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La Caravana Pasa, Obras Completas Vol. I

LIBRO SEGUNDO

Reading edition

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I

I

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RES horas de mar y héme aquí en Londres. La inmensa ciudad está lluviosa, lodosa, y una tempestad ha hecho chasquear sobre ella rayo tras rayo. De Victoria Station al hotel me lleva el cab y al cab lo lleva empujando el viento. Al paso desfilan las casas obscuras rayadas de lluvia. Lluvia que ya arrecia, ya persiste cernida, y que me ha de aguar la visita por varios días. Mas como no tengo tiempo que perder, encontrado un amable amigo que me espera, nos lanzamos a la calle. Enorme, bulle el profuso amontonamiento de hombres, cinco millones casi, en su fabuloso inmóvil océano de sombrías construcciones partido por el glauco Támesis sobre el que flotan brumas y pesadillas. ¡Capital potente y misteriosa! Cuantas veces la visitéis, siempre os dominará bajo el influjo de su severa fuerza. (¿En dónde estás, dulce sonrisa femenina de París?) Viril orgullo en las cosas mismas, aspecto de humana dignidad en las manifestaciones monumentales, serena majestad en la naturaleza. Es explicable en estas gentes confiadas en sí mismas, el ímpetu a la dominación, la necesidad leonina; porque no es el leopardo, sino el león del escudo el que, sobre la isla, vuelve la mirada a los cuatro puntos del horizonte.

Esta gente va, va. ¿Adónde va? Adelante, más adelante. Lo dicen en sus divisas, en sus proloquios, cortos, porque no son verbosos como nosotros los latinos, raza de retores. Y lo hacen. País de rapiña, se dice; tanto peor para los que no puedan resistirle y caigan bajo su zarpa... Esta gente va, va.

Gallia causidicos docuit facunda britannos;

pero no son pródigos en sus palabras ni de gestos, como el vecino de enfrente; van a lo que consideran indicado por su deber; su deber les dice ser vigorosos, crecer, engrandecerse más y más; y es el caso que desde ese navío anclado se tiene en jaque al mundo. Sin entrar a las pedagogías de M. Demolins, no es difícil explicarse que ese vigor colectivo viene del ejercicio de la energía individual. Ser hombres; ese es el oficio de los ingleses. This was a man es elogio shakespeareano. En ninguna parte se amacizan por igual cuerpo y espíritu como en la Gran Bretaña. La conciencia propia y particular ha creado la conciencia nacional y común. El orgullo norteamericano tiene aquí su origen, y las recientes fanfarronadas del millonario Carnegie, metido a periodista, debían haber comenzado por esa profesión. Pero el yanqui, como buen advenedizo—advenedizo colosal, es cierto—, es rastacuero y exhibicionista. El inglés es silencioso y guarda su íntimo conocimiento y convencimiento. Su respectability forma parte de su coraza. La raíz celta y la raíz anglosajona nutrieron de savia concentrada el tronco nativo; y desde la heptarquía hasta la dominación danesa y la conquista normanda, se fué desarrollando el árbol de Guillermo, que fué el árbol de Isabel, que fué el árbol de Victoria. No sabemos que exista aún acero para hacer un hacha que pudiera cortarle.

El inglés, generalmente, es fuerte y grande, bien musculado, de movimientos ágiles y seguros; pero no se crea que todo el mundo es en Londres coloso. Fuera de los policemen y de magníficos ejemplares de la raza anglosajona que sobresalen, el tipo medio es de un equilibrado desarrollo. Mas una cosa he de advertir: la inglesa fea de las caricaturas y la elegancia que siguen los anglómanos del extranjero, también un poco y hasta un mucho caricatural, son para la exportación. Sí, he visto en mis viajes de Italia, de España, de Francia, las caravanas de la agencia Cook, con muestras de la más exquisita fealdad; pero en Londres no he dado un paso sin encontrarme con deliciosas figuras de mujer; de un particular atractivo y dignas de ser incontinenti madrigalizadas y amadas. En cuanto a la fashión, en lo que he advertido, se sigue a la letra por los verdaderos gentlemen el principio aristocrático de Brummel: La elegancia suprema consiste en no hacerse notar.

El sentimiento de la dignidad personal y el respeto de sí mismo, son innatos en todo inglés. Esto obliga a la reserva. Cada inglés es isla. En su unidad y solidaridad moral, nada tiene el país soberbio que envidiar al mundo. Es dueño de Shakespeare y del Océano. Impera el oro en la tierra; los norteamericanos hablan de sus millonarios... Bastará nombrar a este imperial Beit, jefe de la casa Vernher, Beit and Co., propietario de la mitad de las minas del Africa del Sur, y, sobre todo, las de Kimberley...

Algunos agudos espíritus han creído ver en el coloso los síntomas de una decadencia. Es el efecto de la residencia tenaz de las repúblicas africanas. W. H. Darvey, en el Mercure de France, y Andrew Carnegie en la Nineteenth Century, han presentado razones y datos que traerían por consecuencia la disminución del antiguo poderío, la constancia de un desmoronamiento en la base del secular edificio. La marina, que antes se creía invencible, estaría hoy, según datos técnicos y estadísticos, en condiciones que dejan mucho que desear; el comercio, en merma; el poder militar, impotente para decidir de una vez la cuestión boer. Durante las guerras de Napoleón, dice el almirante Seymour, con un gran genio como Nelson a la cabeza de nuestra marina, sabéis qué dificultades no tuvo para descubrir aun las idas y venidas de sus enemigos; sabéis que, a despecho de su infatigable vigilancia, Napoleón logró escaparse de Egipto después de la destrucción de su marina en el combate del Nilo; recordáis las luchas desesperadas de Nelson en el gobierno, a propósito de la falta de barcos y de hombres; y todo eso con el mayor genio conocido para el mando. ¿Creeréis que nuestra marina en esa época era igual y aun un poco superior a la del resto de la Europa reunida? ¿Y a qué iguala nuestra marina actualmente? ¡Apenas a las Francia y Rusia combinadas! ¿Y dónde está el Nelson, en estas condiciones mucho más difíciles? Es un estado de cosas que debe hacer reflexionar. Y los calculadores, alarmados de la oposición, claman a los imperialistas tenaces el peligro económico. El comienzo de la época victoriana no fué copioso a este respecto. El tesoro inglés padecía las consecuencias de las guerras que turbaron los albores de la pasada centuria. Mientras en las altas regiones se verificaban los apuros, descendían sobre el pueblo los aumentos de impuestos, que eran recibidos con las protestas consiguientes. Así la situación al advenimiento de la difunta reina. Por muchos esfuerzos logrados no se mejoró ese difícil estado de cosas hasta el año 45, más o menos. Se realizaron economías, y la deuda pública fué suavizada en los últimos años.

Mucho tiempo—casi todo el reinado de Victoria,—la cordura vigiló la hacienda, con escasos intervalos, hasta el año 97, en que empezaron nuevos y extraordinarios gastos. Calculad con algunos datos sobre lo que se ha aumentado nada más que en el ramo de guerra y marina. El año de la coronación de la reina Victoria, 1837, los gastos de guerra y marina eran algo más de 300.000.000 de francos. Cincuenta años después han subido ya a 762.500.000 francos. Hay que advertir, naturalmente, que las fuentes de entradas crecieron en igual relación o algo más. Diez años después se ve aumentado el mismo presupuesto a más de mil millones. Después, en este último tiempo, ha llegado a 1.575.000.000.

Así los impuestos se han multiplicado. Hace menos de diez años eran de 1.875.000.000 de francos y este año han subido a 3.050.000.000. Sin contar los gastos de guerra, esa suma apenas basta para llenar el presupuesto ordinario del país. Los prudentes se miran con temor, pensando en que las tendencias, tanto en el Parlamento como fuera de él, van a mayores empresas. El imperialismo pide sangre y oro, ¡Pero son tan fuertes estos hombres!

Entretanto, Chamberlain cuida sus orquídeas. Roberts es colocado en el sentimiento popular entre Marlborough y Wellington, y al nuevo Iron Duque se le regala un buen por qué de libras esterlinas, juntando a la gloria el sentido práctico. Declara Kitchener fuera de la ley a los boers aún resistentes. El hard man demuestra que es el steel lord y que merece serlo. Y el rey Eduardo, que parece decir como su antecesor Enrique IV, en el drama tan bellamente vertido por Cané:

I have long dream'd of such a kind of man So surfeit-swell'd, so old, and so profane; But being awake, loide despise my dream,

se prepara medioevalmente para su coronación del año entrante—lo que no le impide seguir siendo rey de la moda y partidario del automovilismo.

Encuentro por las calles de Londres soldados vestidos de kaki, con la flamante medalla que acaba de colocarles en el pecho el rey Eduardo. Parece que su majestad cuida de llevar bien la corona como el «ocho reflejos». Así sea.

Interesante monarca el rey Eduardo. Se creía, antes de morir la reina Victoria, que al pueblo británico no sería simpático el reinado del célebre príncipe de Gales. Una vez éste en el trono—When thou dost oppear I am as I have been...—se ha visto que todo ha continuado de la misma manera. El rey, aclamado y querido, ha enterrado al ruidoso calavera de antaño. Él ha entrado en su papel, y puede decirse que es un digno soberano de su nación. Cada rey tiene el reino que merece. Guillermo II es estudiante y vive casi siempre en ópera wagneriana; Alfonsito XIII acaba de presentarse por primera vez en el coso madrileño y ha sido aclamado por la tauromaquia nacional; Inglaterra, «país tradicionalista y práctico en que la decoración de la vida social yustapone armoniosamente vestigios de arte gótico a construcciones de usina», está muy satisfecha con un rey que viste púrpura, armiño y oro, se coloca en la cabeza la corona de los viejos monarcas, ante su parlamento animado de fórmulas y ceremoniales, y luego, con un habano en la boca, se va en su automóvil, en menos de una hora, de Londres a Windsor; visita el yate que ha de disputar la copa a los yanquis, o se interesa por sus caballos Diamond Jubilee, Ambusch o Persimmon. Ese rey sportman es grato a su país de sportmen, es amable para los ciudadanos que gustan del tiro al blanco en Bisley, del remo en Henley, de las carreras en Ascot o en Epsom. El corpore sano de los universitarios, es una de las causas de la robustez, de la salud de la nación. Como algunos de nuestros repúblicos americanos, como algunos de nuestros directores de pueblos, el rey se interesa por las razas caballares, gusta de los ejercicios físicos, pero sabe su Shakespeare admirablemente, entiende de arte a maravilla, y puede consultar su Homero en griego y su Horacio en latín, como os lo certificarán sus compañeros de Oxford y de Cambridge.

No es Eduardo un príncipe guerrero. Llega ya tarde al trono y mal sentarían aires marciales y feroces al arbiter elegantiarum de los reyes y al rey de los gentlemen. El gran país de presa es odiado en la tierra toda; y ese odio se ha agriado más por los recientes sucesos africanos; mas es casi cierto que si el rey de la Gran Bretaña se presenta en esa misma Francia recelosa, será, como en Italia, acogido con la misma simpatía que la poderosa anciana imperial que pasaba con sus hindús y su burrito. La reina Alejandra, por su parte, es digna del cariño de sus súbditos y del respeto de los extraños. ¿No es acaso la princesita que cosía modestamente en compañía de su hermana, una zarina futura, en días de escasa fortuna en Copenhague? ¿No es la culta doctora en música de la Universidad de Irlanda? Y sobre todo, ¿no posee un carácter sencillo y amable desde la altura en que acompaña a su marido y no sabe adornar de suave majestad la gracia encantadora de su belleza? En Sandringhan como en Marlborough Palace, ha sabido ser una ejemplar señora, y en la corte de su suegra una ejemplar princesa.

