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Insolación y Morriña (Dos historias amorosas)

INSOLACIÓN (continued 2)

Reading edition

Había á la cabecera de la cama una mugrienta silla de Vitoria, y el gaditano tomó asiento en ella acercando su cara á la dura almohada donde reclinaba la mía. No sé qué me fué diciendo por lo bajo: sí que eran cositas muy dulces y zalameras, y que yo seguía estrujándole la mano izquierda con fuerza convulsiva, sonriendo y entornando los párpados, porque me parecía que de nuevo bogábamos en el esquife, y las olas hacían un ¡clap! ¡clap! armonioso contra el costado. Sentí en la mejilla un soplo caliente, y luego un contacto parecido al revoloteo de una mariposa. Sonaron pasos fuertes, abrí los ojos, y vi á la mujer alta y morena, figonera, tabernera ó lo que fuese.

—¿La traigo una tacita de té, señorita? Lo tengo mu bueno, no se piensen ustés que no... Se le pué echar unas gotas de ron, si les parece...

—¡No, ron no!—articulé muy quejumbrosa, como si pidiese que no me mataran.

—¡Sin ron... y calentito!—mandó Pacheco.

La mujer salió. Cerré otra vez los ojos. Me zumbaban los sesos: ni que tuviese en ellos un enjambre de abejas. Pacheco seguía apretándome las sienes, lo cual me aliviaba mucho. También noté que me esponjaba la almohada, que me alisaba el pelo. Todo de una manera tan insensible, como si una brisa marina muy mansa me jugase con los rizos. Volvieron á oirse los pasos y el duro taconeo.

—El té, señorito... ¿Se lo quié usté dar ó se lo doy yo?

—Venga—exclamó el meridional.

Le sentí revolver con la cucharilla y que me la introducía entre los labios. Al primer sorbo me fatigó el esfuerzo y dije que no con la cabeza; al segundo me incorporé de golpe, tropecé con la taza, y ¡zas! el contenido se derramó por el chaleco y pantalón de mi enfermero. El cual, con la insolencia más grande que cabe en persona humana, me preguntó:

—¿No lo quieres ya? ¿O te pido otra tacita?

Y yo... ¡Dios de bondad! ¡De esto sí que estoy segura! le contesté empleando el mismo tuteo y muy mansa y babosa:

—No, no pidas más... Se hace noche... Hay que salir de aquí... Veremos si puedo levantarme. ¡Qué mareo, Señor, qué mareo!

Tendí los brazos confiadamente: el malvado me recibió en los suyos, y agarrada á su cuello, probé á saltar del camastro. Con el mayor recato y comedimiento, Pacheco me ayudó á abrocharme, estiró las guarniciones de mi saya de surá, me presentó el imperdible, el sombrero, el velito, el agujón, el abanico y los guantes. No se veía casi nada, y yo lo atribuía á la mezquindad del cuchitril; pero así que, sostenida por Pacheco y andando muy despacio, salí á la puerta del figón, pude convencerme de que la noche había cerrado del todo. Allá á lo lejos, detrás del muro que cercaba el campo, hormigueaba confusamente la romería, salpicada de lucecillas bailadoras, innumerables...

La calma de la noche y el aire exterior me produjeron el efecto de una ducha de agua fría. Sentí que la cabeza se me despejaba y que así como se va la espuma por el cuello de la botella de champagne, se escapaban de mi mollera en burbujas el sol abrasador y los espíritus alcohólicos del endiablado vino compuesto. Eso sí: en lugar de meollo me parecía que me quedaba un sitio hueco, vacío, barrido con escoba... Encontrábame aniquilada, en el más completo idiotismo.

Pacheco me guiaba sin decir oxte ni moxte. Derechos como una flecha fuimos adonde mi coche aguardaba ya. Sus dos faroles lucían á la entrada de la alameda, en el mismo sitio en que por la mañana le mandáramos esperar. Entré y me dejé caer en el asiento, medio exánime. Pacheco me siguió, dió una orden, y la berlina empezó á rodar poco á poco.

¡Ay Dios de mi vida! ¿Quién soñó que se habían acabado ya los barcos, el oleaje, mis fantasías marítimas todas? ¡Pues si ahora es cuando navegábamos de veras, encerrados en el camarote de un trasatlántico, y á cada tres segundos cuchareaba el buque ó cabeceaba bajando á los abismos del mar y arrastrándome consigo! La voz de Pacheco no era tal voz, sino el ruido del viento en las jarcias... ¡Nada, nada, que hoy naufrago!

—¡Vas disgustá conmigo?—gemía á mi oído el sudoeste. No vayas. Mira, bien callé y bien prudente fuí... Hasta que me apretaste la mano... Perdón, sielo, me da una pena verte afligía... Es una rareza en mí, pero estoy así como aturdido de pensar si te enfadarás por lo que te dije... Pobrecita, no sabes lo guapa que estabas mareá... Los ojos tuyos echaban lumbre... ¡Vaya unos ojos que tienes tú! Anda, descansa así, en el hombro mío. Duerme, niñita, duerme...

Tal vez equivoque yo las palabras, porque resultaban un murmullo y no más... Lo que sí recuerdo con absoluta exactitud es esta frase, que sin duda cayó en el intervalo de una ola á otra:

—¿Sabes qué decían en aquel figón? Pues que debíamos de ser recién casados..., «porque él la trata con mucho cariño y no sabe qué hacer para cuidarla.»

Y puedo jurar que no me acuerdo de ninguna cosa más; de ninguna. Sí..., pero muy vagamente: que el coche se detuvo á mi puerta, y que por las escaleras me ayudó á subir Pacheco, y que desfallecida y atónita como me encontraba, le rogué que no entrase, sin duda obedeciendo á un instinto de precaución. No sé lo que me dijo al despedirse; sé que la despedida fué rápida y sosa. A la Diabla, que al abrir me incrustó en la cara su curioso mirar, le expliqué tartamudeando que me había hecho daño el sol, que deseaba acostarme. Claro que se habrá comido la partida... Sí, que se mama ella el dedo... ¡Buenas cosas pensará á estas horas de mí!

Me precipité á mi cuarto, me eché en la cama, me puse de cara á la pared, y aunque al pronto volví á amodorrarme, hacia las tres de la madrugada empezó la función y se renovó mi padecimiento. No quise llamar á Angela... ¡Para que se escamase tres veces más! ¡Ay qué noche... noche de perros! ¡Qué bascas, qué calentura, qué pesadillas, que aturdimiento, qué jaqueca al despertar!

Y sobre todo, ¡qué compromiso, qué lance, qué parchazo! ¡Qué lío tan espantoso!... ¡Qué resbalón! (ya es preciso convenir en ello).

VIII

CONVENGAMOS; pero también en que Pacheco, habiéndose portado tan correctamente al principio, no debió luego echarla á perder. Si yo, por culpa de las circunstancias—eso es, de las circunstancias inesperadísimas en que me he visto,—pude darle algún pié, á la verdad, ningún caballero se aprovecha de ocasiones semejantes; al contrario, en ellas debe manifestar su educación, si la tiene. Yo me trastorné completamente, por lo mismo que nunca anduve en pasos como éstos; yo no estaba en mi cabal juicio, no señor; yo no tenía responsabilidad, y él, el grandísimo pillo, tan sereno como si le acabasen de enfriar en el pozo... Lo dicho: ¡fué una osadía, una serranada incalificable!

Cuanto más lo pienso... ¡Un hombre que hace veinticuatro horas no había cruzado conmigo media docena de palabras; un hombre que ni siquiera es visita mía! Cierta heroína de novela, de las que yo leía siendo muchacha, en un caso así recuerdo que empezó á devanarse los sesos preguntándose á sí propia: «¿Le amo?» ¡Valiente tontería la de aquella simple! ¡Qué amor ni qué!... Caso de preguntar, yo me preguntaría: «¿Le conozco á este caballero?» Porque maldito si sé hasta ni cómo se llama de segundo apellido... Lo que sé es que le detesto y le juzgo un pillastre. Motivos tengo sobrados. ¡Que se ponga en mi caso cualquiera!

Y ahora... Supongamos que, naturalmente, cuando él aporte por aquí, me cierro á la banda y doy orden terminante á los criados: que he salido. Se pondrá furioso, y lo menos que hará, con el despecho, irse alabando en casa de Sahagún... Porque de fijo es uno de esos tipos que pegan carteles en las esquinas... ¡Como si lo viera! Y resistir que se me presente tan fresco... vamos, es de lo que no pasa. Una, que me daría un sofoco de primera; otra, que en estas cosas, si no se empieza cortando por lo sano... Me parece lo más natural. Me niego... y se acabó. Escribirá... Bien, no contesto. Y dentro de unos días, como ya salgo de Madrid... Sí, todo se arregla.

