LIBRO SEGUNDO (continued 2)
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Tambores. A compás marchando van ocho tamborcitos, luego una banda militar y el pabellón. Dos ujieres de la ciudad se adelantan al maire y al cuerpo comunal; en todos los negros trajes lucen tan sólo las hebillas de plata de los zapatos. Y luego Balidar. ¿Quién es Balidar? Es el desconocido turbulento y terrible, el que impuso su nombre como una bandera de amenaza en la Mancha, el corsario de quien John Bull supo mucho, y que en Roscoff, cansado de pelear bajo el poder de Napoleón, puso a su casa balcón de plata maciza, y freía monedas de plata y oro para arrojárselas al populacho bien calientes. Cuando la independencia americana, Balidar fué a pedir carta de corsario, y no se supo más de él que su paso por las costas mejicanas. Ese fué Balidar. Así, pasa orgulloso entre sus hombres de mar; síguele un grupo de marinos veteranos; luego, la guardia consular y los trompetas vestidos de amaranto o blancos brandeburgos. En su caballo blanco cierra la marcha Napoleón, el Napoleón de largos cabellos del tiempo consular. Unos cuantos oficiales le acompañan; los húsares, de azules dormanes van tras él. Tal ve Dieppe pasar su pasado. Un pasado casi legendario, de empresas bravas y singulares conquistas, con princesas bellas, reyes gallardos, bizarros capitanes, corsarios temerarios, magníficos marinos. Y así inaugura el Dieppe de hoy su bulevar marítimo, que pone hacia las olas que vieron tantas proezas, un balcón extenso para los veraneantes que no, es por cierto, de plata, como el de Balidar.
«Al principio no había nada.» El mar cubría la mitad de la playa y la marea llegaba hasta el valle del Arques. Luego hubo un lento retiro, de siglos. Un día se creó la pelouse donde hoy se alzan los grandes hoteles de la calle Aguado. Creció allí hierba y pastaron rebaños. La ciudad prosperaba, comerciaba y entonces los ingleses, como siempre, aparecieron. Los échevins alzaron entonces fortificaciones, y tres grandes torres para polvorines. Luego vino la iniciación de los baños de mar en Dieppe. La sociedad parisiense comenzó a venir en «largas diligencias», y la moda se hizo. A comienzos de este siglo ya venía mucha gente cuando la duquesa de Berry afirmó la boga. Se construyó un teatro, se alzó un casino para los grandes señores de la Restauración. En 1836, el Estado vendió los terrenos en que antes había fortalezas. Se levantaron casas y se creó la calle Aguado, cuyo nombre tiene a causa del banquero español que intentó dotar a Dieppe de un ferrocarril, intentó, pero no lo realizó. La calle, sin embargo, lleva su nombre. Napoleón III quiso pasar su luna de miel en Dieppe. Eugenia quedó encantada del lugar. Gracias a ella se embelleció y prosperó en poco tiempo. Veinticinco años después la ciudad hizo fuertes gastos para el establecimiento de sus primeros casinos. Los terrenos de la playa centuplicaron su valor, y el Estado, interviniendo entonces, vendió a la ciudad la playa en 451.000 francos. En 1895 el alumbrado eléctrico fué introducido. Así continuó hermoseándose, hasta que se observó el daño que causaban a la plaza las invasiones del mar. La municipalidad dieppense resolvió la construcción del bulevar, una sólida muralla, flanqueada de rotondas provista de un parapeto con un ancho trottoir carrelé alumbrado con numerosos postes de luz eléctrica. Entre este bulevar y la calle Aguado se extiende la espaciosa plaza llena de césped. El bulevar tiene cerca de un kilómetro de largo, es un paseo excelente y fué construído por el ingeniero Herzog.

