

POLONIO.—¿Pero de qué se trata?

HAMLET.—¿Entre quiénes?

POLONIO.—Quiero decir ¿de qué asunto trata el libro que leéis?

HAMLET.—¡Calumnias! El perverso satírico afirma que los viejos tienen la barba gris, el rostro lleno de arrugas, que sus ojos vierten ámbar y goma, y que unen a la falta de entendimiento una gran debilidad de piernas; lo cual creo plenamente, y, sin embargo, no me parece honesto hallarlo consignado en tales términos, pues vos mismo, señor, seríais de mi misma edad, si os fuera posible andar hacia atrás como el cangrejo.

POLONIO, in péctore.—Aunque todo lo que habla son locuras, no deja de tener en el fondo cierto método.»

Esta cita de Shakespeare sirve de prólogo al primer libro de Coll, Palabras, unida a estas exclamaciones de Hamlet, en las maravillosas Moralités Legendaires: «¡Ah, qué solo estoy! Y en verdad, la época no es culpable de ello. Tengo cinco sentidos que me atan a la vida; pero, este sexto sentido este sentido de lo infinito... Soy joven todavía, y en tanto goce de mi excelente salud, todo irá bien. ¡Pero la Libertad! ¡La Libertad! Sí, me marcharé de aquí y viviré anónimo entre gentes honradas y me casaré para siempre, la cual será la más hamlética de mis ideas. Pero hoy es preciso obrar, es necesario objetivarse. ¡Adelante por sobre las tumbas, como la Naturaleza!»

Estas preferencias inducen al conocimiento de un temperamento. Como crítico, el señor Coll ha dado a conocer, siempre con amable optimismo, en sus revistas del Mercure, la producción intelectual de la América española en estos últimos años. Es una lástima que su partida a Venezuela haya puesto fin a tan plausible tarea.

Otro venezolano aún, Pedro César Dominici, una de las más activas y abiertas inteligencias de su país, publicó el año pasado una novela, La tristeza voluptuosa, de innegable valor psicológico, aunque torturada de descuidos de forma; que no tendrían en absoluto excusa por ser voluntarios.

Bolivia tiene un representante en el joven poeta Franz Tamayo, autor de un libro de Odas muy meritorias que se dirían calcadas en Hugo. Este culto talento, cuyo solo contrapeso está en la difícil digestión de unas cuantas filosofías y variedad de erudiciones, honrará, si su voluntad persevera, al pensamiento de su patria, ya glorioso en el mundo de la nueva poesía, con el solo nombre de Ricardo Jaimes Freyre.

Argentino es el señor Soto y Calvo, autor de picantes páginas de viajes, y que por su mentado Nastasio ha juntado a lo que la naturaleza le dió lo que Salamanca le presta. Los méritos poéticos del señor Soto y Calvo han sido revelados a nuestro público por el sabio rector de la Universidad salmantina, ¡mozo jinetazo ahijuna! que no halla inconveniente es estudiar a un tiempo la patrología griega y ser el escoliasta de Martín Fierro o Anastasio el Pollo.

Argentino asimismo es Manuel Ugarte, joven cuyo talento ponderado y buscador ha logrado la realización de más de una bella joya de arte. Su sobriedad le ha impedido los pasos en falso, las caídas icarias. No tiende sino hasta donde sus fuerzas le alcanzan y el pegaso, en los vuelos precisos, jamás se ha dislocado un solo hueso. Su vaso es pequeño; pero cuando lo necesita, se fabrica otro más grande, y bebe así en sus dos vasos. Sabe lo que se propone, y el cielo de París le ha alentado en sus deseos. Sus versos son siempre gratos; bellos algunas veces. Busca la originalidad y se aparta de la extravagancia. En prosa es claro y pictórico cuando describe. Es socialista, y aun creo que en el fondo de sus voliciones, anarquista:

Y argentino Angel Estrada, cuyo libro El color y la piedra tanta agitación causó con su aparecimiento en Buenos Aires. Como el Dr. Cané, no pocos hemos sido los que hemos visto como un signo de vida nueva en la juventud argentina—yo digo en la juventud americana—el hermoso aparecer de este joven talento, cuyo libro primigenio tiene todo el color y la gracia del primer fruto de un árbol sano y gozoso de savia. Generoso temperamento ante la naturaleza, espíritu religioso y al propio tiempo dueño de la libertad del arte, ha viajado mucho, y en todos lugares, los paisajes de la tierra, las luces del cielo, las armonías de las cosas le han hecho vibrar como un instrumento acordado, y el don de Dios ha hecho fluir la digna idea en noble ritmo, en la música de la palabra. Ya conocido en nuestro mundo intelectual por su poema especular, en que el alma de Rodenbach se romantiza en la emoción lírica de una juventud coronada de sueños, su obra en prosa vino a asentar la fuerza de su pasión artística, la discreción aristocrática de su buen gusto. Nuevas poesías han brotado al influjo de climas diversos, y nuevas páginas de impresiones y de recuerdos, mentales y sentimentales.