Y... á sangre fría, Asís... ¿Es ese descarado quien tiene la culpa toda? Vamos, hija, que tú... ¿Quién te mandaba satisfacer el caprichito de ir al Santo y de acompañarte con una persona casi desconocida, y de almorzar allí en un merendero churri, como si fueses una salchichera de los barrios bajos? ¿Por qué probaste del vino aquel, que está encabezado con el amílico más venenoso? ¿No sabías que, aun sin vino, á ti el sol te marea?

Te dejaste embarcar por la Sahagún... Pero la Sahagún... Para ciertas personas no rigen las ordenanzas sociales. La Sahagún, no sólo es muy experta, y muy despabilada, y discretísima, y una de esas mujeres á quienes nadie se les atreve no queriendo ellas, sino que con su alta posición convierte en excentricidad graciosa é inofensiva lo que en las demás se toma por desvergüenza y liviandad. Hay gentes que tienen permiso para todo, y se imponen, y les caen bien hasta las barrabasadas. Pero yo, que soy una señora como todas, una de tantas, debo respetar el orden establecido y no meterme en honduras. Era visto que Pacheco se había de figurar desde el primer instante... No, no es justo acusarle á él solo.

Bien dice mi paisano. Somos ordinarios y populacheros; nos pule la educación treinta años seguidos, y renace la corteza... Una persona decente, en ciertos sitios obra lo mismo que obraría un mayoral. Aquí estoy yo, que me he portado como una chula.

Es decir... más bien obré como una tonta. Caí de inocente. No supe precaver, pero no hubo en mí mala intención. Ello ocurrió... porque sí. Me pesa, Señor. En toda mi vida me ha sucedido ni ha de volver á sucederme cosa semejante... De eso respondo, y ahora, á remediar el daño. Puerta cerrada, esquinazo, mutis. No me vuelve á ver el pelo el señorito ese. En tomando el tren de Galicia... Y sin tanto. Declaro la casa en estado de sitio... Aquí no entra una mosca. Ya verá si es tan fácil marear á una mujer cuando ella sabe lo que se hace.

IX

ASÍ, punto más, punto menos, hubiese redactado su declaración la dama, si confiase al papel lo que la bullía en el magín. No afirmamos que, aun dialogando con su conciencia propia, fuese la marquesa viuda de Andrade perfectamente sincera, y no omitiese algún detalle que agravara su tanto de culpa en el terreno de la imprevisión, la ligereza ó la coquetería. Todo es posible, y no conviene salir fiador de nadie en este género de confesiones, que nunca se hacen sin pelos en la lengua y restricciones en la mente.

Sin embargo, no puede negarse que la señora había referido con bastante franqueza el terrible episodio, tanto más terrible para ella, cuanto que hasta dar este mal paso caminara con pié firme y alegre espíritu por la senda de la honestidad. Mérito suyo, más que fruto de la educación paterna, no muy rígida, ni excesivamente vigilante. A Asís se le habían cumplido cuantos caprichos puede tener en un pueblo como Vigo una niña rica, huérfana de madre, y única. A los veinte años de edad, asistiendo á todos los bailes del Casino, á todos los paseos en la Alameda, á todas las verbenas y romerías de Cristos y Pastoras, visitando todos los buques de todas las escuadras que fondeaban en el puerto, Asís no había hecho cosa esencialmente mala, pues no hay severidad que baste á condenar de un modo riguroso el carteo con un teniente de navío, á quien veía be higos á brevas—cuando la Villa de Bilbao andaba por aquellas aguas.—Entonces le entró al papá de Asís, acaudalado negociante, la ventolera de las contratas, acompañada, naturalmente, de la necesidad de meterse en política; tuvo distrito, y contrata va y legislatura viene, comenzó á llevarse á su hija á Madrid todos los inviernos, á dar una vueltecita—la frase sacramental.—Hospedábanse en casa de un primo de la difunta mamá de Asís, el marqués de Andrade, consejero de Estado, porque Asís era fruto de una de esas alianzas entre blasones y talegas, que en Galicia y en todas partes se ven tan á menudo, sin que tuerza el gesto ningún venerable retrato de familia, ni ningún abuelo se estremezca en su tumba. El consejero de Estado se encontraba viudo y sin descendencia; conservaba un cerquillo de pelo alrededor de una lucia calva; poseía buenos modales, carácter ameno (en la corte no existen viejos avinagrados) y la suficiente mundología para saber cómo ha de insinuarse un cincuentón con una muchacha. Asís empezó por enseñarle á su tío, bromeando, las cartas del marino, y acabó por escribir á éste una significándole que sus relaciones «quedaban cortadas para siempre». Y así fué, y la esbelta sombra con gorrilla blanca y levita azul y anclas de oro no se apareció jamás al pié del tálamo de los marqueses de Andrade.

El Marqués tuvo el talento de no ser celoso y hacerle grata á su mujer la vida conyugal. Hasta se separó de otra hermana suya—con la cual vivía desde su primer matrimonio—porque era devota, maniática, opuesta á la sociedad y á las distracciones, y no podía congeniar con la joven esposa; y no se mostró remiso en aflojar dinero para modistas, ni en gastar tiempo en teatros, saraos y tertulias. También supo evitar el delirio de los extremos amorosos, impropios de su edad y la de Asís combinadas; dejó dormir lo que no era para despertado, y así logró siete años de tranquila ventura y una chiquilla algo enclenque, que únicamente revivía con los aires marinos y agrestes de la tierra galaica. Un derrame seroso cortó el curso de los días del buen consejero de Estado, y Asís quedó libre, rica, moza, bien mirada y con el alma serena.

Pasaba en Madrid los inviernos, teniendo á su niña de medio interna en un atildado colegio francés; los veranos se iba á Vigo, al lado de su papá; á veces (como sucedía ahora), el viaje de la chiquilla se adelantaba un poco, porque el abuelo, al cerrarse las Cortes, se la llevaba consigo á desencanijarse en la aldea... Asís la dejaba marchar de buen grado. El amor maternal era en ella lo que había sido el cariño conyugal: sentimiento apacible, exento de esas divinas locuras que abrasan el alma y dan á la existencia sentido nuevo. La marquesa de Andrade vivía contenta, algo envanecida de haber soltado la cáscara provinciana, y satisfecha también de conservar su honradez como la conservan allá en Vigo las señoras muy visibles, que no dan un paso sin que el vecindario sepa si fué con el pié izquierdo ó el derecho. Entretenía sus ocios pensando, por ejemplo, que el último vestido que le había mandado su modista era tan gracioso y menos caro que el de Worth de la Sahagún; que estaba á bien con el Padre Urdax, merced á haber entrado en una asociación benéfica muy recomendada por los jesuítas; que ella era una dama formal, intachable, y que, sin embargo, no dejaban de citarla con elogio en las revistas de salones alguna que otra vez; que podía vivirse en el mundo sin abrir paso al demonio, y que ni el mundo ni Dios tenían por qué volverle la espalda.

Y ahora...

X

OYENDO un nuevo repiqueteo de campanilla, acudió Angela despavorida, á ver qué era. Su ama estaba medio incorporada sobre un codo.

—Venga quien venga, ¿entiendes?, venga quien venga..., que he salido.

—A todo el mundo, vamos; que ha salido la señorita.

—A todo el mundo: sin excepción. Cuidadito como me dejas entrar á nadie.

—¡Jesús, señorita! Ni el aire entrará.

—Y prepárame el baño.

—¿El baño? ¿No le sentará mal á la señorita?

—No—contestó Asís secamente.—(¡Manía de meterse en todo tienen estas doncellas!)

—¿Y la orden del coche, señorita? Ya dos veces ha venido Roque á preguntarla.

Al nombre del cochero, sintió Asís que le subía un pavo atroz, como si el cochero representase para ella la sociedad, el deber, todas las conveniencias pisoteadas y atropelladas la víspera. ¡El cochero si que debía maliciarse!...

—Dile..., dile que... venga dentro de un par de horas..., á las cuatro y media... No, á las cinco y cuarto. Para paseo... Las cinco y media más bien.

Saltó de la cama, se puso la bata, y se calzó las chinelas. ¡Sentía un abatimiento grande, agujetas, cansancio, y al mismo tiempo una excitación, unas ganas de echar á andar, de huir de sí misma, de no verse ni oirse! No se podía sufrir.

—¡Qué vida tan incómoda la de las señoras que anden siempre en estos enredos! No les arriendo la ganancia... ¡Ay! Aborrezco los tapujos y las ilegalidades... He nacido para vivir con orden y con decoro, está visto. ¿Le dará á ese tunante por venir?