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II

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IENTRAS Waldersee se ponía en camino de Pekín a Berlín, tuve ocasión de ver en París y en Londres sendas pantomimas en sendos circos, en los cuales se representaba la guerra de China. Había chinitas preciosas y chinos muy ridículos y feos, y bizarros y bonitos oficiales de Europa que les quitaban las muchachas a los chinos y ainda mais les daban palos; había batallas con música y fuegos vivos, en que los chinos cobardes salían corriendo y los soldados de Francia cantaban la Marsellesa y se tomaban un fuerte; soldados ingleses con la chaquetilla roja; marinos rusos muy grandes; oficiales americanos con sombreros de cowboy y enorme revólver; italianos coronados con colas de gallo, y japoneses menudos que, ni carne ni pescado, hacen el caucásico sin dejar de ser el mongólico. De todo ello resultaba que los celestes son un pueblo bárbaro e infeliz al cual hay que descuartizar en provecho de nuestro glorioso Occidente.

De esas farsas pintorescas, pirotécnicas y filosóficas me acordaba al ir por Witechapel a ver la exposición china que se halla abierta en la Art Gallery del barrio de Jack the Ripper. Fijaos bien, lectores; es el barrio del destripador, el barrio terrible, y voy a él, no a la taberna a ver a los asesinos, sino a una galería de arte, en donde se exponen objetos raros, curiosos y preciosos que enseñan mucho de la vida y del sentido artístico del imperio chino. Así, pues, el barrio que os imagináis poblado de gentes dantescas y en donde, en efecto, se encuentran como en otros puntos, por ciertas callejuelas, pobres diablos y diablesas ebrios, posee lugares de estudio y de cultivo espiritual y organiza exposiciones que no podemos tener nosotros. ¿Por qué? Porque aquí la iniciativa particular se emplea en obras que aprovechan a la cultura común. Y esta exposición, por ejemplo, que se sostiene con lo que los visitantes quieren dejar, unos pocos céntimos, si gustáis, se realiza porque asociaciones religiosas o bancarias como la British and Foreing Bible Society, la London Missionary Society, la Hong-Kong and Shanghai Banking Corporation, y personas como lady Hannen, lady Hart, sir Walter Hilier, sir William Des Vœux, sir Claude Macdonald y otros, han enviado objetos y cuadros de que son propietarios y que constituyen la exhibición. La entrada no cuesta nada, y, como he dicho, el que quiere deja algo para los gastos de sostenimiento. Allí se dan lecturas que explican el significado de muchas cosas, y, ya sea con intención conquistadora, ya con deseo de divulgar conocimientos, se hace ver lo que es esa inmensa nación asiática que, o será comida o comerá, según lo han de ver los años.

El local de la exposición no es muy extenso, pero en él se contiene notable cantidad de objetos y documentos del celeste imperio. Ya estaréis pensando que algo de todo eso habrá sido comprado y mucho perteneciente al botín de las tropas que demostraron en la tierra de Lao-Tseu la dulzura de nuestra civilización. Desde luego, veo una bandera imperial, de riquísima seda amarilla, con caracteres que me hacen envidiar los conocimientos de madama Judith Gautier, o de Alexandre Ular. Según los datos del catálogo, esta bella pieza fué tomada en 1900 en los fuertes de Shan Hai-Kuan, por sir Walter Hillier y 18 soldados, aunque los chinos que los ocupaban eran 5.000.

Paso ante maniquíes vestidos de truculentos guerreros, ante la Puerta de los Espíritus, y cuadros y fotografías que representan escenas de la vida china, y un gran mapa de Asia, en el cual está bien señalada la región celeste, como un plato que habrá que dividir, tocando la mejor parte, a no dudarlo, a estos terribles importadores de misioneros y de opio... Hay rollos decorativos con representaciones religiosas y un par de «paraguas de diez mil nombres», paraguas de honor. Esto merece su explicación. Cuando en China se quiere honrar notablemente a una persona, se le regala un gran paraguas de seda, en el cual van bordados o escritos los nombres de los donantes. Cuando muere el personaje a quien se ha regalado tan extraño presente, éste se lleva en el entierro. ¡El paraguas de honor! Cedo el dato gustosamente al lápiz de Mayol. Veo un dormitorio, en el cual una cama construída y ataraceada en Ningpo. Es una cama de lujo con cobertores de finas telas, y que me enseña cómo los ricos chinos no usan colchones, sino mullidas colchas. De todos modos, no debe ser muy cómodo dormir en cama semejante. Una mesita hay cerca, para jugar al ajedrez, y dos sillas, todo incrustado con habilidad y gusto completamente orientales.

Hay muestras interesantes del arte pictórico chino; sus faltas de perspectiva, la manera singular de ver los objetos, en planos contradictorios, choca desde luego; pero no hay que olvidar, que como dice una conocedora, Mrs. Little, «antes de que Giotto naciera, los chinos pintaban la figura humana como no pueden hoy hacerlo». Y cuenta esta misma señora que en la ciudad de Chung-King, ha conocido un pintor de flores maravilloso, que vende sus pinturas... por centímetro cuadrado, por decirlo así.

Las lacas son variadas y valiosas, y hay ejemplares de la rara laca roja de Soa-Chow, cuyo secreto de fabricación se perdió cuando el incendio de aquella ciudad, devastada en la rebelión Tai-Ping de hace cincuenta años. Incomparable de riqueza los bordados que hay en ropas femeninas,—muy parecidas por otra parte a las masculinas. Y los rollos suceden a los rollos, y las banderas amarillas a las banderas amarillas. Luego vienen fotografías de los templos, confucistas, taoistas y budistas. A los taoistas se debe principalmente el extremo culto a los antepasados, que los chinos tanto conservan y defienden. Ya recordaréis la amenaza de las potencias, en tiempo de la última guerra, de hacer desenterrar los huesos de las antiguas tumbas imperiales.

Veo fotografías de bonzos y objetos pertenecientes al culto, y reproducciones de ídolos e ídolos legítimos. Allí está el dios del Fuego, el dios del Mundo Inferior, el dios de la Música y el feo dios de la Guerra. Sabido es que los chinos miran con gran desdén la carrera de las armas, así como reverencian altamente la de las letras. Quiera Dios que continúen con tales ideas, pues ya os imaginaréis qué pasaría con el inmenso pueblo bien armado, jingoísta e imperialista, y con muchos Rud-Yard-Ki-Pling, cantando la conquista y el exterminio de los bárbaros de Occidente.

Buda, en bronce y madera, entrecruza sus piernas como un sastre y expresa el éxtasis; la virgen Kwan-Yin está, madona amarilla, cercada de raros candeleros y aun más raros incensarios. Junto a un vaso de bronce cloisonné, vése una antigua pintura que representa a Buda y que proviene de un convento de lamas tibetanos. Figuras mil en papel de arroz; y vestidos de la clase pobre; pinturas al óleo hechas hace más de cincuenta años—, los japoneses han creído innovar al presentar las suyas en la pasada exposición. Luego, maniquíes de cera vestidos de seda, figurando actores y juglares; y modelos de juncos con sus velas cuadradas. Es de notarse la colección de acuarelas de asuntos chinos, paisajes, vistas urbanas, edificios que presenta miss Gordon-Cumming. Maravillas de habilidad se confunden, hechas de plato o marfil, cucharas, pimenteros, junquitos, cajas, pipas; y al lado tejas amarillas de la tumba de los emperadores Ming; incensarios de bronce labrados finamente, y que representan monstruos como el Ki-lin. Un magnífico vaso de cristal de roca parece extraído de un palacio miliunanochesco. De tiempos anteriores a Cristo son los vasos sagrados que figuran cabezas de dragones y varios monstruos, y hay un precioso vaso de sacrificio, de oro y plata, de la más extraña y bella orfebrería. Y bronces, y más bronces, de pagodas, de palacios, de monasterios. Es también de raro valor la colección de jades labrados.

No es muy curiosa la de monedas modernas, como el papel moneda antiguo. Los chinos, como sabéis, lo usan desde hace muchos siglos. Marco Polo comienza uno de los capítulos de sus viajes, al hablar de un lugar que visitó: «Los habitantes de esta ciudad son idólatras y usan papel moneda».

La parte relativa a la imprenta es de interés, sobre todo para un hombre de letras. Hay muchos libros viejos impresos en planchas, y hay impresiones modernas hechas con caracteres movibles. Llama la atención el sello imperial, un sello enorme, con grandes caracteres, que deben significar las virtudes y potencias del Hijo del Cielo. Y tres números del decano de los diarios del universo: la Gaceta de Pekín. Al lado vénse carteles, invitaciones en enormes tarjetas o en trozos de rica seda, y un libro de caja de lo más extraño.

Hay instrumentos de música. Conocéis la anécdota del embajador chino, que creyó lo mejor de la ópera el momento en que la orquesta templaba sus violines. Y de mí diré que los músicos chinos que he oído en los teatros celestes de la Habana y otros lugares, no me han entusiasmado. Pero eso debe ser cuestión de costumbre y de iniciación... Porque si no, no podría haberle pasado lo que le pasó a Confucio. Este filósofo se conmovió una vez tanto con un trozo musical de su país, que no probó un bocado de carne por tres días seguidos. Y eso que la escala china se compone solamente de cinco notas; los instrumentos pueden ir en tonos desacordes; sus melodías van siempre al unísono, y otras tantas condiciones que a nuestros gustos no sientan bien. Aquí veo violines bicordes; la especie de órgano llamado cheng, un laúd de diez cuerdas; címbalos que acompañan en los templos las plegarias.

Y más perfiles y más jades, con decoraciones de leyenda y de pesadilla. Aquí está en jade el Ki-lin, cuerpo de ciervo, cola de zorro y cabeza de unicornio. Saludo la tumba de Confucio representada en miniatura, y admiro al pasar las porcelanas, ya antiquísimas, ya de fabricación no tan lejana en el tiempo. Se recuerdan versos de Gautier y de Hugo, y al emperador Houng-Li, bajo cuyo poder se descubrió el arte de esta exquisita alfarería, y al emperador Wac-Li, bajo cuyo poder se escribieron unos versos que deben ser muy hermosos, y en los cuales se nombra por primera vez la porcelana. Se miran piezas de todas formas y de varios colores, sobre todo un vaso de la dinastía Ming, cuya arquitectura y adornos son de la más exótica elegancia y gracia. Hay representados varios caballeros y emblemas budistas como el parasol, que significa el honor; dos peces, que significan la abundancia; el loto, que está dedicado a Buda, y otras tantas cosas más. Y una tacita preciosa, con los más brillantes colores; y varios pequeños vasos, con mariposas, con pájaros, con flores, de la más delicada pasta y del más admirable tono.

No acabaría en muchas páginas, si me detuviera a admirar tantas cosas que revelan en aquellas almas extrañas una comprensión y una observación de la vida y de la naturaleza, que no es propiamente para tratarlas de salvajes e irles a incendiar sus palacios y casas y a robarles sus tesoros y asesinarles sus niños. ¡Sus niños! He visto retratos, fotografías encantadoras de chinos chicos y de chinas adolescentes, bellas, bellísimas en su gracia singular de seres como venidos de otro astro, de seres misteriosos que tienen otras sensaciones y otro concepto de la vida que el que con nuestra civilización nos hemos hecho nosotros.

Tés y plantas odoríferas, sedas, ceras, esmaltes, metales, ricos trabajos por artistas de manos ágiles y como aéreas líneas que han trazado esos dedos sutiles y visto ojos como de pájaros; arquitecturas de cuento, paramentos de cuento, casas, cosas, ideas, manifestaciones de gentes de fábula, almas antiguas como el mundo, ¿no es más bien un lugar de paz y ensueño, esa China noble y poética que se ha ido a despertar a cañonazos?

