LIBRO CUARTO
Reading edition

I

NA sensación de bosque. Los árboles llenos de hojas forman cúpulas de frescura de donde se escapa suave rumor y una incesante polémica de pájaros. La fuente de Médicis evoca la gracia italiana que trajo aquella magnífica María, flor florentina. Las estatuas se duplican en el agua especular. A lo largo de las alamedas juegan los niños de piernas desnudas. Más allá, frescas muchachas se divierten con el lawntenis. Bandadas de gorriones saltan familiares sobre el terreno cubierto de hierba menuda y fina. Vuelan palabras, gritos, risas. La fuente central, frente al palacio, lanza su chorro verticalmente, que el aire transforma en una larga pluma cristalina y espumosa. En los bancos, al amor del delicioso ambiente, las gentes leen sus periódicos o sus libros. Varias mujeres hacen su labor. Uno que otro pintor copia rincones pintorescos. Abro mi diario y recorro sus columnas: la nueva ley sobre el servicio militar; una endemoniada en un convento; detalles sobre la catástrofe de la Martinica; todavía los Humbert... Llegan a mis oídos los acentos de una música militar. Por una almeada un sacerdote despacioso se adelanta; frente a él vienen dos estudiantes que discuten. Oigo la palabra laico... He ahí las dos fuerzas que hoy en Francia luchan con encarnizamiento... Y recuerdo la pregunta de Zola: «¿Adónde váis, jóvenes; adónde váis, estudiantes, que recorréis las calles manifestando, arrojando en medio de nuestras discordias la bravura y la esperanza de vuestros veinte años?—Vamos a la humanidad, a la verdad, a la justicia.» La Francia de mañana, los hombres de lo porvenir, no todos siguen el mismo rumbo. Hay la juventud atada a las tradiciones y prejuicios, y la juventud violenta de deseo, llena de ansias de futuro, dispuesta a la conquista de la felicidad humana. Hay la juventud gárrula, los hijos de papá, los trasnochadores de la taberna del Pantheon y otros d'Harcourts, y los laboriosos que siguen una carrera y la coronan, y no cesan de estudiar y bregar noche y día, dando lecciones, viviendo del propio esfuerzo, en tarea y en dignidad. Hay los ciegos o vendados por la influencia de la educación sectaria, voluntariamente inútiles, o poseídos de su idea parcial, y los que con los ojos bien abiertos buscan la vía segura, confían en la fuerza del pensamiento y se abrevan de ciencia vestidos de constancia y acorazados de voluntad. No creo mucho en las exageraciones de cierta juventud laica, que confinan con la filosofía de la crueldad y del absoluto egoísmo so pretexto de librar el alma de todo yugo dogmático. Ser laico, dice Lavisse, no es limitar al horizonte visible el pensamiento humano, ni prohibir al hombre el ensueño, y la perpetua rebusca de Dios; es reinvindicar para la vida presente el esfuerzo del deber. No es querer violentar, no es despreciar las conciencias aún detenidas en el encanto de las viejas creencias; es rehusar a las religiones que pasan, el derecho de gobernar a la humanidad que dura. No es odiar tal o cual iglesia o todas las iglesias juntas; es combatir el espíritu de odio que sopla de las religiones, y que ha sido causa de tantas violencias, carnicerías y ruinas. Ser laico no es consentir en la sumisión de la razón al dogma inmutable, ni la abdicación del espíritu humano delante de lo incomprensible; es no afiliarse a ninguna ignorancia. Es creer que la vida vale la pena de ser vivida, rechazar la definición de la tierra «valle de lágrimas», no admitir que las lágrimas sean necesarias y bienhechoras, ni que el sufrimiento sea providencial; es no tomar partido por ninguna miseria. Es no esperar en un juez que está sentado más allá de la vida, que ha de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de reparar las injusticias y de consolar a los que lloran; es librar batalla contra el mal en nombre de la justicia. Ser laico es tener tres virtudes: la caridad, es decir, el amor a los hombres; la esperanza, es decir, el sentimiento bienhechor de que un día vendrá, en la posteridad lejana, en que se realizarán los ensueños de justicia, de paz y de felicidad que, mirando al cielo, acariciaban los lejanos antepasados; la fe, es decir, la voluntad de creer en la victoriosa utilidad del esfuerzo perpetuo. Estas palabras, escuchadas del labio del sabio maestro, me parecen simplemente una interpretación moderna de la antigua idea cristiana. Y no encuentro la razón de ser del anticristianismo que en estos momentos se manifiesta en una parte del joven pensamiento francés. Un ideal de verdad, de justicia y de paz universal no está en contradicción con la doctrina del Nazareno, como la fe, la esperanza y la caridad. El dañó está en el estrecho clericalismo. La juventud idealista francesa oye desde hace tiempo el anuncio de un alba nueva, de una aurora de redención, y lo que ve surgir de cuando en cuando, en una noche cada vez más obscura, son manifestaciones medioevales, apariciones de retroceso, odios sectarios, nacionalismo odioso, antisemitismo ferozmente arcaico, el elogio de las matanzas de religión, el despertamiento de las Dragonadas, la dormida Montagne Pelée de los ancestrales rencores que hace erupción cuando menos se piensa, poniendo en peligro la ciudad de libertad, de igualdad, de fraternidad que se va construyendo poco a poco. Una parte de la juventud se esfuerza en evitar el mal. Las otras partes la han amenazado, la han burlado, se le han opuesto. Los descendientes de la Revolución no han dejado, no dejan de proseguir su campaña, alentados por unos cuantos maestros. Ellos buscan que la educación política se emprenda sobre bases sólidas para que luego mantenga el edificio de la nación. Nuestro objeto, dicen, es hacer la educación republicana de las jóvenes generaciones de nuestro país. Su profesión de fe filosófica, política, social y artística, está concentrada en este verso de Fernand Gregh:
Aimer le vrai, rêver le beau, dire le juste.
Ponen frente al viejo ensueño semita del Evangelio, la «unión de la cordura antigua y de la ciencia moderna.» Luchan entre la anarquía moral por un ideal moderado, «en nombre de la Verdad contra los Dogmas, en nombre del Derecho contra la Fuerza, en nombre de la Justicia contra todas las iniquidades sociales.» Otros van más lejos y traspasan los muros de la ciudad utópica de la comunidad humana, mientras se mueren en su ingrato oficio los Trublions de Anatole France. El ejército se mira combatido por los que, como el marqués de Rochefort, abanderado del Estado Mayor, atacan de todas guisas la idea del militarismo. «Ah, voilà assez longtemps qu'on nous embête avec l'honneur militaire!» grita ese furioso viejo gamin. Drumont predica el patriotismo, al propio tiempo que llama al Ministerio de la Guerra «una caverna, un lugar de perpetuos escándalos, una cloaca que no podría compararse a los establos de Augías». El coronel Villebois-Mareuil, en una carta resonante, confiesa que «ciertamente, los galones no valen la pena.» El diputado nacionalista Alfonso Humbert, llama al pabellón símbolo de la patria, una «loque tricolore». El mismo Rochefort escribe que «nuestros vencedores no son más crueles respecto de nosotros que lo que nosotros hemos sido feroces con nuestros vencidos, y que «il faut absolument en finir avec le rêgne des soudards». Cassagnac deja constancia de que, bajo la república, se prefiere siempre a «un imbécil o a un canalla, y que el Estado Mayor está compuesto de imbéciles, de vanidosos y de ganapanes». Edmond Lepelletier demuestra que los jefes del ejército comienzan ya a ser escogidos entre los antiguos alumnos de las casas religiosas. Se citan versos de Coppée:
Vous portez, mon bel officier Avec une grâce parfaite, Votre sabre a garde d'acier; Mais je songe à notre défaite. Cette pelisse de drap fin Dessine à ravir votre taille; Vous êtes charmant, mais enfin Nous avons perdu la bataille, On lit votre intrépidité Dans vos yeux noirs aux sourcils minces Aucun mal d'être bien ganté! Mais on nous a pris deux provinces. Vos soldats sont-ils vos enfants? Etes-vous leur chef et leur père? Je veux le croire et me défends D'un doute qui me désespère.
Lemaître declara que las promociones se hacen en el ejército entre los «flexibles, los intrigantes y los imprudentes», Charles de Freycinet, senador y tres veces ministro de la Guerra, afirma que hoy la vida del soldado más bien merma que aumenta su valor moral. M. Jules Delafosse, diputado conservador, asegura que con el servicio militar obligatorio y universal, no podrían rivalizar en obra de mal, «ni las epidemias mortíferas, como la peste o el cólera, ni las convulsiones del mundo físico, como los terremotos y los ciclones, ni las catástrofes devastadoras, como los incendios y las inundaciones». Y esto lo escuchan los jóvenes espíritus que han cantado la Marsellesa y que piensan en futuros ataques a la integridad de la patria. Otros piensan en otra patria mayor, en los intereses universales, en la solidaridad de los hombres. No admiten la divisa romana en el concepto romano de la patria: Tu regere imperio populos, Romane, Memento, y oyen palabras que, como la de Paul Bert, les dicen: «Queremos que se respete la patria, porque allí vemos una expresión, una de las manifestaciones más elevadas de la libertad humana.» La patria no se define por los límites naturales; no se define por la lengua, por la raza; no tiene que ver casi con la geografía, la lingüística, la etnografía. La patria se constituye por el libre y mutuo consentimiento de hombres que quieren vivir bajo un régimen político y social que han libremente creado o adoptado. Se cimenta por el recuerdo de las luchas sostenidas para conquistar ese estado social, por la fraternidad de los campos de batalla, de la sangre vertida y también por las aspiraciones comunes y por los intereses comunes. El peligro está, indudablemente, bien señalado, y contra él van los franceses de buena voluntad, jóvenes y viejos. Los sueños libertarios por bellos que sean, no dejan de estar muy lejanos. Los hombres de lo pasado, los representantes de las viejas ideas, se diría que son los únicos que tienen valor, energía, voluntad.
Ellos defienden bravamente su terreno conquistado desde tantos siglos, y no se dejarán destruir, armados como están de todas armas, y con un vigor que no demuestran los contrarios.