Las prosas cantan en su música interna de ideas y evocaciones más sutilmente aún que en sus cuerdas de palabras; son las hermanas de los versos, educados ambos por la misma voluntad paternal, en un cuidado de armonía y en un anhelo de ascensión que se diría tienen las mismas voces y las mismas alas. Mayor sobriedad, el desdén de la preocupación puramente «artística», y que asoma con más frecuencia, apareciendo entre la riqueza del décor, el alma sincera y fresca del poeta, que sabe la inmensidad de su virtud íntima y tiene el orgullo de su tesoro—, orgullo que no se muestra más que benévolo en el don de su primavera.

Todos estos escritores y poetas que he rápidamente nombrado, y yo el último, vivimos en París; pero París no nos conoce en absoluto, como ya lo he dicho otras veces. Algunos tenemos amigos entre las gentes de letras; pero ninguno de estos señores entiende el español. El Mercure abrió la rubrique de letras hispanoamericanas, hoy desaparecida por un extremado cosmopolitismo, y M. Finot, director de la Revue et Revue des Revues, al encargarme un estudio sobre el movimiento intelectual argentino, fué franco en no ocultarme que tomaba el asunto casi como perteneciente al folk-lore. Así, de la literatura malaya se pasa a la literatura dominicana o a la poesía de las islas Fidji. Desgraciadamente todo es cuestión de moda. Hace algunos años todo lo ruso privaba y luego lo escandinavo. Se hizo una estación en Italia con D'Annunzio y la Serao, y hoy se grita ¡Vive la Pologne Monsieur! a causa del fatigante y asenderado Quo Vadis? A nosotros no nos ha tocado aún el momento; y mucho es que el poeta Díaz Romero encuentre su prosa traducida en revista como el Mercure, a propósito de Albert Samaín. Cuando uno piensa que hace más de dos meses que Bjorsterne Bjornson se encuentra en París y que si no fuera un grupo de naturistas y otros entusiastas que han pensado en hacer representar una obra suya, nadie sabría que el pobre grande hombre está en la enorme capital...

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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III

El acontecimiento del día es la entrada a la Academia del marqués de Vogüé, su discurso y la respuesta de José María de Heredia. El «preux» y el conquistador. Se ha visto más que nunca que la Academia es, ante todo, un oficial salón aristocrático. La fiesta ha sido un triunfo del mundanismo y de la nobleza. Allí había Gotha, d'Hozier y el Almanach des châteaux. La pompa solemne era sacada de una página de historia. El académico entrante y el que le recibía tienen una buena parentela de armaduras. Heredia lleva en su blasón, si mal no recuerdo, una ciudad de plata bajo una palmera de oro, o viceversa; Vogüé, un gallo de oro sobre campo azul.

Como es natural, Vogüé hace el elogio de su antecesor, el duque de Broglie. Habla de su vivaz inteligencia, de su espíritu penetrante e incisivo y del fondo vigoroso de su alma. Y no calla sus lados opuestos y defectuosos, como su timidez. ¿Quién diría que el fuerte duque de Broglie fuera un tímido? «Este hombre, cuyo coraje cívico y valentía moral no se desmintieron nunca, era un tímido que el contacto de sus semejantes embarazaba, a quien un acto de autoridad costaba un penoso esfuerzo. Su naturaleza, un poco dura, sujeta a extrañas distracciones, no respondía siempre a los impulsos de su corazón o a las intenciones de su perfecta cortesía.» Cuestión de «raza». Tanto en un discurso como en otro, a cada momento se habla de raza. Largos párrafos van desenvolviéndose, evocando rasgos históricos, presentando tipos vigorosos de mariscales, de estadistas o de obispos. Aguarda uno el momento en que, por fin, llegue la parte de las letras, objeto principal, al parecer, de la Academia. Y llega sin gran brillo, aunque respetable, la cita de la obra intelectual del duque de Broglie. Algún sentimental lamentaría que no aparezca en todo el discurso una sola vez citado el nombre del pobre Doudan, el áulico preceptor, el filósofo doméstico, el fiel cronista de los Broglie. Cierto es que no era sino un criado para el cerebro.