Mientras no estaba dispuesto el baño, practicó Asís las operaciones de aseo que deben precederle: limpiarse y limarse las uñas, lavar y cepillar esmeradamente la dentadura, desenredar el pelo y pasarse repetidas veces el peine menudo, registrarse cuidadosamente las orejas con la esponjita y la cucharita de marfil, frotarse el pescuezo con el guante de crín suavizado con pasta de almendra y miel. A cada higiénica operación y á cada parte de su cuerpo que quedaba como una patena, Asís creía ver desaparecer la marca de las irregularidades del día anterior, y confundiendo involuntariamente lo físico y lo moral, al asearse, juzgaba regenerarse.

Avisó la Diabla que estaba listo el baño. Asís pasó á un cuartuco obscuro, que alumbraba un quinqué de petróleo (las habitaciones de baño fantásticas que se describen en las novelas no suelen existir sino en algún palacio, nunca en las casas de alquiler), y se metió en una bañadera de zinc con capa de porcelana—idéntica á las cacerolas.—¡Qué placer! En el agua clara iban á quedarse la vergüenza, la sofoquina y las inconveniencias de la aventura... ¡Allí estaban escritas con letras de polvo! ¡Polvo doblemente vil, el polvo de la innoble feria! ¡Y cuidado que era pegajoso y espeso! ¡Si había penetrado al través de las medias, de la ropa interior, y en toda su piel lo veía depositado la dama! Agua clara y tibia—pensaba Asís—lava, lava tanta grosería, tanto flamenquismo, tanta barbaridad: lava la osadía, lava el desacato, lava el aturdimiento, lava el... Jabón y más jabón. Ahora agua de Colonia... Así.

Esta manía de que con agua de Colonia y jabón fino se le quitaban las manchas á la honra, se apoderó de la señora en grado tal, que á poco se arranca el cutis, de la rabia y el encarnizamiento con que lo frotaba. Cuando su doncella le dió la bata de tela turca para enjugarse, Asís continuó sus fricciones mitad morales, mitad higiénicas, hasta que ya rendida se dejó envolver en la ropa limpia, suspirando como el que echa de sí un enorme peso de cuidados.

Llegó el coche algún tiempo después de terminada la faena, no sólo del baño, sino del tocado y vestido: Asís llevaba un traje serio, de señora que aspira á no llamar la atención. Ya tenía la Diabla la mano en el pestillo para abrir la puerta á su ama, cuando se la ocurrió preguntar:

—¿Vendrá á comer, señorita?

—No.—Y añadió como el que da explicaciones para que no se piense mal de él.—Estoy convidada á comer en casa de las tías de Cardeñosa.

Al sentarse en su berlinita, respiró anchamente. Ya no había que temer la aparición del pillo. ¡Bah! Ni era probable que él se acordase de ella; estos troneras, así que pueden jactarse..., si te he visto no me acuerdo. Mejor que mejor. Qué ganga, si la historia se resolviese de una manera tan sencilla... Y la voz de Asís adquirió cierta sonoridad al decir al cochero:

—Castellana... Y luego á casa de las tías...

Aquella vibración orgullosa de su acento parece que quería significar:

—Ya lo ves, Roque... No se va uno todos los días de picos pardos... De hoy más vuelvo á mi inflexible línea de conducta...

Rodó el coche al trote hasta la Castellana y allí se metió en fila. Era tal el número y la apretura de carruajes, que á veces tenían que pararse todos por imposibilidad de avanzar ni retroceder. En estos momentos de forzosa quietud sucedían cosas chuscas: dos señoras que se conocían y se saludaban, pero no teniendo la intimidad suficiente para emprender conversación, permanecían con la sonrisa estereotipada, observándose con el rabillo del ojo, desmenuzándose el atavío y deseando que un leve sacudimiento del maremagnum de carruajes pusiese fin á una situación tan pesadita. Otras veces le acontecía á Asís quedarse parada tocando con una manuela, en cuyo asiento trasero, dejando la bigotera libre, se apiñaban tres mozos de buen humor, horteras ó empleadillos de ministerio, que la soltaban una andanada de dicharachos y majaderías; y nada: aguantarlos á quema ropa, sin saber qué era menos desairado, sonreirse ó ponerse muy seria ó hacerse la sorda. También era fastidioso encontrarse en contacto íntimo con el fogoso tronco de un milord, que sacudía la espuma del hocico dentro de la ventanilla, salpicando el haz de lilas blancas sujeto en el tarjetero, que perfumaba el interior del coche. Incidentes que distraían por un instante á la marquesa de Andrade de la dulce quietud y del bienhechor reposo producido por la frescura del aire impregnado de aroma de lilas y flor de acacia, por la animación distinguida y silenciosa del paseo, por el grato reclinatorio que hacía á su cabeza y espalda el rehenchido del coche, forrado de paño gris.

—¡Calle! Allí va Casilda Sahagún empingorotada en el campanario de su break. ¿De dónde vendrá, señor? ¡Toma! Ya caigo; de la novillada que armaron los muchachos finos, Juanito Albares, Perico Gonzalvo, Paco Gironellas, Fernandín Hurtado...—En un minuto recordó Asís la organización de la fiesta taurina: se habían repartido programas impresos en raso lacre, redactados con muy buena sombra; no había nada más salado que leer, por ejemplo:—Banderilleros: Fernando Alfonso Hurtado de Mendoza (a) Pajarillas.—José María Aguilar y Austria (a) el Chaval.—¡Pues poca broma que hubo en casa de Sahagún la noche que se arregló el plan de la corrida! Y Asís estaba convidada también. Se le había pasado: ¡qué lástima! La Duquesa, tan sandunguera como de costumbre, hecha un cartón de Goya con su mantilla negra y su grupo de claveles; los muchachos, ufanísimos, en carretela descubierta, envueltos en sus capotes morados y carmesíes con galón de oro. Lo que es torear habrían toreado de echarles patatas; pero ahora nadie les ganaba á darse pisto luciendo los trajes. Revolvían el paseo de la Castellana: eran el acontecimiento de la tarde. Asís sintió un descanso mayor aún después de ver pasar la comitiva taurómaca: comprendió, guiada por el buen sentido, que á nadie, en aquel conjunto de personas siempre entretenidas por algún suceso gordo del orden político, ó del orden divertido, ó del orden escandaloso con platillos y timbales, se le ocurriría sospechar su aventurilla del Santo. A buen seguro que por un par de días nadie pensaba más que en la becerrada aristocrática.

Este convencimiento de que su escapatoria no estaba llamada á trascender al público, se robusteció en casa de las tías de Cardeñosa. Las Cardeñosas eran dos buenas señoritas, solteronas, de muy afable condición, rasas de pecho, tristes de mirar, sumamente anticuadas en el vestir, tímidas y dulces, no emancipadas, á pesar de sus cincuenta y pico, de la eterna infancia femenina: hablaban mucho de novenas, y comentaban detenidamente los acontecimientos culminantes, pero exteriores, ocurridos en la familia de Andrade y en las demás que componían el círculo de sus relaciones; para las bodas tenían aparejada una sonrisa golosa y tierna, como si paladeasen el licor que no habían probado nunca; para las enfermedades, calaveradas de chicos y fallecimientos de viejos, un melancólico arqueo de cejas, unos ademanes de resignación con los hombros y unas frases de compasión, que por ser siempre las mismas, sonaban á indiferencia. Religiosas de verdad, nunca murmuraban de nadie ni juzgaban duramente la ajena conducta, y para ellas la vida humana no tenía más que un lado, el anverso, el que cada cual deja ver á las gentes. Gozaban con todo esto las Cardeñosas fama de trato distinguidísimo, y su tarjeta hacía bien en cualquier bandeja de porcelana de esas donde se amontona, en forma de pedazos de cartulina, la consideración social.

Para Asís, la insulsa comida de las tías de Cardeñosa y la anodina velada que la siguió, fueron al principio un bálsamo. Se la disiparon las últimas vibraciones de la jaqueca y las postreras angustias del estómago, y su espíritu se aquietó, viendo que aquellas señoras respetadísimas y excelentes la trataban con el acostumbrado afecto y comprendiendo que ni por las mientes se les pasaba imaginar de ella nada censurable.

El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable reacción, aquello se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un cuento fantástico.

Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín para la espalda.

—No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.

Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa, un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo, inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de costumbre, y cuando la criada vino á decir:—«Está el coche de la señora Marquesa»,—tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:

—Gracias, que se aguarde.

A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al aire y bajaba la escalera repitiendo:

—Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil cosas al Padre Urdax.

Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso, como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel grandiosísimo truhán.

XI

LO bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se dirige á una señora de cumplido, respetable, ya que no por sus años, por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.

—Siéntese V., Pacheco...—tartamudeó la señora, bastante aturrullada aún.