A un paso se alza la cúpula del Pantheon. A un paso está el Museo. Reinan un ambiente de gloria y un soplo de arte. El arte, la ciencia, la investigación del misterio humano, la liberación de todos los espíritus por medio de la Verdad y de la Belleza, he ahí la verdadera salvación de la Francia, de la tierra, de la humanidad entera. Los grandes creadores de luz son los verdaderos bienhechores, son los únicos que se opondrán al torrente de odios, de injusticias y de iniquidades. He ahí la gran aristocracia de las ideas, la sola, la verdadera que desciende al pueblo la impregna de su aliento, le comunica su potencia y su virtud, le transfigura y le enseña la bondad de la vida. Y es el camino hacia lo desconocido, en busca del secreto de nuestro ser. Mientras en la calle se entrechocan las antipatías y las hostilidades, mientras los portavoces de las pasiones violentas y malignas agotan sus terribles diccionarios, mientras se gastan en campañas miserables, i en trabajos de destrucción y de rencor fuerzas que podrían ser empleadas en bien de la comunidad, en provecho de la república, unos cuantos sabios prosiguen en sus laboratorios sus investigaciones; unos cuantos pensadores se afanan en la solución de más de un problema benéfico; unos cuantos artistas se aislan en su obra diaria, en la metódica labor que crea poco a poco la obra durable. Y hay por eso que confiar, que no desesperar. A la consecución de altos fines tiende el impulso vehemente de las almas nuevas. No sabemos si ese pálido joven de larga cabellera que acaba de pasar con un libro debajo del brazo es uno de los salvadores de mañana. Lo que sí sabemos es que los salvadores de mañana no están entre los danzantes de Bullier y donjuanes de la terraza. Felizmente, la juventud estudiosa americana que viene a París, buena parte encara los grandes problemas y consagra a la observación y a los libros sus mejores horas. No toda viene a bailar y beber.
He de ocuparme en los estudiantes americanos. He de escribir de su vida y de sus esfuerzos. He de visitarlos en los hospitales, en los laboratorios, en los talleres. Y he de contar la existencia del artista, pensionado o no, que pasa sus horas en la esperanza de su visión, en la fe en su arte, en el amor de su propósito. Estos no van a gritar a los monomios, ni buscan recomendaciones. Aprenden las maneras de la juventud libre y sana. No desdeñan reir, a pesar de la arruga que el pensamiento les cincela en la frente. Piensan en engrandecer la patria lejana, con todo y la indiferencia de los gobiernos y las sociales miserias, cegueras e injusticias. Miran, observan las agitaciones de las naciones europeas, los progresos, las tentativas, los fracasos y las victorias. Meditan en sus pensiones, en sus cuartos, en sus estudios más o menos pobres. Sonríen a uno que otro amor pasajero. Y, a la hora de los poetas, suelen venir a respirar olor de bosque bajo los árboles del jardín próximo, como estos verdes y frescos del Luxemburgo.


II

Jean Finot, al hablar de la Inglaterra enferma, no deja de hacer notar la vitalidad creciente de los Estados Unidos. No poco le ha servido para sus estudios y comparaciones la obra de M. Stead sobre la americanización del mundo, la cual tiene como epígrafe una frase de Cobden, en 1835: «We fervently believe that our only chance of national prosperity lies in the timely remodelling of our system, so as to put it as nearly as possible upon an equality with the improved management of the Americans.» M. Stead considera con razón como el más grande fenómeno político, social y comercial, la ascensión de la gran república al primer puesto entre las potencias del mundo.
El valiente periodista ha dicho claramente a sus connacionales: Si no renunciamos a un ficticio orgullo y no imitamos los procedimientos de los americanos, y no trabajamos para la concordia y unión del english-speaking world, vamos a quedar reducidos a la posición mediocre de Holanda o de Bélgica.
«Los norteamericanos se esfuerzan con inaudito despliegue de energía en rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Y la americanización universal ha comenzado. Inglaterra está invadida. Irlanda es más americana que inglesa. Un irlandés preferirá siempre, y estará orgulloso de ser ciudadano americano, a ser súbdito de la Gran Bretaña. La mayoría de los irlandeses miran con hostilidad al imperio británico. El partido revolucionario irlandés es en América donde tiene su base, sus banqueros, sus comités. Cada día Irlanda está más americanizada, más y más asimilada a las ideas de la democracia del Oeste.
»Lo que América ha dado a los irlandeses es mucho más valioso que dollars. Es únicamente en las ciudades de la Unión Americana donde los irlandeses han tenido oportunidad de desplegar aquellas facultades políticas, cuyo ejercicio se les niega en su tierra natal.» M. Stead es un escritor franco, que no disfraza nunca su pensamiento y que habla claro.
Las Antillas están llamadas a la anexión a los Estados Unidos; y es muy significativa una caricatura yanqui en que van, en forma de pollitos, a caer bajo el sombrero-trampa del Tío Sam. En cuanto al Canadá, juzga M. Stead que será la primera entre todas las antiguas colonias inglesas que se separe del Imperio para echarse en brazos de la forma republicana, aunque no para una anexión a los Estados Unidos.
Sin embargo, hay muchos partidarios de ella, sobre todo entre los canadienses de origen francés.
Australia está influenciada por los principios de la república americana. En la organización del Australian Commonwealth se ha tenido la mira puesta en los Estados Unidos. «El nuevo parlamento no tiene un año, pero ya ha formulado una petición de grandes alcances para la adopción de una doctrina de Monroe para el Pacífico.» Por lo que toca a la vida y costumbres, los australianos son mucho más americanos que ingleses, como lo han hecho notar algunos escritores y viajeros, entre ellos Henry George.
De paso, notemos una de las principales bases de la fuerza norteamericana en la inmigración. Son enormes aumentos de aspiraciones y energías las que han ido a acrecer la potencia propia. «La emigración, que a menudo es mirada por los americanos como un elemento de peligro, ha probablemente contribuído más que nada, excepto el puritanismo en la educación de la Nueva Inglaterra, a la formación de la república.» El profesor Starr ha asombrado recientemente con su afirmación de que, si no fuese el continuo influjo de la emigración extranjera con sus prolíficas familias, el tipo genuíno americano se aproximaría al piel roja, y, como el piel roja, estaría llamado a desaparecer. El país ha sido «un crisol de naciones».
La americanización de Europa va en una rápida progresión, aunque a ella se opongan unos cuantos espíritus defensores y previsores, cuyo principal representante y director es el emperador de Alemania. M. Stead tiene una frase muy feliz a su respecto: es Canuto, dice, enfrente del mar. La ola no deja de avanzar poco a poco a pesar de todas las protestas y de todos los esfuerzos. Y el viaje reciente del príncipe Enrique ha podido convencer al magnate viajero de la verdadera fuerza yanqui en su centro y origen, y el kaiser, una vez más, habrá sido bien informado. A esta oposición del kaiser obedecen las nuevas disposiciones y las nuevas tendencias de encauce de la emigración de que he hablado en una de mis correspondencias anteriores. Pero oigamos: «No hay ciudades más americanizadas en Europa que Hamburgo y Berlín. Son americanas en la rapidez de su progreso, americanas en su nerviosa energía, americanas en su pronta apropiación de las facilidades para el rápido transporte. El americano se encuentra mucho más en su casa, a pesar de la diferencia de idioma, en la concentrada y febril energía de la vida de Hamburgo y de Berlín, que en las más estacionarias y conservadoras ciudades de Liverpool y Londres. El manufacturero alemán, el armador alemán, el ingeniero alemán, están prontos a emplear las más recientes máquinas americanas. La máquina de escribir americana impera tanto en Alemania como en la Gran Bretaña; y, lo que es mucho más importante, el estanciero americano continúa proveyendo de pan y tocino, en cantidades cada vez mayores, la mesa alemana». Hay además la transfusión de ideas políticas, que ha preocupado mucho al emperador, con justo motivo.
La influencia norteamericana en el imperio otomano se ha entrevisto recientemente, a propósito de la captura de miss Stone. El misionero yanqui ha fundado colegios y centros que, al propio tiempo, son de propaganda evangélica y de provecho para los Estados Unidos. En Bulgaria, la mujer mas influyente era una discípula de la famosa miss Stone; la señora W. B. Kossuroth. Si el gobierno americano hubiese querido tomar la cosa a pechos, cuando el secuestro sonoro, «las Estrellas y Listas hubieran flameado pronto sobre las aguas del mar de Mármara, y el trueno de los cañones americanos hubiera sonado la agonía de la dinastía otomana. Ningún poder sobre la tierra hubiera podido detener el avance de los barcos americanos, y ninguna potencia de Europa, por supuesto, se habría atrevido a intentarlo.»
En el resto de Europa la americanización ha tomado otras vías. La invasión es sentida por todos y en la conciencia de todos parece incontenible.
En Asia, los Estados Unidos, después de la guerra con España, han llegado a ser un poder activo con la toma de las islas Filipinas. El influjo del capital americano en China y en el Japón ha ido en aumento desde hace tiempo.
Por lo que entrañan y lo que dejan gráficamente significado, las caricaturas son muy valiosas lecciones, y en este caso hay innumerables obras de dibujantes ingleses y americanos.
En una está el «Colonel Jonathan J. Bull», o lo que llegará a ser John Bull. En un fondo londinense, pero lleno de casas a lo yanqui, está plantado John Bull, la personificación simbólica de Inglaterra. Pero viste un traje que participa del traje propio conocido y del del tío Sam. A su lado está el águila americana, pero con cabeza de león, del león británico. Esa híbrida mezcla quiere decir demasiado para detenerse a explicarla. El dibujo es del Punck.
Ya he hecho referencia al sombrero-trampa que coge los pollitos de las Antillas. En otra caricatura, a propósito de la tarifa Wal, se alude a la anexión de Cuba. La única salvación está, ante el muro levantado, en un santos-dumont que se llama Annexation y que va montado por un cubano. Ambas caricaturas son de origen yanqui.
