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Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

MORRIÑA

Reading edition

I

SI el entresuelo que habitan en Madrid doña Aurora Nogueira de Pardiñas y su hijo único Rogelio no es ni de los menos obscuros ni de los más espaciosos, tiene en desquite la ventaja inestimable de encontrarse sito en la calle Ancha de San Bernardo, tan frontero á la Universidad Central, que, hablando en plata, aquello es vivir en la Universidad misma. Encajada la señora dentro de su butaca de gutapercha, en el rincón de la ventana, mientras crece y mengua su labor de calceta sin mirarla una sola vez, sigue los pasos al adorado chiquillo, y en cierto modo, salvando la distancia de la calle y calando el espesor de las paredes, le acompaña hasta el aula misma. Le ve entrar; al salir observa si se detiene en algún grupo, y con quién charla, y cómo se ríe; conoce á todos los camaradas, á los amigotes, á los antipáticos, á los estudiosos, á los holgazanes, á los asiduos, á los que hacen rabona casi siempre. También está familiarizada con las caras de los profesores, y estudia su continente y su modo de responder al saludo de los discípulos, sacando de los signos exteriores importantes consecuencias psicológicas, relacionadas con el problema de los exámenes.—«¡Ay! Allí viene ya el viejiño Contreras, el de Procedimientos. ¡Qué afable!... ¡Qué cara de santo! Anda despacito el pobre... bien se nota que padece reuma articular, como yo. ¡Malpecado! Me es simpático por eso. No, y sobre todo, porque sé que es blando y que le ha de dar á Rogelio un aprobado como una casa. Ahora sale Ruiz del Monte, tan almidonado y tan engreído. Parece todo él hecho de una pieza. ¡Pobres de nos! Con éste no valen empeños, ni influencias, ni... Arre que le han de saber los chicos la asignatura tan bien como él. Pues para eso, que les deje á ellos la cátedra... y la paga. ¡Ay! Ahí tenemos al señor de Lastra. Jorobadito es un poco. ¡Qué gracia, las caricaturas que los muchachos le sacan en clase! Y se pasa de campechano. Ahí está pegándole palmadas en el hombro á Benito Díaz, el amigacho de Rogelio. Me parece uno de esos señores que dejan rodar el mundo. Bendito él sea. No sé qué se saca de disgustar á las familias y crucificar á los pobres rapaces.»

Suspendiendo el soliloquio, la señora se hincaba en el moño entrecano la aguja de calceta, rascándose los cascos ligeramente. De pronto la piel floja y rancia de sus mejillas se teñía de rosa vivo, como si una brisa de juventud le orease las facciones.

—¡Ay! Rogelio.

Salía el estudiante, envuelto en su capa de embozos de felpa carmesí, con el hongo un tantico ladeado y la mirada fija, desde el primer momento, en la ventana aquella. Por lo común sonreía; pero á veces, poniéndose muy formal, llevaba tres dedos al hongo, y estirando el brazo con movimiento de marioneta, remedaba el saludo de los gomosos en el Retiro. Contestaba la madre amenazándole con la mano abierta y descuajándose de risa, cual si fuese nueva una gracia consuetudinaria ya. Después, el muchacho platicaba tres ó cuatro minutos con algunos condiscípulos; de refilón se metía con el fosforero, la billetera, el naranjero de la esquina y los dependientes de la tienda más próxima, acabando por echar un requiebro á las criadas que charloteaban á la puerta; y al fin subía á su domicilio, esperándole en el recibimiento doña Aurora. Las primeras frases solían ser por este estilo:

—Mater amabilis... brinda el corporal sustento al fruto de tu vientre. Traigo un hambre que no la merezco. ¡Aaam! Si no llega pronto el bisteque, se producirán repugnantes escenas de canibalismo.

—Sí—decía risueña la señora;—ya vendrá todo á parar en que te comerás dos aceitunas y una hebra de carne. Anda, pistraco, señorito de la media almendra.

La habitación predilecta de la casa no era ni la sala, siempre abandonada y desierta, ni el despacho de Rogelio, ni el gabinete de la señora: era el comedor, muy próximo á la antesalita. Allí estaba el reloj de pared, que consultaba para las horas de clase Rogelio, perezoso en dar cuerda á su remontuar; allí la mesilla, donde el cesto de la labor y la media empezada desaparecían bajo números del Madrid Cómico, de Los Madriles y de todas las Ilustraciones habidas y por haber; allí el sofá bajo, ancho y cómodo y las vastas poltronas; allí, sobre el aparador, el reparito del estómago, botella de jerez y bizcochos, ó, en verano, frutas que el chico gulusmeaba; allí, en una copa, el ramo de lilas frescas, ó los claveles que se ponía en el ojal; allí el botijón trasudando agua, y el azucarero, y el frasco del jarabe ferruginoso, y el abanico japonés, y la novela empezada, con la plegadera entre las hojas, y algún libro de texto, maltratado, mucho más que por el uso, por el mal humor y displicencia con que lo cogían y soltaban. Allí, en fin, la chimeneíta, la que funcionaba tan bien, la que consolaba de las cátedras glaciales y los desmantelados patios y pasillos del templo de Minerva. ¡Con qué gusto se ponía Rogelio, al llegar de clase, al canto de la lumbre, sin desembozarse, extendiendo las palmas hechas dos carámbanos! El calor desentumecía sus tejidos, activaba su empobrecida sangre, y le daba fuerzas para pedir, entre chistosos regaños y súplicas mimosas, el almuerzo, sintiendo casi la puntualidad con que se lo servían, porque se le acababa el tema de sus humoradas y bromas. Aún no había él cruzado la puerta y ya estaba doña Aurora gritando:

—Fausta... Pepa... Que llega el señorito... Almorzar por el aire... Niño, el jirope de hierro... ¿Te cuento las gotas amargas?

—¿Qué mayores amarguras que las de la muerte por inanición? Usted, fámula encargada del ramo culinario, ¿se puede saber con qué deleitosos manjares piensa V. calmar hoy el hambre que me roe las entrañas? ¿Me ha destilado V. ambrosía celestial, néctar extraído del cáliz de las flores... ó callos y caracoles del Petit Fornos? ¡Sacadme de esta cruel incertidumbre!

Risas sofocadas en la cocina.

—¡Dénmele de comer á este loco, para que calle!

Sentados ya madre é hijo, contadas las gotas y tragadas también, venía el sopicaldo humeante, el par de huevos estrellados, abuñoladitos, y el bisteque, el cual precisamente había de traerse del café cercano. Sólo así lo comía Rogelio. Por mucho que se esmerase Fausta, la vizcaína, no conseguía desbancar al cocinero del cafetín. Llegaba el rico pedazo de vianda medio cruda, encerrado entre dos platos, con sus patatas sopladas, tierno, jugoso, apetecible. Mientras Rogelio trinchaba preparándose á despachar las tajaditas, su madre le observaba con inquietud y avidez, lo mismo que si nunca hubiese visto aquel tipo delicaducho, tan diferente del ideal de las madres gallegas. Veinte años espigados; palidez mate; ojos negros y alegres, pero de caído párpado y cárdenas ojeras; boca de espiritual dibujo y arqueada con finura, un poco amoratada de labios, con una dedada de bozo; nariz enjuta; pelo lacio y suave, del que suele llamarse de ratón; cabeza estrecha de sienes, garganta delgada, nuca con canal, muñecas planas y talle cimbrador, componían una figura no salida aún de la adolescencia y como detenida en su desarrollo por la clorosis que produce la vida de invernáculo, donde la planta necesitada de aire bravo y libre se ahila ó se seca. Así doña Aurora no podía disfrutar momento de tranquilidad con aquel hijo, si no precisamente enteco, al menos de complexión flaca y nerviosa, según revelaba su carácter, en que á la alegría propiamente infantil sucedían sin transición ratos de inexplicable abatimiento. Por eso le miraba comer, tan ansiosa como si cada buen bocado le cayese á ella en el estómago después de dos días de ayuno. Con el pensamiento le decía á la substanciosa carne: «Anda, fortaléceme á ese niño. Dale fibra, dale sangre, dale huesos. Házmele robustote, varonil, patrón. Que se vuelva un torito... aunque fuese así, á modo de un bárbaro... no importa, mejor, ¡ojalá! Mira que no me queda á mi otro cariño en el mundo sino este rapaz tan poca cosa.» Y agregaba en alta voz:

—Come, hijiño, come, que la carne, carne cría.

II

DOÑA Aurora tenía su tertulia, y vespertina—nada menos que un five o’clock, como diría algún revistero—sólo que sin tea, ni ganas de él; porque caso de ofrecer algo á los tertulianos, la señora de Pardiñas, muy chapada á la antigua, optaría por unas buenas magras de jamón, ó cosa análoga. Como los amigos de la señora sabían que no acostumbraba salir á la calle sino por la mañana, de manto y arrebujada en su rotonda de pieles, á visitas de confianza ó á compras, y que las tardes se las pasaba haciendo media en la ventana del comedor, acudían fielmente, atraídos por la chimenea, las poltronas, la intimidad y el hábito.