El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía, por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró ánimos.—«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»—Porque la dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó:

—Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...

El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció como el que dice la cosa más patética del mundo:

—A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa... La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas. Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco too.

Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora sí que me desato...

—Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V., aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le vendan á las primeras de cambio!

Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni siquiera podían oirla desde la cocina; además, Pacheco, en vez de asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no balbuciese á su oído:

—¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...

Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba:

—Pues váyase V... Hágame el favor de irse. Por Dios...

—¿Ni un minuto hay para mí? Estoy enfermo... ¡Si vieses! En toda la noche no he dormido, no he pegado los ojos.

Asís iba á preguntar: «¿por qué?» pero calló, pareciéndole inconveniente y necia la pregunta.

—Necesitaba saber de ti... Si estabas ya buena, si habías descansado... Si me querías mal, ó si me mirabas con alguna indulgencia. ¿Dura el mal humor? ¿Y esa cabecita? ¿A ver?

Se la recostó sobre el hombro, sujetándola con la palma de la mano derecha. Asís, esforzándose en romper el lazo, notaba disminuidas sus fuerzas por dos sentimientos: el primero, que viendo tan sumiso y moderado al gran pillo, le habían entrado unas miajas de lástima; el segundo..., el sentimiento eterno, la maldita curiosidad, la que perdió en el Paraíso á la primera mujer, la que pierde á todas, y tal vez no sólo á ellas sino al género humano... ¿A ver? ¿Cómo sería? ¿Qué diría Pacheco ahora?

Pacheco, en un rato, no dijo nada; ni chistó. Su palma fina, sus dedos enjutos y nerviosos oprimían suavemente la cabeza y sienes de Asís, lo mismo que si á ésta le durase aún el mareo de la víspera y necesitase la medicina de tan sencillo halago. En la sala parecía que la varita de algún mágico invisible derramaba silencio apacible y amoroso, y la luz de la lámpara, al través de su celosía de encaje, alumbraba con poética suavidad el recinto. La sala estaba amueblada con esas pretensiones artísticas que hoy ostenta todo bicho viviente, sepa ó no sepa lo que es arte, y con ese aspecto de prendería, que resulta de aglomerar el mayor número posible de cosas inconexas. Sitiales, butacas bajas y coquetonas, mesillas forradas de felpa imitando un corazón ó una hoja de trébol, columnas que sostienen quinqués, divancitos cambiados donde la gente puede gozar del placer de darse la espalda y coger un torticolis, alguna drácena en jardineras de zinc, un perro de porcelana haciendo centinela junto á la chimenea, y dos hermosos vargueños patrimoniales restaurados y dorados de nuevo... Todo revuelto, colocado de la manera que más dificultase el paso á la gente, haciendo un archipiélago donde no se podía navegar sin práctico. ¿Y las paredes? Si el suelo estaba intransitable, en las paredes no quedaba sitio libre para un clavo, pues el buen marqués de Andrade, incapaz de distinguir un Ticiano de un Ribera, la había dado algún tiempo de protector de jóvenes artistas, llenando la casa de acuarelas con chulas, matones del Renacimiento ó damas de Luis XV; de manchas, apuntes y bocetos hechos á punta de cuchillo, ó á yema de dedo, tan libres y tan francos, que ni el mismo demonio adivinaría lo que representaban; de tablitas lamidas y microscópicas, encerradas en marcos cinco veces mayores; de fotografías con retumbantes dedicatorias, migajas de arte, en suma, que al menos cubren la vulgaridad del empapelado y distraen gratamente la vista. Y en hora semejante, en medio de la amable paz que flotaba en la atmósfera, y con la luz discreta transparentada por el encaje, los cachivaches se armonizaban, se fundían en una dulce intimidad, en una complicidad silenciosa; la misma horrible carátula japonesa colgada encima de un vargueño y de uno de cuyos ojos se descolgaba una procesión de monitos de felpa, tenía gesto menos infernal; el pañolón de Manila que cubría el piano abría alegremente todas sus flores; las begonias, próximas á la entreabierta ventana, se estremecían como si las acariciase el vientecillo nocturno... Sólo el bull-dog de porcelana, sentado como una esfinge, miraba con alarmante persistencia al grupo del sofá, ostentando una actitud digna y enérgica, como si fuese celoso guardián puesto allí por el espíritu del respetable Marqués difunto... Casi parecía natural que abriese las fauces, soltase un ladrido de alarma, y se abalanzase dispuesto á morder...

Pacheco decía bajito, con el ceceo mimoso y triste de su pronunciación:

—¿Te sospechabas tú lo de ayer, chiquilla? ¿A que sí? Mira, no me digas no, que las mujeres estáis siempre de vuelta en esas cosas... ¡A ver si se calla V. y no me replica! Tú veías muy bien, picarona, que yo estaba muerto, lo que se dise muerto... Sólo que creiste poder dejarme en blanco... Pero sospechar... ¡Quiá! ¡Si lo calaste desde el mismo momento que tiré el puro en los jardines! ¿Y tú te gosabas en verme á mí sufrir, no es eso? ¡Somos más malos! Toma en castigo... ¡Y qué bonita estabas, gitana salá! ¿Te ha dicho á ti algún hombre bonita? ¿No? ¡Pues ahora te lo digo yo, vamos! y valgo más que toos... Oye, en el coche te hubiese yo requebrado seis dosenas de veses..., te hubiese llamao mona, serrana, matadora de hombres... Sólo que no me atrevía, ¿sabes tú? Que si me atrevo, te suelto toas las flores de la primavera en un ramiyetico.

Aquí Asís, sin saber por qué, recobró el uso de la palabra, y fué para gritar:

—Sí..., como á la chica del merendero..., y á mi criada..., y á todas cuantas se ofrece... Lo que es por palabrería no queda.

La interrumpió un enérgico tapabocas.

—No compares, chiquiya, no compares... Tonterías que se disen por pasá el rato, pa que se encandilen las mujeres... Contigo... ¡Virgen Santa! tengo yo una ilusionasa..., ¡una ilusión de volverme loco! Has de saber que yo mismo estoy pasmao de lo que me sucede. Nunca me quedé triste después de una cosa así sino contigo. Hasta me falta resolución pa hablarte. Estoy así... medio orgulloso y medio pesaroso. Más quisiera que nos hubiésemos vuelto ayer antes de almorsá. ¿No lo crees? ¿Ah, no lo crees? Por estas...

El meridional puso los dedos en cruz y los besó con ademán popular. Asís se echó á reir mal de su grado. Ya no había posibilidad de enfadarse; la risa desarma al más furioso. Y ahora, ¿qué hacer? pensaba la dama, llamando en su auxilio toda su presencia de ánimo, toda su habilidad femenil. Nada, muy sencillo... No negarle la cita que pedía para el día siguiente por la tarde, porque si se le negaba, era capaz de hacer cualquier desatino. No, no..., contemporizar..., otorgar la cita, y á la hora señalada... ¡busca! estar en cualquier sitio menos donde Pacheco esperase... Y ahora, procurar por bien que se largase cuanto más pronto... ¡Que diría el servicio! ¡En esa cocina estaría la Diabla haciendo unos calendarios!

XII

DOLOROSO es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo, la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas, metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se disfraza de habilidad.

Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á la vez sumamente expresiva.

La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido súbito, que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso, dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar.

Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna favorita ó viendo la novillada de aquella tarde...

Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino hacia Recoletos.

XIII

SOLÍA el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando, acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís; si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres, por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de Santiago.

Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba Imperfecto por sus gedeonadas) como la Diabla, se miraron y respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.

—¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra.

—Salir..., como salir...,—balbució Imperfecto.

—No, salir no—acudió la Diabla viéndole en apuro.—Pero está un poco...

—Un poco dilicada—declaró el criado con tono diplomático.

—¿Cómo delicada?—exclamó el comandante alzando la voz.—¿Desde cuándo se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?

—No señor, guardar cama no... Unas miagas de jaqueca...

—¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!

Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.

—Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda... Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V. el favor de pasar aquí...

Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y ensoñadora; en un talavera de botica se marchitaba un ramo de lilas y rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en su butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo, maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.

—Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...—murmuró tratando de disimular mejor la sorpresa.—Están en Belén... ¿Se había V. negado, sí ó no?

—Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha visto V. que le llamé...—alegó la señora con acento contrito, cual si se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose también en no descubrirlo.

—¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?

—Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)

—Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V. descansar... En durmiendo se pasa.

—No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...

—¿Cómo que al contrario? Ruego que se expliquen esas palabras—exclamó el comandante, aprovechando la ocasión de bromear para que se le quitase á Asís el sobresalto.

—Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el aire...

—Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso El padrón municipal, en Lara.

—Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme... Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.

—A sus órdenes.

Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de su andar señaló la dirección del paseo.

El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto de Madrid.

La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa, compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.

—Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco. Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...

—Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.

—V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...

—No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!—añadió después de breve silencio.—En esto tenemos que rendir el pabellón, paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.

Callaron un ratito.

En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo pensamiento.

Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.

—¿Subimos hacia la Carrera?—interrogó Pardo.

—No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.

—Y V. ¿por qué da á eso tanta importancia? ¿Qué tiene de particular que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.

—Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!

—¿Está V. mejor?

—Un poco. Me da la vida este aire.

—¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.

Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís, además de muda, estaba cabizbaja y absorta.

No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo, volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando que la señora desearía explayarse.

—A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos amigos viejos.

—Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!

—Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,—dijo Don Gabriel retrocediendo discretamente.—Yo, en cambio, le podría confiar á V. penas muy grandes..., cosas raras.

—¿Lo de la sobrina?—preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio de la vida de Don Gabriel.

—Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.—(Pardo se alzó el sombrero, porque tenía las sienes húmedas de sudor.)—Creo que se dice que la pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden, sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte, que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo digo yo las cosas.

Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba confusamente:

—Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien. Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!

A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto, decía tan sólo:

—¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy particular! ¿Y cómo lo explica V.?

—¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal. En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas psicológicos. La sociedad...

—Contigo tengo la tema, morena...—interrumpió Asís festivamente.—V. le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como tiene espaldas la infeliz.

—Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.

—Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo... No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se digan. No me escandalizaré, vamos.

—Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?

—Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.

—Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?

Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se perdió de vista, pronunció la dama:

—¿Y si me equivoco?

—¿No se asusta V. si lo expreso claramente?

La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso. Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa—la cubierta de un tarjetero.

—No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.

—¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin, entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo más claro aún?

—No, ¡basta!—gritó la señora.—Pero entonces, ¿qué es lo principal según V.?

—Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?

—¡Caramba!—exclamó la señora, meditabunda.

—Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado, estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después, algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.

—Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de antipático y de bruto.

—Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de antemano por una conversación tan shocking. Pues no señora: suponga V. que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de flaqueza...

Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.—Lo sabe, lo sabe—calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y suplicante, exclamó interrumpiendo:

—¡Qué horror! ¡Don Gabriel!

—¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror, Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el seductor, ó la matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V. una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento, que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!

Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...

—Tonterías—prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de Asís—pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada, vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.

Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más profundo de su vida.

XIV

VAYA, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los hombres con la de las mujeres?

—Paquita... dejémonos de clichés.—(Pardo usaba muy á menudo esta palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)—Tanto jabón llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que en nosotros nada significa.

—¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?

La dama argüía con cierta afectada solemnidad y severidad, bajo la cual velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la pasión el entendimiento.

—¡La conciencia! ¡Dios!—exclamó él, remedando el tono enfático de la señora.—Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?

—Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?

—Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds. Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.

—No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas. Para Vds. la manga se ensancha un poquito...—repuso Asís, paladeando el deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas refutadas.

—Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor le dirá á V, que hay un pecado más para las hembras. Es decir, que la cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros... ¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...

—Yo...—balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.

—Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada cual se debe á sí mismo...

—Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo—articuló Asís hecha una amapola.

—Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte, depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso; que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece. Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos terminachos que la suelto á V.

—No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me aporrea V. los oídos con cada palabrota...

—¿Y si yo le dijese á V.—prosiguió Pardo echándose á disertar—que eso que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se ríe de mí: á callar.

Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto... Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría llamarse aquella operación quirúrgico-moral.

—Es un extravagante este hombre—pensaba la operada.—Decir, me está diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso, no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo, sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.

Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo, primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach! Estornudó con ruido, estremeciéndose.

—¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.—exclamó su amigo.—No está V. acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.

—No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.

—¿Sol? ¿Cuándo?

—Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...

—De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de estas de primavera en Madrid...

—No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva—contestó la dama levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.

—¿A su casa de V.?

—Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.

No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral: y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según todos los clichés admitidos:

—Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero: serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un caballo muerto, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...

Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en el valle de los Pazos.

XV

LA tarde del día siguiente la dedicó Asís á pagar visitas. Tarea maquinal y enfadosa, deber de los más irritantes que el pacto social impone. Raro es que nadie se someta á él sin murmurar, por fuera ó por dentro, del mundo y sus farsas. Menos mal cuando las visitas se hacen, como las hacía la dama, en piés ajenos. Entonces lo arduo de la faena empieza en las porterías. ¡Si todas las casas fuesen como la de Sahagún ó la de Torres-Nobles, por ejemplo! Allí, antes de llegar, ya llevaba Asís en la mano la tarjeta con el pico dobladito, y al sentir rodar el coche, ya estaba asomándose al ancho vano del portón el portero imponente, patilludo, correcto, amabilísimo, que recogía la tarjeta preguntando:—¿A dónde desea ir la señora?—para transmitir la orden al cochero. Los Torres-Nobles, los Sahagún, los Pinogrande y otras familias así, de muy alto copete, no recibían sino de noche alguna vez, y el llegarse á su casa para dejar la tarjeta representaba una fórmula de cortesía facilísima de cumplir al bajar al paseo ó al volver de las tiendas. Pero si entre las relaciones de Asís las había tan granadas, otras eran de muchísimo menos fuste, y algunas, procedentes de Vigo, rayaban en modestas. Y allí era el entrar en portales angostos, el parlamentar con porteras gruñonas, la desconsoladora respuesta:—Sí, señora, me paece que no ha salió en to el día de casa... Tercero con entresuelo, primero y principal... á mano izquierda.—Y la ascensión interminable, el sobrealiento, el tedio de subir por aquel caracol obscuro, con olores á cocina y á todas las oficinas caseras, y la cerril alcarreña que abre, y la acogida embarazosa, las empalagosas preguntitas, los chiquillos sucios y desgreñados, los relatos de enfermedades, la chismografía viguesa agigantada por la óptica de la distancia... Vamos, que era para renegar, y Asís renegaba en su interior, consultando, sin embargo, la lista de la cartera y diciendo con un suspiro profundo:—¡Ay! Aún falta la viuda de Pardiñas... la madre del médico de Celas..., y Rita, la hermana de Gabriel Pardo... Y esa si que es urgente... Ha tenido al chiquillo con difteria...

Por lo mismo que el ajetreo de las visitas había sido tan cargante, que á la mayor parte se las encontrara en casa y que no le sacaron sino conversaciones capaces de aburrir á una estatua de yeso, la dama regresaba á su vivienda con el espíritu muy sosegado. A semejanza de los devotos que si les hurga la conciencia se imponen la obligación de rezar tres rosarios seguidos y una serie considerable de padre nuestros, Asís, sintiéndose reo de perturbación social, ó al menos de amago de este delito, se consagraba á cumplir minuciosamente los ritos de desagravio, y como le habían producido tan soberano fastidio, juzgaba saldada más de la mitad de su cuenta. Por otra parte, encontrábase decidida—más que nunca—á cortar las irregularidades de su conducta presente. Tenía razón el comandante: la falta, bien mirado, no era tan inaudita; pero si trascendía al público, ¡ah! ¡entonces! Evitar el escándalo y la reincidencia, precaver lo venidero..., y se acabó. Cortar de raíz, eso sí, (la dama veía entonces la virtud en forma de grandes y afiladísimas tijeras, como las que usan los sastres). Y bien podía hacerlo, porque la verdad ante todo, su corazón no estaba interesado...—Vamos á ver—argüía para sí la señora.—Supongamos que ahora viniesen á decirme: Diego Pacheco se ha largado esta mañana á su tierra, donde parece que se casa con una muchacha preciosa... Nada: yo tan fresca, sin echar ni una lágrima. Hasta puede que diese gracias á Dios, viéndome libre de este grave compromiso. Pues la cosa es bien sencilla: ¿se había de ir él? Soy yo quien se larga. Así como así, días arriba ó abajo, ya estaba cerca el de irse á veranear... Pues adelanto el veraneo un poquillo... y corrientes.—¡Qué descanso tomar el tren! Se concluían aquellos recelos incesantes, aquel volver el rostro cuando la Diabla le preguntaba alguna cosa, aquella tartamudez, aquella vergüenza, vergüenza tonta en una viuda, que al fin y al cabo era libre y no tenía que dar á nadie cuenta de sus actos...

Pensaba en estas cosas cuando se apeó y empezó á subir la escalera de su casa. Aún no estaba encendida la luz, caso frecuente en las tardes veraniegas. Al segundo tramo... ¡Dios nos asista! Un hombre que se destaca del obscuro rincón... ¡Pacheco!

Reprimió el chillido. El meridional la cogía ambas manos con violencia.