Hay otra del Punck de Nueva York, en que, ante las naciones de Europa, gallos enjaulados en la jaula de la doctrina de Monroe, se pasea, gallo enorme entre los pollos de las naciones latinas de América, el Uncle Sam. En otra el mapa de la América del Sur forma una cabeza cuyo sombrero es el del mismo Tío. En otra, con motivo de la terminación del tratado Clayton Bulwer, John Bull se inclina descubierto al abrir una puerta por la que entra orgulloso, armado de pico y pala, a abrir el canal de Nicaragua, el Tío consabido. En otra, un monstruo, una extraordinaria serpiente marina formada de arados, locomotoras, vagones, bolsas de trigo, máquinas agrícolas, barricas y algodón, avanza hacia el continente europeo, y a su vista salen corriendo, espantados, los tipos representativos de las naciones de Europa, John Bull el primero. Y en otras, ya es John Bull que sale a pasear por su propio país, y se encuentra con que todas las propiedades que ve están compradas por capitalistas norteamericanos; ya es el mismo John Bull que trabaja en una oficina en donde todo es «made in U. S.», o en una calle no encuentra tranvía en que subir que no sea de Compañía americana. Aquí va Jonathan llevándose un talego que representa el comercio del mundo, y a su paso atropella a las naciones del viejo mundo; más allá se demuestran las victorias seguidas de los Estados Unidos en materia de sport. O se ve a John Bull víctima de una pesadilla, viendo por todas partes tíos Samueles que le estorban el paso, que le prenden, que le juzgan, que le pegan en el box, que le dejan sentarse, que le vencen a la carrera o que se ganan todos los aplausos en los teatros. Por un lado, un retrato charge de Pierpont Morgan, cubierto con un sombrero que simboliza los truts y vestido de un chaleco de dollars. En otra parte, él mismo, como Atlas, lleva el mundo al hombro; y en otras tiene los tentáculos de un pulpo, o va en una bicicleta cuyas dos ruedas son los dos hemisferios del planeta.
¿Cuáles son los medios con que la dominadora América americaniza? Tiene la religión, por medio de sus innumerables ejércitos de misioneros y asociaciones de todos los cultos e iglesias americanas.
Hasta el espiritismo ha sido un útil medio en sus manos. Luego, la obra del Christian Endeavour movement, se ha extendido en toda tierra de habla inglesa.
Su influencia en el mundo intelectual y en el periodístico es grande. Desde el almanaque del Poor Richard hasta los ensayos de Emerson y la obra sociológica de Henry George. En el siglo pasado ha dado dos poetas de una originalidad y vuelo que se han impuesto al Universo: Poe y Whitman. Sus humoristas han contagiado a todas las literaturas de la tierra, a punto de hacer pesado en más de un autor «gai» francés el tradicional y ligero espíritu de la risa gala. Novelistas como Bellamy han logrado fama en un momento. Sus diarios son los colosos del diarismo mundial, y sus «magazines» son insuperables. En arte tienen un movimiento enorme que comienza a conocer el mundo; y la pintura saluda a Vhistler como la escultura a St. Gaudens, entre los grandes maestros. Su ciencia ha conseguido varias victorias. Su teatro ha invadido plenamente a Inglaterra. Su sociedad se ha ennoblecido por alianzas, gracias a su riqueza. Yanquis son la virreina de la India, lady Curzon, como la duquesa de Marlborough, y como muchas tituladas de todas las cortes de Europa. En el mundo del sport son reyes los yanquis. Y el Truts tiene carta de ciudadanía americana. Son los directores actuales de la Fuerza en la Humanidad.


III

A vieja cuestión del canal interoceánico se renueva de tiempo en tiempo. En estos momentos, se agita en los Estados Unidos y tiene naturalmente gran repercusión en Francia. ¿Se realizará el canal por fin? ¿Cuál de los canales? ¿El de Nicaragua? ¿El de Panamá? ¿Los dos? Colombia, Nicaragua, Costa Rica están a la espera de las resoluciones definitivas. El proyecto de Nicaragua parece ganar terreno; el cadáver de Panamá se diría conmovido eléctricamente como la rana de Galvani. M. Buno-Barilla lanzó aquí hace algunos meses un llamamiento a los panamistas, en el buen sentido de la palabra, para interesarlos en favor de una empresa que podría resarcir las antiguas pérdidas; nadie hizo caso. M. Hutin hizo un viaje a los Estados Unidos para tratar de ofrecer al yanqui los restos de Panamá, a un buen precio. Las influencias y los ofrecimientos usuales en los medios políticos americanos, no han escaseado. Nada se ha resuelto todavía. Entretanto, los norteamericanos se posesionan poco a poco de Nicaragua, en donde el gobierno ha comenzado por hacer concesiones que han sido aminoradas por declaración del presidente Zelaya, pero que, por parte de los Estados Unidos, han sido mantenidas, según las primeros versiones que la Prensa hizo conocer; es decir, cesiones territoriales a un lado y otro del futuro canal, con derecho de establecer guarniciones militares y tribunales de justicia. No se podrá alegar, pues, en tal caso, la «soberanía» de la república centroamericana, aunque hay que confiar en el reconocido patriotismo y tacto político del general Zelaya.
El señor Crisanto Medina, antiguo ministro de varias repúblicas de Centro América en Europa, persona de consejo y habilidad, que conoce perfectamente la cuestión del canal, como que ha sido actor en muchos preliminares de ella, ha ido recientemente a Nicaragua, y no es de dudar que sus indicaciones hayan sido escuchadas en el gobierno. Ha escrito con oportunidad una interesante historia del canal interoceánico, que reviste la mayor actualidad. No es el señor Medina de los dudosos, él cree probable que llegará, tarde o temprano, la necesidad, para el comercio del mundo, de los dos canales, el de Panamá y el de Nicaragua. Por de pronto, y por más que se asegure que los entusiasmos norteamericanos por el istmo nicaragüense son aparentes y tan sólo manifestados para encontrar más fáciles las ofertas del Panamá, abandonado por la mano francesa, parece extraordinario que se pueda suponer interés en continuar la ruta fracasada de Lesseps. Me ha tocado visitar en compañía de ingenieros desolados ante el espectáculo ciertamente conmovedor, aquel inmenso cementerio de construcciones, aquel colosal osario de máquinas, entre las ruinas, en el lugar fatídico en que la imprudencia por un lado y el delito por otro, enterraron un sinnúmero de vidas y un sinnúmero de ahorros de pobres gentes... Proseguir, animar de nuevo las viejas dragas llenas de herrumbre, volver a turbar con nuevos ruidos el silencio que dejó allí la más formidable de las «débacles», una especie de Sedán económico de Francia, sería una locura que no cabe, sobre todo, en cerebros yanquis. Pero, todo puede ser.
Los días pasados, en casa del señor Medina, recorría yo las líneas que ha dedicado a la obra ístmica. Él hace primero, y antes de entrar en recuerdos y apreciaciones personales, una reseña ligera de las tentativas que, a través de los siglos, se han iniciado para unir los dos océanos. Tiene el buen gusto de no citar la previsión de Séneca: «aquí está la vasta puerta de dos mares» demasiado mellada por el uso que de ella han hecho cuantos han tenido que ocuparse en el asunto. Habla de los ingenieros del Renacimiento, que fueron a buscar oro de Cipango, y que señalaron varias rutas factibles. Refiriéndose a ellos, cuenta que M. de Lesseps le dijo un día: Ils n'étaient pas fixés! Él tampoco, el pobre grande hombre n'était pas fixé!...
—Vea V., me dice el señor Medina—mientras la madera crepita en la chimenea de su «bureau» de diplomático, en la rue Boccador—; vea V. lo curioso que es ese proyecto de un antiguo español, Diego de Mercado, cuya relación se ha encontrado hace poco en los archivos de Sevilla: «Diego de Mercado no era un ingeniero; tampoco era un geógrafo. Él mismo dice modestamente a su soberano, Felipe III, que es «fabricante de pólvora, y antiguo soldado, a la sazón vecino desta ciudad de Santiago, de la provincia de Goathemala.» No obstante, sus descripciones son de una precisión admirable, y sus proyectos no carecen de buen sentido práctico. Principia Diego de Mercado por diseñar un cuadro muy completo de los puertos de San Juan al Norte y San Juan al Sur de Nicaragua; y explica en seguida la conformación del río San Juan y las muchas, pero no insuperables, dificultades que ofrece para la navegación a causa de sus arenas, sobre todo de sus raudales. Luego indica el trabajo que sería necesario hacer en él. Hace en seguida comparaciones entre los puertos de Panamá, Colón, San Juan del Norte y San Juan del Sur, y después de algunas descripciones prolijas y entusiastas, en las cuales el buen Diego de Mercado revela su alma de flamenco, hablando con más entusiasmo de los cereales que de las selvas vírgenes; después de un largo examen de las riquezas conocidas del suelo costarricense y de las riquezas y misterios y de la costa de Mosquitia, cuyo nombre primitivo de Sierra del Oro (Saguzgalpa), hace germinar en su imaginación ensueños de fortuna y de conquista, llega a su proyecto de canal y lo expone con sencillez y claridad en páginas que muestran su gran deseo de ser útil a la humanidad y al rey. Diego de Mercado fué un hombre estudioso y perspicaz, de buena voluntad y de fe entera, que comprendió desde luego las grandes ventajas que la canalización de Nicaragua ofrecía a la navegación universal en cambio de un ligero sacrificio. El rey Don Felipe III, no obstante, debe de haber dado muy poco crédito a sus palabras, puesto que aun teniendo seguridad de que, según sus propias palabras, «los trabajadores llevarían la obra a cabo sin necesidad de pagarles salario alguno», dejó sin respuesta definitiva la proposición de su leal vasallo.
Antes habían ya hecho propuestas semejantes al emperador Carlos V, Hernán Cortés y Angel de Saavedra; el primero señalaba como utilizable el curso del Darien y creía hacedero el canal por Panamá, basado en los estudios hechos por Vasco Núñez de Balboa en 1513; Cortés optaba por Tehuantepec, y encargó de hacer los estudios a Gonzalo de Sandoval. Carlos V se encogió de hombros. Tenía otras cosas que intentar. Luego, un aventurero portugués, llamado Antonio Galvao, encontró hacedero el canal por cuatro vías diferentes: Nicaragua, el istmo de Méjico, Panamá, entre el golfo de Uraba y el golfo de San Miguel. Felipe II recibió los pedidos de López de Gomara para que llevase a la práctica la obra del canal. Mucho tiempo pasó sin que ningún paso importante se diese. El fundador del Banco de Inglaterra, William Patterson, hizo que su rey aprobase un plan de colonización del Darien y de un canal por ese punto; aunque la expedición se organizó, no pudo efectuarse. Después tenemos la iniciativa de Bolívar, que, naturalmente, encontraba muy factible la obra por el istmo panameño; el Libertador se ocupó en el asunto antes y después de la realización de sus sueños políticos.
La primera expedición científica fué en tiempo y por orden de Carlos III. «Dos ingenieros eminentes, dice el señor Medina, uno francés y otro español, Martín de la Bastide y Manuel Galistro, fueron a Panamá y a Nicaragua; examinaron el terreno, hicieron minuciosos sondajes y volvieron a Europa con un proyecto favorable a Nicaragua (y no a Panamá, como dicen algunos historiadores), según consta del Abanico Geográfico que Martín de la Bastide depositó en la Biblioteca Nacional de París en 1805, es decir, en el mismo año del nacimiento de Ferdinand de Lesseps.»