El mayor núcleo de relaciones de doña Aurora lo formaban compañeros de su difunto marido, magistrados, ó como ella decía en lenguaje profesional, «señores». Algunos, jubilados ya, eran los más constantes en acudir. Ciertos muebles del comedor teníalos vinculados determinada persona; la butaca de respaldo ancho se le reservaba á Don Nicanor Candás, el fiscal, aficionado á arrellanarse; la de gutapercha de asiento blando, á Don Prudencio Rojas; la de cretona rameada, á la vera de la chimenea, que nadie se la disputase al patriarca Don Gaspar Febrero; este venerable sujeto era el alma de la tertulia, el más vivo, rozagante y animoso de los concurrentes, á pesar de sus ochenta y pico de navidades y su pata coja, quebrada al saltar de un tranvía. El primer cuarto de hora de conversación solía consagrarse al estado atmosférico y á la salud; ninguno de los respetables señores estaba sin alifafes y goteras; algunos eran ya una pura ruina; y el lamentar achaques y discutir métodos curativos resultaba siempre de actualidad. Allí se llevaba el alta y baja de los catarros crónicos, de los dolores artríticos, de los flatos y las acedías de cada quisque, y se deliberaba, tan solemnemente como en otro tiempo sobre una sentencia, sobre las ventajas del salicilato y las pastillas pectorales.

Agotada la cuestión sanitaria—todo se agota—pasaban, casi siempre por iniciativa del señor de Febrero, á tratar otros asuntos más agradables. No podía sufrir el amable ochentón que se hablase tanto de botica, recetas y potingues.—«No parece sino que está uno con un pié en el sepulcro»—decía sonriendo y luciendo su brillante dentadura postiza. La conversación variaba de rumbo, pero casi nunca versaba sobre temas contemporáneos. Como gavota ejecutada por una abuela sobre viejo clavicordio, sonaba allí el anticuado ritornelo de las memorias y de las reminiscencias. Los diálogos solían empezar así.

—¿Se acuerda V.? Cuando me destinaron á la Gran Canaria, mandando Narváez...

O de este otro modo:

—¡Que tiempos! Lo menos diez años antes que se sustanciase la célebre causa Fontanelas... Aún no había nacido mi hijo mayor...

El señor de Febrero les iba á la mano también en esto de contar tristemente los lustros ya corridos, exclamando con juvenil viveza:

—Qué, si eso pasó ayer, como quien dice. En la vida de una nación, nada significan miserables veinticinco ó treinta años.

—Sí; pero en la de un hombre...

—Tampoco en la de un hombre, si Vds. me apuran. A los cuarenta, á los cincuenta llamo yo la flor de la edad.

—Hable V. por sí... Usted ha descubierto el elíxir de larga vida. Más fresquito que una lechuga. En cambio, los demás parecemos zapatillas, y estamos para que nos saquen en un carro al sol.

Con su muleta entre las piernas, Don Gaspar se reía, y como sacudiese la cabeza, relucían al reflejo del fuego los rizos argentados de su peluquín. Sentimos tener que pagar tributo á la exactitud descriptiva, consignando que llevaba peluca y dientes postizos el señor de Febrero: mas importa añadir que era tanta la verdad de su mentira, que eclipsaba á lo real, y engañaba al más lince. Revelando exquisito gusto y consumado arte, el anciano había encargado su peluca del color de la nieve, y la diadema de ligeros rizos canos que coronaba su frente de marfil era como majestuosa aureola, bien distinta de la tupida pelambrera con que los viejos verdes se obstinan en reparar el irreparable ultraje de los años. Asimismo la dentadura, hábilmente contrahecha, algo desigual y gastada, con una mellita en el lado izquierdo, se la pegaba á cualquiera. Con aquel pelo tan decorativo; con el rostro escrupulosamente afeitado, de facciones correctas, muy expresivas aún; con la pulcritud y dignidad afable de su persona, Don Gaspar recordaba las mejores cabezas del siglo XVIII, tal como nos las ha conservado la miniatura. Daba pena que no vistiese chupa de raso bordado. El traje de paño no le caía. Hasta la muleta de ébano, con almohadón de terciopelo azul, realzaba y completaba la autoridad de su presencia. A fuer de hombre de otras épocas que ya fenecieron, Don Gaspar, en cuanto veía mujeres, se encandilaba, y le chorreaban azúcar y miel los labios: hasta con la misma señora de Pardiñas, enteramente fuera de combate, no prescindía de sus formas, más que corteses, galantes y rendidas.

A aquel viejo que llevaba tan serena y elegantemente la vejez, le cosquilleaba en la vanidad de un modo grato oir á los contertulios, todos cascados, todos asmáticos y catarrosos, todos ostensiblemente calvos, que le decían en tono de envidia:

—Este Don Gaspar... es mucho cuento. Nos entierra á cuantos venimos aquí.

Otra satisfacción de amor propio muy grande era la de probarles la frescura y nitidez de su memoria: y la disfrutaba á menudo, porque en la tertulia de la señora de Pardiñas se hilaba continuamente el copo de los recuerdos, del cual salía una hebra de oro, pero oro amortiguado ya, como el de las antiguas casullas. Era la memoria de Don Gaspar una especie de armario de cedro, donde se guardaban perfumados, empaquetados, clasificados, íntegros, los sucesos, los nombres, las fechas y hasta las palabras.—«Este señor de Febrero es una cartilla vieja»,—solía decir doña Aurora. Cuando se discutía algo, apelábase al arbitraje de Don Gaspar.—«¿Verdad, señor de Febrero, que la causa Zaldívar, de Sevilla, se elevó á plenario en el invierno del 56?»—«No, señor, el 57: y por cierto que ocurrió eso hacia el 15 de Diciembre... digo mal, el 16, cumpleaños del amigo Don Nicanor Candás.»

—¡Pero, hombre!—exclamaba el aludido cuando llegaba á enterarse.—¡Reniego hasta de quien hizo su memorión de V.! ¡Pues no va este maldito gallego á acordarse de la fecha de mi cumpleaños, que yo mismo no me acuerdo nunca! Los años nadie me los ha de robar, con que no veo la necesidad de llevarlos por cuenta exacta.

Don Nicanor Candás, fiscal jubilado, asturiano, malicioso y presumido á fuer de buen ovetense; listo como una pimienta y más atravesado que una espina, daba mucho que reir á la tertulia metiéndose con el señor de Febrero, á quien llevaba la contraria por sistema, sin respetar sus fueros patriarcales y su decanato glorioso. Para mejor marear á su contrincante, adoptaba Candás un método raro, que no carecía de chiste. Fingíase sordo como una pared, y llevaba siempre en el bolsillo del gabán una trompetilla de plata que se introducía en el oído cuando le convenía responder acorde y rebatir al contrario, y que decía haber olvidado en casa cuando le daba la gana de contestar yéndose por los cerros sin atender á razones ajenas. Tal estratagema era de resultado seguro, y conseguía ponerle á salvo de todos los riesgos de la disputa. En su lenguaje, el señor de Candás era crudo y ordinario, tanto como Don Gaspar atildado, atento y melifluo, y por semejante modo de hablar desentonaba en la reunión. Ni era sólo por esto, sino también porque era el único que prefería las noticias de actualidad á los recuerdos, el único que vivía con un pié en lo presente, el único que traía á aquel enmohecido senado una corriente de aire callejero y de vida real. Don Gaspar, en tono agridulce, le llamaba «nuestro reporter».

La portentosa memoria del ochentón se confundía y embrollaba al tratarse de sucesos recientes, y Candás, aprovechándose de esta deficiencia en las admirables facultades del patriarca, siempre estaba tomándola con él.—«A ver,—decía,—cómo se iba á componer nuestro Don Gasparín para probar una coartada. Muy fuerte en todo lo que se refiere al ministerio Calomarde ó á la regencia de Espartero, y no sabe por dónde anduvo esta mañana misma.» Y remedando la voz de Don Gaspar, añadía: «¿Qué hice yo ayer tarde? Espérense Vds.. ¿Fuí á casa de Rojas? Me parece que sí... Digo, no, no. Estuve paseando en Recoletos. Con todo, no se lo juraría á Vds.»

Esta observación cómica relativa al patriarca, podía hasta cierto punto aplicarse á los demás tertulianos. Diríase que para ellos no existía lo actual, y sólo lo pretérito tenía vida y realce. Las noticias del reporter Don Nicanor las comentaban tres minutos, con esa tendencia pesimista que aflige á la edad senil; después volvían á subir corriente arriba, engolfándose muy á gusto entre las nieblas de los años desvanecidos. Quizá en esto influyese, además de la vejez, el carácter que imprime la magistratura, profesión cuya base son nociones científicas estratificadas ya, un derecho puramente histórico, en que el espíritu de innovación es una herejía, y en que se resuelven problemas jurídicos de hoy con el criterio de la ley romana ó del fuero visigodo. Así es que cabía comparar la reunión de casa de Pardiñas á una peña inmóvil en medio del mar de la existencia. No veían los excelentes «señores» que también en la polilla de los legajos palpitan gérmenes y late el ímpetu renovador: apegados á fórmulas vanas, creían custodiar un licor sagrado, cuando en sus manos no quedaba ya sino la ampolla vacía; y, al tratarse de novedades, en el mismo grado de heterodoxia ponían el uso de la barba, las audiencias de perro chico, el Jurado y la revisión de códigos.

III

AQUELLA asamblea de sonámbulos se despertaba y alborozaba al entrar Rogelio, quien, por las tardes, antes de salir á pié ó en coche, acostumbraba dejarse ver en la tertulia, riendo mucho de lo que ocurría en ella, pero sin malicia, con travesura de chico mimado. Habíale puesto de mote Inútil Club; á Candás, por su calva amarilla y enorme, le llamaba Laín Calvo; y al afeitado y galante señor de Febrero, Nuño Rasura. Las criadas repetían por lo bajo estos apodos. La misma señora de Pardiñas se reía en secreto, aunque aparentaba enfado diciendo al chico:

—Está muy mal que te burles... ¡Tanto como los pobres señores te quieren!