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III

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ARTÍ rápido a Dunkerque. De Brujas, toda paz, toda quietud, espiritual y natural, a Dunkerque, en donde se colgaban todos sus escabeles los actores de la comedia patriótica, en una danza de naves, con música de cañones y Mariana recibía con su más amable sonrisa y hacía su mejor reverencia al dueño del Oso. Decir las durezas de mi viaje, las apreturas en las estaciones de ferrocarril, la falta de correspondencia de trenes, los roces horribles de las aglomeraciones, las difíciles comidas en los restaurants, la cama por ochenta francos en cuartos compartidos, lo fabuloso del tupe cocheril y otras cosas que deseo echar en olvido, sería historia amarga y larga, sin contar con la demanda de papeles por la policía a cada instante, y la imposibilidad de poder acercarse a mirar la faz de los autócratas cuando éstos pasaron por la ciudad de Jean Bart, veloces, como por un tubo de acero, empujados por un soplo. ¿Un soplo de miedo?...

Miedo... Mientras Francia se ponía de gala para saludar al emperador aliado; mientras se preparaba Compiègne, antiguo nido de águilas, para recibir a la bicéfala de las Rusias; mientras Nicolás y su linda mujer se alistaban con el mejor humor posible a escuchar marsellesas y a entrar de fiesta en donde han de sonreir a Liberté, dar la mano a Egalité e ir del brazo de Fraternité; mientras se disponen las trompetas de los saludos y los violines de los bailes, y todo el mundo está muy contento, en espera de un regio y regalado divertimiento... quelqu'un, troubla la fête, allá lejos, en los Estados Unidos, quelqu'un que quita la vida al jefe de la inmensa república imperialista que estaba por tender un tentáculo a la América del Sur; y quelqu'un hijo de un país que se llama Polonia... Nicolás se puso pálido; pues no es cómodo ya el oficio de Rey, habiéndose llegado a fuerza de civilización a tener en perpetua realidad la prueba simbólica de Dionisio de Siracusa.

Mas la cita estaba dada, y debía cumplirse con el pequeño prólogo suavizado de Dantzig, suavizador para Guillermo, amado primo, que busca a las claras el flirt.

Cuando llegué a Dunkerque, la ciudad hervía de gozo municipal y forastero; mas en verdad, fuera de las manifestaciones de gremios aislados y de la pompa y engalamiento oficiales, no encontré que hubiese allí un foco de entusiasmo, una de esas fiebres que ponen a los pueblos en delirio en ocasiones semejantes. No encontré, por ejemplo, el estremecimiento ciudadano de París cuando la llegada de Krüger, o cuando la primera venida de este mismo zar. Quizá serían las precauciones, absolutamente rusas, tomadas para evitar un atentado, las cuales llegaron a impedir casi por completo que los dunkerqueses contemplasen la figura de las imperiales personas; o, quizá también, una disminución del ardor con que se tomó al principio la alianza, cuando no estaba tan menguante la inquina con el alemán; o quizá, porque no deja de estar en buen sentido del populo la filosofía que oí hacer a un quidam, frente al arco de triunfo, elevado ante los bassins del puerto:—«¡Mirad!—decía, y en voz alta, de modo que no sé cómo no fué arrestado—; ¡mirad! ¡tanta bandera y tanto lampion por un hombre que viene a quitarnos dinero!»

La ciudad presentaba un aspecto florido, toda ceñida de estandartes, pabellones, banderas y banderolas. La noche anterior a la llegada del zar, las iluminaciones hacían de toda la población un inmenso ramo de fuegos de colores; y, por el lado del mar improvisaban el día, un día blanco y deslumbrante en el vago tapiz de la sombra, los focos y reflectores de la escuadra. Imposibles los hoteles, los cafés rebosando de gentes, las calles con arcos de linternas, estofas vistosas y bombas japonesas; la catedral empavesada como una colosal nave; las músicas resonando a lo lejos; los grupos circulando por todas partes; todo el mundo en espera del acontecimiento del siguiente día, la entrevista, más que la revista. Aunque no se ocultaba en las conversaciones el despecho del pueblo: «¿Somos acaso unos parias para que se nos prohiba que le miremos?» Mas este despecho se aminoraba por la causa: el Gobierno quería prevenir cualquier atentado; nadie podría acercarse al séquito; la línea misma del ferrocarril por donde habría de pasar el tren, estaría como en Rusia, guardada por doble fila de soldados.

A las siete de la mañana del día 18, M. Emile Loubet se embarcaba en el Casini, para ir al encuentro del Standart, yate imperial. Las olas hacían bailar los barcos, y los cañones daban un continuo trueno. Nadie más que las gentes oficiales pudo llegar al punto de desembarco. La revista: vasta cuadrilla y tempestuoso cañoneo. El zar, por fin, llegó a tierra, y con él la zarina: él de uniforme, ella de negro, dicen los que los percibieron. Yo no vi con el anteojo, desde lejos, más que muñequitos, al son de los clarines y de las bocas de fuego. Llegaba en los aires el severo himno ruso y la siempre impetuosa Marsellesa; y los aires deben haberse encontrado perplejos al presentarse cosas tan contradictorias: «¡Dios salve al zar!»... y: «¡contra nosotros se ha levantado el estandarte sangriento de la tiranía!»...

Loubet, cuya buena madre aldeana, quizá, daría en ese instante de comer a sus gallinas en la casa de campo de Montelimar, iba del brazo de la zarina Alix; Alix, la zarina de Rusia, que aparece allá, en la pompa de su corte semiasiática, semejante a una emperatriz bizantina, ídolo autocrático de un colosal imperio cuasi bárbaro. En la galería que une el desembarcadero con la Cámara de Comercio, un grupo de pescadoras, de ropas obscuras y blancas cofias, ofrece a Alix un pez de plata sobre un cojín de seda. El séquito se detiene en la Cámara de Comercio. En Dunkerque, el zar Nicolás, el Pacificador, es saludado por la Guerra y hospedado por el Dinero. Y son luego los cortesanos, los protocolares, las presentaciones y los salamalecs. Y el ágape, en que han de oirse nuevas protestas de amistad y liga, y los brindis que llegan y repiten en esa manera oficial, que cree decirlo todo y no dice nada, palabras que parecen simpáticas y fraternas, pero de las cuales los siglos sonríen.

Luego el tren partió con los porfirogénitos huéspedes, hacia Compiègne. El recuerdo de Luis el Piadoso sería propicio al emperador, y el de Juana de Arco a la emperatriz, y a ambos los de Napoleón y María Luisa, en cuyas alcobas iban a dormir.

Cuando el maire de Compiègne ofreció a la emperatriz un ramo de brezos, su flor preferida, M. José María de Heredia había ya lanzado el suyo por las columnas de su diario. No era un soneto. Eran versos serios, académicos y mediocres, como si hubiesen sido de encargo. Versos a la emperatriz a la cual trataba de vous... Car le poète seul peut tutoyer les rois. Rostand, por su parte, encargado oficial esta vez, había escrito una oda, en la cual dice a su majestad cosas como ésta:

En revenant de Danemark, Vous avez, pour gagner ce parc Passé devant chez Jeanne D'Arc.

Ante los malos versos aristocráticos, prefiramos los buenos versos anarquistas. En la presente ocasión, las musas de la Cúpula no han ayudado al ilustre autor de los Trofeos, y el autor de Cyrano.

París no sabía si iría a recibir la visita de los soberanos amigos. Tras el bouquet de brezos y el cumplimiento, se durmió en el castillo de Compiègne, donde debe vagar algunas noches una sombra cesárea que extrañaría mucho ver al amo de los cosacos en íntima unión con la República francesa. Se consolaría observando que el Bósforo no es ruso todavía.

La revista de Dunkerque, como las grandes maniobras del Este, eran el principal objeto de la venida de los autócratas; al día siguiente, pues, el 19, se dirigieron al campo de operaciones. El zar montó a caballo, galopó a su placer, se hizo explicar cañones, almorzó tarde y precipitado, examinó el nuevo freno hidráulico en la artillería, meditó ante el nuevo cañón de 75 milímetros, vió desfilar los batallones, las corazas, los penachos, las espadas desnudas, las lanzas, los uniformes vistosos, oro, hierro, acero, escarlata, oyó las bandas y el ensordecedor trompeterío; bebió el vino del soldado bajo la tienda de campaña, y sumó en su interior la fuerza de la aliada república con la fuerza de sus dominios inmensos; y después de esto, recordando quizá el pasado Congreso de la Haya celebrado junto a la gracia sonrosada y joven de la última flor de la rama de Orange, habrá repetido el verso del lírico italiano:

¡Io vo gridando pace, pace, pace!

Y he pensado en que aquel pobre y grande Castelar, que vivió y murió tachado de poeta, tuvo una palabra profética al escribir, a la orilla de la muerte, esta sensación del porvenir: «El descontento del gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización y un déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado su temperamento industrial y trabajador para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto de la China, deseado por universales ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krüger y la dictadura del desequilibrio del Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y sus colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos, de nuestra desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines de Austria; el movimiento interior que reclama y pide una Alemania más considerable, y numerosa que la Alemania actual; los gérmenes de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia de las extensiones territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la exposición de 1900 no tendremos una hora de paz, y que los elementos de guerra estarán diseminados y extendidos por todas partes.» Mas como el zar Nicolás ha sido el coronado mensajero de pacificación universal, ante el cual hombres como el bravo periodista Stead han creído ver un ser casi elegido por la Providencia, pronuncia después de la revista frases que no cuentan con la codicia de las naciones y con las trampas de los políticos, esta gran manifestación de guerra, como la revista naval de Dunkerque, serían, ¡oh, paradoja! el mejor sostén de la paz en el mundo.

Y tras la revista, el sacrocesáreo ortodoxo visita la basílica de Reims, en que han sido consagrados los reyes de Francia; allí el representante de la paz, esto es, de Cristo, le recibe en su pompa ritual, rojo entre negras sotanas. Allí, bajo el rosetón que corona la doble entrada, ante la estatua de la Virgen, entre las estatuas de santos que decoran la vieja arquitectura, el cardenal arzobispo saluda al jefe de la iglesia rusa, que penetra en la catedral católica. Y la catedral dice en su inscripción de entrada: Deo Optimo Maximo. Prudente sería su eminencia para no rozar la religión rusogreca ni hablar con untuosa diplomacia pontificia, ya que de uniones se trata, de la unión de las cristianas iglesias. En el Diario de Pedro el Grande, al referirse a la visita que aquel duro emperador hiciera a París en 1717, se lee: «El 3 de Junio su majestad se presentó en la Academia, donde los doctores de la Sorbona trataron ante su majestad de la unión en la fe, diciendo que sería fácil establecerla. A lo que su majestad se dignó responderles que este asunto era grave y que era imposible arreglarlo en un breve término; que por lo demás, su majestad se ocupaba principalmente de asuntos militares. Pero que si lo deseaban en realidad, no tenían más que escribir a los obispos rusos, pues este era un asunto importante, que exigía una asamblea eclesiástica; al mismo tiempo se dignó prometer a los doctores que si escribían a los obispos rusos, ordenaría a éstos contestar según la autoridad que Dios les había dado.» Como véis, aquel espeso autócrata tenía la malicia fina. No se trató ahora en Reims con doctores de la Sorbona, sino con un purpurado de la república, bajo el pontificado de León el Diplomático.