El discurso de Vogüé es una obra maestra de ese estilo correcto, distinguido, eminente, que conviene a los escritores de su laya, temerosos o desdeñosos de la metáfora; literatura de buen tono. En un párrafo, creeríase oir una repetición de la escena de los retratos en Hernani... «Francisco María de Broglie, el primero que sirviera a Francia y que se hizo matar a los cincuenta y seis años por su patria adoptiva—Víctor Mauricio, que fué el primer mariscal de su nombre—; Francisco María, el lugarteniente preferido de Villars, que fué el último en dejar el campo de batalla de Malplaquet y entró el primero en la de Denain, y que a su vez mariscal de Francia, peleaba aún en Bohemia a los setenta años, Víctor Francisco, tercer mariscal, el vencedor de Bergen y de Sondershausen; su hermano, el discreto y valiente depositario del secreto del rey; su hijo Mauricio, obispo de Gante, quien resistió a Napoleón y preparó la emancipación de la Bélgica. Otros aún, cuyos servicios, no por ser menos brillantes fueron menos abnegados.» Los párrafos y las frases van en el discurso guardando su categoría; sin precipitaciones ni violencias. La admiración misma se manifiesta con pulcritud. Aun en los pasajes en que se trata de política, nada revela que se altere la noble limitación de la pieza académica. Apenas en un punto, a propósito de la actitud de Broglie con Chateaubriand, expresa: «Una voz solamente salió del círculo habitual de sus trabajos y de su moderación habitual, Las Memorias de ultratumba acaban de aparecer; esta confesión póstuma del genio, que descubría sin prudencia las más secretas llagas de un alma desgarrada, y mostraba, sin velos, todo lo que la irremediable flaqueza humana puede mezclar de pequeñeces y de egoísmo a las sublimes aspiraciones del patriotismo. El joven crítico se indignó. Vertió su indignación en rasgos de un raro vigor y viril elocuencia en que flagelaba con mano implacable las tristes confidencias de un viejo lúgubre, las injustas recriminaciones del político desengañado, levantando la piedra de su tumba para verter la calumnia, en la seguridad y la irresponsabilidad de la muerte.» Confesaréis que, aun lo de «viejo lúgubre», aplicado nada menos que a Chateaubriand en tal recinto, guarda siempre ciertas conveniencias.

La producción intelectual de Broglie aparece, ya que no grandiosa, respetable. Como historiador, su Historia de la Iglesia y del Imperio Romano en el siglo IV, le da una buena base. Es una obra de estudio, de reflexión y de labor, pero hecha con un criterio parcial en cuanto a ideas religiosas, y muy lejos de un procedimiento estrictamente científico. En dos revistas, la Revue des Deux Mondes y el Correspondant, dejó gran parte de sus lucubraciones el autor blasonado que, a los cuarenta años, era acogido por la Academia, bendecido por Pío IX y defendido por Lacordaire.

M. de Heredia, para responder a la aristocrática arenga, se puso todos sus hierros españoles; sacó la vieja espadona del abuelo de Cartagena, y tuvo gestos de adelantado que ni el mismo Pedrarias Dávila o Pedro de Mendoza. Sabido es que Heredia tiene la nobleza homérica de los fundadores de ciudades, y guarda en su salón, como una joya heráldica, una evocación de «L'Ancêtre» por Claudius Popelin.

Su discurso fué otro desfile de figuras nobiliarias y de hechos heroicos, iluminados esta vez por el resplandor meridional de su verbo de poeta, y en la música de un idioma sonoro y metálico. Hay allí una gran cantidad de sonetos perdidos.

El severo y magnífico D. José María ha demostrado una ocasión más que el deus no abandona a los favorecidos de las Gracias en ninguna ocasión, así sea en la ardua de contestar el discurso académico de un Vogüé. Galeras conquistadoras, choques de armas, vuelos de gerifaltes, todos los trofeos aparecen en el animado fondo de esa prosa elegante y soberbia. No dejará él de dirigir sus párrafos genealógicos a propósito de los Vogüé, como al cubrirse por vez primera un grande de España. «En el año de 1084 Bertrand de Vogüé funda el monasterio de San Martín de Villadieu. Raymond de Vogüé estuvo en la tercera cruzada, si he de creer a una escritura fechada en 1191 en el campo cristiano, bajo los muros de Ptolemais sitiada, por la cual el buen caballero recibe prestados de algún judío o lombardo ochenta y cinco marcos de plata. Paso, en el curso de los siglos, más de un Raymond, Jorges, Pedros, Geoffroys y Audebertos. De todos esos barones, caballeros o donceles, los mayores guerreaban, se casaban con herederas y vivían noblemente, acreciendo su dominio y su descendencia. Grandes bailíos de espada del alto y bajo Vivarais, caballeros de la Orden, se asentaban en los estados de la nobleza de Languedoc. Los menores eran obispos o canónigos de Viviers y de Trois-Châteaux, o entraban en la Orden de San Juan de Jerusalén, mientras que las hijas no casadas se hacían religiosas o abadesas de Saint-Bernard d'Alais y de Saint-Benoît d'Aubenas.» Con toda la dignidad del caso, el hidalgo enumera todas las glorias familiares de ese antiguo y frondoso árbol de Vogüé, en que han florecido muchos reyes magos; conviene a saber, varios Gaspares, Baltasares y Melchores, uno de los cuales ocupaba ya un sillón de la Academia Francesa y es uno de los escritores más eruditos, discretos y sabrosos de estas letras contemporáneas. M. de Heredia quiere disculparse, en un pasaje de su persistencia, en tratar esos asuntos personales, y da por excusa que en la Academia, «l'homme, quel qu'il soit, n'est estimé qu'à sa valeur personnell». Haciendo el elogio de toda la ilustre parentela, halaga al recién venido y de paso a la Corporación que, como la otra que sabéis, pretende o aparenta fijar, limpiar y dar esplendor a la lengua de Flaubert y de Baudelaire—, dos que no pertenecieron al senado «inmortal».