Sí que le querían. Al aparecer Rogelio, era como si algún rayo de sol dorado y caliente se deslizase en una de esas habitaciones cerradas, donde muebles, cortinas, papel y cuadros, han adquirido el desmayado matiz del polvo y la humedad. Todos los viejos amaban entrañablemente al chico: el uno le había visto en mantillas; el otro había asistido á su primera comunión; éste le traía juguetes cuando pasó la escarlatina; aquél, compañero de Sala é íntimo amigo de su padre, chocheaba recordando los dulces del bautizo... Si se dejasen llevar del primer impulso, á pesar de la orla negra que realzaba el arqueado labio superior de Rogelio, serían capaces de besuquearle los carrillos y traerle caramelos y cacahuetes. Para ellos era siempre el pequeño, el rapaz: cierto que, por un fenómeno natural de óptica, los excelentes tertulianos de la señora de Pardiñas propendían á seguir considerando como niños á los jóvenes, y como jóvenes á los machuchos. Se les oía decir, verbigracia: «¿Conque se murió Valdivieso? ¡Hombre, pues si estaba en lo mejor de la edad, si era un chico!» Y necesitaba intervenir el maligno asturiano, haciendo de la diestra embudo acústico, ó metiéndose la trompetilla: «¡Caray, caray con los chicos que sueñan Vds.! Valdivieso no cumplía ya los cincuenta.» «No tanto, no tanto.» «¿Que no tanto? Y los que mamó y anduvo á gatas.»

Al tratarse de Rogelio, extremaban la manía de no advertir que el tiempo pasa y hacerse los distraídos cuando suena el reloj. Cada año que ganaba en la carrera de Derecho, era para ellos un asombro: no le concebían abogado: quisiéranle deletreando todavía en la escuela. Lo cual no dejaba de amoscar al estudiante. Al regresar de una excursión de veraneo á San Sebastián, sucedió que le preguntase con la mejor fe del mundo el señor de Rojas:

—¿Cómo te habrás divertido, eh? ¡Todo el día corriendo y jugando por la playa!

Y el chico respondió, sin descubrir el amostazamiento sino con un mohín de pillería truhanesca:

—¡Vaya! Muchísimo. Hice agujeritos y chocitas con la arena. ¡Gocé más!

En el fondo, el buen corazón del chico se había apegado á la colección de honrados vejestorios que frecuentaba su casa. Aquel mismo señor de Rojas (por ejemplo), le infundía un respeto cariñoso, por su justificación y rectitud intachable. Si Temis descendiese á este bajo mundo, se hospedaría en casa del señor de Rojas, y encontraría allí altar y simulacro (de madera, según Candás). Estricto celador del sentido literal de la ley, Rojas marchaba por el angosto camino que veía, sin titubear, alta la frente y tranquila la conciencia. Persuadido de la altísima dignidad de su cargo, cubría las exigencias del decoro social á costa de una economía y una modestia inverosímiles de puertas adentro, comprendido y secundado en esta obra heroica por su mujer. No conocía influencias políticas, ni amistosas, ni de ninguna especie. Pasaron por sus manos asuntos en que se atravesaban millones, y la codicia, que no es sino instinto de conservación en forma de adquisividad, ni resolló siquiera. Por eso el severo nombre de Prudencio Rojas era pronunciado, ya con veneración, ya con la solapada y disolvente ironía que adopta el vicio para desacatar á la virtud. El cáustico Don Nicanor llamaba á Rojas fantoche del Derecho. Decía que todo en él era de palo, la inteligencia y el carácter; sin ver ó sin querer ver que esta clase de hombres, cuando las leyes fuesen perfectas dentro de lo humano, podrían, con su firmeza é integridad en aplicarlas, hacer reinar la edad de oro.

Muchas tardes, especialmente si hacía frío riguroso ó llovía ó nevaba, Rogelio, en vez de salir, se acurrucaba en el rincón del ancho sofá, y atendía á las soñolientas conversaciones de los viejos. Cuando podía, trataba de dirigirlas hacia un punto para él muy interesante: nunca se cansaba de oir hablar de su tierra, Galicia, de donde había salido muy pequeño. Casi todos los tertulios, ó eran de allí, ó allí habían pasado largas temporadas desempeñando puestos en la Audiencia de Marineda; y hacíanse lenguas de la benignidad y salubridad del clima, lo barato y sabroso de los alimentos, lo tratable y afectuoso de la gente, y la hermosura extraordinaria del país.

—No sé cómo nuestra amable amiga doña Aurora no lleva allá á este pollo para que conozca su cuna—decía el señor de Febrero sobando el cojín de la muleta.

—Si siempre estoy proyectándolo—contestaba la señora—y es de esos planes que tienen desgracia. La verdad, ustedes comprenden que hasta el día todo se me ha vuelto dificultades y tropiezos.

—Di que eres muy remoloncita, mater admirabilis—objetaba el hijo.—Por tu gusto serías árbol, para echar raíces donde te plantasen.

—Lo mismo que te llevo á San Sebastián, á Galicia te hubiese llevado, niño; pero no fué posible. ¿Crees tú que no me llama á mí la tierra? Los que allá nacimos... es tontería; no tenemos más ganas que de volver, ni perdemos nunca la querencia.

—Y los que no nacimos lo mismo—intervino Don Nicanor Candás, armado de trompetilla.—Ahora daba yo el dedo meñique por pasarme un año en Marineda; mejor me voy allá que á Oviedo ó á Gijón.

—Pero á mí—prosiguió la señora—siempre se me descomponía el plan, como si anduviesen en ello las brujas. ¿Tienes gana de volver á tu país antes de cerrar el ojo? Pues fastídiate, y aguarda hasta que te caigas de vieja. Verán Vds.:—y contaba por los dedos.—Primero: que la incompatibilidad. Deje V. su familia, su casa, sus bienes, y váyase V. á rodar de zeca en meca, con un niño pequeñito y que siempre fué delicado, de Oviedo á Zaragoza, luego, con lo de la Regencia, á Barcelona, luego al Supremo aquí... Mi matanza toda era decirle á Pardiñas: jubílate, hombre, jubílate, y volvámonos á la terriña, á no dejar por ahí nuestros huesos. Para vivir nos sobra con lo nuestro, y los hijos no son tantos que nos agobien. Pero... como ya saben Vds. lo que era mi pobre marido, que no es que yo lo diga...

Rumor de simpatía en la asamblea.

—Creía que en seguir la carrera hasta el fin consistía su obligación... ¡En nombrando al deber! En fin, tenía aquella idea y era preciso respetarla. Y después, como se puso ya tan malito...

Aquí la voz de la señora se enronquecía algo; llevaba la mano al bolsillo, y se sonaba, aplicando luego el pañuelo á los ojos.

—De manera—repetía suspirando y encogiéndose de hombros—que cuando llega la hora... Después, ya saben Vds. cómo me vi con mis cuñadas, y la de pleitos y de embrollas que me armaron. Creí que nunca me desenredaba. De allá me escribían los amigos antiguos: «Que vengas, que vengas, que en un día haces más desde aquí que desde ahí en un año.» ¿Qué quieren Vds.? Me daba miedo la diligencia. Con este reuma, pensar en embutirme en aquellos carricoches, que á lo mejor no tenían un cristal para un remedio... Así que se transigieron bien que mal las cuestiones y se devanó el ovillo de la testamentaría, cate V. que ponen el tren directo hasta Marineda... Pero ya se me había enfriado el alma, porque volver allá para encontrarse de esquina con toda la parentela...

—Mamá, con toda no. Muchos parientes, según tus mismas noticias, están de nuestra parte.

—Bah... Yo qué sé. En nuestra tierra, rapaz, es difícil saber quién está por uno y quién en contra. En ese particular he recibido desengaños atroces. A lo mejor te venden amistad mientras te clavan el cuchillo hasta el mango. La verdad se ha de decir: por allá no somos así... francotes y reales, como los castellanos viejos.

—Habla V. como un libro—asentía el señor de Candás, no desperdiciando la ocasión de sacar las uñas.—El gallego reunirá los méritos que V. guste; pero á retorcido y escurridizo y falso no le gana nadie. No contrate V. con él de palabra sólo, carapuche, que no tienen fe, ó si la tienen es púnica. Cómo será el gallego, que los gitanos no se atreven á colarse nunca por allí, temerosos de salir engañados.

—¡Cuidadito con insultar á la tierra!—decía festivamente Rogelio.

—Sí es cosa averiguada. A Galicia no va un gitano. Más chalanes y más socarrones son ellos que toda la gitanería junta. ¿Y en litigar? ¡Santo Cristo de mi pueblo! Nacieron pleiteantes. Le envuelven á V., home; el aldeano más rudo le da á V. cien vueltas.

—Eso prueba,—alegaba el señor de Febrero—que somos gente despabilada; no me lo negará V.

El señor de Candás, quitándose del oído el cañuto de plata á fin de no hacer caso de la observación y despacharse á su gusto, proseguía:

—Y hay tontines que llaman á los gallegos listos; yo lo que digo es que son maulas: si fuesen listos no andarían siempre hechos unos pobretes, comidos de miseria, roídos de envidia, sin salir nunca de pobres y de quejumbrosos. Son la casta de gente más llorona que he conocido. Todo se les vuelve pucherines y lamentos.

La tez de marfil del señor de Febrero se encendía un poco, porque le era imposible habituarse á las malignas descortesías de Laín Calvo.

—Eso es algo fuerte, señor Don Nicanor; repare V. que aquí estamos en mayoría los gallegos. ¿Le gustaría á V. que yo le repitiese ahora aquella vulgaridad de «asturiano, loco, vano, mal cristiano?»