Después fué el día de real holgorio en Compiègne: paseos en el parque lleno de encantos, el bello parque poblado de arboledas magníficas, de estatuas que saben secretos eclógicos y aguas tranquilas realzadas de cisnes; y por la noche, en el teatro del mismo castillo, la fiesta de gala, con declamación, danzas preciosas y divertimientos lindos y delicados como conviene a los reyes. Y la emperatriz con su diadema imperial, y el zar, pequeño y apretado en su uniforme y en su orgullo, formando un contraste curioso con el bueno, honesto y sonriente Loubet, la excelente presidenta y el coro de ministresas burguesas que han tenido que estudiar con profesor de baile la reverencia, y que lo que menos pudieran tener sería al taburete en la corte de Francia, la almohada en la corte de España. Y Millerand por allí, al antiguo atacador de este mismo zar; elementos que se rozan con el socialismo, contemporizando con elementos autocráticos; la república de los Derechos del Hombre, el país que se precia de ir adelante en la historia con la bandera de la libertad, festejando al jefe de un imperio en que reina el despotismo más absoluto, en donde Tolstöi bajo Nicolás, sufre por sus ideas más que Soloviov bajo Alejandro; el país que predica la soberanía de la prensa, unido al país en donde el caviar tradicional empuerca y mutila periódicos y libros; la tierra en donde por todas partes se encuentran las letras L. E. F., hecha una con la tierra en donde el Knut existe y la Siberia continúa siendo lugar de deportación y de castigo, y en donde los estudiantes acaban de ser apaleados y heridos y muertos. Es cosa verdaderamente singular. Los versos de Rostand resuenan en el teatrito:

En revenant de Danemark Vous avez, pour gagner ce parc Passé devant chez Jeanne D'Arc...

La tierra de Juana de Arco, con la tierra que se ha tragado a la desventurada Polonia. El grande anciano de la lesnaia-Polonia lo acaba de aclamar a los cuatro vientos de la justicia y de la verdad: la unión entre Francia y Rusia es un enorme absurdo y una mentira colosal.

Pedro el grande, que era inculto, hasta limpiarse los dedos en los trajes de sus vecinas de mesa, vino aquí a observar civilización: la observó, junto con la cara de la hábil viuda Scarrón. El abuelo del actual zar, Alejandro I, vino también, pero con otro objeto, después de Austerlitz, después de Friedland, después de Eylau y después de la paz de Tilsit; vino en compañía de los Borbones, y entonces no se le cantaron marsellesas. Alejandro II vino o estrechar amistades con Napoleón III, lo que no obstó para que en el 70 la Francia estuviera sola. Alejandro III no vino, pero dice que dijo estas palabras: «La Francia debe ser grande, para que la Rusia se desarrolle. La Rusia debe ser fuerte y armada hasta los dientes, para que la Francia viva en paz». ¿No creeríais oir en el cuento de Perrault el toc, toc, toc, del lobo en la puerta de la cabaña? Nicolás ha venido porque ama a Francia, dicen unos; otros, porque quiera saber cómo está de armas el aliado; otros, por un empréstito. Este joven zar aseguran que, siendo niño, al ver un álbum con vistas de París, exclamó: «¡oh comme je voudrais la visiter!» Quizá sea París su fascinación, y como el gran rey crea que bien vale una misa. París le ha correspondido. Ni en sus Lividias, Petersburgos y Vladivostocks; ni cuando siendo zarewich recorrió medio mundo, encontró nunca acogida tan formidablemente satisfactoria cual la que le brindó París en su primer viaje. Por todas partes va regando frases que halagan el amor propio francés. Y cuando el metropolita de San Petersburgo, Paladius, le casó con la princesa Alix, la mujer que tomaba era, según se cuenta, una adoradora de Francia. Cuando la visita a esta capital, Nuestra Señora de París recibió como correspondía a los devotos de Nuestra Señora de Kazan. Hasta se ha encontrado una descendencia francesa a Alix de Hesse. Una hija de Santa Isabel de Hungría se casó en el siglo xiii con Enrique el Magnánimo, duque de Brabante y príncipe de la casa de Lorena. Hijo de ellos fué Enrique el Niño, quien abandonó el ducado y fué a Hungría, donde fundó una rama nueva que fué después la casa de Hesse. La genealogía tiene más utilidad y oportunidad de lo que aparenta. Es una dulce y bella mujer la zarina de Rusia que está al lado de su esposo como un escudo de marfil. Desgraciadamente, ¿no era hecha de marfil y rosas fragantes y de espirituales perlas, aquella infeliz Elisabeth de Austria que encontró en Ginebra, en su soledad errante, el puñal que va derecho y no distingue?

¡Terrible vida la de un César como el zar eslavo! Aparte de las víctimas que el anarquismo ha hecho y sigue haciendo por todos los lugares de la tierra, tiene en su propio país la misteriosa sombra del nihilismo, que duerme, pero no ha muerto; y el recuerdo de su padre, el coloso Alejandro, despedazado por las bombas, debe venir a cada instante a su mente, aun en los momentos del hogar y del amor. Porque está visto que cuando llega la hora señalada por lo desconocido, el príncipe de las Mil y una Noches, encerrado en su torre, muere violentamente, y el monarca encuentra su asesino en su centinela o en su ayuda de cámara. Parece que mientras mayor potencia opresora se aglomerase arriba, por ley de presión, asciende la fuerza de abajo.

No vino esta vez a París el zar, claramente se mira, no porque no tuviese deseos, o porque tan sólo hiciera su visita a la marina y al ejército, como lo dió a entender en el brindis de Bhéteny el presidente; no vino porque la policía rusa no lo quiso consentir de ninguna manera, porque hay muchos rusos vigilados en París, y porque de donde menos se pensara podía brotar la certera locura de cualquier libertario.

Porque: es bella y triunfante una coronación cuasi divina bajo el amparo del Santo Sínodo, en ceremoniales que recuerdan la prestigiosa Bizancio que Jean Lombard ha evocado de tan magnífico modo; es bello y grandioso el dominar el imperio más potente del globo, y ser aún, en el siglo xx, las dos divinas mitades de que habla Hugo, papa y emperador; son soberbias las excursiones a Livadia, y la mirada omnipotente sobre el mar Negro, y la caza del oso con parientes de real sangre; es dulce e imperial tener por esposa una animada y rubia figura de icono, «ser que parece que anda en las nubes», ser nefelibato; tener como guardias dorados gigantes, rudos y pomposos heiducos; comer a la mesa más exquisita del mundo; poder lanzar hordas de cosacos como los hunos de Atila, cabalgar con los húsares de Grodno o con los soldados del Preobrajensky; poseer el Kremlin en Moscú, el Palacio de Invierno, el Anichkoff y el Ermitaje en Petersburgo; y el Tsarkeio-Selo, y el de Peterhof, Versalles ruso; ser saludado «padrecito» por el mujick, cuando se va en el chato drosky o en la rápida troika; reunirse con la familia de coronas y diademas en la mesa del «suegro de Europa», allá en Fredensborg; tener por antepasados a los majestuosos Romanoff, autócratas de hierro; reposar en la Casa de Pesca en Finlandia, a la orilla del río lleno de peces como de oro y plata; recibir de más de 120 millones de hombres, en lenguas distintas, el respeto y la casi adoración como Imperatorkij Goubernator y como cabeza de la iglesia; y todo eso para estar en el continuo cuidado de un condenado a muerte que no sabe si logrará el indulto... estas cosas son la sonrisa de la Boca de Sombra.

En el 98, por orden del emperador Nicolás, decía el Messager Oficiel, de Saint-Petersburgo, que «el mantenimiento de la paz general y una reducción posible de los armamentos excesivos que pesan sobre todas las naciones, se presentan en la situación actual del mundo entero, como el ideal a que deberían tender los esfuerzos de todos los gobiernos. Los deseos humanitarios y magnánimos de su majestad el emperador, mi augusto amo, están allí enteramente dirigidos. En la convicción que ese elevado fin responde a los intereses más esenciales y a los votos legítimos de todas las potencias, el gobierno imperial cree que el momento presente sería más favorable a la rebusca, en la vía de la discusión internacional, de los medios más eficaces para asegurar a todos los pueblos los beneficios de una paz real y durable, y a poner ante todo un término al desarrollo progresivo de los armamentos actuales. Penetrado de ese sentimiento, su majestad se ha dignado ordenarme proponer a todos los gobiernos cuyos representantes están acreditados cerca de la corte imperial, la reunión de una conferencia que habría de ocuparse en ese grave problema.

»Esta conferencia sería, con la ayuda de Dios, de un feliz presagio para el siglo que va a empezar; ella juntaría en su haz poderoso los esfuerzos de todos los Estados que buscan sinceramente hacer triunfar la gran concepción de la paz universal, sobre los elementos de perturbación y de discordia. Ella cimentaría al propio tiempo sus acuerdos por una consagración solidaria de los principios de equidad y de derecho sobre los cuales reposan la seguridad de los Estados y el bienestar de los pueblos.» De allí el Congreso de la Haya. ¿Qué salió de esa conferencia en la capital de la fresca Guillermina? Inglaterra saltó sobre el Africa del Sur; Alemania agarró más fuertemente la Alsacia y la Lorena; Francia apuró sus fábricas del Creusot; la China fué «castigada» por la pacífica y civilizadora Europa; y hoy Nicolás, cuyo ferrocarril transiberiano conduce las más sanas intenciones, viene en visita de paz, a admirar marinos y soldados, nuevos armamentos y nuevas invenciones para matar mejor. Los perros de la destrucción y de la muerte están mejor amaestrados que nunca: Death and destruction dog... dice Shakespeare. El sueño de la paz universal queda reducido a espuma en esa revista de Reims, tierra florida de dulce vino de champaña. Allá en las largas estepas, en las chozas de los pobres, la figura del zar es colocada al lado de la milagrosa panagia, y San Félix Faure está a su lado. Rusia, Francia, Alemania, Inglaterra, los amenazantes yanquis, el entero mundo civil está listo para la matanza y para la rapiña. Los reyes, por más que busquen la paz, son siempre, en la inmensa fauna humana, águilas, las águilas son pájaros de presa, son carnívoras. Mas en lo hondo de la montaña misteriosa, en lo profundo de los valles del porvenir, se oyen de cuando en cuando sones de cuernos, ladridos, tropeles. Se mira en el Oriente como una alba terrible. Los pueblos presienten algo: el presente está en cinta: y quién sabe si de repente el hombre a tientas encontrará el camino que desde el principio de los tiempos le tiene señalado la voluntad infinita, el Dios de todas las razas y de todas las almas.

¡Entonces será tal vez el advenimiento de la Justicia y de la Paz!

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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IV

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NA noticia llega: el príncipe consorte de los Países Bajos, le ha pegado a su mujer... Sensación. Indignación... Sonrisa... ¡Cómo! ¿Ese muchachón teutón, educado a la prusiana, ha podido levantar la mano contra una reinita que París ha visto, saludado y aplaudido, entre el ruido y alegría de los bulevares?

...La reina habría dicho a su marido algunas palabras, en la mesa, que provocaron después la cólera del Mecklemburgo... ¡Cómo! ¿Las majestades y las altezas se tiran los platos y se tratan exactamente como el vecino del entresuelo, o del primero, o del segundo?

La Prensa comenta el hecho, comenta y aumenta, e inventa... Los salones de Europa tienen por muchos días un asombroso y pimentado tema que gustar... Guillermina, que es, con Nicolás, la soberana de la paz... ¡Buena está la paz! Los caballeros franceses que quedan, censuran ásperamente a ese caballero de ultra Rhin que olvida el precepto oriental: ni con una rosa... Exigen al príncipe de Holanda que se esté bien quieto, dentro de su queso.—Los detalles llegan. El príncipe es un hombre poco galante, muy seco, muy militar, muy soudard. Desde los primeros días del matrimonio, se le ha visto alejarse más y más de la reina, demostrarle diferencia y desvío, él que no tiene más oficio que ser el marido de su mujer... Los detalles aumentan. El príncipe debe y bebe... Los acreedores pasan sus cuentas y la reina no quiere saber nada de eso, de las cuentas enormes del príncipe Enrique... En cuanto a su afición báquica, se complica de pasión cinegética y el príncipe prefiere irse al campo, con sus amigos a permanecer junto a su esposa. Además, se dice que el consorte no tiene simpatías por Holanda, y los holandeses le pagan en la misma moneda... La reina se disgusta, se enferma... Salen a su defensa oficiales de su real casa, que son heridos en duelo por el marido espadachín. El castillo de Loo está en conmoción.