No pudo tener buena acogida el plan de esos dos ingenieros; el tiempo y el medio no estaban de su parte. Es el tiempo y el medio pintados y evocados magistralmente en ese Enfant d'Austerlitz que acaba de producir el genial poder de Paul Adam. Todo lo envolvía el soplo agitado de la Revolución, y luego el estruendo y la tempestad de las guerras imperiales. En cambio, a comienzos del siglo pasado, fueron legión los proyectos y tentativas. Los grandes países, hace notar el señor Medina, enviaban entonces comisiones tras comisiones, y los sabios iban personalmente a América. Es la época del barón de Humboldt, panamista, también en el buen sentido, avant la lettre. Por parte de Nicaragua estaban Crosman, Baily, Félix Belly, Childs, Tay y otros; y Tehuantepec tenía a varios, sobre todo norteamericanos, por interés de vecindad y, por tanto, de absorción. «El historiador D. Alejandro Marure refiere que un hijo de Nicaragua, el señor Manuel Antonio de la Cerda, jefe que fué después de aquel Estado, tuvo la gloria de ser el primer centro americano que promoviese (en Julio de 1823) el asunto del canal, y explica los motivos que le impidieron llegar a un resultado. El señor Cañas, ministro de Centro América en Wáshington, en un oficio dirigido al departamento de Estado, en 1825, propuso la cooperación de Centro América con los Estados Unidos para abrir el canal por la provincia de Nicaragua. Como consecuencia, el famoso Clay, entonces secretario de Estado, comunicó sus instrucciones a Williams, ministro de la Unión en Centro América, para hacer las investigaciones necesarias y aún se celebró un contrato para la construcción del canal, que adolecía de defectos consiguientes a la ignorancia en que por falta de estudios exactos, se estaba todavía sobre el costo y las necesidades de la obra.» Entonces fué cuando el gobierno centro-americano recurrió a Holanda. La política europea echó abajo las buenas intenciones de la compañía holandesa que se organizó. Centro América intentó de nuevo, esta vez con los Estados Unidos, en tiempo del presidente Jackson. Hace tiempo que se solicita la boca del lobo... Las negociaciones siguieron su curso hasta que, en 1853, el Senado adoptó una resolución excitando al presidente a abrir negociaciones al efecto de proteger por tratados a cualesquiera compañía o individuos que acometiesen la construcción del canal, para los Estados Unidos lo mismo que para las demás naciones. En 1849, los Estados Unidos dieron dos buenos pasos a ambos lados del istmo: obtuvieron una concesión del ferrocarril de Panamá, y firmaron un tratado con Nicaragua para la apertura del canal. Inglaterra paró la oreja; y a propósito de los indios de la Mosquitia, celebró el famoso tratado de Clayton-Bulwer, tan llevado y traído en estos últimos tiempos.
En 1880, siendo presidente de Nicaragua el general Zavala, se firmó el contrato Cárdenas-Menocal, que quedó en nada. En 1884 firmó en Wáshington el ministro Zavala un tratado, «en virtud del cual los Estados Unidos se comprometían a construir el canal con acompañamiento de ferrocarriles y telégrafo, concediendo Nicaragua no sólo el territorio al efecto, sino una faja de dos y media millas inglesas de ancho en toda la longitud de la obra. La empresa sería virtualmente administrada por el gobierno americano quien entregaría al de Nicaragua una tercera parte de los productos netos.» Este tratado no obtuvo la ratificación del Senado americano; Cleveland lo retiró. Luego hubo otros arreglos y contratos que caducaron sin resultado ninguno.
Respecto a la tristemente célebre Compañía Universal del Canal de Panamá, el señor Medina es más explícito. «Tendré que tratarla, dice, con más detalles, por haber sido testigo presencial de los acontecimientos desde su origen hasta el fracaso definitivo.» Así, recuerda el primer Congreso científico que haya tratado del canal, en Amberes, el año de 1871, de donde salió muy recomendado el proyecto por el Darien, entre los ríos Tuyra y Atrato, presentado por M. de Gogorza. En 1875 la cuestión fué tratada en el Congreso de Geografía de París. Se trató de la reunión de un Congreso internacional que decidiría. Ya Lesseps aparece; y luego el Sindicato que él apoyaría y que tuvo por presidente al general Türr. Conseguidos los capitales, la Comisión de estudio que debía dictaminar fué enviada. La Comisión partió para América en Noviembre del 76. Iba a bordo del vapor Lafayette, y entre sus miembros se contaban el ingeniero Reclus, el oficial italiano Bixio, Víctor Celler y seis ingenieros más, bajo las órdenes de Luciano Napoleón Bonaparte Wyse. Tocóle al señor Medina ir en ese vapor en tal ocasión. Varios de los miembros de la Comisión eran amigos personales suyos y hace memoria de sus impresiones.
Sabido es que en ese tratado se estipula que las partes contratantes se comprometen a no ejercer un contrato exclusivo sobre el canal, a no alzar fortificaciones en él, a no ejercer dominio alguno sobre Nicaragua, Costa Rica, la costa Mosquitia ni parte alguna de la América Central, ni directamente, ni por medio de alianzas o protectorados. Ya se sabe cómo es la política de los países anglosajones, y cómo saben interpretar, según el caso, sus tratados y sus doctrinas. El canal no pudo tampoco hacerse entonces. Luego fué la invasión filibustera de Walker. Si Walker triunfa, el canal estaría hace tiempo abierto. En el 63 los Estados Unidos, que ya tenían plantado el jalón del ferrocarril en Panamá, propusieron a Colombia la construcción del canal; tales condiciones ponían, que Colombia no aceptó. «Se dice—agrega el señor Medina—que el príncipe Luis Napoleón estuvo en San Juan del Sur, y fué uno de los más entusiastas partidarios del canal por Nicaragua, aunque más tarde, dueño ya de un imperio, no hizo nada para llevar a la práctica la realización de sus ensueños juveniles.» En efecto, Napoleón III publicó un estudio sobre el canal de Nicaragua, muy meditado e importante, y del cual, ya en tiempos en que era emperador, se ocupó el Instituto de Francia. Pero la cosa no pasó a más. El señor Medina habría podido investigar y darnos a conocer algo de las relaciones estrechas que ligaron al monarca francés y al ministro nicaragüense Castellón.
«En nuestras largas conversaciones—cuenta el diplomático centro-americano—, los ingenieros y, especialmente, Bonaparte Wyse y Bixio, me hicieron ver la importancia decisiva de la misión que ellos llevaban, asegurándome que, una vez sus estudios terminados, la obra se ejecutaría sin demora, gracias al poderío y a la influencia de Lesseps, en quien la Europa toda había depositado una confianza ilimitada después de Suez. Yo lo creía también así, y, naturalmente, no dejé pasar una sola de las ocasiones que se me presentaron para influir en sus ánimos, haciéndoles ver las mil ventajas que Nicaragua ofrecía a la empresa; indicándoles la clemencia relativa del clima, la densidad de la población, superior a la de Panamá, la abundancia de maderas y víveres, etcétera. Tan pronto como terminaran sus estudios en el istmo y firmaran un contrato con el gobierno colombiano, tenían la idea de pasar a Nicaragua con igual objeto. Así pensaban regresar a Europa con todos los elementos necesarios para que la resolución del Congreso pudiera darse con entera imparcialidad y perfecto conocimiento del asunto. Pero cuando Bonaparte Wyse regresó de Colombia y Nicaragua, resultó que sólo con el primero había celebrado contrato para la construcción del canal de Panamá. Esta era la situación cuando se reunió el Congreso internacional que debía resolver definitivamente el punto.» Aquí los recuerdos personales del señor Medina se precisan. «Reunióse el Congreso en París, y celebró sus sesiones en el hotel de la Sociedad de Geografía, en los días 15 a 29 de Mayo del año de 1879. El elemento extranjero en dicho Congreso se componía de 62 delegados, representantes de Alemania, Austria, Bélgica, China, España, Estados Unidos, Colombia, Gran Bretaña, Hawai, Holanda, Méjico, Noruega, Perú, Portugal, Rusia, Suecia y Suiza. En cuento a las Repúblicas de Centro América, sólo estaban allí representadas: el Salvador, por el ilustrado publicista colombiano D. José María Torres Caicedo (con quien el señor Medina tuvo un duelo célebre); Costa Rica, por don Manuel M. Peralta. Yo representaba entonces a Guatemala. Además de estos delegados extranjeros, había en el Congreso más de ochenta representantes franceses, en su mayor parte ingenieros distinguidos y casi todos hombres de verdadero talento y de real sabiduría; pero que, habiendo sido hábilmente escogidos por M. de Lesseps, estaban dispuestos a apoyar sus planes y a formar siempre la mayoría necesaria al triunfo de su inquebrantable voluntad. Para llevar a cabo metódicamente sus labores científicas, dividióse el Congreso en cinco Comisiones especiales, y a mí me tocó en suerte, a pesar de mis escasos méritos, ser el vicepresidente de la primera de ellas y de dirigir sus debates durante las ausencias del ilustre sabio francés M. Levasseur. Tratábase, ante todo, en el seno de esta Comisión de establecer, gracias a datos y cálculos estadísticos, los rendimientos probables del canal, para poder, desde luego, estar seguros de la equitativa relación que debía existir entre el capital empleado y los dividendos futuros. En este sentido traté siempre de inclinar los ánimos en favor de Nicaragua, basándome en cifras exactas, pues todos o casi todos los proyectos de apertura de la vía interocéanica por el Lago y el San Juan, marcaban la necesidad de un capital menor al que era indispensable para llevar a cabo la obra en el Darien, y, por lo mismo, ofrecían más probabilidades de ganancias para los accionistas. Esta cuestión era, en el fondo, una de las más importantes, y si mis ideas hubiesen prevalecido entonces, no hay duda de que la opinión pública hubiera ejercido una presión contra Panamá; pero el público no prestó gran interés a ese punto de detalle y dejó obrar a los hombres que, estando encargados de hacer los cálculos estadísticos, con una libertad hasta cierto punto fantástica, debían decidir, en última instancia. Dispuesto M. de Lesseps a no aceptar a Nicaragua sino en último caso, pidió que los datos fueran calculados con toda la posible largueza, basándolos en el tráfico probable del porvenir, teniendo en cuenta el aumento gradual que habría obtenido el comercio cosmopolita cuando el canal empezase a funcionar; es decir, estableciendo los cálculos según lo que ese aumento estaba llamado a producir en 1866. El tonelaje previsto fué de 7.250.000. A pesar de la elevación en tal cifra fué necesario subir el precio primitivamente fijado como derechos de tránsito del canal; y, aun con todo eso, apenas se llegaba a obtener los rendimientos indispensables para pagar los intereses del capital que se necesitaba invertir en la obra. No así adoptando el proyecto Menocal por Nicaragua, que revelaba una economía de 500.000.000, comparado con el presupuesto hecho para Panamá, por el ingeniero Ribourt.»