—Hay—proseguía el fiscal imperturbable—una tanda de memos en polvo que se alborotan cuando oyen decir esto; pero ello es ya tan sabido, que de puro sabido se calla. El gallego tiene alguna penetración, corriente, sobre todo cuando se trata de discurrir maneras de jeringar al prójimo; y, sin embargo, ni sabe cultivar la industria, ni salir de aquella escasez en que vive. Le ve V. resignado con su mendrugo de pan de maíz, hecho un pelele, sin ropa, sin comer carne, sin beber vino una vez en el año... Le ve V. que con su fama de avispado, á veces parece más alma de cántaro que los mismos aragoneses. Es tacaño y ahorrará un ochavitu aunque se lo saque del pellejo con una raspa; pero no tenga V. miedo que discurra para agenciarse ese ochavo, ni que se anime á trabajar de veras por el aliciente de un duro. Nada: con tal que no le perturben en su rutina y en su haraganería... Así ve V. que ahora tienen esa red de ferrocarriles, ¿y para qué les sirve? No moverán el dedo para atraer á los veraneantes. ¡Aquel agrado, aquella limpieza de la gente donostiarra!

—A este Don Nicanor hay que matarle ó dejarle—objetaba furioso Nuño Rasura.—Como no atiende á razones... ¿Dónde está esa red ferrocarrilera de que habla? ¡Bonita red! Llena de agujeros. ¿Quiere que todo se haga en un día? Milagros sólo Dios. Todo se andará, con paciencia y tiempo. Mire ya mi Don Nicanor la importancia que va adquiriendo la bellísima Vigo. Aquel clima tan fresco, aquellas costas y aquellas rías son la admiración de la prensa. ¡Y aquellas mujeres... mejorando siempre lo que tenemos delante, pero mi buena amiga también es de allá! ¿Y aquel pescado tan especial? ¿Qué me dice V. de él?... Amiga queridísima doña Aurora, yo no he vuelto á comer sardina ni lenguados desde que me vine. Antes de la caída de O’Donnell, recuerdo que estábamos tomando baños en Marín, y nos trajeron á la puerta un rodaballo...

Aquí volvía el ochentón á hilar el copo de los recuerdos, y Rogelio, con el codo en el sofá y en la palma la mejilla, escuchaba embelesado. Parecíale que estaban contando alguna tradición de familia. El aposento y la tertulia adquirían aspecto de cariñosa intimidad: la atmósfera moral y material era templada: el mundo era mullido y acolchado como el almohadón donde reclinaba su cuerpo. Cada tertuliano era para él, si no un padre, por lo menos un tío carnal. En derredor suyo reinaba la más dulce seguridad; y así como en ciertas moradas lujosas se traslucen el ahogo y la escasez, en aquel comedor modestísimo se transparentaba el bienestar casero, la más dorada mediocridad que pudo soñar ningún poeta ni apetecer ningún filósofo. La armonía y la moderación son siempre hermosas, y Rogelio, sin definir esta belleza que le rodeaba, la sentía y se envolvía en ella como el pájaro en el plumón de su nido. Y mientras en la chimenea chisporroteaba la leña ardiendo, y de la cocina venía amortiguado el repique del almirez, y discutían los viejos y la madre activaba las agujas de su media, el muchacho, sumido en vaga contemplación, fantaseaba cómo sería aquel país bonito, aquella Galicia verde, llena de agua, de flores y de muchachas mimosas.

IV

LA calle enterita, tiendas, puestos ambulantes, criadas y vecindad, conocía á Rogelio: como suele decirse, todo el mundo le debía un cuarto. Eranle familiares los establecimientos, ó, mejor dicho, humildes tenduchos de loza, ultramarinos, novedades, cordelería y periódicos, que se incrustan entre las viejas é imponentes casas solariegas de la calle Ancha, animada por la concurrencia de los estudiantes y por el ascenso y descenso de los tranvías.

Pero con quien la emprendía Rogelio más á menudo, era con los cocheros simones, de los cuales existe un puesto en la plazuela de Santo Domingo. Rara vez salía de casa doña Aurora que el reuma ó el frío ó el calor no la determinasen á enviar por uno de aquellos vehículos tan destartalados y feos, pero tan cómodos y accesibles; ella les llamaba enfáticamente «sus trenes», y aseguraba riendo que siempre tenía el coche enganchado y á la puerta, con un cochero tan puntual, que no se hacía esperar una vez sola. Rogelio, á fuer de hijo único y rico, se permitía otros lujos, y su madre le pagaba la pensión de dos caballitos moscas y el alquiler de un milor flamante en casa del alquilador Agustín Cuero, para que los días festivos bajase al Retiro ó adonde le diese la gana (no consintiéndole caballo de silla por temor á un lance peligroso). Pero á la señora primero la matarían que usar de aquel tronco juguete: que la dejasen con sus pacíficos simones; á no ser algún día, por decoro y para hacer visitas, maldito lo que le importaba la farsa de que el coche estuviese más barnizado y el cochero llevase guantes y unas zaleas de carnero por los hombros. Con el uso frecuente y las razonables propinas, todo el personal cocheril de la plaza estaba á devoción de doña Aurora, y muy prendado de la buena sombra del señorito. Este no les dejaba vivir, máxime á sus paisanos, los gallegos, con quienes la tenía siempre armada. Decíales mil disparates acerca de su tierra; les tarareaba la muiñeira; les hablaba con la u, á guisa de sirviente de comedia de Ayala; y si por milagro llegaban á amoscarse, les decía:

—Auriga veloz, yo también soy galleguiño, maruso, de pralá.

A lo cual solían ellos responder:

—¡Qué señorito tan pavero!

Cuando venía á comprometer á alguno porque lo necesitaba su madre, desde una legua que le viesen ya estaban riéndose y bajando la alquila. Y él solía entrar en escena dirigiéndoles retahilas semejantes:

—Automedonte alígero, vapulea á tu fogoso corcel para que se beba la distancia hasta mi encantado palacio. Ya el generoso bridón tasca impaciente el dorado freno. ¿No ves cual le rocía de cándida espuma? Buloniu, ¿en qué estabas pensando que no me veías de venir?

—Señorito... estaba á leer La Correspondencia.

—¡La Correspondencia! ¿Qué profieren tus sacrílegos labios? ¡La Correspondencia! ¡Rabo de Satanás! ¡Una hoja revolucionaria, anárquica y nihilista! Arroja pronto ese veneno, antes de apropincuarte á la mansión honrada de los pacíficos ciudadanos. ¡Acude, corre, vuela, simón! ¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Anda, burrachu, demagogo!

Cuanto mayores extravagancias ensartase, más se reían los cocheros.

Una mañana salió Rogelio, ya embozado en su capita hasta los ojos, pues las postrimerías de Octubre tenían la atmósfera en punto de sorbete, aunque el alegre sol madrileño brillase en todo su esplendor. Tratábase como siempre de buscar un cochecillo para doña Aurora. Al llegar á la esquina de la plazuela, divisó á uno de sus trenes predilectos: una berlina algo menos indecente, con forro de sagrén avellana no tan mugriento y sobado como el de la mayor parte de estos vehículos. El cochero, rubio, gordo, coloradote, atendía por Martín y era gallego. Rogelio venía llamándole con señas y gritos:

—¡Martín, el de la capa! ¡Ah de la imperial carroza!

Hablaba el simón con una mujer cuyo rostro no podía ver el estudiante; pero á la voz de éste se volvió, y Rogelio hubo de notar que era moza, no mal parecida, de aspecto humilde y vestida de luto.

—¡Señorito, qué cuaselidá!—exclamó Martín al conocer á Rogelio.—Esta joven (el cochero pronunciaba joven con g) viene en busca de la casa del señorito, y me preguntaba el camino ahora. Es paisana nuestra. Trae una carta...

—¿Quiere V. dejarme ver el sobre?—indicó el estudiante, que al dirigirse á la muchacha varió enteramente de modales y de tono.

La muchacha alargó el billete, que lo era, y bien chico.

—¡Calle! Es para mamá. Véngase V. conmigo; yo le enseñaré la casa. Tú, simón, sigue nuestra resplandeciente estela con tu carroza imperial, tirada por ese lánguido cisne.

—Dios se lo pague, señorito—dijo la muchacha con voz bien timbrada y dulce, y acento cantarín, como suelen tenerlo las gallegas ribereñas.—No necesita molestarse. Ya veo desde aquí el portal de la casa, que el cochero me lo señaló.

—Si yo también llevo ese camino. Ningún trabajo me cuesta.

Sin otra discusión, la muchacha rompió á andar, y Rogelio, por instinto, se colocó á su izquierda, como haría con una dama. A los diez pasos le pesaba ya de su galantería. En primer lugar, menuda chacota le arrimarían sus compañeros si acertaban á encontrarle acompañando tan cortés á una individua de pañuelo á la cabeza y saya lisa de merino. En segundo, Rogelio atravesaba esa edad en que un chico criado algo falderamente, en la casta atmósfera maternal, no puede evitar una impresión de cortedad penosa cuando trata con mujeres desconocidas aún. Cierto que las de condición inferior no le atarugaban tanto: las señoritas eran su muerte: siempre creía que se burlaban de él, que cuanto le decían era pura matraca, que no hacían sino tomarle el pelo, gozarse en su confusión y comentarla luego á solas, con maliciosa y despiadada ironía; pero ahora, al lado de la muchacha vestida de luto, experimentaba la misma turbación, porque, á pesar de su pobre traje, no tenía pinta de lo que se entiende por mujer ordinaria. «¿La diré algo? ¿Se reirá de mí? Más se reirá si me quedo mudo. No, la palabra hay que dirigírsela». Entonces se le ocurrió preguntar con suma formalidad:

—¿Quién le envía á mamá esa carta? ¿Lo sabe V.?