La prosa de M. de Heredia tiene mucho de marcialidad; cosa no extraña en el traductor de Bernal Díaz, y compulsador de tanta crónica y página de viejos soldados escritores. El épico penacho de crin aparece de cuando en cuando. Y la gallardía, la superbia lírica, no abandonará en todo el tiempo al adorador de Musagetes. Por esto no puedo menos que imaginarme una vaga sonrisa en ciertos colegas suyos que se sientan en el ilustre Instituto única y exclusivamente «por su valor personal». «¡Poeta, pensarán, poeta!» mientras los pensamientos heroicos y las cláusulas sonantes se van por el aire de la inmortalidad

Comme un vol de gerfaults hors de charniers nata.

Los méritos del marqués de Vogüé son, por otra parte, positivos, y su entrada a la Academia estaba prevista desde hacía tiempo. Además, era ya miembro del Instituto en su sección de Inscripciones y Bellas Letras. Los trabajos de ese noble son muchos y enormes. M de Heredia saluda admirado esas Iglesias de la Tierra Santa, Templo de Jerusalén, Siria Central, Inscripciones semíticas, que han colocado a su autor en un honorable puesto entre los modernos arqueólogos: «Vos habéis fijado las reglas sobre la paleografía fenicia y aramea, aclarado más de un punto de historia por las inscripciones y la numismática, establecido el carácter del arte fenicio, revelado el arte chipriota, explicado la representación religiosa y comercial de los hebreos y de los arameos en Siria, y arrojado una luz nueva sobre los palmirianos y los nabateos, esos dos pueblos que el comercio del Oriente hizo tan prósperos y que han desaparecido dejando dos maravillas: las ruinas de Thadmor y las de Petra. Cuando en 1868 fuiste elegido miembro libre de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, ya estábais considerado desde hacía largo tiempo como uno de los maestros de la arqueología oriental». Ya veis, pues, que en este caso las brillantes armas de Heredia rinden bien los honores, y esos honores son justos, puesto que se hacen a un aristócrata del estudio y de la sabiduría, antes, o al mismo tiempo que al descendiente de una docena de mariscales y una veintena de duros y «ferrados» barones, matizados de amatistas con varias abadesas y dignatarios episcopales.

La Academia une, después de todo, a los hombres de genio que alberga como a los mediocres de espíritu resplandecientes de apellidos, en una misma tarea, vaga y eterna: hacer el diccionario. Un diccionario que se está haciendo desde hace muchísimo tiempo y que, probablemente, no se acabará nunca. Sospecho que ese es el secreto de la «inmortalidad». Si algún poeta está en su puesto en tan misteriosa y dilatada tarea, es M. de Heredia, que tardó los años que se sabe en dar a luz sus famosos sonetos.

Ya hay, pues, dos de Vogüé en el ilustre recinto «bajo la Cúpula», como se dice por aquí. El vizconde Melchor guarda silencio desde hace algún tiempo. No hay que olvidar que se le deben libros resonantes y meritorios, y que es un gran admirador y celebrador del espíritu y de la solidaridad latinos. Él fué quien, oficialmente, digamos así, presentó la obra de Gabriel D'Annunzio a los franceses.

El marqués, una vez en posesión de su silla, podrá hacer notar a su pariente que falta otro Vogüé todavía en el Instituto, para que quede completo el número de los reyes magos tradicionales.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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IV

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OR fin Enrique Heine tendrá su estatua en París, verdadera patria suya. Sabido es que su patria original, la tierra de su nacimiento, Alemania, no ha consentido en que se levante el menor monumento.