—¿Cómo está mi niña? Tres veces he venido y siempre te negaron... Lo que es una de ellas juro que estabas en casa... Si no quieres verme, dímelo á mí, que no vendré... Te miraré de lejitos en el paseo ó en el teatro... Pero no me despidas con una criada, que se ríe de mí al darme con la puerta en las narices.

—No... pero si yo...—contestaba aturdida la señora.

—¿No se había negado la nena para mí?

—No, para ti no...—afirmó rápidamente Asís con acento de sinceridad: tan espontáneo é inevitable suele ser en ciertas ocasiones el engaño.

—Pues, entonces, vengo esta noche. ¿Sí? Esta noche á las nueve.

Hizo la dama un expresivo movimiento.

—¿No quieres? ¿Tienes compromiso de salir, de ir á alguna parte? La verdad, chiquilla. Me largaré como aquel á quien le han dado cañaso, pero no porfiaré. Me sabe mal porfiar. Por mí no has de tener tú media hora de disgusto.

Asís titubeaba. Cosa rara y sin embargo explicable dentro de cierto misterioso ilogismo que impone á la conducta femenina la difícil situación de la mujer: lo que decidió su respuesta afirmativa fué cabalmente la resolución de poner tierra en medio que acababa de adoptar en el coche.

—Bueno, á las nueve... (Pacheco la apretó contra sí.) ¿Pero... te irás á las diez?

—¿A las diez? Es tanto como no venir... Tú tienes que hacer hoy: dímelo así, clarito.

—Que hacer no... Por los criados. No me gusta dar espectáculo á esa gente.

—El chico no importa, es un bausán... La chica es más avispada. Mándala con un recado fuera... Hasta pronto.

Y Pacheco ocultó la cara en el pelo de la señora, descomponiéndolo y echándola el sombrero hacia atrás. Ella se lo arregló antes de llamar, lo cual hizo con pulso trémulo.

Iba muy preocupada, mucho. Se desnudó distraídamente, dejando una prenda aquí y otra acullá; la Diabla las recogía y colgaba, no sin haberlas sacudido y examinado con un detenimiento que á Asís le pareció importuno. ¿Por qué no rehusar firmemente la dichosa cita?... Sí, sería mejor; pero al fin, para el tiempo que faltaba... Volvióse hacia la doncella.

—Mira, revisarás el mundo grande...: creo que tiene descompuestas las bisagras. Acuérdate mañana de ir á casa de Madama Armandina...; puede que ya estén los sombreros listos... Si no están, la das prisa. Que quiero marcharme pronto, pronto.

—¿A Vigo, señorita?—preguntó la Diabla con hipócrita suavidad.

—¿Pues á dónde? También te darás una vuelta por el zapatero... y á ver si en la plazuela del Angel tienen compuesto el abanico.

Dictando estas órdenes se calmaba. No, el rehusar no era factible. Si le hubiese despedido esta noche, él querría volver mañana. Disimulo, transigir... y, como decía él..., najencia.

Comió poco; sentía esa constricción en el diafragma, inseparable compañera de las ansiedades y zozobras del espíritu. Miraba frecuentemente para la esfera del reloj, el cual no señalaba más que las ocho al levantarse la señora de la mesa.

—Oye, Angela...

Faltábale saliva en la boca; la lengua se le pegaba al velo del paladar.

—Oye, hija... ¿Quieres... irte á pasar esta noche con tu hermana, la casada con el guardia civil? ¿Eh?

—¡Ay señorita!... Yo, con mil amores... Pero vive tan lejos: el cuartel lo tienen allá en las Peñuelas... Mientras se va y se viene...

—Es lo de menos... Te pago el tranvía... ó un simón. Lo que te haga falta... Y aunque vuelvas después de... media noche, ¿eh? no dejarán de abrirte. Come á escape... Mira, ¿no tiene tu hermana una niña de seis años?

—De ocho, señorita, de ocho... Y un muñeco de trece meses que anda con la dentición.

—Bien: á la niña podrá servirle, arreglándola... Le llevas aquella ropa de Marujita que hemos apartado el otro día...

—Dios se lo pague... ¿También el sombrero de castor blanco, con el pájaro?

—También... Anda ya.

El sombrero de castor produjo excelente efecto. Imaginaba siempre la señora que, de algunos días á esta parte, su doncella se atrevía á mirarla y hablarla ya con indefinible acento severo, ya con disimulada entonación irónica; pero después de tan espléndida donación, por más que aguzó la malicia, no pudo advertir en el gracioso semblante de la criada sino júbilo y gratitud. Comió la Diabla en tres minutos: ni visto ni oído: y á poco se presentó á su ama muy maja y pizpireta, con traje dominguero, el pelo rizado á tenacilla, botas que cantaban.

—Vete, hija, ya debe de ser tarde... Las nueve menos cuarto...

—No, señorita... Las ocho y veinticinco por el comedor... ¿Tiene algo que mandar? ¿Quiere alguna cosa?...

—Nada, nada... Que lo pases bien... ¡Qué elegante te has puesto!... ¿Allí habrá gente, eh? ¿Guardias civiles? ¿Jóvenes?

—Algunos... Hay uno de nuestra tierra... de la provincia de Pontevedra, de Marín..., alto él, con bigote negro.

—Bien, hija... Pues lo que es por mí, ya puedes marcharte.

¿Qué haría aquella maldita Diabla, que un cuarto de hora después de recibidas semejantes despachaderas aún no había tomado el portante? Con el oído pegado á la puertecilla falsa de su dormitorio, que caía al pasillo, Asís espiaba la salida de su doncella, mordiéndose los labios de impaciencia nerviosa. Al fin sintió pasitos, taconeo de calzado flamante, oyó una risotada, un ¡divertirse y gastar poco! que venía de la cocina... La puerta se abrió, hizo ¡puum! al cerrarse... ¡Ay, gracias á Dios!

Así que se fué la condenada chica, parecióle á la señora que todo el piso se había quedado en un silencio religioso, en un recogimiento inexplicable. Hasta la lámpara del saloncito alumbraba, si cabe, con luz más velada, más dulce que otras noches. Eran las nueve menos cuarto: Pacheco aun tardaría cosa de veinte minutos... Se oyó un campanillazo sentimental, tímido, como si la campanilla recelase pecar de indiscreta...

XVI

ERA Pacheco, envuelto en su capa de embozos grana, impropia de la estación, y de hongo. Detúvose en la puerta como irresoluto, y Asís tuvo que animarle:

—Pase V...

Entonces el galán se desembozó resueltamente y se informó de cómo andaba la salud de Asís.

En los primeros momentos de sus entrevistas, siempre se hablaban así, empleando fórmulas corteses y preguntando cosas insignificantes; su saludo era el saludo de ordenanza en sociedad: estrecharse la mano. Ni ellos mismos podrían explicar la razón de este procedimiento extraño, que acaso fuese la cortedad debida á lo reciente é impensado de su trato amoroso. No obstante, algo especial y distinto de otras veces notaría el andaluz en la señora, que al sentarse en el diván á su lado, murmuró después de una embarazosa pausa:

—¡Qué fría me recibes! ¿Qué tienes?

—¡Qué disparate! ¿Qué voy á tener?

—¡Ay prenda, prenda! A mí no se me engaña... Soy perro viejo en materia de mujeres. Estorbo. Tú tenías algún plan esta noche.

—Ninguno, ninguno—afirmó calurosamente Asís.

—Bien, lo creo. Eso sí que lo has dicho como se dicen las verdaes. Pero, en plata: que no te pinchaban á ti las ganas de verme. Hoy me querías tú á cien leguas.

Aseveró esto metiendo sus dedos largos, de pulcras uñas, entre el pelo de la señora, y complaciéndose en alborotar el peinado sobrio, sin postizos ni rellenos, que Asís trataba de imitar del de la Pinogrande, maestra en los toques de la elegancia.

—Si no quisiese recibirte, con decírtelo...

—Así debiera ser... el corasonsillo en la mano... Pero á veces se le figura á uno que está comprometido á pintar afecto, ¿sabes tú?, por caridad ó qué sé yo por qué... Si yo lo he hecho á cada rato con un ciento de novias y de querías... Harto de ellas por cima de los pelos... y empeñado en aparentar otra cosa... porque es fuerte eso de estamparle á un hombre ó á una hembra en su propia cara:—Ya me tiene V. hasta aquí... no me hace V. ni tanto de ilusión.

—¿Quién sabe si eso te estará pasando á ti conmigo?—exclamó Asís festivamente, echándolas de modesta.

No contestó el meridional sino con un abrazo vehemente, apretado, repentino, y un—¡ojalá!—salido del alma, tan ronco y tan dramático, que la dama sintió rara conmoción, semejante á la del que, poniendo la mano sobre un aparato eléctrico, nota la sacudida de la corriente.