—Sé; sí, señor. ¿No he de saber? Las señoritas del general Romera. ¿No las conoce?

—¡Vaya si las conozco! El general Romera fué amigo de papá. Hace tiempo que no las vemos.

—Estuvo malita doña Pascuala, la mayor. Tuvo una cosa que le dicen enginas inflamadas. ¡Ay! Muy mala estuvo.

—Y ahora, ¿sigue mejor?—interrogó Rogelio por seguir hablando, aunque las anginas de doña Pascuala no le quitaban el sueño.

—Ya sanó de todo. Pues si no sanase, tampoco me marchaba yo de junta ella.

—¿Estaba V.... allí?—(Rogelio no se atrevió á decir sirviendo.)

—Sí, señor, desde que vine de allá.

—¿Conque galleguita?

—No tengo por qué negarlo.

—Ni yo tampoco, caramba.

—No, señor, por cierto. Es una tierra muy buena, mejor que la de Madrí y la de todo el mundo.

Rogelio sonrió, agradado del patriotismo de la muchacha, y comenzando á sentirse bien con ella, porque le parecía incapaz de burlarse de nadie. Estaban próximos á la casa: Martín, que se había adelantado, paraba su jamelgo, operación más fácil que la de obligarle á salir al trote, y, desde el portal, doña Aurora hacía señas á su hijo.

V

—Mamá, aquí te traen una amorosa epístola.

—¿Esta chica?

—Sí, señora... De las señoritas de Romera.

—A ver, venga. Puede que sea cosa de despachar acto continuo.

Pero apenas hubo roto el sobre, la señora se echó á reir.

—¡Qué chiflada estoy! Sin mis gafas... Rapaz, lee tú.

Desplegó Rogelio la misiva, y ahuecando la voz, comenzó así:

—«Alta y poderosa y sobajada señora; si la vuestra fermosura...»

—Mira, niño, lee formal, que aquí corre un frío de los diablos y con el reuma mis caderas no están para músicas.

En tono natural leyó Rogelio:

«Nuestra más distinguida amiga: La dadora, Esclavitud Lamas, manifestará á V. el favor que pide. Nosotras sólo podemos atestiguar que todo el tiempo que estuvo en esta casa, observó ejemplar conducta, sin faltar nunca á su obligación; tanto, que su marcha nos deja muy disgustadas, por no tener queja ninguna de ella, al contrario.

«Quedan de V. afectísimas sus antiguas amigas,

«Pascuala y Mercedes Romera.»

—¿No dice más, hijo?

—Trae una posdata tonta. No la leo, ea.

—¿Una posdata tonta?

—Sí; que por qué no me dejo ver, que ya estaré hecho un buen mozo... Las bobadas de cajón.

—Te lo estoy diciendo siempre, rapaz,—exclamó la madre con viveza.—Nunca subes diez minutos á casa de esas pobres señoras que te quieren tantísimo. Como que te han conocido así, hecho un muñeco. Pensarán que es culpa mía. Pues bastantes veces te hablo de ellas. ¡Pascuala y Mercedes! Si tú no vas iré yo.

—¡Pero, mater terribilis, si en cuanto piso aquella antesala me entra un sueño... y no hago sino bostezar!

—Pues son unas santas.

—¡Amén; yo no les quito su santidad; sólo digo que son tan pesaditas, tan patosas! Hablan á dúo como los alemanes de La Diva, «Rogelito, ¿qué tal la mamá? ¿Y los estudios?»—Al decir, así imitaba la voz cascada y el acento malagueño de las solteronas.

—Valiente pinturero estás tú,—murmuró la señora reprimiendo la risa.—No sé por qué te han de dar sueño Pascuala y Mercedes.

—Insondables enigmas del corazón humano. Arcanos profundos. En aquella dimora casta è pura flota en la atmósfera un beleño letal.

—¡Farsante!

Mientras duraba esta escaramuza entre la madre y el hijo, la muchacha esperaba inmóvil, sin levantar los ojos del suelo. Doña Aurora se hizo cargo y se encaró con ella.

—Hija, dispense V. Aquí dice que V. me explicará el objeto de su venida. ¿Quiere subir?

—No, señora... Por mí no se moleste. Aquí mismo...

—A ver, no tenga V. reparo. ¿Alguna recomendación?

—Recomendación, no, señora. Es que yo quiero entrar á servir en casa de V.... ó de otra familia gallega,—añadió después de una pausa.

Doña Aurora miró fijamente á la postulante, y creyó advertir que se ruborizaba un poco.

—¿Usted... no estaba contenta con las señoritas de Romera, según eso?

—Sí, señora; por contenta sí... y me parece que ellas también conmigo; ya lo ve por la carta que me dieron. Por lo que es de las señoritas, estaría yo en la santa gloria, que son muy buenísimas, no despreciando: Dios las florezca. Sólo que á las veces... hay personas buenas y no se hace uno con ellas. Esas señoritas son de allá de Málaga, en tierra de Andalucía, y tienen unas costumbres y unas comidas que yo no las entiendo. Hasta el habla suya es atravesada para mí. Cuando me mandan hacer una cosa y no comprendo, me quedo como si me leyesen la sentencia de muerte. Y luego, señora, la verdad por delante: el no estar entre gente de su tierra, ni oir mentarla nunca, le pone á uno el corazón muy negro. Por la metá de soldada y con doble de trabajo, quiero servir á una persona del país.

Lo dijo con tal persuasión, que se aumentó la benevolencia de doña Aurora, prendada ya del porte decente y honesto de la muchacha, tan distinto del desgarro que gastan las Menegildas madrileñas. Sólo que no veía claro aún en la historia: allí debía de haber algún intríngulis. Delante de la puerta, el simón chupaba su papelito, mientras el jamelgo bajaba la cabeza y estiraba los belfos, soñando con pienso abundante y prados deleitosos.

—Hija—advirtió la señora—yo voy á sentarme en el coche. Como no tengo sus años, me pesa el cuerpo y las piernas me bailan. De no subir, el coche sea conmigo.

La galleguita la ayudó á colocarse, y desde dentro, doña Aurora preguntó:

—Diga... Y estando V. tan pegada á la tierra, ¿cómo se vino de allá?

¡Ah! de esta vez no cabía duda: fué rubor, y rubor encendidísimo, el que tiñó los pómulos de la sirviente. Y al contestar—se necesitaba ser sordo, y sordo verdadero, para no percibirlo—tartamudeaba, sobre todo en las primeras frases.

—A las veces... tiene uno... que hacer aquello que menos le está pidiendo el corazón, señora... Somos hijos de la suerte. A mí me criara mi tío, el cura de Vimieiro. Dispuso el Señor de llevárselo; quedé sin arrimo. Para comer pan hay que trabajar. Era reina en mi casa; ahora sirvo. Alabado sea Dios, y nunca nos falten las manos y la salud.

—¿Cómo no entró V. á servir allá?—insistió la señora, que sobre una pista era más fina que el mejor sabueso. Y que la pista existía, no pudo dudarlo al ver que ya no era rubor, sino llamaradas de fuego, lo que pasó por el rostro de Esclavitud.

—No... no se me proporcionó—respondió con acento ahogado.—Luego, como allí todos me conocían, me daba vergüenza.

Doña Aurora Pardiñas recapacitó cosa de dos minutos, y endulzando el tono para suavizar lo áspero de la idea.

—Vamos á ver... Quien la recomienda á V. son las señoritas de Romera, que... que la conocen sólo del tiempo que estuvo en su casa. ¿No es eso? Pues sería conveniente... V. se hará cargo de ello... que tuviese aquí otras personas de allá, del país, para responder.

La muchacha titubeó un instante, y resolviéndose al fin, contestó:

—Me conocen el señorito Gabriel Pardo de la Lage y también la hermana.

—¿Rita Pardo? ¿La casada con el ingeniero? Pues si la trato mucho. ¿Y dice V. que la conoce?

No contestó la chica sino alzando la mano y el hombro como para expresar: «¡Bah! Desde que nací.»

—Bien...—murmuró la señora.—Francamente, hija, siento que deje V. á las de Romera. Mejor casa y mejores señoritas...

—No niego eso—replicó Esclavitud con mayor energía si cabe;—solamente que ya le he contado la verdad, señora, como si estuviese hablando con mi difunta madre ó con el confesor. Pegó conmigo la morriña, y si no salgo creo que se me revuelve la cabeza ó me voy derecha á la sepultura. Yo no comía. Yo me metía á cavilar por los rincones. Yo me fuí quedando morena, morena, y tan flaca, que la ropa se me cae. Yo de noche tenía unos aflictos como si me atasen una soga al pescuezo tirando mucho. Con esto y con todo me daba empacho descubrirme á mis señoritas. Lo conocieron ellas, y fueron las primeras en aconsejarme que, de no volverme á la tierra, que me metiese en alguna casa de gente de allá. «Hija, estás tan desmejorá que pareces otra». Mismo así me dijeron.

Al hacer esta narración, la barbilla de Esclavitud temblaba como la de los niños cuando reprimen la emoción que precede al llanto. Los ojos no se veían, porque los bajaba, según costumbre.

—Serénese—ordenó afectuosamente la señora. Iba entrándole una simpatía irresistible por aquella muchacha, de porte tan modesto y de corazón al parecer tan sensible. ¡Qué poco se parecía á las descocadas de Madrid, á las charranas de los barrios, chulapas sin pudor que no pueden estar en una casa decente! Justamente no hacía hora y media que la Pepa, la doncella, por un quítame allá ese polvo, se había desvergonzado poniéndose como una verdulera. Esta galleguita podría haber tenido... qué sé yo... cualquier desliz... porque lo de la escapatoria de su tierra no resultaba claro; pero el tipo era tan... vamos, tan de mujer de bien... Sabe Dios lo que le habría sucedido á la pobrecilla.