Razones ha tenido Alemania para no tratar con excesivo cariño al portalira de la sardónica musa, que le dijo y cantó tantas verdades. Amor con amor se paga. Mas lo cierto es que los profetas y las patrias no han hecho nunca buenas migas. Un profeta molesta mucho al vecindario, perturba al cura, inquieta al alcalde; vale más que vaya a otra parte a hacer sus profecías. Si no se va, se le crucifica, se le apalea o se le desdeña. Pero entonces, sí, inmediatamente que muere, se le dedica una calle o se le inaugura un simulacro de mármol o de bronce. Heine amó grandemente a Francia; amó, sobre todo, a París, respiró este ambiente, sufrió aquí la terrible enfermedad que tanto le hizo padecer, y reposa en un rincón del cementerio de Montmartre. Allí están los despojos de aquel que dijo: «Yo soy un ruiseñor alemán que vino a hacer su nido en la peluca de Voltaire.»

Un ruiseñor alemán... Cantó divinamente aquel ruiseñor. Cantó divina y dolorosamente; así Dios, según dicen, saca los ojos a sus pájaros de poesía para que canten mejor.

Muchas gracias. Valdrá más, entonces, no cantar ni bien ni mal. ¿Por qué la desventura ha de ser condición del genio, y, sobre todo, de los maestros de la armonía, desde Homero, rey de los ciegos y de los cisnes?

Heine, dulce y áspero, risueño y sollozante a veces, padeció muchísimo, espiritual y corporalmente. Por eso se construyó su fina armadura de ironía, su escudo de desdén, su espada de amargura. Y de esa manera, alejado de los olimpos de un Goethe, o de la serena meditación de un Novalis, rompe con todos los dioses y desconfía de todos los hombres. Apenas algo antecesor en esto de Nietzsche, dedica una parte de su admiración a los grandes conquistadores, a los acaparadores de la gloria que, como el emperador francés, dominan en los siglos. Francia le atrajo con el irresistible encanto de sus seducciones. Alemania, gran madre, sin embargo, Germania mater, no ha llenado los sueños y aspiraciones de más de uno de sus ilustres hijos. Fuera de sus cazadores de absoluto, Fichte, Schelling, Hegel, están los que protestan y se erizan. «Previendo mi muerte, dice Schopenhauer, declaro: que desprecio la patria alemana, a causa de su estupidez, y que me avergüenzo de pertenecer a ella.» Y Heine: «El pueblo prusiano, es siempre el mismo pueblo de muñecos pedantes; siempre el mismo ángulo recto a cada movimiento, y, en el rostro, la misma suficiencia helada e estereotipada. Se apretaban, siempre tan tiesos, tan estirados, tan estrechos como antes, y derechos como una I. Diríase que se han tragado la vara de cabo con que antes les zurraban». «Es el país chato de Europa», escribe de su Alemania el flagelante Nietzsche: Das Flachlan Europas.

Pero la verdad es que aquel judío melodioso ha entrado a la eterna Walhalla de la gloria, si no a la consideración oficial del imperio de Guillermo II. Si en su Alemania, si en su Atta Troll, si en muchas partes de su obra admirable, zahiere la patria que no le fué maternal ni simpática, extrajo de ella misma una inmensa riqueza poética. En la luz de sus claros de luna cristalizó más de un collar de perlas del más mágico oriente; hay versos suyos eternamente húmedos de rocío de sus florestas y campos; el ensueño alemán flota, con su legendaria bruma, en el canto musical y entristecido del prusiano rhenano.

De su permanencia en París, Gautier nos ha dejado algunas páginas muy bellas. Cuando sufría el ruiseñor alemán, ya herido por su dolencia, no en la peluca de M. de Voltaire, sino en la silla de enfermo de la que no podía levantarse, le pinta un escritor, habitando rue de la Chataigneraie en Montmorency: «Vivía solo, pobre, orgulloso, cuidado por su mujer, que era muy bella, un poco vulgar. La amaba mucho y le toleraba, sin embargo, un compañero bastante desagradable: un loro hablador. Era una gran condescendencia de su parte, pues el menor ruido le irritaba. No podía ni resistir el tic-tac de un reloj en el bolsillo de un visitante; su sensibilidad exacerbada transformó la mitad de su existencia en áspera agonía. Pasó sus días como un desollado vivo.»

Suplicio prometeano, suplicio dantesco. Hay en él entonces algo de un Job irónico. No cabe en su delicadeza de imaginativo y de sensitivo la dura blasfemia, el desahogo brutal. Las abejas de su jardín zumban, melancólicamente, y extraen su miel heráclea de los más amargos ajenjos y gencianas.

Es interesante, vivamente interesante el culto, el cariño admirativo de la pobre y trágica emperatriz de Austria, Isabel la mártir, por la memoria y la obra del lírico alemán.