Las revelaciones del señor Medina son muchas y muy interesantes. Sería de desear que extendiese sus Memorias, que aumentase los detalles y diese a luz un verdadero libro que, de seguro, contendría datos curiosos, previsiones cumplidas y rasgos pintorescos. Recuerda el informe de Levasseur y los estudios de la cuarta Comisión del Congreso, compuesta de los más sabios ingenieros del universo, y que tenía que ocuparse de la parte técnica de los proyectos, que fueron muchos. Me llama grandemente la atención lo que rememora de una carta de M. Lucien Puydt y que leyó en una sesión el secretario de la Comisión. Era un eco anticipado de la catástrofe que debía venir, un anuncio del formidable «Panamá» que debía minar la base de la gloria del Gran Francés. En esa carta se decía que «M. de Lesseps se ocupa exclusivamente del éxito y del porvenir de la compañía civil, y que la cuestión de la apertura del canal, desde el punto de vista del interés universal, queda regalada a un plan secundario, y su solución subordinada a la aceptación del proyecto de su protegido.»
Más, mucho más contienen las apuntaciones y la riquísima Memoria del señor Medina, respecto a los entretelones de la cuestión del canal, de asuntos técnicos y pasos diplomáticos, tanto en Europa como en los Estados Unidos. No dejaré de citar sus impresiones en las últimas sesiones de ese Congreso con M. de Lesseps. «La opinión extranjera, dice el señor Medina, se había pronunciado casi con unanimidad en favor de Nicaragua. Viendo esa presión desinteresada, M. de Lesseps se dirigió confidencialmente a mí y me dijo textualmente lo que sigue: «El sentimiento de la mayoría del Congreso parece pronunciarse en favor de Nicaragua; yo no tengo ningún interés personal en que se favorezca tal o cual vía, tanto más, cuanto que los gastos hechos por el Sindicato de exploración Türr y Wyse pueden ser reembolsados por la compañía que se forme; pero sería necesario formalizar algunas bases de arreglo con el gobierno de Nicaragua, porque si el Congreso opta por el canal de Nicaragua y enviamos después un comisionado a tratar con aquel gobierno, sin arreglo previo de ningún género, las pretensiones serán tales que no habrá modo de hacer un contrato realizable. ¿Hay alguien aquí autorizado para hacer cualquier ofrecimiento en nombre de Nicaragua?» «Yo sabía desgraciadamente que no, y me limité a asegurar a M. de Lesseps, como amigo de Centro América, que Nicaragua comprendería demasiado sus intereses para demostrar la intransigencia que él temía, y le insté para que dejara que el Congreso se pronunciase libremente; pero mis instancias, como las de otros, se estrellaron contra los temores de M. de Lesseps y contra la presión del Sindicato colombiano que trabajaba por que la decisión fuera enteramente favorable a sus proyectos.» Lesseps se decidió firmemente por Panamá. En la votación general la mayoría de los representantes extranjeros se abstuvo. Entonces resultaron 87 votos por Panamá, y sólo 8 por Nicaragua. El Gran Francés había triunfado...
Ahora es en los Estados Unidos. Se verá, por fin, cuál será la vía elegida por los yanquis, pues ellos son los que han de hacer práctico tanto proyecto. Por Panamá, o por Nicaragua o por ambas partes, ellos buscan que América sea para los americanos. O para la humanidad... que habla inglés.


IV

N almirante de la marina de Francia se quejaba los días pasados, en el Congreso, de las disposiciones del gobierno que suprimen a bordo de los barcos de la armada toda manifestación religiosa, desde luego la bandera con la cruz, que se izaba durante el sacrificio de la misa, y después, la misma misa... «No sé qué mal puede hacer a la marina francesa, decía el almirante, el signo y el nombre de Cristo, cuando en Francia casi todos son cristianos, y en una enorme mayoría, católicos.» Una vez puesta la atención en estos asuntos, la verdad que encontraréis es que el espíritu que anima a este país no es el de un pueblo ateo. Un espiritualismo histórico impregna la médula de la raza, y no es por cierto una seca filosofía lo que subsiste junto con la claridad tradicional al influjo lejano del ensueño celta. Aun en la locura diluviar de la Revolución, la idea de la divinidad queda flotante. «Si no existiese Dios, dice un demoledor, sería preciso inventarlo». Los hombres de la Enciclopedia, aun los osados como D'Alember, confinan con la tolerancia. Toda la literatura clásica converge a una concepción deísta.
Dieu laissa-t-il jamais ses enfants au besoin?, es la voz de Racine en Atalia; mientras Corneille deja el drama cristiano encarnado en toda su intensidad en su admirable Poliuto... A veces una explosión revela los ardientes elementos contenidos en el seno de la nación, las exasperaciones del fanatismo, el fermento de una creencia demasiado recelosa; según los tiempos, la complicación de causas se caracteriza, y así es el movimiento de las Cruzadas, la revocación del edicto de Nantes, la noche de San Bartolomé, y en nuestros lamentables tiempos el antisemitismo reforzado del veneno de políticas caseras. Mas un soplo religioso agita todas las florestas, pasa por todas las ciudades, y no está echada en el olvido la antigua divisa Gesta Dei per Francos; la corona de los emperadores de Occidente fué colocada en la frente del gran Carlomagno por las manos de un Papa, y la ampolla de San Remy aún guarda en Reims el recuerdo de Juana de Arco... Son cosas que tiene en entredicho la república francmasona o pseudosocialista... No pertenece al reino de lo imposible que las palabras a Clovis sean repetidas más tarde a tantos fieros sicambros... No está destruída, ni con mucho, en esta Francia generosa, la savia de la conciencia religiosa. Hay unas frases de Tolstoï, que así dicen: «No ignoro que, siguiendo una opinión extendida en nuestro tiempo, la religión es un prejuicio del que la humanidad está ya libre, y resultará de esto que no existe en nuestro tiempo conciencia religiosa común a todos los hombres... Sé también que esta opinión pasa por ser la de las clases más ilustradas de nuestra sociedad. Los hombres que no quieren reconocer el verdadero sentido del cristianismo, inventando toda suerte de doctrinas filosóficas y estéticas para ocultar a sus propios ojos la sinrazón de su vida, esos hombres no pueden ser de otra opinión. Sinceramente o no, confunden la idea de un culto religioso, y rechazando el culto, se imaginan rechazar con el mismo golpe a la conciencia religiosa. Pero todos esos ataques contra la religión, todas esas tentativas de establecer una filosofía contraria a la conciencia religiosa de nuestro tiempo, todo eso prueba bastante claramente la existencia de aquella conciencia, y que ella reprueba la vida de los hombres que la atacan y la contradicen. Si se determina en la humanidad un progreso, es decir, un paso hacia adelante, preciso es necesariamente que algo designe a los hombres la dirección que deben seguir en la marcha. Pues tal ha sido siempre el papel de las religiones. Toda la historia nos demuestra que el progreso de la humanidad se ha verificado siempre bajo la guía de una religión. Y como el progreso no se detiene, como su marcha ha de continuar durante mucho tiempo, mucho tiempo necesita también una religión propia.» Es lo que acontece en todas partes y en Francia en particular, revelado por signos que un día son las grullas de M. de Vogüé; otro, las tendencias artísticas y literarias de una élite; otro, la palabra de tal o cual representante del espíritu universitario, como M. Brunetiere. A una inclinación exagerada, responden un enderazamiento y un impulso en ángulo igual. Veremos, quizá pronto, la contraparte de la ley de las Congregaciones. Tómese como ejemplo la ley Falloux, de cuya abrogación se trata en estos momentos.
En 1850, el ministro Falloux propuso la ley que lleva su nombre y que fué aceptada, en favor de la enseñanza primaria de las Congregaciones religiosas. En 1886, la ley de 30 de Octubre quitó los privilegios. Actualmente, el maestro de primaria religioso tiene los mismos grados que el institutor laico. Y la resultante es que, si en 1849, según la declaración del hermano Philippe ante la Comisión extraparlamentaria, los Hermanos de la Doctrina Cristiana, solamente, enseñaban unos 200.000 niños, y las Hermanas de la Caridad, cerca de 120.000 niñas, hoy las Congregaciones sostienen, según los mejores datos estadísticos, por lo menos 1.600.000 niños.
Acaba de ser juzgado en consejo de guerra el soldado Grasselin, del batallón de artillería, después del soldado Delsol—dos especies de «doukhobors»,—influencia de Tolstoï en el medio del «pioupiou». No he de presentaros sino un fragmento del interrogatorio:
—«El 19 de Noviembre se os ha dado la misma orden; os habéis negado a ejecutarla. Pasan días y seguís con la misma actitud de oposición. Se os ha leído el Código penal cinco veces. Ruegos, amenazas, reprensiones, nada ha logrado vencer vuestra obstinación. ¿Por qué obráis así?
—»Jesucristo ha dicho: No matarás. Amaos los unos a los otros. Yo no he querido ser dañoso para nadie.
—»Abrir una culata no es dañar a nadie.
—»Más tarde se me habría dado un fusil; un fusil sirve para matar, como el hierro del arado sirve para cultivar la tierra.
—»En fin, no teníais que discutir; se os daba una orden.
—»Sobre mis superiores, que son hombres, está el Cristo.
—»Por último, ¿no queréis ir a la guerra?
—»No.
—»¿Aceptáis, al menos, someteros a la ley?
—»No para matar. Que se me ordene hacer otra cosa.
—»¿Haríais lo que se os mandó, abrir las culatas, ahora?
—»Querría prometer, pero no cumpliría. No podría cumplir. Esto no es insubordinación, es sumisión a mi conciencia.»