—¿Por qué dices ojalá?—preguntó, imitando el tono del andaluz.

—Porque esto es de más; porque nunca me vi como me veo; porque tú me has dado á beber zumo de hierbas desde que te he conocío, chiquilla... Porque estoy mareado, chiflado, loco, por tus pedasos de almíbar... ¿Te enteras? Porque tú vas á ser causa de la perdición de un hombre, lo mismo que Dios está en el sielo y nos oye y nos ve... Terroncito de sal, ¿qué tienes en esta boca, y en estos ojos, y en toda tu persona, para que yo me ponga así? A ver, dímelo, gloria, veneno, sirena del mar.

La señora callaba, aturdida, no sabiendo qué contestar á tan apasionadas protestas; pero vino á sacarla del apuro un estruendo inesperado y desapacible, el alboroto de una de esas músicas ratoneras antes llamadas murgas, y que en la actualidad, por la manía reinante de elevarlo todo, adoptan el nombre de bandas populares.

—¡Oiga! ¿Nos dan cencerrada ya los vecinos del barrio?—gritó Pacheco, levantándose del sofá y entreabriendo las vidrieras.—¡Y cómo desafinan los malditos!... Ven á oir, chiquilla, ven á oir. Verás cómo te rompen el tímpano.

En el meridional no era sorprendente este salto desde las ternezas más moriscas al más prosaico de los incidentes callejeros: estaba en su modo de ser la transición brusca, la rápida exteriorización de las impresiones.

—Mira, ven—continuó.—Te pongo aquí una butaca y nos recreamos. ¿A quién le dispararán la serenata?

—A un almacén de ultramarinos que se ha estrenado hoy—contestó Asís recordando casualmente chismografías de la Diabla.—En la otra acera, pocas casas más allá de la de enfrente. Aquella puerta... allí. ¡Ya tenemos música para rato!

Pacheco arrastró un sillón hacia la ventana y se sentó en él.

—¡Desatento!—exclamó riendo la señora.—¿Pues no decías que era para mí?

—Para ti es—respondió el amante cogiéndola por la cintura y obligándola quieras ó no quieras á que se acomodase en sus rodillas. Se resistió algo la dama, y al fin tuvo que acceder. Pacheco la mecía como se mece á las criaturas, sin permitirse ningún agasajo distinto de los que pueden prodigarse á un niño inocente. Por forzosa exigencia de la postura, Asís le echó un brazo al cuello, y después de los primeros minutos, reposó la cabeza en el hombro del andaluz. Un airecillo delgado, en que flotaban perfumes de acacia y ese peculiar olor de humo y ladrillo recaliente de la atmósfera madrileña en estío, entraba por las vidrieras, intentaba en balde mover las cortinas, y traía fragmentos de la música chillona, tolerable á favor de la distancia y de la noche, hora que tiene virtud para suavizar y concertar los más discordantes sonidos. Y la proximidad de los dos cuerpos ocupando un solo sillón, estrechaba también, sin duda, los espíritus, pues por vez primera en el curso de aquella historia entablóse entre Pacheco y la dama un cuchicheo íntimo, cariñoso, confidencial.

No hablaban de amor: versaba el coloquio sobre esas cosas que parecen muy insignificantes escritas y que en la vida real no se tratan casi nunca sino en ocasiones semejantes á aquella, en minutos de imprevista efusión. Asís menudeaba preguntas, exigiendo detalles biográficos: ¿Qué hacía Pacheco? ¿Por dónde andaba? ¿Cómo era su familia? ¿La vida anterior? ¿Los gustos? ¿Las amistades? ¿La edad justa, justa, por meses, días y no sé si horas?

—Pues yo soy más vieja que tú—murmuró pensativa, así que el gaditano hubo declarado su fe de bautismo.

—¡Gran cosa! Será un añito, ó medio.

—No, no, dos lo menos. Dos, dos.

—Corriente, sí, pero el hombre siempre es más viejo, cachito de gloria, porque nosotros vivimos; ¿te enteras? y vosotras no. Yo, en particular, he vivido por una docena. No imaginarás diablura que yo no haya catado. Soy maestro en el arte de hacer desatinos. ¡Si tú supieses algunas cosas mías!

Asís sintió una curiosidad punzante unida á un enojo sin motivo.

—Por lo visto eres todo un perdis, buena alhaja.

—¡Quiá!... ¿Perdis yo? Di que no, nena mía. Yo galanteé á trescientas mil mujeres, y ahora me parece que no quise á ninguna. Yo hice cuanto disparate se puede hacer, y al mismo tiempo no tengo vicios. ¿Dirás que cómo es ese milagro? Siendo... ahí verás tú. Los vicios no prenden en mí. Ninguno arraiga, ni arraigará jamás. Aún te declaro otra cosa; que no sólo no se me puede llamar vicioso, sino que si me descuido acabo por santo. Es según los lados á que me arrimo. ¿Me ponen en circunstancias de ser perdío? No me quedo atrás. ¿Que tocan á ser bueno? Nadie me gana. Si doy con gente arrastrada, ¿qué quieres tú?

—¿Hasta en lo tocante á la honra te dejarías llevar?—preguntó algo asustada Asís.

El gaditano se echó atrás como si le hubiese picado una sierpe.

—¡Hija! Vaya unas cosillas que me preguntas. ¿Me has tomado por algún secuestrador? Yo no secuestro más que á las hembras de tu facha. Pero ya sabes que en mi tierra, las pendencias no se cuentan por delitos... He enfriado á un infeliz... que más quisiera no haberle tocado al pelo de la ropa. Dejémoslo, que importa un pito. Fuera de esas trifulcas, no ha tenío el diablo por donde cogerme: he jugado, perdiendo y ganando un dinerillo... regular; he bebío... vamos, que no me falta á mí saque; de novias y otros enredos... De esto estaría muy feo que te contase ná. Chitito. ¿Un cariño á tu rorro?

—Vamos, que eres la gran persona—protestó escandalizada Asís, desviándose en vez de acercarse como Pacheco pretendía.

—No lo sabes bien. Eso es como el Evangelio. Yo quisiera averiguar pa qué me ha echado Dios á este mundo. Porque soy, además de tronerilla, un haragán y un zángano de primera, niña del alma... No hago cosa de provecho, ni ganas de hacerla. ¿A qué? Mi padre, empeñao el buen señor en que me luzca y en que sirva al país, y dale con la chifladura de que me meta en política, y tumba con que salga diputao, y vaya á hacer el bu al Congreso... ¡En el Congreso yo! A mí, lo que es asustarme, ni el Congreso ni veinte Congresos me asustan. La farsa aquella no me pone miedo. Te aviso que en todo cuanto me propongo salir avante, salgo y sin grandes fatigas: ¡qué! Pero á decir verdad, no me he tomado nunca trabajos así enormes, como no fuese por alguna mujer guapa. No soy memo ni lerdo, y si quisiese ir allí á pintar la mona como Albareda, la pintaría, figúrate. ¿Que se me ha muerto mi abuelita? ¡Si es la pura verdad! Sólo que too eso porque tanto se descuaja la gente, no vale los sudores que cuesta. En cambio... ¡una mujer como tú!...

Díjolo al oído de la dama, á quien estrechó más contra sí.

—Sólo esto, terrón de azúcar, sólo esto sabe bien en el mundo amargo... Tener así á una mujer adorándola... Así, apretadica, metida en el corasón... Lo demás... pamplina.

—Pero eso es atroz—protestó severamente Asís, cuya formalidad cantábrica se despertaba entonces con gran brío.—¿De modo que no te avergüenzas de ser un hombre inútil, un mequetrefe, un cero á la izquierda?

—¿Y á ti qué te importa, lucerito? ¿Soy inútil pa quererte? ¿Has resuelto no enamorarte sino de tipos que mangoneen y anden agarraos á la casaca de algún ministro? Mira... Si te empeñas en hacer de mí un personaje, una notabilidad... como soy Diego que te sales con la tuya. Daré días de gloria á la patria; ¿no se dice así? Aguarda, aguarda..., verás qué registros saco. Proponte que me vuelva un Castelar ó un Cánovas del Castillo, y me vuelvo... ¡Ole que sí! ¿Te creías tú que alguno de esos panolis vale más que este nene? (Sólo que ellos largaron todo el trapo y yo recogí velas.). Por no deslucirlos. Modestia pura.

No había más remedio que reirse de los dislates de aquel tarambana, y Asís lo hizo; al reirse hubo de toser un poco.

—¡Ea! ya te me acatarraste—exclamó el gaditano consternadísimo.—Hágame V. el obsequio de ponerse algo en la cabeza... Así, tan desabrigada... ¡Loca!