La tontería ultrapatriótica rechazó a éste de Berlín; la torpeza antisemita le negó la ciudadanía de Viena. No quisieron en la capital austriaca su estatua porque era israelita. No querían el azor ni los ejemplos buenos, por nacer en «vil nio» y «por los decir judío» como reza el verso de Rabbi Sem Tob. La princesa atrida, entonces, en su villa de Corfú le levantó su monumento. Muerta la emperatriz y puesto a la venta el Achilleion, un millonario italiano ha querido ser generoso también con el poeta, y ha dado la estatua para que sea colocada en la tumba del cementerio de Montmartre. No ha de faltar el día de la inauguración el cumplido homenaje de París. El primero de los satíricos modernos, según el sentir de Menéndez Pelayo; pero sobre todo, el poeta, el melodioso y triste poeta, tendrá flores en su sepulcro y se celebrará su gloria como en lugar propio.

Sí; Heine el volteriano es ciudadano de París, Heine, el admirador de Napoleón, tiene ganada su carta de ciudadanía francesa.

¿Recordáis la balada? Dos granaderos, prisioneros en Rusia, volvían a Francia. Y al entrar en país alemán, inclinaron la frente. Allí escucharon ambos esta triste noticia, la Francia perdida, el gran ejército vencido y mutilado y el emperador, el emperador prisionero. Entonces, los dos granaderos se pusieron a llorar juntos, al saber tan tristes nuevas. El uno dijo: «¡Cuánto dolor siento! ¡Cómo me arde mi vieja herida!» El otro dijo: «La canción ha concluído; yo también quisiera morir; tengo, sin embargo, mujer e hijo en la casa que, sin mí, perecerían. Qué me importa mi mujer, qué me importa el hijo: tengo más alto un deseo mejor. Que mendiguen cuando tengan hambre. ¡Mi emperador, mi emperador prisionero!

»Hermano, concédeme lo que te ruego: si muriere ahora, lleva mi cadáver a Francia, entiérrame en la tierra de Francia. La cruz de honor con la cinta roja me la colocarás sobre el pecho; me pondrás el fusil en la mano y me ceñirás mi espada.

»Quedaré acostado así, el oído atento, como un centinela en la tumba, hasta que escuche al fin los aullidos del cañón y el sonar de cascos de los caballos relinchantes.

»Mi emperador entonces, tal vez pasará sobre mi tumba, mil espadas se chocarán y brillarán. Así, saldré todo armado de la tumba, para proteger al emperador, ¡al emperador!...»

Pocas liras francesas han celebrado con más bello sonar la grandeza del Cabito, del Petit Caporal.

M. George d'Esparbes debe hacerse presente en la fiesta de Heine, su antecesor, en el culto de la leyenda del Aguila.

Tanto peor para las patrias que desconocen a sus hijos ilustres; tanto peor para las patrias cuando los hijos gloriosos las dicen con justicia: «No tendrás mis huesos». Alemania hará construir cien monumentos más a sus mariscales, políticos y Césares.

Heine descansa contento en París.

Tiempo después de escritas las anteriores líneas he asistido a la inauguración del monumento, un modestísimo monumento. No hubo, pues, regalo de millonario. Tanto mejor.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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V

D
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OS artistas—uno argentino, el señor Irurtia, otro mejicano, el señor Ramos Martínez—, me habían invitado para ir con ellos esta mañana al campo, a respirar el fresco aire y ver los hermosos paisajes que ellos trasladan a la tela. Había que levantarse temprano. Yo fuí muy matinal y me dirigí a buscarlos a la rue Campagne Première. Nos encaminamos luego a la Avenue du Maine en donde debíamos sacar a otro compañero. Serían las seis, más o menos. El cielo estaba tranquilo y claro. Caminábamos conversando alegremente de proyectos, de luchas, de obras por hacer, de sueños por realizar. De repente, al llegar a la avenida, uno de mis amigos llama la atención:

—«Eh, miren allá, en el cielo. Santos Dumont, seguramente». Un globo, no lejos, estaba a nuestra vista. Se dirigía como hacia el lado de Mont Rouge.

Yo hice notar que Santos Dumont, según los diarios, había llegado hacía dos o tres días, de los Estados Unidos, bastante enfermo. Seguimos mirando el aerostato, que se acercaba más, cuando no pudimos menos de lanzar un grito: «¡Se quema!» Del globo salió una luz, una llama, y se produjo una detonación, un corto trueno, y luego un humo que nos llenó de espanto a todos, a nosotros y a unos cuantos transeuntes que se habían detenido a ver... No; es algo tan horrible que no encuentro cómo escribirlo. La impresión penosa me dura, y el recuerdo me durará por toda la vida. El globo reventado descendió en un momento, arrastrado por el pesado aparato que servía de barquilla. Fué tan rápido eso, que no nos dimos cuenta exacta del tiempo; unos pocos segundos. Oímos el ruido del choque, horroroso choque, como a unos doscientos metros... El espanto parecía que había paralizado a todo el mundo. Mis amigos y yo no nos hablábamos una sola palabra hasta momentos después, que pasaron varios automóviles que venían en socorro de los aeronautas. A lo largo de la avenida, cerca de la rue de la Gaîté, estaban los restos del globo, y bajo ellos, los despedazados restos de dos bravos hombres: el pobre señor Severo, diputado brasileño, émulo de Santos Dumont, y su mecánico, M. Sachet. A poco llegaban las camillas y se recogían los cuerpos... Yo no quise ver... sacos sangrientos de carne y huesos deshechos... Luego supimos que allá, en el parque de Vaugirard, la pobre mujer del aeronauta y su hijito mayor, habían presenciado, locos de terror, la caída...