—Mire—declaró adelantando la cabeza por la portezuela—lo que es ahora mismo no le puedo contestar fijamente si la tomo ó no. Dése V. una vuelta mañana á estas mismas horas, y llame en el entresuelo. Me alegraría de que... pero hay que pensarlo. Si yo no pudiese, haré por descubrir alguna casa gallega... Dígame V. las condiciones, por si otra persona quisiese saber...

Esclavitud arrollaba entre las yemas del pulgar y el índice un pico del pañuelo de seda negra.

—Dios se lo pague. Por la soldada tanto me da un duro más como un duro menos. Al trabajo no le pongo mala cara. De cocinera no voy porque no sé estos guisos finos que se estilan ahora; sé las comidas de la tierra, así, sencillas. En lo demás me parece que daré gusto, lo mismo en limpiar, que en el repaso, que en la plancha. Lo que le pido es que en la casa que me busque, no haya... vamos... hombres que...

—¡Ya, ya!...—atajó doña Aurora. Y añadió bromeando:—Pero y entonces ¿cómo pretende V. mi casa? ¿No ha visto V. que en ella hay un hombre?

Señaló á Rogelio, que repuesto de su cortedad con la presencia de su madre, consideraba á la chica, reclinado en la portezuela del simón. Esclavitud siguió la dirección de la mano de la señora; por primera vez sus ojos, verdes, cambiantes, de mirada cándida, se fijaron en el estudiante: luego pronunció risueña:

—¿Este señorito es su hijo? Por muchos años... Dios se lo conserve. Este no es de los hombres que yo decía. Por ahora es un rapaz.

Demudóse Rogelio como si le hubiesen dirigido el más atroz insulto. Para disimular quiso reir, y la risa se le atascó en la garganta. Preciso es consignarlo: hasta sintió como el ardor de una lágrima en los ojos. Fué uno de esos instantes de rabia insensata y profunda, que alguna vez ha de sufrir el varón cuya infancia se prolonga más de lo justo; instantes en los cuales se apetece, como el mayor bien, poseer el amargo tesoro de la experiencia: dolores, desengaños, tribulaciones, luchas, enfermedades, canas, arrugas en el rostro, fracasos, traiciones de la amistad y del amor... todo, todo á trueque de oir la palabra reveladora, de gustar el fruto del bien y del mal, la eterna manzana dorada por un lado y sangrienta por otro. Todo por llenar el destino humano; todo por recorrer el ciclo de la vida.

VI

CUANDO arrancó á andar el simón, la señora gritó á su hijo, que iba en el pescante: «Da las señas de Rita Pardo.» Rogelio obedeció, pero así que llegaron á la fea calle del Pez, donde vivía la señora del ingeniero, saltó á abrir la portezuela y dijo:

—No subo. Para esos informes que vas á tomar no me necesitas.

—¿Y á dónde te vas ahora?

—Por ahí,—respondió no sin alguna sequedad el estudiante, echando á andar y haciendo á su madre con la mano esa señal de despedida del hombre que se emancipa, algo semejante al nervioso aleteo del pájaro cuando le abren la jaula. Sin dar otra explicación, y embozándose más ceñido, desapareció en la revuelta de la primer esquina. La madre le siguió con los ojos mientras pudo: después suspiró y sonrió á medias.

—Algún día ha de ser...,—pensaba.—Está en una edad en que no se puede tirar de la cuerda mucho. Por supuesto que á mí no me la pega el pobriño: esto es un puro alarde de independencia: mirará cuatro escaparates, comprará seis ú ocho periódicos, dará unas vueltas con algún amigo que encuentre... y á su farmacia en seguida. Yo, si le viese fuerte, robusto, hecho un brutazo... otros á su edad tienen cada espalda y cada barbota negra que parece un tojal... El es así, tan finito, tan poquita cosa... Sácamele adelante, Virgen de los Remedios.

Las inquietudes maternales se apaciguaron cuando la señora, soltando el pasamano de la escalera, agarró el cordón de la campanilla para llamar en el tercer piso efectivo, con honores de principal, de Rita Pardo. Salió á abrir una niña como de once ó doce años, pálida, ojinegra, mal atusada y peor vestida, que en cuanto vió visita se escapó corriendo y gritando:

—¡Mamá! ¡mamá! La señora de Pardiñas.

—Que pase á la sala... voy inmediatamente...—respondió desde alguna oficina interior, cocina ó despensa, una voz de mujer. Doña Aurora, sin esperar el permiso, se dirigía ya al salón, modelo cumplido de la cursilería mesocrática, rebosando pretensiones y sin un solo mueble sólido ni artístico. Había dos ó tres sillas de felpa de colores variados, una étagère con estatuitas de fundición, cacharros vulgares, y algún objeto de plata, sin ningún mérito, que sólo por ser de plata estaba allí; una alfombra de moqueta mal barrida; dos retratos al óleo del señor y de la señora, en óvalo, con traje dominguero, y otras ridiculeces semejantes. Conocíase que la sala se ventilaba y aseaba poco, y la alfombra daba evidentes indicios de haber en la casa criaturas menores.

Al cabo de diez minutos, apareció la señora del ingeniero, Rita Pardo. Venía acabando de abrocharse una bata demasiado lujosa, de raso azul pálido con encajes crema, por encima de la ropa interior, sucia del trajín casero: acababa de pasarse la borla de polvos, y le sonaban los brazaletes. Aunque ajamonada y algo desbaratada de cuerpo, ni la maternidad ni la madurez habían podido eclipsar su picante hermosura; pero la coqueta á quien conocimos poniendo el plano inclinado á su primo el marqués de Ulloa, se había transformado en matrona circunspecta y barnizada de una espesa capa de decoro, bajo la cual sólo el ojo lince del observador podía descubrir á la mujer verdadera, invariable, porque las almas se tiñen, se disfrazan, pero no se renuevan. Saludó cordialmente á la señora de Pardiñas, con aquello de «Tanto bueno, Aurora... ¡Jesús! En esta vida de Madrid, se van los meses y ni sabe uno de los amigos... Me coge V. hecha una visión... Las mañanas son terribles: las pierde uno en atender á chinchorrerías y á recaditos... Cuánto va á sentir Eugenio...»

Apenas dejó doña Aurora entrever el objeto de su visita, Rita Pardo suspendió la charla, y atendió con una curiosidad evidente, pintada en sus voluptuosos ojos negros y en su boca dura y fresca. Prolongada serie de gestos ambiguos y de risitas sospechosas fué preludio al siguiente comentario.

—¡Qué me dice V., qué me dice V.! ¡Esclavitud Lamas, Esclavitud Lamas! ¡La del abad de Vimieiro! ¡Ta, ta, ta, ta, ta! ¿Y cómo ha ido á batir con V. Esclavitud Lamas? ¿No es una chica rubia?

—No sé si es rubia. Lleva pañuelo negro que le tapa la cabeza. Viste de luto riguroso, muy aseada. La traza excelente.

—¡Vaya, vaya! ¡Conque Esclavitud Lamas, señor! ¡Mire V., mire V.! Sí, es, como decimos allá, muy moinita, muy modosa: habla tan pacato y tan suave que á veces no se la oye. Huele desde cien leguas á sacristía y á incienso. ¡Una santita mocarda!

Doña Aurora iba escamándose más de lo justo con este prefacio: resolvió, no obstante, disimular y apurar la verdad, toda la verdad, siquiera el descubrirla doliese á su corazón, interesado por la chica.

—¿Conque V. la conoce mucho?

—¡Jesús! Como á los dedos de las manos. ¡Si la conozco! Ese cura Lamas Tarrío era muy amigote de casa, ya antes de que papá le presentase para Vimieiro, cuando servía el otro curato en la montaña. Siempre le teníamos de huésped, y muy aficionado á hacer regalos: que manteca, que quesos, que huevos en Pascua, que en Navidad capones... Papá le apreciaba, porque en la montaña corrió bastante tiempo con la cobranza de las rentas. En fin, él era todo nuestro. A papá le debió también favores... favores gordos, doña Aurora.

—Bien: lo que yo deseo saber es lo referente á la muchacha. Si no tiene ningún mal antecedente, si puedo admitirla en mi casa... para mí será una satisfacción. No estoy contenta con la Pepa, y esta chica me ha entrado.

Rita Pardo sonreía con malignidad, al paso que estiraba los encajes de su manga izquierda, un poco abarquillados por el uso. Enarcó las cejas é hizo un mohín de difícil interpretación.

—¡Pst! Buenos antecedentes, es un término muy elástico, como V. comprenderá. Los buenos para unos son... medianitos para otros. En eso, hay quien hila más ó menos delgado. Si á V. le gusta tanto la chica...

—¡No, poco á poco!—exclamó alarmada ya la señora.—Para mí los buenos antecedentes son... los antecedentes buenos, sin más acá ni más allá. Sea V. franca y dígame todo lo que sepa, que á eso he venido; y ya con la espina que V. me clava, no tomo yo la chica, ni coronada de gloria, sin que V. me explique...

Volvió Rita á dar tormento á los encajes, y suspiró como quien se ve en aprieto.

—Aurora... hay cosas de esas que... que por muy públicas que sean, no puede uno tomar sobre su conciencia el descubrirlas. ¿V. no está en autos, eh? pues sería muy feo que yo la pusiese. ¿Que no llegó á oídos de V.? Mejor; ventaja para Esclavitud. Y puede V. tomarla, que á mí se me figura que resultará una excelente doncella.