Por otra parte, trae el telégrafo nuevas que desmienten todo eso... No, no ha pasado nada en el castillo de Loo, y los racontars no tienen fundamento ninguno... El príncipe Enrique no debe nada a nadie y sus relaciones con la reina están en perfecto estado. La corte está apenada por todas esas invenciones, obra de malintencionados socialistas... La indisposición de su graciosa majestad ha tenido otras causas que las que las que se murmuran y van por las gacetas, por la Gazzette de Hollande... La reinita del cuento azul, o de poemita en prosa de Gaspard de la Nuit, la favorita de la paz, vive en paz con su marido, quien no tiene inconveniente en apartarse de los negocios del Estado por consagrarse por entero a las funciones para que ha sido elegido. Cuando deja la grata compañía de Guillermina, es para dedicarse a la agricultura... Hay en ello siempre el idilio.

¡Hélas! como se dice por aquí. ¡Y cuán cotidiana es la vida, según el verso del admirable montevideano Jules Laforje, áun para los que viven en palacios reales, y han nacido porfirogénitos! Verdad: no se necesita de anarquistas amenazadores para que se tenga por poco envidiable, una cantidad de derecho divino y una figuración en el almanaque de Gotha.

Hablaba el ministro argentino una vez, en Bruselas, con una de las princesas, mujer cuerda y de inteligencia, y a propósito de algo, concluyó una de sus frases: ...«para las que tienen la dicha, o la desgracia, de ser princesa»... Le malheur, monsieur le ministre, le malheur!...», contestó en seguida su alteza real. Le malheur... Ciertamente, no es una historia de dichas la de las testas coronadas, y circunscribiéndonos al caso de la reina de Holanda, el hogar y el trono no pueden caber, sino con raras excepciones, en el mismo sitio... Las Jantipas coronadas han sido muchas, y reyes que puedan señalarse como modelos de virtud conyugal son tan escasos.... El prudente Ulises queda para Homero con la reina Penélope, que sabía tejer, y la princesa Nansicaa, que sabía lavar su ropa.

En nuestro tiempo, con dirigir la vista alrededor de Europa, hay para estarse quieto, en la apacible medianía horaciana, en la descansada vida de fray Luis o en la modesta burguesía que tiene su ideal supremo en un automóvil.

Mirad allá en Rusia, en donde hoy, según se ve, reina la más envidiable paz doméstica bajo las techumbres de los palacios imperiales, no puede borrarse el no muy lejano recuerdo de un matrimonio como el del zar Pedro III, el marido de la gran Catalina... Ser el marido de la gran Catalina... ¡Morir como murió ese pobre zar Pedro...! No, en verdad, no era ese un hogar modelo, ni de varios grandes duques, cuyas aventuras y desventuras suenan por ahí. En Austria, la tragedia... Vagará por mucho tiempo, en Mayerling, la sombra de aquel pobre príncipe heredero, muerto de tan romántica muerte con la Vetsera... Para que su buena esposa después se case con un elegido de su corazón; y luego se hable del divorcio de la condesa de Lonyay... Agregad las varias méssalliances cuajadas de anécdotas, ya cómicas o dramáticas...

En Italia, todo muy bien... Solamente, un gran rey de grandes bigotes, es apellidado el Galantuomo. Y luego, en el reinado siguiente, en la paz de la corte, una bicicleta francesa va por allí, dando vueltas, causando perturbaciones... en la familia.

En Alemania, perfectamente, en las altas regiones; pero escándalo sonoro y granducal, en el país de Hesse y de Aquel...

En España como es de razón, por el sol y por la sangre. Hay libros, memorias, cuentos, anécdotas, chascarrillos. Isabel II, Don Francisco de Asís... Alfonso XII, el rey Barbián... La reina Mercedes que pasa malos ratos, la reina Cristina, que quiere irse a casa de su familia... el Papa que Interviene. Y los matrimonios que vienen. La infanta Eulalia y su divorcio ruidoso... Un pueblo entero queriendo impedir que se case una joven infanta con un joven Caserta... ¡Es delicioso el goce del hogar, en el esplendor de la corte de España!

En Servia... Este era un rey que se llamaba Milano... Por España anda la viuda, que fué tan hermosa, la reina Natalia... Se ha hecho católica, reza mucho... El hijo se casó con una señora que es hoy la reina Draga... Y en su palacio pasan cosas, cosas tan tristes... ¡Y tan ridículas... Fué un matrimonio por amor, el del hijo del rey Milano y de la reina Natalia!

En Rumania, la reina continúa haciendo literatura y la señorita Vacaresco también, aquí en París... Esta pobre señorita Vacaresco, que pensaba posibles los cuentos azules, que creía llegar a ser reina, o cuando menos, esposa morganática, según se cuenta... Para venir a parar aquí, soltera, siempre, haciendo versos, coronada poetisa por la Academia francesa, y recitando en casa del ministro Haití...

En Portugal...

¿Los príncipes de antes eran más felices que los de ahora?... Hay quien achaca la culpa de las desventuras de los actuales al periodismo, al reporterismo. Antaño la maledicencia cortesana no transcendía como hoy, a las hojas de los periódicos; los decires iban de boca en boca, tan solamente circulaban en las cortes, en el plano superior... Ahora, todo va a todos. Y las debilidades de los afortunados son el regocijo de los de abajo... El pueblo siente un verdadero placer en la demostración práctica de que todos los seres privilegiados que tienen una corona o una autoridad, están sujetos a las mismas pequeñas miserias que el más humilde de los hombres. Y como el periodismo no deja noticia sin publicar y detalle sin aprovechar, las alcobas imperiales y reales son exhibidas a la mirada de un público lleno de odios y malignidades.

Volviendo, pues, al caso tan comentado de la reina de Holanda, hay que convenir en que la posición del príncipe no es de las más envidiables. Del rey de Dinamarca se ha dicho que es «el suegro de Europa». Es una inestimable ventaja. En el príncipe Enrique de Mecklemburgo, la situación es desventajosísima: la nación es su suegra. En todo otro Estado, el papel de príncipe consorte habría sido lleno de inconvenientes y de molestias; pero en Holanda, en donde la reina es el ídolo del pueblo, en donde todo el mundo está con los ojos fijos para velar por su completa tranquilidad y por su dicha, el puesto es de todo punto incómodo. De aquí han venido los recientes ruidos, con base real o ficticia, pero que tienen por un momento la atención y curiosidad de Europa dirigidas al castillo de Loo.

La verdad, según personas bien informadas, es que el matrimonio es muy dichoso, la reina y el rey se quieren mucho, y todo lo que se ha dicho ha sido producto de muchas imaginaciones. La más enamorada pareja está sujeta a pequeñas nubes estivales. Algún instante hay en que el mejor amor interrumpe su constante faz por un ligero choque, que suele tener siempre exquisitas consecuencias y aumentos de afecto, si es posible. Uno de esos instantes ha sido sorprendido por alguien, que ha aumentado el hecho, y la bola de nieve ha llegado al alud periodístico. La reina Guillermina, por su belleza, por su juventud, por sus bellos gestos como el de tender la mano al errante y lamentable viejo Krüger, por las cualidades de su espíritu, de su carácter, de su corazón es adorada de sus súbditos. Al príncipe le tienen en perpetua observación, como a quien se ha confiado una joya incomparable o la existencia de un hijo. Y los celos públicos son terribles. Por algo se ha silbado en los music-halls holandeses el retrato del príncipe Enrique, después de saludar con aclamaciones y aplausos el de la reina... El príncipe hace lo que puede, para pasar inadvertido, para dejar que la reina sea única y exclusivamente saludada, para apartar su persona de las miradas del pueblo. Y cuando va con su graciosa mujer, ya en la Haya, o en la linda población de Apeeldorn, en donde se ha elevado un monumento conmemorativo de las regias nupcias, él hace como que no escucha, y apenas si saluda, ante las manifestaciones de la muchedumbre. Sabe bien que él es nadie—el esposo de su majestad;—y parte, desde que lo puede, a la campaña, a interesarse por cuestiones agrícolas y a cazar.

Es muy conocido el cuento del rey que andaba en busca de la camisa del hombre feliz, y que nunca la encontró, pues el hombre más feliz que había en todos sus Estados no tenía camisa... No es muy probable que esa prenda se encontrase hoy en ninguna de las cortes de Europa.

¡Quizá, como nos hace pensar cierta filosofía, la camisa del hombre feliz existe, y es la que a uno le ponen cuando va a dormir el último sueño...! Si se la ponen.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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V

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OS franceses suelen mirar con cierto menosprecio a los belgas. Cuando digo los franceses, digo sobre todo los parisienses. Es una injusticia, y Víctor Hugo no pensaba de la misma manera. Baudelaire fué cruel, en «su corazón puesto al desnudo». Hugo vivió aquí desterrado, Baudelaire también: Hugo por la política, Baudelaire, por la vida. No sé si Baudelaire se arrepintió; pero los intelectuales belgas de hoy han olvidado la amargura del hombre del estremecimiento nuevo. Intelectuales y en su parte latina, Bélgica está unida a Francia y ha dado a la literatura francesa contemporánea buena parte de sus mejores espíritus. «¡Eh, Eh! ¡Bruselles! Vous n'avez qu'a vous bien tenir vous autres ici. ¡Bruxelles, oui, je n'en dis pas plus!» Es Villiers de l'Isle Adam el que habla y es Mallarmé el que lo cuenta. Aquí vino Hugo, aquí sufrió Verlaine, aquí sufrió Baudelaire; y Mallarmé aquí regó satisfecho en su campo propicio, mucho de la simiente de sus sembrados mágicos. Los Verhaeren, los Maeterlinck, los Rodenbach, como poco antes y ahora los Huysmans, acrecen la común heredad del pensamiento de lengua francesa, siendo en Francia entre los nativos los primeros. «Bruselas, se dice, es un París chico.» Mas si Bruselas imita a París; Bélgica no sigue a Francia. Aparte está su gran movimiento industrial; sus ciudades de trabajo, flamencas y walonas representan las propias energías, conservadas de la activa vitalidad de antaño. Son los hombres sanos y fuertes, pesadamente alegres, ruda flotación de pueblo. La flamenca canta, por boca de uno de sus más bravos poetas:

Mon homme est fort. Dans tout le port On sait les fardeaux qu'il souleve; Il a le cœur au bon endroit. Il marehe vite et marche droit... Son sang monte comme la sève... Je suis heureuse de mon sort. Mon homme est fort. Mon homme est fort. Le froid du nord Le soleil pas plus que la grêle N'usera son cuir de flamand: C'es en vain qu'en leur tournoiemet La neige et le vent pêle-mêle Le cernent. Intact il en sort Mon homme est fort.