Ya no pensamos más en paseo ni en paisajes... Nos volvimos, rudamente conmovidos, enfermos, a nuestras casas. No, no olvidaré esto nunca, nunca...

Este pobre señor Severo, brasileño como Santos Dumont, había venido a París con el objeto de encontrar gloria, gloria y provecho, superando a su ya famoso compatriota. Aún no vieron algunos con buenos ojos el aparecer de este competidor, en los días mismos en que aquel joven aeronauta lograba sus mejores triunfos. Se apartó toda idea de envidia y mala intención, cuando se supo que fué a iniciativa de Severo, que el Congreso del Brasil acordó un premio valioso a Santos Dumont. Pero es el caso que él también estaba poseído por el demonio del invento, y unía a su carácter tesonero un valor singular. Lo que le faltaba, según dicen los entendidos, eran conocimientos prácticos en la navegación aérea, pues no había subido en globo a pesar de sus estudios teóricos, sino dos o tres veces, lo cual hace más temeraria la tentativa que le ocasionó la muerte. Un hombre más en la larga lista de los devorados por la ciencia, de los rechazados y destruídos por la fuerza secreta de la naturaleza, que no quiere dejarse conocer y vencer. Muchos designios desconocidos se oponen a la conquista del universo, al humani generis potentiam et imperium in rerum, de Bacón. Después de que muchos han caído, después de que la muerte y la desgracia han deshecho mil constancias y paciencias, un día llega en que alguien logra dar un paso adelante, entrar un poco en el campo ambicionado. Enorme es el martirologio de la ciencia, y su número acrecerá hasta lo infinito. Es constante el que un abanderado caiga y otro recoja la bandera. Y el ejército silencioso sufre mermas y claros que se reponen luego. Caen las construcciones, explotan los laboratorios, muelen las máquinas, envenenan los gases, fulminan las fuerzas eléctricas, emponzoñan los microbios, y los consagrados a hacer adelantar la felicidad y el progreso humanos siguen en su labor ardua y paciente.

En la lucha con los elementos, el aire resiste, misterioso y traidor. Muchísimos son ya los que han corrido la suerte del antiguo Icaro; muchos los imprudentes y osados.

Recuerdo haber visto en el museo Borbónico un vaso pintado en que representa a Dédalo poniéndose las alas, ayudado por Minerva. Juzgo que esta pintura debía estar en el escudo de cada aeronauta, pues la cordura debe presidir a cada tentativa, so pena de exponerse a la irremediable catástrofe. Al echar a volar de la prisión cretense en que los tenía aprisionados el rey Minos, llevaban alas iguales Dédalo y su hijo Icaro; pero éste no escuchó los consejos prudentes de su padre y fué precipitado en el Egeo. Así, los Icaros modernos deben tener siempre fijo el significado del mito griego.

El desgraciado Severo, como el hijo de Dédalo, fué víctima del fuego; al uno los rayos del sol derritieron la cera de sus alas, y al otro el encendido motor hizo explotar el hidrógeno de su globo. La trágica prosa de estos infelices estrellados en pleno París, convertidos en una sangrienta masa, supera en su horror al poético descenso del personaje legendario a las aguas de un mar armonioso. Severo era fatalista. «Si he de morir hoy, dijo, moriré.» Y murió. Era también bastante meridional. Gustaba de las hermosas frases, y llevaba en su barquilla papeles impresos en que «El Brasil saludaba a Francia desde el Pax». Su entusiasmo era superior a su reflexión, cosa que no ocurre en los verdaderos sabios... Su ímpetu poético le fué fatal, y su noble impaciencia de victoria. Pensaba construir después de su primer triunfo un gran globo que se llamaría Jesús, y con el cual atravesaría el Océano. Soñaba en la paz humana, en la conquista de tranquilidad del mundo por la ciencia y por la virtud cristiana. La casualidad, que es misteriosa pariente de la ironía, hizo que el globo llamado Pax cayese con su creador Severo en la calle de la Gaîté, y que el globo Jesús quedase en proyecto en el despedazado cerebro del lamentable brasileño.