Esto no está tomado del «acta» de ningún mártir, no está en la Leyenda Dorada ni en los Bollandistas: está en los periódicos. Todo el mundo ha podido leerlo. Muchos se han encogido de hombros, y han creído que esos dos casos son simplemente casos clínicos. Esos dos soldados que toman al pie de la letra los mandamientos de Jesucristo no son irresponsables, puesto que han sido condenados... y son ciertamente significativos.
La aristocracia francesa y la alta burguesía no son anticristianos. Es la república la que—y esto no siempre—ha sido hostil a las creencias nacionales. Y aun en la república no ha habido gobiernos antirreligiosos, sino ministerios antirreligiosos. La Revolución ha sido, según el P. Delaporte, «este acto de felonía de la Francia oficial para con el Hombre-Dios.»
Este activo sacerdote lleva a un plan decisivo su concepción de la salud de la patria. «Dos perspectivas se ofrecen a nosotros: una, la de la vuelta de las naciones a la aceptación de la soberanía de Dios; otra, la de la potencia que se disfraza con nombres diversos: revolución, ciencia, estado laico, soberanía del sufragio universal. Lo que hay que hacer es restablecer el orden verdadero. El orden verdadero es la preeminencia de la sociedad religiosa, la sola absolutamente esencial.»
Es el lenguaje de un bravo sectario. «¡Leed, releed el Evangelio!—dicen otros.—El Evangelio está descuidado aún en los colegios de enseñanza religiosa, en los seminarios; hay que volver a él y dejarse guiar por él.» Así lo ha hecho M. François Coppée; y el otro día le he visto, por el jardín del Luxemburgo, muy contento y rejuvenecido... Antes, uno de los personajes de su drama Pour la couronne, certifica el bien de tales fuentes:
—Qui t'a rendu si bon? Ma mére et l'Evangile.
El evangelismo no está ausente en la literatura contemporánea más en boga. ¿Quién diría que un tan fino inmoralista como Paul Bourget lo predica discretamente? Cristo ha sido y continúa siendo una preocupación de los intelectuales y de los socialistas, así se le considere como un simple cartel, como dice Severini con demasiado oratorio irrespeto: «El tribuno pálido, clavado, como el primer affiche socialista, sobre el madero del Gólgota.» Jules Guesde declaraba en una sesión del Congreso, la del 19 de Febrero de 1794: «Estamos obligados a dejar constancia de que hay en esta asamblea, al menos un miembro, el abate Lemire, que representa el Evangelio del Cristo, ante el cual se inclinan hoy los socialistas». Los anarquistas mismos, si cuentan con elegantes blasfemos como M. Tailhad, tienen poetas que no desdeñan nombrar al Divino Libertario en versos como éstos:
Puisque le Christ, le sang, les pleurs Tyrans! no'ont pu former vos cœurs Aux sentiments de la Colombe: Gare la bombe!
Cuando llega la Cuaresma, los diarios suelen presentar muestras de literatura fervorosa, a propósito de los oradores sagrados. Los conferencistas como monsieur Brunetiere, son casi considerados como apóstoles; y lo cierto es que muchas de sus conferencias tienen el arte y el tono de los mejores sermones y homilias. Y con Brunetiere, otros cuantos severos y respetables varones. Para mí todo eso no vale en piedad, y fe verdaderas una plegaria del Verlaine de Sagesse.
A través de los últimos salones se ha visto también el arte preocupado de religiosidad. Después de las grandes «machines» de Munckassy, nada ha causado tanto ruido como las reconstituciones de Tissot. Las profanaciones de Juan Beraud no dejan de ser también señal de una idea en marcha. Hasta los pintores mundanos se han sentido influídos, y M. Carolus Duran tiene su Calvario, como el museo de cera Grevin tiene su pasión en tiempos de Semana Santa.
Al dar cuenta del Salón del Champ de Mars, en 1894, hacía notar M. Turquet: «Llama la atención el número de cuadros religiosos. Los unos son puramente religiosos y representan escenas de la historia cristiana; los otros, inspirados por un profundo sentimiento religioso, reproducen escenas de la vida moderna.
Los que piensan, se preguntarán lo que quiere decir ese movimiento en el mundo de los artistas, y ese renuevo en un arte que los escépticos se felicitaban de ver desaparecer. Eso no es sin motivo; y corresponde evidentemente a un nuevo estado de alma en la nación. No solamente los cuadros religiosos y los que están impregnados de sentimiento religioso son numerosos, sino que atraen a los visitantes. He querido darme cuenta de la impresión producida, y he escuchado a menudo las observaciones hechas. Rara vez he oído reir; raramente he visto burlarse. Es un signo del tiempo, que deben tomar en cuenta los que quieren gobernar el país.» Hay que apartar del movimiento religioso las comedias del diletantismo, las misas wagnerianas y el preciosísimo decorativo de un misticismo literario completamente superficial. Mas los casos de recogimiento, las victorias morales como la de Huysmans, son, sí, de atraer al observador. La Samaritana de M. Rostand frecuenta demasiado la calle de la Paix, como la María Magdalena de M. Massenet; pero los frescos de Besnard dicen demasiado, y en tales monasterios de París, un núcleo de creyentes artistas oye aún el verdadero canto de la música antigua que dice cosas de Dios, y se oyen flautas angélicas como en los versos de Schiller:
Sie flœten so süs, Wie Stimmen der Engel im Paradies...
La provincia está llena de religiosidad, desde la clara Provenza hasta la negra Bretaña. Las pinturas realistas hechas con el talento que distingue al conde Austin de Croze, no son completamente imparciales. M. de Croze es un enemigo declarado del clericalismo. Mas tanto en la provincia como en el centro, la verdadero levadura religiosa no debe ser confundida con la obra de una política que tiene muy poco de evangélica. La Francia cristianísima, lo es, a pesar de los errores comprometedores de los sectarios y de las campañas ruidosas de un clero harto combatido.
Suelo penetrar en los templos—Saint Severin, Notre Dame, Saint Eustache—lejos de la devoción elegante y ostentosa—, y allí veo, siempre, muchas buenas almas francesas, con humildad, en silencio, haciendo una cosa muy sencilla e inmensa, que se creería que ya no se hace, y menos en París,—orando.

V

E recibido de M. Jacques Morland la comunicación siguiente: «En un discurso reciente, el emperador Guillermo II ha proclamado de nuevo la pretensión del espíritu germánico a una supremacía mundial.»
Parece, no obstante, que una reacción se produce contra la influencia intelectual alemana que fué tan fuerte en maestros como Renán y aun Taine en Francia, y en la mayor parte de los espíritus de la segunda mitad del siglo xix.
Las victorias de 1870 han valido a Alemania un ascendiente universal. Los franceses, vencidos, estuvieron por reconocer esa preponderancia y creyeron deben instruirse en el país de sus vencedores.
De vuelta de ultra-Rhin, los jóvenes franceses se interrogan, se felicitan de algunos fecundos procedimientos de trabajo adquiridos en las universidades alemanas, pero muchos confiesan una decepción.
Numerosos síntomas indican un descenso de esa autoridad que se había acordado a la cultura germánica.
Hace dos años, el célebre crítico dinamarqués, Georg Brandes, al dar una serie de conferencias en Hungría sobre las diferentes civilizaciones europeas, preconizó el genio francés, con gran enojo de los diarios de Berlín, de Leipzig y de Hamburgo.
Hoy las estadísticas demuestran que los estudiantes ingleses comienzan a desertar de las universidades alemanas para venir a instruirse a París.
En fin, en Alemania misma, Nietzsche, después de Goethe y Schopenhauer, ha hablado de sus compatriotas con desdén.
Se cree interesante hacer una «enquête» entre algunos sabios, filósofos, literatos y artistas franceses y extranjeros, con el objeto de obtener testimonios competentes que no podrían ser suplidos por un examen personal. El Mercure de France emprende esta «enquête», sin «parti pris», solamente para aclarar la opinión y también el juicio de los alemanes, si es posible, respecto a su propio valor.
«¿Qué piensa usted sobre la influencia alemana desde el punto de vista general intelectual, y más especialmente desde el punto de vista filosófico y moral en la América del Sur?
¿Esta influencia existe aún y se justifica por sus resultados?»
Siendo muy niño, allá en mi país natal, recuerdo haber tenido, por primera vez, la sensación de la influencia alemana, gracias a un famoso asunto Eisenstuck: el pequeño puerto de Corinto amenazado por las bocas de fuego de los buques de guerra alemanes. Fué mucho después que leí la Crítica de la razón pura...
Después de recorrer casi toda la América española y de haber residido por algún tiempo en varias de las Repúblicas, creo poder afirmar que las ideas alemanas no han encontrado ni pueden encontrar buen terreno en nuestro continente. A medida que la civilización ha avanzado, el pensamiento naciente ha buscado diversos rumbos en los tanteos de un comienzo deseoso y entusiasta. Filosófica y moralmente se ha seguido hasta hace algunos años por el antiguo cauce español. Pero una tendencia continua al progreso ha hecho que cada movimiento de ideas europeo haya tenido allá repercusión. Las «ideas abuelas», como las llama M. Paul Adam, han fructificado sobre todo; la mental savia latina se ha mantenido incólume, a pesar del poderoso y vecino elemento bárbaro. Toda gran voz humana se ha hecho oir allá por el órgano de la Francia. La América latina, después de la Revolución, en el orden de las ideas, mira en Francia su verdadera madre patria. Cuando en España causó una especie de revolución filosófica un mediocre profesor alemán poco admirado en su país—he nombrado a Krause—, el contagio no pasó el Atlántico, y la América española estuvo libre de él. En cambio, Comte encontró allá largas simpatías y el positivismo discípulos y seguidores. Si hoy Nietzsche ha obrado en algunas intelectualidades, ha sido después de pasar por Francia.
Ciertamente, alguna parte de la juventud hispanoamericana se ha educado en Alemania y ha logrado grandes progresos desde el punto de vista profesional. No nos falta el médico que guarda en su cara el recuerdo de los estúpidos duelos universitarios y la dilatación de estómago de los aún más estúpidos trasegamientos obligatorios de cerveza. Pero no se tiene, en el grupo pensante, puesta la mirada y el ensueño en Berlín ni en Bonn, sino en París. Aun algunos de nuestros mejores intelectuales que por sangre y cultura tienen más de un punto de contacto con los alemanes, como el argentino doctor Bunge, autor del notable libro sobre la Educación, el centro-americano Ramón Salazar y el colombiano Pérez Triana, son a su manera lógicos y a su estilo claros, influídos voluntariamente o no, por los pensadores y escritores franceses. Chile es quizá el único país de la América hispana en donde el espíritu alemán haya logrado alguna conquista. De Ventura Marín a Valentín Letelier, los estudios filosóficos dan un paso enorme del aula hispanocatólica a la enseñanza universitaria alemana. Con todo, después de las doctrinas de un Lastarria, no creo que las ideas del señor Letelier, representante el más conspicuo de las tendencias germánicas en Chile, influyan mayormente sobre sus compatriotas.