Las mujeres también, fuerte son, hermosas de carnes, frescas de colores; y el primer día, al llegar, pude contar: uno, dos, tres, diez, muchas Rubens y Jordaens. Bruselas peripuesta a la moderna, tiene, verdad, en pequeño, mucho del París bulevardero, con poco de aquella sensualidad ambiente que lo cantaridiza todo. La ciudad trepida al paso de los tranvías eléctricos; los carruajes circulan, y deja su mal olor o bufa cuando menos lo pensáis, el odioso automóvil; y las bicicletas pasan a cada instante por las avenidas y desfilan por el bosque de la Cambre. Hay cafés con terrazas, en las vitrinas se ven retratos de bellas parisienses, sobre todo el de la señorita Cleo de Merode; en las librerías se venden con profusión libros de franceses; las damas se visten con Doucet o Paquín, o cualquiera de esos señores; se lucha por Wagner; Sarah y Coquelin vienen a trabajar en estos teatros; los diarios tienen algunos redactores franceses. Me diréis que todo eso pasa en Buenos Aires también. Perfectamente. No argumento, sino que certifico.

Al que está acostumbrado al francés de París, el de aquí parece duro y amarsellado. Otra cosa que extraña es el cambio de carácter en la población. Tienen fama de insolentes los cocheros belgas. ¡Jamás podrán igualar a los parisienses! El servilismo del larbín no se encuentra tampoco aquí. Aquí no os estrujan a genuflexiones y a s. v. p. La obra social ha adelantado mucho. El obrero conserva aún el orgullo de los gremios antiguos. En cuanto a la burguesía no hay que olvidar que es en su fondo la misma que ennoblecieron los pintores de siglos gloriosos. El mejor maire tiene algo de vulgar; en el último burgomaestre se cree hallar algo de dignidad atávica...

Una de las ocurrencias biliosas e injustas de Baudelaire fué ésta. «Los belgas piensan en banda». El pensamiento belga está, por el contrario, compuesto de individualidades. Bastaría con señalar actualmente a Rodenbach, a Lemonnier, a Maeterlinck, a Felicien Rops, y a ese potente Wiertz, cuyo atrevimiento y libertad anteceden a tentativas revolucionarias artísticas que han triunfado en el mundo, y al cual sería una injusticia no considerar como un precursor. Aquí laboran silenciosos sabios y artistas, trabajadores de la transformación social, aquí viven tranquilos; aquí he visto la persona venerable del viejo Reclus pasar bajo la sombra fresca de la avenida Luisa, cuyos árboles, ahora pálidos de otoño, son hospitalarios y acogen pensativos.

En el bosque de la Cambre, paisajes y lugares a que la naturaleza y el hombre contribuyen, entretienen la mirada, brindan su regalo de salud y de belleza. No os libraréis del restaurant a la moda en que se retienen mesas y os asesinan alma y paciencia los violines de los tziganos, ni tampoco de la amenaza vandálica del chauffeur. Mas hallaréis amables umbrías, dulces rincones en que vagar y meditar, y en donde lo que menos pensáis es en que aquí reina el rey Leopoldo, ese señor bien que tiene una estancia negra que se llama el Congo.

Kiekenfretter quiere decir en flamenco comepollos. Jordaens y sus reyes glotones y obesos me han traído a hablaros del apetito brabanzón, y en cadenas de ideas, de la comida bruselesa. Aquí se come mucho, y juro que muy bien; así los refinados encuentran la bonne chère que sueñan, los cultivadores del estómago la sana y bondadosa cocina local, cuyas carbonadas y gallinas asadas con compotas de fruta, llaman el acompañamiento del lambic. Hallaréis buenos vinos; pero las cervezas os brindan su reino; los reyes de Jordaens todos son parientes de Gambrinus. Y comiendo bien y bebiendo bien, el pueblo es francamente alegre—-; lejos las pálidas faces de los ajenjistas de París, la inmensa bruma verde que envuelve tantos espíritus en aquella alegría nerviosa y torturada; aquí, por la tarde o al anochecer, he solido encontrar grupos de muchachos y muchachas que van por las calles cogidos de los brazos como en las rondas de las kermeses, y lanzando sus cantos en coro, muchachos robustos, muchachas con carrillos como manzanas, de estos mismos que en el florecimiento de su pubertad dejan ver, bajo la corta falda, las más firmes y torneadas piernas.

Como en todas partes, gusto más de la parte vieja de la ciudad que de la nueva. La ciudad, en sus signos monumentales, habla de grandes cosas pasadas; y tan solamente en San Marcos de Venecia he sentido el respetuoso placer de la contemplación, de la evocación de siglos difuntos, que en la Grand Place, a la cual Hugo, con alguna exageración, llamara la primera del mundo. Nada más hermoso que este conjunto de nobles arquitecturas en que la Maison du Roy es cincelada joya, las casas de las corporaciones, bellas páginas de piedra, y el Hotel de Ville, osado y soberbio, la más admirable catedral cívica que haya labrado la legendaria masonería gótica. La imaginativa de los antiguos escultores se revela en simples detalles de una concepción definitiva, que forman en el vasto libro arquitectónico, lecciones estupendas en la interpretación de la faz humana y en el simbolismo zoológico. Al entrar, nada más, podéis adivinar ciertas páginas de Huysmans y ciertos gestos de Henri de Groux, en un simple murciélago lapidario o un rostro humano decorativo.

Las casas históricas con su estilo, sus dorados, su aristocracia de monumentos, parece que aguardan la presencia de cortejos reales o procesiones de dignatarios. Y mientras miro y admiro, me solicita una muchacha que vende flores, ofreciéndome pompísimas rosas, y pasa una lechera flamenca con su carrito tirado por tres magníficos y pacientes perros.

Un pensamiento que no dejará de despertarse en vuestra mente es el del perdido poderío español... Aún vaga por aquí la sombra del «duque de sangre», y las estatuas fraternales de los condes de Egmont y de Hornes, en el square del Petit Sallón, fijan en bronce el duro recuerdo. Se perdió Flandes; se perdió la América continental, se perdió Cuba...; el general Weyler no tendrá a mal que se le compare con don Fernando Alvarez de Toledo...

Santa Gudula es hermana de Notre-Dame de París, de la familia de tantas otras iglesias venerables en que las dos torres góticas se alzan, enormes centinelas del tabernáculo, trabajadas por la virtud de siglos de fe; urnas vastas en que se guardaba la esperanza cristiana y cuyas anchas ojivales puertas se abren hacia las bullentes ciudades, como con sed de almas.

Tan descriptos están los monumentos, que no caben de ellos ya más que las impresiones. Diríase que el tourisme ha profanado todos los santuarios de la tierra en que la religión y el arte conservan sus reliquias y elevan sus plegarias. La agencia Cook borra todas las huellas sagradas e interrumpe las meditaciones de los fervorosos que aún quedan. Es un complemento del experimentalismo... Mientras admiro en el severo templo los vitraux de Van Oreley y de Frans Florís, hay unas cuantas personas que rezan en el más profundo y piadoso silencio; mas de pronto una tropa (¿tropilla?) de viajeros con cornacq hace su irrupción y se percibe que la gente que ora sufre con la entrada de la caravana. La voz del guía pronuncia en inglés con mediano tono de discurso: «Aquí tenéis el cenotafio de Juan II, duque de Brabante y de Margarita de York, 1312 a 1318; y enfrente el del archiduque Ernesto, gobernador general de los Países Bajos, etc...»

La vista del palacio de Justicia da idea de un aplastamiento; es un edificio de Babilonia; lo rechoncho en lo enorme; la gran corona que remata el monumento semeja la tapa de una colosal pieza de postre en una mesa de Brobdignac. Polaert, el arquitecto, pensaba poner en lo alto una pirámide hindú; sus planes no se pudieron llevar a la práctica por imposibilidad material, y se construyó un domo con estatuas. Se alaba mucho esta gigantesca ensalada de estilos: hay griego, egipcio, asirio, romano, romántico, renacimiento. A mi entender, es una creación semiyanqui que asombra por su tamaño, y que queda bien entre las cosas greatest in the world.

Prefiero ir a admirar el Mercado, esa obra maestra de la ferreteria moderna, que encontró un cantor magnífico y férreo en Huysmans, y en donde el metal domado une la solidez a la gracia y a la elegancia; trabajo ciclópeo y artístico que no se cita ni se recomienda en las guías.

¿Cómo no hablaros de la gloria municipal de Bruselas, el muñequito de bronce que ha llegado a ser un símbolo, y que, en ejercicio de una de las más prosaicas funciones fisiológicas, ha adquirido el cariño popular, renombre y honores, todo como un hombre? Como habrá muchos de mis lectores que no sepan lo que es el Manneken-Pis, trataré de decirlo en pocas palabras. Cuéntase que un noble ciudadano de Bruselas tenía un niño a quien quería entrañablemente, el cual niño desapareció un día sin que su padre, que lo hizo buscar por todas partes, diese con su paradero. Por fin, fué encontrado en la calle, y en una posición difícil de explicar si se guardan las conveniencias. Hacía... lo que un personaje de Rabelais para apagar incendios; no tanto como Sancho en una de las más bravas aventuras de Don Quijote...; lo que se dice en un usual latín después de Domine labia... Si con tantas indicaciones hay quien no haya comprendido, que haga el viaje a la capital brabanzona y vea lo que está haciendo Manneken-Pis.

En conmemoración del hallazgo, el padre del niño hizo elevar la estatua, que se atribuye a Duquesnoy. Después, ésta tuvo tanta fama como la de Pasquino en Roma. Fué robada dos veces y encontrada. Luis XV le concedió la orden del Espíritu Santo; en ciertas épocas la han vestido de guardia cívico; se la mezcla en política; una vieja solterona la dejó mil francos de herencia, como a un simple gato o perro, y la municipalidad paga a un valet de chambre, para que la cuide, 200 francos anuales.

No es demasiado. En todas partes hay hombres que en la política, las letras, las ciencias y demás disciplinas hacen cosas peores que Manneken-Pis, y tienen buenas posiciones y ganan pingües rentas.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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VI

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A sola palabra Trianón evoca el espíritu y la vida de toda una época. Se acerca, en el tiempo, como un perfume antiguo; se oye un son de viola de amor, un minué en el clavicordio de la abuela; se mira, con los ojos entrecerrados de la memoria melancólica, un conjunto de suntuosidades y elegancias. Los arriesgados ejercicios de la coquetería, las declaraciones de los caballeros y las sutiles conversaciones de los abates; horas de encaje y seda; embarques para Citeres; idilios rústicos entre pastores gongorinos y pastoras «preciosas». Collar de horas que fué como una guirnalda de rosas que cubriese de pronto una ola de púrpura. Tiempo encantador, ciertamente, que tiene su parangón en los libros de cuentos de hadas y que adoraban los Goncourt. Hoy, ese tiempo florido hace escribir algunos buenos libros; inspira a ciertos poetas musicales deleitosas poesías; interesa a los compradores de cuadros y a los modistos y peluqueros, con ocasión de los bailes de trajes o cabezas empolvadas. ¡Buen baile de cabezas dió fin a la perenne fiesta en que la reina María Antonieta imperaba de todas guisas!

Los lugares que sirvieron de teatro a tantas maravillas, tienen hoy en su severa soledad una dulce tristeza que no querría ser perturbada. Versalles y sus rincones de amor y de recuerdo, parece que no deberían profanarse con ruidos modernos, con vulgares paradas contemporáneas. Déjense las umbrías de los nobles bosques, las gloriosas y abandonadas arquitecturas, a los soñadores, a los enamorados, a los solitarios. Esas lindas gracias del siglo xviii que quedan en memorias que parecen leyendas, y se admiran en cuadros y retratos que semejan sitios y figuras de encanto, gocen de la quietud que les dió su trágico final.