No se arredran los que tienen la fiebre del descubrimiento. No les atemoriza la terrible lección de un antecesor que fracasa en un drama espantoso. Todos saben que hay escollos y dificultades, y lo que es peor, la probable muerte. No importa. La fe va de guía; la fe, que es ciega. Así el desventurado Severo. Así tantos otros. Pilatre de Rieres no aleccionó a Zambeccari, ni Zambeccari a Giffard, ni Giffard, entre muchos, a Woelfert, ni Woelfert a Jagels, ni Jagels a los Tissanddier, a Renard y Krebs, a Santos Dumont y al soñador del Pax y del Jesús.

Los chinos y los japoneses tienen dioses horribles de los elementos. Los dioses del aire, de la tierra, del fuego, son seres a quienes hay que hacer sacrificios y no ofender en sus distintos reinos. La iglesia católica reconoce en cada elemento una potencia que obedece a sus conjuros, y a los cuales el sacerdote bendice en día señalado, conforme al ritual. Mas el esfuerzo humano va conquistando a cada paso el dominio del mundo, en continua lucha con lo desconocido. Y dioses nuevos se descubren: el dios de la electricidad, el dios del vapor asientan más y más su potencia sobre la faz de la tierra. Mas para alcanzar esas victorias, ¡cuántas víctimas, cuánta sangre, cuánta vida!

¡Pleno cielo! cantaba Hugo. Ninguna conquista más atrayente, más grande, más transcendental que la del espacio. La locomoción aérea dirigida y voluntaria, es el cambio de la existencia actual; el advenimiento de una nueva era, la revolución más decisiva en el estado actual de las sociedades humanas. La guerra no desaparecería de entre los hombres; pero sí mil leyes, convenciones y modos de ser. Hay en ello mucho en que soñar, y la sonrisa del lápiz ha trazado ya más de una graciosa imaginación con ese tema.

Se explica el entusiasmo de un inventor, al creer ya en su poder las riendas del huracán, el imperio del cielo azul. Ser como el águila o el cóndor, sobre la pequeñez de las fronteras y de las aduanas, y realizar una vez más la grandeza del mito, siendo sencillamente y con fuerza simplemente humanas, una voluntad casi divina. Es, en verdad, demasiado hermoso. Mas la esfinge, no se deja vencer fácilmente. La energía de lo oculto se manifiesta contra el hombre invasor que se atreve a rasgar el velo de lo misterioso.

Et les bûchers flambaient, multipliés, dans l'air Fétide, consumant la pensée et la chair De ceux qui, de l'antique Isis levant les voiles Emportaient l'âme humaine au delà des étoiles.

Así dice el poeta, y así se cumple. Y así se ha ido en el penoso y largo camino desde el hombre lacustre hasta los Pasteur y los Edisson, desde Tubalcaín hasta Eiffel, desde el fabuloso hasta los modernos Icaros.

—¿Qué hará usted ahora?—han preguntado a Santos Dumont después del trágico suceso de la Avenue du Maine.

—Recomenzar—contestó.

Y comenzará de nuevo. Y quizá él también vaya a aumentar la lista de los sacrificados, por la noble tenacidad que hace a los héroes y a los sabios. ¿Creerá él también en la fatalidad?

El elemento que pasa por la naturaleza entera y al cual llamamos vulgarmente fatalidad, toma un aspecto brutal y bárbaro, dice Emerson. Y Chaucer: El destino, ministro general que ejecuta todo aquí abajo—la cosa prevista por Dios—, es tan fuerte, que, así el mundo entero hubiese jurado lo contrario, por sí o por no, un acontecimiento que no llega en mil años, llegaría en un día dado; pues, ciertamente, nuestros deseos o apetitos, guerreros o pacíficos, de odio o de amor, están aquí gobernados por una presidencia superior.

Y si el luchador ha de triunfar, triunfará, pues la fatalidad del bien es igual a la fatalidad del mal, y en donde el acorazado que sabe adonde se dirige, se hunde, la carabela de Colón, pasa guiada por el destino hacia en donde ha de aparecer la deseada América.

Icaro ha de ser, por fin, dueño del elemento con que ha tanto tiempo brega. De las legendarias alas a la aviación actual, los trofeos ganados son muchos. La raza es generosa y potente. Eupalamo, que inventó los barcos, y cuyo laberinto, que se creía invención de la fantasía, acaban de encontrar felices arqueólogos fué un ser de carne y hueso y el maravilloso arquitecto fué el abuelo de Icaro. Hoy surge un hijo de la tierra americana, que representa la antigua estirpe y que quizá sea el señalado por la suerte para el logro definitivo.

Es de notarse que es el nuevo continente quien da hoy esos nombres a la gloria. Y Severo muerto, y Santos Dumont en la obra que le posee, son lustre y orgullo, no solamente del Brasil, sino también de la América toda. O para decir mejor, de la humanidad.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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