Las victorias alemanas sobre Francia han producido, naturalmente, en aquellos países nuevos un acrecentamiento del militarismo. La divisa chilena cierto es que parece pensada por Bismarck: Por la razón o la fuerza. En cada pequeña República no ha faltado un pequeño conquistador que quiera hacer de su país una pequeña Prusia. El progreso ha llegado a la importación del casco de punta y del paso gimnástico marcial. En ciertos gobiernos una moral a uso de tiranos se ha implantado. Pero esos gobiernos han caído, caen o presto caerán, al impulso del pensamiento nuevo, de la mayor cultura, de la dignidad humana. Los sudamericanos que meditan en la verdadera grandeza de los pueblos, los hombres de buena voluntad y de juicio noble, no se hacen ilusiones sobre la virtud y alteza del alma alemana.
Se conocen los versos célebres de Arndt:
Deutsche Freiheit, deutscher Gott, Deutscher Glauber ohne Spott, Deutsches Herz und deutscher Stahl Sind vier Helden allzumal.
Y sabemos que la libertad de los alemanes es tanta, que casi no hay día en que no haya un proceso de lesa majestad; que el dios de los alemanes no es otro que el bíblico «dios de los ejércitos», que les ayudó en Sedán; que la buena fe sin burla la conoció muy bien Jules Favre por el «canciller de hierro», y París sitiado nada menos que por Wagner, y que el acero de los alemanes cuesta muy caro a las pobres naciones militarizadas de la América española, en donde hay la desgracia de tener un agente de la casa Krupp.
No, no puede ser simpático para nuestro espíritu abierto y generoso, para nuestro sentir cosmopolita, ese país pesado, duro, ingenuamente opresor, patria de césares de hierro y de enemigos netos de la gloria y de la tradición latina.
Los eruditos de la última gaceta os dirán que han aprendido que no hay raza latina, y que en Europa misma los elementos componentes de la nacionalidad española o francesa son todo menos latinos en su mayor parte. «La nacionalidad latina, responderá Paul Adam, es toda de ideas, no de sangre.» Nosotros somos latinos por las ideas, por la lengua, por el soplo ancestral que viene de muy lejos. «En la América del Sur, ha escrito M. Hanotaux, ramas vigorosas han florecido sobre el viejo tronco latino y le preparan el más brillante porvenir.» En países como los nuestros, en que, ante todo, se busca hoy un ideal comercial, han podido deslumbrar, junto con la victoria de las armas, las conquistas de la industria y del comercio alemanes hasta hace poco preponderantes. Pero ese ideal, absolutamente cartaginés, no podría ser durable. Tenemos a la vista el ejemplo de los Estados Unidos. El país de Caliban busca también las alas de Ariel. Y volviendo a la Alemania, un escritor francés que la conoce mucho y que ha sido el introductor de Nietzsche en Francia, acaba de expresar: «Los Heine, los Boerne, los Herwegh—para no nombrar sino poetas—, han encontrado entre nosotros una segunda patria y la libertad de escribir. Sin duda, los tiempos han cambiado, y la Alemania de los Hohenzollern ha reemplazado gloriosamente el caos de las Germanias de antes. La holgura ha venido, la prosperidad material, pero también la arrogancia y la hinchazón. Se trabaja, se gana dinero, pero ya no se tiene tiempo de tener espíritu. No se impide a Hegel profesar, pero es tal vez porque no hay otro Hegel. Se tiene el orgullo de las libertades políticas, pero ¿se admite acaso la libertad moral? Hace algunas semanas ha circulado una protesta entre los escritores alemanes. En ella se pedía la abrogación del párrafo 166 del Código penal del imperio, que se refiere a los «ultrajes a las instituciones religiosas». ¿Y a propósito de qué? A propósito de una traducción alemana de un volumen de Tolstoï, titulado El sentido de la vida, y que contenía, entre otras cosas, la Respuesta al Sínodo, volumen confiscado en Leipzig—y no en Rusia—. El escritor polaco Estanislao Przybyzewski, que publicaba sus obras en lengua alemana, tuvo que dejar Berlín hace algunos años. Escribe ahora libremente en Varsovia. Lejos de mejorar las condiciones intelectuales de Alemania, ¿no se agravan más?
La tiranía de la opinión pública iguala a la severidad policial y la estrechez de espíritu no fué quizá nunca como hoy. Hace cincuenta años, Max Stirner, hizo aparecer Lo único y su propiedad, sin ser inquietado. Hoy, los calabozos de Weichselmünde, le enseñarían a reflexionar. Hace cien años, los poetas románticos se mostraban por todas partes con sus queridas... y Goethe sonreía. ¿Es que, acaso, musicalmente, nos habrá conquistado el espíritu alemán? No me parece que el wagnerismo mecánico de la moda haya obrado muy transcendentalmente en nuestros talentos musicales.
Por más que se diga, somos, más que otra cosa, hijos mentales de Francia, de la civilización latina. Un impulso latino mantiene nuestro anhelo de libertad y de belleza. Los mismos defectos son heredados y tradicionales cuando no reflejados o impuestos por una ley simpática.
Y hay atrevidos descendientes del «ruiseñor alemán que hizo su nido en la Peluca de Voltaire», que dicen y cantan la verdad a la orgullosa patria. Así Oscar Panizza, el autor de Parisiana, que vive aquí, como Heine, y que ha sido tan atacado y perseguido por sus versos valientes y ásperos, y que habiendo reconocido en Francia una madre intelectual, la celebra y anuncia sus futuras victorias, a despecho de la patria original.
Las patrias madrastras deben cuidarse de los hijos que desconocen y ofenden.


VI

A. Viallate acaba de publicar en una de las revistas más importantes, La Revue de París, un estudio en que, con motivo del Congreso panamericano de Méjico, trata de las relaciones de la gran república norteamericana con sus hermanas menores del Sur, y de las varias tentativas hechas para extender la influencia yanqui por todo el continente. Comienza por hacer notar que durante la guerra de la independencia, los Estados Unidos no prestaron ayuda oficial alguna a los pueblos hispano-americanos que luchaban por su libertad; pero, que no obstante, los ciudadanos norteamericanos demostraron sus simpatías. Por otra parte, los Estados Unidos fueron quienes primeramente reconocieron su rango de naciones a las antiguas colonias de España. Desde entonces aparece el pensamiento de las ventajas futuras que el país anglosajón entrevé, y es el célebre Henry Clay, representante de Kentucky, el que expresa en el Congreso estas palabras en 1818: «La América española, una vez independiente, cualquiera que sea la forma de gobierno que sus habitantes elijan, estará necesariamente animada por un sentimiento americano y guiada por una política americana.
»Y en 1820, la América del Sur, dice, a la hora actual tiene 18.000.000 de habitantes.
»La población de esos países se desenvolverá con una rapidez igual a la nuestra. En veinticinco años se puede prever que será de 36.000.000; en cincuenta años de 72.000.000. Los Estados Unidos tienen ahora 10.000.000 de habitantes. Gracias al carácter de nuestra población, nuestra nación será siempre la primera de este continente desde el punto de vista industrial y comercial. Imaginad cuál será la potencialidad de ambos países y la importancia de sus relaciones comerciales cuando nosotros tengamos 40.000.000 de habitantes, y la América del Sur 70.000.000.» Aunque los cálculos de Clay no hayan salido exactos, puesto que hoy los Estados Unidos cuentan 66.000.000 y la América española 55.000.000, la idea del orador no ha desaparecido, afianzada después por la doctrina de Monroe. A pesar de las declaraciones de Mac Kinley y de Roosevelt, los Estados Unidos buscan no solamente influencia, sino también dominación. Han demostrado ya prácticamente buen apetito.
Habla M. Viallate de las varias tentativas de unión hispanoamericana, que, desde Bolívar, se han hecho. El libertador no envió invitación a los Estados Unidos para la conferencia de Panamá en 1824. Pero el año siguiente los gobiernos de Colombia y Méjico pidieron al de la Unión que enviase sus representantes. Era secretario de Estado el mismo Henry Clay, y, aunque el entonces presidente Quincy Adams, no estaba muy bien dispuesto a entrar a esas vías, Clay lo convenció, viendo en ese Congreso, según sus palabras, «el principio de una era nueva en los asuntos humanos.» Veía un inmenso triunfo para la democracia universal, y la demostración más clara, a los pueblos europeos dominados por la monarquía, del valor y grandeza de las instituciones republicanas. Clay, dice M. Viallate, temía también una unión de la América latina, de la cual estuviesen completamente excluídos los Estados Unidos. Dos grupos de origen, de lengua, de aspiraciones diferentes se encontrarían creados en el continente americano. La decisión de Adams para enviar representantes a Panamá, tuvo gran oposición en el Senado. El Congreso se verificó, y con ningún éxito, en 1826. No hubo más delegados que los de Colombia, Centro América, Méjico y Perú.
Desde 1825 a 1845, los Estados Unidos no se preocupan de la América latina. Tanto rehusaron intervenir en la cuestión de las islas Falkland, entre la Argentina e Inglaterra en 1831 como el año de 1840, cuando dejaron a Francia e Inglaterra tomar parte en la cuestión de la Argentina con el Uruguay. En 1835 y en 1848, no se dieron por entendidos de la ocupación inglesa en Nicaragua—como tampoco en el no lejano desembarco en el puerto nicaragüense de Corinto.—Atacaron a Méjico y se anexionaron Tejas en 1835, y en 1848 Nuevo Méjico y California. Buchanan proyectaba el establecimiento de un protectorado sobre las provincias mejicanas septentrionales, y pedía al Congreso el derecho de entrar, en caso necesario, en territorios de Méjico, Nicaragua y Nueva Granada, para defender las personas y los bienes de los ciudadanos americanos. Si el Congreso hubiera cedido, el presidente de los Estados Unidos hubiera sido pronto el dictador de la América Central. Las tentativas del filibustero Walker en Nicaragua no fueron sino vistas con gran simpatía en los Estados Unidos.