—V. se guasea, Rita,—dijo la señora dando vado á su impaciencia creciente.—Me envuelve V. el asunto en el misterio, me hace V. de él una montaña, y luego me sale con que puedo recibir á Esclavitud. No, hija; en mi casa no se recibe á la gente así, sin más ni más. Aclare V. el enigma, y entonces...

Al llegar la entrevista á este terreno, adoptó Rita una actitud que hasta rayaba en desatenta. Se hinchó de nariz y de pecho, se hizo atrás y empezó á negarse, con el acento de la dignidad ofendida y del pudor lastimado.

Cuando después de agotar los razonamientos, doña Aurora obtuvo por seca respuesta un «Lo siento mucho, pero es imposible», la señora hubo de levantarse, no cuidándose de reprimir el mal humor que le producían aquellos impertinentes tapujos. Ya murmuraba con cólera: «V. perdonará que haya venido á molestar», cuando, después de un fuerte repique de campanilla y algunos gritos infantiles en el recibimiento, entró en la sala la niña mayor,—la zangolotina de doce años,—saltando de júbilo y exclamando:

—Mamá, mamá, tío Gabriel.

Entonces la viuda de Pardiñas, con repentina inspiración, se afirmó en el suelo calculando:

—Esta es la mía. Ahora verás, gata hipócrita, maulona, farsanta.

VII

ENTRÓ el comandante, vestido de paisano, metiendo bulla con la sobrinita, que era su ojo derecho, y trayéndola cogida de la cintura, como si fuesen á bailar un vals. En cambio, en el saludo que hizo á su hermana pudo notar doña Aurora esa sequedad muy parecida al desvío, que á veces consigue disimularse respecto de los indiferentes, pero nunca en familia. Después de las fórmulas y cumplimientos de rigor, la señora de Pardiñas, que no desmentía su raza en punto á diplomacia y tenacidad, insinuó como aquel que no quiere la cosa:

—Vaya, les dejo á Vds. Al fin no consigo saber lo que deseaba, y para eso... Su hermana de V. es reservadísima, señor de Pardo.

—A fe que no lo creí,—contestó redonda y duramente el artillero.

—Pues mire V., cada uno habla de la feria según le va en ella. Conmigo ha mostrado una prudencia... atroz.—Y, sin atender al gesto y la mirada de Rita, continuó impávida:—Un cuarto de hora hace que le pido informes de una chica paisana nuestra, Esclavitud Lamas, la sobrina del abad de Vimieiro...

Pardo prestó oído, como el que escucha algo que le despierta memorias confusas.

—Aguarde V., aguarde V... Vimieiro... Lamas... Lamas Tarrío... Ese cura era íntimo de papá. Rita sabrá cuanto á él se refiere; lo sabrá al dedillo. ¿Qué reparo has tenido en decirle á doña Aurora?...

Un caricaturista que quisiese representar la dignidad burguesa en su más enfática expresión, debiera copiar el rostro y la flexión de cejas de Rita, que señalando á su hija mayor, casi sentada en las rodillas del comandante, exclamó con acento profundo:

—¡¡La niña!!

—¡¡Y qué, la niña!!—respondió Don Gabriel remedando el tono dramático de su hermana.—¿Tenemos alguna de esas cosas terribles que no puede oir la inocencia; que ha parido la gata, pongo por caso?

—Gabriel, eres tremendo, hijo,—gimió Rita, alzando al cielo sus bellos ojos meridionales.—Una matándose por hacer de tus sobrinas lo que deben ser en sociedad, y tú empeñado... Manías de las personas; con eso no se puede.

—Ea, señores,—insistió la pesada de doña Aurora,—yo estoy á mi pleito. Rita, no diga V.; lo que es por la niña no dejó V. de darme esos informes. La niña no estaba delante; y sobre todo, con enviarla á otra habitación...

—Que es lo que voy á hacer ahora mismo. Eugenia, vete, hija, á estudiar el método de Concone.

La chiquilla salió á contrapelo, no sin obsequiar á su tío con dos ó tres carantoñas de despedida; pero ninguna escala ni ningún estudio reveló que se hubiese encerrado en el potro musical donde diariamente se descoyuntan las manos nuestras señoritas, dignas de mejor suerte.

—Verá V.,—recalcó doña Aurora,—ahora que podemos hablar libremente. Se trataba de que esa chica, Esclavitud Lamas, quiere entrar en mi casa á servir; y á mi sus tracitas me gustan mucho. Pero no sé sus antecedentes, ni el motivo por qué se vino de su tierra. Me huele á alguna historia rara todo ello. Su hermana de V. sabe la historia, y ni por Dios ni por los santos me la quiere contar. Ahí tiene V. nuestra batalla. Ya nos estábamos formalizando cuando V. llegó.

—La historia...,—dijo Gabriel limpiando nerviosamente sus lentes de oro y calándoselos con ahinco.—Aguarde V., señora, que si mi memoria de gallo no me juega alguna trastada... ¿Tú, Rita, ese cura Lamas Tarrío no es el que recogió una niña pobre? Dime la verdad, que si no, escribo hoy mismo á Galicia preguntando.

—¡Jesús, hijo, pero qué cosas tienes! Eres incapaz, y cada día que pasa... ¿No iba yo á decirte la verdad? Sí, ese Lamas fué, y ya que se te antoja abrir su sepultura y sacarle á la vergüenza pública, sácale tú, que yo no quiero semejante cargo de conciencia.

—Más cargo de conciencia es,—replicó Gabriel con vehemencia,—que la chica pierda su colocación por delitos ajenos. Doña Aurora, ahora le puedo yo contar á V. la historia enterita: por un cabo ha salido toda la madeja; en esto de historias sucede lo que con las tonadas antiguas, que si recuerda uno el primer compás, ya puede cantarlas enteras sin equivocarse. ¡Y le aseguro á V. que es una novela... vamos, una novela!

—Allá tú,—articuló Rita venenosamente emprendiéndola con los encajes otra vez.—Yo, ciertas cosas... Lavo mis manos.

Disimuló doña Aurora el gozo del triunfo; pero hembra al fin, miró á Rita de soslayo y pensó:

—Fastídiate, pinturera...

—Verá V.,—empezó el comandante.—Ese cura Lamas fué un infeliz, ignorantón como lo era entonces todo el clero rural, que hoy se ha civilizado mucho, y bastante zoquete; pero cumplía sus deberes parroquiales, y si tenía deslices los encubría bien: no puedes ser casto, sé cauto, como dicen ellos. Por cuanto una noche llega á la rectoral una chiquilla, de diez años poco más ó menos, que había quedado huérfana y vagaba pidiendo limosna: en una casa le daban un mendrugo de pan de maíz, en otra un poco de hoja del mismo maíz para tumbarse y dormir; aquí un pañuelo roto, allí unos zuecos viejos... Así vivía la desdichada. El cura se compadeció, y le dijo: «Pues quédate aquí; aprenderás las labores caseras..., tendrás vestido, cama y caldo caliente.» Dicho y hecho; la chiquilla se quedó...

—¿Y era Esclavitud?

—No, señora; no, señora... Aguarde V. Salió la chica habilidosa y despabilada: echó, como dicen allá, la morriña fuera..., y hasta se puso lozana y guapetona. Y,—aquí la voz del comandante adquirió tonos irónicos,—al desabrochar la flor de la nubilidad...

—¡Ay, Gabriel!...—respingó Rita.—Ciertas cosas se pueden contar de otro modo. No se necesita entrar en detalles que...

—¡Bah!—dijo doña Aurora.—Todos somos casados, y yo vieja. Ya estamos al cabo y curados de espantos, amiga. Siga V. ¿Qué vino después?

—Después vino Esclavitud.

Aunque la señora afirmaba estar al cabo, la noticia, dicha así de pronto, casi la hizo saltar en la silla.

—¡Aah!—pronunció, quedándose muy meditabunda.—Por eso la pobre... Bueno: ¿y después?

—¿Después?—recalcó fogosamente Rita, incapaz de contenerse, metiendo al fin cucharada.—Después mi papá se vió negro para amansar al Cardenal Arzobispo, el señor Cuesta, que estaba hecho un león. Como era tan virtuoso, aquel señor apretaba las clavijas y no permitía desmanes. Pues si no es lo que papá machacó en Su Eminencia, y hoy una súplica y mañana otra, sin licencias se queda Lamas Tarrío, y se pudre en la cárcel eclesiástica. Porque una cosa es que á un sacerdote se le escurra el pié y cometa gatuperios allá donde nadie lo sabe, y otra que esté escandalizando á los feligreses, y que críe la chiquilla en su casa á ciencia y paciencia de todo el mundo, y la traiga en brazos, y...

—Mi padre,—advirtió Gabriel interrumpiendo á su hermana,—con una mano machacaba en el Arzobispo, y con la otra martillaba en el culpable. A fuerza de exhortaciones pudo conseguir que la sirena saliese de la rectoral; pero Lamas seguía viéndola. Al fin papá se cuadró, le echó al cura unas pláticas que me río yo de las del capuchino más barbado, y pudo conseguir que enviase á la madre á Montevideo, á condición de que le dejasen la chiquilla.

—Sí,—volvió á entrometerse Rita,—bonito remedio fué: peor que la enfermedad. El hombre quedó más rabioso y más relajado de lo que estaba. Se pasaba las noches en vela llorando y gritando; le dieron unos arrebatos de sangre,—en casa por cierto,—que fué preciso aplicarle un golpe de más de cuarenta sanguijuelas; y la sangre salía negra como la pez. Creímos que se volvía loco: andaba por los corredores arrancándose los pelos, llamando á la individua, y diciéndole cosas babosas...