Eso han pensado algunos parisienses con motivo de un acontecimiento mundano que ha ocupado grandemente la atención en estos días. Cierto grupo de damas de la alta sociedad ha querido resucitar por unas cuantas horas aquel hermoso vivir. Mas ha habido grandes dificultades. La vieja y restringida aristocracia, no ve con buenos ojos algunas iniciativas que vienen de la nobleza adventicia. Una verdadera condesa, con verdaderos cuarteles, protesta ante la intromisión en asuntos de su sola incumbencia, de tal o cual marquesa o condesa de ultramar, coronada de perlas heráldicas en virtud de los millones de papá. Cierto es que entre las iniciadoras había nobles de auténticos pergaminos, como una La Rochefoucauld y una Folingnac; pero la persistente imposición de tal miss Gould, por ejemplo, devenida condesa de Castellane, arruga muchas frentes. «En el hameau de la reina, observa alguien, antes las grandes damas hacían papel de fermières; hoy las fermières intentan hacer de grandes damas.» Otro dice: «He soñado mucho con las bellas figuras que animaron tan admirables escenarios para arriesgarme a ir a padecer con la desilusión de personas actuales desprovistas de toda poesía.» Pasada la reunión, un cronista anota, junto a una Clermont-Tonnerre, «noblezas del Ural y de las Cordilleras». El poeta Montesquiou-Fezensac se asusta encontrando allí «cabezas que rehusaría seguramente la guillotina»; y el Jean Lorrain, desventrado cien veces por Laurent Tailhade, agrega en verso:

La pique en les voyant recule epouvantée. Con todo, la celebración histórica ha sido variada, alegre y hermosa. Las princesas de hoy, aburguesadas de gustos y aficiones, cuentan, sin embargo, con preciosos ejemplares; y con dinero, todo se dora y se imita. En los salones actuales, los abates de antaño están sustituídos por ciertos sacerdotes distinguidos que el autor del Journal d'un défroqué ha sabido retratar, y los Copée, Lemaître y Barrés, reemplazan el espíritu del buen tono de la vieja Francia. No han faltado pavanas y minuetos bailados por bailarinas; y la taimada madame de Thébes ha hecho de Cagliostro, diciendo la buena ventura y vendiendo amuletos para ganar dinero y para ser amado. Hay que confesar que los segundos se vendieron más que los primeros.

La resurrección de una época no se hace únicamente con trajes costosos y comparsas teatrales. Ciertos juegos necesitan señalado estado moral y cultivo espiritual. Cuando lo griego y lo romano estuvo de moda, en época distinta de la Francia, flotaba por las salas como un ambiente de academias. Las damas se ilustraban y, petulantes o marisabidillas, representaban con perfección sus papeles. Los salones oían con frecuencia las palabras de los sabios, los discursos de los poetas, las agudezas de los hombres de ingenio. Madama Recamier invitaba. Ahora, los nobles legítimos y los advenedizos, con notadas excepciones, al decir de los bien informados, no se han ocupado en la cita de elegancia que se dieron más que de la carrera de automóviles París-Berlín, y otros asuntos de igual transcendencia estética. Las berquinadas tienen otro nombre. Lancret, Fragonard, Watteau, nada tienen que ver ante Woth, Paquín o Redfern. Un Morgan cualquiera se lleva a Chicago o a Nueva York tesoros del más puro arte francés; el señor de Iturri, tucumano según me dicen, y amigo íntimo de Montesquiou-Fezensac, descubre en un convento de Versalles la tina en que se bañaban la Montespan y el rey juntos y la instala en Neully.

¡Ah, el alma fina del siglo de las frágiles y pomposas elegancias y de las gracias sutiles, del siglo de Florian y de Boucher, no pertenece, como otras tantas cosas, a los ricos de hoy! Es la herencia de los artistas, de los Verlaine, los Samain, de los Helleu. Los pobres príncipes de belleza y de armonía tienen este desquite.

Cuentan que el ya muy nombrado poeta de los «olores suaves», uno de los pocos portalira de que la nobleza puede hoy glorificarse, dió una fiesta en Versalles en honor del Pauvre Lelian, a la cual fiesta concurrió buen golpe de bellas marquesitas, duquesitas, princesitas y baronesitas de su parentela y amistad.

No sé qué cara pondría el viejo fauno delante de ellas, como no sea la máscara satiríaca que solía expresar la alegría pánica y báquica. Mas entre todas, ¡qué impresión haría la presencia del triste y terrible poeta, triste de amor, terrible de dolor! Ninguna, supongo, fuera de la malsana curiosidad, o el superficial snobismo.

La nobleza femenina, en todas partes, se dedica hoy con preferencia al sport, se interesa mucho por el cuerpo, descuida bastante el espíritu. Este rumbo siguen las jóvenes «bien» de nuestras democracias y la adinerada burguesía universal.

La bicicleta ha juntado al príncipe con el hortera, la «Mors» une el chocolate con la flor de lis. Y entre todos los sports hay uno, nivelador también, en el divertimiento y en el flirt: la caridad... La fiesta de Trianón, como la del Bazar memorable, era una fiesta de caridad.

He querido, principalmente, en estas líneas hacer notar la cuestión del conflicto de las noblezas, la antigua y tradicional y la adquirida. El papel en que se coloca a las americanas ricas casadas con títulos, es poco envidiable.

Un alto desdén, justificado hasta cierto punto, e irremisible, se cierne sobre las cabezas recién ilustradas con la corona nobiliaria.

No borrará toda la catarata del Niágara pactolizada, la mancha nativa de Porcópolis, o de Oil City. En todas partes existe, en el gran cuerpo de la aristocracia, una aristocracia chica y cerrada, que no transige ni admite mescolanzas ni componendas. D'Hozier frunce el entrecejo ante los reyes del acero y los barones del dollar. Hay nobles arruinados que se ponen a precio, y nobles de manga ancha que contemporizan con las plutocracias exóticas; pero las tres docenas de familias que vienen de muy lejos en la historia, y que miran sobre el hombre a los titulados de Luis XIII acá son impenetrables en su mayoría. La messaliance es cosa rarísima. Para eso se fué a las cruzadas.

Reflexionen las niñas que en nuestras Américas incuben la lejana esperanza de entrocar en el árbol genealógico de uno de estos viejos nombres europeos. Es bonito, «viste mucho», como dicen en España, eso de oirse llamar Madame la Comtesse, Madame la Marquise, Madame la Princesse; pero desde el momento en que se sabe que ese tratamiento es para una «galería» especial, que el verdadero núcleo a que se aspira rechaza la solidaridad y se señala a cada momento la liga; que su paso levantará siempre un equívoco murmullo y provocará más de una afilada sonrisa; que la coburguisación, digamos así, o la adquisición de un marido, por lo general de escaso intelecto, de costumbres poco ejemplares y de salud casi siempre averiada, no valen la pena de sacrificar una juventud y una vida a la vanidad más improductiva, creo que no habrá una sola que prefiera a un dorado ridículo y a un flordelisado martirio, ser cabeza de ratón entre los suyos, en su casa, en su tierra, en su sociedad, en su patria.

Ahora, la nobleza del dinero, lo que hace resonar el globo con su metal desparramado, los principados del cheque, las baronías del casino, el armonial de hierro y caucho, los marquesados del jeckey, los cuarteles del yate eso es otra cosa.

Yo sé de un filósofo a quien admiro.

Guarda ovejas en la pampa.

Illustration from La Caravana Pasa Obras Completas Vol. I
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VII

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ARÍS, ardiente me ha soplado con boca de horno empujándome a la orilla del mar, a Dieppe, frente a Inglaterra, en el Canal de la Mancha. Es lo que está más cerca de París, para pasar el tiempo de verano al amparo del frescor marino, sin ir a los deliciosos y peligrosos paraísos de la Costa de Azur, de la Grande Bleue. He llegado en días gratos y de espectáculos pintorescos. Buena cosecha, o si queréis, pesca de impresiones.

Anidado, cerca del agua, comienzo por dar un buen vistazo a la ciudad. La cual se divide en dos partes: la elegante y muy moderna, ceñida de villas y chalets, que se extiende por la calle Aguado hasta el viejo castillo y el morisco edificio del Casino, y la que contiene el bario de Pollet, en donde está el puerto. Calles interiores estrechas, casas sin carácter, más no exentas de uno que otro golpe pintoresco. Por las cuadradas ventanas que se decoran de tiestos floridos como en España o Italia, suele aparecer la faz graciosa de una muchacha, o la vieja coronada de apretado trapo blanco, muy semejante a un gorro de dormir.

Por la Grande Rue, un comercio y un vivir de ciudad de pocos ruidos. No encuentro mucho de original, como no sean los escaparates de labores en marfil que un tiempo tuvieron tanta boga y renombre. Al paso, en una plaza, la Nacional, veo a Duquesne en bronce, gran dieppense aquel marino; crespa y larga cabellera, bravo talante, firme en sus botas, bocina en mano. Cerca una vieja iglesia, con su torre que recuerda la de Saint Jacques, de París, y que lleva el mismo nombre, afirma la nobleza severa del arte antiguo que la levantó y la fuerza de la olvidada piedad.

Una callejuela me hace caer de pronto en pleno mercado de cosas marinas, la Poissonnerie. En un instante pasan por mi mente figuras de Thwlow; versos de Richepin. Un olor salado flota en el aire. De las barcas que atracan al muelle sacan los cestos de mariscos; los azulados bonitos, anchas y sonrosadas rayas, plomizas anguilas, aranques como puñales, y el «cardenal de los mares» todavía sin su púrpura, y enormes cangrejos y erizadas centollas. Como salidos de un baño de rosas se miran los salmonetes, de rosas y madreperlas; lácteos, azulados y semitransparentes, los calamares; como pasados por laminador, los lenguados grises; y los gordos peces mayores, dejando entrever la flor escarlata de las agallas. Aquí de Simón Pedro, aquí de Tobías, aquí de las Mil Noches y una Noche y de Brillat Savarín. ¡Y los admirables tipos de gentes de mar! No hace falta sino saber dibujar, eroquer, tanta cara singular, tanto aspecto lleno de carácter: la anciana revendedora que asiste al remate, fuera del recinto propio del mercado; la joven más fresca que el pez recién sacado, y perfumada de mar también, atrayente con su rostro encendido, sus copiosos cabellos, su sonrisa; los viejos y duros pescadores, cabezas de pipa como hechos en madera; narices rojas, barbas en barboqueio o herradura; el bigote afeitado, las anchas manazas, las firmes patazas; quien con el arete de oro a la oreja, o la cachimba entre los dientes, y en la mirada una profundidad inmensa, esa profundidad serena e inmensa que comunica la frecuencia del Océano, el azul de los golfos, lo vasto del cielo, a los hombres que viven y trabajan sobre las olas, acostumbrados así a los cantos del alba, a la dulzura de las saladas brisas, como a las injurias de la espuma y las bofetadas de la tempestad.

El lugar de la venta del pescado no es muy extenso. Es una sólida galería de hierro, con puestos laterales, en donde las pescadoras exponen sus artículos ¿Es una obsesión, o es la asendereada ley del medio?

Parece que todas estas mujeres, las de edad como las mozas, tuviesen en su rostro algo de pescado; los ojos y las bocas, sobre todo, casi ictiomorfos... Una pescaderita de quince años, que ríe con finos dientes y tiene en su cabellera reflejos de algas, se me antoja que tiene algo de sirena. Guardo y paso.

Ante sus langostas, me detiene con su figura una robusta anciana, como sacada de no sé qué olvidado cuadro. Bajo el cucurucho blanco del gorro dos macizas arracadas de oro puro descienden hasta los hombros; un corpiño obscuro aprisiona auténticos y generosos testimonios de maternidad; una falda corta acampanada, deja ver las columnas de las piernas cubiertas por medias de lana; sobre los duros zuecos, dos bien construídas carabelas en que un Colón de Liliput podría ir a descubrir en Noche Buena no importa cuál América de nacimiento.