La intervención europea en Méjico, en tiempo de Maximiliano, hizo que la república anglosajona tomase su papel de defensora de Sud-América, por el temor del establecimiento de una monarquía en el vecindario; pero las cuestiones peruano-chileno-españolas, que trajeron como consecuencia actos como el bombardeo de Valparaiso, los dejaron tranquilos: y como dice M. Viallate, los Estados Unidos se proponían impedir a Europa instalarse de fijo, aunque fuese disimuladamente, en la América del Sur, pero no querían defender a las repúblicas latinas contra las consecuencias naturales de sus faltas políticas. Esto se acaba de ver confirmado una vez más con la actitud que tomaron con motivo de las amenazas de Alemania en Venezuela.
¿La causa? El mal uso que de su independencia y autonomía han hecho las naciones de la América española, manteniéndose desde su separación de la madre patria en revolución continua, retardando su progreso y dando al mundo todo el espectáculo más desconsolador y lamentable. Las cuestiones territoriales fueron causa continua de desavenencias, y las varias tentativas de un arreglo por el arbitraje no tuvieron ningún resultado en las varias conferencias de Lima. La conferencia de Panamá iniciada por Colombia en 1880, no pudo realizarse a causa de la guerra del Perú y Chile. Luego fué la iniciativa de los Estados Unidos bajo la presidencia de Garfield. En ese momento, la situación política en la América latina estaba muy perturbada. Chile, vencedor del Perú, amenazaba imponer a éste condiciones de paz que le habrían casi anulado, mientras que Méjico se preparaba a posesionarse de Guatemala. Blaine vió el peligro que había para los Estados Unidos en dejar libre carrera a esas ambiciones. Ellos no tenían interés en ver desarrollarse indefinidamente la potencia de un pequeño número de Estados en el hemisferio Sur; por otra parte, esas guerras presentaban siempre el peligro de una intervención europea que podría solicitar, así fuese pagando con una parte de su independencia la potencia más débil. Blaine estaba convencido de la necesidad para los Estados Unidos de hacerse los árbitros de las querellas entre las naciones sudamericanas. Era preciso hacer aceptar por esas potencias el principio del arbitraje. Ese debía de ser el objeto de un Congreso panamericano cuya idea hizo aceptar al presidente. La muerte de Garfield, asesinado meses después de la inauguración, llevó al vicepresidente Arthur a la presidencia. Éste resolvió continuar la política de su predecesor, y el 29 de Noviembre de 1881, Blaine dirigía a las naciones independientes de la América invitaciones a un Congreso que se verificaría en Wáshington al año siguiente, «con el objeto de estudiar y discutir los medios de impedir en lo futuro los horrores de las luchas crueles y sangrientas entre países casi siempre de la misma sangre y lengua, o las calamidades mayores aún de la guerra civil.» Las ideas de Blaine fueron más claras después. «No hemos llevado nuestras relaciones con la América española tan cuerdamente y tan firmemente como pudimos hacerlo. Durante más de una generación nada hemos hecho para atraernos las simpatías de esos países. Deberíamos hacer todos los esfuerzos posibles para ganarnos su amistad. Mientras que las grandes potencias europeas aumentan constantemente su poderío territorial en Africa y en Asia, lo que nosotros debemos hacer es acrecentar nuestro comercio con las naciones americanas. Ningún campo nos ofrece una cosecha tan abundante, ninguno ha sido tan poco cultivado. Nuestra política extranjera debería ser una política americana en el sentido más amplio; una política de paz, de amistad y de desenvolvimiento comercial.» La conferencia no se realizó porque el Congreso no votó los créditos necesarios, a la salida de Blaine, en 1881.
En 1884 el Congreso creó una Comisión para estudiar «los mejores medios de asegurar las relaciones internacionales y comerciales más íntimas entre los Estados Unidos y los países de Centro y Sud-América.» Se vió que el comercio norteamericano había perdido mucho, y después de varios tanteos, se encontraron bien dispuestas todas las repúblicas, con excepción de Chile, a celebrar tratados de reciprocidad comercial con los Estados Unidos. En 1888, la ley de 24 de Mayo autorizó al presidente a invitar a las naciones independientes de América a una conferencia en Wáshington, «con el objeto de discutir un plan de arbitraje para el arreglo de las diferencias susceptibles de nacer entre ellos en lo futuro, y estudiar las cuestiones relativas al mejoramiento de las relaciones comerciales, al establecimiento de las comunicaciones directas entre esos países y al desarrollo del comercio recíproco, capaz de asegurar a sus productos mercados más extensos.» La conferencia se reunió, como es sabido, en Wáshington. Blaine presidió, y en su saludo de bienvenida habló de «confianza sincera» y «ayuda mutua»; pero los diarios hablaban con demasiada claridad de las intenciones ogrescas. «Queremos, decía el Sun, de Baltimore, monopolizar, si es posible, el comercio de la América central y meridional, no por la baratura y buena calidad de nuestros productos, sino encerrando a esos países en nuestra tarifa protectora. Queremos poder entrar en los puertos de esos países, mientras que la entrada en ellos será prohibida a nuestros competidores europeos.» Era un lazo tendido a todos los mercados latinoamericanos. Poco se habló en el Congreso de arbitraje; todo fué casi alrededor del comercio, y a cada paso salía a relucir la palabra de Monroe. Entonces fué cuando el representante argentino contestó con su célebre frase: «La América para la humanidad.»
El escritor francés demuestra cómo la obra económica del Congreso de Wáshington fué casi tan vana como su obra política. Luego se ocupa de ese inútil Bureau de las repúblicas americanas, que aún se mantiene en la capital anglosajona. En realidad, el mundo comercial ignora su existencia y no se cuida casi de él.»
Se refiere luego a las repetidas tentativas norteamericanas para lograr el dominio de los mercados de las demás repúblicas. Ya son los trabajos en la Exposición de Chicago, ya la fundación del Philadelphia Commercial Museum, la reciente Exposición de Buffalo y el Congreso de Méjico. Citaré a este respecto las palabras de M. Viallate: «Con menos prisa que hace diez años, las repúblicas sudamericanas han aceptado la invitación de Méjico. Algunas de ellas no parecían esperar que el Congreso pudiese llegar a un resultado serio. Además, la situación política no se ha modificado en el hemisferio meridional. Los peligros de revolución y de guerra son siempre grandes; los diferentes gobiernos no han adquirido una estabilidad interior bien sólida; apenas si se puede fiar en la calma que ofrecen desde hace algunos años un pequeño número de entre ellas. La situación internacional no es mejor, y esos pueblos de la misma lengua y de la misma raza continúan ofreciendo el triste espectáculo de hermanos enemigos, siempre listos a despedazarse. Poco tiempo antes de la apertura del Congreso, un conflicto que dura todavía estalló entre Venezuela y Colombia. El odio entre Chile y el Perú, consecuencia de la guerra de 1880, no está cerca de calmarse, y existe, desde hace muchos años un estado de antagonismo latente entre Chile y la República Argentina, que ha estado por traer la guerra al mismo tiempo en que sus plenipotenciarios discutían en Méjico los medios de hacerla imposible. En fin, los triunfos recientes de los Estados Unidos, sus conquistas nuevas, sus éxitos industriales mismos, no son para no causar a las naciones de la América latina naturales cuidados. Ellas vacilan en unir demasiado estrechamente su porvenir político al de tamaña potencia: tener en ella un protector interesado que tiene demasiados medios de transformarse un día en dueño autoritario.» Respecto al Congreso, la obra política, concluye, en lo que concierne a las ambiciones de los Estados Unidos, ha fracasado. Su obra económica no podría tener resultado mejor. Los Estados Unidos, según el articulista, tienen infinitos obstáculos que vencer en la América del Sur, aunque hayan logrado la supremacía en el Golfo de Méjico. No cree, como algunos estadistas, que esté muy próxima la hegemonía de los Estados Unidos sobre el continente todo, con perjuicio de los intereses de Europa. El peligro existe, pero puede ser evitado. Y concluye: «La orgullosa afirmación de mister Olney, cuando la querella de los Estados Unidos e Inglaterra, a propósito de territorios de Venezuela, de que «los Estados Unidos son hoy prácticamente soberanos sobre el continente americano», no está de ningún modo de acuerdo con la realidad de los hechos. Ellos aspiran a serlo, es verdad, y el colosal desarrollo de sus riquezas, la profunda confianza que tienen en sí mismos, les hacen creer en la fácil realización de esos ambiciosos deseos; pero están lejos de haberlo logrado. Puede esperarse que la construcción del canal interoceánico traiga el establecimiento de un protectorado más o menos disfrazado de los Estados Unidos sobre los pequeños Estados de la América Central; se puede prever que las Antillas escapen poco a poco a la dominación europea para caer en las de ellos. Quizá, también, si anda falto de cordura y prudencia, Méjico, a pesar de su importancia, concluya por ser asimismo un satélite de los Estados Unidos. Les será preciso a éstos mucho más largo tiempo y muchísimos más grandes esfuerzos para extender su hegemonía sobre las naciones sudamericanas, suponiendo que puedan llegar a ello. Sin duda, los Estados Unidos verán aumentarse sus relaciones comerciales con esos países y participarán de los efectos de crecimiento y prosperidad que parecen estarles reservados. El desarrollo de su potencia industrial, la reconstrucción de su marina mercante, les ayudará mucho; pero, por muchos años aún la gran corriente comercial de la América del Sur continuará dirigiéndose hacia Europa, cualesquiera que sean los medios que empleen los Estados Unidos para desviarla. Y si el Brasil, la Argentina y Chile, abandonando sus querellas intestinas y sus rivalidades, hallasen la estabilidad política y se consagrasen a cultivar las riquezas maravillosas de su suelo, se podría ver, en un cuarto de siglo, o en medio siglo, constituirse en esa región naciones potentes, capaces de contrapesar a la América anglosajona, y de hacer en lo de adelante vano el sueño de hegemonía panamericana acariciado por los Estados Unidos.»
Subrayo las palabras finales, porque ellas son la expresión del juicio que la Europa sensata y previsora tiene de nuestras repúblicas, ante la amenaza del imperialismo yanqui. Es de desear que nuestros hombres de Estado se fijen en estas manifestaciones. El estudio que he extractado, encierra la opinión del criterio serio europeo, y ojalá los pensadores nuestros tomen en cuenta estas altas vistas[1].
[1] Recomiendo a quienes interese, en este sentido, un reciente artículo del Times sobre el imperialismo americano. «El canal de Nicaragua», en el Kolnische Zeistung. Y «La lucha por la preponderancia en la América del Sur», en el Frankfurter Zeitung.


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