Cuando esto soltaba Rita, su hermano observó que las cortinas del gabinete contiguo se agitaban como movidas por un céfiro de curiosidad retozona, y casi se dibujaba en ellas el relieve de un hociquito atento.

—Mira,—advirtió,—ahora eres tú la que te metes en honduras. Todo eso no viene al caso. Despachemos pronto la historia, y deja que yo la acabe. El pobre Lamas se puso tan mal, que le dió lástima al mismo Arzobispo, el cual le llamó para animarle é infundirle deseos de penitencia. Y, en efecto, con el curso del tiempo, fué sosegándose, y hasta se portó bastante bien en lo sucesivo. Unicamente se le podía tachar de que criaba á la niña con mimos extremados; pero como el sentimiento de la paternidad, aun cuando atropelle toda ley divina y humana, tiene mucho de sagrado, la gente transigió. El presentaba á la chica diciendo que era sobrina suya. Como los hijos sacrílegos no heredan, el cura ahorró dinero, onza tras onza, para entregárselo en mano propia á Esclavitud; pero la chica, que ha salido muy remirada y muy devota y muy desinteresada además, al morir Lamas entregó todo ese dinero, en oro como lo había recibido, para misas y sufragios por el alma del pecador. Este solo rasgo le pinta á V. el carácter de la muchacha: pocas harían otro tanto, aunque hubiesen nacido en mejores pañales y más... ortodoxamente.

—Mi hermano, como tiene así la imaginación, pinta muy románticas las cosas.

—Señora de Pardiñas, palabra de caballero que ni quito ni pongo. Esa chica, según entiendo, sería capaz de irse á cualquier parte en peregrinación, descalza, para sacar del purgatorio el alma del cura de Vimieiro.

—Falta le haría,—advirtió Rita,—y también para la de su madre, que allá en América parece que se dió á la vita bona.

—¡Válgame el cielo, y qué inquisidores os volvéis los que nunca habéis carecido de consideración ni de pan!—exclamó Pardo, ya indignado seriamente.—Yo no peco de filántropo; pero ciertas cosas no me las explico en gente que alardea de cristiana, y va á misa, y reza. Buenos rezos son esos, buenos. ¿Así entiendes tú la caridad? Pues hija, afirmo que esa Esclavitud vale más que...

Se contuvo por fortuna, y añadió:

—Que otras personas. ¿Qué culpa tiene ella de las faltas de sus padres, diga V.? Y las está expiando como si las hubiese cometido. Hasta se expatrió, según veo, y juraría que es por vergüenza, por no estar donde la gente sepa y recuerde y diga...

—También juraría lo mismo—asintió con calor doña Aurora.—Ahora entiendo por qué se sofoca tanto cuando le hacen ciertas preguntas. Yo opino como V., Pardo, como V., que es buena; que tiene sentimientos nobles... y que esos rasgos la honran mucho.

—Sí, guíese V. por mi hermano. Admítala en su casa,—exclamó Rita con una carcajada impertinente, que salía de lo más dañado de sus hígados.—Tocante á dar consejos, Gabriel es una especialidad. Le tiemblo cuando pega la hebra con mi esposo. Si Eugenio se guiase por él, estaríamos pidiendo limosna. Cargue V. con esa chica, ya verá cómo sale con las manos en la cabeza. Entonces dirá V.: «Bien me lo avisó Rita Pardo.»

La señora pensaba para su rotonda de pieles:

—Aunque sólo fuera para hacerte tragar quina; falsa, maulona... Ya te he calado, ya.

Al salir Gabriel, esperábale en la antesala su sobrina mayor. La cogió por el talle, y subiéndola á la altura de su boca, entre risas de la chiquilla, le deslizó al oído:

—Las niñas buenas, para que tití Gabriel las quiera mucho, no atisban, no husmean, no se esconden detrás del portier... Obedecen á su mamá, porque es su mamá, y no les ha de mandar cosa mala... ¡Cuidadito con morder, lagartija! Las niñas buenas... son buenas. ¡Ay! ¡Mi corbataaá!

—¿Tití Gabriel, me llevas contigo?—arrullaba la zangolotina.—Contigo sí, contigo no..., contigo sí me iría yo. ¡Llévame, anda!

—A Leganés te llevaré... ¡Juicio! ¡Estudie V. la lección de francés! ¡Péinese V. ese felpudo! ¡Dé V. una vueltecita por la cocina, á ver qué hace la pobre chica esa! ¡A papá le gusta el rosbif muy poco hecho! ¡Cuide V. el rosbif de papá!

Al cruzar la puerta, el comandante le echó á la niña un beso volado, y ella pagó en seguida el envío.

VIII

DOÑA Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama, porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del chocolate.

El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!

A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:

—¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?

Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción necesaria... Era preciso irse con tiento.

—Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á la Pepa.

—¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?

—Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos. Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.

—Mater, basta ya de prolegónemos—exclamó el chico ensopando en la leche la lengüeta de un bizcocho.—Todo esto viene á parar en que tomas á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene sus debilidaes.

—No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...

¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero ¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer, cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo, en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la narración novelesca de su madre.

—Ya ves—advirtió ésta al concluir su historia—que á la pobre hay que tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...

—Vamos...—respondió Rogelio recobrando su buen humor—resulta que á la niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece bien?

—¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!

—¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo galantemente cuando penetre en nuestra mansión?—preguntó el estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:

—Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos. Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita: me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres camisas preciosas.

—¡Bah! Con encargarle á París un trusó como el de la señora de Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro mil pares de medias de seda... ¿Bastará?

Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta, acechaba el efecto.

—¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos buqué, caray, carapuche! como dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»

Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una: pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel, portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma. En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del abad de Vimieiro.

IX

LOS primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó treinta.

Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora, enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas, sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á las amigas:

—Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la aguja en la mano.

Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.

Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento, obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que «no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la fisonomía.

—Hija, ¿qué te pasa?—la preguntó maternalmente á boca de jarro.—¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida? ¿Te falta alguna cosa?

La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones, y respondió bajito:

—No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.

—Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de abrigo?

Como la muchacha guardase silencio, diciendo que no con la cabeza, dulce y obstinadamente, insistió la señora:

—Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me sienta en la boca del estómago.

Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud. Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde, modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan, pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»

En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento instintivo, como intentando huir y esconderse.—«¡Ta, ta!»—discurrió la señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.—«Ya había yo notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada, porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y cuando imagina que la miran mal...»—Insistió entonces en alta voz.—«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»

—Yo no estoy á disgusto, no, señora—contestó Esclavitud con respeto y no sin firmeza.—Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy perfectamente, lástima fuera. Pero otros...

—¿De dónde sacas eso?—replicó la señora mirándola fijamente.—¿Te he regañado desde que entraste?

—No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie—repuso la chica.—Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el infierno que sea, señora.

—Calla, calla, boba—gruñó su ama.—Ya se ve que das gusto. A tu repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.

En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña Aurora llamó á capítulo á su hijo.—«Te aseguro que el intringulis de esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro, imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú le hablaría... así... con más afecto.»

El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que responder lo metió á barullo.—«Nada, que de esta noche no pasa...: compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos paces la ilustre fregona y yo.»

En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu: tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo, durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual—sin duda por efecto de la excitación de su fantasía—le pareció muy demacrada, muy descolorida y más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»

Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos, cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola con la mano, exclamó:

—Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro un solo candil!

Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado, figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente, y para disimular aquella emoción recargó la broma.

—¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias Fantoche del Derecho? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.

En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al levantar el paño, cierta cariñosa malicia.

—A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras. Ni el Rey las gasta más ricas.

—El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese prodigio!

En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que fuera gollería pedir más.

—Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!

—No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que palomas.

—Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice paloma en gallego?

—¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice pomba y también se dice suriña.

—¡Ay! ¡Eso de suriña, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en El Imparcial. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas V. en el armario. ¡Eso!

—¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!—exclamó la muchacha apenas lo abrió.

—Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la lección de idiomas.

X

ELLO sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y regocijaban toda.

Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz? Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas campechanamente, mira cómo es otra.»

Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos, habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien. La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez, formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente, sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso diseño de la virgen.

Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba Nuño Rasura, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus golpes de archimemo».

—Vea V., vea V.—repetía el señor de Febrero levantando la hermosa testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó sobando el cojín de terciopelo de su muleta,—qué buen tino ha demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran todas así: nada de estos descaros de hoy día.

—Sí, sí; por fuera mucho compás...—respondía el empecatado Don Nicanor, requiriendo la trompetilla.—Unas santinas de alfeñique. Y por dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban! Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de Virgen.

—¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad, doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire tan modesto, abren más el apetito.

Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir, porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del decano.

A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo concerniente á «nuestra paisanita».

—¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?—preguntaba á la señora de Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.

—Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.

—¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.—Y ajustó los vidrios sobre la correctísima nariz.—Pero las amiguitas Romera—prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y la machaquería del viejo que quiere enterarse—¿la han traído de Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia de esta chica es gallega?

—Gallega, sí, señor—afirmó evasivamente doña Aurora.

—Será una familia decentita, ¿eh?—prosiguió el impertérrito Nuño Rasura.—Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí—añadió señalando á aquella escultural facción de su cara.—Ella, hablar, habla bien: sólo algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?

—Decente, sí tal—tuvo que responder la señora, de dientes afuera.

—¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?

—No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) de un cura de aldea.

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