La venta es buena. Al día siguiente han de comenzar las fiestas. Así, pasan a mi lado haciendo sus compras varios burgueses de Dieppe; y, nota parisiense entre la concurrencia, blanca toda, fina, bella, una señorita que ha bajado de su carruaje, llega, acompañada del groom, compra un buen paquete de langostinos y se va, rápida como un pájaro.

El apetito, más que despierto, me hace dirigirme a un restaurant vecino, cerca de las arcadas del Café Suizo—aquí, como en todas partes del universo, hay un café Suizo.—Comida barata sabrosa, marisco fresco, ausencia de vino y presencia de sidra, rica sidra de ámbar o de topacio, pues en Normandía, como en el paraíso terrenal, triunfa la manzana. Mientras almuerzo, oigo de lejos cantar la draga en el canal, como un gran grillo de hierro.

El día comienza a ponerse opaco. Se hace recordar la vecindad de Inglaterra. Mientras en París se derriten los sesos de las gentes, aquí se siente un grato frescor. Después del café, me dirijo a la playa. Llega al desembarcadero un vapor de Newhaven. La niebla aumenta poco a poco. Casi ha invadido todo el mar, toda la costa. La tarde naciente se ahuma. Empieza a vocear, triste, insistente, la campana de la bruma, allá en el faro. La campana, en tiempo de niebla, hace las veces de la luz; es el faro del oído. Las olas llegan a la arena en actividad y encrespamiento que hacen resbalarse a la continua los guijarros; mas no es la soberbia acompasada que enarca las gruesas marejadas cuando se enoja el viento. El agua no carnerea, hierve, en la enorme extensión, sin rasgarse. De cuando en cuando una vela fantasma, una sombra de barca, se percibe en el tupido vapor flotante; a través del aire espeso llegan lejanos ruidos de sirenas y de esquilas. La humedad se insinúa en la piel, barba y cabellos. Se gusta la sal del ambiente.

El sol, que se asemejaba a luna una, o a un astro de pesadilla, no logra hacerse paso entre las espesas nubazones. Así se desliza el tiempo hasta la noche, en que se aclara un tanto el espacio. Las luces de los faros rielan sobre las aguas. Las aguas, más tranquilas, dan campo a la mirada que puede ya lanzarse al horizonte. Quietud.

Volvía yo de recorrer el bulevar marítimo, a eso de las diez, cuando una aglomeración de muchedumbre, un son de trompetas y un brillo de antorchas en la sombra de una calle me hicieron detener. ¿Qué capitulo de viejo libro estaba viendo? Ante el pueblo reunido, había dos heraldos, de armas y un regidor, montados en sendos caballos un pelotón de arcabuceros y otro de arqueros. Uno de los heraldos desenrolló un largo papel, y con una gran voz, dijo:

Or, tost, accourez tous, faictes bonne silence et oyez.

Es nom des schevins et tout ayant étè par eux arresté avec très honorable sire Charles des Marets, capitaine du Chastel et de la ville de Dieppe, pour Notre Roy et soubverain segneur Charles le septième.

Faisons assavoir:

Que le jour de demain, dimanche, septième de Juillet, se doibvent tenir en ceste cité des festes soulennelles et espéciales pour le resjouissement et grand proffit de tous.

Adonc, en celluy jour de demain, sus le midy ou environ, si haura par les voies et carrefours de ceste ville, une belle y avenante monstre numéreuse a la vérité diré, jusques a passer cinq censt parsonnes, et figurant, sommairement et comme par abrégé, avec personnages les mieux en point que puet estre, les faicts les plus illustres en l'histoire de Dieppe à travers les âages et les plus dignes de ramentevance.

Et maintenant, cecy dit, de vostre part, bourgeoys, manans et vilains, faut jà vous retirer. Et sitôf que s'oyra covre feu soner, bien nous vos advison que tout bruyt se doibt cesser, que toute chandoille de sieu ou resine doibt estre esteinte.

Et bien vous préparez, par un bon somme, à estre frais et dispoz pour célébrer dignement et alégrement la grant journée de demain.

¡NOEL! ¡NOEL! ¡VIVE LA FRANCE!

Como el grupo era pintoresco, la música alegre y la noche fresca, seguí a los heraldos de Charles des Marets «capitaine du Chastel et de la ville de Dieppe», entre el regocijo de crecido número de pescadores y pescadoras que iban en la procesión, y así escuché varias veces el pregón. Y siguiendo después el consejo de prepararme con un buen sueño, para estar frais et dispoz para la fiesta próxima, me encaminé a mi hospedaje, en donde, al amor del mar, dormí gratamente, hasta que la animación de la aurora entró por los cristales de mi ventana y la armoniosa lengua de las olas me dió los buenos días.

Bueno era ese, de sol claro, de cielo lavado y bruñido. La ciudad, llena de banderas, se agita en su fiesta. Gente del lugar y forastera circula por las calles principales e invade la playa. Se oyen a lo lejos gritos, cantos y petardos. Camelots de París venden sonoros mirlitones. En la Grande Rue se extiende un mercado improvisado, un mercado de aves, de manteca y quesos, de verduras, de productos de la campaña; y en la plaza Nacional se instala un bazar de cuanto os podáis imaginar de cosas viejas y nuevas, con el aditamento de muy baratas. Hay desde frenos hasta calzoncillos, y mientras un zapatero remendón elogia las botas claveteadas que ha rejuvenecido, un vistoso charlatán canta su ditirambo delante de una cabellera fenómeno que debe su famosa riqueza a una botella de agua milagrosa.

Llegan los trenes de París y Rouen repletos de gente. Los vecinos de Treport, Puy, Varengeville, aumentan la suma de visitantes. Se advierten tipos de la capital, mujercitas del bulevar, y no faltan cabezas del Barrio Latino y de Montmartre. No son los que menos se notan los ingleses. Hay bastantes bicicletas, y, bufando, se han hecho presentes dos o tres automóviles. Los marinos y pescadores no ponen buena cara al hipógrifo de caucho.

El cortejo, el gran cortejo histórico «Dieppe a través de los siglos», comenzará a desfilar dentro de poco.

El cortejo. Era primero el siglo xv, y venía a la cabeza dando al aire sus sones la fanfarra de la milicia burguesa. Son los tiempos en que los dieppenses, fatigados de la lucha con el inglés, acaban de volver a su independencia, por obra y empuje de Desmarest. Allí viene Desmarest tras el preboste de los comerciantes, los ballesteros casqueados y forrados en sus túnicas rojas, los regidores de negro, los trompeteros violeta, azul y encarnado, y los heraldos de armas con dalmáticas y cota. Es el bravo Desmarest o Des Mares, caudillo desde la adolescencia, y que luego, brazo poderoso, fué creciendo en empuje hasta sus acciones en Dieppe y Bures, y a quien después de rudo batallar y vencer, no pudo la muerte arrancar del mundo sino cuando en el descanso de su ancianidad, había llegado a ciento quince años.

Viene después Dieppe en el siglo siguiente en la época de su mayor auge. Este tiempo opulento se anuncia desde luego con oros y colores. Un grupo de niños llega con palmas doradas en las manos y sombreros de airosas plumas sobre las rosadas cabezas. Preceden a Descellier, el geógrafo que antes de Gerardo Mercator publicaba su planisferio que mejoraba los trazados ptoloméicos. Viene Descellier en el carro de la hidrografía enseñando a sus discípulos, pues, según las palabras de Asseline, a propósito de las cartas marinas, «le sieur Pierre des Cheliers, preste a Arques, a eu la gloire de'avoir ètè le premier qui en a fait en France. Aussi estoit-il un si habile géographe et astronôme qu'il fit une sphère plate, au milleu de laquelle en voioit un globe qui représentait toutes les parties du monde.» Vestido de negro pasa en su carro, que imita una bella boiserie que existe en el castillo de Gaillón; y tras él la música de los arcabuceros, negro y azul, jóvenes pajes, a la manera florentina, y precedidos de sus capitanes, el armador magnífico y fuerte Jean Angó, aquél que solo y con flota propia, declaró la guerra al rey de Portugal, sin que nada tuviese que ver en la empresa el gran rey Francisco. Angó es la figura más brillante de Dieppe. Por él la ciudad, antes de que las luchas de religión contribuyesen a su ruina, se levantó a una situación de riqueza y de poderío. Angó heredaba de su padre el espíritu. Como él, Angó se lanzó a empresas coloniales en la India y en América. De allá viniéronle riquezas en sus navíos, y con ellas llevó vida de príncipe, opulento, lujoso, y al mismo tiempo de pensar maduro y juicioso. Hizo aquí construir un palacio admirable. «La fachada, de madera de encina, había sido esculpida por los más hábiles artistas y representaba escenas de navegación, combates entre ingleses y normandos. Los cuadros y las estatuas de los más grandes maestros ornaban ese palacio, y le daban un aire de magnificencia incomparable. Desde sus ventanas Jean Angó tendía sus miradas sobre el puerto, sobre el mar y sobre el valle de Arques.» Francisco I le visitó, y la ciudad permitió al magnate que las fiestas fuesen pagadas con su peculio. El rey quedó maravillado de la fastuosidad de su anfitrión. Hubo lujo de vajilla italiana, en plata labrada, viandas exquisitas y vinos incomparables, arcos de triunfo, y, para paseo por el mar, barcas doradas que corrieron las aguas con buen tiempo y cielo propicio. Angó murió en la pobreza, y he recordado su grandeza de un tiempo ante la piedra tumbal que cubre sus viejos huesos, en la iglesia de Saint-Jacques.

Redoble de tambores. Acorazados de cuero y en la cabeza el casco, pasan los soldados de la milicia burguesa; los oficiales de a caballo van casqueados también, y brillan sus coseletes de hierro. Los gremios desfilan en seguida, los de la industria del hierro que llevan jubón azul; los de la cerveza, violeta, y los del marfil, en cuero de gamuza. Amarilla y negra la banda de la guardia real, lanza su música, y oro y negro y a la espalda un manto, los heraldos del rey. Sigue el gobernador Aymar de Charles, con su uniforme de caballero de Malta; el capitán de Vardes luce su jubón gris, y luego seis pajes azules en grandes caballos, antes del gran escudero que porta el real estandarte, anunciador del rey soberbio, cuya magnífica armadura relampaguea al sol. Allí va luego el «padre de la agricultura», el buen Sully, de negro, al que hacen fondo los suizos vestidos de verde. Es el tiempo en que Enrique IV ha venido a Dieppe antes de la batalla de Arques y de Ivry, en que hubo de salir triunfante del duque de Mayenne.

Tras el tiempo caballeresco y heroico, el siglo pomposo. Semejantes a otros tanto Aramises y Portos, los mosqueteros a caballo, gran chambergo emplumado, coraza y larga capa negra de terciopelo, desfilan seguidos del gobernador Montigny. El rey Sol es aún niño, y en una carroza de gala va en compañía de Ana de Austria, la de las bellas manos. La reina está representada por una graciosa moza que saluda linda y realmente. A caballo sigue el rojo Mazarino, y un grupo de cortesanos le acompaña. Llegan gentes de mar. Son los hombres de Duquesne. Allá, sobre una reducción de la Sainte André, el gran marino, el orgulloso calvinista que desecha por su fe el bastón de mariscal, está de pie. Angó era el fuerte armador del comercio; Duquesne es el hombre de la guerra. Es el combatiente de Suecia como vicealmirante de Cristina; es el reorganizador de la armada francesa y el jefe de la expedición de Nápoles; es el luchador feliz contra españoles, ingleses y holandeses; es el generoso vencedor de Ruyter, el bloqueador de Chio y el temor del Dux veneciano. Cuando Duquesne murió, el rey le negó una sepultura...

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