—Pero si nunca me pongo nada, ni... No soy enclenque.

—Pues hoy te pondrás, porque yo lo mando. Si aciertas á enfermar, me suicido.

Saltó Asís de brazos de su adorador, muerta de risa, y al saltar perdió una de sus bonitas chinelas, que por ser sin talón, á cada rato se le escurrían del pié. Recogióla Pacheco, calzándosela con mil extremos y zalamerías. La dama entró en su alcoba, y abriendo el armario de luna empezó á buscar á tientas una toquilla de encaje para ponérsela y que no la marease aquel pesado. Vuelta estaba de espaldas á la poca luz que venía del saloncito, cuando sintió que dos brazos la ceñían el cuerpo. En medio de la lluvia de caricias delirantes que acompañó á demostración tan atrevida, Asís entreoyó una voz alterada, que repetía con acento serio y trágico:

—¡Te adoro... Me muero, me muero por ti!

Parecía la voz de otro hombre; hasta tenía ese trémolo penoso que da al acento humano el rugir de las emociones extraordinarias comprimido en la garganta por la voluntad. Impresionada, Asís se volvió soltando la toquilla.

—Diego...—tartamudeó llamando así á Pacheco por primera vez.

—¿Por qué no dices Diego mío, Diego del alma?—exclamó con fuego el andaluz deshaciéndola entre sus brazos.

—Qué sé yo... Cuando uno habla así... me parece cosa de novela ó de comedia. Es una ridiculez.

—¡Prueba... prueba... ¡Ay! ¡Cómo lo has dicho! ¡Diego mío!—prorrumpió él remedando á la señora, al mismo tiempo que la soltaba casi con igual violencia que la había cogido.—¡Pedazo de hielo! ¡Vaya unas hembras que se gastan en tu país!... ¡Marusiñas! ¡Reniego de ellas todas! ¡Que las echen al carro de la basura!

—Mira—dijo la dama tomándolo otra vez á risa—eres un cómico y un orate... No hay modo de ponerse seria con un tipo como tú. A ver: aquí está un señorito que ha tenido cuatrocientas novias y dos mil líos gordos, y ahora se ha prendado de mí como el Petrarca de la señora Laura... De mí nada más: privilegio exclusivo, patente del Gobierno.

—Tómalo á guasa... Pues es tan verdad como que ahora te agarro la mano. Yo tuve un millón de devaneos, conformes; pero en ninguno me pasó lo que ahora. ¡Por éstas, que son cruces! Quebraeros de cabesa míos, novias y demás, me las encuentro en la calle y no las conozco. A ti... te dibujaría, si fuese pintor, á obscuras. Tan clavadita te tengo. De aquí á cincuenta años, cayéndote de vieja, te conocería entre mil viejas más. Otras historias las seguí por vanidad, por capricho, por golosina, por terquedad, por matar el tiempo... Me quedaba un rincón aquí, donde no ha puesto el pié nadie, y tenía yo guardaa la llave de oro para ti, prenda morena... ¿Qué, lo dudas? Mira, haz un ensayo... Por gusto.

Arrastró á la dama hacia el salón y se recostó en el diván; tomó la mano de Asís y la colocó extendida sobre el lado izquierdo de su chaleco. Asís sintió un leve y acompasado vaivén, como de péndulo de reloj. Pacheco tenía los ojos cerrados.

—Estoy pensando en otras mujeres, chiquilla... Quieta..., atención, observa bien.

—No late nada fuerte—afirmó la señora.

—Déjate un rato así... Pienso en mi última novia, una rubia que tenía un talle de lo más fino que se encuentra en el mundo... ¿Ves qué quietecillo está el pájaro? Ahora... dime tú... ¡si puedes! alguna cosa tierna... Mas que no sea verdá.

Asís discurría una gran terneza y buscaba la inflexión de voz para pronunciarla. Y al fin salió con esta eterna vulgaridad:

—¡Vida mía!

Bajo la palma de la señora, el corazón de Pacheco, como espíritu foleto que obedece á un conjuro, rompió en el más agitado baile que puede ejecutar semejante víscera. Eran saltos de ave azorada que embiste contra los hierros de su cárcel... El meridional entreabrió las azules pupilas; su tez tostada había palidecido algún tanto; con extraña prisa se levantó del sofá y fué derecho al balcón, donde se apoyó como para beber aire y rehacerse de algún trastorno físico y moral. Asís, inquieta, le siguió y le tocó en el brazo.

—Ya ves qué majadero soy...—murmuró él volviéndose.

—¿Pero te pasa algo?

—Ná...—El gaditano se apartó del balcón, y viniendo á sentarse en un puf bajito, y rogando á Asís con la mirada que ocupase el sillón, apoyó la cabeza, en el regazo de la dama.—Con sólo dos palabritas que tú me dijiste... Haz favor de no reirte, mona, porque donde me ves tengo mal genio... y puede que soltase un desatino. Desde que me he entontecido por ti, estoy echando peor carácter. Calladita la niní... Deje dormir á su rorro.

Pacheco cruzó el umbral de aquella casa antes de sonar la media noche. La Diabla no había regresado aún. Cuando el gaditano, según costumbre hasta entonces infructuosa, se volvió desde la esquina de la calle mirando hacia los balcones de Asís, pudo distinguir en ellos un bulto blanco. La señora exponía sus sofocadísimas mejillas al aire fresco de la noche, y la embriaguez de sus sentidos y el embargo de sus potencias empezaban á disiparse. Como náufrago arrojado á la costa, que volviendo en si toca con placer el cinto de oro que tuvo la precaución de ceñirse al sentir que se hundía el buque, Asís se felicitaba por haber conservado el átomo de razón indispensable para no acceder á cierta súplica insensata.

—¡Buena la hacíamos! Mañana estaban enterados vecinos, servicio, portero, sereno, el diablo y su madre. ¡Ay Dios mío!... ¡Me sigue, me sigue el mareo aquel de la verbena... y lo que es ahora no hay álcali que me lo quite!... ¡Qué mareo ni qué!... Mareo, alcohol, insolación... ¡Pretextos, tonterías!... Lo que pasa es que me gusta, que me va gustando cada día un poco más, que me trastorna con su palabrería..., y punto redondo. Dice que yo le he dado bebedizos y hierbas... El sí que me va dando á comer sesos de borrico... y nada, que no me desenredo. Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole... acabóse, me perdí.

Llegada á este capítulo, la dama se dedicó á recordar mil pormenores, que reunidos formaban lindo mosaico de gracias y méritos de su adorador. La pasión con que requebraba; el donaire con que pedía; la gentileza de su persona; su buen porte, tan libre del menor conato de gomosería impertinente como de encogimiento provinciano; su rara mezcla de espontaneidad popular y cortesía hidalga; sus rasgos calaverescos y humorísticos unidos á cierta hermosa tristeza romántica (conjunto, dicho sea de paso, que forma el hechizo peculiar de los polos, soleares y demás canciones andaluzas), eran otros tantos motivos que la dama se alegaba á sí propia para excusar su debilidad y aquella afición avasalladora que sentía apoderarse de su alma. Pero al mismo tiempo, considerando otras cosas, se increpaba ásperamente.

—No darle vueltas: aquí no hay nada superior, ni siquiera bueno: hay un truhán, un vago, un perdis... Todo eso que me dice de que sólo á mí... Ardides, trapacerías, costumbre de engañar, mañitas de calavera. En volviendo la esquina... (Pacheco acababa de verificar, hacía pocos minutos, tan sencillo movimiento), ya ni se acuerda de lo que me declama. Estos andaluces nacen actores... Juicio, Asís... juicio. Para estas tercianas, hija mía, píldoras de camino de hierro... y extracto de Vigo, mañana y tarde, durante cuatro meses. ¡Bahía de Vigo, cuándo te veré!

El airecillo de la noche, burlándose de la buena señora, compuso con sus susurros delicados estas palabras:

—Terronsito e asúcar..., gitana salá.

XVII

MUY atareadas estaban la marquesa viuda de Andrade y su doncella en revisar los mundos, sacos y maletillas, operación necesaria cuando se va á emprender un viaje. Y mire V. que parece cosa del mismo enemigo. Siempre en los últimos momentos han de faltar las llaves de los baúles. Por mucho que uno las coloque en sitio determinado, diciendo para sí:—En este cajón se queda la llavecita; no olvidar que aquí la puse; le ato á un estambre colorado, para acordarme mejor; no sea que el día de la marcha salgamos con que se ha obscurecido,—viene el instante crítico, la busca uno, y... ¡echarle un galgo! Nada, no parece: venga el cerrajero, tiznado, sucio, preguntón, insufrible; haga una nueva, y lléveselo todo la trampa.

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