LIBRO PRIMERO (continued 2)
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Si los hombres no pecaran nunca, ese hombre invisible no podría entrar en nosotros y habitar en nuestro cuerpo, pues el hombre no fué creado por Dios para morir como se muere, sino para transformarse de otra manera, y si fuéramos justos y no pecáramos nunca, seríamos al mismo tiempo inteligentes, sobrios, precavidos, y ese inicuo hijo de pecado y perdición no encontraría ocasiones de sorprendernos con su cortejo de enfermedades sucias y dolorosas y asquerosas que prepara con astucia en nuestro cuerpo, destruyendo nuestro organismo y arrebatándonos antes del tiempo en que nuestra transformación, semejante a la crisálida que se transforma en mariposa, hubiera de efectuarse. La muerte se desencadenó entre los hombres por medio de Caín, primer homicida en el mundo (la de Corintios XV, 21).
Ese hombre invisible, con la astucia que lo caracteriza, se ceba también en los animales, pero no con tanto celo como en los hombres, y por eso las enfermedades son menos frecuentes en ellos. Sabido es que los espíritus entran en los animales como entraron en los puercos que Jesús expulsó del loco de los sepulcros. (Marcos V, 13.)
La muerte tiene dominada a la humanidad por el miedo, el espanto, el terror.
La muerte vino al mundo por Caín.
El que quiera abrir una Biblia, encontrará un pequeño diálogo entre Caín y el Eterno, que ya sabía que Caín había de asesinar a Abel.
El Eterno le dice lo siguiente:
Si hicieres bien, ¿no serás aceptado? Mas si no hicieres bien, el pecado está a la puerta. Y a ti estará sujeta su voluntad y tú serás su señor. (Génesis IV, 7.)
Quiere decir que el pecado está obligado a hacer la voluntad del genio homicida. El pecado, pues, abre las puertas a la muerte.
Caín fué el primer homicida que hubo entre los hombres, y su espíritu ha dominado a la humanidad entera desde entonces acá.
Jesucristo vino al mundo precisamente para deshacer la obra de la muerte. Él no padeció jamás enfermedad, porque nunca pecó, ni tampoco murió de lo que llaman muerte natural, porque le mataron, y para revelarle a los hombres la gran mentira de la muerte, resucitó con su cuerpo y apareció varias veces después, delante de más de 500 personas, según el Nuevo Testamento. (la. de Corintios XV, 6.)
Los cristianos de la iglesia primitiva sabían estas cosas (ya olvidadas), y por eso vemos en los crucifijos el cráneo y los huesos debajo de los pies de Jesús. Es una tradición que viene desde entonces. El espíritu de la muerte puede entrar y salir en el cuerpo del pecador si así le conviene. Su puerta es el pecado, como le dijo el Eterno a Caín, y el pecado hace su voluntad.
Las enfermedades de los hombres son pecados funcionando en un organismo humano. Es lo que querían decir los apóstoles cuando decían que «todo pecado engendra la muerte.» La enfermedad es la materialización de un pecado. Se abriga en la carne.
La lepra (enfermedad incurable hoy), la curaban los sacerdotes de Leví con ritos y ceremonias religiosas que Jehova mismo reveló a Moisés.
Jesucristo les decía a los enfermos que curaba: «tus pecados te son perdonados»; y otras veces: «vete y no peques más». La enfermedad es efecto del pecado, que se anida en la carne y la destruye.
La muerte (el hombre invisible), se burla de los doctores y sus drogas.
Los milagros operados por reliquias, huesos de muertos, tierra de sepulcros, aguas encantadas, etcétera, son milagros de hombre invisible, de Caín, que como dice San Pablo, se sienta en el templo de Dios, haciéndose parecer Dios.
Ahí lo tenemos en Lourdes, subido en los altares y realizando milagros mentirosos.
Cuando ese hombre invisible, a quien la enfermedad obedece, no ha llegado todavía a destruir alguno de los órganos indispensables de la vida, la curación se opera con sólo retirarse del cuerpo enfermo, como sucede con las enfermedades nerviosas, parálisis, reumatismo y todas las enumeradas por M. Darieux en su entrevista con M. Naudeau. Pero cuando se ha destruído uno de los órganos indispensables del organismo, el hombre invisible no puede reconstruirlo, porque al infierno no le es dado crear sino matar.
Esa es la razón porque en Lourdes no se pueden ver muertos resucitados, ni piernas reconstruidas, y que las famosas aguas no pueden curar sino un diez por ciento de los enfermos.
Algunos de los que se curan tienen apariencia de muy enfermos, pero no lo están en realidad. Si fuera posible hacerles una autopsia, se encontrarían sus órganos enteros todavía, aunque enfermos muy graves en apariencia.
Milagros semejantes a los de Lourdes se han visto y se ven en todas partes del mundo, con todas las religiones; en el siglo pasado, cuando la muerte del diácono jansenista François de París, se vieron las mismas maravillas en el cementerio de Saint-Médard, hasta el punto que se tuvo que cerrar por orden del rey. Las curaciones eran idénticas.
La ciencia moderna ha dado un paso muy importante, descubriendo que las enfermedades son ejércitos de animales microscópicos destruyendo un organismo humano. Muy bien. Ya se empieza a ver que en la muerte hay un principio de vida. Lo único que falta es descubrir al capitán de esos minúsculos ejércitos. Ese es el hombre invisible, el genio de destrucción que está en nosotros y que en todas partes se ha sentado en los altares haciéndose pasar por Dios. En el antiguo Egipto, bajo la forma descarnada de Isis; en la Caldea, como un pez enorme; entre los negros de Africa, como un cocodrilo; en China, como un dragón, etc., etc.
Los hombres de todos los países y en todos tiempos, aterrados por el espectáculo de la muerte con su espantoso estado mayor de enfermedades y terriblezas, le atribuyó a la muerte poderes divinos y suprema omnipotencia.
No pudiendo imaginarse a ese Dios sino bajo aspecto horroroso, creyeron ver su símbolo en animales espantosos, como cocodrilos, serpientes y otras fieras asquerosas que realizaban en ellos la idea de la potencia destructora. De aquí viene el origen de aquellas idolatrías que tan salvajes nos parecen hoy. Pero no nos hagamos ilusiones; nosotros mismos, los civilizados del siglo xx, somos víctimas de los mismos errores, pues si es cierto que no adoramos serpientes ni dragones, veneramos como dioses encarnados a aquellos de nuestros semejantes que mejor han sabido matar hombres en grandes cantidades. La muerte nos engaña de mil maneras para echarnos fuera del mundo. Hoy se ven naciones que se despueblan por los vicios y la corrupción. Esa es su obra. Por último, los milagros de Lourdes son milagros del inicuo invisible, traídos por el infierno y permitidos por Dios para que sepamos que hay un más allá que no vemos con los ojos, pero desde donde se dirige la máquina del mundo.»
Me despedí, no sin cierta inquietud.
Era ya la noche.
Un tranvía eléctrico pasó ante mi vista. Subí y partí.

